Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Información necesaria para hoy:

Shōki: el miasma que Naraku es capaz de producir en la serie. Es altamente venenoso y está hecho de youki, por lo que tengo entendido.


Capítulo 13: De pecados y la Shikon

Los eventos tras la aceptación a regañadientes de Inuyasha de permitirle abandonar la corte parecieron arremolinarse para Kagome en una ráfaga de movimiento y sonido. Había salido corriendo de la residencia del Tennō antes de que él pudiera cambiar de opinión sobre el tema y recordaba vagamente haberse detenido en la residencia Fujiwara para coger su arco y sus flechas.

No podía recordar exactamente lo que había dicho cuando había llegado a la residencia Tachibana, pero la habían aceptado entre su grupo mientras se preparaban para partir y ahora se encontraba montada sobre un gran youkai neko delante de uno de los hombres del clan.

Los demás miembros del clan, el padre de Sango y su hermano entre ellos, estaban similarmente situados junto a ella mientras avanzaban a través del terreno a una velocidad que ningún caballo podría esperar igualar. En otra situación podría haberlo encontrado emocionante, pero por el momento todas sus energías estaban concentradas en intentar permanecer tranquila.

El padre de Sango, Hidehiko, le había informado de que les llevaría al menos dos días llegar a las aldeas, incluso si viajaban sin pararse a descansar. Le frustraba enormemente encontrarse tan lejos cuando su aldea la necesitaba de verdad y rezaba a cada kami que conocía para que Kaede-sama pudiera resistir hasta que ella llegara.

Imágenes de las aldeas destrozadas después del último ataque youkai brotaban continuamente de una fuente venenosa de su mente, haciéndola sentir enferma. No podía imaginarse lo que haría si descubría que alguien de su aldea había salido herido… su madre, su hermano, su abuelo, Kaede-sama…

Fue horrible y el viaje pareció hacerse interminablemente largo. La miko casi se cayó de su montura varias veces, solo para verse agarrada por el hombre que montaba detrás de ella. Todavía estaba débil después de haber estado inconsciente durante tres días, pero la energía nerviosa zumbaba a través de ella y la hacía seguir adelante.

Comieron escasamente mientras montaban para mantener sus fuerzas y ahorrar tiempo. Hidehiko y su clan parecían casi tan decididos como lo estaba la propia Kagome a proteger a los aldeanos, y ella los admiraba por eso. Como cortesanos, y a pesar de lo distantes que se encontraban de los problemas de los plebeyos, aun así no abandonaban a sus compatriotas humanos ante una crisis.

Kagome supo que se estaban acercando mucho antes de que el padre de Sango advirtiera a los hombres. El aire casi apestaba a youki y podía sentir su malicia a kilómetros de distancia. Era mucho peor que la última vez y podía sentir a muchos más youkai.

Con una certeza que se asentó como un peso en su estómago, supo que ya habían destruido aldeas, pero todavía no había forma de saber si su aldea era una de ellas.

Las primeras ruinas carbonizadas por las que pasaron confirmaron su nefasta corazonada. La pequeña aldea había sido completamente demolida, no quedaba nada para marcar su lugar en el mundo salvo por los montones de cenizas de algunas cabañas.

Hidehiko urgió a los miembros del clan Tachibana a que siguieran, con la esperanza de que todavía pudieran salvar a otras aldeas de un destino similar, aunque un par de hombres se quedaron atrás para buscar supervivientes entre las ruinas. Los demás se apresuraron sombríamente, decididos a alcanzar a la horda lo más rápido posible.

Pasaron por varias aldeas más en estados similares de ruina mientras viajaban. Kagome sintió que se enfriaba cada vez más al ver cada una de ellas.

¿Por qué se había marchado? ¿En qué había estado pensando? Esta gente, la gente de la tierra que vivía día a día sin defensas ni ventajas era la que la necesitaba.

Eran los que necesitaban su protección y, mientras ellos habían estado sufriendo, ella había estado jugando a un juego absurdo de disfraces y falsedades para ganar las lealtades de gente que no tenía ni idea de lo que era sufrir.

¿Qué había conseguido lograr para esta gente? Nada. Había abandonado incluso a su propia familia.

Kagome se sintió muy fría.

Finalmente, después de lo que pareció un largo viaje a través del séptimo nivel del infierno, llegaron a las ruinas de una aldea que parecía haber sido atacada muy recientemente. Todavía ardían algunas casas y había rastros frescos en la tierra marcada.

Aún estaban a unos kilómetros al este de la aldea de Kagome y su corazón empezó a martillear una vez más dentro de su pecho. Todavía quedaba la esperanza de que no los hubieran tocado. Puede que todavía pudiera salvar al menos una aldea…

Aceleraron su avance, presionando a sus monturas youkai en un último estallido de velocidad. Hidehiko colocó su montura junto a la de ella mientras pasaban por la aldea en ruinas.

—Miko-sama, no pretendo faltarle al respeto, pero debo informarla de que mis hombres van a estar concentrados completamente en sus deberes tan pronto alcancemos a la horda. No puedo prometerle que sean capaces de protegerla si no se queda cerca —dijo.

—No requiero de protección —respondió Kagome, levantando su carcaj con flechas significativamente—. Dígales a sus hombres que concentren sus energías en proteger a los aldeanos. Yo seré la responsable de mi propio destino.

Él la sopesó durante un largo momento, su expresión era una extraña combinación de tristeza y afecto.

—Mi Sango me ha hablado mucho de usted desde mi regreso a la corte, mas me temo, Miko-sama, que intenta asumir cargas que van más allá de su edad —dijo solemnemente.

Kagome lo miró con expresión vacía. Era perfectamente consciente de que estaba intentando llegar a ella, ofrecerle alguna suerte de alivio temporal, pero ella se encontraba incapaz de llegar a él en respuesta.

—Si lo hago, entonces obviamente lo hago infructuosamente, como mucho —respondió, su expresión se cerró mientras gesticulaba hacia el diezmado paisaje.

Hidehiko frunció el ceño, con ojos de sufrimiento.

—Por favor, cuídese, Kagome-sama. Mi hija la quiere tanto como si hubiera nacido como su hermana. Estaría devastada si le ocurriese algo —dijo antes de hincar la rodilla contra su youkai lobo para volver a la cabeza del escuadrón.

La aldeana lo siguió con la mirada, pero en su corazón había poco espacio para las cosas de la corte en ese momento. Incluso los pensamientos sobre Sango se veían subsumidos por su culpa.

Un horrible lamento rasgó el aire repentinamente y entonces estuvieron sobre ellos.

Los youkai eran una retorcida masa de malicia en todas sus formas y tamaños, por tierra y por aire. Tenía que haber al menos doscientos o así de ellos y estaban solo empezando a converger sobre la aldea de Kagome.

Apenas podía distinguir la figura encorvada de su antigua maestra en la distancia, avanzando con un arco y una flecha listos para encarar la amenaza. Varios hombres vestidos con lo que parecía ser el atuendo de los taiji-ya oscilaban también a su alrededor, los remanentes de los exploradores del clan Tachibana.

Hidehiko soltó un estruendoso grito de guerra que repitieron los demás miembros de su clan mientras empuñaban sus armas. Ante una señal de él, cargaron hacia la refriega.

La montura sobre la que estaba Kagome saltó alto, directa hacia la gran bandada de youkai cuervo. El hombre tras ella golpeó, lanzando su conjunto de kunai venenosos, dándole a varios pájaros con una precisión mortal.

Los cuervos empezaron a converger sobre ellos, las garras eran afiladas y los picos estaban llenos del hedor de la carne podrida. Atacaron la piel vulnerable de su montura, que azotó y pegó en respuesta. Tanto hombre del clan como miko se vieron casi desmontados y Kagome levantó las manos y expulsó una rápida e instintiva ola de energía espiritual.

El youkai cuervo más cercano desapareció en el resplandor y su montura descendió de nuevo al suelo. Kagome presionó una mano contra su estómago, sintiéndose un poco enferma por haber gastado una cantidad tan grande de energía sin usar un intermediario.

Lanzó una rápida mirada en dirección a su aldea, pero todavía no estaban lo suficientemente cerca para que se uniera a Kaede-sama. El hombre detrás de ella desenvainó su katana, urgiendo al youkai neko para que fuera hacia una bandada cercana de la horda.

Kagome se liberó rápidamente de cualquier debilidad. Levantó el arco y colocó una flecha, disparando a los objetivos más lejanos mientras el hombre cortaba a los youkai que tenían más cerca. Ella disparó en una rápida sucesión, aferrando su montura con fuerza con las rodillas para permanecer sentada y muchos youkai cayeron bajo su asalto mientras iban avanzando.

Se acercaron a la periferia de la aldea mientras se abrían paso a través de los youkai que estaban en el suelo, evitando por poco garras, colmillos y columnas de llamas, y Kagome vio su oportunidad cuando el youkai neko fue a cambiar de dirección.

Sin decir una palabra, se bajó de la montura y se dejó caer, rodando rápidamente para suavizar el impacto. Apenas evitó las patas filosas de varios youkai, consiguiendo ponerse a salvo en la frontera de su aldea. Se puso rápidamente en pie, sus ojos se movieron rápidamente para captar un vistazo de Kaede-sama.

La miko más mayor estaba a varios metros a su izquierda, disparando flechas imbuidas con su energía espiritual hacia la aglomeración. Algunos de los hombres y mujeres de la aldea se habían adelantado para unirse a ella, blandiendo herramientas de agricultura y algunas espadas oxidadas ante cualquier youkai que se acercara demasiado a la anciana de su aldea. Souta estaba entre ellos, con una pala en la mano que oscilaba con todo su poderío.

Kagome corrió hacia el grupo, colocando apresuradamente otra flecha mientras avanzaba. Un grito salió de entre ellos cuando se unió a Kaede-sama, alzando su arco junto a su antigua mentora. La miko anciana no le ofreció más que una sonrisa adusta antes de disparar otra flecha.

—¡Por favor, quédense atrás! —les dijo Kagome a los aldeanos en voz bien alta, soltando una flecha—. ¡Yo protegeré la aldea, pero necesito que se mantengan alejados de los youkai!

Parecieron dudar, observando mientras las dos mikos trabajaban eficientemente en tándem para derribar a los youkai que plagaban cerca de la aldea.

—¡Márchense ya! —ladró Kagome finalmente, desesperada por verlos fuera de peligro.

Eso hizo que se movieran. El grupo se retiró rápidamente hacia la aldea.

La joven miko plantó los pies en una pose firme, observando la aglomeración. Los Tachibana llegaron, esparciendo a los youkai en grupos separados y despedazándolos. Kaede siguió sus movimientos con su ojo bueno, disparando para ayudarles cuando estaban en peligro.

Kagome asumió el papel de proteger la frontera de la aldea, inspeccionando a la horda y derribando a cualquier youkai que consiguiera atravesar el control de los Tachibana.

Podían conseguirlo, pensaba mientras disparaba. Si seguían así, serían capaces de erradicar a la horda antes de que pudiera tocar siquiera la aldea. Un destello de esperanza empezó a levantar algo del peso en su pecho.

Y entonces algo pareció cambiar.

Uno por uno, los grupos de youkai empezaron a cesar en sus ataques y a retirarse. Los Tachibana empezaron a reagruparse, llegando a formar una barrera sólida delante de las dos mikos. Todos observaron con cautela mientras la horda se retiraba, parecía que la cólera había desaparecido de ellos.

—¿Qué están haciendo? —murmuró uno de los Tachibana.

—No estoy seguro, pero nos deja un momento para recobrarnos. Aguantad la fila delante de la aldea, hombres —ordenó Hidehiko.

Kagome sintió un abrupto tirón en su sentido espiritual y se giró hacia Kaede-sama. La miko más mayor también pareció sentirlo. Un frunce profundizó las arrugas de su rostro.

—Todavía no ha acabado. Prepárense —llamó.

Un sonido de succión resonó por el campo, como si estuvieran extrayendo el aire de allí. Sus miradas se volvieron hacia los youkai, cuyas siluetas se habían vuelto extrañamente borrosas. Era como si todo se hubiera vuelto borroso en los bordes y el borrón empezó de repente a envolverse y a solidificarse en una masa sólida.

Tomó forma lentamente, desprovisto de luz o color, hasta que se hubo acumulado en una araña negra descomunal. Varios de los hombres maldijeron. Kagome abrió los ojos como platos.

Reconoció la cosa inmediatamente como la versión grotesca y magnificada de la cosa a la que se había enfrentado dentro del pequeño Yuutaro. Además, el youki de la cosa se había magnificado en un décuplo al formarse. El pavor tembló en sus manos.

—Kaede-sama —murmuró entre unos labios que se le habían quedado entumecidos.

—Lo sé, niña —respondió la anciana en voz baja—, pero debemos mantenernos firmes. Sé que puedes hacer esto, Kagome. Ten fe en los dones que te han dado los kami, como yo tengo fe.

Kagome podía decir honestamente que ella no tenía fe en ese momento, cara a cara con el monstruo que casi la había matado en una ocasión anterior, pero respiró hondo y se preparó mientras la cosa empezaba a avanzar paso a paso.

Le había fallado a las otras aldeas, pero al menos podía salvar la suya.

La araña se escabulló hacia el punto medio del campo antes de detenerse una vez más. Bajó su cuerpo descomunal hacia el suelo y abrió ampliamente sus grandes fauces. Una turbia nube de gas púrpura empezó a inflarse hacia delante, esparciéndose rápidamente en una neblina que se consumió instantáneamente y desnudó todo a su paso.

—Shōki —murmuró Kaede, su rostro se volvió pálido. Extendió una mano debilitada hacia la joven miko—. Niña, necesito tu poder. Sé que estás cansada, pero debes concentrar todo lo que tienes en este momento o todos estaremos perdidos.

Kagome asintió, cogiendo la mano de la miko mayor con la suya. Sintió el hormigueo por todo su brazo mientras Kaede-sama empezaba a extraer del pozo de su energía espiritual. Una barrera empezó a cobrar vida, expandiéndose para cubrir la aldea y a los Tachibana.

—Concéntrate, niña —ordenó Kaede cuando el shōki alcanzó la barrera y empezó a agitarse contra ella. Kagome asintió, cerrando los ojos y expulsando más de su energía a través de Kaede. Podía sentir que la barrera se hacía más sólida a su alrededor.

—¿A dónde ha ido? Desapareció en el shōki. ¿Alguien puede verlo? —oyó que decía uno de los Tachibana.

No se atrevió a abrir los ojos para mirar, estaba demasiado concentrada en alimentar la barrera que había formado Kaede con su energía espiritual. Pero no podía sentirlo y se le aceleró el corazón.

Había demasiado silencio.

A Kagome casi le cedieron las rodillas cuando algo impactó contra lo alto de la barrera. Hubo exclamaciones por parte de varios de los Tachibana y Kaede apretó la mano alrededor de la de ella. La joven miko luchó por recuperar la concentración, levantando los ojos para ver lo que había pasado.

El youkai araña había saltado sobre lo alto de la barrera. Se cernía sobre ellos, mirando con sus cientos de ojos fijos en Kaede-sama y en ella. Kagome se encogió, sus músculos empezaban a temblar ante la cantidad de energía que estaba gastando para mantenerlos fuera al shōki y a él.

El youkai, como si sintiera su casi agotamiento, levantó las patas y empezó a golpear contra la barrera. Su youki chispeó contra su energía espiritual y ella gritó, sintiendo cada ataque como un golpe contra su cuerpo. La carne de la araña chisporroteó y ardió con cada golpe, pero continuó insistentemente como si no pudiera sentir dolor.

Kagome cayó sobre sus rodillas, apenas consiguiendo mantener su mano agarrada a la de Kaede. Tenía que aguantar. Tenía que proteger a la aldea. Le daba vueltas la cabeza.

—¡Miko-sama!

—¡Miko-sama! ¡Resista!

—¡Kagome-sama!

Podía oír a los Tachibana llamándola, gritándole que aguantase. Podía sentir a la araña aporreando la barrera. Iba a desmayarse. Iba a vomitar. Pero la aldea…

El youkai araña bajó tres de sus patas a la vez en un golpe particularmente salvaje y la barrera destelló. Kagome se encontró empujada a un lado, le dio vueltas la cabeza mientras se alejaba rodando unos metros.

Se incorporó temblorosamente sobre sus manos, su mirada se movió frenéticamente de un lado a otro. Las monturas de los Tachibana estaban retirándose, los hombres se encontraban en un caos mientras el shōki se filtraba a su alrededor. Pero ¿dónde estaba Kaede-sama?

Sintió que toda la sangre se drenaba de su rostro.

Su maestra estaba en el suelo, una de las patas de la araña perforaba su pecho y la clavaba a la tierra. La había apartado de en medio…

Kagome gritó, un sonido agudo y sin palabras que resonó incluso sobre el caos de la batalla.

Una repentina ola de luz rosada manó de ella y se extendió en un resplandor, limpiando el shōki instantáneamente. El youkai araña chilló, cojeando hacia atrás cuando la luz lo tocó.

Kagome se puso temblorosamente en pie, con la respiración trabajosa. Avanzó lentamente hacia la debilitada masa de la araña herida, colocando una flecha con manos temblorosas.

—No vas… a tocar a mi aldea —jadeó, poniéndose en pie ante ella e intentando levantar el arco con la poca fuerza que le quedaba.

Una pata atacó a ciegas en medio de la agonía de la araña, alcanzándola en un costado. La derribó, arrastrándola por el suelo. Gimió, tumbada bocabajo donde terminó descansando.

Sus extremidades se estaban quedando entumecidas. Había gastado demasiada de su energía en la última explosión. Su visión estaba empezando a desaparecer en los laterales. Parpadeó rápidamente, intentando reunir fuerza suficiente para volver a moverse.

Algo la tocó, empujándola para dejarla sobre su espalda. Yació allí, alzando la mirada al rostro medio derretido de la araña mientras se cernía sobre ella.

Muévete, se dijo. Haz algo.

No pudo.

—¡Tú! ¡Eres ! —siseó una voz, saliendo de algún lugar profundo dentro de la araña—. Esas putas de la corte eran más inteligentes de lo que les reconocí. ¡Un recipiente humano! ¡No me extraña que fueras capaz de convertirte en una peste así en la corte tan rápidamente, pequeña miko! Pero no pasa nada. Te perdonaré ahora que me has dado este regalo. Al fin puedo terminar lo que empecé con la muerte de ese maldito perro.

Levantó una de las pocas patas ilesas. Kagome observó, su mente extrañamente se separó más y más de la escena. Simplemente no quedaba nada dentro de ella.

—¡Kagome!

Un borrón rojo y blanco se deslizó en su campo de visión, amputando la pata levantada antes de que pudiera descender sobre ella. Kagome pudo oír a la araña aullando de dolor y a los Tachibana avanzando en sus monturas para ayudar a acabar por fin con ella.

Suspiró de alivio, deslizándose en la inconsciencia. Su aldea se salvaría.


Kagome se levantó en la oscuridad, aliviada solo por el brillo de un pequeño fuego. La pequeña cabaña estaba en silencio y descubrió que le dolía todo el cuerpo, incluso los huesos. Gimió.

—¿Niña? ¿Estás despierta? —la áspera voz llegó de algún lugar a su derecha.

Se incorporó lentamente y con no poca cantidad de dolor, girándose para ver a Kaede-sama acostada sobre un futón enfrente de ella. La mujer parecía más mayor de lo que recordaba la aldeana a la débil luz del fuego, su rostro estaba profundamente tenso.

Kagome se desenredó de su propio futón lentamente, apretando los dientes contra las protestas de sus músculos mientras iba hacia la anciana mujer.

—¿Se encuentra bien, Kaede-sama? —preguntó, pero supo la respuesta en el momento en que las palabras salieron de su boca.

Habían atendido y vendado las heridas de la anciana miko, pero estaba mortalmente pálida. Su respiración era superficial, la ligera humedad del sonido sugería que uno de sus pulmones había sido perforado, y su ojo bueno estaba velado de dolor.

—K-Kaede-sama, resista. Puedo… —dijo, levantando las palmas sobre la mujer. Kaede extendió la mano, agarrándole las manos con una de las suyas. Su piel estaba fría como el hielo.

—Guarda tu energía, niña. Todavía estás muy débil y ha llegado mi hora —resolló.

—¿Qué? ¡No! Puedo curarla, Kaede-sama. ¡Puedo…!

Pero podía sentirlo a través de la mano de Kaede.

El brillo de su energía vital era tan débil dentro de ella que habría sido imposible para la joven miko reavivarlo incluso si hubiera estado en su mejor condición. No podía revertir la muerte.

—Kaede-sama… por favor… —exhaló, aunque no tenía ni idea de lo que estaba rogando.

—Silencio, mi queridísima niña. No me queda mucho tiempo en este mundo y tengo algo que debo confesarte antes de irme. Por favor, debes escuchar mi confesión —dijo apretándole las manos.

Kagome se mordió el labio, asintiendo incluso mientras empezaban a arderle los ojos.

Kaede respiró tan hondo como le permitió su pulmón herido, su ojo se cerró.

—Vine a esta aldea hace muchos años desde la corte —murmuró, su voz era lejana mientras su mente vagaba hacia el pasado—. Estaba intentando escapar del caos y del dolor de la guerra por el trono. Pero eso no fue todo. Porté conmigo una carga que se me encargó cuidar.

Resolló suavemente durante unos momentos, intentando recuperar el aliento. Kagome apretó su mano con más fuerza entre la suya, conteniendo los sollozos. Kaede-sama necesitaba hablar y ella no iba a interrumpirla.

—Ah… me canso, pero no te privaré de esta última verdad —exhaló, más para sí que para Kagome—. No te mentí cuando dije que escogí esta aldea por ti, mi niña. Tu aura fue como un bálsamo para mi agotada alma. Pero… también fue para mí como una forma de escapar de mi carga. ¡Estaba aterrada, niña, debes entenderlo! Estaba aterrada y fui una cobarde. Te pasé mi carga cuando eras todavía demasiado joven para entenderlo y les recé a los kami para que me perdonasen algún día por mi debilidad. Pero me temo que alteré tu destino irrevocablemente en ese momento…

—¿De qué está hablando? No entiendo, Kaede-sama. Nunca fue más que buena conmigo —dijo Kagome, las lágrimas se derramaban por sus mejillas. Descubrió que su corazón latía con un loco tamborileo dentro de su pecho.

—Al principio asumí tu educación con la esperanza de absolverme —continuó Kaede, estaba demasiado ida como para poder escucharla—. Esperaba que, si te cuidaba, te protegía, podría salvarme. Pero yo… acabé queriéndote más que a nada en el mundo. Tu bondad, Kagome, me salvó cuando estaba perdida para el mundo. Te quiero y debes perdonar a esta anciana por sus pecados contra ti.

Una solitaria lágrima trazó los profundos pliegues de su rostro. La joven miko se estiró para limpiársela instintivamente.

—¿Qué ha hecho, Kaede-sama? —preguntó temblorosamente, aunque estaba segura de que no quería saberlo.

—La Shikon no Tama —rechinó Kaede finalmente, las palabras pesaban con el peso de años de represión—. La O-Miko Midoriko-sama, mi maestra, me rogó que abandonase la corte y que me la llevara conmigo. Sé poco de su auténtica naturaleza, pero Midoriko-sama me advirtió de que todo estaría perdido si llegase a caer en las manos de aquellos con corazones impuros.

Sacó la mano de entre la de Kagome, bajándola al nivel de la cadera de la miko más joven. Tocó ligeramente con un dedo un punto de su cadera derecha.

Un suave brillo rosa emanó de algún lugar debajo de su piel. Kagome se quedó sin aliento, un extraño sobresalto la recorrió ante el contacto.

—La escondí en tu interior, niña. Te he perjudicado enormemente —dijo Kaede, su voz se volvía débil a cada momento—. Pensé que, si eras tú, tu corazón sería lo suficientemente puro. Que tu poder sería suficiente para mantenerla a salvo. Manejé tu vida sin pararme a pensar en ti y luego acabé queriéndote más que a nada. Este es mi castigo… yo… lo siento mucho…

Kagome pudo sentir que se desvanecía, su luz se atenuaba rápidamente. Su maestra. Su amiga. Una de las personas más preciadas que le había enseñado lo que era amar y ser amada.

Entendía lo que estaba diciendo la anciana. Entendía que la había utilizado. Mentido. Tal vez perjudicado muy enormemente.

En ese momento no le importaba.

—Estaba asustada. Usted estaba asustada y no sabía qué hacer, y sufría. No la culpo. No lo hago. Nadie lo haría, Kaede-sama. Usted se ocupó de mí. Cuidó de mí. La quiero, Kaede-sama —murmuró con honda emoción, las lágrimas bajaron por sus mejillas mientras se estiraba para alisar el pelo de la ceja de la anciana.

—Tu… corazón es más grande que nada, Kagome. Gracias. Ser tu maestra ha sido mi única salvación en esta vida. Creo que crearás tu propio destino, sea lo que sea que yo haya hecho para alterarlo.

Kagome asintió, sus manos temblaban contra el rostro de la anciana.

—La quiero. La quiero de verdad, Kaede-sama —balbuceó con impotencia.

—Lo sé. Y eso es todo… lo que podría…

Y la luz se apagó.

Kagome se sentó durante largos momentos, fijando la mirada en el rostro ahora inmóvil de su mentora. Se inclinó lentamente hacia delante, enterrando la cara en la parte delantera del traje de la mujer y finalmente empezó a sollozar abiertamente.

—Kaede-sama —dijo con voz ronca, aferrando sus ropas como una niña perdida—. Se… S-Se… ¡Se suponía que yo debía salvarla! ¡Se suponía que debía protegerla por una vez! ¿Por qué… de esta forma…?

—Kagome…

La joven miko negó con la cabeza, importándole muy poco quién era o qué quería. Estaba sollozando con tanta fuerza que apenas podía respirar. Le dolía todo.

—¡Kagome!

Una mano tiró de ella hacia arriba, apartándola del cuerpo. Se dio la vuelta para mirar con furia a la persona, temblando completamente.

—Está muerta —dijo entre dientes y sintió las palabras como un cuchillo incluso cuando se dio cuenta de que quien estaba delante de ella era Inuyasha—. Kaede-sama está muerta…

Sin decir una palabra, el hanyou tiró de ella contra su pecho, puso su cabeza bajo su barbilla y sus brazos la rodearon con fuerza. Kagome aferró su hakama sin pensárselo dos veces, apoyando la frente contra su pecho mientras temblaba.

—¡Inuyasha! ¡Está muerta! ¡E-Está…! —sollozó con impotencia.

—No es culpa tuya. Hiciste todo lo que pudiste —dijo, llevando una mano con garras para ahuecar la parte de atrás de su cabeza.

Se aferró a él como a un salvavidas, segura de que en ese momento era lo único estable que quedaba en todo el mundo. La abrazó protectoramente, escuchando sus divagaciones sin sentido y respondiendo con palabras que ella apenas recordaba, pero eso, no obstante, la reconfortó.

Finalmente empezó a recomponerse un poco, con un suave hipo mientras las lágrimas remitían gradualmente. Levantó la cabeza lentamente, echándose un poco hacia atrás. Sus brazos no se aflojaron alrededor de ella y Kagome parpadeó, mirándolo interrogante.

Sus ojos dorados estaban oscuros, preocupados. Kagome sintió una pequeña ola de gratitud atravesándola y de repente se dio cuenta de algo.

—Me seguiste hasta aquí —acusó suavemente.

Sus ojos se apartaron de ella con culpabilidad.

—… Sí.

—Pero ¿qué pasa con la corte? ¿De verdad crees que fue sensato venir tras de mí? —preguntó preocupada.

—Prometí que te protegería —insistió él con testarudez—. Y me aseguré de encargarme de la corte. Nadie sabe que me he ido. Todos aquí piensan que soy un guardia personal que te asignó el Tennō. Mi palabra contigo tiene que ir primero, Kagome, ¿o si no qué clase de bastardo sería?

Kagome lo miró, conmovida tanto como estaba preocupada. Su deber debería ser primero para con la corte, pero aun así…

—Eres un muy buen hombre, Inuyasha —murmuró, un poco sorprendida por él.

—No lo suficientemente bueno como para evitar que casi te mueras —respondió en voz baja.

Kagome alzó la mirada hacia su rostro, la culpa que allí había era obvia. Sin pensar, se alzó en su abrazo, presionando sus labios ligeramente contra su mejilla. Sintió su piel cálida bajo sus labios.

—Lo suficientemente bueno para salvarme la vida —dijo en voz baja mientras se apartaba—. Gracias.

Bajó la mirada a ella durante un momento, con los ojos bien abiertos, antes de que su rostro se iluminara con un intenso sonrojo. Kagome se sintió sonrojarse en respuesta al darse cuenta de lo que había hecho y se puso a una distancia segura.

—¿Q-Qué ocurrió después de que me desmayase? —preguntó con los ojos fijos en el suelo entre ellos.

Le oyó aclararse la garganta enérgicamente.

—Entre los Tachibana y yo acabamos con esa araña. Estaba bastante débil después de que terminaras con ella, pero aun así consiguió derribar un par de las cabañas de aquí antes de que pudiéramos destruirla por completo. Pero nadie salió herido y los Tachibana se van a quedar atrás para ayudar con la reconstrucción —dijo.

Kagome frunció el ceño, la imagen de la araña asomaba en su mente. Era demasiada coincidencia que se encontrarse la misma cosa dos veces seguidas. Que fuera específicamente a por las aldeas que rodeaban la suya. Y, si lo recordaba correctamente, había sabido algo sobre ella dentro de la corte…

—¿Kagome? —dijo el hanyou al ver el repentino cambio en su expresión.

Levantó los ojos para encontrar los de él, amplios con incipiente horror. Se tensó, dando inconscientemente un paso hacia ella.

—Inuyasha… no creo que esto haya sido casualidad —dijo en voz baja, sintiendo que se enfriaba a medida que las palabras colgaban en el aire entre ellos.

—¿Qué?

—El youkai araña —dijo—. Cuando curé al pequeño, a Yuutaro, el mismo youkai araña estaba dentro de él. Exactamente el mismo. ¡Y no mucho después las aldeas de cerca de la mía fueron atacadas! Y el youkai araña de hoy… parecía conocerme de la corte. Dijo que había sido… problemática, o algo así… Kami, Inuyasha… ¿iba tras de mí? Toda esta gente… solo para atacarme…

El hanyou la agarró por los hombros, zarandeándola ligeramente antes de que de verdad pudiera empezar a ponerse nerviosa. Sus hombros eran livianos bajo sus manos y sintió una punzada en el pecho.

—Para con esa mierda, Kagome. Si toda esa mierda es cierta, tenemos que llevarte de vuelta a la corte, donde sea seguro. Esa cosa debe de haber querido atraerte hasta aquí, así que hay que llevarte de vuelta —dijo.

—¡No! —gritó Kagome—. ¿Y si vuelve? ¡No puedo volver a abandonar a mi aldea! ¡No puedo! Ya ni siquiera tienen a Kaede-sama…

—Como he dicho, los Tachibana se van a quedar aquí. Ellos protegerán tu aldea. ¡Tú tienes que…!

Kagome negó frenéticamente con la cabeza, apartándose de él.

—Vuelva usted a la corte, Inuyasha-sama. Yo tengo que quedarme aquí. No voy a abandonarles cuando me necesitan —dijo con firmeza, encontrando sus ojos con terquedad.

El hanyou la miró con furia, su labio superior se curvó en un ligero gruñido. Levantó la barbilla, negándose a retroceder.

—¡Bien entonces, niña! —ladró finalmente, con los ojos encendidos—. ¡Yo tampoco voy a volver!

Kagome lo miró boquiabierta.

—¿Qué?

—Para protegerte, tengo que quedarme contigo. Así que si tú no vuelves, yo tampoco —dijo, una sonrisa de satisfacción vagamente triunfal levantó una comisura de su boca.

—E-Está… ¡Está loco! —tartamudeó Kagome, dando un pisotón con un pie con énfasis—. ¡No puede estar lejos de la corte tanto tiempo! ¡Solo piense en lo que podría pasar, Inuyasha-sama!

—No voy a incumplir mi promesa, niña. Tú misma lo dijiste, si no hubiera venido tras de ti esta vez, estarías muerta. Tienes un aspecto incluso peor ahora que antes. Tú te quedas, yo me quedo, así de simple. Si quieres que vuelva, entonces tú te vienes conmigo —aseveró.

Kagome frunció el ceño en su dirección en respuesta, perfectamente consciente de que no iba a ceder ahora que se había decidido. Era increíblemente terco. E impráctico, además. ¿Cómo se le ocurría siquiera dejar la corte abandonada?

—Una semana —dijo ella finalmente—. Deme una semana para al menos erigir algunas barreras protectoras en esta zona en caso de que la cosa decida volver. Tan pronto termine, prometo que regresaré a la corte con usted.

Inuyasha asintió, un poco de astucia salió de su expresión.

—Una semana —aceptó—. Por la forma en la que lo organicé, la corte debería ser capaz de aguantar hasta que volvamos.

Kagome asintió, aunque era más que un poco reacia. Miró hacia la paja de enfrente que cubría el tejado de la pequeña cabaña (el templo, en realidad, ahora que había tenido un momento para mirarlo) y se dio cuenta con un presentimiento de lo que tenía que hacer ahora.

—Tengo que informar a los aldeanos del fallecimiento de Kaede-sama —dijo en voz baja.

—Joder, Kagome, puede esperar al menos hasta que…

Una mirada a su rostro lo silenció. Parecía más exhausta y desalentada de lo que nunca la había visto.

Soltó el aire en un resoplido, avanzando para coger su brazo y pasárselo por los hombros.

—Inuyasha, ¿qué…?

—Sigues débil, ¿no? Apóyate en mí e iremos a decírselo, ¿de acuerdo? —dijo, negándose a mirarla a los ojos.

Kagome sonrió débilmente ante la torpe expresión de apoyo. Sí que era un hombre muy bueno.

—De acuerdo. Vamos, Inuyasha.


La aldea estaba devastada por la pérdida de Kaede. Había estado con ellos durante muchos años, había presenciado el nacimiento de sus hijos, los había curado cuando estaban enfermos, les había proporcionado una guía en tiempos de peligro.

Muchos de ellos miraron expectantes a Kagome en medio de su tristeza y se sintieron aún más devastados al enterarse de que no iba a quedarse en la aldea para reemplazar a la miko. Kagome sintió sus expectativas ignoradas como un peso sobre sus hombros mientras les informaba que solo podía quedarse el tiempo suficiente para ayudar con el funeral de Kaede y para erigir una barrera de protección permanente alrededor de la aldea.

Pero Inuyasha estuvo categóricamente a su lado, fulminando con la mirada a cualquiera que pareciera que podría atreverse a reprochárselo. Tomó consuelo de su presencia, apoyándose un poco más pesadamente contra él de lo estrictamente necesario.

Se acordó que los últimos ritos de Kaede tendrían lugar a la mañana siguiente, una incineración conforme a la tradición Shintō. Después de eso, la joven miko pondría una barrera permanente alrededor de la aldea para su protección antes de partir a hacer lo que pudiera por las siguientes aldeas.

Les prometió que los Tachibana se quedarían unos días para ayudar con la reconstrucción de algunas cabañas en el borde de la aldea que habían sido destruidas con los últimos golpes de la araña. Esto pareció tranquilizarlos un poco, pero no fue difícil leer el resentimiento en muchos de sus rostros.

Pero Kagome no podía culparlos. Se había marchado con la promesa de que mejoraría sus vidas, pero no había hecho casi nada por ellos en su tiempo fuera. Y ahora habían sido atacados y habían perdido a la miko de su aldea solo para enterarse de que Kagome no podía quedarse más de un día para ayudarles.

Pudo reunirse brevemente con su familia cuando terminó de dirigirse a los aldeanos. La abrazaron con cariño, acribillándola a preguntas sobre su tiempo fuera. A Inuyasha y a ella los condujeron al interior de su cabaña y sirvieron el té, aunque su abuelo estaba más que un poco receloso del hanyou.

Era extraño estar sentada en el lugar que ella había considerado su hogar durante tanto tiempo sintiéndose como una extraña. Su familia no dijo una palabra sobre sus muchos fracasos en relación con la aldea, ni siquiera dieron a entender que sintieran la más mínima punzada de decepción, pero Kagome no podía evitar sentirse separada de ellos por eso.

Apenas podía disfrutar del hecho de que al fin había podido regresar al hogar que había extrañado tan desesperadamente desde su partida. Parecía como si hubiera pasado toda una vida entre las dos épocas.

Cuando le ofrecieron su viejo futón para que durmiera durante la noche, tuvo que negarse. De algún modo no podía soportar la idea. Se disculpó con la excusa de querer velar el cuerpo de Kaede dentro del templo durante la noche. Obviamente estaban decepcionados, pero le permitieron irse sin quejarse.

Ahora estaba acostada de nuevo en el oscuro templo, fijando la mirada vacía en el techo de paja. Inuyasha estaba sentado en algún lugar cerca de la entrada, se había negado cuando le había ofrecido un futón para él.

Le dolía profundamente el cuerpo de los esfuerzos del día, pero de algún modo se sentía muy fría. Todo estaba mal. Le había fallado a tanta gente. Había conseguido que atacaran su aldea y un número de otras más. Kaede-sama había muerto por su culpa.

No sabía qué hacer. No tenía ni idea de cómo podía empezar a redimirse. Tal vez este era su castigo por intentar jugar a los juegos de la corte.

—Oye, niña, ¿qué haces todavía despierta? —la voz del hanyou atravesó la oscuridad.

—¿Cómo sabías que seguía despierta? —preguntó, entrecerrando los ojos entre la negrura de la cabaña para intentar captar un vistazo de él.

—Tu respiración. Puedo oírla y es obvio que no estás dormida. ¿Qué pasa? —insistió.

—Yo… probablemente estoy exhausta después de los esfuerzos de hoy —aseguró.

—Sandeces —declaró rotundamente—. Te estás comiendo la cabeza otra vez, ¿no? Ya te lo he dicho, no hay nada que hubieras podido hacer por la anciana…

—¡No es solo eso! —explotó Kagome, incapaz de contenerse—. ¡Es todo! Esta gente… toda esta gente… ¡se suponía que iba a ayudarlos al irme a la corte! ¡Se suponía que debía protegerlos! ¡Y no he hecho nada! Absolutamente nada…

Presionó los puños con fuerza contra los ojos, que le ardían, intentando desesperadamente no llorar. No tenía derecho a hacerlo, no por esto.

—¿De verdad crees que toda la mierda que has hecho hasta ahora no ha sido nada? —preguntó el hanyou, su voz era extrañamente suave en la oscuridad.

—¡Mira a tu alrededor! —dijo Kagome, lanzando una mano hacia afuera en un gesto de barrido—. Varias aldeas han sido destruidas. Kaede-sama está muerta. ¿Quién sabe cuántos más están muertos? Ni siquiera pude salvar mi propia aldea. ¿Y quién sabe cuántas otras aldeas como la mía están por ahí sufriendo? ¿Qué he hecho, Inuyasha?

Hubo silencio durante un largo momento.

—… ¿Qué has hecho? ¡Joder, Kagome, qué no has hecho! —soltó finalmente—. ¡Arriesgaste tu vida por ellos una y otra jodida vez! ¡Lo intentaste todo! ¡Si fuera yo, esperaría que se postrasen a mis jodidos pies por las cosas que has hecho!

—Pero ¿qué bien ha hecho? —soltó Kagome, incorporándose y mirando ciegamente con furia en la oscuridad—. ¡No están a salvo! ¡No están bien alimentados! ¡Nada de lo que he hecho en la corte ha tocado sus vidas en absoluto!

Los ojos dorados parecieron materializarse ante ella de la nada, ardiendo como la luz de una vela en la oscuridad. Kagome se quedó sin aliento, su corazón saltó en su pecho.

—¿Quieres que llegue a ellos? —dijo en voz baja—. Entonces, tú y yo, Kagome, haremos que llegue a ellos. Presionaremos a esos jodidos cortesanos hasta que no tengan más elección que ayudar a las aldeas. Nos aseguraremos de que estén protegidos, alimentados. Lo que sea que necesiten. Pero tienes que quedarte conmigo.

Una cálida mano con garras envolvió una de las suyas. Sus ojos encontraron y sostuvieron los de ella. Apenas se atrevió a respirar, embelesada.

—Tienes que quedarte conmigo, Kagome —dijo de nuevo—. Quédate a mi lado. Arreglaremos esta mierda, todo, si puedes dejar de comerte la jodida cabeza el tiempo suficiente para concentrarte. ¿Puedes hacerlo?

Kagome parpadeó en su dirección, cogida por sorpresa. Su corazón latía erráticamente en su pecho y parecía no poder emitir un solo sonido.

—¿Puedes hacerlo? —insistió él con más fuerza.

—Sí —dijo Kagome, casi sin pensar—. Me quedaré contigo. Prometo que me quedaré a tu lado, Inuyasha.

Sus ojos se suavizaron.

—Vamos a conseguirlo, niña. Te lo prometo.

Ella asintió lentamente. Al mirarlo a los ojos, tan brillantes y seguros incluso en mitad de la noche, sintió que volvía un poco de su confianza.

Juntos lo conseguirían.


Nota de la traductora: ¡Hola! Hoy he tenido un día agotador y, como no estaba muy segura de en qué punto del día de mañana iba a poder actualizar, he decidido adelantar unas horas este capítulo.

Espero poder contestar a los reviews que todavía no he respondido a lo largo del fin de semana. ¡Estoy muy contenta porque cada vez hay más lectores nuevos! Me hacéis muy feliz con todos vuestros comentarios. ¡Gracias, de verdad!

¡Nos vemos el 31 de julio con el capítulo 14!