Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Nuestra lección de hoy:

Ritos funerarios: tradicionalmente, en Japón, la familia de un fallecido visita su tumba, enciende incienso y deja ofrendas de comida por el espíritu del difunto. La familia también tiene el deber de limpiar la tumba y mantenerla.


Capítulo 14: De dolor y perlas

—Ya ha visto esa forma dos veces. A juzgar por sus pasados actos, dudo que permita que esto pase sin cuestionarlo. Será necesaria una distracción —anunció una voz con frialdad.

—¿Y la esfera? —respondió una voz femenina, su tono era igual de distante.

—Será difícil acercarse por ahora. La miko está bajo la protección del Tennō híbrido y la esfera obviamente se ha integrado completamente en su cuerpo. Es capaz de utilizar su poder para protegerse. Haré que el chico la vigile de cerca cuando vuelva a la corte. Nosotros esperaremos para atacar hasta que podamos estar seguros de que es vulnerable.

—Como desee, mi señor. En cuanto a la distracción, ¿tiene alguna preferencia? —inquirió la voz femenina.

—Eso te lo dejaré a ti. Yo actuaré por mi cuenta. Solo requiero que hagas el ruido suficiente para que yo permanezca oculto mientras trabajo —contestó el hombre.

—Entonces lo mantendré en las sombras, como siempre, mi señor.

—No me decepciones, o sabes bien cuáles serán las consecuencias.

—… Por supuesto, mi señor.


Kagome parpadeó lentamente, emergiendo de su sueño. Las estrellas brillaban vivamente en su campo visual y, por un momento, se encontró desorientada. Se incorporó en su futón, sintiendo el fresco del aire nocturno mientras las mantas se deslizaban por su torso.

—¿Kagome? ¿Estás bien?

Levantó la mirada, viendo a Inuyasha sentado enfrente de ella, al otro lado del pequeño fuego. Empezó a recordar lentamente dónde estaban.

Justo el día anterior, la aldea le había dado los últimos ritos a Kaede. Kagome había estado a la cabeza de la pira funeraria, con Inuyasha a su lado mientras presidía la ceremonia.

No había derramado una lágrima durante los actos, obligándose a despedir al espíritu de Kaede-sama del mundo con dignidad. No era bueno liberar un alma a la otra vida ahogándola en lágrimas y Kaede-sama no habría querido que llorase, lo sabía.

Poco después de la ceremonia, se había disculpado para ir a colocar la barrera protectora. Había un número de piedras espirituales almacenadas en el templo, herramientas que Kaede había usado a lo largo de su vida para canalizar su energía espiritual.

Kagome las había cogido y las había dispuesto alrededor del perímetro de la aldea, con Inuyasha detrás de ella mientras trabajaba. Una vez que las piedras estuvieron colocadas, sin embargo, se sintió un poco perdida. No tenía mucha idea de cómo crear una barrera por su cuenta.

Aun así, se sentó en el centro de la aldea y cerró los ojos, concentrando su sentido espiritual en las piedras. Podía sentir los remanentes de la energía espiritual de Kaede dentro de ellas y empezó también a encauzar su propia energía en ellas.

Las piedras llegaron a un punto en el que prácticamente tamborileaban con las energías espirituales combinadas de la joven miko y su mentora. Una barrera comenzó a crecer lentamente alrededor de la aldea, formándose como si estuviera guiada por una voluntad externa. La aldeana siguió alimentando su poder hacia ella hasta que estuvo segura de que se mantendría fuerte incluso cuando se marchara.

Se sintió drenada inmediatamente después, su cuerpo protestó vehementemente por sus recientes abusos. El hanyou la llevó de vuelta a la aldea para que se despidiera, gruñendo por lo bajo durante todo el camino sobre su falta de sentido común.

Informó a los aldeanos de que deberían estar a salvo de cualquier ataque de youkai mientras se mantuvieran dentro de los límites de la aldea. Parecieron aceptar esto a regañadientes, aunque era obvio que todavía habían esperado que decidiera quedarse con ellos.

Una mirada con bastante odio por parte de Inuyasha evitó que ninguno se atreviera a vocalizarlo.

Mas él se retiró por un momento cuando su familia fue a despedirse. Kagome tenía muy poca idea de qué decirles, su culpa por lo que les había pasado a las aldeas todavía acechaba al fondo de su mente.

Su madre pareció sentir su incomodidad, rodeándola sin decir una palabra en un cariñoso abrazo. Kagome apoyó la frente contra su hombro, recordando con una ola de nostalgia que había hecho exactamente lo mismo de pequeña.

—Mi pequeña —murmuró su madre, levantando una mano para apartarle el pelo de la cara con una caricia—. Te pareces tanto a tu padre. Siempre intentando ayudar a todo el mundo. Escucha, Kagome, escúchame, ¿vale? Todos sabemos que lo estás intentando. Los aldeanos también lo saben. Es solo que ahora están molestos, pero nada que valga la pena hacer se hace con facilidad, y debes recordarlo. ¡Solo ha pasado un mes! Tengo fe en que, con el tiempo, harás lo que te dispusiste a hacer. Y tampoco haría daño que dependieras un poco de ese joven tuyo de vez en cuando. Ha dejado claro que está más que dispuesto a ayudarte.

Kagome levantó la cabeza, parpadeando en dirección a su madre. Dirigió la mirada hacia el lugar donde estaba Inuyasha, de brazos cruzados y mirando hacia la distancia. Sintió que un sonrojo asomaba acaloradamente a su garganta y por todo su rostro, dándose cuenta con un sobresalto de lo que los dos debían de parecerles a los aldeanos.

Apoyó una mano a su cara, que se estaba enrojeciendo rápidamente, con los ojos bien abiertos mientras su mano libre se alzaba en un gesto de negación.

—No, mamá, Inuyasha y yo no…

Su madre la interrumpió con una risita y negó con la cabeza.

—No hay necesidad de negarlo. Creo que he vivido lo suficiente para saber cuándo dos personas son buenas la una para la otra. Es muy guapo, por cierto. Me alegro de que al final hayas podido conocer a alguien con el que puedas sentirte cómoda —dijo.

Kagome sabía que su rostro debía de estar tan rojo como el haori de Inuyasha para ese momento. Se debatió, intentando refutar su aseveración, pero su madre simplemente se inclinó y depositó un beso en su frente.

—Tu hogar siempre está abierto para ti si lo necesitas, Kagome. Y tu familia siempre te respalda, pase lo que pase —dijo amablemente, bajando la mirada hacia el rostro de la joven miko—. ¿Lo entiendes?

Kagome sintió que una pequeña sonrisa elevaba las comisuras de su boca al alzar la mirada hacia los amables ojos castaños de su madre. Tal vez la aldea no pudiera perdonarla, pero era obvio que su familia nunca se había rendido con ella. Era un consuelo saberlo.

—Lo entiendo, mamá —dijo en voz baja—. Gracias.

También les había dado un abrazo de despedida a Souta y a su abuelo, prometiendo que intentaría volver de visita en circunstancias más alegres. Igualmente les hizo prometer que acudirían a ella en la capital si algo les llegara a pasar a ellos o a la aldea de nuevo. Pasase lo que pasase, les dijo, nunca los abandonaría ni a ellos ni a su hogar.

Poco después, Inuyasha y ella se habían puesto en camino hacia la siguiente aldea, el sol estaba bajo en el cielo cuando se marcharon. Los Tachibana se quedaron atrás para ayudar con la reconstrucción, el padre de Sango le prometió a la miko que enviaría a algunos de sus hombres a las demás aldeas que habían sido atacadas para ayudar a los supervivientes.

Lo habían discutido brevemente y decidieron que la mejor forma de ocuparse del tema sería traer a cualquier superviviente de la aldea en ruinas o a su aldea o a una de las otras aldeas alrededor de las que erigiría una barrera. Así, podrían estar seguros de la seguridad y de la comodidad de la ayuda de los demás aldeanos.

—Eh, ¿hay alguien ahí?

Las palabras, junto con un ligero golpeteo de unos nudillos contra su sien, trajeron a la aldeana de regreso al presente. Parpadeó en dirección al hanyou, que estaba agachado sobre ella, apartada de sus remembranzas.

—Pensé que era mejor despertarte antes de que empezases a babearte o algo así —se burló Inuyasha, golpeteando de nuevo su cabeza antes de recostarse.

Kagome se sonrojó débilmente, frunciendo el ceño.

—Yo no me babeo —protestó, aunque se llevó la mano inconscientemente hasta la mejilla para comprobar las comisuras de su boca.

—¡Ja! Cómo que no —contestó—. Pasadas unas horas de la noche, tu futón es prácticamente un charco.

Kagome parpadeó, con el rostro calentándosele aún más.

—¿Me miras mientras duermo? —prácticamente chilló, un poco avergonzada ante la idea.

Eso borró la sonrisa de satisfacción de su rostro con bastante rapidez. Su cara tomó el tono de su haori.

—¡P-Por supuesto que no! Es decir, yo no tengo que dormir tanto como vosotros los humanos y mi trabajo es cuidarte, en cualquier caso, y…

Se interrumpió, dándose cuenta de que obviamente se había delatado. Le dio la espalda con un resoplido demasiado alto, marchando de vuelta a su lado del campamento con rigidez.

Kagome parpadeó, una risita brotó ante su incomodidad. Solo estaba cuidando de ella, incluso si la había pillado babeando.

—Bueno, gracias por cuidar de mí. Lo aprecio —le dijo en voz alta.

Él parpadeó, un poco del rojo se desvaneció de sus mejillas mientras la miraba por encima del hombro. Se infló un poco, obviamente algo complacido ante el halago.

—Feh. Qué más da. Ahora duérmete para que podamos apresurarnos y llegar a la siguiente aldea mañana por la mañana temprano —ordenó.

—Sí, sí —suspiró, acostándose de nuevo en su futón y cerrando otra vez los ojos.

No había colocado barreras protectoras alrededor de su campamento, a pesar de estar en mitad de un bosque. Inuyasha le había ordenado que no lo hiciera, diciéndole que ahorrase la poca fuerza que pudiera recuperar para las aldeas. Aun así, se sentía completamente segura sabiendo que Inuyasha la estaba cuidando.

—Buenas noches, Inuyasha —dijo en voz baja, le gustaba el ritual, tal vez un poco más de lo que debería.

—Buenas noches, Kagome —murmuró en respuesta y ella sospechó que él también lo disfrutaba un poco.


Se desarrolló una rutina durante los siguientes días. Temprano, por las mañanas, Inuyasha la llevaba hasta la siguiente aldea más cercana junto al río. Se reunían con el jefe de la aldea y Kagome explicaba lo que había ocurrido y lo que pretendía hacer.

En su mayoría, las aldeas aceptaban sin reparos su oferta, ya conocían demasiado bien el caos que los ataques youkai causaban en una aldea desprevenida. Algunas, no obstante, se mostraban vacilantes y reacias, especialmente cuando salía a relucir que Kagome había estado sirviendo en la corte.

Desconfiaban de la corte y de todo lo relacionado con ella. Nunca antes había estado ahí para ellos, aseveraron, y no tenían ninguna razón para depender de ella para que los ayudase. Por muy triste que estuviera Kagome al oír esto, había poco que pudiera decir para oponerse. Inuyasha observaba estos intercambios con expresión adusta. La miko solo podía imaginar cómo debía de hacerle sentir oír tales cosas.

Aun así, finalmente fue capaz de persuadir incluso a los más testarudos de que a ella solo le preocupaba mantenerlos a salvo y que no habría condiciones para con la corte. Se levantaron barreras protectoras, aunque se expresó poca gratitud a cambio.

Nunca se quedaron a pasar la noche en las aldeas. Muchos de los aldeanos parecían recelar de Inuyasha, algunos eran incluso hostiles, e Inuyasha parecía igualmente incómodo entre ellos. Por tanto, la miko decidió establecer en la primera aldea su preferencia por seguir avanzando antes de que se hiciera de noche, aparentemente a fin de llegar con ventaja a la siguiente aldea a la mañana siguiente.

Inuyasha y ella pasaron las noches acampando juntos en el bosque. En otras circunstancias, esto podría haberla preocupado, sus poderes estaban demasiado débiles al final de cada día para formar cualquier suerte de protección. Sin embargo, a lo largo de cada noche podía sentir la mirada del hanyou sobre ella, cuidándola. Durmió profundamente.

Al quinto día de estar viajando juntos, llegaron a una aldea que estaba remetida entre una gama de pequeñas montañas junto al río. Algo en el lugar le pareció diferente a Kagome, aunque no podía precisar exactamente cómo o por qué. Inuyasha también pareció sentirlo, algo en su pose se volvió tenso a medida que se acercaban.

La reacción que recibieron de los aldeanos al enterarse de la conexión de Kagome con la corte confirmó aún más que había algo extraño. Ciertamente algunas de las demás aldeas habían desconfiado de ella, pero la reacción de los aldeanos de aquí no era menos que violenta.

Intentaron echarla físicamente y solo la protección de Inuyasha evitó que esto ocurriese. Le rogó al hanyou que no les hiciera daño, que le diera una oportunidad de entender lo que estaba pasando, pero era difícil cuando todos los hombres de la aldea estaban armados y listos contra solo ellos dos.

—Por favor —dijo en voz alta, intentando asomarse por detrás de la sólida pared del hanyou, que estaba plantificado directamente delante de ella—. Por favor, deténganse. Solo hemos venido a ayudar. Ha habido ataques youkai recientemente…

—Mi aldea correrá con mucho gusto el riesgo contra los youkai si la alternativa es más interferencia de la corte —la interrumpió el líder de la aldea, aunque sus ojos y su espada estaban fijos en los movimientos de Inuyasha delante de ella. El labio del hanyou se curvó en los comienzos de un gruñido de advertencia.

—¿A qué se refiere con más interferencia? —preguntó Kagome, apoyando una mano a modo de contención en el hombro de su protector—. No he visto ninguna señal de la presencia de la corte en esta aldea.

—¡Por supuesto que no! ¡Se destruyó hace cinco años, junto con la mayoría de nuestra aldea! La presencia de la casa del clan Konoe casi nos mató a todos. ¡Nos ha llevado todo este tiempo llegar al punto de poder arreglárnoslas y no vamos a dejar que la corte venga aquí a arrastrarnos otra vez!

Kagome abrió la boca con otra pregunta a medio formar en la punta de la lengua, pero se detuvo cuando sintió el repentino cambio en el hanyou delante de ella. Sus hombros parecían tensos como la cuerda de un arco. Lo poco que podía ver de su rostro por encima de su hombro había perdido su intensidad, reemplazada en cambio con vacía incredulidad.

—¿Inuyasha? —murmuró en voz baja.

Él parpadeó, girando la cabeza vagamente en su dirección, aunque sus ojos permanecían distantes.

—Mi madre —dijo en voz baja, aunque más para sí mismo que para ella—. Esta era la casa de mi madre. Aquí fue donde la mataron.

Kagome sintió que se le abrían los ojos como platos. Casi sin pensar, agarró el brazo de Inuyasha y empezó a tirar, guiándolo para salir de la aldea. Él parpadeó, volviendo un poco en sí, pero todavía permitiendo que lo guiase.

Los aldeanos abuchearon mientras se marchaban, aclamando su partida, pero Kagome escogió ignorarlo por el momento. Podían volver a intentarlo cuando se hubieran preparado. Inuyasha tenía que ir primero.

Tiró de él hasta que estuvieron a una distancia segura fuera de los límites de la aldea antes de darse la vuelta para mirarlo a la cara. Llevó las manos a los lados de su rostro, obligándolo a encontrar su mirada de preocupación.

—¿Estás bien? —preguntó, inspeccionando sus ojos con los suyos.

—E-Estoy bien, niña —fanfarroneó, sonrojándose mientras le apartaba las manos con un golpecito—. Yo… solo me sorprendí, es todo. Simplemente no pensé que fuera a venir aquí. Donde ella…

Se interrumpió, su mirada volvió de nuevo hacia su interior.

—Entonces… ¿aquí era donde vivía el clan de tu madre fuera de la corte? —se atrevió a preguntar Kagome con suavidad.

Él asintió.

—Sí. El clan Konoe. Esta aldea debe de haber estado en sus tierras. Mi madre… después de tenerme, las cosas… se volvieron difíciles para ella en la corte. Así que… después de un tiempo pensó que sería mejor que se viniera a vivir aquí. Solo… solo hasta que se calmasen las cosas. Pero ella…

Kagome se mordió el labio, estirándose para darle la mano.

—¿No volvió?

—Hubo un ataque. Una banda de asaltantes tomó el lugar por sorpresa. No sobrevivió nadie del clan —dijo Inuyasha secamente. La mano de debajo de la de Kagome se cerró en puño.

—Oh, Inuyasha…

—Vámonos, Kagome —interrumpió el hanyou, dándose la vuelta abruptamente—. Es obvio que no nos quieren aquí y puede que intenten hacerte daño si vuelves. Así que vámonos.

Su dolor era obvio, incluso después de tantos años. Nunca había tenido una oportunidad de despedirse. De verla una última vez. No había sido más que un niño y un día ella simplemente había desaparecido. Por supuesto que todavía le dolía.

—Yo… creo que deberíamos quedarnos —dijo en voz alta con vacilación a su espalda.

Él se detuvo, aunque no se dio la vuelta para mirarla a la cara. Se le tensaron los hombros.

—Kagome…

—Por favor, Inuyasha. No me puedo imaginar lo doloroso que debe ser para ti, pero… ¿no crees que al menos deberías aprovechar la oportunidad para despedirte? ¿Para prestarle tus respetos a la tumba de tu madre? Puede que no vuelvas a tener otra oportunidad. Es obvio cuánto debes de haberla querido. Y estoy segura de que ella también debe de haberte querido. Así que… por favor, quédate para decir adiós. Para que los dos podáis estar en paz.

Estuvo en silencio y quieto durante un largo momento. Kagome esperó, rezando para que aprovechase la oportunidad de descargarse aunque solo fuera un poco.

Finalmente, se volvió hacia ella. Su expresión era vacilante, dubitativa. Kagome extendió instintivamente una mano hacia él.

—Yo estaré contigo si quieres, o esperaré aquí, si quieres —ofreció con esperanza.

Él suspiró, marchando hacia delante para coger su mano extendida con la suya. Empezó a caminar hacia la aldea, tirando de ella consigo.

—Vamos, entonces. Ya que obviamente no vas a dejar el tema —gruñó.

Kagome sonrió.


Esta vez evitaron ir directamente hacia la aldea, prefiriendo no tener que lidiar con los aldeanos por el momento. En su lugar, rodearon sus límites, buscando una señal de dónde podría haber estado la residencia Konoe.

Después de una búsqueda de casi media hora, llegaron a la parte más oriental de la aldea y a un terreno grande y abierto cubierto de hierba. Había una serie de lápidas esparcidas por su superficie, variando en forma y tamaño. Un cementerio.

Inuyasha se detuvo en las puertas exteriores del terreno, con el rostro turbado. Todavía no había soltado su mano y Kagome apretó la suya alrededor de la de él en un apoyo silencioso. Tras un largo momento, él empezó a avanzar.

La mayoría de las tumbas parecían pertenecer a aldeanos que habían muerto en el asalto, a juzgar por las inscripciones de las piedras sepulcrales. Aunque piedra sepulcral puede haber sido una expresión demasiado extravagante para describir las lápidas, muchas de las piedras eran poco más que unos toscos kanji tallados en ellas. La pobreza de la aldea era evidente.

Kagome sintió que podía entender de algún modo la ira de la aldea, la extensa llanura estaba cubierta con tumbas hasta donde le alcanzaba la vista. Obviamente habían perdido mucho en el asalto. Y ellos no eran los únicos, pensó mientras miraba hacia el hanyou que estaba a su lado.

Sus ojos permanecieron sobre cada piedra sepulcral a medida que pasaban, un breve resplandor de alivio los iluminaba cuando cada una resultaba no ser la que buscaban. Su mano seguía apretada alrededor de la de ella en adusta anticipación, ya que cada una los acercaba un paso más a la de su madre.

Llegaron a un lugar donde la planicie empezaba a ascender hasta una colina. En lo alto de la colina había una sección de tumbas apartadas del resto. Incluso desde la distancia era fácil ver que el musgo había crecido sobre muchas de las piedras sepulcrales de la colina, su cuidado estaba mucho más desatendido que el de todas las demás.

Inuyasha se detuvo en seco al pie de la colina, con la mirada fija en las tumbas que había en lo alto. Kagome se giró para mirarlo, esperando en silencio.

—Esas tumbas… nadie ha estado cuidando de ellas como de las demás —murmuró, aunque no la miró mientras hablaba.

Kagome volvió a mirar hacia las tumbas, asintiendo lentamente. No había ninguna ofrenda de incienso o comida ante ninguna de las lápidas. Estaba claro que allí no se estaban respetando los ritos funerarios.

—También huelen diferente —continuó el hanyou—. A algo familiar.

—… ¿Las tumbas del clan Konoe? —se atrevió a preguntar Kagome lentamente.

Inuyasha asintió, aunque no se movió. Durante varios minutos, simplemente se quedó allí de pie, como si estuviera clavado en el sitio, con la mirada fija levantada hacia las tumbas. Kagome lo observó en silencio, esperando a que estuviera listo.

Finalmente, él le soltó la mano y empezó a subir por la colina con decisión. Trepó tras él, alcanzando lo alto varios segundos después.

Estaba arrodillado delante de una de las piedras para cuando lo alcanzó, con la nariz casi presionada contra ella y la frente fruncida en señal de concentración. Kagome frunció el ceño, parpadeando ante la extraña escena.

—¿Inuyasha? —dijo, avanzando un paso hacia su figura inclinada. Podía oír la respiración ruidosa de la nariz mientras olfateaba la piedra.

Olfateó largamente por última vez antes de girarse para mirarla. Tenía las cejas claramente fruncidas, su confusión era evidente.

—Huele a mi viejo —dijo, aunque no sonaba como si de verdad se lo creyese—. Todo este sitio huele a mi viejo.

—¿A tu padre?

—Sí. Ya casi no está, pero es su aroma.

—¿Tal vez vino a visitar a tu madre, entonces? —sugirió Kagome.

Inuyasha negó con la cabeza, su boca se curvó con amargura.

—No, mi viejo no. Nunca venía a vernos en la corte, ni una vez. Y ella no era su esposa. Ni siquiera era una de sus concubinas. Él… él no habría venido aquí —dijo con expresión ensombrecida.

—Pero has dicho que su aroma está aquí. ¿Qué otra razón podría haber? —respondió Kagome amablemente, le dolía el corazón por la forma en la que hablaba de su propio padre.

El hanyou bajó la mirada, sus ojos perforaron la tierra bajo él durante un largo momento. Finalmente se puso de pie, dándose la vuelta y caminando entre las lápidas.

—¿Inuyasha? —llamó Kagome, apresurándose tras él.

—Estamos aquí para encontrar la tumba de mi madre, ¿no? —dijo el hanyou sin molestarse en ralentizar el paso para ella—. Dejemos de perder el tiempo y acabemos de una vez con eso.

Kagome frunció el ceño, sin saber cómo responder. El tema de su familia era obviamente doloroso para Inuyasha y ella temía indagar demasiado por si abría viejas heridas. Por el momento, decidió contener la lengua y dejarle resolverlo por su cuenta.

No hizo falta mucho tiempo para localizar la tumba de su madre, incluso entre tantas otras. Las tumbas de encima de la colina estaban dispuestas aproximadamente en un número de círculos concéntricos radiando hacia fuera, con una sola tumba situada directamente en el centro.

La piedra sepulcral que la marcaba era de lejos la más grande de la colina y la única sobre la que no había crecido musgo. Inuyasha se quedó paralizado al verla, de pie a varios metros de ella. La aspereza se drenó al instante de su rostro y, por un momento, Kagome sintió como si estuviera viéndolo de niño. Parecía vulnerable.

Colocó una mano cuidadosamente sobre su brazo, queriendo ofrecer su apoyo de algún modo.

—Es ella —dijo innecesariamente, pareciendo que por nada del mundo podría avanzar otro paso.

—Lo sé —dijo Kagome suavemente—. Vamos a verla, ¿vale?

Su mano bajó para agarrarle ligeramente la muñeca, tirando de él hacia delante. La siguió oponiendo poca resistencia, parpadeando cuando llegaron a la lápida. Un pequeño frunce crispó su frente cuando ambos captaron los kanji diminutos grabados junto a los kanji más grandes que representaban el nombre de la madre de Inuyasha, «Konoe Izayoi».

Los kanji diminutos, invisibles desde la distancia, decían simplemente: Amada compañera.

Kagome pasó la mirada de lo escrito al rostro de Inuyasha, intentando medir su reacción. Su rostro era ilegible, no obstante, una voluble mezcla de emociones parecían rivalizar por el dominio.

—Inuyasha… debe haber sido tu padre. ¿Quién más podría haberlo escrito? —dijo Kagome con esperanza—. Él… él vino a por ella.

El hanyou negó con la cabeza, casi retrocediendo un paso de la tumba. Ella sostuvo su muñeca con firmeza, negándose a permitirle escapar de algo tan importante.

—¡Así que esperó hasta que estuvo muerta! —ladró—. ¡Hizo falta que la asesinara una banda de asaltantes para hacer que viniera a verla! ¡A la mierda con eso, Kagome, y a la mierda él! ¡Ese bastardo no se merecía estar cerca de mi madre!

Se lanzó hacia delante, cayendo de rodillas con una mano con garras extendida para borrar para siempre el diminuto mensaje. Kagome jadeó, estirándose para detenerle.

Un resplandor de luz los cegó momentáneamente. Inuyasha cayó de cuclillas, parpadeando rápidamente para aclarar su visión. Kagome, de rodillas a su lado, hizo lo mismo.

—¿Qué diablos…?

—Inuyasha —dijo Kagome, señalando hacia el suelo bajo él cuando recuperó la vista.

La tierra de la tumba de Izayoi, justo debajo de la mano de Inuyasha, brillaba débilmente. El hanyou parpadeó, frunciendo el ceño mientras cogía un poco de la tierra brillante con su mano filosa.

Algo de la tierra cayó para revelar una pequeña perla negra descansando en el centro de su palma, emitiendo una suave luz blanca. Kagome se inclinó hacia él para verla más de cerca, sintiendo un youki característico además del de Inuyasha girando dentro del pequeño orbe.

—¿Qué es? —murmuró.

—No lo sé, pero tiene el youki de mi viejo por todas partes —dijo en voz baja, con la mirada fija en el pequeño orbe.

—¿Esto también es de tu padre? —preguntó Kagome, estirándose para coger la joya de su palma con indecisión para poder examinarla más de cerca.

El brillo se extinguió en cuanto hizo contacto con su piel. Kagome frunció el ceño al sentir que todo el youki remitía al interior de la perla negra. Levantó la mirada hacia Inuyasha, ladeando la cabeza con curiosidad antes de dejar la joya de nuevo en su palma. Volvió a iluminarse, el youki del antiguo Tennō emergió para girar a su alrededor.

—Solo reacciona ante ti —dijo, levantando la mirada hacia su rostro—. Tal vez… tal vez sea por la sangre de tu madre. Parece que tu padre la dejó para ella, después de todo.

—¿Por qué molestarse? —soltó Inuyasha, frunciendo el ceño en dirección a la perla—. ¿Qué es una pequeña roca después de abandonarla durante años?

Kagome frunció el ceño, se le encogió el corazón. Había sospechado que su relación con su padre había sido mala por lo poco que había ido soltando, pero nunca se había dado cuenta de exactamente lo mala que era. De verdad pensaba que su propio padre los había abandonado a su madre y a él. Apenas podía imaginarse vivir con esa clase de dolor.

Pero, al pasar la mirada de la perla situada en su palma a los kanji tan cuidadosamente grabados en la piedra sepulcral, Kagome de verdad que no se podía creer que ese fuera el caso. Estos no eran los actos de alguien que no se preocupaba.

Extendió la mano lentamente, cubriendo la joya en la palma de Inuyasha con su propia mano. La mirada de él se movió hacia su rostro, pero ella mantuvo la suya clavada en sus manos y en la luz que asomaba entre ellas.

—Tú mismo dijiste que tu padre no tenía razón para venir aquí, ¿no? —dijo en voz baja—. Tu madre no era su esposa. Ni era una de sus concubinas. Pero sí que vino aquí. Su aroma está aquí, ¿y quién más podría haber grabado esas palabras en su tumba? Amada compañera. No lo escribió para que lo vieran otros. No lo puso en grande o grandiosamente. Lo escribió para ella y para sí mismo. Él… lo escribió porque eso era lo que sentía. Y esta perla. La dejó para ella y obviamente reacciona a su sangre. Está llena de su youki. No crees… ¿no crees que tal vez solo quería que una parte de sí mismo estuviera cerca de ella, incluso en la muerte?

Kagome levantó los ojos, encontrándose con los del hanyou y disponiéndolo a que intentase ver las cosas a su manera. Que intentase creer que su padre había amado a su madre, incluso si no era de la forma más evidente.

—Kagome… —dijo Inuyasha con la mandíbula apretada tercamente contra sus palabras.

—Sé que no entiendo cómo fue para ti mientras crecías… lo duro que debe haber sido crecer tan cerca de tu padre y aun así no haberle visto a causa de las circunstancias —le interrumpió, desesperada porque al menos la escuchase—. Solo digo que yo… no creo que amar a alguien sea algo tan sencillo como simplemente estar cerca o ver a esa persona. Nunca viste a tu padre, pero no puedo evitar pensar que él sí te veía. Que os veía a ambos. ¿Por qué si no habría venido aquí? ¿Por qué si no te habría nombrado su heredero contra todo pronóstico?

Le sostuvo la mirada, observando mientras su expresión cambiaba lentamente hacia una reacia reflexión. Le curvó los dedos alrededor de la perla y le dio una palmadita en su mano.

—Por favor, piénsalo, Inuyasha. No quiero que sufras con esto. Y por favor habla con tu madre. Estoy segura de que ella querría saber de ti. Te dejaré un poco de tiempo a solas, ¿vale? —dijo, poniéndose de pie.

Caminó hasta el otro extremo de la colina, mirando desde arriba la planicie, queriendo darle un tiempo y espacio para decir lo que necesitase decirle al espíritu de su madre y que pensase en lo que habían encontrado.

Un pequeño hombre encorvado renqueó en su campo visual mientras miraba hacia la planicie. Venía de la aldea, avanzando lentamente hacia una de las lápidas con un balde de agua en una mano y una ofrenda de comida en la otra.

Kagome empezó a bajar la colina hacia él con la intención de hacerle algunas preguntas mientras pudiera tenerlo a solas. Sería demasiado difícil lidiar con toda la aldea para obtener las respuestas que quería.

El anciano se detuvo al verla, las arrugas de su rostro se profundizaron en un frunce de desagrado. Kagome siguió avanzando, acelerando el paso cuando él se dio la vuelta para volver a la aldea.

—¡Por favor, señor! ¡Por favor, espere solo un momento! —llamó tras él.

—Vuelve a la corte, miko. No necesitamos que husmeéis en nuestra aldea. ¿No ves que ya habéis hecho suficiente daño? —dijo en voz alta con amargura por encima del hombro.

Sus viejas articulaciones no permitían movimientos rápidos, sin embargo, y ella lo adelantó con facilidad. Le bloqueó el camino, obligándolo a detenerse. La miró con furia con sus oscuros ojos situados entre los profundos pliegues de su rostro.

—Por favor, señor, solo quiero hacerle unas preguntas. No tengo ninguna intención de volver ahora mismo a la aldea.

La boca del anciano se torció con rencor, sus ojos pasaron a toda velocidad por su figura. Soltó un suspiro tras un momento, decidiendo que obviamente no iba a poder dejarla atrás. Sus ojos volvieron a encontrar los de ella con insolente impaciencia.

—Las tumbas de lo alto de la colina —comenzó ella al ver su tácita aceptación—. ¿Puede recordar si alguna vez alguien ha venido a visitarlas para cumplir con los ritos?

El anciano resopló, negando con la cabeza.

—Estoy seguro de que puedes verlo por ti misma, pero nadie se acerca a esas. Normalmente, cuidarlas sería el trabajo del clan Konoe, pero han fallecido todos. Se pensaría que la corte enviaría a alguien de vez en cuando, pero es obvio que a ellos tampoco les importa. No son nuestras y no son responsabilidad nuestra. Ni siquiera cavamos las tumbas, así que no es nuestro deber cuidar de ellas —contestó el anciano tercamente.

—Espere, ¿qué quiere decir con que ustedes no cavaron las tumbas? —interrumpió Kagome—. Si ustedes los aldeanos no fueron los que les dieron descanso a los del clan Konoe, ¿entonces, quién…?

—Un daiyoukai grande —contestó el anciano, estirando los brazos ampliamente para indicar su tamaño a pesar del balde y de la comida que ocupaban sus manos—, vino a luchar contra los asaltantes, eso dijo, pero llegó demasiado tarde para entonces. Así que enterró al clan Konoe y corrió para ir tras ellos. En aquel momento no lo parecía, pero debe haber sido de la corte. No obstante, no volvió a visitar las tumbas. Bueno, adiós muy buenas a más sandeces de la corte.

Kagome frunció el ceño, ignorando la mordaz pulla al final en favor de cavilar sobre la información que acababa de recibir. Abrió los ojos como platos, dos piezas encajaron de repente en su cabeza.

—El daiyoukai… ¿era un inuyoukai, por casualidad? —se atrevió a preguntar, incapaz de contener el entusiasmo de su tono.

—Uno grande y blanco —confirmó el hombre, aunque parecía receloso de su repentino entusiasmo—. Nunca dijo su nombre…

Pero Kagome se fue corriendo hacia la colina tan pronto salió la confirmación de sus labios, gritando un rápido agradecimiento por encima de su hombro mientras avanzaba. Casi no podía esperar para decírselo a Inuyasha, trepando torpemente por la ladera de la colina.

Perdió un poco de su velocidad al ver al hanyou, todavía arrodillado ante la piedra sepulcral de su madre en el centro del anillo de tumbas. Tenía la cabeza inclinada, con las manos juntas alrededor de la perla. Sí que parecía estar intentando hablar con su madre.

Kagome se acercó lentamente, reacia a molestarlo incluso con la información que ahora portaba. Una de sus orejas se movió hacia ella mientras se aproximaba. Levantó la cabeza para mirarla con ojos solemnes. Kagome se acercó más, conteniendo la urgencia de estirarse y acariciarle el pelo como lo haría con un niño.

—¿Te he molestado? —preguntó, su voz era apenas más que un susurro.

Él negó ligeramente con la cabeza.

—No. Solo le estaba hablando de ti, de todos modos —contestó, su habitual aspereza casi completamente ausente de su voz.

Kagome sintió que se sonrojaba con fuerza, desmesuradamente complacida al oír que le hablaba a su madre de ella. Apoyó una mano contra su mejilla como para suprimirlo, intentando ignorar el ligero aleteo en su pecho cuando encontró los ojos del hanyou.

—D-Descubrí algo que creo que deberías oír —dijo.

Él frunció el ceño, su expresión mudó a una de incredulidad.

—Encontré a uno de los aldeanos solo junto a las tumbas y quise hacerle unas preguntas —contestó su pregunta no formulada, levantando sus manos a la defensiva cuando una pizca de ira brilló en sus ojos—. No estaba en peligro alguno, Inuyasha. Solo era un pequeño anciano, completamente solo. No podría haberme hecho daño incluso aunque hubiera querido.

Resopló con sorna, negando con la cabeza. Kagome frunció el ceño, pero insistió.

—Me contó algo interesante sobre las tumbas de los Konoe que creo que deberías saber —dijo—. Los aldeanos no enterraron a los miembros del clan Konoe. Lo hizo un daiyoukai.

Inuyasha frunció el ceño, la comprensión se abrió paso lentamente en su rostro.

—¿Mi viejo…?

Kagome asintió rápidamente, arrodillándose a su lado.

—Eso creo. El anciano dijo que era un inuyoukai grande y blanco. Vino aquí a proteger la aldea… a proteger a tu madre… de los asaltantes, pero llegó demasiado tarde para detenerlos. El anciano dijo que enterró al clan antes de irse a buscar a los asaltantes. ¿No lo ves, Inuyasha? ¡Vino aquí a salvar a tu madre y fue tras los asaltantes para vengar su muerte! —dijo Kagome, sus ojos inspeccionaron su rostro atentamente en busca de una reacción.

Él frunció el ceño profundamente, bajando la mirada. Después de un largo momento, negó con la cabeza.

—No… por los siete infiernos, es imposible —declaró—. Mi madre… no era su esposa ni su amante. El asalto no fue grande. E, incluso entonces, los Konoe eran considerados de poca importancia en la corte. Es imposible que fueran a dejar que mi viejo saliera de la corte especialmente para lidiar con el asalto. Habrían enviado algunos soldados, como mucho, pero es imposible que el Consejo fuera a dejarle salir de la corte por una mujer que ni siquiera reconocían como relacionada con él.

—¿A ti te dejaron salir para protegerme a mí? —contestó intencionadamente, arqueando una ceja—. Obviamente debe de haberse escabullido. ¿Por qué si no no te has enterado hasta ahora? Y todas las pruebas dicen que estuvo aquí. Quería proteger tanto a tu madre que estaba dispuesto a desafiar a la corte para hacerlo. La amaba de verdad, fuera o no esposa o concubina.

Inuyasha estaba callado, con los ojos fijos en el suelo mientras intentaba procesar esto. Casi inconscientemente, abrió el puño para revelar la pequeña perla negra que todavía brillaba incesantemente en el centro de su palma. Sus ojos se movieron hacia ella, su brillo se reflejó en ellos. Su frunce disminuyó un poco, la expresión solemne e infantil se apoderó de sus facciones una vez más.

—No… no lo entiendo, Kagome. Si tanto le importábamos, ¿por qué…?

Se interrumpió, fijando la mirada en la perla como si pudiera ofrecerle alguna suerte de respuesta. Kagome se mordió el interior del labio, observándolo. Años de creencia no se podían descartar tan fácilmente, después de todo, y su relación con su padre era obvio que había sido casi inexistente. ¿Cómo podía aceptar de repente que un hombre al que apenas había conocido lo había amado como a su hijo?

Aun así, era mejor que se ocupara de ello ahora. Sería trágico que fuera a pasar toda su vida creyendo que a su propio padre no le habían importado nada su madre o él.

Kagome apoyó una mano ligeramente sobre su brazo para obtener su atención. Levantó la mirada hacia ella y ella le ofreció una pequeña sonrisa.

—Tu padre te quería, Inuyasha —dijo firmemente, apretando su brazo para enfatizar sus palabras—. Lo creo y quiero que tú también lo creas. Puede que pienses que no es así, pero cosas como estas son importantes. Quiero… quiero que seas capaz de sentir que tu padre te quería. Quiero que seas feliz.

—Ni siquiera lo conocía, Kagome —dijo el hanyou en voz baja—. Y ahora es demasiado tarde. Ya no hay forma de saber lo que pensaba sobre nada.

Kagome suspiró, bajando la mirada hacia la perla.

—Estoy segura de que, si pudiéramos verle, él te lo diría —murmuró, aunque podía sentir que estaba dándose contra una pared con el hanyou que no podría atravesar con facilidad.

—Sí —contestó Inuyasha, su expresión se volvió distante—. Si pudiéramos verle…

El brillo alrededor de la joya pareció fortalecerse por un instante. Tanto la miko como el hanyou parpadearon.


Podría haber pasado una eternidad o meros instantes antes de que Kagome volviera a abrir los ojos. Sintió como si todo a su alrededor se hubiera envuelto y estirado de forma extraña, dejándola desorientada. Apoyó una mano contra su sien, intentando averiguar por qué de repente se sentía tan rara.

—¿Kagome?

Levantó la mirada ante el sonido de la voz del hanyou. Estaba sentado en el mismo lugar, parpadeando en su dirección con rostro consternado.

—¿Sentiste eso? —preguntó. Ella asintió.

—¿Qué ha sido? —preguntó. Él negó con la cabeza.

—Vaya si lo sé. De repente…

Se interrumpió, moviendo las orejas en lo alto de su cabeza. Profundizó su frunce.

—Hay silencio —dijo de repente.

Kagome ladeó la cabeza, escuchando. Tenía razón. No se oía ni un solo sonido. Ni el viento, ni el canto de los pájaros. Nada.

Sus ojos encontraron los de él inquisitivamente y ambos se giraron al unísono para mirar a su alrededor. Los dos se quedaron paralizados, con los ojos bien abiertos.

—¿Qué es eso? —exclamó Kagome, apenas capaz de creer lo que estaba viendo. Levantó una mano para frotarse los ojos, pero la visión permaneció ante ella.

Inuyasha estaba callado a su lado, sin moverse. Finalmente se volvió hacia él, sacudiéndole el brazo. Ni con eso consiguió apartar su atención de lo que tenían delante.

—¿Inuyasha?

Los labios de él se movieron insensiblemente, formando palabras que no pudo comprender. Se acercó más, intentando oírlo.

—¿Inuyasha? ¿Qué es?

—Mi viejo —masculló aturdido, esta vez lo suficientemente alto para que lo oyera—. Ese es mi viejo.

Kagome se quedó con la boca abierta por la sorpresa, su mirada volvió hacia la masa que tanto la había sorprendido antes.

Se destacaba por encima de ambos, los huesos de lo que obviamente una vez había sido un gran daiyoukai. Paneles de armadura todavía colgaban de sus hombros y su pecho, y los oxidados restos de muchas espadas todavía descansaban donde una vez debían de haber perforado la carne. Grandes cuencas cavernosas parecían observarlos, como si todavía quedase un retazo de vida en la gigante figura.

—¿Tu padre? —apenas consiguió decir, su mente trabajaba a toda velocidad—. Por los kami…

De algún modo se habían topado con el último lugar de descanso del gran Inu no Taisho.


Nota de la traductora: Como ya dije ayer en Facebook, me ha surgido un imprevisto para el sábado y he hecho lo posible por actualizar hoy y no retrasar el capítulo.

No obstante, viendo cómo tengo la semana que viene, no tengo muy claro si podré actualizar el sábado. Lo que sí puedo prometer es que el siguiente capítulo se subirá, como muy tarde, el 11 de agosto. Espero que podáis comprenderlo.

¡Muchísimas gracias por los reviews que dejasteis en el capítulo anterior! Contadme qué os ha parecido este.

¡Hasta la próxima!