Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Nuestra lección de hoy:

Islas Tsushima: un par de islas japonesas en el estrecho de Corea que hace tiempo que son puertos prominentes para el comercio japonés y hogar de muchos extranjeros. Dada su distancia con tierra firme, también fueron un punto de contención y a menudo estaban lejos del alcance de los gobernantes de Japón.

Hijinkessō: traducido como «garras de sangre» (creo) en la versión española, es el ataque en el que Inuyasha usa su propia sangre. No se utilizó mucho en la serie después de que consiguiera a Tessaiga.


Capítulo 15: De espadas y secretos

El silencio había caído entre los dos, cruel y pesado. Ninguno sabía qué hacer o decir, ni qué acababa de ocurrir exactamente. La perla negra todavía brillaba débilmente en la mano de Inuyasha y Kagome se encontró con la mirada fija en ella, como embelesada.

—… Nunca encontraron a mi viejo —llegó el murmullo, bajo y hueco, que la despertó de su estupor.

Inuyasha no la estaba mirando a ella, sino a los imponentes restos de lo que al parecer una vez había sido su padre, uno de los daiyoukai más poderosos de todo Japón. Tampoco parecía que estuviera hablando con ella. Sus ojos estaban distantes, rememorando algún recuerdo que ella no podía ver.

—¿A qué te refieres con que nunca lo encontraron? —reiteró Kagome, frunciendo el ceño.

Él parpadeó lentamente, un poco de la neblina del recuerdo se levantó de su rostro. Negó con la cabeza.

—No estaba en la corte cuando murió —respondió Inuyasha, bajando la mirada al suelo bajo él—. El Consejo le dijo a todo el mundo que había salido a hacer una inspección en la frontera norte. Todos se imaginaron que había muerto intentando acabar con algunas de las hordas de youkai de allí. Enviaron una partida de búsqueda, pero nadie encontró el cuerpo. Pero todos sabían que estaba muerto porque la sensación de su youki había desaparecido alrededor de Heian-kyō.

—¿Su youki?

—Lo hacen todos los Tennō. Forman una barrera alrededor de la corte. Como si marcaran un territorio. Hace saber a todos que no deben meterse con tus tierras. Pero desaparece cuando mueres —dijo.

Kagome ladeó la cabeza, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar la sensación de la corte.

—Pero nunca he sentido una barrera alrededor de la corte en todo el tiempo que he residido allí —dijo, preguntándose si tal vez sus sentidos estaban equivocados.

Inuyasha profundizó aún más su ceño, con la mirada turbada.

—Solo soy una mitad, ¿recuerdas? —soltó—. No hay youki suficiente para crear una.

—Oh… —dijo Kagome en voz baja, sin saber qué más decir.

—Feh —resopló Inuyasha, sus hombros se sacudieron en un claro encogimiento de rechazo—. No importa.

Ella se mordió el labio, segura de que a él sí le importaba mucho. Aun así, habría tiempo después para lidiar con ese tema. Por ahora tenían problemas más grandes y esqueléticos con los que tratar.

—Entonces, si nadie fue capaz de encontrar antes el cuerpo de tu padre, ¿cómo es que nos lo hemos topado nosotros? —preguntó, gesticulando hacia la amenazadora figura.

—Y una mierda si lo sé —replicó, levantando una mano para rascarse la parte de atrás de la cabeza—. Ni siquiera recuerdo cómo hemos llegado aquí.

—Yo tampoco —dijo ella frunciendo el ceño—. Estábamos junto a la tumba de tu madre y entonces…

Se interrumpió, incapaz de recordar nada más después de eso. Miró a Inuyasha para ver si él podía aportar más.

Había tomado la perla negra entre dos dedos y la estaba estudiando con atención, un colmillo asomaba sobre su labio inferior en gesto de concentración. La acercó a su rostro y la olfateó con indecisión, frunciendo la frente.

—Creo que recuerdo esto —dijo finalmente.

—¿La perla? —preguntó Kagome.

Él asintió lentamente.

—Solo la vi algunas veces, pero… creo que le pertenecía a mi madre —dijo, esforzándose por recordar—. Creo que me la enseñó cuando era muy pequeño. La guardaba… la guardaba en un bolsillo especial dentro de su ropa. Y decía… algo sobre que la miraba cuando quería sentirse cerca de mi viejo.

—¿Sentirse cerca? —repitió Kagome pensativamente—. Bueno, obviamente se la dio tu padre, así que… ¿tal vez lo decía literalmente? Tiene dentro el youki de tu padre y reacciona a la sangre de tu madre. Tal vez… ¿tal vez se la dio tu padre para que, si alguna vez lo necesitaba, pudiera llegar fácilmente a él?

—Te refieres a que, si necesitaba ver a mi viejo, ella… ¿qué? ¿Le pedía un deseo a esta cosa? —dijo el hanyou con incredulidad, sosteniendo la perla en alto una vez más.

—Puede que no un deseo. Solo… solo el anhelo de estar cerca de él, creo. Es decir, estábamos hablando de poder ver a tu padre justo antes de… bueno, justo antes de esto —respondió, gesticulando hacia sus alrededores.

Estuvo en silencio durante un rato, sopesando esto. Su expresión se volvió pesada, perpleja. Ella podía ver un poco de la confusión infantil volviendo a sus ojos.

—Tiene sentido, ¿no? —insistió con cuidado—. Él quería estar cerca de ella y ella quería estar cerca de él. La corte complicaba las cosas, pero eso nunca cambió.

Su mirada se levantó de la perla para encontrar la de ella. Había un frunce en su rostro, pero no tenía nada de su habitual agudeza. Kagome sintió que la atravesaba un nítido dolor al verlo.

—Entonces era a mí al que no quería —murmuró, su tono era una extraña mezcla de resentimiento y resignación.

Estuvo de pie y moviéndose hacia el esqueleto antes de que ella pudiera siquiera procesar las palabras. Se sintió como si la hubieran golpeado, sus ojos ardían ante el crudo dolor que había sido evidente en él solo por un breve instante.

—Inuyasha… —llamó con voz quebrada.

O no la oyó o no quiso oírla. Siguió hacia los restos.

Kagome se mordió el labio inferior con fuerza, tragándose las lágrimas. Se riñó en silencio por haber insistido demasiado.

Había pensado que sería un consuelo para él enterarse de que su padre había amado de verdad a su madre a pesar de las apariencias. Nunca se había parado a considerar lo que podría significar para él que su padre nunca se hubiera molestado en intentar verle.

No se podía creer que su padre no lo quisiera. Pero no podía proporcionarle ninguna prueba de que así fuera tampoco, e Inuyasha ya había vivido toda su vida creyendo que el antiguo Tennō no quería tener nada que ver con él. Solo tenía sentido que tomase estas nuevas revelaciones como confirmación de eso.

Kagome exhaló un profundo suspiro antes de ponerse en pie. Trotó tras el hanyou, decidida a hacer que hablase de ello con ella antes de que sacase conclusiones por su cuenta.

—Inuyasha —llamó, estirándose para apoyar una mano justo por encima de su codo cuando estuvo a su alcance.

Inuyasha apartó el brazo sin molestarse en mirarla.

Kagome parpadeó, se le encogió el corazón. Dejó caer su mano a un costado.

—Inuyasha… yo…

—Déjalo estar por una vez, Kagome —la interrumpió bruscamente—. No es como si no tuviera ni idea de lo que sentía mi viejo por mí. ¿Quién estaría orgulloso de tener a un híbrido como hijo? Al menos ahora sé que el viejo bastardo no estaba tratando mal a mi madre. Así que déjalo ya.

Kagome abrió la boca. La cerró. No tenía nada más que ofrecerle. Inclinó la cabeza, intentando tragarse su propia tristeza por el bien de él.

—… Lo siento mucho, Inuyasha —consiguió decir finalmente, incapaz de pensar en nada más que decirle.

—Averigüemos dónde diablos estamos para que podamos volver —dijo Inuyasha como si no la hubiera oído.

Kagome levantó rápidamente los ojos hacia su rostro.

—Pero… ¿qué pasa con el cuerpo de tu padre? —se atrevió a preguntar—. Ahora que por fin lo hemos encontrado después de todos estos años…

—Ha estado aquí todo este tiempo. Puede pudrirse aquí durante el resto de la eternidad por lo que a mí respecta —dijo despectivamente, dándose la vuelta y avanzando en otra dirección. Había una alta duna de arena visible en la distancia hacia la que parecía estar dirigiéndose.

Kagome frunció el ceño, yendo tras él.

—Pero… ¿no puedo al menos darle los últimos ritos antes de irnos? Me sentiría fatal si lo dejo así aquí.

Inuyasha se detuvo en seco, dándose la vuelta para encararla. Kagome se detuvo en seco y trastabillando justo antes de chocar contra él.

—¡Para con esa mierda, Kagome! —ladró el hanyou con una auténtica ira que le hizo palidecer—. ¿Por qué tienes que meter tus jodidas narices en todo? ¡No necesito que intentes arreglar mi jodida vida! Así que deja de molestar y ocúpate de tu propia mierda por una vez, ¿vale?

Se lo quedó mirando boquiabierta, avergonzada.

Su rostro se contrajo lentamente, las lágrimas asomaron en las esquinas de sus ojos. Sus puños apretados temblaron ligeramente a sus costados. Inuyasha sintió que un poco de su cólera se enfriaba al verla así.

—Kagome…

—No se moleste —dijo entre dientes, su labio inferior temblaba con el esfuerzo que hacía para no llorar—. Ahora lo entiendo perfectamente, Inuyasha-sama. Siento haber sido tal molestia.

Pasó a su lado, caminando con decisión hacia la duna de arena. Inuyasha se la quedó mirando con terror en sus entrañas.

Bueno, si quería estar cabreada, perfecto. Siempre y cuando dejase de insistir. Los kami sabían que tenía buena intención (tenía buenas intenciones con cada jodida cosa que hacía), pero no necesitaba seguir oyéndola. ¿Y qué si no le había importado una mierda a su viejo? No era como si no lo hubiera sabido durante toda su vida.

—¡Ah!

Un grito de dolor lo tuvo corriendo hacia ella antes de que su mente pudiera siquiera procesar el sonido. Estaba tumbada en el suelo a varios metros, inmóvil. A Inuyasha se le sacudió el estómago enfermizamente.

—¡Kagome!

Se puso de rodillas a su lado, pasándole una mano por debajo de los hombros para ayudarla a incorporarse. Soltó un quejido bajo mientras él la atraía contra su pecho, sus ojos inspeccionaron su cuerpo frenéticamente en busca de una señal de herida.

—Au… —gimió, su ceño de frunció mientras abría los ojos para encontrarse con los de él.

—¿Qué diablos ha pasado? —preguntó, su corazón todavía bombeaba erráticamente ante el repentino susto. Kami, se daba la vuelta un segundo y…

Kagome levantó las manos para examinarlas, parpadeando mientras las miraba un poco aturdida. La piel de sus palmas estaba de un rojo intenso, se le estaban empezando a formar ampollas. Él cogió una de sus manos con la suya con cuidado, examinando el daño. Parecía doloroso, pero superficial como mucho.

—Hay una especie de barrera —murmuró Kagome—. No… no la sentí en absoluto. Choqué contra ella y… debe de estar hecha de alguna clase de youki…

Flexionó las manos con vacilación, haciendo una mueca cuando el dolor las atravesó. El hanyou frunció el ceño. Le levantó una de sus manos, su pulgar se deslizó con cuidado por el borde de la delicada piel. Kagome frunció el ceño en su dirección, un ligero sonrojo empezó a cubrir sus pómulos.

—No es para tanto, en realidad —masculló, intentando soltar su mano. Él la sostuvo con rapidez.

—¿Tenemos vendas? —preguntó, haciendo un gesto con la barbilla hacia la bolsa de ella que portaba sobre uno de sus hombros.

—Eso creo —dijo.

Le soltó la mano y la puso en el suelo con cuidado antes de quitarse la bolsa del hombro. Kagome lo vio rebuscando en ella, sintiendo que un poco de su anterior cólera regresaba ahora que había pasado la conmoción.

—Por favor, no se moleste, Inuyasha-sama —dijo fríamente, esforzándose por ponerse de pie sin usar las manos para impulsarse—. Se curará sola.

Una mano en su hombro la obligó a volver a sentarse y Kagome lo miró con furia.

—Cálmate, niña, y déjame hacer esto —ordenó, blandiendo un pequeño puñado de hierbas casi por debajo de la nariz de ella—. Estas son las de las quemaduras, ¿no?

Los ojos de Kagome casi se cerraron mientras intentaba examinar las hierbas. Frunció el ceño, entrecerrando los ojos para encontrar los de él.

—¿Cómo lo supo?

—Huelen igual que las que usaste para tratar a esa anciana de la aldea por la que pasamos —respondió con un encogimiento de hombros—. Manos.

Regresó el frunce de Kagome. Se llevó las manos a la espalda con actitud desafiante.

—Como ya he dicho, Inuyasha-sama, eso no será necesario.

Él le devolvió la mirada furiosa con una propia.

—Para de hacer pucheros y déjame verte las manos —gruñó, blandiendo una de sus manos en gesto de espera.

—No —dijo, incapaz de ocultar la nota de petulancia de su voz—, y no estoy haciendo pucheros.

El hanyou se la quedó mirando fijamente durante un largo minuto. Ella encontró su mirada equitativamente, impasible. Él soltó un suspiro de resignación, mascullando algo por lo bajo.

—Perdón —refunfuñó finalmente, la palabra salió tan amortiguada que a ella le llevó un momento entenderla.

Se lo quedó mirando unos instantes, un poco de la astucia se drenó lentamente de su expresión. Liberando un pequeño suspiro, negó con la cabeza.

—No pretendía husmear en tus asuntos —dijo en voz baja—. Solo quería ayudar.

Le tendió una de sus manos, una especie de oferta de paz. Él la tomó, presionando las hierbas ligeramente contra sus quemaduras.

—Mis asuntos… son tus asuntos —dijo él en voz baja, con los ojos fijos en su mano mientras trabajaba—. Los kami saben que hiciste que fuera así desde que apareciste… y y-yo no lo odio del todo, supongo.

Parpadeó en su dirección, ligeramente sorprendida y más que un poco conmovida ante la confesión. Una pequeña sonrisa iluminó su rostro, una mano subió para tirar con cariño de uno de sus mechones delanteros. Él le dirigió una mirada irritada antes de devolver sus atenciones a su mano.

—¿Estás seguro de que no te vas a arrepentir de decir eso? —bromeó, incapaz de resistirse a pincharlo por última vez.

—Ya me estoy arrepintiendo —masculló, anudándole las vendas de la mano—. La otra mano.

Ofreció su mano derecha obedientemente y observó mientras él procedía a tratarla con el mismo nivel de concentración. La visión de su expresión mientras trabajaba, con el ceño ligeramente fruncido y los ojos fijos con atención en la tarea, inspiró una felicidad dentro de ella que no pudo entender completamente.

Ató las vendas de su mano y alzó la mirada hacia ella. Ver su sonrisa, radiante y agradecida, lo cogió completamente con la guardia baja. Experimentó una punzada de una sensación tan fuerte que era casi dolorosa. Apartó la mirada apresuradamente.

—La, eh, la barrera… ¿podrías romperla? —preguntó, aclarándose la garganta.

Kagome negó con la cabeza.

—Es demasiado poderosa para que me ocupe yo de ella, especialmente después de haber gastado tanta energía en las aldeas durante las últimas semanas —explicó, devolviendo su atención hacia el inesperado obstáculo—. Me atrevería a adivinar que la barrera es la razón por la que nadie ha sido capaz de encontrar a tu padre. Me imagino que cualquier cosa dentro de la barrera es invisible desde el exterior y es difícil incluso sentir la energía de la barrera si no la estás buscando.

El hanyou frunció el ceño.

—¿Por qué iba el viejo a molestarse tanto en evitar que encontrasen su cadáver?

—No creo que haya sido él —dijo Kagome lentamente, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar—. La energía de la barrera… solo la sentí por un momento cuando entré en contacto con ella, pero no se sentía igual que el youki de la perla negra.

—Entonces ¿algún otro youkai colocó la barrera después de que él muriese? —preguntó Inuyasha con incredulidad.

Kagome se encogió de hombros, negando con la cabeza.

—Supongo.

Sus ojos se encontraron, el «porqué» no dicho del asunto pasó entre ellos. Los ojos de él se movieron hacia el esqueleto que se alzaba imponente a poca distancia.

—¿Sabes de algún youkai que hubiera tenido tantas ganas de proteger la santidad del cuerpo de tu padre? —preguntó Kagome.

Inuyasha negó lentamente con la cabeza, su mirada permanecía sobre las espadas que sobresalían de varias partes de los restos.

—Ni hablar —dijo—. Si hubiera estado preocupado por proteger la santidad o lo que fuera, ¿no se habría molestado al menos en limpiar un poco el cuerpo? ¿Y por qué dejarlo aquí? Si el youkai era tan leal, ¿por qué no llevarlo de vuelta a la corte?

—Entonces ¿qué…?

—Fuera quién diablos fuera, no quería que se encontrara el cuerpo —dijo con firmeza—. No sé mucho sobre mi viejo, pero sé que era un viejo bastardo duro. Nunca entendí cómo la inspección de una frontera podría haber sido su fin, incluso si estaba solo y lo cogían por sorpresa. Pero, si alguien lo hubiese planeado, tiene sentido que quisiera esconder el cuerpo para evitar que nadie lo investigara.

—¿Crees que su muerte fue planeada, entonces?

—Simplemente no creo que acabar con un youkai como mi viejo pudiera haber sido algo improvisado. Y tú dijiste que ese aldeano dijo que mi viejo fue detrás de los asaltantes, ¿no?

Kagome asintió, observando su rostro con curiosidad. Casi podía verlo uniendo los fragmentos en su mente.

—Mi viejo… murió más o menos un mes después de que llegara a la corte la noticia del asalto al clan Konoe. Siempre pensé que era una coincidencia, pero si de verdad fue tras los asaltantes, ¿quién dice que no le llevó un mes encontrarlos? Se suponía que iba a haber varias ceremonias durante el mes después de los asaltos en honor al clan Konoe presididas por mi viejo, pero fueron todas canceladas por el Consejo. Nadie en la corte supo por qué. Y si de verdad se escabulló de la corte, el Consejo habría querido ocultarlo. Tenía reputación de hacer lo que le daba la gana y el Consejo siempre intentaba ocultarlo para mantener el orden. La inspección de la frontera siempre me pareció un montón de mierda, en cualquier caso. No es exactamente la clase de cosa que el Tennō se marcha a hacer solo y sin nadie que sepa nada al respecto a excepción del Consejo.

—Entonces ¿crees que tu padre fue asesinado por los mismos asaltantes que asesinaron a tu madre? —preguntó Kagome, frunciendo el ceño mientras intentaba seguir su línea de pensamiento.

—Creo que los asaltantes tenían la intención de matar a mi viejo y que matar a mi madre solo era una forma de llegar hasta él —dijo el hanyou con ojos ensombrecidos.

Kagome abrió los ojos como platos.

—Tú… ¿No crees que eso es mucho asumir, Inuyasha?

El hanyou negó con la cabeza. Encontró los ojos de ella, los suyos casi ardían mientras seguía su propia línea de pensamiento como un sabueso que había captado un aroma.

—Como he dicho, es imposible que se dé la casualidad de que una banda de donnadies haya acabado con el viejo. Y el clan Konoe era un clan menor, como mucho. Su residencia no podía haber sido tan genial y dudo de que tuvieran nada allí por lo que valiera la pena molestarse en robar. Entonces ¿por qué ellos?

—A menos que supieran lo unidos que estaban tu madre y tu padre —completó Kagome, haciéndose lentamente a la idea—. Atacaron sabiendo que ella estaba allí y que él iría solo si tenía problemas, porque la corte no aprobaba su relación. Pero ¿por qué el espacio de un mes entre sus muertes?

—Habrían querido que él estuviera lo más lejos posible de la corte… cuanto más lejos estuviera, menos posibilidad habría de que alguien fuera a ayudarle o de ver a los asaltantes que estaban intentando acabar con él sin llamar la atención. Así que se pasaron un mes dejando que los rastrease lo más lejos posible de la corte —contestó, sonando más y más seguro a cada momento.

—Una emboscada —dijo Kagome pensativamente—. Hicieron que saliera y lo atacaron cuando sabían que tenían ventaja.

Inuyasha se puso de pie abruptamente. Le ofreció una mano, indicándole que se levantara.

—Vamos —dijo.

Ella ofreció su antebrazo, evitando sus manos quemadas, y él la puso rápidamente sobre sus pies antes de empezar a caminar hacia los huesos. Lo siguió.

—Inuyasha, ¿qué vamos a hacer?

—Hay algo en el cuerpo que quien diablos fuera que asesinó al viejo no quería que nadie viera. Vamos a encontrarlo —contestó con firmeza.

—Y a ti… ¿te parece bien? —se atrevió a preguntar con delicadeza.

La miró por el rabillo del ojo.

—Incluso si yo le importaba una mierda, no se merecía esto. Una cosa es morir en batalla y otra es ser asesinado a sangre fría. Y si estos de verdad son los mismos bastardos que mataron a mi madre, se merecen todo lo que les va a venir encima cuando los encuentre —dijo amenazadoramente.

Una silenciosa admiración manó en el interior de Kagome. Él lo ocultaba alarmantemente bien, pero cuando era necesario, Inuyasha tenía más corazón que la mayoría. Apuró el paso para ponerse a su lado.

—¿Qué estamos buscando, entonces? —dijo.

—Y una mierda si lo sé —replicó el hanyou.

—Todo lo que haya, entonces —contestó secamente.

Llegaron literalmente a los pies de la imponente figura del padre de Inuyasha. Kagome se mordió el labio, estirando la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Esto puede que sea un poco difícil —murmuró, sin saber por dónde empezar.

Inuyasha se arrodilló delante de ella, ofreciéndole la espalda.

—Sube —dijo—. Hará falta una eternidad si intentas hacerlo tú sola.

Kagome se situó sobre su espalda, dando un pequeño grito cuando se puso en pie y la alzó para que descansara más pegada contra su espalda. Se aferró a sus hombros, su rostro se calentó débilmente como siempre lo hacía ante el cercano contacto.

—Agárrate —dijo apenas un segundo antes de impulsarlos a ambos hacia arriba.

Kagome sintió que el estómago se le salía del cuerpo, maravillándose silenciosamente con la facilidad y la elegancia con la que se movía debajo de ella. Se mordió el labio, esforzándose por evitar reírse ante la repentina emoción.

Él se posó sobre una de las costillas inferiores tras unos saltos, un puñado de flechas enormes sobresalían a unos metros.

Kagome se bajó de su espalda, equilibrándose con cuidado mientras avanzaba para examinar las flechas.

En proporción, las astas eran mucho más cortas que las de sus propias flechas. También parecían estar hechas de bambú, las plumas de la base le resultaban desconocidas. Se arrodilló, estirando una mano para ver si podía sacar una de las flechas para inspeccionarla más.

La mano de Inuyasha alrededor de su muñeca la detuvo en seco. Ella lo miró inquisitivamente.

—Es débil, pero huele a shōki —dijo a modo de explicación.

—Shōki… —murmuró para sí, almacenando esa información—. Bueno, si pensaron lo suficiente por adelantado para cubrir sus flechas con shōki, entonces deben de haber estado esperando a un oponente poderoso. Estas flechas… tampoco se parecen a ninguna que haya visto antes. Nunca he visto flechas hechas de bambú.

Él frunció el ceño, asimilando esto en silencio. Tras un momento, se arrodilló y ofreció una vez más su espalda. Kagome se subió y continuaron avanzando, ascendiendo y rodeando la imponente figura velozmente.

Se detuvieron una vez más cerca de una de las espadas que Kagome había observado antes. También era excepcionalmente grande, obviamente estaba destinada a que la blandiera un youkai, pero eso no era lo único inusual de ella.

La hoja era de doble filo, acabando en una punta afilada. Cierto es que Kagome sabía muy poco de espadas, pero nunca había visto nada así en la corte. Era tan anómala como las flechas.

La imagen grabada en la empuñadura de la espada también le llamó la atención. Parecía ser un dragón, encapuchado y sin piernas, como una serpiente. Estaba tallado toscamente, con trazos desiguales.

Frunció el ceño, un débil recuerdo tiraba al fondo de su mente. Lo había visto antes en algún lugar. Se esforzó por recordar, pero el recuerdo bailaba más allá de su alcance.

—Nunca antes había visto este tipo de hoja —dijo Inuyasha, confirmando sus sospechas—. No se parece a ninguna de las nuestras.

—La imagen grabada en la empuñadura parece familiar —dijo Kagome—, pero no consigo recordar dónde la he visto antes.

El hanyou se quedó un momento más, mirando fijamente la espada como para obligarla a que ofreciera una especie de respuesta. Finalmente negó con la cabeza con un resoplido, impulsándolos una vez más hacia arriba.

El cuerpo estaba contaminado con los restos de la última batalla del padre de Inuyasha. Espadas y flechas, de la misma extraña hechura, sobresalían por todas partes. Profundas y numerosas marcas en el hueso atestiguaban la fuerza y el número de enemigos. Habían atacado en lo que debía de no haber sido menos que una multitud y no habían tenido piedad.

Los dos llegaron al cráneo sin haber encontrado mucho que proporcionara auténticas respuestas. La gigantesca mandíbula del anterior Tennō estaba bien abierta, con los colmillos al descubierto como en un último gran aullido.

Algo relució en mitad de las fauces abiertas y Kagome frunció el ceño. Entornó los ojos, moviéndose en la espalda de Inuyasha mientras intentaba ver mejor lo que fuera que era.

—Inuyasha, ¿ves eso? —preguntó, señalando por encima del hombro del hanyou—. Dentro de su boca.

Inuyasha los hizo avanzar unos pasos, forzando los ojos en la oscuridad de la abierta cavidad.

—¿Qué? —dijo.

Kagome se bajó de su espalda, acercándose para inspeccionar. En efecto, numerosos hilos parecidos a la seda se entrelazaban en la abertura, brillando débilmente en su visión.

—¿No puedes verlos? —le dijo en voz alta, con una mano extendida hacia los hilos—. Aquí mismo…

Jadeó, casi tropezando al retroceder cuando una luz resplandeció a través de los hilos. Durante solo un instante estuvieron iluminados, el patrón de tela de araña y la araña fantasmal que estaba situada en el centro de ella se hicieron obvias.

Inuyasha estuvo a su lado antes de que pudiese parpadear, con una mano en su espalda para evitar que se cayera. Frunció el ceño, volviendo a colocarla detrás de él por si acaso.

—¿Qué diablos es eso? —preguntó, aunque ya no podía verlo.

—Una especie de barrera —contestó Kagome, asomándose por encima de su hombro para echar un vistazo—. Parecía una tela de araña. Es difícil de decir, pero puede que esté hecha del mismo youki que la barrera que rodea este lugar. Pero ¿por qué aquí? Si ya hay una barrera protegiendo este sitio…

—El plan B —respondió el hanyou en voz baja—. Sea lo que diablos sea que no querían que encontraran, probablemente esté ahí abajo.

—¿D-Dentro? —dijo ella, palideciendo ligeramente al pensarlo.

Una cosa era saltar por el cuerpo como si fueran un par de pulgas. Otra completamente distinta era husmear en el interior. Las cosas estaban empezando a ponerse un poco sacrílegas para su gusto.

—¿Crees que puedes romper esa barrera? —interrumpió él sus pensamientos.

—Sí, creo que sí —respondió Kagome, mirando los hilos—. Es relativamente pequeña y no hay ni de cerca tanto youki como en la barrera que rodea este sitio. Pero, Inuyasha, ¿de verdad está bien…?

Él le dirigió una mirada seca, con una oscura ceja alzada críticamente.

—Estamos sobre una pila de huesos, ¿y esto es lo que te perturba? —dijo.

Ella frunció el ceño, su labio inferior asomaba con petulancia. Empujó ligeramente uno de sus brazos, intentando apartarlo de su camino.

—Bien, entonces. Muévete para que pueda romperla —dijo—. Aunque tienes que admitir que es un poco grotesco.

Se hizo a un lado y ella sacó el arco de su lugar dentro del carcaj. Le puso la cuerda con un movimiento practicado y sacó una flecha, colocándola y apuntando hacia el lugar en el que recordaba haber visto la silueta de la araña.

Echó el brazo hacia atrás con un suave movimiento, aguantando un largo momento para concentrar sus energías directamente en la punta. Soltó, la flecha voló directamente para impactar con solidez.

La silueta de la araña destelló una vez más cuando su flecha hizo contacto. Volaron las chispas, chisporroteando entre los dos mientras las energías opuestas chocaban. Kagome parpadeó, un recuerdo destelló simultáneamente.

La flecha perforó, destrozando la barrera en un resplandor de luz azul. Tanto la araña como la tela se desvanecieron.

Inuyasha avanzó, decidido a entrar. Kagome no lo siguió.

Al darse cuenta de que estaba solo, Inuyasha se dio la vuelta para ordenarle a la chica que se diera prisa. Se detuvo al ver la expresión de su rostro.

Estaba con el arco todavía en posición, aunque sus brazos estaban ligeramente doblados. Tenía los ojos desenfocados.

—¿Kagome? —llamó.

Parpadeó, la presencia regresó a su rostro. Sus ojos grises se alzaron para encontrar los de él, la turbulencia de sus pensamientos los iluminó de aquella extraña forma mercúrica.

—Esa araña —dijo lentamente—. No deja de aparecer por todas partes. En aquel niño pequeño, en mi aldea y ahora aquí.

Inuyasha frunció el ceño.

—¿Estás segura de que es la misma? —preguntó.

Ella negó con la cabeza, hundiéndosele la mirada.

—La del pequeño y la de mi aldea… estoy segura de que esas dos eran la misma. Tenían exactamente la misma energía. Esta… el youki lleva años aquí. Es mucho más difícil de saber. Pero en la aldea el youkai araña me dijo algo. Yo estaba aturdida y no me tuvo sentido en ese momento, pero… creo que puede haber mencionado la muerte de tu padre. Fue algo vago, pero aquí está la marca otra vez. ¿No crees que es demasiada coincidencia?

A Inuyasha se le ensombreció el rostro, endureciéndosele la línea de la mandíbula.

—Entonces, quienes hicieron todo esto…

—Siguen en la corte —terminó Kagome sombríamente—. Fuera lo que fuera que hayan estado planeando durante todos estos años, todavía no han terminado.

—Genial —gruñó el hanyou, apenas consiguiendo contenerse para no estampar un puño contra uno de los huesos—. ¡Jodidamente genial! Una cosa más de la que tenemos que preocuparnos. ¿Es que no podemos tener un jodido descanso de una vez?

Kagome suspiró, sacando la cuerda del arco y volviendo a colocarlo en el carcaj. Compartía su frustración en silencio, mordiéndose el interior de la mejilla. Las cosas nunca parecían hacerse más fáciles.

Pero no serviría de nada rendirse a la desesperación, se recordó. Así que respiró hondo y reposicionó el carcaj en su hombro, avanzando hacia el hanyou.

—Al menos ahora sabemos que tenemos que estar en guardia —dijo—. Por ahora centrémonos en el problema que tenemos entre manos.

Gesticuló hacia la oscuridad ante ellos con expectación. Inuyasha gruñó algo por lo bajo, su labio superior se retrajo mientras contenía la urgencia de atacar verbalmente.

Sabía que estaba intentando ser práctica, pero es que no parecía entenderlo. No era solo que hubiera que superar este obstáculo. Era ella también. Una cosa más que amenazaba su vida. Una cosa más para poner a prueba la cordura de él.

Consiguiendo tragarse su ira apenas, cambió de dirección y se puso en cuclillas para ofrecerle su espalda una vez más.

—Sube —dijo con un poco más de brusquedad de la que pretendía.

Kagome frunció el ceño, pero se subió sin hacer comentarios.

El hanyou dio un pequeño salto, aterrizando ágilmente sobre uno de los enormes colmillos. Dos pares de ojos bajaron la mirada a la aparentemente infinita oscuridad.

—¿Encendemos primero una antorcha? —preguntó Kagome con inquietud.

—Puedo ver perfectamente —dijo el hanyou antes de impulsarlos hacia la oscuridad.

Kagome ahogó un chillido, rodeando su cuello con fuerza con los brazos. No podía ver nada, ni siquiera al hanyou al que se aferraba con tanto ahínco. Caer a través de la absoluta nada era una sensación extraña. Parecía como si su estómago estuviera intentando escapar de su cuerpo a través de la garganta.

—Inuyasha —dijo sin saber si su propia voz podría emitir siquiera un sonido en la cubierta de la oscuridad.

—¿Eh? —llegó la respuesta, tranquilizadora a pesar de su falta de elocuencia.

—¿Puedes ver dónde vamos a aterrizar? —preguntó, echando un vistazo en vano en la dirección que asumía que era hacia abajo.

—Sí, está cerca. Agárrate.

Unos momentos más tarde sintió el impacto, las piernas de él se doblaron bajo ella. La sensación normal de presión, de pesadez, regresó y suspiró de alivio.

Inuyasha se puso en cuclillas y ella se bajó de su espalda, tambaleándose con incertidumbre en la oscuridad. Una mano presionada contra su espalda le devolvió el equilibrio.

—Espera —murmuró, alzando una de sus manos heridas sobre su cabeza.

Un poco de concentración hizo resplandecer una pequeña bola de luz azul en su mano, lo suficiente para iluminar tenuemente sus alrededores. Y para mostrar con profundo alivio el rostro del hanyou, que estaba un poco demasiado cerca de ella.

Se apartó de la bola de luz que había estado a meros centímetros de su rostro.

—¡Cuidado con esa cosa! —soltó, levantando una mano para comprobar que no le hubiera chamuscado la nariz.

—Perdón —murmuró ella—. No me di cuenta de que estabas tan cerca.

—Ya, ya —resopló—. Vamos a ver si encontramos lo que estamos buscando para poder salir de aquí de una vez, ¿vale?

Ella asintió, girando en un lento círculo para ver si podía localizar algo. En su mayoría, solo había paredes sólidas de huesos a cada lado. Su luz pasó sobre algo anómalo por un instante y se detuvo, dándose la vuelta.

—Inuyasha, ahí —dijo en voz alta, señalándolo.

Los huesos de una esquina parecían haberse retorcido para formar una especie de altar, una plataforma elevada en la que estaba clavada una espada.

Kagome se acercó para examinarla. La espada parecía bastante vieja, la envoltura de la empuñadura estaba desgastada y la hoja, mellada en varios sitios.

—¿Qué es esto? —murmuró con escepticismo para sí, medio girándose para ver si había algo más de importancia que ver.

Vio a Inuyasha de pie a su derecha, con los ojos fijos en la plataforma. Su expresión era extrañamente seria.

—¿Inuyasha?

Él le dirigió una mirada por el rabillo del ojo, pero devolvió la vista rápidamente hacia la espada.

—Es su espada. La espada del viejo —dijo.

Kagome parpadeó, frunciendo el ceño ligeramente con incredulidad mientras volvía a mirarla.

—Pero es tan pequeña —dijo, intentando imaginar la cosa en las manos del gran inuyoukai. No habría sido más que un palillo para él.

—Cambiaba cuando estaba en sus manos —dijo el hanyou con ojos distantes—. Era legendaria. Pasaba de Tennō en Tennō. El viejo hizo que la reforjaran con uno de sus propios colmillos cuando la heredó. Podía matar a cien youkai de un golpe.

Había una suerte de reverencia en su rostro que ella nunca antes le había visto.

—Entonces era una marca del derecho del Tennō-sama a gobernar —dijo Kagome pensativamente—. Y se perdió junto con tu padre.

Inuyasha asintió.

—Entonces esto es lo que no querían que se encontrara. No solo estaban intentando ocultar el hecho de que mataron a tu padre. Tampoco querían que encontraran la espada. Dijiste que es legendaria. Le habría dado demasiado poder al siguiente gobernante —dijo, pensando todo esto en voz alta.

—Entonces ¿por qué no se llevaron la espada sin más? —dijo Inuyasha—. Podría haberse quedado ese poder.

Ella frunció el ceño, no había considerado eso.

—… No lo sé —admitió—, pero es lo único que hay aquí abajo, ¿no?

—Supongo —respondió el hanyou, mirando al vacío a su alrededor.

—Entonces cógela ya —dijo, gesticulando hacia la plataforma.

—¿Qué?

—La espada. Cógela —repitió Kagome.

—La espada es para youkai completos. En mis manos no sería más que un trozo de metal oxidado —protestó el hanyou.

Kagome frunció el ceño, sintiendo que era más que eso. Era imposible que algo tan pequeño fuera a evitar que cogiera la espada después de que hubieran llegado tan lejos.

—¿No quieres la espada de tu padre? —se atrevió a preguntar.

El hanyou bajó la mirada.

—No es eso —dijo en voz baja—. Él no habría querido que yo la tuviera.

Se le encogió el corazón.

Levantó la mirada hacia la espada y tomó una rápida decisión. Se giró y avanzó hacia la plataforma, saltando sobre ella y yendo directamente hacia la espada.

—¿Kagome?

—Me niego a dejar que te vayas de aquí sin esto, Inuyasha —dijo con testarudez, rodeando la empuñadura con sus manos vendadas—. Te equivocas. Sé que tu padre hubiera querido que la tuvieras. ¡Simplemente lo sé!

Tiró hacia arriba con todas sus fuerzas, ignorando el escozor de sus manos. Los músculos de su espalda y brazos tiraron y se distendieron durante largos momentos, pero la espada se quedó firmemente quieta. Sus manos se deslizaron de la empuñadura y se quedó respirando con dificultad, frunciendo el ceño en dirección a la espada.

—¡Kagome, déjalo ya! ¡No quiero la jodida espada! —llamó Inuyasha con rabia.

Ella negó con la cabeza, volviendo a colocar sus manos palpitantes alrededor de la empuñadura de la espada. Plantó los pies firmemente una vez más y tiró, forcejeando con todas sus fuerzas.

Le ardían horriblemente las manos, las heridas rozaban por debajo de las vendas. Se mordió el labio para evitar hacer un sonido, pero se le escapó un ligero quejido.

Unas manos se colocaron sobre sus hombros casi al instante, apartándola.

—¿Quieres dejarlo ya, tonta? Te estás haciendo daño —soltó Inuyasha.

—No… puedo… sacarla —jadeó en respuesta—. Está… atascada.

Él gruñó, apartándola ligeramente a un lado. Dudó por un momento antes de caminar hacia la espada.

—¿Tanto quieres la espada? —se quejó—. Bien. Saquemos la jodida espada para que podamos irnos ya de aquí.

En el momento en que su mano hizo contacto con la empuñadura de la espada, hubo un evidente pulso de energía que viajó a través de la longitud de la hoja hasta la empuñadura y subió por su brazo. Todo el cuerpo del hanyou empezó a palpitar acompasado con la hoja, como el latido de un corazón.

Kagome observó, con los ojos bien abiertos, mientras el youki del padre fluía desde la hoja para envolverse alrededor del hijo como en un abrazo. En cambio, el propio youki de Inuyasha se vio atraído para envolverse alrededor de la hoja, hundiéndose en el metal para volverse parte de él.

Se dio cuenta mientras observaba a la hoja que se deslizaba con facilidad del hueso en el que estaba encajado, que esta era la razón por la que no se habían llevado la espada. Estaba destinada a Inuyasha. Sería inservible para nadie más.

El silencio se extendió entre ellos mientras ambos miraban la espada. Inuyasha parecía ligeramente impresionado, vacilante, la hoja en su mano le resultaba a la vez extraña y familiar. Kagome lo observó, preguntándose si él podía ver la aceptación de la espada por lo que era: la señal definitiva de la aprobación de su padre.

Un siseo bajo interrumpió los pensamientos de ambos. Kagome se giró a un lado y a otro, intentando encontrar la fuente. El olor a putrefacción llegó a su nariz y su estómago se retorció enfermizamente ante el recuerdo que suscitó.

—Shōki —exhaló, apenas capaz de decir la palabra—. ¡Shōki! ¡Está llenando la sala!

Pero el hanyou ya estaba a su lado, poniéndole el haori sobre su cabeza y envolviéndolo con fuerza alrededor de su mucho más pequeña figura. La espada estaba metida en el amarre alrededor de su cadera y la cogió en brazos.

—Mantenlo puesto —ordenó, lanzándolos hacia arriba mientras el shōki empezaba a cerrarse alrededor de su lugar en la plataforma—. Nos sacaré de aquí.

Pero incluso mientras hablaba, las nubes venenosas giraban a su alrededor, entrando desde todos los niveles.

—¡Aguanta la respiración! —ladró el hanyou, tirando del borde de su haori sobre su rostro. Pero no antes de que ella viera que el shōki estaba empezando a comerle la carne de sus manos y rostro.

Gritó, intentando liberar al menos una mano del haori en el que la había atrapado para poder purificar un poco del veneno que lo rodeaba. Pero él la sostuvo con firmeza, sabiendo que derretiría carne y hueso en el momento en el que entrara en contacto con ella.

Apretó los dientes, continuando saltando insistentemente hacia arriba a pesar de los pedazos de carne que podía sentir derritiéndose y burbujeando. Una mirada le dijo que el veneno estaba empezando a comerse el hakama, los tabi y las zori de Kagome. El corazón le dio un vuelco en el pecho, haciéndole subir más rápido que antes. Al menos tenía que sacarla a ella.

Apareció una luz, indicando que su salida estaba justo delante. Sus pies conectaron con una costilla y un último gran empujón los hizo salir fuera de la boca abierta de Inu no Taisho.

Se dejó caer hacia abajo, cayendo por la longitud del cuerpo antes de aterrizar con ligereza al pie. Un codo de la pataleante mujer en sus brazos impactó contra su barbilla antes de que tuviera mucho tiempo para sentir alivio.

Frunció el ceño, bajándola a una distancia segura antes de quitarle el haori de la cabeza. Ella parpadeó por un momento antes de abalanzarse sobre él.

Inuyasha se preparó para un ataque, pero en cambio sus manos se apoyaron suavemente a los lados de su rostro. Abrió los ojos cautelosamente y lo recibió la visión de su rostro lleno de lágrimas, con expresión angustiada. Hizo una mueca. Habría preferido el ataque.

—¡Mírate! ¡Estás todo quemado! —gimoteó, las manos bajaron de su rostro a sus manos—. ¿Por qué hiciste…? ¡Al menos podría haber purificado algo!

—Te habría quemado la mano, idiota —dijo, aunque a sus palabras les faltaba una auténtica fuerza—. Soy un hanyou. Puedo soportarlo. Ya se está curando, ¿ves?

Sostuvo en alto una de sus manos para que ella la inspeccionara, la piel a los lados de un agujero en su palma ya estaba empezando a sanarse.

Kagome se quedó mirando la mano que le ofrecía durante un momento antes de que su rostro se contrajera, las lágrimas de frustración fluyeron aún más rápido por su cara. Acunó su mano con suavidad entre las suyas, le temblaban ligeramente.

—No vuelvas a hacer algo así —consiguió decir—. ¡Me sentí tan inútil! ¡P-Pensaba que ibas a morir! Qué haría… ¿qué haría si tú…?

Bajó la mirada hacia ella, desconcertado. Era casi aterrador lo profundamente que parecía haberle afectado. Algo tiró en su pecho, su mano se movió para tocar su húmeda mejilla con cuidado. Se inclinó para decir algo, cualquier cosa, para sacar esa expresión de su rostro.

Una estruendosa colisión los devolvió a ambos al presente. Inuyasha apenas consiguió sacarlos de en medio cuando se derrumbó un fragmento de hueso derretido.

—Kami, Inuyasha, el cuerpo de tu padre… —exhaló Kagome con los ojos abiertos como platos.

El shōki estaba comiéndose rápidamente los huesos y la armadura, filtrándose por las grietas y yendo una vez más hacia ellos. La una vez grandiosa figura de Inu no Taisho estaba derrumbándose rápidamente.

—No hay tiempo para eso —dijo, ignorando la aguda punzada en sus entrañas al verlo—. Tenemos que salir ya de aquí.

—No puedo romper la barrera —dijo Kagome con los ojos bien abiertos.

—Lo arreglaremos —gruñó, cogiéndola en brazos y corriendo hacia la barrera. El shōki los estaba rodeando velozmente, rodando desde el cuerpo en densas nubes.

La puso a un lado cuando llegaron a la barrera, echando un brazo hacia atrás y estampando el puño contra ella lo más fuerte que pudo. Ni siquiera una chispa.

Kagome se mordió el labio, su mirada pasó de sus vanos esfuerzos por hacer ceder la barrera a las nubes de veneno que se aproximaban rápidamente. Intervino para cubrir la espalda del hanyou, sacando el arco y una flecha de su carcaj.

Se concentró en purificar cualquier shōki que se les acercara lo suficiente para que les resultase peligroso, dándose cuenta con un presentimiento de que se estaba quedando sin flechas. Por el rabillo del ojo pudo ver que el hanyou seguía aporreando la barrera en vano con sus puños.

—¡Inuyasha, por favor, date prisa! No me quedan muchas flechas —dijo en voz alta, disparando otra hacia una nube de shōki que se les acercaba por la izquierda. Quedaban tres flechas.

Él se detuvo, pasando la mirada frenéticamente del shōki que se acercaba por todos lados a las flechas del carcaj de Kagome. La barrera no cedía, pero ni siquiera su haori podría protegerla mucho tiempo una vez que estuvieran completamente inmersos en eso. Tenía que conseguir que la atravesaran ahora o ella no tendría ninguna posibilidad.

Enterró las garras en una de las heridas de sus manos, satisfecho con la sangre que brotó. Empapó las garras en ella antes de saltar, arrastrándolas por la longitud de la barrera.

—¡Hijinkessō!

Las chispas salieron por donde sus garras hicieron contacto, la barrera chisporroteó a su alrededor. Pero permaneció sólida, inamovible.

—¡Queda una flecha, Inuyasha! —llamó Kagome, su voz sonaba tensa. El shōki estaba cerniéndose por todos lados, a pocos pasos de ella ahora.

Inuyasha gruñó, la desesperación se elevó rápidamente dentro de él. Tenía que protegerla.

Una pulsación resonó contra su cadera, haciendo eco a través de su cuerpo. Era la vieja espada oxidada otra vez, llamando a su youki para que se alzara.

La sacó sin pensar, aferrándola con ambas manos y levantándola ante él. Se le aceleró el pulso, un resplandor de luz se deslizó por la hoja.

Cuando la luz se atenuó, la hoja oxidada ya no estaba. Era una espada más grande en tamaño que él mismo, digna de ser el colmillo de su padre. Era su espada.

Cuadrando los pies, levantó la espada sobre su cabeza. Con la fuerza de su desesperación, la bajó contra la barrera.

Durante un lago momento, la espada impactó y se atascó, las chispas volaron ferozmente mientras su youki luchaba contra el youki de la barrera. Empezó a penetrarla lentamente, deslizándose hacia abajo para abrir una estrecha abertura.

—¡Kagome! —gritó—. ¡Ve!

Ella se dio la vuelta, corriendo hacia la abertura justo cuando el shōki empezaba a alcanzarla. Pasó casi trastabillando, con Inuyasha atravesando justo detrás de ella mientras la barrera se sellaba una vez más.


Los dos se quedaron jadeando y aturdidos en medio de la arena sobre la que habían emergido, las olas lamían la orilla en un ritmo constante a solo unos metros de ellos. El último lugar de descanso del padre de Inuyasha volvía a ser invisible, para todo el mundo era como si ni siquiera existiera.

Kagome sintió una afilada punzada de tristeza, pensando en la forma en la que el cuerpo del padre de Inuyasha había sido profanado. En silencio juró celebrar su propia pequeña ceremonia por él en cuanto volvieran a la corte.

Miró hacia el hanyou que acababa de salvarlos a ambos. Estaba con la mirada fija en la hoja oxidada que tenía en las manos como si no se pudiera creer que existiera.

—¿Inuyasha? —dijo en voz baja.

La miró, levantando la hoja para que ella la viera.

—Se transformó para mí —dijo, como si necesitase una suerte de confirmación de que de verdad había ocurrido.

—Es tu espada, Inuyasha —respondió con una pequeña sonrisa—. Tu padre debe de haber querido que la tuvieras. Y acabas de salvarnos la vida con ella.

Sus ojos se deslizaron una vez más por la hoja, una sonrisilla de incredulidad levantaba una comisura de su boca.

—Sí —dijo suavemente—. Supongo.

—¡Eh! ¡Vosotros dos!

Los dos se dieron la vuelta ante la repentina llamada. Un hombre de mediana edad, que llevaba una red grande sobre su hombro, estaba sobre una duna de arena justo encima de donde estaban sentados. Tenía la piel sumamente morena y curtida.

—Parecéis perdidos —dijo en voz alta, observando su ropa—. ¿Necesitáis ayuda?

—¿Dónde estamos? —respondió Kagome.

El hombre frunció el ceño, la pregunta era obviamente extraña.

—Estáis en Tsushima —contestó—. ¿Qué pasa? ¿Habéis navegado hasta la isla equivocada?

El hanyou y la miko intercambiaron una mirada.

—Estamos en una isla —le dijo ella en voz baja.

—Estamos en un puerto comercial —dijo, su expresión se ensombreció rápidamente—. Mi viejo fue asesinado en un puerto comercial.

Y en ese momento los dos se dieron cuenta de que su problema se extendía mucho más lejos de Japón.

Otro país había estado involucrado en el asesinato del anterior Tennō.


Nota de la traductora: ¡Hola! Como prometí, estoy subiendo este capítulo antes de mañana. Espero que no se os haya hecho muy larga la espera. Voy a intentar responder a vuestros reviews entre hoy y mañana, pero que sepáis que me han encantado. ¡Estoy muy contenta de que sigáis apoyando esta historia desde su traducción!

A lo largo de la semana que viene subiré el siguiente, pero todavía no estoy segura del día, aunque quiero sacarlo cuanto antes para no teneros esperando mucho tiempo.

¡Espero que os haya gustado el capítulo!