Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Nuestra lección de historia de hoy:

Hashi: palillos. Y sí, también puede significar puente cuando se escribe con kanji distintos. Y no estoy segura del origen del uso americano de la palabra, pero de algún modo me parece vagamente ofensivo y prefiero utilizar la palabra japonesa.

Estoy segura de que os parecerá claro a la mayoría, pero solo quería apuntar que este es el punto a partir del que de verdad voy a empezar a alterar los eventos de la época Heian para el propósito de mi historia. No es que haya sido estrictamente fiel hasta este punto, pero la auténtica divergencia comienza aquí. No voy a entrar en detalles para no destriparlo, pero estoy segura de que será obvio de qué estoy hablando y los efectos seguirán en futuros capítulos. Así que, por favor, no toméis lo que he escrito como un reflejo de nada que de verdad haya ocurrido históricamente.


Capítulo 16: De regresos a casa y penas

Pasaron dos días antes de que pudieran coger un barco que se dirigiera a tierra firme. El pescador que los había encontrado en la orilla, aunque al principio había estado perplejo por su desorientación, demostró ser bastante amable y los ayudó a encontrar un barco y una posada en la que quedarse hasta que pudieran partir.

Pasaron los dos días, a insistencia de Inuyasha, examinando los puertos alrededor de Tsushima. Había numerosos barcos mercantes atracados en los puertos, la mayoría eran chinos o coreanos.

Inuyasha le explicó que Tsushima había estado mucho tiempo lejos del control del Tennō, dado lo separada que estaba del resto de Japón tanto físicamente como en términos de su composición. Muchos extranjeros habían establecido su residencia en la isla, poniéndola aún más lejos de la autoridad del Tennō.

Entonces tenía sentido que los asaltantes hubieran atraído al padre de Inuyasha hasta la isla. Allí no habría nadie que fuera en su ayuda y era el último lugar en el que alguien pensaría en buscar el cuerpo del Tennō.

En cuanto a la participación de alguien de fuera en la muerte de su padre, Inuyasha dijo que sus apuestas estaban en China. Las relaciones de su padre con el Emperador chino siempre habían sido tensas, como mucho, y el hombre estaba ansioso por expandir su imperio. Japón era un objetivo excelente y China tenía los recursos a su disposición para lanzar un ataque si así lo decidía.

Pero alguien dentro de la corte, alguien que había sido lo suficientemente cercano para conocer la relación entre la madre y el padre de Inuyasha, tenía que haber estado presente para orquestarlo todo. Y si lo que Kagome había oído del youkai araña de verdad estaba conectado, todavía estaba bastante presente.

Ambos concordaron que sería mejor que volvieran a la corte lo más rápido posible. Kagome ya había colocado protección alrededor de varias de las aldeas de cerca de la suya y temía lo que podría pasar, lo que podría haber pasado ya, en su extendida ausencia.

Al barco al que subieron le llevó casi cuatro días llegar a su destino en un pequeño puerto en Matsue. Kagome estaba bastante segura de que Inuyasha no había dormido ni una sola noche mientras estaban a bordo y le riñó por ello, diciéndole que seguro que se iba a enfermar si no cuidaba de su cuerpo. Él le quitó importancia, resoplando y diciendo algo sobre que los hanyou no se ponían enfermos como los humanos.

Pero al parecer los mareos eran algo completamente distinto, pues lo vio colgando por un costado del barco más de una vez y pareciendo bastante enfermo. Se contuvo de hacer comentarios, sabiendo bastante bien que solo lo irritarían.

Obviamente estaba ansioso por el retraso. Ella se sentía bastante igual. A menudo lo pillaba agarrando con fuerza la empuñadura de su recién adquirida espada, con la mirada distante y atribulada. Se preguntó si su preocupación era por el pasado o por el futuro. Tal vez era por ambos.

Kagome a menudo deseaba atreverse a hablar con él de todo lo que había pasado, más allá de meras especulaciones pragmáticas sobre las circunstancias del asesinato de su padre. Después de todo, acababa de descubrir no solo una conexión entre su padre y su madre que nunca había creído que existiera, sino también que esa misma conexión había conducido a que los dos fueran asesinados.

Nunca se atrevió a sacar el tema. Así que permaneció callada en ese aspecto, dejándole que se tomara su tiempo para pensar en ello mientras permanecía cerca para ofrecerle su apoyo.

Cuando finalmente atracaron en el puerto de Matsue, no perdieron el tiempo en partir hacia la capital. Afortunadamente no estaban lejos. A Inuyasha solo le llevó día y medio, más o menos, llevarlos hasta allí, aunque no se pararon a descansar más de una hora o así en todo ese tiempo.

Cuando los muros de Heian-kyō estuvieron finalmente a la vista, los dos respiraron con un poco más de facilidad al ver que no parecía peor que cuando se habían marchado. Los guardias permanecieron apostados en la puerta occidental cuando se acercaron.

—Todo parece estar bien —dijo Kagome vacilantemente.

—Sí, ya veremos —gruñó él en respuesta.

Dejó que se bajara de su espalda cuando llegaron hasta los guardias, sujetándola con una mano alrededor de su brazo cuando se tambaleó. Notaba las piernas debilitadas después de tan largo periodo de desuso.

Inuyasha sacó el sello de un clan de dentro de sus ropas, enseñándoselo a los guardias, que obviamente no tenían ni idea de cómo era su Tennō. Les dejaron entrar sin hacer preguntas. Kagome supuso que portaba el sello de un clan prominente para evitar ser identificado.

—Tengo que ir al Dairi a ver a Kikyou —dijo Inuyasha tan pronto estuvieron a salvo en el interior—. Me ha estado cubriendo todo este tiempo. Probablemente ya se está preguntando dónde diablos estamos.

—¿Voy contigo? —preguntó Kagome.

—No —dijo Inuyasha con un poco de brusquedad. Kagome se quedó mirándolo—. Tiene que estar cabreada por todo el tiempo que llevo fuera. Dije que volvería pronto. Es mejor que trate con ella a solas —explicó.

—Oh… de acuerdo —dijo Kagome, sintiéndose de algún modo decepcionada.

—Mira, vete a ver a tus amigos. Hazles saber que no estás muerta ni nada —urgió bruscamente, moviendo una mano hacia ella en gesto de despedida.

Kagome abrió los ojos como platos al darse cuenta de que ni siquiera se había despedido de Miroku-sama ni de Sango-sama. Había partido en completo pánico cuando había oído lo que estaba pasando cerca de su aldea. La última vez que había visto a cualquiera de ellos había sido en la reunión de la corte que había planeado Sango-sama.

—Oh, no —exclamó en voz baja, con el corazón encogiéndose en su pecho—. No les dije nada antes de irme.

—Entonces ve a decírselo ahora, idiota —reiteró.

Ella asintió, más para sí que para él, antes de girar sobre sus talones para marcharse. Necesitaba llegar a ellos lo más pronto posible para intentar arreglar las cosas por haber sido tan mala amiga.

—Oye, te haré llamar cuando esté todo arreglado —le dijo Inuyasha en voz alta.

—De acuerdo —contestó Kagome, haciendo un gesto en su dirección antes de acelerar el paso hacia la residencia Tachibana.

Notó distraídamente que la corte parecía bastante silenciosa. Era media tarde, normalmente un momento en el que los cortesanos estaban fuera de paseo después de la comida de la tarde, pero no encontró una sola alma en su camino hacia la residencia.

Los guardias de la puerta de la residencia Tachibana parecieron sorprendidos al verla, pero le dejaron entrar sin hacer preguntas. La sirvienta que la recibió en la puerta le informó de que Sango-sama había estado muy preocupada por ella desde que se había enterado de que había salido de la corte poco después de caer enferma.

Le pidió a Kagome que esperase un momento mientras iba a informar a Sango-sama de su llegada.

Kagome se mordió el labio inferior ansiosamente mientras esperaba en la entrada, preguntándose cuán enfadada estaría la noble con ella. Al menos parecía haberse enterado de que había salido de la corte, pero lo había hecho muy poco después de haber caído enferma y ni siquiera se había detenido a explicar sus razones para irse a sus amigos. Ciertamente había sido horrible con ellos, aunque siempre la habían tratado con tanta generosidad.

Una serie de golpes secos, fuertes y que se acercaban rápidamente, la sacaron de su ensueño lleno de culpa. Sus ojos solo tuvieron un instante para procesar el borrón de color que pasó por la esquina hacia la entrada, antes de que un peso sólido chocara contra ella.

—¡Kagome-chan!

Unos brazos cálidos y delgados la rodearon, sacándole lo que quedaba de aliento de la ya sorprendida miko. Apenas había conseguido permanecer de pie, sujetando su peso y el peso de la casi histérica taiji-ya que colgaba de ella.

—¡Gracias a los kami que estás bien! —exclamó Sango, liberando su fuerte agarre solo para tomar el rostro de Kagome con fuerza entre sus manos—. Pero ¡mira lo pálida que estás! Como si hiciera días que no duermes. Oh, pero al menos estás viva y has vuelto. Pensaba… pensaba…

Se mordió el labio y negó con fuerza con la cabeza, como si no pudiera soportar ponerle voz a sus figuraciones. Kagome parpadeó, mirándola a la cara, sintiendo que lágrimas de simpatía brotaban en sus propios ojos.

—Lo siento —dijo en un hilo de voz.

—No vuelvas a hacerme esto —dijo Sango con firmeza, con la mirada clavada en la de Kagome. Kagome asintió, sintiéndose pequeña.

Sango se sorbió la nariz, suavizando su expresión. Sacó un pequeño pañuelo de seda de dentro de una de sus mangas largas, usándolo primero para limpiarle el rostro a Kagome con delicadeza y luego el suyo.

—Vamos a un sitio a sentarnos para que puedas explicármelo todo, ¿vale? —sugirió Sango.

Kagome asintió una vez más. La mayor le dio la mano, conduciéndola más allá de un grupo de sirvientes que se habían reunido para observar la inusual escena. Una mirada de advertencia por parte de Sango los dispersó, cada uno se marchó rápidamente a atender sus deberes.

Sango la condujo hacia los jardines Tachibana por la parte de atrás de la residencia. Estaban bastante vacíos, ya que muchos de los miembros del clan de Sango volvían a estar en una misión.

Sango las llevó a una esquina apartada donde había un pequeño banco mirando hacia un estanque congelado. Se sentaron en el banco y hubo silencio durante un largo momento. Sango le sostuvo la mano con fuerza.

—¿Dónde está Miroku-sama? —preguntó Kagome finalmente, recuperando la voz.

—Él también ha estado preocupado. La última vez que lo vi, hablamos de ir tras de ti. Pero con todo lo que ha estado pasando, fue difícil obtener permiso para partir —contestó Sango.

—¿Pasando? —repitió Kagome, llevando la mirada hacia ella.

Un pequeño frunce, casi una mueca, torció el gesto de Sango, aunque intentó ocultarlo girándose. Una punzada de preocupación atravesó el estómago de Kagome.

—¿Sango-sama?

—Ibas a contarme lo que pasó fuera —la evadió Sango.

Kagome frunció el ceño, la punzada se afiló hasta convertirse en descarga.

—Sango-sama —dijo con más firmeza, apretando la mano que rodeaba la suya—. Sé que he sido una amiga horrible con usted y por ello no puedo disculparme lo suficiente. Y se lo contaré todo, hasta el último detalle. Pero si ha estado ocurriendo algo aquí, necesito saberlo.

Encontró los ojos de la mayor con gesto de súplica. Sango frunció el ceño, bajando la mirada a sus manos unidas.

—Acabas de regresar, Kagome-chan. Pareces exhausta. ¿Por qué no descansas, solo un poco, antes de que vuelvas a ponerte con todo otra vez? —preguntó Sango en voz baja.

—No puedo descansar sabiendo que algo va mal en la corte, especialmente después de haber abandonado mis deberes aquí —insistió Kagome ansiosamente.

—Nadie puede culparte por querer estar ahí para tu familia, Kagome-chan —dijo Sango y luego suspiró—. De acuerdo. Prometo que te lo contaré si tú me prometes quedarte aquí y descansar lo que queda de noche. Nada de actuar hasta la mañana.

Kagome dudó, sopesándolo. Asintió lentamente.

—Lo prometo —dijo—. Por favor, cuénteme.

Sango suspiró, su expresión seguía siendo de descontento. Llevó la mirada hacia el estanque congelado, pareciendo organizar sus ideas por un momento.

—Hubo… un incidente unos días después de tu partida hacia tu aldea —empezó con cuidado—. Allanaron una rama de la residencia Taira. Robaron algunos de los objetos de valor del clan y un miembro del clan resultó herido cuando descubrió a los ladrones.

Sango vaciló, llevando los ojos hacia el rostro de Kagome y luego los apartó una vez más. Kagome apretó su mano, urgiéndola silenciosamente a que continuara.

—El hombre herido identificó a los ladrones —continuó—. La futura Emperatriz los sentenció, ya que el Tennō-sama había comenzado un retiro espiritual durante un tiempo para buscar la guía de los kami. Los dos ladrones… fueron ejecutados públicamente.

Kagome abrió los ojos como platos.

—Eso es… una barbarie —exhaló horrorizada—. ¿Cómo puede ser una ejecución pública el castigo por robar?

—Desearía que eso fuera todo —dijo Sango sombríamente—. Los ladrones… no eran miembros de la corte. Eran del exterior. Desde el robo, todos los cortesanos se han levantado en armas contra la presencia de foráneos en la corte, desde los sirvientes hasta… hasta Miroku-sama y tú. Creo que están empezando a molestarse porque el Tennō-sama haya permitido la presencia de foráneos plebeyos.

Kagome sintió que se le drenaba la sangre del rostro. Parpadeó, esforzándose por comprender.

—¿Quiénes eran? —preguntó, el pavor se contrajo con fuerza en la boca de su estómago—. Los ladrones… ¿quiénes eran?

Sango hizo una mueca y Kagome supo que esa era exactamente la pregunta que había querido evitar. Dudó durante un largo momento, con la mirada fija en su regazo. Kagome esperó, sintiéndose vagamente enferma.

—Estaban entre los que contraté para la reunión de bienvenida de mi padre y mi hermano a la corte —suspiró finalmente—. Esa es parte de la razón por la que los cortesanos están tan molestos con el Tennō-sama. El incidente ha dejado una mancha sobre el recuerdo de la reunión.

Unos brillantes ojos verdes y una melena pelirroja resplandecieron en la mente de Kagome. Pensó que se iba a poner enferma. Su mano tembló en los confines de la de Sango y la otra mujer levantó la mirada, alarmada.

—¿Kagome-chan?

—Kitsune —dijo, su voz se quebró con la palabra—. Fueron… ¿Los ladrones eran kitsune?

—Una pareja, marido y mujer —respondió Sango, inclinándose hacia ella con preocupación—. Kagome-chan, no los conocías, ¿no?

Kagome apoyó una mano temblorosa contra su rostro.

—Tenían un hijo —dijo—. Tenían un niño pequeño. Y ahora… ¿y ahora a quién tiene? Kami, Sango-sama, mataron a sus padres…

Sango apoyó una mano en su hombro, pero Kagome apenas la sintió. A aquel niño alegre con el que había jugado le habían arrebatado a sus padres en un instante. Puede que lo hubieran obligado a presenciar sus muertes. Todo por algo tan baladí como un robo.

—Tengo que ir a buscarlo —murmuró Kagome, más para sí que para la otra mujer—. No puedo abandonarlo.

Fue a ponerse de pie, pero el agarre férreo de Sango sobre su hombro la obligó a volver a sentarse. La noble frunció el ceño en su dirección.

—Lo prometiste, Kagome-chan —dijo con tono acusador.

—Sango-sama… —empezó a argumentar, pero se detuvo al momento ante la expresión en el rostro de la otra mujer. No iba a abandonar la residencia Tachibana sin pelear esa noche—. No está bien, Sango-sama —dijo en voz baja.

Sango frunció el ceño, apretándole el hombro compasivamente. Se puso de pie, tirando de Kagome consigo.

—Ven. Tienes que comer algo y tomar un poco de té. Puedes contarme todo y luego descansar un poco antes de decidir lo que quieres hacer —dijo Sango amablemente.

Kagome asintió con poco entusiasmo, permitiendo que la dirigiera. Aun así, su mente daba vueltas con lo rápido que habían cambiado las cosas y con cómo un pequeño incidente había dejado a un niño pequeño solo en el mundo.

Kagome pasó una noche tensa en la residencia Tachibana. Comió sin energía la comida que le dieron y le contó a Sango la historia de lo que había ocurrido fuera de la corte, omitiendo por el momento que el Tennō había estado con ella y que se habían encontrado con el último lugar de descanso del anterior Tennō. Por mucho que quisiera y confiara en su amiga, había algunas cosas que era mejor no decir por el momento.

Sango insistió en que se quedara en su habitación personal a pasar la noche en lugar de en una de las muchas habitaciones de invitados. Kagome sabía que temía que intentara escaparse por la noche, pero ella pretendía mantener su promesa. Sus sueños esa noche fueron turbulentos.


Por la mañana, Sango la sermoneó para que tomara el desayuno y fuera a ver a Miroku antes de que pudiera hacer otra cosa. Kagome aceptó, en parte porque no tenía ni idea de qué más hacer. Quería ir a por Shippou si podía, pero no tenía ni idea de dónde buscar. E Inuyasha había dicho que la convocaría cuando estuviera preparado, así que había poco que pudiera hacer más que esperar en ese sentido. Era frustrante, pero no sabía qué hacer.

La residencia de Miroku parecía aún más pequeña de algún modo desde la última vez que Kagome la había visto. También estaba más silenciosa. Hizo falta un tiempo antes de que una sirvienta llegara para saludarlas en la entrada.

Cuando le pidieron ver a Miroku, la sirvienta dudó, mirando a Sango. Dijo que no estaba segura de si houshi-sama aceptaba visitantes en ese momento y les pidió que esperasen mientras iba a comprobarlo. La miko y la noble intercambiaron una mirada de perplejidad.

La sirvienta anunció que se encontraba lo bastante bien para verlas cuando regresó y las condujo hasta el pequeño jardín, a un lateral de la residencia. Sango se puso visiblemente más ansiosa ante la mención de la salud del houshi.

Pero parecía estar con bastante buena salud cuando lo encontraron sentado junto a un pequeño estanque en una esquina del jardín. Tampoco estaba solo.

Kagome sintió que se le atascaba el corazón en la garganta al ver la pequeña figura sentada e inclinada junto a Miroku-sama. La maraña de pelo rojo era aún más notoria contra la melancolía de nubes grises que habían ahogado el cielo desde el alba.

—Shippou-chan —llamó, su garganta se le constriñó alrededor de la palabra.

La pequeña figura se enderezó de golpe, giró la cabeza con tanta rapidez que casi pareció doloroso. Los ojos verdes, mucho menos brillantes de lo que Kagome recordaba, se abrieron como platos. Su pequeño rostro pareció contraerse por completo en un instante.

—¡Kagome!

Kagome no estaba segura de si ella se había movido o de si había sido él, pero un momento más tarde estaba entre sus brazos en un borrón de movimiento y color.

—¡Kagome! ¡Kagome! ¡Kagome! —sollozó como un mantra, las lágrimas se filtraban por la parte delantera de su traje.

—Lo siento tanto, Shippou-chan. Lo siento tanto —murmuró en respuesta, sus brazos rodearon firmemente su pequeña figura.

Lo meció mientras él sollozaba y temblaba, las lágrimas manchaban su propio rostro. Él divagó con solo una semblanza de coherencia sobre sus padres y su hogar, y sobre cómo se había esforzado tanto por buscarla y que había sido incapaz. Kagome no se atrevió a decir nada en respuesta, simplemente lo abrazó y escuchó.

Finalmente las lágrimas parecieron secarse y él levantó la cara de su pecho, mirándola con grandes ojos enrojecidos.

—¿A dónde voy a ir ahora? —preguntó con voz queda.

A ella se le rompió el corazón.

—No tienes que ir a ninguna parte. Puedes quedarte aquí. Prometo que te cuidaré de ahora en adelante, ¿vale? —dijo Kagome con seriedad, sin querer más que protegerlo durante el resto de su vida de la crueldad del mundo.

Una pequeña chispa se encendió en sus ojos.

—¿De verdad? —preguntó en voz baja, como si la oferta pudiera ser revocada si hablaba demasiado alto.

—Te lo prometo —dijo Kagome firmemente—. Estoy aquí durante todo el tiempo que me necesites.

Su expresión se contrajo una vez más y ocultó su rostro en la curva de su hombro. Esta vez no hubo lágrimas, pero sus bracitos estaban apretados con tanta firmeza alrededor de su cuello que supo que pasaría algún tiempo antes de que la soltara.

Su mirada encontró las expresiones preocupadas de Sango y Miroku por encima de la cabeza del niño, ambos observaban con impotencia.

—Vino a mí hace unos días. Creo que estaba siguiendo tu aroma —ofreció Miroku, pareciendo un poco perdido—. Dijo que se había separado del resto de su clan cuando los obligaron a abandonar la corte después de… bueno, después. Se escondió y vino a buscarte.

Kagome asintió, ajustando al niño en sus brazos mientras se movía para unirse a ellos.

—Me alegro de que estés bien. Sango-sama y yo nos preocupamos cuando no volviste pronto —continuó Miroku con una pequeña sonrisa, estirándose para apoyar una cálida mano sobre su brazo.

La sonrisa de Kagome fue frágil en respuesta.

—Lamento mucho haberles preocupado —dijo—. ¿Se ha estado sintiendo mal? Una de sus sirvientas mencionó que no había estado lo bastante bien para recibir visitas. ¿Hay algo que pueda hacer por usted? Sé de varios remedios de hierbas que podría mezclar.

Los ojos de Sango se dirigieron hacia el houshi con preocupación. La sonrisa de Miroku adoptó una curva de culpabilidad en las comisuras.

—No es tanto enfermedad física como reticencia a estar en compañía de otros cortesanos por el momento —dijo con una mirada de disculpa hacia Sango—. Han sido bastante… críticos últimamente en cuanto a mi posición social.

—¿Quiénes? ¿Qué le han estado diciendo? —preguntó Sango con brusquedad, pareciendo indignada por ello.

—Nada que repetiría en presencia de damas como ustedes —aseguró, aunque ninguna se perdió el genuino resplandor de ira que revoloteó justo detrás de sus ojos.

—Esto es todo por… —empezó Kagome, interrumpiéndose al recordar al niño que estaba en sus brazos.

Miroku y Sango parecieron darse cuenta también, bajando las miradas hacia el pequeño. Un silencio tenso se estiró entre los tres.

—No lo hicieron —llegó el amortiguado murmullo desde el hombro de Kagome.

Shippou levantó la cabeza, fijando la mirada en los tres con ojos desafiantes.

—No lo hicieron —repitió en voz más alta—. ¡Mis padres no harían algo así! ¡Lo único que querían era trabajar aquí y ganar algo de dinero, pero un hombre dijo que habían robado sus cosas y luego los mataron! ¡Pero no lo hicieron! ¡Lo juro!

Kagome giró unos ojos incrédulos hacia sus dos amigos.

Sango se mordió el labio inferior, su mirada se apartó de la de la otra mujer. Miroku apoyó una mano sobre su hombro.

—Era su palabra contra la del jefe de los Taira. La ley era brutalmente clara en esta ocasión —explicó Miroku con un deje amargo en sus palabras.

—¡Eso no es justo! —exclamó Kagome con indignación—. ¿Fueron condenados con nada más que una palabra?

—Es la ley, Kagome-chan —dijo Sango débilmente, aunque no podía mirar a la otra mujer a los ojos—. Está por encima de todos nosotros.

Kagome se mordió el labio con furia, incapaz de discutir eso. La ley era algo ordenado por lo divino, transmitida por los kami al Tennō y al pueblo. ¿Quién era ella para discutir con los kami?

Pero no podía olvidar al niño huérfano en sus brazos con tanta facilidad. Él levantó la mirada hacia ella con ojos que ardían con lágrimas de furia y frustración, y no pudo creerse que eso fuera todo.

—Creo que tengo que irme —dijo en voz baja.

Miroku frunció el ceño, dando un paso hacia ella.

—Acabas de llegar, Kagome-chan —dijo.

—Solo necesito dar un paseo —dijo Kagome—. Todo… todo se está apilando. Solo necesito salir un poco.

Los dos parecían estar a punto de decir algo, de avanzar un paso para detenerla.

—No voy a volver a irme. Lo prometo —dijo Kagome, sintiendo su preocupación—. Solo necesito poner en orden mis pensamientos.

—Entonces estaremos aquí esperando con la comida cuando vuelvas —dijo Sango, con ojos llenos de esperanza.

Kagome asintió, dándose la vuelta y saliendo de la residencia.

Durante un tiempo, Kagome caminó sin rumbo por la corte con el kitsune que ahora era suyo. Ninguno tenía muchas ganas de hablar.

Finalmente, los pasos de Kagome los condujeron al En no Matsubara y al Goshinboku, donde se asentaron en las raíces para sentarse juntos.

—¿Estás enfadado? —preguntó Kagome en voz baja, acariciándole el pelo con él sentado en su regazo.

—Sí —contestó, su voz perdió todo matiz infantil por un momento.

Respiró temblorosamente, rodeándolo con los brazos y atrayéndolo contra su pecho. Él no se resistió, pero tampoco se apoyó contra ella totalmente.

—Te prometo que cuidaré de ti de ahora en adelante —juró con voz queda, deseando haber podido cuidar de él cuando de verdad lo había necesitado.

Había trabajado tanto para ganarse un poco de respeto en la corte para poder empezar a arreglar las cosas que habían ido mal. Ahora se preguntaba si tal vez había procedido mal.

Había intentado ganarse el respeto trabajando a su nivel y hasta cierto punto había tenido éxito. Pero eso era solo porque había intentado hacerles olvidar que era plebeya. Lo que les había pasado a los padres de Shippou dejó atrozmente claro que la gente de la corte consideraba a todo el que no fuera uno de ellos como poco más que nada.

Lo había hecho bien para sí misma, pero no había hecho nada por otros de origen plebeyo. Había ido de cabeza en la dirección equivocada.

Mientras acariciaba la espalda del niño, se preguntó si podría seguir allí donde la gente como ella no contaba. Jugueteó distraídamente con la fantasía de llevarse a Shippou de regreso a su aldea para vivir el resto de sus vidas en relativa paz.

Suspiró, sabiendo que nunca podría hacer eso. Le había prometido a Inuyasha que se quedaría a su lado y les había prometido a Miroku-sama y a Sango-sama que no volvería a huir. Además de que no conseguiría nada huyendo.

Pero ¿de verdad podía someterse a un sistema legal que antes la condenaría por su origen a buscar la verdad?

Shippou se enderezó como un palo de repente en su regazo. Se liberó de sus brazos y saltó delante de ella, con sus pequeños dientes descubiertos.

—¿Shippou-chan?

Ni bien su nombre dejó su boca, que un vendaval se alzó alrededor de ellos, levantando tierra en todas direcciones. Los dos tosieron, cubriéndose los ojos hasta que las nubes desaparecieron.

De pie ante ellos, de brazos cruzados tan informalmente como si hubiera llegado caminando, estaba Kouga.

El pelaje alrededor de la cola de Shippou se erizó. Fulminó con una mirada de advertencia a Kouga en lo que Kagome solo podía imaginar que era un pequeño gruñido tartamudeando al fondo de su garganta.

—Te encontré —anunció Kouga, su sonrisa era enteramente lobuna.

Ignorando la postura amenazante de Shippou, se contoneó sin prisa hacia ella.

—Me abandonaste —la acusó, aunque su sonrisa no disminuyó en lo más mínimo—. Pero sabía que volverías. Era imposible que mi mujer fuera a dejarme atrás.

—Tenía asuntos que atender —respondió Kagome vagamente, poniéndose de pie y cogiendo al kitsune en brazos para evitar que se lanzara hacia el youkai más grande. Se revolvió en su agarre hasta que estuvo encarando a Kouga, continuando con su mirada feroz hacia él.

—¡Deja a Kagome en paz! —soltó—. ¡No dejaré que ningún estúpido cortesano la toque!

Esto captó la atención de Kouga. Arqueó una ceja en actitud divertida, inclinándose hasta que estuvo cara a cara con Shippou. Descubrió sus propios colmillos, más afilados, en una sonrisa demasiado amplia.

—Tienes agallas, niño, pero sería mejor que supieras cuándo un enemigo es demasiado grande para ti —aconsejó en voz baja, haciendo chocar sus dientes para darle énfasis.

Kagome frunció el ceño, alejando al niño de él.

—Hágame el favor de no meterse con niños, Kouga-sama —dijo con severidad.

Él resopló, luego parpadeó y miró a Shippou con más detenimiento. Shippou se erizó, fulminándolo con la mirada en respuesta.

—Me resultas familiar, enano —dijo Kouga, frunciendo el ceño mientras se esforzaba por recordar—. ¡Ah! Ya sé. Te pareces a esos kitsune que fueron decapitados el otro día.

La mano de Kagome había impactado con la piel de la mejilla de Kouga antes de que ella se diera cuenta de que se estaba moviendo. Su cabeza no se movió ni un centímetro, aunque su mejilla enrojeció rápidamente. Parpadeó con perplejidad en su dirección.

Kagome lo miró con furia en respuesta, acercando a Shippou más contra su pecho con su mano palpitante como si pudiera protegerlo del recuerdo.

—¿Cómo se atreve a decir algo así con tanta indiferencia? —dijo entre dientes—. ¡Hay dos personas muertas! ¿Y por qué? ¿Para reasegurales a los cortesanos su superioridad?

—¡Oye! ¡Yo no soy un aburrido cortesano! Vine aquí y me quedé aquí por ti, ¿recuerdas? —soltó Kouga en respuesta, un ataque inusual de cólera resplandeció en sus facciones—. Además, estoy contigo en esto. No creo que hicieran lo que Hakudoshi dijo que hicieron. Aunque fuera así, lo que hizo la corte no estuvo bien.

Un poco de la ferocidad salió del rostro de Kagome. Recolocó a Shippou entre sus brazos, mirando cautelosamente al Señor de los lobos.

—De… ¿de verdad lo cree? —preguntó.

—En mi tribu no hacemos las cosas así —dijo Kouga, negando con la cabeza—. No castigamos sin dejar que todos digan lo que tienen que decir. Y por supuesto que no repartimos la muerte como castigo para todo. Lo único que haría eso sería criar resentimiento entre mi gente.

—Pero ¿qué hay de la ley de los kami? —argumentó ella con un tinte de desesperación trepando en su voz—. ¿Puede ignorarla tan fácilmente?

Kouga resopló con sorna, pero se serenó ligeramente al ver la expresión de su rostro. Sus ojos abiertos como platos estaban fijos en su rostro, inspeccionando. Era extraño que él recibiera este tipo de atención por su parte.

Suspiró, rascándose la cabeza. Se imaginó que sería mejor intentar ponerse serio por esta vez.

—Mira, conozco esa estúpida ley. Según ella, mi tribu y yo no valemos mucho. Y el kitsune y tú no valéis una mierda. ¿De verdad sientes que no vales una mierda? —dijo.

—No —respondió Kagome, en voz baja pero firme—. No carecemos de valor.

—Ya. Mi tribu y yo sentimos lo mismo. Así que en lugar de seguir una ley en la que no podemos creer, decidimos crear una en la que sí. Porque la ley de los kami o de quien sea en realidad solo vale para los cortesanos —dijo.

Kagome lo miró durante un largo momento, procesándolo. Frunció el ceño, bajando la mirada.

—Siempre he creído que seguir los caminos de los kami era el mejor camino que uno podía adoptar en la vida —dijo en voz baja.

—¿De verdad crees que el mejor camino es aquel en el que no vales nada? —contrarrestó Kouga, con una ceja arqueada en gesto crítico—. ¿Crees que eso es lo que los kami quieren de ti?

—… No lo sé —confesó Kagome con un hilo de voz—. Ya no sé qué quieren de mí.

—Intenta preguntarles, entonces —dijo Kouga como si fuera tan simple como eso—. Yo nunca he hablado con ellos, pero tal vez te respondan a ti.

Una pequeña risa escapó de ella ante la franqueza de la sugerencia. Le ofreció una sonrisa irónica.

—Tal vez usted sea más sabio de lo que le he reconocido, Kouga-sama —dijo—. Lo siento por haber sido egoísta con mi estima.

—Sí, bueno —bramó él, inflándose—. Soy bastante sabio.

Kagome sonrió, ensanchando la sonrisa. Recolocó a Shippou en sus brazos. Estaba dormido, se había quedado así tiempo después de darse cuenta de que Kouga no era una amenaza para ella. Se imaginaba que debía de estar completamente exhausto después de la última semana que había tenido.

—Perdón por haberme marchado sin decir nada —dijo—. Siéntese y hable conmigo un rato.

Se sentó en una de las raíces levantadas, dando palmaditas a su lado a modo de invitación.

Kouga tomó asiento con entusiasmo, con una sonrisa tonta estirándose por su rostro.


Después de que Kouga terminara de exponer cuánto la había echado de menos y cuánto odiaba la corte, pero que se quedaba por su bien, hablaron más de las leyes de su tribu. Kagome estaba fascinada y ligeramente recelosa ante la idea de que siguieran un código que era completamente creación suya, adaptado para que se adecuase a sus necesidades en consideración a los caminos de los kami, pero sin preocuparse por su aprobación.

En cuanto a su asociación con el clan Taira, Kouga le informó con no poca cantidad de orgullo que había conseguido hacer bastantes progresos para ganarse su confianza. Como Señor de un amplio número de youkai fuera de la corte, estaban entusiasmados por solicitar su buena voluntad y cooperación.

Todavía no le habían concedido acceso a los niveles superiores del clan, pero dijo que tenía la esperanza de que pronto le dejaran, si no daba un paso en falso. También le informó de que si había habido mala fe en juego, estaba enterrada demasiado profundamente como para poder verla todavía.

Kouga le permitió marcharse a regañadientes cuando el sol empezó a ocultarse tras los muros de la corte, asegurando por su primera promesa que se aseguraría de encontrarse con él una vez más en unos días.

Kagome volvió a la residencia de Miroku con Shippou todavía profundamente dormido en sus brazos. Miroku y Sango estaban tomando el té juntos cuando llegó y parecieron aliviados por su regreso.

Les ofreció a ambos una sonrisa avergonzada para tranquilizarlos de su muy mejorado estado mental. La tensión que quedaba se disolvió y pidieron comida para compartirla entre todos.

Shippou se despertó cuando les estaban sirviendo la comida, empezando a comer con voracidad. Sus modales en la mesa eran nada menos que horrendos, pero Kagome no tuvo corazón para reñirle por ellos por el momento. Pero decidió empezar pronto a enseñarle, ya que iba a quedarse en la corte bajo su cuidado.

Todos comieron en silencio durante un rato, el sonido de los sorbidos y del mascar ocasionales de Shippou eran el único auténtico ruido de la habitación. Finalmente, Miroku se aclaró la garganta, dejando sus hashi de una manera que dejaba clara su intención de hablar con seriedad.

Kagome y Sango imitaron sus movimientos, dedicándole toda su atención.

Las miró a los ojos con solemnidad, primero a una y luego a la otra. Sostuvo la mirada de Sango un rato más, algo ilegible resplandeció detrás de sus ojos oscuros.

—Quiero dejarles claro a las dos dónde me posiciono, ya que las tengo en más alta estima que a nadie más que yo conozca —dijo—. No tengo ninguna intención de que lo que ha ocurrido pase sin pena ni gloria.

Sango y Kagome intercambiaron una mirada. Pequeñas señales de alarma revolotearon en el rostro de Sango.

—¿Qué quiere decir, houshi-sama? —preguntó, sus ojos inspeccionaron su rostro mientras se giraba hacia él.

Miroku dirigió toda su atención sobre ella, sus ojos encontraron los suyos en un ruego silencioso por su comprensión. Sango parpadeó, sus facciones se tensaron ansiosamente.

—Nos conocemos desde la infancia, Sango-sama, y sé que no hay mala intención en su corazón hacia ningún ser, grande o pequeño —dijo con seriedad—, pero no puede decirse lo mismo de muchos de los demás de la corte. Como foráneo, llevo mucho tiempo permitiendo que se me trate como a un inferior dentro de la corte, creyendo que era una carga que solo yo debía soportar aquí. Esta tragedia me ha demostrado que me equivocaba. Al no defenderme, también les he fallado a otros. Ya no puedo quedarme callado y esperar que se forje un cambio por su cuenta o a manos de aquellos que no tienen ningún interés en ello.

Todo el color había desaparecido del rostro de Sango. Lo miró como si acabara de darle una bofetada, un frío horror cayó sobre sus ojos abiertos como platos.

—Yo no… no sabía que estaba sufriendo —dijo, su voz era apenas un susurro—. Siempre parecía tan alegre. Yo no… ¿Por qué nunca me lo dijo?

Miroku frunció el ceño. Su mirada se hundió en la mesa que había entre ellos.

—Como he dicho, era yo quien debía soportarla. No deseo cargarla a usted con ella —dijo—. No la culpo, Sango-sama.

—¡Cúlpeme! —gritó Sango, estampando las palmas sobre la mesa. Las lágrimas brillaron con fuerza en sus ojos ardientes—. ¡Cúlpeme por no saberlo! ¡Cúlpeme por no verlo! ¡Cúlpeme por no haber hecho nada! ¿De verdad cree que me habría mostrado indiferente a su sufrimiento?

Lo miró con furia. Él todavía no podía encontrar su mirada. Un tenso silencio se extendió entre ellos.

—… Nunca me creí igual a usted —dijo Miroku finalmente—. Y, por consiguiente, nunca se lo confié, pero ahora deseo estar ahora a su lado como un igual. Y eso es algo por lo que estoy dispuesto a luchar.

Sus ojos conectaron con los de ella. Las lágrimas que ardían en sus ojos bajaron finalmente por sus mejillas y la ira se desvaneció de su expresión. Los dos estaban callados, buscando algo el uno en el otro.

Kagome se los quedó mirando con los ojos bien abiertos, su presencia había sido obviamente olvidada por el momento. Incluso Shippou había parado de engullir para mirar. Kagome se movió con inquietud, sintiendo que deberían salir de la habitación, pero sin querer atraer la atención de sus amigos si se movía.

Shippou eructó.

Kagome palideció.

Los ojos de Miroku y Sango se movieron hacia ellos.

En un instante, el rostro de Sango estuvo del color del haori de Inuyasha. Incluso Miroku parecía moderadamente avergonzado, aclarándose ruidosamente la garganta.

—Como he dicho, no tengo intención de seguir siendo pasivo —dijo, su tono era excesivamente formal—. Todavía no estoy seguro de qué acciones emprenderé, pero deseaba hacerles saber a ustedes dos mi intención de actuar.

—Decida lo que decida hacer, tendrá mi ayuda —dijo Sango, superando un poco de su turbación.

—Sango-sama… —dijo, pareciendo como si fuera a discutir.

—¡No, Miroku! —interrumpió—. ¡Hace mucho que debería haber estado a tu lado! Estaré contigo ahora. Si te preocupa mi posición dentro de la corte, que sepas que a mí no.

Encontró su mirada con firmeza, con la mandíbula tensa. Dudó por un momento, pero no pudo contener una pequeña sonrisa. Una sonrisa en respuesta se abrió paso en las facciones de ella.

—Como desee —concedió, con una caballeresca floritura de una de sus manos.

Mientras los observaba, Kagome sintió que se desvanecía un poco de su incertidumbre. Sango-sama estaba muy lista y dispuesta a ayudar a su amigo. No perdía el tiempo preocupándose por leyes que sabía en su corazón que eran injustas. Depositaba toda su fe en sus amigos.

Kagome quería hacer lo mismo, aunque la idea de ir tan abiertamente en contra de los kami hizo que la recorriera un escalofrío.

Miroku pareció darse cuenta de esto. Devolvió su atención a ella, su expresión se hizo solemne hasta cierto punto.

—No deseo incomodarla, Kagome-sama —dijo—. Tampoco requiero de promesas de apoyo por su parte. Entiendo sus creencias y no voy a obligarla a que se comprometa.

De algún modo, la certeza la hizo sentirse peor, pero no podía conseguir formar una respuesta. Así que se limitó a asentir con ojos abatidos.

Cayó el silencio durante unos instantes. Sango entrelazó las manos entre sus voluminosas mangas, levantándose de la mesa.

—Se está haciendo tarde —dijo, volvía a ser una vez más la imagen del decoro y la elegancia—. Creo que es hora de que nos retiremos por esta noche, houshi-sama. Gracias por su hospitalidad.

—No hay de qué —contestó Miroku, poniéndose él también en pie—. Son siempre bienvenidas en cualquier momento. Permítanme que las acompañe a la salida.

Kagome cogió a Shippou en brazos, que una vez más parecía somnoliento después de haber llenado el estómago. Siguió a sus dos amigos, observando con solemnidad las cariñosas miradas que intercambiaron.

Rezó por obtener certeza.


No hubo certeza con el salir del sol a la mañana siguiente.

Kagome había escogido pasar la noche en la residencia Tachibana. Por lo que sabía, su lugar seguía estando técnicamente en la residencia Fujiwara, pero no encontraba placer en la perspectiva de volver allí después de todo lo que había pasado.

Así, aceptó la oferta de Sango de una habitación de invitados para que se quedara a pasar la noche. Shippou se quedó en la habitación con ella, compartiendo su futón. Todavía estaba ansioso, reacio a estar separado de ella durante mucho tiempo. Difícilmente podía culparle.

Sango los despertó por la mañana con promesas de té y desayuno. Ambos se les sirvieron sin demora y los tres se sentaron a discutir qué hacer durante el día.

La entrada de un sirviente interrumpió su planeamiento. Hizo una reverencia, informando a Sango de que una sirvienta de la futura Emperatriz esperaba a Kagome delante de la residencia.

Kagome sintió que se le hundía el estómago. Había sabido que esto ocurriría eventualmente, pero había esperado posponerlo durante al menos unos días.

Pero difícilmente podía negarse a una llamada de la futura Emperatriz. Con un suspiro, le preguntó a Sango si podía cuidar de Shippou mientras iba a atender a Fujiwara-sama.

La mayor aceptó inmediatamente, pero el kitsune protestó. Se negaba a que lo separasen de ella, aferrándose a su pierna desesperadamente. Gritó que no quería que ella también desapareciera.

Kagome no pudo resistirse a ese ruego, aunque sabía que esta reunión no era un lugar adecuado para el niño. Aun así accedió, disculpándose con Sango-sama y prometiendo regresar lo más rápido posible.

La sirvienta Fujiwara que la esperaba fuera de la residencia le dirigió una mirada interrogante a Shippou, pero no hizo ningún comentario. Fue una caminata larga y silenciosa hasta el Palacio Interior y la residencia de Kikyou.

Cuando llegaron, la sirvienta la condujo hasta los aposentos de la futura Emperatriz, informándola de que la otra mujer la esperaba allí.

Kagome le indicó a Shippou que esperase por ella fuera de la habitación. Él aceptó a regañadientes, posicionándose justo en el exterior de la shoji.

Ella vaciló fuera de la habitación, tenía el estómago hecho un nudo y su mente trabajaba a toda velocidad. No tenía ni idea de cómo enfrentarse a la mujer después de todo lo que había ocurrido.

Respiró hondo y abrió la pantalla.

Unos duros ojos castaños encontraron los suyos. La espalda de Kikyou estaba firmemente recta, su boca estaba compuesta en una línea implacable.

—¿Ahora ni te molestas en seguir el protocolo para abrir la shoji? —dijo, absteniéndose de saludar—. No se volverán a tolerar tus constantes muestras de tu falta de respeto para con mi persona y la corte. ¿Tienes la más vaga noción del caos que provocaste al abandonar tus deberes aquí en favor de algunas aldeas minúsculas? Tus prioridades están lejos de estar donde deben estar si pretendes ser de alguna utilidad dentro de la corte.

Kagome se la quedó mirando boquiabierta por un instante, desprevenida ante un asalto tan inmediato. Kikyou le devolvió la mirada, con hielo y fuego en sus ojos. Un intrincado abanico se movió en cortas y cortantes agitaciones en su mano izquierda. Incluso airada, su juni-hito de un vívido verde estaba dispuesto impecablemente alrededor de su silueta arrodillada. Era una irreprochable cortesana hasta el último centímetro.

Y todo se tornó a la vez en un claro y agudo alivio para Kagome. Las palabras de la futura Emperatriz y lo que había permitido que ocurriese.

—Eso es todo lo que somos cualquiera de nosotros para usted, ¿no? —dijo Kagome—. ¿Minúsculos? ¿Apenas dignos de su consideración?

Fue el turno de Kikyou de sorprenderse, su abanico se quedó lentamente quieto en su mano. Obviamente había estado esperando una respuesta mucho más deferente. Kagome sintió una retorcida satisfacción al haber interrumpido su compostura incluso ligeramente.

—No toleraré insolencia por tu parte, Kagome. No después de que te haya permitido tal libertad —dijo Kikyou, su tono se endureció a modo de advertencia. Su abanico se cerró de golpe en un gesto que exigía un fin a las sandeces de Kagome.

Pero Kagome estaba lejos de haber terminado.

—Puede tolerarlo o no, como le plazca, Fujiwara-sama, pero va a escucharme y va a comprender que es usted la que se equivoca en esto —contestó Kagome, avanzando hacia la mujer.

No se arrodilló. Esta vez no iba a someterse.

—Creo que es usted una buena mujer. La he respetado, incluso a regañadientes, desde que entré en la corte. Pero ha errado. Le ha arrebatado sus padres a un niño sin pensarlo dos veces.

Kikyou parpadeó, arrugando el ceño ligeramente con confusión. La comprensión cayó lentamente en sus ojos. Volvió a poner la mandíbula firme.

—Seguí la ley —dijo con frialdad—. Eran ladrones y se atrevieron incluso a asaltar a uno de los Taira en mitad de su crimen. Fueron incapaces de defenderse de las acusaciones.

—¡Exacto! ¡No tenían ni la más mínima esperanza de defenderse! —estalló Kagome, el desinterés de la noble alimentaba su ira—. ¿Qué prueba tenía? ¿Qué más aparte de la palabra de los Taira que ya sabe que son sospechosos? ¿Y qué más que su propia palabra tenían para defenderse ellos? ¡Una palabra que ustedes tienen por insignificante!

La expresión de Kikyou se tornó pétrea. Se puso de pie, lentamente y con dolorosa dignidad, para encarar a Kagome.

—Seguí la ley —repitió en voz baja—. Un noble los acusó de robo y asalto. La ley era clara y yo la apliqué, como es mi deber como futura Emperatriz. No vas a hacer que me arrepienta porque te niegues a comprenderlo.

—Y yo no voy a quedarme callada porque usted no pueda comprender que la ley puede estar equivocada —dijo Kagome—. Yo no soy alguien sin valor y tampoco lo eran ellos. Somos hijos de los kami tanto como usted y no seguiré fingiendo lo contrario durante más tiempo.

—Continúa con tu blasfemia y haré que te echen de la corte —dijo Kikyou, impasible.

Un poco de la ira de Kagome se enfrió hasta convertirse en decepción. La otra mujer se negaba a escucharla.

—Haga lo que quiera —dijo en voz baja—, pero espero que al menos piense. Les ha robado las vidas a dos personas sin vacilar. Ha dejado huérfano a un niño pequeño. Esas son cargas con las que tendrá que vivir, pero no tiene por qué incrementarlas. Por favor, piense. Por favor, demuestre que es usted la mujer que creo que es.

Kikyou estaba callada, su expresión completamente sellada.

Kagome suspiró, dándose la vuelta y saliendo de la habitación sin decir otra palabra. Shippou levantó la mirada hacia ella con unos ojos bien abiertos y solemnes mientras ella lo cogía en brazos.

—¿Ella mató a mis padres? —preguntó.

—… No —contestó Kagome tras un momento—. La ignorancia es la responsable de la muerte de tus padres. Ella simplemente fue el cuerpo a través del que actuó. ¿Crees que puedes entenderlo?

—No lo sé —dijo Shippou con voz queda.

Los dos se quedaron en silencio.


Pasaron el resto del día vagando por la corte. A Shippou todavía le quedaba mucho por ver de ella y Kagome decidió que había que hacer un tour. Al menos les servía para mantener sus mentes ocupadas.

También visitaron la casa de baños. Kagome se aseguró de esperar hasta una hora en la que sabía que apenas estaría nadie allí, pues no sabía cómo los recibirían.

Aseó primero a Shippou, las capas de tierra que salieron de él evidenciaron que no se había bañado desde hacía bastante tiempo. También le lavó la ropa, aunque no hubo mucho que pudiera hacer contra los años de mugre acumulada que se aferraban a ella. Decidió que haría que le hicieran ropa nueva tan pronto como pudieran.

Después llevó a Shippou de vuelta a la residencia Tachibana. Su estómago gruñía ruidosamente.

En el fondo de su mente estaba ansiosa, temiendo que un sirviente la estuviera esperando para obligarla a irse de la corte. O tal vez algo peor, después de la forma en la que le había hablado a la futura Emperatriz.

Aun así no se arrepintió de haber dicho lo que pensaba. No sentía que estuviera equivocada.

Pero sus temores fueron en vano. No la esperaba ningún sirviente. Sango tampoco estaba en casa. Los sirvientes la conocían lo suficiente para dejarle pasar de todos modos y les prepararon una comida rápida al pequeño y a ella.

Shippou volvió a inhalar su comida. Kagome se preguntó si era porque estaba creciendo o porque no estaba tan acostumbrado a tener comida tan prontamente disponible. Ella comió un poco de su comida, su apetito era casi inexistente.

Shippou empezó a cabecear casi inmediatamente después. Kagome lo llevó a la habitación de invitados que habían compartido la noche anterior y lo acostó. Se sentó al lado del futón, acariciándole el pelo hasta que estuvo segura de que estaba dormido.

A solas en la oscura habitación, solo con sus pensamientos para hacerle compañía, su ansiedad empezó a crecer una vez más. No tenía ni idea de lo que pretendía hacer la futura Emperatriz. Estaba segura de que no iba a quedar impune. Incluso si había estado en lo cierto sobre lo que había dicho, había hablado por encima de su estatus.

Se movió con inquietud, preguntándose qué iba a hacer si la expulsaban de la corte. Difícilmente podía soportar pensar en que le hicieran renunciar después de todo lo que había hecho.

Tal vez podía liderar a las aldeas hacia una sublevación. Ganarles un justo reconocimiento.

Pero tenían tan pocos recursos a su disposición que el éxito sería improbable sin un gran sacrificio. Y eso solo sería en el caso de que pudiera poner en movimiento a las aldeas. A juzgar por lo que había presenciado recientemente, muchas de ellas solo deseaban vivir lo más lejos posible de la corte.

Además, alzarse en rebelión significaría ir en contra de Inuyasha. Si llegaba a eso, no pensaba que fuera a ser capaz de hacerlo.

Se enderezó, dándose cuenta de repente de lo que tenía que hacer. Salió silenciosamente de la habitación, con cuidado de no despertar al niño dormido.

Iría con Inuyasha y se lo dejaría claro. Era imposible que fuera a permitir que la echaran de la corte si lo comprendía todo.

Kagome se apresuró hacia el Dairi y hacia los aposentos de Inuyasha. Los guardias allí la informaron de que estaba fuera, en sus jardines privados. Les dio las gracias, sabiendo casi instintivamente dónde estaría.

Volvió sobre sus pasos de la última vez que había estado allí, dirigiéndose hacia el lugar donde se habían reunido a menudo. Al llegar a la línea de árboles que ocultaban la pequeña colina y el estanque, se vio gratificada al oír su voz.

Pero se detuvo ante el sonido de otra voz respondiendo a la suya.

Asomándose con cautela por detrás de uno de los árboles, se esforzó por distinguir las siluetas en lo alto de la colina a través de la oscuridad de la noche.

El rojo intenso de su haori identificaba a Inuyasha, sentado en la cima de la colina. De pie a su lado…

Kagome se quedó paralizada, con el corazón hundiéndose en su estómago.

Kikyou estaba con él.

Incluso bajo el velo de la oscuridad, parecía más turbada de lo que Kagome la hubiera visto nunca. Llevaba el pelo sin adornos, no llevaba abanico consigo e incluso su juni-hito estaba dispuesto inadecuadamente.

Además, estaba de pie mientras que Inuyasha estaba sentado, olvidando incluso el protocolo de no levantarse por encima del Tennō. Era difícil leer su expresión a la tenue luz, pero su cuerpo estaba dispuesto en una rígida línea.

—¿Entonces tú también vas a anteponerla a mí en esto? —dijo, en voz tan baja que Kagome apenas distinguió las palabras—. ¿Vas a permitir que su insolente irreverencia para con toda esta corte y sus leyes continúe desenfrenada?

—Kikyou…

—¡No! —soltó y Kagome se retrajo. Era la primera vez que oía que la voz de la mujer se elevara por encima de su habitualmente controlada pronunciación—. ¡No, Inuyasha! ¡No voy a consentirlo! ¡He intentado respetar tus decisiones como mi señor y soberano, pero no seguiré callada! ¡Ya me has abandonado a mí… has abandonado tus deberes… para consentir sus desatinados caprichos! ¿Cuán lejos permitirás que vaya esto antes de que dejes de estar cegado por ella y recuerdes tus obligaciones?

—Prometí protegerla. No podía dejarla ir y que la mataran después de lo que ha hecho aquí.

—¿Y qué hay de lo que he hecho yo? —contestó Kikyou, su voz bajó una vez más a un tenso susurro—. ¿Tienes alguna idea de con qué me dejaste cuando te fuiste detrás de ella? Si alguien hubiera descubierto que no estabas, habría sido mi perdición. Me abandonaste, Inuyasha, para ir detrás de una plebeya que apenas conoces desde hace más de unos cuantos meses. Me dejaste sola…

Se le quebró la voz, a pesar de sus esfuerzos por mantenerla firme. Inuyasha se levantó, su silueta se movió hacia ella.

—Kikyou… yo… lo siento… No pensé…

La rodeó con sus brazos. Ella pareció dudar, pero después de un momento sus brazos lo rodearon con ganas en respuesta.

—Voy a ser su esposa —dijo en voz baja—. También me ha hecho promesas a mí. Quiero apoyarle, mi señor, pero no voy a ir por detrás de ella.

—Lo siento, Kikyou —repitió Inuyasha, su voz era atípicamente suave—. Y tienes razón. Tú… tú eres la que va a ser mi esposa. Tú tienes que ir primero.

Entonces se hizo el silencio entre ellos, pero los oídos de Kagome estaban llenos del martilleo de su propio corazón. Sentía calor y frío al mismo tiempo y deseó desesperadamente poder moverse. Estaba clavada en el sitio.

Kikyou se echó ligeramente hacia atrás en el abrazo. Se inclinó lentamente hacia delante, presionando sus labios contra los de él.

Kagome salió corriendo.


Corrió, tropezando, todo el camino de vuelta a la residencia Tachibana. Al menos eso le dio al agudo dolor de su pecho la excusa del sobreesfuerzo.

Quería seguir corriendo, pero no tenía ni idea de a dónde. No podía correr lo suficientemente rápido para escapar.

Después de unos largos minutos de indecisión, se rindió y entró. Caminó distraídamente hacia una sala de visitas, necesitaba sentarse y calmarse.

Entró en una sala y se detuvo, sorprendida de ver que ya había alguien dentro. Los pasillos estaban en silencio, dado que muchos de los sirvientes ya se habían retirado a dormir.

Era Sango, su rostro estaba débilmente iluminado por la luz de una vela. Estaba arrodillada en uno de los varios cojines de la sala, inclinada atentamente sobre un pergamino extendido sobre su regazo.

Levantó la mirada cuando entró Kagome, deslizando las manos inconscientemente para cubrir el pergamino.

—Kagome-chan —dijo, un sonrojo subió a sus mejillas—. ¿Qué haces despierta tan tarde?

—Podría hacerle la misma pregunta —dijo Kagome, agradecida por la momentánea distracción—. ¿Qué está leyendo?

Se arrodilló a su lado, intentando distinguir qué había escrito en el añejo pergamino. Sango apartó las manos con timidez, permitiéndole ver bien.

—Un registro de mi clan —explicó—. Solo le estaba echando un vistazo.

Kagome pasó los ojos sobre los numerosos nombres, dispuestos como las ramas de un árbol para reflejar los parentescos de unos con otros dentro del clan.

—¿Con qué objetivo? —preguntó, bajando los ojos hasta que encontró los nombres de Sango, su padre y su hermano.

—Yo… deseaba ver si había alguien de menor estatus que hubiera entrado alguna vez en nuestra familia —dijo, subiéndosele los colores una vez más para cubrir su rostro.

Kagome levantó la mirada hacia ella, con una pequeña sonrisa iluminando su rostro.

—Por el bien de Miroku-sama —aportó—. Para demostrar que los plebeyos en realidad no están tan alejados de los cortesanos. Es usted una buena amiga, Sango-sama.

Sango se rio entre dientes con nerviosismo.

—Bueno, todavía no he encontrado nada —evadió, enrollando el pergamino y dejándolo a un lado—. Pero ¿qué hay de tu reunión con la futura Emperatriz? No fue muy dura contigo, ¿no?

A Kagome la atravesó una punzada. Dos figuras ensombrecidas encerradas en un íntimo abrazo. Un beso.

—… Preferiría no hablar de ello, si no le importa —dijo, su voz salió en un sonido áspero.

Sango frunció el ceño, estirando el cuello para intentar encontrar los ojos de la joven. Parpadeó sorprendida.

—Kagome-chan —murmuró con preocupación—. Estás llorando. ¿Qué pasa?

Kagome levantó la mano para tocarse las mejillas, mojándose los dedos. Sí que estaba llorando. Sintió que le empezaba a temblar el labio inferior, se le escapó un sollozo estrangulado.

—N-No lo sé —balbuceó—. No debería… no lo sé…

Presionó las manos contra su rostro, intentando detener el flujo de lágrimas. Sango apoyó la mano en su hombro, la mayor se acercó de forma protectora.

—¿Qué te dijo? —preguntó severamente—. Sea o no la futura Emperatriz, no le permitiré que…

—No, no fue ella —dijo Kagome, negando con la cabeza. Sollozó con tristeza, deseando que parasen las lágrimas.

—Entonces ¿qué, Kagome-chan? —insistió Sango ansiosamente—. ¿Qué pudo haberte afectado tanto? Por favor, quiero ayudar.

Kagome se mordió el labio, respirando temblorosamente. Negó una vez más con la cabeza.

—Solo… vi algo. Y me sorprendió, es todo —dijo en un débil intento por sonar indiferente.

Sango frunció el ceño, estirándose con sus mangas largas para dar toquecitos en el rostro de la más joven. Encontró sus ojos atentamente.

—Esto no parece una sorpresa, Kagome —dijo amablemente—. Esto… esto parece desamor. Dime lo que viste o no hará más que devorarte.

Kagome parpadeó en su dirección con ojos enrojecidos. Vaciló, sin saber qué le pasaba exactamente y sin poder explicárselo a Sango.

—Vi… vi a un hombre que conozco, un cortesano, mientras paseaba —empezó, esperando que al hablar pudiera darle sentido al revoltijo de emociones—. Estaba con… con su… con su… prometida…

Se le quebró la voz. Sango le apretó el hombro, animándola en silencio.

—E-Estaban juntos —continuó Kagome temblorosamente—. Estaban… abrazados. No tenía intención de verlos… no es como si no supiera que estaban prometidos. Solo estaba… sorprendida, supongo…

Varios sollozos acompañados de hipo la rebasaron. Las suaves palabras de Inuyasha hacia Kikyou resonaron en su cabeza.

—Oh, Kagome —arrulló Sango, rodeándole los hombros con los brazos—. Lo siento tanto. No me había dado cuenta.

—… ¿Darse cuenta de qué? —dijo Kagome con voz ronca, pasando el dorso de la mano con brusquedad sobre cada ojo.

—De que estás enamorada y sufres tanto por ello —dijo Sango, apartándole suavemente el pelo del rostro—. Eso es lo que es esto, Kagome-chan.

Kagome se quedó paralizada. Negó lentamente con la cabeza.

—No —dijo con un poco más de fuerza de la necesaria—. No, es imposible que yo…

No consiguió terminar. Siguió negando con la cabeza como si eso pudiera expulsar esa idea de ella.

Sango se apartó ligeramente, apoyando las manos a cada lado del rostro de Kagome. Encontró sus ojos con seriedad.

—Prolongarás tu propio sufrimiento al negarte a aceptarlo —dijo—. ¿Piensas en él a menudo? ¿Deseas estar cerca de él siempre que es posible? ¿Le confías cosas y deseas que tenga buena opinión de ti por encima de todos los demás?

Kagome se quedó muda. El «sí» instintivo que vibraba a través de ella convirtió en hielo la sangre de sus venas.

—… No puede ser —masculló entre unos labios que se le habían entumecido, queriendo convencerse tanto a sí misma como a Sango—. Incluso si no estuviera ya comprometido, tal esperanza por mi parte… sería imposible. Nuestros estatus… es imposible. Sería una tonta siquiera por…

El rostro de Sango se suavizó en simpatía. Se apartó, dándose la vuelta y cogiendo el pergamino que había estado mirando antes. Se lo presentó a Kagome.

—Es una suerte de estupidez que conozco bien —confesó con voz queda—. No estaba investigando esto por houshi-sama. Lo hacía por mí.

Vaciló, con ojos abatidos.

—Quería… ver si había registros de un matrimonio entre la nobleza y aquellos de estatus inferior. Quería saber si era siquiera una posibilidad. Esperaba que, si al menos hubiera un precedente, entonces habría… habría esperanza también para mí. Pero… no la hay y soy tan tonta como tú.

Levantó la mirada, con las lágrimas brillando en sus pestañas y se encogió de hombros con impotencia. Una pequeña risa triste escapó de ella.

—Estoy enamorada de houshi-sama.

Las lágrimas bajaron lentamente por sus pálidas mejillas, la imagen se hizo aún más trágica por la trémula sonrisa que amenazaba con escapar de su rostro en cualquier momento. Un sollozo que era una media risa escapó de Kagome, las lágrimas se desbordaron una vez más.

Se echó hacia delante sobre sus rodillas para abrazar a Sango, aferrándose a la mujer y haciendo ella lo mismo en respuesta.

—Al menos podemos ser tontas juntas —susurró, sintiendo el peso de las palabras mientras salían de ella.

De algún modo, en algún punto del camino, se había enamorado de Inuyasha.

Estaba total y perdidamente enamorada.


Nota de la traductora: ¡Parece que las cosas se ponen más intensas si cabe! La autora no nos da tregua y los sucesos no paran en este fic. Espero que lo hayáis disfrutado mucho.

A fin de que sigáis sin tener que esperar más de dos semanas entre capítulo y capítulo, voy a tener que ralentizar de nuevo un poco la publicación, por lo que el capítulo 17 saldrá el 4 de septiembre (sábado). Lo lamento mucho, pero necesito este tiempo para avanzar lo suficiente como para cumplir la promesa de que ese sea el tiempo máximo de espera, después de todo, se avecinan capítulos larguísimos. ¡Ojalá podáis entenderlo!

De todos modos, si por alguna razón fuera capaz de avanzar lo suficiente como para poder publicar antes, así lo avisaré por mi página de Facebook.

¡Comentadme vuestras impresiones sobre el capítulo!

¡Hasta la próxima!