Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Nuestra lección de historia de hoy:
Monte Hakusan: una montaña espiritual de Japón, similar al monte Fuji. Fue un lugar de estadía popular para los espiritistas de la época Heian después de que una secta de ascetas budistas instalaran un templo allí. Se asocia con los kami Izanagi e Izanami, los creadores de la raza humana (y de los youkai en este fic).
Shikon no Tama: la Perla de Shikon o Esfera de los Cuatro Espíritus. Creo que las propiedades de las cuatro almas que contiene se explican en algún momento del manga/anime.
Kemari: una especie de pelota tejida, pero más grande. El objetivo es mantener la pelota en el aire usando cualquier parte del cuerpo, pero también tiene una cualidad estética que exige elegancia mientras la pelota se mantiene en el aire. Se popularizó en la época Heian y se sigue jugando con ella en Japón hoy en día.
Capítulo 17: De lo correcto y ritos
Las revoluciones se hacían gradualmente. Con los cambios más ínfimos y las más diminutas acciones, fusionándose en el tiempo para formar lo nuevo.
Estas fueron algunas de las contemplaciones que Kagome albergó en los días que siguieron a su reacia revelación… la suerte de contemplaciones abstractas muy adecuadas a una mente sumida en la melancolía.
Repasó una y otra vez en su mente los eventos desde su llegada a la corte, intentando localizar cuándo había ocurrido exactamente. Se riñó por no haber tenido el sentido común de resguardarse contra ello.
Al principio había pensado que él era brusco, desagradable y poco atractivo, pero los pequeños vistazos de un hombre profundamente valiente y decidido a hacer el bien donde podía habían asomado ante ella como el brillo del sol que se asoma tras las nubes de tormenta. Y le había sido leal, había confiado en ella a su manera cuando pocos lo habían hecho.
Se había ganado su respeto gradualmente. Ella había llegado a desear su amistad y confianza gradualmente. Apenas había notado cuándo su deseo de serle de ayuda había empezado a ocupar un lugar tan alto como su deseo de ayudar a la gente de su aldea. Apenas había notado cuándo su afecto amistoso había dejado de ser tan simple como había sido en un principio.
Kagome intentó consolarse con el conocimiento de que no tenía experiencia anterior en tales asuntos y que la pura improbabilidad de tal afecto entre el Tennō-sama y ella había evitado que la idea se le pasara nunca por la cabeza. No se había protegido de su afecto porque nunca sospechó de ello hasta que fue demasiado tarde.
Aun así, era un frío consuelo para su corazón roto.
Pasó dos lánguidos días con Sango-sama y Shippou, apenas saliendo del santuario de la residencia Tachibana. Los recuerdos, los momentos de remordimiento, los oscuros pensamientos sobre el futuro y la desesperanza de su situación la asaltaron por turnos durante sus horas despierta, extenuándola y dejándola sin ganas de hacer mucho más que vagar por los jardines Tachibana.
Sango-sama pareció llevarlo mucho mejor, aunque la mayor le confesó que había tenido bastante tiempo para asimilar su propia situación. Describió con una amarga mezcla de nostalgia y dolor los días de su infancia que había pasado al lado de Miroku, atraída hacia él al principio por su evidente soledad en la corte y luego por su ingenio y su amabilidad.
Había coqueteado con ella a medida que iban creciendo, pero ella lo achacó a su forma de ser e intentó no tomarlo en serio. Además, siempre había sabido que cuando llegara a la mayoría de edad, la casarían con el líder de otra rama de su clan para asegurar las buenas relaciones entre las familias.
Pero la atención constante de Miroku, su infinito apoyo y compañía, sí que los había tomado en serio, no obstante. Se encontraba celosa de sus atenciones hacia otras mujeres y se sentía sola cuando salía de la corte por un encargo. Descubrió que deseaba su estima por encima de la de cualquier otra persona.
Para sus adentros, aunque podía ver que Sango-sama estaba tan atribulada como ella, Kagome pensaba que le iba ligeramente mejor. Ahora todas las piezas empezaban finalmente a formar una imagen clara y Kagome no pudo evitar creer que los sentimientos de Miroku-sama eran los mismos que los de Sango-sama.
El auténtico problema era si ese afecto mutuo alguna vez daría o no frutos. Pero eso no se lo dijo a Sango-sama, ya que sentía que no le correspondía a ella declarar los sentimientos de Miroku-sama en su lugar.
Desafortunadamente, no podía asegurar el mismo consuelo para ella misma. Inuyasha ya estaba completamente comprometido con otra mujer. Era imposible que sus sentimientos fueran a ser correspondidos.
Incluso su confianza incierta y su amistad debían ser cuestionadas ahora, lo que servía para agravar su sufrimiento. Durante esos dos días, la preocupación de que la convocaran a sus aposentos y que la echara por su comportamiento con la mujer que iba a ser su esposa zumbó constantemente al fondo de su mente. La misma idea era insoportable, provocándole lágrimas nuevas cada vez que salía a la superficie.
Pero no la llamó. Solo hubo silencio por su parte y finalmente se le acabó la capacidad de sufrir y autocompadecerse.
Con el amanecer de la tercera mañana llegó la determinación. Kagome ya no podía seguir alimentando su tristeza. Pensar, rumiar y reflexionar sobre la situación no la había cambiado ni un poco ni había servido para dispersar sus sentimientos desagradables.
Así, decidió que enterraría sus sentimientos, nunca volvería a hablar de ellos. Solo podían ser un obstáculo si iba a seguir trabajando en la corte. Y con todo lo que había ocurrido entre la futura Emperatriz y ella, Kagome no tenía un auténtico deseo de interponerse entre el Tennō y ella. Inuyasha le había hecho su promesa primero a Kikyou, después de todo, y ella al menos parecía preocuparse sinceramente por él. Y, por mucho que le doliese pensar en ello, él parecía corresponder a su afecto.
Además, incluso en los raros momentos en los que Kagome se permitía consentir la fantasía de que podrían estar juntos de algún modo, tenía que reconocer que tal conexión solo podría ir en detrimento de las posiciones de ambos dentro de la corte. Ella solo tenía sus dones espirituales como recomendación e incluso eso se cuestionaría si fuera a ser lo que rompiese su duradero compromiso. Parecería que solo habría ido a la corte buscando poder para sí misma y él parecería lo suficientemente tonto por caer en su estratagema.
Kagome no le haría daño a Inuyasha por nada del mundo, ni siquiera con sus propios sentimientos. Y así los empujó hacia el fondo, sería una carga solo suya por el bien de los dos.
Esa mañana decidió hacer una visita al templo, con la vaga noción de purificarse y empezar de nuevo formándose en su mente. Dejó a Shippou para que le hiciera compañía a Sango-sama, prometiendo volver pronto. El joven kitsune se estaba relajando gradualmente, hasta el punto en el que podía desaparecer de su vista más de un rato, aunque todavía se quejaba un poco porque lo dejara atrás.
El Chūwain estaba en silencio y en calma a la temprana luz de la mañana. Kagome metió las manos en las mangas de su traje mientras subía por el largo tramo de escaleras, el fresco de debajo de la sombra de los árboles era nítido y estimulante. Respiró hondo, aliviada por volver a salir una vez más después de días de relativo aislamiento.
Se estremeció a medida que pasaba por el proceso de limpiarse la boca y las manos, el agua de la palangana estaba helada. Aun así, calmó el desgarrado dolor de su pecho que la había plagado desde aquella desafortunada noche.
Atravesó la entrada del templo lenta y conscientemente, pasando por el conocido ritual de palmadas y reverencias para alertar a los kami de su presencia. El sonido de sus propios movimientos resonó en el tranquilo aire matutino y disfrutó del sonido.
La estatua de Amaterasu que Midoriko-sama una vez le había mostrado le pareció el mejor lugar para meditar y se dirigió hacia ella. El pequeño pabellón estaba tan vacío como el resto del Chūwain, Amaterasu observaba con serenidad el mundo que sostenía con su luz.
Kagome se arrodilló ante la estatua, haciendo una reverencia hasta que tocó el suelo con la frente. Se quedó allí, concentrando toda su atención en la estatua que estaba ante ella.
—Amaterasu-hime-sama, ruego orientación y fuerza para ponerme en pie cuando otros no pueden —comenzó—. He adoptado una posición en contra de las leyes de los kami, contra las leyes de usted, pero temo que no puedo pedirle perdón. No lo haré. Cuando pienso en usted, dadora de luz y sustentadora de vida, no puedo creer que pudiera condonar un sistema que valora tan poco las vidas de ciertas personas. Shippou-chan… Shippou-chan no ha hecho nada para merecer lo que le han hecho. Ni tampoco, creo yo, sus padres. Solo querían abrirse un camino en el mundo para ellos y para su hijo. Ansío seguir los caminos de los kami, vivir con equilibrio y bondad, pero yo… no me someteré a una ley simplemente porque otros sostengan que es la suya, Amaterasu-hime-sama. Debo seguir mi propia opinión, la opinión que me han dado los kami en esto. Pido su bendición, pero lo haré sola si he de hacerlo.
Soltó una exhalación y se puso de pie, contenta por haberle dado voz a su decisión. Por un instante sus ojos conectaron con los de la estatua.
Unos ojos que ahora parecían estar devolviéndole la mirada. La sonrisa se movió en el rostro de la kami, volviéndose más profunda y cariñosa.
Kagome parpadeó.
La estatua no había cambiado. Frunció el ceño, negando con la cabeza y preguntándose si tal vez la falta de sueño durante el transcurso de los últimos días estaba empezando a afectar a su mente.
—¿Kagome?
Su mirada volvió una vez más al rostro de la estatua. Estaba inmóvil.
Una mano se apoyó ligeramente sobre su hombro. Kagome se dio la vuelta y encontró a Midoriko-sama justo detrás de ella.
—Eres tú. Me alegro de ver que has regresado y con buena salud, al parecer. Estaba preocupada —dijo, una sonrisa amable se deslizó en sus facciones.
Kagome notó las ligeras arrugas alrededor de sus ojos y boca, preguntándose si habían estado allí antes. Parecía cansada, como si de verdad hubiera estado profundamente preocupada por la desaparición de Kagome.
La mente de la chica volvió atrás abruptamente. La confesión final de Kaede-sama. Su primer encuentro con Midoriko-sama.
Parpadeó sin decir una palabra, mirando a Midoriko durante varios largos momentos. Finalmente, su expresión se convirtió en un frunce.
—Usted lo sabía —la acusó en voz baja, incapaz de contenerse—. Todo este tiempo… lo sabía.
La sonrisa de Midoriko se desvaneció gradualmente hasta que estuvo frunciendo el ceño en respuesta.
—¿Qué sabía, Kagome? —dijo, la traicionaba un trasfondo de inquietud en sus palabras.
—Lo de la Shikon no Tama —contestó Kagome, inspeccionando su rostro—. Supo que yo la tenía desde el momento en que acudí a usted. Me… me tocó la cadera. Usted lo sabía.
A Midoriko se le ensombrecieron los ojos. A Kagome se le encogió el corazón. No pudo evitar sentir que la habían usado de algún modo. Apartó los ojos de la mujer más mayor.
—Kagome… yo solo quería…
—¿Qué es exactamente? ¿Por qué estaba tan desesperada por librarse de ella? —interrumpió Kagome en voz baja, odiaría escuchar cualquier suerte de justificación—. Creo que al menos me debe una explicación.
Sintió que Midoriko dudaba detrás de ella. Finalmente se arrodilló a su lado, con la mirada fija en el rostro de Amaterasu.
—Pensaba que sería mejor que no lo supieras —dijo Midoriko en voz baja—. La Shikon… tiene una forma de retorcer las cosas. De cambiar a la gente. Pensaba que la ignorancia sería la seguridad para ti. Quería protegerte… expiar mis errores.
Kagome la miró por el rabillo del ojo, las palabras de la O-Miko resonaron dentro de su cabeza con la última confesión de Kaede-sama. Sus manos, entrelazadas en su regazo, se contrajeron con un espasmo ante el recuerdo.
—Es mi cuerpo, ¿no? —dijo, su voz era apenas más que un susurro. La amargura, acre como la bilis, subió por su garganta al pensar en su fallecida mentora—. ¿He de sufrir en la ignorancia bajo el peso de sus errores?
Midoriko cerró los ojos como si le hubiera lanzado un golpe físico. Kagome sintió una punzada de culpa, pero no fue suficiente para calmar su ira.
—Ojalá pudiera dar marcha atrás… pero tales deseos hacen más mal que bien —suspiró Midoriko con voz tensa.
Se giró para encarar a Kagome, con los ojos hundidos y afligidos. Kagome sintió que desaparecía un poco de la agudeza de su expresión ante el crudo dolor que vio ahí.
—La historia de la Shikon no Tama comienza con la guerra por el trono —comenzó—. Yo era una chica muy parecida a ti, Kagome. Solo quería seguir los caminos de los kami y hacer lo que era mejor para la gente que estaba a mi cuidado. Cuando empezaron a incrementarse las peleas entre clanes, fui de viaje al monte Hakusan. Quería hablar con nuestros creadores, pedir de parte de la corte que se restaurase el orden y que terminase la violencia sin sentido.
»Subí hasta la cima del monte Hakusan y recé durante siete días, negándome a comer o a beber hasta que los kami me respondiesen. Finalmente, se me apareció la Primera Pareja en una visión. Me dieron la Shikon no Tama, una reliquia de nuestros antepasados que se les había perdido en mitad de muchas guerras y me dijeron que contenía todas las fuerzas buenas y malas, el equilibrio del mundo, en su interior. Me dijeron que era el corazón de su poseedor el que decidiría la dirección en la que se inclinaría el destino, concediendo un deseo.
»Cogí la Esfera y regresé a la corte, decidida a usar el poder que se me había concedido para arreglar las cosas. Cuando volví…
Se detuvo en seco, con expresión endurecida. Sus ojos volvieron hacia la estatua de Amaterasu, trazando los contornos del rostro y la figura de piedra como si los viera por primera vez. Las arrugas alrededor de sus ojos y boca se profundizaron en un mapa de años vividos con dificultades.
—… Una vez te conté que conocía al hombre que había tallado esta estatua —dijo finalmente—. Lo que no te conté… lo que no le conté a nadie… es que lo amaba.
Volvió a detenerse y cerró los ojos, el esfuerzo de esas palabras pareció dejarla exhausta. Portaban el peso de años de represión en su interior y Kagome no pudo evitar pensar que tal vez nunca las había dicho en alto.
Kagome se estiró hacia ella por impulso, todos sus propios resentimientos se desvanecieron en una ola de entusiasta simpatía. Difícilmente podía insensibilizarse ante tales sentimientos después de lo que había acabado de sufrir. Agarró la mano de la mujer con fuerza entre las suyas.
—Lo amaba más allá de la razón o el sentido común —dijo Midoriko, las lágrimas se deslizaron bajo sus párpados fuertemente cerrados—, pero dudé. Y cuando regresé a la corte del monte Hakusan… él… lo habían matado en una de las escaramuzas entre los clanes.
»Estaba devastada. Estaba segura de que no me recuperaría nunca. Me rendí completamente a mi dolor y no deseé más que el más profundo de los sufrimientos para aquellos que habían intervenido en su muerte. La Shikon empezó a ponerse oscura y mi corazón se oscureció con ella. Provocaba maldad en cualquiera que se le acercara, pero en mi propia aflicción hice la vista gorda.
»Pero una noche me emboscaron varios youkai de la corte. La Shikon había acumulado tal aura de malicia que se sintieron atraídos hacia ella. Apenas escapé con vida. Me di cuenta entonces de en qué había permitido que nos convirtiéramos la Shikon y yo… y lo que podría haber pasado si hubieran tenido éxito y me hubieran arrebatado la Esfera. Sabía que mi dolor solo iba a seguir alimentándola y que aquellos dentro de la corte seguirían sintiéndose atraídos por su oscuridad. Así que, cuando me enteré de que Kaede estaba considerando abandonar la corte…
Se interrumpió, negando con la cabeza. Se le hundieron los hombros y fue como si todo el peso de los años llegara hasta ella a la vez. Torció el gesto, con la boca moviéndose en silencio por un momento mientras las lágrimas seguían bajando por sus mejillas.
—Mi corazón era débil —susurró con voz ronca—. Le di a ella a la fuerza y sin reparos la que debería haber sido mi carga, esperando alejarla de mí para siempre. Y ahora ha caído sobre ti. Me pregunto a diario cuántos tendrán que sufrir por mi estupidez y comienzo a perder la esperanza de que alguna vez se me perdone mientras intento hacer penitencia día tras día…
Los ojos iluminados por las lágrimas se fijaron en el rostro de Amaterasu, una suerte de nostalgia resignada en sus profundidades. Kagome observó en silencio, intentando procesar el sórdido relato y el hecho de que una cosa proveniente de los mismísimos kami estuviera alojada ahora dentro de su cuerpo.
Ciertamente había sentido… algo en determinados momentos de su vida. Algún poder externo al suyo que parecía manifestarse cada vez que se encontraba en apuros. Pero siempre había podido quitarle importancia como una casualidad de sus poderes o un truco de su imaginación una vez que había pasado el peligro.
Deslizó inconscientemente su mano hasta su cadera, el mismo lugar que Kaede-sama y Midoriko-sama habían tocado antes. No había ningún bulto, ni cicatriz, ni ninguna clase de marca. Y aun así había estado con ella durante años, esta cosa de antigua leyenda. Era suya para cuidarla y protegerla, suya para usarla si así lo decidía.
—Si pidiera el deseo correcto —comenzó Kagome pensativamente—… Si pudiera pedir el deseo correcto, entonces el poder de la Shikon no Tama desaparecería, ¿verdad? Podría terminar con toda la agitación que la rodea para siempre. Todos podrían librarse de esta carga y se podrían arreglar muchas cosas.
Midoriko movió los ojos para encontrarse con los de ella. Frunció el ceño, la mano que estaba encerrada entre las de Kagome se dio la vuelta hacia arriba para agarrar la muñeca de la joven.
—Los riesgos de pedir tal deseo pesarán más que el posible bien que se haga —dijo—. Incluso cuando acababa de recibir la Shikon no Tama desconfiaba de usar su poder. A menos que tu corazón sea puro y tu deseo completamente abnegado, vas a inclinar el equilibrio del mundo irrevocablemente.
—Pero los kami no le habrían regalado esto a la humanidad si no supieran que había una posibilidad de poder pedir tal deseo —dijo Kagome—. Quiero ponerle fin a esto. Por su bien y el de Kaede-sama. La transmisión de esta carga debería terminar aquí, con nosotras.
Midoriko inspeccionó sus ojos durante un largo momento. Se echó lentamente hacia atrás.
—Puedo apreciar la bondad de tus intenciones, Kagome —dijo—. Kaede eligió bien cuando escogió que guardases la Shikon no Tama, aunque lamento que ahora deba ser un peso sobre tus hombros. Pero la Shikon no es algo que deba tomarse a la ligera. No te diré que nunca hagas uso de ella, ahora es tuya para hacer con ella lo que quieras, pero te pediré que no actúes precipitadamente. A menos que puedas llegar hasta el punto de estar segura de que el deseo es perfecto…
Kagome asintió, aceptando esto.
—Lo entiendo —dijo—. Hasta que pueda usar la Shikon sin vacilar, seguiré protegiéndola.
Midoriko asintió, el alivio tiñó su expresión.
—Confío en que harás lo que sientas que es correcto —dijo—, y yo seguiré con mi promesa de apoyarte en todo… si aceptas esa ayuda ahora que me conoces de verdad.
Kagome frunció el ceño, dividida por un instante entre la sensación de que la habían engañado y su simpatía innata hacia la mujer. Era a causa de ella que ahora tenía otro potencial obstáculo contra el que luchar y Midoriko habría seguido ocultándoselo si no se hubiera enterado por Kaede-sama. Una pequeña y rencorosa parte de ella incluso quería culparla por la prematura muerte de Kaede-sama.
El momento pasó. Kagome suspiró, decidiendo dejar atrás cualquier animadversión que estuviera tentada de albergar hacia Midoriko-sama. La historia que se le había permitido escuchar era prueba suficiente de que era tanto una víctima a su manera como lo había sido Kaede-sama.
Le dirigió una pequeña sonrisa tentativa a la mayor. La expresión de Midoriko imitó la suya tras un momento, el alivio suavizó sus facciones.
—Eres demasiado buena conmigo —dijo en voz baja.
Kagome negó con la cabeza.
—He descubierto que hay muy poca bondad humana aquí en la corte —dijo medio en broma—. Solo estoy intentando rectificar eso a través de mis propios exiguos esfuerzos.
Midoriko ensanchó la sonrisa, pero tras un segundo su expresión se sumió en la contemplación.
—Espero que me perdones, pero antes te oí —dijo—. Me parece algo sobre lo que te gustaría tener consejo espiritual.
Kagome vaciló. Aunque estaba claro que ya la habían descubierto, no estaba segura de cómo proceder para hablar de sus ideas con Midoriko-sama. No pudo evitar pensar que la vería como una blasfema ante una autoridad dentro de la corte como era la O-Miko.
Midoriko, al observar su rostro, vio su aprensión.
—El camino de los kami no es algo tan rígido como puedes pensar, Kagome —ofreció—. Es algo de convicción individual tanto como lo es un conjunto de leyes acorde a las que vivir. No afirmaré haber vivido siempre al pie de la letra, aunque siempre me he esforzado por actuar según su espíritu.
Kagome levantó la mirada hacia ella inquisitivamente.
—Entonces diría… —empezó tentativamente—… ¿que tengo razón al ir en contra de la ley si de verdad siento que es errónea? ¿Aunque provenga de los kami también?
—Es una pregunta difícil. Ciertamente no eres la primera que tiene dificultades con ella —dijo Midoriko frunciendo el ceño pensativamente—. Tampoco es una pregunta que pueda responder por ti. Lo único que puedo decir es que, al final, solo serás responsable ante ti y ante los kami, y siento que si puedes ir a ese lugar con la convicción de que no te comprometiste, entonces nadie puede pedirte nada más.
Kagome sopesó esto en silencio. Sus manos retorcieron distraídamente la tela de su hakama.
—… ¿Alguna vez ha sentido que la ley de la corte era injusta? —preguntó con suavidad.
—Hubo momentos en los que me exasperó y la cuestioné —dijo Midoriko con sinceridad—, pero nunca llegué hasta el punto de oponerme a ella. Gran parte de mi espíritu pareció abandonarme después… después de la Shikon no Tama y los eventos que la rodearon. Me volví complaciente en muchas cosas.
—No me puedo creer que infravalorar las vidas de sus criaturas sea algo de los kami —dijo Kagome, levantando la mirada para inspeccionar la de Midoriko en busca de comprensión.
—Me siento inclinada a ponerme de tu parte, especialmente después de presenciar la ejecución de la pareja de kitsune de hace varios días —dijo Midoriko solemnemente—. La futura Emperatriz estaba tan decidida a defender la ley sagrada, creo, que se vio cegada al hecho de que los Taira parecían querer únicamente ponerla a prueba y causar un escándalo. Ha habido tan pocos plebeyos que hayan venido a la corte, que la injusticia de la ley hacia ellos nunca ha sido más que algo abstracto. Pero supongo que los mundos de dentro y fuera de la corte no pueden permanecer separados para siempre, por mucho que los cortesanos así lo puedan desear.
—No creo que sea correcto que lo estén —dijo Kagome—. Más bien vine aquí decidida a que no lo sigan estando. La gente ahí fuera sufre y lucha, se les niega la ayuda que la corte podría proporcionar fácilmente si así lo escogiera. Pero mientras los cortesanos crean que son inferiores, nunca querrán ninguna parte de ellos.
—Temo que la opinión de la corte no va a ser tan fácil de influenciar en ese sentido —advirtió Midoriko—. Se les cría para que crean en poco más que en la superioridad de su propia cuna. Para hacerles ver la valía de otros…
Se interrumpió, extendiendo las manos en un gesto de impotencia.
Kagome frunció el ceño, reconociendo la verdad de esto en silencio. Se encogió de hombros, poniéndose en pie.
—Al menos tengo que intentarlo.
Midoriko asintió.
—Por supuesto. Por favor, infórmame cuando hayas tomado una decisión —dijo—. Hasta entonces, rezaré.
Kagome sonrió un poco irónicamente.
—Gracias, Midoriko-sama. Estoy segura de que lo necesitaré —contestó.
Hizo una reverencia y se dio la vuelta para marcharse, viendo la estatua por el rabillo del ojo.
Podría haber jurado que Amaterasu estaba sonriendo una vez más.
Kagome regresó a la residencia Tachibana y se encontró con que Sango y Shippou se habían ido a visitar a Miroku. Un sirviente también la informó de que había llegado algo para ella del Dairi y que lo habían dejado en su habitación.
Sentía el corazón como si se le hubiera subido a la garganta. Se preguntó si tal vez no sería mejor salir y pasear un rato, darse tiempo para respirar antes de sentarse y conocer su destino. Pero unos minutos de vagar con inquietud entre los pasillos de la residencia la llevaron a la conclusión de que era mejor enfrentarlo de cabeza. Cuanto antes supiera lo que iba a ser de ella, antes podría empezar a formular un plan para revertir cualquier decisión que se hubiera tomado.
Encontró el trozo de pergamino situado inofensivamente sobre la almohada de su futón. Respiró hondo, cogió la carta y rompió el sello con actitud casi desafiante.
Kagome:
Kikyou me ha contado lo que pasó. Está cabreada. No voy a verte en un tiempo después de esa treta. Quiere que te vayas de la corte, pero dale un tiempo y se calmará. Hasta entonces, pasa desapercibida y no hagas nada estúpido, ¿de acuerdo?
Inuyasha
Kagome se quedó mirando la nota, paradójicamente aturdida ante tanto la indulgencia como la dureza de su castigo.
Había estado tan segura de que Kikyou insistiría para que la echaran de la corte, pero sonaba como si Inuyasha le estuviera otorgando clemencia hasta cierto punto. Casi sonaba como si la estuviera defendiendo de Kikyou.
Por otro lado, ahora estaba completamente separada de él hasta que Kikyou se reconciliara con la idea de que ella permaneciera en la corte. No podría contar con ningún apoyo por parte de él. No podría deliberar con él, hacer planes con él… no podría verle. Le molestaba profundamente que lo último pudiera ser lo que más le molestaba.
Se mordió el labio, riñéndose silenciosamente. Era mejor que no lo viera. Le daría más tiempo para comprender sus sentimientos.
Era mejor que no lo viera.
La sensación de terror persistió.
Kagome dobló el pergamino y se lo metió en la manga. Se quedó sentada en silencio durante largos momentos, preguntándose qué debería hacer.
Inuyasha le estaba pidiendo que intentase integrarse por un tiempo. Pero simplemente no podía hacer eso. No después de lo que había pasado.
Sin embargo, hacer una escena ahora podría ser de verdad lo último con lo que se le permitiría salirse con la suya en la corte.
Con un suspiro, Kagome se levantó y salió de la habitación. La casa de Miroku era la mejor opción durante el momento actual. Hasta que de verdad tuviera un plan en relación con lo que quería hacer, era inútil agonizar sobre si se atrevía o no a arriesgarse.
Caminó enérgicamente por las calles de la corte, consciente de las miradas que recibía de aquellos con quienes se cruzaba. La miraron con ojos críticos, su consciencia de la posición de ella en el mundo despertó una vez más después de todo lo que había pasado. Kagome sostuvo la cabeza en alto, negándose a inclinarse ante ello.
La admitieron sin reparos en la sala de estar donde Miroku, Sango y Shippou estaban compartiendo un té caliente para repeler el intenso frío del día. Miroku solicitó que le trajeran otra taza para ella mientras se arrodillaba en uno de los cojines para unirse a ellos.
—Shippou me ha presentado una idea que deseo compartir con usted —dijo Miroku después de que todos hubieran intercambiado sus saludos.
Kagome movió los ojos hacia el kitsune, con las cejas arqueadas con expectación. Incluso en medio de la melancolía de los últimos días, había visto el silencio inusual y el aire pensativo del joven. Al igual que ella había estado peleando consigo misma, él había parecido estar luchando con algo propio.
—Quiero darles los últimos ritos a mis padres —dijo Shippou sin preámbulos, sus ojos verdes encontraron los de ella con firmeza.
—Le gustaría que fuera usted quien llevara a cabo los ritos —contribuyó Miroku.
—Por supuesto que lo haré, Shippou-chan —aceptó Kagome sin reparos, dándose cuenta de por qué había estado tan introvertido durante los últimos días—. Cualquier cosa que necesites. Lo que sea.
—Desafortunadamente, no es tan simple como eso, Kagome-chan —dijo Sango, dejando su taza de té.
Kagome se giró hacia ella, con un ligero frunce asentándose en sus facciones. Una sirvienta entró y salió afanosamente de la sala, dejando una taza de té humeante delante de ella.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, cogiendo el té para calentarse las manos.
Sango frunció el ceño, negando con la cabeza con gesto de impotencia.
—Como se les… —vaciló, mirando a Shippou con gesto de disculpa antes de continuar—. Como se les condenó por ofensas dentro de la corte, por ley no tienen derecho a los últimos ritos. Llevarlos a cabo supondría ir en contra de la ley.
—No puede decirlo en serio —dijo Kagome, soltando la taza con un ligero repiqueteo—. Todo el mundo se merece los últimos ritos, sea criminal o no. ¡Un alma sin ritos está condenada a vagar! ¿La corte espera castigar a la gente incluso más allá de esta vida?
—Me alegro de que opine igual que yo —dijo Miroku, dispersando su inquietud momentáneamente—. Tenía el presentimiento de que así sería. Y por ello tengo una proposición propia que hacer a todos los presentes, si se me permite.
Se detuvo, esperando hasta que tuvo toda su atención. Cuando todos los ojos estuvieron fijos en él, extendió las manos en gesto de recelo.
—Deseo seguir adelante con los ritos. Mi intención es que Kagome-sama y yo los llevemos a cabo conjuntamente aquí en la corte. Les daremos los últimos ritos que se le pueden dar a cualquier cortesano y se los daremos públicamente. Nos aseguraremos de que todos en la corte vean lo que estamos haciendo.
—¡Y harán que los echen de la corte por los problemas causados, sino peor! —interpuso Sango con los ojos abiertos como platos—. ¡Houshi-sama, no puede ir en serio con esto!
—Puedo y así es —respondió Miroku con ecuanimidad, encontrando su mirada—. Sé bastante bien que Kagome-sama y yo solos, por muy buenas intenciones que tengamos, seríamos infructuosos. Por eso es por lo que necesitamos también su ayuda, Sango-sama.
Su expresión se tranquilizó lentamente. La comprensión de que pretendía depender de ella nació en su rostro. Se inclinó hacia delante.
—¿Qué necesita que haga? —dijo y Kagome pudo ver que estaba preparada para hacer lo que fuera que el houshi pudiera pedirle incondicionalmente.
Había prometido estar al lado de Miroku pasara lo que pasase y Sango era una mujer de palabra de la cabeza a los pies. Kagome admiró en silencio la fortaleza de su amiga.
—Quiero que su clan asista a la ceremonia de los ritos —dijo Miroku, con una ligera sonrisa extendiéndose por su rostro a pesar de la seriedad de la conversación—. Tantos como pueda convencer para que vayan. Si asisten los Tachibana, si asisten los miembros de la corte, entonces no seguirán pudiendo declararse como los actos equivocados de los plebeyos.
—Se convierte en un alegato —dijo Sango en voz baja, asintiendo para sus adentros—. Y usted y Kagome-chan no podrán ser castigados sin castigarnos al resto por participar.
Miroku le sonrió con cariño.
—Exactamente. Probablemente aun así habrá consecuencias, pero habremos hecho un alegato difícil de ignorar. Darles a aquellos de origen plebeyo una ceremonia igual a la de cualquier cortesano y tener cortesanos como asistentes sería una aseveración inconfundible de nuestras creencias y de su legitimidad.
Un frunce plegó el ceño de Kagome.
—Es una idea brillante, Miroku-sama, pero… —se interrumpió, girándose para encontrar la mirada de Shippou—. ¿Estás de acuerdo con esto, Shippou-chan? Son tus padres. No deseo convertirlos simplemente en un fin para nuestros medios.
Miroku parpadeó, algo del entusiasmo se drenó de su expresión. Se giró hacia el kitsune.
—Me disculpo, Shippou. Kagome-sama está en lo cierto. No deseo hacerte sentir como si estuviéramos usando a tus padres para nuestras estratagemas —dijo contrito, la consideración obviamente se le había escapado en su fervor por al fin tomar posición dentro de la corte.
Shippou estuvo callado durante un largo momento, con la vista dirigida a su interior mientras sopesaba todo esto. Finalmente levantó la mirada, su expresión solemne pasó sobre cada uno de ellos en respuesta.
—Vais a aseguraros de que esto no le pase a nadie más, ¿verdad? —preguntó con voz queda—. Yo tengo a Kagome, pero otra gente no la tiene. Otra gente podría estar completamente sola si le hubiera pasado a ellos.
—Te aseguro que es mi mayor deseo que las injusticias que les sucedieron a tus padres no vuelvan a afectar a nadie más —contestó Miroku—. Haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de ello.
Shippou parpadeó, asintiendo lentamente.
—Entonces quiero que lo hagáis —dijo—. Mis padres se merecen recibir los ritos y ellos también habrían querido parar esto.
Kagome sintió que una sonrisa le levantaba los labios. Deseó estar lo bastante cerca para abrazar al niño. Sí que era muy valiente.
—Entonces está decidido —dijo Miroku, su sonrisa reflejó la de Kagome—. Esperaba realizar la ceremonia dentro de tres días. ¿Eso le dará tiempo suficiente para hablar con su clan, Sango-sama?
Sango asintió.
—Si no puedo hacerlo en tres días, entonces simplemente no se les puede convencer —dijo—. Pero estoy segura de que al menos algunos dentro de mi clan simpatizarán con nuestra causa si se lo explico adecuadamente.
—Bien —dijo Miroku, asintiendo con aprobación—. Haré los preparativos necesarios para la localización y los materiales. Kagome-sama, también quería pedirle que hablase con los cortesanos que conoce. Cualquiera que crea que pueda convencer para que asista. Cuanto más apoyo tengamos de la corte, mejor para nuestra causa.
Kagome asintió.
—Hablaré con cualquiera que pueda creer que vaya a simpatizar —prometió, clasificando mentalmente a los que podrían estar dispuestos a escucharla. No había muchos, pero algo era mejor que nada.
—Pero deberíamos ser cautos —dijo Sango—. Si algunos se enteran de esto, puede que le pongan fin antes de que podamos empezar siquiera. Y me temo que irían con especial dureza contra los dos si descubrieran que son la base de ello.
Kagome y Miroku asintieron, concordando con esto. Puede que a Sango la castigaran por colaborar, pero como foráneos dentro de la corte, serían los que más perderían si los descubrían. La advertencia de Inuyasha de pasar desapercibida revoloteó brevemente por la mente de Kagome, pero la desechó rápidamente. Tanto si le permitían quedarse al final de todo esto como si no, no podía tomar precedente sobre la lealtad hacia sus amigos y hacia su gente.
Habiendo acabado con toda la conversación y con la noche acercándose rápidamente, Miroku ordenó que les sirvieran la cena para compartirla entre todos. Comieron juntos y compartieron una conversación ligera, todos ellos contemplaron silenciosamente lo que ocurriría en tres días, aunque no se dijo otra palabra al respecto en la mesa.
Se despidieron después de cenar, y Sango, Kagome y Shippou regresaron a la residencia Tachibana para dormir.
Durante horas, Kagome yació con la mirada fija en la oscura silueta del pequeño en el futón a su lado. Se preguntó cómo debía de sentirse sobre todo esto. Se preguntó si comprendía la enormidad de lo que harían dentro de tres días. Apenas podía comprenderlo ella misma.
Deseó poder hablar con Inuyasha, razonarlo todo y asegurarse de que la entendía. No quería que se sintiera como si estuviera yendo en su contra al hacer esto. No quería hacerle daño.
Pero era imposible que pudiera verla ahora con Kikyou sintiéndose como se sentía. Sus lealtades tenían que estar primero con su futura esposa. Le dolió el pecho al pensarlo, pero lo hizo a un lado.
Simplemente tendría que estar sola esta vez y rezar para que él de verdad fuera el hombre que ella creía en su corazón que era. Si lo era, la entendería.
Cuando al fin durmió, sus sueños estuvieron llenos de llamas y lágrimas.
Kagome decidió acudir primero a Midoriko en busca de ayuda con el plan de Miroku. Con su reciente promesa de apoyo y sus sentimientos sobre lo que les había ocurrido a los padres de Shippou, Kagome estaba segura de que su apelación encontraría promesas de ayuda.
Encontró a la miko mayor en el pasillo principal del Chūwain, con la cabeza inclinada mientras rezaba. Kagome esperó pacientemente hasta que terminó antes de acercarse a ella.
Midoriko la recibió con una sonrisa, poniéndose en pie para abrazarla. Kagome se sorprendió ligeramente por el gesto, pero correspondió. Parecía más liviana hoy. Más feliz.
—Buenos días, niña —dijo, apartándola a la distancia de un brazo—. ¿Qué te trae ante mí tan temprano en el día de hoy?
—He venido a ver si podía reclamar el apoyo que me ofreció ayer —contestó Kagome tentativamente—. Lamento pedírselo tan pronto, pero su ayuda sería inestimable para mí en este momento.
La expresión de Midoriko se serenó ligeramente.
—Por supuesto —dijo—. ¿Nos sentamos y tomamos el té mientras me explicas lo que necesitas?
Kagome asintió. Midoriko la condujo a través de varios pasillos hasta un pequeño salón. Preparó y mezcló el té manualmente, calentándolo sobre el brasero de una esquina de la habitación antes de servirlo.
Kagome tocó la calidez de su taza mientras Midoriko tomaba asiento enfrente de ella. Se mordió ligeramente el labio, preguntándose cómo abordar el tema. Midoriko esperó, sorbiendo su té.
—Ayer hablamos brevemente sobre lo que le había pasado a la pareja de kitsune —comenzó Kagome finalmente, levantando los ojos para encontrar los de la O-Miko—. Bueno, anoche hablé con el pequeño que se quedó huérfano tras sus muertes. Expresó el deseo de que sus padres recibieran los últimos ritos.
La expresión de Midoriko se ensombreció un poco. Soltó su té.
—Sé que va en contra de la ley —dijo Kagome, anticipándose a ella—. Lo entiendo. Pero también sé lo que es correcto y lo correcto es que se les den los ritos a pesar de todo. Pretendo seguir adelante con esto, junto con el houshi Miroku-sama y algunos miembros del clan Tachibana. Queremos hacer un alegato que no se pueda ignorar.
—Y te gustaría tener mi apoyo —aportó Midoriko.
Kagome asintió, aguardando en silencio su respuesta.
Midoriko frunció el ceño pensativamente mientras miraba su taza de té, girándola ligeramente como si buscase algo en las hojas de té. Sonrió.
—No hay duda en si te ayudaré o no. Estoy contigo durante todo el tiempo que me necesites. Más bien me alegra que pueda serte de ayuda tan pronto —dijo, encontrando la mirada de la más joven.
Kagome soltó un suspiro de alivio, una sonrisa iluminó sus facciones.
—La ceremonia tendrá lugar dentro de dos días. Esperaba que pudiera presidir los ritos junto a Miroku-sama y yo —explicó con entusiasmo.
—Por supuesto —contestó Midoriko sin reparos—. ¿Y asumo que cualquier apoyo que podamos obtener de la corte será bienvenido?
—Sí —respondió Kagome—. A cuantos más cortesanos podamos convencer para que asistan, más oportunidad tendremos de que nos escuchen en esto.
—Entonces me acercaré a aquellos que creo que podrían simpatizar con nuestra causa —dijo, asintiendo para sus adentros—. Si se ejecuta correctamente, esto podría convertirse en lo más poderoso que podríamos hacer para incrementar la consideración hacia aquellos de fuera de la corte. Los grandes gestos son algo que los cortesanos son excepcionalmente aptos para apreciar.
Kagome sonrió ampliamente, las palabras mantuvieron a flote sus esperanzas.
—Es idea de Miroku-sama —explicó—. Es muy inteligente. Y desea esto con mucha fuerza. Lo quiero para él. Se merece tenerlo.
Midoriko se llevó la taza de té a los labios, dándole un sorbo pensativamente.
—Recuerdo al chico, aunque no le he visto últimamente. Su padre también era un buen hombre. Fue un duro golpe enterarme de que había muerto justo antes de que empezara la guerra por el trono —dijo en voz baja, con los ojos retrocediendo en los años por un momento.
—Su padre… ¿murió antes de la guerra por el trono? —preguntó Kagome, en cierto modo sorprendida por escuchar esto.
Ciertamente nunca había conocido al padre de Miroku ni había oído nada más de él que algunas palabras de pasada. Inconscientemente había asumido que ya no estaba en este mundo, pero en realidad nunca se había tomado el tiempo de considerarlo. Se mordió el labio, sintiendo en cierto modo que había sido negligente como amiga.
—Fue un asunto extraño —dijo Midoriko—. Salió de la corte persiguiendo… algo. Nadie supo bien qué. Cuando volvió, estaba exhausto. Había ocurrido algo, pero apenas podía permanecer lúcido durante el tiempo suficiente para explicárselo a nadie. Falleció días después. Miroku-sama ocupó su puesto.
—¿Y nadie descubrió nunca lo que le había pasado? —preguntó Kagome con el ceño fruncido.
—Siempre tuve la impresión de que Miroku-sama lo investigó, pero no creo que haya podido encontrar nada. Hubo tanta confusión en la corte justo después, que tristemente se vio enterrado bajo un sinnúmero de otras tragedias —contestó Midoriko.
Kagome frunció el ceño, su mirada bajó a la taza que ahuecaba entre ambas manos. Le dio un sorbo a su té distraídamente, apenas saboreando el líquido mientras se deslizaba por su lengua. Apenas podía comprender cómo debía sentirse Miroku-sama al haber perdido a su padre sin ni siquiera el consuelo de una explicación sobre la razón.
—No pretendía preocuparte, niña —dijo Midoriko suavemente, atravesando la niebla de sus pensamientos.
—No, no… solo… me siento mal por no haber pensado nunca en preguntarle a Miroku-sama. Ha sido muy bueno conmigo desde que me trajo a la corte —dijo.
—Bueno, tal vez debas ser buena contigo misma solo por esta vez. Esperar el mundo de ti en todo momento debe ser agotador, me imagino —bromeó la O-Miko ligeramente.
—Yo no… —empezó Kagome a protestar con poco entusiasmo, pero se interrumpió con un suave resoplido—. Da igual. Tiene razón. Ahora necesito concentrarme. Hablaré con Miroku-sama cuando pueda.
—Bien —dijo Midoriko, asintiendo con aprobación—. Ahora, ¿hay algo más que necesites de mí?
Kagome negó con la cabeza, bebiendo lo que quedaba del té antes de dejar la taza.
—No. Le enviaré una nota con los detalles de la ceremonia en cuanto Miroku-sama los tenga todos dispuestos. Por ahora necesito ir a hablar con algunas personas más dentro de la corte —dijo, levantándose para irse.
—Entonces me pondré en contacto contigo en cuanto haya terminado de hablar con algunas personas —dijo Midoriko, también poniéndose en pie—. Pero ten cuidado, Kagome. Te estás poniendo en una posición vulnerable si alguien descubre que Miroku-sama y tú estáis a la cabeza de todo esto.
—Lo entiendo, Midoriko-sama. Prometo que tendré cuidado.
Le hizo una reverencia a la O-Miko antes de partir para poner en marcha la siguiente parte de su plan.
Kagome era bastante consciente de que tenía pocos amigos dentro de la corte con los que de verdad pudiera contar, pero pretendía hacer un uso completo de esos pocos. Todo cortesano presente inclinaría la balanza un poco más en favor de su acto de protesta.
Tras salir del Chūwain, fue a preguntar a cualquier guardia que pudiera encontrar dónde estaba apostado Akitoki Hojo ese día. Hicieron falta varios intentos, pero finalmente se enteró de que estaba de guardia en la puerta occidental hasta el final de la tarde.
Tras decidir que sería mejor esperar a hablar con él hasta que no estuviera en compañía de otros guardias que pudieran no simpatizar con su causa, le escribió una nota rápida pidiéndole que fuera a buscarla cuando terminase su turno y le pidió a un sirviente que se la entregase.
Su siguiente paso sería de lejos mucho más complicado, pero sentía que valía la pena el riesgo de intentarlo. Fue hacia la residencia Takahashi, las solemnes palabras de devoción de la madre de Yuutaro resonaban en su cabeza. Necesitaría tantear el terreno para ver si esa promesa todavía era firme a la luz de las circunstancias, pero si así era, entonces recurriría al clan Takahashi para que le mostrase su apoyo en su momento de necesidad.
Llegó a las puertas de la residencia y esperó mientras un sirviente iba a notificar a la madre de Yuutaro su deseo de tener una audiencia. Se sorprendió cuando varios minutos más tarde no un sirviente, sino la mismísima madre de Yuutaro llegó apresurada a darle la bienvenida. Por un momento pensó que la mujer iba a darle un abrazo, pero pareció recuperar el sentido en el último momento y, en cambio, le cogió las manos con cariño.
—Miko-sama, me alegro tanto de ver que ha regresado a salvo a la corte —dijo, una sincera alegría iluminaba sus oscuros ojos—. Estaba tan preocupada cuando me enteré de que había caído enferma después de curar a mi Yuutaro. ¡Y luego tener que salir de la corte para salvar a esas aldeas! ¡Oh, pero ahora ha vuelto y con tan buen aspecto! ¿Ha venido a ver a Yuutaro? Está en los jardines, jugando con sus primos. ¡Ahora vuelve a estar tan vivaz! Ha regresado completamente a su antiguo yo. Apenas recuerda lo ocurrido como más que un mal sueño. Es prácticamente lo mismo en mi caso… ¡oh, de verdad que no se lo puedo agradecer suficiente!
Kagome sonrió ante la efusión de la alegre charla, apretando las manos de la mujer en respuesta. Disfrutó por un momento del brillo de haberle hecho bien al pequeño, de haber conseguido algo sólido. La gratificación siempre había estado presente para ella en su rol en la aldea, pero rara vez era tan clara aquí en la corte. El rostro iluminado de la mujer era un feliz recordatorio.
—En realidad, esperaba poder hablar con usted, Takahashi-sama —contestó Kagome—. Aunque me gustaría mucho ver también a Yuutaro-sama. Me complace escuchar que se está recuperando bien.
—Por supuesto, Miko-sama. Vayamos al jardín. Podemos mirar cómo juegan los niños mientras hablamos —sugirió con entusiasmo, indicándole a Kagome que la siguiera mientras se dirigía hacia la residencia.
La condujo hasta una pasarela abierta que miraba hacia una esquina del jardín. A corta distancia, varios niños pequeños jugaban vivazmente una partida de kemari, su aliento salía en brumosas ráfagas en el frío aire mientras se divertían. Kagome localizó a Yuutaro entre el grupo, una risa de deleite escapó de ella cuando él botó la kemari en su hombro izquierdo. Su madre aplaudió ruidosamente a su lado, dejando a un lado el decoro.
Yuutaro se sonrojó, aturullado ante el exceso de alegría maternal. Se detuvo al ver a Kagome, parpadeando varias veces antes de que se le iluminara el rostro. Se disculpó para irse del juego y trotó hacia ellas para saludarlas mientras ambas mujeres se acomodaban para sentarse en el borde de la pasarela.
—Miko-sama —jadeó a modo de saludo, su sonrisa era medio entusiasta y medio tímida.
—Yuutaro-sama —contestó Kagome, sonriendo—. Tiene muy buen aspecto hoy. ¿Cómo se encuentra?
—Genial —respondió, sonrojándose ligeramente ante el halago y levantando un delgado brazo para demostrar su buena salud—. No me he sentido cansado en absoluto desde que vino usted. Yo… quería darle las gracias. Me salvó la vida.
—No para de hablar del peculiar gris de sus ojos y de que quiere que su esposa sea exactamente como usted cuando crezca —añadió su madre con entusiasmo.
El débil sonrojo de Yuutaro se profundizó en un ardiente rojo. Le lanzó una mirada avergonzada a su madre, que siguió sonriéndole ampliamente con cariño. Su expresión se suavizó hasta una de aguda vergüenza, bajando la mirada hacia sus pies.
—Me halaga, Yuutaro-sama. Cualquier chica que escoja será muy afortunada de tenerle —ofreció Kagome, esperando aliviar algo de su incomodidad.
Él levantó la mirada hacia ella tentativamente. Kagome sonrió. Su sonrisa tímida contestó a la suya, pero se dio la vuelta ante el sonido de los demás niños llamándolo para que volviera al juego.
—Míreme jugar, Miko-sama. Soy muy bueno en este juego —dijo, inflando un poco el pecho mientras trotaba para volver con los demás chicos.
—Lo amo tanto —dijo Takahashi-sama mientras lo veía irse corriendo, su voz era tan baja que podría haber estado hablando solo para sí misma—. Tuve tres hijos más antes de Yuutaro, ¿sabe? Todos fueron mortinatos. Y luego nació Yuutaro y me sonrió la primera vez que lo tuve en brazos, y supe que él era mi regalo de los kami. Cuando cayó enfermo no podía comprenderlo. No podía concebir por qué iban a darme un regalo tan precioso solo para quitármelo. Sabía que si… si él… moría, sabía que yo no podría seguir viviendo. Desde que usted me lo trajo de vuelta, solo… sé que en ocasiones me excedo, pero casi siento como si tuviera que compensar esos años perdidos por la enfermedad…
Se interrumpió, cerrando los ojos. Respiró hondo temblorosamente antes de girarse hacia Kagome con una sonrisa trémula.
—Me disculpo. A veces me golpea de nuevo. Cuán afortunados fuimos ambos… nunca podré agradecérselo lo suficiente.
—En absoluto. Los kami me han concedido un don a mí también y sería negligente si no lo utilizase para ayudar a otros —contestó Kagome, encontrando su mirada con seriedad—. Pero sí que tengo una petición que hacerle, si quiere escucharla.
—Por supuesto. Hable libremente conmigo, Miko-sama.
Kagome vaciló, preguntándose cómo abordar el tema. Deseaba apelar al deseo de la mujer de hacer lo correcto, en lugar de al sentimiento de deuda por la vida de su hijo.
—Hace varios días, dos kitsune plebeyos fueron ejecutados aquí en la corte. ¿Fue consciente de ello? —comenzó Kagome.
Un frunce arrugó el ceño de la otra mujer, su confusión fue evidente ante el abrupto cambio.
—Sí. Fue terrible. Oí que intentaron robar a los Taira y que incluso hirieron a uno de ellos —contestó.
Kagome se mordió el labio al oí el «creo» implícito dentro del «oí». Takahashi-sama ya estaba convencida de su culpabilidad.
—¿Por qué piensa que harían tal cosa, Takahashi-sama? —insistió, decidiendo intentar hacer que de verdad lo pensase bien.
La mujer más mayor parpadeó. No se le había ocurrido cuestionarlo. Se encogió de hombros, extendiendo las manos en un pequeño gesto de impotencia.
—Querían ingresos fáciles, supongo. Es decir, eran de fuera de la corte. Dudo que les hubieran enseñado escrúpulos en relación con…
Se detuvo en mitad de la frase, con los ojos abiertos como platos al darse cuenta de con quién estaba hablando. Levantó una manga para cubrirse la boca como si así pudiera ocultar las palabras que acababa de decir.
—Miko-sama, no pretendía…
—Ellos tenían un niño pequeño —la interrumpió Kagome, dejando a un lado el insulto hacia su persona—. Uno al que amaban mucho. Acababan de pagarles muy bien por actuar en la celebración por el regreso de los Tachibana. De hecho, se les pagó más que eso para que se quedaran en la corte y actuasen para otros después de que terminase la celebración. Tenían más que suficiente para mantenerse durante algún tiempo. ¿Por qué cree que arriesgarían la felicidad de su hijo, su único hijo, cuando ya les iba mejor de lo que nunca podrían haber esperado antes?
Kagome encontró sus ojos con firmeza. La mirada de Takahashi-sama se deslizó lentamente hacia los niños, hacia su niño. Observó mientras él jugaba, el frunce de su ceño se profundizó. Estuvo en silencio durante varios largos momentos, sus pensamientos revoloteaban detrás de sus ojos oscuros.
—No lo sé —murmuró finalmente—. No tiene ningún sentido. Que arriesgaran a su hijo por un capricho… no es así como actúa un padre. ¿Está sugiriendo…?
Se giró para mirar a Kagome a la cara. Kagome asintió, animándola.
—Entonces, ¿ellos no cometieron el crimen del que los acusaron los Taira? —dijo Takahashi-sama, el color se drenó lentamente de su rostro—. Pero… los Taira los acusaron. La ley dice…
—Los Taira los acusaron sin pruebas. Y la ley decía que eso era suficiente para condenarlos —dijo Kagome, elevando ligeramente la voz—. Pero ¿usted cree que está bien que deban morir por los errores de otros? ¿Que su hijo deba sufrir por ellos?
Takahashi-sama estuvo en silencio durante un largo momento, su mirada se deslizaba entre el rostro de Kagome y la alegre figura de su pequeño.
—¿Qué quiere decir, Miko-sama? —preguntó finalmente, girándose hacia ella con los ojos bien abiertos y desvalidos.
—Digo que creo que esa gente murió por nada más que el hecho de haber nacido fuera de la corte —contestó Kagome solemnemente—. Y que no puedo quedarme sentada mientras se hace el mal por parte de cualquiera de los hijos de los kami. Dentro de dos días llevaremos a cabo los últimos ritos para la pareja de kitsune. Le pido a usted y a su clan que consideren asistir.
Los ojos de la mujer mayor se abrieron a más no poder. Se echó hacia atrás, negando con la cabeza como para repeler la idea.
—Miko-sama, murieron como criminales —exhaló—. Celebrarles los ritos… No puede. La castigarán. Irá en contra de la ley de los kami.
—Que fueran ejecutados sin más prueba que su cuna no es algo que crea que proviene de los kami, ni tampoco que se les prohíban los últimos ritos —respondió Kagome categóricamente—. Me han criado siguiendo el camino de los kami desde mi nacimiento y lo conozco demasiado bien como para pensar que desearían esta clase de injusticia sobre ninguno de sus hijos. Puede que la corte decida castigarme como guste, pero yo participaré en la ceremonia.
Takahashi-sama apoyó una mano contra su sien, cerrando los ojos contra las palabras de la más joven. Negó con la cabeza una vez más antes de abrir sus implorantes ojos en dirección a Kagome.
—Yo… tal vez puedo entender lo que quiere decir, Miko-sama. Puedo… Puedo incluso simpatizar con su causa hasta cierto punto —dijo, con los ojos moviéndose de un lado a otro para asegurarse de que nadie la oía darles voz a esas simpatías—. Pero estar con usted en la ceremonia… la posición en la que pondría a mi clan… Más allá del castigo en el que podríamos incurrir, toda la corte se volvería en nuestra contra si fuéramos a…
Se mordió el labio, poniéndose de un tono más pálido de solo pensarlo. El ardor de Kagome se enfrió rápidamente. Bajó la mirada lentamente hacia la madera de la pasarela.
—Lo entiendo —dijo finalmente—. Como he dicho, esta es solamente una petición. No voy a obligarla a ir en contra de usted misma.
Lejos de tranquilizar a la mayor, esto pareció inquietarla todavía más. Se movió hacia delante, estirándose para coger la mano de Kagome.
—Por favor, compréndalo, Miko-sama —rogó—. No es que no desee apoyarla, pero…
—Pero no puede apoyar lo que soy —terminó Kagome por ella, encontrando sus ojos con frialdad—. Por desgracia, no se me puede separar del lugar en el que nací o de la gente que me crio. Las cosas que me dieron forma no son más separables de lo que soy que mi propia alma. Soy plebeya. No puedo… no voy a desear que sea de otro modo. Así que me temo que usted no puede decir que me apoyaría si no puede apoyarlos a ellos.
Los labios de Takahashi-sama trabajaron sin decir palabra por un momento, intentando proporcionar alguna suerte de excusa para sí misma. Kagome apartó la mano, no sin cariño, de la de la otra mujer, poniéndose de pie.
—No tiene que darme explicaciones, Takahashi-sama —dijo—. Solo tiene que responder ante su conciencia en relación con un niño al que le han arrebatado a sus padres por nada más que un capricho. Si esta es la respuesta que le da, entonces no hay nada más que yo pueda decir. Solo le pediré que no le mencione lo que le he contado hoy a nadie más.
—P-Por supuesto, Miko-sama —concedió Takahashi-sama apresuradamente, su expresión todavía era de profunda preocupación.
Kagome hizo una reverencia y sin marchó sin decir una palabra más, luchando contra el amargo aluvión de decepción que la atravesó como una ola de náusea que le llegó hasta el alma.
Hojo la hizo llamar más tarde en la residencia Tachibana mientras estaba sentada con un plato de pescado y caldo que se estaba enfriando rápidamente, todavía intentando recuperar sus anteriores ánimos. La negativa de ayudar de Takahashi-sama, a pesar de su obvia comprensión de la situación, era de lejos más desalentadora de lo que había anticipado.
Se explayó sobre la alegría que le producía que hubiera regresado a salvo a la corte y el haberse enterado al terminar las rondas de ese día que deseaba verle. Incluso se atrevió a decir, con muchos sonrojos y titubeos, que la había echado de menos y que había estado bastante preocupado por su bienestar cuando se había enterado de que había caído enferma.
Este incómodo recordatorio de cuáles podían seguir siendo exactamente sus sentimientos por ella despertó a Kagome de sus oscuras contemplaciones y respondió a sus sentimientos lo más civilmente que pudo sin parecer fría.
Tras pasar un poco de tiempo con una charla ligera sobre nada en particular, Kagome le presentó la idea de la ceremonia tal y como había hecho con Takahashi-sama. Al principio palideció como lo había hecho ella, pero en general pareció muy inclinado a escuchar sus opiniones sobre el tema. Tras solo algunos minutos, pareció compartir completamente sus opiniones.
Su entusiasmo se desvaneció, sin embargo, cuando ella llegó al punto de pedirle que asistiera a la ceremonia para mostrar apoyo. Se debatió, explicándole en un batiburrillo de ansiedad y disculpas que seguramente perdería su trabajo si fuera a participar, además de que, como hijo menor que era, estaba seguro de que su presencia o ausencia no importaría mucho. A Kagome se le encogió el corazón una vez más.
Hizo algunos intentos por convencerle tras su negativa inicial, pero su decepción fue demasiado profunda para permitirle más que eso. Él fue quien puso fin a su reunión, ofreciendo una sincera disculpa que ella no pudo aceptar antes de escabullirse.
Se retiró entonces a su habitación, la noche crecía lentamente. Simplemente se quedó sentada un tiempo, dándole vueltas silenciosamente a la cabeza sin ni siquiera la luz de una linterna para iluminar las cosas.
Una cosa era que los cortesanos que estaban criados para pensar mal de los plebeyos no pensaran más allá de las muertes de los kitsune. Otra completamente distinta era que los cortesanos más sensatos, que obviamente comprendían los hechos que les había expuesto, persistieran en no mostrar preocupación alguna sobre las muertes o su injusticia.
O al menos ninguna preocupación lo suficientemente material para llevarlos a alguna suerte de acción. ¿Eran todos tan terriblemente egoístas, estaban tan atascados en las formas de la corte, que no iban a levantarse en nombre de lo que era correcto?
Después de un tiempo, Shippou entró, dispersando temporalmente sus oscuras cavilaciones. Le peinó el pelo mientras él le contaba las minucias de su día con Sango, sin dejarse detalle alguno. Se alegraba de verlo regresar ininterrumpidamente a su antiguo buen humor. Esperaba que la inminente ceremonia no fuera a darle complicaciones, sino a ayudarle a estar en paz. Se merecía eso al menos.
Finalmente se vistieron para dormir y se acostaron en sus respectivos futones. Después de que se moviera y se contoneara un poco como siempre hacía para encontrar una posición cómoda, Shippou se quedó dormido.
Kagome se quedó acostada mirando hacia la oscuridad del techo durante un sinnúmero de horas sin dormir, contemplando lo que iba a pasar dentro de un día. Su mente huyó de lo que podría ser su destino después de la ceremonia, pero sí que se preguntó qué diferencia supondrían sus esfuerzos si no podían conseguir el apoyo necesario de la corte.
Se preguntó qué haría Inuyasha si le contaba sus intenciones.
Gritarle, probablemente. Bramar sobre lo tonta que era.
Pero ¿la apoyaría?
Esperaba que sí. Quería creer que lo haría.
Quería ver a Inuyasha.
Se quedó dormida.
Al día siguiente tuvo poco más que hacer que esperar, lo cual a Kagome se le daba en cierto modo peor que si la hubieran obligado a pasarse todo el día por la corte rogando apoyo y sin encontrar ninguno.
Miroku se pasó temprano por la mañana para informarles durante el desayuno que se había decidido por una localización para llevar a cabo la ceremonia. Mejor dicho, le habían ofrecido una.
Midoriko había acudido a él y le había ofrecido los terrenos ceremoniales del Chūwain, un lugar donde les habían dado descanso a muchos cortesanos de alto rango en días pasados. Miroku pensó que era bastante adecuado a sus propósitos y le dio las gracias a Kagome por atreverse a obtener la cooperación de Midoriko.
Inquirió a Sango cómo había ido con su clan. Ella confesó con vergüenza que, aunque había apelado a muchos y les había hecho ver el razonamiento de lo que estaban haciendo, todavía no había obtenido una promesa de apoyo de ninguna rama. Muchos temían, más allá de cualquier castigo que pudiera salir de ello, que serían efectivamente condenados al ostracismo dentro de la corte si participaban. Enemistarse con los demás clanes tan plenamente seguramente los dejaría en una posición peligrosa.
Miroku le aseguró amablemente que estaría bien en cualquier caso y le dio las gracias sinceramente por sus esfuerzos. Pero Kagome vio la amargura en las comisuras de su sonrisa y supo que estaba preocupado.
Él se disculpó para asistir a algunos de los últimos preparativos y les pidió que estuvieran listos para comenzar temprano a la mañana siguiente. Continuaron con su comida, aunque los ánimos de todas las partes estaban más bajos que cuando habían comenzado.
Estaban en mitad de decidir si hacer o no un viaje a los baños ese día cuando entró una sirvienta. Les hizo una respetuosa reverencia antes de depositar un pequeño rollo de pergamino en la mesa delante de Kagome. Miró la nota con curiosidad por un momento antes de cogerla para leerla.
Vendrás a mi residencia inmediatamente. Si no lo haces, haré que te echen de la corte sin vacilar.
Fujiwara Kikyou
La sangre de Kagome se convirtió en hielo en sus venas. Durante un largo momento, su mente se llenó de un completo terror y se quedó mirando sin ver la sucinta nota.
—¿Kagome-chan? ¿Qué es? Estás pálida —dijo Sango, despertándola.
Se quedó mirando a Sango, soltando la nota como si fuera una criatura venenosa.
—La futura Emperatriz me ha hecho llamar —murmuró, las palabras provocaron que se le diera la vuelta el estómago.
La inquietud subió al rostro de Sango.
—¿Qué crees que quiere? —preguntó suavemente.
Kagome negó con la cabeza, apenas dispuesta a contemplarlo.
—Tengo que irme —dijo tras un instante, levantándose de su sitio en la mesa.
Shippou se la quedó mirando.
—¿Vendrás con nosotros después a los baños? —preguntó, sin haberse dado cuenta de nada.
—Lo intentaré —dijo, ofreciéndole lo que esperaba que fuera una sonrisa. Parecía más una mueca.
Pasó al lado de Sango cuando iba hacia la salida, inclinándose para murmurarle al oído.
—Si ocurriese algo, necesitaré que cuide de Shippou-chan.
Sango abrió los ojos como platos, alarmada, pero asintió lentamente.
—Sí, claro —contestó.
Eso fue suficiente para Kagome. Avanzó hacia el Dairi antes de que le pudieran hacer más preguntas.
Apenas recordó la caminata hasta la residencia Fujiwara como más que un borrón de movimiento y ansiedad. Su corazón martilleaba ruidosamente en sus oídos lo suficiente para ensordecerla, y tuvo frío y calor a ratos.
Inuyasha no podría interceder por ella esta vez. Su destino debía de estar en manos de Kikyou.
La dejaron entrar fácilmente en la residencia Fujiwara, la residencia que una vez había compartido, aunque sentía que debía de haber sido en otra vida, y una sirvienta la llevó hasta los aposentos personales de Kikyou.
Kagome se quedó mirando la puerta shoji por un espacio de varios atronadores latidos, preguntándose si este era su fin. Si la echarían cuando acababa de empezar la auténtica pelea.
Se arrodilló y respiró hondo, componiendo su rostro lo mejor que pudo. Abrió lentamente la shoji, entrando antes de volver a arrodillarse para cerrarla.
Podía sentir los ojos de la otra mujer en su espalda, fríos y firmes. Kagome se giró lentamente hacia ella, inclinándose lo más bajo que era adecuado.
—Fujiwara-sama.
Kikyou no devolvió el saludo. No se movió ni un músculo de su rostro. Era como una estatua, fría e inamovible.
—Ya no deberían sorprenderme las cosas de las que eres capaz —dijo finalmente—. Tú misma has demostrado claramente que no tienes respeto por la autoridad o el orden de cualquier clase. Y aun así me encuentro estupefacta ante esta osadía por tu parte.
Kagome frunció el ceño, una ola de inquietud se deslizó por su espalda. La apisonó, esforzándose por mantener una expresión neutral.
—¿A qué se refiere, Fujiwara-sama?
Kikyou arqueó una fina ceja con frialdad.
—¿Irías tan lejos como para negarlo? —dijo, un filo tan afilado que podría cortar la piedra se escondía debajo de sus palabras.
—No estoy segura de lo que se me acusa de negar, Fujiwara-sama —contestó Kagome débilmente, aunque sus nudillos se habían vuelto blancos en su regazo.
La expresión que entonces se apoderó del rostro de la futura Emperatriz podría haber degenerado en un gruñido en una mujer inferior. En ese momento tenía los labios blancos, los ojos iluminados por una fría llama desde el interior.
—Habría esperado que al menos tuvieras la decencia de reconocerlo —dijo en voz baja, aunque estaba claro que no había tenido tales esperanzas—. A la luz de tu comportamiento hasta ahora, sin embargo, fui tonta por pensarlo. Después de la última vez que te… dirigiste a mí, le dije a mi señor que deberían someterte. Que tu terquedad nunca cesaría si no te metía en vereda. Ahora encuentro validadas mis aseveraciones.
Sacó de su manga no más que un trozo de pergamino, aunque lo blandió como una espada.
—Se me ha informado de tu complot con el Houshi Shingonin Miroku. Sé qué pretendes hacer por la mañana. Pero te puedo asegurar que se te detendrá aquí y ahora.
Kagome temió estar enferma. Su boca se movió sin articular palabra durante varios momentos.
—Cómo… —consiguió expulsar finalmente, aunque su garganta se cerró alrededor de lo demás que pretendiera decir.
—Un cortesano se enteró y me lo comunicó —contestó Kikyou con seria satisfacción—. La gente de la corte conoce su deber. Comprenden el adecuado orden de las cosas.
Kagome oyó el comentario no dicho sobre aquellos que no eran de la corte con bastante claridad y la despertó ligeramente de su terror. Encontró la mirada de Kikyou.
—Y-Ya he intentado explicarle mis razones —comenzó con voz trémula—. Lamento que lo hiciera de una manera que le mostrara insolencia, pero no lamento lo que dije. Nunca lo lamentaré. Las leyes de esta corte, el valor que le dan a ciertas vidas por encima de otras, son cosas que nunca podré aceptar.
—Las leyes de esta corte mantienen el orden —contestó Kikyou con ojos encendidos—. Evitan que el mundo degenere en un ciego caos. Evitan…
—Evitan atrocidades como las que se le infligieron a su clan hace no tanto tiempo —terminó Kagome, encontrando su mirada directamente.
Kikyou se quedó paralizada. Se quedó mirando a Kagome, completamente descarrilada por un momento.
—Comprendo sus miedos, Fujiwara-sama —insistió Kagome—. Tal vez mejor de lo que pueden hacerlo otros. Durante la mayor parte de mi vida he vivido con miedo en mi aldea, siempre bajo la amenaza de un ataque de asaltantes o de youkai. Temía a diario por las vidas de mi familia. Conozco los horrores que la obligaron a sufrir a usted en la guerra por el trono porque yo los viví de otro modo. Viví a través de los días de brutalidad, incerteza y caos. Pero como no somos de la corte, no podemos esperar ni siquiera el consuelo de la ley. No se nos permite esperar nada. Sé que su corazón está puesto en el orden y la justicia. ¿A usted esto le parece justicia?
Kikyou se quedó sentada sin decir palabra durante un largo momento, solo el ligero frunce de su ceño revelaba el rápido torbellino de sus pensamientos. Kagome esperó, observando con atención en busca de cualquier señal de que podría encontrar finalmente la comprensión en esta mujer.
—Lo que propones… —dijo Kikyou, con la voz alzándose apenas por encima de un susurro—. Lo que propones causaría el caos. Alteraría el orden del mundo y la ley tal y como está.
Kagome negó con la cabeza casi violentamente, frustrada.
—¡No! —gritó—. No busco una revuelta. ¡No pido que los plebeyos se conviertan en cortesanos o que los cortesanos se conviertan en plebeyos! Respeto el orden creado en el mundo. Solo pido que todo hijo de los kami sea tratado como valioso. Que nadie sufra el caos y el miedo solo porque otros no lo consideren digno de ayuda. Que nadie sea valorado tan poco que su vida sea tratada como prescindible. Quiero orden, pero no a expensas de la justicia.
Kikyou palideció de verdad. Bajó los ojos al suelo entre ellas.
Kagome esperó ansiosamente, apenas atreviéndose a respirar. Rezó en silencio, rogó fervientemente que simplemente estuviera dispuesta a ver.
Kikyou levantó la mirada. Su rostro estaba más pálido que su palidez natural, casi vulnerable por un momento. Y entonces, lentamente, su expresión se cerró en banda. Abrió el abanico con dolorosa meticulosidad, subiéndolo para que le cubriese la boca.
—No puedo permitirlo —pronunció, sus ojos pintados se cerraron cuando encontraron los de Kagome por encima del abanico.
A Kagome se le encogió el corazón. Supo sin preguntar qué era exactamente lo que no podía permitir.
Pero no hubo nada más. Kikyou no hizo otro movimiento, no dijo otra palabra. Parecía casi incapaz de seguir. Kagome frunció el ceño.
Finalmente se puso de pie.
—No tengo ninguna intención de cancelar la ceremonia de mañana —dijo en voz baja.
El abanico giró en la mano de Kikyou, después de quedó quieto. No bajó.
—No lo permitiré —contestó—. Haré que te echen de la corte. Haré que detengan la ceremonia.
Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada.
—Haz lo que estimes conveniente —dijo Kagome con tristeza—. Y yo haré lo mismo, Kikyou.
Y se marchó, la futura Emperatriz fue incapaz de detenerla.
Kagome no durmió esa noche. No pudo.
A ratos se desesperaba y otros se retorcía de ira. Maldijo silenciosamente ante el egoísmo, la ceguera voluntaria, la inamovilidad de los obstáculos que se ponían ante ella.
Hubo momentos en los que incluso se cuestionó su objetivo. Si la razón y la humanidad común no podían compeler a esta gente a hacer lo correcto, entonces ¿qué podría conseguirse con la ceremonia aparte de asegurarles el castigo a aquellos involucrados? ¿Valía la pena si no ganaban nada y lo perdían todo?
Silenciosas lágrimas amargas la asolaron. Maldijo contra los intocables y se preguntó, en los más oscuros momentos de esa noche, si estaba condenada a encontrarse una y otra vez contra la misma pared, sin esperanzas de ver ni siquiera una abolladura. La rendición, al menos, le permitiría descansar un poco.
Pero el alba llegó finalmente y con él el regreso de su razón. Shippou se despertó y parpadeó mientras la miraba desde el capullo de su futón, reviviendo en ella toda su anterior certeza. Se lo merecía.
Los preparó a ambos en silencio, asegurándose de que su apariencia al menos fuera irreprochable. Le frotó la cara y las manos en una palangana que les trajeron, junto con las suyas.
Le peinó el pelo y se lo recogió, y a sí misma también, vistiéndolo con algunas de las mejores ropas que Sango había conseguido para él de uno de los niños del clan Tachibana. Para ella estaba su traje de miko, como debía ser.
Sango los esperaba en la sala de estar con expresión solemne. Estaba vestida con sus mejores galas de la cabeza a los pies. Una noble de arriba abajo.
Sus saludos fueron apagados, advirtiéndole a Kagome con bastante claridad lo poco que debía esperar del clan Tachibana. Parecía como si todas sus esperanzas en los cortesanos se hubieran venido abajo.
Kagome no dejó que se mostrara su decepción, aunque su mente daba vueltas vertiginosamente alrededor de la conversación del día anterior. Se preguntó lo lejos que podrían llegar antes de que los guardias intervinieran para detenerles. Dudó que fuera a ser lejos, pero sabía que al menos había que intentarlo. Rendirse sin pelear simplemente no era una opción.
La mañana pasó mientras tomaban con pocas ganas sus respectivos desayunos. Una ansiedad más sustancial empezó a levantarse dentro de Kagome. Miroku-sama había prometido ir a por ellos temprano por la mañana, pero no habían recibido ni una palabra de él.
—Houshi-sama está tardando un poco —se atrevió a decir Sango finalmente, dándole voz al miedo de los tres.
Kagome se mordió el labio, preguntándose si Kikyou había escogido ir primero a por él. Conocía su implicación, tal vez incluso que había sido su plan y él era el responsable de recuperar los cuerpos de los padres de Shippou. Sin él casi no podían hacer nada.
Sango encontró la mirada de Kagome a través de la mesa. Frunció el ceño, captando un vistazo de algo allí.
—Kagome-chan, ¿tú sabes algo? —preguntó con el ceño fruncido.
Kagome entrelazó las manos en su regazo, preguntándose si debería contárselo. Shippou estaba mirándola con ojos grandes y solemnes. Se movió inquieta, evitando sus ojos.
—La futura Emperatriz… —empezó en voz baja.
La interrumpió el repiqueteo de la puerta shoji abriéndose. Los tres se sobresaltaron, girando sus ojos abiertos como platos hacia la fuente de la abrupta intrusión.
Miroku estaba de pie con la puerta bien abierta, casi jadeando. Había una luz en sus ojos que estaba a un paso de lo frenético, su expresión era de tan abierta agitación que Kagome apenas lo reconoció.
—Vengan ya —ordenó sin trazas de su habitual elocuencia.
Sango, con los ojos abiertos como platos, abrió la boca para preguntar qué diablos pasaba con él, pero había salido de la habitación antes de que pudiera pronunciar una palabra.
Kagome y Sango intercambiaron miradas de preocupación. Kagome cogió a Shippou en brazos y ambas salieron corriendo de la habitación detrás de Miroku.
Los esperó impacientemente en la entrada, indicándoles apresuradamente que lo siguieran fuera. Su agitación era tan grande que no esperó por ellos antes de salir él mismo.
Kagome y Sango, con sus miedos profundizándose ante su excéntrico comportamiento, salieron tras él por las puertas exteriores de la residencia.
Las dos se detuvieron en seco.
Miroku volvió sus ojos febriles y exultantes hacia ellas y extendió su brazo en un gesto de barrido.
Cientos de personas, por lo que podían ver en todas direcciones, llenaban las calles alrededor de la residencia Tachibana. Rostros pintados, abanicos en movimiento y ropas de alegres colores los rodeaban por todos lados. Eran cortesanos.
—Están aquí para la ceremonia —anunció Miroku sin aliento—. Han estado llegando desde esta mañana temprano. He estado intentado colocarlos e informales de lo que pasará durante horas. ¿Se lo pueden creer? ¡Mírenlos a todos!
—¿Cómo…? —empezó Kagome, solo para atragantarse por una oleada de repentinas lágrimas. Las contuvo, parpadeando con fuerza.
Midoriko avanzó hacia ellos de entre la multitud donde había estado, cerca del ataúd donde yacían los padres de Shippou.
—Varios líderes de clanes vinieron a mí en busca de guía tras oír vuestros argumentos —dijo—. Les animé a seguir sus más fuertes inclinaciones. Supongo que este es el resultado.
Kagome no pudo pronunciar ni una palabra, sus ojos inspeccionaban a la multitud una y otra vez con incredulidad. Vio a los Takahashi, a los Akitoki, a muchos de los Tachibana, a varios clanes humanos menores que no conocía, oficiales menores del Chūwain y Shingonin, incluso algunos vestidos de guardias. Hojo la saludó tímidamente con la mano a corta distancia. Takahashi-sama estaba en el borde de la expectante multitud, con Yuutaro firmemente a su lado.
Después de todas sus protestas, de sus reservas, de sus negativas, habían venido.
La pared estaba abollada. Había esperanza.
—¿Empezamos? —sugirió Miroku una vez que los tres hubieron tenido un momento, gesticulando hacia el ornamentado féretro.
Kagome parpadeó en su dirección varias veces antes de asentir sin decir palabra. Se tragó su asombro, volviendo su concentración hacia los dos cuerpos que descansaban inmóviles sobre el ataúd.
Midoriko y él movieron el féretro, agarrando sus respectivos extremos. Siguiendo su ejemplo, Sango y Kagome adoptaron sus propias posiciones, levantando el féretro por encima de la multitud. Shippou permaneció sobre el hombro de Kagome, su pequeño rostro mostraba determinación.
Midoriko empezó primero el cántico, las palabras de paz y duelo salieron musicalmente de sus labios. El propio cántico de Miroku le respondió, los dos eran complementarios a pesar de sus diferencias.
Las voces siguieron el cántico a través de la multitud mientras empezaban a avanzar por la calle, el féretro oscilaba sobre todos ellos. Kagome intervino también, las palabras salieron desde sus mismísimas profundidades para unirse en el estribillo. Apenas sentía el peso del ataúd mientras la multitud crecía y se movía a su alrededor, impulsándolos hacia delante.
Se movieron lentamente y con decisión por las calles, sus palabras resonaban en el radiante aire matutino. Se movieron de un extremo de la corte al siguiente, llegando a cada puerta antes de continuar con su procesión. Cubrieron tanto terreno de la corte como pudieron.
Los verían y los oirían.
La gente emergió de todas partes de sus residencias para mirarlos boquiabiertos, sus números se incrementaron a medida que avanzaban. Los cortesanos se quedaron mirando, abuchearon, se enfadaron. Kagome estaba satisfecha. Sostuvo el féretro más alto para que todos vieran la tragedia que habían forjado.
Finalmente llegaron al final de las escaleras del Chūwain. Para entonces su número había subido más allá de las centenas, mucha gente boquiabierta seguía en aturdido silencio al grupo.
Subieron por las escaleras, pararon bajo la torii y llegaron finalmente a los terrenos del templo. En grupos, los participantes se limpiaron antes de pasar junto a los komainu y hacia el propio templo.
Se había despejado una extensa zona ante el templo y habían erigido una pira funeraria en el centro. Los cuatro se limpiaron y avanzaron para depositar el féretro sobre la pira.
El silencio atravesó la multitud. Se acabó el cántico. Midoriko, tras mirar tanto a Kagome como a Miroku, avanzó un paso y levantó ambas manos.
—Estamos hoy aquí reunidos —empezó, levantando la voz para que llegara a la multitud—, para darles descanso a las almas de Ootori Shintaro y Ootori Shizune. Su final fue trágico, pero ahora les daremos la paz que se merecen.
Miroku avanzó para ponerse a su lado.
—Estos dos no nacieron en la corte, pero sus almas no cuentan menos que las de ustedes. Son tan parte de la gran rueda de la existencia como ustedes o yo, y escogemos honrarles como tal —dijo categóricamente.
Shippou tiró de la manga de Kagome. Sus ojos fueron hacia él y vio el ruego, entendiendo rápidamente su significado.
Avanzó para unirse a Miroku y a Midoriko, Shippou se enderezó en su hombro. Ella levantó las manos para obtener toda la atención del público. Shippou se aclaró la garganta.
—Eran mis padres —dijo con su voz más fuerte, sin elegancia y todo sinceridad—. Los amaba. Ellos me amaban a mí. Y luego los mataron. Sigo sin entender por qué. No creo que estuviera bien. Eran mis padres. L-Los echo de menos. Por favor, ayudadme a despedirme de ellos.
Estaba llorando, temblando sobre su hombro para cuando hubo terminado. Todo lo que se había esforzado tanto por contener durante la procesión salió finalmente. Se limpió las lágrimas con brusquedad, sollozando mientras intentaba volver a poner un frente de valentía.
Kagome lo cogió en brazos, abrazándolo y protegiéndolo de los ojos que lo miraban con pena y simpatía.
—Les damos las gracias desde el fondo de nuestros corazones por seguir el camino que saben que es el correcto —dijo Kagome, su propia voz estaba ronca y llena de sentimiento mientras se dirigía a la multitud—. Comprendo con qué dificultad e inquietud deben de haber tomado la decisión de venir aquí. No es fácil ir en contra de todo lo que han conocido. Pero les pido que miren el mundo en el que viven, en el que todos vivimos, con nuevos ojos. No permitan que los errores del pasado dictaminen el futuro. Todos somos hermanos y hermanas bajo los kami.
Midoriko y Miroku asintieron en acuerdo a cada lado de ella. Midoriko avanzó hacia el pequeño horno colocado al frente de la pira, cogiendo de él una vara de incienso encendida. Blandió el incienso, moviéndolo sobre los cuerpos de encima de la pira mientras caminaba en un lento círculo a su alrededor. Miroku cogió su propio incienso y Kagome siguió su ejemplo, con Shippou metido firmemente en la curva de su brazo.
Hicieron varias rondas, purificando los cuerpos con humo en preparación. Cada uno terminó a la cabeza de la pira, depositando el incienso encima. Midoriko inclinó la cabeza y juntó las manos, empezando la última oración. Miroku cogió el rosario que rodeaba su muñeca, pasando las cuentas entre sus dedos mientras recitaba las últimas palabras. Kagome inclinó la cabeza, añadiendo su voz a la de ellos.
A su alrededor había cabezas inclinadas y manos juntas mientras los últimos ritos resonaban por los terrenos sagrados del templo.
Terminaron las plegarias. Midoriko cogió una antorcha del pequeño horno, el final brillaba de un color rojo por el calor de las brasas.
Colocó la antorcha entre la madera de la pira, moviéndola hasta que prendió la llama. La pira empezó a humear, las pequeñas llamas saltaron hacia arriba. Se hicieron más grandes lentamente, esparciéndose hasta que hubieron consumido la pira y las dos figuras que había encima. Las llamas los purificaron, liberando sus almas de los confines de sus cuerpos.
Shippou lloró silenciosamente en sus brazos, con los ojos fijos en las crecientes llamas. Sango se acercó a ellos, pasando un brazo a su alrededor mientras las lágrimas bajaban de sus ojos.
Miroku se puso al lado de Sango y compartieron una larga mirada. Él estiró la mano tentativamente, cogiendo una de sus manos con la suya. Sango apretó su mano en respuesta, ofreciéndole una sonrisa trémula.
Uno por uno, aquellos que participaron en la procesión avanzaron hasta la pira, depositando las últimas ofrendas para los espíritus al pie de la pira u ofreciendo sus últimas plegarias. Kagome tembló al verlo, el dolor, la gratitud y el asombro la atravesaron en olas vertiginosas ahora que tenía un momento para reflexionar.
Y entonces la vio entre las crecientes llamas.
Estaba sola y lejos de la multitud, aislada. La sustitución de sus habituales galas por unas sencillas ropas de sirvienta le permitía pasar desapercibida. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, toda su postura parecía desmoronarse sobre sí misma.
Estaba llorando.
Durante el más breve instante, sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada. Kagome sabía que las lágrimas de sus mejillas reflejaban las de Kikyou.
La futura Emperatriz se dio la vuelta abruptamente, bajando corriendo por las escaleras del templo. Kagome la observó marcharse, abrazando a Shippou con más fuerza.
Los cortesanos empezaron a marcharse lentamente en grupos y parejas, la ceremonia estaba llegando a su fin. Kagome, Miroku, Shippou, Sango y Midoriko se quedaron hasta que la pira se quemó por completo, manteniendo una silenciosa vigilia.
Cuando no quedaron más que cenizas, las reunieron y las esparcieron al viento.
Cada uno rezó en su corazón por nuevos comienzos.
Nota de la traductora: Aquí tenéis un nuevo capítulo largo para compensar las dos semanas de espera.
Quiero daros las gracias nuevamente por vuestra constancia dejándome reviews y por la paciencia que tenéis con las actualizaciones. Me animáis mucho a seguir haciendo lo que hago.
El 18 de septiembre subiré el siguiente.
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