Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Nuestra pequeña lección de historia de hoy:

Go: este juego se originó de China con el nombre de «wéquí» y se extendió por Japón en el siglo VII.


Capítulo 18: De disturbios y arrepentimientos

Un silencio sepulcral cayó sobre la corte como un velo después de los últimos ritos. Nadie parecía capaz de comprender lo que habían hecho. Los comentarios atravesaron la corte mediante susurros y notas. Los cortesanos vagaron por los caminos por donde había pasado el grupo, murmurando entre ellos.

A sugerencia de Miroku, Sango, Kagome, Shippou y él permanecieron aislados en la residencia Tachibana durante el resto del día siguiente al evento. Se deshizo en sonrisas y cumplidos, compartiendo amigablemente historias de algunos de sus viajes más emocionantes fuera de la corte, pero Kagome sospechaba que no estaba tan despreocupado como quería que creyeran. Su decidido silencio sobre los eventos del día anterior le parecía extraño.

Sango también lo sintió, observando atentamente al houshi. Pero ambas mujeres se contentaron con permitirle proceder como le placiera. Intercambiaron miradas inquisitivas, pero por lo demás se permitieron disfrutar de algunas horas sin preocupaciones externas.

El siguiente día dejó claro lo que había estado preocupando a Miroku.

Kagome se despertó temprano, despejando de sus ojos los nublados recuerdos de un sueño medio olvidado. Shippou dormía profundamente, un pequeño pie se movía de vez en cuando por debajo de las mantas de su futón. Tras vestirse en silencio, decidió ir al Chūwain para hablar con Midoriko-sama antes de que él se despertase. No había hablado con ella desde el final de la ceremonia.

La residencia estuvo en silencio mientras caminaba por los pasillos. Los primeros sirvientes se levantarían pronto para empezar con los preparativos para el desayuno, pero la mayoría seguían dormidos. Kagome llegó a la puerta principal sin encontrarse ni un alma.

Las calles fuera de la puerta Tachibana parecían estar también vacías. Kagome no había anticipado otra cosa dada la temprana hora y el intenso frío en el aire. Se estremeció, apretando el karaginu exterior alrededor de sus hombros y preguntándose si pronto volvería a empezar a nevar.

Estaba rodeando la esquina del muro exterior de la residencia cuando algo chocó contra ella con la fuerza suficiente para sacarle el aire de los pulmones.

Durante varios largos momentos vio las estrellas, la parte de atrás de su cráneo impactó contra el muro exterior de la residencia con un golpe que resonó en el tranquilo aire matutino. Se esforzó por recuperar el aliento, dándose la vuelta y parpadeando frenéticamente. Una mano se cerró firmemente alrededor de su garganta para ahogar cualquier sonido que pudiera haber hecho, deteniéndola inmediatamente.

—El destino nos sonríe para haberla atrapado tan pronto. Qué valiente por su parte ir caminando por ahí sola, ¿no, Miko-sama? —dijo una voz con desprecio y Kagome se estremeció al sentir el cálido aliento cerniéndose sobre su rostro—. ¿Tan segura está de que ya ha ganado?

Kagome no pudo responder. Sus dedos arañaron débilmente la mano que le rodeaba la garganta, su visión estaba demasiado moteada con puntos negros como para discernir nada con claridad.

—Escoria mundana de la tierra —dijo con desprecio otra voz, esta estaba más lejos de ella—. Nunca deberían haber permitido su presencia aquí. Dice ser de los kami, pero ha transgredido voluntariamente contra ellos. Se merece cualquier castigo que recaiga por esto sobre usted.

—Y… ¿los kami les han encargado directamente esa tarea? —dijo Kagome con voz ronca, esforzándose por recuperar su punto de apoyo.

Su vista se había aclarado lo suficiente para distinguir varias figuras borrosas rodeándola, incluyendo al hombre que la tenía clavada contra el muro. Si hubiera estado sosteniéndose por su propio pie, le habrían cedido las rodillas.

Su cabeza se movió de golpe cuando un puño impactó sólidamente contra el lado izquierdo de su rostro. Un estallido de dolor explotó a través de sus nervios, dejándola sin aliento. El sabor fuerte de la sangre le llenó la boca cuando se le partió el interior de la mejilla contra sus dientes. La vista de Kagome volvió hacia la oscuridad, le daba vueltas la cabeza.

—Solo hemos asumido como nuestro deber enseñarle cuál es su lugar, ya que ningún otro en la corte es lo suficientemente valiente para hacerlo —contestó otra voz más—. Su debacle del otro día será el fin a todo este sinsentido. Pretendemos devolver la corte a cómo era. Ya no se permitirá que los de su calaña causen el caos aquí para sus propios fines.

Una réplica a medio formar sobre la valentía de emboscar a una persona desarmada revoloteó por su exhausto cerebro, pero Kagome tuvo al menos la entereza de contener las palabras. Simplemente cerró los ojos con fuerza, sus extremidades temblaban violentamente.

—Lo entiende, ¿verdad? —dijo el que la estaba sujetando, presionándola con más fuerza contra el muro—. No vamos a matarla aquí. No le daremos la satisfacción de convertirse en mártir por su blasfema causa. Pero haremos que reniegue de lo que ha hecho. Renegará de ello y abandonará la corte.

—¿Y p-por qué iba a… hacer eso? —consiguió decir Kagome, esforzándose por respirar contra la presión sobre su tráquea.

La mano apretó. Se ahogó, buscando aire.

—Porque nosotros somos muchos donde ustedes son pocos —respondió con frialdad—. Porque usted está equivocada. Porque no conseguirá nada con esta absurda perversión sobre el equilibrio del mundo. Y porque le juro que, si no para, volveremos a por usted. La encontraremos, dondequiera que se esconda. Y le haremos desear que la hubiéramos matado aquí mismo.

Su cabeza se estaba volviendo más liviana. No podía respirar.

La mano la soltó abruptamente. Kagome se desplomó, jadeando sobre las congeladas piedras de la calle. Las pisadas se alejaron corriendo de ella.

No estaba segura de cuánto tiempo yació allí, inmóvil. Le palpitaban el rostro y la garganta, la sangre seguía llenando su boca. Le temblaba todo el cuerpo. No podía formar ni un solo pensamiento coherente.

Se puso de pie lentamente, mirando a su alrededor. Las calles seguían vacías. No había rastro de sus atacantes.

Pensó aturdida que debería regresar a la residencia Tachibana. Levantó una mano, todavía temblando violentamente, para sondear tentativamente un lado de su rostro, donde le habían pegado. Siseó ante la chispa de dolor que provocó el movimiento, sus dedos salieron teñidos de rojo. Le había dado un golpe en la cabeza con la fuerza suficiente para romperle la piel de la mejilla. Se lamió sus secos labios, manchándolos con la sangre que llenaba su boca mientras se frotaba los dedos distraídamente contra la tela de su hakama.

Parpadeó, su mente se alejaba de ella una vez más por la impresión provocada. La habían atacado.

No quería volver a la residencia. Cada sentimiento se revolvió ante la idea de que cualquiera de sus amigos la vieran en ese estado.

Quería ver a Inuyasha. El deseo la barrió como un dolor físico.

Él la protegería.

Pero no. No tenía permitido acudir a él. No la recibiría.

Se le encogió el corazón, pero otro pensamiento se apoderó inmediatamente de ella.

Tambaleándose ligeramente, los pasos de Kagome giraron en otra dirección.


Las miradas de los sirvientes y de los guardias cuando atravesó las puertas tropezando no eran de menos que de horror. Varias de las sirvientas que había conocido con anterioridad la rodearon, hablando a tal velocidad que apenas podía distinguir una sola palabra. Lo único que pudo hacer fue repetir aturdida una y otra vez su deseo de tener una audiencia, sin saber si sus palabras tenían siquiera un poco de coherencia.

Finalmente, una de las sirvientas pareció entenderla y se separó del grupo. Volvió momentos más tarde con la orden de que debía ir al jardín. Kagome asintió, murmurando algo que apenas podía recordar antes de dirigirse hacia el jardín.

La encontró sentada en un banco en un rincón apartado del jardín, las ramas vacías de un árbol de sakura enmarcaban su asiento. Tenía la mirada fija en las oscurecidas aguas de un pequeño estanque a sus pies con una gravedad lejana a la habitual solemnidad de sus modales.

Levantó el rostro cuando Kagome se acercó, sus ojos se abrieron como platos al verla. Se puso de pie en medio de un crujido de sedas, avanzando un lento paso hacia ella.

—Kagome —dijo Kikyou, desconcertada—. Qué… ¿qué ha ocurrido? Por los kami…

Levantó una mano como si fuera a tocar la mejilla de la más joven, pero Kagome se retrajo.

—Quiero ver a Inuyasha —dijo sin más preámbulo.

Kikyou parpadeó, un frunce hizo que juntara las cejas. Negó con la cabeza lentamente.

—Kagome —intentó una vez más, estirando una mano.

—Quiero ver a Inuyasha —repitió Kagome.

Kikyou le cogió una de sus manos tentativamente, tirando de ella para que fuera hacia el banco.

—Siéntate —dijo—. Por favor, siéntate.

Kagome se sentó, todavía demasiado alterada como para oponer mucha resistencia. Parpadeó en dirección a Kikyou, preguntándose de repente cómo había llegado hasta allí. Le palpitaba la mejilla y podía sentir que la sangre manaba lentamente de un lado de su rostro.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Kikyou una vez más con voz suave mientras miraba el rostro de la más joven.

—… La corte —respondió Kagome con amargura, la realidad de lo que había ocurrido chocó contra ella de golpe.

Cerró las manos en temblorosos puños en la tela de su hakama, con los ojos cerrados con fuerza. Tenía ganas de llorar, pero no salió ninguna lágrima.

—Espera aquí un momento —ordenó Kikyou.

Kagome oyó sus pasos alejándose suavemente, preguntándose qué era lo que la había conducido a la residencia Fujiwara, de entre todos los sitios que había. Vio su rostro reflejado en las tranquilas aguas del estanque e hizo una mueca.

El lado izquierdo de su rostro se estaba poniendo rápidamente violáceo, un corte sangriento corría en paralelo a su pómulo. La mayor parte de la sangre de su rostro se había secado en una máscara horrible, marcas rojizas inflamadas rodeaban su garganta por donde la habían agarrado.

Se aproximó más al agua, encorvada y con la mirada fija. Se preguntó si de verdad era su rostro el que le devolvía la mirada con ojos fríos.

No estaba segura de cuánto tiempo pasó así, pero de repente había alguien a su lado. Levantó la mirada y descubrió que Kikyou había regresado con una bandeja llena de un sinnúmero de suministros médicos.

—Si no lo tratas, te quedará una cicatriz —dijo Kikyou, gesticulando hacia el banco.

Kagome simplemente se la quedó mirando un largo momento, aturdida ante la naturaleza irreal de toda la situación. Finalmente se levantó y se plantó otra vez en el banco, sin saber qué más hacer.

Kikyou se acomodó a su lado, dejando la bandeja entre ellas. Metió una pequeña tela en un cuenco de agua caliente, que humeaba en el frío aire. Retorció la tela para eliminar el exceso y la puso con cuidado en el rostro de Kagome.

Ella siseó, apartándose ante el primer contacto con su piel. Kikyou se detuvo, con la mano todavía extendida. Kagome se la quedó mirando, el repentino dolor aclaró algo de la niebla de su mente.

—Lo siento —murmuró sin saber por qué parte se estaba disculpando. Inclinó la cabeza, ofreciéndole la mejilla.

Kikyou retomó sus cuidadosas atenciones, limpiándole suavemente la sangre seca para revelar el alcance de la herida. Su rostro no reveló nada mientras trabajaba, salvo plena concentración.

—¿Qué ocurrió? —preguntó finalmente, pareciendo darse cuenta de que Kagome ahora estaba lo bastante coherente para dar una respuesta.

—Iba a ir a ver a Midoriko-sama —contestó Kagome en voz baja, haciendo una mueca cuando la tela pasó sobre la herida abierta—. Me emboscaron.

—¿Quién?

—No lo sé. Apenas pude verles —dijo en voz baja—. Todo ocurrió muy… ellos…

Se interrumpió. Kikyou no dijo nada durante unos instantes, depositando el paño ensangrentado en la bandeja y cogiendo un pequeño mortero lleno de hierbas medicinales. Empezó a triturar las hojas aromáticas.

—No lo dejaré pasar.

Kagome levantó la cabeza, girándose para mirar a la otra mujer. Sus ojos permanecieron fijos en su tarea, sus manos trabajaban incesantemente para crear una pasta acre. Kagome frunció el ceño, preguntándose si su audición se había visto afectada por el golpe en la cabeza.

Kikyou levantó los ojos y sus miradas se encontraron por primera vez desde que Kagome había entrado en la residencia Fujiwara.

—Apresarán a quienquiera que te haya hecho esto —dijo en voz baja—. Yo misma me encargaré de que los castiguen. También haré que se te asigne una guardia. Ya no se te permitirá vagar sola.

Kagome se la quedó mirando, con un frunce arrugando sus cejas. La mirada de Kikyou volvió a su trabajo.

—Sin duda no puedes comprender el cambio en mí —dijo en voz baja—. Yo apenas puedo entenderme en ocasiones. Estaba tan segura de que tenía razón… que el ejercicio de la ley sin compromiso, sin vacilación, restauraría el orden…

Se detuvo, negando con la cabeza. Levantó los ojos para encontrar una vez más los de Kagome. A Kagome le sorprendió ver el sufrimiento escrito directamente en sus facciones, en la vacilante línea de su boca y en las profundas arrugas de su frente. Se fue en un abrir y cerrar de ojos, alisada nuevamente en un semblante de calma, pero la visión se quedó grabada a fuego en la mente de Kagome.

—Cuando… Cuando vi a ese pequeño en la ceremonia —continuó—, me vi… a mí. Y me di cuenta de que, para él, yo era lo que habían sido los asesinos de mi clan para mí. Yo era… un monstruo.

Se quedó en silencio, cerrando los ojos. Las manos cesaron de mover la mano del mortero. Kagome la observó, la pena y la incertidumbre brotaron dentro de ella.

—¿Por qué no me detuvo? —dijo finalmente, la pregunta no era apenas más que un susurro.

—Necesitaba pruebas de que estabas equivocada —contestó Kikyou con voz ronca—. Necesitaba que fracasaras, sin mi interferencia, para que pudiera estar segura. Porque yo no estaba segura. Hace tiempo que no me he sentido completamente segura.

Una lágrima se escapó de sus párpados cerrados.

Kagome se inclinó instintivamente hacia delante por encima de la bandeja, encerrándola en un abrazo. Kikyou se tensó y se movió como para apartarse. Entonces un pequeño temblor atravesó su figura, delgada bajo el volumen de sus ropajes, y se entregó al abrazo.

—Tenía buenas intenciones —murmuró Kagome con honda emoción.

—¿Qué son las buenas intenciones para un niño huérfano? —repitió en voz baja—. Estaba ciega.

Kagome se echó ligeramente hacia atrás para mirarla a la cara.

—Usted vio lo que la criaron para ver —dijo, entristecida ante la implacable autocondena de la mujer—. No podía haber sabido…

—Para, Kagome —interrumpió Kikyou, negando tristemente con la cabeza—. No me excuses. No me merezco esa bondad, ni tampoco es lo que quiero. Otros en la corte lo vieron cuando yo no lo hice. Cuando no quise. Permíteme al menos la dignidad de sufrir por mis errores.

Kagome se apartó sin dejar de mirarla.

—Envié a dos personas inocentes a sus muertes —confesó Kikyou, encontrando sus ojos con calmada intensidad—. Le robé sus padres a un niño. E ignoré lo que podrían estar sufriendo cientos de miles de personas sin pensármelo dos veces.

Kagome estaba callada, asimilando la cruda confesión. La mujer quería reconocer sus errores y Kagome sabía que tenía razón en su deseo. No ofrecería consuelo alguno.

La más débil de las sonrisas curvó la comisura de los labios de Kikyou, una sombría satisfacción que nació de haberle puesto al fin voz a esas palabras.

—Gracias —murmuró, sus ojos cayeron hacia el mortero que estaba entre ellas.

Metió los dedos en la pasta que había creado, indicándole a Kagome que girase la cabeza.

Kagome así lo hizo, aunque continuó observándola por el rabillo del ojo.

Kikyou se inclinó hacia delante, esparciendo suavemente la pasta acre sobre la herida.

—Esto debería ayudar con la inflamación —dijo—. También parece lo bastante superficial para que no me haga pensar que dejará cicatriz.

Kagome asintió, haciendo una mueca cuando sus dedos rozaron una zona particularmente sensible. Arrugó la nariz ante el intenso olor.

—En cuanto a tu causa —dijo Kikyou, alejando la atención de Kagome del hedor—. Me gustaría ser de ayuda, pero necesitaré un tiempo. Pretendo estudiar los registros de la corte en relación con nuestros tratos con los de fuera de la corte. También volveré a leer una vez más los libros de leyes… con unos ojos más capaces de discernir, espero. No daré otro paso hasta que esté segura de que he investigado el caso en su totalidad.

—Lo entiendo —contestó Kagome, sospesándolo—. Preferiría que sacase sus propias conclusiones. Le proporcionaré cualquier información que pueda si la necesita.

Kikyou se echó hacia atrás, examinando su trabajo para asegurarse de que había sido meticulosa. Asintiendo, cogió tela de la bandeja y se limpió los restos de emplasto de los dedos. Kagome, al ver que había terminado, levantó una mano para tocar tentativamente alrededor de la herida.

Todavía dolía, pero las hierbas tenían un efecto calmante que era bien recibido. Un toque con la lengua dentro de su boca le aseguró que la herida ahí ahora solo sangraba lentamente. No era tan profunda como para no curarse sola.

Miró hacia la futura Emperatriz, preguntándose de repente por el grado de bondad que había mostrado al encargarse de ella personalmente cuando había multitud de sirvientas que podrían haber hecho esa tarea por ella.

Kikyou estaba reordenando la bandeja, poniendo todos sus contenidos de nuevo en el centro. Volvió a doblar la tela que había usado para limpiarse las manos, su concentración tal vez no igualaba la simpleza de tal tarea.

Levantó la mirada y a Kagome le decepcionó un poco ver que todo su anterior control había regresado a su expresión.

—No puedo permitirte ver a mi señor —dijo sin más preámbulo.

Kagome parpadeó. Un sonrojo calentó sus mejillas al recordar haber entrado de repente tropezando en la residencia, exigiendo ver a Inuyasha, y llamándolo de una forma tan familiar, por su nombre de pila, delante de la mujer que iba a ser su esposa. La vergüenza brotó acaloradamente en sus entrañas.

Aun así, aunque se había aliviado su ciega desesperación, quería verle.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja, con un tono de ruego en su voz que no pudo suprimir.

Por un momento, Kikyou bajó la mirada, pero la levantó rápidamente una vez más para encontrar sombríamente la de Kagome.

—Has hecho una declaración irrevocable ante la corte al celebrar los ritos —dijo—. Y sabes perfectamente que es una de las muchas con las que la corte no va a estar de acuerdo. Pronto llegará la respuesta negativa. Exigirán que se te castigue e indudablemente serán más numerosos que aquellos que apoyan tu causa. No has de preocuparte. Mi señor no va a castigarte. Yo no te castigaré. Y no permitiremos que nadie más inflija su propia justicia sobre ti o sobre los tuyos. Pero aunque podemos ganar tiempo con la apariencia de estar deliberando sobre el tema, si mi señor sale abiertamente en tu favor ahora, no tendrá ninguna oportunidad. Sus recursos son demasiado limitados.

Kagome frunció el ceño, sopesando esto. Tenía sentido y ciertamente Kikyou sabía más que ella sobre los asuntos internos de la corte. Además, la misma Kagome había oído una y otra vez por parte de Inuyasha insinuaciones de que, en el caso de que cualquier facción de la corte recobrase el suficiente poder para oponerse a él ahora, probablemente no acabaría a su favor. Simplemente no tenía la certeza de apoyo necesaria para ello.

Pero…

—Si me deja ver al Tennō-sama, tal vez pueda consultar con su ilustrísima cómo proceder. Le doy mi palabra de que no le obligaré a salir tan impetuosamente en apoyo de mi causa…

Pero Kikyou negó con la cabeza, con los labios afinándose en una línea inamovible.

—Si él… —vaciló, con la mandíbula apretada durante una fracción de segundo—. Si mi señor te viera como estás ahora, siento que mi señor sería incapaz de no actuar. No es de los que dejan que los abusos de poder transcurran sin más.

Hubo algo justo debajo de las palabras, algo que hizo que los hombros de Kikyou se tensasen y se le endureciera la expresión. Kagome la estudió durante un largo momento antes de asentir a regañadientes.

—Lo entiendo —concedió—. No iré a buscar a Su Majestad hasta que usted lo crea conveniente. Le… ¿Podría intentar explicárselo todo por mí a Su Majestad, por el momento?

La postura de la futura Emperatriz perdió algo de su rigidez y asintió.

—Por supuesto —aceptó—. Me aseguraré de que mi señor entienda completamente lo que ha ocurrido.

Kagome asintió, aunque no podía darle las gracias. Todavía le exasperaba un poco que le impidiera hablar con el hanyou.

Kikyou cogió la bandeja y se puso de pie.

—Si deseas regresar a la residencia Tachibana, enviaré guardias contigo —dijo—. También me aseguraré de que tengas una guardia permanente apostada alrededor de la residencia. No irás a ninguna parte de la corte sin escolta. ¿Lo comprendes?

Kagome indicó su comprensión y Kikyou se giró para volver a entrar en la residencia.

Al ver su figura retirándose, Kagome sintió un titilar de alegría en su pecho. Había sabido que Kikyou, en su interior, era alguien que de verdad deseaba hacer lo correcto. Le complacía que perseverar con los ritos le hubiera permitido ver las cosas a las que antes había estado ciega.

Y si se podía conmover a Kikyou, también se podría conmover a otros. Su causa no era imposible.

Un profundo dolor en su cuello mientras giraba la cabeza le recordó que también era peligrosa. Captó su reflejo una vez más en el agua y casi se encogió, a pesar de que ya estaba limpia de sangre.

Podrían haberla matado si hubieran querido. El solo pensarlo fue como fríos dedos cerniéndose sobre su espalda.

Habían dicho que harían algo peor si persistía.

Kagome se rodeó con los brazos, intentando repeler un repentino estremecimiento.


Kagome regresó a la residencia Tachibana con una capa prestada por Kikyou para cubrirse la cara y con una escolta de cuatro hombres. Una repentina ansiedad por el bienestar de sus amigos aceleró sus pasos. La idea de que cualquiera de ellos se atreviera a salir solo y se encontrara con el mismo destino que ella, tal vez con uno peor, le provocaba náuseas.

Sus temores fueron en vano. Encontró a Miroku, a Sango y a Shippou repantingados a salvo dentro de los muros de la residencia Tachibana, jugando una partida de go en uno de los porches que daban a la esquina occidental de los jardines. Un alivio vertiginoso la atravesó y abrazó a Shippou con fuerza.

Una buena cantidad de sorpresa, molestia e ira siguieron cuando se revelaron y explicaron las heridas de Kagome. Hizo falta un esfuerzo considerable por su parte para convencer a los tres de que no salieran inmediatamente a buscar venganza para ella.

Pero al final, Sango consiguió obligarla a ir a su habitación a descansar. La noble estaba convencida de que debía de estar exhausta después de tan dura experiencia y segura de que le iría bien dormir.

Aunque Kagome hubiera preferido quedarse en compañía de los demás, se entregó a la insistencia de la mujer, aunque solo fuera para ganarse un alivio temporal de tener que seguir discutiendo sobre el incidente. Verse obligada a examinar el recuerdo, dragar los detalles para ofrecérselos a sus amigos, era más difícil de lo que quería admitir.

Por desgracia, Shippou no fue a descansar con ella, ya que todavía era bastante temprano. La dejaron sola en sus aposentos con sus pensamientos.

Estuvo tumbada lo que le pareció una cantidad de tiempo interminable, con la mirada fija en el techo encima de su futón y esforzándose por no afligirse por lo que había pasado. A pesar de las promesas de protección de la futura Emperatriz y de sus amigos, un profundo desasosiego estaba empezando a apoderarse de ella.

¿Y si otros que habían mostrado su apoyo por la causa resultaban heridos? ¿Y si había puesto en peligro la posición de Inuyasha en la corte más de lo que Kikyou sospechaba? ¿Y si volvían a cogerla desprevenida? No podía permanecer bajo vigilancia para siempre.

Al recordar la sensación del aliento caliente contra su piel mientras el hombre casi la estrangulaba, no dudó de que eran capaces de hacer algo mucho peor que matarla.

Kagome se puso de lado, aovillándose por debajo de las mantas. Todavía le dolía el cuello y el rostro le palpitaba ligeramente donde la tela de su almohada rozaba contra él.

Cerró los ojos, intentando ralentizar los giros turbulentos de sus pensamientos. Ahora era inútil tener dudas sobre lo que había hecho. No había estado equivocada. No estaba equivocada. Simplemente necesitaba lidiar con lo que fuera a llegar lo mejor que pudiera. Los kami seguramente no iban a pedirle más que eso.

Aun así, cuando el tumulto de sus pensamientos al fin cesó y le dejó dormir, Kagome se sintió pequeña y asustada en la oscuridad de la habitación.


—Lo has hecho bien, Kagura —dijo una voz arrastrando las palabras, al halago le falta una auténtica calidez—. Al anticipar lo lejos que se atrevería a ir la chica con esto.

Un sonido evasivo resonó en la oscuridad en respuesta.

—Con los de su clase difícilmente hace falta pensar mucho, Naraku-sama —dijo una voz de mujer—. Póngale algo así delante de ella y casi no hay otra manera en la que reaccionaría. En realidad, es patético.

—Ya, ya —contestó la primera voz con un deje burlón—. No todos podemos ser tan retorcidos como tú, Kagura. Dale a la chica el debido crédito por su moralidad. Después de todo, me va a venir bien. Y cuanto más rápido consiga lo que quiero, más rápido puedes conseguir tú lo que quieres.

Un momento de silencio se extendió tensamente.

—¿Hay alguna razón para que me haya llamado hoy, Naraku-sama? —dijo finalmente la voz femenina con tono tenso.

—Haz que el chico siga vigilándola de cerca —contestó la voz—. Pero sin actuar. Conozco bastante bien los corazones de la corte como para ver que la despacharán alegremente en una puja desesperada por preservar su poder. No van a dejar que tal amenaza a su modo de vida permanezca mucho entre ellos. Así que les dejaremos que se ensucien ellos las manos con su sangre. Solo tienes que estar lo suficientemente cerca cuando caiga el cuerpo para recuperar para mí lo que deseo.

—¿La Shikon no Tama?

—Tu libertad y la mía, Kagura.

—… Lo entiendo. ¿Hay algo más que deba tener en cuenta?

—Siéntete libre de avivar el fuego cuando puedas sin llamar la atención —contestó la voz con suavidad—. Y si no encuentras oportunidades, relájate. Los preparativos están casi completos. Acomódate y disfruta del comienzo de una nueva era.


Un momento de completa desorientación la sorprendió al despertarse. Estaba ciega en la pesada oscuridad en la que se despertó, preguntándose dónde estaba, quién era…

Sus ojos se adaptaron lentamente y Kagome recuperó la orientación. Los restos del sueño se alejaron de ella mientras se liberaba del embrollo de su futón, dejando solo sudor frío y una vaga sensación de premonición tras ellos.

Al moverse con cuidado en la oscuridad de la habitación para sacarse su ahora húmeda yukata de dormir, Kagome distinguió la silueta de una ventana baja. Se le ocurrió que el aire fresco sería un alivio bien recibido. Notaba la habitación agobiante.

Buscó a tientas en la oscuridad, sus dedos palparon la madera del marco en busca del pestillo que abriría el postigo. Finalmente lo encontró y lo sintió soltarse bajo su mano. Abrió la ventana una fracción, recibiendo el frío aire que entró revoloteando con un suspiro de alivio.

Un cielo nocturno lleno de estrellas y sin luna llenaba el marco de la ventana.

Kagome se dio cuenta con un sobresalto de que era la noche de la luna nueva. Toga la estaría esperando.

Corrió hacia su arcón, sacándose rápidamente la yukata de dormir y poniéndose su traje de miko. Rezó para no haber dormido demasiado. Seguro que Toga no iba a esperar durante horas a que fuera hasta él.

Sus manos se ralentizaron en los lazos de su traje al recordar el estado de su apariencia. ¿Podía arriesgarse a que la viera así? ¿Quería que así fuera?

Pero sí que quería verle. Le había prestado su oído para sus problemas y tenía mucho dentro a lo que estaba ansiosa por darle voz.

Sí, tenía muchas ganas de verle.

Encontró el chal que había tomado prestado antes de Kikyou y lo envolvió una vez más alrededor de su rostro. Seguro que entre él y la oscuridad de la noche podrían ocultarle la desfiguración de su rostro.

También cogió su arco, incluso mientras su corazón vacilaba ante la idea de volver a atreverse a salir sola. Ciertamente no podía hacer que un guardia la acompañase para esto. Por muy inocentes que fueran sus encuentros, su carácter sería irredimible a ojos de la corte si la descubrían. Toga también podría sufrir por ello.

Solo podía estar preparada y rezarles a los kami pidiendo su protección hasta que llegase al árbol.

Se detuvo tras avanzar hacia la puerta shoji. Podía oír voces murmurando justo al otro lado. Probablemente sirvientes que pasaban por allí. Esperó en silencio a que se alejaran.

Pero las voces permanecieron allí. Kagome frunció el ceño, preguntándose tras varios minutos por qué no se movían. Un movimiento, el sonido de una armadura colocándose, le dio la respuesta.

Sango o Miroku debían de haberles ordenado a algunos de los guardias que vigilaran su puerta. Maldijo su consideración, aunque estaba agradecida por ella. Los guardias ciertamente no iban a dejar su puerta en ningún momento de esa noche.

Pero Kagome estaba decidida. Volvió a ir hacia la ventana. Era lo suficientemente grande para permitirle el paso y se deslizó a través de ella hacia el jardín que había al otro lado.

Se detuvo allí por un momento, pensando. Los guardias probablemente también seguían apostados en la entrada principal de la residencia. Iba a ser imposible pasar a través de ellos por allí.

Un árbol cercano, con sus grandes ramas saliendo por encima del muro exterior de la residencia le ofreció una solución a su dilema. Había sido bastante experta en escalar árboles en su juventud.

Se decidió a demostrarse que era igual de experta como adulta. Le hizo falta poco esfuerzo para escalar el árbol y caer ligeramente al otro lado del muro.

Un momento de pánico chocó contra ella cuando sus pies tocaron el suelo, casi envolviéndola con su intensidad. Se obligó a respirar por un momento, cerrando los ojos y extendiendo sus sentidos para asegurarse de que nadie acechaba por ninguna esquina.

Sentía las calles completamente vacías. Se riñó en silencio por lo irracional de su miedo. Tras respirar hondo de nuevo, se encaminó corriendo a toda velocidad hacia el Goshinboku.

A primera vista, el En no Matsubara parecía vacío. A Kagome se le encogió el corazón. Debía de haber dormido hasta muy tarde y él se había cansado de esperarla.

Pero cuando se giraba para marcharse, una sombra se echó hacia delante de entre la profunda sombra en la base del Goshinboku. La silueta era inconfundible.

—¡Toga!

No pudo contener el grito mientras corría hacia él. Por un momento pareció como si fuera a avanzar para encontrarla a medio camino, pero en cambio se cruzó de brazos y se quedó esperando.

Kagome sintió una pequeña punzada de decepción, pero se recordó rápidamente que era mejor que no se acercase demasiado. Tiró del chal, cohibida, para asegurarse de que seguía en su sitio, deteniéndose a una distancia segura de él.

—Así que has decidido aparecer, ¿eh? —dijo a modo de saludo.

—Da gracias de que vine siquiera —resopló Kagome, aunque todavía sonreía—. No fue pequeño el logro de llegar hasta aquí sin que me vieran.

—¿Que dé gracias? —dijo entre dientes y ella notó por primera vez la auténtica tensión que atravesaba su figura—. Idiota. Habría dado las gracias si hubieras tenido el sentido común de no venir.

La miró con furia, los ojos castaños brillaban en la oscuridad. Kagome frunció el ceño, genuinamente dolida.

—Oh… —dijo ella, bajando los ojos hacia el suelo entre ellos—. Yo… pensaba… Es decir, dijiste…

Vaciló, sintiéndose tonta por haber estado tan ansiosa por venir cuando él obviamente no tenía ganas de verla. Negó con la cabeza.

—Da igual —dijo en voz baja, tanto para ella como para él—. Me… me iré…

Una mano en su brazo la hizo quedarse cuando se giraba para marcharse.

—¿De verdad crees que voy a dejar que vagues sola otra vez por ahí, tonta? —soltó Toga detrás de ella—. ¡Kami! ¡No tienes una jodida idea de la clase de peligros en la que te pusiste al celebrar esos ritos!

—¡Sí que tengo idea! —soltó Kagome, liberando su brazo de él.

No se dio la vuelta para encararlo. Podía sentir que estaba cerca a su espalda y a una distancia a la que seguramente podría distinguir su rostro con claridad.

—Si lo sabes, ¿por qué has venido? —gruñó—. ¿Temeridad? ¿Idiotez? ¿Qué te lleva a jugar con tu propia vida, Kagome?

—¡Solo quería verte!

Silencio. Las palabras pendieron entre ellos y Kagome se sonrojó por haberlas dejado escapar.

—Una vez me dijiste que podía hablar contigo —murmuró para ocultar su vergüenza—. Y ahora me vendría bien alguien con quien hablar. Mis amigos tienen buenas intenciones, pero no lo entienden. Y la única otra persona a la que se lo podría contar no quiere verme.

Varios momentos más de silencio. Luego la mano volvió a su brazo, tirando ligeramente.

—Ven —masculló, tirando de ella hacia el árbol.

Lo siguió, con la cabeza cuidadosamente inclinada para mantener el rostro oculto.

Él se sentó en una raíz y ella en otra, posicionándose en las sombras para mantenerse oculta.

Él no dijo nada, pero Kagome pudo sentir sus ojos sobre ella. Jugueteó con las manos en su regazo, finalmente arriesgándose a mirarlo por entre sus pestañas.

La estaba mirando fijamente, su expresión era adusta y… algo más. Algo a lo que no podía ponerle nombre.

—Entonces ¿sabes lo de la ceremonia? —dijo ella en voz baja.

Él asintió, con un brusco movimiento de cabeza.

—¿Crees que estaba equivocada?

Se dijo en silencio que no importaba si pensaba que se equivocaba. Sabía que había hecho lo correcto. Eso era suficiente.

Aun así, de algún modo importaba.

Él gruñó, pasándose una mano bruscamente por su rostro.

—Maldita sea, Kagome —soltó.

Hizo una pausa, frunciendo el ceño en dirección al suelo mientras intentaba componer alguna suerte de respuesta.

—No creo que estuvieras equivocada —dijo finalmente, encontrando sus ojos—. Entiendo por qué lo hiciste. Entiendo por qué necesitabas hacerlo. Pero… kami, Kagome, ¿cuántas veces voy a tener que verte haciendo esto?

Se inclinó hacia delante y ella observó, embelesada, mientras su mano subía tentativamente para tocar un lado de su rostro. Su corazón dio tumbos contra sus costillas.

Pero la mano de él se acercó más y ella se encogió al recordar sus heridas. Él se puso tenso, agudizando la mirada.

—¿Por qué tienes ese chal, Kagome? —dijo en voz baja, agarrando la tela con la mano.

—Hace… hace frío fuera —tartamudeó Kagome, temiendo echarse hacia atrás por si se le quedaba el chal en la mano.

Él captó su mirada, perforándola con los ojos. Kagome vaciló, apartando la mirada. Con un gruñido, él le sacó el chal de un tirón.

Kagome cerró los ojos con fuerza instintivamente. En la oscuridad tras sus párpados, el consiguiente silencio se extendió de forma interminable.

—¿Quién?

La palabra, tan baja que pudo sentirla en sus huesos, hizo que Kagome se estremeciera. No se atrevió a abrir los ojos.

—Toga…

Las manos ahuecaron su rostro, dirigiéndolo hacia él mientras se ponía en pie para cernirse sobre ella.

—¿Quién te tocó? —gruñó, su aliento era cálido contra su rostro alzado—. ¡Mírame, Kagome!

Sus ojos se abrieron por voluntad propia.

Estaba lo suficientemente cerca para que sus frentes casi se tocasen. Las pupilas de sus ojos estaban dilatadas y oscuras. Su rostro estaba plagado de ira apenas contenida, aunque las manos contra su rostro ejercían gran cuidado.

—No lo sé —dijo, incapaz de alejar el ligero temblor de su voz—. No pude verles. Por favor, cálmate…

Él negó con la cabeza, con la mandíbula apretada espasmódicamente.

—¡No! ¡No! ¡No más calma! ¡No más estrategia! —soltó—. ¡No más dejar que esos malnacidos se salgan con lo que jodidamente quieran! Cometieron el error de tocarte y ahora van a pagar por una vez con sus miserables vidas.

—¡Toga, para, por favor! No soy responsabilidad tuya. Y escogí hacer lo que hice sabiendo perfectamente bien cuál sería el resultado.

—¡Que no eres responsabilidad…! —empezó, entonces pareció interrumpirse—. Kagome, tienen que sufrir. Yo necesito que sufran. Podrían haberte matado. Me sorprende que no lo hicieran. Y solo es cuestión de tiempo antes de que vuelvan a intentarlo. Si no les muestro ahora que no pueden hacer esto, no se detendrán. Nunca estarás a salvo.

Justo debajo de la ira había desesperación. Sintió el ligero temblor que pasó por sus manos. Lo vio en los músculos tensos.

Levantó lentamente las manos, tentativamente, para ahuecar ella su rostro. Apoyó ligeramente su frente contra la de él, encontrando sus ojos. La ira en su expresión se atenuó, apagada por el sonrojo que subió por su cuello con tanta intensidad que era obvio incluso en la oscuridad.

—Gracias —murmuró Kagome, las palabras se pronunciaron en voz baja y con sentimiento—. Significa más para mí de lo que puedes saber. Y estoy de acuerdo con que no se les debería permitir a los cortesanos que hagan sencillamente lo que quieran sin temer las consecuencias de sus actos. Pero no ayudará hacerles daño. Solo va a envenenarlos más contra mí y entonces no habría esperanza. Así que, por favor, preocúpate por mí si no puedes hacerlo por ellos.

—Ellos no se merecen mi preocupación —resopló, pero sus ojos estaban llenos de ternura mientras miraban los de ella.

Kagome le ofreció una pequeña sonrisa, sintiendo que este era todo el acuerdo que conseguiría de él.

Pero su expresión solo se volvió más seria, entrecerrando los ojos. El silencio se extendió durante un largo momento mientras simplemente la miraba, sus ojos trazaron la herida de su mejilla varias veces.

Finalmente algo pareció ceder detrás de sus ojos y se inclinó hacia un lado, la calidez de su frente abandonó la suya. Kagome sintió una punzada de decepción al darse cuenta de que iba a apartarse.

Y entonces se inclinó hacia delante, su mejilla rozó su mejilla herida. Abrió los ojos como platos al sentir sus labios con la suavidad de una pluma sobre la piel moteada de su herida.

—Lo siento, Kagome —murmuró—. Lo juro, no volveré a dejarte sola.

Kagome apenas oyó las palabras por encima del martilleo de su pulso en sus oídos. Sentía su mejilla demasiado caliente donde la habían tocado sus labios.

Sus brazos lo rodearon, buscando su calidez y solidez. Él la rodeó con los suyos en respuesta.

Se quedaron así durante un rato, hasta que finalmente él se apartó y la escoltó hasta la residencia Tachibana. La ayudó a volver a escalar el muro trasero antes de desaparecer por la calle mientras amanecía sobre la corte.

Kagome regresó a su habitación y se quedó sentada en silencio durante un largo rato, la calidez de los ojos de él la persiguió.


A Kagome la dejaron descansar durante todo un día, sin interrupción salvo por los momentos en los que las más oscuras contemplaciones se apoderaban de ella, antes de que ocurriesen las predicciones de Kikyou.

Multitudes de cortesanos llenaron las calles, rodeando la residencia Tachibana. A Kagome la informó un guardia de que habían rodeado algunas residencias de sus simpatizantes, la puerta exterior del Dairi y también el Chūwain. No podía salir de la residencia para verlo ella misma o para velar por su seguridad, como deseaba.

Los guardias contuvieron a la muchedumbre, pero los cortesanos clamaron su castigo durante todo el día. Ni siquiera los sirvientes podían atreverse a salir.

Los cortesanos exigieron muy ruidosamente la remoción de Kagome, algunos incluso su ejecución. Era un objetivo fácil y obvio, y no se había esperado nada menos. Pero a Miroku pareció dolerle y estuvo callado y retraído durante todo el día.

Kagome, Sango y Shippou lo hicieron lo mejor que pudieron para mantenerse ocupados. Había poco que hacer más que esperar a que los alborotadores se cansasen.

Sin embargo, las cosas se vieron obligadas a parar mucho más rápido que eso. Al final del día se les informó de que el Tennō había ordenado una reunión de toda la corte para hablar del tema que tendría lugar al día siguiente.

Kagome sintió un momento de inquietud sobre esto, pero se recordó que Kikyou debía de haber hablado con él. La futura Emperatriz evitaría que hiciera algo audaz. Probablemente solo sería una reunión para anunciar que estaba deliberando sobre qué camino tomar en relación con el incidente. Serviría para acallar a los alborotadores por un tiempo.

Aun así, durmió a ratos, los gritos de los cortesanos pidiendo su cabeza resonaron por las calles.


Los guardias flanquearon a Kagome en un círculo apretado mientras esperaba justo fuera del Daigokuden. La totalidad de la corte la esperaba en el interior. Como la primera vez hacía tantas lunas, iba a entrar sola, un único espectáculo para la corte.

Las sirvientas de los Tachibana la habían preparado esa mañana, intentando convencerla insistentemente de que se pusiera un juni-hito. Ella se negó a pesar de su insistencia de que eso podría suavizar su imagen a ojos de la corte, o al menos distraerles del papel que había tenido como espiritista en la ceremonia.

Por lo que a Kagome respectaba, cualquier cosa que no fuera su traje de miko habría sigo una negación de lo que había hecho. No se comprometería con la esperanza de su simpatía.

Pero sí les permitió que le cubrieran los rasguños con polvo blanquecino. Hasta ahora estaba segura de que Inuyasha no debía de saber nada de sus heridas y no tenía ningún deseo de molestarlo y posiblemente perturbarlo ante los ojos de toda la corte.

Pero por toda su anterior certeza, Kagome sintió náuseas mientras esperaba a que la llamaran para entrar. La idea de que la pasearan ante los ojos condenatorios de aquellos que tan solo el día anterior habían pedido su muerte, o de estar en la misma sala que aquellos que la habían emboscado y amenazado con un final espantoso si continuaba con su causa…

Pero las puertas se estaban abriendo y los guardias que la rodeaban, avanzando. Mordiéndose el labio, Kagome entró.

La sala ya no estaba dividida por clanes. Esa distinción había dado paso a la división entre sus simpatizantes y el resto de la corte, sentados en inquieto silencio en lados opuestos de la sala. Los abanicos estaban quietos. Incluso los colores de las galas parecían apagados para la ocasión.

Miroku, Sango y Midoriko estaban sentados a la cabeza de sus simpatizantes, con la mirada fija y firme en los rostros de sus oponentes. Los Taira estaban sentados a la cabeza de la oposición, sus ojos ardían con una extraña luz entusiasta mientras Kagome avanzaba por el pasillo que separaba ambas facciones.

Los guardias se pusieron a los lados cuando llegó al pie de la tarima, aunque se quedaron lo suficientemente cerca como para acudir rápidamente a su lado si fuese necesario. Sin ellos flanqueándola, Kagome se sintió desnuda, vulnerable, mientras se arrodillaba y hacía una profunda reverencia ante la tarima.

—Su Majestad, Fujiwara-sama, he venido tal y como me han llamado —dijo a modo de saludo.

Por el rabillo del ojo vio que alguien entre la oposición se ponía en pie. Era una humana, alguien a quien Kagome no conocía ni por su nombre ni por su clan.

—Su Majestad, sentimos que es nuestro deber pedir la remoción inmediata de esta blasfema contra nuestra ley sagrada —dijo, ni siquiera esperando a que la llamara el Tennō.

Kagome se enderezó de su reverencia, girándose para observar con los ojos bien abiertos. Una mirada a Kikyou donde estaba sentada en la tarima confirmó sus sospechas sobre la completa falta de decoro de tal arrebato. La espalda de la futura Emperatriz se había puesto tiesa como una baqueta, su mirada era lo bastante afilada como para cortar.

Kagura se puso de pie, dirigiéndole una mirada silenciadora a la humana. Abrió su abanico, de un intenso color carmesí.

—Su Majestad —dijo arrastrando las palabras—. En realidad, sentimos que el exilio es un castigo demasiado leve para una ofensa como la de la miko. La ley es clara al respecto. La ejecución es el único castigo adecuado para sus transgresiones. ¿No es así, Fujiwara-sama?

Kagome casi se encogió ante este golpe. Vio que Kikyou palidecía, la línea de su boca se endureció.

Miroku se puso de pie antes de que la futura Emperatriz pudiera recomponerse lo suficiente para responder, su expresión estaba desprovista de su habitual levedad. Aferró su báculo con sus manos de nudillos blancos, con los ojos fijos en Kagura.

—Entonces ¿solo castigaría a Kagome-sama? —dijo—. ¿Qué hay de los demás que participaron? ¿Qué hay de mí, que fui quien instó la ceremonia desde el principio? Son unos cobardes. Señalan a Kagome-sama para el castigo más severo porque creen que no tiene el apoyo suficiente que la salve de él. ¡No voy a consentirlo!

—Si tan ansioso está porque lo castiguen por sus crímenes, no se lo negaremos de ninguna manera, houshi-sama —dijo un youkai, poniéndose de pie—. Su Majestad, también solicitamos la ejecución del houshi. Hace tiempo que dejamos de consentir su presencia entre nosotros.

—Entonces tendrán que pedir la mía también —dijo Sango, levantándose con alta dignidad para ponerse al lado de Miroku—. Yo participé con tanto entusiasmo como houshi-sama o Kagome-sama.

Un coro de voces siguió a la suya, muchos de los simpatizantes se pusieron en pie. Un gran grupo de la oposición se levantó para enfrentarse a ellos. El clamor de las voces se incrementó, todos parecieron hablar a la vez. Volaron los insultos y las amenazas, y Kagome sintió un momento de pánico al darse cuenta de que pronto llegarían a las manos.

—¡BASTA!

El bramido resonó sobre el caótico escándalo, exigiendo atención.

La sala se quedó en silencio. Todos los ojos se dirigieron hacia la pantalla.

—¡No recordamos haberle dado a ninguno de vosotros el turno de palabra! —gruñó el Tennō, su figura se alzó imponente detrás de la pantalla—. Ahora tomad vuestros asientos y callaos, o haremos que el siguiente que hable sea castigado.

Los cortesanos vacilaron, intercambiando miradas dubitativas. Kagura tenía las cejas alzadas, con los labios apretados mientras sopesaba la figura detrás de la pantalla con ojos astutos.

—¡Ya! —bramó el Tennō una vez más, su tono no toleraba discusión.

Lentamente y a regañadientes, los cortesanos volvieron a sentarse. Tras unos momentos, todos estuvieron nuevamente sentados y en silencio, con sus miradas taciturnas fijas en la tarima.

Kagome se dio cuenta de que Kikyou parecía sorprendida, tenía el ceño ligeramente fruncido. Su abanico se alzó para cubrirse la boca, disimulando el frunce que se estaba formando allí.

El silencio se extendió durante varios momentos detrás de la pantalla. La figura del Tennō no se movió en lo más mínimo, pero Kagome podía sentir sus ojos sobre todos ellos.

Podía sentir sus ojos persistentemente sobre ella.

—No os equivoquéis —llegó su voz finalmente, cuando el silencio se había extendido hasta volverse tenso—. Esto no es un juicio. No vamos a escuchar vuestras quejas ni vamos a juzgar a Kagome en el día de hoy.

Nadie se atrevió a hablar, pero los cortesanos del lado de los Taira intercambiaron miradas indignadas. Se abrieron abanicos con enfado, ondeando nítidas condenas a sus palabras.

Kagome no pudo suprimir una ligera sonrisa de satisfacción.

Desapareció con bastante rapidez.

—Como hemos dicho, esto no es un juicio —reiteró el Tennō—. Es el fin al caos de esta corte y el comienzo de mi reinado como vuestro verdadero soberano.

Kagome se quedó paralizada. Kikyou se quedó paralizada. Los cortesanos se quedaron quietos.

Hubo un fulgor de youki por detrás de la pantalla, uno que Kagome reconoció con un sobresalto. Una segunda sombra se alzó imponente por detrás de la pantalla y abrió los ojos como platos. Incluso Kikyou parecía a punto de levantarse de su asiento.

Y entonces, con un golpe descendente, el sonido de madera y seda desgarradas llenó la sala.

La gran espada de Inuyasha, la gran espada de su padre, la espada de los honorables gobernantes antes que él remontándose a la antigüedad sin documentar, partió la pantalla de seda por la mitad.

La sala se estremeció con la fuerza del golpe. Una gran ola del youki del hanyou atravesó la sala como un temporal del oeste. Kagome se quedó boquiabierta mientras los remanentes de la pantalla se deslizaban por los peldaños de la tarima para descansar rotos a sus pies.

Inuyasha permaneció en lo alto de la tarima, con la espada colocada ante él como si fuera a la batalla. Tenía los ojos ardientes, pero había una especie de feroz alegría allí que Kagome nunca le había visto antes.

Con un diestro movimiento de muñeca, plantó la espada a su lado, enorme y palpitante en su estado de transformación. Plantó los pies y miró hacia la sorprendida multitud de cortesanos, pareciendo encontrar cada par de ojos con la fuerza de su mirada.

—¡Soy Inuyasha, hijo del gran Inu no Taisho! —bramó—. En mi mano está la espada de mi padre, Tessaiga, con la que él derribó a miles para proteger esta corte y este país. ¡Yo la he reclamado y ahora os la presento como prueba de mi derecho a gobernar! Pero gobernaré, no bajo los dictados del pasado, no de una manera diseñada para complacer a la corte, ¡sino como yo estime conveniente! ¡Tal es mi derecho como vuestro soberano! ¡No voy a jugar a más juegos con vosotros!

Se detuvo y sus ojos conectaron con los de Kagome. Bajó lentamente las escaleras de la tarima, alzando la enormidad de la espada sin esfuerzo sobre un hombro. Pasó al lado de Kikyou, que ahora lo miraba abiertamente boquiabierta, pero no parecía capaz de moverse para detenerlo.

Tal vez pensaba que todo era solo un sueño. Kagome estaba empezando a sospechar eso mismo.

Pero la mano que acabó descansando sobre su hombro era cálida y real. Se quedó mirando su rostro, boquiabierta mientras él se giraba para dirigirse una vez más hacia la multitud.

—¡Tampoco ocultaré mi posición para mediar con aquellos de vosotros a los que pueda ofender! —continuó y Kagome sintió que las palabras reverberaban a través de ella desde la mano que ardía sobre su hombro—. ¡Me posiciono al lado de quienes celebraron los ritos! ¡Me posiciono al lado del plebeyo, que es tanto mi súbdito como cualquier cortesano! ¡Me posiciono con aquellos que tienen a la humanidad, no a la ley arcaica, como sagrada! ¡Y juro ante vosotros, que si le pasa algo a aquellos al lado de quienes he decidido posicionarme por parte de aquellos que son lo suficientemente cobardes como para atacar bajo la protección de la noche, que haré que caiga rápidamente un castigo sobre ellos! ¡No os equivoquéis, con el colmillo de hierro de mi padre, repartiré mi justicia!

Con sus ojos como dos soles centelleantes de triunfo, bajó la mirada hacia el rostro alzado de Kagome.

Y en ese momento Kagome lo supo. Había destrozado la pantalla por ella.


Nota de la traductora: ¡Hola a todos! Siento no estar contestando los reviews, pero llevo unas semanas en las que voy a mil por hora y no me da tiempo a mucho más. Intentaré ponerme a ello lo antes posible.

Pensaba que no iba a llegar al plazo que me había fijado para actualizar, pero aquí tenéis el capítulo. Espero que os haya gustado mucho.

¡Muchísimas gracias por los reviews y los favoritos y alertas! Cada vez que veo una notificación de esta historia me sube la motivación para seguir.

El siguiente espero tenerlo listo para el 2 de octubre si todo va como lo tengo previsto, así que pido vuestra paciencia una vez más.

¡Hasta la próxima!