Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 19: De reacciones y rupturas
El tiempo pareció detenerse. Tal vez estaba roto. Esa era la única forma en la que Kagome podía pensar para describir la discordancia del momento.
Inuyasha ni siquiera les permitió a los cortesanos el tiempo de tomar aliento para discutir, alzando su espada significativamente y declarando que había terminado la reunión segundos después de que hubiera terminado con su empresa.
No es que pareciera que los cortesanos fueran a discutir. Muchos de ellos se quedaron aun así boquiabiertos, paralizados, mientras intentaban comprender que cientos de años de tradición acababan de romperse delante de sus mismísimos ojos. Kagome podría haber encontrado el panorama cómico, si hubiera estado alerta para apreciarlo.
Tal como estaba, se encontraba agarrada firmemente por la muñeca y siendo arrastrada para salir del Daigokuden. En cuanto estuvieron fuera del edificio al que la habían llevado y en lo que pareció el espacio de solo unos saltos para su mente exhausta, estuvieron dentro del Dairi.
Unos cuantos tirones más la llevaron hasta los confines de los aposentos de Inuyasha en el Jijūden. Parpadeó varias veces, mirando impasiblemente la desordenada habitación.
Y entonces Inuyasha entró en su campo visual, con una sonrisa ferozmente triunfal y la completa realidad de la situación casi la arrolló.
—¿Viste sus caras? —se jactó, alzando a Tessaiga con una mano para mirar al colmillo con una recién descubierta apreciación—. En cuanto vieron que tenía la espada del viejo se acabó. No pudieron decir ni una maldita palabra. Kami, eso fue… fue…
Su mirada se dirigió hacia ella, como si esperase que completase la opinión en su lugar. Algo del entusiasmo se desvaneció de él ante la cruda incredulidad de su expresión. Su júbilo se redujo un poco mientras daba un paso hacia ella.
—Kagome…
No fue una decisión consciente. No siquiera una noción a medio formar.
No obstante, la palma de Kagome impactó sólidamente contra un lado de su rostro.
—¿En qué estabas pensando? —gritó, su ira se encendió en una repentina llamarada—. ¡Cómo pudiste hacer eso, Inuyasha! ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?
Fue su turno de quedarse boquiabierto, con el ceño fruncido en gesto incrédulo mientras su mejilla enrojecía. Un resoplido de incredulidad salió de él, su boca trabajó silenciosamente durante largos momentos. Kagome se mordió el labio, mirándolo más amenazadoramente mientras aguardaba una respuesta. Tenía las manos cerradas en puño con tanta fuerza que sentía como si sus uñas fueran a perforar la piel de sus palmas.
—¡Por los siete infiernos, niña! ¿Qué pasa? —soltó finalmente, su cólera se incrementó para igualar la de ella. Se acercó aún más, cerniéndose amenazadoramente sobre su delgada figura.
La mano de Kagome salió disparada, intentando alejarlo con rabia e infructuosamente de su espacio vital.
—No te atrevas a hablarme así, ahora no —dijo entre dientes, estirándose en toda su altura en respuesta—. ¡Tenías que actuar estratégicamente! ¡Tenías que darles tiempo a los cortesanos para que se calmasen! ¡No tenías que destruirlo todo! ¡Prácticamente los has desafiado a que te quiten el trono! ¿Qué pudo haberte llevado a…?
Pero se mordió la lengua antes de que el resto de su opinión escapase de ella. Sabía por qué lo había hecho. Lo sabía con una certeza que la asustaba. Oírlo en voz alta no era algo que fuera a darle igual en ese momento.
—¿Cómo pudiste? —continuó en cambio—. ¿Cómo pudiste arriesgar todo por lo que hemos trabajado?
—¡Te defendí! —dijo, su rostro estaba peligrosamente cerca del suyo—. ¡Defendí a tu gente! ¡Incluso hablé de la jodida forma que me enseñaste! ¿Y ahora te atreves a venirme con esta mierda?
—No recuerdo haberte pedido que hicieras nada —soltó Kagome, encontrando su mirada—. Nunca te habría pedido que te pusieras en esta… clase de… vulnerable…
Negó con la cabeza, apretando la mandíbula para contener las lágrimas que de repente amenazaban con salir. Se mordió el labio con fuerza, demasiado enfadada como para permitirse llorar delante de él.
—No es algo que deberías pedirme que haga —dijo en voz baja, y Kagome llevó sus ojos ardientes otra vez a su rostro.
Su mirada no estaba sobre ella, sino fija con testarudez en algún punto por encima de su hombro izquierdo. Seguía tenso, inquieto, pero la cruda ira ya no estaba allí.
Volvió los ojos hacia ella a regañadientes. Soltó una exhalación, negando con la cabeza.
—No me dan miedo, Kagome —dijo con la cansada paciencia de explicarle lo obvio a un niño—, y ya era hora. Tú ya me mostraste que habíamos terminado de jugar con ellos cuando hiciste la ceremonia. Yo solo lo dejé más claro. Es que, venga ya. ¿De verdad querías que jugase a lamerles el culo con esto? ¿Que les dejase pensar que habían ganado, después de todo? Porque eso es lo que habría pasado. Esquivarlo habría sido solo otra excusa más para que esos bastardos nos ignorasen a ti y a mí e hicieran lo que les viniera en gana.
—Pero todavía no tienes suficientes apoyos —contestó Kagome con tono de súplica, amainando su ira en respuesta—. No tienes forma de saber cómo va a resultar esto, que no va a provocar que se rebelen abiertamente.
Inuyasha resopló, sus hombros hicieron un brusco encogimiento. Kagome frunció el ceño.
—Los dos hemos sabido desde el principio que era cuestión de tiempo. Quieren sacarme del trono, preferiblemente muerto, y la única cuestión para ellos es el cuándo. Lo único que hice fue obligarlos a hacerlo con mis términos —respondió sin rodeos—. Además, ahora que saben que tengo la espada del viejo, estoy seguro de que se lo pensarán dos veces antes de hacer nada. Mientras tanto, pensaremos en algo.
Kagome casi gruñó, apoyando una mano contra sus ojos con cansancio.
—No has pensado bien esto en absoluto, ¿verdad? —preguntó, ya miserablemente consciente de su respuesta.
Él no contestó a su cólera con la propia en esta ocasión. En su lugar, su expresión se tornó solemne, con los ojos yendo casi inconscientemente hacia su mejilla herida.
—No tuve que pensar esto —dijo, en una voz tan baja que ella apenas entendió las palabras.
Lo que quedaba de la ira de Kagome la abandonó. Tras ello, la repentina percatación de su presencia se apoderó de ella. Que estuviera allí, que estuvieran solos juntos por primera vez en días, la golpeó con una fuerza inusual.
Habían pasado escasos días desde que se viera obligada a enfrentarse a la naturaleza de sus sentimientos y de repente no pudo evitar sentir que estos sentimientos debían de estar inscritos de alguna forma por sus facciones de forma que él pudiera verlos.
Su corazón empezó a acelerarse hasta un pesado tamborileo que resonó en sus oídos y pudo sentir el sonrojo elevándose ardientemente en su rostro. Kagome parpadeó, bajando los ojos a sus pies.
No. No, no. Había enterrado esos sentimientos. Los había enterrado muy profundamente. No había razón para ponerse nerviosa por estar a solas con él. Era una completa estupidez.
Pero lo que le había dicho… los extremos hasta los que había ido por su bien…
Inuyasha frunció el ceño ante el abrupto cambio, dando un paso hacia ella. Kagome sintió su mirada sobre ella con una conciencia que bordeaba en la incomodidad, estaba segura de que él podía oír el martilleo de su pecho tan bien como ella. Estaba segura, terriblemente segura, de que sus sentimientos debían de ser obvios para él.
—Kagome…
—¡No!
La palabra escapó de ella sin su consentimiento, levantó la mano como para hacer que retrocediera. Inuyasha se detuvo, frunciendo el ceño en gesto de confusión. La miró, tenía los ojos fijos en el suelo a sus pies y el rostro sonrojado de un intenso tono rojo. Su pulso latía tan ruidosamente en el silencio de la sala que sus orejas se movieron a su ritmo.
No lo entendía. Solo estaban ellos en la sala.
Entonces… ¿le tenía miedo?
De repente sintió frío. Estiró una mano, lentamente y siendo incómodamente consciente de las afiladas garras que encumbraban cada dedo para tocarle el brazo.
Ella se echó hacia atrás. Inuyasha parpadeó, bajando la mano a su costado como si le pesara.
Se la quedó mirando un largo momento, algo se anudó en las profundidades de su estómago. Tragó saliva, tenía la garganta seca.
Pero… la había protegido. Había hecho lo que tenía que hacer.
Entonces ¿por qué? ¿Por qué ni siquiera lo miraba?
El silencio se extendió dolorosamente entre ellos.
—Mi señor.
Kikyou estaba en la entrada, con un frunce tensando su expresión.
Kagome se giró para mirarla, su expresión era de alivio. Inuyasha experimentó una punzada de dolor.
¿Qué había hecho?
—Mi señor, solicito hablar con usted —dijo Kikyou, recuperando su atención—. Ahora. En privado.
Le lanzó a Kagome una mirada intencionada. Kagome no necesitó más insistencia. Con una rápida reverencia hacia ambas partes, casi salió huyendo de la habitación.
Inuyasha la vio marcharse, el nudo se apretó.
—¿No pensaste que me debías a mí, más que a cualquier otro, una explicación de lo que acaba de pasar? —dijo Kikyou en voz baja, yendo a ponerse delante de él—. ¿O simplemente asumiste que sonreiría y te seguiría la corriente con esta locura?
Sus ojos ardían cuando encontró los de él. A Inuyasha se le encogió aún más el estómago, anticipando la ira y la decepción que bullían justo bajo su superficie. Había sabido que no le gustaría su decisión, que no la aprobaría, pero ni siquiera eso había sido suficiente para disuadirle.
Al menos esta reacción era la esperada. Desagradable pero esperada.
—¿Qué se apoderó de ti, Inuyasha? —insistió Kikyou, inspeccionando su rostro. Una pálida mano fue a descansar contra su pecho, enredando la tela de ahí como si no pudiera decidir si alejarlo o acercarlo.
—Kikyou… —suspiró, cubriendo la mano con la suya. Estaba vagamente agradecido porque no se alejara de él—. Necesitaba hacerlo. Lo sabes, Kikyou. Es mejor para los dos que lo hiciera ahora. Ya no tienes que andar con rodeos y esperar no cabrear a nadie. Todo ha salido a la luz.
La expresión de Kikyou se ensombreció todavía más. Se lo quedó mirando durante un largo momento y él pudo ver la ansiosa pregunta allí antes de que le diera voz.
—¿Por qué ahora?
Él sabía por qué. Y ella también lo sabía. Pero no iba a enfadarla más, no después de todo por lo que le había hecho pasar.
—Solo… tengo una razón, ¿vale? —dijo para evadir la pregunta, perfectamente consciente de que la ofuscación no era un arte que se le diera bien.
Kikyou frunció el ceño, apartando la mano de la suya. Se alejó a propósito un paso de él, distanciándose.
—Lo comprendo, mi señor —dijo y él casi pudo sentir físicamente el frío de sus palabras—. Supongo que yo nunca he sido suficiente razón para usted.
Se dio la vuelta en un remolino de sedas, moviéndose hacia el tapiz de la entrada. Inuyasha estiró una mano instintivamente, agarrándola por la muñeca y deteniendo su avance.
—No me toque —murmuró, aunque su resistencia era débil como mucho mientras él la atraía contra su pecho.
—Déjalo ya, Kikyou —murmuró en respuesta, apoyando la barbilla sobre su coronilla hasta que paró de forcejear.
El silencio se asentó mientras la abrazaba, disculpándose de la única manera que conocía. Finalmente, ella se dio la vuelta en sus brazos y él levantó la cabeza para mirarla a los ojos.
—Quiero que la boda sea pronto —dijo.
Inuyasha se quedó paralizado. Se había esperado innumerables cosas de ella después de la escena que acababa de hacer, pero esta no era una de ellas.
—¿Qu-Qué? —dijo con voz estrangulada.
—Tiene sentido, mi señor —insistió, con expresión decidida—. Solo la hemos pospuesto todo este tiempo por la incertidumbre de nuestra situación, ¿no? Ahora que ha puesto todo al descubierto, no hay razón para dudar más, ¿no?
Alzó las cejas con gesto expectante, inspeccionando su rostro en busca de alguna señal de… algo. Inuyasha no estaba seguro de qué. No podía hacer más que mirar boquiabierto su rostro inclinado.
Su reacción instintiva fue «no». No, no, no. No era el momento. Ahora no podía ser el momento para eso.
Pero cuanto más pensaba en ello, más se daba cuenta de que ella tenía razón. No había razón para que no lo hicieran ahora. Solo habían esperado después de que ascendiera al trono porque le preocupaba que seguir adelante con la boda inmediatamente fuera a ponerla en peligro.
Ahora que se había afirmado como legítimo gobernante, no había razón para contenerse.
Ninguna razón excepto su instinto. Ninguna razón excepto la insistente sensación de que no podía ser ahora.
Pero Kikyou lo quería. Rara vez le pedía nada y le estaba pidiendo esto. Si el matrimonio iba a hacerla feliz, iba a aliviar cualesquiera preocupaciones que parecían estar consumiéndola últimamente, ¿por qué iba a negárselo?
Una imagen de Kagome alejándose de él resplandeció en su mente.
—Sí —dijo, la palabra lo abandonó casi sin su consentimiento. Pero la forma en la que a Kikyou se le iluminaron los ojos lo selló para él—. Tienes razón —se obligó a continuar—. No hay razón para no hacerlo. Tendremos la ceremonia en cuanto se resuelva todo.
La rara sonrisa que iluminó su rostro era tanto de alivio como de felicidad y él sintió una punzada de culpa por haber considerado negárselo. Le había prometido hacía años que iba a cuidar de ella. Que no iba a dejar que estuviera sola como él lo había estado. Se merecía esto de él.
Aun así, una sensación de intranquilidad se asentó en lo profundo de sus entrañas mientras ella lo abrazaba.
El primer instinto de Kagome fue ir directamente al Chūwain. Necesitaba desesperadamente calmar sus crispados nervios después del desastroso encuentro y la vergonzosa retirada, y el Chūwain parecía el lugar más adecuado para tal propósito.
Pensarlo con más sensatez frustró esa idea. No parecía inteligente aventurarse sola tras un evento de tanto potencial cataclísmico. Aunque se había dejado bastante claro que levantarle la mano tendría consecuencias nefastas, no se podía saber qué podrían hacer los cortesanos mientras todavía estaban consumidos por el calor del momento.
Por muy irritante que le resultase, el procedimiento más lógico era quedarse dentro de la seguridad del Dairi por el momento. Y así se encontró finalmente sentada en un rincón de los jardines Fujiwara, aunque creía muy improbable que fuese a encontrar paz allí.
El frío del aire al menos sirvió para sosegarla mientras se apoyaba contra la base de uno de los árboles más grandes. Sin embargo, no ayudó con la claridad de las reflexiones que siguieron.
Había actuado estúpidamente. Pues claro que Inuyasha no tenía ni idea de sus sentimientos. ¿Por qué iba a tenerla? Para él era una subordinada, una consejera, tal vez una amiga, como mucho. No tenía ningún motivo para considerarla en un plano romántico. Pero con la forma en la que había actuado hacia él, tenía todas las razones para considerarla desagradecida y errática.
Lo que había hecho por ella, al confrontar a la corte, había sido bondadoso. Increíble e inmensamente bondadoso. Por mucho que resintiera la forma exacta de bondad por la que había optado, no podía negar que eso era lo que era.
Pero esa bondad le daba miedo. Cuanto más le mostraba ese lado de él, más quería verlo ella. Pero ya no tenía permitido querer eso, no ahora que comprendía qué era ese sentimiento.
Kagome gruñó, bajando la cabeza para que descansara sobre sus rodillas. ¿Por qué no podía ser simple? ¿Por qué no podía hacer lo que se había dispuesto a hacer sin tener que preocuparse por que sus propios sentimientos la traicionaran?
Le llegó un ligero susurro a los oídos y se quedó paralizada. Se le encogió el estómago. ¿Se atrevía a levantar la mirada para ver si había vuelto a dejarse en evidencia?
Se arriesgó a mirar y captó el dobladillo de un ornamentado traje carmesí a apenas unos pasos de donde estaba sentada. Kagome hizo una mueca entre sus rodillas, reconociéndolo al verlo.
Levantó la cabeza lentamente, encontrando la vagamente perpleja mirada de la futura Emperatriz.
—Suenas como un animal agonizante —comentó Kikyou sin rodeos.
—… Lo siento —murmuró Kagome, se le estaban enrojeciendo las mejillas.
—Ven —ordenó Kikyou, sin esperar su respuesta mientras se daba la vuelta y caminaba hacia un banco.
Con un silencioso suspiro, Kagome se levantó para seguirla, sintiendo que iba a tener otra conversación desagradable.
La futura Emperatriz se acomodó delicadamente en la fría piedra del banco. Kagome hizo lo mismo a regañadientes, aunque mantuvo la mirada apartada cuidadosamente.
—No tenía ni idea de qué pretendía hacer el Tennō-sama hoy —soltó, antes de que pudiera contenerse.
Hizo una mueca, dándose cuenta de lo sospechoso que sonaba en cuanto las palabras salieron de ella. Si eso no apestaba a conciencia culpable…
—Soy consciente de ello —contestó Kikyou sencillamente, sorprendiéndola—. Sé que mi señor no ha visto a nadie más que a mí misma en los últimos días. Tampoco sospecharía que tú fueras a animar abiertamente tal comportamiento potencialmente desastroso en él.
—Oh.
Kagome se quedó callada, sin saber por qué quería hablar Kikyo con ella si no era para acusarla de haber influenciado de alguna manera la impulsiva decisión. Lo había hecho indirectamente, por supuesto, aunque en realidad era más bien culpa de lo que le había contado la futura Emperatriz que cualquier cosa que hubiera hecho ella misma.
Esperó, observando a la mayor por el rabillo del ojo. Su rostro estaba decididamente impasible y Kagome sabía que tenía que estar reuniendo el valor para algo. Pero ¿qué podía ser tan importante para que una persona tan directa como Kikyou tuviera que juntar coraje?
—Me prometieron a mi señor cuando yo era muy joven —dijo finalmente.
Kagome sintió que se quedaba fría. Así que iba a ser finalmente esta conversación.
—Sin embargo, me avergüenza admitir que, en aquel momento, consideraba la conexión muy por debajo de mí —continuó Kikyou con voz queda cuando Kagome no respondió—. Se pensaba que mi señor era la vergüenza de la corte… una mancha en el reinado de su honorable padre. Era un segundo hijo, un hijo ilegítimo, un hijo… un hijo híbrido. Conocía mi valía como hija de los Fujiwara demasiado bien como para someterme a la unión. Sentía mi valía muy, muy elevada.
—¿Lo despreciaba? —dijo Kagome, la ira se encendió al pensarlo. Se giró para encarar completamente a la mujer.
Kikyou no le devolvió la mirada. Sus ojos permanecieron fijos en algún lugar en la distancia, su expresión retenía su forzada neutralidad.
—Así es —dijo en voz baja y las palabras tenían un auténtico peso—. Lo despreciaba a cada oportunidad. Me negaba a aceptarle y critiqué públicamente el compromiso. Percibía el compromiso como un desprecio hacia mí. Hacia la valía de mi clan y hacia mi valía para con mi clan. Estaba enfadada y dirigí esa ira hacia él.
—¿Cómo pudo hacer eso? —soltó Kagome, abochornada mientras miraba la fría silueta de la mujer—. ¡Sabía cómo lo trataba el resto de la corte! ¡Que se uniera a ellos en su crueldad incluso como prometida suya…!
—No estoy orgullosa de la forma en que actué —interrumpió Kikyou bruscamente, girándose finalmente para encararla—. Era joven y estúpida. Las cosas que valoraba… estaba equivocada, como mucho. Era cruel, como poco. Pero recibí más castigo de lo que ameritaban mis actos con bastante rapidez. Me robaron todo lo que valoraba, toda persona que me importaba.
Kagome permaneció en silencio, aunque un poco de su indignación se vio atenuada ante el recuerdo de lo que Kikyou se había visto obligada a soportar.
—Estaba segura de que se cancelaría el compromiso tras la aniquilación de mi clan —continuó Kikyou en voz baja—. Después de todo, casi no tenía nada que ofrecer sin ellos. Ningún contacto, ningún prestigio y poca riqueza. Solo a mí misma e incluso yo contaba eso como poco cuando mi nombre ya no tenía importancia alguna. Nadie de la corte habría visto extraño que se hubiera deshecho el compromiso. El honorable padre de mi señor había fallecido y mi señor iba a heredar el trono. Deshacer el compromiso en favor de una mujer con más que ofrecer en realidad era lo único sensato que se podía hacer.
Kikyou hizo una pausa, pareciendo considerar sus manos por un momento. Y de repente, hermosamente, su rostro se suavizó. Una pequeña sonrisa elevó las comisuras de sus labios y sus oscuros ojos se arrugaron con el cariño de algún recuerdo afectuoso. No era su habitual perfección de muñeca, pero Kagome no pudo evitar sentir que era lo más hermosa que había visto nunca a la mujer.
—Sin embargo, como ha demostrado hoy mi señor, no es un hombre sensato —dijo—. Mi señor acudió a mí. Me dijo que mi deseo era inútil y que no rompería el compromiso. Me prometió su apoyo si se mantenía el compromiso. Apenas podía creerlo. Que fuera a ofrecerme tanto cuando yo no tenía nada que ofrecer a cambio… Me llevó varios años al lado de mi señor comprender por qué lo había hecho. Él… más que ningún otro, entiende cómo es estar solo en el mundo. Que se considere que no vales nada. Creo que se vio en mí después de la pérdida de mi clan y que sintió que era su deber como prometido mío protegerme de cualquier forma que pudiera. Nunca fui tan vanidosa o ingenua como para creer que lo hubiera hecho por afecto, no después del trato al que lo había sometido.
Incorporándose de su asiento, Kikyou se giró para encarar a Kagome. La dulzura efímera se había ido de sus facciones, reemplazada ahora por la fría determinación de la elevación de su barbilla.
—Sin embargo —dijo, arrastrando la palabra con cuidado—, me prometí pasar el resto de mi vida volviéndome digna de su afecto y no puedo creer que mis esfuerzos desde entonces hayan sido en vano. Acepté continuar el compromiso a pesar de sentir claramente que no era igual a Inuyasha en todas las formas en que un ser puede serlo a otro. Pero he trabajado, le he apoyado y me he convertido en su compañera en todo el sentido de la palabra. Ahora creo que no hay nadie más adecuado para estar al lado de Inuyasha.
Sostuvo la mirada de Kagome categóricamente. Kagome deseó poder parpadear, apartar la mirada, algo, pero estaba atrapada. Notaba la garganta seca y las manos frías contra la piedra del banco.
—¿Por qué me está contando esto? —dijo finalmente.
—Las dos somos conscientes de mis razones —contestó Kikyou con sencillez—. Este último acto de absurdidad puede haberse visto inspirado por ti, pero no serviría que tú lo malinterpretases. He estado al lado de mi señor y él al mío durante años y eso conlleva un peso mayor que la distracción del momento. ¿Me comprendes, Kagome?
A Kagome se le retorció el estómago, aunque era consciente que era más culpa de ella que de Kikyou. Esta era una simple afirmación de los hechos. Una aclaración. Si dolía, Kagome solo podía echarle la culpa a la estupidez de sus propios sentimientos.
Así que se mordió la lengua, se tragó su amargura y se obligó a asentir.
—Lo entiendo, Fujiwara-sama —consiguió decir—. Aunque puedo asegurarle que es innecesario. Yo… Yo no sufro delirio alguno sobre los motivos del Tennō-sama.
Hubo una pausa por parte de Kikyou, aunque Kagome no se atrevió a levantar la mirada para observar a la mayor. Lo que había dicho no era mentira, pero le había costado enormemente decirlo en voz alta. Temía no tener la energía para ocultar el sufrimiento que podía sentir escrito profundamente en sus facciones.
Una mano se apoyó ligeramente sobre la suya. Kagome se la quedó mirando, resintiendo la delicada palidez de la piel y los dedos contra la aspereza de la suya y resintiéndose por la mezquindad de sus propios sentimientos. Se sentía miserable.
—Me alegro, Kagome —dijo la futura Emperatriz en voz baja—. No quiero barreras innecesarias entre nosotras, no cuando al fin hemos llegado al punto en que de verdad podemos sernos de utilidad.
El estómago de Kagome se retorció aún más. Hizo una mueca en silencio.
—Además, mi señor y yo hemos tomado la decisión de que sería mejor seguir adelante con nuestra boda en cuanto las circunstancias lo permitan. Nos complacería a ambos, creo yo, tener tu apoyo incondicional en este asunto.
La mano se deslizó de la suya y el susurro de las sedas resonó mientras la mujer se ponía en pie.
—No te quedes fuera mucho tiempo —aconsejó su voz, al parecer desde una larga distancia—. Hace frío y parece que va a nevar pronto. Podrías coger un resfriado.
Las pisadas se alejaron suavemente.
Tenía razón. Hacía frío.
A Kagome le llevó varios minutos darse cuenta de que sí que había empezado a nevar. Los copos cubrían su pelo, hombros y pestañas.
Aun así, Kagome estaba sentada, con la mirada fija e impasible mientras el mundo a su alrededor estaba oscurecido bajo una capa de un blanco puro.
Fiel a la advertencia de la futura Emperatriz, Kagome se sintió fatal al despertarse a la mañana siguiente. Si la causa era más física o emocional era difícil de decir, pero su miseria era aguda mientras se peinaba lánguidamente el pelo tras una noche de sueño inquieto y se quitaba la ropa. Por si acaso, se aseguró de cubrir los rasguños de su rostro y garganta con polvo blanquecino una vez más, poco dispuesta a darle a nadie de la corte la satisfacción de verlos.
Por un momento, se vio medio tentada a quedarse en la relativa seguridad de su habitación en la residencia Fujiwara durante el día, con la esperanza de evitar estar en contacto con nadie más que los sirvientes que pudieran traerle las comidas.
Eso lo descartó con bastante rapidez. Además de parecer ligeramente infantil, también era contraproducente. Lo último que necesitaba Kagome era más tiempo a solas para obsesionarse con los eventos del día anterior. Así, su miseria la llevó a la corte, decidida a empezar a poner en orden el caos que sin duda habían forjado los actos de Inuyasha.
Tras reunir una guardia para ella, Kagome decidió que sería mejor que su primera parada fuera la residencia Tachibana. Las calles nevadas estaban llenas de cortesanos paseando, atraídos tanto por la fresca nieve como por lo que quedaba de confusión del día anterior. Todos parecían estar esperando, conteniendo el aliento para ver qué sería lo siguiente. Para determinar el procedimiento a seguir según lo que pasara a continuación.
Entre la cubierta del grueso manto que vestía y el anillo de guardias, Kagome consiguió pasar entre ellos relativamente desapercibida. Los guardias tomaron posición a la entrada de la residencia Tachibana y a Kagome la llevó dentro rápidamente un sirviente.
Un borrón de pelo rojo y ropa azul llegó volando hacia ella en cuanto Kagome entró en la sala de bordado a la que la habían llevado. Apenas consiguió atrapar al joven kitsune antes de que chocara contra ella, riendo mientras le rodeaba el cuello con fuerza con sus bracitos.
—¡Kagome! ¿Dónde has estado? ¿Por qué te llevó a rastras aquel perro? —preguntó Shippou apresuradamente, luego arrugó la nariz mientras se apartaba un poco de ella—. Deberías darte un baño, Kagome. Hueles a chucho.
Kagome frunció el ceño, su alegría inicial al verle se atenuó rápidamente.
—Venga, Shippou-chan, no es agradable decir eso —le riñó—. Su Majestad es el Tennō-sama y se merece tu respeto. Y no huelo mal.
Shippou frunció el ceño con petulancia, aferrándose a su cuello y negándose a disculparse. Parecía resentir profundamente que a Inuyasha se le permitiera reclamar tanto su tiempo como su aroma, ya que ambos le pertenecían legítimamente.
Sango estaba sentada mirándola al otro lado de la habitación, el trozo intrincado de seda que había estado bordando estaba apoyado en su regazo. No sonrió y no se levantó para saludar a su amiga. Esto era una mala señal en cuanto a su humor y Kagome se preguntó si el resentimiento de Shippou se le estaba pegando de alguna manera.
—Sango-sama —dijo finalmente, cuando el silencio se hubo estirado entre ellas durante un tiempo incómodo. Hizo una reverencia, dándose cuenta solo a posteriori de lo ridículo del gesto a la luz de su íntima amistad. Aun así, la mirada que le estaba dirigiendo la noble le traía de vuelta todos sus anteriores sentimientos de deferencia.
—Estoy dolida —dijo Sango finalmente, no era de las que se mordía la lengua—. Obviamente sabías perfectamente que el «guardia» que nos acompañó en nuestra primera misión no era otro que el Tennō-sama. Parecéis estar bastante unidos. Dime, ¿hay algo más que hayas ocultado? Pues confieso que me siento bastante tonta porque me mantuvieras desinformada acerca de la extensión exacta del interés que el Tennō-sama siente por ti.
Kagome frunció el ceño, se le encogió el corazón.
—Sango-sama, no fue así —dijo, bajando a Shippou y yendo hacia la mujer.
Se arrodilló a su lado, apoyando una mano sobre su brazo. Lo último que necesitaba en ese momento era que sus amigos también se enfadasen con ella.
—Nunca fue cuestión de confianza —protestó, intentando que su amiga la mirase—. Simplemente pensé que no tenía permitido descubrir a Su Majestad. Después de todo, Su Majestad se esforzó por cuidar de mí en ese viaje porque sabía que yo era vulnerable. Además, en aquel momento, al igual que usted, yo no sabía quién era Su Majestad. Por favor, Sango-sama, debe creer que nunca trataría su amistad tan a la ligera.
Sango le dirigió una mirada reticente, apartó los ojos rápidamente para fijarla en el otro lado de la habitación. Su expresión se suavizó un poco, pero el borde del resentimiento permaneció en la curvatura de sus cejas.
—¿Y qué hay de los eventos de ayer? —preguntó—. No nos contaste ni a Houshi-sama ni a mí lo que iba a ocurrir, aunque creo que la enormidad de ello podría haber garantizado al menos una advertencia.
—No supe nada de lo que iba a ocurrir hasta que ya era demasiado tarde —dijo Kagome.
Sango le dirigió una mirada de incredulidad. Kagome la encontró abiertamente.
—¿De verdad? —dijo sorprendida—. Pero obviamente lo hizo por ti. ¿Por qué no te lo iba a contar Su Majestad?
Kagome se sonrojó ligeramente, avergonzada de que incluso los espectadores hubieran sido capaces de leer la intención de Inuyasha. Se obligó a negar con la cabeza.
—Su Majestad sabía que yo no aprobaría medidas tan drásticas —suspiró—. Y aunque estoy segura de que Su Majestad tenía mi aprieto en mente hasta cierto punto, estoy igualmente segura de que debe de haber habido un sinnúmero de otras razones detrás de la decisión que eran de lejos más urgentes.
Sango resopló, ofreciéndole una mirada irónica.
—No te crees eso más que yo, Kagome —dijo astutamente.
El sonrojo se intensificó y Kagome apartó la mirada.
—Bueno, le prometo que le contaré lo que desee oír —dijo, decidida a desviarse de ese muy doloroso tema—. Por favor, solo perdóneme. Y permítame demostrar cuánto confío en usted pidiéndole un gran favor.
Sango asintió, su rostro reflejó curiosidad mientras le indicaba a Kagome que continuase. Shippou, al ver que el conflicto ya había pasado, corrió a sentarse en el regazo de Kagome para reclamar su parte de atención. Ella le acarició el pelo mientras hablaba.
—A la luz de los recientes eventos, Su Majestad se encuentra en una posición bastante precaria. Y aunque creo que Su Majestad es capaz de cuidar de sí mismo, me gustaría tomar algunas medidas de precaución. Si es posible, me gustaría pedirle a su clan que sirviera como guardia personal de Su Majestad por el momento. Ustedes son los únicos en los que confío lo suficiente para servir fielmente a Su Majestad y todos son perfectamente adecuados para la tarea.
Sango sonrió, un matiz de orgullo cuadró sus hombros.
—Por supuesto —dijo inmediatamente—. Los Tachibana son probablemente los más adecuados para proteger al Tennō-sama de entre todos los clanes. Me alegrará elegir personalmente a algunos de los más confiables para servirle.
—Se lo agradezco —dijo Kagome con sinceridad—. Sé que puedo estar tranquila con cualquiera escogido por usted.
Sango sonrió, estirándose para darle una palmadita en la mano e indicarle que estaba perdonada por sus transgresiones.
—Y ahora tú vas a contarme todo lo que ha ocurrido detrás de esa pantalla, detalle por detalle.
Durante la mayor parte de tres horas, Kagome hizo exactamente eso. Le contó a Sango sus aventuras y dificultades con el Tennō-sama en detalle, yendo incluso tan lejos como para incluir que la había seguido fuera de la corte cuando había ido a recatar a su aldea.
Si hubo algún aspecto en el que fue menos comunicativa, fue sobre sus propios sentimientos concernientes al hanyou. No por falta de confianza, sino porque ya no se atrevía a pensar en ellos. No después de lo que Kikyou había compartido con ella el día anterior, que todavía colgaba pesadamente al fondo de su mente.
Pero sabía que Sango albergaba sospechas. Señaló intencionadamente su cercanía con el Tennō-sama varias veces, a pesar de la insistencia de Kagome de que no había nada entre ellos más allá de una relación de súbdita y gobernante. Sin embargo, incluso Kagome era consciente de lo vacías que sonaban las palabras a la luz de los hechos. Afortunadamente, Sango fue lo suficientemente compasiva como para no presionar demasiado sobre el asunto.
Finalmente, cuando se terminaron las historias y consumieron la comida de mediodía, Kagome pidió irse a atender su siguiente recado del día. Sango lo permitió, diciendo que era mejor que empezase a preguntar entre su clan para buscar guardias adecuados para el Tennō-sama. Shippou rogó desvergonzadamente que se le permitiera acompañara a Kagome, a lo cual ella accedió. Era obvio que últimamente la echaba de menos y no sería un estorbo donde tenía que ir a continuación.
Sin embargo, los abordaron en una calle lateral relativamente vacía, de camino hacia el Chūwain. Primero, la visión de Kagome se vio obstaculizada por el anillo de guardias que la rodeaban, pero pronto reconoció la voz que exigía que se le permitiera acceder a ella insistentemente.
Era Kouga. Le sonrió lobunamente cuando ella les ordenó a los guardias que se hicieran a un lado, moviéndose para envolverla en un abrazo que ella esquivó hábilmente. El Señor de los lobos la informó con sorprendente taco de que tenía que darle algo en relación a su encargo. Captando su insinuación de que necesitaban privacidad, le animó a ir con ella hasta el Chūwain. Tomaron el camino largo, usando las pequeñas calles laterales para evitar que los vieran juntos.
Midoriko-sama los recibió allí, su templo estaba bastante vacío a pesar de la actividad de las calles. Kagome preguntó si podía quedarse unos momentos a solas con Kouga para hablar de un asunto urgente. Midoriko aceptó prontamente, aunque le dirigió a Kouga una mirada inquisitiva. Los llevó a un salón de té en el ala oeste del Chūwain e incluso se ofreció a darle a Shippou un tour completo de las instalaciones mientras ellos se ocupaban de sus asuntos.
Kagome aceptó, agradecida, sintiendo la ya creciente tensión entre los dos youkai. Así, Shippou se marchó a regañadientes con la O-Miko, dejándolos a los dos a solas.
Kouga sacó algo de un bolsillo oculto entre sus pieles, ofreciéndoselo a Kagome como un trofeo. Ella lo cogió, descubriendo que era una pequeña daga enfundada. Estaba hermosamente ornamentada, con una pequeña piedra jade coronando la empuñadura. Pero lo realmente extraordinario de ella era la talla que adornaba la vaina. De alguna forma le resultaba familiar.
—Hay toda una habitación en la residencia Taira llena de armas como esa —explicó Kouga—. Todas tienen la misma talla y huelen raro. Distinto. Y toda la habitación tiene una especie de encantamiento. Como si… si reflejase las cosas que la rodean para ocultarse, de forma que parezca parte de la pasarela. Como un espejo.
—¿Cómo consiguió encontrarla? —preguntó Kagome, estudiando el intrincado detalle de la funda mientras la giraba entre sus manos.
—Olí el extraño aroma de las armas en esa niña pálida que no habla nunca —explicó Kouga con un encogimiento de hombros—. Seguí el aroma y la descubrí saliendo de lo que parecía ser una de las paredes. Entonces lo intenté yo mismo…
Volvió a encogerse de hombros, aunque sus ojos brillaban con la expectación del halago mientras se fijaban en ella.
—¿Una niña pálida? —murmuró Kagome para sí, intentando recordar a alguien que se ajustase a esa descripción dentro del clan Taira—. ¿Quién…?
—Se llama Kanna, creo —aportó Kouga, intentando una vez más obtener su atención.
—¡Kanna! —dijo Kagome, el nombre le despertó el recuerdo de la excursión de las mujeres—. ¡Kanna tenía un espejo con este mismo símbolo! Y…
Se detuvo, esforzándose por traer otro recuerdo a la mente. Sabía, simplemente sabía, que había visto la misma talla en otra parte. Podía formar una vaga imagen de una espada sobre la que la había visto, pero ¿dónde había estado esa espada?
Kagome abrió los ojos como platos. Inu no Taisho. La misma imagen había estado grabada en la empuñadura de una espada clavada en el cuerpo de Inu no Taisho.
—Por los kami —exhaló, dándose cuenta de que tenía en sus manos el enlace definitivo entre la muerte del anterior Tennō-sama y los Taira.
—¿Qué? —dijo Kouga, ignorando el verdadero valor de lo que le había traído más allá de que era sospechoso.
Kagome levantó la mirada hacia él, negando con la cabeza tras un momento. Compartir todo esto con el Señor de los lobos probablemente sería un error. Después de todo, difícilmente era conocido por su discreción.
—Gracias, Kouga-sama —dijo, guardando la daga en un pliegue interno de su traje—. Me ha proporcionado un gran servicio al traerme esto.
Le ofreció una sonrisa. Él no hizo lo mismo.
—Pareces preocupada —comentó con inusual perspicacia. A ella le flaqueó la sonrisa—. ¿Es por lo que hizo el chucho el otro día? —preguntó—. Porque estoy más que dispuesto a darle una paliza, por muy Tennō que sea.
—Desearía que no hablase de esa forma de Su Majestad —suspiró Kagome, llevándose una mano a la cabeza—. Ciertamente no es ni útil ni apreciado por mi parte. Y, además, no es eso por lo que estoy preocupada. Al menos, no por el momento.
Lo cual era bastante cierto. En ese momento sentía la daga como una marca contra su piel, todos sus pensamientos daban vueltas alrededor de ella. ¿Qué había que hacer? Tenía que informar a Inuyasha. Y había que hacer algo con los Taira, pero una agresión abierta contra ellos quedaba descartada. Inuyasha simplemente no tenía el apoyo para igualarlos a ellos y a los suyos. Pero dónde iba a haber más apoyo…
—Para de pensar —le llegó una voz a su oído, una mano se deslizó sobre una de las suyas—. Solo por un segundo, ¿vale?
Kagome giró la cabeza rápidamente para mirarlo con furia, segura de que estaba intentando aprovecharse. La genuina preocupación que vio en su rostro la detuvo en seco.
—No puedo parar —dijo en voz baja—. Hay demasiado en lo que pensar. Hay demasiados problemas…
—Bien, entonces —resopló Kouga—. Uno por uno, así es cómo se derrota a todos los enemigos. Venga.
—El Tennō necesita más apoyo, pero no estoy segura de dónde encontrarlo —dijo Kagome, su boca estaba trabajando casi sin su consentimiento ante la repentina indicación.
—Esa es fácil —resopló Kouga y Kagome alzó una ceja con incredulidad—. Si no puedes encontrar nada dentro, ve fuera. La corte no es el mundo entero. Hay mucha más gente ahí fuera que aquí.
Kagome lo miró boquiabierta. Y entonces una risa de incredulidad brotó en su garganta y lo rodeó con sus brazos.
—¡Es usted brillante, Kouga-sama! —gritó—. ¡Es perfecto! Por los kami, no me puedo creer que nunca se me haya ocurrido…
Kouga, que no le veía particularmente la genialidad a la idea, aceptó gratamente sin embargo esta gratitud que había estado esperando desde el principio del encuentro. La rodeó con los brazos, aunque arrugó la nariz ante el aroma del chucho sobre ella.
Kagome se apartó momentos más tarde, parpadeando mientras se le ocurría otra idea.
—¿Usted lo haría, Kouga-sama? —preguntó con seriedad—. Creo que ha llegado tan lejos como puede con los Taira sin ponerse en peligro y al fin podría regresar con su clan. Además, no puede haber nadie que conozca a los youkai de fuera de la corte mejor que usted.
Kouga frunció el ceño, sintiendo que la gratitud había sido demasiado breve en esta ocasión. Se retiró del abrazo en cambio para encontrar su mirada.
—¿De verdad piensas que me quedé aquí todo este tiempo para irme sin ti? —se quejó—. Además, Kagome, esto es mucho más que pedir que solo husmear alrededor de los Taira. Me estás pidiendo que ponga en riesgo a todo mi clan al acudir a los demás youkai. Algunos verán la lealtad de la corte como una traición al código por el que viven los clanes de fuera. Si quieres que haga esto, necesito que me ofrezcas algo sólido.
Kagome frunció el ceño, bajando la mirada cuando la de él se volvió demasiado intensa para sostenérsela.
—Como he dicho antes, no creo que pueda ofrecerle lo que puede querer de mí —dijo en voz baja, incómodamente consciente de lo que quería exactamente de ella.
—¿No puedes o no quieres, Kagome? —soltó con un extraño tinte de rencor en su tono—. ¿Tan unida estás a ese chucho que no puedes pensar en otro?
Esa dolió. Kagome se encogió, sintiendo que la habían perforado instantáneamente hasta su centro. Los recuerdos de la conversación del día anterior con Kikyou brotaron y la punzada se convirtió en un dolor completamente desarrollado.
¿Tenía razón? ¿Todavía estaba permitiéndose estar tan ciega por sus sentimientos por Inuyasha que no podía pensar en nada más?
Sabía la respuesta, por muy poco que le gustase. Su reacción a todo lo que había pasado contaba la historia con bastante claridad. A pesar de sus mayores esfuerzos y mejores intenciones, estaba fracasando miserablemente.
Levantó la mirada hacia Kouga, observándolo con un poco de resentimiento. Aunque era consciente de que sus sentimientos difícilmente eran culpa de él, era complicado no estar un poco enfadada de que los estuviera espoleando.
Pero mientras continuaba mirándolo, otra idea se agarró lentamente a ella. Tal vez tenía razón en más de una cosa. ¿No se estaba negando sin más a intentar dirigir sus sentimientos a un objeto más probable? ¿No sería eso más efectivo que simplemente intentar enterrar e ignorar sus sentimientos por Inuyasha?
¿Y no era Kouga el candidato perfecto? Había sido abierto con sus sentimientos por ella desde que se habían conocido y había estado trabajando para ganarse su afecto desde entonces.
Con el eco del anuncio de Kikyou del día anterior todavía resonando al fondo de su mente, Kagome no pudo evitar preguntarse qué razón había para no intentar corresponder al afecto de Kouga.
—De acuerdo —dijo Kagome finalmente, asintiendo.
Kouga frunció el ceño por un momento, inseguro de a qué se refería. Pasaron unos momentos y le dio de golpe, abriendo los ojos como platos. Se inclinó hacia delante, luego hacia atrás, luego hacia delante de nuevo, parecía estar completamente falto de palabras.
—¿De acuerdo? —repitió, su voz se quebró un poco con la palabra—. ¿De acuerdo? Quieres decir…
—Quiero decir que me gustaría intentar… intentar corresponder a su afecto —aportó Kagome para él, sonrojándose ante el sonido de las palabras dichas en voz alta—. Después de todo, se ha más que ganado la oportunidad y… y no hay nada que se interponga entre nosotros dos si no lo deseamos.
—Entonces ¿de verdad que no estás obsesionada con el chucho? —preguntó y la esperanza en su voz le hizo retorcerse internamente.
—¿Cómo iba a estarlo? —respondió en voz baja, incapaz de mirarlo a los ojos.
—Kami, Kagome —oyó, y entonces sus brazos la rodearon.
Kagome se tensó, moviéndose instintivamente para apartarse. Pero se obligó a detenerse. A permitirse sentir la calidez de sus brazos y a apreciar la seguridad que ofrecían. Más de un tipo de seguridad, después de todo.
El abrazo no la puso nerviosa ni le aceleró el pulso. Tal vez eso era lo mejor. No necesitaba que su atención se desviara o tener la mente confusa. Tal vez una relación con Kouga era lo mejor. Solo necesitaba ponerle un poco de esfuerzo. Los sentimientos cambiaban todo el tiempo. Seguro que podía cambiar los suyos.
—¿Vendrás conmigo, entonces? —murmuró Kouga contra su pelo.
Kagome se sintió un poco alterada ante la absoluta felicidad que podía oír en su voz. Se mordió el labio, vacilando.
—Lo haré —respondió finalmente—. Pero necesitaré un poco de tiempo. Quiero asegurarme de que las cosas aquí están estables antes de irme. ¿Cree que puede adelantarse y comenzar a hablar con los clanes youkai? Prometo que lo seguiré tan pronto sienta que puedo.
Se apartó un poco de ella, tomando su rostro entre sus manos. Sonrió tan ampliamente que casi se estaba riendo, inclinándose para darle un beso en la frente.
—Mientras sepa que vas a venir tras de mí, me iré cuando tú quieras —dijo sin reparos—. Sabía que te convencería, Kagome.
—Sí, bueno… ahora tengo que hablar con la O-Miko-sama, si no le importa —dijo Kagome, poniéndose más y más incómoda ante su descarado júbilo.
—Oh.
Se echó hacia atrás, pareciendo un poco decepcionado. Ella le ofreció lo que esperaba que fuera una sonrisa de disculpa, lo que pareció aplacarlo. Se inclinó para darle otro rápido beso en la frente antes de incorporarse para ponerse de pie.
—Sí. Iré a prepararme para volver con mi clan —dijo—. Se alegrarán de oír que vas a venir. Intentaré ir a verte antes de que me vaya mañana por la mañana.
Kagome asintió. Le ofreció un incómodo ademán mientras se marchaba de la sala, su sonrisa era más amplia de lo que nunca recordaba haberle visto.
Soltó una exhalación en cuanto se fue de la sala, hundiéndose donde estaba sentada. Se sentía fatal. Él parecía tan feliz. ¿Era injusto con él que solo intentase corresponder a su afecto cuando él parecía ya tan completamente comprometido con la idea?
Pero no. Ya había dado su palabra y ciertamente sería fiel a ella. Kouga-sama era muy amable con ella y no había razón por la que sus sentimientos no fueran a volverse hacia él si pasaban tiempo juntos lejos de la corte. Ciertamente si le daban tiempo y estímulo, debería encariñarse con él…
Pero ya podía prever la dificultad de que se le permitiera dejar la corte. Inuyasha despreciaba al Señor de los lobos y ya había demostrado dos veces su reticencia a permitir que saliera del rango de su protección inmediata. Kagome apenas podía imaginar cómo iba a hacer que lo aceptase.
Aunque él pronto estaría ocupado con los planes de su boda. ¿Para qué iba a necesitarla entonces? Seguro que podía prescindir de ella mientras se desarrollaba eso. Tal vez si lo organizaba correctamente, podría irse a tiempo para perderse la ceremonia…
Kagome suspiró, negando con la cabeza. Pensaría en todo eso más tarde. Había cosas más urgentes que atender en ese momento.
Se puso de pie y fue a buscar a Midoriko y a Shippou, sintiéndose completamente mal.
El asunto de Kagome con Midoriko era simple, a pesar de la forma en que se había visto complicado por el Señor de los lobos. Simplemente deseaba preguntar por la naturaleza de la pantalla que Inuyasha había destruido y su significado para el gobierno del Tennō. Y lo que era más importante, si la O-Miko creía que Inuyasha había blasfemado en forma alguna al destruirla.
Afortunadamente, Midoriko fue capaz de aliviarle al menos esa preocupación, explicando que el uso de la pantalla estaba unido más a la tradición que a la religión. Estaba designada originalmente para cubrir los ojos de aquellos que no eran considerados dignos o de aquellos incapaces de soportar ver a los kami albergados dentro de la persona del Tennō, aunque había pasado mucho tiempo desde que solo era considerada como una herramienta mediante la que el Tennō podía escoger a aquellos con quienes se relacionaba más íntimamente.
Al destruirla, Inuyasha ciertamente había eliminado un símbolo antiguo de la autoridad del trono, explicó Midoriko, pero había declarado uno nuevo en la forma de su propia persona. Al aseverar su derecho a romper la tradición, había tomado todo el poder en sus propias manos. No era menos un recipiente de los kami por ello, pero era de lejos más vulnerable al ofrecerse abiertamente al escrutinio de todos.
Personalmente, dijo Midoriko, lo admiraba bastante por lo que había hecho. Pensaba que era osado que estuviera dispuesto a intentar gobernar basándose completamente en su propia fuerza. A Kagome le alivió escuchar esto, segura como estaba de que el apoyo de las autoridades religiosas sería inestimable para Inuyasha en los tiempos venideros. Le pidió a la O-Miko el favor de compartir su opinión y explicación con cualquiera que pareciera receptivo a ella. También con aquellos que no lo fueran. Cualquier muestra de fe o apoyo podría ayudar a influir en la opinión pública en este punto.
Midoriko aceptó gratamente, pidiéndole a la miko más joven que le comunicase su promesa de apoyo al Tennō. Kagome prometió que lo haría, aunque no tenía muchas ganas de su siguiente encuentro con él.
Después llevó a Shippou de vuelta con ella a la residencia Fujiwara. Afortunadamente, Kikyou parecía estar fuera (o tal vez estaba planeando sus inminentes nupcias, pensó Kagome con un tinte de amargura), y Kagome pidió un baño para los dos. Shippou ahora se estaba quejando de que apestaba a lobo.
Una vez que ambos estuvieron completamente limpios y libres de hedor, pidió una comida y consiguió convencerse para posponer su visita para ver a Inuyasha hasta la mañana siguiente. La daga que Kouga le había dado ahora estaba sobre un arcón de ropa, ya no se presionaba insistentemente contra ella. Y todavía seguiría allí por la mañana para presentársela al hanyou. Después de todo, no era una noticia grata y no podía afectarle más en ese momento que por la mañana.
Así, se fueron temprano a la cama, con Kagome haciendo un valiente esfuerzo por no pensar en muchas cosas.
La arraigada reticencia de Kagome a ir a ver al Tennō no se desvaneció con la luz matutina. Hizo que les trajeran la comida de la mañana a Shippou y a ella, y llevó a cabo un silencioso debate mientras comían sobre si debía o no posponer honradamente la reunión durante más tiempo.
Pero la daga seguía sobre el arcón, un resplandeciente recordatorio de lo que había que hacer. Kagome sabía que, si las posiciones estuvieran invertidas, probablemente resentiría saber que él había dudado en contarle algo de esta magnitud. Inuyasha ciertamente actuaba como si no le importase mucho su padre, pero Kagome sabía que en realidad ese no era el caso.
Además, no era la noticia en sí lo que le hacía dudar. Aunque era horrible, no era como si nunca se hubiese visto obligada a compartir una mala noticia con él con anterioridad. Habían tenido una buena ración de tareas difíciles desde que ella había venido a la corte.
Era otra cosa. Algo que no quería examinar particularmente muy de cerca.
Después de una comida particularmente prolongada, Kagome decidió que posponerlo más sería tanto cobarde como inconcebible. También decidió que llevarse a Shippou consigo serviría como una defensa útil contra cualquier cosa realmente desagradable.
Los vistió a ambos y volvió a meterse la daga en el traje. Armándose de valor, partió hacia los aposentos de Inuyasha.
Guardias que no reconoció como miembros de los Tachibana la dejaron entrar y Kagome tomó nota mental de comprobarlo con Sango. Inuyasha estaba de lejos demasiado vulnerable como para que sus guardias personales no fueran seleccionados personalmente.
La pantalla también había desaparecido de su habitación. Inuyasha estaba sentado encorvado sobre su escritorio en la esquina, mirando atentamente un trozo de pergamino extendido sobre él. Su oreja izquierda se movió hacia ellos cuando entraron y levantó la cabeza.
Frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí? ¿No me golpeaste suficiente la última vez?
Kagome se mordió el labio para evitar gruñir, alzando a Shippou en sus brazos como un escudo. Por supuesto que seguía enfadado por lo de la última vez. Como si este encuentro no fuera a ser ya lo suficientemente incómodo.
—Tengo que hablar con usted, Tennō-sama —dijo en voz baja, entrando con solo un paso más en la habitación desde su lugar en la entrada.
De algún modo, las palabras parecieron enfurecerlo aún más, aunque Kagome las había sentido bastante inocuas al decirlas.
Se levantó y se movió hacia ella, hasta que se alzó imponente lo suficientemente cerca como para mirarla con furia a la cara. Y así lo hizo durante un largo momento, simplemente mirándola con furia como para comprobar algo.
Esto es, hasta que Shippou consiguió acercarse lo suficiente para morderle una de sus manos.
Inuyasha se apartó de golpe, más por la sorpresa que por un dolor real, y se quedó mirando a la cosa que lo miraba con furia desde la seguridad de los brazos de Kagome. No lo había visto antes.
—¿Qué diablos…?
—¡Deja en paz a Kagome, abusón!
Y en ese momento Kagome supo que traer a Shippou había sido un error.
—Shippou-chan, sé educado con el Tennō-sama —murmuró tensa, acercándose más al kitsune y alejándolo de la ira del hanyou—. Tennō-sama, este es Shippou. Ya lo ha conocido antes. Y se disculpa por ser grosero, ¿verdad, Shippou-chan?
Shippou murmuró algo que definitivamente no era una disculpa. Inuyasha resopló con amargura, su mirada fulminante alternaba ahora entre ambos.
—Entonces qué, ¿ahora necesitas traer un guardaespaldas para venir a hablar conmigo? —dijo sarcásticamente, con auténtica mordacidad en sus palabras.
—Soy responsable de su cuidado. No quería dejarlo solo en la residencia Fujiwara —respondió, consolándose con el hecho de que en realidad solo era una mentira a medias.
Inuyasha claramente no se creyó esto, seguía fulminando al par amenazadoramente. Kagome bajó la mirada, profundamente incómoda.
Finalmente, Inuyasha se dejó caer en medio de una pila de cojines, su silueta estaba tensa con furiosa resignación. Aparentó despatarrarse descuidadamente, negándose a seguir mirándola.
—¿A qué has venido aquí, Kagome? Los kami saben que no pudiste escapar lo suficientemente rápido la última vez.
Se sonrojó ante el recordatorio, esforzándose por mantener una semblanza de compostura y no salir huyendo de nuevo esta vez. No quería estar allí, no después de lo de Kikyou, la pantalla, Kouga, sus sentimientos…
Respiró hondo, obligándose a adentrarse más en la habitación. Dejó a Shippou, que todavía lo fulminaba con la mirada como uno podía conseguir con unas facciones tan infantiles, sobre un cojín y sacó la daga de entre su traje.
Se la ofreció silenciosamente a Inuyasha para que la inspeccionara.
El hanyou se enderezó, su mirada se enfocó en la daga. Volvió a estar de pie inmediatamente, mirándola de la cabeza a los pies.
—¿Qué ocurrió? ¿Quién fue?
Kagome negó con la cabeza, tendiéndole la daga para que la cogiera.
—No, no —dijo—. No pasó nada. Esto me lo trajeron y supe que tenía que traérselo. Es importante.
Inuyasha la inspeccionó un momento más, asegurándose. Luego cogió la daga, girándola confundido.
—¿Qué? —preguntó, mirándola con el ceño fruncido—. Es solo una daga. Huele un poco raro.
—La vaina —dijo Kagome, señalándola—. ¿No la reconoce?
Inuyasha se encogió de hombros. Kagome suspiró. Había esperado que pudiera entenderlo por su cuenta para que no hubiera necesidad de explicaciones por su parte.
—La tumba de su padre —dijo en voz baja y sus ojos se levantaron rápidamente para encontrar los de ella—. Algunas de las armas de allí tenían el mismo grabado. Y esta daga… vino de un almacén lleno de otras como esta en la residencia Taira.
Inuyasha estaba callado, pasando la mirada de modo inexpresivo de ella a la daga. Finalmente curvó su puño alrededor de la vaina, presionándola hasta que se dobló y la hoja de su interior se partió. Kagome abrió los ojos como platos mientras lo observaba, con expresión vacía de cualquier sentimiento mientras los restos de la daga repiqueteaban contra el suelo.
—Así que sí que fueron ellos.
Los ojos de Kagome recorrieron su rostro, inspeccionándolo en busca de cualquier pista de lo que podría estar sintiendo. No había nada allí para que ella viera y temía que eso significase que lo sentía más hondamente como para saber qué hacer con ello. Extendió una mano tentativa, tocando ligeramente su antebrazo.
—Sé que esto debe de ser difícil para usted, pero debemos actuar con cautela —dijo en voz baja—. Simplemente no puede esperar oponerse a ellos abiertamente en estos momentos y ya hay demasiada confusión dentro de la corte como para añadir más. Pero, por favor, confíe en que estoy haciendo todo lo que está en mis manos para asegurar que consigue apoyo suficiente para castigarles como se merecen ser castigados.
Inuyasha miró la mano sobre su brazo, un poco de su anterior enfado pareció abandonarlo. Asintió sin hablar. Kagome casi sonrió a pesar de la solemnidad del momento, sintiendo por un breve instante como si las cosas hubieran vuelto a la normalidad entre ellos.
—… En cualquier caso, ¿cómo conseguiste esa cosa? —preguntó Inuyasha, un atisbo de sospecha trepó en su tono mientras miraba los trozos una vez más. Shippou se había acercado lo suficiente para toquetearlos, impresionado a regañadientes ante la fuerza que el hanyou había demostrado al partir la hoja con una sola mano.
Kagome casi gruñó. Ahí se iba su momento.
—Yo… —vaciló, perfectamente consciente de que cualquier mención del nombre de Kouga generalmente señalaba el comienzo de una discusión entre ellos.
—Ese lobo se lo dio a Kagome —dijo Shippou, cogiendo uno de los trozos para intentar partirlo con su propia mano—. Huele aún peor que tú.
Sí, ciertamente había sido un error traerle.
Un silencio sepulcral llenó la habitación, salvo por el ligero arrastre de los movimientos de Shippou mientras continuaba jovialmente con su exploración de la habitación. Los ojos de Kagome estaban fijos en el suelo. Podía sentir su ira escalando un grado a cada momento que continuaba el silencio.
—¿El lobo? —soltó finalmente y ella se encogió—. ¡Ese bastardo te dio esto!
—No es como si hubiera ido a buscarlo específicamente —dijo rápidamente—. Necesitaba a alguien que pudiera acercarse lo suficiente a los Taira para vigilarlos en nuestro lugar. Kouga-sama era el único…
—¿Y qué consiguió de ti a cambio? —la interrumpió Inuyasha, agarrándole uno de sus antebrazos para obtener toda su atención—. El bastardo te ha deseado desde el principio. Así que, ¿qué le has dado, Kagome?
Tal vez fue que había acertado demasiado cerca de la verdad esta vez en sus conjeturas sobre sus tratos con Kouga. Tal vez fue la idea de que el hombre del que estaba enamorada pudiera desconocer tanto lo que sentía como para acusarla de estar con otro. Tal vez fue el constante y siempre apremiante conocimiento de que pronto iba a casarse con una mujer que no era ella y que se vería obligada a estar a su lado sin decir una palabra.
Fuera lo que fuera, algo estalló dentro de Kagome.
—¿Qué derecho tienes a decir con quién puedo estar o no? —soltó, soltando su brazo violentamente—. ¿Por qué te concierne, Inuyasha? Tú y yo no somos… ¡Como tu sierva, tienes mi lealtad, pero no te permitiré que decidas mi vida por mí! Si Kouga-sama es mi elección, entonces ¿qué reclamo tienes sobre mí para decirme lo contrario? ¡Ninguno! ¡Ninguno en absoluto! ¡Tú y yo…!
Se interrumpió, respirando con dificultad. Podía sentirse al borde de las lágrimas y las tragó ferozmente.
Agarró a Shippou abruptamente, cogiéndolo en brazos y yendo hacia la entrada antes de que Inuyasha tuviera tiempo de reaccionar. Se detuvo justo en el umbral, incapaz de marcharse sin un disparo de despedida.
—Parece que hay que felicitarte. Fujiwara-sama me habló de vuestros planes de boda. Así que, felicidades, Inuyasha. Espero que seáis felices juntos.
Y entonces se fue.
Nota de la traductora: ¡Muchísimas gracias por todos vuestros reviews! Confieso que el capítulo anterior era mi favorito en este momento de la historia, pero no quise decir nada en la actualización para no hacer spoilers.
En este capítulo se sigue avanzando con la historia y se ve que los personajes no tienen descanso alguno. ¡Ojalá que os haya gustado mucho!
Me estoy retrasando un poco con mi planificación de traducción, pero de momento no afecta al ritmo que estoy siguiendo de publicación, así que el próximo capítulo saldrá el 16 de octubre. Cruzad los dedos para que pueda remontar un poco más y para que no me vea obligada a retrasar más ls capítulos (espero que no).
¡Hasta la próxima!
