Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Nuestra pequeña lección de historia de hoy:
Chūgū: Término acuñado durante el mandato del Emperador Ichijō. Kōgō era generalmente el término para la Emperatriz consorte y el palacio en el que vivía dentro del Dairi (la residencia Fujiwara, donde vive Kikyou en esta historia), pero Ichijō tenía dos Emperatrices consortes, así que chūgū era el término que se le daba a la segunda. La chūgū tenía una segunda residencia construida para que viviera en ella dentro del Dairi.
Kikuji no ho y kikujin: No tengo muchas ganas de describir el kikujin porque es elaborado y de aspecto un poco extraño, pero si lo buscáis en Google, podréis verlo bien. Básicamente, es la vestimenta oficial del Emperador y el kikujin es un color verdoso que solo tenía permitido vestir el Emperador dentro de la corte.
Nubakama: Pantalones similares a los sashinuki que Inuyasha normalmente viste en la serie, pero de una naturaleza un poco más formal.
Kanmuri: De nuevo, difícil de describir, pero Google puede proporcionaros una buena imagen si la buscáis. Básicamente, es un sombrero de aspecto muy, muy ridículo que se ponían los cortesanos, y había uno especialmente diseñado que servía como equivalente a la corona para el Emperador.
¡Y sin más dilación, la historia!
Capítulo 20: De confinamientos y confesiones
A pesar de la rapidez con la que huyó del encuentro, Kagome no pudo escapar del lío enredado de sus propios pensamientos. No podía soportar pensar en la residencia Fujiwara en ese momento y, olvidando incluso la precaución de la guardia, se escapó de los confines del Dairi lo más rápido que la llevaron los pies.
Fue solo un golpe de buena fortuna el que le permitió vagar por las calles de la corte de ese modo sin encontrarse con problemas, pero antes de que se diera cuenta, Shippou y ella estaban a salvo dentro de los muros de la residencia Shingonin.
No había sido una decisión consciente por su parte ir a ese lugar en particular, pero estaba vagamente agradecida de que sus pies la hubieran llevado allí. Había varios sirvientes en la residencia para recibirla y Miroku había salido cuando ella llegó.
Todavía temblando ligeramente, la condujeron a una pequeña sala de té para esperar el regreso del houshi. Una joven sirvienta les sirvió al kitsune y a ella en silencio una taza de té, conteniendo afortunadamente cualquier comentario que pudiera tener sobre su pobremente disimulada angustia.
Aunque Shippou hizo varios intentos valientes y bastante estrafalarios por obtener su atención, Kagome no podía obligar a su mente a centrarse en nada durante más que una cuestión de instantes. Los ecos del desastroso encuentro la bombardeaban, la ira y la vergüenza la enfriaban y la calentaban por turnos ante el recuerdo.
Quería retirarlo todo. Quería volver a entrar en sus aposentos y gritar un poco más. Era difícil decidir cuál de los deseos era más fuerte, pero al final únicamente pudo ponerse de pie y pasearse agitadamente por la sala. Shippou la observó con perplejidad desde donde se había colocado sobre la mesa, sin saber qué hacer y comenzando a sentirse vagamente culpable por su papel en todo ello.
El repiqueteo de la pantalla mientras rodaba sobre sus viejos goznes finalmente consiguió liberar a Kagome de sus pensamientos confusos. Miroku entró en la sala, sonriendo mientras se guardaba varias hojas de pergamino en la parte delantera de su traje.
Por un instante, vaciló al verla a ella de pie y en mitad de sus paseos y a Shippou, que empezaba a imitar sus movimientos nerviosos encima de la mesa. Ocultando una carcajada discretamente en su mano, se recuperó rápidamente con una sonrisa de bienvenida.
—Kagome-chan, ¿a qué debo el placer de esta visita? —dijo, su buen humor era aún más pronunciado de lo habitual—. Me disculpo por estar fuera cuando llamaste. Tenía unos asuntos que atender y no anticipé que se me permitiera hoy el privilegio de tu compañía. Y de la de Shippou-chan también.
—No, en absoluto —dijo Kagome apresuradamente en respuesta—. Tengo yo la culpa por no informarle antes de venir. Me disculpo. Simplemente…
Se interrumpió torpemente, demasiado exhausta mentalmente para siquiera intentar dar una excusa para su presencia allí. Su mirada bajó al suelo entre ellos.
—Tu mejilla parece estar curándose bien —comentó él inocuamente tras un instante, sintiendo su inquietud.
Observó sus pies mientras se acercaban a ella, una mano amable se posó en su barbilla, inclinándole el rostro para poder inspeccionar la herida. Aun así, evitó su mirada, consciente de que estaba examinando más que solo su herida.
—No hay hinchazón y la herida se está cerrando bien —dijo—. Aun así, la piel de una mujer nunca debería ser tocada en el calor de cualquier emoción que no sea la pasión. Lamento profundamente no haber estado ahí cuando me necesitabas, Kagome-chan.
—Tonterías —contestó Kagome rápidamente, incapaz de seguir apartando la mirada de él—. Usted mismo me advirtió que no saliera de la residencia. No es culpa de nadie más que mía que eligiera no hacerle caso.
Miroku no contestó, simplemente se quedó mirando su rostro durante un largo momento. Kagome se sonrojó, segura de que podía leer más allí de lo que a ella le gustaría.
—Pareces claramente infeliz, Kagome-chan —comentó suavemente, confirmando sus sospechas. Ella suspiró.
—Y usted parecía claramente feliz cuando llegó —contestó—. Lamento arruinarlo. Tal vez debería ir…
—Ah, ah, ah —dijo Miroku, negando con la cabeza—. No te vas a escapar tan fácilmente, Kagome-chan. Además, cualquier hombre cuyo humor pueda verse arruinado por la presencia de una mujer hermosa no es hombre en absoluto. Ven, concédeme el placer de tu presencia un poco más.
Kagome sonrió involuntariamente, recordando por un momento su primer encuentro con el houshi. Cuando todo había parecido tan simple…
La sonrisa disminuyó. Ya nada parecía tan simple.
Una mano se presionó ligera pero insistentemente contra su espalda baja, impulsándola hacia fuera de la habitación. Miró al houshi y él le ofreció una sonrisa bondadosa, apartando la mano e indicándole en su lugar que fuera delante.
—Hace un poco de frío, pero la nieve está hermosa en el jardín —dijo—. Y creo que hay una pelota kemari para ti, Shippou-chan.
Los tres se retiraron al jardín, Kagome y Miroku tomaron asiento en una pasarela que daba al espacio cubierto de escarcha mientras Shippou buscaba con entusiasmo la pelota prometida. No perdió tiempo en exigir su atención mientras comenzaba con una serie de maniobras elaboradas para mantener la pelota en el aire, ansioso por animar a Kagome y reparar su anterior papel en su discusión con el hanyou. Con cada rebote, la pelota adoptaba una nueva forma mientras iba hacia arriba, desde un champiñón llorón hasta una pequeña estatua de Jizō.
—Mis oídos son tuyos si los necesitas —ofreció Miroku, apartando la mirada del espectáculo del kitsune por un momento—. Al igual que cualquier otra parte de mi cuerpo de la que puedas obtener consuelo.
A Kagome se le enrojecieron las mejillas ante la finamente velada sugerencia y le lanzó una mirada de reproche. Él le sonrió impenitente en respuesta.
—¿Ha de hablar así cuando no dice ni una sola palabra de corazón? —resopló Kagome—. Solo piénselo, si alguna vez es sincero sobre sus sentimientos por una mujer, ella nunca lo sabrá.
Kagome era perfectamente consciente de que probablemente no era asunto suyo indagar en beneficio de su amiga en lo relativo a los sentimientos de Miroku, pero difícilmente podía evitarlo. Además, era agradable enfocar su mente en algo que no fueran sus propios problemas.
La expresión de Miroku flaqueó por un momento, pero se recuperó rápidamente. Se inclinó hacia ella, apoyando una de sus manos sobre la suya donde descansaba en la pasarela y presionando su mano libre contra su pecho en una muestra exagerada de dolor.
—Me hiere, Kagome-chan, que puedas siquiera sugerir que mis sentimientos por ti no son más que sinceros —opinó teatralmente—. Mi… ah, apreciación general por la belleza manifestada en la forma femenina en ningún sentido disminuye mi profundo y pertinaz afecto por ti.
—Y por cualquier otra mujer sobre la que pose sus ojos —contestó Kagome secamente, arqueando una ceja en su dirección—. Dígamelo de verdad, Miroku-sama, ¿nunca ha sentido que haya una mujer que amerite toda su atención? ¿Una sola mujer que piense que es especial por encima de las demás?
—¿Debo continuar asegurándote mi afecto, Kagome-chan? —intentó Miroku sin seriedad—. Porque estaría más que contento de demostrarte físicamente lo ardiente que es mi…
Se interrumpió bajo la fuerza de su mirada implacable. Con un suspiro, apartó la mano de la de ella, girándose para observar las payasadas de Shippou en el jardín nevado.
—No me di cuenta de que esta charla nuestra giraría hacia mí —bromeó, un último intento por entretenerla.
Kagome ni siquiera parpadeó.
—Hubo una vez una mujer —confesó Miroku finalmente, inclinándose bajo su mirada decidida—. Pero me rendí con ella hace mucho. Era una causa perdida y ¿por qué iba a limitar mi afecto infinito por perseguir a una mujer que nunca podría corresponderlo? Además, las emociones son cosas de belleza pasajera. Por naturaleza, son fugaces. Así, la fugaz naturaleza de mis… ah, encuentros románticos con mujeres está diseñada sensatamente para igualar…
—¿Por qué cree que es una causa perdida? —interrumpió Kagome para evitar que llevase la conversación al curso habitual que parecía llevar con él.
Le lanzó una mirada por el rabillo del ojo, obviamente perturbado por su habilidad para quitarle las figuradas riendas. Se movió inquieto donde estaba sentado, encogiéndose de hombros en un gesto que era extrañamente poco elocuente para él.
—Desde el nacimiento, hubo ciertas circunstancias que dictaron que ella y yo no estábamos destinados —respondió vagamente—. Yo… yo no le haría daño por nada del mundo, pero eso es lo que sería cualquier unión entre nosotros dos. Dañina para ella.
La solemnidad entró ahora en su expresión, sus ojos se volvieron distantes con el giro de sus pensamientos. Kagome lo observó, le dolía el pecho en simpatía.
Se sintió más segura que nunca de que era Sango de la que había estado enamorado. Que era Sango de la que todavía estaba muy enamorado. ¿Por qué si no iba a seguir afectándole hablar de ello? Obviamente era la desventaja de su propia cuna la que le hacía sentirse desigual a ella y la que le hacía preocuparse de que ella se vería degradada por la unión.
Esta vez fue ella la que se estiró para tocarle la mano.
—Lo comprendo, Miroku-sama —dijo con sentimiento.
Él parpadeó, sacado de sus pensamientos mientras se giraba para mirarla.
—Somos terriblemente parecidos —confesó en voz baja.
Miroku juntó las cejas en gesto inquisitivo, pero pareció entenderlo tras un instante.
—Quieres decir que tú…
—Hay un… un hombre —aportó Kagome, bajando la mirada—. Es… de la corte. La verdad, fue muy tonto por mi parte…
Se interrumpió. Podía sentir que Miroku se la quedaba mirando durante un largo momento, asimilándolo, y se preguntó si debería habérselo dicho. Finalmente, la mano que estaba debajo de la suya se movió, dándose la vuelta para agarrarle la mano en cambio. Levantó la mirada hacia él.
—Parece que has estado guardando más secretos que solo la identidad de nuestro Tennō-sama —dijo con solemne simpatía.
—Nunca creí ser una persona reservada, pero parece que he reunido mucho desde que vine aquí —contestó Kagome en voz baja—. ¿Está enfadado conmigo?
—No —respondió Miroku, negando con la cabeza—. Comprendo la necesidad de ciertos secretos demasiado bien como para condenarte por los tuyos, Kagome-chan. Con el Tennō-sama, el encubrimiento era obviamente necesario. En cuando a este nuevo objeto de tu afecto… Confesaré que desearía que me lo hubieras confiado antes. No solo para haber preparado mi corazón para la decepción de enterarme de que estás para siempre lejos de mi alcance, sino también…
Se detuvo, girándose para encontrar sus ojos. La seriedad que allí había la sorprendió por un instante.
—A menudo siento que te causé un gran perjuicio al traerte aquí —dijo con voz queda, bajando los ojos hacia sus manos entrelazadas—. Sabía que sería difícil para ti, entendía lo que era la vida en la corte como foráneo, pero aun así te traje. Y sé que has sufrido por mi decisión, aunque eres demasiado buena como para decirlo tú misma. Me siento responsable de tu felicidad y de tu infelicidad, y me preocupa…
—Sí que deseo —le interrumpió Kagome amablemente, apretándole la mano—, que todos dejaran de intentar asumir la responsabilidad por mí. Aunque es muy amable por su parte, puedo prometerle que es completamente innecesario. Nadie es responsable de mí, de mi felicidad o infelicidad, etcétera, salvo yo misma. Usted no me obligó a venir a la corte con usted, Miroku-sama. Tomé una decisión tanto como usted y aun con todo lo que ha pasado, seguiría sin tomar otra diferente. Usted me dio una oportunidad que de otra manera nunca habría tenido y ahora debe permitirme hacer lo que pueda con ella. Pero, por favor, nunca sufra pensando que me ha causado un daño.
Miroku se la quedó mirando durante un largo momento antes de que su expresión se disolviera en una pequeña sonrisa. Cogió su mano, tirando de ella hasta que la encajó en el doblez de su brazo. Pasó el brazo por sus hombros muy castamente, sosteniéndola afectuosamente contra su costado. Kagome sonrió para sus adentros, la calidez fraternal del gesto barrió momentáneamente otras preocupaciones de su mente.
—Eres una buena mujer, Kagome —le oyó murmurar—. Y si este hombre indigno, lo suficientemente afortunado para ganarse tu afecto, no puede verlo, es un tonto sin remedio.
Kagome atenuó su sonrisa una fracción.
—Me temo que soy la única a la que se le puede llamar tonta —suspiró—. Ciertamente, últimamente he actuado como tal a cada oportunidad en lo referente a él. Incluso esta misma mañana despotriqué contra él como una demente. E incluso sabiendo lo fatal que actué, aun así estoy muy enfadada con él. Va a casarse pronto y aunque sé que no es responsable de mis sentimientos…
Suspiró, su humor se deterioró rápidamente cuando la discusión de la mañana le volvió a venir a la mente. Miroku, al sentir el declive, apretó su hombro en gesto de consuelo.
—Estabas dolida, Kagome-chan —dijo suavemente—. No hay mucho que hacer. El amor nos vuelve a todos tontos con el tiempo. Lo creas o no, yo también he sido sujeto de la locura de vez en cuando. No, no, no protestes, aunque sé que soy tu idea de la perfección y la sabiduría personificadas.
Kagome sofocó una risita tras su mano, sus melodramas pudieron con ella una vez más. Por el rabillo del ojo, pudo ver una sonrisa apenas contenida en su rostro, amenazando la falsa solemnidad que afectaba. Enlazó uno de sus brazos alrededor de él.
—Me ha descubierto, Miroku-sama —contestó del mismo modo—. Ha sido mi ideal desde el primer momento en que mis ojos se posaron sobre usted. ¿Nos casamos y le ponemos fin a todas las demás tonterías?
La expresión de Miroku se descompuso y también se rio entre dientes.
—Si el amor fuera algo tan sencillo —dijo—, en este mismo momento nos encontraríamos en los confines de mis aposentos, consumando…
—¡Miroku-sama! —lo interrumpió Kagome con indignación, con el rostro acalorado.
—Discúlpame, Kagome-chan —dijo Miroku, impenitente y obviamente complacido por haber podido llevar la broma más allá—. Pero cuando se presenta la idea de casarse con una mujer tan hermosa como tú, desafío a cualquier hombre a mantener la mente alejada de cuestiones de una naturaleza más… física.
—Y es mejor que esas cuestiones se queden solo en la mente —resopló Kagome, ligeramente mosqueada porque hubiera conseguido derrotarla una vez más.
—Sí, sí —dijo mientras le daba una palmadita en el hombro en gesto apaciguador—. Me disculpo por ofender tus sensibilidades. De ahora en adelante, prometo que esos pensamientos sobre ti solo serán disfrutados dentro de los confines de mi propia mente.
Kagome le lanzó una mirada de reproche, pero su atención había vuelto hacia el kitsune que estaba en el jardín. Shippou parecía estar intentando ir en la pelota, ahora transformada en una peonza demasiado grande, por el patio. Estaba claro que se había aburrido de la kemari. También parecía estarse mareando bastante.
Los dos observaron, sonriendo mientras el niño giraba por el jardín nevado. Finalmente, Kagome se volvió hacia el houshi, ocurriéndosele algo.
—Usted dijo que había renunciado a esa mujer —se atrevió a decir Kagome en voz baja—. Pero ¿de verdad lo ha hecho? ¿Alguna vez ha sido capaz de verdad de dejar… de dejar de amarla?
La pregunta era una espada de doble filo, lo sabía. Por un lado, deseaba que la respuesta fuera que no. Que nunca había superado sus sentimientos por Sango. Que todavía había un poco de esperanza, por remota o improbable, de que los dos pudieran encontrar la felicidad que tanto se merecían el uno con el otro.
Pero si la respuesta era que no, que nunca lo había superado, que todavía estaba enredado, entonces difícilmente era un buen presagio para su propio aprieto.
Aun así, tenía que preguntar.
Miroku no se giró para mirarla. Continuó siguiendo las gracias de Shippou con los ojos, pero la alegría había desaparecido de ellos.
—He estado con otras mujeres desde que supe que la amaba —respondió lentamente y a regañadientes—. Y en ocasiones he sido capaz de creer que amaba a algunas de esas mujeres. Hasta que un día me di cuenta de que el patrón por el que comparaba a esas demás mujeres… era ella. Que ella se había convertido en el ideal contra el que todas las demás parecían palidecer en comparación. Fue un momento bastante desalentador. Aun así, me esfuerzo. ¿Qué más puedo hacer?
A Kagome se le encogió el corazón. Hubo una cierta dolorosa resignación en la compostura de su boca que respondía a la pregunta aún más claramente que sus palabras.
Amaba a Sango.
Se apoyó contra su costado, ofreciendo el poco consuelo que podía. Él le apretó el hombro en reconocimiento.
—Quiero que sea feliz —dijo en voz baja—. Por favor, crea que será feliz algún día, tan feliz como se merece serlo. Yo lo creo.
Él no le contestó, pero la atrajo más hacia sí.
Cualquier conversación que pudiera haber habido a continuación se vio interrumpida por la entrada de una sirvienta. Informó a Kagome de que había guardias del Dairi solicitando que saliera. Al parecer, habían recibido órdenes de que la llevaran de regreso al Dairi inmediatamente.
Kagome sintió que se le encogía el estómago al pensar en lo que podía significar esto. Probablemente su castigo por hablar tan precipitadamente había llegado mucho más rápido de lo que había esperado. Miroku le dirigió una mirada de preocupación, pero ella le aseguró rápidamente que no era nada. Sería inútil hacer que se preocupase cuando había tan poco que hacer al respecto, en cualquier caso.
Sí le preguntó, no obstante, si podía quedarse con Shippou hasta que pudiera volver a recogerle. El niño ciertamente no tenía necesidad de estar presente para cualquier reprimenda a la que indudablemente fuera a someterla Inuyasha y no se había olvidado del inconsciente papel antagonista que había jugado en su último encuentro. Mejor prevenir que curar, después de todo.
Miroku aceptó rápidamente. También pregunto si creía o no que podría regresar a verle al día siguiente, su antiguo buen humor resurgió por un momento mientras le informaba de que tendría algo que querría mostrarle entonces. Kagome prometió que así lo haría y se despidió de ambos.
Los guardias formaron un estrecho círculo a su alrededor en cuanto salió de la residencia Shingonin, como si pensasen que iba a escaparse de ella. Aunque a Kagome le atraía la idea, sabía que sería tanto una estupidez como inútil intentarlo. Sin hablar, les permitió conducirla de regreso a los confines del Dairi, solo escuchando a medias las disculpas del líder de los guardias por haberla obligado a acortar su visita. Habían recibido órdenes del Tennō-sama, etcétera.
En su lugar, estaba preocupada preguntándose exactamente cuán enfadado estaría Inuyasha con ella y exactamente cuánto tiempo iba a ser capaz de contener sus propias emociones al enfrentarse a él de nuevo tan pronto. A pesar de su catártica conversación con Miroku, todavía se sentía sensible y nerviosa al pensar en el hanyou. Solo esperaba poder morderse la lengua el tiempo suficiente para terminar con ello.
Kagome estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que habían llegado hasta que uno de los guardias le dio un golpecito tímidamente en el hombro. Parpadeó, dirigiéndole al guardia una mirada de disculpa, y avanzó mientras el líder de los guardias le indicaba que entrase ella primero.
Se detuvo a medio paso. De repente se dio cuenta de que esta no era la entrada a los aposentos de Inuyasha. No era un edificio que reconociera en absoluto, para el caso.
—Ah, disculpen, pero ¿dónde estamos exactamente? —dijo, volviéndose hacia los guardias con confusión.
El líder de los guardias frunció el ceño en su dirección.
—Como le expliqué antes, Miko-sama —dijo lentamente—, nuestras órdenes eran traerla aquí, a la residencia de la anterior Chūgū-sama. No hay necesidad de preocuparse. La residencia lleva vacía bastante tiempo. El Tennō-sama desea que usted se… quede aquí un tiempo. Nosotros estaremos a su servicio, Miko-sama y pronto traerán sus cosas para que esté más cómoda aquí.
Kagome parpadeó, pasando la mirada lentamente de un guardia a otro. Todos apartaron los ojos, pareciendo ligeramente avergonzados. Obviamente se había perdido bastante con su falta de atención de camino allí.
—Me está diciendo… ¿que me van a confinar aquí? —preguntó Kagome suavemente, apenas capaz de creer las palabras mientras salían de ella.
El líder de los guardias se aclaró la garganta con incomodidad, alejando la mirada de la de ella.
—Confinamiento es una palabra bastante fuerte, Miko-sama —dijo a modo de evasiva—. Al Tennō-sama únicamente le gustaría trasladarla aquí por el bien de su seguridad. El humor de la corte difícilmente es estable por el momento y está más segura dentro de los muros del Dairi.
—¿Se me permite ir y venir a placer, entonces?
—… No —contestó el líder de los guardias tras un momento de vacilación—. El Tennō-sama nos ha indicado que no salga fuera a menos que vaya acompañada de Su Majestad. Sin embargo, tiene permitido recibir visitas aprobadas e intercambiar correspondencia con el exterior del Dairi.
Lo último se le ofreció apresuradamente con la esperanza de mitigar cualquier explosión de ira que fuera a salir, pero Kagome tenía una expresión ausente. Simplemente se lo quedó mirando durante un largo momento antes de negar con la cabeza.
—No —dijo—. Esto no puede ser así. Tengo que hablar con el Tennō-sama. Esto no puede ser así.
Avanzó un paso con la intención de acudir inmediatamente a los aposentos de Inuyasha, pero los guardias se interpusieron rápidamente en su camino.
—Me disculpo, Miko-sama, pero tenemos órdenes de la mano del mismísimo Tennō-sama. Hasta que recibamos instrucciones de Su Majestad, no va a moverse de aquí. Por favor, si pudiera cooperar, Miko-sama, no será necesario pasar vergüenza por parte de ninguno de nosotros.
Kagome oyó la amenaza velada por las corteses palabras. Usarían la fuerza para que se quedase allí si era necesario. Se los quedó mirando sin decir palabra, con el ceño fruncido en gesto de incredulidad. Ninguno cedió en absoluto.
Con un grito de frustración apenas ahogado, Kagome giró sobre sus talones y atravesó con decisión las puertas de la residencia. Había un sinnúmero de sirvientes caminando por allí, trabajando para preparar la residencia para su ocupante después de haber estado vacía durante tanto tiempo, pero todos se detuvieron a hacerle una reverencia cuando entró. Kagome ni siquiera pudo sonreír en respuesta, conformándose con dirigirles un rápido asentimiento en señal de reconocimiento.
Casi entró volando en la primera habitación vacía que encontró en la residencia, temiendo la fuerza de su propia cólera mientras crecía dentro de ella. Se dejó caer para sentarse toscamente sobre el suelo desnudo y polvoriento de la habitación, simplemente sentándose y respirando honda y temblorosamente durante largos momentos mientras intentaba procesar lo que estaba ocurriendo.
Inuyasha la había sentenciado a un confinamiento.
Había un sinnúmero de reacciones que había anticipado de él, pero esta ciertamente no era una de ellas.
Pero ¿de verdad había sido él? ¿De verdad podía haberle hecho esto? Tal vez alguien más les había dado órdenes a los guardias haciéndose pasar por Inuyasha.
No. ¿Quién más iba a escoger confinarla dentro del Dairi? Si alguien quería hacerle daño, este era el último lugar para hacerlo y sabía perfectamente que los guardias que estaban con ella le eran leales a Inuyasha. No iban a recibir órdenes de nadie más y, si querían hacerle daño, ya lo habrían hecho antes.
Solo podía tratarse de Inuyasha.
Pero ¿cómo podía haberle hecho esto? ¿Por qué tomar una acción tan drástica para castigarla por un tonto ataque de ira?
Kouga. Conocía poco que enfadase más al hanyou que la sola mención del Señor de los lobos. Y Kagome prácticamente le había declarado que había escogido estar con Kouga.
Entonces no era un castigo. Era una forma de evitar que viera a Kouga.
Esta vez Kagome sí gritó, bajando los puños contra la fría madera del suelo.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía? Después de todo lo que había hecho por él, ¿tenía el valor de someterla a esta suerte de humillación? ¡Y todo porque a él no le gustaba Kouga!
Lo peor de todo era ¡que ni siquiera podía gritarle nada de esto hasta que escogiera venir a verla! Ciertamente podría escribir una nota colérica y enviársela, pero era imposible que eso comenzase siquiera a satisfacer la absoluta rabia que se agitaba en la boca de su estómago…
—¿Miko-sama?
Una tímida voz llegó desde detrás de la shoji, sobresaltándola. Por un momento, toda su ira se dirigió hacia la delgada silueta de la figura que estaba allí, pero un momento de reflexión le mostró la irracionalidad de ello. Cerró los ojos, obligándose a respirar hondo antes de responder.
—Adelante, por favor.
Hubo un momento de vacilación antes de que la sirvienta abriese la puerta y Kagome recuperase la suficiente presencia mental para preguntarse si había oído el jaleo que había estado haciendo. La mujer hizo una reverencia antes de entrar y cerrar la pantalla detrás de ella. La sirvienta se giró hacia ella y se inclinó una vez más, con la frente casi tocando el suelo.
Pasaron varios largos momentos de silencio.
—No… no pretendo molestarla, Miko-sama —se atrevió a decir la mujer finalmente, con la mirada recatadamente gacha—. Pero… resulta que pasaba por aquí, verá, y no pude evitar oír…
Se interrumpió, lanzándole una rápida mirada a la miko. Un fuerte sonrojo subió al rostro de Kagome al darse cuenta de que sí que la había oído. Estaba callada, silenciosamente abochornada.
—¿Ocurre algo? —continuó la sirvienta apresuradamente finalmente—. Sé perfectamente que no es asunto mío y, si no desea contestar, Miko-sama, lo entiendo completamente. Pero los sirvientes de la corte… estamos todos a su favor, verá, todos la apoyamos y… bueno, verá, me resultó extraño que el Tennō-sama informase a todos los sirvientes tan de repente de que iba a trasladarla aquí, Miko-sama, y sin ni siquiera haber trasladado muchas cosas aquí para velar primero por su comodidad, y luego colocar una guardia alrededor de toda la residencia… bueno, es decir, nos resultó extraño a todos…
Hizo una nueva pausa, mirándola por debajo de las pestañas como para valorar si la había ofendido o no.
—Lo que intento decir con mi divagación es que… bueno, los sirvientes estamos de su parte, Miko-sama —dijo, encontrando los ojos de Kagome momentáneamente—. Sean cuales sean las… ah, circunstancias, puede contar con nosotros para estar a su lado si nos necesita.
Kagome se quedó mirando enmudecida a la mujer por un momento, sin saber qué pensar de eso. De repente encajó todo. Abrió los ojos como platos.
—¡Oh, no! —exclamó, levantó las manos rápidamente en gesto de protección—. No, no. No hay… circunstancias. El Tennō-sama simplemente me trasladó aquí porque… bueno, por conveniencia. Es más fácil para mí deliberar con Su Majestad si no tengo que correr por toda la corte para hacerlo, como verás, y Fujiwara-sama y yo creímos que era mejor que yo tuviera mi propio espacio separado de ella ahora que soy una espiritista oficial de la corte.
Se consoló con el hecho de que no era totalmente mentira. Ciertamente este movimiento inesperado había sido para conveniencia de alguien, si no para ella. Pero ahora no era el momento de dejar que la cólera y la frustración la vencieran. No podía permitirse ni siquiera aparentar división o conflicto con Inuyasha, no en ese momento.
Aun así, la sirvienta no pareció convencida.
—Entonces, ¿lo que acabo de oír…?
—Era por otra cosa —aportó Kagome—. Como puedes imaginarte, tengo un buen número de cosas que me han frustrado en los últimos días, pero puedo asegurarte que mi traslado aquí no es una de ellas.
—Por supuesto —exhaló la mujer, toqueteándose un lateral de su cabeza en gesto de vergüenza—. Por supuesto. Simplemente asumí… Pero por supuesto que ha tenido un sinnúmero de cosas con las que lidiar, Miko-sama. Todos sabemos lo duro que ha estado trabajando. Siento haber sido tan indiscreta, de verdad…
—En absoluto —contestó Kagome—. Aprecio tu preocupación por mí, de verdad. Y también aprecio tu evidente lealtad. Pero necesito que sepas más allá de cualquier duda que mi lugar está al lado del Tennō-sama. Su Majestad… Su Majestad es un hombre muy bueno y apoyo a Su Majestad en todos los asuntos. Lo entiendes, ¿verdad?
—Por supuesto, Miko-sama —contestó la mujer inmediatamente—. Y los sirvientes los apoyan a los dos, por si sirve de algo.
—Sirve de mucho —contestó Kagome, sonriéndole.
La mujer levantó la mirada hacia ella, sonriendo tentativamente en respuesta.
—Es usted una de las pocas que lo pueden ver así —dijo en voz baja—. Ahora, si me disculpa, Miko-sama, se supone que debo ayudar a desempaquetar las cosas y limpiar este viejo lugar un poco. Será mejor que deje de evadir mis deberes.
Volvió a hacer una reverencia antes de moverse para marcharse.
—Un momento solo —la llamó Kagome después de que abriese la shoji.
—¿Sí, Miko-sama?
—Tu nombre —dijo Kagome—, ¿me lo podrías decir?
—Chūsei, Miko-sama —contestó la mujer, ahora con una amplia sonrisa—. Puede llamarme Chūsei.
Kagome sonrió.
Hizo falta mucho esfuerzo y varias horas de meditación en los amplios jardines de detrás de la residencia, casi cayendo enferma en el proceso por el frío aire y ganándose una reprimenda de Chūsei por ello, pero finalmente Kagome fue capaz de al menos tomar las riendas de su ira porque la hubieran obligado a aislarse.
No sabía cuánto tiempo iba a poder mantener el agarre sobre esas riendas si se veía cara a cara con el propio hanyou, pero por el momento al menos podía mantener la apariencia de un frente unido con él.
Su frustración sobre las extremas limitaciones de la situación era un tema no tan fácil de superar. Ciertamente se había visto limitada con anterioridad debido a la endeble naturaleza del sentimiento actual de la corte y la necesidad de tener una guardia con ella cada vez que salía, pero al menos todavía había sido relativamente libre para ir a donde quisiera.
Los guardias aquí se aseguraron de que eso ya no fuera una opción. Rodeaban todo el perímetro de la residencia. Aun así, estaba tentada a al menos intentar ver si podía pasar a través de ellos, aunque solo fuera para salir un poco de detrás de los muros. Finalmente rechazó la idea, decidiendo que su mentirijilla del «frente unido» probablemente se desmoronaría si fuera a alertar a los sirvientes de la residencia del hecho de que los guardias estaban colocados tanto para mantenerla dentro como para mantener a otros fuera.
En el periodo de su primer día de confinamiento, los sirvientes, que rondaban por las instalaciones en una ráfaga de actividad, habían conseguido limpiar y amueblar cada habitación con cosas suyas enviadas desde la residencia de la futura Emperatriz así como con cosas que nunca antes había visto, pero que a Kagome le informaron que habían sido aportadas por el mismísimo Tennō-sama.
Había lujosos trajes, alfombras, biombos de seda, algunos pequeños arcones de extravagantes joyas, perfumes, algunos juegos y abundante papel y materiales de escritura. Incluso le dispusieron una elaborada cámara de baño, llena de aceites y jabones de todos los tamaños y colores.
Toda la opulencia y la muestra solo sirvieron para alimentar la latente cólera de Kagome. Pensó que era extremadamente estúpido pasar por tantos problemas para equipar toda una residencia cuando solo ella se quedaba allí y cuando no tenía ninguna intención de quedarse mucho tiempo, si de ella dependía.
Además, podía ver claramente en el completo bulto de los objetos los poco elegantes intentos de Inuyasha por aplacarla. Solo sirvió para irritarla más que Inuyasha pareciera pensar que era lo suficientemente tonta para distraerse con algunas baratijas brillantes.
El resultado de todo esto fue que Kagome se quedó con poco que hacer más que pensar y esperar. Envió una nota a Miroku y a Shippou, disculpándose por no poder ir a visitarlos por un tiempo y ofreciendo la excusa de que el Tennō-sama le había pedido que se quedase cerca durante los próximos días por razones que le había pedido que no revelase. No se atrevió a invitarlos a ninguno de ellos ni a Sango a que fueran a visitarla. Sabía que, si venían y veían a los guardias flanqueando la residencia, no sería capaz de ocultar durante mucho tiempo su cautiverio. Era mejor mantenerlos alejados y escribirse con ellos por medio de notas por el momento.
Intentó enviarle también una nota a Kouga, pero el sirviente que llevaba su mensaje regresó al final del día para informarle de que no había sido capaz de encontrar ni rastro del Señor de los lobos. La residencia que había estado ocupando estaba despejada y nadie parecía tener ni idea de a dónde podía haber ido. Kagome le dio las gracias al hombre por sus esfuerzos, aunque internamente estaba preocupada.
Kouga había prometido que se marcharía inmediatamente para empezar a arengar a los clanes youkai de fuera de la corte, pero también había dicho que iría a verla antes de partir. Conociéndolo como lo conocía, Kagome encontraba difícil de creer que fuera a marcharse sin más sin ir primero a verla.
Se preguntó si Inuyasha había intervenido en su repentina desaparición. Quería creer que no era lo suficientemente atrevido para atacar verbalmente al Señor de los lobos y arriesgarse a suscitar la ira de su clan simplemente por lo que había dicho ella, pero le resultaba difícil sentirse segura de nada después de su treta, al aislarla simplemente para que los dos estuvieran separados. Lo mejor que podía hacer era rezar porque el Señor de los lobos hubiera salido de la corte sin hostigamiento.
Pero el amplio espacio de tiempo que ahora tenía para la reflexión no solo le proporcionaba preocupaciones a Kagome. A petición suya, Chūsei venía a menudo a hacerle compañía. La mujer era unos veinte años mayor que ella y tenía un aura maternal y modesta que Kagome encontraba profundamente tranquilizadora. También estaba genuinamente preocupada por su bienestar de una forma que calmaba el temperamento tenso de la aldeana.
En el transcurso de una de sus conversaciones en la pasarela trasera que miraba a los helados jardines, con cada una de ellas aferrando una taza de té humante para mantenerse calientes mientras observaban la ocasional pequeña ráfaga de copos de nieve flotando suavemente del oscurecido cielo, Kagome le dio voz finalmente a una idea que había estado creciendo al fondo de su mente desde su primer encuentro.
—¿Chūsei? —empezó tentativamente.
—¿Mmmm? —respondió la sirvienta distraídamente, sus ojos estaban ocupados trazando el camino de un copo de nieve errante mientras giraba en mareantes círculos para aterrizar finalmente cerca de ellas en la pasarela.
Había hecho falta un tiempo, pero al fin la había convencido de que le hablase de manera informal con estaban ellas dos solas. La respuesta informal hizo sonreír a Kagome.
—Tengo una petición que hacerte, si quieres escucharla —dijo Kagome.
Chūsei parpadeó, emergiendo de su medio aturdimiento y girándose hacia Kagome con un frunce interrogante.
—Me sorprende. Rara vez me pide usted algo —dijo Chūsei—. Por supuesto que quiero oírlo, Kagome-sama. Hace tiempo que sabe que puede darme la orden que quiera.
—Soy consciente —dijo Kagome—. Sin embargo, mi petición es… un poco extravagante, por así decirlo. Solo quiero que sepas de antemano que lo entiendo completamente si escoges negarte.
Chūsei se limitó a arquear una ceja, esperando a que continuase.
—Por lo que he visto durante mi tiempo aquí en la corte, los sirvientes pasan bastante desapercibidos para los nobles, a pesar del obvio hecho de que todas sus vidas están construidas esencialmente sobre vuestros esfuerzos.
—Un trabajo bien hecho es una recompensa en sí misma. Son los cortesanos los que necesitan halagos y reconocimiento, no nosotros, los sirvientes —objetó Chūsei, aunque parecía complacida por el reconocimiento.
—Precisamente —replicó Kagome—. Los sirvientes están presentes en todas partes de la corte, en todas las residencias, aunque son ampliamente una presencia silenciosa. Y eso me hizo pensar, bueno… necesito tu ayuda, Chūsei. Tu ayuda y la de cualesquiera otros sirvientes que puedas encontrar que estén dispuestos. Sabes perfectamente que estos son tiempos inciertos para el Tennō-sama. Y con los ojos de los sirvientes ayudándonos a Su Majestad y a mí, se me ocurre que se pueden evitar muchos problemas. Necesito… necesito información, supongo, y no puedo conseguirla yo sola. Simplemente no soy capaz. Pero con tu ayuda…
Kagome se interrumpió, observando a la mujer con ojos esperanzados.
—¿Se refiere a que le gustaría que los sirvientes actuasen como sus ojos y oídos dentro de la corte? —aportó Chūsei tras un momento de silencio.
Kagome asintió.
—No pretendo que invadáis su privacidad por mí —aclaró—. No quiero secretos familiares ni nada parecido. Solo necesito saber si hay alguien que planee oponerse al Tennō-sama o hacerle daño a Su Majestad. Pero no puedo estar en todas partes a la vez y muchos de los clanes recelan de mí ahora que saben quién soy y dónde me sitúo. Entiendo, no obstante, que hay mucho riesgo involucrado para los sirvientes si alguna vez llegasen a descubrirlos. Puedo prometer asumir completa responsabilidad en caso de que eso ocurriese y estoy segura de que Su Majestad también ofrecería tanta protección como fuera posible. Pero necesito que tú específicamente, Chūsei, organices a los demás. Que hagas un seguimiento de ellos, que escuches lo que sea que tengan que informar y que me lo traigas a mí o al Tennō-sama. Si estás dispuesta, claro.
Chūsei simplemente se la quedó mirando durante un largo momento, con expresión neutral. Entonces, las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba, la calidez iluminó sus pálidos ojos castaños mientras se estiraba para depositar una fría mano sobre una de las de Kagome.
—Como si eso fuera una pregunta. —Se rio entre dientes—. Me sentiría honrada de serle de ayuda, Kagome-sama. Y aunque no puedo hacer promesas en nombre de nadie, también sé que hay muchos sirvientes que estarían entusiasmados por la oportunidad. Después de todo, ¿quién más que usted y el Tennō-sama va a defendernos? ¿Quién va a halagarnos y a creer que somos valiosos?
—Más gente de la que puedas pensar —dijo Kagome suavemente—. Los cortesanos… con el tiempo, creo que pueden llegar a ver las cosas de una forma diferente. Muchos de ellos simplemente están tan seguros de que lo antiguo debe ser lo correcto que no se paran a pensar en ello. Solo tenemos que hacerles pensar.
—Entonces, usted hágales pensar y nosotros los observaremos —dijo Chūsei, dándole una palmadita en la mano—. Si alguien puede hacerlo, es usted. Mañana empezaré a preguntar entre algunos de los sirvientes en los que estoy segura que puedo confiar.
—Gracias —dijo Kagome, apretando la mano que cubría la suya con agradecimiento.
Y así, con una petición, se ganó cientos de miles de ojos y oídos.
Kagome se pasó toda una semana aislada. Hacia el final, sentía que estaba al borde de perder los nervios, a pesar de las copiosas cantidades de meditación, la compañía ocasional y los informes de Chūsei sobre el progreso en el reclutamiento de sirvientes.
Aun así, la forma en la que llegó su alivio temporal casi la hizo desear que hubiera podido quedarse dentro de la residencia.
Las sirvientas la despertaron temprano a la séptima mañana, guiándola medio dormida hacia la elaborada cámara de baño de la que todavía tenía que hacer uso. El agua caliente y el olor de los aceites de baño ya llenaban la gran palangana de madera y las sirvientas la desvistieron rápidamente y la empujaron hacia la bañera.
Frotaron vigorosamente para despertarla completamente, limpiando la mugre de su piel y su pelo. También lubricaron su cabello y le aplicaron alguna suerte de loción a su piel después de secarla. Aunque Kagome generalmente encontraba el proceso de que las sirvientas la lavaran y la acicalaran desagradable, como mucho, y una auténtica molestia, como poco, lo que siguió fue peor de lejos.
Chūsei llegó hacia el final de su baño, informándola de que tenía su ropa dispuesta en su habitación. Kagome se puso un albornoz y la siguió hasta allí donde, para su horror, encontró un juni-hito compuesto de nada menos que nueve capas dispuesto ante ella.
Le dirigió a Chūsei una mirada de súplica, pero la mujer se limitó a negar con la cabeza.
—Lo siento, Kagome-sama, pero tengo órdenes —dijo—. Hoy tiene que ser un juni-hito o nada. Ahora, venga, seguro que estará hermosa.
Kagome frunció el ceño.
—¿Órdenes de quién? —insistió con testarudez.
—Órdenes directas del Tennō-sama —respondió Chūsei, inclinándose para coger la capa más interna.
Kagome sintió que sus manos se cerraban en puño, la ira chispeó en ella abruptamente. ¿Qué abusos esperaba infligirle ahora al obligarle a hacer esto?
—¿Su Majestad dio una razón para la necesidad de las… galas de hoy? —consiguió decir sin sonar demasiado exasperada.
—Ninguna —contestó Chūsei concisamente—. Y será mejor que deje de retrasarse. Voy a ponérselo de una forma u otra.
Con un suspiro, Kagome se sometió, sabiendo perfectamente que con la voluntad inflexible de Chūsei, era más que una amenaza vana.
Chūsei la vistió rápidamente y se aseguró de que las capas caían correctamente. Peinó el cabello de Kagome (ya había crecido hasta más abajo de su cintura, notó Kagome distraídamente) y jugó un poco con él antes de decidir dejarlo sin adornos y suelto por su espalda. Vaciló cuando llegó el tema del polvo facial, cogiendo su barbilla con una mano y examinando sus facciones con contemplación.
—Bueno, está lo suficientemente pálida para ir sin él, creo —reflexionó en voz alta—. Pero ese rasguño sigue estando un poco oscuro. Será mejor que cubramos eso, al menos.
Como había predicho Kikyou, el corte estaba curando bien y no parecía que fuera a quedar cicatriz. El interior de su boca hacía tiempo que se había curado completamente y el rasguño de su mejilla recientemente se había desvanecido hasta ser una mancha moteada amarillenta que, aunque no era agradable de ver, al menos no era dolorosa al tacto.
Chūsei se dispuso a trabajar para cubrir los restos de la herida, añadiendo un poco de polvo de un rosa pálido a sus párpados para complementar el azul pálido del traje antes de declarar que estaba tan hermosa como una Emperatriz.
A Kagome le dieron un par de geta y una sombrilla ligera y le indicaron que fuera a la puerta delantera de la residencia. Salió tambaleándose, maldiciendo internamente a cada paso fuerte las ideas estúpidas sobre la belleza que había en la corte. Los guardias le permitieron que saliera con asentimientos cordiales, como si no la hubieran estado manteniendo cautiva durante una semana. Obviamente también habían recibido órdenes.
Una figura la esperaba justo fuera de las puertas, dándole la espalda, y por un momento se sorprendió. Era imposible equivocarse, solo el característico color de su pelo le hacía reconocible al instante, pero la transformación externa era tan grande que estaba desconcertada.
Ya no estaba el informal rojo intenso de sus sencillos karaginu y sashinuki, reemplazados por un largo y elegantemente bordado kikuji no ho del kikujin imperial. Un fluido nubakama azul oscuro asomaba por debajo del dobladillo bajo del kikuji no ho. Incluso había llegado al punto de recogerse el pelo plateado debajo del charol negro del kanmuri, sus orejas estaban obviamente sujetas debajo también.
Kagome estaba demasiado sorprendida para hacer más que quedarse mirando mientras Inuyasha se daba la vuelta, con una expresión tan miserable como se sentía ella al estar envuelta en sus galas. Sus ojos encontraron los de ella y su expresión cambió, quedándose en algún lugar entre una culpa cauta y una terca defensa.
—Ho-Hola —dijo él tentativamente tras un momento de silencio.
Kagome sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban al instante, la ira corrió ardiente hasta su rostro. Él debía de haberlo visto claramente, si el pequeño paso que había retrocedido era alguna indicación.
—Tenemos que ir a por Kikyou —dijo apresuradamente, girando sobre sus talones y avanzando sin esperar por ella.
—¡No te atrevas a huir, cobarde! —dijo Kagome entre dientes, lo suficientemente bajo para que los guardias de la puerta no pudieran oírla—. ¡Sabes que lo que hiciste está mal! ¡Cómo te atreves…!
Salió en desbandada torpemente tras él, sosteniendo en alto el dobladillo de su traje de la misma forma en la que le habían enseñado que no debía hacer y tambaleándose horriblemente sobre sus zapatos. Tras unos instantes, él pareció tener piedad de ella, reduciendo el paso lo suficiente para que se pusiera justo detrás de él.
—¡Gírate a mirarme ahora mismo, Inuyasha! —soltó, estirándose para tirar de una de sus mangas largas—. ¡Lo que has hecho es imperdonable, increíble, y me merezco una disculpa! ¡Al menos una explicación! No puedes…
—Puedo y lo hice —replicó Inuyasha en voz baja, sin detenerse ni dirigirle ni una mirada—. Y no voy a disculparme, Kagome. Hice lo correcto.
—¿L-Lo correcto? —dijo Kagome con voz estrangulada, apenas consiguiendo evitar enterrar las uñas lo más profundo posible en su brazo como podía—. ¿En qué mundo lo correcto es obligarme a confinarme en contra de mi voluntad?
—Eres mía, Kagome —dijo Inuyasha y Kagome sintió que su corazón daba una fuerte sacudida en su pecho ante la cruda sinceridad de las palabras—. Mi sierva. Por si te has olvidado, me prometiste que te quedarías conmigo. Ese bastardo pulgoso te estaba distrayendo. Así que quité la distracción, tan sencillo como eso.
Kagome vaciló, la no completamente desagradable sorpresa de sus palabras le robó la voz por un momento. Intentó recordarse que le había faltado al respeto con lo que había hecho, que le había impuesto su voluntad cuando no tenía derecho a hacerlo. Aun así, era difícil recuperarse de toda su antigua ira.
—¿Qué le hiciste a Kouga-sama? —preguntó finalmente.
Él no contestó, pero le lanzó una mirada por el rabillo del ojo que decía con bastante claridad que había hecho algo y que no era bueno. Un escalofrío atravesó a Kagome con más fuerza que el frío del aire y estaba a punto de exigir una explicación cuando estuvo a la vista el muro exterior de la residencia Fujiwara.
Kikyou los estaba esperando justo fuera de la puerta de entrada, con el rostro escondido en la sombra creada por su parasol. Avanzó suavemente hacia ellos a través de la fina capa de nieve que todavía cubría los terrenos. La admiración y el resentimiento rivalizaron por posicionarse dentro de Kagome ante la elegancia de sus movimientos incluso dentro de los confines del juni-hito.
—Mi señor. Miko-sama —los saludó a ambos y Kagome se sorprendió en silencio ante el cambio en la forma de dirigirse a ella—. Tiene buen aspecto.
La sombra hacía su expresión completamente inescrutable y su tono era igual. Aun así, Kagome se dio cuenta de repente de la mano que todavía aferraba la tela de la manga de Inuyasha. La soltó como si le hubiera quemado.
—Usted también, Fujiwara-sama —contestó Kagome cortésmente, haciendo una reverencia.
—Confío en que hayas encontrado satisfactorio tu nuevo hogar en la residencia de la antigua Chūgū-sama —comentó suavemente la futura Emperatriz.
Inuyasha se movió ligeramente con incomodidad a su lado. Kagome también pudo sentir una mordacidad oculta bajo la pregunta que no entendió. Vaciló, sin saber si debía decir la verdad.
—Es un lugar muy hermoso —se decidió finalmente—. Ciertamente más de lo que merezco. Su Majestad es demasiado generoso.
No pudo evitar lanzarle finalmente una mirada a Inuyasha, aunque no insistió más. Aunque Kikyou y ella estaban en un lento camino hacia el entendimiento, la idea de permitir que la otra mujer conociera los asuntos entre Inuyasha y ella la molestaba. Si el hanyou no le había contado a su futura esposa exactamente lo que estaba haciendo, entonces Kagome tampoco sería la que lo hiciera.
—Me alegro de oírlo —dijo Kikyou, aunque de nuevo su tono era tan desabrido que era difícil saber si de verdad se alegraba—. ¿Vamos, entonces, mi señor?
Inuyasha le ofreció el brazo y Kikyou apoyó delicadamente su mano libre en la suya. Kagome sintió una ligera punzada al verlo y apartó la mirada, decidiendo allí mismo que, lo que fuera que hubiera ocasionado su liberación de la residencia que ahora servía como su prisión personal, no era algo que fuera a disfrutar.
Con un pequeño contingente de guardias (unos que reconocía como pertenecientes al clan Tachibana, notó Kagome con una efímera punzada de placer) siguiéndolos, los tres salieron del Dairi. Kagome tenía muchas ganas de preguntar qué iban a hacer, pero la testarudez selló sus labios. Tanto Inuyasha como Kikyou parecían saber perfectamente bien lo que estaba pasando y Kagome se negaba a exponer su propia ignorancia.
Al principio pareció que simplemente estaban dando un paseo. Empezó a caer una ligera nevada del neblinoso gris del cielo matutino y Kagome abrió su sombrilla para evitar que los copos aterrizaran en su ropa. Otros cortesanos paseaban por las avenidas alrededor de ellos, más de los que Kagome pudo recordar ver fuera en algún momento. Se preguntó si tal vez habían tenido conocimiento de este paseo de antemano.
Observaban desde debajo de sus parasoles y tras sus abanicos con ojos cautelosos, algunos incluso asomaban de justo dentro de las puertas de las residencias. Inuyasha y Kikyou siguieron caminando como si no fueran conscientes y no tuvieran ninguna prisa, con las cabezas en alto y los rostros compuestos. Kagome se esforzó por proyectar la misma imagen, a pesar de su incomodidad general.
Finalmente, después de dar algunos giros por varias calles diferentes, una mujer se les acercó tentativamente. Hizo una profunda reverencia.
—He oído que podíamos dirigirnos a usted, Tennō-sama, si nos preocupaba algo —dijo, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación.
Inuyasha inclinó ligeramente la cabeza, asintiendo a esto.
—Entonces, tengo una pregunta, Tennō-sama —dijo, ganando un poco de confianza—. Al… Al romper la pantalla, Su Majestad, ¿no ha desechado completamente la autoridad del Tennō-sama? ¿Años de tradición y su posición privilegiada como conducto de los kami en la tierra?
Llevó los ojos a su rostro, ansiosa con su pregunta. La mirada de Kagome se dirigió a Inuyasha para medir su reacción. Medio esperaba que explotase contra la mujer, pero su rostro contuvo una regia pasividad a la que había conseguido agarrarse hasta entonces durante toda la excursión. Kagome se preguntó si tal vez estaba pasando demasiado tiempo con Kikyou.
—He de creer que la autoridad del Tennō no depende de algo tan trivial como una pantalla —respondió Inuyasha finalmente y Kagome abrió los ojos como platos—. Y es mi deseo gobernar por los méritos de mi propia habilidad, no con el peso del pasado ni de un supuesto enlace que tenga con los kami. Viviré o moriré por mi propia espada.
La respuesta fue más elocuente que nada de lo que Kagome podría haber anticipado y no pudo contener la sonrisa de orgullo que se extendió por sus facciones. Pero una rápida mirada a la mujer reveló que todavía quedaba algo de duda. Se dirigió hacia ella, encontrando sus ojos.
—Una gran lección que se me enseñó durante mi entrenamiento cuando era pequeña —dijo Kagome—, fue que los kami no tienen ningún deseo de que nosotros meramente esperemos complacientemente por el destino que desean que tengamos. Han dado ejemplo del camino a seguir, pero debemos caminarlo por nuestra cuenta con nuestra propia fuerza. No es que Su Majestad desee alejar a los kami de él, sino que Su Majestad desea seguir su propio camino usando su propia fuerza.
La mujer parpadeó, asintiendo lentamente mientras lo asimilaba. Una sonrisa incierta se extendió por su rostro y asintió una vez más.
—Sí, ya veo —dijo—. Gracias. Eso me ha estado preocupando, pero creo que ahora lo entiendo. Gracias, Tennō-sama, Miko-sama.
—Y nosotros le damos las gracias por compartir su preocupación, prima —contestó Kikyou elegantemente—. Su Majestad siempre está abierto a saber de su pueblo.
La mujer asintió, hizo una reverencia, les dio las gracias una vez más y se marchó apresuradamente.
Siguieron con la caminata. Varias personas más se acercaron durante ella, todos con distintas preguntas, solicitudes y preocupaciones. Inuyasha los recibió con ecuanimidad, a pesar de la naturaleza vagamente incendiaria de algunos de los comentarios, y Kikyou y Kagome intervinieron donde él se trababa. Para el tercer encuentro, más o menos, a Kagome le quedó claro que Inuyasha debía de haber hecho saber a la corte que iba a salir y que deseaba atender sus preocupaciones.
También entendió el propósito. Estaba dando a conocer su presencia y sentir mientras que al mismo tiempo les daba a los cortesanos acceso al Tennō de una forma que nunca había estado disponible antes para la mayoría de ellos. Estaba estableciendo una conexión con ellos, haciéndose real a sus ojos al estar presente entre ellos. Kagome se maravilló silenciosamente ante la inteligencia del movimiento y la cantidad de preparación que debía de haber invertido en él.
Aun así, los que sí se dirigieron a él eran personas pertenecientes a clanes que Kagome se imaginaba que ya simpatizaban con su causa. Los que no lo hacían se limitaban a observar desde la distancia, estudiándolo. Aun así, algo era algo y Kagome estaba bastante orgullosa de Inuyasha.
Estuvo menos orgullosa, quizás, cuando al final la devolvieron a la residencia de la antigua Chūgū y se dio cuenta de que todavía no se le permitía ir y venir a placer.
Estos paseos diarios por la corte (junto con su subsiguiente reconfinamiento diario) continuaron durante una semana. Cada día, a la misma hora, se repetía la rutina, Inuyasha obviamente pretendía establecer su presencia como soberano. Más gente se acercó a ellos cada día y al final de cada excursión caía el deber sobre Kikyou y Kagome de repetirle las solicitudes del día a Inuyasha, quien entonces las registraba para lidiar con ellas cuando lo estimase conveniente.
Los paseos en ocasiones eran difíciles para Kagome, más allá de la mera dificultad de verse obligada a ponerse geta y un juni-hito todos los días. Inuyasha y Kikyou caminaban siempre del brazo, unidos, y Kagome a menudo se sentía intensamente sola mientras los observaba. Intentó observarlos cuanto podía durante un tiempo, para acostumbrarse al panorama y fijar la idea de ellos juntos firmemente en su mente, pero pronto descubrió que el dolor nunca se iba del todo y se rindió.
Además, también tenía que competir con su persistente enfado hacia Inuyasha. Como siempre estaban juntos en público, no se atrevía a tratarlo en voz alta, pero su resentimiento por su arbitrio bullía justo debajo de la superficie. Él se negaba a decirle cuándo, si es que alguna vez, tenía intención de ponerle fin a su confinamiento o qué le había hecho a Kouga, mientras que los subsiguientes sirvientes que enviaba tampoco lo encontraban.
Aunque le complació ver que, a pesar de las recientes agitaciones, no parecía que ninguno de los clanes estuviera de momento al borde de ir inmediatamente en contra de Inuyasha. Parecían contentarse con observar por el momento, y algunos incluso parecían inclinados a darle a Inuyasha la oportunidad que necesitaba de demostrar que era un buen líder.
Tal vez era solo que ninguno de ellos tenía todavía los medios para oponerse a él abiertamente, pero para Kagome era un consuelo saber que estaba a salvo por el momento.
—Confieso sentir un poco de impaciencia, Kagura —murmuró una voz fríamente desde algún lugar en la oscuridad.
Le siguió un pequeño grito ahogado, resonando por la negrura.
—P-Pare —dijo la voz de una mujer con tono estrangulado—. Por favor, p-pare. No se… puede hacer nada…
—Siempre se puede hacer algo, Kagura —dijo la voz del hombre, arrastrando perezosamente las palabras—. Tal vez si aprieto un poco más pueda ayudarte a encontrar un poco de inspiración…
—¡No! —gritó la mujer—. No… solo, por favor, Naraku-sama… la ha encerrado en el Dairi. Solo sale una vez al día y entonces está con ella. Es imposible acercarse a ella ahora mismo sin llamar la atención.
—¿El chucho lo sabe, entonces?
—No estamos seguros. Si es así, no ha dicho nada al respecto y ciertamente no ha hecho movimiento alguno para usarla todavía.
El silencio se extendió durante un largo momento. De repente, el grito de la mujer rasgó el aire.
—No es una buena respuesta, Kagura —riñó la voz masculina ligeramente—. ¿Por qué razón te conservo si demuestras ser tan inútil? Y ahora me entero de que incluso algunos dentro del clan están empezando a titubear. ¿Es que no puedes controlar ni siquiera a ese montón de marionetas estúpidas? Pero supongo que no. ¿Que una marioneta controle a otra? ¿Dónde está el sentido en eso? Tal vez simplemente debería encargarme más firmemente de todo…
Otro grito desgarrador, seguido de débiles sollozos.
—Pare… pare…
—Te ofrezco una última oportunidad, Kagura —continuó el hombre, su tono informal no se vio alterado por la evidente angustia de la mujer—. Intercederé por tu bien. Me aseguraré de que la chica sale. No podemos permitirnos dejarla en sus manos o dejar que se gane más simpatías. Pero fállame esta vez y te aseguro que me desharé de ti. Nunca te olvides de que eres prescindible, Kagura.
Los leves sollozos continuaron.
Kagome se despertó abruptamente, incorporándose en su futón. Sentía las mejillas mojadas y se dio cuenta de que debía de haber estado llorando mientras dormía. Una vaga sensación de horror todavía permanecía y se preguntó qué diablos podría haber estado soñando.
Finalmente lo descartó como carente de importancia, dándose cuenta de que era bastante fútil preocuparse por algo tan trivial como una pesadilla. La pálida luz que entraba por su ventana le dijo que se había despertado demasiado temprano, antes incluso que las sirvientas que normalmente la despertaban para prepararla para las rondas de la corte, como las había apodado mentalmente.
Pasó el tiempo en su habitación perezosamente, poniéndose su traje de miko en aras de la calidez y peinándose el pelo. Estaba contemplando si quería pedir o no té para entrar un poco en calor cuando una voz llamó urgentemente a través de la puerta shoji.
—¡Miko-sama! ¡Por favor, dese prisa! ¡La O-Miko-sama la espera en la puerta de entrada y dice que es urgente!
A Kagome le llevó un segundo procesar esto, pero estuvo en pie en un abrir y cerrar de ojos. Se puso rápidamente las sandalias, cogió el arco y corrió hacia la entrada.
Midoriko estaba allí, esperando por ella, con el rostro pálido y cansado a la temprana luz de la mañana.
—Lamento despertarte, niña, pero voy a necesitar tu fuerza —jadeó la O-Miko, obviamente había corrido hasta allí para ir a buscarla.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —preguntó Kagome apresuradamente, su corazón ya le martilleaba en el pecho.
—No hay tiempo —contestó Midoriko, agarrándola de la mano—. Lo explicaré por el camino.
—O-Miko-sama, me disculpo, pero tenemos órdenes de no permitir que la Miko-sama salga sin el consentimiento del Tennō-sama —dijo uno de los guardias en la puerta, estirándose como para impedirle el paso a Kagome.
Midoriko le dirigió una mirada que habría hecho que un peor hombre se encogiera.
—¿Acaso parece que tenga tiempo para hacerle caso a tus tonterías? —soltó, apartando a Kagome de su alcance y haciéndole atravesar la puerta—. Vete a decirle al Tennō-sama lo que he hecho por ti mismo, si quieres, pero nosotras nos vamos ya.
Se dio la vuelta y empezó a correr, con Kagome siguiéndola por detrás. Los guardias las llamaron, pero obviamente vieron que era inútil. Midoriko tenía mucho peso como la O-Miko y ellos eran reacios a ir directamente en contra de eso.
—¿Qué ocurre? —exhaló Kagome de nuevo, tirando de la cinta de su carcaj mientras rebotaba contra su hombro.
—Cuando estaba meditando esta mañana —contestó Midoriko, virando abruptamente para doblar una esquina hacia la avenida principal—, sentí que algo iba mal. Una gran animadversión. Al principio estaba lejos, pero de repente se acercó más y más. Pronto me di cuenta de que se dirigía hacia la corte. Ha pasado un tiempo desde la última vez que sentí a un grupo de youkai tan grande o tan enfadado.
Giró otra vez y Kagome se dio cuenta de que iban hacia la puerta septentrional más exterior.
—No puedo precisar qué es, pero debe de haber una fuerza dirigiéndolos —continuó Midoriko—. Grupos tan grandes simplemente no se forman sin una guía. Pero supongo que esa es una preocupación para cuando esto termine. Necesito que me prestes tu poder, Kagome. La corte es vasta. Nunca he sido capaz de reunir la fuerza suficiente para crear una barrera a su alrededor por mi cuenta antes o ya lo habría hecho. Mi esperanza es que las dos combinadas seamos suficiente.
—¿Y si no lo somos?
Midoriko le dirigió una mirada sombría.
—Entonces no espero con ganas el caos que resultará —contestó—. Si no hay nada que se lo impida, estarán dentro de la corte en momentos. Tenemos fuerzas para luchar contra ellos, pero no lo suficientemente rápido para evitar que causen el caos mientras tanto. Si podemos formar la barrera, al menos podremos evitar que ataquen a quienes no pueden defenderse.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Kagome, los recuerdos de los ataques a las aldeas revolotearon enfermizamente por su cabeza.
Podía ver la puerta justo delante.
—No mucho, al paso al que se están moviendo —contestó Midoriko con tristeza.
Llegaron a la puerta y la atravesaron corriendo. Los guardias que allí había se sobresaltaron, fijando la mirada en el par, que jadeaba.
—Necesito que uno de vosotros vaya a informar al Tennō-sama de que hay una multitud de youkai salvajes dirigiéndose hacia la corte —dijo Midoriko, girándose hacia ellos—. Decidle a Su Majestad que se le necesita en la puerta norte. Y necesito que otro vaya con los Tachibana y los demás guardias y que les diga lo mismo. Necesitamos a todo el que podamos conseguir aquí lo más rápido posible, ¿lo entendéis?
Vacilaron, mirándose entre ellos. Midoriko frunció el ceño.
—¡Nosotras vigilaremos la puerta por vosotros, idiotas, así que marchaos ya! —soltó.
Eso hizo que se movieran.
—¡Sí, O-Miko-sama! —dijeron casi al unísono antes de salir corriendo.
—Memos… —murmuró Midoriko por lo bajo mientras los observaba.
—¿Cómo vamos a hacerlo, Midoriko-sama? —preguntó Kagome, recuperando su atención—. Yo nunca antes he creado una barrera de este tamaño y normalmente he trabajado a través de conductos. No sé cómo hacerla de cero.
—Coloqué conductos en cada puerta esta mañana después de darme cuenta de lo que ocurría —contestó Midoriko—. Sé dónde está cada uno, así que tengo los puntos de enfoque. Solo necesito que me prestes tu energía y yo la dirigiré. Rápido, dame tus manos.
Una sensación atravesó a Kagome como dedos fantasmales pasando por toda su columna. Se dio la vuelta, con los ojos bien abiertos, para mirar hacia el oscuro bosque que bordeaba la puerta septentrional. Por el rabillo del ojo, vio que Midoriko hacía lo mismo.
—Los siento —exhaló Kagome, se le puso toda la piel de gallina.
—Kami… —murmuró Midoriko, sonaba distante—. No. ¡No! Todavía hay tiempo. Dame las manos, niña.
Cogió las manos de Kagome con las suyas, obligando a la paralizada chica a darle la espalda al bosque.
—Cierra los ojos y concéntrate —ordenó Midoriko.
Kagome así lo hizo, concentrando toda la energía que pudo reunir a través de sus brazos, hacia sus manos y hacia Midoriko. Sintió el peculiar cosquilleo en las manos y subiendo por sus brazos mientras la energía empezaba a salir de ella y hacia la mayor.
—Buena chica —murmuró Midoriko, con la voz ligeramente tensa mientras concentraba las energías de ambas en formar la barrera.
Kagome siguió canalizando su energía a través de sus manos entrelazadas, sintiendo como si estuviera tirando desde las mismísimas plantas de sus pies de todo lo que podía reunir. En el borde de su concentración, empezó a oír algo, el resonar de pies. Podía sentir cientos de presencias moviéndose apresuradamente hacia la puerta. A su otro lado, podía sentir la fuerza de los youkai, furiosos y ganando terreno a cada momento…
—¡Concéntrate! —soltó Midoriko, haciendo que su mente volviera.
Kagome volvió a concentrarse, impulsando una ola de energía a través de sus manos y hacia la miko. Pero estaba empezando a llegar a su límite y estaba empezando a ser un gran esfuerzo dragar la energía. Pero no podía sentir la barrera formándose.
—Midoriko-sama…
—Lo sé, ya casi estamos. Solo necesito un último empujón por tu parte —murmuró la miko más mayor.
Pero había un temblor de nervios en su voz y tenía las palmas resbaladizas por el sudor dentro de los confines de las manos de la propia Kagome. Podía sentir la presencia de cientos de personas flanqueándolas ahora, observando y esperando en tenso silencio mientras trabajaban. También podía sentir a los youkai aproximándose más.
Kagome aferró las manos de Midoriko con más fuerza, sintiendo que sus extremidades empezaban a temblar mientras buscaba en sus últimas reservas de energía. La obligó a salir por sus manos, sintiéndose vagamente enferma y segura de que estaba gastando más de lo que podía permitirse.
Sintió que algo parpadeaba sobre la corte. Una vez. Dos veces.
A la tercera, la barrera cobró vida. Kagome podría haber gritado de alegría.
Y entonces Midoriko se desmayó. La barrera titiló una vez y luego desapareció completamente.
A Kagome se le hundió el estómago. Abrió los ojos de golpe, asimilando en un loco instante el grupo de cortesanos amontonado ansiosamente justo en el interior de la puerta y el grupo de guardias imperiales y miembros de los Tachibana flanqueándola.
Y la barrera desapareció sin dejar rastro.
Kagome experimentó un momento de ciego pánico, segura de que no podría crear una barrera con la poca energía que le quedaba y ahora capaz de sentir el golpe físico y el retumbar de la multitud de youkai aproximándose.
Una mano tocó el hombro de Kagome y se dio la vuelta con los ojos abiertos como platos.
—¡Kagome-chan!
Era Sango, vestida completamente con su traje de taiji-ya. La visión familiar le devolvió un poco de sensatez.
—¡Sango! —gritó, rodeando a la mayor con sus brazos.
—Kagome-chan, ¿qué pasa? —preguntó Sango, correspondiendo a su abrazo.
—No hay tiempo —dijo Kagome, apartándose a la distancia de un brazo y encontrando los ojos de la mujer con urgencia—. Necesito que dispongas a los guardias y a tu clan. Formad un muro como podáis para proteger la puerta. Van a intentar entrar primero, lo sé. Yo intentaré que los cortesanos huyan, ¿de acuerdo?
Sin esperar respuesta, Kagome salió corriendo hacia los cortesanos. Por el camino, llamó a un guardia cercano, ordenándole que se encargase de Midoriko. Era obvio que simplemente se había excedido al intentar formar una barrera tan extensa, pero necesitaba que se ocuparan de ella y que al menos la llevaran a un lugar seguro.
Llegó ante el grupo de murmurantes cortesanos y levantó las manos para obtener su atención. Cientos de ojos se enfocaron en ella, ansiosos por tener alguna suerte de consuelo.
—Por favor, necesito que todos se vayan lo más lejos posible de aquí —dijo Kagome, levantando la voz para que la oyeran—. ¡Se aproximan youkai y se verán involucrados en el conflicto si se quedan aquí! Vayan lo más lejos posible y adviertan a todo el que vean por el camino. ¡No entren en pánico! ¡Lo haremos lo mejor que podamos para evitar que lleguen a ustedes!
El estallido y los quejidos de los árboles al ser arrancados de raíz llegaron a sus oídos. Kagome se quedó fría.
Era demasiado tarde. Estaban demasiado cerca. El grupo estaría sobre ellos en cuestión de minutos.
—¡Kagome!
Un borrón rojo y blanco aterrizó en cuclillas a su lado.
—¡Inuyasha! —gritó Kagome, oyendo un salvaje murmullo recorriendo a los cortesanos ante la llegada del Tennō—. Gracias a los kami que estás aquí —exhaló Kagome—. El enjambre está casi aquí. Intentamos crear una barrera, pero…
De repente le cedieron las rodillas. Sorprendida, Kagome cayó al suelo. Se dio cuenta con un sobresalto de lo pesadas que sentía las extremidades. Como había sospechado, había gastado más energía de la que podía en la creación de la barrera. Apenas podía moverse.
—¡Kagome!
El hanyou se agachó a su lado, pasando un brazo alrededor de sus hombros para ayudarla a incorporarse.
—Oye, Kagome, ¿qué pasa? ¿Estás herida?
Kagome negó débilmente con la cabeza.
—No hay tiempo —murmuró—. Ya casi están aquí. Una barrera… necesitamos una barrera, o si no…
Consiguió levantar los ojos para encontrar los suyos, bien abiertos y brillando con preocupación mientras se fijaban en el rostro de ella. Sus ojos pasaron de su forma prona a la línea de árboles, temblando ante la aproximación del enjambre y otra vez hacia ella. De repente, algo cambió.
Los dos lo sintieron claramente, sus ojos bajaron a la espada envainada en su cintura. Estaba palpitando con youki, tal y como lo había hecho cuando habían estado atrapados dentro del último lugar de descanso de su padre.
—Quiere algo —masculló Inuyasha, más para sí que para ella. Sus orejas se movieron en lo alto de su cabeza al compás de la palpitación, siguiendo el sonido como si fuera una voz hablándole.
Se puso en pie de repente, levantándola y colocándola sobre su espalda.
—¿Puedes agarrarte?
Kagome asintió, pasando los brazos por sus hombros con toda la fuerza que pudo.
Dos rápidos saltos los situaron en lo alto de la puerta. La visión de Kagome se volvió borrosa, pero se negó a soltar su agarre sobre el hanyou. De algún modo sentía que la necesitaba con él para esto, fuera lo que fuese.
Inuyasha liberó la espada de su vaina en un movimiento fluido, un destello chisporroteante de youki anunció su transformación mientras la liberaba. La enorme hoja siguió palpitando con urgencia, la fuerza bruta de su aura casi le daba miedo a Kagome.
Pero no había trazas de Inuyasha en ella. Fuera cual fuera el youki que guiaba la espada, no era el del hanyou.
Su padre, se dio cuenta Kagome. La estaba guiando el youki de su padre. La estaba guiando el youki de su padre para que…
Otro recuerdo, en apariencia aleatorio al principio, se unió a este pensamiento en su cabeza. Y todo encajó.
—Dale tu youki a la espada —le murmuró al hanyou—. Todo el que puedas reunir.
Inuyasha se limitó a asentir, como si a cierto nivel lo hubiera entendido ya. Levantó la espada, fijando los ojos con atención en la hoja, y empezó a concentrar toda su energía en ella.
Kagome sintió el pulso debajo de sus manos mientras su youki se alzaba, era una sensación como la de pelo erizándose contra su piel. Normalmente sentir el youki la repelía, chisporroteando por sus nervios en pequeñas y dolorosas sacudidas, pero había algo cálido y tranquilizador en el de Inuyasha que le hacía aferrarse a él todavía más.
Sintió que su youki empezaba a palpitar y lo vio casi como algo físico mientras empezaba a rodear la hoja, su energía se entrelazó con la de su padre. Pronto, las dos estaban palpitando en tándem, la fuerza bruta de las energías dejó a Kagome fascinada.
Como si estuviera a gran distancia, vio a los youkai llegar, colisionando finalmente a través de la línea de árboles, directos hacia las hileras de guardias y taiji-ya que Sango había dispuesto para proteger la puerta.
Midoriko había estado en lo cierto. El puro número de ellos parecía imposible, llegando en un torrente continuo desde las profundidades del bosque. Muchos eran youkai pequeños, pero la cantidad de maldad que sentía en ellos era impresionante.
Sintió que el hanyou vacilaba al verlo, dividido entre el deseo de quedarse y el deseo de saltar a la refriega. Los guardias y los taiji-ya estaban ya completamente enredados con el enemigo y los youkai seguían llegando.
—No pares —murmuró Kagome, presionándose más contra su espalda—. Solo un poco más.
Inuyasha frunció el ceño, pero la miró y volvió a concentrarse. Volvió el pulso, elevándose rápidamente hasta un tono febril. Kagome se sintió conteniendo el aliento, con los dedos enterrados en sus hombros mientras esperaba…
Algo chisporroteó fieramente por la longitud de la espada.
—¡Ahora! —gritaron al unísono e Inuyasha bajó la punta de la espada para enterrarla en el muro exterior.
Destelló con vida en un instante, ardiendo brillante y fuerte. Una barrera del propio youki de Inuyasha rodeó la corte en su totalidad, como lo habían hecho todos los Tennō antes que él hasta llegar al primero.
—¡Lo conseguiste! —exclamó Kagome, dividida entre la risa y las lágrimas.
—Todavía no ha acabado —replicó Inuyasha, observando la caótica refriega justo debajo de ellos—. Agárrate, Kagome.
Kagome eso hizo y un salto los dejó cerca de la entrada de la puerta. A pesar de sus anteriores apremios, muchos cortesanos todavía estaban amontonados en la puerta, observando la batalla que se desarrollaba justo fuera de los muros. Enviaron una gran aclamación al ver a Inuyasha, cada uno de ellos había sido testigo de la maravilla que acababa de hacer.
Inuyasha se encorvó y la depositó entre ellos, justo dentro de la seguridad de la barrera.
—Quédate aquí —ordenó, encontrando sus ojos y sin dejar espacio para discusiones.
Se incorporó y encaró a los exultantes cortesanos.
—Quedaos dentro de los muros y estaréis a salvo —les gritó antes de alzar su espada y girarse para unirse a la refriega.
Kagome quiso llamarlo, ir con él, preguntarle si estaría bien después de ya haber gastado tanta energía para formar la barrera, pero la multitud de cortesanos revoloteó rápidamente a su alrededor y bloqueó la figura que se alejaba de su vista. Intentó asomarse por entre ellos o incluso ponerse de pie, pero sus extremidades se negaban a seguir cooperando.
Todos parecían estar hablando a la vez, pero por mucho que lo intentase, no podía entender ni una palabra. Las caras entraban y salían de su campo visual y los sonidos de la batalla cercana resonaban distantes en sus oídos.
Por un breve instante, su vista se enfocó en un rostro que estaba justo más allá del anillo de gente que la rodeaba. Era Kagura, sus facciones pálidas y sus labios carmesís estaban torcidos en un gesto de odio. Sus ojos rojos resplandecieron mientras se fijaban en el rostro de Kagome, pero no fue solo ira lo que Kagome vio allí. También había algo de desesperación y temor. Se dio la vuelta abruptamente, desapareciendo entre la multitud.
La vista de Kagome volvió a ponerse borrosa y rezó para Inuyasha estuviera a salvo.
Kagome se despertó envuelta en la calidez de su futón. Durante un largo momento, se quedó mirando al techo encima de ella, intentando descifrar dónde estaba y cómo había llegado allí.
Finalmente, hizo un lento intento por incorporarse, su cuerpo prácticamente se quejó en protesta ante el movimiento. Una mano en su hombro la obligó a volver a tumbarse y se dio cuenta de que no estaba sola en la habitación.
—Solo han pasado unas horas —llegó la voz de Inuyasha de algún lugar cerca de la cabecera de su futón—. Acuéstate.
Se movió, poniéndose al lado del futón para que ella pudiera verlo. Tessaiga estaba aferrada en una mano y su rostro era solemne.
—¿Qué pasó? —preguntó Kagome con voz queda, mirándolo en busca de cualquier señal de heridas.
—Los capturamos entre los taiji-ya, los guardias y yo —respondió—, pero algunos consiguieron escapar.
—Alguien… ¿alguien salió herido? —preguntó Kagome, aunque parte de ella evitaba escuchar la que sabía que debía ser la respuesta.
—Algunos —contestó en voz baja, confirmando su temor—. Algunos también murieron.
Kagome palideció, con el corazón hundiéndose en su estómago.
—La Tachibana y el houshi están bien —aportó Inuyasha, como si sintiese la raíz de su miedo—. A ella la golpearon, pero él la apartó rápidamente de en medio.
—¿Y Midoriko-sama? —preguntó Kagome, recordando el desmayo de la mujer.
—Todavía descansa, por lo que sé —dijo con un movimiento despectivo de sus hombros.
El frunce que asomó ante la mención del nombre de la O-Miko desconcertó a Kagome.
—Sin Midoriko-sama puede que no hubiéramos tenido conocimiento del ataque hasta que hubiera sido demasiado tarde —dijo Kagome, mirándolo con el ceño fruncido.
Inuyasha resopló con sorna.
—Debería haberme llamado a mí primero cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo —soltó. En cambio, vengo aquí y descubro que te ha arrastrado a algún lugar y luego un guardia viene gritando a pleno pulmón que las dos estáis en la puerta septentrional.
—No tenía exactamente mucho tiempo para planificar lo que iba a hacer después de que se diera cuenta de lo que ocurría —replicó Kagome, aunque en silencio concedió que el procedimiento más apropiado habría sido alertar primero a Inuyasha—. Pensaba que entre las dos podríamos ser capaces de formar una barrera para desviar el ataque. Lo intentamos, pero sin importar cuánta energía le pusiéramos, no aguantaba.
—Y casi consiguió que os mataran en el proceso —soltó Inuyasha, fulminándola con la mirada.
—Pero no fue así —señaló Kagome, todavía exhausta y esperando dispersar la discusión antes de que empezase—. Y tú fuiste capaz de formar una a tiempo. ¡Fuiste capaz de formar una barrera, Inuyasha!
Lo último casi se le escapó como una carcajada, el recuerdo de esos momentos sobre el muro volvieron de repente. Sí que lo había conseguido, y delante de toda la corte, nada menos.
El hanyou asintió, pero casi no parecía creérselo él mismo.
Sus ojos se deslizaron hacia la espada envainada que portaba, que parecía completamente inofensiva en su estado sin transformar. La observó como con recelo, esperando a que confirmase que de verdad lo había hecho.
—Sentí a tu padre, creo —comentó Kagome, observando su rostro.
Sus ojos volvieron rápidamente hacia ella.
—O su energía, al menos —continuó Kagome—. Estaba por toda la hoja, como si te estuviera guiando. Como si supiera que podías hacerlo si lo deseabas con suficientes ganas, si solo tenías una razón.
—¿Una razón? —repitió Inuyasha, escuchándola con inesperada seriedad.
—Una razón —confirmó Kagome, sonriendo ligeramente ante su repentina solemnidad—. Nunca antes habías tenido una, ¿no? Y nunca antes habías podido formar una barrera, ¿no? Pero no es que no pudieras hacerlo. Eras capaz. Eras lo bastante fuerte. Solo necesitabas una razón para de verdad querer hacerlo.
Inuyasha frunció el ceño, pero no dijo nada. Ni sus ojos se apartaron de ella. En su lugar, se ensombrecieron, se volvieron más intensos. Kagome sintió que se desvanecía su propia sonrisa, una sensación de inquietud la estaba llenando. Apartó los ojos de él, pero regresaron de nuevo como por voluntad propia. Quería desviar la mirada, pero él la tenía atrapada.
—Una razón… —murmuró para sus adentros, con sus ojos inspeccionando su rostro.
Y entonces extendió la mano tentativamente, una mano con garras fue a descansar ligeramente a un lado de su rostro.
Durante un solo instante, Kagome creyó que la amaba.
Entonces, el momento pasó y Kagome sintió de nuevo la devastación de la verdad.
—Para —dijo con voz estrangulada, sintiendo las lágrimas subiendo por su garganta.
Inuyasha se quedó paralizado. Sintió que todo su cuerpo se tensaba a través de la encallecida palma que se apoyaba cálidamente contra su mejilla.
—Por favor, para —murmuró Kagome tristemente, cerrando los ojos con fuerza y apartando el rostro.
Las lágrimas escaparon de sus párpados sellados. Deseó desesperadamente que él se fuera.
—Qué… ¿Qué he…?
Sonaba confundido, casi infantil. Le había hecho daño y eso la hirió todavía más.
—Tengo que irme —soltó Kagome sin pensar—. Tengo que irme de la corte.
Un grueso silencio llenó la habitación.
Kagome apoyó más el rostro contra la almohada, tensándose. Tal vez no debería haberlo dicho, pero lo había dicho y no iba a retractarse.
—Es… ¿Es por ese jodido lobo? —soltó Inuyasha finalmente—. ¡Lo prometiste, Kagome! ¡Me lo prometiste! Y ahora vas a escogerlo a él antes que a…
—¡No es por Kouga! —intervino Kagome, negando con la cabeza—. Es por mí. Es solo por mí. Sé que hice una promesa y lo siento, pero ¡si me quedo aquí solo me interpondré en tu camino!
—No —soltó Inuyasha ferozmente—. No, Kagome. ¡No vas a ir a ningún lado! Lo prometiste y te vas a quedar aquí. Tú… Tú eres la razón…
—Estoy enamorada de ti.
Dijo las palabras en voz baja, pero resonaron como un trueno por la habitación. Tenía miedo de lo que iba a decir, miedo de lo que podría sentir si lo dijese y las palabras escaparon de ella antes de que pudiera contenerlas.
Ni siquiera podía sentirlo respirando detrás de ella. No quería darse la vuelta y ver lo que podía estar escrito por todo su rostro.
—Estoy enamorada de ti —se obligó a continuar, con las lágrimas bajando miserablemente por su rostro hasta la almohada que tenía debajo—, y lo siento. Porque vas a casarte pronto con Fujiwara-sama y tú eres el Tennō, y es absolutamente imposible. Solo vine aquí queriendo ayuda para las aldeas. No pretendía que fuera así. Pero ahora duele cuando estoy contigo, porque quiero cosas que son imposibles. No es culpa tuya, pero lo he intentado con fuerza y todavía no he conseguido pararlo. Solo… necesito un tiempo lejos. Necesito un tiempo para mí para arreglarlo, o si no, solo podrá causarnos problemas a los dos. Puedo salir e ir a ver a las aldeas, asegurarme de que saben lo que estás haciendo aquí por ellas. Prometo que volveré. Lo haré. Solo necesito… necesito tiempo. Lo siento, Inuyasha. Lo siento mucho.
Se detuvo, inhalando temblorosamente. El silencio detrás de ella era ensordecedor y no tenía ni idea de qué podía estar pasando por su cabeza.
—Por favor, Inuyasha. Por favor. Si te importo algo, dejarás que me vaya.
Una eternidad de silencio pareció extenderse entre ellos. Kagome se mordió el labio, sintiéndose vulnerable y profundamente avergonzada. Pero había que decirlo. Nunca sería libre de ello de otro modo.
—De acuerdo.
Las palabras fueron lo suficientemente bajas como para que casi no las oyera, fatigadas y definitivas.
Sintió que Inuyasha se alzaba detrás de ella. Se quedó allí un momento y Kagome pudo sentir sus ojos sobre ella.
—Gracias, Inuyasha —dijo suavemente, cerrando los ojos.
Él no contestó, sino que se dio la vuelta y salió de la habitación.
Nota de la traductora: ¡Hola a todos de nuevo!
Me ha llevado un buen rato corregir este capítulo, pero he conseguido traerlo según lo prometido. En lo persnal, me ha encantado traducir esta entrega y espero que a vosotros os haya gustado mucho leerla.
El capítulo 21 saldrá el 30 de este mes, si todo va bien.
Aprovecho también para comentaros que estoy participando en un reto del foro ¡Siéntate! con un fic llamado Taquicardias. Estará compuesto de tres one-shots conectados y el primero de ellos ya está publicado, por si queréis pasaros y dejarme un comentario con vuestras impresiones.
¡Hasta la próxima!
