Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: La pequeña lección de historia de hoy:

Nihon Shoki: Escrito a principios de la época Heian, es uno de los textos centrales del sintoísmo. No central como lo es la Biblia en las fes judeocristianas, sino central en el sentido de que sienta la base mitológica de mucha de la fe sintoísta. También contiene registros de la corte durante la época.

Collar nenju: En la serie, a veces se le llama kotodama nenju por las palabras que lo activan. Es el collar que Kaede le da a Kagome al principio de la serie para que se lo ponga a Inuyasha y lo controle. Está hecho de cuentas magatama y mala.


Capítulo 21: De cabos sueltos y amor perdido

La luz gris perla del alba atravesaba la ventana de Kagome, deslizándose sobre sus párpados cerrados. Abrió los ojos lentamente y parpadeó con letargo ante el temprano brillo de un nuevo día.

Durante largos momentos, yació, suspendida en algún lugar entre la realidad y los sueños, con la mente en blanco. Pero finalmente se le ocurrió preguntarse cuándo y cómo había vuelto a su habitación. Un frunce plegó su ceño.

Vagas imágenes de Midoriko y un grupo de youkai, de Inuyasha y una multitud de cortesanos asomaron a la superficie, pero eran borrosas, como mucho. ¿Cuánto era real? ¿Cuánto era un sueño?

Intentó incorporarse, pero su cuerpo protestó con el movimiento. Sentía los músculos doloridos, como si hubiera corrido durante días sin parar, tal y como siempre estaban después de que se excediera espiritualmente. Así que las partes relativas a Midoriko y el grupo de youkai eran reales, al menos.

Pero había algo más después de eso, algo que tomó forma mucho más a regañadientes en su mente. Inuyasha había estado allí… habían estado juntos en esta habitación…

Sus ojos barrieron la longitud de la habitación, pero si había estado allí, ahora no había señales de él. Kagome profundizó su frunce. Cuanto más intentaba recordar los detalles de lo que había pasado, más huidizos se volvían, las imágenes y los sonidos se disolvían en una neblina. Tal vez de verdad que no era más que un sueño.

El repiqueteo de la puerta shoji sobre sus goznes llamó su atención, la pantalla se abrió para revelar a Chūsei. La mujer se detuvo en la puerta, con los ojos bien abiertos al encontrar los de Kagome.

Una sonrisa iluminó su rostro y entró rápidamente en la habitación, respetando únicamente de forma somera el protocolo de la shoji en su apuro. Fue a arrodillarse al lado del futón, apoyando una mano a modo de ayuda en la espalda de Kagome mientras ella luchaba por incorporarse y saludarla.

—Me alegro tanto de verla despierta, Kagome-sama —dijo con el alivio enronqueciendo su voz—. Por la forma en la que estaba durmiendo parecía muerta para el mundo. ¿Puedo traerle algo? ¿Algo de comer? ¿Té?

Kagome negó con la cabeza, sonriéndole a la mujer a pesar del dolor de músculos que provocaba incluso el simple hecho de incorporarse.

—Lamento haberte preocupado —dijo—. ¿Cuánto tiempo he dormido?

—Casi día y medio —contestó Chūsei, inspeccionando su rostro para asegurarse de que tuviera buen aspecto—. Su Majestad me indicó que cuidara de usted para asegurarse de que no empeoraba su condición y dijo que probablemente estaría cansada durante bastante tiempo. Pero supongo que no es extraño, teniendo en cuenta lo que usted ayudó a hacer. Toda la corte está asombrada por ello.

Kagome parpadeó, sorprendida tanto por el tiempo que había estado durmiendo como por el repentino presentimiento en su estómago ante la mención del hanyou.

—Inu… ¿El Tennō-sama estuvo aquí? —preguntó.

—Su Majestad la trajo aquí después de que terminase la batalla en la puerta —contestó Chūsei—. Creo que Su Majestad pretendía quedarse hasta que despertase para asegurarse de que se encontraba bien, pero algo hizo que Su Majestad se fuese apresuradamente después de una hora, más o menos. Cabos sueltos que atar tras todo ese caos, sin duda.

El presentimiento se intensificó en la boca del estómago de Kagome, pero la fuente continuaba cerniéndose fuera de su alcance. Se mordió el labio, preocupada de que se estuviera olvidando de algo importante.

—¿Se encuentra bien, Kagome-sama? —preguntó Chūsei, apartándole el flequillo a un lado para apoyar una mano contra su frente—. Está pálida. ¿Seguro que no quiere que le traiga algo de comer?

—Cómo… ¿Qué aspecto tenía Su Majestad cuando se fue? —preguntó Kagome, encontrando los ojos de la mayor inquisitivamente—. Su Majestad… estaba… ¿bien?

Chūsei frunció ligeramente el ceño ante la rareza de la pregunta. Frunció los labios pensativamente mientras lo sopesaba.

—Brusco —dijo finalmente—. Su Majestad estaba brusco… y un poco cortante. Y Su Majestad parecía tener bastante prisa. Simplemente asumí que el Tennō-sama tenía asuntos urgentes que atender después de todo lo que pasó. ¿Por qué? ¿Cree que ocurrió algo?

—No, no —dijo Kagome, descartando su preocupación—. Solo… quiero asegurarme de que Su Majestad está bien. El Tennō-sama gastó mucha energía para crear la barrera y luego se marchó también a luchar contra los youkai. Solo espero que Su Majestad no se haya excedido.

Se lamentó en silencio que la descripción del hanyou de Chūsei no fuera de ninguna ayuda. Siempre era brusco y cortante, y estaba ansioso por alejarse de todo aquel a quien no conocía. Incluso con la gente que conocía bien, para el caso. Pero tal vez eso simplemente significaba que era el mismo de siempre.

Sí, debía de ser eso. Estaba bien y ella estaba preocupada por haberse quedado dormida en un momento tan importante. Se le aflojó un poco el nudo del estómago.

—¿Cómo ha estado la corte desde el ataque? —preguntó Kagome, decidiendo que era mejor desviar su atención hacia cuestiones más importantes.

Una amplia sonrisa estiró la longitud de las facciones redondas de Chūsei, le brillaban los ojos.

—No he dejado de recibir informes de los sirvientes desde que ocurrió —dijo, obviamente muy complacida consigo misma—. Un buen número de cortesanos estaban en las puertas para presenciarlo todo, todo el mundo tuvo curiosidad cuando vieron que los guardias y los taiji-ya se armaban e iban hacia allí, así que afortunadamente hay poco que puedan hacer para negar lo que ha conseguido hacer Su Majestad. Siempre ha sido la crítica favorita entre los cortesanos que Su Majestad no era capaz de formar una barrera como los que habían gobernado antes que él. Lo interpretaban como que Su Majestad era demasiado débil para protegerlos y ciertamente demasiado débil para gobernarlos. Bueno, ahora no se habla de debilidad, se lo aseguro. Los anteriores Tennō, que sus almas habiten en lugares tranquilos, se tomaban su tiempo para formar sus barreras. Días, semanas, meses para algunos. Supongo que hace falta preparación para crear una lo suficientemente grande para cubrir toda la corte. Pero Su Majestad lo hizo todo en cuestión de minutos. ¡Pum y allí estaba!

Estiró las manos en gesto de expansión, como para ilustrar la creación de la barrera. Una sonrisa tiró de las comisuras de los labios de Kagome mientras observaba el entusiasmo que iluminaba las facciones de la mujer.

—En cualquier caso —continuó Chūsei, devolviendo las manos a su regazo—, por los informes que me han traído de algunos de los clanes, la respuesta ha sido favorable. Los clanes que se inclinaban a apoyar a Su Majestad ahora tienen más razones para hacerlo. Su Majestad los salvó de lo que podría haber sido una masacre, después de todo. Y quienes se inclinan todavía a oponerse a Su Majestad son más reacios a hacerlo, ahora que se dan cuenta de que no se enfrentarían contra un debilucho si escogieran rebelarse. En cuanto a los reclamos de los cortesanos sobre la ilegitimidad del derecho a gobernar de Su Majestad, les queda poco terreno sobre el que situarse en ese sentido.

La sonrisa se había estirado hasta que Kagome estaba sonriendo ampliamente, apoyada por las buenas noticias. Había sabido que la creación de la barrera sería una ventaja para Inuyasha, pero no se había dado cuenta de hasta qué punto. Apenas podía esperar para reunirse con el hanyou y hablarlo todo.

—¡Oh! —exclamó Chūsei de repente.

Metió la mano en la parte delantera de su traje, sacando un trozo de pergamino doblado. Se lo tendió a Kagome.

—Estaba tan contenta de verla despierta que casi se me olvida —dijo—. Entregaron esto ayer de parte de Su Majestad para que se lo diera cuando despertase.

Kagome miró el trozo de pergamino en su mano, un escalofrío la recorrió. La cosa en sí parecía lo suficientemente inofensiva, pero el nudo de su estómago se apretó una vez más. Se cuestionó su inquietud mientras vacilaba, reacia a abrir la nota.

—Hace un poco de frío —dijo Chūsei suavemente, al ver claramente la incomodidad de la más joven—. Iré a buscarle un poco de té caliente, ¿de acuerdo, Kagome-sama?

Kagome asintió, apartando la mirada del pergamino durante un breve instante para ofrecerle a la sirvienta una débil sonrisa de agradecimiento. De algún modo sentía que preferiría estar sola para lidiar con lo que fuera que iba a venir a continuación.

Chūsei hizo una reverencia y salió silenciosamente de la habitación.

Kagome fijó la mirada en el pedazo de pergamino durante varios largos momentos, intentando convencerse de que era una tontería estar tan inquieta por algo tan pequeño. Por lo que sabía, era solo Inuyasha recordándole que seguía bajo confinamiento, o un sinnúmero de otras pequeñas cosas.

Algo le decía que este no era el caso.

Respirando hondo para tranquilizarse, Kagome abrió la nota.

Solo había un puñado de frases garabateadas con la letra desordenada pero mejorada de Inuyasha:

Está todo arreglado. Te irás dentro de una semana, cuando termine de redactar algo que puedas ofrecerles a las aldeas a cambio lealtad. El confinamiento ha sido revocado. Llévate guardias si sales.

Kagome se quedó mirando las palabras con la mente en blanco. El escalofrío que había sentido antes, ahora la desbordó, tenía las manos entumecidas mientras agarraba la nota.

Todo le volvió a la cabeza en una ráfaga vertiginosa. Su agotamiento, la confusión y la confesión. Su dolido ruego y su respuesta cortante.

Oh, kami, lo que le había revelado… Kagome dejó que la nota se deslizase de su agarre, sus manos cayeron para apretar la tela de sus mantas.

Con razón no había querido recordar. Era vergonzosa la forma en la que se había desmoronado y lo había cargado con sus sentimientos. Después de trabajar tan duro para ocultárselos, para evitar que viera su debilidad, se había traicionado a sí misma y a él bajo la presión de un momento. Apretó los dientes para contener un sollozo que podía sentir subiendo por su garganta.

Y su nota… era fría. No había trazas de él en ella, ninguna pista de cómo podía estarse sintiendo. El lenguaje era distante, indiferente e incoloro frente a su habitual comportamiento brusco. Ni siquiera se había molestado en escribir su nombre ni el de ella. Si no hubiera reconocido la letra con la que estaba escrita, habría dudado de que Inuyasha la hubiese escrito en absoluto.

Pero lo había hecho. La estaba despidiendo, estaba apartándola a ella y a sus sentimientos completamente de sí mismo. Y dolía.

Sabía que había pedido irse. Sabía que tenía que irse. Y aun así dolía.

Kagome se secó con fuerza las lágrimas que bajaban por su rostro, maldiciéndose. Tal vez no era demasiado tarde. Podía decirle que simplemente había estado exhausta y que había acabado diciendo algo que no sentía. Podía retirarlo todo y podían volver a la normalidad.

Pero ¿de verdad podía hacer eso? Incluso si podía convencerle de que todo lo que había dicho no eran más que las divagaciones de una mente agotada, ¿podría seguir estando a su lado y fingir que no sentía nada? ¿Fingir que no le dolía estar tan cerca de él y aun así saber que le pertenecía completamente a otra mujer?

Kagome sabía que no podría. Tarde o temprano se rompería de nuevo bajo la presión y la siguiente vez podría ser aún peor, para ella y para él.

No era por ella. Ni siquiera era completamente por él. Era por Japón y su gente. Tenía que volver a encontrar ese enfoque y necesitaba tiempo y espacio para poder hacerlo. Tal vez lo que había dicho había sido un impulso del momento, pero ahora no podía retirarlo. Tenía que seguir adelante.

La sobresaltó un ligero golpe en la shoji.

—¿Kagome-sama? —llamó Chūsei tentativamente—. Tengo té y he traído comida también, por si tiene hambre.

Kagome soltó una temblorosa exhalación, limpiándose las mejillas con las mangas de su yukata. Cogió la nota que descansaba en su regazo, un dolor agudo la atravesó una vez más al ver esos kanji distantes.

La dobló con decisión hasta que no fue más que un pequeño cuadrado, guardándola en la parte delantera de su ropa.

Era hora de empezar a avanzar.

—Adelante.


Kagome se pasó el segundo día de la semana que le quedaba en la corte recuperándose, su cuerpo dictaminó que no iba a haber actividad física fuerte. Obtuvo más informes de Chūsei sobre lo que estaba pasando dentro de la corte, dio un corto paseo por los jardines para al menos empezar a sacarse el dolor de sus extremidades e hizo una lista de todas las cosas de las que tenía que encargarse antes de partir.

Afortunadamente, para el segundo día se sentía lo suficientemente bien para ir a la corte y, con el confinamiento levantado, era libre de moverse como le placiera. Así que ese día se vistió temprano y partió con dos guardias a su lado.

A pesar de la temprana hora, había un sinnúmero cortesanos ya paseando por las calles. Muchos se detuvieron a observarla mientras pasaba. Algunos incluso se acercaron, deseando hablar con ella. Los guardias intentaron mantenerlos alejados al principio, pero Kagome les aseguró que no pasaba nada. Dudaba que alguien fuese a intentar nada a plena luz del día con una guardia prácticamente pegada a cada lado de ella.

Principalmente, deseaban felicitarla por su papel en lo que había ocurrido en lo que se llamaba ahora entre ellos la Batalla de la Puerta Norte, o darle las gracias por ayudar al Tennō-sama a crear la barrera para protegerles. Ella evadió todo esto, depositando el crédito únicamente a los pies de Inuyasha. Les aseguró que la barrera era completamente suya, totalmente de su creación.

Algunos le juraron lealtad a ella. Otros quisieron tocar sus ropas, como si pudieran ofrecerles una bendición. Pero otros le preguntaron cuándo pretendía Su Majestad volver a salir a la corte.

Finalmente llegó a la residencia Tachibana, sintiéndose tanto complacida como insatisfecha a ratos mientras entraba. Era bueno ver una reacción tan positiva a lo que había ocurrido, pero tenía que haber una forma de aclarar que había sido todo cosa de Inuyasha. Si la barrera no era completamente de él, entonces eso le daría a los cortesanos otro detalle que criticar.

Por supuesto que podría resolver el problema con bastante facilidad saliendo a la corte y hablando de ello como había hecho antes con sus «paseos». Pero, evidentemente, no había salido desde el incidente.

Kagome se preguntó si debería enviarle una nota pidiéndole que retomara la práctica. Se preguntó qué le había hecho dejar de hacerlo en primer lugar. Ciertamente obtendría una recepción mucho más positiva ahora de lo que la había obtenido nunca antes.

Apartó esas contemplaciones para otro momento al llegar al pequeño salón en la parte de atrás de la residencia Tachibana que contenía todas las armas del clan. La sirvienta que estaba en la puerta le había informado de que Sango estaría allí.

Y claro que lo estaba, sentada en el otro extremo del ancho salón con su wakizashi en el regazo. Estaba puliendo la pequeña hoja afilada, examinándola de cerca para asegurarse de que el filo no necesitase que lo afilasen. Un despliegue de otras armas estaba alineado encima y delante de ella como si estuviera haciendo inventario.

—Sango-sama —llamó Kagome mientras entraba en la habitación, complacida por ver a su amiga después de lo que parecía que había sido un largo tiempo.

Sango levantó la mirada, con una brillante sonrisa floreciendo en su rostro al verla. Envainó la wakizashi con un fluido movimiento y se puso de pie para saludarla, Kagome atravesó la habitación para encontrarla a medio camino. Hubo una ligera rigidez en el andar de la noble que Kagome notó cuando avanzó.

—¡Kagome-chan!

Sango echó los brazos alrededor de la más menuda, abrazándola con cariño. Kagome correspondió al abrazo con igual entusiasmo.

—Me alegro tanto de verte en pie —dijo Sango, apartándose a la distancia de un brazo para poder verla mejor—. Pude verte un breve instante después de que acabase la pelea y estabas inconsciente. Intenté llegar a ti, pero Su Majestad se fue contigo antes de que pudiera alcanzarte.

La sonrisa de Kagome vaciló ligeramente, pero lo descartó con rapidez. Notó una vez más que Sango parecía caminar de modo extraño, con las caderas en ángulo, de forma que descansaba todo el peso en su lado izquierdo.

—¿Qué hay de usted?—preguntó Kagome, recordando un fragmento de su conversación con Inuyasha cuando se había despertado por primera vez después de la lucha—. ¿Se encuentra bien? Su pierna…

La sonrisa de Sango se tornó avergonzada y se movió, cohibida, obligándose a poner otra vez el peso en ambas piernas. Hubo el resplandor de una mueca de dolor en sus facciones, pero esa fue toda la incomodidad que se permitió mostrar.

—No es nada —dijo, moviendo una mano en gesto de despreocupación—. De verdad. Apenas un rasguño. Un youkai me cogió con la guardia baja durante la pelea, pero Miroku-sama acudió en mi rescate.

Un ligero sonrojo coloreó sus mejillas ante la mención del nombre del houshi, su mirada bajó al suelo entre ellas. Kagome sonrió a pesar de su preocupación.

—¿Está segura de que no quiere que le eche un vistazo? —dijo Kagome—. Es probable que pueda sanárselo, si le duele. No debería llevarme mucho tiempo.

Sango negó con la cabeza, intensificándosele el sonrojo.

—No, no —dijo Sango—. No podría pedirte eso. Todavía debes de estar cansada después de lo que pasó en la puerta y no quiero extenuarte. Además…

Murmuró algo en voz tan baja que Kagome no lo entendió, su sonrojo se extendió hasta las puntas de sus orejas.

—¿Qué ha dicho, Sango-sama?

Sango la miró por debajo de sus pestañas con evidente bochorno.

—He dicho que Miroku-sama ha estado viniendo todos los días para ver cómo estoy —reiteró en voz baja.

El «así que tiene que haber algo que lo justifique» no dicho no se le escapó a Kagome. Su sonrisa se ensanchó y negó con la cabeza, incapaz de evitar que le hicieran gracia las excentricidades de su amiga. Estaban muy unidos, pero en lo concerniente a los sentimientos del uno por el otro, ambos parecían encontrarse en un punto ciego colosal.

—Estoy segura de que Miroku-sama vendría a ver cómo está incluso si no estuviera herida —dijo Kagome.

Sango levantó la mirada hacia ella, con ojos tentativamente esperanzados. Kagome asintió y una sonrisilla se extendió tímidamente por el rostro de la noble.

—Sí, bueno…

Se dio la vuelta de repente, juntando las manos de forma profesional y poniéndole fin eficazmente a esa conversación.

—Ya estoy casi lista, creo —dijo Sango—. Solo estaba revisando algunas de mis herramientas para asegurarme de que está todo en excelentes condiciones. Los sirvientes han empezado a hacer mi equipaje y…

—Espere, ¿lista para qué exactamente, Sango-sama? —interrumpió Kagome.

Sango se dio la vuelta y se la quedó mirando con perplejidad.

—Para el viaje a las aldeas, por supuesto —contestó—. ¿Todavía no has empezado a prepararte? Nos vamos en unos días, Kagome-chan.

—¿Va a venir conmigo? —dijo Kagome con los ojos abiertos como platos—. Pero… ¿cómo? Pensaba que nadie sabía siquiera que me iba todavía.

—El Tennō-sama lo comunicó ayer por la mañana. Su Majestad nos asignó a Miroku-sama y a mí para que vayamos contigo, junto con algunos miembros de mi clan. ¿No te lo contó el Tennō-sama?

Kagome negó con la cabeza.

—No —replicó—. Venía a decirle que me iba a ir y a pedirle si podía acompañarme.

—Bueno, parece que Su Majestad ya se ha encargado de todo por ti. Por supuesto, habría ido contigo tanto si me lo ordenaban como si no —dijo Sango, complacida ante la idea de que su amiga hubiera pensado en acudir a ella.

Kagome le ofreció una sonrisa, aunque por un momento su mente se vio ocupada por el hanyou. ¿Lo había organizado para sacarla de la corte más rápidamente o este era su acto de despedida como su protector declarado? No podía estar segura. Tal vez era por ambas razones.

Hizo a un lado esos pensamientos. Ninguna respuesta iba a satisfacerla, en cualquier caso.

—Hay algo más de lo que me gustaría hablar, Sango-sama —dijo.

Sango levantó las cejas con expectación.

—Quería asegurarme de que los taiji-ya de su clan estén colocados alrededor de Su Majestad antes de que nos vayamos —dijo Kagome—. He visto que ya hay algunos entre la guardia personal de Su Majestad, pero quería asegurarme de que reemplazamos a toda la unidad con los que usted sepa que son leales.

—¿Estás preocupada por la seguridad de Su Majestad? —preguntó Sango frunciendo el ceño—. No ha habido amenazas contra Su Majestad, ¿no? Pensaba que los ánimos de la corte parecían ser bastante buenos después de lo que ocurrió con el enjambre de youkai.

—No, no es nada de eso —contestó Kagome, moviendo una mano en gesto de rechazo—. No hay nada en particular de lo que preocuparse. Solo… quiero asegurarme de que Su Majestad no tiene nada de lo que preocuparse antes de que me vaya, es todo.

Los ojos de Sango se centraron en su rostro, captando algo en su expresión. Kagome bajó los ojos, evitando la mirada escrutadora de la mayor.

La verdad era que la culpa la estaba devorando. Necesitaba marcharse, tenía razones perfectamente buenas para ello, pero aun así estaba rompiendo una promesa. Las palabras de Inuyasha durante su discusión, su protesta de que había prometido quedarse con él, resonaron en sus oídos. Estaba rompiendo su promesa.

Lo menos que podía hacer, entonces, era asegurarse de que hacía todo lo posible por él antes de irse. Si al menos podía dejarlo con todo organizado, con todos los detalles resueltos, entonces tal vez el hanyou podría no odiarla para cuando regresase.

Asumiendo, por supuesto, que no la odiase ya…

Una mano amable en su hombro interrumpió esos pensamientos. Kagome encontró la mirada preocupada de su amiga.

—Prometo que lo tendré listo para ti antes de que nos vayamos. Escogeré personalmente los turnos y pondré a alguien en quien sepa que puedo confiar a cargo de ellos —dijo, apretándole el hombro tranquilizadoramente—. Y también me aseguraré de confirmarlo con Su Majestad, para que no haya malentendidos. Pero ¿estás bien, Kagome-chan? Pareces exhausta.

Kagome frunció el ceño, sorprendida. Después de más de un día entero descansando hubiera creído que su apariencia al menos habría vuelto a la normalidad.

Pero no. La sincera preocupación en el rostro de Sango era por algo mucho más profundo que la mera apariencia de agotamiento. Kagome sonrió ligeramente, conmovida a pesar de sí misma ante la habilidad de su amiga de leerla tan bien.

—Las cosas… las cosas con el cortesano han ido peor de lo que esperaba —ofreció Kagome en voz baja, sabiendo que Sango entendería la sesgada referencia.

Le llevó un momento, pero la forma en la que la expresión de Sango se desmoronó le dijo a Kagome que sí que la había entendido. Rodeó a Kagome rápidamente con sus brazos, apretándola contra ella. Kagome no se resistió al gesto, aunque se mordió el labio con fuerza en un valiente intento por contener las lágrimas que picaban en sus ojos.

—Oh, no. Oh, Kagome —arrulló Sango—. Entonces ¿es eso? ¿Qué ocurrió? ¿Qué te hizo? Te lo juro, yo…

—No, no —la interrumpió Kagome, interrumpiendo cualesquiera planes violentos de venganza que pudiera estar formando su amiga—. Él… él no me ha hecho nada. No ha sido más que amable conmigo. Tal vez por eso me siento tan horrible. Le… dije lo que sentía. Sabía que no saldría nada de ello, pero yo…

Se interrumpió, encogiéndose de hombros en el abrazo de Sango. Respiró hondo y se tragó las lágrimas que amenazaban con salir. En los últimos dos días había llorado más de lo que se merecía, teniendo en cuenta que nadie más que ella tenía la culpa.

—Kagome —murmuró Sango suavemente, apartándola lo suficiente para mirarla a los ojos—. Oh, Kagome. Fue muy valiente por tu parte. De verdad. Incluso si no sale nada de ello, es mejor haberlo dicho. Incluso si ahora mismo sientes que te arrepientes, estoy segura de que con el tiempo te alegrarás. Sería mucho peor seguir dejando que te devore, como ha estado ocurriendo.

—¿Y qué hay de usted, Sango-sama? —respondió Kagome con voz queda, encontrando la mirada de la mayor.

Sango parpadeó.

—¿Qué…?

—Ciertamente es usted más valiente que yo —insistió Kagome, agarrando los hombros de su amiga—. ¿Va a seguir permitiendo que sus sentimientos la devoren mientras me felicita por expresar los míos?

Sango se sonrojó, frunciendo el ceño.

—Kagome, eso es… —vaciló, bajando la mirada—. El Houshi-sama y yo… es una cuestión completamente diferente.

—Solo en el sentido de que hay esperanza para Miroku-sama y usted —dijo Kagome—. Por favor, Sango-sama, si solo hablase con él, si le contase lo que siente, estoy segura de que no la rechazaría. Él… no importa. Solo… quiero que los dos sean felices. Alguien debería serlo aquí. Y sé que los dos serían más felices juntos de lo que lo son ahora.

Sango negó con la cabeza, alejándose suavemente.

—Kagome, no puedo…

—Por favor, Sango —dijo Kagome—. Considéralo. Quiero que seas feliz. Necesito que alguien sea feliz. Los dos tendréis mucho tiempo juntos una vez partamos. Solo piensa en ello. Por mí.

Sango levantó la mirada hacia ella, la resuelta resistencia en su mandíbula se suavizó un poco. Liberó un pequeño suspiro.

—Bien —cedió—. Prometo que lo consideraré. Con una condición.

Sostuvo un dedo en alto, ilustrando la condición. Kagome asintió sin reparos, esperando a que continuase.

—Quiero que me prometas no solo pensar en la felicidad de los demás, sino también en la tuya propia —dijo Sango con firmeza—. Sé que preferirías enfocarte en la gente que te rodea, pero a veces no puedo evitar sentir que estás demasiado dispuesta a renunciar a tu felicidad. Como si no fuera importante. Como si tú no fueras importante. Y me entristece verlo. Con todo lo que deseas que yo sea feliz, ¿no crees que yo quiera lo mismo para ti?

Kagome frunció el ceño, dudando. Apartó los ojos de Sango.

—Qué… ¿qué pasa si simplemente no es parte del camino que se supone que debo recorrer? —dijo finalmente.

Un breve silencio se extendió entre ellas.

—Entonces encontraré un camino diferente para ti —dijo Sango con inesperada intensidad—. Pero ¡no esperes que me quede sentada a ver cómo te sacrificas, Kagome! Antes… antes de que vinieras a la corte, sabía cómo iba a ser mi vida. La misma que la vida de mi madre. La misma que la vida de su madre. No una mala vida… solo la misma vida. La misma vida que todos en la corte parecen llevar. Y entonces llegaste aquí, pensando de forma diferente y hablando de forma diferente y esforzándote tanto en todo. Y empecé a pensar que las cosas pueden cambiar. Que yo puedo cambiarlas si así lo elijo. Que tal vez podría intervenir en escoger quién iba a ser, en lugar de simplemente aceptar la vida en la que he nacido. Así que no te atrevas a pensar que voy a permitir que te quedes sentada y aceptes una triste noción del destino que se ha apoderado de ti después de todo lo que me has dado. Encontraré un nuevo camino para ti, ¡y te arrastraré por él a cada paso si tengo que hacerlo!

A Sango le tembló el labio ligeramente, tenía los ojos brillantes y apasionados detrás de un lustre de lágrimas mientras encontraba la amplia mirada de Kagome.

—Sango…

—Tú puedes preocuparte por cambiar el mundo —insistió Sango, secándose las lágrimas que empezaban a bajar por sus pálidas mejillas—, pero yo me voy a preocupar por ti. No permitiré que seas tú la que tiene que sufrir por todos los demás, ¿me oyes?

Kagome asintió, yendo a abrazar rápidamente una vez más a su amiga. Los brazos de Sango la rodearon inmediatamente y las dos se aferraron la una a la otra durante largos momentos.

Nadie, salvo su familia y Kaede-sama, se había preocupado tanto por su bienestar, reflexionó Kagome mientras presionaba el rostro contra el hombro de su amiga. Y conocía a Sango. Sabía que la noble decía todo aquello de corazón y que lucharía por ella hasta el final. Era una sensación tan cálida que calmó algo del dolor de los últimos días y semanas.

—Eres la amiga más querida y más fuerte que hay —murmuró Kagome con honda emoción—. ¿Cómo iba alguien a no ser feliz sabiendo que tú estás a su lado?

Sango la apretó con más fuerza, sollozando.

—¿Tenemos una promesa, entonces? —murmuró Sango, con la voz ligeramente ronca por las lágrimas—. Las dos tendremos que pensar mucho, ¿verdad? Y seremos felices. Juntas, seremos felices.

Kagome asintió, con una pequeña sonrisa tirando de sus labios.

—Es una promesa. Juntas, seremos felices.


Kagome se pasó el resto del día con Sango repasando su elección para la guardia personal de Inuyasha, así como marcando algunos lugares centrales que ambas sentían que había que patrullar periódicamente. Una vez discutieron todo a su satisfacción mutua, Sango lo anotó todo rápidamente y le pidió a una sirvienta que se lo entregase al Tennō-sama. Una vez lo aprobase, estaría todo dispuesto.

Kagome había tenido intención de ir a visitar a Miroku y a Shippou para hablar con ellos también del viaje, pero cuando Sango le aseguró que ya estaban haciendo el equipaje, cambió de idea. Los vería cuando llegase el momento de partir y todavía quedaba un gran número de cosas que tenía que asegurarse de que estuviesen dispuestas antes de entonces.

En cambio, regresó a la residencia de la anterior Chūgū para deliberar con Chūsei. Ya le había pedido a la mujer que empezase a confirmar sus conexiones con los sirvientes de los distintos clanes y estuvieron sentadas hasta bien entrada la noche hablando de los sirvientes a los que Chūsei había convencido para que la ayudasen. Sorprendentemente, eran muchos los que estaban dispuestos y la red que había conseguido formar tenía una buena extensión.

Desafortunadamente, aunque no sorprendentemente, Chūsei había sido incapaz de conseguir ningún sirviente de la residencia principal del clan Taira. Kagome deseó saber a dónde se había ido exactamente el Señor de los lobos para poder hablar del asunto con él, pero por el momento no se podía hacer nada. Simplemente tendría que encontrar otro modo de hacer un seguimiento de ellos en su ausencia.

Pero Chūsei había conseguido encontrar un buen número de sirvientes en la residencia principal de los Minamoto, lo que era alentador. Aunque no eran ni de cerca tan francos en su oposición hacia Inuyasha como los Taira, Kagome recordaba bien su ambivalencia hacia su gobierno. Como uno de los tres clanes principales restantes de la corte, sería vital hacer un seguimiento de ellos por el momento.

Inicialmente, redactaron una lista de los sirvientes, pero tras pensarlo un poco, Kagome decidió quemarla. Había un gran riesgo involucrado en lo que estaban haciendo y pensó que sería mucho mejor que hubiera las mínimas pruebas posibles. Le indicó a Chūsei que siguiera su ejemplo y que solo se comunicase con los sirvientes y diera los informes en persona.

Por supuesto, la única persona en quien confiaba Kagome para recibir los informes de Chūsei era el propio Inuyasha. Lo cual le creaba un pequeño dilema, teniendo en cuenta que no podía limitarse a dejarle una nota informándole de todo. No, requeriría una conversación cara a cara, algo que no tenía ganas de hacer.

Lo añadió a su lista de cosas por hacer, asegurándose de colocarlo al final de todo.

Kagome se pasó el día siguiente haciendo lo que se había acostumbrado a hacer la semana anterior: pasear por la corte. La mañana antes de que se hubiera marchado a ver a Sango, les había pedido a algunos de los sirvientes con los que se llevaba bien en la residencia de la Chūgū que le hicieran el favor de ir por la corte e hicieran saber que iba a ir a dar un paseo al día siguiente.

Le reconocía al hanyou que se le hubiera ocurrido una forma tan fácil e informal de esparcir información a través de la corte mientras atendía sus preocupaciones y ella pretendía hacer un completo uso de la misma.

Un gran número de cortesanos se le acercaron en el transcurso de su paseo, más incluso que cuando había acompañado a Kikyou y a Inuyasha. Muchos de ellos tenían preguntas para ella sobre lo que había ocurrido en la puerta septentrional, a lo que se aseguró de responder atribuyéndoselo completamente a Inuyasha. Algunos deseaban pedir favores, curaciones menores y bendiciones. De esto hizo una lista, pretendiendo intentar encargarse de ello antes de que tuviera que marcharse.

Pero un puñado de cortesanos que se le acercó parecía solo querer ponerla a prueba. La cuestionaron sobre su conocimiento del sintoísmo, de los kami, de la corte, de asuntos exteriores. De cualquier cosa, al parecer, que pudiera ocurrírseles. Kagome respondió lo más elocuentemente que pudo conseguir, decidida a no demostrar ser el eslabón débil de la armadura de Inuyasha.

También se aseguró de hablarle a todo cortesano que se le acercó de su inminente partida. Les informó de que saldría en una misión del Tennō-sama para visitar las residencias de fuera de la corte y también para asegurar su protección.

Fue vaga a propósito, consciente de que habría bastantes opiniones en contra en la corte acerca de forjar una relación más cercana entre las aldeas y la capital. Especialmente teniendo en cuenta que vendrían a apoyar directamente a Inuyasha.

Les sorprendió la noticia, obviamente no habían oído nada de antemano. A Kagome se le pasó por la cabeza que Inuyasha debía de haber estado protegiéndola al mantener sus movimientos en secreto. Con un dolor agudo, se preguntó si tal vez se enfadaría con ella por difundirlo por sí misma.

Pero, aun así, pensaba que era mejor que lo hiciera a no hacerlo. Tarde o temprano sería evidente su desaparición de la corte. Cuando llegase el momento, parecería sospechoso que no se dijese nada a modo de explicación y lo último que necesitaba Inuyasha eran rumores creciendo alrededor de su marcha.

Ciertamente la guardia que le había proporcionado sería suficiente para protegerla de nada que los cortesanos pudieran soñar con impedirle. Además, se aseguró de no dar ningún detalle en cuanto a la ruta que planeaba tomar, a fin de evitar que pudieran seguirla.

Para el final de lo que se convirtió en una caminata de casi un día, Kagome estaba segura de que toda la corte pronto sabría de su inminente partida. Regresó a la residencia de la antigua Chūgū satisfecha, aunque exhausta, y se fue pronto a la cama.

A pesar de su fatiga y del preocupante hecho de que su lista de cosas por hacer antes de irse parecía estar creciendo, Kagome se encontró vagamente agradecida por toda la actividad que se cernía ante ella mientras se acostaba esa noche. Todas las consideraciones urgentes y prácticas servían para evitar que tuviera que pensar demasiado en cuestiones más difíciles. Cuestiones con las que sabía que no se podía obcecar, mucho menos flaquear, una vez más.

No podía permitirse flaquear ahora. Por el bien de las aldeas. Por el bien de él.


—Obviamente crees que esta noticia es lo suficientemente valiosa para intercambiarla por tu vida, o si no, no te habrías puesto en contacto conmigo tan pronto después de un fracaso tan grave, Kagura.

Un tenso silencio siguió a las palabras. Ni siquiera se oía el sonido de la respiración en la oscuridad.

—Supongo —dijo la voz masculina alargando la palabra, arrastrándola con dolorosa lentitud—, que puedo continuar permitiendo tu lamentable existencia. Al menos por el momento. Sería inconveniente tener que encontrar un reemplazo para ti dentro del clan. Bueno, ¿qué dices, Kagura?

Otro tenso instante de silencio.

—… Gracias, Naraku-sama —chirrió una voz femenina, soltando las palabras involuntariamente.

—Bien —continuó la voz masculina suavemente, como si ella no hubiese hablado—, ¿no sabes qué día se irá?

—No, Naraku-sama. Hoy anunció que se marcharía, pero tuvo cuidado de no revelar cuándo. Al menos es lo suficientemente aguda como para sospechar que podrían seguirla si no se queda donde está.

—Bueno, Kagura, nunca critiques los errores de tu enemigo —riñó el hombre serenamente—. Siempre te supondrán una ventaja. Y no importa. Hablaré con el chico. No debería costar mucho colocarlo entre su guardia. Mientras tanto, espero que empieces a moverte dentro de la corte una vez más. Tal vez con ella ausente, puede que sí puedas convertirte en una herramienta eficaz una vez más.

El rechinar de dientes fue casi audible.

—… Sí, Naraku-sama.


Kagome fue al Chūwain al día siguiente por la mañana temprano, su aliento salía en bocanadas de humo mientras subía los empinados escalones hacia el templo. Se metió los brazos más adentro de las mangas, agradeciendo el chal con el que se le había ocurrido cubrirse la cabeza antes de salir. El día era particularmente frío.

Hizo una mueca ante el intenso frío del agua mientras hacía los movimientos de purificación, tuvo las puntas de sus dedos entumecidas para cuando llegó a hacer una reverencia ante la shimenawa. Solo había silencio en los terrenos del templo y le complació descubrir que había llegado lo suficientemente temprano para visitar a Midoriko antes de que llegase algún cortesano. Tras pedirle a la pareja de guardias silenciosos y somnolientos que la habían acompañado que la esperasen en el salón principal, partió en busca de la O-Miko.

Hizo falta buscar un poco por los terrenos, pero Kagome encontró finalmente a la O-Miko guarecida en un pequeño salón en el borde de los terrenos del templo. Un pequeño brasero y algunos faroles mantenían la habitación con una cómoda calidez y Midoriko estaba sentada inclinada junto al fuego sobre una larga hoja de pergamino y una piedra de entintar.

—¿Midoriko-sama? —llamó Kagome en voz baja, entrando en la habitación.

Ella levantó la mirada, con un pincel en la mano justo sobre el pergamino. Unas gotas de tinta cayeron sobre una fila de kanji fluidos y ordenados y la O-Miko se sobresaltó, maldiciendo suavemente entre dientes. Dejó el pincel rápidamente sobre la piedra de entintar, indicándole a Kagome que entrase.

—Me disculpo, Midoriko-sama —dijo Kagome, haciendo una reverencia antes de arrodillarse al otro lado del fuego—. No pretendía interrumpirla.

—No, no —dijo Midoriko, moviendo una mano en gesto de rechazo mientras le dirigía una mirada bastante desolada a los manchados escritos—. Esperaba que vinieras a verme pronto. He tenido intención de ir a ver cómo estabas desde el incidente en la puerta, pero parece que has estado ocupada desde entonces. Me alegro de que te hayas recuperado bien.

—Lo mismo digo, Midoriko-sama —dijo Kagome—. Me preocupé cuando se desmayó, pero parece que solo era agotamiento. ¿Se ha encontrado bien desde entonces?

Midoriko asintió, cogiendo la hoja de pergamino y colocándola encima de un montón grande a su izquierda ahora que la tinta se había secado. Le ofreció a Kagome una sonrisa irónica, extendiendo las manos ante ella en gesto de recelo.

—He estado bastante bien, salvo por la bronca que recibí de Su Majestad después del suceso —dijo—. El Tennō-sama pensó que me había encargado de ello bastante pésimamente y, aunque ciertamente puedo ver mis errores en retrospectiva, me atrevería a decir que Su Majestad estaba más disgustado por haberte involucrado que por otra cosa. Su Majestad despotricó contra mí durante bastante tiempo sobre ello.

Kagome apenas consiguió ocultar una mueca, un calor que no era el del fuego subió para bañar sus mejillas. Entrelazó las manos en su regazo, avergonzada y profundamente reacia a tocar el tema.

—¿En qué está trabajando, Midoriko-sama? —preguntó, gesticulando hacia el montón de pergaminos.

Midoriko arqueó una ceja, mirándola con curiosidad por un momento. El intento de cambiar de tema no había sido sutil, pero cedió al ver la incomodidad escrita claramente en las facciones de la miko más joven.

—El Nihon Shoki —dijo Midoriko, alzando el montón considerable para que Kagome lo viera—. El anterior Tennō-sama lo encargó antes de que Su Majestad falleciera, que su alma habite en lugares tranquilos.

—¿Nihon Shoki? —repitió Kagome—. ¿Qué es? ¿Una historia?

—Sí —dijo Midoriko—. Abarca desde la creación del mundo hasta nuestros días. Historias de los kami. Historias de los Tennō. Historias de la corte. Historias de nuestra nación. El anterior Tennō-sama estaba decidido a que Japón tuviera una historia para que nunca olvidase sus triunfos o errores.

Kagome miró el pesado montón de registros, esbozando un lento frunce.

—Entonces ¿es la historia de nuestra nación? —preguntó suavemente—. ¿De la corte y del Tennō-sama?

Midoriko parpadeó, un ligero frunce le hizo juntar las cejas mientras lo sopesaba. Lo entendió tras unos momentos, suavizando sus facciones, y encontró la mirada de Kagome a través de las llamas danzarinas.

—Entiendo lo que dices —dijo—. Es un poco selecto, ¿no?

—Puede que sus vidas no sean grandiosas —dijo Kagome, encogiéndose ligeramente de hombros—, pero son vidas, preciadas para los kami, no obstante. Y, si vamos a hablar de nuestra nación, ¿no son parte de ella? ¿Qué bien le puede hacer a la corte seguir ignorándolas o, cuando se cuelan en las vidas de los cortesanos, despreciarlas? ¿Qué nación puede prosperar si ignora los cimientos sobre los que se asienta?

Midoriko asintió lentamente, sopesando el montón de pergamino que tenía en las manos.

—Tendré que hacer algunas revisiones, entonces —murmuró para sí, suspirando suavemente—. Lo siento, Kagome. No pensé en tener eso en cuenta… aunque supongo que ese es el problema en sí mismo.

Kagome negó con la cabeza, ofreciéndole una pequeña sonrisa.

—Difícilmente es culpa suya, Midoriko-sama. La verdad es que no sé de quién es la culpa —dijo Kagome—. Incluso si lo supiera, no estoy segura de que importase. Los cortesanos y los aldeanos… en algún punto se abrió una división entre ellos, y solo ha crecido con el tiempo. Los resentimientos de ambos lados son profundos cuando se ven obligados a reconocerse los unos a los otros. Pero los kami enseñan que no hay paz en la división. Nada bueno puede salir de ella. El entendimiento debe encontrarse en alguna parte. He vivido en una aldea y he vivido en la corte. Por diferentes que sean los adornos, el corazón es el mismo, creo yo. Hay gran bondad y gran debilidad en todos lados. Tal vez si se empiezan a contar las historias de las aldeas junto con las historias de la corte, la gente pueda empezar a ver que no hay tanta diferencia como ha llegado a creer.

Midoriko ladeó la cabeza atentamente, gesticulando hacia la joven miko.

—Tal vez, entonces, sea tu intención visitar las aldeas de camino a las residencias durante tu próximo viaje —dijo, unos profundos ojos castaños brillaron intencionadamente a la luz de las llamas—, para… ¿fomentar un entendimiento?

Kagome parpadeó, entonces se sonrojó cuando la implicación de las palabras se volvió clara. Pero un profundo escalofrío sobrepasó rápidamente cualquier vergüenza cuando se le ocurrió otra cosa rápidamente.

—Solo es una suposición, Kagome —dijo Midoriko tranquilizadoramente, leyendo el terror mientras florecía en sus facciones—. Aunque acertada, a juzgar por tu expresión. Por lo que concierne a la corte, tu misión es en nombre de las residencias. No debes temer que yo diga lo contrario.

—Pero ¿cómo lo ha averiguado? —preguntó Kagome—. Tal vez la explicación que di fue inadecuada… puede que otros lo averigüen, tal como ha hecho usted, Midoriko-sama…

—Nunca ha habido una sola palabra pronunciada dentro de esta corte que no haya estado sujeta a escrutinio, Kagome —dijo Midoriko, negando con la cabeza—. Sea lo que sea que les hayas contado, habrá habido gente que lo haya cuestionado. Tu reconocido propósito de cuidar de las residencias en nombre del Tennō-sama es verosímil. Sin embargo, no has ocultado tu deseo de ayudar a las aldeas en sus dificultades y el Tennō-sama ha salido en apoyo de tus objetivos. Simplemente creí improbable que fueras a evitar a las aldeas, ahora que al fin se te ha permitido moverte libremente.

—Sí que tengo intención de ir a ver también las residencias —dijo Kagome con un poco de hosquedad—. Simplemente pensé que era mejor no mencionar nada sobre las aldeas hasta que las cosas estuviesen más avanzadas. Si los cortesanos empiezan a inquietarse en contra de ello antes de que pueda empezar siquiera a hablar con los aldeanos, no habrá posibilidad de que las aldeas vayan a aceptar cualquier suerte de unión o cooperación. Vine aquí con la intención de contárselo todo, Midoriko-sama.

—Eso sospechaba —dijo Midoriko, sonriendo—. Y gracias por la muestra de fe. Estoy de acuerdo con que es mejor que la corte no sepa nada de tus intenciones en las aldeas por el momento. Ya les chirrió bastante a muchos oír al Tennō-sama hablando de ayudar a los aldeanos. Si llegasen a saber que Su Majestad pretende seguir adelante con ello, puede que algunos empiecen a moverse.

Kagome asintió, complacida porque entendiera la necesidad de discreción en el asunto. Tras experimentar de primera mano el resentimiento arraigado de las aldeas hacia la corte durante su último viaje con Inuyasha, era perfectamente consciente de que haría falta todo el tacto que tuviera para conseguir que las aldeas considerasen siquiera cualquier propuesta que Inuyasha pretendiese ofrecerles. Sería primordial para un acto de sabotaje informar ahora a la corte.

—Tenía otra razón para venir a verla, Midoriko-sama —dijo.

Midoriko inclinó la cabeza ligeramente, una indicación de su atención.

—Yo… bueno, tal vez la petición suene extraña —comenzó Kagome tentativamente—, pero usted es la única en la que confío que sea capaz de llevarla a cabo, Midoriko-sama. En mi ausencia, esperaba que pudiera… actuar como los ojos y oídos de Su Majestad, por así decirlo. Es decir, ciertamente la libertad de movimiento de Su Majestad dentro de la corte se ha incrementado ampliamente desde… desde que decidió seguir un camino menos tradicional, pero hay un límite para lo que Su Majestad tiene acceso. Es probable que los cortesanos no se revelen completamente ante Su Majestad. Pero usted está en mejor posición de observar si algo parece torcerse y advertir al Tennō-sama. Lamento añadirle más deberes de los que ya sé que tiene que ocuparse, pero…

Le dirigió una mirada implorante a Midoriko, reacia a seguir por si traicionaba una preocupación más profunda por Inuyasha que la adecuada para la relación entre súbdita y gobernante. Midoriko se limitó a asentir, aceptando con facilidad.

—Lo entiendo —dijo—. No has de preocuparte, Kagome. No tengo ninguna intención de olvidar mi promesa de apoyo hacia ti simplemente porque no vayas a estar presente dentro de la corte. El Tennō-sama también ha estado demostrando ser más y más merecedor de mi apoyo a cada día que pasa, a pesar del pequeño… ataque de cólera de Su Majestad hacia mí por los últimos eventos. Estaré contenta de mantener los ojos abiertos en busca de cualquier señal de descontento en tu ausencia.

Kagome sonrió, complacida ante su sencilla conformidad y aliviada ante la malinterpretación de su ansiedad. Midoriko podía leerla bien, pero afortunadamente no tan bien.

—Gracias, Midoriko-sama —dijo, apoyando las manos ante ella y haciendo una reverencia—. Me alegro de contar con su apoyo. Ciertamente voy a necesitarlo. Hablaré con el Tennō-sama y lo dispondré todo para que los dos puedan reunirse una vez por semana, más o menos, para hablar de la situación dentro de la corte. Por supuesto, si necesita ponerse en contacto con Su Majestad en cualquier momento en los intervalos entre las reuniones, me aseguraré de arreglarlo para que Su Majestad esté disponible para usted.

—Como desees —dijo Midoriko—. Estoy a tu disposición y a la de Su Majestad.

—Ah…

Kagome se mordió el labio, se le había ocurrido algo. Pero se preguntó si sería inteligente pedirlo.

—¿Algo más? —preguntó Midoriko—. No necesitas censurarte por mi bien, Kagome. Deseo ser de la ayuda que pueda.

Pero sí había necesidad de censurarse, por su propio bien, si no era por el de Midoriko, reflexionó Kagome. Sus ojos se dirigían hacia la mirada expectante de Midoriko y se alejaban de ella mientras llevaba a cabo un corto debate interno.

La verdad era que sería mejor no satisfacer este capricho. Probablemente solo le causaría dolor a la larga y se había estado conteniendo desde que se le había ocurrido. Sí, sin duda sería mejor olvidarse de ello.

Pero…

—Tengo que pedirle un último favor —dijo, las palabras se escaparon de ella antes de que pudiera contenerlas—. Sabe… ¿Sabe de algún modo de ver a alguien del que se esté separado?

Mantuvo los ojos fijos en el suelo bajo ella, maldiciéndose en silencio. Estaba a punto de pedirle a Midoriko que simplemente se olvidase de que hubiera dicho algo cuando la mujer respondió.

—Hay formas, aunque tal vez no sea tanto ver como… notar. Sentir, si prefieres. Sin embargo, los métodos que conozco requerirían del consentimiento de la persona observada. Si esperas vigilar a un enemigo, me temo que serían de poca ayuda.

—No —dijo Kagome con voz queda—. Es… es un amigo del que no deseo separarme completamente.

—¿Un amigo? —repitió Midoriko, un deje de incredulidad se coló en su voz. Kagome no la miró a los ojos—. ¿Quieres que te enseñe cómo se hace, entonces? —preguntó Midoriko tras un momento.

Kagome vaciló, se le tensaron los hombros. Todavía podía echarse atrás.

—Sí —dijo con tal hilo de voz que fue apenas más que una exhalación.

—Ven, entonces. Te enseñaré.


Hizo falta solo un puñado de horas para que Midoriko ayudase a Kagome a forjar el «vínculo» que le permitiría permanecer conectada a la persona de su elección dentro de la corte, pero las dos se pasaron el resto del día juntas. En cuanto Kagome le mostró la lista de cortesanos que habían solicitado curaciones y bendiciones, Midoriko se ofreció voluntaria a acompañar a la miko para realizarlas. Su presencia y su poder añadido permitieron que Kagome completase la lista relativamente rápido y sin tener que quedarse exhausta, como había temido que le pudiera pasar.

Regresó a la residencia de la antigua Chūgū unas horas después de que hubiera caído la noche, demasiado cansada como para hacer más que arrastrarse hacia su futón. Declinó las ofertas de té y comida de Chūsei, acomodándose en cambio para dormir.

A pesar de lo cansada que estaba, el sueño no llegó fácilmente. Yació en la oscura quietud de su habitación, la presión pétrea y redonda del «vínculo», que todavía aferraba por debajo de la almohada, era dura contra su palma. Siguió riñéndose por su debilidad por haberlo pedido, pero sabía que no podía tirarlo ahora, al igual que no podía arrancarse el corazón.

Aun así, la reunión que la esperaba por la mañana iba a ser un juicio de la peor clase. ¿Qué iba a decirle a ella, si es que le iba a decir algo? ¿Qué podía decirle ella? ¿Sería capaz de mirarlo a la cara siquiera, ahora que eran ambos dolorosamente conscientes de los sentimientos de ella? ¿Y si la odiaba?

Flotando justo al borde del sueño, Kagome dio vueltas durante horas hasta que finalmente su mente se quedó exhausta. Cayó en un sueño intermitente, aferrando el «vínculo» con tanta fuerza que encontró su forma impresa en su palma cuando se despertó a la mañana siguiente.


Toda la preocupación de Kagome demostró ser en vano al día siguiente, aunque no por la razón que podría haber esperado.

Se obligó al levantarse a escribir una corta nota solicitando una audiencia con Inuyasha ese día, enviándola apresuradamente con un sirviente antes de que pudiera arrepentirse.

Una hora más tarde, tuvo respuesta a su nota. Se la entregaron mientras estaba sentada con Chūsei en el comedor principal, tomando el desayuno. Escrita con una letra que le resultó familiar, pero que Kagome no reconoció inmediatamente, la nota de respuesta decía simplemente que el Tennō-sama iba a estar demasiado ocupado como para recibir visitas durante los próximos días.

Se negaba a verla.

El poco apetito que había tenido abandonó rápidamente a Kagome. Tras murmurarle a Chūsei algo sobre que quería ir a dar un paseo, se excusó y se dirigió hacia el jardín de la residencia.

Encontró un puente apartado en el borde más septentrional del jardín y tomó asiento en la barandilla, con la nota todavía aferrada en su mano. El «vínculo», que tenía metido en la parte delantera de su traje, pesaba contra su pecho.

Estuvo al frío durante lo que pareció un largo tiempo, ignorando la delgadez de sus ropas mientras se quedaba mirando la nota y se preguntaba a qué había renunciado exactamente al decidir revelar sus sentimientos. Si era o no merecedor de esto.

Solo la interrupción de una sirvienta la sacó de sus pensamientos. La mujer se tambaleó en su lugar en el puente, una mirada de alivio pasó por su rostro al ver a la joven miko. Kagome parpadeó, guardando rápidamente la nota mientras la mujer se le acercaba.

—¡Miko-sama! —exclamó la mujer—. Menos mal. La he estado buscando por todos los jardines. Si puede, la futura Emperatriz ha solicitado que vaya a acompañarla a su residencia.

Kagome apenas consiguió evitar el gruñido, aunque estaba segura de que su expresión traicionaba más de lo que debería. Difícilmente tenía ganas de hablar con nadie en ese momento, pero Kikyou estaba entre las últimas personas que habría escogido.

Aun así, no es que pudiera negarse a ver a la futura Emperatriz. Además, había tenido intención de hablar con la otra mujer en algún momento antes de su marcha. Parecía que ese encuentro iba a tener lugar ahora.

—Por supuesto —le dijo Kagome a la sirvienta—. Por favor, guíame.

La mujer así lo hizo, escoltando a la solemne chica hasta la residencia Fujiwara. Kikyou la esperaba en un pequeño salón de la residencia que parecía estar habitualmente destinado a la ceremonia del té, una taza de té humeante esperaba a la joven miko ante el cojín que era para ella.

La sirvienta la anunció ante la futura Emperatriz antes de excusarse. Kagome se preparó en silencio para lo que pudiera conllevar este encuentro mientras cerraba la pantalla antes de darse la vuelta y hacerle una reverencia a la mayor. Kikyou hizo un gesto hacia el cojín que tenía enfrente, indicándole a Kagome que debía tomar asiento. Así lo hizo y hubo un momento de extendido silencio mientras ambas mujeres se miraban, vacilando sobre cómo empezar.

—Por favor, bebe —dijo Kikyou finalmente, gesticulando en dirección al té—. Lo he preparado yo misma. Espero que sea de tu agrado.

Kagome dio un sorbo obedientemente, aunque no pudo evitar darse cuenta de la inusual actitud congraciante de la mujer. Generalmente, Kikyou parecía fríamente cortés en su comportamiento, irreprochable pero nada accesible. Que buscara activamente su benevolencia o la de cualquier otro…

Kagome dejó la taza, ofreciéndole a la mujer una sonrisa tentativa.

—Está muy bueno, Fujiwara-sama —dijo—. Gracias.

Kikyou asintió, ofreciendo una pequeña sonrisa por su parte. Pero desapareció rápidamente y el silencio cayó una vez más entre ellas.

—Tal vez… ¿tiene algo en mente, Fujiwara-sama? —apuntó Kagome finalmente, cuando ya no pudo tolerarlo más. Después de recibir la nota de Inuyasha no estaba de humor para jugar durante mucho tiempo a los cumplidos.

—… Sí —dijo Kikyou, con los ojos en la taza de té que acunaba entre sus pálidas manos—. Sí. Te llamé para hablar contigo de tu… inminente partida.

La forma en la que pronunció las palabras, con un cuidado tan extremo, envió un escalofrío de frío presentimiento a través de Kagome. Esta no era la actitud de la Fujiwara Kikyou que conocía.

—Partiré dentro de dos días —dijo Kagome con un poco de cautela, flexionando y extendiendo las manos alrededor de la calidez de la taza de cerámica—. ¿Hay algo que desee pedirme antes de que me marche, Fujiwara-sama?

Kikyou levantó los ojos finalmente, encontrando los de Kagome. A Kagome le sorprendió la profundidad de sentimiento que vio allí, completamente con la guardia baja.

—Kikyou —dijo la mayor en voz baja—. Por favor, llámame por mi nombre de pila. Hemos compartido bastante, grande y horrible, para que podamos tomarnos esa libertad la una con la otra.

Kagome estaba callada, incapaz de apartar la mirada de la de la mayor, incluso mientras su estómago se hacía un nudo con el pavor de lo que estaba por venir.

—Es probable que lo que deseo decirte suene cruel, Kagome —continuó Kikyou—. Mejor dicho, es cruel. Mis sentimientos en este momento son mezquinos, como mucho, consciente como estoy de cuánto debes de haber sufrido para llegar a este punto.

Kagome se encontró negando con la cabeza, a punto de pedirle que se detuviese allí mismo. Estaba frágil, herida, sostenida por solo unos hilos desgastados de decisión. No estaba segura de cuánto más podría soportar.

Pero los hombros de Kikyou estaban firmemente resueltos. Dejó la taza de té a un lado deliberadamente.

—Debo decirte lo que pienso, Kagome.

—Kikyou, por favor…

—Gracias.

Las palabras murieron en los labios de Kagome. Se quedó mirando a la noble, desconcertada.

—Lo que has hecho —continuó Kikyou—, pocos estarían dispuestos a hacerlo. Y lo has hecho sin esperar recompensa alguna. Tal vez soy la persona equivocada para decirte esto, pero quiero que sepas que hay alguien que entiende completamente el sacrificio que has hecho. Y que te has ganado, mil veces más, mi admiración y tu lugar aquí cuando escojas regresar, valgan lo que valgan esas cosas para ti.

Si la hubiera golpeado físicamente, Kikyou le habría causado menos devastación a Kagome. Porque de repente Kagome simplemente lo supo.

Kikyou conocía (tal vez lo había sabido desde el principio) sus sentimientos por Inuyasha. Sabía por qué estaba escogiendo marcharse. Había visto completamente a través de ella.

Kagome movió los labios sin pronunciar una palabra, intentando formar una disculpa, o una justificación, o algo, pero su mortificación era demasiado profunda para las palabras. Por un momento, temió empezar a sollozar delante de la futura Emperatriz.

Un crujido de sedas la alertó de la presencia de Kikyou a su lado antes de que su pálida mano se apoyase sobre las manos que tenía todavía fuertemente apretadas en su regazo.

—Sé que luchaste valientemente contra tus sentimientos. Te observé hacerlo varias veces, incluso mientras sospechaba que tal vez estabas librando una batalla que nadie tiene medios para ganar —murmuró con honda emoción—. Tu corazón… tu corazón fue lo suficientemente bueno para reconocer la bondad en su forma desde el principio. No te culpo de nada, Kagome. Tuviste mil oportunidades de ceder a tu lucha y ofrecerte a él. Pero en cambio escogiste esto. Estuve celosa de ti en ocasiones y sospechaba de ti, pero has demostrado que eres la mejor de las dos.

—No —dijo Kagome, negando con la cabeza con tenaz negación—. Lo siento mucho, Kikyou. Incluso conociendo vuestra relación y tus sentimientos, yo… desearía no haber… nunca pretendí…

—Silencio —dijo Kikyou amablemente, pasando sus brazos sobre los hombros de Kagome mientras las lágrimas que había contenido empezaban finalmente a desbordarse—. No te culpo. ¿Cómo podría hacerlo? Entiendo mejor que nadie tus sentimientos.

Kagome tembló, la última de sus fortificaciones se disolvió ante la inesperada amabilidad. Apoyó su rostro contra el hombro de Kikyou, ambas mujeres se despreocuparon de cualquier semblante de decoro o de la finura de sus ropas mientras sus lágrimas manchaban la seda. Tal y como hacía tiempo que sospechaba Kagome, Kikyou era cálida bajo las capas de sus galas.

—Has tomado la decisión correcta, Kagome —continuó murmurando Kikyou tranquilizadoramente—. Nos estás protegiendo a todos. Mi señor… Mi señor es incapaz de tratarte con imparcialidad. Si te quedases, solo podría terminar pobremente para todos nosotros. Solo dañaría la causa por la que has trabajado tan duro. Lo siento, Kagome, siento que debas sufrir tanto por hacer esto. Pero te doy las gracias por hacerlo, por el bien de todos.

Kagome asintió contra su hombro, llorando con más fuerza. Era una extraña mezcla de dolor y consuelo oír las palabras que había usado tan a menudo en los últimos días para mantenerse a flote dichas por la mujer que tenía menos razones para comprender sus sentimientos.

—Por favor —consiguió decir Kagome—. No tengo derecho a pedirlo, pero, por favor, cuida de él cuando me vaya. Por favor, apóyale tanto como puedas. Tiene mucho contra lo que luchar y yo ya no estoy en posición alguna de serle de ayuda. Por favor, por favor. No puedo… No seré capaz de irme a menos que sepa que hay alguien ahí para él, cuidando de él.

—Por supuesto —concedió Kikyou en voz baja—. Por supuesto. Ya no tienes que preocuparte por mi señor. Yo estoy aquí para él. Te doy mi palabra de que cuidaré de él. Quédate tranquila.

Kagome se liberó del abrazo, encontrando la mirada de la mujer. Se sorprendió vagamente al ver las lágrimas brillando también en las mejillas de Kikyou.

—Dile que le amas —dijo Kagome, las palabras le retorcieron el corazón dentro del pecho incluso mientras las pronunciaba.

Kikyou se la quedó mirando con los ojos abiertos como platos.

—Nunca se lo has dicho, ¿verdad? —insistió Kagome, más allá del dolor que le causaba y la parte de ella que sabía que no era su lugar decirlo—. Tiene que oírlo de ti. Tiene que saber que alguien lo ama y que tiene permitido ser feliz.

—He estado a su lado durante años. ¿Mis sentimientos no están claros solo con eso? —dijo Kikyou, apartando la mirada de Kagome.

—Kikyou —dijo Kagome suavemente, esperando un instante hasta que la mirada de la mujer volvió a ella—. Él te ha elegido a ti. Cada día, durante años y años, te ha elegido a ti. ¿Qué tienes que temer? Ahora tienes que confiar en él. Tienes que decírselo a él. Deja que él te lo diga a ti. Solo… permítete ser feliz con él.

Kikyou se la quedó mirando durante largos momentos, con las facciones tensas con una genuina ansiedad que Kagome rara vez veía en ella. Asintió lentamente.

Kagome se levantó, sintiéndose completamente maltrecha mientras le hacía una reverencia a la mujer. Se secó apresuradamente las mejillas, la necesidad de irse se levantó en ella bruscamente después de lo que acababa de hacer.

—Me disculpo, Kikyou —dijo—, y te doy las gracias por tus amables palabras. Pero tengo que…

—Lo entiendo —dijo Kikyou en voz baja—. Y si necesitas algo antes de partir, por favor, acude a mí. Deseo hacer lo que pueda por ti. Que sepas también que no dejaré que se olvide tu causa aquí en la corte en tu ausencia. Mi señor y yo haremos todo lo que podamos para seguir adelante con ella.

Incapaz de responder, Kagome se limitó a asentir. Hizo una reverencia una vez más antes de darse la vuelta para irse.

Pero se detuvo con una mano en la shoji. Metió la mano en la parte delantera de su traje y sacó el «vínculo». Se lo quedó mirando varios largos momentos, debatiéndose en silencio.

—¿Kikyou?

—¿Sí?

Kagome se dio la vuelta, con los ojos fijos en el suelo mientras le tendía el «vínculo» a la noble.

—Podrías… ¿podrías darle esto por mí? Dile que es su decisión si quiere o no quedárselo. Sé que es una tontería, pero…

Kikyou se levantó, cogiéndole el «vínculo».

—Lo entiendo. Se lo daré.

—Gracias —murmuró Kagome, incapaz de mirarla a los ojos.

Se dio la vuelta y prácticamente huyó de la habitación, perseguida por el conocimiento de que había renunciado al primer hombre que había amado.


Con la noche, llegó el consuelo para Kagome en la forma de un cielo sin luna. Sus preocupaciones huyeron temporalmente al verlo y se apresuró a vestirse y a escapar hacia el Goshinboku.

Se decepcionó al encontrar el En no Matsubara completamente desierto cuando llegó, pero se consoló al pensar que tal vez había venido demasiado temprano. Se acomodó en la maraña de las enormes raíces para esperar, con el arco situado a sus pies por si acaso.

Las horas pasaron en silencio y quietud. Durante un tiempo, Kagome se entretuvo buscando las constelaciones que Kaede-sama le había enseñado a reconocer cuando era pequeña, pero finalmente no pudo seguir evitando darse cuenta. La noche ya casi se había acabado y no había señales de él.

Toga no iba a venir.

Kagome recogió el arco e intentó tragarse su decepción. Tal vez había estado demasiado ocupado como para venir, o no había sabido que ella se iba a marchar pronto. Caminó fatigosamente por el jardín, sintiendo los hombros pesados por el peso de otra decepción.

Una figura emergió de entre las sombras al otro extremo del jardín. Kagome casi gritó, alarmada, tropezando un paso y agarrando el arco.

La figura no hizo otro movimiento y Kagome se detuvo, lista para salir corriendo. Pero sus ojos se adaptaron lentamente y su mano se apartó del arco.

—¿Toga?

Estaba en gran parte oculto en la oscuridad de la noche sin luna, pero era indudablemente él. Aun así, no hizo movimiento alguno después de que lo llamase. Parecía tenso, casi enfadado, por lo poco que podía ver en la tensa posición de sus hombros y mandíbula.

—¿Toga? —intentó Kagome de nuevo tentativamente, avanzando un paso hacia él.

Finalmente se movió, aunque solo fue para retroceder un paso.

—No quería venir —soltó—. No debería haber venido.

Kagome se quedó paralizada, con la vista fija en su silueta contra la oscuridad.

—Menuda cosa le dices a alguien que se irá pronto —bromeó para ocultar el auténtico dolor que le causaron sus palabras—. ¿Ni siquiera querías venir a despedirte de mí?

Él se quedó en silencio. Kagome estaba desconcertada, confundida por la extrañeza de su comportamiento.

—¿Qué te pasa esta noche? ¿Te encuentras bien? —preguntó, avanzando un paso en un último intento por sacarlo del humor en el que parecía estar atascado.

Volvió a alejarse de ella, permaneciendo con decisión justo fuera de su alcance en las sombras.

Kagome frunció el ceño, cerrando las manos en puño a sus costados.

—Bien —explotó—. Perfecto. Si así es cómo escoges decirme adiós, entonces creo que ya hemos acabado aquí, Toga. Te deseo una buena vida.

Se subió el arco y el carcaj con brusquedad sobre su hombro, con la intención de pasar de largo. Ya había tenido más que suficiente últimamente y no iba a aguantar más de alguien que decía que quería apoyarla.

Se había alejado varios pasos de él cuando una mano atrapó su muñeca, deteniéndola en seco. Kagome se tensó, preparándose para soltar su mano de un tirón.

Pero el tirón de él llegó primero, lo bastante fuerte como para que tropezara hacia atrás y chocara contra él. Sus brazos le rodearon los hombros inmediatamente, inmovilizándola contra la calidez de su tensa silueta.

—No te vayas —murmuró con voz ronca y ella fue incómodamente consciente de lo cerca que estaban sus labios de su oído—. No te vayas, Kagome.

Las palabras iban más allá de la inmediatez del momento. Con su corazón retumbando sonoramente en sus oídos, Kagome se quedó paralizada.

—Tengo que irme —dijo.

—No, no es verdad —soltó, apretando los brazos como si pudiera evitarlo físicamente—. Puedes quedarte aquí. Puede ser… podemos… No tienes que irte.

—Para —murmuró Kagome bruscamente—. Solo… para, Toga. No sé qué te ha pasado, pero ya es bastante difícil para mí tal como están las cosas. No puedo quedarme. No puedo. Por favor, intenta entenderlo.

—Cometí un error —dijo y ella sintió el ligero temblor atravesando los brazos que la sostenían—. No puedo… No puedo perderte. ¡No puedo!

Se aferró a ella como a un salvavidas y Kagome se tensó aún más. Se mordió el labio contra la calidez que sintió que la atravesaba donde su espalda estaba apoyada contra su pecho, tenía la urgencia de simplemente echarse hacia atrás y prometer que sí, que claro que se quedaría.

—Volveré, Toga. Te prometo que lo haré —dijo temblorosamente, maravillada por la fuerza de sus propios sentimientos—. Solo necesito tiempo. Pero te juro que volveré.

Él no respondió, el silencio pendió entre ellos durante largos momentos. Aflojó los brazos lentamente hasta que la hubo soltado por completo. Kagome dudó, sintiéndose totalmente falta de equilibrio. Se giró tentativamente para encararlo.

—Pero no será lo mismo —dijo él, con ojos ensombrecidos mientras la miraba.

—… No. No lo será —admitió Kagome suavemente, retorciéndosele el corazón mientras su expresión se oscurecía más—. No puede serlo.

—No quise decir que sí —dijo él, en voz tan baja que ella apenas entendió las palabras—. Pero tampoco quería seguir haciéndote daño. Por qué… ¿por qué no podría haber sido simple?

Kagome frunció el ceño mientras lo miraba, su mente saltó entre los recuerdos de su puñado de encuentros mientras intentaba descifrar a qué se refería. No pudo pensar en nada y abrió los labios para exigir una explicación.

Sus labios contra los de ella apartaron esa idea de su cabeza.

Abrió los ojos como platos, su corazón se detuvo en seco. Pero su mano le acunaba el rostro con cuidado y sus labios se presionaban contra los de ella con desesperada insistencia y, tras unos momentos, estuvo perdida. Cerró los ojos y sintió calor, aunque temblaba de la cabeza a los pies.

Cuando finalmente él empezó a apartarse, Kagome casi se inclinó hacia delante para seguirle. Pero él no se echó mucho hacia atrás, como si no pudiera obligarse a alejarse. Los dos se quedaron mirando, aturdidos, respirando con ligera dificultad. En el frío de la noche, las bocanadas de niebla de su aliento se mezclaron, flotando en la oscuridad.

—Por eso… —jadeó él, con los ojos entrecerrados y las pupilas dilatadas y oscurecidas—, es por lo que no debería haber venido.

Y entonces, antes de que ella pudiera recuperar un poco de sensatez, se marchó, se apartó y se hubo ido, desapareciendo rápidamente en la oscuridad.


Kagome se pasó el día siguiente, su último día en la corte, revisando frenéticamente una y otra vez para asegurarse de que se había encargado de todos los cabos sueltos posibles. Apenas hubo un momento en el que estuviera quieta. Se negó a parar y a permitirse pensar en nada que hubiera pasado o que fuera a pasar. Era todo demasiado confuso y simplemente ya no tenía energía para ello.

Le entregó una nota a Kikyou en relación con las reuniones habituales que deseaba establecer entre el Tennō, Chūsei y Midoriko. Explicaba tanto la red de sirvientes de Chūsei como la intención de Midoriko de mantener vigilada la corte. Había estado reacia a escribirla, pero pocas más opciones tenía, teniendo en cuenta que Inuyasha no quería verla. Kikyou prometió entregarle la nota sin leerla ella.

Dispuso con Sango que todos se encontraran al alba del día siguiente en la puerta oriental. Sabía dónde quería parar primero en su viaje y le pidió a Sango que informase a todos de la ruta pretendida en su lugar.

Para el final del día, estaba tan completamente exhausta por ir corriendo por cada centímetro de la corte que se quedó inmediata y afortunadamente dormida.

La mañana siguiente la encontró en la puerta oriental, presentándose a los taiji-ya entre su guardia a quienes no conocía. Algunos ya la conocían, como el hermano pequeño de Sango, Kohaku, y un sinnúmero de otros que había conocido durante su tiempo en la residencia Tachibana.

Miroku y Sango estaban a su izquierda, con las cabezas juntas mientras consultaban un mapa en busca de la ruta más rápida. Shippou estaba acurrucado en la silla del caballo que iba a ser para ella, todavía somnoliento a tan temprana hora de la mañana.

Nadie había ido a despedirse de ellos, pero Kagome no se había esperado menos. Nunca les había dejado claro a los cortesanos cuándo iban a partir y cualquiera con el que tuviera suficiente relación como para querer despedirse o se iba con ella, o ya se había encargado de ello.

Menos una persona. Y en ese sentido, Kagome no podía evitar sentirse profundamente decepcionada.

Aun así, era ahora o nunca. Vacilar solo haría las cosas más difíciles.

—¿Todos listos para partir? —preguntó.

Un coro de afirmaciones respondió a su pregunta y asintió, indicando que montasen todos. Ella montó en su propio caballo, moviendo al dormido kitsune para que descansase en su regazo.

—¿Todos tenemos claro hacia dónde vamos? —llamó Sango en dirección a la guardia. Ellos asintieron en respuesta—. Bien. Manteneos cerca de Kagome-chan y vámonos.

Sango espoleó a su caballo para que avanzase, tomando su lugar a la cabeza del grupo mientras la guardia tomaba posición alrededor de Kagome. Miroku acicateó a su caballo para montar justo a su lado. Respirando hondo, Kagome instó a su caballo a que avanzase también.

Mantuvo la mirada decididamente hacia delante, negándose a girarse y mirar atrás. Simplemente tenía que seguir mirando hacia delante.

Pero flaqueó por un momento. Se giró para mirar por última vez lo que estaba dejando atrás por los kami sabían cuánto tiempo.

Tal vez los demás se lo habrían perdido, pero los ojos de Kagome fueron directamente hacia la visión. Una figura vestida de rojo en lo alto de la puerta, observándolos mientras se iban. Su corazón se retorció en su pecho.

Inuyasha había venido a despedirse de ella.

No podía distinguir su expresión, pero él se puso en pie y levantó una mano en alto para que ella la viera. En ella sostenía una ristra de cuentas mala y magatama. Era su «vínculo», el collar nenju que había forjado para él.

Mientras observaba, él se lo deslizó por la cabeza.

Kagome se mordió el labio, sonriendo mientras se tragaba las lágrimas que brotaron ante el sencillo gesto. Levantó una mano, moviéndola solo una vez en señal de despedida antes de darse la vuelta para mirar una vez más hacia delante. Esta vez no miró atrás.

Adiós, Inuyasha.


Nota de la traductora: Decidí esforzarme e intentar adelantar un poco el capítulo al ver todo el apoyo que recibí en el anterior. No puedo dejar de dar las gracias a todos los que leéis tan fielmente este fic, me anima mucho todos los reviews que dejáis y el interés porque siga traduciendo.

Se avecinan ahora tres capítulos muy largos, pero espero mantener el ritmo. De todas formas, si hay retrasos, lo diré en mi página de Facebook.

El 13 de noviembre espero subir el siguiente, pero si consigo tenerlo para antes, ya sabéis que lo publicaré sin demora.

¿Qué os ha parecido este capítulo? Espero que os haya gustado.

¡Hasta la próxima!