Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Nuestra pequeña lección de historia de hoy:

Chichi-ue: Forma arcaica de dirigirse al padre de uno. Se traduce literalmente como «padre-superior», lo que implica un gran respeto filial cuando se usa.

Crisantemo: El sello de la casa imperial de Japón, hasta el día de hoy, es un crisantemo de dieciséis pétalos. No estoy muy segura del su simbolismo (no pude encontrar un texto que hablase de la ideología que hay tras él), pero lo han usado emperadores desde la antigüedad.

Kamo no Yasunori: Onmyōji famoso en el Heian japonés. No me he referido mucho a él hasta este momento, pero la onmyōdō o adivinación yin-yang, se introdujo en Japón durante la época Heian junto con el budismo. Es una práctica espiritual que sintetiza los dogmas del budismo, del sintoísmo y del taoísmo, y que se volvió bastante popular a finales de la época Heian. Se utilizaba y se regulaba históricamente por los emperadores de Japón.

Shinobue: Flauta travesera japonesa hecha de bambú que se usaba en las canciones populares tradicionales japonesas.

Ōtsuzumi: Tambor japonés con forma de reloj de arena usado a menudo en canciones populares tradicionales.

Ryū, Bakeneko, Ningyō, Oni, Tanuki: Algunas de las clases más prominentes de youkai con las que me encontré al investigar. Hay incontables tipos de youkai listados en diferentes cuentos populares y cuentos de hadas por todo Japón, algunos pertenecen a clases específicas y algunos no se corresponden con ningún tipo. Algunos aparecen más a menudo que la mayoría (junto con los kitsune, los ōkami y los inugami). Sus clases se corresponden con dragones, gatos, sirenas (o diversas criaturas marinas), gigantes de un cuerno (esta es la clase que más se parece a los «demonios» tal y como los conceptualizamos en Occidente) y mapaches, respectivamente.


Capítulo 22: De determinación y perdición

Tirabuzones de humo se elevaban lánguidamente formando rizos desde la superficie de la piscina gris, llenando el aire del ambiente con una cálida neblina. Árboles, matorrales y una cuesta empinada y rocosa cubrían la piscina estrechamente por todos lados, velándola efectivamente del mundo que la rodeaba. La piscina parecía un pequeño oasis cálido en mitad del menguante invierno, todo silencio y quietud.

La paz del lugar se vio rápidamente quebrantada por un grito agudo de alegría, seguido rápidamente de una salpicadura sorprendentemente grande. Una pequeña cabeza pelirroja asomó a la superficie de la piscina, los bracitos se agitaron enérgicamente en la cálida agua para mantenerse a flote.

Kagome, Sango y las dos mujeres taiji-ya que las acompañaban se rieron entre dientes ante el panorama creado por el kitsune, moviéndose de una forma mucho más serena mientras disponían su ropa sobre las rocas para evitar que se mojase.

—Ten cuidado, Shippou-chan —llamó Kagome, yendo hasta el borde de la fuente termal y probando el agua con cautela con un pie.

Su calidez, tras casi dos semanas de cabalgada envuelta en capas y más capas para repeler el frío del invierno, hizo que la atravesase un escalofrío. Se metió lentamente en las turbias aguas sulfúricas, suspirando mientras el calor envolvía los tensos músculos tras haber pasado demasiado tiempo sobre un caballo.

Sango se metió a su lado, con las manos recogiendo afanosamente todo su pelo para evitar que se mojase. Las otras dos jóvenes, Noriko y Tomiko, se metieron enfrente de ellas, sus suspiros gemelos de dicha resonaron con el de Kagome.

—Gracias a los kami por las fuentes termales —murmuró Tomiko, hundiéndose hasta la barbilla en las aguas—. Ha pasado tanto tiempo, que me había olvidado del desafío que supone montar durante varios días seguidos. Me duele todo.

Noriko asintió con compasión, haciendo rodar sus hombros bajo el agua para eliminar un poco de tensión.

—Mmmm, sé cómo te sientes —dijo—. Han pasado más de dos años, creo, desde que salí en mi última misión y era solo una patrulla rutinaria del perímetro. Aun así, me alegro de estar otra vez en el campo y de ser útil, por muchos dolores que vengan con ello. Gracias de nuevo, Sango-chan, por extenderme la invitación.

—No hay de qué. Te agradezco que hayas escogido venir —dijo Sango, vadeando más profundamente en la piscina hasta que encontró una piedra medio sumergida donde descansar—. Solo desearía que más mujeres del clan hubieran aceptado la invitación.

—Bueno, ya sabes cómo es —intervino Tomiko, subiendo y bajando los hombros en el agua mientras se encogía de hombros—. Por mucho que nos entrenen, no parecen esperar que de verdad vayamos a salir. Las chicas solteras no quieren ir por miedo a perderse una oportunidad de casarse o de que las vean como poco femeninas por haber pasado demasiado tiempo en el campo y las mujeres casadas están demasiado ocupadas encargándose de sus casas y teniendo hijos como para tener la oportunidad de ir.

—Pero ¿no creéis que es injusto? —murmuró Sango, toda su pálida y elegante espalda se curvó sobre sus rodillas levantadas—. ¿Que tengamos que ser nosotras las que nos preocupemos de esa clase de cosas cuando somos igual de capaces que cualquiera de los hombres del clan?

Kagome miró a su amiga. Tenía el rostro medio oscurecido, apoyado contra las rodillas, pero sus ojos parecían pensativos. Tomiko y Noriko también tenían expresiones similares, aunque había una cierta resignación en la compostura de sus facciones que ya no estaba en las de Sango. Kagome se preguntó en silencio si esto había sido parte de lo que había estado hablando Sango cuando había dicho que sabía cómo sería su vida.

Una segunda salpicadura ruidosa y desproporcionadamente grande puso fin a cualquier introspección, la ola resultante sacó gritos a las cuatro mujeres mientras empapaba su pelo cuidadosamente recogido. Shippou salió una vez más a la superficie, tenía el flequillo rojo aplastado sobre los ojos. Empapadas como estaban, a las mujeres le resultó difícil evitar reírse mientras el kitsune nadaba con fuerza como un perrito en un ciego y desorientado círculo.

Finalmente, Kagome avanzó para ocuparse del kitsune, apartándole el pelo que le oscurecía la visión de sus ojos y guiándolo hasta la orilla de la piscina para sentarlo sobre una roca parcialmente sumergida. A pesar de sus intentos de retorcerse, consiguió revisarlo y limpiar lo que quedaba en su piel de la mugre de dos semanas.

—Debe de quedar una semana más, aproximadamente, para que lleguemos a la aldea, ¿verdad? —preguntó Noriko, frotándose la piel pausadamente.

Sango asintió, bajándose de su roca para meterse en la parte más profunda de la piscina. Se salpicó un poco de agua del manantial en la cara, frotando hasta que su piel brilló con un saludable tono rosado.

—Hizo falta más o menos un mes a caballo cuando Miroku-sama me trajo a la corte —aportó Kagome, permitiendo que el resbaladizo kitsune se soltase de su agarre cuando estuvo segura de que estaba limpio—. Así que en una semana más, o así, deberíamos estar allí.

—Intercambiaremos nuestras monturas por youkai para que podamos movernos más rápido cuando lleguemos allí —dijo Sango, vadeando hasta que estuvo solo medio sumergida en el agua mientras se disponía a lavarse los hombros—. Mi padre y una buena cantidad de miembros de nuestro clan deberían estar todavía en la zona ayudando a reconstruir las aldeas destruidas, y tienen casi todas las monturas youkai de nuestro clan consigo.

Un crujido sonó entre los arbustos un poco a la derecha de Sango mientras se disponía a frotarse la espalda y todos se detuvieron, mirando hacia allí. Emergió una pequeña ardilla marrón, castañeteando los dientes con inquietud, antes de salir corriendo hacia el tronco de un árbol cercano. Shippou se esforzó por remar lo suficientemente rápido para cruzar la piscina, llegar hasta ella y darle caza.

—Mi aldea también debería estar receptiva a escuchar la oferta de Su Majestad —continuó Kagome, hundiéndose hasta la barbilla en la tranquilizadora calidez de las aguas—. Y después de que haya hablado con ellos, creo que deberíamos consultar cómo proceder. Probablemente sea imposible hablar con todas las aldeas y en todo mi tiempo en la corte fui incapaz de encontrar un mapa que incluyese cualquier aldea que no estuviese unida a las residencias, así que no hay forma de saber cuántas hay o dónde están todas.

—Cielos —suspiró Tomiko—. Bueno, con todo el trabajo que parece que nos queda por delante, agradezco que Shippou-chan fuera capaz de olfatear esta fuente termal para que nos limpiemos y nos relajemos. Solo los kami saben cuándo tendremos otra oportunidad.

Kagome miró al kitsune, conteniendo una carcajada al ver que de alguna forma se había quedado atrapado en el arbusto mientras perseguía a la ardilla. Su trasero desnudo asomaba en dirección al manantial, con la húmeda cola moviéndose con entusiasmo de delante atrás. Las cuatro mujeres intercambiaron una mirada antes de estallar en carcajadas.

—S-Shippou-chan, no te ensucies o tendré que volver a frotarte —llamó Kagome entre risas.

Él saltó ante el sonido de su voz, poniendo la cola completamente rígida por un momento. Salió apresuradamente de entre el arbusto, echándose hacia atrás con demasiada fuerza en su prisa por escapar. Trastabilló unos pasos hacia atrás, tropezando con sus propios pies y cayendo de cabeza en el agua. Las mujeres casi resoplaron de la risa.

Sango, la más cercana al kitsune, sacó al desorientado niño del agua y lo sentó en la orilla mientras él tosía y escupía. Le lanzó una torva mirada al arbusto a través del flequillo aplastado contra su rostro, como si hubiera sido el responsable de su caída. Kagome se desplazó por la piscina para recostarse al lado de Sango contra la orilla sobre la que estaba sentado el kitsune.

—¿Hay más ardillas ahí? —bromeó amablemente, dándole un toquecito cariñoso al niño en la mejilla mientras este hacía un mohín.

Shippou aumentó su mohín, de un rojo más intenso que el sonrojo con el que el calor de las termas bañaba sus mejillas. Le lanzó otra mirada furiosa al arbusto, enfadado por haberse avergonzado delante de las mujeres.

—No —masculló en voz baja—. Ahí no hay una ardilla.

Kagome parpadeó, girándose para intercambiar una mirada con Sango. Las miradas de ambas se dirigieron lentamente de nuevo hacia el arbusto.

—¿Y qué es? —contestó Sango, entrecerrando los ojos en gesto de sospecha.

Shippou se cruzó de brazos, asintiendo.

—Me dijo que no os dijese que en realidad fue él el que encontró el manantial —dijo Shippou—. Ni que estaba escondido en el arbusto para vigilar mientras os bañabais.

Mientras hablaba, la mano de Sango se movió lentamente, casi imperceptiblemente, sobre la tierra hasta que se cerró alrededor de una piedra de tamaño considerable. Apretó la mandíbula cuando Shippou terminó de hablar, con la mano contrayéndose alrededor de la piedra.

En un movimiento casi demasiado rápido para que Kagome lo pudiera seguir, la taiji-ya echó su brazo hacia atrás y lanzó la piedra con fuerza contra el arbusto. Resonó un alarido y el arbusto se sacudió mientras una figura se ponía de pie.

Miroku estaba allí de pie, apretándose la frente donde la piedra le había dado de lleno. Se las quedó mirando a todas, apartando la mano lentamente y componiendo una sonrisa demasiado cortés.

—Ja, ja, ja, parece que me he alejado de algún modo del campamento —se rio entre dientes con fingida ligereza, toqueteándose la sien ligeramente con un puño en gesto de reprimenda por su despiste—. Disculpen la interrupción, señoritas. Por favor, continúen como estaban.

Le siguió un momento de silencio mortal.

Tomiko, Noriko y Kagome gritaron casi al unísono, hundiéndose para cubrirse lo mejor que podían bajo el agua turbia. Shippou sonrió con satisfacción, evidentemente satisfecho por habérsela devuelto al houshi por su anterior bochorno.

Sango, con el rostro encendido, procedió a lanzarle a Miroku todo lo que estuviese a su alcance, gritando sin sentido cosas sobre pervertidos, mujeriegos y la ridiculez de que una mujer fuese a enamorarse de un hombre como él. Miroku consiguió esquivar un buen número de los proyectiles lanzados al azar, pero no pudo evitar recibir algunos golpes directos aquí y allá.

Mientras observaba el intercambio, Kagome se dio cuenta con una exclamación de por qué el houshi estaba esquivando cuando debería haber salido corriendo por su vida. Sango, en su loca espantada por encontrar más objetos que arrojar, todavía estaba medio fuera del agua y, mientras daba vueltas, rebotaba bastante…

—¡Sango-chan! —gritó Kagome, mortificada.

Sango se detuvo, pasando la mirada de los ojos abiertos como platos de Kagome a Miroku, y luego bajando la mirada hacia las partes de su cuerpo sobre las que la mirada de Miroku estaba no subrepticiamente fija. Se quedó boquiabierta, con su rostro cambiando rápidamente de un rojo intenso a un pálido blanco y al rojo otra vez.

Con un chillido que fue una confusa mezcla de ira y vergüenza, Sango se cruzó de brazos y se ocultó bajo la protección del agua.

Miroku aprovechó la oportunidad para dirigirles un ademán jovial y retirarse apresuradamente, diciéndoles alegremente que disfrutasen del baño y que tuviesen cuidado en el camino de vuelta al campamento antes de desaparecer de su vista.

El silencio envolvió el manantial una vez más tras la partida del houshi.

Tras varios momentos, Kagome vadeó con vacilación hacia Sango, que todavía estaba encorvada hasta la barbilla en el agua y estaba temblando bastante con ira o con vergüenza. Tal vez ambas. Kagome apoyó la mano tentativamente sobre su hombro.

—¿Sango-chan?

—Las ha visto. Seguro que las ha visto —murmuró la noble con pesimismo para sus adentros—. Justo como esas veces que solía mirar en la casa de baños de la corte… Menudo pervertido… Un mujeriego de la cabeza a los pies… ¿Cómo pude…? Ya sé. Le sacaré el recuerdo de la cabeza. Eso es, un hombre muerto no tiene recuerdos…

Sango se puso en pie abruptamente y empezó a caminar por el agua con decisión hacia el lugar donde habían dejado la ropa. Tras ellas, Kagome podía sentir que Tomiko y Noriko todavía estaban con la vista fija, perplejas. Shippou había vuelto a meterse en el agua y había vuelto a nadar alegremente al estilo de los perritos.

Suspirando, Kagome siguió a su amiga. Tenía la sensación de que, si no la detenía nadie, Sango intentaría de verdad cumplir con sus amenazas.

Iba a ser un viaje largo.


Al final, Kagome consiguió evitar que Sango atacase abiertamente al houshi, aunque eso no evitó que dejase caer «accidentalmente» el Hiraikotsu sobre su pie mientras lo estaba puliendo o que apartase su futón bien lejos del círculo del calor del fuego. Se negó a hablarle directamente durante el resto de la noche y se sentó lanzándole dagas con los ojos desde el otro lado del fuego.

Noriko y Tomiko también estaban siendo precavidas con el houshi. Ya habían sido víctimas de varias caricias «accidentales» de Miroku desde que había empezado el viaje, pero habían descartado ampliamente las incidencias a la luz de su estatus como espiritista y la completa despreocupación que mostraba después.

Esto, sin embargo, era más difícil de ignorar. Se aseguraron de que sus futones estuvieran situados bien lejos del suyo, a pesar de que Kagome les aseguraba que en realidad no era tan malo… ni tampoco tan bueno.

Kagome, por su parte, solo pudo observar con perplejidad mientras el houshi charlaba muy animadamente con los hombres de su guardia, que obviamente no tenían ni idea de lo que había ocurrido. Se había acostumbrado a esperar este comportamiento por parte de Miroku hasta cierto punto, pero había aumentado sus maniobras desde que habían partido. Cada pocos días había algo nuevo. Y eso que Sango también había estado haciendo un esfuerzo tan sincero por acercarse a él.

Kagome suspiró, negando con la cabeza. A pesar de lo cercanos que se habían vuelto, el hombre seguía resultándole un misterio en algunos sentidos. Un misterio sucio y pervertido.

Después de que comieran, el grupo se acomodó rápidamente para dormir. Miroku se aseguró de poner guardas alrededor de sus campamentos todas las noches, lo que significaba que en general podían descansar con tranquilidad con solo una o dos personas de guardia. Aquellos que no estaban de guardia, dormían profundamente alrededor del calor de una fogata.

Sin embargo, Kagome había desarrollado la costumbre de incorporarse después de que los demás se hubiesen acomodado. Era el único momento en el que podía obtener algo parecido a la privacidad que necesitaba.

Había guardado una cuenta mala del collar nenju que había hecho, como le había indicado Midoriko. Esa sola cuenta descansaba segura contra su pecho en un bolsillo interno de su traje desde su salida de la corte, un tranquilizador recordatorio de que por muy lejos o por mucho tiempo que les llevase este viaje, nunca estaría completamente separada de él.

Durante el día, estaba resuelta a no permitirse pensar en él o en la corte. Después de todo, se había ido tanto para separarse de él y conseguir controlar sus sentimientos como para ayudar a las aldeas. Obsesionarse pensando en él solo serviría para deshacer toda la determinación que había invertido en su decisión de hacer esto. Y así, lo desterró de su mente, centrándose en cambio en lo que requeriría la misión que tenía por delante.

Pero por la noche, bajo el cobijo de la oscuridad, mientras los demás dormían, se permitía solo durante unas horas el consuelo de su vínculo que el nenju ofrecía. Tal vez era debilidad o estupidez por su parte, pero no se atrevía a renunciar a ese pequeño lujo. Simplemente no podía olvidarse de Inuyasha por completo.

Al cerrar los ojos y concentrar su energía en el catalizador de la cuenta, podía sentir a través de su sexto sentido la ubicación del nenju y a su dueño. Esto lo hacía cada noche antes de irse a dormir.

Kagome descubrió que Midoriko había estado en lo cierto y se había equivocado en la forma en la que ocurría la sensación. Algunas noches solo podía obtener pequeñas sensaciones o la más vaga noción de dónde resultaba estar Inuyasha en ese momento. Otras noches, era tan claro como si simplemente estuviese observando a Inuyasha en un espejo un poco borroso.

No estaba segura de cuál era la razón para tal discrepancia en el poder del nenju entre unas ocasiones y otras, pero por lo que pudo averiguar, se debía a ella misma. Había ciertas noches en las que la necesidad de verle, de asegurarse de que estaba a salvo, era sencillamente más fuerte que otras, y esas siempre parecían ser las noches en las que podía ver con más claridad.

En esta noche en particular, su sensación de él era brumosa, como mucho. Parecía estar solo en sus aposentos en el Jijūden. En sus sentidos cosquilleó el enfado junto con el ligero peso de la fatiga. Estaba… ¿inclinado sobre algo? Algo que tenía que ver con el Consejo, si sus sentimientos eran una indicación.

La visión se torció abruptamente y giró. Se había movido… ¿se había acostado sobre su espalda? Kagome sintió un momento de desorientación, su visión se volvió más borrosa con el movimiento.

Pasaron los momentos y decayó un poco del enfado, tomando su lugar una languidez más general. Kagome sentía esto a menudo de él. Prácticamente podía oírlo suspirar.

La contemplación siempre parecía acompañar a esta languidez y esta noche no era una excepción. Kagome hacía mucho que había descubierto que el vínculo no le daba acceso a sus pensamientos. Los sentimientos y las sensaciones que lo acompañaban se dejaban a su interpretación, pero los tejemanejes conscientes de su cabeza estaban más allá de su alcance.

Esta noche, sus pensamientos parecían vagar hacia algún lugar extraño, una pesada calidez salía de su estómago a través de sus extremidades. Contra los labios de él salía sigilosamente la sensación de una suavidad recordada y el calor se intensificó en un cálido letargo que palpitó a través de sus venas. Por un efímero instante, todo estuvo bien. Pudo sentir que su mano subía para tocar el nenju casi inconscientemente.

De repente, la visión se volvió borrosa una vez más y la calidez que había sentido hirvió pasionalmente hasta convertirse en ira. Se había erguido de repente, inclinándose con mordaz determinación una vez más sobre cualesquiera documentos que hubiera estado leyendo detenidamente. Una ira severa retumbó a través de él.

—Maldición…

Mientras volvía a acomodarse para concentrarse en los documentos, el enfado volvió a hervir junto con la cólera acumulada. Kagome abrió los ojos. Lentamente, volvió a enfocar el brillo del fuego y la débil silueta de sus compañeros dormidos.

Kagome suspiró suavemente y guardó la cuenta con cuidado en la parte delantera de su traje. Atrajo las rodillas contra su pecho, apoyando la barbilla sobre ellas y observando distraídamente las llamas bailando ante ella mientras dejaba vagar sus pensamientos. Siempre tenía intención de irse directamente a dormir después de asegurarse del bienestar del hanyou, pero eso rara vez parecía ocurrir.

Inuyasha siempre estaba hasta cierto grado molesto, tenso o enfadado cuando se pasaba a observarlo a través de su vínculo. Obviamente todavía había mucho con lo que tenía que lidiar en la corte. Los informes de Midoriko, los informes de Chūsei, los paseos por la corte para dirigirse a los cortesanos, las reuniones del Consejo y los planes para la futura boda eran solo algunas de las cosas de las que había conseguido obtener vistazos a través de su vínculo.

Kagome sabía que tenía que haberse esperado todo esto, aunque esperarlo hacía poco por menguar la irritante sensación de culpa que se había convertido en una constante al fondo de su mente desde su partida.

Lo que no se había esperado eran los momentos como el que acababa de presenciar. Había algo carcomiendo a Inuyasha, molestándolo mucho más profundamente de lo que parecía hacerlo cualquiera de las cuestiones de la corte. Había momentos cada vez más frecuentemente como el que acababa de presenciar.

Kagome no podía entenderlo. Quería saber qué era contra lo que estaba peleando. Quería estar allí, hablar con él y verle. Quería estar allí como su amiga y confidente una vez más, tanto, que en ocasiones era casi un dolor físico.

Pero no. Kagome cerró los ojos, presionando la frente con fuerza contra sus rodillas. No, no, no. Ese era exactamente el camino que no podía permitirse volver a recorrer. Físicamente, al menos, Inuyasha estaba bien, y en realidad eso era lo único con lo que se podía permitir preocuparse por el momento. Había renunciado voluntariamente a su derecho a hacer nada más al abandonar la corte.

Y podía consolarse con el hecho de que Kikyou todavía estaba allí para apoyarle, a pesar de que ese era un consuelo mezclado con una pequeña punzada de dolor. Kikyou le había jurado que cuidaría de Inuyasha y Kagome sabía que la noble era una mujer de palabra de la cabeza a los pies. Un sinnúmero de noches en las que Kagome había revisado cómo estaba, había encontrado que Kikyou estaba con él.

La futura Emperatriz tocaba música, o le ofrecía consejo sobre cuestiones de la corte, o lo disuadía cuando se enfurecía de verdad. En ocasiones, simplemente estaba sentada en silencio en la habitación con él, asegurándose de que sabía que ella estaba allí. Su presencia siempre parecía ablandar el filo de sus frustraciones, aunque en ocasiones un peso de culpa se asentaba en él durante y después de las visitas de ella que Kagome no podía comprender.

Por lo que sabía Kagome, Inuyasha todavía no se había abierto a Kikyou en cuanto a lo que de verdad le estaba molestando y Kikyou igualmente todavía no había sido abierta con sus sentimientos, como Kagome le había aconsejado. Aun así, los planes para la boda estaban progresando y Kagome no podía evitar creer que, en cuanto Kikyou se atreviese a compartir sus sentimientos, Inuyasha le correspondería. Seguro que dos personas tan buenas y fuertes iban a ser felices juntas. Y Kikyou se convertiría en su constante, la persona de la que Inuyasha podría depender dentro del caos de la corte.

La persona que Kagome había trabajado tanto por ser para él. La persona que Kagome no tenía permitido ser para él.

Se tragó apresuradamente la amargura que podía sentir que le subía por la garganta, golpeteando la cabeza ligeramente contra las rodillas en gesto de reproche. No era bueno que consintiera tener estos pensamientos que a veces trepaban por ella en estas oscuras horas de la noche. Había tomado la decisión correcta. No iba a afligirse por ello. Ahora solo podía ir hacia delante.

Estirándose, Kagome se metió bajo la calidez de su áspera manta. Tenía que dejar de pensar. Inuyasha estaba bien y ella tenía un largo viaje por la mañana. Cerró los ojos, acomodándose con decisión para dormir.

Sí, sí que iba a ser un viaje muy largo.


Fiel a sus estimaciones, la comitiva llegó a la aldea de Kagome una semana y dos días más tarde, a media tarde. Lo primero que vieron fue a dos monturas youkai con jinetes vestidos con el atuendo tradicional de los taiji-ya Tachibana y fueron quienes los recibieron mientras atravesaban la amplia planicie cubierta de hierba que conducía a la aldea.

A medida que se acercaban, uno de los jinetes levantó una mano en alto, moviéndola en señal de saludo amistoso. Era Hidehiko, el padre de Sango.

Sango prácticamente saltó de su montura, recorriendo a la carrera los últimos metros que quedaban para alcanzar a su padre. Él se bajó de su propia montura, recibiendo su acercamiento con los brazos abiertos. Aferró a su hija contra sí, abrazándola cariñosamente tras su separación de varios meses.

Kohaku estaba sentado a horcajadas en su montura entre el grupo de Kagome, observando la reunión con ojos extrañamente indiferentes. Pero Hidehiko pronto le puso fin a ello, arrastrándolo al suelo y procediendo a casi asfixiar al joven con su abrazo.

La comitiva cerró el resto de la distancia mientras Hidehiko terminaba con sus entusiastas saludos, Miroku condujo al caballo que Sango había dejado en su prisa por alcanzar a su padre. Desmontaron todos, los miembros de los Tachibana le hicieron una profunda reverencia al líder de su clan. Kagome y Miroku también hicieron una reverencia.

Tachibana Hidehiko les sonrió ampliamente a todos, con una hija bajo un brazo y un hijo bajo el otro. Presentaba una figura imponente: alto, con el pelo cortado al ras como si fuera un asceta en lugar de un cortesano, de músculos magros bajo su ceñida armadura taiji-ya y con una pálida cicatriz que iba desde justo debajo de su ceja izquierda hasta el borde de su mandíbula en el lado derecho. Pero en ese momento, parecía increíblemente amable.

—Primos míos —dijo—. Kagome-sama. Houshi-sama. ¿Qué trae a tan interesante comitiva tan lejos de la corte? ¿O solo han venido para hacerme el favor de traer ante mí a mis queridos hijos?

—Estamos aquí por un encargo del Tennō-sama, chichi-ue —dijo Sango, liberándose de su abrazo para recuperar las riendas de su caballo de Miroku—. Kagome-chan ha de visitar las aldeas en nombre del Tennō-sama mientras nosotros servimos como su guardia. Había esperado que pudiéramos intercambiar nuestras monturas por algunas de las monturas youkai que tenéis con vosotros, si podéis prescindir de ellas.

Hidehiko frunció el ceño.

—Ah, sí, bueno, ciertamente que podemos prescindir de las monturas, pero… —Hizo una pausa, mirando a la comitiva por un instante—. Suena como un encargo importante, Sango. ¿Estás segura de que estás preparada para liderar a la guardia de Kagome-sama tú sola? Puedo decirle a uno de los hombres que están aquí apostados que te acompañe.

Sango parpadeó, le flaqueó la brillante sonrisa que tenía en el rostro. Su mirada bajó a sus pies.

—Oh… bueno, pensé… es decir, yo…

—Con el debido respecto, Tachibana-sama —dijo Miroku, apoyando una mano amable sobre el hombro de la noble—, creo que Sango-sama es más que capaz de liderarnos. De hecho, no hay ni una persona que conozca en cuyas manos me sentiría más seguro.

Sango levantó la cabeza de golpe. Se quedó mirando al houshi con un sonrojo subiendo a sus mejillas. Él le ofreció una amable sonrisa en respuesta.

—Yo siento lo mismo, Tachibana-sama —aportó Kagome, incapaz de suprimir una sonrisa mientras observaba las excentricidades de su amigo por el rabillo del ojo—. Tengo completa fe en que el Tennō-sama le haya dado a Sango-chan esta misión.

—Por supuesto, por supuesto —dijo Hidehiko, aunque el frunce todavía permanecía en las comisuras de su boca—. Tengo completa fe en mi hija. Simplemente pensé… Bueno, da igual. Me enorgullece saber que lo ha hecho bien hasta ahora. Y todos deben quedarse al menos a pasar la noche aquí. Usted en especial, Kagome-sama. Debe de estar ansiosa por ver a su familia y yo deseo mostrarle el progreso que hemos conseguido hacer en esta aldea y en las otras desde la última vez que estuvo aquí. ¿Quiere que se lo enseñemos?

—Me encantaría —dijo Kagome—. Aunque tal vez pueda llevarse primero al resto del grupo y yo los alcanzaré más tarde.

—Sí, por supuesto. La familia es lo primero —concordó Hidehiko de inmediato, indicándoles a los taiji-ya que habían estado montando con él que tomaran las riendas de su montura—. Su encantadora madre estará emocionada de verla. No ha dejado de hablar de usted desde que nos conocimos. Vaya a verla y venga a buscarnos cuando pueda.

Le dio las gracias al hombre, pasándole las riendas mientras desmontaba. Le hizo una reverencia al grupo, despidiéndolos con la mano mientras se giraban para partir en la dirección de la que había venido Hidehiko cuando lo habían visto.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección a la cabaña de su familia. Sintió que se le aceleraba el pulso, elevando las comisuras de sus labios mientras apuraba el paso inconscientemente.

Técnicamente, solo habían pasado unos meses desde la última vez que había visto a su familia, pero la última vez se había visto ensombrecida por tan oscuras circunstancias que era como si casi no hubiera estado. Además, la necesidad y cierto hanyou habían dictaminado que su estancia previa fuera breve y apenas había tenido oportunidad de hablar con ellos antes de tener que partir.

En esta ocasión tenía más tiempo libre e incluso venía portando buenas noticias. Al fin podía ofrecerles a las aldeas el apoyo que había ido a buscar a la corte inicialmente, gracias a los esfuerzos de Inuyasha y a los suyos. La idea la dejó exultante, su cuerpo estaba más ligero de lo que lo había sentido en un tiempo.

De repente, la cabaña estuvo a la vista. O al menos pareció repentino, con lo sumida que estaba en sus propios pensamientos. Kagome se detuvo, sorprendida al verla.

Su cabaña ya no era la cabaña que había conocido. O tal vez lo extraño era que ya no era en absoluto una cabaña.

Donde una vez había estado una cabaña ruinosa, con la paja del tejado fina y predispuesta a goteras, y con el tapiz de la entrada tan andrajoso que difícilmente cumplía ya con su propósito, ahora había una robusta estructura de madera elevada ligeramente al estilo de los edificios de la corte. Incluso el tapiz de la entrada, suave y grueso bajo su mano mientras lo hacía a un lado para entrar, tenía estampada una escena de una miko realizando las plegarias rituales en el Chūwain.

Kagome entró silenciosamente, dejando que el tapiz se cerrase tras ella y sacándose con cuidado sus sucias sandalias en consideración a los nuevos suelos de madera.

Y allí estaba, sentada sobre un cojín e inclinada con decisión sobre una labor, justo como si fuera una escena salida de los recuerdos más queridos de la infancia de Kagome. La atravesó una ola de nostalgia, hermosa y dolorosa.

Su madre no levantó la mirada, centrada como estaba en su tarea de remendar lo que parecía ser una pieza de armadura taiji-ya, pero una acogedora sonrisa le levantó las comisuras de los labios.

—¿Es usted, Hidehiko-sama? —llamó, sus diestras manos no se saltaron ni un punto—. Ya casi he terminado. Solo deme unos momentos más. Debe de haber terminado hoy temprano de patrullar. Bueno, prepararé el té en un momento.

Kagome sonrió hasta que le dolieron las mejillas, la alegría ante el sonido de la conocida voz de su madre y el poder verla la llenaron de lágrimas hasta el punto de que no pudo hablar.

La cabaña no era lo único que había cambiado desde la última vez que la había visto. Su madre brillaba un poco a la luz de la tarde que se filtraba a través del tapiz de la entrada. Su pelo oscuro, trenzado y envuelto en una pequeña corona alrededor de su cabeza al estilo práctico de las aldeas, parecía denso y lustroso, y la piel visible de sus manos y rostro tenía un saludable tono rosado bajo su ligero bronceado. También parecía haber ganado peso, había desaparecido por completo la macilenta delgadez de la piel que colgaba suelta sobre sus huesos.

Tenía buen aspecto, de una forma que Kagome no le había visto desde que su padre había fallecido.

Debía de haberse quedado callada demasiado tiempo, pues las manos de su madre ralentizaron su trabajo, la sonrisa en su rostro disminuyó un poco.

—¿Hidehiko-sama? ¿Ocurre algo? —preguntó, levantando al fin los ojos de la labor de su regazo.

Se quedó con la boca abierta, sus manos se detuvieron por completo. Unos ojos de color castaño, con las arrugas que los rodeaban más tenues de lo que Kagome recordaba, se iluminaron, una sonrisa se extendió a más no poder por su rostro.

—Hola, mamá —dijo Kagome en voz baja—. Estoy en casa.

La armadura en la que había estado trabajando tan diligentemente cayó del regazo de su madre mientras se levantaba y corría a rodear a su hija con sus brazos.

—¡Kagome! —gritó, apretándola con tanta fuerza que la chica casi aulló—. ¡Oh, mi pequeña! ¿Qué estás haciendo aquí?

Se apartó a la distancia de un brazo, sus manos subieron para acunar el rostro de Kagome mientras la examinaba con más detenimiento. Kagome solo pudo sonreír, riéndose ligeramente. Al parecer la tendencia de su madre a armar un escándalo no se había visto alterada en lo más mínimo. Era un consuelo saberlo.

—Mírate —murmuró su madre, poniéndole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Mira lo mayor que estás. Está en tus ojos, Kagome. Ya casi eres completamente adulta. Y te estás volviendo tan hermosa.

Frunció el ceño, le empezó a temblar ligeramente el labio inferior mientras seguía mirando a la cara a su única hija. A Kagome no le flaqueó la sonrisa, acostumbrada a los ocasionales cambios de humor volátiles.

—Mamá —dijo amablemente, apoyando sus manos sobre las que le acunaban el rostro—. Mamá, no llores. Venga. Ven, siéntate conmigo y hablemos.

Su madre tragó saliva, asintiendo. Le toqueteó las mejillas una vez antes de soltarla, girándose y volviendo a adentrarse en la cabaña para sacar un cojín para Kagome.

—¿Dónde están Souta y Jii-chan? —dijo Kagome a su espalda, al no ver señales de ninguno de ellos.

—Están fuera, ayudando a los taiji-ya —respondió su madre, colocando el cojín y haciendo un gesto para que se sentase—. O al menos Souta es el que ayuda. Ya conoces a Jii-chan. Le gusta tener oídos que le escuchen.

—¿Ayudando a los taiji-ya? —repitió Kagome—. ¿A reconstruir aldeas?

Su madre asintió.

—Han estado ayudando a proporcionarnos comida, lo que significa que los hombres de la aldea están libres para ayudarles durante el día —dijo—. Todos tenemos ganas de ayudar si podemos, se han portado muy bien con nosotros desde que llegaron.

—¿Fueron ellos los que reconstruyeron nuestra cabaña? —preguntó Kagome.

—En realidad, es nueva —dijo su madre—. Tiraron la vieja y simplemente empezaron de cero con los materiales de construcción que el Tennō-sama había enviado para ayudar a arreglar las otras aldeas de alrededor. Hicieron lo mismo con todas las cabañas de la aldea, ayudaron con sus arreglos y reconstruyeron las que fueron destruidas en aquel ataque. Pero con nosotros hicieron un poco más. Hidehiko-sama dijo que era en reconocimiento al hecho de que esta es tu casa. Te tienen todos mucho aprecio después de lo que hiciste por ellos en el ataque.

—Oh —dijo Kagome, sonrojándose ligeramente ante el halago—. Difícilmente hice mucho. Pero es muy amable por su parte. Parece que las cosas han estado yendo bien.

Su madre asintió.

—Hizo falta un tiempo para que todo estuviera en su sitio después de que te fueras —dijo—. Y la pérdida de Kaede-sama fue dura para todos nosotros. Pero el Tennō-sama ha cumplido todas las promesas que hizo Miroku-sama cuando pidió apartarte de nosotros. Han enviado a un espiritista a vivir entre nosotros. Su nombre es Yasunori-sama. Estoy segura de que te gustará. Y los taiji-ya también han estado sirviendo como guardias hasta que terminen de trabajar en la zona reconstruyendo las aldeas en ruinas. Los taiji-ya también nos han ayudado con el problema de la escasez de comida. Al acumular los suministros de comida de varias aldeas en la zona y redistribuirla según la necesidad, se han asegurado de que todos estemos bien hasta la siguiente cosecha. La verdad, al oír a algunos ancianos hablando después de que te fueras por primera vez, cualquiera pensaría que estar conectado a la corte era lo peor que podría pasarnos, pero el Tennō-sama no ha sido más que bueno y amable con nosotros.

Kagome sintió que la recorría el orgullo, pero lo hizo a un lado rápidamente. Él no era algo en lo que tuviera permitido pensar durante el día, aunque solo fuera para estar orgullosa de él.

—Entonces te complacerá oír la razón que tengo para haber venido —dijo Kagome, rebuscando en la parte delantera de su traje el pequeño pergamino sellado que guardaba allí—. El Tennō-sama ha aprobado que se les haga una oferta a las aldeas para estrechar más su relación con la corte. Su Majestad les ofrece su protección a cambio de su apoyo. Pensé en traer la oferta aquí primero para ver cómo la recibirían.

Sostuvo en alto el pergamino para que su madre pudiera ver el sello del Tennō estampado en la cera antes de abrirlo y leerle los términos. Ella escuchó con atención, aunque Kagome era perfectamente consciente de que probablemente solo entendía fragmentos.

—¿El Tennō-sama va a hacerles esta oferta a todas las aldeas? —dijo una vez que Kagome hubo terminado, con los ojos abiertos como platos—. ¡Es increíble, Kagome! Solo pensar en lo diferente que sería que todos estemos conectados a la corte. Fuiste tú la que consiguió que Su Majestad hiciera todo esto, ¿verdad?

Le dirigió una orgullosa sonrisa cómplice a su hija. Kagome se sonrojó, moviendo una mano en gesto de rechazo.

—No, mamá —dijo—. Animé al Tennō-sama, sí, pero la decisión al final fue toda de Su Majestad.

—Por supuesto que lo fue —dijo, su sonrisa no se redujo ni un ápice—. Y fue pura coincidencia que todo llegase solo después de que tú fueras a la corte.

Kagome abrió la boca para protestar, pero se detuvo en seco cuando su madre se estiró y tomó sus manos entre las de ella.

—Por mucho que hayas crecido, parece que todavía te queda por crecer —dijo con complicidad, apretándole las manos—. Sé lo duro que fue para ti cuando eras pequeña, Kagome. Te observaba y me preocupaba por ti a cada minuto del día. Ese poder tuyo, como don que es, te obligó a asumir muchas responsabilidades antes de saber gran cosa. Sé lo mucho que te contenías por el bien de los demás y estoy orgullosa de ti por ser la clase de persona que pudo hacerlo. No muchos pueden. Pero me temo que en medio de todo te hayas perdido algo importante.

Se detuvo, encontrando la mirada de Kagome significativamente.

—No pasa nada por ser feliz, Kagome —dijo en voz baja—. Puede que yo no sepa mucho, pero esto sí lo sé. Cuando has trabajado tanto como lo has hecho tú, no pasa nada por atribuirse el mérito y estar orgullosa. No pasa nada por dejarte ser feliz. Callarse todos esos sentimientos, negarlos por el bien de los demás como tú haces, no es bueno, Kagome. Hasta que puedas aceptarte a ti misma, incluso las partes de ti que no parecen tan buenas o tan útiles como otras, solo te lo vas a poner difícil.

Kagome se quedó callada, frunciendo el ceño mientras encontraba la mirada ansiosa de su madre. Oyó claramente en las palabras de su madre el eco de las palabras que le había dicho Sango hacía no tanto tiempo. Era extraño que oyera un consejo tan similar por parte de dos personas que le eran tan queridas. Le ofreció a su madre una sonrisa tentativa, apretándole las manos en respuesta.

—Lo sé, mamá —dijo—. Y gracias por preocuparte tanto como para decírmelo. Lo intento. Es que…

—Lo sé, Kagome —dijo su madre, suspirando suavemente—. Va a ser más difícil para ti que para la mayoría por cómo te has criado. Siempre y cuando lo sigas intentando. Y que sepas que yo nunca te habría enviado lejos… nunca lo habría hecho si no creyese que serías feliz. De algún modo, de algún modo, sé que lo serás.

Los ojos de su madre estaban fijos en sus manos entrelazadas, la piel de la miko estaba ahora asombrosamente pálida contra el bronceado de la de su madre, pero Kagome pudo ver claramente el peso de la culpa que inclinaba sus hombros y le fruncía el ceño.

—Mamá —dijo con suave firmeza, esperando hasta que su madre levantó la mirada—. Tanto como tú me conoces a mí, yo te conozco a ti. Sea lo que sea que la aldea haya recibido a modo de compensación, sé que lo que escogiste hacer al dejarme ir fue un sacrificio. Y sé de cuánta fortaleza requiere. Así que nunca te sientas culpable por ello, porque juro por los kami que nunca te he culpado de ello, ni nunca lo haré.

Su madre inspeccionó sus ojos durante un largo momento, abriendo la boca como si fuera a hablar. Pero lo único que salió fue una pesada exhalación, seguida de una pequeña sonrisa agradecida.

—Gracias, Kagome.

—¿De quién te crees que lo aprendí todo? —dijo Kagome, curvando los labios hacia arriba traviesamente.

Su madre se rio entre dientes, dándoles una palmadita a sus manos antes de soltarlas. Se dio la vuelta y recogió la armadura y el hilo que había soltado ante la llegada de Kagome.

—Bien —dijo, ampliando la sonrisa—. Deja que termine y luego iremos a ver todo el bien que mi pequeña ha hecho por las aldeas. Y tal vez veamos si podemos conseguir que Jii-chan deje de torturar a esos pobres jóvenes con sus historias, ya que estamos.

Mientras observaba a su madre volviendo al trabajo, tarareando una melodía por lo bajo mientras lo hacía, Kagome no pudo evitar pensar que si simplemente se quedaba allí, en la cabaña de su familia, al lado de su madre, podría ser capaz de olvidarlo todo y vivir contenta el resto de su vida. Parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que se había sentido tan completamente cómoda.

—Lo que tú quieras, mamá.


Fiel a su palabra, a su madre solo le llevó unos minutos terminar de remendar la armadura. Después, fueron en busca de Hidehiko y de los compañeros de Kagome, encontrándolos, tras una pequeña búsqueda, examinando el nuevo templo de la aldea. Lejos estaba ya la endeble estructura parecida a una cabaña en la que Kagome se había pasado tantas horas de su juventud entrenando, reemplazada por una sólida estructura de madera que se parecía vagamente a algunas de las alas más pequeñas del Chūwain.

Kamo no Yasunori, el nuevo espiritista de la aldea que había mencionado su madre, también se encontraba entre el grupo, hablando del templo y del placer que le causaba que le hubieran asignado la aldea. Era un hombre relativamente joven, nuevo en la orden de crecientes onmyōji dentro de la corte, pero era cariñoso y entusiasta con sus deberes. A Kagome le gustó al instante la sensación de su aura, aunque los halagos con los que la cubrió al enterarse de quién era le dieron un poco de vergüenza.

Pero su presentación no fue la única que se hizo. Su madre ya conocía a Hidehiko (parecía estar muy, muy familiarizada con él, notó Kagome con curiosidad), pero todavía no había conocido a Sango ni a Shippou. Kagome hizo las presentaciones con una clara sensación de placer, nunca antes hubiera creído posible que la gente que tanto quería fuera a conocerse debido a los distintos mundos en los que vivían todos.

Su madre ya había oído muchas cosas buenas sobre su mejor amiga de parte de Hidehiko, pero incluso si ese no hubiera sido el caso, la habría acogido cariñosamente aunque solo fuera por su relación con Kagome. Le prestó igual atención a Shippou, el protegido adoptado de Kagome, y el kitsune brilló bajo el afecto con el que lo bañó. Al ver a su madre interactuando con el niño, Kagome fue extrañamente consciente del hecho de que todavía era una mujer relativamente joven.

Si la mirada que captó por el rabillo del ojo era una indicación, los pensamientos de Hidehiko iban en paralelo a los suyos. Kagome almacenó ese pensamiento para reflexionar sobre él en otro momento.

Los taiji-ya de su guardia hicieron sus propias presentaciones, ya que Kagome todavía no los conocía tan bien como para hacerlo ella. Una vez terminaron con las formalidades del primer encuentro, el grupo reanudó su tour por la aldea, guiado por Hidehiko y acompañados de Yasunori.

Habían guardado los caballos sobre los que habían viajado en un nuevo establo improvisado construido por los taiji-ya, al que los llevó Hidehiko a beneficio de Kagome. Estaba un poco peor construido que el templo y el hogar de su familia, pero como en realidad solo servía para los taiji-ya, no se habían pasado mucho tiempo construyéndolo. Nadie en la aldea era lo bastante rico para tener y mantener un caballo, así que probablemente derrumbarían la estructura cuando llegase el momento de que partiesen los taiji-ya.

El trabajo realizado en las cabañas era en gran medida como había descrito su madre. Habían reconstruido las pocas que habían sido destruidas en el ataque como robustas estructuras de madera. Habían refortificado las que no habían sido destruidas, las habían techado con nuevos materiales y habían parcheado las paredes. Habían reconstruido igualmente algunas cabañas que no habían sido destruidas en consideración a las familias excepcionalmente grandes que albergaban. Pero su madre tenía razón al decir que le habían dado una atención especial a su cabaña en cuanto a diseño.

Los taiji-ya también se habían tomado el tiempo de derribar algunos árboles que habían crecido cerca de la periferia de la aldea, tanto en pos de cosechar madera como por el espacio que proporcionaban. En unos meses, podrían utilizar la tierra despejada para plantar más cultivos.

Mientras caminaban, se les unió un sinnúmero de aldeanos que salieron a saludar a Hidehiko al verle pasar y a investigar al grupo inusualmente grande. Se entusiasmaron al descubrir a Kagome entre el grupo, sus actitudes habían cambiado mucho desde su última visita, a la luz de todos los cambios positivos que habían tenido lugar desde entonces.

Hicieron reverencias y la elogiaron infinitamente por sus grandes actos. Kagome no estaba muy segura de qué habían oído, pero se sintió bastante segura, a juzgar por sus reacciones, de que debía de haber estado extremadamente exagerado. La miko no sabía muy bien cómo responder, se había esperado encontrarse con al menos algo de animosidad a la luz del encargo por el que había venido y por la forma en la que había dejado la aldea la última vez.

Pero, como le informó Yasunori, su barrera estaba aguantando de forma magnífica con fortificaciones ocasionales por su parte y, a pesar de la continua inquietud de parte de los youkai salvajes, no se le había causado ningún daño a la aldea desde que se había marchado. Yasunori se había tomado la libertad, dijo, de intentar recrear su técnica de creación de barreras alrededor de las aldeas que los taiji-ya estaban en proceso de reconstruir, aunque objetó que las suyas no eran ni de cerca tan poderosas como las de ella.

A medida que pasaban el tour y el día, más y más de los taiji-ya que estaban estacionados en las aldeas también empezaron a unírseles, la luz debilitada del día necesitaba poner fin a un día de trabajo reconstruyendo las aldeas cercanas.

Souta y el abuelo de Kagome regresaron entre ellos. Kagome se quedó asombrada al descubrir lo mucho que había crecido Souta en tan corto período de tiempo, estaba casi tan alto como ella. Obviamente le había venido bien un mayor acceso a la comida y, con el arrebol de satisfacción de un duro día de trabajo bien hecho, parecía casi un hombre. Le dio un abrazo tan fuerte y durante tanto tiempo, que casi se vio obligado a separarla.

Jii-chan tenía más o menos el mismo aspecto que ella recordaba, aunque tenía el mismo nuevo brillo saludable que estaba presente en muchas de las caras que tenía alrededor. También parecía haberle sentado bien tener tantos nuevos pares de oídos para escuchar sus a menudo absurdos cuentos. Se hicieron más presentaciones y Kagome tuvo el concienzudo placer de tener a casi todas las personas que quería en el mundo reunidas y conociéndose entre ellas.

Comenzó una celebración espontánea mientras sus números seguían aumentando con el regreso de los taiji-ya y los aldeanos que habían terminado de trabajar por ese día. Los taiji-ya habían construido una enorme fogata cerca del centro de la aldea y la reunión se centró a su alrededor. Los aldeanos proporcionaron la comida que pudieron y Yasunori incluso sacó algunas jarras de sake que había traído consigo de la corte.

Se sacaron del almacén instrumentos como el shinobue y el ōtsuzumi, reliquias de familia de la aldea, y empezaron las danzas alrededor de la hoguera. Niños y adultos, aldeanos y cortesanos por igual, saltaron y dieron vueltas alrededor de las llamas a los a menudo improvisados ritmos de los músicos. Tal vez las canciones y los bailarines no fueran elegantes, pero había una entusiasta alegría entre ellos que Kagome estaba segura que la corte difícilmente podía igualar.

Kagome bailó con su madre, con su hermano, con su abuelo, con Shippou, con Sango, con Miroku e incluso con aldeanos que habían recelado de ella desde que era una niña. Observó a Sango y a Miroku bailando el uno alrededor del otro durante toda la celebración, sin llegar nunca a tocarse. Vio a Hidehiko y a su madre bailando juntos a menudo. Incluso Souta tenía una joven aldeana de la que no se separaba durante mucho tiempo. Verles a ellos, la simpleza de todo, hizo que le atravesase una punzada, pero el buen ánimo de la noche no se desvaneció pronto.

Sin embargo, había alguien que no parecía afectado por las festividades. Por el rabillo del ojo, Kagome captó varios vistazos de Kohaku, siempre acechando en la periferia de las festividades. Esbozaba una sonrisa cada vez que sus ojos se encontraban entre la multitud y Kagome tuvo la extraña sensación de que tal vez la estaba observando. Pero, en cierto momento, se esfumó y ella no lo volvió a ver.

Kagome y sus compañeros habían venido a la aldea con la intención de al menos pasar una noche allí y, mientras el fuego comenzaba a consumirse y la celebración empezaba a terminarse lentamente, Kagome se marchó con su familia para pasar la noche en su cabaña. Shippou, dormido en sus brazos después de haberse metido de algún modo en una de las jarras de sake, fue con ella. Sango, Miroku y el resto de su guardia fueron con los taiji-ya a pasar la noche en una de las varias cabañas de nueva construcción destinadas a su uso.

Dentro del silencio de su cabaña, la madre de Kagome sacó el futón extra que le había estado guardando a su hija desde que se fuera por primera vez de la aldea. Kagome arropó a Shippou en su interior y se acostó a su lado. El resto de su familia juntó sus futones cerca del de ella. Los cuatro se acostaron, acurrucados unos con otros, como habían hecho tan a menudo cuando ella era pequeña. Se quedaron rápidamente dormidos después de la emoción de la tarde y Kagome yació durante un largo tiempo en la oscuridad de la cabaña, escuchándolos respirar a su alrededor.

Cogió la cuenta de entre su traje durante solo un momento, explorando superficialmente el vínculo para asegurarse de que Inuyasha seguía bien. Sintió un breve resplandor de ira profunda a través de él, pero no parecía nada distinta de la cólera habitual de Inuyasha. Con la calidez de su familia rodeándola por todos lados, Kagome no se permitió preocuparse por ello como podría haberlo hecho otras noches.

Durmió profundamente.


A pesar de haberse acostado tarde y de las emociones del día anterior, Kagome se despertó temprano a la mañana siguiente. La luz grisácea del alba estaba empezando a adentrarse en la cabaña bajo el tapiz de la entrada y los demás seguían durmiendo profundamente a su alrededor.

Durante unos minutos, Kagome intentó sencillamente cerrar los ojos y volver a dormir. Shippou le daba calor donde estaba acurrucado contra su costado bajo las mantas y la suave respiración de su familia la acunaba. Pero por mucho que lo intentó, no pudo volver a quedarse completamente dormida.

Retorciéndose estratégicamente, consiguió desenredarse tanto del kitsune como del futón, saliendo de debajo de él. Pasó por encima de su hermano con cuidado, que estaba dormido con los brazos totalmente abiertos y un rastro de baba bajando por una de sus mejillas, y salió caminando de puntillas de la cabaña.

La mañana estaba fría, pero el aire era refrescante mientras lo inhalaba profundamente en sus pulmones. Rodeándose con los brazos para conservar el calor, Kagome decidió ir a dar un paseo por la aldea para revisar los diferentes puntos de la barrera. No es que dudase del trabajo de Yasunori, ni mucho menos, pero si volvía a la cabaña sin duda terminaría por despertar a alguien.

Así, se encontró vagando por el perímetro de la aldea mientras la luz grisácea del alba calentaba lentamente hacia la luz dorada de la mañana, deteniéndose de vez en cuando para apoyar una mano en ciertos puntos de la barrera. Ahora le resultaba ligeramente extraña, imbuida como estaba con la energía de Yasunori, pero era fuerte y estaba todavía compuesta en su mayoría por su propio poder. Si se concentraba, también podía sentir débil, muy débilmente, el poder de Kaede que quedaba en las piedras que había utilizado para construirla.

La sensación de esta energía le hizo doler el corazón. Durante un rato, solo para aliviar el dolor, fingió que estaba fuera comprobando simplemente las barreras para Kaede-sama y que dentro de una hora, más o menos, subiría por la colina hasta el desvencijado templo para darle su informe. Y Kaede-sama la estaría esperando allí con té y no sabría nada de joyas o de la corte o de traición. Simplemente tomarían el té juntas.

Desafortunadamente, toda esa simulación solo profundizó el dolor, dejando un regusto amargo en su boca.

Vagó hasta la pequeña parcela de tumbas en el otro extremo de la aldea una vez hubo terminado con la barrera. Para entonces, la gente estaba empezando a emerger de sus casas, preparándose para trabajar ese día, pero consiguió evitar a la mayoría quedándose en la periferia de la aldea.

La parcela era relativamente pequeña, contenía un sinnúmero de lápidas de varias formas y tamaños. En su mayoría, estaban bien cuidadas, se lavaban y se atendían a menudo por parte de los familiares que vivían, como mandaban los ritos, pero aquí y allá había algunas que se habían desmoronado por el abandono cuando una persona moría sin familia que le sucediera.

En realidad, no había cuerpos enterrados bajo las lápidas. La mancha de la muerte en el lugar habría sido demasiada y su aldea llevaba mucho tiempo cumpliendo con la tradición sintoísta de la incineración para liberar al espíritu del cuerpo tras la muerte. Las lápidas servían principalmente como señales en recuerdo de la vida de la persona y como lugares para que las familias fueran a prestar sus respetos.

La tumba de Kaede estaba apartada en una esquina reservada para los espiritistas de la aldea. Alguien se había encargado de cuidar de ella, ya que la piedra estaba limpia con pequeñas ofrendas de comida situadas ante ella a pesar de que Kaede no tenía familiares consanguíneos en la aldea. Kagome se arrodilló ante ella, sus ojos trazaron lentamente los kanji que formaban el nombre de Kaede.

Por un momento, al fijar la mirada en la pequeña piedra, le subió la amargura a la garganta como si fuera bilis que quisiera atragantarla. Nunca había tenido mucho tiempo para hacer luto por la mujer que le había dado tanto de su tiempo y afecto. En parte evitaba pensar en ella, profundamente reacia a reconocer los últimos minutos con su mentora que amenazaban con mancillar la totalidad de su tiempo juntas.

Todavía no quería pensar en ello. En cambio, su mente fue en otra dirección, una idea de diferente clase se apoderó de ella.

¿Y si nunca hubiese dejado a Kaede-sama? ¿Y si nunca hubiese dejado la aldea?

La idea la atacó con fuerza. Tal vez porque nunca antes la había contemplado. Pero de repente se le ocurrió que, si no se hubiese ido, Kaede-sama probablemente seguiría viva y estaría a salvo del conocimiento de la traición de su mentora. Estaría con su familia. Y no estaría sufriendo bajo la carga de sus propios sentimientos.

Kagome se quedó allí sentada, paralizada, sus ojos ya no estaban fijos en la lápida. De repente se sintió pesada, fija al lugar, como si no fuera a volver a moverse. Por oscuros y horribles que fueran sus pensamientos, no podía alejarlos.

—¿«Fujiwara Kaede»? ¿Es alguien que conocías?

Kagome parpadeó, la voz la sacó de las profundidades de sus pensamientos. Le era definitivamente familiar, pero tan inesperada que no pudo ubicarla durante un largo momento. Se dio la vuelta lentamente.

—¿Kouga-sama?

El Señor de los lobos curvó hacia arriba una comisura de su boca alegremente, sus ojos azules brillaban a la luz de la mañana.

—Hola, Kagome —dijo, pronunciando su nombre con una alegría tan genuina que ella sintió que sus labios se curvaban involuntariamente hacia arriba por un momento—. ¿Me echabas de menos?

—¿Qué…? —empezó Kagome, luego se detuvo y negó con la cabeza—. ¿Qué hace aquí? ¿Cómo diablos me ha encontrado?

Kouga frunció el ceño, habiéndose esperado una bienvenida mucho más entusiasta. Se puso en cuclillas hasta que sus ojos estuvieron a la altura de los de ella.

—Prometiste que vendrías a mí después de que salieras de la corte —dijo en voz baja—. ¿Recuerdas?

Kagome claro que lo recordaba. Era difícil olvidar una promesa de la magnitud de la que le había hecho a Kouga. Sin embargo, aunque se le había ocurrido esa idea al salir de la corte, no había tenido ni la más mínima idea de a dónde ir a buscarle. Había estado relativamente segura de que ya no estaba en la corte, pero Inuyasha nunca había llegado a ofrecerle ni siquiera una pista de qué había hecho con el Señor de los lobos.

—Aposté a un par de mis hombres alrededor de la corte después de irme —dijo Kouga—. Te vieron cuando saliste, como dijiste que harías. Como he estado en movimiento desde que me fui, me imaginé que no sabrías dónde encontrarme. Así que hice que me informaran cuando te vieran ponerte en marcha. Pero no son ni de cerca tan rápidos como yo, así que me llevó un tiempo alcanzarte después de que al fin llegaran a mí.

—Entonces, Inuyas… digo, el Tennō-sama… ¿en realidad no le hizo nada? —preguntó Kagome, confundida.

El Señor de los lobos no parecía estar en mal estado. Pero ¿por qué iba el hanyou a ser tan reservado con ella sobre el tema si en realidad no había pasado nada?

—¿El chucho? —resopló Kouga, moviendo la cabeza con un bufido de desdén—. Oh, vaya si intentó algo. La mañana después de que habláramos me estaba preparando para ir a verte cuando vino y empezó a dar puñetazos. No es que fuera rival para mí ni nada, pero destrozó el lugar y me dijo que estaba desterrado de la corte y que me mataría si me veía otra vez cerca de su sierva. Keh. Como si quisiera quedarme en su jodida corte.

Kagome se lo quedó mirando, con los ojos cada vez más abiertos. Su boca se movió silenciosamente unos instantes antes de que pudiera dejar atrás su incredulidad ante la completa inconsciencia de Inuyasha.

—Oh, Kouga-sama, por favor, el Tennō-sama… Su Majestad no lo dijo en serio. Su Majestad debió de malinterpretar algo y reaccionó exageradamente —dijo, perfectamente consciente de lo endebles que eran las palabras incluso mientras abandonaban sus labios—. No se ha… no va a ponerse en contra de Su Majestad, ¿no? Por favor…

—Nunca estuve de parte de ese chucho —la interrumpió Kouga, encontrando su mirada sin trazas de su anterior sonrisa—, y los dos sabemos que no hubo ningún error. El chucho te ha querido como suya desde la primera vez que te vi.

A Kagome se le encogió el estómago. ¿Era demasiado tarde, entonces? ¿Kouga ya había actuado en contra de Inuyasha? Tenía un clan grande. ¿Y si planeaban atacar la corte? ¿Qué le pasaría a Inuyasha?

Una mano descansó contra su mejilla y Kagome casi se retrajo de la sorpresa. Kouga, al ver la creciente aflicción en sus facciones, le ofreció una media sonrisa.

—Hice un trato contigo, Kagome —dijo—. Todas las cosas que hice, las hice por ti, no por él. Puede que estuviera cabreado, pero no iba a renegar de nuestra promesa solo porque el chucho decidiera tener una pataleta por ello. Obtenga el beneficio que obtenga de que yo trabaje para conseguir el apoyo de los youkai de la corte, diría que yo tengo un trato mejor.

Su pulgar le acarició con cariño la mandíbula y Kagome sintió que un intenso sonrojo le calentaba el rostro. Sintió una punzada de culpa por haber dudado tan fácilmente de él.

—… Gracias, Kouga-sama —dijo en voz baja, bajando los ojos hacia la tierra desnuda que había entre ellos.

—Espera a darme las gracias hasta que hayas escuchado lo que he hecho —dijo Kouga, la sonrisa engreída floreció completamente en su rostro una vez más—. Tuve que ponerlos a algunos en su sitio cuando volví, pero conseguí que mi clan aceptase respaldar a la corte. La tribu de los demonios lobo del este es tuya, junto con unos cuantos clanes menores de youkai que viven dentro de mis dominios. También he estado hablando con las tribus de los demonios lobo del norte y del sur. A la del oeste la exterminaron hace años. La del norte y la del sur no son ni de cerca tan grandes como la mía, pero ya son algo y generalmente se pliegan a mi autoridad. Con el tiempo, creo que lo aceptarán.

Parpadeando, Kagome levantó su mirada pasmada para encontrar la suya. Por segunda vez se encontró desconcertada, aunque esta era una sorpresa de lejos más placentera. La sonrisa de Kouga se estiró lo suficiente como para que ella pudiera verle los colmillos, brillando mientras asomaban sobre su labio inferior.

—¿Cómo… en tan corto tiempo…? —preguntó, una sonrisa involuntaria se estiró por su rostro para igualar la de él.

—Fuera de esa maldita corte, soy mayorcito, Kagome —dijo Kouga, sin el más mínimo atisbo de modestia.

A ella se le escapó una carcajada. A la luz de estas noticias, incluso el ego colosal del Señor de los lobos parecía un poco encantador.

—No me lo puedo creer —murmuró—. De verdad que no me lo puedo creer. Es decir, es más de lo que podría haber pedido…

—Es hora de una recompensa de verdad, entonces, ¿no?

Antes de que la sonrisa se hubiera desvanecido siquiera por completo de sus labios, el Señor de los lobos se inclinó y presionó los suyos contra los de ella.

La presión de sus labios era insistente, casi enérgica, la mano contra su mejilla la acunaba con más fuerza, como para incitarla a que respondiese. Con los ojos abiertos como platos, sintió que uno de sus colmillos le rozaba el labio inferior.

Kagome no podía moverse. Pero la sorpresa del beso era menor que el impacto del recuerdo que la sobresaltó. Otro beso, otra mano contra su mejilla, una noche sin luna y una profunda calidez atravesándola que ahora no sentía…

Se echó hacia atrás. Kouga abrió los ojos, una sonrisa de satisfacción curvó hacia arriba las comisuras de sus labios. Kagome frunció el ceño, dándole un puñetazo en el hombro con toda la fuerza que pudo reunir. Él ni siquiera pestañeó.

—Eso ha sido bajo —soltó.

—Eso solo fue una prueba de lo que está por venir —dijo Kouga, impenitente—. Ahora eres mi mujer, ¿recuerdas?

Kagome profundizó su frunce, pero se quedó callada. Había poco que pudiera decir a eso o sobre el beso, a pesar de su incomodidad con ambas cosas. En esencia, eso era lo que le había prometido a Kouga, por mucho que resintiese su agresividad al reclamarlo de ella, y ella se había prometido que se esforzaría con él para poder librarse de sus sentimientos por…

Además, extrañamente el beso la había molestado menos que el recuerdo que le había provocado. Kagome había evitado pensar en esa noche, como la había apodado en su mente, diligentemente desde que había ocurrido. Algo, una profunda corazonada, trepaba por su piel cada vez que cualquier recuerdo de aquella noche trataba de aflorar a su mente. Podía sentir una idea, una fuerte comprensión, presionando para ser reconocida cada vez que se aseveraban los pensamientos sobre esa noche.

Kagome apenas sabía lo que significaba todo aquello, pero sabía que la aterrorizaba. Y así, no quería pensar en ello.

Kagome se puso en pie de repente. Frunció el ceño en dirección al lobo que todavía estaba en cuclillas, cruzándose de brazos.

—Según recuerdo —dijo con severidad—, dije que consideraría recibir sus atenciones, Kouga-sama. Las faltas de respeto ciertamente no van a inclinarme a ver su oferta favorablemente.

Empezó a caminar para marcharse de la parcela, apartándose rápidamente tanto de los recuerdos que habían resurgido como del Señor de los lobos que se había quedado mirándola.

Pero pronto la alcanzó, su velocidad lo puso a su lado en un instante. Kagome se sintió ligeramente molesta mientras lo miraba por el rabillo del ojo, al no encontrar ninguna traza de disculpa en su rostro sonriente.

—Sigues siendo peleona, ¿eh? —dijo con un tono de orgullo en su voz como si él mismo hubiera hecho algo admirable—. Bien. Así nunca me aburriré. Venga. Esta es tu aldea, ¿verdad? Quiero conocer a tu clan.

La agarró por la muñeca, tirando de ella hacia delante, como si tuviera idea de a dónde iba.

Kagome caminó dando traspiés detrás de él, protestando y preguntándose en dónde se había metido exactamente con el Señor de los lobos.


Afortunadamente, muchos de los aldeanos ya se habían ido a trabajar para entonces, así que la escandalosa entrada de Kouga en su aldea no provocó mucho revuelo. Desafortunadamente, no hubo forma de disuadirle de su decisión de conocer a su familia (ellos también se iban a unir a su clan, argumentó), pero Kagome sí consiguió, con una serie de pellizcos encubiertos y de amenazas vagamente veladas, que al menos no fuera a declararles sus intenciones para con ella.

Su madre lo saludó con cariño y no pareció en absoluto desconcertada por el hecho de que fuera un youkai o por su extraña vestimenta. Su hermano y abuelo, por otro lado, fueron cautos, estuvieron sentados ampliamente en un frío silencio mientras evaluaban al intruso en su hogar e intentaban averiguar su relación con Kagome.

Fue un gran alivio para la preocupada aldeana que Yasunori fuera a buscarla. Había dispuesto el día anterior que tendría una reunión con el jefe de su aldea para hablar de la oferta del Tennō de apoyar a las aldeas. Yasunori, que lo había oído, le había pedido que se le permitiera estar presente en la reunión como nuevo espiritista de la aldea. Kagome había aceptado sin reparos, esperando que la posición de Yasunori como cortesano probase ser un beneficio en la reunión.

Pero Kagome se encontraba indecisa en cuanto a qué hacer con el Señor de los lobos. Por un lado, tenerlo presente en la reunión era sin duda una mala idea, pero no estaba segura de si sería una idea peor que dejarlo a solas con su familia para que dijera solo el cielo sabía qué.

Sin embargo, resultó que su hermano y su abuelo se iban a ayudar a los taiji-ya ese día. Su madre se ofreció a encargarse de Kouga hasta que pudiera arreglar las cosas con el jefe y a Kagome no le quedó más elección que aceptar a pesar de la desconfianza que le causaban las miradas significativas que su madre le dirigía continuamente. Dejar a Kouga con su madre y con Shippou, por lo que esperaba que fuera un corto periodo de tiempo, parecía el menor mal de todas sus opciones.

Resignada a lo que pudiera salir de ello, Kagome partió con Yasunori hacia la cabaña del jefe de la aldea. También la habían rehecho al estilo de la cabaña de su familia, como muestra de respeto hacia el jefe.

El jefe los estaba esperando cuando llegaron, con una tetera calentándose sobre el hogar. Era un hombre anciano, uno de los más mayores y más experimentados de su aldea, aunque no parecía débil en lo más mínimo. En cambio, parecía fuerte como un viejo roble, con extremidades nudosas, cicatrices y magros músculos de años y años de duro trabajo en la aldea. Los saludó solemnemente, aunque no sin un tinte de cariño, con ojos oscuros bajo sus encrespadas cejas blancas.

Kaede había sido esencialmente su mano derecha dentro de la aldea mientras estaba viva, como era tradicional entre jefes y espiritistas, así que Kagome conocía al hombre desde que era pequeña. A Kagome nunca le había parecido joven en modo alguno, pero parecía haber envejecido enormemente desde el fallecimiento de la anciana miko.

Yasunori y Kagome se detuvieron a hacer una reverencia en la entrada antes de ir a arrodillarse en los cojines dispuestos para ellos enfrente del jefe. Este asintió en reconocimiento al gesto, estirándose para sacar la tetera del fuego y para servir un poco con cuidado en una taza dispuesta ante cada cojín.

—Antes de que empiece —dijo el jefe, enderezando la espalda mientras se giraba para mirarlos a los dos—, hay algo que me gustaría decirle, Miko-sama.

Kagome se detuvo, con la taza de té a medio camino de sus labios ante la manera formal de dirigirse a ella. Parpadeó, dejando la taza lentamente para dirigirle toda su atención al anciano. Cuando pareció querer un gesto de ella para continuar, asintió con la cabeza en señal de reconocimiento.

Lentamente, tras posicionar sus manos en el ángulo perfecto ante él, el jefe se inclinó ante ella hasta que su cabeza calva y curtida casi tocó el suelo de madera. Kagome se alegró vagamente de no haberle dado aquel sorbo al té, ya que estaba segura de que se habría atragantado con él.

—Le doy las gracias por lo que ha hecho por esta aldea y por mi gente —dijo en voz baja, sin levantarse ni un milímetro de su reverencia—. Sé, sabemos, lo que habría sido de nosotros si las cosas seguían como estaban. No habríamos sobrevivido. Sus sacrificios y esfuerzos por nuestro bien no se olvidarán nunca, especialmente teniendo en cuenta que se hizo todo sin más obligación que por la incitación de su propia conciencia. Legítimamente, debería haber sido yo quien interviniese, pero le doy las gracias por hacer lo que yo no pude.

—Oh, no… Y-yo de verdad… Por favor, no se incline, yo… —tartamudeó Kagome, desconcertada.

Le dirigió una mirada implorante a Yasunori, pero él se limitó a sonreírle ampliamente y le ofreció una pequeña reverencia respetuosa por su parte. Afortunadamente, el jefe de la aldea se enderezó, su viejo rostro se agrietó en la que tal vez fuera la primera sonrisa que ella le había visto.

—Huelga decir que me siento inclinado a seguir su juicio en esta nueva oferta del Tennō-sama, teniendo en cuenta todo lo que ya han hecho por nosotros Su Majestad y usted —dijo, abriendo las manos ante él en gesto de bienvenida—. Aunque me gustaría escuchar los términos.

Vacilando, Kagome simplemente se lo quedó mirando durante un largo rato. A pesar de la cálida bienvenida que le habían dado desde su llegada, no se había esperado que fuera tan fácil ni de lejos. Asintió lentamente, recomponiéndose y metiendo la mano en la parte delantera de su traje para sacar el pergamino con el sello imperial del crisantemo.

—Estos son los términos del nuevo acuerdo que Su Majestad les ofrece a las aldeas —dijo.

Le tendió el pergamino a Yasunori, consciente de su papel allí como una especie de intérprete, teniendo en cuenta que el jefe sabía leer muy pocos kanji y que casi no sabía nada de las formalidades del lenguaje tradicional de la corte. Yasunori lo desdobló, pasando los ojos sobre el escrito pensativamente.

—Los términos me parecen razonables —dijo después de un momento, levantando la mirada para encontrar la del jefe—. Un beneficio mutuo tanto para la corte como para las aldeas. Y no parece que el acuerdo actual con esta aldea vaya a ser alterado demasiado considerablemente.

—Léamelo —dijo el jefe—. No soy un erudito, pero intentaré entenderlo.

Yasunori asintió, levantando otra vez el pergamino para leerlo.

—Su Majestad ofrece herramientas que serán aportadas por la corte para ayudar a cultivar la cosecha de cada año, el nombramiento de un espiritista para cada aldea que lo requiera, que sería yo en este caso, una provisión de armas y entrenamiento militar para los hombres de la aldea, y ayuda garantizada por parte de la corte en caso de catástrofe —leyó Yasunori—. A cambio de estas garantías, Su Majestad solicita que un cuarto de cada cosecha se almacene en la corte y se redistribuya entre las aldeas como dicte la necesidad, la lealtad y el apoyo militar de los hombres de la aldea en tiempos de guerra o conflicto y que las aldeas se sometan a la autoridad de un gobernador nombrado por Su Majestad para cada aldea para hacer cumplir los términos del acuerdo.

Los ojos de Kagome permanecieron clavados en el jefe mientras Yasunori leía el pergamino, intentando medir su reacción. Pero él era difícil de leer, su expresión impasible permaneció inmóvil. Cuando Yasunori terminó, se quedó callado, solo el chisporrotear del fuego resonaba en la habitación.

—¿Qué opina, Miko-sama? —dijo finalmente, dirigiéndose a ella.

—Creo que las aldeas van a sacrificar un poco de su autonomía —respondió Kagome rápidamente, ya había revisado la oferta varias veces para familiarizarse con todo—, pero a cambio van a obtener seguridad para sí mismas. Sé que la idea de cederle autoridad completamente a la corte puede dar miedo, pero le aseguro que el Tennō-sama es un buen hombre. Su Majestad nunca abusaría del poder que le otorgue.

El jefe asintió lentamente, cruzándose de brazos mientras lo sopesaba.

—Entonces está decidido —dijo finalmente—. Hablo en nombre de esta aldea para someterla a los términos de Su Majestad.

—¿De verdad? —no pudo evitar decir Kagome, apenas capaz de creer que de verdad fuera a ser tan sencillo. No después de que su vida hubiera sido tan poco sencilla durante los últimos meses en la corte.

—De verdad —dijo, sonriendo débilmente ante su tono—. Aunque dependeré de que usted mantenga a raya a Su Majestad durante todo esto.

Kagome sonrió, se escapó de ella un sonido que era una media risa y una media exhalación. Asintió inmediatamente.

—Por supuesto —dijo—. Pretendo seguir aconsejando al Tennō-sama sobre cómo tratar a las aldeas mientras Su Majestad quiera escucharme.

—Bien —dijo el jefe—. Yasunori-sama y yo se lo explicaremos todo a los aldeanos, ya que sé que usted tendrá que ponerse en marcha pronto. Dudo que haya mucho a lo que oponerse. ¿Necesita algo más, Miko-sama? Cualquier cosa que la aldea pueda ofrecerle será suya.

Kagome abrió la boca automáticamente para responder con una negativa, pero se detuvo. Le había estado dando vueltas a una idea desde que había entrado en la aldea y había encontrado que le iba tan bien. Teniendo en cuenta la facilidad de aceptar los nuevos términos, parecía una mejor idea de lo que lo había sido antes.

—Hay una cosa —dijo tras un momento—. He visitado varias aldeas y he descubierto que muchas de ellas se resisten profundamente a la idea de estar conectadas de algún modo a la corte. Estaba pensando que, si tal vez tuviera a alguien de esta aldea para acompañarme cuando vaya a hablar con las demás, tal vez se les pueda persuadir con más facilidad si escuchan a alguien como ellos que haya experimentado de primera mano lo buena que puede ser la conexión con la corte.

—¿Le gustaría que le pidiera a uno de los aldeanos que la acompañe, entonces? —preguntó.

—Si es posible —dijo Kagome—. Cualquiera que esté dispuesto y sea capaz de dedicar unos meses de su tiempo. Me sería de gran ayuda.

—Preguntaré para ver quién puede estar dispuesto —dijo el jefe—. En cuanto al gobernador que se instalará para hacer cumplir los nuevos términos, ¿cuándo deberíamos esperarlo?

—Cuando me fui, creo que Su Majestad iba a comenzar el proceso de seleccionar a cortesanos que creía que podían ser dignos de la suficiente confianza para tener esos puestos —contestó Kagome—. No se instalarán hasta después de que yo haya regresado a la corte para informar a Su Majestad, así que probablemente todavía sea cuestión de meses.

—Bien, entonces tendremos tiempo para prepararnos para la llegada del gobernador —dijo Yasunori, sonriendo mientras volvía a doblar el pergamino y se lo tendía a Kagome.

—O gobernadora —aportó Kagome, ofreciéndole una sonrisa mientras lo recuperaba.

Yasunori parpadeó, sorprendido. Obviamente no se le había ocurrido.

—Sí, por supuesto —dijo, aunque sonaba un poco indeciso. El jefe frunció el ceño.

—Bueno —dijo Kagome, guardándose el pergamino de nuevo a buen recaudo entre sus ropas—, les doy las gracias por ser tan liberales. Seguro que no se arrepentirán. Tengo que ir a informar a mis compañeros para que podamos comenzar a prepararnos para partir. Si me disculpan.

Hizo una reverencia y los dos correspondieron con otra, prometiendo ir a buscarla en cuanto pudieran encontrar a alguien dispuesto y capaz de acompañar al grupo en su misión. Después de darles las gracias una vez más, Kagome salió de la cabaña.

Por un momento, simplemente se quedó allí, el fresco del aire a pesar del sol de la tarde descendió sobre ella. Respiró hondo. Exhaló. Sonrió, una silenciosa carcajada escapó de ella.

Dando pequeños brincos, partió en busca de Sango y Miroku. Una menos y solo los kami sabía cuántas quedaban.

Pero faltaba algo. Normalmente, después de lograr una de estas pequeñas victorias iba directamente a decírselo a…

Kagome se detuvo en seco en mitad de un paso, su humor decayó considerablemente. Frunció el ceño, irritada porque la idea se le hubiera medio ocurrido siquiera.

Se mordió el labio a modo de pequeño castigo y continuó mucho más serenamente en busca de sus compañeros.


Decidió que sería mejor ir a buscar a Kouga antes de ir a por Miroku y Sango. Como su enlace con los clanes youkai de fuera de la corte, pensaba que sería importante que estuviera involucrado en planificar cómo procederían desde allí. Además, no quería dejarlo a solas con su madre durante más tiempo del necesario.

Milagrosamente, no parecía haberle dicho a su madre nada inadecuado sobre su relación, aunque la mujer incluso en su infinita elegancia parecía un poco nerviosa ante la gran personalidad del Señor de los lobos. Sin embargo, sí le dirigió a Kagome una mirada que decía con bastante claridad que tendrían una charla más tarde sobre este segundo hombre que traía a su casa. Kagome suspiró mentalmente.

Shippou decidió quedarse con su madre, que se había ganado rápidamente su afecto al llenarlo de atención y comida desde que habían llegado y Kagome llevó a Kouga hasta el grupo de nuevas cabañas que actualmente albergaban a los taiji-ya que se habían estado quedando en la aldea. Como había esperado, encontraron a Miroku y a Sango sentados juntos en un pequeño porche fuera de una de las cabañas, con un mapa entre ellos. Pero no estaban hablando y la figura de Sango estaba decididamente tensa y miraba el mapa sin pestañear.

Los dos se sorprendieron visiblemente ante la llegada del Señor de los lobos. Habían sido conscientes de que Kagome lo conocía y de su presencia en la corte, pero por lo que ellos sabían, se llevaba con los Taira y no podía tener razón alguna para haberlos seguido, salvo que fuera por una razón artera. Kagome les dio apresuradamente una explicación corregida de lo que había estado haciendo en nombre de ella con los Taira y cuál iba a ser su papel en su misión fuera de la corte, rodeando con cuidado el tema de la relación exacta que había entre ellos.

Kouga pareció poco satisfecho con esto, pero se satisfizo con pasar un brazo posesivo por sus hombros. Miroku arqueó una ceja. Sango pareció a punto de protestar, pero Kagome se limitó a negar con la cabeza con cautela en su dirección. Se lo explicaría todo más tarde sin la complicación de la presencia de Kouga.

Cuando acabaron con las incómodas presentaciones, se sentaron todos juntos alrededor del mapa. Kagome se dio cuenta de que Miroku se había tomado el tiempo de esbozar la ubicación de la aldea en el mapa que se habían traído consigo de la corte. Así era como planeaban llevar el registro de las aldeas que aceptaban unirse a la corte bajo la oferta del Tennō, también lo usaban simplemente para comprender mejor la disposición del terreno. Los cartógrafos de la corte habían demostrado mediante sus mapas su notable despreocupación con la mayor parte de las tierras de fuera de la corte, salvo por algunos importantes puertos comerciales y por las residencias de los cortesanos.

Kagome les explicó a los tres lo que había ocurrido en su reunión con el jefe de la aldea y les pidió su opinión sobre cómo debían proceder. Todos lo sopesaron durante un tiempo antes de que Miroku interviniese.

—Teniendo en cuenta la respuesta positiva que hemos recibido aquí —dijo—, creo que es prudente que visitemos las aldeas circundantes de la zona para hablar con ellas también antes de avanzar. Con toda la ayuda que han estado recibiendo de los taiji-ya, creo que sería probable que estén tan receptivas a los términos del Tennō-sama como lo ha estado tu aldea, Kagome-chan.

Kagome asintió.

—Parece lo inteligente —dijo—. Será mejor que hagamos todo lo que podamos en esta zona antes de avanzar.

—No sé mucho sobre aldeas humanas —aportó Kouga—, pero si recuerdo bien, hay un clan grande de kitsune que vive por aquí. Tienen clanes menores a su servicio por todo Japón, así que es probable que valga la pena hablar con ellos.

Señaló un lugar en el mapa a corta distancia río arriba de la aldea de Kagome y de las demás.

—Pero a los kitsune se les conoce por no ser leales a nadie más que a ellos mismos —dijo Sango—. Son embaucadores de pies a cabeza. ¿De verdad cree que estarían dispuestos a ayudar a Su Majestad?

Kouga se encogió de hombros, negando con la cabeza.

—No sé —dijo—, pero su clan es uno de los siete grandes de fuera de la corte.

—¿Los siete grandes? —repitió Kagome. Miroku y Sango también se giraron hacia él con curiosidad.

—Los siete grandes —dijo Kouga una vez más, como si la repetición fuera a iluminarlos. Tras un momento, cuando todos permanecieron mirándolo sin comprender, añadió—: Los siete grandes son los siete clanes youkai que tienen el control de algunos de los territorios más amplios de Japón fuera de la corte. La mayoría están esparcidos para controlar diferentes partes de su territorio (clanes del este, clanes del oeste, cosas así), pero en general están conectados los unos con los otros. Yo soy el líder el clan de los lobos del este, por ejemplo. El clan Lobo es uno de los siete grandes, está dividido en los clanes del este, sur y norte. Los demás son el clan Kitsune, el clan Bakeneko, el clan Ningyō, el clan Ryū, el clan Oni y el clan Tanuki.

—¿Y los youkai de fuera de esos clanes están sometidos a su autoridad? —preguntó Miroku.

Kouga se encogió de hombros.

—Los siete normalmente están más interesados en ellos mismos que en intentar controlar a todos los pelagatos que vagan por ahí —dijo—. A menos que entren en nuestro territorio o empiecen a causarnos problemas, van por libre.

—Entonces, estos siete grandes —dijo Kagome pensativamente—, ¿serían los youkai en los que habría que centrarse para buscar apoyos? Parece como si preguntar a los youkai de fuera de los clanes pudiera ser un ejercicio de futilidad, en vista de que no están unidos a una región o lealtad en particular.

—Me parece bien —dijo Kouga, asintiendo—. Aunque no sé a cuántos de los siete seréis capaces de convencer. Son bastante autosuficientes, así que no tienen mucho interés en la corte. Es especialmente difícil ponerse en contacto con el Ningyō, ya que normalmente no van mucho a tierra.

—Bueno, dependeré de usted para cualquier ayuda que pueda proporcionarme para tratar con ellos —dijo Kagome—. En cuanto a las aldeas humanas, creo que tendremos que emplear una estrategia similar con ellas. No podemos permitirnos pasar mucho tiempo buscando y negociando con cada aldea que pueda estar extendida por Japón.

—Estaba pensando en lo mismo —dijo Sango—. Y pensé que sería bueno encargarse de ello como uno se encarga de una batalla. Tenemos que hablar con las aldeas que son más esenciales, en el sentido estratégico.

—¿Y cuáles cree usted que son? —dijo Miroku, volviéndose hacia ella.

—Bueno —dijo Sango pensativamente, deslizando los ojos por el mapa que había entre ellos.

Pasó un delgado dedo por la longitud de la costa oriental. Luego señaló varios puntos en las islas de Kyushu y Hokkaido.

—Estas zonas serían la primera línea de defensa en caso de un ataque extranjero, además de que contienen importantes puertos comerciales —dijo—. Controla la costa y podrás controlar lo que entra y lo que sale.

A continuación, pasó el dedo sobre tres largos ríos.

—Por estos ríos será por donde es probable que encontremos las tierras más fértiles del país —dijo—, lo que dará amplias cosechas y probablemente contendrá los mayores núcleos de población, lo que significa que proporcionarán las mayores cantidades de comida y a la mayoría de posibles soldados.

Ahora señaló varias de las numerosas residencias de clanes esparcidas por todo el terreno, cada una de ellas ya había sido señalada por el cartógrafo que había compilado el mapa.

—De últimas, estarían las aldeas que ya están unidas a residencias —dijo—. Estas serán un poco complicadas, pero creo que vale la pena ir a por ellas. Un buen número de ellas están explotadas por los cortesanos que viven en sus tierras, lo que es razón suficiente, pero por ello también estaríamos tomando soldados potenciales de los ejércitos personales que mantienen algunos cortesanos. Y las tierras de los cortesanos siempre han estado situadas estratégicamente para la batalla, así que las aldeas ofrecerán un sinnúmero de buenas posiciones ofensivas y defensivas.

Levantó finalmente la mirada, un poco de seguridad se desvaneció de su conducta mientras inspeccionaba sus rostros.

—¿Y bien? —dijo tras un instante, ligeramente ansiosa.

—Excelente razonamiento, Sango-sama —dijo Miroku, sonriéndole ampliamente—. Y yo apoyo completamente su plan.

Una sonrisa en respuesta se extendió por su rostro, acompañada de un sonrojo de placer. Al mirarlos a los dos, Kagome supo que esta debía de ser la reconciliación de fuera cual fuera la discusión que habían estado teniendo cuando ella había llegado.

—Estoy de acuerdo —añadió, profundamente impresionada por el evidente conocimiento táctico de su amiga—. Suena perfecto, Sango-chan. Es mucho terreno que cubrir, pero ahora que tenemos a los youkai, debería ser más fácil. Y una vez volvamos a la corte, podemos enviar a otros a hablar con las aldeas a las que no podamos llegar.

—Entonces, está decidido —dijo Miroku, asintiendo firmemente—. Creo que los taiji-ya están preparando ahora mismo a los youkai y que los están ensillando. Usted va a acompañarnos, ¿verdad, Kouga-sama? ¿Debo pedir que le dispongan una montura también para usted?

—Ja —resopló Kouga, señalando sus piernas cubiertas de pelaje—. Confía en mí, houshi, soy el más rápido que hay. Será un engorro ralentizar lo suficiente para que mantengáis el ritmo, pero quiero quedarme con Kagome, así que lo aguantaré.

A Miroku le flaqueó ligeramente la sonrisa, pero asintió.

—Muy bien, entonces —dijo—. Iré a encargarme de los últimos preparativos. ¿Nos reunimos en los establos a mediodía?

Kagome y Sango asintieron. Miroku se puso de pie y, con una sonrisa y una reverencia, los dejó para ir a supervisar la organización. Sango también se puso en pie.

—Voy a ir a buscar a mi padre y a mis primos para despedirme —dijo—. Los veré en un rato. Por favor, despídete también de tu familia de mi parte, Kagome-chan.

Kagome asintió en señal de acuerdo y despidió a la mujer con la mano cuando los dejó. Dobló el mapa con cuidado y lo guardó con la intención de devolvérselo más tarde a Miroku para que pudiera seguir bosquejando las ubicaciones de las aldeas a medida que se las fueran encontrando.

Se volvió hacia Kouga, frunciendo ligeramente el ceño. Una vez más, no estaba muy segura de qué hacer con él. Quería ir a decirle adiós a su madre, pero no tenía ningún deseo de hacerlo con él a su lado.

—Kouga-sama…

El Señor de los lobos, que estaba ocupado rascándose detrás de una oreja puntiaguda, se detuvo y se volvió hacia ella.

—¿Eh?

—Me preguntaba… —comenzó Kagome tentativamente, haciendo una mueca ante su basto comportamiento—. Tengo que ir a despedirme de mi madre antes de que partamos. ¿Podría ir a acompañar a Miroku-sama para ayudarle con los preparativos mientras lo hago? Estoy segura de que lo apreciará.

En realidad, estaba bastante segura de que no lo apreciaría en lo más mínimo, pero la naturaleza de Miroku era ciertamente la más relajada de todos ellos e indudablemente sería el que mejor tolerase la presencia de Kouga. O al menos el que fingiera muy bien tolerarla. Y evitaría que Kouga causase problemas por un rato. Kagome se preguntó vagamente por qué parecía como si hubiera adquirido un nuevo protegido del que cuidar en lugar de un potencial pretendiente.

Kouga pareció un poco alicaído.

—Tu madre será pronto parte de mi clan —argumentó con un poco de petulancia—. Debería ir contigo.

—Todavía no le he explicado todo eso —dijo Kagome—, y me gustaría hacerlo por mi cuenta. Así… así es como lo hacen los humanos, después de todo. Así que, por favor…

Le dirigió una mirada de súplica. Él frunció el ceño durante un largo momento, resistiéndose antes de desviar la mirada con un débil mohín formándose alrededor su boca.

—Vale —resopló, poniendo los ojos en blanco—. Lo haremos a la manera humana. Pero al menos dile que ella y tu familia son bienvenidos para venir a vivir con el clan en cuanto estemos emparejados. Estarán más seguros allí que aquí y yo me aseguraré de que mi clan sepa tratarlos bien aunque sean humanos. Estoy seguro de que les gustará vivir allí con nosotros.

Kagome parpadeó, su mente saltó a la primera vez que había visto a Kouga. Despertándose en la cueva del clan, rodeada de lobos, pieles y los huesos de los animales que el clan había consumido.

Intentó imaginarse a su madre allí, trabajando afanosamente el pellejo de un animal recién sacrificado para convertirlo en cuero, o a su abuelo charlando ociosamente con los lobos de la cueva. Casi se rio en voz alta ante lo absurdo de la imagen. Kouga, no obstante, parecía decirlo completamente en serio. Se tapó la boca con una mano, tragándose la risa con no poca cantidad de esfuerzo.

—Me… aseguraré de decirle que lo ofreció —dijo, su voz todavía estaba un poco ronca—. Ahora, vaya a ayudar a Miroku-sama y me reuniré con ustedes cuando sea momento de partir.

Kouga asintió, poniéndose en pie de un salto y despidiéndose con la mano mientras se marchaba. A Kagome se le escapó una carcajada mientras lo observaba marcharse, con la cola ondeando tras él, y se imaginó a Souta con una vestimenta similar, con su propia cola falsa clavada a la parte de atrás de sus pieles.

Al menos, la vida con Kouga nunca dejaría de ser interesante.


Shippou y su madre estaban delante de la cabaña de su familia cuando Kagome llegó. Shippou estaba divirtiendo a su madre con sus transformaciones, pasando de zorro a árbol, a tejón, a tigre, a champiñón en el tiempo en que se tardaba en parpadear. Sus transformaciones todavía eran un poco torpes, su colita peluda estaba presente sin importar qué forma adoptara, pero su madre aplaudía y lo halagaba de todo corazón.

El kitsune saltó a sus brazos cuando se unió a ellos, complacido de verla sin Kouga y reemplazando con ganas cualquier aroma que el lobo hubiera dejado en ella con el suyo. Con él en brazos, fue dentro con su madre para sentarse.

Kagome le explicó lo que había ocurrido durante su reunión con el jefe y el plan que habían trazado sobre cómo debían proceder, disculpándose por tener que irse tan pronto. Su madre le aseguró que no pasaba nada y que entendía lo urgente que era que se movieran con rapidez, pero siguió observando a Kagome, arqueando las cejas con gesto vagamente expectante incluso después de que hubiera terminado.

Con un suspiro interno, Kagome se dio cuenta de que solo podía evitar el tema hasta cierto punto.

—En cuanto a Kouga-sama… —comenzó a regañadientes, manteniendo las manos ocupadas mientras acariciaba la cola de Shippou en un intento por mostrar indiferencia—. Espero que no te causara problemas. Es un poco… ah, tosco, pero me ha ayudado mucho desde que nos conocimos.

—No causó ningún problema —dijo su madre tranquilizadoramente—. Fue ciertamente… diferente, pero no problemático. De hecho, creo que se estaba esforzando mucho por ser cortés. Muy cortés.

A Kagome no se le escapó el cuidadoso énfasis, pero no estaba en absoluto segura de que quisiera referirse a él. Siguió acariciando la cola de Shippou con la mirada fija en el peludo apéndice pelirrojo. El silencio se infló, llenando la habitación.

—Quería que lo mencionases por ti misma —suspiró su madre finalmente—, pero si no lo haces, tendré que preguntar, Kagome. No voy a dejar que te vayas y me dejes con todas estas preguntas.

—… ¿Qué es lo que quieres saber, mamá? —dijo Kagome, deteniendo las manos y levantando la mirada hacia ella.

—¿Qué es él para ti? —preguntó su madre cuidadosamente—. ¿Qué sientes por él?

Afortunadamente, las caricias habían hecho que Shippou casi se quedase dormido en su regazo. Kagome vio que se le cerraban los párpados mientras intentaba aferrarse a la consciencia mientras ella sopesaba cómo responder.

—No lo sé —dijo finalmente, sin poder explicarse—. Es… un buen hombre, creo.

—Sí —dijo su madre suavemente, asintiendo—. También está muy enamorado de ti, si no me equivoco.

Kagome se mordió el labio. Aunque había esperado lo contrario, había sabido que a su madre no se le escaparía.

—¿Tú no sientes lo mismo? —preguntó su madre después de un momento de silencio.

—No lo sé —dijo Kagome, retorciendo las manos distraídamente en la tela de su hakama—. Me cae bastante bien. Me ha dejado claras sus intenciones y yo… me gustaría poder corresponderle en un futuro. Estoy intentando darle una oportunidad. ¿Crees que no debería, mamá?

Su madre estuvo callada durante un largo momento. Kagome descubrió que no podía levantar la vista para mirarla.

—¿Qué pasó con ese otro joven? —dijo finalmente—. Inuyasha-sama. ¿Qué pasó con Inuyasha-sama?

Kagome sintió que se le tensaba todo el cuerpo. Si había una cosa que había esperado que su madre no mencionase…

—¿Por qué preguntas eso de repente? —preguntó débilmente, aunque lo sabía perfectamente.

—Solo estaba recordando lo cómoda que parecías estar con él, es todo —dijo su madre, mirándola atentamente—. Con Kouga-sama pareces… tensa. E Inuyasha…

—Inuyasha-sama tuvo que quedarse en la corte —dijo Kagome apresuradamente, segura de que no quería oír lo que fuera que iba a salir a continuación de la boca de su madre—, y yo todavía me estoy acostumbrando a Kouga-sama. No hemos pasado mucho tiempo juntos antes de esto. Es normal estar un poco tensa, ¿no?

Su madre frunció ligeramente el ceño, mirándola durante un largo momento.

—… Solo quiero que seas feliz, Kagome —suspiró finalmente—. Parecías feliz cuando estabas con Inuyasha-sama, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo en aquel momento.

Kagome apretó las manos en su regazo. Shippou se movió un poco y ella respiró hondo, intentando relajarse.

—Eso ya ha terminado. Todo ello —dijo, las palabras salieron con más fuerza de la que había pretendido—. Es decir… ¿no crees que podría ser feliz con Kouga-sama?

Se arriesgó a mirar a su madre. Necesitaba confirmación. Aunque fuera el más mínimo consuelo. Su madre encontró su mirada con el ceño fruncido de preocupación.

—Kagome… —dijo negando con la cabeza—. No estoy segura de que los sentimientos funcionen así. Que puedas forzarte de esa forma.

A Kagome se le hundió el corazón contra el estómago. Volvió a bajar la mirada a su regazo.

—Al menos tengo que intentarlo —murmuró—. No sé qué más hacer, mamá.

Oyó un débil crujido mientras su madre iba a arrodillarse a su lado. Le pasó el brazo por los hombros, apretando ligeramente para evitar despertar al kitsune que tenía en el regazo.

—Entonces inténtalo, Kagome —dijo en voz baja, inclinándose para depositar un beso en su sien—, y yo te apoyaré, si eso es lo que necesitas. Eres muy inteligente. Sé que serás capaz de solucionarlo todo y confío en que tomarás las decisiones que sean mejores para ti.

Kagome inclinó la cabeza hacia atrás para mirarla. La mayor le ofreció una amable sonrisa. Kagome intentó corresponderle.

Su madre siempre había confiado en ella. Desde que era muy pequeña, había confiado en que tomara las decisiones correctas e hiciera lo correcto, todo por sí misma. Kagome siempre se lo había agradecido, la confianza y la libertad que le permitía su madre.

Pero en ese instante, sintió que habría dado cualquier cosa solo porque alguien le dijese qué era lo correcto.


Se despidió de su madre antes de partir, pidiéndole que le diera recuerdos a Souta y Jii-chan, ya que no tenía tiempo de ir a verles. Antes de dirigirse a los establos para unirse a sus compañeros, se detuvo en casa del jefe para inquirir sobre la petición que le había hecho con anterioridad.

Él le informó de que un joven de una familia de varios hermanos, tanto menores como mayores que él, se había prestado voluntario con entusiasmo y que lo había enviado ya a los establos. Kagome le dio las gracias y le aseguró que enviarían un gobernador en cuanto su misión estuviera completa.

En los establos, sus compañeros ya estaban ensillando junto con Kouga y otra nueva incorporación. Era un joven que Kagome conocía desde que era pequeña. Eran casi de la misma edad y la cabaña de su familia estaba solo a una corta distancia de la de ella. Le hizo una reverencia y se identificó como el que se había prestado voluntario a acompañarla, aunque no podía mirarla a los ojos.

Tras un poco de deliberación y de comprobaciones de última hora, toda la comitiva estuvo lista para partir. Todos tenían su propia montura youkai menos Kouga, Shippou y el aldeano que se había unido a ellos, cuyo nombre era Haru. Shippou montaba con Kagome, y Haru, con Miroku, ya no que no tenía ni la más mínima noción de cómo montar solo. Como ya se habían despedido todos, salieron rápidamente.

Si hubieran dejado la aldea un poco más temprano, habrían llegado a la siguiente aldea más cercana fácilmente antes de que cayera la noche con sus monturas youkai. Tal como fue, la noche cayó poco antes de que pudieran alcanzarla y decidieron acampar a corta distancia de la aldea y esperar a la mañana para acercarse. Encontraron un pequeño claro, Miroku colocó las guardas, sacaron los futones, encendieron un fuego y comieron de las provisiones que les habían preparado los taiji-ya que se quedaban en la aldea de Kagome.

Poco después de que terminara de comer, Kagome salió en busca de Sango. Había estado callada desde que habían partido y ahora estaba sentada a solas fuera del círculo de la luz del fuego. Kagome no estaba segura de que hubiera comido todavía siquiera.

—¿Te importa si me siento contigo, Sango-chan? —preguntó en voz baja, gesticulando hacia el futón sobre el que estaba sentada.

Sango dudó por un momento antes de moverse a un lado, haciéndole espacio silenciosamente. Kagome tomó asiento a su lado. Notó dónde tenía fijos los ojos la noble: sobre su hermano, que estaba sentado comiendo entre los demás taiji-ya.

Se quedó sentada en silencio, esperando lo más sutilmente que pudo. Sango le había dejado que se sentase. Seguro que compartiría lo que la estaba inquietando tan pronto como estuviera lista.

Sango frunció el ceño, apartando la mirada de Kohaku y llevándola hasta las llamas danzarinas de su fogata. Kagome pudo ver las llamas bailando en la oscuridad de las pupilas de su amiga.

—Tú lo viste, Kagome —dijo Sango finalmente, prácticamente escupiendo las palabras como si le dejaran un regusto amargo en la boca—. Oíste a mi padre. Él me entrenó, pero no tiene ninguna fe en mí. No piensa que pueda hacer nada por mi cuenta. Me pidió antes de que me fuera que considerase dejar que Kohaku coliderase conmigo la misión, ya que ha estado más en el campo de batalla. Y pensar que mi propio hermano pequeño me va a quitar mi misión.

Se mordió el labio inferior, su espalda estaba rígida de ira.

—Sango-chan…

—Miroku también —continuó Sango acaloradamente—. No para de intentar convencerme de que lo que quería mi padre era que Kohaku aprendiese de mí, no que tomase las riendas de la misión, pero ¡en realidad tampoco cree que pueda hacerlo yo sola! Debe de pensar que soy poco femenina por siquiera querer…

—Sango-chan —la interrumpió Kagome con amable firmeza, apoyando una mano en el hombro de su amiga.

Sango se detuvo, aunque la ira todavía tensaba sus facciones cuando se giró a mirar a su amiga. La mano de Kagome se deslizó de su hombro para tomar una de sus manos apretadas, presionándola hasta que su agarre se relajó un poco. Estaba ligeramente sorprendida. Nunca había visto a su amiga tan abiertamente frustrada.

—Tal vez —dijo lentamente, pensativamente, mientras encontraba la mirada oscura de su amiga—. Tal vez tu padre… no crea en ti. Tal vez no crea que seas capaz de hacer esto.

La expresión de Sango se desencajó casi en un instante, como si oírlo confirmado le hubiera drenado todo el espíritu de lucha. A Kagome se le retorció el corazón. Le apretó la mano a su amiga.

—Pero la gente buena puede verse atrapada en nociones pasadas tanto como cualquier otro —continuó—. E incluso de las pocas veces que he hablado con tu padre, sé que una buena parte de ello es simplemente preocupación por la seguridad de su hija, por equivocada que pueda ser. Si hay algo que he aprendido de mi tiempo en la corte, es que la gente no cambia rápida o fácilmente, pero puede cambiar. Si quieres que tu padre cambie, o que tu clan cambie, entonces tienes que darles una razón para hacerlo.

Sango parpadeó, un poco del dolor se desvaneció lentamente de su expresión. Su mirada se deslizó del rostro de Kagome a sus manos entrelazadas.

—Tienes razón —dijo en voz baja—. Sé que tienes razón. Solo… me siento frustrada. Esto… estar en el campo de batalla, peleando, dirigiendo misiones y protegiendo a gente… Siempre he querido hacer esto, hacerlo de verdad, desde que tengo memoria. Y ahora que lo estoy intentando, la idea de que incluso mi propia familia no vaya a apoyarme…

—Tú dales tiempo, Sango-chan —dijo Kagome suavemente, ofreciéndole a su amiga una sonrisa alentadora—. Es obvio que te aman. Con el tiempo, verán que esto es lo que te hace feliz y que, además, se te da bien. Y sabes que Miroku-sama y yo te apoyamos siempre que nos necesites.

Sango le dirigió una mirada de culpabilidad al houshi, que estaba sentado entre el grupo de taiji-ya que estaba al otro lado del fuego. Parecía estar charlando cordialmente con Noriko sobre algo, su habitual sonrisa de cortesía estaba firmemente en su sitio. La expresión de Sango se agrió ligeramente, frunciendo los labios al verlo.

—Tal vez… tal vez ha estado intentando apoyarme —dijo de mala gana—, pero debe de pensar que soy poco femenina. Es decir, he estado intentando…

Se interrumpió, su sonrojo era aparente a la luz con la que el fuego bañaba sus mejillas. Un frunce tiró de sus labios mientras observaba que Miroku se inclinaba hacia Noriko, gesticulando ampliamente mientras le explicaba algo. Kagome también frunció el ceño. No le parecía que Miroku estuviera coqueteando en particular con la mujer, no más que como flirteaba con cualquier otra mujer, pero su comportamiento era difícil de entender.

Sabiendo como sabía lo que sentía por Sango, habría esperado que correspondiera con entusiasmo ante cualquier señal de que la noble pudiera compartir sus sentimientos. Y Sango ciertamente se había estado esforzando desde que habían salido de la corte. Siempre hacía por cabalgar a su lado, le consultaba cosas a menudo y Kagome incluso la había oído diciéndole nada sutilmente que no tenía reparos en casarse por debajo de su estatus si sus sentimientos eran propicios hacia ello. Sango lo estaba intentando y era difícil no ver lo que quería decir.

Pero a pesar de todos sus esfuerzos, Miroku parecía no reaccionar. Si acaso, solo había coqueteado más activamente con todas las mujeres, incluida Sango, pero sin limitarse a ella sola. Kagome no tenía ni idea ni de cómo interpretarlo ni de cómo preguntarle qué estaba pasando sin exponer su conocimiento tanto de los sentimientos de Sango como de los de él.

—No creo que piense que eres poco femenina —dijo finalmente—. Tal vez simplemente no se haya dado cuenta de tus esfuerzos. Miroku-sama rara vez se toma las cosas muy en serio. Tal vez tienes que ser más directa con él. Simplemente ir y decirle lo que sientes.

—¿Y si sí piensa que soy poco femenina? —insistió Sango con ojos escrutadores mientras volvía a mirar a su amiga—. ¿Si cree que soy incasable porque he escogido este camino?

Kagome profundizó su frunce, bajando los ojos al futón que tenían debajo de ellas. Conocía la respuesta a eso mejor de lo que le habría gustado. Las circunstancias eran diferentes, pero el problema era el mismo.

—Por lo que veo, la vida es… una serie de decisiones que se ponen ante nosotros —dijo Kagome en voz baja—, y escoger una cosa generalmente significa que renuncias a otra. Si de verdad siente eso, entonces supongo que la pregunta es… ¿a cuánto renunciarías por él?

—A esto no —dijo Sango en voz baja, inmediatamente—. Puedo… puedo verme sacrificando muchas cosas por su bien. Pero esto no. Por nadie. Algunas cosas son demasiado importantes.

Kagome le ofreció a su amiga una débil sonrisa.

—Lo entiendo.

—Sería bueno que las cosas fueran simples, ¿no? —murmuró Sango, lanzándole una última mirada al houshi antes de girarse de nuevo hacia Kagome—. Creo que tengo que ir a disculparme con Kohaku. Me he portado fatal con él desde que nos fuimos y los kami saben que él no tiene intención de hacer daño alguno.

—Por supuesto —dijo Kagome, gesticulando para que fuera.

Sango asintió, poniéndose en pie. Le dirigió a Kagome una pequeña sonrisa de agradecimiento.

—Gracias —dijo.

Kagome negó con la cabeza.

—Lo estás haciendo perfectamente, Sango-chan —dijo—. Solo necesitas que alguien te lo recuerde de vez en cuando.

Sango ensanchó la sonrisa y se giró para marcharse. Pero solo dio dos pasos antes de darse la vuelta con un repentino frunce en el ceño.

—No te creas que esto significa que te has librado de explicarme lo de ya sabes quién —dijo, lanzándole una mirada significativa al Señor de los lobos, que estaba descansando apoyado contra un árbol en la periferia del campamento—. Te voy sacar hasta el más mínimo detalle sobre eso, ¿me oyes?

Kagome hizo una mueca para sus adentros mientras observaba a Sango yendo hacia su hermano. Esa era una conversación con su amiga que no tenía ganas de tener.

Observó durante un rato mientras Sango hablaba con su hermano. La conversación parecía ir bien, aunque Kagome estaba encontrando cada vez más que Kohaku era difícil de leer. Los demás empezaron a dispersarse lentamente a sus futones individuales para acostarse. Kouga se había negado a usar uno, apoyándose en cambio contra el tronco de un árbol y quedándose rápidamente dormido. Kagome se movió hacia su propio futón, donde Shippou ya yacía roncando suavemente. Esperó hasta que la mayoría parecieran estar dormidos antes de sacar la cuenta de su traje.

La conexión estaba inusualmente clara esa noche. Inuyasha se enfocó inmediatamente, solo su silueta estaba vagamente borrosa.

A pesar de la hora tardía, no estaba dentro de sus aposentos. No, parecía estar cerca de un estanque, en algún lugar… parecía vagamente familiar…

De repente, la imagen encajó en su memoria. Estaba en lo alto de la misma colina de sus jardines privados en la que se habían sentado juntos en numerosas ocasiones mientras deliberaban sobre cuestiones de la corte o daban clases de protocolo, mirando hacia el mismo estanque vasto y oscuro. La tristeza descansaba como un peso en el estómago del hanyou, fijándolo a aquel sitio.

Un crujido resonó en el silencio de ese lugar e Inuyasha se giró para encararlo, haciendo borrosa la visión de Kagome por un momento mientras su mano se movía por instinto hasta la empuñadura de la espada que llevaba en la cintura. Sintió que Inuyasha se relajaba ligeramente antes de que su visión volviera a enfocarse, su mano se apartó de la espada.

De pie al pie de la ligera pendiente, con el pálido tono de su piel brillando a la débil luz de la luna, estaba Kikyou. Se había partido una ramita bajo sus geta y ella levantaba la mirada hacia él con una expresión lo más cercana a la vergüenza que Kagome nunca le hubiera visto poner.

—Kikyou —dijo y a Kagome le sorprendió la ligera reticencia que brotó en él—. ¿Qué haces aquí fuera?

—Tenía la intención de preguntarle lo mismo, mi señor —dijo en voz baja, ascendiendo por la pendiente—. Fui a sus aposentos y descubrí que no estaba. ¿Por qué ha venido aquí cuando la tarde está tan fría?

A pesar del frío, se arrodilló para sentarse al lado de él, colocando las capas de su juni-hito con cuidado a su alrededor sobre el suelo congelado. Inuyasha se quitó instintivamente su haori, inclinándose para ponérselo sobre los hombros. Kikyou le ofreció una pequeña sonrisa, subiendo la mano para cerrar más el haori a su alrededor.

—Estaba harto de estar encerrado allí con ese jodido papeleo —dijo a modo de respuesta, girándose para mirar una vez más hacia el estanque—. Deberías volver dentro. Vas a ponerte enferma.

Quería estar a solas con su tristeza, sintió Kagome. Kikyou, no obstante, no se movió, e Inuyasha pudo sentir sus ojos sobre él. Se movió, incómodo.

—¿Todavía tiene dificultades para desplazar los fondos para las aldeas, mi señor? —inquirió Kikyou tras un momento.

—Mmm —gruñó Inuyasha a modo de asentimiento, la molestia hormigueaba en él ante la sola mención—. He estado intentando negociar con el Consejo, pero hay un límite a lo que me dejan acceder de la tesorería de la corte sin saber lo que quiero hacer con él. Bastardos avariciosos.

—La paciencia es la clave, mi señor —respondió Kikyou con calma—. Con el tiempo les ganará, estoy segura. Además… Kagome estaría orgullosa de todo lo que se ha esforzado con esto, creo yo.

Inuyasha se tensó. A menudo se tensaba ante la mención de su nombre, notó Kagome vagamente. Sentía más curiosidad por la intencionada mención de su nombre por parte de la futura Emperatriz.

El silencio se extendió durante largos momentos. La mano de Kikyou, con su piel fría al tacto, fue a apoyarse suavemente sobre la de Inuyasha. Él se tensó aún más, pero rodeó lentamente su mano con la suya en respuesta.

—Ha estado triste desde que se fue —dijo Kikyou finalmente, su voz estaba ligeramente tensa mientras agarraba su mano con más fuerza—. Tanto… ¿de verdad tanto se arrepiente de permitirle que se fuera?

—Kikyou…

La culpa brotó en él como si fuera bilis, ardiente y ácida. Hizo como si fuera a apartar la mano, pero ella lo contuvo rápidamente. Su mirada estaba fija en el estanque, pero sus ojos oscuros brillaban con fuerza con alguna llama interna.

—Sé lo mucho que dependía de ella —continuó, su voz era suave pero clara—. Sé que los dos se unieron mucho después de todo lo que pasaron juntos. Sé que confiaba en ella y que…

—Kikyou, para.

Un tirón la atrajo hacia él, fuera lo que fuera que iba a decir a continuación se perdió cuando se apoyó contra su pecho. Inuyasha no quería seguir escuchando. No iba a seguir escuchando. Podía sentirla temblando ligeramente contra él y un dolor agudo se mezcló con la ardiente culpa. La apretó más contra sí.

Kagome quería apartar la mirada. Sabía que no estaba en peligro y eso era todo lo que necesitaba saber, en realidad. Pero no paraba. No podía. Necesitaba ver esto. Necesitaba la imagen de los dos grabada profundamente en su mente para que nunca la olvidase. De otro modo, nunca lo superaría.

—Déjalo… déjalo ya, Kikyou —murmuró en voz baja, negando con la cabeza—. Nada de eso importa ya. Te escogí a ti, ¿no? Hace años te dije que no te dejaría sola. Que cuidaría de ti mientras me necesitases. Para ya, ¿vale?

—Lo sé —dijo Kikyou en voz baja, sus manos se cerraron sobre la tela de su juban—. Claro que lo sé. Y sé que nunca incumpliría su promesa con nadie. Solo… a veces me preocupa que… su palabra sea lo único que…

Sus palabras se disiparon en el silencio, como si no se atreviera a terminar. En cambio, cerró los ojos y se inclinó lentamente hacia delante, hasta que apoyó la cabeza contra su pecho. Inhaló temblorosamente y de forma apenas audible, aferrándose a él como lo haría una niña pequeña, y una sensación de protección y simpatía que rayaba en lo doloroso brotó dentro del hanyou. Subió una mano con garras para apoyarla suavemente sobre su cabeza.

—Estoy aquí, ¿no? —dijo con un bajo filo en su voz—. Eso no va a cambiar, Kikyou, así que deja de preocuparte por mierdas estúpidas. Tú y yo… somos iguales. Así que lo entiendo, ¿vale? No dejaré que estés sola.

Kikyou inhaló otra vez temblorosamente, el sonido se vio ligeramente amortiguado contra el pecho de Inuyasha. El dolor y la culpa lo carcomían.

—Lo siento, Kikyou —musitó—. Lo siento. No quería… no quería que pensases…

—No te disculpes, Inuyasha —murmuró Kikyou—. No es propio de ti y me hace pensar que has hecho algo malo.

Inuyasha se quedó en silencio, haciendo una mueca. Ciertamente se sentía como si hubiera hecho algo malo. Pero la determinación estaba trepando lentamente al sentir su pequeño cuerpo contra él, mezclada con nostalgia mientras subía para levantar un muro contra su culpa.

—Voy a cuidar de ti, Kikyou —murmuró en voz baja y sentida—. Juro que no dejaré que sigas sufriendo.

Kikyou se echó ligeramente hacia atrás, con los ojos oscuros abiertos como platos mientras los levantaba para inspeccionar su rostro. Buscó durante varios momentos, había algo casi desesperadamente expectante en el rostro de ella. Inuyasha encontró su mirada en silencio, vacilante.

—¿Qué? —dijo finalmente, cuando el silencio se alargó demasiado.

Kikyou parpadeó, apartando los ojos de su rostro. Un ligero frunce bordeaba sus labios, pero negó con la cabeza. Volvió a apoyarse, presionándose una vez más contra su calidez.

—Nada —murmuró en voz baja, un fugaz tinte de decepción en la palabra—. No es nada. Solo quédate conmigo. No necesito nada más. No necesito…

Él asintió lentamente, con firme resolución mientras la volvía a acercar con cuidado contra su pecho. Y en ese momento, mientras estaban sentados entrelazados sobre aquella colina donde Kagome había pasado una vez tantas horas felices con el hanyou, supo con horrible certeza que, mientras Kikyou se lo pidiera, Inuyasha no iba a dejarla. Pasara lo que pasase.

—Kagome.

Parpadeó, aturdida por un momento ante la sensación de haber sido extraída de las profundidades de un sueño horrible. Volvió a enfocar lentamente su visión, vio a Kouga en cuclillas justo delante de ella, que estaba sentada en su futón. Detrás de él, el fuego se había consumido y se preguntó, aturdida, cuánto tiempo había pasado.

—Estás llorando —dijo, la preocupación en sus facciones era evidente incluso en la casi oscuridad en la que estaba envuelto su silencioso campamento.

Estiró una mano, la yema de un filoso pulgar se deslizó justo por debajo de su ojo. A Kagome le sorprendió sentir la humedad allí y ver su brillo en la punta de su dedo a la débil luz de las estrellas.

—¿Qué pasa?

Kagome levantó las manos, tocándose con cuidado las húmedas mejillas. Se las limpió, ahogando la tensión en su pecho que se estaba calentando lentamente para convertirse en ira.

—Nada —soltó con voz ronca—. No pasa nada.

Y no pasaba nada. Todo estaba exactamente como había querido. Era exactamente lo que había esperado.

Se mordió el labio, sintiendo que podría ahogarse en la agria amargura que parecía estar brotando desde las mismísimas profundidades de su ser. Temía que, si abría la boca, gritaría.

Los brazos de Kouga, cálidos a pesar del intenso fresco de la noche, la rodearon. Un escalofrío la recorrió por completo y Kagome inhaló trémulamente.

—No pasa nada —murmuró contra su hombro, tragándose el sentimiento con fuerza—. No pasa nada. Esto es… esto es lo que quería…

—Kagome —dijo Kouga en voz baja—. No sé qué pasa, pero cualquier idiota sabe que una herida no se va solo porque digas que no está. Suéltalo, ¿vale? Estoy aquí.

Sus palabras repitieron casi exactamente las del hanyou. Un suave sollozo escapó de ella antes de que pudiera contenerlo. Le siguió otro, y otro más, hasta que descubrió que no podía parar. Presionó su rostro con fuerza contra su hombro, se apoderaron de ella más de un mes de sentimientos insistentemente suprimidos.

—¿Por qué tiene que ser así? —murmuró, las palabras salieron de ella con más rapidez de la que pudo procesarlas—. No… no quiero estar resentida con ellos. Ya no me quiero sentir así… ¿Por qué no puedo parar de una vez? Me he esforzado tanto por olvidar y porque no me importe y por superarlo… ¿Por qué no se va de una vez?

—Kagome…

No pudo ver la forma en la que se le descompuso el rostro, pero lo sintió cuando sus brazos se apretaron a su alrededor. Y lloró con más fuerza, porque los brazos que la rodeaban no eran los brazos que ella quería. Porque le aterraba que eso no fuera a cambiar nunca, pasara lo que pasase.

—Solo quiero hacer lo que tengo que hacer —dijo—. Y quiero que sea feliz. Quiero que todos sean felices. Ya no quiero esto.

Kouga no dijo nada, pero siguió abrazándola hasta que las últimas brasas del fuego se apagaron y los dejaron en la oscuridad.


Hubo cierta cantidad de alivio proveniente de haber llorado después de más de un mes de contenerlo, pero Kagome no fue capaz de descartar fácilmente la desesperanza que vino con esa noche. La idea de que era posible que todos sus esfuerzos nunca fueran capaces de hacerle superar sus sentimientos por Inuyasha, que podría volverse inútil y amargarse por culpa de ellos, se quedó rápidamente en el fondo de su mente.

Tampoco podía ya controlar muy bien sus otros pensamientos. Antes, al menos había sido capaz de confinar lo que pensaba sobre la corte e Inuyasha para dejarlo para la noche, pero el dique parecía haberse roto sin posibilidad de reparación. Pensamientos sobre él, sobre Kikyou, sobre la corte y sobre cuál iba a ser su futuro si no cambiaba las cosas la asaltaban por turnos, en ocasiones ocupándola durante largos tramos a la vez mientras cabalgaban.

Kouga también se apagó ligeramente tras esa noche. Aunque en su caso eso únicamente significaba que de vez en cuando se pasaba varios minutos en silencio. Todavía se quedaba bastante cerca al lado de Kagome mientras viajaban, pero se había desvanecido un poco de la audacia de los avances que hacía hacia ella. A veces parecía casi vacilar mientras la miraba.

Estuvo más cómoda con él a medida que siguieron viajando, tal vez en parte porque sus avances perdieron un poco de su agresividad. A pesar de sus quejas sobre la lentitud de su paso, le era de gran ayuda al grupo para cazar la comida y para buscar lugares donde acampar. Hacía un esfuerzo visible por ser amable, o al menos inofensivo, para sus amigos, aunque Shippou insistía en su acérrimo desagrado por el Señor de los lobos y a menudo hablaban mientras cabalgaban para pasar el rato. Había llegado a contarlo entre sus amigos.

Al grupo le llevó poco más de una semana visitar todas las aldeas cercanas a la de Kagome, siguiendo el río hacia el norte para llegar a ellas. Eran seis las que habían sido destruidas en ataques por los enjambres de youkai errantes, aunque los taiji-ya habían hecho un gran progreso para restaurar muchas de ellas. Los habitantes desperdigados estaban volviendo lentamente a sus antiguas vidas, ayudados por las provisiones de la corte y la protección de los taiji-ya del clan de Sango, así como por los hombres de la aldea de Kagome.

Como había supuesto Miroku, hizo falta muy poca persuasión para que Kagome consiguiera que aceptaran los términos del Tennō. No les era desconocido el papel personal que había tenido Kagome al solicitar las provisiones que estaban recibiendo para ayudar a restaurar sus vidas tras la devastación de los ataques y, en su mayoría, era razón suficiente para aceptar. Para los ancianos de las aldeas que todavía se mostraban escépticos ante la corte tras su extensa negligencia en cuanto a las aldeas, estaba Haru para ayudar a proporcionar un testimonio de lo beneficiosa que podía ser una sólida conexión con la corte. Al final, las seis aldeas aceptaron y Miroku las registró en el mapa para presentárselo al Tennō cuando regresaran.

Una vez que las aldeas estuvieron aseguradas, siguieron subiendo río arriba hacia el lugar en el que Kouga pensaba que estaría el clan Kitsune del norte. Pero solo había estado allí una vez y el lugar estaba cubierto de ilusiones en todo momento, así que le resultaba difícil saber exactamente cuánto tiempo les llevaría llegar a él o dónde estaba exactamente. El grupo se decidió a simplemente continuar hacia el norte siguiendo el río hasta que se encontraran con la morada del clan.

La segunda noche después de que hubieran dejado atrás las aldeas, montaron el campamento en un pequeño claro que Kouga había descubierto cerca del río. El propio Kouga había salido a cazar, prometiendo capturar unos conejos para la cena de esa noche. Noriko y Tomiko se sentaron juntas a la izquierda de Kagome, debatiendo algo sobre la naturaleza de los kitsune mientras trabajaban para encender el fuego. Noriko parecía pensar que eran capaces de leer a los humanos que bajaban la guardia, mientras que Tomiko argumentaba que ese simplemente era un cuento para niños transmitido a menudo entre los taiji-ya a modo de entretenimiento. Kagome, aunque solo estaba medio escuchando la conversación, se sentía inclinada a concordar con esta última.

Shippou estaba enfrente de ella, escuchando ávidamente un cuento que estaba contando uno de los hombres de los taiji-ya. Haru, que estaba sentado justo al lado del pequeño kitsune, tenía casi la misma expresión de asombro mientras escuchaba. Se había visto expuesto a muchas cosas nuevas desde que se había unido al grupo, nunca antes había salido de la aldea, y Kagome a menudo se preguntaba si ella había parecido tan asombrada cuando había partido la primera vez.

Miroku estaba ocupado poniendo las guardas para el campamento, trazando un amplio perímetro mientras hacía rodar su rosario entre los dedos, cuenta a cuenta, y entonaba en voz baja uno de los sutras de protección. Sango estaba a corta distancia a la derecha de Kagome, con el mapa abierto sobre su regazo mientras estudiaba varias rutas y marcaba el progreso que habían hecho con la cabalgada de ese día.

Kagome estaba sentada sola cerca del borde del campamento. Pensamientos sobre Inuyasha y la corte la habían plagado durante la mayor parte del trayecto del día, a pesar de sus mejores intentos por mantenerlos a raya, y ahora descubría que simplemente no tenía la energía para interactuar con nadie. Se sentía pesada y simplemente quería estar un rato sentada.

Toqueteó distraídamente la cuenta que estaba alojada a buen recaudo en el bolsillo interno frontal de su traje mientras estaba sentada. La cuenta que no se había atrevido a usar desde aquella noche. Pero no estaba segura en este punto de qué era más difícil: si verle o no verle. Ninguna parecía ofrecerle mucho consuelo. Se preguntó si tal vez esta noche se atrevería a mirar solo para ver cómo estaba.

Algo se movió en la periferia de su campo visual. Kagome levantó la mirada, momentáneamente distraída.

Acababa de conseguir captar un vistazo de Kohaku mientras desaparecía entre la densa maraña de árboles que bordeaban su campamento por el lado derecho. Nadie más pareció notar que había salido a escondidas.

Kagome frunció el ceño. Lo había visto hacer lo mismo varias veces desde que habían salido de su aldea. Simplemente se escabullía sin decirle una palabra a nadie. Normalmente lo descartaba como que el chico tenía que hacer sus necesidades, ya que nunca tardaba particularmente mucho en volver, pero había algo en lo furtivo de sus movimientos…

Antes de que pudiera pensarlo detenidamente, Kagome estuvo de pie. Tal vez era simplemente que necesitaba una distracción, pero se encontró siguiendo al hermano de Sango, decidida a librarse al menos de la extraña cautela que a menudo se encontraba sintiendo hacia él.

Estaba profundamente oscuro tras las copas de los árboles, las ramas estaban tan juntas que incluso la luz de la luna solo podía penetrar en pequeños trozos aquí y allí. Kohaku no estaba por ningún lado y Kagome se preguntó cuánto se había atrevido a vagar por su cuenta. Por un momento consideró dar la vuelta, sintiéndose un poco tonta por siquiera contemplar seguirle, pero tras un momento continuó, diciéndose que bien podía seguir adelante con ello ahora que había empezado.

Caminó durante varios minutos, adentrándose más y más entre los árboles, pero seguía sin haber señales de Kohaku. Parecía absurdo que hubiera ido tan lejos solo para hacer sus necesidades, especialmente teniendo en cuenta que parecía estar más oscuro a cada paso que daba.

Un escalofrío le recorrió la espalda y Kagome se detuvo a medio paso. Parecía haber alguna suerte de neblina cerniéndose justo delante de ella. Era difícil de distinguir en la oscuridad bajo los árboles, pero la niebla que rodaba y distorsionaba los troncos de los árboles era débilmente visible en los fragmentos de luz de luna que conseguían atravesarlos.

Kagome se tensó. Podía sentir el youki en la extraña niebla, rodando tan densamente que casi nublaba su sexto sentido por completo. Echó la mano hacia atrás instintivamente, sacando su arco del carcaj que colgaba de su hombro. Sus ojos inspeccionaron la niebla en busca de cualquier señal de movimiento, su pulso empezó a retumbar silenciosamente en sus oídos.

—¿Kohaku-kun? —llamó, de repente preocupada por lo que le pudiera haber ocurrido al chico—. ¿Kohaku-kun? ¿Puedes oírme?

Movimiento a su izquierda, justo dentro de la niebla. Kagome se giró para encararlo, levantando el arco y colocando una flecha en un movimiento practicado.

—Muéstrate —llamó, frustrada por la forma en que la niebla estaba nublando su sentido espiritual—. Rápido o disparo.

La figura, su silueta demasiado alta para ser Kohaku, avanzó lentamente. Kagome entrecerró los ojos mientras intentaba verla bien a través de la niebla, con todo el cuerpo en tensión. Finalmente se movió hacia un haz de la luz de la luna, con la mitad de su rostro iluminado.

Kagome se quedó paralizada. Se le deslizaron de las manos el arco y la flecha, cayendo sin hacer ruido en el suelo del bosque.

—Inuyasha.


Nota de la traductora: ¡Hola! Ha sido un esfuerzo considerable tener este capítulo a tiempo según prometí, pero espero que lo disfrutéis mucho.

No he podido responder a ningún review todavía del capítulo anterior, pero prometo ponerme a ello en cuanto avance un poco con el capítulo 23, que espero tener para dentro de dos semanas. ¡Muchísimas gracias por todos los comentarios!

¡Hasta pronto!