Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Nuestra pequeña lección de historia de hoy:
Algunos apuntes sobre los kitsune: Ya sabéis lo principal sobre lo que son, pero aquí están algunos hechos más para que los tengáis como referencia. Son embaucadores ante todo, según la mitología japonesa. Sin embargo, cuanto más vive un kitsune, más colas le salen y más sabiduría gana. Pueden salirle hasta nueve colas y un kitsune que consigue tantas es apto para convertirse en siervo de los kami.
Algunos apuntes sobre bodas: Las bodas en la época Heian no eran… como ninguna ceremonial nupcial occidental en la que podáis pensar, ni mucho menos. No había una ceremonia como tal que hiciera que la pareja se «casara», salvo por un pequeño ritual en el que el hombre se pasaba tres noches… *ejem* quedándose a dormir con la mujer de su elección. Si, a la tercera noche, se quedaba en la casa de la mujer hasta la mañana, entonces estaban casados.
Sin embargo, esto viene a cuento para decir que voy a utilizar una versión más moderna de las bodas encontrada en la cultura japonesa, con una ceremonia oficial y gente presente en el evento. Principalmente, porque la conozco mejor, pero quería apuntar la divergencia.
*Apunte especial: Hay una pista sobre el principio de una fábula japonesa en este capítulo. Os diría cuál es, pero estaría revelando algo importante. Sin embargo, estaré impresionada si alguien lo señala :)
Capítulo 23: De clanes y maldiciones (parte 1)
No podía moverse.
—¿Inuyasha? —exhaló Kagome de nuevo, apenas atreviéndose a confiar en sus propios ojos—. ¿Cómo…?
Se interrumpió a sí misma, asimilando el hecho de que estuviera allí durante un largo momento. Su largo pelo plateado resplandecía bajo los rayos de luz de luna que sesgaban su rostro, sus ojos antinaturalmente dorados brillaban con una luz interna propia. Sus rasgos afilados estaban solemnes mientras la miraban.
La visión de él, tan familiar incluso tras su larga separación, provocó que le doliera el pecho. Se tragó el nudo que subía por su garganta, respirando temblorosamente.
—Inuyasha —dijo otra vez, fascinada por la emoción que la atravesó con solo pronunciar su nombre después de haberlo contenido durante tanto tiempo—. Qué… ¿qué estás haciendo aquí?
La mirada de él cayó al suelo del bosque entre ellos, tenía los hombros tensos.
—No pude hacerlo —dijo, en voz tan baja que ella se tuvo que esforzar para captar las palabras—. Lo intenté, pero… prometí protegerte, Kagome. No puedo dejarte sola.
Kagome parpadeó, sintiendo que su corazón trastabillaba en su pecho antes de acelerarse hasta resonar con fuerza en sus oídos. Sentía como si no pudiera inhalar lo suficiente para llenar sus pulmones.
—Pero… la corte —dijo con vacilación—. Es decir, cómo… ¿qué hay de…?
Él levantó los ojos para encontrar los de ella, con una suavidad en ellos que solo le había visto un puñado de veces con anterioridad.
—No importa —dijo—. Nada de eso importa ya. Estoy aquí. Esto es lo que he decidido, Kagome. Tú… tú ven aquí, ¿vale?
Le hizo un gesto. Kagome se encontró moviéndose casi involuntariamente, todo dentro de ella parecía tirar hacia él. Pero se detuvo a unos metros de él, un momento de duda la detuvo y la retuvo.
—Pero… ¿Kikyou-sama? —dijo, las palabras eran apenas más que un susurro—. Es decir, ella…
Él frunció el ceño, negando insistentemente con la cabeza.
—Eso no es importante —dijo, encontrando sus ojos fijamente—. Nada de eso importa ahora. Te escogí a ti, Kagome. Tú… tú ven aquí, ¿vale?
Le hizo un gesto una vez más. Kagome se lo quedó mirando durante un largo momento, sintiendo que un profundo temblor atravesaba toda su figura.
Avanzó, deteniéndose solo a un paso de él e inspeccionando su rostro.
—… ¿Qué eres? —dijo en voz baja.
Inuyasha parpadeó, frunciendo el ceño.
—¿De qué hablas, idiota? —dijo—. Soy…
—¡No lo eres! —soltó Kagome, cerrando las manos en puño a sus costados—. ¡No te atrevas a pronunciar su nombre! Inuyasha nunca… no abandonaría todo por un capricho. Ahora no. Y él nunca… nunca hablaría de esa forma de Kikyou-sama, ¡así que dime qué eres!
Levantó una mano, brillando con la luz de su energía espiritual y la sostuvo delante de la cosa. La confusión se borró de su expresión, tornándose en vacía neutralidad. A la luz de su energía espiritual, la imagen de Inuyasha pareció volverse translúcida, haciéndose borrosa en los bordes.
La cosa que portaba la semejanza con Inuyasha se encogió de hombros.
—Soy lo que tú quieres que sea —dijo—. O, al menos, lo habría sido. Una pena. Parece que te vendría bien una buena ilusión.
La imagen del hanyou se volvió todavía más borrosa. La neblina lo rodeó, tirando de la cosa hasta que no fue más que neblina en sí misma.
Kagome se quedó allí de pie durante un largo momento, con la mirada fija en el lugar donde había estado la cosa. La luz se desvaneció lentamente de su mano y se mordió el labio, sin saber si iba a llorar o a gritar.
—¿Kagome-sama?
Se sobresaltó, sorprendida ante el sonido.
Kohaku estaba a varios metros detrás de ella, aunque su forma estaba oscurecida por la oscuridad bajo los árboles. La miró frunciendo el ceño.
—¿Qué hace aquí completamente sola, Kagome-sama? —preguntó.
Kohaku se encorvó para recoger el arco y la flecha que había soltado, avanzando para dárselos. Kagome los recibió, murmurando su agradecimiento sin encontrar su mirada. No estaba segura de que pudiera controlar su expresión por el momento y le daba un poco de vergüenza pensar que había tenido intención de seguirlo hasta allí en un primer momento.
Miró por encima de su hombro hacia la turbia neblina.
—Creo que acabo de encontrar el clan Kitsune del norte.
Kohaku la escoltó de regreso al campamento. Kagome no pudo reunir la energía para ofrecerle una buena explicación, todavía afectada por el encuentro.
En el campamento, despertó a los compañeros que habían empezado a acomodarse para dormir, llamándolos para que se reunieran alrededor de la fogata. Kouga regresó al campamento poco después que ella, dejó su caza y fue a unirse al grupo.
Kagome les explicó lo que había encontrado, relatando las propiedades ilusorias de la niebla mientras trataba por encima lo que se le había mostrado exactamente. Los kitsune, explicó, eran los únicos con un youki capaz de tejer una ilusión tan elaborada y solo un buen número de kitsune que trabajasen juntos podrían haber sido capaces de crear algo tan poderoso como lo que había sentido.
Por tanto, asumía que la niebla ilusoria actuaba como una barrera, ocultando las tierras del clan Kitsune del norte. A juzgar por la forma en la que la ilusión había intentado atraerla hacia la niebla, la barrera funcionaba atrayendo a la gente hacia ella y manteniéndolos atados a la ilusión, alejándolos así de dondequiera que el propio clan kitsune estuviera situado. Por naturaleza, los kitsune no eran luchadores, pero mediante ilusiones y trucos conseguían protegerse muy bien.
El grupo estuvo de acuerdo con que sería mejor esperar hasta la mañana para intentar entrar en sus tierras, ya que las ilusiones siempre eran más poderosas por la noche que a la luz del día, y se dispusieron a limpiar y a cocinar los conejos que había cazado Kouga.
Kagome, encontrando que no tenía mucha hambre, se retiró a su futón a pensar. Por mucho que hubieran encontrado las tierras del clan kitsune, no estaba en absoluto segura de cómo iban a conseguir entrar. Necesitaba encontrar una forma de evitar que todos se vieran atrapados en las poderosas ilusiones.
Sabía que la forma más fácil sería simplemente perforando la barrera usando sus habilidades espirituales y las de Miroku, pero descartó rápidamente esa idea. Penetrar a la fuerza en la barrera en la que confiaban para protegerse pondría a los kitsune a la defensiva y esa difícilmente era la forma adecuada de proceder para pedirles su apoyo para el Tennō. No, tendría que ser algo relativamente discreto.
Pero Kouga interrumpió el rumbo de sus pensamientos al acercársele para intentar que comiera algo de lo que había cazado. Kagome apreció el gesto, pero tuvo que negarse varias veces antes de que la dejara tranquila.
Exhausta e irritada por razones que no tenía ganas de examinar, decidió acostarse tras la interrupción y ahorrarse la planificación para la mañana. Se quedó lentamente dormida, su mano se movió inconscientemente para apretar la cuenta mala que estaba oculta en la parte delantera de su ropa.
—¿Estás seguro de lo que viste?
—Sí, Naraku-sama —respondió una voz sin la más mínima entonación presente en las palabras.
—Bien —contestó la primera voz, la satisfacción se curvó amenazadoramente alrededor de la palabra—. Recuerda, no hay nada puro en este mundo, ni siquiera los mismísimos kami. Tarde o temprano todo acaba en decadencia. Ahora solo es cuestión de tiempo.
—Sí, Naraku-sama. ¿Sus órdenes?
—Sigue como hasta ahora e infórmame de cualquier cosa que sea de interés —ordenó el hombre—. Te avisaré cuando sea el momento. Mantén también las distancias. No te arriesgues a provocar que se defienda una vez más.
—Como desee, Naraku-sama —contestó la segunda voz, todavía carente de expresión.
—… Criatura patética —suspiró el hombre con un tinte de desprecio en las palabras—. No te preocupes. Ya casi has cumplido tu propósito y me aseguraré de librarte de tu miseria cuando llegue el momento. Da gracias. Es más piedad de la que pretendo mostrar en el futuro.
—… Sí, Naraku-sama.
Esperaron hasta el mediodía del día siguiente para partir, Miroku había señalado que las ilusiones serían más débiles cuando el sol llegase a su cénit. Tras deliberar un tiempo, Kagome y Miroku también decidieron que ir a ciegas sería lo mejor. Era un riesgo, por supuesto, pero la atracción de la ilusión era ampliamente visual. Si podían bloquearla temporalmente, tenían muchas más posibilidades de atravesar la barrera de neblina y llegar a las tierras del clan kitsune sin molestar a los propios kitsune.
Sango estuvo reacia a aceptar el plan, dándose cuenta de lo vulnerables que podrían estar todos. Pero Kouga señaló que sería más que capaz de compensar su falta de visión. Su visión diurna era pobre, para empezar, lo que significaba que confiaba ampliamente en su olfato y en las guías auditivas cuando el sol estaba en lo alto. Mientras permanecieran juntos, probablemente sería capaz de guiarlos. Finalmente, Sango aceptó y el grupo partió.
Dejaron sus monturas youkai atrás en el campamento, sabiendo que serían demasiada complicación para su plan. Estaban lo suficientemente bien entrenadas para quedarse donde se les indicaba y eran lo suficientemente intimidantes para alejar a cualquier intento de ladrón. Con suerte, podrían terminar con las negociaciones con el clan Kitsune del norte rápidamente y regresar antes de que hubiera pasado mucho tiempo.
Kagome condujo al grupo hasta el bosque, haciendo que se detuvieran cuando sintió el youki de la barrera justo al otro lado de la línea de árboles. El grupo se colocó en una cadena extendida antes de atarse sus vendas improvisadas, una seguridad contra la tentación de abrir los ojos que podrían experimentar.
Con Kouga y Kagome a la cabeza, con Shippou posado firmemente sobre su hombro, el grupo unió las manos y empezó a avanzar. Kagome se sintió más que un poco tonta al principio, imaginando el panorama que debían de formar entre todos, pero su bochorno desapareció rápidamente con el coro de voces que apareció en cuanto se aproximaron a la barrera.
Parecían estar por todas partes, llamándola a ella, a sus compañeros. A su lado, sintió que Miroku se tensaba, una voz masculina que no podía ubicar llamaba su nombre insistentemente incluso por encima del ruido de las demás voces. Su mano se apretó alrededor de la suya y Kagome se aseguró de sostenérsela firmemente en respuesta mientras sentía que el youki de la barrera empezaba a rodar a su alrededor.
—¡No hagan caso! —llamó el houshi mientras avanzaban lentamente, su voz estaba más ronca de lo que ella nunca se la hubiera escuchado—. ¡Recuerden que es una ilusión! Sea lo que sea que estén oyendo… sea lo que sea, ¡es todo mentira!
Justo detrás de él, Sango retomó el grito, más para ahogar el clamor de las voces que presionaba contra ellos por todas partes en la neblina que con la esperanza de que la oyeran de verdad. Pronto, todo el grupo estuvo gritando, algunos cosas sin sentido, para mantener la implacable presión de las voces al margen.
Kagome habría jurado sentir manos rozando fantasmalmente su piel, tirando de su ropa y de su pelo mientras voces que le eran a la vez conocidas y desconocidas reclamaban su atención. Con el peso añadido del youki de la barrera ahogando su sexto sentido, se sintió mareada y desorientada y estuvo profundamente agradecida por la forma en la que Kouga avanzaba insistentemente hacia delante, tirando de ella consigo enérgicamente mientras lo hacía.
Tras ella, podía sentir la cadena haciendo presión y tirando, sus compañeros vacilaban en la confusión del caos que los rodeaba. En un momento, sintió que la cadena tiraba tan fuerte que estuvo segura de que perdería el agarre de Miroku, dejando a sus compañeros perdidos en las ilusiones de la neblina. Sus extremidades temblaron mientras se aferraba a él con toda la fuerza que pudo reunir, rezando porque aguantasen solo un poco más…
De repente, sintió que un poco del peso se levantaba de su sexto sentido. Tropezó ante el cambio, Kouga tiró de ella hacia arriba por su brazo y Shippou se agarró a su cuello para evitar caerse.
—Hemos pasado —anunció el Señor de los lobos y Kagome se dio cuenta mientras hablaba de que las voces se habían apagado hasta convertirse en murmullos bajos a unos metros de ella.
Tras de sí, sintió que el resto de sus compañeros atravesaba la barrera dando traspiés. Levantó la mano y se bajó de un tirón la venda improvisada de los ojos. En su hombro, Shippou se movió, esforzándose por quitarse la suya y ella subió la mano distraídamente para quitársela mientras sus ojos inspeccionaban la fila.
—¿Están todos bien? —llamó Sango, inspeccionando también el grupo.
Hubo algunas respuestas aturdidas mientras los demás se sacaban las vendas. Por lo que podía ver Kagome, todos parecían haber pasado ilesos, aunque Miroku estaba tenso y ligeramente pálido.
Pudo oír que Kouga olfateaba el aire a su lado y se volvió hacia él para preguntar si sabía lo cerca que podían estar de los kitsune, ya que el youki seguía siendo demasiado denso como para que su sentido espiritual pudiera ser de utilidad.
Kagome se quedó paralizada.
Ante ellos se extendía una residencia que rivalizaba en tamaño con las de la corte, construida en una extraña imitación de su estilo. Los edificios parecían curvarse unos sobre otros, serpenteando y curvándose con una sinuosa fluidez hacia la distancia, en lugar de las líneas y filas ordenadas de la corte.
—Por los kami —exhaló Kagome con los ojos abiertos como platos—. Es enorme.
Kouga frunció el ceño.
—El rastro del aroma es confuso a partir de aquí —dijo—. Puedo olerlos por todas partes, pero no hay una fuente.
—Bueno, están ahí en alguna parte —dijo Sango, poniéndose al lado de ellos—. Es probable que haya sido su hogar durante tanto tiempo que su aroma haya permeado por todo el lugar. Solo tenemos que encontrar a uno de ellos y solicitar una audiencia con el líder de su clan, ahora que hemos atravesado la barrera.
—Sango-sama tiene razón —aportó Miroku—. Por naturaleza, los kitsune no son beligerantes. Solo tenemos que hacerles saber que venimos en son de paz. Ya hemos entrado bastante inofensivamente. El líder del clan al menos debería verse inclinado a escucharnos.
Sango asintió.
—Vamos, entonces —dijo, dándose la vuelta para mirar a los demás—. Vamos a avanzar. Síganme y recuerden tratar a cualquiera que se encuentren con el mismo respeto con el que tratarían a un miembro de la corte. ¿Entendido?
Los taiji-ya respondieron en un coro de afirmaciones y Sango les hizo un gesto para que avanzasen.
Entraron en el edificio más cercano, uno de tamaño considerable con una única sala amplia. Parecía servir para propósitos ceremoniales, una tarima elevada al frente de la sala era su elemento más prominente.
—¿Hay alguien aquí? —llamó Kagome, su voz resonó de forma extraña en la sala—. Por favor, no pretendemos hacer ningún daño. Hemos venido de la corte para solicitar una audiencia con el líder de su clan.
No hubo respuesta, ni siquiera el más mínimo movimiento a la vista. Miró a Sango, que le indicó al grupo que fuera hacia una pasarela cubierta a su derecha que conducía a otro edificio.
La siguiente sala era mucho más pequeña, estaba construida al estilo de una sala de té tradicional y también parecía estar completamente vacía. Una rápida inspección así lo reveló y Sango los guio hasta la siguiente habitación. Shippou frunció el ceño sobre el hombro de Kagome, extrañamente callado mientras inspeccionaba las salas.
Una pasarela cubierta serpenteante los condujo hasta el siguiente edificio, que parecía ser un archivo. Las estanterías se alineaban contra las paredes y una larga mesa ocupaba la mayoría de su centro, con los pergaminos esparcidos descuidadamente. A pesar de la apariencia de haberse usado recientemente, la sala demostró estar igual de vacía que las anteriores.
—Tal vez sintieron que penetramos la barrera —dijo Sango pensativamente, mirando la sala—, y se escondieron para protegerse. Si pudiéramos encontrar aunque fuera a uno de ellos…
Se interrumpió, frunciendo el ceño mientras sus ojos pasaban por el grupo.
—¿Dónde están Noriko y Haru-san? —dijo tras un momento.
Un murmullo recorrió el grupo mientras se miraban unos a otros y recorrían la habitación con la vista. Pero ninguno de los dos estaba por ninguna parte.
—Tal vez siguen en la sala de té —sugirió Kagome.
Sango frunció aún más el ceño.
—Deberían ser conscientes de que no pueden ir por su cuenta —dijo—. Venga. Tenemos que volver y encontrarlos. Y manténganse todos cerca, ¿me oyen?
Los llevó de nuevo por la pasarela hasta la sala de té de la que acababan de salir. Solo que no era una sala de té.
Era un salón ceremonial. Un salón ceremonial grande con una tarima al frente.
Kagome frunció el ceño.
—¿Qué…? —dijo—. Giramos… ¿giramos donde no era en algún momento?
Sango negó con la cabeza, su expresión se ensombreció rápidamente con preocupación.
—No —dijo—. No. Estoy segura de que ese era el camino que tomamos. Pero ¿cómo hemos acabado aquí de nuevo?
Kagome se giró hacia Kouga con la boca abierta para preguntar si captaba los aromas de Noriko y Haru. Kouga, no obstante, no estaba allí.
Ni tampoco Miroku, Kohaku o dos de los taiji-ya hombres, como descubrieron tras un momento. Un murmullo de preocupación recorrió lo que quedaba de grupo mientras Sango y Kagome se giraban la una hacia la otra.
—Lo primero es lo primero —dijo Sango, decidida a permanecer en calma a pesar de la situación—. Tenemos que encontrarlos. Si volvemos sobre nuestros pasos…
Kagome negó con la cabeza.
—Primero tenemos que averiguar qué está pasando —insistió, manteniendo la voz lo suficientemente baja para que los demás no la oyeran—. Vagar no nos hará ningún bien. Continuaremos dispersándonos a este paso.
—Sé lo que es.
Las dos mujeres parpadearon, sorprendidas ante el inesperado participante de la conversación. Se giraron hacia Shippou, su rostro infantil estaba inusualmente serio, sentado sobre el hombro de Kagome.
—No es real —dijo con sencillez—. Lo están controlando y cambiando cada vez que nos movemos. Al principio no me di cuenta porque hay algo de realidad por debajo. Como hay una parte real, es más difícil de sentir.
—¿Quieres decir que el castillo es una ilusión? —dijo Sango con los ojos abiertos como platos—. ¿Todo?
Shippou asintió.
—Una muy buena —dijo—. Solo la puedo sentir un poco.
—Dijiste que la están controlando —señaló Kagome—. Así que deben de estar cerca, en algún lugar. ¿Sabes cómo encontrarlos, Shippou-chan?
El kitsune volvió a asentir, inflando un poco el pecho cuando fue evidente que estaban confiando en él para esto.
—Tenemos que encontrar la parte real —dijo—. Hay una parte de lo real por debajo que es también parte del truco.
—De acuerdo —dijo Sango, asintiendo más para sí que para ellos—. Solo tenemos que encontrar eso para romper la ilusión, entonces.
Se dio la vuelta para informar a los demás.
Se quedó paralizada.
Habían desaparecido, hasta el último de ellos, tan silenciosamente y tan rápido como si nunca hubieran existido.
—¡No! —gritó Sango, avanzando como si todavía tuviera esperanza de alcanzarlos—. ¡Estaban…! ¿Cómo…?
—Deben de haberla cambiado otra vez —dijo Shippou con los ojos muy abiertos—. Son rápidos.
—¿Dónde están? —preguntó Sango.
—Es una parte diferente del truco —dijo Shippou—. Se quedarán atrapados hasta que encuentren la parte real.
—Entonces tenemos que encontrarla —dijo Sango—. Ni siquiera saben que tienen que buscar algo.
Shippou asintió, bajándose del hombro de Kagome. Avanzó hacia la tarima, las dos mujeres lo siguieron rápidamente.
—¿Sabes dónde está? —preguntó Kagome mientras caminaban.
—Más o menos —respondió Shippou, conduciéndolas a través de una puerta detrás de la tarima, enfrente de la que habían atravesado al principio—. Lo real siempre está en el centro. Así que tenemos que encontrar el centro.
Sango y Kagome intercambiaron una mirada. En el lío serpenteante de edificios era difícil de imaginar dónde podría estar alguna suerte de centro.
La entrada de detrás de la tarima conducía a una pasarela revuelta que envolvía varios edificios. El joven kitsune se detuvo en seco de repente delante de ellas, con la cola recta como una baqueta tras él y el ceño fruncido mientras sus ojos se movían frenéticamente.
—¿Shippou-chan? —dijo Kagome, Sango se puso a su lado cuando se detuvo en seco justo detrás de él.
—Lo están cambiando otra vez.
En cuanto las palabras salieron de su boca, un sonido bajo y chirriante llenó el aire a su alrededor. Kagome se movió instintivamente hacia delante, cogiendo al kitsune de manera protectora en sus brazos. Sango se tensó, su pose cambió a la defensiva mientras su mano se movía para cernirse sobre la empuñadura de la wakizashi que llevaba a la cintura. Había dejado el Hiraikotsu a regañadientes en el campamento, el grupo había acordado que parecería demasiado agresivo llevar un arma tan grande.
Durante varios momentos, fue difícil estar seguro de dónde provenía el sonido, tres pares de ojos se movieron ansiosamente de un lado a otro en busca de la fuente. Pero un movimiento al borde del campo visual de Kagome reveló lo que estaba pasando.
Los edificios a su alrededor se estaban moviendo, cambiando y entrelazándose tan lentamente que era casi imperceptible. Pero mientras observaban, empezaron a aumentar la velocidad, serpenteando y retorciéndose como una serpiente alrededor de los tres.
Con un sobresalto, Kagome se dio cuenta de que los edificios habían formado un anillo a su alrededor, el círculo se apretó y se cerró rápidamente. Trastabilló hacia atrás, aferrando a Shippou con más fuerza contra ella. Sango se quedó a su lado, moviendo los ojos rápidamente en busca de alguna suerte de ruptura entre los edificios por la que pudieran pasar.
—Sango-chan…
—Una abertura —murmuró Sango tensamente, estirándose para agarrar el brazo de Kagome—. Si me muevo, me sigues lo más rápido que puedas, ¿entendido? Venga, solo necesitamos una pequeña…
Pero no había ninguna a la vista y los edificios se estaban moviendo más deprisa, haciendo improbable que fueran a atravesarla incluso si encontraban una. Los enormes borrones se estaban acercando, tan cerca que el viento que creaban tiraba de su pelo y de su ropa.
Iba a aplastarlos, se dio cuenta Kagome frenéticamente. Shippou y Sango…
—¡Avanza! —gritó Shippou, tirando del pelo de Kagome—. ¡Ve!
—¡Nos va a aplastar!
—¡Solo si crees que lo hará! —gritó, luchando porque se le oyera sobre el chirrido de los edificios—. No es real, ¿recuerdas? ¡Solo tienes que pensar que no es real!
Kagome vaciló. Habían caminado por dentro de aquellos edificios, habían sentido las paredes y los suelos. Habían parecido reales. Su arremolinamiento, el viento que estaban creando, parecía real.
Sango la agarró del brazo, tirando hacia delante.
—¡No es real! —gritó, la masa giratoria estaba a un centímetro de la punta de su nariz.
Las dos mujeres cerraron los ojos con fuerza, corriendo sin pensarlo hacia las masas giratorias de madera.
Y las atravesaron. Hubo un momento de resistencia, como si se movieran entre agua, el peso del empalagoso youki a su alrededor se incrementó en el sexto sentido de Kagome. Pero entonces estuvieron al otro lado, de vuelta en la pasarela serpenteante. Como si nada hubiera pasado.
Kagome aferró a Shippou, con el corazón martilleándole en un tamborileo ensordecedor en sus oídos. Por el rabillo del ojo pudo ver a Sango, pálida mientras exhalaba un suspiro de alivio.
Estaban atrapados en lo profundo de la ilusión. Incluso el conocimiento consciente de que era una ilusión era apenas suficiente para disuadir sus sentidos en este punto. Tenían que encontrar aquello de lo que estaba hablando Shippou pronto o se arriesgaban a que la ilusión los atrapara tan profundamente que se convirtiera en su realidad.
Shippou se tensó en sus brazos.
—¡Corred! —chilló.
Las dos mujeres corrieron sin vacilar. Sango estiró la mano, agarrando el brazo de Kagome mientras avanzaban. De las dos, era la que corría más rápido, arrastrando ligeramente a Kagome para asegurarse de que no se separaban.
Detrás de ellas había un creciente y profundo estruendo. Kagome podía sentir que temblaba la tierra bajo sus pies. Se atrevió a mirar atrás.
A pocos pasos detrás de ellas, la pasarela se estaba desmoronando, los adoquines colapsaban hacia dentro para abrir un profundo abismo. El abismo crecía a cada instante, expandiéndose y corriendo rápidamente por el camino que tenían justo detrás. Pero eso no era todo.
El abismo estaba lleno de llamas. De él salía azufre y el olor a carne podrida y quemada. Salieron unas manos con garras, de muchos dedos, mustias y sin carne, intentando agarrar a ciegas carne viva.
Era la primera capa del Infierno.
Kagome ahogó una exclamación, trastabillando cuando su pie impactó contra algo en el camino. El abismo se acercaba, las llamas lamían la parte de atrás de su talón izquierdo.
Sintió un fuerte tirón en su brazo y salió volando, aferrando a Shippou con fuerza contra su pecho mientras rodaba durante varios metros por el camino. Se puso de pie apresuradamente en cuanto se detuvo, buscando desesperadamente a Sango.
No estaba por ninguna parte. El abismo se hizo más grande a la vista de Kagome.
—¡Sango! —gritó, dándose cuenta con frío horror de que su amiga la había liberado del vacío a sus expensas.
Shippou le tiró con brusquedad del pelo mientras se disponía a ir tras la taiji-ya.
—¡No puedes! —soltó—. ¡Ya casi estamos, puedo sentirlo! ¡Venga!
Kagome vaciló, su corazón se retorció en su pecho mientras devolvía la mirada al llameante agujero. Con un gruñido de frustración que era medio un grito, giró sobre sus talones, volviendo a partir por el pasillo mientras el abismo se cernía justo detrás de ella.
Corrió con todas sus fuerzas, con los pies retumbando contra la pasarela. El abismo ahora parecía extenderse con más rapidez, apenas a un palmo tras ella mientras corría. Casi resbaló varias veces, consiguiendo mantenerse justo por delante de las piedras mientras colapsaban detrás de ella. Si pudiera encontrar el centro, podría liberar a Sango y a los demás…
—¡Ahí! —gritó Shippou, señalando justo delante.
Un gran árbol se alzaba imponente en el centro de la pasarela, lo suficientemente grande como para rivalizar en tamaño con el Goshinboku. Kagome gritó con alivio, haciendo un sprint con lo que le quedaba de energía.
Estiró una mano, rozando el tronco con las puntas de los dedos justo cuando se derrumbó el suelo que tenía debajo. Experimentó un momento de extraña ingravidez antes de gritar cuando se vio lanzada a la oscuridad.
Solo para aterrizar sobre una masa suave, esponjosa y ligeramente crujiente, con su cuerpo curvado de forma protectora alrededor del kitsune que tenía en brazos.
Kagome yació quieta durante largos momentos, con los ojos fuertemente cerrados y los oídos llenos del sonido de su propio pulso. Abrió los ojos lentamente, parpadeando en la penumbra que la recibió.
—¿Shippou-chan? —dijo—. ¿Estás bien?
Él contestó con lo que sonaba a confirmación, aunque el sonido estaba ahogado contra su pecho. Kagome se estiró y él se liberó de ella, exhalando un suspiro de alivio.
—Estoy bien —dijo, levantando la mirada hacia ella mientras se incorporaba—, pero no sé dónde estamos.
Kagome tampoco lo sabía. La suavidad sobre la que habían caído parecía ser una cama de una mezcla de musgo, marga y hojas muertas. Sobre ellos había un agujero de tamaño considerable, con la luz bajando por él para iluminar la propia cama. Estaba demasiado oscuro como para distinguir nada más allá del círculo de luz.
—Es injusto —anunció una voz desde algún lugar a su izquierda, provocando que ambos se sobresaltaran—. Contrató a un kitsune para que la ayudara. Voto por una descalificación inmediata.
Kagome se dio cuenta de repente de que, aunque todavía había presión en su sentido espiritual, no era la presión obstructora y desorientadora que había sentido antes. Ya no estaba nublada por densas capas de youki, sino que estaba llena de cientos de youki distintos. Los rodeaban, ocultos en la oscuridad. Kagome se esforzó por ver, acercándose más a Shippou, aunque no podía sentir malicia alguna.
Pero se volvió innecesario un momento más tarde, cuando docenas de kitsune-bi se iluminaron, elevándose para reunirse en el techo e iluminar la sala. Kagome parpadeó, levantando una mano para protegerse los ojos contra la repentina luminosidad mientras observaba.
Estaban en una espaciosa madriguera bajo tierra, las paredes estaban compuestas de tierra muy compacta y del alto techo sobresalían raíces de árboles. Gran parte del suelo estaba cubierto con las mismas hojas y marga que formaban la cama sobre la que habían aterrizado y Kagome pudo ver varios túneles por la sala que probablemente conducían a otros aposentos.
Los youkai que Kagome estaba sintiendo estaban por todas partes, cientos de kitsune de varios tamaños y cantidades de colas. Le impresionaba ver cuánto se parecían a Shippou en color. Podría haberse adelantado fácilmente de entre el grupo y haber afirmado que eran su familia.
—Secundo la moción de descalificación —intervino una segunda voz, un kitsune macho con cuatro colas—. Ha obligado a uno de los nuestros a ayudarla. Eso es claramente hacer trampa.
—¿Trampa? —repitió Kagome, mirando hacia él—. Por favor, he perdido a mis amigos y necesito hablar con su…
—Solo porque seamos bromistas no quiere decir que le hagamos compañía a mentirosos y tramposos —aportó una kitsune hembra con tres colas airadamente.
—Quitadle al chico —ordenó la voz que había hablado en primer lugar, una hembra con siete colas—. No vamos a dejar que la corte se aproveche de los nuestros. Y volved a dejarla fuera. Veamos si tiene una oportunidad de ganarse una audiencia por su cuenta.
Varios kitsune se adelantaron, uno de ellos agarró a Shippou. Él abrió los ojos como platos y se retorció frenéticamente contra el agarre del hombre.
—¡Esperen! —gritó Kagome, lanzándose para recuperarlo.
Dos kitsune la agarraron por los brazos, obligándole a ponerlos detrás de su espalda y alejándola.
—¡Esperen, por favor! ¡Yo no…!
—¡Sujetadla!
—¡Au, me ha mordido!
—Cogedla por el…
—¡Kagome! ¡Kagome!
—¡Shippou-chan! ¡Por favor, no pueden llevárselo! Shippou-chan es mi…
—¡Kagome es mi mamá!
El grito de Shippou resonó en la cámara, silenciando el caos que había manado. Los fulminó a todos con la mirada, los ojos verdes brillaban por las lágrimas. El agarre del hombre que lo sostenía se aflojó y se soltó, moviéndose rápidamente hacia el lado de Kagome para agarrarse con fuerza a su traje.
—¿Tu madre? —repitió la hembra de siete colas con incredulidad.
—Mi mamá —repitió Shippou tercamente, dirigiéndole una mirada desafiante—. Mis padres murieron y ahora Kagome cuida de mí. No me secuestró ni me obligó a nada. ¡Y no podéis quitármela!
La mujer parpadeó, moviendo los ojos de Shippou a Kagome y viceversa mientras sopesaba esto. Frunció el ceño.
—Parece que he malinterpretado la situación —dijo lentamente—. Me disculpo. Por favor, soltadla.
Los dos hombres que la agarraban le soltaron los brazos. Se arrodilló y Shippou saltó a sus brazos, aferrándose a su cuello. Kagome lo rodeó con los brazos, frunciendo el ceño débilmente en dirección a la mujer. Estaba llegando al final de su umbral para esta clase de sinsentido.
—Quiero ver ahora mismo a mis compañeros —dijo con firmeza, encontrando la mirada de la mujer mientras se levantaba.
—Puedo prometerte que están a salvo. Los liberaste cuando rompiste la ilusión —contestó la mujer—. Primero iremos a ver al líder del clan. Te has ganado justamente el derecho. Ven.
Le hizo una seña, girándose y avanzando hacia uno de los túneles. La multitud de kitsune entre ellos se dispersó, permitiéndole el paso a Kagome.
Ella parpadeó, quedándose quieta por un momento. ¿Todo ese esfuerzo y ahora simplemente se la conducía hasta el líder del clan? Era difícil no ser cauta con ellos, especialmente después de que hubieran intentado quitarle a Shippou hace tan solo unos instantes.
Frunció el ceño, apretando los brazos alrededor del niño mientras la seguía. No había nada que hacer. No podía permitirse enfadarlos, ya que era improbable que se le fuera a permitir ir a buscar a sus amigos y escapar por su cuenta. Lo mejor que podía hacer era mantener la guardia alta contra más trucos.
La mujer la miró por encima del hombro mientras la conducía por el túnel, el kitsune-bi se iluminaba sobre sus cabezas a medida que avanzaban.
—Lamento el malentendido —dijo—. Aunque tienes que admitir que la corte no es conocida por su benevolencia.
Kagome se quedó callada, no estaba de humor para responder. Pero se le ocurrió algo.
—¿Cómo sabía que vengo de la corte?
—¿Crees que no lo notamos cuando cruzaste la barrera por primera vez? —contestó la mujer, arqueando una intensa ceja mientras la miraba—. Esa barrera lleva ahí más tiempo que al menos tres veces tu edad. Todos estamos conectados a ella. Te estuvimos observando desde el momento en que la cruzaste.
—¿Se refiere a la segunda ilusión? —dijo Kagome, mirándola con un poco de resentimiento.
Ella asintió, escogiendo ignorar la ligera cólera de Kagome.
—Generalmente, la primera barrera funciona lo suficientemente bien —explicó—. Pero cuando no lo hace, funciona como un buen truco para esconder la segunda ilusión. Todo el mundo asume siempre que un truco debe ocultar la verdad. Aunque, en ocasiones, un truco simplemente esconde otro truco. Eso es lo que hace la vida tan divertida.
Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba de una forma que era puramente vulpina. Kagome profundizó su frunce.
—Lo lamento si no comparto su diversión —dijo—. Simplemente deseaba una audiencia con el líder de su clan.
—Y la tendrás —respondió la mujer con tono monocorde—. Es más, te la has ganado. ¿No es eso mejor? Así es simplemente cómo hacemos las cosas. Nos interesan muy poco los asuntos del mundo de fuera de nuestro clan. No los necesitamos. Si deseas obtener nuestra atención, te la ganas. Nuestras ilusiones son pruebas. Si puedes pasarlas, vale la pena prestarte atención. Además, son muy entretenidas.
Amplió la sonrisa, moviendo las colas alegremente. Kagome frunció el ceño, pero para sus adentros estuvo de acuerdo a regañadientes con lo que decía. Si les bastaba con ellos mismos, no había motivos para arriesgarse a tratar con el mundo exterior. Tenía sentido que esperasen que los de fuera se ganasen su reconocimiento. Después de pasar por todo aquello, Kagome tenía toda la intención de reclamar lo que se había ganado.
Llegaron al final del túnel y la mujer giró a la izquierda, Kagome la siguió. Entraron en un segundo túnel, más corto, y luego en un tercero y un cuarto, serpenteando de forma que Kagome perdió todo el sentido de la orientación. Sintió una rápida punzada de pánico, dándose cuenta de que no tenía ni idea de cómo volver a donde habían aterrizado.
Al fin llegaron a una cámara, esta estaba ya iluminada con varias esferas de kitsune-bi antes de que entraran. La habitación era aún más espaciosa que la primera en la que habían estado, amueblada principalmente con una tarima elevada. La misma tarima elevada que habían visto cuando habían entrado en la ilusión del castillo, se dio cuenta Kagome.
Sentado encima estaba un kitsune macho más anciano, su pelo y su pelaje se habían vuelto completamente plateados con la edad. Las nueve colas estaban abiertas en abanico detrás de él, una sonrisa traviesa se cernió en las comisuras de su boca al verlos entrar. Extendió las manos en gesto de bienvenida, con unos ojos verdes brillantes.
—Y aquí está el entretenimiento de hoy —dijo, el júbilo burbujeaba bajo cada sílaba—. Felicidades. Os habéis ganado vuestro tiempo conmigo. Por favor, adelante.
Kagome hizo una profunda reverencia, dejando a un lado cualquier irritación por el momento. A decir verdad, estaba un poco impresionada al verle. Es probable que la mayoría de los espiritistas se pasaran todas sus vidas sin ver nunca a un kitsune de nueve colas. Hacían falta siglos, más de lo que muchos youkai podían sobrevivir, para adquirir la novena cola y había rumores entre los espiritistas de que la novena cola solo podía ser otorgada mediante un encuentro directo con uno de los kami.
—Siéntate, por favor —dijo, indicándole que se adelantase—. Tú también, Kumiko. Gracias por traerlos.
La mujer de siete colas, Kumiko, le hizo una reverencia, avanzando para tomar su lugar en uno de los diversos cojines esparcidos ante el trono. Kagome hizo lo mismo, dejando a Shippou en un cojín a su lado. El líder del clan lo miró, arqueando una ceja.
—¿Y cómo es que tienes a uno de nuestros zorreznos? —dijo con una expresión ligeramente más solemne.
—Kagome es mi mamá —dijo Shippou apresuradamente, a la defensiva tras lo que acababa de pasar.
—¿Su madre? —dijo el líder del clan, mirando hacia Kagome.
—He estado cuidando de Shippou-chan desde que perdió a sus padres —dijo Kagome, inclinando la cabeza.
El líder de clan la sopesó durante un largo momento antes de asentir. Hizo un gesto con la mano.
—Adelante, entonces —dijo—. Te has ganado la audiencia que tanto ansiabas. Haz uso de ella.
Kagome asintió, entrelazando las manos en su regazo.
—He venido de la corte con la esperanza de pedirle un favor —comenzó, enderezándose mientras lo miraba a los ojos—. Soy muy consciente, por supuesto, de lo poco inclinados que se sienten a tener nada que ver con la corte. Espero, no obstante, que al menos considere lo que tengo que decir.
—Estoy dispuesto a considerar cualquier cosa si es lo suficientemente interesante —contestó el líder del clan, con los colmillos asomando sobre su labio inferior mientras regresaba su sonrisa relajada.
Kagome curvó una comisura de su boca ligeramente hacia arriba.
—Bueno, supongo que estamos ambos de suerte, entonces —dijo—. En todo lo que le falta de probabilidad, mi propuesta lo compensa en interés.
Lo miró directamente a los ojos, extendiendo las manos abiertas ante ella.
—Es el gran deseo del Tennō-sama, y mi misión, unir a toda nuestra nación en paz y prosperidad —dijo con firmeza.
Las cejas del líder del clan, más blancas que la nieve, se alzaron con incredulidad, pero sus ojos se iluminaron más mientras la estudiaban.
—Si alguna vez he oído de una causa noble, es esa —comentó.
—Lo es —concordó Kagome, asintiendo—. Pero es una por la que Su Majestad y yo estamos dispuestos a renunciar a todo. O lo logramos o caeremos en el intento.
—Has demostrado suficientemente tu determinación al conseguir llegar hasta mí —dijo el líder del clan, moviendo una mano—. No hay necesidad de que me convenzas de ello. Y puedo suponer con facilidad que has venido en busca del apoyo de mi clan en esta empresa, así que también puedes saltarte eso. Vayamos a otra parte interesante de ello. ¿Qué es lo que obtendrá mi clan a cambio de aceptar apoyar al Tennō-sama en esta gran ambición suya?
Kagome parpadeó, vacilando. Había esperado tener a Kouga con ella cuando llegase el momento de reunirse con los clanes youkai. Él comprendía sus intereses y su funcionamiento mejor que ella, y había esperado que, hablar con ellos de líder de clan a líder de clan, ayudaría a su causa. Pero parecía que estaba sola en esto.
La verdad era que el clan kitsune, a diferencia de las aldeas, no iba a ganar mucho con aceptar servir al Tennō. Ya eran capaces de protegerse a sí mismos y no tenían una aparente necesidad de una provisión adicional de alimento. Ciertamente no necesitaban un espiritista que se ocupase de ellos. Salvo por la promesa de apoyo de la corte en caso de que llegaran tiempos difíciles, había poco que Kagome pudiera ofrecerles.
Pero sabía, al mirar a su rostro y tras pasar un juicio como el que acababa de pasar para llegar a él, que una lista de razones prácticas no la llevaría a ninguna parte. No, aquí se necesitaba algo más.
Respiró hondo, cuadrando los hombros y ofreciéndole una sonrisa. Era el momento de arriesgarse.
—Nada —pronunció, encogiéndose de hombros—. No le ofrezco nada.
—¿Nada? —repitió el líder del clan, enderezándose más con sorpresa—. ¿No me ofreces nada?
Kagome asintió, obligándose a sonreír más ampliamente mientras seguía adelante con la estratagema.
—Exacto —dijo—. Tanto usted como yo sabemos perfectamente que, en el aspecto material, no hay nada que pueda ofrecerle que su clan no posea ya. Aunque…
—¿Aunque? —recogió cuando ella se interrumpió, con los ojos clavados ávidamente en ella.
Kagome vitoreó internamente. Tenía su interés.
—Bueno —dijo, arrastrando la palabra con cuidado—, hay algo que la libertad para entrar en la corte a placer le proporcionaría en abundancia.
Hizo una pausa, encontrando su mirada a sabiendas. Él se movió con inquietud, inclinándose hacia delante.
—¿Y eso sería…? —presionó.
—Hay una cosa que a la corte no le faltará nunca —dijo Kagome, sosteniendo en alto un solo dedo en su dirección—, y eso es gente. Gente que esté siempre receptiva a un espectáculo. Gente que esté prácticamente rogando que la engañen.
Ladeó la cabeza, alzando las cejas sugerentemente. Una sonrisa se extendió lentamente sobre el rostro del líder del clan al entender lo que quería decir.
—Entonces ¿nos estás invitando a gastarles bromas a tus compatriotas en la corte? —dijo, la diversión teñía su voz.
—Les vendría bien un poco de movimiento de vez en cuando —contestó con sencillez.
—Y es divertido —añadió Shippou—. Son muy fáciles de engañar.
Kagome miró al niño, preguntándose qué había estado haciendo exactamente en la corte cuando ella no estaba. Pero devolvió su atención rápidamente al líder del clan, ansiosa por evaluar su respuesta.
Su sonrisa seguía en su sitio mientras pasaba la mirada de Shippou a ella y viceversa, sopesándolo. Finalmente, se levantó, las colas se movieron tras él mientras descendía de la tarima para ponerse ante ellos.
—Me gustas —dijo con sencillez, bajando la mirada al rostro de Kagome—. Sin embargo, que me gustes difícilmente justifica comprometer a mi clan a algo de esta magnitud.
Kagome sintió que se le desencajaba la expresión. Parpadeó, bajando la mirada al suelo bajo sus pies en forma de patas.
—Oh… —dijo, desconcertada.
El líder del clan se arrodilló a su nivel. Kagome lo miró a los ojos a regañadientes. El líder del clan sonrió, sus ojos eran casi insoportablemente brillantes a una distancia tan corta.
—Al menos —dijo, con tanta calidez en su voz que casi pudo sentirla como algo físico—, no sería suficiente para otra persona. Yo, sin embargo, soy un kitsune y mi clan es un clan de kitsune. El capricho y la predisposición es más que suficiente para nosotros.
Kagome se lo quedó mirando, abriendo los ojos como platos.
—¿Q-Qué?
El líder del clan se rio, el sonido sonó como un pequeño gañido.
—Has atravesado nuestras ilusiones sin atacar ni una sola vez —dijo—. Eres lo suficiente aguda para jugar con nuestros intereses al ofrecerme una corte llena de víctimas para nuestros trucos. Y has llegado tan lejos como para acoger a uno de los nuestros cuando no te habría obligado ninguna ley humana. En resumen, te encuentro altamente interesante. Y, como he dicho, el interés lo es todo. Por supuesto, no haré ninguna promesa sin hablar primero con el resto de mi clan.
Se alzó en toda su altura una vez más.
—Espera aquí un rato con Kumiko —instruyó, girándose para ir hacia uno de los túneles—. Volveré cuando haya hablado con ellos. Kumiko, dales algo de comer mientras esperáis.
Kumiko hizo una reverencia en reconocimiento y el líder del clan salió de la cámara. Kagome se quedó mirando mientras se iba, incapaz de creer lo que acababa de oír.
—Ganará su aprobación —dijo Kumiko y Kagome se volvió hacia ella—. Mientras vean que le gustas, estarán de acuerdo. Confiamos en él. Es un nueve colas, después de todo.
Miró a Shippou que, tomando la salida del líder del clan como permiso para hacer lo que quisiera una vez más, se había encaminado hacia el regazo de Kagome.
—¿Cuál era tu nombre, pequeño? —preguntó.
—Shippou —respondió el niño, acomodándose contra Kagome.
—¿Y cuántos años tienes?
—Veintisiete años y medio —dijo Shippou con aire de orgullo, levantando la barbilla.
—Todavía muy joven —comentó Kumiko y Shippou frunció el ceño—. Dime, ¿cuánto pudieron enseñarte tus padres de nuestras artes antes de que fallecieran?
Shippou parpadeó, ladeando la cabeza. Frunció el ceño mientras lo sopesaba por un momento.
—Lo suficiente —respondió, encogiéndose de hombros.
—Entonces ¿no quieres aprender más? —preguntó Kumiko, lanzándole una mirada a Kagome.
Shippou volvió a encogerse de hombros.
—Supongo —dijo.
Kumiko dirigió su mirada completamente hacia Kagome.
—Estoy de acuerdo con el líder del clan —le dijo—, me gustas. Y le mostraste mucha bondad al niño al acogerlo bajo tu cuidado. Pero ¿no crees que le iría mejor estando entre los de su misma especie? Hay un límite en lo que puedes hacer por él como humana. Hay muchos que cuidarían de él aquí.
Kagome la miró durante un largo momento, desconcertada.
—Shippou-chan es está bajo mi tutela —dijo finalmente, frunciendo el ceño—. Le prometí que cuidaría de él.
—Entiendo tu apego —concedió Kumiko, inclinando la cabeza—, pero te sugiero que consideres también lo que es mejor para el niño. Los humanos y los youkai son criaturas ampliamente diferentes. Tal vez las cosas estén bien ahora, pero cuando crezca descubrirás que os entendéis cada vez menos. Hay límites que no pueden cruzarse, ¿sabes?
Se alzó antes de que Kagome pudiera formar una respuesta, haciéndoles una reverencia.
—Si me disculpáis, iré a buscaros algo de comer —dijo.
Desapareció por uno de los túneles adyacentes, dejándolos a solas. Shippou se giró en el regazo de Kagome, levantando la mirada hacia ella con ojos afligidos.
—No quiero quedarme aquí —dijo negando con la cabeza—. Quiero quedarme contigo. Lo prometiste, Kagome.
—Shippou-chan… —dijo en voz baja.
Se lo había prometido. Y no quería más que mantenerlo a su lado, cuidar de él y asegurarse de que crecía bien. Shippou era suyo. Los kami los habían unido desde el momento en que se habían conocido. No era un vínculo que se rompiera tan fácilmente.
Pero tenía que pensar primero en él. Kumiko no se equivocaba. Había ciertas cosas que simplemente nunca iba a ser capaz de enseñarle. Nunca sería una de los suyos y puede que llegase el día en que se resintiera con ella por eso. Si el clan Kitsune del norte podía proporcionarle lo que ella no podía…
—¡Kagome! —gritó Shippou, observando el cambio en su expresión.
Ella hizo una mueca.
—Shippou-chan, por favor —dijo suavemente—. Kumiko-san tiene razón. Hay cosas que simplemente no puedo enseñarte. Por favor, piensa en ello por un momento. Aquí te cuidarían. Estarías entre los de tu misma especie y…
—¡Eso no me importa! —gritó el niño, las lágrimas le picaban en el rabillo del ojo—. ¡Es una estupidez y no me importa! ¿Por qué quieres dejarme, Kagome? ¿No te he ayudado? ¡Seré bueno, lo prometo! Seré bueno para siempre, ¿vale? Simplemente no… no me dejes…
Le tembló el labio inferior peligrosamente mientras se lo mordía, unos colmillos diminutos se enterraron en la piel. Y aun así se le derramaron las lágrimas, bajando por sus mejillas.
—Oh, no… Shippou, no, nunca…
Kagome se estiró, rodeándolo con los brazos. A él le entró el hipo, contuvo un sollozo y presionó su rostro contra su hombro. Sus pequeñas manos se curvaron sobre la tela de su traje, aferrándose a ella desesperadamente.
—No es eso en absoluto, Shippou —murmuró contra su pelo, con el corazón encogiéndosele en el pecho—. Nunca intentaría deshacerme de ti. Te amo. Y es porque te amo que quiero lo que es mejor para ti, incluso si eso significa que no pueda estar contigo. Quiero que estés con gente que pueda comprenderte…
—Si me amas, ¿por qué importa? —murmuró Shippou contra su hombro—. Bueno o no. No me importa. Si amas a alguien, lo amas, ¿verdad? Sin importar de qué especie sea, ¿verdad? Así que no importa, youkai o humano. Solo quiero quedarme contigo.
Kagome parpadeó, sorprendida ante la simple verdad de sus palabras. Fuera lo que fuera que el clan Kitsune del norte pudiera ofrecer a mayores, sabía sin la más mínima duda que nadie podría amar al niño más que ella. Y era a ella a quien él había elegido para amar después de que sus padres hubieran fallecido. ¿Quién era nadie para cuestionar eso? ¿Quién podía decir que esos vínculos de afecto no bastaban?
—Tienes razón, Shippou-chan —dijo en voz baja, levantando una mano para acariciarle el pelo—. Te lo prometí y te amo. Permaneceremos juntos todo el tiempo que tú quieras, ¿de acuerdo?
Él murmuró algo ininteligible contra su hombro y se apretó más contra ella. Kagome lo abrazó con más fuerza, jurándose en silencio que lo amaría y que cuidaría de él tanto como lo haría cualquier padre.
Kumiko tenía razón. No mucho después de que hubiera regresado con comida, el líder del clan llegó con la noticia de que el clan había aprobado su sugerencia. Kagome, tanto complacida por escuchar eso como ansiosa por que le devolvieran a sus amigos, le explicó rápidamente todos los detalles antes de solicitar que se les permitiera partir. El líder del clan concedió su deseo con buen humor, perfectamente consciente de lo que podía suponer experimentar sus ilusiones para quienes no estaban acostumbrados a ellas.
Una vez que el grupo estuvo reunido y se les dieron explicaciones a todos, los escoltó al exterior el mismísimo líder del clan. Fue capaz de abrirles la barrera y les deseó que les fuera bien antes de sellarla tras ellos.
Nadie tenía muchas ganas de discutir lo que les había pasado en los confines de la ilusión. Algunos de los hombres entre los taiji-ya que habían sido separados del grupo al principio parecían particularmente agitados. A pesar del éxito de la misión, todos estaban contentos con que a la mañana siguiente fueran a partir una vez más.
Tras dejar las tierras del clan kitsune atrás, continuaron hacia el norte siguiendo el río en busca de las aldeas. Se encontraron con varias situadas en las orillas, o cerca de ellas, antes de llegar al afluente. Expresaron diversos niveles de recelo e incluso ira ante la llegada de Kagome y sus compañeros, pero con paciencia, perseverancia y explicaciones tanto por parte de Kagome como de Haru, fueron capaces de ganarse a todas menos a tres.
El grupo decidió continuar dirigiéndose hacia el norte. Kouga les informó de que allí era donde se decía que estaba el clan Bakeneko del norte, aunque había pasado bastante tiempo desde que los habían visto por última vez y Sango sabía de varias residencias de clanes que posiblemente tendrían aldeas anexionadas por la zona. También les serviría para acercarse más a Hokkaido, donde había varios puertos comerciales en los que Sango tenía las miras puestas.
Mientras viajaban, los pensamientos sobre Inuyasha continuaron plagando a Kagome con una frecuencia que la asombraba tanto como la dejaba descorazonada. Parte de ello, por supuesto, tenía que ver con lo que le había mostrado la barrera de los kitsune. Que esa hubiera sido la primera imagen que había conjurado su corazón… que se hubiera ilusionado tanto en ese breve instante al verle…
Aun así, a pesar de todo ello, retomó lentamente su rutina nocturna de mirar su enlace. Solo vistazos, breves ojeadas únicamente con el propósito de asegurarse de que estaba a salvo. Afortunadamente, servía para calmar un poco sus pensamientos, en lugar de agravarlos, como había temido, y se dio cuenta de que al menos parte de ello era simplemente preocupación por su bienestar. Al menos estaba equipada para lidiar con la preocupación.
El resto de sus pensamientos conseguía controlarlos buscando a Kouga, aunque generalmente estaba a su lado y en realidad tenía poco que buscar. No era el conversador más brillante que hubiera conocido nunca, pero en virtud de su posición dentro de su clan, tenía muchas historias que contar.
Kagome se dio cuenta de que, para ser alguien al que ahora consideraba un amigo y a quien esperaba ver como interés romántico, sabía extraordinariamente poco sobre él. De alguna extraña forma, le daba esperanza.
Sus historias eran generalmente interesantes, aunque estaban torpemente narradas, y era una distracción decente durante largos tramos de cabalgada. Cuanto más aprendía sobre él, más era capaz de apreciarlo. Por encima de todo, se preocupaba por su clan y eso era algo que Kagome podía entender. Ella se sentía igual en cuanto a su aldea y a su familia.
Él pareció recuperar algo de la confianza que había perdido al ver que lo buscaba. A ella le resultaba extraño darse cuenta de que, a pesar de todo lo que había pasado entre ellos, la verdad era que se llevaban bastante bien. Era cómodo. Le daba esperanza.
Observar a Sango y a Miroku le ofrecía otra suerte de distracción, aunque era bastante exasperante. Miroku era prácticamente igual a como había sido siempre: jovial, con el hábito de tocar o mirar en momentos inadecuados, y afable con cualquier mujer que entrase en sus alrededores. Sango, por otro lado, estaba empezando a retraerse un poco.
Parecía haber perdido algo de su confianza después de que sus avances iniciales hubieran fracasado a la hora de causar una impresión notable en el houshi. Hasta cierto punto, Kagome no podía evitar sentir que Miroku lo sentía en ella, la buscaba cuando ella no acudía a él. Aun así, eso era lo más lejos que se atrevía a ir.
Kagome solo podía quedarse mirando, sintiéndose bastante inútil. En ocasiones, intentaba animar a Sango para que no se rindiera todavía, que siguiera un poco más allá, pero era consciente de lo débiles que eran las palabras provenientes de alguien que intentaba renunciar a sus propios sentimientos. Si sus amigos de verdad estaban decididos a huir de sus sentimientos, ¿qué derecho tenía ella a decir nada al respecto?
—¿Quién sabe? —dijo Kouga con un encogimiento de hombros—. Nadie lo recuerda, en realidad, pero todos piensan que esa aldea es en donde sus amos solían vivir antes de que fueran aniquilados. Nadie está seguro de si fueron ellos o no los que los asesinaron.
—Entonces ¿cabe la posibilidad de que intenten atacarnos? —dijo Sango frunciendo el ceño.
Habían llegado a la ubicación de donde se decía que estaba la residencia del clan Bakeneko del norte tras media semana de viaje. La noche anterior habían montado el campamento cerca de la aldea en la que Kouga creía que residían, aunque lo suficientemente lejos como para que no los localizasen antes de que así lo escogieran. Ahora Sango los había reunido a todos, intentando disponer alguna suerte de estrategia para prevenir contratiempos como el que había ocurrido con los kitsune.
Kouga volvió a encogerse de hombros.
—Es más que probable —dijo—. Su clan está más cerca del mío que muchos de los demás grandes clanes en naturaleza y sé que nosotros atacaríamos a cualquiera que pusiera un pie en nuestro territorio.
Sango estaba en silencio, con expresión calculadora mientras su mirada se dirigía hacia el mapa que estaba extendido entre ellos. Tocó la ubicación de la aldea fantasma en el mapa antes de pasar el dedo sobre la zona circundante.
—La aldea está situada sobre una cuesta —dijo—. Toda la tierra circundante parece ser una llanura, lo que significa que tendrán ventaja sin importar qué ángulo escojamos para acercarnos. Seríamos altamente vulnerables a un ataque.
Un murmullo llegó de algún lugar entre el grupo. Los ojos de Sango, Kagome y Miroku se volvieron simultáneamente hacia el sonido, recayendo sobre uno de los hombres taiji-ya. Él les devolvió la mirada con una torva propia.
Sango se enderezó, atravesándolo con la mirada.
—¿Hay algo que quiera decir, primo? —dijo.
El hombre se enderezó en toda su altura, con gesto de desafío en la testaruda posición de su mandíbula.
Su nombre era Tachibana Gorou, el quinto hijo de una rama bastante menor del clan Tachibana, por lo que podía recordar Kagome. Siempre había sido un tipo de aspecto bastante taciturno, pero había estado especialmente malhumorado desde que habían salido de las tierras del clan kitsune. Cada vez que Kagome lo miraba, resultaba estar taciturno o murmurándoles algo a los otros hombres de los taiji-ya.
Kagome había sentido su creciente descontento, pero no había sabido cómo abordarlo y había estado reacia a arriesgarse a parecer que estaba usurpando la autoridad de Sango al intentar confrontarlo. Aunque ahora parecía que todo llegaría a su punto crítico.
—Solo decía, prima —dijo Gorou, la palabra pareció una maldición cuando la pronunció—, que espero que esta misión se dirija con más éxito que la última.
Sango apretó la mandíbula momentáneamente, el insulto había aterrizado de forma evidente. Gorou sonrió ligeramente con satisfacción.
—Por lo que recuerdo —intervino Miroku con voz tranquila, a pesar de la dureza de sus ojos oscuros—, nuestra última misión fue un éxito y fue en gran parte gracias a la valentía de Sango-sama.
Kagome asintió vehementemente en conformidad. Sango le lanzó al houshi una mirada de agradecimiento antes de que sus ojos volvieran a Gorou. Él frunció el ceño, primero en dirección a Miroku y luego en dirección a Sango.
—¿Un éxito, dice? —dijo casi con desprecio, sus labios descubrieron sus dientes—. ¿Así le llama a que permitiera que nos metiéramos de lleno en sus ilusiones? ¡Eiji y yo estuvimos atrapados en una habitación en la que pensábamos que unos tigres nos iban a destrozar! ¿Y le llama éxito solo porque resultamos escapar con vida?
Sango se encogió, su rostro palideció antes de colorearse intensamente. Si era con ira o vergüenza, Kagome no lo sabía, pero había abierto la boca para atacar verbalmente en defensa de su amiga antes de que pudiera detenerse. Miroku, sin embargo, se le adelantó una vez más.
—Y yo que tenía la impresión de que a los taiji-ya se les entrenaba para conducirse con elegancia en situaciones peligrosas, no para quejarse de lo asustados que estaban —contestó Miroku, endureciendo el tono ligeramente—. ¿O es simplemente que se siente justificado al criticar a Sango-sama por alguna otra razón que no quiere decir?
Gorou torció el gesto, entrecerrando los ojos en dirección al houshi.
—¡Me siento justificado porque la misión fue un desastre! —soltó—. ¡Y porque hará otro desastre de esta! ¡No está hecha para dirigir! ¡No tiene ni la mitad de entrenamiento o experiencia que tienen cualquiera de los otros hombres que hay aquí! ¡Incluso ahora se esconde detrás de usted, un hombre, porque ella no puede…!
—¡Basta! —gritó Sango, bajando la mano con fuerza contra el mapa.
Miró al grupo, con sus facciones tensas, y se hizo el silencio. Volvió la mirada hacia Gorou, con el rostro todavía profundamente sonrojado por la agitación.
—Miroku-sama me defiende como amigo, primo —dijo—, pero soy más que capaz de atender sus preocupaciones por mí misma, por groseramente que me las lance.
Gorou se sonrojó débilmente, pero le sostuvo la mirada con testarudez.
—Concederé que la misión de los kitsune se manejó pobremente por mi parte —continuó Sango con mayor ecuanimidad—. Aunque terminó en éxito, asumí demasiados riesgos para conseguirlo. Me adentré sabiendo muy poco. No volveré a cometer el mismo error y me disculpo por someterles a más riesgos de los necesarios.
Sango inclinó la cabeza ante los taiji-ya, aunque el gesto era ligeramente rígido. Una débil sonrisa jugueteó en las comisuras de la boca de Miroku mientras la observaba, el orgullo iluminaba sus ojos de forma inconfundible. Kagome parpadeó, sorprendida ante la elección de estrategia de su amiga.
Salvo por su hermano, Sango superaba fácilmente en rango a cualquiera de los taiji-ya de allí por su estatus dentro del clan Tachibana. Incluso si no la hubieran nombrado líder de la guardia de Kagome, se habría esperado que defirieran con ella en ciertas cuestiones. Pero no estaba aseverando su rango para forzar su deferencia. Se estaba mostrando humilde ante ellos.
Gorou frunció el ceño, una pizca de vacilación asomó a sus facciones.
—En cuanto a la preocupación que ha expresado sobre mi inexperiencia —continuó Sango—, también concedo ese punto. En comparación con los hombres del clan, sí que me falta experiencia. Y me falta experiencia debido a los hombres de este clan. Sabe tan bien como yo que a las mujeres rara vez se las envía en misiones cuando hay hombres disponibles para enviar en su lugar. Sin embargo, he estudiado y entrenado más duro que nadie desde que era pequeña. Y si es necesaria una prueba de mis habilidades para dejarles tranquilos a todos ustedes en relación con mi liderazgo de una vez por todas, estoy más que dispuesta a proporcionarla.
El grupo estuvo en silencio un instante, mirándose los unos a los otros con vacilación.
—¿Cómo? —se atrevió a preguntar Gorou finalmente, receloso.
Sango cuadró los hombros, levantando ligeramente la barbilla.
—Llevaré a cabo esta misión con los bakeneko yo sola —dijo.
—¡Sango-chan! —soltó Kagome, incapaz de morderse la lengua.
—Sango-sama —dijo Miroku casi al mismo instante—. Aunque es una ambición loable, no puedo…
—No puede objetar —interrumpió Sango, pero no de forma desagradable—. Usted está bajo mis órdenes tanto como ellos, Houshi-sama.
Él la miró durante un largo momento, sin enmascarar la preocupación de su rostro. Ella le ofreció una pequeña sonrisa antes de volverse hacia Gorou.
—¿Y bien? —insistió.
—Acepto —dijo él sin reparos—. Complete la misión y no oirá nada más por mi parte hasta que volvamos a la corte.
—Entonces está decidido —dijo Sango con aire de finalidad para prevenir más discusiones—. Comenzaré con los preparativos de inmediato. Mientras tanto, me gustaría que usted trazase nuestra ruta hasta las residencias de clanes más próximas. Iremos a por las aldeas anexionadas en cuando hayamos terminado aquí.
Gorou vaciló un momento antes de asentir.
—Bien —dijo con un poco de sequedad—, pero necesitaré pruebas de su éxito antes de recibir otra orden más de usted.
Sango asintió. Los taiji-ya recogieron el mapa y se retiraron al otro lado del campamento para empezar a trazar la ruta, Noriko y Tomiko le lanzaron a Sango miradas de disculpa mientras se iban.
Casi tan pronto estuvieron lo suficientemente lejos como para que no los oyeran, Miroku se volvió hacia Sango, con la boca formando una severa línea.
—Eso ha sido sumamente estúpido —dijo, la cólera sin disfrazar, de un modo que era extraño en él.
—¿No cree que sea capaz de hacerlo? —soltó Sango en respuesta, su temperamento se encendió rápidamente, ahora que había pasado la necesidad de mantener la cabeza fría.
—Creo que lo sugirió en un impulso sin tener en cuenta los posibles riesgos —dijo Miroku—. Estos hombres ya están para que les dé órdenes. Déjelos que se quejen entre ellos si quieren. No la desobedecerán.
—¡Tampoco me respetarán! —dijo Sango—. Y lo que quiero es respeto, no su obediencia a regañadientes. Quiero que me reconozcan como su igual, a pesar de mi rango o del hecho de que resultase haber nacido mujer. ¿Por qué me pide que me contente con menos?
Miró a Kagome de reojo, buscando su apoyo. Kagome frunció el ceño, alejando la mirada de la mayor.
—No quiero que te hagas daño, Sango-chan —dijo en voz baja.
Sango frunció más el ceño, la decepción pasó momentáneamente sobre sus facciones antes de que fuera consumida por la ira.
—Bien —resopló, negando con la cabeza—. Dije que lo haría sola y lo haré. No requiero permiso de ninguno de los dos.
Se giró sobre sus talones y se fue enfurecida, probablemente ni ella estaba segura de a dónde iba. Kagome se movió para ir tras ella, pero Miroku la agarró del brazo.
—Es inútil, Kagome-chan —dijo—. He visto esa mirada en su rostro lo suficientemente a menudo. Ahora nada la hará cambiar de opinión.
—No podemos dejar que se vaya sola —protestó Kagome—. Solo los kami saben cuántos youkai hay en esa aldea y lo que podrían hacerle.
—No te preocupes —contestó Miroku, con los ojos todavía fijos en Sango—. Creo que tengo un plan.
El «plan» de Miroku resultó ser menos un plan y más un ejercicio de cómo seguir a alguien sin ser descubierto.
No mucho después de irse ofendida, Sango regresó al campamento y le anunció al grupo que iba a empezar su misión. No se molestó en dar una explicación de cuál era su plan, pero prometió traer una prueba para demostrar su éxito cuando volviese. Gorou y algunos de los demás hombres parecieron profundamente escépticos, pero no hicieron más comentarios.
Sango montó y partió en dirección a la aldea, con sus facciones mostrando determinación. Miroku esperó una cantidad de tiempo apropiada antes de anunciarle al grupo que iba a ir a ver si podía atrapar algo para la cena, dirigiéndole a Kagome una mirada significativa antes de caminar sin prisa en dirección a la pequeña planicie donde estaban pastando algunas de las monturas.
Kagome le tendió a Shippou a Haru para que lo cuidase, inventándose rápidamente la excusa de haber visto algunas hierbas valiosas creciendo en la ribera del río. Los taiji-ya estaban demasiado ocupados con sus propias especulaciones sobre la misión de Sango como para prestarle mucha atención y, afortunadamente, ni siquiera Kouga le pidió acompañarla, pasadas experiencias le habían enseñado que ella le prestaba poca atención mientras se concentraba en recolectar hierbas.
Se marchó tras Miroku, inadvertida, y lo encontró esperando con una de las monturas a mano. Montó y ella se subió detrás de él, ambos se imaginaron que un youkai sería más sigiloso que dos.
—Me siento un poco tonta haciéndolo así —confesó Kagome mientras partían, evadiendo con cuidado el campamento para evitar que los vieran.
—Créeme, Kagome-chan, si hubiera otra opción, la escogería sin reparos —dijo—, pero conozco demasiado bien a Sango-sama como para creer que aceptaría algo que se pareciera a ayuda. Su orgullo nunca se lo permitiría. Tampoco permitiría que los demás taiji-ya pensasen que estamos rompiendo la promesa que les hizo, por descarada que hubiera sido por parte de ella o provocada por la de ellos.
—Entonces, no intervendremos a menos que sea absolutamente necesario, ¿verdad? —dijo Kagome.
Miroku asintió.
—Exacto —dijo—. No intervendremos a menos que la situación se vuelva nefasta. No voy a romper la promesa de Sango-sama, pero tampoco haré que se sacrifique para ganarse el respeto de unos sinvergüenzas.
Kagome estuvo callada por un momento, observando la línea de su espalda mientras montaban.
—¿Cree que Sango-chan puede conseguirlo? —preguntó.
—Por supuesto —respondió Miroku sin un momento de vacilación—. Conozco a Sango-sama desde que los dos éramos pequeños y he visto pruebas de su fuerza, tanto física como cualquier otra, mil veces. Ha trabajado más duro que cualquiera, y ciertamente mucho más que los que están ahí, para volverse tan hábil como lo es ahora. Y aunque me alegro de que al fin parezca lista para obtener un lugar entre los taiji-ya, como siempre ha querido, no quiero arriesgarme con su seguridad.
Detrás de él, Kagome sonrió para sus adentros, en parte ante su evidente actitud protectora y en parte por su respuesta. Ella se sentía igual en cuanto a su amiga, aunque no evitaba que se preocupase por esta misión tan ambiciosa.
Se le ocurrió algo. Se mordió el labio, perfectamente consciente de que no debería entrometerse. Pero ¿cuándo iba a tener otra oportunidad como esta?
—Entonces ¿no le importa que Sango-chan escoja esta forma de vida? —se atrevió a preguntar Kagome, aferrándose a la parte de atrás de su traje cuando su montura dio un salto particularmente largo.
—¿Por qué iba a importarme? —preguntó Miroku con ligero asombro en su voz.
—Bueno, creo que a Sango-chan le preocupa —evadió Kagome, hablando con cuidado para evitar revelar demasiado sobre su amiga—. Sabe que algunos en la corte consideran que es poco femenino que una mujer aspire a algo así.
Miroku inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.
—Ciertamente hay gente así —dijo—, pero creo que ambos sabemos que hay poco que Sango-sama pueda hacer para volverse poco femenina, o poco atractiva, como sea el caso. No debería preocuparse mucho por eso.
Lo último lo dijo bastante a la ligera, pero había una sinceridad oculta justo detrás que llenó de calidez a Kagome.
Pero la calidez se redujo un momento después, cuando se le ocurrió otra cosa. Era evidente que él la admiraba. No le desalentaban sus ambiciones en lo más mínimo. Entonces ¿qué lo mantenía alejado de ella? ¿De verdad no se daba cuenta de sus avances?
Kagome abrió la boca, preguntándose cómo podía formular la pregunta indirectamente, cuando Miroku hizo que la montura se detuviera repentinamente detrás de un árbol grande.
—Ahí está —murmuró.
Kagome se movió, inclinándose alrededor de él y del árbol para poder ver. Sango todavía estaba a cierta distancia de ellos, pero era claramente visible debido a la pradera llana y abierta que rodeaba el risco sobre el que estaba situada la aldea. Parecía estar cabalgando directamente hacia la aldea.
—No irá a entrar directamente, ¿no? —murmuró Kagome con el ceño fruncido—. Estarán sobre ella en cuestión de momentos una vez entre en su territorio.
Miroku negó con la cabeza, con los ojos fijos en Sango.
—No —dijo en voz baja—. No es tonta. Debe tener algo en mente.
Apenas terminó de hablar, la montura de Sango giró hacia un lado, trazando un ancho arco alrededor de la aldea. En unos momentos, estuvo fuera de su vista, bloqueada por el volumen de la colina. Kagome esperó, entrecerrando los ojos en dirección a la mujer. Se puso tensa a medida que pasaba el tiempo sin que la viera.
—¿Vamos tras ella? —le murmuró ansiosamente a Miroku.
Él negó con la cabeza.
—Esperaremos un poco más —dijo—. Tiene algo en mente.
Kagome frunció el ceño, pero no dijo nada.
Esperaron en tenso silencio hasta que Sango reapareció finalmente, volviendo sobre su montura en la dirección de la que había venido. En el punto más amplio del claro, tiró de las riendas de su montura, deteniéndola. Desmontó y se puso de cara a la aldea, al parecer esperando algo.
Era difícil saberlo desde la distancia a la que estaban, pero a Kagome le parecía como si Sango tuviera puesta la mascarilla protectora especial de los taiji-ya, que evitaba que respirasen las toxinas y los gases que emitían ciertos youkai. Pasaron varios momentos desconcertantes mientras Sango se quedaba quieta sin moverse, como una estatua de piedra.
Se levantó viento, corriendo por la planicie de hierba. La hierba se dobló y se aplanó bajo él y, en la distancia, algo se hizo visible lentamente.
Parecía ser una especie de nube, de color ceniciento y transportada por el viento. Se infló sobre la colina de la aldea, consumiéndola en momentos.
—Ahí vamos —oyó Kagome que murmuraba Miroku, en voz baja y con orgullo. Levantando ligeramente la voz, le dijo—: Cúbrete la boca, Kagome-chan.
Ella así lo hizo, levantando la longitud de su manga para ponerla sobre su nariz y boca. Él hizo lo mismo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kagome con la voz ligeramente amortiguada.
—Debe de haber subido a contraviento hasta la aldea y activado algunos de los venenos de los taiji-ya —dijo—. Sango-sama debe de estar intentando obligarlos a que salgan. No serán tan agresivos si no están en su propio territorio y no tendrán ventaja. Escogió el mediodía porque los bakeneko tienen inclinaciones nocturnas. Estarán confusos, desorientados. Ahora será cuando sea menos probable que intenten pelear.
—¿Veneno? —repitió Kagome—. ¿No es eso demasiado? Difícilmente se verán inclinados a escuchar si les hacemos daño.
Miroku negó con la cabeza.
—Dudo que sea de esa variedad —dijo—. Los taiji-ya son maestros en la creación de venenos. Es probable que ese sea solo lo suficientemente potente para irritar los pulmones, es posible que cause algo de letargo.
—Pero ¿y si huyen? —preguntó Kagome, observando la aldea envuelta en veneno en busca de señales de movimiento—. Sango-chan no va a poder acorralarlos otra vez.
—No irán lejos —dijo Miroku con una certeza que la sorprendió—. Recuerda lo que nos dijo Kouga-sama. Han permanecido en la aldea que albergaba a sus amos durante años y años sin moverse. No van a abandonarla tan fácilmente. Sango-sama debe de saber eso.
Kagome lo miró, impresionada con lo bien y lo fácilmente que parecía entender lo que estaba pensando Sango. Devolvió rápidamente su atención a la escena que se desarrollaba ante ellos, el movimiento cerca de la aldea captó su atención.
La nube de veneno estaba bajando lentamente por la planicie a causa del viento, dispersándose lentamente a medida que se movía. Por delante de ella corrían varias figuras, lentas y tambaleándose de una forma que le decía a Kagome que la suposición de Miroku sobre la clase de veneno era probablemente correcta.
Eran los bakeneko y sus homólogos, los neko-mata. Los bakeneko eran ampliamente de apariencia humana, salvo por las orejas de gato, las colas y las patas. Los neko-mata, por otro lado, se encontraban entre los youkai de aspecto más animal, sus formas eran las de gatos grandes de colas divididas.
Fueron hacia Sango y ella esperó, inmóvil, incluso mientras la nube venenosa pasaba junto a ella. Los youkai se detuvieron en seco a varios metros de la taiji-ya, mirándola con incertidumbre.
Tras varios momentos, la multitud se dividió y uno de los bakeneko avanzó, un macho, por lo que podía ver Kagome. Pareció hablar, pero para gran frustración de Kagome, estaban demasiado lejos como para que les llegase el sonido. Sango le hizo una reverencia al hombre, aunque fue imposible saber si le había respondido o no. La máscara le tapaba la boca.
El hombre volvió a hablar y Kagome entrecerró los ojos para discernir la expresión de su rostro. Sus orejas estaban parcialmente echadas hacia atrás y ciertamente no parecía complacido, pero al menos no habían atacado inmediatamente. Era una buena señal.
La conversación continuó durante un tiempo, con las intervenciones de algunos de los bakeneko. Su molestia pareció convertirse en algo similar a la curiosidad, las colas se movían y ondeaban tras ellos y finalmente parecieron llegar a alguna suerte de acuerdo.
El bakeneko que había hablado en primer lugar (Kagome asumió que, por su aire de autoridad, era el líder del clan) hizo un gesto y un neko-mata grande avanzó hacia delante. Era de un ligero dorado pulido con marcas negras en su frente, patas, orejas y colas. Sus ojos eran de un intenso rojo sangre, sus colmillos se alargaban por debajo de su labio inferior. Su labio superior estaba retraído mientras se aproximaba a Sango, su youki brilló con intensidad mientras llamas sobrenaturales se encendían alrededor de sus patas.
Por primera vez desde que empezase el encuentro, Sango retrocedió un paso y a Kagome le dio un vuelco el corazón. Pero lo único que hizo fue dejar el Hiraikotsu en el suelo e indicarle a su montura que se alejase más de ella. Así lo hizo y ella dio otro paso adelante, poniendo una pose defensiva.
—¿Va a pelear desarmada? —murmuró Miroku en voz baja con preocupación.
—El Hiraikotsu hace demasiado daño —contestó Kagome, sus ojos no se apartaron en ningún momento de la tensa escena—. Debe de estar intentando no hacerles daño.
—¿Y si deciden atacar todos a la vez? —replicó Miroku, moviéndose ansiosamente.
—Para eso estamos aquí, ¿no? —dijo Kagome lo más tranquilizadoramente que pudo.
A pesar de sus palabras, pudo sentir que se le aceleraba el pulso. Si todos atacaban a la vez, Sango no tenía ninguna oportunidad desarmada y tendrían que moverse rápido para evitar que saliera herida. Kagome se obligó a quedarse sentada y quieta, observando. Sango había sabido exactamente lo que estaba haciendo hasta este momento. Quería creer que ahora también lo sabía.
En un resplandor de movimiento, el neko-mata se abalanzó sobre ella. Sango pivotó y dio una voltereta hacia atrás, esquivando con facilidad y aterrizando a cierta distancia. El neko-mata se giró bruscamente, lanzándose de nuevo. Esta vez, Sango se tumbó, rodando por debajo del golpe.
Un rápido vistazo le dijo a Kagome que ninguno de los demás youkai hacía movimiento alguno para unirse a la pelea. Simplemente observaban, con posturas tensas.
Incluso bajo la influencia del veneno, el neko-mata al que Sango se enfrentaba era inusualmente veloz. Solo el más corto giro evitó que sus colmillos perforasen su hombro. Sango saltó hacia atrás, aterrizando firmemente a varios metros. El neko-mata cargó contra ella de nuevo sin detenerse.
Pero esta vez, Sango no lo esquivó. Se quedó quieta hasta que el youkai estuvo tan cerca que Kagome casi gritó, saltando en el último momento. Giró en el aire, aterrizando firmemente sobre el lomo del youkai y aferrando las rodillas con fuerza alrededor de sus flancos. Buscó algo en su cinturón, pero los fuertes movimientos del neko-mata la obligaron a usar las manos para sostenerse.
El neko-mata se movió con más fuerza, corcoveando y retorciéndose hasta que un golpe particularmente violento de sus patas traseras la hizo salir volando. Aterrizó con fuerza sobre su espalda y el youkai estuvo sobre ella en cuestión de instantes.
Sango rodó, esquivando las patas llameantes mientras el neko-mata intentaba echarlas sobre ella. Los youkai que observaban estaban ahora vitoreando, formando un semicírculo alrededor de los combatientes.
El neko-mata consiguió atrapar a Sango entre sus patas, empujando con su boca con colmillos bien abierta para dar el último golpe. Sango desenvainó la wakizashi de su cintura en un fluido movimiento, el resplandor de advertencia del arco de la hoja obligó al youkai a retroceder.
Sango se levantó, envainando de nuevo la hoja. Si hubiera ido en serio y la hubiera usado, podría haber golpeado con facilidad, se dio cuenta Kagome. Por desgracia, eso significaba que el neko-mata probablemente también se había dado cuenta de la finta. No volvería a caer en eso.
Se agazapó, lanzándose hacia ella. Sango cayó hacia atrás cuando la alcanzó, levantando las piernas hacia arriba y contra su torso cuando sus colmillos estuvieron peligrosamente cerca de su garganta. La combinación de su fuerza y su impulso enviaron a volar al youkai. Sango rodó y se puso en pie en un fluido movimiento, pivotando y atacando.
El neko-mata apenas había conseguido ponerse de pie cuando ella estuvo de nuevo sobre él, consiguiendo saltar de nuevo sobre su espalda. Esta vez consiguió sacar de su cintura la cosa que había estado buscando antes. Era el arnés que había tenido puesto su montura. Kagome no se había dado cuenta antes de cuándo se lo quitó, pero ahora lo vio claramente mientras lo deslizaba entre las fauces abiertas del neko-mata.
Rechinó los dientes, moviéndose violentamente mientras intentaba cortar el arnés. Pero los taiji-ya lo habían diseñado especialmente para sus monturas youkai, así que no iba a poder romperlo.
El youkai se esforzó más por sacársela de encima, yendo incluso tan lejos como para tirarse contra el suelo y rodar. Sango era inamovible, soportando el abuso y siguiendo aferrada con fuerza a las riendas que estaban unidas al arnés.
Lenta, muy lentamente, sus esfuerzos empezaron a debilitarse. Si era el veneno lo que lo ralentizaba o si simplemente se dio cuenta de que por mucho que se esforzase no iba a poder sacarse de encima a la ligeramente maltratada pero todavía tenaz mujer, Kagome no estaba segura, pero finalmente los esfuerzos del neko-mata cesaron por completo.
Bajó su cuerpo al suelo, permitiendo que Sango desmontase y le quitase el arnés. Un remolino de youki resplandeció a su alrededor, oscureciendo su figura descomunal por un momento.
Cuando se desvaneció, allí quedó un youkai que no era más grande que un gatito, habían desaparecido sus imponentes colmillos y sus llamas. Rodó sobre su espalda, exponiendo su vientre vulnerable ante Sango.
Fuera lo que fuera que estuviera ocurriendo, Sango había ganado.
Por el rabillo del ojo, Kagome pudo ver a Miroku sonriendo ampliamente, probablemente estaba más orgulloso que si lo hubiera hecho él mismo. Los bakeneko parecían haberse quedado callados por un momento, observando al neko-mata y a la mujer que lo había domado. Avanzaron finalmente cuando la ahora cosita diminuta saltó a los brazos de Sango.
El que Kagome había asumido que era el líder del clan dijo algo y le hizo una profunda reverencia a Sango. El resto del clan imitó el gesto. Sango les indicó humildemente que se enderezasen, pero brillaba bastante con el júbilo de su éxito.
Kagome soltó una carcajada, el sonido fue mitad júbilo y mitad asombro.
Sango acababa de ganarles sin ayuda de nadie el apoyo del clan Bakeneko del norte.
Sango y los bakeneko continuaron con su discusión un rato más, pero Kagome y Miroku se aseguraron de irse no mucho después de asegurarse de que Sango estaba a salvo. No servía de nada enfurecer a la mujer si le dejaban descubrir que la habían seguido y los demás no podían verles volver al mismo tiempo que ella para que no sospechasen.
Devolvieron la montura a la pequeña planicie con las demás y Miroku se adelantó hacia el campamento con la intención de decirles que no había podido atrapar nada. Kouga probablemente intervendría para compensarlo y cazar la comida de la noche.
Kagome se quedó atrás, vagando por la orilla del río por un tiempo y recogiendo las hierbas que pudiera encontrar para hacer su excusa plausible antes de unirse de nuevo a los demás.
Los hombres de los taiji-ya todavía estaban agrupados, aunque hacía tiempo que habían terminado de trazar la ruta. Lanzaron miradas en la dirección en la que se había ido Sango, sus expresiones eran tanto adustas como presumidas cada vez que ella no aparecía. Su fracaso simplemente confirmaría todo lo que les habían dicho siempre.
Noriko y Tomiko ahora estaban sentadas juntas y alejadas de los hombres, con expresiones ansiosas. El fracaso o el éxito de Sango no solo dictaminaría cómo las tratarían lo que quedaba de viaje, sino que también determinaría si volverían a salir de la corte o no en una misión.
Afortunadamente, no les quedaba mucho que esperar. Poco después del regreso de Kagome al campamento, la miko sintió el youki que se aproximaba. Se puso de pie, apenas capaz de contenerse y Miroku sonrió débilmente desde donde estaba sentado a su lado. Tanto los hombres como las mujeres miraron hacia ella ante el repentino movimiento y luego hacia el bosque.
Sango emergió momentos más tarde, despeinada y un poco amoratada, con una expresión nada menos que triunfal. La montura sobre la que iba no era la suya, o al menos no era en la que se había ido. Esa iba guiada a su lado.
La que montaba ahora era el neko-mata de antes, sin arnés y totalmente obediente.
Esta vez, Kagome sí gritó, corriendo a saludar a su amiga. Sango sonrió ampliamente, bajándose del youkai para recibirla con los brazos abiertos. Kagome la abrazó con fuerza, balbuceando algo que apenas podía recordar en medio de su emoción.
—¡Lo conseguiste! —dijo—. ¡Sabía que podías hacerlo!
—Lo conseguí —repitió Sango, sonando como si ella misma apenas pudiera creérselo.
Sus ojos se movieron sobre el hombro de Kagome y Kagome la soltó, retrocediendo un paso. Miroku estaba justo detrás de ella, con una débil sonrisa en los labios y sus ojos fijos en el rostro de Sango.
Por un momento, Kagome pensó que iba a abrazarla y vio que Sango se sonrojaba con la misma comprensión. Pero él pareció recomponerse, limitándose a inclinar la cabeza ante ella con una floritura de la mano.
—De nuevo demuestra ser una mujer extraordinaria, Sango-sama —murmuró.
Sango sonrió, posiblemente más feliz que si la hubiera abrazado. Los demás los rodearon en cuestión de instantes, las mujeres clamaron para felicitarla, mientras los hombres se quedaban mirando con incredulidad el neko-mata de aspecto dócil. Shippou se subió rápidamente a su lomo, Sango le dio una palmadita en su flanco para que tolerase las exploraciones del niño. Haru se mantuvo a una distancia segura, observando los colmillos alargados del youkai.
Tras varios momentos, la confusión se apagó y Sango le dio una palmadita al neko-mata, indicándole que se acostase. Su otra montura vagó hasta las que estaban pastando y Sango se volvió hacia el grupo.
A su favor, solo había el más mínimo ápice de petulancia en la curva de la comisura de sus labios. Gorou, de pie a la cabeza de los hombres, apenas podía mirarla a los ojos.
—¿Cómo? —preguntó en voz baja, consiguiendo levantar finalmente la mirada—. ¿Cómo lo consiguió?
Los hombres la observaron, algunos con creciente respeto en sus ojos a medida que empezaban a comprender la magnitud de lo que Sango había conseguido por su cuenta. Sango les explicó a todos lo ocurrido, su relato de los eventos fue directo y limitado a los hechos.
No se molestó con exageraciones o autocomplacencias. Quería su respeto como guerrera y como líder, y lo quería por lo que había conseguido, no por una versión pretenciosa. Además, conocía el orgullo de estos hombres. Asfixiarlos con su propio orgullo por lo que había conseguido solo criaría resentimiento entre ellos.
Explicó cómo los bakeneko, una vez obligados a salir de su aldea, habían estado lo suficientemente impresionados por su audacia como para ofrecerle un desafío. Habían permanecido en esa aldea durante siglos, dijo, porque estaban vinculados por un contrato con sus amos, los descendientes del hombre que había conseguido someterlos y domesticar a sus ancestros.
Desafortunadamente, hacía tiempo que todo vestigio de la estirpe de ese hombre había desaparecido, dejándolos unidos a la aldea, donde descansaban sus restos. Así, le ofrecieron a Sango el desafío: domar al más fuerte de todos ellos y ganarse el derecho a que la llamaran ama. Si fracasaba, le habían informado, no dudarían en matarla y dejar sus restos para las aves de rapiña.
Sango había aceptado sus términos y, al ganar, había podido reclamar sus derechos como su ama. El clan Bakeneko del norte era ahora, a todos los efectos, siervo de la estirpe Tachibana a perpetuidad. Como parte del contrato, Sango les había pedido que se quedaran cerca de la aldea hasta que pudiera llamarlos a la corte. Habían aceptado sin reparos, exultantes por haber sido al fin liberados de su servicio a una estirpe muerta.
Kirara, el neko-mata al que Sango había vencido, había insistido en seguirla para proteger a su nueva ama. Y eso, dijo Sango, era todo, de principio a fin.
Gorou la miró durante un largo rato después de que hubiera terminado, con su expresión ensombrecida por una lucha interna. Y entonces, lenta y deliberadamente, se puso de rodillas en la tierra e hizo una reverencia.
—Me… disculpo —dijo con no poca cantidad de dificultad—. Supuse cosas. La… la reconozco a usted como mi superior.
Sango se arrodilló, tocándole el hombro para hacer que levantase la cabeza.
—Quería una prueba de que su líder podía liderar —dijo—. Por mucho que me haya molestado, no se lo puedo tener en cuenta. Aunque recomendaría que, en el futuro, ante la falta de pruebas, no vuelva a hacer suposiciones.
La muestra de humildad fue extraordinaria por su parte y Kagome sonrió para sus adentros mientras observaba el intercambio. Su amiga estaba evidentemente decidida a ser no solo su líder, sino también su compañera.
Gorou consiguió esbozar una pequeña sonrisa. Tal vez el cambio no fuese a llegar rápido, pero era posible poco a poco.
No se quedaron por allí mucho tiempo tras la victoria de Sango. A la mañana siguiente partieron hacia las residencias de los clanes, siguiendo la ruta que habían trazado los taiji-ya.
Con la incorporación de Kirara como la nueva montura de Sango, Haru pudo tener la suya propia. Desafortunadamente, se le daba tan mal, que lo tenían que vigilar en todo momento para asegurarse de que su montura no intentaba desviarse por su cuenta con él encima.
Encontraron que tres de las cinco residencias de clanes de la zona no tenían aldeas anexionadas. Las dos aldeas que sí encontraron, no obstante, demostraron estar más que dispuestas a liberarse de sus señores actuales. Naturalmente, recelaron ante la idea de ponerse en manos de la corte, entre todas las cosas, pero casi cualquier cosa era una mejora a su situación actual y una explicación por parte de Haru pareció tranquilizarlos un poco. Finalmente, llegaron a acuerdos.
Los puertos comerciales en Hokkaido demostraron ser un desafío mayor. En virtud de su función, eran mucho más grandes que las aldeas y, por tanto, determinar a quién apelar era un problema en sí mismo. Los mercaderes acaudalados que frecuentaban los puertos también aseguraban que tenían suficiente dinero como para que les hiciera poca falta ayuda externa.
Finalmente, escogieron dirigirse a algunas de las familias de pescadores más pobres que estaban en la costa. La mayoría no compartía la relativa opulencia de la que disfrutaban en los puertos y, por tanto, podían estar más dispuestos a tratar con ellos. Sango también decidió que, aunque no podían controlar los puertos comerciales como tal, las familias de pescadores al menos podrían ser sus ojos y oídos dentro de ellos. Estaban al tanto de mucho de lo que ocurría allí y su información podía resultar útil.
Las familias, sin embargo, estuvieron de todo menos abiertas a sus ofertas. Habían vivido durante todas sus vidas siendo tratados como perros por los mercaderes y comerciantes ricos. Su desconfianza de todo lo que semejara riqueza era profunda y su cólera encontró algo parecido a una salida en el aspecto de Kagome y sus compañeros.
En el tercer día en el primer puerto comercial, esto casi resultó en desastre. Uno de los pescadores más ancianos, en cuanto Kagome reveló ser una emisaria de la corte, cogió rápidamente la roca más cercana que pudo encontrar y se la tiró con todas sus fuerzas a la cabeza.
Haru, que era el que estaba más cerca de ella en ese momento, se puso delante de ella y la roca le dio directamente en la sien. La sangre empezó a manar de la herida inmediatamente. El grupo cogió a Haru y se retiraron apresuradamente, temiendo tanto por su bienestar como por lo que Kouga podría intentar hacerle al anciano si se le permitía quedarse.
Kagome se llevó a Haru a un aparte para atenderlo en cuanto estuvieron lo bastante fuera del puerto comercial como para sentirse cómodos para detenerse. Afortunadamente, la herida demostró no ser particularmente profunda en cuanto la limpió, ya que Haru insistía en que no quería que usase sus poderes para ayudarle a sanar. Ella se quedó desconcertada ante la petición, pero finalmente cedió y se limitó a limpiar el corte y a ponerle hierbas para prevenir una infección.
Él estuvo tenso durante todo el tiempo en que lo estuvo curando, con las manos cerradas en puño en su regazo y la espalda recta como una vara. No paró de lanzarle medias miradas antes de desviar la vista apresuradamente. Kagome encontró extraño su comportamiento, pero no hizo ningún comentario. Después de todo, apenas lo conocía. No habían hablado mucho desde que él se hubiera unido al grupo, ya que siempre actuaba algo distante cerca de ella y, a pesar de que habían crecido juntos nunca habían estado muy unidos. ¿Quién era ella para saber si estaba actuando raro?
Finalmente, terminó con su trabajo, atando los vendajes.
—No está muy apretado, ¿no? —preguntó.
Él negó con la cabeza, sin molestarse en girarse a mirarla.
Kagome frunció el ceño, poniéndose en pie.
—De acuerdo, entonces, yo…
Su mano salió disparada, agarrándola por la muñeca antes de que pudiera ponerse completamente en pie.
—Lo siento —soltó, sus amplios ojos encontraron los de ella.
Kagome parpadeó, la presión de su mano sobre su muñeca la obligó a bajar de nuevo.
—¿Lo siento? —repitió—. ¿Por qué? Quiero decir, tú me protegiste. Si alguien debe disculparse…
Él negó firmemente con la cabeza.
—Por eso no —dijo—. Lo siento porque…
Haru se interrumpió, incapaz de pronunciar las palabras. Kagome esperó, confundida y él respiró hondo.
—He… querido decírselo desde que volvió a la aldea —dijo, bajando los ojos a su regazo—, pero no sabía cómo decirlo… o si quería oírlo, después de todo este tiempo.
Su estómago se apretó en señal de advertencia al darse cuenta de repente a dónde iba esto. Abrió la boca con la esperanza de interrumpirlo, pero Haru volvió a negar con la cabeza.
—Por favor —dijo—. Necesito decirlo y usted se merece escucharlo.
Kagome se quedó callada y ese fue todo el consentimiento que necesitó de ella.
—Lo siento —dijo Haru de nuevo, encontrando su mirada con solemnidad—. Perdón por la forma en la que la tratamos. Nunca hizo nada para merecerlo. De hecho, hizo todo lo que puede hacer una persona para no merecerlo.
Kagome bajó la mirada. Se mordió el labio, tragándose los recuerdos.
—No fue para tanto… —murmuró, irritada por lo débil que sonó su voz al salir.
Haru tiró de su muñeca, obligándola a levantar de nuevo la vista.
—No se lo merecía —dijo con honda emoción—. La evitamos y usted lo sabía, incluso cuando fingía no saberlo. Pero ¡no era por usted! Solo estábamos… usted parecía tan diferente a nosotros. Todos sabían lo que podía hacer, pero nadie lo entendía y estábamos asustados. Nos asustamos cuando la vimos acabar con un youkai con solo tocarlo. Daba miedo y no entendíamos por qué no era como los demás. Pero le he dado mil vueltas desde que se fue. Nos estaba protegiendo. Siempre nos estuvo protegiendo, incluso cuando se marchó. Y lo siento. Siento que me haya llevado tanto tiempo entenderlo. Siento haberle tenido tanto miedo.
Kagome sentía que podía ahogarse con el grupo de antiguos sentimientos que estaba brotando. Sentía que se encogía, que se volvía convertir en aquella niña pequeña confundida. Odiaba la sensación.
—¿Por qué dices todo esto ahora? —dijo—. Ya lo había olvidado. Ya se ha acabado.
—Para mí no —dijo Haru en voz baja—. La revivo todo el tiempo, esa expresión que siempre tenía en su rostro cuando huíamos de usted. Y yo… creo que usted también lo hace. Por eso quise venir. Quería enmendarlo. Necesitaba disculparme.
—Pero ¿qué bien hace eso? —soltó Kagome, incapaz de ocultar el filo de la amargura en su voz—. Ya está hecho, ¿no?
Ella también lo recordaba. También lo revivía en ocasiones. Las espaldas haciéndose más pequeñas mientras se escapaban cuando ella llegaba con la esperanza de jugar con ellos. Sus ojos, ensombrecidos y cautos mientras la observaban a ella y a sus lecciones con Kaede-sama. Se había alegrado tanto cuando había nacido Souta, encontrando al fin en él el amigo que siempre había querido.
Haru parpadeó, su expresión se descompuso ligeramente.
—Lo entendería si no pudiera perdonarme —murmuró—. La aldea es pequeña y la hicimos sentir como una extraña en todo momento. Pero… a veces parece estar muy sola, Kagome-sama. Y… por estúpido que suene, no puedo evitar pensar que somos nosotros los que la hicimos estar así. Que de alguna forma hicimos que estuviese sola. Recuerdo que, después de un tiempo, usted empezó a huir de nosotros. No como lo habíamos hecho nosotros, pero… de repente decidía que tenía algo que hacer en ese momento porque no quería que saliéramos corriendo nosotros primero. Y fuimos nosotros los que le hicimos hacer eso. Huir de la gente a la que quería acercarse porque no quería sufrir.
Kagome parpadeó, bajando la mirada. Ciertamente había olvidado esos recuerdos. A cierta edad, finalmente se había dado cuenta de que los demás niños y niñas de la aldea no tenían ninguna intención de jugar con ella, y había empezado a alejarse de ellos para evitar que se confirmara lo que sabía. Había aprendido rápidamente a que le gustara su independencia, a trabajar bien y a disfrutar de trabajar sola. Al menos siempre había tenido el gran consuelo de una familia que la amaba y la bondad de Kaede-sama a la que volver.
Pero ¿una parte de ella seguía siendo esa niña? ¿Todavía trataba de trabajar sola? ¿Todavía huía para evitar salir herida? Kagome descubrió que no estaba segura.
Levantó los ojos, inspeccionando su rostro.
—Si no es con la esperanza de un perdón, ¿por qué haces esto?
—Por el futuro —dijo Haru sin vacilar, como si hubiera pensado mucho en esto con anterioridad—. El mío. El suyo. Estas… estas son las cosas en las que la gente se atasca, ¿verdad? No quiero que nos quedemos atascados el resto de nuestras vidas. Yo he aceptado mi culpa. Ya no intento negarla u olvidarla. Para bien o para mal, es parte de quién soy. Quería… esperaba que, de algún modo, al decir todo esto, pudiera ayudarla también. Así que… lo siento, Kagome. Siento haberte hecho daño.
Kagome se lo quedó mirando durante un largo momento, desconcertada. Parecía joven, tan joven que era difícil creer que tuvieran la misma edad. Pero en ese momento, Kagome sintió que podía ser mucho, mucho más sabio que ella tras ese rostro inocente. Haru se sonrojó, alejando la mirada de ella.
—Lo siento —murmuró, avergonzado—. Debo de parecer un auténtico tonto.
Kagome se estiró, apoyando su mano libre sobre la que todavía agarraba ligeramente su muñeca.
—No —dijo en voz baja—. No eres ningún tonto.
Le ofreció una sonrisa que tembló en las comisuras.
—¿Kagome?
Los dos se giraron, ella parpadeando rápidamente para limpiar el brillo de las lágrimas que amenazaban con derramarse. Kouga se cernió sobre el dúo, mirando el lugar donde sus manos estaban conectadas. Movió los ojos hacia Haru, con el labio superior temblando como para retraerlo en un gruñido.
Haru palideció, liberando sus manos de ella y metiéndolas en su regazo como si quisiera ocultarlas.
—¿Ha dicho algo? —preguntó el Señor de los lobos, sus ojos no abandonaron en ningún momento el rostro del chico.
Kagome suspiró.
—No, Kouga-sama —dijo, el momento se había roto por completo—. Solo estábamos…
Se detuvo, mirando al aterrorizado chico.
—Solo estábamos recordando algunas cuestiones que ahora están muy en el pasado —terminó, encontrando la mirada de Haru significativamente.
Se le iluminó el rostro, lo que quería decir le resultó claro. Kouga, por otro lado, estaba menos complacido. Se estiró hacia abajo y tiró de ella hacia arriba por la parte de atrás de su traje, haciendo por darle la mano.
—Bueno, parece que ya has acabado aquí, entonces —dijo, lanzándole a Haru una mirada que lo desafiaba a decir lo contrario—. Voy a llevarme a Kagome conmigo, Fuyu.
—Me llamo Haru —dijo el chico, pero Kouga ya estaba tirando de ella.
Se dejó llevar, no quería irritar más a Kouga cuando Haru y él tenían potencialmente meses para estar juntos por delante. Sí que le lanzó a Haru una mirada de disculpa. Él sonrió de buena gana, negando con la cabeza.
En adelante, Kouga observaría a Haru de cerca, convencido de que el chico iba tras Kagome. Kagome también lo observaría, aunque no sospechaba que albergase ningún afecto especial hacia ella. En su lugar, se sentía inspirada cada vez que sus ojos se encontraban, con un ánimo más ligero.
Él no había huido de sus problemas y de la verdad de sí mismo, fuera buena o mala. Eso le dio esperanza.
Con tiempo, paciencia y extremo cuidado, fueron capaces de conseguir, tras varios días, que algunas de las familias de pescadores de los dos puertos comerciales aceptasen la oferta del Tennō. Después de eso, se contentaron con declarar que era victoria suficiente y seguir adelante.
Su siguiente destino era volver a tierra firme, siguiendo el río Shinano. No solo era largo y probablemente el hogar de un buen número de aldeas, sino que también era el hogar del clan Ryū del oeste, según Kouga. Y como el río se extendía durante tal distancia, seguirlo también los llevaría cerca de varias residencias de clanes.
El viaje fue bien y sin incidentes durante más o menos una semana. Las aldeas junto al río recelaban, pero fueron receptivas tras darles un tiempo. Se encontraron con tres residencias de clanes y consiguieron convencer a las tres aldeas anexionadas para que cambiasen sus lealtades en favor del Tennō.
Mientras el día se convertía lentamente en noche al final de la semana, a Kouga y a Kagome se los pudo encontrar en la orilla del río. Bueno, Kagome estaba en la orilla del río. Kouga, por otro lado, estaba hundido hasta los muslos en las veloces aguas, con el rostro tenso en profunda concentración.
Kagome observaba, con una sonrisa cerniéndose sobre las comisuras de sus labios. Llevaba así ya un rato y era entretenido ver lo en serio que se tomaba aquello. Ella parpadeó cuando lanzó su mano, rompiendo abruptamente la superficie del río.
Su mano seguía vacía cuando la sacó. La medio miró, con expresión ligeramente avergonzada. Podía ver que se estaba esforzando por impresionarla y sonrió para sus adentros, metiendo las rodillas bajo su barbilla mientras observaba.
Era en momentos como estos con Kouga, en silencio y relajados, cuando de verdad podía contemplar la idea de estar con él seriamente. No era que no pudiera imaginarse su futuro juntos o cómo sería su hogar o cualquier otro número de cosas de las que había oído hablar a las aldeanas cuando contemplaban un enlace, sino que era muy fácil. Estar con Kouga era una de las pocas cosas en su vida libres de complicaciones en ese momento. Él cuidaba de ella y ella… bueno, ella…
Otro fuerte chapoteo la sobresaltó, haciéndole dar un ligero respingo. Kouga, con su pelaje ahora empapado, levantó una mano en gesto triunfal para mostrarle el pez que había pescado. Kagome se rio ligeramente, estirándose y yendo a ponerse en pie.
—Creo que ya tiene suficientes, Kouga-sama —dijo, haciendo un gesto hacia el montón que estaba encima de una tela que se habían traído para guardarlos—. Deberíamos volver antes de que oscurezca.
—Keh —resopló Kouga, moviendo la cabeza—. Conmigo aquí, nunca tendrás que volver a preocuparte de la oscuridad, Kagome.
Aun así, salió chapoteando del agua, deteniéndose en el mismo borde de la orilla para sacudirse. Kagome gritó con indignación, levantando las manos para protegerse la cara de la salpicadura. Frunció el ceño mientras lo miraba y él sonrió, encogiéndose de hombros despreocupadamente. Le tendió el pez que acababa de pescar, prácticamente poniéndoselo a la fuerza en las manos.
—Puedes quedarte con este —dijo—. Es el más grande.
Kagome intentó no hacer una mueca, el pescado le resbalaba en las manos y estaba todavía ensangrentado donde Kouga lo había perforado. Le ofreció una fina sonrisa.
—Gracias, Kouga-sama —dijo—. Es muy… considerado por su parte.
Él sonrió ampliamente, pasando junto a ella para recoger la tela donde estaban los demás peces. El sol estaba justo desapareciendo bajo la línea del horizonte y, durante el breve instante antes de que desapareciera de la vista, el río se iluminó con el brillo de mil velas encendidas a la vez. La visión captó la atención de Kagome y se detuvo, observando hasta que se desvaneció.
—¿Kouga-sama? —llamó.
—¿Mmmm?
Volvió a la orilla, a su lado, y ella metió el pescado en la tela doblada junto con los demás, limpiándose los viscosos restos en su hakama distraídamente. Señaló el río.
—El clan Ryū vive en este río, ¿verdad? —preguntó.
Kouga asintió.
—Sí. Es el Shinano, seguro —dijo.
—Bueno, hemos estado viajando junto a él durante semanas sin señales de ellos —dijo Kagome pensativamente—. ¿En qué parte del río viven, exactamente? ¿Y cómo hacemos para solicitar una audiencia con ellos?
Kouga se detuvo por un momento, parpadeando mientras lo sopesaba. Finalmente, se encogió de hombros.
—No sé —dijo—. Nunca antes he tenido que tratar directamente con ellos. Nuestros territorios no se cruzan y no se involucran mucho en las riñas entre los clanes youkai, por lo que sé.
—Oh —dijo Kagome frunciendo el ceño—. Entonces… ¿qué deberíamos hacer?
Había estudiado lo suficiente a los ryū como para saber que residían dentro de los propios ríos, pero poco más. Tampoco había visto uno nunca en persona, aunque sabía que eran vetustos y supuestamente muy sabios. No sabía nada más aparte de eso.
Kouga levantó su mano libre para rascarse ociosamente la parte de atrás de la cabeza, frunciendo el ceño en dirección al río. Volvió a encogerse de hombros.
—¿Por qué no llamamos y punto? —sugirió.
—¿Llamar? —repitió Kagome, mirándolo con incredulidad.
Él asintió, avanzando unos pasos por la orilla del río. Ahuecó su mano libre alrededor de la boca.
—¡Eh! —gritó hacia el agua, en una voz lo suficientemente alta para sobresaltar a los pájaros cercanos y hacer que emprendieran el vuelo—. Soy Kouga, líder del clan Lobo del este. ¡Quiero hablar con el líder del clan Ryū!
Kagome parpadeó, mirándolo con incredulidad. El silencio reinó tras sus gritos, solo era audible el rápido paso del agua.
Kouga frunció el ceño en dirección al agua, obviamente había estado seguro de que funcionaría. Se giró para mirarla, con una expresión vagamente malhumorada por la decepción. Kagome contuvo una carcajada.
—Supongo que no —murmuró, volviendo hacia ella.
Kagome se rio entonces en voz alta. Él incrementó su mohín.
—Fue… fue un buen intento, Kouga-sama —dijo apaciguadoramente entre risotadas sin aliento—. Pero no creo que…
Un grave estruendo la detuvo en seco. Los dos se volvieron hacia el río, Kagome abrió los ojos como platos mientras observaba la corriente del río cambiando y yendo en dirección contraria. De repente pudo sentirlo, como una llama naciendo en su sexto sentido. El youki era enorme, vetusto y, de algún modo, sabio.
La cosa emergió, serpentina, con el agua bajando por sus escamas en grandes cataratas mientras se erguía de algún lugar más allá de las mayores profundidades de la cuenca del río. Unos ojos dorados se dirigieron lánguidamente hacia ellos, un cuerpo de escamas blancas le siguió lentamente y Kouga se movió para ponerse delante de Kagome en gesto protector. Una extensión de silencio le siguió en la que los tres se miraron entre ellos, aunque Kagome y Kouga con más evidente interés que el ryū.
—¿Llamasteis? —dijo el ryū finalmente, aunque de algún modo no parecía haber movido la boca en lo más mínimo.
Su voz era extrañamente andrógina. Kagome no podría haber sabido si era macho o hembra ni aunque su vida dependiera de ello.
A pesar de la ligera protesta de Kouga, avanzó un paso e hizo una profunda reverencia. No estaba exactamente preparada para hacer esto ahora, pero no parecía que tuviera mucha elección. Sería mejor causar una buena impresión ahora que habían conseguido obtener su atención.
—Lamentamos haberle molestado —dijo, enderezándose y sintiéndose asombrada de nuevo con lo alto que tenía que levantar la vista para mirarlo a los ojos—. Me llamo Kagome, soy espiritista y emisaria de la corte. Este es Kouga-sama, líder del clan Lobo del este. Esperábamos que nos concediera una audiencia.
El ryū inclinó ligeramente su enorme cabeza.
—Me siento inclinado a escucharte —dijo, de nuevo sin ningún movimiento aparente de su boca—. Ha pasado bastante tiempo desde que se ha usado un método tan… innovador para llamarme. Puedes llamarme Mizuchi, si lo deseas. Creo que es el último nombre que me dio vuestra gente.
Los ojos del youkai se arrugaron con júbilo. Kagome encontró una sonrisa en respuesta jugueteando en sus labios.
—Encantados de conocerle, Mizuchi-sama —dijo, inclinándose una vez más para hacer una reverencia—. En cuanto al método de llamada, fue completamente idea de Kouga-sama.
Hizo un gesto en dirección al Señor de los lobos, que parecía estar bastante orgulloso de sí mismo mientras le dirigía a ella una mirada triunfal. Prácticamente podía sentir la diversión del ryū incrementándose mientras observaba.
—El encargo por el que venimos, no obstante, es mío —continuó, dirigiendo toda su atención de nuevo al imponente youkai—. He venido de la corte de parte del Tennō-sama.
El ryū ladeó la cabeza.
—¿Inu no Taishou? —preguntó.
Kagome parpadeó, negando con la cabeza.
—Ah, no —dijo—. El anterior Tennō-sama falleció hace unos años, que su alma habite en lugares tranquilos. Su hijo ha heredado el trono desde entonces.
El ryū parpadeó, pareciendo asimilar esto.
—Mis disculpas —dijo—. No nos preocupamos a menudo con asuntos que no sean los nuestros.
Kagome asintió en reconocimiento, una punzada de innegable curiosidad se apoderó de ella.
—¿Conocía al anterior Tennō-sama, Mizuchi-sama? —preguntó.
El ryū inclinó la cabeza en un asentimiento.
—Lo vi una vez —contestó—. Dijo que buscaba sacar a mi clan al mundo. Que deseaba que los humanos y los youkai pudieran vivir más unidos. Era un hombre obstinado y egoísta. Pero era muy interesante.
¿Humanos y youkai viviendo más unidos? Parecía un objetivo extraño para un youkai tan poderoso como sabía que lo había sido el padre de Inuyasha. ¿Tal vez había tenido algo que ver con el propio Inuyasha? Kagome parpadeó, la idea se apoderó de ella. Pero se la guardó por ahora, le daría vueltas en otro momento.
—¿Pero no lo suficientemente interesante para inclinarle a salir al mundo? —aportó Kagome tras un instante.
—No teníamos razón para ello —contestó el youkai—. Hemos vivido las guerras de vuestro mundo. Hemos visto a gobernantes alzarse y caer. Hemos visto enfermedad y hambruna. Y hemos permanecido inalterados. Vuestro mundo está lleno de disturbios y no podemos tolerar los disturbios. No tenemos deseo alguno de involucrarnos en ello.
Kagome frunció el ceño, encontrando los grandes ojos dorados pensativamente.
—No puedo decir que no comprenda su deseo de permanecer alejado —dijo—, pero ¿acaso el mundo no es un todo, a pesar de cualquier apariencia de diferencia? Se me enseñó desde que era pequeña que hay un destino compartido por todos los seres bajo los kami.
El ryū la miró, bajándose lentamente hasta que estuvieron casi cara a cara.
—Explícate —dijo, moviendo la cabeza en un gesto que ella asumió que significaba una indicación para que continuase.
—Bueno… —dijo Kagome, nerviosa ante su evidente interés—. El mundo… el mundo es algo balanceado, ¿no? Y todo en el mundo, cualquier cosa que habite en él, tiene peso en esa balanza. Por cada muerte, nace alguien. Por cada árbol que se corta, crece otro en algún lugar del mundo. Y el conflicto… el conflicto ocurre cuando la balanza se inclina demasiado en cualquier dirección. Pero no puede pretender que su propio peso no es parte de la balanza, por mucho que trate de mantenerse al margen.
El youkai parpadeó, su mirada se tornó pensativa.
—Tu argumento es sólido —dijo tras un momento—. Se lo presentaré a mi clan.
Kagome se alegró, animada. Pero quedaba un paso más.
—Entonces ¿consideraría que su clan apoyase a Su Majestad en sus esfuerzos por mantener ese balance justo en el mundo? —preguntó.
El youkai frunció el ceño. Negó lentamente con la cabeza.
—Puedo prometerte nuestra neutralidad —dijo con tono de disculpa—. Nunca iremos en contra del Tennō-sama. Pero nosotros, los ryū, hemos permanecido imparciales durante siglos. No me puedo imaginar que mi clan vaya a decidir intervenir de repente en los asuntos del mundo sin una causa, sin importar lo bien razonado que esté el argumento.
A Kagome se le desencajó el rostro.
—Ya veo —dijo en voz baja, intentando ocultar de algún modo su decepción.
El ryū se movió ligeramente hacia delante, dándole un golpecito con su hocico alargado.
—Tienes una mente aguda —dijo—. Seguro que sabes que el cambio no es algo que llegue rápido, especialmente en seres tan ancianos como nosotros.
Kagome asintió.
—Lo entiendo —consiguió decir con un poco más de firmeza.
—Hablaré con mi clan —ofreció Mizuchi—. Tal vez, dentro de un siglo, más o menos, se nos pueda convencer.
Kagome levantó la mirada, ofreciéndole al youkai una media sonrisa irónica.
—Asegúrese de que vayan a buscar a mis tátara-tataranietos, entonces —dijo.
—A nuestros tátara-tataranietos —intervino Kouga, pasando un brazo por su hombro.
Kagome se sonrojó. Mizuchi parpadeó, una débil sonrisa curvó las comisuras de su boca.
—Mis felicitaciones —dijo con cariño—. Ha sido un gran placer conoceros a los dos. Tal vez al menos yo considere salir más a menudo. El mundo parece haberse vuelto más interesante desde la última vez que me tomé el tiempo de mirar.
El youkai asintió en dirección a los dos, su cuerpo comenzó a volver a meterse en espiral en el río que tenía detrás. Kagome hizo una reverencia, pronunciando una despedida.
Era una pérdida por su parte, pero al menos nunca apoyarían a nadie que fuera en contra de Inuyasha. Se volvió hacia Kouga, ofreciéndole una sonrisa. Se preguntó si tal vez no le otorgaba suficiente reconocimiento.
Él le sonrió también, evidentemente consciente de que había aumentado su estima por él.
Varias noches más tarde, el grupo se encontraba siguiendo todavía el río Shinano. Estaban obteniendo resultados mixtos con las aldeas dispuestas alrededor del río, aunque nada tan violento como lo que se habían encontrado en el puerto comercial. Con gran cautela, se habían estado aproximando a las aldeas unidas a las residencias por las que pasaban, con cuidado por si se descubría su encargo fuera de la corte o los aldeanos se metían en problemas por hablar con ellos. Pero al final, se encontraron con éxito en muchas de esas aldeas, los aldeanos prometieron no decir una palabra de ellos hasta que les pudieran enviar protección por parte del Tennō.
En esta noche en particular, los compañeros se habían dispuesto para dormir en medio de un amplio grupo de árboles, a falta de mejores opciones. Sin embargo, mientras los demás se acomodaban para dormir, Kagome sacó la cuenta de entre su traje. Había retomado la práctica de revisar cada noche, incapaz de evitarlo, aunque se aseguraba de que no era durante más que unos momentos cada vez. Se acomodó contra el árbol bajo el que estaba situado su futón, con cuidado de no alterar a Shippou, que yacía bajo las mantas.
El enlace era particularmente borroso esa noche. Kagome apenas podía distinguir formas, aunque estaba bastante segura de que Inuyasha estaba en sus aposentos, como era habitual en este momento de la noche. Estaba tenso, concentrado completamente en algo, y eso era más que suficiente para Kagome. Estaba a punto de cerrar el enlace cuando una voz captó su atención, deteniéndola en seco.
—Podría tomarse un descanso, mi señor —reprendió la voz suavemente—. No es tan urgente como para que deba acabarlo esta noche.
Era Kikyou. A Kagome le sorprendió. Por la forma en la que se estaba sintiendo el hanyou, no habría pensado que la mujer estuviese en la habitación con él. La atención de Inuyasha cambió por un momento, pero volvió rápidamente a su objetivo original.
—No pasa nada —murmuró distraídamente—. No estoy cansado.
—Tal vez no, pero yo ciertamente sí que lo estoy de observarle trabajar tan duro —volvió a intentarlo Kikyou tras un instante de silencio, la suavidad de su voz revelaba la punzada que había sentido porque le hubiera restado importancia—. ¿No es suficiente que se pase todo el día discutiendo con el Consejo y buscando gobernadores? ¿Ha de pasarse las noches trabajando en planes para la ceremonia de la boda? Le aseguro, mi señor, que no me ofenderá que escoja tomarse un momento de descanso.
Kagome oyó el débil crujido de las sedas de Kikyou. Una mano se apoyó ligeramente sobre el hombro de Inuyasha y él se tensó. Pero se obligó a relajarse tras un momento, levantando su mano para apretar la de ella antes de soltarla.
—No pasa nada, Kikyou —repitió—. Solo quiero acabar con esto antes de…
Se interrumpió, dándose cuenta con un sobresalto de lo que casi le había dicho. La mano de Kikyou se tensó ligeramente sobre su hombro.
—¿Antes de qué, mi señor? —dijo finalmente en voz muy, muy baja.
—Nada —contestó Inuyasha, se le encogió el estómago—. No es nada. Tal vez… Tal vez estoy cansado.
—… Entonces le dejaré para que descanse —dijo Kikyou, había algo débilmente quebradizo en su voz—. Buenas noches, mi señor.
La mano abandonó su hombro. La forma borrosa de Inuyasha se giró, llamándola.
—Kikyou…
Pero ya se había ido.
Inuyasha maldijo, la culpa le retorció las entrañas. Frustrado, volvió al trabajo y redobló sus esfuerzos. Estaba decidido. Tenía que terminar esto.
Kagome solo se quedó mirando unos momentos más antes de cerrar el enlace. Se quedó sentada un rato, mirando sencillamente la cuenta que tenía en las manos.
Lo entendía. Esto lo podía entender incluso sin poder acceder a sus pensamientos. Lo había medio esperado en varias lúgubres ocasiones.
Quería asegurarse de que la boda tuviera lugar antes de que ella regresase.
La idea la dejaba dividida entre la gratitud y el dolor. Por un lado, todo terminaría una vez regresase. Estarían seguramente separados para siempre, amo y sirvienta.
Por otro lado, todo terminaría una vez regresase. Inuyasha sería el marido de Kikyou y ella sería…
Kagome negó con fuerza con la cabeza, como si pudiera expulsar el pensamiento y el agudo dolor que le acompañaba. Miró en la dirección en la que Kouga se había acostado para dormir, dándose cuenta con un suspiro de que ya estaba profundamente dormido.
Decidió acostarse ella también. No podía confiar en que Kouga la distrajese en todo momento, después de todo. Se iría a dormir y no pensaría en ello. Después de todo, tanto si la boda tenía lugar antes de que regresase como si no, obcecarse con ello no iba a hacerle ningún bien.
No durmió bien.
Siguiendo el cuerpo principal del Shinano, los compañeros llegaron a su final, donde desembocaba en el océano. Desde allí, Sango pensó que sería mejor seguir la longitud de la costa, buscando en las aldeas y en los puertos comerciales esparcidos por allí. La primera y la mejor defensa en caso de que surgiera un conflicto con el extranjero, les recordó. Kagome, al recordar de lo que se había enterado al salir la última vez de la corte con Inuyasha, no pudo estar más de acuerdo, aunque no le deleitaba la idea de volver a hablar con la gente en los puertos comerciales.
Como el punto en el que el río desembocaba en el mar estaba todavía relativamente lejos hacia el norte, empezaron a moverse hacia el sur siguiendo el litoral. Esto acabaría por llevarlos hasta un punto en el que podrían subir a un barco rumbo a Kyūshū, donde estaban los puertos comerciales más importantes de todo Japón. Al mismo tiempo, se irían acercando lentamente hasta la corte en Heian cuando llegase al fin el momento de poner fin a su misión. Pero Kagome prefería no contemplar la idea de regresar. La extraña mezcla de esperanza y pavor que evocaba en ella era suficiente para hacer que se encontrase mal.
Tras más o menos una semana de viaje por la costa, se encontraron con algo que Sango había estado buscando desesperadamente durante más de una semana: una fuente termal recogida en una pequeña cueva no lejos de una aldea que acababan de visitar. Todos los taiji-ya, incluidos los hombres, parecía que apenas podían contener su júbilo ante el descubrimiento. A pesar de que estaban entrenados para combatir y viajar, seguían siendo criaturas de la corte, nacidas y criadas allí. Kagome intercambió una mirada de ligera diversión con Haru, sus vidas en la aldea los habían acostumbrado a bañarse tal vez una vez cada varios meses.
La cueva y, en consecuencia, el manantial, eran bastante pequeños, lo que significaba que el grupo tenía que turnarse para bañarse en parejas o en grupos de tres. Sango, como la benévola líder que era, se prestó voluntaria para esperar hasta que todos los demás hubieran terminado antes de que llegase su turno. Kagome decidió esperar con ella, en vista de que habían tenido muy poco tiempo para hablar a solas desde que había empezado el viaje.
Así, varias horas más tarde, ya que el resto del grupo no se había cortado con su turno para disfrutar completamente del manantial, las dos mujeres se sentaron juntas a disfrutar de la calidez de la fuente en la húmeda comodidad de la cueva. Kagome incluso había conseguido convencer a Shippou para que se bañase con Haru, de forma que solo estuvieran ellas dos.
Consiguieron gastar una hora solo ociosamente a remojo y charlando antes de que las dos estuvieran tan rojas y acaloradas que tuvieron que salir. Sango le indicó a Kagome que se sentase en una de las rocas más frías de la cueva y se situó detrás de ella, sacando de entre sus cosas hábilmente dobladas un peine que se había traído consigo.
Kagome suspiró con satisfacción, las pequeñas púas del peine pasaron ligeramente sobre su cuero cabelludo. Sango pasó lentamente por su enredada melena, tarareando en voz baja mientras trabajaba. Kagome estaba tan cómoda que estaba a punto de quedarse dormida cuando la noble tomó la palabra.
—Bueno, ¿qué es lo que sientes exactamente por Kouga-sama?
Kagome parpadeó, completamente despierta en un momento, Reconoció casi de inmediato la maniobra por lo que era. Una emboscada.
Maldijo internamente la facilidad de su amiga para la estrategia bélica. La había conducido a una falsa sensación de seguridad y se había asegurado de que no pudiera escapar teniendo un firme agarre sobre ella. Quería fulminarla con la mirada, pero el ángulo era demasiado incómodo como para que pudiera conseguirlo.
—Te advertí de que no podías evitar tener esta conversación conmigo, Kagome-chan —le riñó Sango ligeramente, tenía las manos ocupadas mientras trabajaba en un nudo particularmente horrible.
Y se había asegurado de que no hubiera escapatoria, notó Kagome irónicamente. Suspiró, imaginándose que bien podía acabar con esto de una vez. Sango había hecho varios intentos más, después de todo, y había sido capaz de evadirlos todos pegándose al lado de Kouga. Conocía perfectamente la resolución de Sango. No se rendiría nunca hasta que se lo hubiera sonsacado.
—Creo que… Kouga-sama es un buen hombre —dijo lentamente—. Es un poco… torpe, tal vez, pero siempre se ha esforzado por ser bueno conmigo. También se ha esforzado por que lo vea con buenos ojos. Es… fuerte y es… bueno, no ha ocultado que yo le… importo.
Se sonrojó levemente. Una cosa era pensar todo aquello, pero que se le pidiera articularlo era otra completamente distinta. Sango hizo un leve sonido de comprensión mientras lo sopesaba todo, moviendo el peine en una pasada larga y suave por la longitud de su pelo.
—Todo ello es mucho que reconocerle —contestó tras un momento—. Sin embargo, nada de eso dice nada sobre tus sentimientos. Las intenciones de Kouga-sama para contigo son evidentes. Las tuyas para con él, no obstante, son menos que transparentes.
Kagome vaciló, frunciendo el ceño. He aquí el quid de la cuestión. El quid en el que había tenido cuidado de evitar pensar durante un tiempo.
—Supongo que tengo intención de corresponder a sus sentimientos —dijo, aunque la afirmación sonó más a pregunta que a otra cosa.
Se encontró temiendo un poco lo que podría pensar su amiga. Por poco que supiera Kagome sobre el protocolo o el proceso del cortejo, sabía lo suficiente como para ver que estaba lidiando con ello de una forma un tanto aleatoria.
Sango detuvo sus movimientos.
—¿Tienes intención? —repitió de forma inquisitiva, como si no la hubiera oído bien—. ¿Quieres decir que no sientes una inclinación natural?
El sonrojo de Kagome se intensificó. Como había sospechado vagamente, sus sentimientos en realidad no estaban enfocando el escrutinio, por bien intencionado que fuera, de los demás. Inclinó ligeramente la cabeza, haciendo una mueca ante el tirón de pelo que causó.
—No es eso, Sango-chan —dijo, más a la defensiva de lo que le hubiera gustado—. No me desagrada Kouga-sama. En absoluto. Es que…
Se interrumpió, desconcertada. Quería sentir por Kouga lo que él sentía por ella. De verdad que sí. Lo haría todo mucho más fácil. Y, poco a poco, sentía que estaba llegando a algún lugar con él. Tal vez no era exactamente lo que sentía por Inuyasha, pero era algo.
—Yo… Creo que podría ser feliz con él, Sango-chan —dijo finalmente en voz baja, con los ojos fijos en las manos mientras las retorcía en su regazo—. Con el tiempo, tal vez podría… amarlo. Podría vivir esa vida.
Detrás de ella, Sango estuvo ensordecedoramente callada durante largos instantes. Kagome se tensó, esperando su respuesta ansiosamente.
—Es tu vida, Kagome-chan —dijo Sango finalmente en voz baja—. No tienes que intentar convencerme de nada.
Kagome sintió que la mayor le soltaba el pelo y la oyó dejar el peine a un lado.
—Pero sí que espero que estés dispuesta a escuchar mi opinión sobre esto —dijo Sango.
Kagome asintió, vacilante, no del todo segura de que quisiera oírla. Normalmente, su amiga no habría sentido la necesidad de pedirle permiso y todo con Kouga era todavía incierto. Parte de ella temía que incluso una palabra fuera a dejarla alterada.
—Kouga-sama está enamorado de ti —dijo Sango, tan directamente que Kagome casi se encogió—. ¿Dices que podrías ser feliz con él? ¿Que podrías tener una vida con él? Estoy segura de que podrías tener ambas cosas. La auténtica pregunta aquí es: ¿es justo? ¿Es justo para él que sigas con él con la mera esperanza de que algún día puedas corresponder a sus sentimientos? ¿Es justo para ti que intentes forzar tus propios sentimientos? ¿Vivir con la esperanza de que algún día puedas ser feliz de verdad?
Kagome se quedó callada. Sango apoyó una mano suavemente sobre su hombro, apretándolo una vez antes de levantarse.
—Entiendo que probablemente no sea nada que quisieras oír —dijo suavemente—. Pero, como tu amiga, tenía que decirlo. Te dejo con tus pensamientos, pero… por favor, avísame si necesitas algo. Y conoce tu corazón, Kagome. Tú eres la única persona que he conocido que protegería a todo el mundo si pudiese. Pero me prometiste que considerarías tu propia felicidad. Así que, por favor, considéralo de verdad.
Y entonces recogió sus pertenencias y salió de la cueva.
Kagome se quedó a solas con sus pensamientos. Pensamientos que se había esforzado por evitar durante bastante tiempo.
—No lo sé —murmuró, llevando las rodillas contra su pecho—. No lo sé.
Siguieron por la costa en dirección sur, como habían hecho antes. No hubo un cambio material en el grupo, salvo por el buen ánimo tras habérseles permitido el lujo de un baño. Kagome, no obstante, no podía librarse de la sensación de que algo había cambiado irreversiblemente.
Externamente, se movía como antes. Montaba al lado de Kouga y escuchaba sus historias. En ocasiones lo acompañaba cuando salía a recoger comida para la noche. No discutía cuando hacía alusiones menos que sutiles a su potencial futuro juntos.
Pero las palabras de Sango pesaban en su corazón y se veía obligada a sopesar todo lo demás contra ellas. ¿Era justo? Cada vez que lo miraba, se sentía más insegura, sospechaba más de sus propios actos. ¿Era justo?
Un día, a medida que se aproximaban a la larga ensenada que marcaba la curva de la costa y con el ánimo de algunos éxitos recientes en sus charlas con los puertos comerciales, Kouga le informó de que la ensenada sería donde tendrían más oportunidades de encontrarse a los ningyō. Habitaban varios cuerpos de agua por todo Japón, pero el clan más grande había adoptado el mismísimo mar como su residencia. Se ofreció a llevarla a la costa para ver si al menos podían verlos.
Kagome aceptó. Como el sol se pondría pronto y la costa no estaba lejos, el resto de sus compañeros escogieron quedarse atrás y montar el campamento para pasar la noche. El par se dirigió hacia el litoral.
Terminaron teniendo que escalar un poco en cuanto llegaron a la orilla, un camino rocoso que conducía hacia un alto acantilado donde Kouga pensaba que podrían tener su mejor punto de observación. Tuvo que negarse a su oferta de llevarla en brazos para subir por la pendiente, no obstante, aceptando en cambio simplemente su guía mientras subían.
—¿No sabe cómo ponerse en contacto con ellos? —preguntó Kagome cuando llegaron al fin a lo alto del acantilado, bajando la mirada hacia la vertiginosa altura donde las aguas verdosas chocaban contra la base de la ladera del acantilado.
A su lado, Kouga negó con la cabeza.
—Vienen y van como les place —dijo con un encogimiento de hombros—. Me he encontrado con ellos varias veces, pero no se les puede «obligar» a hacer nada. El océano es su territorio y no se molestan con la tierra firme si no lo necesitan.
Kagome suspiró, su mirada se dirigió hacia donde las vastas aguas encontraban el distante horizonte.
—Supongo que no hay mucho que hacer, entonces —dijo—. No puedo sentirlos en absoluto, así que dudo que estén en algún lugar cerca de la costa. Tal vez los encontremos más adelante.
El silencio cayó entre ellos durante varios momentos, aunque no fue incómodo. Las nubes pasaron lánguidamente, el sol se asomó momentáneamente entre ellas mientras continuaba su descenso hacia el horizonte. Varios rayos atravesaron las nubes, encandilando efímeramente mientras calentaban brevemente las turbias aguas hasta volverlas de un verde esmeralda antes de desaparecer una vez más detrás de la cubierta de las nubes.
Kagome se quedó observando, fascinada con la amplitud y la sensación de eternidad que se apoderó de ella. Una fría brisa subió desde el agua, enredándole el pelo y llevando consigo el no desagradable aroma a océano y tierras lejanas.
—Es realmente hermoso —murmuró, más para sí que para él.
Kouga la miró.
—Ya lo has visto antes —dijo perplejo.
—Lo sé —respondió Kagome, recordando con una repentina punzada la semana que había pasado con Inuyasha en Tsushima—. Es que… mi aldea era todo mi mundo antes de que me uniese a la corte. Todavía me sorprende en ocasiones lo grande que es todo.
Y si su tiempo con Inuyasha estaba de alguna forma conectado con que sintiera que el océano era excepcionalmente hermoso, no era asunto de nadie más que suyo. Aun así, guardó ese pensamiento lo más lejos que pudo, incapaz de contenerse de dirigirle una mirada culpable a Kouga de reojo.
La estaba observando con expresión pensativa.
—¿Quieres… dar un paseo? —dijo tentativamente, haciendo un gesto hacia la larga tira de costa que bajaba y se alejaba por su izquierda—. Digo, podemos… mirarlo un poco más.
Kagome parpadeó, girándose completamente hacia él. No la miraba a los ojos, los había desviado hasta un punto más allá de ella. Tras un momento, ella sonrió, un poco conmovida ante la consideración de tal gesto.
—Claro —aceptó—. Guíeme.
Kouga parpadeó, luego sonrió ampliamente, lo suficiente para exponer sus colmillos antes de darle la mano y hacer eso mismo.
La condujo con cuidado para bajar por la rocosa pendiente, guiando sus pasos hasta que llegaron a la seguridad de la costa. Mantuvo el agarre de su mano mientras caminaba, sus pies se hundían en la arena a cada paso. Una sonrisa complacida continuó cerniéndose vagamente sobre los labios de él y Kagome fue incapaz de contener una sonrisa en respuesta al verla. Internamente, experimentó una punzada, aunque estaba decidida a ignorarla por el momento.
—¿Va al océano a menudo? —preguntó para distraerse, echándose el pelo hacia atrás cuando la brisa se lo echó en una maraña sobre el rostro.
Kouga negó con la cabeza.
—Solo algunas veces —dijo—. Prefiero quedarme en mis territorios en el bosque. Además, el océano huele a mierda.
La sonrisa de Kagome se torció irónicamente. Bueno, la verdad era que nunca había creído que fuera un romántico.
Caminaron en silencio durante un rato, los ojos de Kagome estaban enfocados en el distante horizonte; y los de Kouga, en Kagome.
—Te gustan estas cosas, ¿verdad? —dijo finalmente, recobrando su atención sobre él—. Podría llevarte a sitios, ¿sabes? A cualquier sitio que quieras ver.
No se le escapó el «si me escoges» que no dijo. Sus ojos, de un azul que todavía le resultaba impresionante después de todas las veces que los había visto, se mostraron ansiosos cuando encontraron los de ella. Sabía sin duda alguna que, si se lo pedía, lo haría. Que había poco que no haría por ella si se lo pidiera.
Y más que eso supo en ese momento, con su mano rodeando firmemente la suya, que estaría verdaderamente contenta con él. Supo que todo lo que le había dicho a Sango era absolutamente cierto. Podía ser feliz si le escogía.
Aun así, las palabras de Sango no la dejaban en paz. ¿Era justo?
La expresión de Kagome decayó lentamente, apartando la mirada de él. Abrió la boca, nada segura de lo que iba a salir de ella.
Gritos y carcajadas provenientes de la playa la distrajeron, el par se giró para mirar. Un grupo de niños, de una aldea cercana, a juzgar por sus ropas bastas que no eran de su talla, estaba jugando en la arena a varios metros de ellos. Parecía haber algo entre ellos y Kagome avanzó con curiosidad, una parte de ella ansiaba dejar el momento atrás.
Uno de los chicos mayores tiró algo al aire, la cosa con la que parecían estar entreteniéndose todos, y Kagome captó un vistazo de ella justo antes de que la cogiera de nuevo y se la lanzase a otro niño. Era una tortuga bastante vieja y de aspecto decrépito, su cuerpo estaba metido en tensión en su avejentado caparazón, aterrada, mientras la lanzaban de un lado a otro. Una descarga atravesó a Kagome al darse cuenta y extrajo la mano de entre las de Kouga, avanzando unos pasos corriendo.
—¡Parad! —llamó—. ¡Por favor, parad!
Los niños detuvieron su juego, girándose para mirarla.
—¿Por qué? —gritó el mayor en respuesta, frunciendo el ceño—. ¡No puedes decirnos qué hacer!
—No es eso —dijo Kagome—. Me refería a esa tortuga. Vais a darle un susto de muerte si la lanzáis de esa forma. ¿Por qué no la devolvéis al océano?
—Porque entonces no tendríamos nada que lanzar —dijo el niño que se encontraba en posesión de la tortuga arrastrando las palabras, como si ella fuera lenta por no darse cuenta, lanzando una vez pausadamente la tortuga—. Además, esta vieja cosa ya está muerta, en cualquier caso.
Kagome frunció el ceño, abriendo la boca para reñirles por su insensibilidad, pero en un abrir y cerrar de ojos, Kouga estuvo allí. Interceptó la tortuga antes de que el niño que la había lanzado pudiera cogerla una vez más, sosteniéndola justo por encima de su cabeza mientras los niños gritaban en protesta.
—Deberíais hacer caso a vuestros mayores, mocosos —reprendió el Señor de los lobos—. Además, todavía hay algo que se puede lanzar.
Y, para gran horror de Kagome, cogió al niño que tenía más cerca por el cuello con su mano libre, levantándolo y lanzándolo al aire sin esfuerzo.
El niño gritó, dando una vuelta en el aire mientras los demás se quedaban mirando con los ojos abiertos como platos y boquiabiertos. Kouga lo atrapó con igual facilidad, volviendo a ponerlo sobre la arena con una sonrisa de satisfacción.
El niño se tambaleó durante un largo momento antes de caer, yendo de cabeza contra la arena. Kagome se quedó mirando con los ojos bien abiertos, incrédula, con una mano sobre su boca mientras esperaba a que el niño se echase a llorar.
Él parpadeó, levantando la mirada hacia el Señor de los lobos durante largos momentos, con ojos enormes mientras procesaba lo que acababa de ocurrir. De repente, una sonrisa a la que le faltaban dientes se extendió por la longitud de su sucio rostro.
—¡Hazlo otra vez! —gritó, poniéndose apresuradamente en pie.
—¡No, a mí!
—¡No, no! ¡Yo primero, soy el mayor!
Un coro de gritos salió de los niños mientras se reunían alrededor de Kouga, cada uno de ellos pidiendo un turno.
—Coge esto, ¿quieres? —se quejó Kouga, mirando a la tortuga que tenía en la mano—. Puedo con dos a la vez. ¡Ten, toma, Kagome!
Le lanzó la tortuga. Ella la agarró torpemente antes de cogerla bien, mirándolo con perplejidad.
—¡No te preocupes! —le dijo en voz alta, agarrando los cuellos de los dos niños que tenía más cerca—. ¡Hago esto constantemente con los lobatos de mi clan!
Kagome solo podía mirarlo, perpleja, mientras él los lanzaba a los dos al aire, sus gritos de emoción resonaron por la playa, que se estaba quedando a oscuras. Finalmente, negó con la cabeza, convencida de que nunca entendería totalmente a los chicos o a los hombres en los que se convertirían. Al menos, se habían olvidado de la pobre tortuga.
Caminó hasta el borde de las olas, agachándose a un palmo de ellas. Dejó con cuidado a la tortuga en el suelo.
—Ya estás bien —le murmuró—. Puedes irte. Ahí está el océano. Solo un poco más y eres libre.
Hicieron falta varios instantes, pero la tortuga emergió lentamente del refugio de su caparazón. Torció la cabeza, parpadeando lánguidamente en su dirección antes de avanzar hacia el agua. Hizo falta un poco de tiempo, pero llegó al agua y se dejó arrastrar por una ola que se alejaba. Kagome sonrió, sintiendo una vaga envidia mientras la observaba desaparecer en las vastas aguas.
Se enderezó y se encaminó hacia la playa, donde estaba Kouga. Todavía estaba lanzando a los niños de dos en dos y sonrió ampliamente cuando la vio.
—¡Ten cuidado! —dijo ella en voz alta, sonriendo débilmente en respuesta.
Era una sorpresa ver lo bien que se le daban los niños, aunque suponía que no tenía una auténtica base para creer lo contrario de él. El único niño con el que lo había visto interactuar era Shippou, y el kitsune estaba decidido a despreciar a Kouga pasara lo que pasase.
Se preguntó distraídamente si quería tener hijos propios. Esto, por supuesto, le recordó que, si así era, probablemente esperaba que ella estuviera involucrada en el proceso. Kagome frunció el ceño, sus mejillas ardieron ligeramente.
Nunca había contemplado mucho la idea de tener niños, aunque disfrutaba de estar con ellos. Principalmente porque nunca había pensado que sería una decisión que tendría tomar en su vida.
Bueno, al parecer, Kouga sería un buen padre. Vacilando, Kagome intentó imaginarse cómo sería tener hijos con él.
En su imaginación no había nada. Nada en absoluto. No se formó ninguna imagen.
La fría brisa sopló una vez más del océano mientras lo que quedaba de color se drenaba del cielo con el sol evanescente. Kagome se estremeció mientras la atravesaba, rodeándose con los brazos y sintiéndose extrañamente distante mientras se quedaba observando al alegre grupo.
Kouga le cogió la mano una vez más mientras volvían de la playa, habiendo cansado al fin a los chicos y tras haberlos mandado a casa. Por su parte, Kagome solo podía quedarse mirando sus apéndices entrelazados, sintiéndose extrañamente desconectada por la visión.
Su piel estaba profundamente bronceada y ella podía sentir la piel callosa de sus palmas rozando no de modo desagradable contra la suya. Por mucho que lo intentase, no podía evitar la comparación. Otra mano, una sensación completamente distinta.
Pero no era desagradable estar con él así. Kouga era valiente y bueno con ella, al menos. Había demostrado estar dispuesto a arriesgar su vida por ella y se había esforzado mucho por ayudarla incluso sin la promesa definitiva de recompensarle por sus esfuerzos. Tal vez él no era el hombre más inteligente o el que tenía más tacto, pero la amaba. Y después de todo por lo que habían pasado, a pesar de las dificultades que en ocasiones le causaba, sentía cierto cariño hacia él.
¿Qué más podía pedir?
Aun así, ni siquiera todo eso silenciaba las palabras de Sango dentro de su cabeza.
Kouga se detuvo en seco. Kagome apenas consiguió evitar chocar contra él, parpadeando con sorpresa al verse alejada de sus pensamientos.
—¿Qué…?
La expresión de su rostro mientras se giraba hacia ella hizo que se quedara callada. Había algo decidido allí, en la elevación de su barbilla y en la decisiva compostura de su mandíbula. Se la quedó mirando durante un largo momento y ella pudo verlo reuniendo valor para hacer algo detrás de sus ojos imposiblemente azules.
Lentamente, con el gesto más tentativo que cualquiera que le hubiera visto, él estiró su mano libre para tocarle el rostro. Encontró su mirada y ella pudo verlo tragando visiblemente.
Lenta, muy lentamente, empezó a inclinarse hacia abajo. Kagome se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Le estaba dando suficiente tiempo para rechazar el gesto si ella así lo decidía, después de todo.
Una ligera incomodidad trepó justo por debajo de su piel, pero se obligó a quedarse quieta. Necesitaba saberlo. Necesitaba saberlo de una vez por todas.
Con su rostro a no más de unos alientos de ella, Kouga se detuvo. Sus ojos conectaron con los de ella.
—Ahora voy a besarte —dijo como para aclararlo.
Kagome contuvo una carcajada.
—Lo sé —dijo.
Y entonces sus labios estuvieron contra los de ella. Era cálido y sorprendentemente suave.
El beso no era insistente, sino ansioso. Kagome se encontró vacilando sobre si debía cerrar los ojos o no. Los de él estaban cerrados. Dudó y entonces se dio cuenta de que estaba más concentrada en sus pensamientos que en el beso. Se obligó a concentrarse de nuevo.
Él presionó su mejilla tras un momento, ladeando la cabeza mientras sus labios se movían inquisitivamente contra los de ella. Kagome sentía… calidez. Eso era todo. Calidez.
Kouga se apartó lentamente. Abrió los ojos, inspeccionando su rostro con atención.
—… Lo siento —dijo Kagome débilmente, las palabras se escaparon de ella sin pensar.
Y en ese momento, ambos lo supieron.
Bajó la mirada hacia ella y había tal dolor en su rostro que Kagome tuvo que contener la necesidad de disculparse una vez más, de decirle que no lo había dicho en serio.
Se le encogió el corazón y la mano de él bajó de su rostro. Se alejó un paso de ella.
—Yo… —dijo, incapaz de mirarla a los ojos—. Tengo que volver pronto a ver cómo está mi clan.
—… Por supuesto —contestó Kagome en voz baja.
Él se dio la vuelta y empezó a avanzar hacia su campamento. Ella lo siguió. Él no volvió a intentar darle la mano.
A la mañana siguiente, Kouga se despidió brevemente del grupo. Kagome lo observó marcharse, sin saber si lo volvería a ver.
Pero ahora lo sabía. No era justo. Y lo mejor que podía hacer por cualquiera de los dos ahora era dejar que él siguiera adelante, incluso si eso significaba que ella no pudiera hacerlo.
Aun así, mientras lo observaba desaparecer en una nube de escombros, no pareció que fuera lo mejor para ninguno de los dos.
Nota de la autora: Continuación de la pequeña lección de historia:
Algunos apuntes sobre los bakeneko: Se dice que estos youkai nacen de los espíritus de gatos domesticados que vivieron hasta una edad muy avanzada. Sin embargo, se les llama neko-mata cuando al gato se le permite conservar una cola larga (muchos gatos de Japón tienen la cola corta incluso a día de hoy) y esa cola entonces se divide en dos. Hay algunos cuentos populares japoneses que afirman que los bakeneko se quedan y se aparecen en el lugar en el que sus dueños han vivido durante siglos.
Algunos apuntes sobre los ryū: Estos youkai están unidos indisolublemente a cuerpos de agua, especialmente a ríos. Si habéis visto El viaje de Chihiro, de Miyazaki, pensad en que Haku resultó ser el río Kohaku. Esta viene a ser la esencia de los ryū. Además, Mizuchi es el nombre de uno de los ryū que se mencionan a menudo en la mitología japonesa. Buscadlo en Google, si os interesa, porque aparece en demasiadas historias como para resumirlas todas.
Nota de la traductora: Después de este capítulo inmenso, quiero que sepáis que el siguiente es aún más largo. Espero poder tenerlo para dentro de dos semanas, pero esta vez no tengo nada claro que pueda cumplir con este plazo. En mi página de Facebook iré avisando del avance de la traducción, tanto para manteneros informados como para motivarme yo.
Sé que al final no he contestado los reviews que me habéis enviado, pero la verdad es que no he tenido nada de tiempo. Lo que sí quiero es agradeceros por ellos, incluso los he leído más de una vez. Quiero dar las gracias también a los que habéis leído el fic en inglés y os pasáis por la traducción igualmente, ¡aprecio muchísimo que lo hagáis!
¡Hasta la próxima!
