Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 24: De clanes y maldiciones (parte 2)
El hombre era anciano y deforme, se doblaba y temblaba como un árbol que nunca hubiera visto la luz del sol. Su piel colgaba en pliegues de sus huesos, demasiado suelta tras largos años de malnutrición, y una película gris había crecido sobre sus ojos. A la mano que sostenía el áspero báculo de madera, que servía como su único apoyo, le faltaban tres dedos y el arrastre de una de sus piernas al caminar hablaba de una herida que nunca se había curado del todo.
Pero por toda su aparente fragilidad, había algo intimidante en su presencia. Animosidad, decidió Kagome tras un momento. Había pasado un tiempo desde la última vez que había sentido un odio tan arraigado en una persona.
—Vais a marcharos de nuestra aldea —dijo en tono áspero, como si fuera todo lo que podía hacer para reunir el suficiente aliento para hablar—. Os vais a ir y no vais a volver. No os equivoquéis. En esta aldea no tenemos inconveniente en matar a basura de la corte. Y ahora, fuera.
Los hombres de la aldea se adelantaron, alzando sus armas improvisadas en gesto de advertencia. Al mirarlos, Kagome supo que no tenían la más mínima oportunidad de ganar si se diera una pelea. No solo estaban mal equipados, sino que también estaban relativamente desentrenados.
Aun así, también sabía que no dudarían en pelear igualmente. Tenían un aire de perros a los que les habían pegado demasiadas veces, desesperados, sucios y enfadados. No retrocederían y ella no tenía deseos de luchar contra quienes solo trataban de protegerse a sí mismos.
Dio un paso adelante tentativamente, con las manos levantadas y extendidas en gesto de paz.
—Por favor, jefe —dijo, reacia a marcharse sin intentarlo al menos una vez—. Si pudiera escuchar lo que tengo que decir, le prometo…
—¡No vamos a escuchar más mentiras tuyas, puta de la corte!
Una azada oxidada bajó hacia su hombro, más rápido de lo que Kagome pudo parpadear. Tropezó al dar un paso atrás, pero el golpe lo paró el shakujou recubierto de oro de Miroku a un pelo de su rostro. Los anillos tintinearon por el impacto y el rostro del aldeano se contrajo con furia. El houshi le obligó a retroceder con un sencillo empujón de su báculo.
Sango estuvo a su lado al instante y pudo oír al resto de su guardia cerrando filas tras ella, preparados para defender futuras señales de agresión.
—¿Estás bien, Kagome-chan? —le dijo Miroku, sus ojos seguían fijos en su atacante.
Kagome asintió, ligeramente alterada ante el evidente odio en los ojos del hombre, que la miraba con furia desde donde estaba detrás del houshi.
—¡Controle a sus hombres! —le gritó Sango con rabia al jefe, su mano se cernió sobre la empuñadura de la wakizashi envainada en su cintura—. ¿Qué honor hay en atacar a quien está desarmado?
—¿Honor? —resolló el anciano, aunque su nublada mirada estaba fija en Miroku. Entrecerró los ojos, las arrugas alrededor de su boca se intensificaron—. Honor —dijo de nuevo, de él salieron motas de baba junto con la palabra—. No, no. No, no, no. El honor es algo solo de la corte. El honor permite que os llevéis las cosechas que cultivamos nosotros para los vuestros. El honor os permite violar y robarnos a nuestras esposas e hijas. El honor os permite prender fuego a nuestras tierras y esclavizarnos en nombre de vuestras guerras. No, no, no. No hay honor entre nosotros. Eso solo le pertenece a la corte. ¿No es así, Miyasu?
Eso último pareció ir dirigido a Miroku, que se encontraba delante de Kagome en gesto protector. Tanto Kagome como Sango dirigieron los ojos hacia el houshi.
Miroku parpadeó, bajando ligeramente el shakujou. Avanzó un paso, con sus oscuros ojos bien abiertos mientras los fijaba en el retorcido anciano.
—¿Cómo conoce a mi padre? —dijo en voz alta.
Kagome parpadeó, dirigiendo sus ojos instintivamente hacia Sango. La mirada de la taiji-ya, no obstante, estaba firmemente fija en Miroku, con el ceño fruncido.
—¿Padre? —repitió el jefe, su pecho se infló para tomar el suficiente aliento tras su diatriba—. No soy tonto, Miyasu. No se me olvidan las caras, en especial las de los perros entrometidos de la corte. Parece que has conseguido sobrevivir a esa maldición, después de todo. Y yo que esperaba que fuese tu fin. Y esta vez has conducido hasta nosotros a incluso más roña de la corte. Da gracias de que no te mate donde estás, chucho miserable. Pero vete ya, o puede que cambie de opinión.
—¡Silencio, miserable desgraciado! —soltó Sango con más aspereza de la que Kagome le hubiera oído pronunciar nunca.
Avanzó para ponerse al lado de Miroku, estirando la mano para agarrarle el brazo. Su rostro se había puesto pálido, su mano tenía los nudillos blancos donde aferraba el shakujou.
—Venga, Houshi-sama —le dijo en voz baja—. Algo va mal en la mente de ese hombre. No tiene ni idea de lo que dice. —Y entonces, girándose hacia el grupo, dijo en voz alta—: ¡Nos vamos!
Tiró del brazo de Miroku, apartándolo de donde parecía estar enraizado mientras miraba con furia al jefe. Tras unos tirones cada vez más fuertes por parte de ella, pareció volver al presente, siguiéndola a regañadientes. Le dirigió una sombría mirada al anciano mientras se marchaban.
El color se había drenado de él por completo y tenía la mandíbula apretada con tanta fuerza que le palpitaban los músculos de la mejilla. El grupo rodeó a Kagome mientras esta seguía a Miroku y a Sango, cubriendo su retirada.
Los aldeanos armados los observaron marcharse hasta que estuvieron más allá del límite de la aldea, pero no hicieron movimiento alguno de ir tras ellos. Por preparados que estuvieran para pelear, conocían perfectamente las probabilidades que tendrían de sobrevivir si iniciaban un ataque.
El jefe se quedó completamente quieto mientras los observaba partir, con una mirada sombría en sus ojos nublados.
El grupo rodeó a Miroku en cuanto estuvieron lo suficientemente lejos de la aldea para detenerse sin miedo a un ataque, aunque Sango aun así les ordenó a tres de los taiji-ya que montasen guardia como precaución. Miroku estuvo callado durante un largo rato, con los ojos fijos en el suelo. Estaba completamente quieto, pero sus ojos estaban casi febrilmente brillantes y Kagome podía ver que le estaba dando vueltas a algo rápidamente en su mente. El grupo esperó a que hablase, ninguno se atrevía a decir una palabra.
Finalmente, levantó la mirada. Sonrió.
—Bueno —dijo, encogiéndose animadamente de hombros—. Parece que esa aldea ha sido una pérdida. Al menos hemos salido todos ilesos.
Kagome parpadeó, se habría esperado casi cualquier reacción menos esta. Miró a Sango, pero la noble tenía el ceño fruncido mientras lo miraba. Todo el grupo estuvo callado durante varios momentos, desconcertado.
—El anciano jefe… parecía conocer a su padre, Houshi-sama —se atrevió a decir Noriko finalmente—. Y mencionó algo sobre una maldición, ¿creo? ¿Tiene alguna idea de a qué se refería?
Miroku miró a la mujer y, por el más breve de los momentos, hubo una oscuridad en su expresión que Kagome nunca hubiera sospechado de él. Pero desapareció en un abrir y cerrar de ojos, reemplazada por una ligera perplejidad. Negó con la cabeza.
—El hombre no parecía estar en sus cabales —contestó—, y mi padre recorrió muchos lugares en sus viajes a lo largo de años. Es probable que se lo encontrase en algún momento y que lo demás naciera del caos de su propia mente. Aunque admitiré que me alteró un poco oírle hablar tan duramente de mi padre. Era un hombre excepcionalmente amable.
—El anciano no parecía apreciar mucho nada que tuviera que ver con la corte —aportó Gorou, negando con la cabeza—. Después de todo, casi hizo que asesinaran a Kagome-sama. Es probable que no tenga ni idea de lo que estaba diciendo sobre su honorable padre, Houshi-sama.
Salvo Sango y Kagome, el resto del grupo asintió y murmuró su acuerdo. Sango, no obstante, estaba mirando a Miroku de forma crítica, y Kagome sabía que pensaba que le ocurría algo más allá de lo que les estaba permitiendo ver. Kagome sentía más o menos lo mismo. La reacción de Miroku en la aldea… rara vez perdía el control de esa forma. Kagome no se podía creer que todo hubiera sido simplemente un malentendido.
—Sugiero que partamos, entonces —dijo Sango de repente, con los ojos fijos en el rostro de Miroku—. No veo que esta aldea vaya a encontrar más intentos por nuestra parte con algo que no sea violencia. Será mejor que nos movamos para evitar desperdiciar nuestros esfuerzos o que nos ataquen mientras nos retiramos.
Miroku dirigió rápidamente la mirada hacia ella. Pero no dijo nada mientras el resto de sus compañeros expresaba su acuerdo. Finalmente, asintió.
—Una sabia decisión, como siempre, Sango-sama —dijo—. Pero, como la noche se nos está echando encima con bastante rapidez, ¿no sería prudente partir de nuevo por la mañana? Dudo que se atrevan a venir a por nosotros con armas tan limitadas y nuestra guardia será más que suficiente para espantarlos si fueran a intentar algo.
Sango lo miró durante un largo momento, sopesándolo. La sugerencia era razonable. El día estaba declinando rápidamente hacia la tarde y tendrían que viajar por la noche si partían ahora. Normalmente, intentaban evitar eso, ya que los dejaba mucho más vulnerables a ataques sorpresa que si viajaban durante el día. Miroku encontró su mirada igualmente, con expresión jovial.
—Tiene razón, Houshi-sama —dijo finalmente—. Pasaremos la noche aquí. Será más seguro partir a primera hora de la mañana. Empiecen a montar el campamento. Yo iré a cazar la comida de esta noche.
Los taiji-ya, junto con Haru y Shippou, se pusieron inmediatamente manos a la obra, la rutina de montar el campamento les era tan familiar para ahora que podrían haberlo hecho con los ojos cerrados. Miroku le ofreció a Sango una pequeña sonrisa antes de ir a atender sus propios deberes.
Sango se lo quedó mirando mientras se iba. Kagome se puso al lado de la mujer.
—¿Qué ocurre, Sango-chan? —preguntó en voz baja, esperando que la amiga de la infancia del houshi comprendiera qué era lo que había ocurrido exactamente en aquella aldea.
Sango negó con la cabeza, con ojos afligidos.
—No lo sé —dijo en voz baja—. O, al menos, no sé todo. Miyasu-sama, el padre de Houshi-sama, le fue arrebatado abruptamente, cuando Houshi-sama era bastante pequeño. Nadie nunca entendió lo que había ocurrido. No mucho antes de la guerra por el trono, había salido de la corte y, en el caos de aquel entonces, nadie tuvo oportunidad de preguntarle por qué o qué pretendía hacer. Cuando regresó a la corte, varios meses después, él… estaba demasiado débil como para explicar lo que había pasado. Se aferró a la vida durante algunos días antes de fallecer. Su esposa le siguió no mucho más tarde. Houshi-sama tomó su puesto. Yo… he intentado sacarle el tema en diversas ocasiones, pero se niega a hablar de su padre. Esto es lo máximo que le he oído decir sobre Miyasu-sama en años.
Kagome parpadeó, recordando de repente que Midoriko-sama le había mencionado casi exactamente lo mismo. Miró hacia Miroku, observándolo mientras ponía guardas en el perímetro del campamento, como era habitual.
—¿De verdad crees que es como dijo Miroku-sama? —le murmuró Kagome a su amiga—. ¿Que el jefe de la aldea simplemente está mal de la cabeza? También lo sentí en su aura. Parecía… extraño. Algo dentro de ese hombre estaba profundamente enfermo.
—Tal vez —dijo Sango profundizando su frunce—, pero tú también lo viste, ¿no? El rostro de Houshi-sama cuando ese hombre lo llamó por el nombre de su padre.
El silencio cayó sobre el par. Las dos lo sintieron. Había algo que Miroku estaba ocultando, que les estaba ocultando incluso a ellas.
—Voy a ir a cazar —dijo Sango finalmente—. Vigílalo por mí, ¿de acuerdo? Sabes tan bien como yo que, si de verdad ocurre algo, intentará lidiar con ello por su cuenta.
Kagome asintió.
—Pero para eso estamos aquí, ¿no? —dijo en voz baja, ofreciéndole una pequeña sonrisa a su amiga.
Sango correspondió con una débil por su parte antes de desaparecer en el oscurecido bosque.
Había pasado más de una semana y media desde que Kouga había dejado al grupo. Según lo planeado, habían continuado su viaje por la costa hacia Kyūshū desde su marcha. Afortunadamente, también había marcado en el mapa la ubicación de los clanes Tanuki y Oni restantes antes de irse, lo que significaba que Kagome y sus compañeros serían capaces de encontrarlos incluso sin su ayuda.
Esto, no obstante, a Kagome le servía de poco consuelo. Le había dado vueltas a todo en su cabeza una y otra vez desde que se había marchado y siempre se quedaba sintiéndose peor que la vez anterior. No solo había perdido un amigo bueno y leal, no podía escapar de la comprensión de que había utilizado a Kouga de un modo horrible. Había buscado escapar de sus sentimientos por Inuyasha a través de Kouga, sin pararse nunca a considerar lo injusto que era para Kouga cuando sus propios sentimientos hacia ella eran tan sinceros.
Su miedo a sus propios sentimientos, al dolor que le causaban y que iban a causarle a los demás, la habían vuelto egoísta y Kagome se odiaba por ello. Había pasado varias noches sin dormir preguntándose cómo podría compensárselo. Una carta. Algún regalo para su clan. Algo. Pero siempre volvía a la idea de que la mayor bondad que podría otorgarle en este momento sería no volver a aparecer ante él. Y sabía que portar esa culpa durante el resto de su vida era menos que el castigo que se merecía.
Por encima de todo ello, había vuelto a donde había empezado. Era incapaz de seguir evitando el hecho de que estaba enamorada del soberano de su nación y le aterrorizaba el hecho de que nunca fuera a desaparecer ese sentimiento. No sabía qué hacer consigo misma.
Lo mejor que se le ocurrió fue evitar pensar en ello o en lo que estaba por venir cuando llegase el momento en el que le tocase regresar a la corte. En cambio, devolvió toda su concentración a la misión, decidida a al menos hacer eso bien.
Esta última aldea con la que se habían encontrado en su camino por la costa había parecido, al menos en apariencia, como cualquier otra antes que ella. Pequeña y menospreciada. Ni siquiera había una conexión con una residencia para hacerla particularmente reseñable.
La ferocidad con la que los aldeanos habían encontrado su aspecto, sin embargo, fue algo inusual. Y también estaba lo que había ocurrido entre Miroku y el jefe.
Kagome miró al hombre, sentado en medio de un anillo de taiji-ya y escuchando educadamente, sino ávidamente, lo que fuera que estuviera diciendo uno de los hombres. Sango ya había regresado y habían terminado con la comida de la noche, pero él aún no había vuelto a mirar en dirección a la aldea. Mientras lo observaba, Kagome había empezado a cuestionar sus propias sospechas. Tal vez simplemente se había alterado ante la mención del nombre de su padre saliendo de la boca de aquel hombre vil.
Sango parecía haber perdido también algo de su anterior certeza. Aunque todavía lo observaba desde su lugar al otro lado del campamento mientras examinaba la hoja de su wakizashi en busca de muescas o señales de desgaste, había desaparecido un poco de la alerta de su figura.
El grupo se acomodó lentamente para dormir, aunque un par se quedó a guardar el campamento en caso de ataque. Como era habitual, Kagome esperó hasta que los demás parecieron estar dormidos antes de sacar la cuenta de su traje. A pesar de todo, no se atrevía a renunciar al ritual.
Estaba a punto de abrir el enlace cuando un movimiento captó su atención. Fuera quien fuese, estaba demasiado lejos del fuego como para ser claramente visible, pero Kagome pudo distinguir una sombra mientras se alzaba al borde del campamento. Vaciló, contenta de que ella misma estuviese lo suficientemente lejos del fuego como para evitar que la vieran claramente. Probablemente era solo alguien del grupo que se levantaba para atender sus necesidades.
Pero, un momento más tarde, se levantó otra figura. Kagome pudo distinguir esta claramente. Era Sango, con el pelo suelto por su espalda en un revoltijo despeinado tras haber estado acostada para dormir. Pero su mirada era intensa cuando la reflejaron las llamas, no había ninguna niebla del sueño en sus ojos. Se movió lentamente para seguir la figura en sombras mientras desaparecía en el bosque circundante.
Kagome salió lentamente de su futón, con cuidado de no molestar al kitsune que estaba durmiendo allí. Cogió el arco y el carcaj con flechas que yacía a su lado, con cuidado de evitar el anillo de la luz del fuego mientras se movía para seguir a su amiga. No estaba segura de qué estaba pasando, pero nadie más parecía haber notado que ocurriese algo. No iba a dejar que Sango lidiase con lo que fuera ella sola.
Para cuando alcanzó a Sango, esta había alcanzado a la figura en sombras. A los ojos de Kagome les llevó unos instantes ajustarse del todo a la oscuridad del bosque, pero cuando lo hicieron, se dio cuenta exactamente de por qué la noble había sentido la necesidad de seguirla.
Era Miroku.
Sango se había movido para bloquearle el paso, su pose era de determinación. Miroku pareció desconcertado, tenso cuando ella le hizo detenerse en seco. Kagome cuidó su avance, manteniéndose oculta justo detrás del tronco de un árbol cercano. Quería ver cómo iba a desarrollarse esto antes de decidir si debía intervenir o no.
—No puede volver ahí usted solo —soltó Sango, aunque su voz era lo suficientemente baja como para evitar que llegase al campamento—. ¿Tiene alguna idea de lo que le harían si lo descubren? Y que intente escabullirse, aún encima…
—Sango-sama —dijo Miroku, con un poco de dureza que Kagome apenas pudo distinguir en sus palabras—, le aseguro que ha malinterpretado mis intenciones. Simplemente pretendía… ah, atender mis necesidades antes de irme a dormir. Me disculpo por haberla despertado, pero…
—¿Y le hacía falta irse tan lejos del campamento para hacer sus necesidades? —replicó Sango—. ¿Le hacía falta esperar hasta que los guardias estuviesen al otro lado del campamento para que no le vieran?
—Le aseguro que no he evitado intencionadamente a los guardias —dijo Miroku con tono cada vez más tenso—. Y pensé que sería cortés…
—¡No me mientas, Miroku! —soltó Sango con las manos cerradas en puño a sus costados mientras se inclinaba hacia él insistentemente—. ¡Te conozco! ¿De verdad pensabas que no iba a darme cuenta de que pasaba algo? Sé que no te gusta hablar de tu padre, pero si me contases…
—No es asunto suyo.
Sango se detuvo a mitad de frase cuando las palabras, dichas en voz baja, la atravesaron. La expresión de Miroku había perdido cualquier pretensa de confusión o diversión. Ahora estaba serio, con ojos decididos mientras miraban los de ella.
—¿Q-Qué quieres decir con que no es asunto mío? —dijo Sango, recuperándose tras un momento—. Por supuesto que es asunto mío. Como… como tu líder y amiga tuya…
—Es problema mío —la interrumpió Miroku con frialdad una vez más—. Y yo solo debo arreglarlo. Vuelva a la cama, Sango-sama. Yo volveré por la mañana y podremos reanudar la misión como siempre.
Hizo por rodearla, pero Sango dio un paso atrás y se interpuso en su camino de nuevo. Lo miró con furia, con los ojos brillando con dolor e ira a partes iguales ante su casual desprecio.
—Si quieres volver ahí, tendrás que pasar por encima de mí —dijo con firmeza.
Miroku la miró, apretando la mandíbula. Ella encontró su mirada con una suya desafiante y se extendió un tenso momento de silencio entre ellos.
—Sabes que no voy a pelear contra ti, Sango —dijo entre dientes, moviéndose una vez más como para rodearla.
Ella se movió, bloqueándolo de nuevo.
—Entonces no irás —dijo.
—¡No quiero que te metas en esto! —soltó Miroku y Kagome se encogió donde estaba escondida.
No recordaba haberle oído nunca antes alzando la voz.
—¿Por qué? —replicó Sango—. ¿No te he contado todo? ¿No he compartido contigo cada minúsculo y mísero problema que he tenido? ¿Por qué has de intentar siempre hacerlo todo tú solo? ¡Obviamente esto es lo suficientemente importante como para que arriesgues la vida! ¡Así que no me digas, Miroku, que no es asunto mío!
Miroku ahora la miraba con sincera furia. Incluso en la oscuridad, Kagome pudo ver el músculo palpitando en su mandíbula mientras luchaba por evitar perder los nervios.
—Muévase, Sango-sama —dijo en voz muy baja.
—No lo haré —respondió Sango impasiblemente, negando con la cabeza—. Al igual que tú siempre has luchado mis peleas como tuyas, tus peleas son mis peleas. No sé por qué estás decidido a intentar alejarme, Miroku, pero no dejaré de intentarlo. No me rendiré. Seré tu amiga leal, tanto si quieres que lo sea como si no.
Él se quedó callado, uno poco de la tensión salió de su figura. Un suspiro escapó de él y cerró los ojos mientras negaba con la cabeza.
—Por favor, Sango, tú no lo entiendes…
—Creo que ambas lo entendemos perfectamente.
Kagome emergió de detrás del árbol, incapaz de contenerse durante más tiempo. Sango y Miroku se giraron hacia ella, sorprendidos.
—Y tengo que secundar a Sango-chan, Miroku-sama —dijo Kagome, yendo a ponerse al lado de la mujer—. Usted nunca permitiría que me fuera sola a hacer algo tan peligroso. ¿Qué clase de amigas seríamos si nosotras sí le dejásemos?
Sango le sonrió débilmente. Miroku pasó la mirada de ella a Sango y viceversa, desconcertado. Medio negó con la cabeza, abriendo los labios para decir algo cuando otra voz interrumpió la suya.
—¡Sango-sama! ¡Sango-sama! ¿Dónde está?
Los tres se dieron la vuelta, sorprendidos ante los bajos llamados provenientes del campamento. Sango agarró a Miroku por el brazo, arrastrándolo a la fuerza tras ella. Kagome corrió tras el par, una punzada de preocupación la atravesó.
Nada parecía ocurrir en el campamento. La mayoría de los taiji-ya seguían dormidos, al igual que lo estaban Haru y Shippou. La única diferencia era la figura que estaba al lado de Noriko, que era quien había estado llamando a Sango.
Era una mujer que Kagome no reconoció. Por la apariencia de su ropa andrajosa y sus facciones demacradas y manchadas de tierra, Kagome supuso que era una de las aldeanas. Era difícil saber qué edad tendría, pero no parecía ser muy mayor. Tenía la cabeza inclinada, con los hombros encorvados y las manos entrelazadas con fuerza mientras merodeaba con vacilación al lado de Noriko.
—¿Qué pasa? —dijo Sango mientras se acercaba, observando a la extraña—. ¿Ha ocurrido algo?
Noriko negó con la cabeza, haciendo un gesto hacia la mujer. Si era posible, la mujer encorvó los hombros todavía más hacia arriba.
—Esta mujer acudió a nosotros mientras estábamos de guardia —dijo Noriko—. Dice que su nombre es Hisoka-san y que solicita una audiencia con Houshi-sama.
—¿Conmigo? —dijo Miroku.
La mujer levantó la mirada hacia su rostro durante el más breve instante antes de desviarla. Se medio inclinó en una extraña reverencia.
—Lamento haberles molestado —murmuró apresuradamente.
—Si ha venido tan tarde y sola, asumo que debe ser importante —dijo Miroku amablemente, avanzando un paso hacia ella—. Por favor, vayamos hasta allí. Podemos hablar en privado…
—No —intervino Sango, dirigiéndole una mirada mordaz—. Por favor, regrese a su puesto, prima. La escucharemos y luego la escoltaremos en el camino de vuelta.
Noriko asintió y se movió para hacer eso, pero le dirigió una mirada de curiosidad al grupo mientras se iba. Miroku frunció el ceño mientras miraba a Sango, apoyando una mano en el brazo de la aldeana. Ella se encogió ligeramente.
—Con el debido respeto, Sango-sama, Hisoka-san ha solicitado una audiencia conmigo —dijo—. No veo razón para que Kagome-sama y usted…
—Me parece que no —interrumpió Sango—. Cualquier cosa que haya que decir puede ser y será dicha delante de Kagome-sama y de mí.
Miroku frunció el ceño mientras la miraba, a punto de discutir sobre ello. Una mirada a Hisoka, con sus movimientos inquietos incrementándose por momentos, le detuvo la lengua. Suspiró, demasiado impaciente por escuchar por qué era que la mujer había arriesgado tanto para venir a decirle como para gastar más tiempo intentando mover el muro de piedra en el que Sango se había convertido. Hizo un gesto hacia una esquina del campamento, a corta distancia de donde dormían los demás.
—Al menos, vayamos a donde no puedan oírnos.
Sango asintió y los tres se movieron. Hisoka arrastró los pies tras ellos, con la mirada todavía clavada en el suelo.
—Por favor, hable libremente, Hisoka-san —dijo Sango suavemente—. No debe tener miedo de nosotros.
Hisoka levantó la mirada hacia ella por debajo de las pestañas. Sango le ofreció una pequeña sonrisa y algo de la tensión salió de su delgada figura. Asintió, más para sí misma que para ellos.
—Tenía miedo de venir hasta ahora —comenzó en voz muy, muy baja—. Alguno de los demás aldeanos podría haberme visto si venía durante el día. Nunca me habrían dejado regresar si pensasen que he tenido tratos con cortesanos. Pero tenía que venir.
Se quedó en silencio, retorciendo las manos con nerviosismo una vez más. Parecía estar reuniendo valor para algo y los tres esperaron en silencio a que ella se atreviera. Finalmente, consiguió levantar la mirada, encontrando la de Miroku.
—Mi aldea y el jefe… están enfermos —murmuró—. Nunca podrán perdonar a los cortesanos por lo que les han hecho. Hace mucho tiempo que los odian. Pero Miyasu-sama… su padre una vez me trató con gran amabilidad. Pensé… si pudiera compensárselo de algún modo…
Se interrumpió, bajando de nuevo la mirada cuando pareció perder la pequeña cantidad de ánimo que había reunido. Miroku frunció el ceño, moviéndose con un poco de impaciencia. Su ánimo se había vuelto mucho más solemne ante la mención de su padre.
—¿Qué ocurrió aquí exactamente? —preguntó Kagome con curiosidad y esperando hacer que volviese a hablar.
La mujer negó con impotencia con la cabeza, encogiéndose de hombros.
—Todo —dijo y hubo una resignación tan profunda en la palabra que Kagome sintió que se le encogía el corazón. La mujer encorvó todavía más los hombros como para repeler el recuerdo.
—Nuestra aldea está situada entre dos residencias de la corte, como probablemente sepan —continuó—. Los clanes a los que pertenecen las dos residencias hace mucho que se disputan las lindes de sus tierras. Y la tierra en la que se sitúa nuestra aldea, es… era muy fértil. Ambos clanes la querían como parte de sus propiedades. Pelearon durante años por nuestras tierras. Usaron a nuestros hombres como soldados. Violaron a las mujeres cuando los hombres se negaron a seguir luchando. Cientos de los nuestros murieron en las batallas. Y cuando se terminaron las batallas, nuestra tierra estaba casi echada a perder. Aun así, los cortesanos echaron sal a la tierra para asegurarse de que ningún bando pudiera usarla nunca. Más de los nuestros murieron de inanición. Ahora no queda nada para nosotros en esta tierra, pero no tenemos otro lugar al que ir. O… tal vez no podamos irnos. La miseria nos ata a este sitio. No estoy segura de que podamos irnos aunque queramos. No estoy segura de que las cosas fueran a ir mejor si lo hiciéramos.
Se encogió de hombros, el movimiento fue un pequeño tirón de sus huesudos hombros. Kagome, Miroku y Sango se quedaron en silencio y fríos de horror. Kagome apenas podía comprender lo que acababa de escuchar. Que los cortesanos pudieran usar a otras personas de ese modo, que devastaran por completo a gente que no les había hecho nada, impunes a la luz tanto de las leyes como de sus propias conciencias… Sintió frío por todas partes.
—¿Por qué? —consiguió decir Miroku finalmente—. ¿Qué podría moverla a arriesgarse a acudir a mí?
Todo su comportamiento había cambiado. Kagome vio su propia repulsión reflejada en su rostro, sus facciones estaban pálidas a la débil luz que ofrecían la luna y las estrellas. Al lado de él, Sango tenía la cabeza inclinada.
La mujer miró a Miroku a los ojos, el fantasma de una sonrisa antigua se cernió en las comisuras de sus labios.
—Su padre me dio los años más felices de mi vida. La única felicidad que he conocido —dijo en voz baja, una nostalgia agridulce recorría sus palabras—. Le debo una gran deuda a Miyasu-sama. Quería ofrecerle al menos mi agradecimiento a su hijo. No tengo mucho, pero si hay algo que pueda ofrecerle, considérelo suyo.
El rostro de Miroku se tornó todavía más solemne. Vaciló, dirigiéndole a Sango una mirada de soslayo. No quería que estuvieran allí para esto, pero sabía que no iba a poder librarse de ellas ahora.
—Necesito saber lo que le ocurrió aquí a mi padre —dijo finalmente, con unos ojos casi febrilmente brillantes cuando encontró los de Hisoka—. Por favor. Es el mayor servicio que podría hacerme nunca.
La mujer se lo quedó mirando, habiéndose esperado casi cualquier otra cosa. Le dirigió un pequeño asentimiento.
—No lo sé todo —dijo—. Pero sé tanto como cualquier otra persona de la aldea. Miyasu-sama vino aquí hace varios años. Dijo que estaba buscando a un youkai y que lo había seguido hasta nuestra aldea. Pero, como era de la corte, el jefe casi hizo que lo mataran. Pero Miyasu-sama escapó antes de que pudieran hacerle daño. Yo… le conocí en el camino de fuera de la aldea. Había estado en el bosque buscando hierbas. Mi pequeña estaba muy enferma. Quería sanarla, pero no tengo habilidad ni entrenamiento en las artes curativas. Miyasu-sama se ofreció a verla. Yo estaba desesperada. A mi marido lo habían matado en batalla y ella era la última familia que me quedaba en el mundo. Así que lo metí a escondidas en la aldea bajo el manto de la noche y lo oculté en mi cabaña. Curó a mi Aiko y me preguntó si yo había visto a un hombre extraño entrando recientemente en la aldea. Le dije que no. Me dio las gracias… las gracias, entre todas las cosas, y salió de la aldea en busca del hombre.
Dudó, frunciendo el ceño de repente. Cerró los ojos contra algún recuerdo, retorciendo las manos.
—No estoy segura de si encontró lo que estaba buscando —murmuró, negando con la cabeza—. Pero debió de encontrar algo. Lo encontré por la mañana, tumbado justo fuera de mi cabaña. No parecía tener ninguna herida, pero estaba aturdido y débil. Apenas podía decir nada que tuviera sentido, salvo que tenía que volver a la corte. Le rogué que se quedase conmigo y que descansase un tiempo. Parecía demasiado débil como para hacer ninguna suerte de viaje. Pero se negó, sin importar lo que yo dijese. Salió de la aldea y el jefe le vio partir. Pero lo dejó en paz, ya que parecía enfermo y débil. El jefe dijo que era una maldición que le habían echado por atreverse a entrar en nuestra aldea. Se rio… se rio y dijo que se lo merecía. Es un… es un hombre tan aborrecible. Me sentí fatal, pero no podía dejar a Aiko para ir tras él. Nunca supe si… llegó a la corte.
Levantó la mirada hacia Miroku por debajo de sus pestañas, con una tímida pregunta en sus ojos. Miroku se había puesto rígido, toda su figura estaba tan tensa que parecía como si fuera a estallar en cualquier momento. El dolor y el amargo alivio se mezclaban de forma extraña por sus facciones, cerró los ojos durante un largo momento.
Mientras lo observaba, Kagome sintió que se le encogía el corazón. Dio un paso instintivamente hacia él. Al lado de él, Sango estiró la mano, sus ojos bien abiertos estaban clavados en su rostro mientras apoyaba una tentativa mano sobre su brazo.
—Sí —consiguió decir Miroku finalmente, abriendo los ojos—. Consiguió volver. Pero falleció varios días después.
A Hisoka se le descompuso el rostro, bajando la mirada una vez más. Se mordió el labio.
—Lo siento mucho —murmuró con silenciosa emoción—. Su padre fue una de las pocas personas buenas que he conocido nunca.
—No se disculpe —dijo Miroku, aunque no podía mirarla—. Me ha dado un regalo mayor del que cree al contarme todo esto. Pero querría pedirle uno más.
Hisoka se lo quedó mirando, asintiendo sin vacilar.
—Por supuesto —dijo—. Lo que sea.
—¿Hay algún lugar, cualquiera, en el que pueda pensar al que pudiera haber ido esa noche? —preguntó—. ¿Cualquier lugar dentro o alrededor de la aldea que parezca extraño o excepcional en algún sentido?
Ella frunció el ceño mientras pensaba por un instante.
—Hay… un lugar —dijo—. Está justo a las afueras de la aldea. Solía ser parte de ella, pero todos se mudaron de allí después de lo que ocurrió.
—¿De lo que ocurrió? —repitió Sango, consiguiendo finalmente apartar la mirada del rostro de Miroku.
Hisoka asintió.
—Una mujer vivía en aquella cabaña con su pequeño hijo —dijo—. Su nombre era Fuyumi, si recuerdo bien. Era muy hermosa, pero extraña. Nadie supo nunca quién era el padre de su hijo, así que los aldeanos siempre eran cautelosos con ella. El pequeño, Onigumo, creo que ese era su nombre, era hermoso también, pero daba problemas. A veces les robaba a los otros aldeanos y siempre se peleaba con los demás niños.
»En una de las batallas entre cortesanos, ardió casi la mitad de la aldea. La cabaña de Fuyumi también prendió fuego. Los hombres consiguieron apagar las llamas antes de que ardiera su cabaña, pero no hubo señales de Fuyumi ni de su hijo. Alguien dijo que creían haberla visto siendo arrastrada por uno de los cortesanos. No habría sido la primera vez que uno de ellos se llevaba a una de las mujeres de la aldea para tenerla como amante. Nadie estuvo seguro nunca de lo que le ocurrió al niño. Es probable que lo mataran cuando se llevaron a su madre. Pero años más tarde, una oscuridad se asentó sobre la cabaña. La gente que se acercaba empezaba a encontrarse mal y a sentir miedo. Se habló de tirarla abajo, pero nadie nunca se atrevió a hacerlo. Quienes vivían cerca simplemente abandonaron sus cabañas y construyeron otras nuevas más lejos.
Kagome, Miroku y Sango intercambiaron una mirada. Si esa descripción no apestaba claramente a nido de youkai, entonces nada lo hacía.
—Si quiere, podría enseñársela —ofreció Hisoka tímidamente, aunque la forma en la que se le tensaron los hombros traicionó su profunda reticencia.
—No —dijo Miroku—. Ha hecho más que suficiente por mí esta noche. Pero si espera, al menos podemos escoltarla para que llegue a salvo a la aldea y con su hija. Iremos a inspeccionar la cabaña mientras todavía tengamos el manto de la noche para ocultarnos.
Miró a Sango y a Kagome en busca de confirmación, resignado llegados a este punto al hecho de que intentarían ir con él pasara lo que pasase y sin querer perder más tiempo discutiendo con ellas. Sango y Kagome asintieron, ambas más que dispuestas a hacer lo que hiciera falta para ayudar a su amigo.
Hisoka les ofreció una débil sonrisa.
—No pasa nada —dijo—. Si no me necesitan, preferiría volver yo sola. No… no hay nadie esperándome. La enfermedad se llevó a Aiko hace varios años. Pero los años que me dio su padre con ella fueron los mejores de toda mi vida.
Les hizo una reverencia un poco incómoda antes de darse la vuelta y partir en silencio hacia el bosque y en dirección a la aldea.
—Espere —la llamó Kagome, aunque la palabra estuvo medio ahogada por la repentina tensión de su garganta.
La mujer no hizo ni una pausa, arrastrando lentamente los pies en la oscuridad de la noche. Los tres se quedaron observándola en silencio, el peso del mundo pareció asentarse sobre ellos.
Sango simplemente tuvo que coger sus armas y su equipo de taiji-ya antes de que pudieran partir. Informaron a la pareja que estaba de guardia de que volverían por la mañana, ordenándoles que continuasen montando guardia hasta entonces. Dejaron durmiendo al resto de sus compañeros. Miroku ya era bastante reacio a permitir que Kagome y Sango lo acompañasen, además, sería más fácil ir con sigilo con menos personas.
Tomaron un camino diferente del que habían tomado cuando se habían retirado, moviéndose en cambio bajo la protección de los árboles y apuntando hacia el extremo de la aldea. Cuando finalmente se vieron obligados a dejar su cubierta, se aseguraron de rodear desde lo más lejos posible las cabañas destartaladas.
La aldea estaba en silencio, siniestramente tranquila bajo la pálida luz de la luna. Llegaron al otro extremo de la aldea, en el lado contrario a por donde habían entrado aquella tarde. Al principio parecía que no había nada que buscar, pero un poco más de perseverancia los llevó a varias cabañas que estaban situadas a una extraña distancia de la propia aldea.
Todas las cabañas estaban destartaladas, las paredes y los tejados se derrumbaban sobre sí mismos tras años de desuso, pero solo una portaba todavía las marcas chamuscadas de un incendio en sus restos. El jyaki permeaba en el aire a su alrededor como algo tangible y a Kagome se le revolvió el estómago de forma desagradable a medida que se acercaban.
—Es horrible —murmuró, observando la estructura en ruinas—. ¿Qué puede haber pasado para que esté así?
—Incluso yo puedo sentirlo —dijo Sango, frotándose distraídamente un brazo al ponérsele la piel de gallina—. Lo noto… pesado. Oscuro.
—No puedo sentir nada más allá del jyaki —dijo Miroku con ojos entrecerrados mientras miraba hacia la oscuridad de la cabaña—. ¿Y tú, Kagome-chan?
Kagome negó con la cabeza.
—Está demasiado denso en el aire —contestó—. No puedo sentir nada dentro de la cabaña.
Miroku frunció el ceño con ojos contemplativos mientras examinaba las ruinas. Su mano enguantada se flexionó casi inconscientemente a su costado una vez más y Kagome se preguntó distraídamente si siempre había sido un hábito suyo y ella simplemente nunca antes se había dado cuenta.
—Quiero entrar solo —dijo Miroku tras varios instantes.
La mirada de Sango se dirigió rápidamente hacia él.
—¡Ni de broma! —exclamó—. ¡No hemos llegado hasta aquí solo para quedarnos fuera a esperar!
—No hay forma de saber lo que hay dentro —dijo Miroku, esforzándose por hablarle con ecuanimidad—. Las dos estarán mucho más a salvo si simplemente esperan fuera.
Sango resopló, mirándolo con incredulidad.
—¿De verdad cree que soy tan incompetente? —dijo—. He entrenado durante años y soy más que consciente de lo que puede haber ahí. ¿De verdad cree que me negaría a ayudarle simplemente porque resultase haber un riesgo?
—Lo haría si tuviese sentido común —dijo Miroku, lanzándole una mirada mordaz cuando finalmente comenzó a perder el agarre sobre su temperamento—. Este es un riesgo que no tiene que asumir. Es asunto mío y…
—¿Otra vez con eso? —soltó Sango—. ¡No le he dicho ya…!
—Por favor, paren —interrumpió Kagome, poniéndose entre los dos—. Si empiezan aquí, se arriesgan a despertar a los aldeanos y a que nos echen antes de que nadie pueda entrar en ningún lado. Además, Miroku-sama, no puede esperar que nos quedemos fuera esperando mientras usted se adentra solo en sólo los kami saben qué.
Miroku pasó la mirada de Sango a ella y viceversa, con la mandíbula fuertemente apretada. Sus ojos oscuros brillaban con su evidente frustración y, no por vez primera, Kagome se preguntó qué era por lo que se desesperaba tanto por ocultarles.
—Bien —dijo tras un momento, la palabra escapó de él en un resoplido reticente—. Pero escúchenme las dos. Desde el momento en que pongamos un pie ahí, van a hacer caso de cualquier cosa que les diga. Si les digo que corran, corren. Sin hacer preguntas. ¿Entendido?
Kagome y Sango intercambiaron una mirada. Era una condición bastante estricta que imponerles. Aun así, al final, esto tenía que ver con el padre de Miroku y las discusiones continuarían si no aceptaban…
Tras un momento, ambas mujeres asintieron. Miroku asintió una sola vez en respuesta, nada satisfecho, pero no dispuesto tampoco a perder más tiempo en ello. Les hizo un gesto en dirección a la cabaña.
—Vamos, entonces —dijo de modo cortante—. Síganme.
La presión en el sexto sentido de Kagome se incrementó a cada paso que avanzaban hacia allí y tuvo que apretar los dientes para repeler una ola de náusea que la atravesó. Miroku vaciló solo por un instante en el umbral, palideciendo de una forma que le dijo que él se sentía igual, pero dio rápidamente el primer paso y desapareció en el interior. Sango y Kagome entraron detrás de él, las manos de ambas se cernieron con cautela sobre sus armas.
A Kagome le dio una arcada, sus rodillas casi cedieron cuando se vieron envueltas en la sofocante oscuridad de la cabaña. Si la sensación del jyaki había sido lo bastante poderosa fuera de la cabaña, era suficiente para abrumarla en el interior. Respiró hondo temblorosamente mientras sus ojos se adaptaban lentamente, luchando por permanecer en pie.
—¿Miroku-sama? —llamó, apenas capaz de distinguir las siluetas de sus amigos en la oscuridad—. ¿Sango-chan?
—Aquí —oyó que decía él, seguido de varias toses secas.
Pudo distinguir que estaba cerca, pero no tenía ni idea de dónde. Se sentía desorientada, su cabeza le daba vueltas mientras el jyaki y la oscuridad antinatural presionaban por todas partes.
—Por aquí —llamó Sango, sonaba ligeramente mejor que ellos dos.
Sin un fuerte sentido espiritual, era mucho menos susceptible a él, aunque la sensación del jyaki probablemente se registrase en ella como una sensación de profundo pavor y un miedo aparentemente irracional.
—No puedo sentir nada. El jyaki es demasiado denso —llamó Miroku, su voz era baja y llena de frustración.
—Aguante —llamó Kagome, se le ocurrió una idea.
Levantó la mano derecha, concentrando energía en ella hasta que un pequeño orbe azul de su poder se formó en la cuenca de su palma. Exhaló un suspiro, el jyaki se disipó en sus inmediaciones.
A la pálida luz que emanaba, vio que se iluminaban los rostros de Sango y Miroku, preparados en tensión a corta distancia de ella. Encontró sus miradas a la tenue luz. Casi al unísono, los tres se giraron para mirar hacia el fondo de la cabaña.
Se quedaron paralizados.
Había una tela de araña consumiendo el pequeño espacio del interior de la cabaña, había hilos colgando en intrincados círculos y espirales. Parecía no haber ningún otro movimiento dentro de la cabaña salvo por los de ellos, pero enredada en el centro de la tela, una mujer colgaba suspendida en el aire. Parecía humana.
Tenía los ojos cerrados, con los brazos cruzados sobre el pecho. Era hermosa, su piel más pálida que la muerte y su pelo, enredado en varios hilos de la tela, era largo y oscuro, del estilo de la corte. Un elegante juni-hito colgaba de su delgada figura, de un color rojo sangre y bordado con intensos detalles púrpuras. No se movió en lo más mínimo.
—Por los kami —exhaló Sango, avanzando medio paso—. ¿Está viva?
Miroku negó con la cabeza, sus ojos erraron por la estancia en busca de señales de algo más.
—No sabría decir —dijo Kagome, frunciendo el ceño—. No puedo sentir nada con todo este jyaki… voy a…
Avanzó unos pasos con cautela, maniobrando con cuidado alrededor de los trozos colgantes de la tela. Se puso justo debajo de donde colgaba la mujer, sosteniendo el orbe brillante en alto para que sus finas facciones se vieran en altorrelieve. Su pecho no se movió para tomar aliento y Kagome no pudo sentir una fuerza espiritual proveniente de ella incluso a tan cercana distancia.
—Está muerta —les dijo Kagome a sus compañeros.
—Pero ¿quién es? —preguntó Sango—. ¿Y cómo diablos ha venido a parar aquí, así?
—Debe haber algo más —oyó Kagome que murmuraba Miroku detrás de ella—. Algo…
Pudo oírlo moviéndose, inspeccionando las esquinas de la pequeña habitación. Kagome frunció el ceño, levantando su luz para que escaneara lentamente su cuerpo. Oyó que Sango avanzaba para situarse justo detrás de ella.
—Espera —dijo la noble, agarrándole la muñeca para que la luz se quedase quieta.
La luz se cernió justo sobre las manos entrelazadas de la mujer. Parecía haber algo agarrado entre ellas, solo apenas visible entre sus dedos entrelazados. Kagome oyó que Sango murmuraba una plegaria por el perdón de la mujer antes de que la taiji-ya estirase la mano, sacándole la cosa lo más cuidadosamente que pudo de sus rígidas manos.
Kagome murmuró su propia plegaria en busca de perdón al alma de la mujer, preguntándose cómo había terminado allí y de aquella forma. Parecía ser de la corte y Kagome no podía empezar a imaginar cómo había terminado en esta aldea, de todos los lugares que había.
Sango consiguió al fin soltar la cosa, la tela ondeó ligeramente con la fuerza de su último tirón. La sostuvo en alto para que las dos la examinaran, dándole la vuelta en sus manos.
Un débil murmullo captó de repente la atención de Kagome. A su lado, Sango se tensó. El sonido se hizo más fuerte, llegando a convertirse en un zumbido hecho y derecho. Miroku estuvo a su lado en un instante, con el shakujou en alto.
—¿Qué es eso? —dijo, sus ojos recorrían las esquinas oscuras de la sala.
Al débil brillo de la luz de Kagome, nada parecía estarse moviendo.
—Yo no…
La miko se interrumpió a media frase, un movimiento parpadeante captó su atención en la oscuridad. Levantó lentamente la luz un poco más.
Se quedó paralizada, apenas atreviéndose a tomar su siguiente aliento.
No era visible ni una astilla de la paja que componía el techo. En cambio, había cientos de saimyōshō, agrupados tan juntos mientras colgaban de allí, que formaban un muro ellos mismos. Algunos se movían cuando les daba la luz de Kagome, retorciéndose agitadamente y subiendo unos sobre otros.
Uno se separó del resto, abrió sus ojos rojos mientras se cernía sobre la tela. Se los quedó mirando durante un largo momento, sobrevolando aquel lugar. Y luego bajaron los demás en tromba, soltándose en un enjambre y con un clamor de ruido.
Bajaron por los nudos de la tela, llenando la habitación y cayendo en masa sobre los tres.
—¡No dejéis que os toquen! —gritó Sango desenvainando su wakizashi en un suave movimiento y cortando a cuatro de los youkai de una estocada—. ¡Una picadura y estaréis muertos antes del amanecer!
Miroku movió su shakujou en un amplio arco, obligando a los saimyōshō a apartarse de Kagome y de él. Kagome, sin atreverse a apagar su luz y a sacar su arco por si dejaba a sus amigos desprotegidos en la oscuridad, se quedó pegada a sus costados y les advirtió cada vez que se acercaban los youkai.
Los tres se quedaron muy juntos a los lados de los demás mientras los youkai atacaban en grupo e iban hacia ellos, obligándoles a retroceder lentamente. Sango tuvo que girarse para abrirles un camino a través de la tela que colgaba baja, dando estocadas un momento antes de que tuviera que virar para cortar a varios youkai que se estaban acercando demasiado a ella. Varios hilos de la tela cortada colgaron en un enredo sobre los hombros y el pelo de Kagome, haciendo que le atravesara una extraña descarga. Pero la ignoró, ya que casi estaban en la entrada de la cabaña.
Miroku vaciló justo en el umbral, deteniéndose en seco.
—¿Qué haces? —le gritó Sango—. ¡Hay demasiados aquí dentro! ¡Tenemos que salir!
Miroku negó con la cabeza, con el rostro mostrando decisión.
—¡Váyanse las dos! —respondió con un grito—. ¡Yo las seguiré!
Kagome se volvió a mirarlo con los ojos como platos, encogiéndose cuando él rechazó a un saimyōshō que estaba a milímetros de la punta de la nariz de ella.
—¡No puedes! —gritó—. ¡Te matarán si te quedas aquí solo!
—¡Solo necesito un poco más de tiempo! —dijo negando con fuerza con la cabeza—. Las dos prometieron obedecerme, así que…
Se interrumpió a sí mismo, agachándose para esquivar a un youkai que volaba bajo. Kagome se giró desesperadamente hacia Sango, intercambiando una mirada de ojos desorbitados con la mujer. Sango se mordió el labio, le brillaban los ojos mientras su mente trabajaba a toda velocidad para intentar pensar en algo.
—¡Miroku! —llamó con desesperación.
Pero él se limitó a negar con la cabeza de nuevo, indicándoles que se marchasen con una expresión que no admitía réplica. Dio un paso, balanceándose violentamente mientras hacía por atravesar el enjambre para volver a la cabaña. Kagome estiró su mano libre hacia él, fallando por poco su intento de agarrarle la espalda del traje. Por el rabillo del ojo, vio un resplandor de movimiento.
Algo voló hacia el enjambre y la sala se llenó de un ruido bajo y siseante. Humo, denso y acre, pareció salir de algún lugar, expandiéndose con rapidez. Miroku parpadeó, tosiendo y dando un paso torpemente hacia atrás.
Sango se lanzó hacia él, agarrándolo por el traje, plantando un pie en el suelo, pivotando y lanzándolo con todas sus fuerzas a través de la entrada. Miroku, viéndose completamente sorprendido, salió volando de la cabaña. Sango agarró a Kagome, tirando de ella con fuerza después de él, justo cuando el denso humo empezó a rodar sobre ella.
Kagome trastabilló, tropezando y apenas consiguiendo amortiguar su caída con las manos cuando cayó al suelo. Estuvo allí acostada durante un largo momento, su corazón latía con fuerza mientras clavaba la mirada en la tierra bajo sus palmas.
Un ruido sonoro, de crujidos y gruñidos, atravesó el aire nocturno. Kagome se impulsó para ponerse de pie, dándose la vuelta para encarar la fuente. Sango estaba de pie, preparada de cara a la cabaña, con la wakizashi lista, pero nada parecía haberlos seguido hasta fuera.
En cambio, la cabaña estaba temblando, las vigas de madera crujían mientras se elevaba en el aire. Los saimyōshō la estaban levantando, algunos de ellos salieron volando de debajo para sostener la estructura intacta mientras ascendían rápidamente con ella.
En momentos, se hubieron marchado, la cabaña, las telas de araña y la mujer desaparecieron en la noche.
Miroku se lo quedó mirando desde donde había aterrizado en la tierra, con los ojos abiertos con expresión de desconcierto.
—Mi padre —murmuró casi inconscientemente—. Eso era todo lo que yo… La única pista…
Se interrumpió, frunciendo profundamente el ceño mientras intentaba comprender lo que acababa de ocurrir. Sango se volvió hacia él con expresión afectada.
—Miroku… yo…
Él apretó la mandíbula, cerrando los ojos mientras negaba con la cabeza. Sango se quedó en silencio, palideciendo. Bajó la mirada mientras envainaba la wakizashi. Pero, de repente, parpadeó, su mano había rozado el abanico que había metido apresuradamente en su cinturón de taiji-ya cuando había bajado el enjambre.
Sacó el abanico, sosteniéndolo en alto para examinarlo. Su expresión se iluminó ligeramente y dio un paso tentativo hacia el houshi.
—Miroku —dijo en voz baja, tendiéndoselo—. Mira.
Él lo miró por el rabillo del ojo, girándose para verlo mejor después de sobreponerse a su reticencia inicial. Kagome se atrevió a acercarse a los dos mientras Miroku se ponía de pie, cogiendo el abanico y abriéndolo para poder observarlo mejor.
Estaba bordado por todas partes con mariposas, que parecían ser ageha-chō. Por el borde del lado izquierdo, había dos sencillos kanji impresos.
—Fuyumi —leyó Miroku, frunciendo el ceño—. La mujer que vivía aquí con su hijo. ¿Usted sacó esto del cuerpo?
Sango asintió. Kagome frunció el ceño, pasando la mirada sobre el bordado del abanico.
—¿Esa no es la marca del clan Taira? —dijo—. Fuyumi era una aldeana.
—Una aldeana que probablemente se vio apresada por uno de los clanes combatientes —aportó Sango—. Además, este no es el abanico de una noble. Es un símbolo para una amante o, sino, su nombre de familia también estaría bordado en él. Debe de haber sido una rama de los Taira la que se la llevó. Probablemente también se la quedaron durante años, a juzgar por cómo estaba vestida y por lo limpio de su aspecto.
—Pero ¿cómo acabó aquí de nuevo? ¿Y de esa forma? —preguntó Kagome.
Miroku negó con la cabeza, cerrando el abanico. Su expresión seguía seria, pero sus ojos ya no estaban vacíos con la expresión de la devastación.
—Eso es algo que le tendré que preguntar a los Taira cuando regresemos a la corte —dijo con determinación, guardándoselo en la parte delantera de sus ropas—. Eso es… algo.
Se giró hacia Sango, ofreciéndole una pequeña sonrisa.
—Gracias —dijo en voz baja—. Por su ayuda y por esto. Sé que no lo entiende, pero significa mucho para mí tenerlo.
—No —dijo Sango frunciendo el ceño ligeramente a pesar del agradecimiento—. Tienes razón. No lo entiendo. Pero desearía que me permitieras entenderlo.
Miroku parpadeó, la sonrisa se deslizó de su rostro instantáneamente. Apartó los ojos de Sango, aterrizando sobre Kagome.
—Kagome-chan —dijo estirando una mano hacia ella—. ¿Qué…?
Tiró de su pelo, soltándole varios hilos de la tela que habían caído sobre ella. Entrecerró los ojos para mirar los hilos brillantes a la débil luz que ofrecían las estrellas, con el ceño fruncido.
—Esto está…
—Hecho de youki —terminó Kagome por él, recordando la descarga que la había atravesado cuando la tela la había tocado por primera vez.
Tiró de más hilos de donde habían caído sobre su hombro, cerrando los ojos mientras se enfocaba en la sensación que le daban. Los abrió una vez más casi al instante.
El youki le resultaba familiar. Terriblemente, horriblemente familiar.
—¿Kagome-chan? —dijo Sango, apoyando una mano sobre el hombro de su amiga.
Kagome pasó la mirada de ella a Miroku.
—Conozco este youki —dijo, encontrando la mirada de él—. Me lo he encontrado varias veces.
Los ojos de Miroku inspeccionaron los suyos, como si no se atreviera a creerse lo que estaba oyendo. Dio un paso inconsciente hacia ella, con ojos intensamente ensombrecidos.
—¿Dónde? ¿Cuándo? —dijo con voz tensa.
—Atacó a un niño de la corte, al igual que a mi aldea —dijo, vacilando por un momento antes de añadir—: Es probable que estuviera relacionado también con la muerte del anterior Tennō-sama.
Miroku se quedó en silencio durante varios largos momentos, tan quieto que apenas parecía que estuviera respirando.
—¿Miroku? —dijo Sango en voz baja.
Los ojos que alzó para encontrar los de ella ardían con un extraño fuego.
—Es él —dijo, había algo extrañamente parecido al regocijo en las palabras—. El youkai que asesinó a mi padre. Está en la corte.
—¿No te dije que los alejaras de ahí? —llegó una voz masculina de la oscuridad, baja y bullendo con furia apenas contenida.
—Mis disculpas, Naraku-sama. Fui incapaz de hacerlo sin levantar sus sospechas. No deseaba poner en peligro mi otra misión.
—… Disfrutaría matándote donde estás, inútil desgraciado. Lentamente y sin piedad.
—Sí, Naraku-sama.
Un tenso silencio se extendió durante varios momentos, antes de que finalmente sonara un profundo suspiro.
—Sería demasiado desperdicio matarte ahora, por incompetente que seas.
—Sí, Naraku-sama. ¿Cuáles son mis órdenes?
—Sigue como estás. No llames la atención sobre ti. Y vigila también al houshi. No tengo ni idea de lo que consiguió contarle el tonto de su padre, pero fue suficiente para que encontrase… ese lugar. No es que hubiera mucho que encontrar, salvo por los patéticos recuerdos de un inútil roedor. Ah, bueno. Pronto no importará mucho lo que sepa él ni nadie.
—Sí, Naraku-sama.
Habían conseguido volver al campamento antes del amanecer y ninguno de sus compañeros se dio cuenta, salvo por la pareja que estaba de guardia. Sango había ordenado su silencio sobre el asunto por respeto a Miroku.
Tan pronto llegó la mañana, después de que los tres hubieran podido dormir un poco, el grupo partió según lo planeado. Miroku dirigió una larga mirada inescrutable hacia la aldea mientras se iban, pero no pronunció ni una palabra de protesta. Presionó la mano inconscientemente contra el lugar en el que el abanico de Fuyumi estaba guardado dentro de su traje. Había conseguido lo que necesitaba.
Durante varios días, todo transcurrió con normalidad. El grupo se desplazó por la costa, acercándose a puertos comerciales, aldeas y a algunas residencias de la corte que resultaron estar cerca. Marcaron su progreso en el mapa como habían hecho hasta entonces, lo que una vez había sido apenas un boceto de su nación se estaba volviendo más detallado a cada día que pasaba.
Pero día tras día, Kagome podía sentir la tensión aumentando dentro de Sango.
A pesar de sus mejores esfuerzos (cierto que los de Kagome fueron mucho más leves que los de Sango), habían sido incapaces de conseguir que Miroku dijese una palabra sobre la muerte de su padre o sobre el youkai que lo había asesinado. Siempre conseguía asegurarse de estar en medio de sus compañeros, evitando que tuvieran siquiera oportunidad de preguntarle.
En las pocas cabalgadas en las que Sango había conseguido tenerlo lo suficientemente aparte de los demás para inquirir, él se había cerrado en banda en cuanto le había presentado el tema. Así que, a pesar de haber tenido éxito a la hora de ayudar a su amigo a obtener lo que fuera que hubiera estado buscando, ambas mujeres sabían tan poco como antes del incidente.
Kagome estaba más que un poco dolida por esto. Después de todo, Miroku había sido un amigo acérrimo para ella a través de sus problemas desde que se habían conocido. Siempre había sabido que él era más de los que se guardaban las cosas, pero dolía pensar que le ocultaba algo que era tan importante a propósito.
Pero Kagome no se podía ni empezar a imaginar lo que estaba sintiendo Sango. Sango, que había sido su amiga antes que nadie. Sango, que lo había conocido desde la infancia y había compartido con él casi todo lo que le importaba. Sango, que lo amaba más que a nadie en el mundo.
Así que no fue una gran sorpresa para Kagome cuando, varios días después del hecho, mientras el grupo desmontaba para preparar el campamento para la noche, Sango agarró de repente a Miroku y lo arrastró hacia el bosque circundante. Parecía que había llegado al final de su paciencia y Kagome sabía que las cosas estaban a punto de llegar a su punto crítico.
Muchos del grupo estaban intercambiando miradas de confusión, mirando en la dirección en la que Sango se había marchado echando humo con Miroku a la zaga. Pensando rápido, Kagome les dijo rápidamente que Sango les había pedido antes a los dos que se sentasen con ella para discutir sobre cómo continuar desde allí, ya que pronto llegarían al punto en el que necesitarían subir a un barco para llegar a Kyūshū. No era la más brillante de las mentiras, lo sabía, pero era lo mejor que podía hacer con poca antelación. Tras pedirle a Kohaku que supervisase lo que quedaba de la preparación del campamento, fue rápidamente detrás del par.
Mientras se movía entre los árboles tras ellos, se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué iba a hacer exactamente. No podía volver al campamento sin ellos después de la mentira que acababa de contar, pero la verdad era que no tenía interés en interrumpirles. Las cosas solo se volverían más y más tensas entre ellos si a Sango no le dejaban tener esta conversación con él ahora.
Ralentizó los pasos, la indecisión se apoderó de ella. El sonido de una voz más allá de la siguiente línea de árboles tomó la decisión por ella. Sintiéndose culpable, Kagome se arrastró hacia delante para escuchar, consolándose con el pensamiento de que, si las cosas se acaloraban demasiado entre los dos, podría intervenir.
Sango estaba de cara a Miroku, su pálida piel intensamente enrojecida con la fuerza de sus sentimientos. Sus ojos echaban llamas mientras los clavaba en su rostro. Estaba casi temblando.
Miroku, por otro lado, parecía completamente sereno. Su rostro era distantemente cortés, una débil sonrisa sin humor se cernía casi instintivamente sobre sus labios. Sus ojos eran los únicos que traicionaban cualquier molestia, más oscuros de lo habitual mientras la miraban.
—Sango-sama —dijo, la palabra fue casi un suspiro—. Ha sido un largo día de viaje. Es evidente que está cansada…
—¡No estoy cansada, Miroku! —soltó Sango—. ¡No estoy cansada, no estoy de mal humor y no estoy teniendo una reacción desmesurada! ¡Estoy enfadada! ¡Estoy enfadada porque mi mejor amigo y el más antiguo que tengo ni siquiera confía en mí lo suficiente para hablarme de algo que es evidentemente muy importante!
Sango frunció el ceño, aunque el peso que plegaba su ceño parecía ser más que dolor e ira. Miroku parpadeó, apartando la mirada de ella con culpa.
—No es cuestión de confianza, Sango —dijo en voz baja.
—Entonces ¿de qué es cuestión, Miroku? —dijo, negando con la cabeza con incredulidad—. Porque empiezo a sentir que yo era la única que de verdad creía que éramos amigos durante todo este tiempo.
Miroku la miró, algo de la cuidadosa distancia desapareció de su rostro. Negó con la cabeza, encontrando su mirada con seriedad.
—Eres mi mejor amiga, Sango —dijo en voz baja—. No lo dudes. Esta… esta cuestión no tiene nada que ver con eso.
Sango se quedó callada durante un largo momento, con sus ojos inspeccionando su rostro. Lentamente, la ira se drenó de ella, su delgada figura musculosa se volvió laxa. Parpadeó y, en un instante, el fuego que había estado en sus ojos se extinguió. No podría haber parecido más vulnerable si le hubieran quitado toda la armadura y todas las armas.
Miroku también pareció verlo, tensándose. Apretó el agarre sobre su shakujou y de repente pareció que habría dado cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar.
—Sango-sama…
—Me siento una tonta, Miroku —murmuró Sango con voz ronca, parpadeando con fuerza—. Me siento tan tonta. Todo este tiempo, ¿he estado imaginando cosas? Todo este tiempo, ¿de verdad he estado sola en esto? Es decir, he sido obvia, más que obvia, en relación con mis sentimientos. Sabes, mejor que nadie, que soy una inútil ocultando lo que siento. ¡Sé que lo has visto!
El color había desaparecido del rostro de Miroku. Tenía la cabeza inclinada, su agarre sobre su shakujou ahora le ponía los nudillos blancos.
—Por favor, pare…
Pero Sango no podía. Había empezado y la presa había reventado. Ahora no había vuelta atrás.
—Te amo, Miroku —dijo, su voz era firme y sus ojos estaban inquebrantablemente fijos en su rostro—. Te amo y te he amado desde que éramos niños. Y tú lo sabes. Es imposible que no lo sepas. Así que, por favor, no puedes…
—Siento haberla confundido, Sango-sama.
Sango se quedó paralizada. Las palabras fueron pronunciadas en voz baja y había la vacía característica en ellas de alguien que repetía palabras que había ensayado mil veces antes.
Miroku tenía todavía la cabeza inclinada y era imposible verle el rostro. Pero, a través de su sorpresa, Kagome se dio cuenta distraídamente de que le temblaban las manos.
—No era consciente de la profundidad y de la naturaleza de sus sentimientos —continuó Miroku en el mismo tono rígido—. Y, si ha malinterpretado la naturaleza de mis propios sentimientos, me disculpo. Nunca fue mi intención. Sin embargo, yo… no puedo corresponder a sus sentimientos. No los comparto. Nunca los compartiré.
Levantó finalmente la cabeza. Tenía los rasgos pálidos y demacrados. Sus ojos estaban distantes, como si no estuviera allí presente en absoluto. Sango solo podía quedarse mirándolo, sin comprender.
—Ahora regresaré al campamento —dijo—. Tal vez sería mejor que, por el bien de la misión y para evitar futuros malentendidos, no hablásemos tanto.
Y entonces se dio la vuelta y se marchó, en un abrir y cerrar de ojos.
Sango se quedó allí, mirando pasmada el lugar en el que había estado. Kagome descubrió que ella tampoco se podía mover apenas, incapaz de creer lo que acababa de presenciar.
¿Ese de verdad había sido Miroku? ¿El Miroku que era constantemente amable con casi todos? ¿El Miroku que prácticamente le había confesado a ella su amor por Sango? Ese frío hombre que acababa de ver, ¿de verdad era la misma persona que pensaba que había conocido durante todo este tiempo?
De repente, Sango dio un paso adelante, tropezando, como si fuera a ir detrás del houshi. Pero se detuvo, parpadeando con fuerza. Un pequeño temblor, apenas visible, recorrió su figura. Antes de que pudiera pararse a considerarlo, Kagome se encontró avanzando hacia su amiga.
La mirada de Sango se movió hacia ella. Se la quedó mirando durante un largo momento, con los ojos bien abiertos y brillantes.
—¿Has… visto todo eso? —preguntó en voz baja, necesitaba una suerte de confirmación de que de verdad había ocurrido.
Kagome asintió lentamente, más allá siquiera de la culpa en este punto.
Sango asintió en respuesta, el gesto fue extraño, como si lo imitara un niño. Kagome ni siquiera estaba segura de si era consciente de que se estaba moviendo. Le temblaban los labios trémulamente en lo que podría haber sido un intento de sonrisa.
—Supongo que… de verdad malinterpreté las cosas —dijo en voz baja.
Se le quebró la voz con la última palabra y, junto con ella, cualquier semblanza de compostura que todavía retenía. Se le anegaron los ojos, gruesas lágrimas bajaron por sus pálidas mejillas. Inclinó la cabeza, los hombros le temblaron con silenciosos sollozos.
Kagome la rodeó con sus brazos sin decir una palabra, presionando el rostro de su amiga contra su hombro. Se mordió el labio, conteniendo las lágrimas que podía sentir que estaban llenando sus propios ojos. Que se derrumbase ella no le haría ningún bien a Sango.
Continuó abrazando a su amiga hasta que el crepúsculo se convirtió en oscuridad. En todo ese tiempo, Sango no emitió ni un solo sonido, el temblor de sus hombros era el único indicador del dolor que Kagome sabía que era probablemente más profundo que cualquier otro que hubiera sentido nunca.
Finalmente, Sango estuvo lo suficientemente tranquila para que Kagome la acompañase de vuelta al campamento. Aunque exhausta sería una palabra mejor. Su docilidad mientras se dejaba llevar era casi infantil. Por dentro, Kagome estaba ansiosa. No estaba segura de lo que pasaría cuando Sango viese de nuevo a Miroku.
Pero su preocupación fue en vano. Miroku no estaba por ningún lado cuando volvieron. Algunas preguntas veladas a Haru revelaron que no había regresado desde que Sango se lo había llevado consigo. La disposición del campamento hacía tiempo que estaba lista y el grupo estaba empezando a sospechar.
Esto le dio a Kagome algo completamente nuevo de lo que preocuparse. Informó al grupo de que iba a ir a ver si podía cazar algo para la comida de esa noche, preguntándole a Haru en voz baja si podía cuidar de Sango. La noble se había situado al borde del campamento, con la mirada fija en silencio en su regazo. Haru aceptó, aunque pareció un poco confundido. Kagome no tuvo tiempo de explicarle las cosas.
Partió inmediatamente de nuevo hacia el bosque en busca del houshi. Una pequeña parte de ella estaba preocupada porque no hubiera vuelto todavía, pero con cada paso que daba, su ira crecía hasta sobrepasar su preocupación. Todavía podía sentir a Sango temblando contra ella y oía las palabras crueles de Miroku resonando en sus oídos. Para cuando se topó con él, estaba colérica.
Estaba sentado en el fango, en la orilla de un río menor junto al que habían ido viajando en paralelo desde hacía varios días, encorvado y de algún modo más pequeño de lo que Kagome recordaba haberlo visto. En cualquier otro momento, la visión podría haberle inspirado preocupación, pero en ese momento apenas podía ver nada a través de la bruma de su propia ira. Cerró las manos en puño a sus costados.
—¿Cómo te atreves a tratarla así? —gritó, incapaz de seguir conteniéndose.
Miroku se sobresaltó, girándose para encararla. No se movió de su lugar a la orilla del río, su expresión era extrañamente vacía.
—¿No tienes nada que decir en tu defensa? —insistió Kagome tras varios momentos de absoluto silencio—. Incluso si no correspondes sus sentimientos, ¿era esa forma de tratarla? ¿No es tu amiga? ¡La has destrozado, Miroku! ¡En todo el tiempo que te he conocido, nunca te creí cruel hasta ahora!
—Y yo nunca creí que fueras de las que escuchan a escondidas —contestó Miroku, su voz estaba prácticamente vacía de inflexión—. Parece que ambos estábamos equivocados. Ahora, si has dicho lo que tenías que decir, por favor, vete, Kagome. Este no es un asunto que sea de tu incumbencia.
Y así, le dio la espalda. Kagome se quedó boquiabierta y en silencio durante varios momentos, incapaz de procesar su completa indiferencia. No parecía importarle en lo más mínimo que acabase de romperle el corazón a la mujer que había estado a su lado desde que era un niño.
—¿No es de mi… incumbencia? —repitió, sintiéndose como si fuera a ahogarse con la fuerza de su propio ultraje—. ¿No sois los dos amigos míos? ¿No he confiado en ti desde que nos conocimos? ¿Cómo puedes esperar que me quede sentada a verte actuar de esta forma?
Caminó con furia por la orilla, deteniéndose a unos pasos de él. Él se tensó, pero no se giró a mirarla.
—Créeme cuando digo que lo que he hecho fue mucho más bondadoso de lo que piensas —dijo en voz baja, algo de la tensión en su figura entró en su voz—. ¿Qué bien hay en darle esperanzas cuando no puedo corresponder sus sentimientos? No. De esta forma puede ponerle fin… a todo, de una vez por todas.
El más leve temblor, apenas perceptible, recorrió sus palabras al final. Fue suficiente para atravesar la bruma de la cólera de Kagome. Parpadeó, la visión ante ella pareció cambiar.
Había pensado que parecía pequeño. De repente entendió por qué. No era apatía, sino agotamiento. No era indiferencia lo que veía en él, sino una fatiga tan profunda que lo había drenado de todo lo demás.
En el mismo momento, se dio cuenta de por qué había rechazado a Sango y su confesión tan rápidamente. Miroku era más habilidoso que ningún otro que conociera para componer una buena fachada, pero incluso él tenía un límite.
—La amas, ¿verdad? —dijo Kagome en voz baja, todo encajó de repente.
Miroku estaba callado, inmóvil.
—¿Por qué? —dijo Kagome, bajando para ponerse de rodillas a su lado en el barro—. Si la amas, ¿por qué haces esto? ¿Es por tu rango? ¡Ya sabes que a ella no le importa eso! Entonces, ¿por qué…?
—Kagome —soltó Miroku, interrumpiéndola—. Para. Para ya. Está hecho y nada puede cambiarlo ahora.
Kagome se quedó callada, observándolo. Él ahora mantenía el rostro cuidadosamente desviado y ella no quería más que llegar a él. Pero no sabía qué hacer. No podía entender en qué estaba pensando al escoger hacerles pasar a Sango y a sí mismo por esto. Así que se quedó sentada, observándolo con los ojos bien abiertos y queriendo que él dijese algo, lo que fuera, que le ayudase a entender.
—Por favor, vete, Kagome —suspiró Miroku finalmente, la tensión se drenó de su voz para dejarla vacía una vez más—. Aunque normalmente te elogiaría por tu lealtad, en esta ocasión estás extremadamente equivocada. Sugeriría que concentrases tus esfuerzos en consolar a tu amiga.
Seguía sin mirarla. Kagome se estiró para apoyar una mano sobre su brazo, decidida a que, si era tan propenso a despedirla, al menos primero la encararía con honestidad.
—Tú también eres mi amigo, Miroku —dijo—. Y, si tan equivocada estoy, ¿por qué no me corriges? ¿Por qué no me lo explicas? Sea lo que sea, no deberías tener que pasarlo completamente solo. Ya lo has hecho durante bastante tiempo, ¿no?
Él vaciló durante varios largos momentos antes de finalmente girarse para encararla con pesada reticencia. Kagome casi soltó una exclamación.
Tenía los ojos más hundidos y ensombrecidos de lo que recordaba, vagamente desenfocados incluso mientras la miraba a los de ella. Tenía la piel cetrina, todas las trazas de su habitual buen humor se habían drenado de sus facciones. Parecía exhausto y tan profundamente solo, que pensó que se le iba a romper el corazón al verlo.
—Oh, Miroku —dijo, su voz se quebró con el nombre—. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué siempre intentas hacerlo todo solo? Sango… Sango ansía estar ahí para ti. Y he visto la forma en que la miras. Lo feliz que eres… y cómo siempre intentas estar cerca de ella… entonces, ¿por qué? ¿Por qué no podéis ser felices juntos?
Las lágrimas que había estado conteniendo desde que había visto la devastación en el rostro de Sango bajaron por sus mejillas, densas, cálidas y con frustración. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué dos buenas personas no podían estar juntas y punto? ¿Por qué las cosas tenían que terminar siempre así?
Miroku parpadeó, un poco de la neblina se aclaró de sus ojos oscuros. Estiró la mano tentativamente, pasando un pulgar por una de sus mejillas.
—Lo siento —murmuró en voz baja y Kagome tuvo la extraña sensación de que en realidad no le estaba hablando a ella—. Lo siento tanto. Pero no voy a tomar mi felicidad a expensas de ella.
Kagome se lo quedó mirando, sorbiéndose la nariz. Un frunce tiró de las comisuras de los labios de Miroku mientras la observaba. Cerró los ojos, sus facciones se contorsionaron cuando el dolor al fin se registró en su rostro.
—Digamos que nos casamos —dijo, las palabras parecían salir de él sin su consentimiento—. Digamos que lo hacemos. Digamos que Sango renuncia a su rango y a su reputación por mi bien. Digamos que tenemos unos años felices y maravillosos y un hijo juntos. ¿Qué pasará cuando me haya ido? ¿Qué le quedará a ella entonces? Ningún rango, ninguna reputación y un niño maldito que criar ella sola. Yo no… no podría hacerle eso a ella… Yo…
—Espera —dijo Kagome—. ¿A qué te refieres con irte? ¿Por qué ibas a irte, Miroku?
Miroku se detuvo, encontrando su mirada como si solo entonces acabara de comprender totalmente lo que le había dicho. Ella vio duda en sus facciones, incertidumbre. Le agarró el antebrazo con más fuerza, sosteniéndole la mirada con la suya. Tras varios momentos, él suspiró, cerrando los ojos.
—Si te cuento esto, no puedes decirle ni una palabra a Sango —dijo.
Abrió los ojos, encontrando los de ella con extrema seriedad.
—¿Entendido, Kagome?
Fue su turno de vacilar. ¿De verdad podía mirar a Sango todos los días sabiendo la razón por la que Miroku la había rechazado y ocultárselo? ¿Podía permitir que su amiga sufriera pensando que el houshi la había alejado tan fríamente por ninguna razón más que porque ella hubiera malinterpretado los sentimientos de él durante todos estos años?
Pero Miroku también era amigo suyo. Miroku también estaba sufriendo. ¿Podía permitirle seguir sufriendo completamente solo? Algo, una débil luz en sus ojos mientras la miraba, le dijo que él quería contárselo a alguien. Que esta carga, fuera la que fuese, al fin había llegado a ser demasiado como para que la arrastrase por sí solo.
¿Podía abandonarlo ahora, después de todas las veces que él había estado a su lado?
Kagome asintió lentamente.
—Lo juro —dijo, sintiendo que se le encogía el estómago incluso mientras las palabras la abandonaban.
Miroku asintió. Se enderezó, bajando la mirada mientras se preparaba. Kagome esperó en silencio, observándolo.
—Hazme el favor, Kagome-chan, de no decir nada hasta que termine —dijo en voz baja, con los ojos en el fango que tenían debajo.
Kagome asintió.
—De acuerdo.
Él volvió a asentir, más para sí que para ella, y respiró hondo silenciosamente.
—Ya sabes que a mi padre lo mató un youkai… el youkai que yo esperaba encontrar en esa aldea —dijo—. Lo que no sabes es que ese youkai… no se limitó a matar a mi padre. Quiso que sufriera. Quiso que su familia también sufriera, durante generaciones y generaciones hasta el final.
Se detuvo y Kagome vio que apretaba la mandíbula como si estuviera conteniendo más palabras. Respiró hondo de nuevo, levantando el brazo que ella todavía aferraba. Era el que siempre tenía envuelto un rosario y las cuentas repiquetearon entre ellas sonoramente en el silencio entre ellos.
—El youkai puso una maldición sobre mi padre —continuó Miroku en voz baja, moviendo los ojos hasta fijarlos en el rosario mientras hablaba—. Regresó a la corte con la suficiente… la suficiente fuerza para explicarme la maldición y para contarme lo que había que hacer. Tras su muerte, la maldición se manifestó en mí. Por el momento, este rosario funciona como su sello. Sin embargo, la maldición… crece más rápidamente a cada año que pasa. Se acerca rápidamente el día en que me consumirá y arrastrará mi alma hasta el último nivel del Infierno. Esa es la maldición del youkai sobre mi familia. Esa es la maldición que he llevado conmigo desde que falleció mi padre. Y esa es la maldición que le transmitiría a cualquier niño que engendre.
Se quedó en silencio, exhalando suavemente. Relajó los hombros, una suerte de bizarro alivio lo atravesó. Kagome supuso distraídamente que en su cabeza había repetido esas palabras cuidadosamente ensayadas mil veces, queriendo pero nunca atreviéndose a decírselas a alguien. Aunque el alguien que hubiera querido probablemente no fuera ella.
Pero más allá de ese fugaz pensamiento, la mente de Kagome se había quedado en blanco con horror. Sentía como si no pudiera inhalar lo suficiente para llenar sus pulmones.
—Miroku… —dijo, su nombre escapó de ella en una exclamación ahogada.
Frunció el ceño, su alivio fue breve. Finalmente, fue capaz de levantar la mirada para encontrar la de ella.
—Kagome —suspiró—. Para. Esa es la mirada que no puedo soportar. Por favor, para.
—¡Cómo esperas que te mire cuando acabas de decirme que vas a morir! —gritó Kagome, levantando una mano para frotarse con furia sus húmedos ojos—. Cómo… ¿cómo has podido esconder esto, Miroku? Todo este tiempo… me lo has ocultado a mí, a Sango…
—Juraste no decirle ni una palabra de esto —interrumpió Miroku con mordacidad y después, suavizando un poco el tono—, ¿y qué habría supuesto contároslo a cualquiera de las dos más que alteraros innecesariamente? Ni siquiera debería habértelo contado a ti…
—¡Somos tus amigas, Miroku! —soltó Kagome, aceptando sin reparos la ira por el sentimiento de desdichada tristeza bajo ello—. Podríamos… ¡podríamos haberte ayudado! ¡Haber estado a tu lado, al menos!
—No tengo deseos de involucraros a ninguna de las dos en este asunto —dijo Miroku con firmeza, negando con la cabeza—. El youkai que hizo esto es poderoso y evidentemente despiadado. Cuando… Si consigo encontrarle antes de que sea demasiado tarde, entonces será una batalla que libre yo. No os voy a poner en medio a ninguna. La maldición le pertenece únicamente a mi familia. No permitiré que toque a nadie más.
Kagome parpadeó, se le ocurrió algo de repente. La descarga de esperanza que la atravesó fue tan fuerte que casi dolió, disolviendo su enfado en un resplandor. Se inclinó hacia él.
—El youkai… lo que tu padre dijo que había que hacer —dijo, sus palabras cayeron de ella en un ajetreo confuso—. Si puedes destruirle, ¿la maldición también se destruirá?
Miroku parpadeó, apartando la mirada de ella. Asintió brevemente y Kagome se animó de golpe.
—Sí —dijo en voz baja—, pero he estado buscando durante años, Kagome-chan. Cada vez que he salido de la corte, he buscado. Mi padre… no pudo darme más que una vaga descripción del youkai y de lo que había hecho antes de que falleciera. Estaba demasiado débil como para recordar por qué había ido detrás de él. Y es probable que no me quede mucho tiempo antes de…
Se interrumpió, mirando la mano maldita que estaba entre ellos. Kagome frunció el ceño, negando vehementemente con la cabeza.
—No —dijo—. ¡No! ¡En esa aldea encontraste algo! El abanico y la tela de araña. Está en la corte. ¡Seguro que podemos encontrarlo si está dentro de la corte!
—No hay nada que podamos encontrar, Kagome —replicó Miroku—. Escogí contarte esto porque insististe, pero no voy a involucrarte más. Y este youkai ha estado evadiéndome con éxito desde hace años ya. No hay nada seguro, incluso con lo que encontramos.
Kagome se mordió el labio, sintiendo el miedo brotar lentamente hasta la superficie ante la resignación que podía ver en sus ojos. Una parte de él estaba preparada para morir, incluso después de lo que habían conseguido descubrir. Le agarró el brazo con más fuerza, como si pudiera retenerlo allí por pura fuerza de voluntad.
—No puedes rendirte, Miroku —murmuró—. No puedes y yo no lo haré. Nunca me rendiré contigo. Y Sango…
—Sango tampoco se rendiría —dijo Miroku en voz baja—. Sango nunca se rendiría.
Kagome parpadeó, levantando la mirada hacia él. Miroku le ofreció una pequeña sonrisa amarga.
—La conozco muy bien, Kagome —dijo—. Si le contase esto, se quedaría conmigo hasta el final. Querría luchar hasta el final. ¿Crees que nunca he querido contarle todo esto? Sí que he querido. No ha pasado un día en el que no lo haya considerado. Pero ¿qué clase de hombre me haría si se lo contase? ¿Qué clase de hombre sería si le contase todo esto a la única mujer que he amado, sabiendo que podría acabar desperdiciando su vida conmigo por esto? No. Me llevaré esto conmigo a mi lugar de descanso. Le daré su vida, Kagome. Es lo único que puedo darle.
Para gran vergüenza suya, Kagome sintió que se le volvían a llenar los ojos de lágrimas. Quería ser fuerte para él. Ansiaba ser capaz de ser su apoyo por una vez, cuando al fin se estaba abriendo a ella. Pero estaba indefensa contra la tristeza que brotaba de las mismísimas profundidades de su ser.
—Lo has dicho —murmuró con voz ronca.
Miroku frunció el ceño, estirándose para atraerla hacia sí. Pero Kagome negó con la cabeza, echándose hacia atrás. No era ella la que necesitaba que la consolaran en este momento. Se pasó la manga con furia por la mejilla.
—Has dicho que la amas —murmuró—. Lo sabía. Es que… kami, Miroku…
—Hace tiempo que he aceptado todo esto, Kagome —dijo en voz baja—. Mis sentimientos y mi carga. Y soy muy consciente de que no puedo cambiar ninguna de esas cosas. Pero son mías para elegir qué hacer a partir de ahora. Seguiré intentando vengar a mi padre y romper la maldición. Y yo… yo seguiré apoyando a Sango en lo que sea que escoja hacer, aunque puede que tenga que hacerlo a más distancia después… después de todo lo que ha pasado. Pero estaré bien, Kagome. Puedo soportarlo.
Kagome estuvo en silencio durante largos momentos, incapaz incluso de formar palabras. Se obligó lentamente a sentarse más derecha, con las manos cerradas alrededor de la tela de su hakama. Las lágrimas siguieron bajando por las mejillas sin su consentimiento o control, pero sabía que había al menos una cosa que podía hacer por él ahora. Respiró hondo.
—No deberías tener que soportarlo solo —resopló—. Quiero… por favor, cualquier cosa que tengas que decir, lo que sea que hayas contenido… por favor, dilo. Hasta la última palabra. Yo escucharé. Lo soportaré contigo.
Miroku suspiró. Estiró la mano, apoyándola suavemente en la parte de atrás de su cabeza.
—Eres una buena mujer, Kagome —dijo en voz baja—. Y una auténtica amiga. Pero no deseo cargarte con nada más de lo que ya soportas.
Kagome levantó la mano, agarrando la que había en su cabeza y bajándola para acunarla entre las suyas. Se sorbió la nariz, las lágrimas cayeron sobre el dorso de su mano enguantada mientras inclinaba la cabeza sobre ella.
—Entonces, créeme cuando digo que es mayor carga que soportar pensar en ti soportándola totalmente solo.
Miroku estuvo callado durante un largo rato y Kagome se mordió el labio. Parecía que de verdad estaba decidido a hacerlo solo. Pero, de repente, le apretó las manos en respuesta.
—… Es extraño —murmuró Miroku casi para sí mismo—. Suena horrible decirlo, pero verte así casi lo hace más fácil, de algún modo. Yo… siempre sospeché que este día podría llegar, en el que uno de nosotros rompería la delicada pretensa que siempre hemos logrado mantener de ser amigos íntimos y nada más. Pero una parte de mí había esperado que pudiera evitarlo para siempre. Yo… desde que era pequeño, casi desde que tengo memoria, todo lo que he querido ha sido estar a su lado, incluso… incluso si no podía ser de la forma que de verdad deseaba. Pensaba que, si podía permanecer como amigo suyo… Y ahora que he terminado efectivamente con todo, ni siquiera encuentro las ganas de derramar lágrimas por ello…
Con voz entrecortada, en voz baja, empezó a hablarle de su padre. De cómo lo había observado morir. De cómo había buscado desesperadamente, durante años, al youkai que había descrito y la aldea que solo vagamente había sido capaz de describir con la esperanza de vengarlo y romper la maldición. De cómo se había esforzado por permanecer cerca de Sango, consciente en todo momento de los sentimientos de ella y de los suyos, y de la imposibilidad de todo ello.
Pero había sido egoísta, dijo. Se había permitido solo esa egoísta satisfacción. Había querido permanecer con ella todo el tiempo que fuera posible, aun sabiendo que terminaría en sufrimiento para ambos. Y le habló del hijo que algún día tendría, con una mujer que no amaba, a quien le transmitiría esta maldición y su deber. Y le habló de la culpa que lo carcomía cuando pensaba en ese hijo, que todavía no había nacido y ya estaba condenado.
Kagome tuvo que morderse el labio varias veces para evitar rogarle que se detuviese. Pero sabía que debía de darle algún consuelo decirlo, así que se forzó a escuchar cada palabra. Simplemente se quedó sentada a su lado en silencio, agarrándole la mano entre las de ella, escuchando y llorando lágrimas que él no era capaz de derramar.
A Kagome le llevó un tiempo recomponerse lo suficiente para que volvieran al campamento. Desafortunadamente, su regreso no hizo las cosas mucho más fáciles.
No era solo que el grupo estuviera más que un poco perplejo ante la ausencia de cualquier comida para la noche, sino que Sango se mostró impertérrita al ver a Miroku entrando en el campamento. Pero su máscara de buen humor volvía a estar firmemente en su sitio y fingió ignorar sus frías miradas mientras se disculpaba con el grupo por haber sido incapaz de encontrar nada. Afortunadamente, todavía tenían un excedente de raíces comestibles y frutos secos entre sus provisiones, así que la cuestión se arregló rápidamente, aunque no para satisfacción de todos.
Aunque estaba internamente sorprendida ante la fortaleza que le permitía a Miroku continuar de esa manera después de haber renunciado a lo que más había deseado en el mundo desde que era niño, Kagome solo pudo sentarse apartada del resto del grupo en su futón. Emocionalmente, estaba más que exhausta, todavía le daba bastantes vueltas la cabeza. Además de eso, no soportaba mirar a Miroku y a Sango, sabiendo perfectamente cuánto estaban sufriendo.
Cuando llegó la mañana del siguiente día, retomaron su viaje. Sango, por mucho que Kagome supiera cuánto debía de estar sufriendo, era una líder de la cabeza a los pies. Aunque estaba tensa y bastante callada, había poco que indicase a aquellos que no eran conscientes de ello que lo estaba pasando mal.
Unas pocas veces durante el viaje, Kagome intentó montar a su lado, pero ella la rechazó concisamente a cada ocasión. Finalmente se dio cuenta de que Sango se estaba manteniendo entera por poco, no estaba dispuesta a desmoronarse delante de los taiji-ya. A la luz del día, al menos, no podía tolerar palabras amables o miradas de compasión.
Miroku también consiguió transmitir la impresión de que no había ocurrido nada fuera de lo normal, aunque lo hacía más fácil y convincentemente. Había tenido años y años de práctica con eso, después de todo. Observarlo, descubrió Kagome, era incluso más doloroso que observar a Sango. Después de todo, él ni siquiera tenía el amargo consuelo de la ira justificada para consolarlo.
Así pasó una semana tensa y dolorosa para los tres, aunque el resto de sus compañeros no se dieron cuenta. El único alivio temporal que podía anticipar Kagome en mitad de sus continuas preocupaciones sobre la fragmentada naturaleza de la relación de sus amigos era que el grupo estaba cerca de la zona que Kouga había marcado en el mapa como el territorio del clan Oni del sur. No era mucho, pero al menos ofrecería una distracción.
Dos noches antes de que llegasen al territorio de los oni, Kagome se incorporó después de que los demás se hubiesen ido a dormir. Se sentía exhausta, esforzándose por permanecer despierta el tiempo suficiente para mirar dentro del enlace. No había estado durmiendo mucho desde todo lo ocurrido entre Sango y Miroku, desvelada hasta tarde dándole vueltas una y otra vez en su mente. Pero sin importar cuántas veces repasase el enredado lío, la única solución que podía encontrar era revelarle a Sango lo que le había contado Miroku. Su palabra de lealtad hacia Miroku, no obstante, la retenía.
Pero, finalmente, estaba segura de que todos menos el par estaban dormidos. Se incorporó de donde estaba tumbada junto a Shippou, apartándose con cuidado de él para levantarse. Sacó la cuenta de entre su traje, con la única intención de echarle un vistazo rápido antes de tratar de dormir un poco.
El enlace estaba claro como el agua y Kagome se encontró observando una escena que preferiría haber evitado.
Parecía que todos los decididos esfuerzos de Inuyasha habían dado fruto. Había llegado el momento.
Kikyou estaba arrodillada junto a una mesa baja, con una humeante taza de té acunada entre sus pálidas manos. Estaba mirando al hombre que estaba de pie enfrente de ella, con una débil sonrisa contenida jugueteando en las comisuras de sus labios.
—Está arruinando totalmente el efecto con ese ceño fruncido, mi señor —comentó con una ligera guasa en su tono de la que Kagome nunca la habría creído capaz—. Si no, podría estar perfectamente guapo.
Inuyasha profundizó su frunce, aunque solo registró vagamente sus palabras. Se sentía incómodo. Todo parecía muy apretado. A pesar de lo elegante del material, le irritaba la piel. El rígido hakama negro con bordes dorados. El haori negro estampado. Le picaba todo.
Luchó contra la urgencia de hacerlo trizas, sus manos con garras se flexionaron distraídamente a sus costados.
—Solo quiero terminar de una vez con esta estúpida ceremonia —masculló para sí.
En voz demasiado alta. Kikyou serenó su expresión en un instante.
—La ceremonia terminará en unos días —dijo, bajando la mirada para clavarla en su taza de té—. Entonces ya no tendrás que molestarte con cuestiones tan triviales.
Inuyasha la miró, encogiéndosele el estómago.
—Kikyou —dijo en voz baja—. No… no me refería a eso…
—¿A qué te referías, entonces? —contestó con mordacidad, dirigiendo sus ojos hacia los de él.
—Kikyou…
Dejó la taza con un ligero repiqueteo, levantándose para ponerse en pie con dolorosa dignidad.
—Soy muy consciente de que soy yo quien insistió en tener esta boda —dijo, sus ojos oscuros brillaban y tenía las facciones tensas—. No obstante, no puedo comprender por qué tú, Inuyasha, has seguido adelante con ella como si… como si fuera una tarea tediosa que hubiera que llevar a cabo lo más rápido posible. Acaso… ¿acaso la idea de casarte conmigo es tan pesada para ti?
Su barbilla estaba inclinada con su aire habitual de arrogancia, pero un débil temblor la atravesaba. A Inuyasha se le retorció el estómago. Dio un paso hacia ella, pero ella se tensó y él se detuvo. Frunció el ceño, sus ojos inspeccionaron su rostro.
—Pensaba que esto era lo que querías, Kikyou —dijo.
Ella parpadeó, bajando la mirada hacia la mesa que los separaba.
—Tal vez —dijo, su voz era tan baja que él casi no la oyó—. Pero eso no es todo.
Inuyasha bajó la mirada. Se quedó quieto, en silencio y tenso. Tenía razón. No era todo.
Kikyou respiró hondo, apretando las manos a sus costados ante esta tácita confirmación. Levantó lentamente la mirada.
—Hay algo que tengo que decirte que debería haberte dicho hace mucho tiempo —dijo, la determinación cuadró sus hombros.
Inuyasha experimentó un momento de frío miedo, sus ojos volaron para encontrar los de ella. ¿Finalmente le había fallado demasiadas veces?
—Kikyou…
—Te amo —dijo apresuradamente.
Inuyasha sintió las palabras como un golpe físico. Se la quedó mirando, con los ojos abiertos como platos.
Kikyou respiró hondo temblorosamente, el rojo bañaba sus pálidos rasgos. Era lo más vulnerable y posiblemente lo más hermosa que hubiera estado nunca, pensó Kagome vagamente. Extrañamente insensible, no podría haberse alejado aunque lo hubiese intentado.
—Te amo, Inuyasha —repitió Kikyou, un ligero temblor recorrió sus palabras decididas—. Yo… te he amado durante años. Y debería habértelo dicho hace mucho tiempo. Pero yo…
Vaciló, bajando la mirada.
—… He perdido todo lo que me ha importado. Pensaba… por tonto que suene, siempre he sentido que darles voz a mis sentimientos sería… sería equivalente a pedirles a los kami que te alejaran a ti también de mí. Yo… estaba tan segura de que estaba a salvo mientras no dijese nada.
Volvió a mirarlo de reojo.
—Pero quiero… quiero que sepas que eres lo único en este mundo que no podría perder —continuó, a pesar del visible temblor que había empezado en sus extremidades—. Aunque tengo… miedo, sería tu esposa más que solo de nombre. Sería la esposa que te quiere más que a nada en el mundo. Así que, por favor, no me dejes atrás. Por favor, quédate conmigo. No puedo perderte.
Respiró temblorosamente, ofreciéndole una sonrisa vacilante. Por aterrada que pareciera por estar diciendo todo esto, también había alivio. Había tenido miedo de perder más cosas, conteniéndose de él durante tan largo tiempo. Y ahora, para mejor o para peor, estaba expuesta y vulnerable a lo que viniera a continuación.
Inuyasha avanzó hacia ella, atraído como a un niño que necesitaba desesperadamente consuelo. Subió a la mesa, impaciente por llegar a ella y la tomó entre sus brazos. Ella rio, un sonidito falto de aliento mientras sus manos empuñaban su traje.
—No pasa nada —le murmuró—. Está bien, Kikyou. Ahora lo entiendo. No me voy a ir a ninguna parte. Te prometo que no me voy a ir a ninguna parte.
Ella se quedó callada en sus brazos, tensa. Expectante.
La culpa que le estaba retorciendo a él las entrañas decía que estaba al tanto de ello. Estaba en silencio. Simplemente abrazándola.
Kagome rompió el enlace, parpadeando lentamente mientras regresaba a sí misma. Se guardó distraídamente la cuenta en el bolsillo de la parte delantera de su traje, sintiéndose extrañamente distante de todo. Se preguntó si estaba más cansada de lo que había pensado.
Finalmente lo había hecho, pensó distraídamente. Finalmente había dicho lo que era necesario para ambos.
Y, a pesar del apagado dolor en su pecho que sabía que probablemente se convertiría en algo más doloroso cuando pensase más tarde en ello, una parte de ella se alegraba. A este paso, podrían ser felices juntos. No habría secretos entre ellos, ninguna maldición oscura que los mantuviese separados. Inuyasha tenía una auténtica oportunidad de ser feliz con ella.
Y así, Kagome se acostó, curvándose alrededor del dormido kitsune en su futón. Aun así, le llevó un tiempo, pero cuando finalmente consiguió dormir, lo hizo sin soñar hasta la mañana.
Fiel a las marcas de Kouga y a las estimaciones de Sango, el grupo llegó al territorio del clan Oni del sur dos días más tarde. Tuvieron que virar hacia el este y tierra adentro, alejándose de la costa, para llegar a la pequeña cordillera de montañas que Kouga había garabateado como perteneciente al clan. A Kagome la intranquilizó más que un poco, consciente como era de que no estaban a más de dos semanas de viaje de la corte, pero se consoló con pensar que era probable que todavía les quedase al menos un mes antes de que pudieran considerar regresar.
Pero lo que encontraron allí no fue para nada lo que habían anticipado. Una aldea, una aldea humana de verdad, estaba ubicada cerca de la base de las montañas en las que Kouga había indicado que vivía el clan Oni. Incluso Miroku, el más viajado de ellos, pensaba que la visión de los humanos viviendo tan cerca de un grupo tan grande de youkai era extraña.
Mientras entraban en la aldea, Kagome no pudo evitar acordarse de lo que le había contado el ryū sobre el anterior Tennō-sama. Sobre que los humanos y los youkai vivieran más unidos. Se preguntó si se habría referido a algo como esto, incluso mientras seguía cuestionando exactamente por qué había adoptado tal postura como suya.
No tardaron en enterarse, sin embargo, de que los oni y los humanos solo estaban cerca en proximidad. Los aldeanos los recibieron con un ambiente de ansiosa desesperación tras enterarse de que era un grupo compuesto de taiji-ya y espiritistas. Los llevaron ante su jefe, un hombre relativamente joven que portaba su manto de liderazgo con inquietud.
No perdió tiempo en prometer el apoyo de la aldea si los ayudaban, explicando rápidamente el aprieto de la aldea. Durante años y años, las personas de la aldea habían sido raptadas periódicamente de forma que no habían vuelto a saber de ellas. Sabían que eran los oni los que estaban haciendo esto, bajando de las montañas para llevárselos y darse un banquete con su carne. El jefe les rogó que exterminasen a los oni, o que al menos los ahuyentasen, ya que eran demasiado pobres como para permitirse abandonar su aldea en busca de otra.
Sango aceptó la solicitud de inmediato, prometiendo que harían lo que estuviese en su mano para ayudar. Era el trabajo de su clan, después de todo, proteger a los humanos de los youkai que escogían escuchar la llamada de sus instintos básicos. También había muchos relatos de la salvaje naturaleza de los oni. Se decía que a menudo eran monstruos de espíritu, así como de apariencia, y a algunos les gustaba la carne de los humanos.
Los aldeanos también les informaron de una bruja que vivía en la periferia de su aldea con el medio monstruo de su hijo. Dijeron que era ella la que los estaba espiando para los oni, escogiendo a las personas que se llevarían. Habían intentado echarla en diversas ocasiones, pero nunca lo habían conseguido y temían presionarla demasiado por si llamaba a los oni para que los devorasen a todos.
Tras deliberar brevemente entre ellos, Sango decidió que quería adelantarse y enfrentarse directamente al clan Oni. Si iban tras la bruja primero, se arriesgaban a que los oni se enterasen de ello y se armasen. Explorarían un poco su montaña para encontrar el mejor punto de entrada antes de atacar directamente para tomarlos por sorpresa.
Pero Kagome se había quedado con la mención de la bruja. O, más exactamente, con la mención del medio monstruo de su hijo. La forma de decirlo le resultaba demasiado familiar como para ignorarla. Le rogó a Sango que le permitiese ir a explorar allí primero, prometiendo que no haría contacto y que volvería con ellos lo más rápido que pudiera tras ello.
Sango aceptó a regañadientes, aunque le hizo jurar a Kagome que solo observaría desde la distancia. Kagome aceptó y el grupo se dividió. Haru y Shippou se quedaron en la aldea. Sango, Miroku y los taiji-ya se dirigieron hacia la montaña de los oni. Kagome partió hacia la periferia de la aldea, donde se decía que vivían la mujer y su hijo.
A pesar de todas las quejas de los aldeanos, Kagome pudo sentir muy poco youki proveniente de la deteriorada cabaña a medida que se aproximaba a ella y ningún jyaki en absoluto. No había ni un ápice de malicia en el lugar.
Frunció el ceño, confundida, mientras miraba la estructura de aspecto bastante patético desde la seguridad del bosque circundante en el que se había puesto a cubierto. No había movimiento en la parte delantera de la cabaña que pudiera ver desde donde estaba y el débil youki que podía sentir no parecía provenir del interior de la cabaña, sino de algún lugar cercano. También parecía gentil, rozando casi tímidamente contra su sentido espiritual.
Se quedó sentada durante largos momentos, observando desde el bosque y debatiendo en silencio si se atrevía o no a acercarse más. Le había prometido a Sango que no se aproximaría sola, pero no estaba sacando nada con quedarse sentada esperando. Y seguro que podía defenderse contra un youki tan débil. Kagome sabía que no podía marcharse sin más. Había algo que no la dejaba.
Desmontó, atando las riendas de su montura a la base de un árbol para evitar que vagara. Sacó el arco y una flecha del carcaj que llevaba a la espalda, colocándola y disculpándose en silencio con Sango por romper su palabra.
Se movió lentamente hacia la cabaña, con los sentidos en alerta máxima a pesar de que no sentía amenaza alguna. Incluso a medida que se acercaba a la cabaña, parecía no haber nada fuera de lo normal, salvo tal vez porque estaba más estropeada que la mayoría. Pero no podía sentir nada en el interior y siguió moviéndose, dejando atrás la estructura para ver si podía encontrar la fuente del youki que sentía detrás de ella.
Un pequeño terreno, las hileras donde crecían normalmente los cultivos en ese momento se encontraban en barbecho, se extendía por detrás de la cabaña hasta el bosque que lo bordeaba. Pero lo que llamó la atención de Kagome fue la enorme figura sentada en una piedra grande en mitad del terreno.
Tenía un rostro extrañamente alargado, su piel era de color siena tostado y sus ojos eran inusualmente redondos. Kagome sabía que, si se ponía en pie, sería fácilmente dos cabezas más alto que ella, su figura grande y sólida estaba cubierta únicamente por un haori harapiento que una vez pudo haber servido como manta. Un oni, si es que Kagome alguna vez había visto uno.
Pero le impresionó la visión que formaba, con su largo rostro levantado y los labios retraídos para revelar una sonrisa sincera a la que le faltaban dientes mientras un par de pajaritos aterrizaban en sus palmas extendidas. Estaba sentado perfectamente quieto, encantado mientras los veía saltando allí, comiendo cualesquiera granos que estuviera sosteniendo. Kagome no se podía imaginar que este fuera el medio monstruo come carne que habían descrito los aldeanos.
Avanzó lentamente, debatiendo si debía llamarlo o no. Pero él la vio primero, con sus grandes ojos casi desorbitados. Trastabilló para incorporarse, los pájaros se dispersaron en un aleteo de alas y plumas. Incluso desde la distancia, Kagome pudo ver que estaba temblando.
—N-No me haga daño —rogó, su voz era inesperadamente suave mientras alzaba sus amplias manos en gesto de defensa ante él—. No hice nada, lo prometo. Solo estaba esperando a mamá. Por favor…
Retrocedió lentamente de ella, con su larga figura lista para huir ante cualquier movimiento repentino suyo.
—Espere —le dijo Kagome en voz alta, con cuidado de mantener una voz suave—. Por favor, espere. No pretendo hacerle ningún daño. Solo me gustaría hablar con usted, si tiene un momento.
Se inclinó lentamente, apoyando el arco y la flecha en la tierra a sus pies. Levantó ambas manos, alzándolas para mostrarle que estaban vacías. Él dejó de alejarse, aunque todavía temblaba visiblemente. Se mordió el labio, sus ojos buscaron rápidamente una vía de escape.
—Mamá… mamá dice que no hable con extraños —dijo ansiosamente.
Kagome encontró su mirada, dando un pequeño paso adelante. Él se sobresaltó, casi se le salió el corazón por la boca, y ella se detuvo.
—Por favor, no tenga miedo —dijo—. Mi nombre es Kagome. ¿Cuál es el suyo?
Se la quedó mirando con el ceño fruncido. Parecía confuso, como si nadie nunca le hubiera hecho esa pregunta.
—J-Jinenji —dijo tras un momento.
—Jinenji-san —repitió Kagome, ofreciéndole una sonrisa—. Encantada de conocerle, Jinenji-san. Y ahora, como verá, ya no somos extraños.
Él se la volvió a quedar mirando, frunciendo más el ceño mientras lo sopesaba. Sus temblores amainaron lentamente.
—Su… supongo —dijo.
Kagome ensanchó la sonrisa. Dio otro pequeño paso hacia él, que alzó los hombros instintivamente, pero no hizo ademán de escapar.
—Por favor, Jinenji-san, le prometo que no estoy aquí para hacerle daño —dijo Kagome, moviéndose poco a poco hacia él—. ¿Cree que podría responderme algunas preguntas? Los aldeanos me pidieron que viniera aquí para investigar una cosa, así que tal vez pueda ayudarme.
Jinenji se puso rígido ante la mención de los aldeanos.
—N-No hicimos nada —dijo, bajando los ojos a la tierra entre ellos—. Lo juro. Mamá y yo no les hicimos nada.
A medida que Kagome se acercaba, pudo ver varias cicatrices entrecruzándose en la áspera piel de las extremidades de Jinenji. La sonrisa se desvaneció de su rostro mientras sus ojos trazaban las cadenas de carne fruncida, algunas de las marcas todavía eran lo suficientemente oscuras para ser relativamente nuevas.
—Los… ¿los aldeanos le hicieron esto? —preguntó, estirando el cuello para encontrar su mirada.
Él bajó la mirada hacia ella, frunciendo el ceño antes de hacer un tímido asentimiento.
—¿Qué? ¿Por qué? —exhaló Kagome, abriendo los ojos como platos.
Hacerle tanto daño a un youkai como para dejar cicatriz no era un hito menor. Apenas podía imaginar qué le habían hecho los aldeanos para causarle tanto daño. Indignación, más profunda de lo que podía explicar, se elevó ardiente hacia su pecho.
—Soy un… un hanyou —murmuró Jinenji, moviéndose con inquietud bajo la intensidad de su mirada—. L-Los aldeanos quieren que me vaya. Cr-creen que quiero hacerles daño, pero no es así. A veces también le hacen daño a mamá. Me… pone triste.
Inclinó la cabeza, un lustre de lágrimas brilló de repente en sus ojos bulbosos. Se le vino brevemente a la cabeza otro hanyou y Kagome pensó que se le iba a romper el corazón. Lágrimas en respuesta le escocieron en los ojos mientras alzaba la mirada hacia su rostro.
A pesar de su tamaño, había algo infinitamente amable en él, algo infantil y asustado en la forma en la que se movía y encorvaba los hombros. A juzgar por la severidad de sus cicatrices, nunca había levantado un dedo en su defensa cuando había sido atacado.
—Lo siento mucho —murmuró Kagome con voz ronca mientras parpadeaba con fuerza—. Los aldeanos dijeron que tenían miedo de que intentara atacarles. Pero usted… usted nunca le haría daño a nadie, ¿verdad?
Estiró la mano lenta, muy lentamente, para apoyar las puntas de los dedos en una de las cicatrices más prominentes de su antebrazo. Jinenji se la quedó mirando, con el rostro arrugado mientras unas gruesas lágrimas se derramaban sobre sus mejillas.
—Kagome-sama…
—¡No toques a mi hijo!
El chillido repentino sonó a varios metros tras ellos y Kagome se sobresaltó, dándose la vuelta para mirar a la persona. Una mujer anciana de aspecto demacrado iba hacia ella, con una azada oxidada alzada en sus manos. La blandió y Kagome gritó, levantando los brazos para cubrirse la cabeza.
Algo se cerró alrededor de su cintura y Kagome se vio levantada hacia arriba y hacia atrás, sus pies se despegaron del suelo.
—¡Por favor, para, mamá! —gritó Jinenji—. ¡Kagome-sama es buena! No me… está haciendo daño.
Kagome abrió los ojos, el corazón le martilleaba en el pecho contra sus costillas. Jinenji la había levantado, sosteniéndola a la altura de sus ojos para mantenerla fuera del alcance de la mujer. Su madre. Los miraba con el ceño fruncido, con sus arrugadas facciones contritas.
—¡No seas tonto, Jinenji! —soltó, señalando a Kagome con la azada—. ¡Mírala! ¡Una miko! ¡Te toca y estás muerto! Es evidente que esos aldeanos la han enviado para hacerte daño. ¡Bájala ahora mismo, antes de que…!
Pero Jinenji estaba negando con la cabeza, levantando a Kagome más alto, como si temiera que su madre fuera a saltar para atacarla. Kagome se aferró a su mano para equilibrarse, mareada por la altura.
—¡Jinenji! —chilló su madre, dando un pisotón con el pie.
—Por favor, señora —dijo Kagome, inclinándose para bajar la mirada hacia ella—. Lamento la intrusión, pero prometo que no tengo ninguna intención de hacerle daño a su hijo. Solo quiero ayudar.
—¡Ja! —resopló la mujer, estirando el cuello para dirigirle una mirada de furia—. ¡Ayudar a esos aldeanos, querrás decir! No nos van a echar, ¿me oyes? ¡No tenemos otro lugar a donde ir! ¿Qué otra aldea nos recibiría con el aspecto que tiene Jinenji? ¡Además, tengo tanto derecho como cualquiera de ellos! ¡Mi familia ha vivido en estas tierras durante años, así que…!
—Por favor, señora —intentó Kagome de nuevo—. Vengo de la corte. No estoy del lado de nadie. Los aldeanos parecen temerles a Jinenji-san y a usted, pero Jinenji-san parece estar tan asustado como ellos. Solo quiero entender qué ocurre.
La anciana la miró con el ceño fruncido durante varios momentos en silencio, sus oscuros ojos inspeccionaron su rostro. Finalmente, bajó la azada, aunque su frunce no disminuyó en lo más mínimo.
—Bien —resopló—. Supongo que al menos puedo escuchar lo que sea que tengas que decir. Venga. Si te ven hablando con nosotros, habrá problemas. Y que sepas que, si haces algún movimiento extraño, no dudaremos en arrancarte tu bonita cabeza de los hombros, seas o no una cortesana. ¿Entendido?
Blandió la azada a modo de advertencia y Kagome asintió. La anciana se dio la vuelta y partió hacia la cabaña. Jinenji depositó a Kagome con cuidado en el suelo, su largo rostro mostraba un frunce que expresaba disculpa.
—Perdón por mamá —murmuró.
Kagome negó con la cabeza.
—No pasa nada —dijo—. Lo entiendo.
De verdad que sí. Era evidente que Jinenji era demasiado amable para su propio bien. Alguien tenía que ser lo bastante fuerte para protegerle.
—Venga —dijo, estirando una mano hacia él—. Resolvamos esto.
Se quedó mirando su mano como si no estuviera seguro de qué hacer con ella. Estiró la suya con vacilación, rodeando la de ella con su mano mucho más grande. Kagome le sonrió. No sabía si era su timidez o su aura gentil o algo completamente distinto, pero algo en ella la atraía hacia él. Quería ayudarle. Protegerle.
Él parpadeó lentamente, la misma sonrisa sincera que había esbozado mientras observaba a los pájaros se extendió tentativamente por su rostro. Kagome entró con él en la cabaña y no le sorprendió encontrar que el lugar en realidad era demasiado pequeño como para que viviese cómodamente. Hizo falta que se retorciera mucho para que cupiera por la puerta y, una vez que estuvo dentro, tuvo que permanecer encorvado mientras estaba de pie para evitar destruir el recubrimiento del techo. Kagome frunció el ceño para sus adentros, haciendo nota mental de encargarse también de ese tema en cuanto estuviese todo solucionado.
La madre de Jinenji no le ofreció té ni un cojín en donde sentarse, así que Kagome simplemente se arrodilló enfrente de ella en el suelo de tierra. Jinenji tomó asiento al lado de su madre, con la cabeza inclinada y retorciendo las manos ansiosamente en su regazo mientras las dos mujeres se miraban.
—Querías hablar, así que habla —dijo la anciana de modo cortante.
Kagome pasó por alto mentalmente su ligera irritación ante los modales abruptos de la mujer, recordándose que, después de todo, estaba entrometiéndose en sus tierras.
—Como decía, los aldeanos me pidieron que viniese a investigarlos a su hijo y a usted —dijo Kagome—. Me explicaron que la gente de la aldea ha estado desapareciendo desde hace años y que… que creen que su hijo y usted pueden ser parcialmente responsables de ello. Pero, tras ver a Jinenji-san por mí misma, creo que deben estar equivocados de algún modo.
Algo de ira se desvaneció de la expresión de la mujer. Observó a Kagome, sopesándola.
—Bueno, entonces al menos no eres ninguna idiota —resopló—. Mi Jinenji no podría hacerle daño a una mosca ni aunque quisiera, mucho menos a una persona. Además, nunca va a la aldea si puede evitarlo. Cada vez que se ha acercado, esos animales le han atacado.
Kagome frunció el ceño, dirigiendo la mirada hacia Jinenji y sus cicatrices.
—¿Tiene alguna idea de por qué los aldeanos pueden sospechar que Jinenji-san esté haciendo todo esto? —preguntó.
La madre de Jinenji resopló, torciendo los labios irónicamente.
—Como si necesitasen más motivos que el hecho de que sea un hanyou —dijo—. Nos echarían la culpa y nos desterrarían antes que tomarse el tiempo de averiguar lo que les pasa en realidad a esas personas.
—No pretendo fisgonear, pero… —Kagome vaciló, sus ojos se apartaron y volvieron hacia la mujer—… El… ¿el padre de Jinenji es uno de los oni que viven en las montañas?
La anciana endureció la expresión inmediatamente, cerrándose en banda como si se hubiera puesto una máscara para cubrirse el rostro.
—¿Por qué? —dijo entre dientes, medio levantándose de donde estaba sentada—. ¿Para que puedas decirme que es antinatural? ¿Sucio? ¿O acaso eres de las que piensa que los oni se comen a los niños? ¿Que Jinenji lo sacó de su padre? ¡Debería haberlo sabido! ¡Pones cara amable, pero no eres distinta de los demás! ¡Vete! ¡Sal de mis tierras en este instante!
Se levantó del todo, agarrando la azada que había apoyado sobre sus rodillas y ondeándola amenazadoramente. Kagome se encogió, pero se obligó a permanecer donde estaba.
—Por favor, no me refería a eso en absoluto —dijo, levantando las manos en gesto de paz—. Una de las personas más… cercanas a mí en el mundo… también es un hanyou. Así que lo entiendo. Si amaba al padre de Jinenji-san, entonces lo amaba a cualquier precio. Solo quiero entender qué ocurre. Los aldeanos parecen creer que los oni son responsables también de las desapariciones.
La anciana parpadeó, vacilando.
—No le hagas daño, mamá —murmuró Jinenji desde detrás de ella.
Devolvió la mirada hacia él, soltando un sonoro suspiro antes de volver a sentarse con las piernas cruzadas a su lado. Dejó la azada a un lado, su frunce tenía tintes de vergüenza.
—Sí que le amaba —aseveró, sus ojos oscuros encontraron insistentemente los de Kagome—. De joven, amé mucho al padre de Jinenji. Y, en cuanto a esos aldeanos, es el mismo sinsentido. Prefieren antes encontrar a alguien a quien culpar que averiguar lo que ocurre. ¿Has visto a un oni alguna vez? Son enormes y dan miedo y no son los más agradables de observar, como aquí mi niño, pero no hacen ningún daño. Son todos lentos y bondadosos. ¿Por qué piensas que viven así en las montañas? Porque les da miedo lo que pueden intentar hacerles los humanos, por eso. Incluso el padre de Jinenji. Quería quedarse aquí abajo con nosotros, pero lo expulsaron.
Kagome pasó la mirada de Jinenji a su madre, las expresiones de ambos se volvieron distantes ante la mención de su padre. Durante su entrenamiento espiritual de pequeña, Kagome había oído historias de la violencia de los oni de Kaede. Los había oído describir como enormes y horribles e incluso hambrientos por la carne de seres humanos, en ocasiones. Había visto algunos de ellos en las manadas de youkai que habían atacado su aldea, igual de temibles que como los habían hecho parecer. Eso, no obstante, significaba poco, teniendo en cuenta que los youkai que se unían a las manadas eran aquellos que se habían abandonado a sus impulsos más oscuros.
Tampoco había visto nunca a un solo oni entre los clanes youkai de dentro de la corte. Eso tendría sentido si de verdad eran tan reacios como aseguraba la madre de Jinenji. Y si Jinenji era indicativo, no era en absoluto difícil creer que los oni eran seres gentiles y tímidos.
Lo que significaba que sus enseñanzas y los aldeanos se equivocaban. Lo que significaba que los aldeanos habían estado atormentando a Jinenji y a su familia sin motivo durante años. Kagome parpadeó, se le encogió el corazón mientras los miraba.
—Yo… Lo siento mucho —dijo en voz baja, bajando la mirada a las manos entrelazadas en su regazo—. No tenía ni idea.
La madre de Jinenji se encogió de hombros, aparentando apatía.
—No hay nada que puedas hacer ahora por nosotros —dijo despectivamente—. Además, su padre es un cobarde. Este no era su sitio, aquí con las personas. No tenía las agallas para ello.
Jinenji se movió con incomodidad ante la mención de su padre, intentando aovillarse todavía más.
—¿Alguna vez ha considerado… enviar a Jinenji-san a vivir con su padre? —sugirió Kagome amablemente—. Estoy segura de que sería difícil para usted separarse de él, pero tal vez estaría más seguro allí sin la amenaza de los aldeanos y…
Pero Jinenji estaba negando con la cabeza frenéticamente, lo recorría un temblor. Su madre negó también con la cabeza, estirándose para darle una palmadita en el brazo.
—¿Crees que nunca lo hemos intentado? —le dijo a Kagome—. En cuanto nació y vi lo mucho que se parecía a ellos, pensé que sería mejor para él que viviese entre los oni. Pero, a pesar de su habitual bondad, no tienen problemas con ser crueles con un hanyou. No lo querían más que los aldeanos y su padre era demasiado débil como para defenderle. Así que me lo llevé. Es mi hijo. No hay nadie más adecuado para protegerle que yo.
Kagome miró al par durante un largo momento, observando mientras Jinenji le ofrecía a su madre una pequeña sonrisa de agradecimiento. Ella le contestó sonriendo débilmente, dándole de nuevo una palmadita en el brazo. Kagome se enderezó más.
—Quiero ayudarles —dijo con decisión—. Quiero asegurarme de que los aldeanos nunca intentan hacerles daño otra vez a ninguno de los dos.
La madre de Jinenji se volvió hacia ella, las arrugas de su ceño se intensificaron en un frunce. Jinenji también dirigió la mirada hacia ella, una pequeña luz había entrado en sus ojos.
—Está muy bien decirlo, pero me gustaría ver cómo planeas hacerlo —dijo la madre de Jinenji, aunque había más cautela que ira en su tono—. O los destruyes a ellos o nos destruyes a nosotros. No veo que vaya a acabar de otro modo.
—No, mamá —intervino Jinenji en voz baja, sus ojos bulbosos todavía estaban fijos en Kagome—. Kagome lo conseguirá. Sé que lo hará.
Su madre se lo quedó mirando, sorprendida. Era lo más asertivo que Kagome le hubiera visto. Le sonrió, conmovida por la muestra de confianza.
—Niño ingenuo —masculló su madre sin veneno, negando con la cabeza antes de volverse a Kagome con expectación—. Bien, entonces, oigamos este gran plan tuyo.
—No… no tengo uno exactamente todavía —admitió Kagome, su sonrisa se tornó tímida—. Pero iré primero a visitar a los oni. Mis compañeros ya se me han adelantado y sé que han vivido en estas tierras durante mucho tiempo. Tal vez tengan una idea de lo que se ha estado llevando a la gente de la aldea.
Les hizo una reverencia antes de levantarse para ponerse en pie.
—Si me disculpan, quiero partir lo más rápido posible —dijo, esperando que el grupo de Sango se estuviera tomando su tiempo para observar antes de atacar a los oni—. Prometo que volveré a dar explicaciones en cuanto se haya resuelto todo.
—Sí, sí —dijo la anciana, moviendo una mano en señal de despedida—. Vete. Jinenji y yo tenemos trabajo que hacer. No hay más tiempo que perder con cortesanos sofisticados. No vuelvas a menos que consigas hacer algo.
Kagome asintió, no muy molesta por su brusquedad. Tras tantos años de sufrimiento, solo tenía sentido que se mostrase escéptica.
Jinenji levantó una mano, moviéndola sumisamente mientras ella salía de la cabaña. Correspondió al gesto, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora antes de irse.
Regresó a su montura, desatándola y montando rápidamente en ella. No le había llevado mucho hablar con Jinenji, así que dudaba que se hubiera quedado muy atrás del resto de sus compañeros.
Su montura youkai la llevó a la montaña relativamente rápido y no pasó mucho tiempo antes de que pudiera sentir tanto las monturas de sus compañeros como un youki extraño que no reconocía.
Pero pasaba algo. Hizo que su montura se moviera más rápido.
La escena con la que se encontró al atravesar la maleza de la montaña y meterse en las estepas de la aldea del clan Oni era exactamente lo que había esperado evitar.
Miroku y Sango estaban a la cabeza del grupo, con el Hiraikotsu y el shakujou preparados. El resto de los taiji-ya los flanqueaban, cada uno de ellos listos para moverse con una palabra de Sango. Frente a ellos había un grupo de oni, todos aún más grandes en tamaño que Jinenji y vagamente humanoides en forma.
Su piel abarcaba todos los tonos tierra imaginables, algunos con cuernos, algunos con múltiples ojos, algunos con solo un ojo y otros tenían colas. Presentaban una visión tan temible como la habían conducido a creer las enseñanzas de Kagome, pero parecían estar completamente paralizados ante sus compañeros.
Pero lo que era más extraño aún de ver, era la pequeña en manos de uno de los oni más grandes. Era indudablemente humana y lloraba lo suficientemente alto como para resonar por la ladera de la montaña. Era la niña que los aldeanos dijeron que había desaparecido recientemente.
Sango alzó más el Hiraikotsu, señalando con su mano libre para que los taiji-ya cerrasen sus filas. Así lo hicieron, avanzando para formar un apretado semicírculo alrededor de ella y de Miroku.
—¡Entregadnos a la niña! —exigió Sango—. ¡Los aldeanos nos han contado lo que habéis hecho! ¡Devolved a la niña o no dudaremos en acabar con vosotros aquí mismo!
El oni que sostenía a la niña permaneció inmóvil, su único ojo se movía incontrolablemente con miedo. No hizo movimiento alguno por soltar a la niña, que estaba llorando. Sango frunció el ceño y, sobresaltándose, Kagome vio que alzaba más el Hiraikotsu para distraer la atención de su mano libre mientras sacaba parcialmente su wakizashi de la vaina.
Con un grito, Sango tiró su arma más grande, desenvainó la espada en un fluido movimiento y saltó hacia el oni que tenía a la niña. El oni se sobresaltó, trastabillando hacia atrás con un grito y Kagome tomó una decisión instantánea.
Le indicó a su montura que avanzase, el youkai se lanzó hacia delante para interponerse entre los dos. Su montura se encabritó, asustada ante el resplandor de la hoja de Sango y el rugido que salió del aterrado oni, y Kagome perdió el agarre sobre sus riendas.
Chilló, cayendo del lomo del youkai y preparándose para el impacto. Su caída se vio interrumpida de repente por una presión contra su espalda, tirando de ella hacia arriba. A su alrededor pudo oír gritos de confusión, al oni rugiendo y a sus compañeros llamándola. Abrió los ojos, presionando una mano contra su martilleante corazón.
—¡Suéltala, monstruo! —gritó Sango y Kagome se dio cuenta de repente de que era el oni el que la había atrapado.
Se lo quedó mirando, con los pies colgando justo por encima del suelo y él le devolvió la mirada con una de terror absoluto. Vio movimiento por el rabillo del ojo, Sango se tensó para saltar una vez más con la espada en la mano.
—¡Para! —gritó Kagome volviéndose hacia ella—. ¡Por favor, espera, Sango!
La mujer parpadeó, deteniéndose en seco.
—Es un malentendido —continuó Kagome, hablando lo suficientemente alto para que la oyeran todos sus compañeros—. Por favor, solo espera un momento. Es un malentendido, ¿no?
Lo último iba dirigido hacia el oni que la sostenía. Él asintió lentamente, su único ojo estaba tan abierto como una luna llena. Podía sentir los temblores que lo recorrían en la mano que la sostenía.
—Esa niña es de la aldea, ¿verdad? —preguntó, a lo que él respondió con un asentimiento—. ¿Por qué la tenéis, entonces?
El oni frunció el ceño, bajando la mirada a la niña, que lloraba.
—La encontramos —dijo en voz baja y lenta—. Alguien la dejó al pie de la montaña.
—¿Por qué no la devolvisteis a los aldeanos? —preguntó Sango con la espada todavía en la mano.
El oni negó frenéticamente con la cabeza, algunos de los oni que tenía detrás imitaron el gesto.
—Siempre nos atacan —dijo—. No vamos allí. Toma.
Acercó la mano que sostenía a la niña a Kagome, ofreciéndosela. Kagome tomó a la niña de su mano, acunándola suavemente con la esperanza de que se calmase mientras se aferraba a ella. El oni entonces las bajó a ambas al suelo, retrocediendo cautelosamente.
—P-Por favor, ahora marchaos —dijo—. No queremos pelea.
Los oni comenzaron a retirarse a su aldea.
—¡Esperad! —llamó Sango, envainando apresuradamente su espada—. ¡Me disculpo! ¡No sabía…!
Los oni la ignoraron, alejándose con pesadez de ellos. Sango hizo ademán de seguirlos, pero Kagome la detuvo con una mano sobre su brazo. Le ofreció a la niña, que se estaba acallando rápidamente, y Sango la cogió, frunciendo el ceño.
—¿Qué está ocurriendo, Kagome-chan? —preguntó Miroku, poniéndose al lado de ellas.
Kagome negó con la cabeza.
—Lo explicaré en un rato —dijo apresuradamente—. Primero tengo que ir a ver si puedo conseguir que hablen conmigo.
—Iré contigo… —empezó a ofrecer Miroku, pero Kagome negó con la cabeza.
—Cuanta menos gente haya, es probable que más inclinados se sientan a hablar. Ya bastante asustados están de nosotros.
—No deberías ir sola —protestó Sango, acunando a la niña para mantenerla callada—. Piensa en lo que podrían hacerte después de lo que casi les hicimos.
—No quieren hacer daño a nadie —contestó Kagome—. Tú piensa. ¿Por qué no atacaron ahora? ¿Por qué viven así de aislados aquí arriba? Por favor, esperadme aquí. Si sentís que tardo mucho, entonces podéis venir a por mí, ¿de acuerdo?
Se dio la vuelta, despidiéndose con la mano y empezó a correr antes de que pudieran protestar más. Los oni habían llegado a un amplio claro en mitad de su aldea para cuando los alcanzó, la hoguera de tamaño considerable indicaba que era probable que ahí hicieran sus reuniones.
Estaban allí amontonados, todos ellos parecían bastante alterados. Una de las hembras del exterior del grupo la vio cuando ralentizó el paso para aproximarse a ellos, poniéndose en pie con un grito.
En un instante, el resto del grupo estuvo de pie, observándola cautelosamente y preparándose para huir. Kagome detuvo en seco su acercamiento, levantando las manos para mostrar que estaban vacías.
—He venido sola —dijo—. Y no pretendo hacerles daño. Solo quiero hacer unas preguntas.
Un murmullo bajo comenzó entre el grupo, los oni se miraban con ojos desorbitados y la más grande de todos avanzó lentamente hacia ella para encararla. Su piel era de un marrón más intenso que el color de la tierra, su pelo, largo y fibroso, colgaba de su cabeza perfectamente redonda.
—Agradecemos lo que hiciste —dijo inclinando la cabeza—. Pero no deseamos tratar con humanos. Por favor, márchate ya. No queremos pelear, pero lo haremos si nos obligas.
Inclinó la cabeza una vez más antes de girarse para irse. El resto de los oni parecieron tomar esto como señal, siguiendo su ejemplo mientras avanzaban por las escaleras que habían tallado en la ladera de la montaña hacía tiempo.
—¡Esperen! —llamó Kagome, dando unos pasos tras ellos—. ¡Por favor, solo quiero hablar! Quiero ayudar…
Pero, salvo por algunos que echaron la mirada atrás, los oni la ignoraron. No se atrevió a seguirlos más por miedo a provocarlos de verdad. Pero tenía que haber algo. Una forma de conseguir que hablasen con ella…
Se le ocurrió una idea.
—¿Qué hay de Jinenji? —dijo en voz alta, sabiendo que tenía que haber al menos uno entre ellos a quien le llamaría la atención el nombre—. ¡Estoy intentando ayudarle! ¡Los aldeanos también le están echando la culpa a él por esto!
No pasó nada. Los oni no ralentizaron el paso en lo más mínimo. Kagome se mordió el labio, observándolos. Si no la ayudaban, entonces no tenía ni idea de cómo proceder en adelante.
Pero, de repente, le llamó la atención uno de los oni del grupo. Estaba reduciendo el paso, quedándose atrás del grupo. Ralentizó poco a poco, hasta que se distanció bastante de los demás. Cuando estuvieron muy por delante de él, se dio la vuelta y volvió a bajar la cuesta hacia ella.
Se detuvo a varios metros de ella, con la cabeza inclinada mientras se movía con inquietud. Era mucho más pequeño que los demás, solo una cabeza y media más alto que ella, su piel era de color siena tostado y un cuerno sobresalía entre sus ojos redondos de aspecto apenado. El aura gentil era la misma.
—¿Es usted el padre de Jinenji? —preguntó en voz baja, temiendo espantarlo con un movimiento repentino.
Él asintió, con la mirada fija en el suelo.
—No le voy a hacer daño —dijo, dando un pasito hacia él—. Tiene mi palabra. Solo quiero hacerle unas preguntas.
Levantó la mirada hacia ella y la volvió a bajar, con las manos cerradas en puño a sus costados.
—Los otros nos atacaron —murmuró en voz baja.
—Fue un malentendido —dijo—. Y lo lamentan mucho.
Levantó la cabeza lo suficiente para poder mirarla a los ojos, la tristeza y la resignación que ella vio allí hicieron que se le contrajera el pecho.
—Todo el mundo entiende mal —dijo—. Nadie pregunta. A nadie le importa.
Kagome se lo quedó mirando, momentáneamente desconcertada. Sus enseñanzas le habían enseñado que los oni eran criaturas violentas y temibles. Sango le había enseñado lo mismo. Los aldeanos se lo creían sin vacilar. Tenía razón. Nadie había preguntado. A nadie le había importado lo suficiente como para comprender. Eran grandes, enormes, y parecían inhumanos, y nadie se molestaba en mirar más allá.
—Qué… ¿qué hay de la madre de Jinenji? —dijo Kagome tras un momento, apartando sus oscuras contemplaciones para cuando tuviera tiempo de dedicarles tiempo—. Me contó lo mucho que lo amaba. Ella no lo malinterpretó, ¿no?
Bajó la mirada hacia ella, una débil luz entró en su mirada.
—No —dijo, la calidez de la nostalgia coloreó la palabra—. Ella es… una buena persona con un corazón fuerte. Quiero… ser fuerte también. Quiero… ayudar a mi hijo por una vez.
—Puede hacerlo —dijo Kagome, ansiosa por tranquilizarlo—. Puede hacerle mucho bien. Solo dígame, ¿tiene alguna idea de lo que ha estado aterrorizando en realidad a los aldeanos?
El padre de Jinenji se tensó, alzando los hombros en gesto protector. Vaciló largos momentos antes de hacer un único y pequeño asentimiento. Kagome reaccionó, habiéndose medio esperado que el oni tampoco lo supiera.
—¿Me lo dirá, entonces? —insistió—. Si me lo cuenta, entonces…
Pero él ya estaba negando con la cabeza antes de que pudiera terminar. Se retorció las manos con fuerza, mordiéndose su labio inferior. Kagome frunció el ceño, dando otro pasito hacia él.
—Por favor…
—Nos… hará daño si te lo cuento —dijo—. Es fuerte. Nos hará daño.
Cerró la boca con fuerza, negando con la cabeza con rotundidad. Kagome levantó la mirada hacia él, sintiendo que la frustración empezaba a hormiguear en su interior ante la absoluta derrota en su posición.
—¿Qué pasa con querer ayudar? —preguntó, incapaz de contener un poco de la mordacidad de su tono.
Él se encogió.
—Quiero… ayudar —murmuró débilmente, aunque parecía como si no quisiera nada más que hacerse una bola y esconderse.
—¡Pues ayude! —soltó Kagome, dirigiéndole una mirada de furia.
Palideció, un poco del color se drenó de su piel. Kagome tomó aliento, intentando controlar su frustración.
—Por favor —dijo más suavemente, estirando una mano para tocar ligeramente una de las suyas—. Si su hijo lo ha necesitado alguna vez, es ahora. Sea lo que sea esta cosa, ya le está haciendo daño a los aldeanos. Y, a cambio, ellos les están haciendo daño a Jinenji y a ustedes. Pero todos podemos ponerle fin ahora. Solo tiene que contármelo.
Miró su mano con el ceño fruncido, tan pequeña en comparación, como si estuviera perplejo de verla. Sus ojos se movieron lentamente hacia su rostro, estudiándolo como si la viera por primera vez.
—Eres… como ella —dijo en voz baja—. Buena y fuerte. Siento que yo sea… tan débil. Lo siento.
Sus ojos bulbosos se llenaron de lágrimas, que bajaron por su rostro alargado. Murmuró sus disculpas una y otra vez, mezcladas con el nombre de su hijo, le temblaban los hombros. Kagome agarró su mano, tragándose la tensión de su garganta.
—No es demasiado tarde —insistió—. Siempre hay opción. Siempre puede escoger hacerlo de forma distinta. Así que tome la decisión. Por Jinenji, si no puede hacerlo por usted.
Él se sorbió la nariz ruidosamente, frunciendo el ceño mientras la miraba. Kagome encontró sus ojos categóricamente, animándolo silenciosamente.
—Ciempiés —dijo con hipo, la palabra fue apenas inteligible—. Una mujer ciempiés. Sus hijos… se llevan a los aldeanos.
Para comérselos, fue la parte de la frase que no pronunció, aunque a Kagome le resultó clara. Se le retorció el estómago. Toda esa gente durante todos esos años…
—¿Dónde? —insistió Kagome—. No sentí nada en la aldea.
Él negó con la cabeza, sorbiéndose la nariz y temblándole todo el cuerpo.
—Bajo tierra —dijo—. El nido es antiguo. La aldea se construyó sobre él. Intentamos… intentamos decírselo, pero ellos gritaron y nos echaron.
Kagome profundizó su frunce ante eso último, la ira se prendió en su interior por un breve momento. Habían intentado advertir a los aldeanos. Habían intentado evitar todo esto y los aldeanos ni siquiera habían pensado en escuchar. En esencia, se lo habían ganado, haciéndoles daño a Jinenji y a los oni en el proceso.
Kagome suspiró, negando con la cabeza. Ahora no serviría de nada echar culpas. Todos estaban sufriendo. Lo mejor que podía hacer a estas alturas era mostrarles la verdad y esperar que avanzasen todos de algún modo. Pero no había tiempo que perder.
Le dio una palmadita en la mano al padre de Jinenji, ofreciéndole una sonrisa fortalecedora.
—Gracias —dijo—. Ha sido muy valiente. Mis compañeros y yo nos encargaremos del resto. Si todo sale como espero, pronto no tendrán motivos para temer a los aldeanos. Tal vez entonces pueda ir a ver a su hijo.
Lo soltó, haciendo una pequeña reverencia antes de darse la vuelta para marcharse rápidamente. Creyó haberlo oído llamarla, pero sabía que no tenía mucho tiempo. Pronto sería de noche y la youkai ciempiés era evidente que había perdido su última comida de algún modo. Estaba casi segura de que saldría a cazar un reemplazo en cuanto cayese la noche. Antes de eso, tendrían que idear un plan.
Sus compañeros estaban esperando en el otro extremo de la aldea, era evidente que trataban de ser tan inofensivos como les era posible después de lo que había pasado. Sango y Miroku avanzaron al verla, Sango todavía sostenía a la niña de la aldea.
—Kagome-chan, ¿qué ocurre? —preguntó Sango.
—Es una historia un poco larga —dijo Kagome—. Pero baste a decir por el momento que el clan Oni no es quien ha estado llevándose a la gente de la aldea. Al contrario, tienen miedo de los aldeanos. Viven aquí arriba para evitarlos. La bruja y su hijo, de quienes nos hablaron los aldeanos, son simplemente una mujer y su hijo hanyou, también inocentes. Son una youkai ciempiés y sus hijos, que viven bajo la aldea, los responsables. Me lo dijo uno de los oni.
Sango parpadeó, un frunce tiraba de sus labios mientras escuchaba.
—Yo… cuando vi a la niña, no pensé en detenerme u observar… —murmuró medio para sus adentros—. Todo lo que siempre se me ha enseñado sobre ellos…
—Parece que incluso las enseñanzas aceptadas pueden equivocarse —dijo Kagome amablemente—. Créeme, probablemente yo hubiera hecho lo mismo, Sango-chan.
—Pero desearía poder disculparme —dijo Sango, mirando por encima del hombro de Kagome hacia la aldea.
—Puede que lo mejor que podamos hacer por ellos ahora es mostrarles a los aldeanos la verdad sobre este asunto —dijo Miroku, repitiendo los anteriores pensamientos de Kagome.
Sango hizo un breve asentimiento, aunque evitó mirarlo.
—Deberíamos apresurarnos —aportó Kagome, en parte para evitar que creciese la tensión entre ellos de nuevo—. Supongo que esta niña iba a ser la última víctima de la youkai ciempiés. Necesitará algo más con lo que alimentar a sus hijos y es probable que salga esta noche en su busca.
—Vamos, entonces —dijo Sango—. Los youkai ciempiés intentan permanecer bajo tierra todo lo posible, así que tendrá varios túneles alrededor de la aldea. Necesitaremos bastante tiempo para localizarlos todos.
Se dio la vuelta, silbando lo suficientemente fuerte para captar la atención de sus compañeros.
—Monten —ordenó—. Volvemos a la aldea. ¡Rápido!
Su tono no admitió vacilación y en momentos estuvieron todos de camino, bajando la montaña hacia la aldea.
Cuando llegaron a la aldea, Sango dividió rápidamente al grupo y delegó tareas en ellos. Haru y Shippou habían ido a recibirlos y ella les indicó que devolvieran a la niña a los aldeanos y que les explicaran lo que ocurría de la mejor forma que pudieran. Al resto, Sango les ordenó que se dividieran y buscaran en el bosque que rodeaba la aldea.
Tenían que encontrar los túneles de los ciempiés y volver antes de que cayese la noche. Sango les dio un radio aproximado dentro del que buscar, listando los tipos de lugares en los que podrían estar ocultos los túneles antes de despedirse de ellos.
Kagome fue con Noriko y otros dos taiji-ya, peinando el bosque en la parte occidental de la aldea. No les llevó mucho tiempo descubrir el primer túnel, oculto bajo las raíces enredadas en la base de un árbol grande. El segundo no lo habrían encontrado si no fuera por los agudos ojos de uno de los hombres, que había notado un rastro de tierra removida que conducía hacia una roca grande. Parecía como si algo hubiera sido arrastrado por el bosque y, cuando hicieron a un lado la roca, se reveló un segundo túnel. Encontraron un tercer túnel escondido entre la densidad de varios arbustos antes de completar la búsqueda de su sección y regresar para informar a Sango.
En total, el grupo consiguió encontrar algo menos de veinte túneles rodeando la aldea, lo que le daba a los youkai un acceso fácil a casi cada rincón. Hicieron un círculo mientras Sango trazaba un esquema en la tierra de la aldea y los túneles, explicando cuál era su plan.
Justo antes de que anocheciera, se dividirían una vez más, regresando a donde estaban los túneles. Mientras caía la noche, cada uno de ellos iba a soltar varias de las bombas venenosas de los taiji-ya en los túneles. Los gases se esparcirían, alcanzando la guarida de los ciempiés y obligándolos a escapar por uno de los túneles o a ahogarse lentamente bajo la tierra.
Dos personas serían designadas para montar guardia en cada túnel por si ese era por donde emergían los youkai, dejando a una persona de sobra. Sango decidió que Kagome, como sobrante, regresaría a la aldea para montar guardia allí y asegurarse de que los aldeanos no fueran al bosque hasta la mañana. Kagome aceptó.
Sango dio la orden y el grupo se dividió una vez más, acordando encontrarse en la aldea por la mañana, cuando hubiese terminado todo. Kagome regresó a la aldea para encontrar a la mayoría de los aldeanos apiñados fuera de sus cabañas, la ansiedad pesaba sobre ellos. La rodearon cuando entró, Shippou y Haru apenas fueron capaces de alcanzarla a través del parlanchín grupo.
Exigieron saber qué ocurría y qué había pasado, y a qué se había referido Haru cuando les había contado que los oni no eran los culpables de los aldeanos desaparecidos. Ante esto, Haru le dirigió una mirada avergonzada, encogiéndose de hombros con un poco de exasperación.
Llevó un poco de tiempo, pero con un poco de esfuerzo, Kagome consiguió calmarlos lo suficiente para explicarles todo. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguió hacerles creer que los oni no tuvieran algo de responsabilidad. Estaban convencidos y nadie podía decirles lo contrario.
Kagome tuvo que morderse la lengua para no estallar contra ellos, sabiendo perfectamente ahora quién estaba sufriendo. Mientras el sol se hundía en el horizonte, renunció a todos los intentos de razonar con ellos, imaginándose que una vez que hubiese terminado todo, sería capaz de encontrar una prueba irrefutable para mostrársela.
Redirigió su concentración, acorralándolos en el centro de la aldea. Cuanto más lejos estuvieran de la periferia, menos probable sería que salieran heridos si ocurría lo peor. Shippou y Haru la ayudaron a mantenerlos juntos y relativamente tranquilos mientras se ponía el sol lentamente, la oscuridad trajo consigo el silencio en el bosque circundante.
Kagome se quedó en el exterior del grupo, con los oídos aguzados, mientras la oscuridad se asentaba por completo. Durante largos momentos, no hubo sonidos salvo por el trinar de los insectos y el ulular de las aves nocturnas, y Kagome se relajó. Parecía que los youkai ciempiés iban a morir en silencio bajo tierra, después de todo.
Haru, con Shippou subido a su hombro, se puso a su lado.
—Los aldeanos han encendido un fuego, si quiere venir a calentarse, Kagome-sama —dijo.
Kagome asintió, ofreciéndole una sonrisa a modo de agradecimiento. Shippou saltó de su hombro al de ella, mientras esta volvía para unirse al grupo, charlando animadamente en su oído sobre el juguete que le había dado uno de los niños de la aldea. Estaba tan concentrada en intentar seguir su enrevesada narrativa del evento, que casi pasó por alto el primero de los temblores.
El segundo la hizo tambalearse, los aldeanos gritaron a su alrededor. Un ruido sordo y bajo estaba llenando el aire, parecía proceder de todas partes al mismo tiempo.
—¿Q-Qué es eso? —gritó Haru a su lado.
Kagome sacó el arco de su carcaj, colocando una flecha en un fluido movimiento mientras sus ojos se movían automáticamente para inspeccionar el bosque que los rodeaba. No había nada. Absolutamente nada.
El ruido, sin embargo, se hizo cada vez más fuerte. Algo resplandeció en su sexto sentido. Kagome se quedó fría con horror.
—¡Corran! —gritó, volviéndose hacia los aldeanos—. ¡Corran todos! ¡Lo más lejos que puedan de aquí!
Se dispersaron como aves asustadas, llorando y gritando.
—¡Haru! —dijo, dándose la vuelta para encarar al hombre que, a pesar de su evidente miedo, había permanecido a su lado—. ¡El bosque! ¡Trae aquí a los taiji-ya!
Él asintió, vacilando solo por un momento antes de salir disparado hacia el bosque totalmente oscuro.
El ruido se volvió más alto. Kagome salió corriendo, con Shippou aferrado a su hombro. Pero era demasiado tarde.
La tierra bajo sus pies explotó, lanzándolos por los aires. En el espacio de varios momentos sin aliento, fue transportada por el aire, haciendo un arco en el espacio. El dolor explotó detrás de sus párpados cerrados cuando aterrizó, su hombro se golpeó con fuerza contra el suelo.
Gruñó, rodando y esforzándose por levantarse a ciegas. Con una descarga de puro pánico, se dio cuenta de que el kitsune y su arco ya no estaban con ella, las flechas que habían estado en su carcaj se habían esparcido a su alrededor.
—¡Shippou! —llamó, obligándose a ponerse en pie—. ¡Shippou!
Se le quedó atascada la voz en la garganta, abriendo los ojos como platos mientras se encontraban con el rostro siniestramente humano que se elevaba amenazadoramente sobre ella. La youkai ciempiés.
Al parecer, el padre de Jinenji no había exagerado cuando había dicho que su guarida estaba directamente debajo de la aldea.
Antes de Kagome pudiera siquiera parpadear, fue hacia ella, abriendo la mandíbula grotescamente para revelar dientes como cuchillos de piedra dentada. Un grito ahogado escapó de Kagome mientras daba torpemente un paso hacia atrás, sus manos buscaron instintivamente un arco que ya no tenía.
Algo voló desde detrás de ella, alojándose sólidamente en las fauces abiertas de la youkai. Viró, sorprendida cuando la peonza gigante casi la ahogó y Kagome giró sobre sus talones.
—¡Shippou! —llamó, y vio al kitsune a solo unos metros detrás de ella, aferrando su arco en una mano.
Recogió apresuradamente varias de sus flechas esparcidas y corrió hacia él, sin detenerse cuando lo cogió en brazos. Detrás de ellos resonó un chasquido tremendo, la peonza ilusoria de Shippou se astilló.
—¡Se acerca! —chilló, observando sobre el hombro de ella mientras corría a lo loco en busca de un terreno elevado.
Un momento más tarde, un rugido agudo y el ruido del choque de cien patas contra la tierra lo confirmó. La adrenalina palpitó a través de ella y Kagome esprintó una última vez. Viró para confundir a la youkai, subiendo a la carrera por la única colina de la aldea hacia la cabaña del jefe, que estaba sobre ella. Los aldeanos llenaban todo el espacio como ganado asustado, sin saber a dónde ir y temiendo dejar la aldea, y ella rezó por que hubieran tenido el sentido común de salir del camino de la cosa cuando al fin llegó a lo alto de la colina.
Soltó a Shippou y su exceso de flechas, levantando su arco y colocando una rápidamente. La youkai ciempiés estaba recorriendo la colina a toda velocidad justo detrás de ella, sus cien patas se movían furiosamente y sus ojos rojos estaban fijos en ella desde dentro de lo que bizarramente imitaba el rostro de una hermosa mujer humana. Kagome mantuvo su posición, entrecerrando los ojos mientras intentaba apuntar.
La cosa desencajó la mandíbula una vez más, abriéndola del todo, y Kagome disparó. La flecha cobró vida, iluminando brevemente dientes similares a cuchillos mientras atravesaba las fauces abiertas y se metía en el cuerpo del monstruo.
Chilló, sacudiéndose mientras la luz purificadora la disolvía sección por sección, de dentro a fuera. En el siguiente instante, desapareció, no quedó nada de ella salvo las cenizas balanceándose hacia la tierra.
Kagome soltó una temblorosa exhalación, bajando lentamente el arco. Más abajo de ella, los aldeanos se tranquilizaron un poco, deteniendo sus movimientos cuando se dieron cuenta de que la amenaza había desaparecido. Detrás de ella, Kagome pudo oír que Shippou daba un grito victorioso.
En la distancia, alrededor del punto de donde había salido la youkai, pudo ver cuatro cabañas ardiendo, las llamas brillaban contra el cielo nocturno. La salida de la youkai había esparcido la yesca del fuego que habían encendido los aldeanos, prendiendo en las cabañas. Afortunadamente, había poco viento esa noche, pero Kagome sabía que había que apagarlo rápido para evitar que el fuego se propagase.
Respiró hondo y lo soltó, recomponiéndose.
—Por favor —llamó, lo suficientemente alto para que la oyeran los aldeanos que estaban más abajo que ella—. Necesito que, quienes puedan, vayan a buscar agua. Hay que…
Se interrumpió, un movimiento captó su atención. El brillo de las casas incendiadas iluminaba los bordes del agujero por el que había salido la youkai.
Algo se estaba moviendo en la oscuridad. Un escalofrío recorrió la piel de Kagome.
Vio a varios youkai ciempiés retorciéndose desde las profundidades de la tierra, rostros grotescamente humanos asomaron en la tenue luz ofrecida por los incendios. Varios más los siguieron mientras se arrastraban hacia la aldea, buscando.
Los hijos de la youkai ciempiés.
—Corran… —dijo, la palabra fue un susurro rasposo en cuanto abandonó su garganta. Carraspeó, gritándoles a los aldeanos—: ¡Corran! ¡Hacia el bosque, lo más lejos que puedan! ¡Hay más!
En la oscuridad más abajo de ella, repitieron su grito, el grupo se rompió en una ráfaga de movimiento una vez más. Kagome se volvió para mirar a Shippou, poniéndose de rodillas para recoger el resto de sus flechas mientras le hablaba apresuradamente.
—Necesito que vayas con ellos, Shippou —dijo, metiendo las flechas en el carcaj que descansaba contra su espalda.
—¡Pero, Kagome…!
—Por favor, Shippou —le interrumpió, encontrando su mirada con gesto de súplica—. Necesitan que alguien les ilumine el camino y que los mantenga a salvo en el bosque. Cuento contigo.
Él vaciló por un momento, con sus ojos bien abiertos inspeccionando los de ella antes de hacer un fuerte asentimiento. Bajó corriendo por la colina sin decir una palabra, el kitsune-bi cobró vida sobre él mientras se dirigía hacia los aldeanos que escapaban.
Ella devolvió su atención hacia los youkai, levantando el arco y buscando una flecha. Los monstruos siguieron saliendo sin parar del agujero en la tierra, el primero que había emergido parecía haber captado el aroma de la carne humana. Se arrastraban con decisión en la dirección en la que estaban huyendo los aldeanos, los cuerpos serpenteaban y se retorcían rápidamente por la tierra.
Kagome se mordió el labio con fuerza, consciente de que no tenía suficientes flechas para acabar con todos. Lo mejor que podía hacer era distraerlos el tiempo suficiente para que los aldeanos escaparan y esperar que Haru consiguiera encontrar pronto a los taiji-ya.
Colocó una flecha, tirando de la cuerda hacia atrás y apuntando hacia el youkai que encabezaba la persecución. La hizo volar, acertando y disolviendo al ciempiés en un resplandor de luz azul perlada. Los que iban detrás se detuvieron en seco con sorpresa, siseando ruidosamente.
—¡Aquí arriba! —gritó, colocando ya una segunda flecha—. ¡Venga! ¡Por aquí!
Sabía que irían. Sus habilidades espirituales la convertían en una comida más grande, sino más fácil.
Varios pares de ojos rojos la encontraron en la oscuridad y esperó, conteniéndose de volver a disparar hasta estar segura de que hubieran cambiado de rumbo. Se volvieron hacia ella lentamente, la manada avanzó hacia la colina. Kagome volvió a disparar, incinerando al que estaba más cerca del pie de la colina.
Cogió otra flecha mientras los demás aceleraban, con el corazón martilleándole en la garganta cuando se dio cuenta de que solo le quedaban cuatro. Colocó una de ellas, el pulso empezaba a resonarle en los oídos mientras apuntaba.
Gritos de terror rasgaron el aire, paralizando tanto a Kagome como a los youkai. Eran los aldeanos.
Kagome podía verlos, gritando y aferrando a sus hijos mientras volvían corriendo hacia la aldea. Detrás de ellos se movían con pesadez varios de los miembros del clan Oni, que emergían del bosque, y Kagome maldijo.
—¡Deténganse! —gritó—. ¡No les van a hacer daño! ¡No vengan aquí!
Pero no la oyeron y ya era demasiado tarde. Los youkai, al darse cuenta de que había un grupo de presas más fáciles yendo directamente hacia ellos, le dieron la espalda a la colina, dirigiéndose hacia los gritos.
Kagome gruñó, bajando por la colina. Solo pensaba en interponerse entre los youkai y los aldeanos antes de que colisionaran.
Los aldeanos se detuvieron en seco, con ojos desorbitados y moviéndose como animales acorralados cuando se dieron cuenta de que estaban atrapados. Los youkai ciempiés continuaron su rápido avance hacia ellos y a Kagome le dio un vuelco el corazón cuando vio un niño perdido en el extremo del grupo. Su llanto se veía ahogado por el caos de la escena y un youkai abrió su mandíbula antinaturalmente mientras iba hacia él. Se abalanzó cuando hubo poca distancia entre ellos.
Kagome se lanzó hacia el niño, cubriéndolo protectoramente y preparándose para el impacto. Gritos, llantos y pasos estruendosos resonaron a su alrededor, pero no llegó ningún impacto. Abrió los ojos.
Enfrente de ella se alzaba imponente una figura, sus gruesas extremidades estaban tensas mientras contenía desesperadamente al agitado monstruo. Era Jinenji.
A su alrededor, otros oni habían avanzado y estaban forcejeando con las bestias mordientes y ondulantes.
—¡Ese es mi niño! —llamó una voz ronca sobre el vocerío—. ¡A por ellos, Jinenji!
Kagome se levantó, dirigiendo al tembloroso niño hacia el grupo mientras se encontraba con la mirada abrasadora de la madre de Jinenji. La anciana sostenía una antorcha en alto, iluminando los pálidos rostros asombrados de la multitud detrás de ella.
—¿Qué…? —empezó Kagome, la cabeza le daba algunas vueltas.
—¡No hay tiempo para eso! —soltó la anciana—. ¡Ve ahí y ayuda a mi niño!
Kagome parpadeó, asintiendo. Se volvió hacia la refriega y colocó una flecha, apuntando hacia el youkai ciempiés con el que Jinenji estaba luchando. Fue un disparo limpio a pesar de sus forcejeos, el youkai se disolvió en las manos de él. Se dio la vuelta, mirándola mientras parpadeaba lentamente antes de ofrecerle una sonrisa torcida.
—¡Kagome! —gritó una voz.
Algo voló por encima de su cabeza, decapitando a un youkai que había conseguido arrastrarse entre la muralla de oni antes de volver atrás. Sango aterrizó a su lado, atrapando el Hiraikotsu sin esfuerzo a horcajadas sobre una Kirara transformada.
—¿Estás bien? —preguntó.
Kagome asintió.
—Salieron de debajo de la aldea —explicó apresuradamente—. Los oni vinieron a ayudar.
Sango asintió.
—Quédate cerca y protege a los aldeanos —ordenó—. Nosotros nos encargaremos del resto.
Espoleó a Kirara hacia delante, enderezándose sobre su lomo para lanzar el Hiraikotsu por delante de ella hacia la refriega. En la distancia, Kagome pudo ver a algunos de sus otros compañeros emergiendo del bosque, aquellos a los que Haru no había llegado se habían visto atraídos por el incendio que ahora había prendido en varias de las cabañas.
Los oni, sus compañeros y el aparentemente continuo flujo de youkai ciempiés rápidamente se vieron envueltos en un grupo caótico, sus choques estuvieron iluminados desde atrás por el brillo infernal de las llamas. Kagome retrocedió para ponerse delante de los aldeanos, levantando ambas manos con las palmas hacia fuera por delante de ella.
Respiró hondo, cerrando los ojos mientras se concentraba en liberar la energía a través de sus manos. Sintió que su energía espiritual salía lentamente y empujó con más fuerza, disponiéndose a darle la forma de una pequeña barrera. Le temblaron ligeramente los brazos con el esfuerzo de sostenerla sin usar un intermediario, pero estaba relativamente segura de que al menos podía aguantarla hasta que la batalla hubiera terminado.
Detrás de ella, el jefe se adelantó de entre la multitud, poniéndose a su lado. Vio el fragor de la batalla con ojos desorbitados, con los rasgos pálidos.
—Miko-sama… ¿qué ocurre? —preguntó débilmente.
A pesar de las graves circunstancias, Kagome no pudo evitar sentir un parpadeo de satisfacción.
—Observe —jadeó—, y vea la verdad por usted mismo.
La batalla continuó un tiempo, aunque el resultado acabó siendo ampliamente inevitable cuando llegaron todos los compañeros de Kagome. Estaban entrenados para exterminar y moverse con precisión, en crudo contraste con el grupo de youkai ciempiés, confusos y ya debilitados por el veneno. Los oni también eran luchadores sorprendentemente fuertes y testarudos, a la par que lentos y torpes.
Aun así, los youkai ciempiés consiguieron hacer bastante daño con sus esfuerzos desesperados, demoliendo varias cabañas e hiriendo a algunos de los oni y de los taiji-ya. Varios de ellos se abrieron camino el tiempo suficiente para ir a por los aldeanos, pero Kagome consiguió sostener su barrera y se desintegraron en cuanto chocaron contra ella o los apartaron los oni.
Cuando la pelea murió finalmente, los destrozos de la aldea eran extensos. Kagome desvaneció la barrera, su traje estaba empapado de sudor y le temblaban las extremidades del cansancio mientras los agotados combatientes avanzaban lentamente hacia donde estaban apiñados los aldeanos. La madre de Jinenji fue la primera en echarse a correr, con la antorcha sostenida en alto mientras se encontraba con su hijo, que cojeaba, a mitad de camino.
Había una laceración de tamaño considerable en su frente y la sangre goteaba de su pierna, donde un youkai ciempiés había hundido sus colmillos.
—¡Niño tonto! —masculló, aunque sin auténtica intención en sus palabras—. ¡Mira lo que te has hecho! ¡Arrodíllate! Yo me ocuparé de ti.
Él se arrodilló obedientemente, haciendo una mueca ante la presión de su pierna y ella sacó un manojo de hierbas de la parte delantera de su ropa. Se detuvo, mirándolos con furia mientras ellos se quedaban mirando en silencio.
—¿Qué hacéis mirando como una panda de bobos? —soltó—. ¡Los heridos, en fila, os curaré! ¡Los demás, todavía quedan incendios que apagar! ¡Poneos con ello!
Esto pareció sacar a los aldeanos de su aturdimiento. Se movieron tentativamente hacia los oni, mientras que los heridos avanzaron para obtener tratamiento. Kagome intentó levantarse de donde estaba arrodillada, pero descubrió rápidamente que sus piernas no estaban dispuestas a obedecer sus esfuerzos. Sentía todo el cuerpo entumecido y extrañamente deshuesado.
Haru corrió a su lado, tenía a Shippou con él. Se arrodilló, pasando el brazo de ella alrededor de sus hombros y ayudándola a ponerse en pie justo a tiempo de ver a la oni más grande y al jefe de la aldea confluyendo.
Se miraron en silencio durante largos momentos, los dos evidentemente sin saber qué hacer.
—¿Por qué? —preguntó finalmente el jefe, como si no consiguiera decir nada más.
La oni, la hembra enorme que se había dirigido a Kagome en la montaña y que parecía ser la líder del clan, se lo quedó mirando, parpadeando lentamente antes de responder.
—Estas también… son nuestras tierras —dijo con sencillez.
El jefe abrió un poco más los ojos. Tras un momento, sonrió, la expresión era una extraña mezcla de vergüenza y gratitud.
—Tienes razón —dijo en voz baja, mirando a la oni a los ojos—. Lo son.
E hizo una reverencia, el gesto fue lento, profundo y deliberado. Cuando se incorporó, la oni le ofreció una sonrisa torcida, le brillaban sus grandes ojos.
Mientras los miraba, Kagome exhaló un suspiro de alivio. No era el final. En realidad, difícilmente era siquiera un principio. Pero era algo.
Probablemente tendrían un camino rocoso y sinuoso por delante antes de que pudieran llegar a un auténtico entendimiento, especialmente considerando los arraigados malentendidos que yacían entre ellos. Pero era un comienzo. Y de repente, Kagome pensó que podía entender qué había estado haciendo el anterior Tennō-sama hacía todos esos años.
Kagome y sus compañeros terminaron quedándose en la aldea dos días más, tanto para darles a aquellos de ellos que estaban heridos un poco de tiempo para recuperarse, como para ayudar a organizar la reconstrucción de la aldea.
Después de todo lo que había pasado, casi no hizo falta esfuerzo por parte de Kagome para asegurar el apoyo tanto del jefe de la aldea como del clan Oni del sur. El jefe incluso invitó a los oni a que se mudaran más cerca de la aldea, si querían. Era más difícil encontrar comida y agua en las laderas de la montaña, después de todo, y el jefe les prometió paz y apoyo si decidían hacerlo. Los oni aceptaron tentativamente tener en consideración la propuesta, todavía demasiado cautos tras todo a lo que los habían sometido como para aceptar inmediatamente y, por el momento, trabajaron para ayudar a reconstruir la aldea.
De ellos, Kagome se enteró de que había sido a insistencia absoluta del padre de Jinenji que habían salido en ayuda de la aldea. Los había convencido de que iba a ocurrir algo y que probablemente sería la última oportunidad que tendrían nunca de limpiar su nombre y terminar con su conflicto constante con los aldeanos. Los oni no eran seres que se vieran inclinados hacia la confrontación, pero había algunas cosas que estaban dispuestos a defender.
Pero al observar al padre de Jinenji, Kagome no pudo evitar sospechar que no había sido completamente sincero con los demás oni. A ella le había dicho que quería ayudar a su hijo y, observándolo cerniéndose torpemente alrededor de Jinenji y de su madre, estaba casi segura de que ese había sido su auténtico objetivo. La llegada de ella y de sus compañeros simplemente le había dado la oportunidad tras todos estos años.
En cuanto a Jinenji, nadie entre los aldeanos ni los oni parecía saber cómo acercarse a él. Tanto si era por culpa, por el hecho de que había recibido el embate de los abusos por parte de ambos lados o por vacilación porque era un hanyou, Kagome no estaba segura. Pero, a pesar de esto, Kagome no sintió ninguna genuina animosidad hacia él por parte de nadie. Había salvado vidas de ambas partes durante la batalla y, con el tiempo, estaba segura de que se ganaría toda su aceptación.
Antes de partir, Kagome fue a hacerles una última visita a su madre y a él, encontrándolos en el pequeño campo de detrás de su cabaña. La madre de Jinenji lo supervisaba mientras trabajaba partiendo madera y apilándola para usarla en las reparaciones de la aldea. Kagome la saludó, poniéndose a su lado. Recibió poco más que una mirada y un brusco asentimiento en respuesta, pero sabía que no debía desalentarse por ello.
—¿Cómo están sus heridas? —preguntó, mirando hacia el chico mientras trabajaba sin aparente dificultad.
—Ya casi se han curado —contestó la mujer—. Su sangre youkai hace maravillas. Pero ¿qué haces aquí?
—Mis compañeros y yo nos vamos hoy.
Esto captó toda su atención. Miró a Kagome por el rabillo del ojo antes de cruzarse de brazos con un resoplido.
—¿Y supongo que esperas que te dé de algún modo las gracias antes de que te vayas? —dijo, volviendo intencionadamente la mirada hacia el campo.
—No —contestó Kagome, negando con la cabeza—. Al contrario, yo debería darles las gracias a Jinenji-san y a usted. Sin sus esfuerzos de esa noche, dudo que yo estuviera aquí.
La anciana parpadeó, la sorpresa se registró en sus avejentadas facciones. Bajó los brazos lentamente a sus costados, un frunce plegó su ceño mientras se giraba para encarar completamente a Kagome. La miró con dureza varios largos momentos, moviéndose con indecisión. Al final, prácticamente se lanzó hacia delante, rodeando a Kagome con sus brazos en un torpe abrazo.
—Gracias —murmuró, con la voz más ronca de lo habitual de la emoción—. Has hecho más por él de lo que nunca sabrás.
Se apartó antes de que Kagome pudiera siquiera procesar la acción lo suficiente como para considerar corresponderle. Se aclaró la garganta ruidosamente, devolviendo la mirada a Jinenji mientras este seguía trabajando.
—Al menos tiene una oportunidad, ahora que el inútil de su padre está aquí otra vez. Siempre me preocupó qué pasaría cuando llegase el momento de que yo falleciese. Es decir, con todo lo que va a vivir, no puedo estar con él para siempre. Ahora al menos tendrá a su padre.
Hizo una pausa, sus facciones se suavizaron un poco mientras sus ojos seguían a su hijo.
—Solía haber días en los que me arrepentía de haberlo tenido —dijo en voz baja, con una mirada distante—. No porque no lo amase, vaya. Era porque no podía imaginar qué clase de vida tendría. Sin ser ni una cosa ni la otra. Odiado por su lado humano y por su lado youkai. Esa clase de soledad… no quería eso para mi niño.
Negó con la cabeza, algo de la amarga nostalgia dejó sus ojos.
—Pero tal vez haya una oportunidad para él —continuó con un encogimiento de hombros—. Somos tan diferentes que nos damos miedo, pero si los humanos y los youkai pueden empezar a entenderse, tal vez los que son como mi Jinenji pueden ser los enlaces de lo que nos una…
Se interrumpió con expresión pensativa. Tras un momento, se aclaró la garganta ruidosamente, recomponiéndose.
—Esas tonterías dan igual —soltó—. Son divagaciones de una anciana.
—No —protestó Kagome, negando con la cabeza—. Para nada. Lo entiendo. Sería maravilloso que… que las cosas pudieran ser así.
Miró a Jinenji, pero su mente estaba en otra parte. Pensó en Inuyasha y en lo poco que él le había contado sobre su infancia. Ni una cosa ni la otra. Odiado. Solo. Sabía que había experimentado todas esas cosas y más, sin ni siquiera un padre o una madre que lo apoyasen.
Y de repente se le ocurrió que tal vez su entusiasmo y determinación por ayudar no habían sido totalmente por el bien de Jinenji. Tal vez, de algún modo, había sido otro hanyou al que había estado intentando ayudar. Después de todo, hubo un momento en que había querido poco más que ser su amiga. Ser su fortaleza y apoyo para que pudiera ver que no estaba solo en el mundo.
No. No era cierto. Todavía era lo que quería.
—Dijiste que también tenías un hanyou —dijo la madre de Jinenji, como si pudiera leer sus pensamientos.
Kagome vaciló por un momento, sorprendida, antes de hacer un pequeño asentimiento. La anciana la miró con cierta perspicacia en su mirada.
—Bueno, cuida bien de él, entonces —dijo—. Tiene suerte de tenerte a su lado.
Kagome solo se la pudo quedar mirando, sin palabras por un largo momento. Su mirada bajó a sus pies.
—… Sí.
No se quedó mucho después de eso. Informó a Jinenji de que tenía que irse y él se despidió con lágrimas, ofreciéndole tímidamente un ramo de sus hierbas medicinales caseras a insistencia de su madre. Tras otra breve despedida de su madre, partió, sintiéndose de algún modo más ligera de lo que lo había estado en meses.
Para su sorpresa, encontró a Kohaku merodeando por la parte delantera de la cabaña de Jinenji, con una expresión ansiosa en su rostro. Al verla, gritó.
—¡Kagome-sama! —llamó—. ¡Menos mal que la he encontrado! ¡Debemos darnos prisa!
—¿Darnos prisa? —repitió Kagome—. ¿Ocurre algo?
La agarró de la mano, tirando de ella tras de sí mientras hablaba. Kagome se dejó llevar, alarmada. Desde que se había unido al grupo, Kohaku siempre había sido callado y calmado. Tímido, le había dicho Sango una vez, un chico tímido desde que era pequeño, pero era un guerrero suficientemente decente cuando se le presionaba. Incluso cuando los demás habían desafiado el liderazgo de Sango, había permanecido callado y se había guardado su opinión, aunque Sango le había asegurado que no le guardaba rencor por ello. Simplemente nunca había sido lo bastante tenaz para oponerse a otros mientras pudiera evitarlo.
Pero, ahora, sus facciones normalmente inescrutables estaban plagadas de ansiedad.
—No hay mucho tiempo para explicaciones —dijo apresuradamente—. Pero un hombre de una aldea cercana acudió al jefe hace un momento. Está seriamente herido y dice que ha habido un ataque de una manada de youkai en una aldea al pie del monte Hakurei. Los demás taiji-ya se han adelantado para hacer lo que puedan. Me pidieron que fuera a buscarla y la trajera conmigo.
Llegaron al lugar en donde había atado a las dos monturas, ensilladas y preparadas en el otro extremo de la aldea. Kohaku montó rápidamente y Kagome hizo lo mismo. Partieron al galope, ambos callados y concentrados mientras las zancadas de sus monturas devoraban la distancia.
El agarre de Kagome sobre sus riendas se tensó a medida que más y más del monte Hakurei, que estaba al oeste de la aldea de Jinenji, estuvo a la vista sobre las copas de los árboles. Podía sentirlo. Incluso desde la distancia, podía sentir un poderoso jyaki, uno que era suficiente para revolverle el estómago y enviarle escalofríos por su piel.
En un acuerdo tácito, los dos espolearon a sus monturas para que fueran más rápido. Solo bajaron el ritmo cuando un denso grupo de árboles se separó finalmente para revelar el pie de la montaña, los ojos de Kagome inspeccionaron la zona ansiosamente.
—La aldea debe de estar al otro lado de la montaña —le dijo Kagome a Kohaku en voz alta.
Empezó a hacer avanzar a su montura, pero él la detuvo en seco.
—¡Espere! —llamó él, desmontando—. ¡Creo que veo algo, Kagome-sama!
Se movió hacia el pie de la montaña y Kagome vio aquello de lo que hablaba. Había una abertura allí, apenas más que una grieta grande, pero una extraña luz emanaba de ella.
—¡Espere! —lo llamó Kagome, alarmada ante el jyaki que podía sentir allí—. ¡Espere, Kohaku-sama! ¡No vaya solo!
Desmontó rápidamente, apresurándose detrás de él y sacando el arco del carcaj que llevaba a la espalda. Kohaku se puso delante de la abertura, con su propia kusari-gama preparada en sus manos.
—¿Qué es? —le murmuró en voz baja, con los ojos bien abiertos.
—No estoy segura —contestó Kagome en voz baja, un estremecimiento la recorrió al sentir el fuerte pulso del jyaki del interior—. Atrás, Kohaku-sama.
Así lo hizo y ella sacó una flecha del carcaj, colocándola. Se situó directamente en frente de la abertura, echando hacia atrás el brazo y preparando el disparo. Si pudiera darle directamente a la luz…
Un golpe en la cabeza la tumbó, el arco y la flecha salieron volando de sus manos. Un momento después, algo frío le rodeó el cuello, obligándola a levantarse y a echarse hacia atrás. Intentó gritar, pero no salió ningún sonido mientras la cosa se apretaba.
Levantó las manos, arañando violentamente para intentar agarrar la cosa, pero estaba envuelta con demasiada fuerza como para que pudiera separarla. Se asfixiaba, jadeaba intentando coger aire, retorciéndose y tirando en un ciego pánico.
—Cálmate —dijo una fría voz detrás de ella—. No pretendo hacerte más daño del necesario.
Unos puntos oscuros empezaron a bailar en su visión y Kagome estiró la cabeza para ver bien a su asaltante. Kohaku estaba detrás de ella, con expresión distante incluso mientras tiraba de la cadena de la kusari-gama para apretarla alrededor de su garganta. Se asfixiaba, el aire salía de ella a la fuerza. Podía sentir que se le entumecían los dedos sobre la cadena.
Detrás de él, la luz del día estaba desapareciendo, la montaña parecía sellarse alrededor de ellos mientras él la arrastraba hacia delante. A la luz que se desvanecía, Kagome miró boquiabierta al chico, estirando una mano hacia él en un último ruego desesperado.
Él ni siquiera parpadeó y ella se preguntó de repente si era aquí donde iba a morir. Consiguió levantar una mano, buscando a tientas y a ciegas en la parte delantera de su traje mientras su visión empezaba a desvanecerse. Finalmente, su puño se cerró a su alrededor y la aferró con fuerza.
Inuyasha…
Y entonces su mundo se volvió negro mientras la montaña se cerraba alrededor de ellos y ella caía en la inconsciencia.
Nota de la autora: Aquí está nuestra pequeña lección de historia/algunos apuntes y términos:
Miyasu: En realidad, este es el nombre del abuelo de Miroku en la serie, no de su padre. Pero no dieron el nombre de su padre, así que pensé en usar este.
Kusari-gama: El arma de Kohaku en la serie. Significa literalmente «hoz con cadena» y su aspecto es tal y como suena.
Monte Hakurei: Una montaña ficticia en la serie de Inuyasha. Como es ficticia, no tiene una ubicación concreta geográficamente, así que lo he usado para mis propósitos. Próximamente más sobre esto.
Ageha-chō: El mon (sello) del clan Taira. Básicamente, una mariposa nativa de Japón. Cada clan tiene tanto un kami representativo (que también se usa como sello de vez en cuando) como una suerte de objeto/animal que sirve como mon y aparece como un patrón común entre el clan.
Oni: A menudo se traduce al español como «diablo», «ogro» o «trol», son algunos de los youkai más abiertamente amenazadores del folclore japonés. Tienen distintas formas y tamaños, aunque generalmente son altos, con cuernos y de aspecto malvado. También se dice que disfrutan del sabor de la carne humana en algunas historias. Yo, no obstante, creí que sería interesante convertir unos youkai tan notoriamente villanizados en… bueno, ya lo habéis leído. Además, en la serie, la madre de Jinenji afirmaba que su padre era una especie de youkai guapo y brillante, pero eso siempre me pareció raro, ya que pensaba que Jinenji se parecía mucho más a un oni que a otra cosa.
Nota de la traductora: Me he retrasado unos días, pero aquí está. Quiero dar las gracias a quienes comentasteis en el capítulo anterior, a pesar de lo largo que fue, me hicisteis muy feliz y hacéis que merezca la pena seguir manteniendo el ritmo de traducción.
Los siguientes capítulos volverán a tener la extensión habitual y espero volver a sacarlos en intervalos de dos semanas.
¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Alguna parte que os haya gustado en especial? Espero vuestros comentarios, que ya sabéis que me encanta recibirlos.
¡Hasta pronto!
