Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Nuestra pequeña lección de historia de hoy:

Shinshoku: Un sacerdote de la fe sintoísta. Además, añadir O- como prefijo a un nombre (como Shinshoku) denota grandeza o un alto rango.

Hana Ichi Monme: Un juego infantil japonés similar a El trotamundos. Podéis encontrar las reglas y cómo se juega en Internet.


Capítulo 25: De oscuridad y sueños

La ceremonia había sido impecable. Había asistido casi la totalidad de la corte, llenando y desbordando el Buraku-in con tal multitud de colores y galas que podrían haberse ganado la envidia de los mismísimos kami. El salón había estado decorado con la misma suntuosidad, cubierto con los tonos dorado y carmesí del linaje del Tennō.

Midoriko, en su posición de O-Miko, había presidido la ceremonia conjuntamente con el O-shinshoku, confiriéndole a la pareja las bendiciones de los kami sobre su unión mientras se desarrollaban los ritos matrimoniales. También había asistido un houshi de alto rango para ofrecer las bendiciones de la secta budista.

Tras la ceremonia, la multitud se desplazó al En no Matsubara, donde se había dispuesto un gran banquete. Músicos y artistas del más alto nivel proporcionaron entretenimiento y, fuera lo que fuera que pensasen de la unión, ningún cortesano podría haber pronunciado una mala palabra sobre la disposición y la ejecución de la elegante ceremonia al final de las festividades.

Todo esto, no obstante, era puro teatro, ya que la corte no aceptaría menos que un gran espectáculo. A la pareja a la que le afectaba todo aquello le importaba poco la ceremonia en sí, más allá de asegurarse de que se llevaba a cabo sin inconvenientes. Para ellos, lo que de verdad importaba era lo que venía después.

Por eso, mientras estaban sentados juntos en el silencio y semioscuridad de la habitación que de repente había adoptado tan extraño significado, había un tranquilo brillo de satisfacción en ellos a pesar del nerviosismo que sentían ambos.

Ella, con su ropa tan blanca y pura como la luz de la luna llena, estaba arrodillada a un lado del futón grande. Él, en un fuerte contraste, con ropa de un negro intenso bordada con oro, estaba arrodillado en el lado opuesto. Solo dos pequeñas velas a la cabeza del futón iluminaban la escena, pero la imagen de una pareja recién casada no podría haber sido más clara si la luz del sol del mediodía hubiera brillado sobre ella.

Él fue el primero en hacer un movimiento, estirando una mano tentativamente a través de la aparentemente inexpugnable extensión del futón. El sonrojo que iluminó el rostro de ella ante el gesto fue de puro placer. Con una pequeña sonrisa, estiró también la mano, depositándola en los confines de la suya, mucho más grande.

—Seré un buen marido para ti, Kikyou —dijo con seriedad y en voz baja, con los ojos sobre sus manos entrelazadas—. Juro que te cuidaré.

Ella asintió, con sus ojos brillantes sobre su rostro.

—Es mutuo —dijo en voz baja—. Yo también cuidaré de ti, Inuyasha. Quiero ser tu apoyo en todo. Esto, ser tu mujer y tu compañera, no… no podría pedir nada más que esto en el mundo entero. Yo…

Vaciló, un débil temblor atravesó la mano que él tenía aferrada en la suya. El brillo de las lágrimas iluminó aún más sus ojos y sonrió incluso mientras se las tragaba. Él le agarró la mano con más firmeza.

—Lo sé, Kikyou —dijo—. Lo entiendo. Pero ahora ya está bien. Todo está bien. Tú y yo… estamos juntos en esto de ahora en adelante.

Ella asintió, cerrando los ojos. Se inclinó lentamente, levantando la mano que sostenía y apoyando la mejilla contra ella. Él suavizó su expresión, sus ojos recorrieron su figura inclinada.

Levantó su mano libre, sus dedos se metieron justo por debajo del cuello de su traje. Sacó una ristra de cuentas que colgaba de allí, toqueteándolas por un momento antes de sacárselas lentamente por la cabeza para que cayese al suelo. Tiró de ella cuidadosamente hacia sí.

—Ven aquí.


Parpadeó lentamente mientras volvía en sí, incluso ese pequeño gesto le resultó difícil. Todo parecía estar consumido por una densa bruma. Incluso sus pensamientos se disolvían en niebla en cuanto empezaban a formarse en su cabeza. No podía recordar dónde estaba. Cómo había llegado allí. Apenas podía recordar su propio nombre.

Pero su pecho le dolía intensamente. Intentó apoyar la mano contra él y descubrió que esa extremidad también estaba sujeta con peso.

—Parecían felices, ¿no? —llegó una voz de repente, aparentemente tanto de dentro como de fuera de su cabeza. Salvo por el dolor de su pecho, era lo único claro en la bruma.

—Supongo que así son los recién casados —continuó la voz pensativamente—. Aun así, parece un poco cruel por su parte que te olvide tan completamente, ¿no? Especialmente cuando has estado trabajando tan duro por su bien, Kagome.

Kagome. De repente se dio cuenta de que ese era su nombre. Con él, varias cosas más parecieron emerger de la niebla. Su nombre, el hombre al que había visto, era Inuyasha y lo amaba. Lo amaba mucho y él se había olvidado de ella. Estaba segura de que así debía de ser, a juzgar por lo feliz que había parecido. El dolor se intensificó.

—Pero supongo que ya ha demostrado lo poco que le importas en realidad, ¿no? —continuó la voz, las palabras sonaban tan altas en su cabeza que no estaba segura de si eran sus propios pensamientos u otra cosa—. Te dejó ir. Si le hubieras importado algo, te habría pedido que te quedaras. Pero te dejó ir. Todo el mundo te deja ir siempre. A nadie le importas lo suficiente para pedirte que te quedes.

No. Como una breve chispa en la niebla dispersa, Kagome tuvo la repentina noción de que no era así. Ella había pedido irse y él…

—Él es feliz —interrumpió la voz, disolviendo sus pensamientos una vez más—. Ahora está con ella. Para siempre. Es feliz y te ha olvidado.

Los dos, bañados por la luz de las velas y su propia alegría, aparecieron vívidamente una vez más en su mente. Le dolió tanto el pecho que le resultó difícil inhalar. Pero había algo más… algo cerniéndose justo fuera de su alcance.

—Necesitas descansar, Kagome —dijo la voz amablemente—. Estás cansada y confundida. Descansa y podrás pensar con más claridad.

Se encontró siendo atraída inexorablemente de vuelta a la oscuridad del sueño. No pudo reunir la energía para resistirse.

—El hanyou fue un buen punto de entrada, pero todavía queda una gran parte de su alma que está reteniendo. Dame tiempo. Ahora que la he abierto, escarbar más debería ser algo sencillo.


Su madre estaba llorando. Su madre a menudo lloraba por pequeñas cosas (era un poco llorona, como solía bromear su padre), pero nunca de esta forma. Por primera vez en su vida, mientras observaban la pira sobre la que ardía el cuerpo de su padre, Kagome pensó que podría saber cómo era un corazón roto. Sostuvo con fuerza la mano de su madre, sus propios ojos estaban secos.

Podía oír débilmente a Kaede, recién llegada a su aldea, hablando con su madre. Algo sobre la voluntad de los kami y el lugar que todo ser tenía en ella.

Kagome no lo entendió muy bien, pero no pudo evitar sentir que, si esta era la voluntad de los kami, entonces los detestaba a ellos y a su voluntad con todo su corazón.


Se quedó observando desde el pie de la colina, con los ojos clavados en lo alto de la cuesta. Los gritos de varios niños y niñas reunidos resonaron en sus oídos mientras se cantaban los unos a los otros, avanzando y retirándose en filas unidas. El viento le trajo las palabras de su canción y ella vocalizó las palabras al ritmo de ellos.

Katte ureshii hana ichi monme

Makete kuyashii hana ichi monme

Ano ko ga hoshii

Ano ko ja wakaran

Sōdan shiyō

Sō shiyō

Los versos se disolvieron cuando los niños convergieron en dos grupos en un encuentro de gritos y risitas. Kagome observó con ojos abiertos como platos, preguntándose por un breve instante si esta sería la vez en la que la llamarían. La vez en la que la llamarían para que se uniera.

Pero volvieron a formar las líneas y dijeron nombres. El suyo, no.

Uno de los niños al que habían llamado la vio mientras se movía hacia el centro del grupo. Se detuvo, bajando la mirada hacia ella. Su mirada atrajo la de los demás niños y pronto todos los ojos estuvieron sobre ella. Kagome se tensó, parpadeando mientras los miraba.

De repente, giró sobre sus talones. Tenía lecciones con Kaede. En realidad no tenía tiempo para jugar, en cualquier caso. Tenía que darse prisa.

Sus murmullos parecieron seguirla. Se mordió el labio, con las mejillas ardiendo en una caliente mezcla de ira y vergüenza.

Pudo oír débilmente que un extraño zumbido empezaba en sus oídos. Negó con la cabeza y siguió andando.


Estaba intentando no apoyarse muy pesadamente contra la espalda de Miroku, exhausta tras todo un día de viaje. El débil zumbido en su cabeza persistió incluso mientras se le empezaban a cerrar los párpados. Se sentía drenada, demasiado cansada como para siquiera levantar la cabeza, y el balanceo rítmico del caballo bajo ella la acunaba todavía más.

Habían pasado días desde que habían partido de su aldea y ella había tenido bastante éxito evitando obcecarse mucho con lo que dejaba atrás. Pero en momentos como este se hacía difícil encontrar distracciones, con sus alrededores demasiado oscuros como para ofrecer mucha visión y su cuerpo demasiado cansado como para reunir la energía para hacer nada que no fuera pensar.

Inevitablemente, sus pensamientos volvieron a su aldea. A su madre, hermano y abuelo. A Kaede. Era perfectamente consciente de que podrían pasar años antes de que pudiera volver a verles. Y aun así, incluso sabiendo esto, una pequeña parte culpable de ella se alegraba de irse. Una parte de ella siempre había querido irse, simplemente encontrar otro lugar.

Pero, extrañamente, otra parte de ella había querido que ellos le dijesen que se quedara. No tenía ningún sentido. Lo sabía perfectamente y se había reñido de vez en cuando por la insensibilidad de ello. Aun así, la sensación permanecía. En su corazón, había querido que le pidiesen que se quedase con ellos.

Pero no lo habían hecho. La habían dejado ir.

Frunció el ceño para sus adentros, se le cerraban los párpados mientras se deslizaba lentamente en la inconsciencia. El zumbido persistente al fondo de su cabeza al fin se resolvió en algo inteligible.

—¡Kagome! ¡Kagome!

Pensó que tal vez la estaba llamando Miroku. Estaba demasiado cansada como para importarle.


—¡Kagome! ¿Me oyes? ¡Kagome!

La voz que llamaba su nombre no había cesado, pero era un sonido tan bajo y distante que era fácil ignorarlo.

Estaba sobre el cuerpo prono de la mujer que había sido su mentora, sintiéndose extrañamente indiferente. Kaede nunca volvería a hablar, a moverse o a sonreír. Se había ido.

Inuyasha había salido de la cabaña para darle un poco de espacio. Tenía que preparar el cuerpo antes de que pudiera comenzar con la ceremonia de los últimos ritos.

Pero ahora que estaba sola no parecía poder hacer nada además de quedarse mirando con la mente en blanco al rostro de la fallecida. No podía disponerse a moverse.

De repente, sintió que la ira empezaba a brotar dentro de ella, calentándola por completo. Se mordió el labio, sorprendida ante la sensación e incapaz de contenerse.

Kaede le había mentido. Una y otra vez, le había mentido. Le había endosado una carga que probablemente tendría que portar durante el resto de su vida, todo porque era demasiado egoísta como para hacerse responsable de ella. Era difícil creer que la mujer la hubiera querido alguna vez. Simplemente la había usado porque era conveniente.

Al bajar la mirada al rostro de la mujer, Kagome estuvo segura por un momento de que la odiaba. La sensación se alzó como bilis en su garganta y temió ahogarse con ella.

—¡Kagome!

La voz parecía estar haciéndose más fuerte. La ignoró.


—Qué mal te han usado, Kagome.

Kagome parpadeó lentamente, se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos. Sus pensamientos giraron perezosamente en su cabeza, densos y lentos como aguas pantanosas, y le llevó varios momentos registrar que un par de ojos la estaba mirando a los suyos.

El rostro era pequeño y solemne, unos ojos violetas entrecerrados miraban a los de ella. Era un… bebé, se dio cuenta lentamente. Yacía acunado en el hueco de uno de sus brazos.

—Debes de estar enfadada, Kagome. Has trabajado tan duro y todos te han traicionado. ¿No estás enfadada, Kagome?

Traicionada. Enfadada. Las palabras resonaron extrañamente en su cabeza y el calor subió por su nuca. Le ardió la cara y pudo sentir que se tensaba.

—No pasa nada, Kagome. Deja que venga la ira. No la reprimas. Nadie podría condenarte por ello, no después de cómo te han tratado todos. Es lo natural. Acéptala.

Pudo sentir que se le calentaba todavía más el rostro y hubo algo casi reconfortante en la sensación ardiente que podía sentir creciendo en su pecho. Le habían sido desleales. Todos le habían sido desleales y estaba cansada de luchar y de tener miedo constantemente. Al menos esta calidez, esta sensación ardiente, la notaba segura.

—¡Kagome!

Parpadeó lentamente. Era esa voz otra vez. La que la había llamado antes. Parecía estar haciéndose más fuerte de nuevo.

—Kagome —dijo el bebé, llamando su atención—. Se merecen tu ira… tu odio. Te preocupaste tanto por ellos y mira lo rápido que te han olvidado.

Todavía podía ver el rostro del bebé, sus ojos mirándola a los suyos, pero de repente también hubo algo más. Podía ver el campamento. A Miroku, a Sango y a Shippou. Haru y Kohaku. Tomiko y Noriko, y el resto de la guardia Tachibana.

Todos seguían adelante como lo habían hecho siempre. Charlando, comiendo, riendo de vez en cuando. Incluso Miroku y Sango parecían haber dejado a un lado sus problemas por el momento, estaban sentados el uno junto al otro alrededor de la hoguera, con Shippou entre ellos. Nadie parecía darse cuenta…

—¿De que no estás ahí? —terminó el bebé y la visión se disolvió abruptamente—. Después de todo lo que has hecho por ellos, ni siquiera se dan cuenta de que no estás con ellos. O tal vez sí se dan cuenta. Tal vez se sienten aliviados de haberse librado de ti, aliviados de que al fin puedan acabar con esta misión y regresar a la capital. Aliviados como lo estuvo tu aldea de verte marchar. Aliviados como lo estuvo Inuyasha de verte marcharte de la corte para que al fin pudiera casarse sin tener que preocuparse por la carga de tus sentimientos.

Inuyasha…

—¡Kagome! ¡Kagome!

La voz no dejaba de llamarla. El calor que crecía dentro de ella de repente se convirtió en llamas, abrasando sus entrañas. Gruñó suavemente y la voz que la llamaba se hizo más fuerte. Entre las llamas y la voz y el bebé que tenía en brazos llamándola, apenas podía pensar con la suficiente claridad como para tomar aire.

—¿Qué ocurre? Pensaba que usted la tenía bajo control.

—Hay algo más dentro de su cabeza. Está interfiriendo con mi trabajo.

—Naraku-sama está impaciente porque la llevemos ante él…

—¿Crees que no lo sé, estúpida marioneta? Pero solo será un peligro para todo lo que está haciendo Naraku-sama si la llevamos hasta allí antes de que la Shikon esté convertida. Ahora, si te callas lo suficiente para que yo…

—Inuyasha…

A Kagome le llevó varios momentos darse cuenta de que la palabra había salido de sus labios, pero de repente varias cosas parecieron encajar a la vez. La niebla en su cabeza se redujo y el calor que chamuscaba sus entrañas se enfrió. Se dio cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Que el niño que acunaba en el hueco de su brazo era un youkai. Que su mano libre todavía aferraba la cuenta mala con toda la fuerza que tenía en su interior.

Que la voz que la había estado llamando todo este tiempo era la de él.

—¡Kagome!

Esta vez fue el bebé quien la llamó y una ola de niebla pareció volver a cubrir su mente.

—Estás confusa, Kagome —canturreó el bebé suavemente y la visión de ella se estrechó hasta que sus ojos fueron lo único que pudo ver claramente—. Sé que es difícil. Difícil aceptar lo crueles que han sido todos. Pero engañarte no va a resolver nada. En este momento, él está en la corte, contento con su nueva mujer. Mira y verás.

Como antes, cuando había visto el campamento de sus compañeros, el bebé seguía siendo claramente visible, pero otra visión se sobreponía sobre él en una imagen sobre aguas cristalinas. Se formó una visión.

Era Inuyasha. Estaba dormido, con expresión pacífica y desguarnecida de una forma que ella rara vez le había visto antes. Alegría, auténtica y profunda, fue la palabra que se le vino con más fuerza a la mente mientras lo miraba.

Bajo una capa de mantas, su torso parecía estar desnudo. Estaba acostado de lado, con su cuerpo curvado protectoramente alrededor de…

El corazón de Kagome se quedó paralizado dentro de su pecho.

Era Kikyou. Su cuerpo estaba curvado y pegado alrededor de Kikyou, con su coronilla metida perfectamente bajo su barbilla. Bajo las mantas, su piel parecía estar tan desnuda como la de él, una débil sonrisa bordeaba sus labios incluso mientras dormía. Una mano pálida estaba presionada contra el pecho de él.

Kagome pudo sentir el calor creciendo una vez más en la boca de su estómago, lanzándole cosquilleos por su cuello y brazos. Rebasó el dolor desgarrador que la visión le causó y ella lo recibió con los brazos abiertos.

—¿Ahora lo ves? Es como he dicho. Se alegró de librarse de ti. Ahora es feliz, mientras tú sufres todavía bajo la carga de tu equivocado y vergonzoso amor por un hombre que no puedes tener. Un amor que te debilita. Un amor que te ha retorcido con celos y rencor. Un amor desperdiciado en un híbrido insensible…

—No.

El sonido fue apenas más que una exhalación escapando de ella. Fue todo lo que pudo conseguir con la fuerza de la ira que se agitaba en su interior. Pero las palabras del bebé habían encendido algo dentro de ella.

Nunca está mal amar a alguien, mi niña. En ocasiones, puede hacerte sentir mal y extraña. En ocasiones, te asustará su potencia. Y, en ocasiones, como ahora, te hará daño más profundamente de lo que nada más tendrá nunca el poder de hacerlo. Pero te prometo, mi niña, que el amor, si tienes la fortaleza para aceptarlo por completo, es el único don que hará que valga la pena vivir esta vida.

Las palabras, enterradas bajo los años de su memoria, volvieron ahora a ella. Kaede se las había dicho, se la había llevado aparte tras los últimos ritos de su padre. En aquel entonces, las palabras habían caído en saco roto, su ira y su tristeza eran demasiado grandes como para permitirle prestar atención a nada más. Pero ahora las recordaba.

—Nunca está mal amar a alguien —murmuró, las palabras salieron con más facilidad.

No era un error. No era vergonzoso. No era debilidad. Fueran las que fueran las posibles consecuencias, amaba a Inuyasha. Él se merecía ser amado y ella lo amaba. Y nunca estaría mal amar a alguien.

Había estado huyendo desde que era una niña. Al fin era tiempo de parar.

—¡Kagome! ¡Respóndeme, Kagome!

Él nunca había dejado de llamarla.

—Inuyasha… —llamó débilmente en respuesta, sentía su cuerpo tan pesado como si hubieran pasado siglos desde la última vez que lo había movido—. ¡Inuyasha!

—¡Para ya, Kagome! —soltó el bebé, un tono de cólera entró en su voz por primera vez—. ¡Estás confusa! ¡Está con ella en la corte! Te ha abandonado, todos te han abandonado…

Un enorme temblor sacudió la estancia, interrumpiendo al niño. Kagome jadeó, levantando la cabeza rápidamente. Por primera vez pudo ver más allá del rostro del niño que estaba acunado contra ella.

Parecían estar en una suerte de cueva. Era difícil de distinguir en la penumbra que los rodeaba, pero el olor a humedad de la tierra y el musgo contaba la historia claramente. El aire a su alrededor parecía estancado y se preguntó a qué profundidad estarían.

Pero tuvo poco tiempo para pensar más allá de esto, ya que otro temblor movió la cámara. Con cada sacudida, Kagome sentía que su mente se aclaraba más, la sensibilidad regresó a sus extremidades y mil preguntas inundaron su mente en un instante. La voz que la había estado llamando persistió, no obstante, con más fuerza, más desesperación, de forma que ahogó casi todo lo demás que había en su cabeza.

—¡Kagome! ¡Ya voy! ¡Espérame, Kagome!

—¡Inuyasha! —lo llamó sin saber si podía oírla como ella lo oía a él—. ¡Inuyasha! ¡Estoy aquí, Inuyasha!

—¡Silencio, tonta! —gritó el bebé mientras otro temblor, más poderoso que los anteriores, los sacudía y traía consigo una lluvia de escombros—. Chico, ¡¿qué está pasando?!

—Alguien está intentando perforar la barrera de Naraku-sama —respondió una voz monótona—. No hay necesidad de preocuparse. Naraku-sama creó la barrera con el jyaki de miles de youkai. Por favor, continúe con su misión, Akago-sama…

—¿Que no hay necesidad de preocuparse? —soltó el bebé, Akago, interrumpiendo al que hablaba—. ¡Chico estúpido! ¡Alguien ha conseguido encontrarla después de todo el esfuerzo invertido en llevárnosla en secreto! ¡Necesito más tiempo! Está oponiendo más resistencia de la que había anticipado…

Otra fina capa de tierra cayó sobre ellos cuando un golpe sacudió la estancia, interrumpiendo a Akago. El pequeño frunció el ceño, la expresión era incongruente con sus diminutas facciones. Movió una pequeña mano, presumiblemente en dirección a la otra persona en la sala que Kagome no podía distinguir entre la oscuridad.

—¿A qué estás esperando? —dijo—. ¡Ve ya a encargarte del problema o, si no, te echaré la culpa de todo cuando el plan de Naraku-sama acabe en nada!

—No hay necesidad de preocuparse —repitió la voz con la misma monotonía—. Si es un youkai, la barrera pronto consumirá su youki para fortalecerse. En breve estará muerto. Por favor, concéntrese en su tarea, Akago-sama. Naraku-sama ya está impaciente…

—Silencio, chico insolente —gruñó Akago con sus ojos violetas entrecerrados—. Que deba confiar en un perro tan patético para protegerme…

Esta vez no fue un temblor el que interrumpió sus palabras, sino la propia Kagome. Se movió, empujando al niño de donde estaba acunado en el doblez de su brazo. Las palabras de la figura que no podía ver habían encendido algo en su mente y supo de repente que tenía que moverse.

—Kagome, ¿qué haces? —dijo Akago, su tono se convirtió suavemente en algo bajo y tranquilizador—. Venga, cálmate. No hace falta que te muevas. Si hay algo que desees ver, te lo mostraré. Te mostraré la verdad como nadie lo ha hecho antes…

—No —exclamó Kagome, sintiendo que sus músculos empezaban a relajarse una vez más como por voluntad propia—. Basta. Basta.

Ahora entendía que, por extraño que pareciera, el niño la estaba manipulando de algún modo. Le había mostrado sus propios recuerdos y algunas visiones del mundo, todas ellas distorsionadas y oscuras. Estaba intentando llegar a algo en su interior.

Nunca antes se había encontrado con un youkai con unas habilidades como esas, pero no tenía tiempo de sopesarlo por el momento. La voz que la llamaba se estaba volviendo más frenética, pero también más débil. Tenía que moverse ya.

Hizo falta un poco de esfuerzo, pero consiguió obligar a sus extremidades a dejar al niño a un lado. Aunque sabía que pretendía hacerle daño, no se atrevía causárselo a él mientras tuviera una forma tan inocente. Tampoco parecía ser capaz de mucho más aparte de lo que había estado intentando hacer con su mente, ya que no pudo hacer más que gritarle mientras lo hacía a un lado.

El esfuerzo que le hizo falta para ponerse de pie fue aún mayor, todas sus extremidades gritaron una protesta simultánea. Estaban tan débiles y contracturadas como si hubieran pasado semanas desde la última vez que las había movido y tropezó varias veces antes de poder equilibrarse.

Kagome solo había conseguido dar unos pasos tambaleantes a ciegas antes de que algo emergiera de la oscuridad para bloquearle el paso.

Era Kohaku.

Contuvo un grito, dando un paso atrás, tambaleándose y casi cayendo. El recuerdo de él, de pie e impertérrito detrás de ella, con el frío metal de su cadena envuelto alrededor de su garganta, regresó a ella con la fuerza de un golpe.

—K-Kohaku-kun —exhaló.

—Por favor, vuelva con Akago-sama —dijo—. Todavía no ha terminado de hablar con usted.

No había ni el más vago tinte de amenaza en su voz, pero sus ojos fueron instintivamente hacia la kusari-gama que él tenía en las manos. Los escalofríos recorrieron su piel.

—¡Kagome! ¡Respóndeme, Kagome!

Kagome parpadeó, dudando esta vez si la voz había estado solo en su cabeza.

—¡Inuyasha! —gritó lo más fuerte que pudo—. ¡Inuyasha!

La montaña se sacudió con tanta fuerza que Kagome temió que colapsara alrededor de ellos. Por el rabillo del ojo vio que Kohaku tropezaba, esquivando el camino de un fragmento grande de tierra y de roca que caía.

Kagome huyó en un abrir y cerrar de ojos, le dieron igual la oscuridad de la cueva y la tensión de sus músculos.

—… la barrera consumirá su youki. Pronto estará muerto.

Las palabras resonaron al compás de su propio pulso en sus oídos mientras corría, casi a ciegas y abriéndose paso a tientas en la oscuridad. Fueron suficientes para enfriar incluso el brote de alegría que la había llenado momentáneamente al darse cuenta de otra cosa.

Inuyasha estaba allí. Inuyasha había venido a por ella.

Pero, si no llegaba pronto a él, todo sería en vano.

No tenía ni idea de cómo encontrar la salida. Por lo que sabía, simplemente se estaba adentrando más en la montaña. Los sonidos del extraño bebé llamando detrás de ella y el eco de pasos siguiéndola por el túnel la contuvieron de reunir energía para formar una luz.

Jadeó, mordiéndose la lengua para no gritar cuando chocó contra algo sólido. Un muro de tierra, y una breve búsqueda a tientas le dijo que era el lugar donde la cueva se dividía en dos direcciones diferentes.

Kagome vaciló, con la mente trabajando a toda velocidad. Podía oír los pasos de Kohaku haciéndose más fuertes a cada momento que pasaba. Si la atrapaba, la llevaría de nuevo con ese youkai que portaba el rostro de un niño y ella no estaba en absoluto segura de tener la fuerza para resistirlo una segunda vez. E Inuyasha, el destino que le esperaría…

Apretó las manos con más fuerza a sus costados. Parpadeó, sorprendida ante la sensación de algo sólido contra la piel de su palma izquierda. Había estado aferrándolo todo el tiempo sin darse cuenta. Notaba la mano agarrotada por haber estado cerrada a su alrededor durante tanto tiempo.

La cuenta, se dio cuenta de repente. Se las había arreglado para sujetarla todo este tiempo.

Cerró los ojos y se obligó a calmarse y a concentrarse por un momento. Podía sentirlo a él a través de su enlace. Sí que estaba cerca, y podía notar su vínculo estirándose entre ellos como una extensión de un hilo rojo. Si seguía su tirón, sabía que podía encontrarle.

No obstante, era imposible que pudiera correr más rápido que Kohaku. Las pisadas casi habían llegado a ella e incluso este pequeño esfuerzo la había dejado sudando frío. Aferró la cuenta con más fuerza.

Él había encontrado el camino hasta ella cuando los separaba tanto. Seguro que ella podía hacer lo mismo ahora que estaban tan cerca.

Tras reunir su energía tan rápidamente que la hizo sentir aturdida, Kagome formó una esfera de luz en su mano libre. La envió volando rápidamente por el túnel que quedaba a mano izquierda antes de salir corriendo por el de la derecha. La bola de energía probablemente se disiparía en breves, pero estaba dispuesta a tomar cualquier tiempo que pudiera ganarse.

Como era de esperar, pudo oír los pasos haciéndose más leves cuando Kohaku giró para seguir la bola de luz. Kagome aceleró el paso, el tirón del vínculo encaminaba sus pasos incluso en la oscuridad.

La cueva se sacudía periódicamente bajo la fuerza de un golpe y podía oír que Inuyasha la estaba llamando. No se atrevió a responder por miedo a alertar a Kohaku, pero concentró toda su energía en la cuenta con la esperanza de que él comprendiera que podía oírle.

Pero lo que la preocupaba era que sí que podía sentir su youki haciéndose más débil, como Kohaku había predicho que pasaría. Fuera cual fuera la suerte de barrera que habían colocado para proteger la montaña, no estaba segura de si Inuyasha sería capaz de romperla. Tenía que llegar rápido a él.

Llegó a un punto donde el túnel comenzó a estrecharse rápidamente, las paredes y el techo parecían cerrarse a su alrededor a la vez. Tuvo que agacharse, moviéndose casi sobre pies y manos. Se volvió tan estrecho en un punto que no estuvo segura de si podría seguir avanzando físicamente.

Consiguió pasar a la fuerza, retorciéndose y contoneándose, empujándose con decisión hacia delante. Pero la presión de las paredes a su alrededor estaba empezando a crisparla y se le ocurrió con pánico más de una vez que podría llegar a un punto en el que estuviera demasiado apretado como para que pudiera volver a salir.

Aun así, tenía que alcanzarlo a él.

Algunos giros más en el curso del túnel trajeron un cambio. El aire se volvió más ligero, el olor húmedo de la tierra se hizo menos hostigador. A Kagome le dio un vuelco el corazón.

Era aire fresco. Tenía que estar cerca.

Redoblando sus esfuerzos, encontró la abertura en solo unos instantes. La luz del día que inundaba la cueva era casi demasiado brillante como para soportarlo, pero tras unos momentos, sus ojos se adaptaron lo suficiente para ver que la abertura conducía a una cornisa. Parecía que estaba a cierta altura en la montaña. Ahora lo único que tenía que hacer era encontrar a Inuyasha. Lo llamó.

Hacia la mitad, el sonido se convirtió en un grito, una mano se cerró alrededor de su tobillo. Tiraron de ella para alejarla de la cornisa y de la luz, clavándola al suelo con una fuerza mayor que la de ella. Con los ojos abiertos como platos, miró hacia el rostro vacío de Kohaku.

—Tiene que volver con Akago-sama —dijo—. Akago-sama solo desea ayudarla.

—Ambos sabemos que eso no es verdad —contestó Kagome a través de sus labios entumecidos—. No voy a volver ahí.

Él no dijo nada, pero movió una de las manos que la sujetaba y ella encontró el frío metal de la kusari-gama presionado contra su garganta. Su piel se convirtió en hielo.

—No —exhaló, negando con la cabeza—. No, Kohaku-kun. Kohaku-kun. No quieres hacer esto. S-Sé que no. Piensa en tu padre. Piensa en Sango. Si ella viera esto… si te viera haciendo esto, la destrozaría. Ella te quiere, Kohaku-kun. Así que, por favor, para ahora mismo. Para con esto ahora y los dos podremos volver con ella, ¿de acuerdo?

Kohaku parpadeó. Kagome sintió que la presión de la cadena contra su garganta se aflojaba por un momento. Algo, el más breve resplandor de algo, se movió por su rostro.

—Ane-ue… —murmuró como si no pudiera recordar bien lo que significaba la palabra.

—Sí —insistió Kagome, asintiendo de modo alentador—. Sí, Sango. Tu hermana. Claro que no te has olvidado de ella, que no te has olvidado de cuánto se preocupa por ti. Y tu padre también. Todos nos preocupamos por ti, Kohaku-kun. Todos. Así que, suéltame, ¿vale? Saldremos de aquí y no volveremos nunca más.

Tentativamente, temiendo que cualquier movimiento repentino pudiera romper el hechizo, Kagome levantó una mano. Apoyó las puntas de los dedos ligeramente contra su mejilla, permitiéndose cerrar los ojos.

Podía sentirlo. Lo mismo que había sentido en aquel pequeño en la corte. La araña estaba también dentro de Kohaku, pero era más grande. No se alimentaba de la débil luz que era su energía espiritual, sino que la contenía en la jaula de sus ocho patas. Su instinto había acertado. Kohaku estaba siendo controlado.

Y si él estaba siendo controlado, entonces ella podía salvarlo.

Extendió su sentido espiritual, yendo hacia la araña. Era probable que fuera a extralimitarse de nuevo si trataba de obligarla a salir, pero no podía dejar a Kohaku así. Tenía que llevarlo de vuelta con Sango y el resto de su familia.

Justo cuando el brillo azul de su propia energía estaba a punto de llegar a la araña, se apartó rápidamente. Kagome abrió los ojos de golpe.

No solo había sido la araña la que se había apartado de ella. El propio Kohaku había saltado para alejarse. Los ojos que la miraban ahora volvían a estar inexpresivos.

—¡Kohaku-kun! —lo llamó, poniéndose rápidamente en pie.

Él se alejó de ella por el túnel, con la kusari-gama levantada como para repelerla. Kagome se movió para seguirlo.

—¡Kagome!

La llamada la sobresaltó y se dio la vuelta. Había venido del exterior del túnel y de repente recordó lo que había estado haciendo hacía solo unos momentos. Kagome vaciló, dividida entre ir tras Kohaku y correr al lado de Inuyasha.

—¡Kagome!

El grito decidió el asunto por ella en un instante. Una mirada atrás reveló que Kohaku ya había desaparecido en las profundidades de la montaña y, con una punzada, Kagome se lanzó hacia la luz.

—¡Inuyasha! ¡Inuyasha!

No podía ver al hanyou, pero incluso el ser capaz de decir su nombre en voz alta era un pequeño alivio. Aferró la cuenta, esperando que el tirón de su vínculo la condujese hacia él.

Le hizo bajar los ojos y, por un momento, todo se detuvo.

Estaba allí, al pie de la montaña. Con Tessaiga transformada a su lado, la punta estaba enterrada en el suelo bajo él mientras la usaba para sostener su peso. Incluso en la distancia, parecía exhausto y desaliñado, pero la alegría que surgió en Kagome al verle fue tan grande que temió que su corazón fuese a explotar con ella.

Él levantó la cabeza. Sus miradas se encontraron. Lo siguiente ocurrió tan rápido que Kagome apenas lo entendió a posteriori.

Su cuerpo se deslizó y bajó dando vueltas por la ladera de la montaña antes de que siquiera hubiera pensado en moverse. Inuyasha sacó la espada de la tierra, corriendo precipitadamente hacia la barrera que estaba plagada de jyaki que ella podía sentir palpitando enfermizamente por toda la montaña. Para cuando ella hubo llegado al pie de la ladera, él estaba también allí, con su espada preparada.

Se movieron como si tuvieran una sola mente, ella levantó la mano para presionarla contra la barrera de youki al mismo tiempo que la espada de él bajaba en un poderoso arco contra ella. Y entonces, el mundo explotó.

Su energía espiritual, el youki de él y el jyaki de la barrera colisionaron en un resplandor de luz y un sonido atronador. Y, a pesar del hecho de que cada golpe anterior no había conseguido moverla, a pesar de que ambos estaban ya cerca del agotamiento, la barrera cedió como si fuera polvo entre ellos.

En un momento, sus brazos la rodearon y los de ella lo rodearon a él. La fuerza de su vínculo palpitó entre ellos como un latido compartido y los oídos de Kagome se llenaron con el sonido de su voz repitiendo su nombre una y otra, y otra vez. No podía reunir la fuerza suficiente para formar palabras en respuesta.

Sabía con una certeza que iba más allá de toda idea, que nunca volvería a dejarlo atrás.

Sintió que se tensaba contra ella.

—¿Qué…?

—Ellos —gruñó él.

Kagome se giró, localizando a Kohaku, que salía hacia la cornisa en lo alto de la montaña. Era difícil de decir, pero parecía llevar al bebé en brazos. Inuyasha se echó rápidamente hacia delante para ir tras ellos, pero Kagome lo contuvo de inmediato.

—¡No! —dijo—. Uno de ellos es el hermano de Sango. Deja que intente hablar con él…

Pero incluso mientras hablaba, un enjambre enorme de saimyōshō apareció aparentemente de la nada, descendiendo sobre el par. Los elevaron y ascendieron rápidamente en el aire, el enjambre desapareció de su vista casi tan rápido como había aparecido. Kagome se soltó del abrazo del hanyou, extendiendo una mano mientras avanzaba tropezando unos pasos hacia la montaña.

—¡Kohaku-kun! ¡Espera! Kohaku…

No había dado más de tres pasos antes de colapsar, todos sus músculos se debilitaron simultáneamente. Se le nubló la vista y sintió la cabeza liviana. No había parecido mucho en el calor del momento, pero había gastado una enorme cantidad de energía para romper la barrera.

Pero no tuvo miedo. Pudo sentir sus brazos rodeándola mientras caía y supo que, pasara lo que pasase, estaría a salvo. A través del abrazo, pudo sentirlo temblando ligeramente, una mezcla de su propio cansancio y algo completamente distinto, y levantó la mano con la poca fuerza que le quedaba para rodearlo también con sus brazos.

Su vista se estaba volviendo borrosa cuando sus ojos encontraron finalmente su rostro, pero habría reconocido esos ojos en cualquier parte.

—Inuyasha —dijo, el sonido escapó de ella como poco más que un chirrido—. Inuyasha… Inuyasha, Inuyasha, Inuyasha…

Parecía no poder conseguir decir nada más que eso. Si nunca volvía a decir otra palabra en su vida, salvo por su nombre, pensó que podría ser la mujer más feliz del mundo. Él resopló, al sonido le faltó todo el filo y le apartó el pelo que le había caído sobre su rostro.

—Hola, Kagome —dijo en voz baja, un temblor se escondía justo por debajo de las palabras.

Ella sonrió.


Estaba oscuro y no podía moverse. El pánico se apoderó de ella, los músculos doloridos le dieron tirones mientras se esforzaba por moverse.

El bebé todavía se aferraba a ella en la oscuridad de la cueva. Kohaku acechaba cerca, con ojos vacíos y la kusari-gama en la mano. Cálidas lágrimas bajaron por sus mejillas cuando se dio cuenta de que Inuyasha no había sido nada más que un sueño. Solo otro tortuoso sueño en su corriente interminable. Seguro que pronto se volvería loca. Quiso gritar, pero incluso su garganta se negaba a obedecerla.

—Abre los ojos.

Era ese niño monstruoso de nuevo… la cosa que portaba el rostro de un niño. Kagome mantuvo los ojos fuertemente cerrados, negándose a obedecer sus órdenes. Estaba intentando volverla loca. Con lo mal que se sentía en ese momento, temía que pronto pudiera tener éxito.

—Kagome, abre los ojos —ordenó de nuevo.

Tiró con más dureza, luchando desesperadamente, pero se agarraba a ella con fuerza. Nunca iba a poder escapar.

—¡Oye, Kagome!

Se quedó paralizada. Una mano se movió por su rostro, frotándole las mejillas. Apenas atreviéndose a respirar, abrió los ojos.

Inuyasha estaba allí.

—Estabas teniendo una pesadilla —dijo en voz baja, apartando la mano lentamente.

—… Todo parece una pesadilla —murmuró—. Y me aterra seguir dormida.

Él se la quedó mirando un largo momento, con sus ojos siguiendo los contornos de su rostro.

—… Sí.

Quiso estirarse hacia él y se dio cuenta de que de verdad no podía mover las extremidades.

—Inuyasha, no puedo moverme.

—Oh.

Era difícil de decir (solo había un poco más de claridad con sus ojos abiertos de la que había habido con ellos cerrados), pero su rostro estaba lo bastante cerca como para que pudiera distinguir un leve sonrojo coloreándolo. Él se movió, tirando de algo hasta que sus brazos estuvieron libres.

Se sonrojó al darse cuenta de su posición. La había situado firmemente entre sus piernas, con su espalda descansando parcialmente contra su pecho mientras se estiraba para mirarlo. El blanco de su kosode era visible y se dio cuenta de que era su karaginu, que la rodeaba con demasiada fuerza, lo que había estado restringiendo sus movimientos.

Sus ojos encontraron los de ella en la oscuridad mientras terminaba de aflojar la prenda alrededor de sus hombros.

—Te desmayaste —dijo tras un momento.

Algo en su expresión, en el cuidado con el que pareció escoger las palabras, le dijo que quería decir mucho más. Pero no dijo nada.

Lo agradeció. No quería pensar en nada de eso por el momento. Parte de ella todavía temía que este fuera otro sueño. Que volvería a despertarse de nuevo en aquella montaña. O que tal vez nunca fuera a volver a despertarse.

Suprimió un estremecimiento, girándose para apoyarse completamente contra Inuyasha. Como si pudiera sentir la marea de sus pensamientos, sus brazos la rodearon como una barrera.

—No encendiste fuego —dijo Kagome, necesitaba distraerse. Una parte de ella solo quería oír su voz.

—Sí —dijo—. No quería llamar la atención. Pueden… Puede haber youkai en el bosque.

Todavía pueden estar por ahí, completó Kagome donde él se había interrumpido. Agradeció en silencio su cautela por su parte. Obviamente él no tenía más ganas que ella de encontrárselos otra vez. Todavía estaban débiles después de todo lo que había pasado y esta vez puede que no…

—¿No tienes frío? —preguntó, reacia a seguir esa línea de pensamiento.

—Keh —resopló y el sonido familiar hizo que la atravesara una corriente de calidez—. Los hanyou no tienen frío. Preocúpate por ti misma.

Como para darle énfasis al argumento, bajó las manos para subirle el karaginu más hacia la barbilla. Olía a él y Kagome respiró hondo. Un poco del estremecimiento pareció marcharse de sus extremidades.

—Gracias —dijo en voz baja. Incluso mientras la decía, sabía que la palabra iba más allá del karaginu.

Él también pareció saberlo. Negó con la cabeza.

—No —dijo en voz baja—. No me des las gracias, Kagome. Casi te…

—Estoy enamorada de ti.

Las palabras salieron de ella con una facilidad que nunca hubiera creído posible. Era extraño. No había pretendido decirlas. Ni siquiera había estado entreteniendo vagamente la noción de decirlas.

Pero ahora habían salido y encontró una extraña sensación de paz asentándose sobre ella. Lo que quedaba del escalofrío que le había llegado a los huesos había desaparecido. Por primera vez en mucho tiempo, estuvo segura. Segura de que necesitaba decir estas palabras y segura de que él necesitaba oírlas. Con todo lo oscuro y horrible que había pasado, Kagome al fin lo entendía.

Nunca está mal amar a alguien.

Lo sintió ponerse rígido detrás de ella.

—Por favor, no lo malinterpretes. No espero nada de ti. Solo quería decirlo, dejarlo claro —continuó—. Te amo y estoy harta de huir de eso. No es algo malo. No es algo de lo que debería avergonzarme o que debería intentar ocultar. Ahora me doy cuenta y nunca volveré a intentar negarlo. Te amo y probablemente continuaré sintiéndome así hasta el día en que muera. Y está bien. Más que bien, en realidad. No necesito nada más. Solo quiero poder estar a tu lado y apoyarte todo el tiempo que pueda. Si solo puedo tener eso…

Ella se detuvo, moviéndose en sus brazos para mirarlo. Él parecía paralizado, tan profundamente asombrado que ni siquiera podía parpadear. Tenía los ojos completamente abiertos mientras encontraba su mirada. Ella se descubrió sonriendo.

—Te amo, Inuyasha —dijo, el peso en su pecho se aligeraba un poco más con cada repetición de las palabras—. Y quiero estar a tu lado durante el resto de mi vida, pase lo que pase. Espero que te parezca bien.

Durante largos momentos, simplemente se la quedó mirando y ella pudo sentir temblores que nada tenían que ver con el agotamiento recorriendo la figura que sentía tan sólida contra su espalda. Y entonces algo pareció romperse, todo el cuerpo de él se contrajo y cerró los ojos.

—Kagome.

La palabra sonó como si se la hubieran arrancado, pequeña y ronca.

A la vez, apretó los brazos alrededor de ella, presionándola contra su pecho. Ella pudo sentir la calidez de su rostro contra su pelo y las manos de él temblaron cuando la aferraron contra sí.

—Kagome… Kagome…

Entonó su nombre con dureza, como si quisiera sacárselo para siempre. Con una voz tan baja como si fuera la palabra más preciada que hubiera aprendido nunca. Una cálida humedad se filtró por su pelo donde él tenía apoyado el rostro.

Kagome levantó los brazos lentamente, rodeándolo con ellos. Suspiró ante la calidez que fluyó por su cuerpo, cerrando los ojos. Estuvo segura de que este momento podría haber compensado varias vidas de sufrimiento.

Tal vez este amor le provocaría más dolor a largo plazo, pero sabía que nunca volvería a arrepentirse. Nunca volvería a negarlo.

Amaba a Inuyasha. Ya no tenía miedo de lo que fuera a venir a continuación.


Nota de la traductora: ¡Muy feliz Navidad! Aprovecho también para desearos que tengáis un muy feliz año, puesto que la siguiente actualización saldrá ya en enero.

Si no me equivoco, he contestado a todos los reviews que dejasteis en el capítulo anterior (recordad que si no habéis iniciado sesión para comentar, no puedo contestaros individualmente), pero quiero daros las gracias nuevamente.

Espero que os haya gustado mucho el capítulo y, como siempre, si hay algo que no entendáis, podéis preguntarme. Intentaré responder lo mejor posible.

¡Hasta la próxima!