Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 26: De lo inevitable y lo íntimo
El amanecer trajo consigo un abrupto despertar.
La luz del día parecía fuerte mientras se presionaba contra los párpados cerrados de Kagome. Mientras permitía que se abrieran sus ojos a regañadientes, levantando una mano para protegerlos contra la brillante luz, se dio cuenta de repente y con certeza de que ya no estaba en la cueva.
No sabía qué la hacía estar tan segura, simplemente lo estaba. Tal vez era meramente que los retazos de la niebla al fin se estaban despejando de su mente. Tal vez la sorpresa y el horror de toda la ocurrencia habían sido mitigados un poco por una buena noche de descanso. Fuera lo que fuese, sabía que había escapado.
O, más concretamente, la habían salvado. Kagome se movió, girándose lo suficiente para ver su rostro. Tenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada ligeramente hacia delante. Parecía estar dormitando, aunque sus brazos todavía la rodeaban sin apretarla.
Una ola que era una confusa mezcla de vergüenza y afecto calentó el rostro de Kagome, tanto por la posición como por los recuerdos que invocaba de la noche anterior. Quería intentar liberarse del abrazo, pero su reticencia a despertarle ganó tras unos momentos de consideración. Se quedó donde estaba.
A pesar de la vergüenza, descubrió que no se arrepentía en absoluto de lo que le había dicho la noche anterior. Nunca se arrepentiría. Había necesitado decirlo y cada palabra había sido la verdad. Si era la neblina irreal que rodeó la noche anterior lo que había hecho más fácil decirlo, entonces estaba agradecida por ello.
Tendrían que ser más cuidadosos en el futuro, no obstante, para evitar situaciones como en la que se encontraba en ese momento. Una cosa era llegar a comprender todo, pero otra completamente distinta era ponerse en posiciones tan comprometedoras. En el futuro, tendrían que tomar en consideración el posible escándalo que tal escena podría causar en la corte y especialmente los sentimientos de…
Bueno, no estaba muy lista para pensar en eso todavía. Además, había realidades más abrumadoras e inmediatas que considerar.
Kohaku la había secuestrado. La había llevado a… bueno, no estaba segura de a qué la había llevado exactamente. Ni de qué había intentado conseguir la cosa al removerle tales recuerdos y visiones dentro de ella.
Todo lo que sabía era que tenía algo que ver con la araña. La había visto dentro de Kohaku y había sentido en el bebé un youki muy parecido al de ella. Estaba relacionado de alguna forma y puede que ese fuera el único consuelo que pudiera ofrecerle a Sango.
Era Sango, a pesar de todo lo demás, la que más le preocupaba. Que su hermano pequeño, al que tanto quería, hubiera hecho algo así, incluso bajo el control de otro, la destrozaría. Que Kagome hubiera fallado en salvarlo cuando había tenido la oportunidad y que ahora casi no tuvieran forma de encontrar a dónde había ido, la devastaría. Kagome apenas podía imaginarse diciéndole todo eso. La culpa se retorció en la boca de su estómago.
—Eh.
A Kagome casi se le salió el corazón por la boca, mucho más sobresaltada de lo que debería haberlo estado ante la silenciosa palabra.
Se giró para encontrar a Inuyasha, con expresión solemne y mirándola a la cara. Parpadeó, preguntándose cuánto tiempo llevaba despierto.
—… Bu-Buenos días —dijo, incapaz de pensar en nada más que decir.
Él no dijo nada, limitándose a mirarla durante largos momentos. Levantó ligeramente una de sus manos para tocarle el rostro, pero volvió a bajarla tras un momento de vacilación. Lentamente, ambos brazos se apartaron de ella.
—Tenemos que irnos —dijo, dirigiendo la mirada hacia los árboles que había detrás de ella—. Puede que esa cosa decida volver a por ti mientras estemos aquí fuera. Tenemos que volver a la corte.
—Espera —dijo Kagome, apoyando una mano en su brazo mientras él se movía para ponerse de pie—. No puedo volver todavía.
Le dirigió una mirada mordaz.
—Kagome…
—Por favor —le interrumpió—. Sango-chan y Miroku-sama no tienen ni idea de dónde estoy. Shippou-chan también está con ellos. Y mi misión casi ha acabado. Si me llevas con ellos, todavía puedo…
—¡Y una mierda! —gruñó el hanyou, los colmillos resplandecieron a la temprana luz de la mañana—. ¡Kami, Kagome! ¡Podrían haberte matado! ¡O peor! Joder, si no te hubiera encontrado, ellos…
—Podrían haberme hecho cualquier cosa —terminó Kagome en voz baja, un escalofrío la recorrió mientras pronunciaba las palabras—. Pero me encontraste. Lo hiciste, Inuyasha, y no quiero pensar en nada más. No puedo. Porque si empiezo a pensar en eso ahora, entonces me quedaré atascada en esa oscuridad para siempre. Nunca saldré. Viniste a por mí, Inuyasha. Me salvaste. Nada más importa.
Torció la boca y apartó los ojos de ella. Levantó la mano, sacando algo de debajo del cuello de su traje.
Era el nenju.
—Te oí gritar —murmuró—. Gritar, y gritar, y gritar. Te había oído otras veces, pero nunca así. Y no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Si te estabas muriendo o… Solo seguí los gritos, durante días y días. Y si vivo mil años más, ese sonido seguirá resonando en mi cráneo.
Levantó los ojos hacia ella. Se quedó paralizada.
—Hazme caso por una vez, Kagome. Deja que te lleve de regreso a la corte, ¿de acuerdo? —dijo en voz baja, con tensión en sus palabras—. Si quieres lloriquear y enfurruñarte cuando estemos allí, vale. Hazlo tanto como quieras. Escucharé hasta la última palabra. Pero, por una vez, hazme caso.
Kagome se mordió el labio. No pudo hacer más que asentir.
—Es que… —dijo en voz baja, reacia a insistir sobre el tema—. Es que… si solo pudiéramos hacerles saber a Miroku-sama y a Sango-chan lo que ha ocurrido, que voy a volver a la corte contigo, entonces no pediré nada más. Por favor, Inuyasha. Han hecho muchísimo por mí y puede que también estén en peligro. No puedo dejarlos así aquí.
Inuyasha la miró durante un largo momento, frunciendo profundamente el ceño. De repente, soltó un suspiro que era medio un gruñido, moviendo la cabeza. El fantasma de una sonrisa revoloteó en los labios de Kagome.
—Gracias —dijo, comprendiendo perfectamente lo que significaba el sonido.
—Feh —resopló Inuyasha, negando con la cabeza—. Vamos de una vez. Cuanto antes los encontremos, antes…
La mano de Kagome en su brazo lo interrumpió en seco cuando se movió de nuevo para ponerse en pie. Encontró los ojos de ella fijos en su rostro, tan imposiblemente grises y penetrantes como los había recordado.
—No solo por esto —dijo solemnemente—. Por todo. Por venir a por mí. Tú fuiste la primera persona a quien pensé llamar cuando… bueno, tú fuiste la primera persona a quien pensé llamar.
Inuyasha solo podía mirarla, a esos ojos que estaba seguro que conocía mejor que cualesquiera otros en el mundo, incómodamente consciente de nuevo de lo cerca que había estado de no volver a verlos. Apretó las manos a sus costados, resistiendo el impulso de estirarse hacia ella. De asegurarse una vez más de que estaba allí, cálida y viva, y que los gritos de verdad habían parado.
Ya se había permitido demasiado.
—No me des las gracias —dijo, odiando la aspereza que ahogó su voz—. Solo… mantente con vida, ¿vale?
Los ojos parpadearon con vacilación y él fue libre. Se levantó abruptamente y pasó por su lado, necesitando moverse. Alejarse, lo más lejos que pudiera, de este lugar y de esta sensación.
—Venga. Vamos de una vez.
Debatieron brevemente sobre la mejor forma de proceder para encontrar a los compañeros de Kagome, decidiendo finalmente que sería mejor volver a la aldea de Jinenji y rastrear sus movimientos desde allí, con la esperanza de que no se hubieran ido muy lejos. Kagome no estaba segura de exactamente cuánto tiempo había pasado desde el día en que se había ido de la aldea con Kohaku e Inuyasha solo podía decirle que la había oído gritar durante días sin fin, pero él mismo había perdido la noción del tiempo mientras la buscaba.
A Inuyasha le llevó poco tiempo llevarlos allí y la gente de la aldea de Jinenji recibió su aparición con asombrado júbilo. Una semana antes, Sango había avanzado rápidamente por la aldea, sin dejar un rincón sin revisar en su frenética búsqueda de su hermano y de Kagome. A los aldeanos les había sorprendido enterarse de su desaparición y Sango había estado a punto de amenazarlos si continuaban ocultando su paradero.
Finalmente, Miroku había sido capaz de calmarla lo suficiente para convencerla de que era evidente que los aldeanos no habían tenido nada que ver con su desaparición. Varios días atrás, tras peinar hasta el último rincón de la aldea y de la zona que la rodeaba sin encontrar ni la más mínima pista, Miroku y Sango habían decidido partir hacia el sur con la esperanza de encontrarlos. Habían partido, pero los aldeanos habían continuado buscándolos durante días después de eso, con la esperanza de encontrar algo. Pero no habían encontrado rastro alguno, y se habían angustiado más a cada día que pasaba al pensar que, después de todo lo que ella había hecho por ellos, ellos eran incapaces de hacer nada a cambio por ella.
Su inesperada reaparición, entera y aparentemente ilesa, causó tal revuelo que toda la aldea salió a recibirlos en cuestión de instantes. Jinenji lloró con fuerza y abiertamente, rodeándola en un abrazo que casi le rompió los huesos mientras que incluso su madre luchaba por contener las lágrimas. La aldea, a pesar de su todavía exigua provisión de comida, propuso un festín de celebración.
Aunque a Kagome le hubiera gustado quedarse al menos el tiempo suficiente para explicarles las cosas, no tenía intención de poner más tensión sobre sus suministros al permitir un festín tan frívolo, por bienintencionado que fuese… el tiempo era un lujo que no poseía. Tenían que alcanzar a sus compañeros y regresar a la corte lo más rápido posible.
Así, se vio obligada a despedirse apresuradamente de los aldeanos, prometiendo visitarlos cuando pudiese, antes de partir con Inuyasha de nuevo a toda velocidad. Mientras empezaban a moverse hacia el sur de la aldea, Inuyasha fue capaz de captar el olor suficiente para empezar a rastrear a sus compañeros. Al ritmo al que viajaban, los compañeros de Kagome habían sido capaces de cubrir bastante terreno en cuestión de solo unos días. Pero, afortunadamente, Inuyasha más que igualaba su velocidad. Les llevó todo un día de solo viajar sin descanso, pero finalmente fueron capaces de alcanzarlos.
Hacía tiempo que había caído la noche para cuando encontraron su campamento. Había dos personas de guardia, como era habitual. Fueron los que primero vieron a Inuyasha y Kagome cuando se acercaron, aunque en la oscuridad fueron incapaces de identificarlos inmediatamente.
Su asombro fue doblemente grande al darse cuenta de quiénes eran los que se habían materializado en la oscuridad ante ellos. No solo Kagome, a quien todos habían dado por perdida, sino también el Tennō. Durante largos momentos, el par no pudo más que quedarse boquiabierto.
Tomiko, una de los dos que estaban de guardia, fue la primera en moverse, casi placando a Kagome con la fuerza de su abrazo incluso mientras hacía varias confusas reverencias en dirección a Inuyasha. Estaba balbuceando algo a tal velocidad, que Kagome apenas pudo distinguir una palabra, mucho menos darle una respuesta. Por encima del hombro de la mujer, vio al segundo guardia haciéndole una reverencia a Inuyasha antes de volver corriendo al campamento.
Incluso con Tomiko todavía charlando rápidamente en su oído, Kagome pudo oír el ruido que surgió en el campamento. Momentos más tarde, hubo un retumbar de pies sobre la tierra y todo el grupo emergió de más allá de la línea de árboles.
Sango estaba a la cabeza del grupo, la tensa esperanza que tiraba de sus facciones era casi más de lo que Kagome pudo soportar ver. Sus miradas se encontraron sobre el hombro de Tomiko y Kagome se tensó.
Este era el momento que había estado temiendo. El momento en el que los ojos de Sango se iluminaron al verla, solo para apagarse ligeramente cuando se dio cuenta de que Kohaku no estaba por ninguna parte. A Kagome se le constriñó el corazón en el pecho.
Aun así, Sango corrió hacia ella, un sonido estrangulado salió de ella cuando casi la arrancó de Tomiko y la llevó a su propio abrazo. Los brazos de Kagome la rodearon con fuerza mientras presionaba el rostro contra el hombro de su amiga, un ligero temblor empezó a extenderse por sus extremidades.
Un momento más tarde, sintió dos pares de brazos más rodeándola. Sabía sin tener que levantar la mirada que eran Miroku y Shippou. Ninguno de ellos dijo una palabra, aunque podía oír a Shippou sollozando donde estaba aferrado a su pierna. También podía sentir que ella misma estaba llorando y no se molestó en intentar detenerse.
Finalmente, consiguió levantar la mirada para encontrar la de Sango. La mayor, su amiga más querida, le ofreció una sonrisa acuosa mientras le apartaba el pelo que había caído sobre la cara de Kagome. Kagome deseó que se abriera la tierra y se la tragara.
—Lo siento mucho, Sango —dijo, quebrándosele la voz alrededor de las palabras.
Sango frunció el ceño, negando con la cabeza inmediatamente.
—No, Kagome —dijo—. No. Tú estás aquí. Estás viva. Nada más…
—No pude salvar a Kohaku —la interrumpió Kagome, necesitaba sacar las palabras—. Lo intenté, pero… todavía lo tienen. Se lo llevaron con ellos. Le… le han hecho algo… a su mente. Creo que lo están controlando.
Hacía mucho que había decidido que no diría una palabra sobre el papel que había tenido Kohaku en su secuestro. Difícilmente se le podía hacer responsable de sus actos, pero Sango nunca sería capaz de entenderlo. La destrozaría.
Kagome antes soportaría la culpa de haber sido incapaz de salvarlo que revelar la verdad de la traición.
Sango se la quedó mirando, sus ensanchados ojos inspeccionaban su rostro mientras sus facciones palidecían rápidamente. Parecía como si le hubieran sacado el aire, su boca se movía sin pronunciar palabra alrededor de la confusión de sus pensamientos.
Una mano pasó sobre Kagome para apoyarse firmemente sobre el hombro de Sango. La mirada de Sango se fijó en ella y parpadeó como si saliera de un trance.
—¿Estaba vivo cuando se lo llevaron? —llegó la voz por encima del hombro de Kagome.
Era Miroku, el imperturbable atributo de su tono tranquilizó un poco el errático retumbar del corazón de Kagome.
—Sí —dijo, aunque fue hacia Sango hacia quien dirigió su respuesta.
—¿Y tienes alguna razón para creer que le harán daño en un futuro cercano? —preguntó Miroku en el mismo tono infinitamente práctico e infinitamente tranquilizador.
Los ojos de Sango estaban fijos sobre el hombro de ella y en el rostro de él.
—No —respondió Kagome inmediatamente, sin permitirse tiempo para sopesar la pregunta—. No, no lo creo.
A decir verdad, le resultaba difícil saberlo. El youkai araña evidentemente tenía sus razones para querer controlar a Kohaku. Si esas razones iban más allá de su secuestro, entonces lo mantendría con vida. Si no…
Había momentos en los que el engaño era infinitamente más bueno que la verdad.
Los ojos de Sango permanecieron en el rostro de Miroku varios momentos más, su expresión se estabilizó. Su mirada volvió al rostro de Kagome.
—No te culpo —dijo en voz baja, negando con la cabeza—. ¿Cómo podría hacerlo? Solo me alegro de que estés bien. Pensé… pero nunca me rendí. Sabía que lucharías. Pero si te hubiese ocurrido algo… y-yo nunca podría habérmelo perdonado. Yo…
Ahora estaba llorando abiertamente. Kagome se dio cuenta de que, a pesar de todo lo que habían pasado juntas, rara vez la había visto llorar. Se dio cuenta de cuánto debía haber sufrido, con su amiga y su hermano desparecidos a la vez, y sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas una vez más.
—No pasa nada —dijo—. Estoy bien. Inuya… El Tennō-sama me salvó. No me pasó nada. Y encontraremos a Kohaku. Sé que lo haremos. Lo encontraremos y lo traeremos de vuelta.
—… ¿T-Tennō-sama? —dijo Sango, parpadeando para aclararse un poco los ojos.
Por primera vez, su mirada se movió más allá de los alrededores de Kagome, como si acabara de darse cuenta de que existían más cosas.
Inuyasha estaba a cierta distancia del grupo, evidentemente incómodo. Si hubiera podido, habría esperado alegremente a una distancia del campamento a que ella terminase sus asuntos con ellos, pero no estaba dispuesto a que desapareciera de su vista. Cuando los ojos de Sango se clavaron en él, pareció como si fuera a arrepentirse de esa decisión.
La noble se desenredó de Kagome, avanzando rápidamente hacia Inuyasha. Los ojos del hanyou se movieron rápidamente con recelo entre Kagome y la mujer que se acercaba y pareció que, de poder, habría salido corriendo.
Kagome solo tuvo un segundo para preguntarse qué estaba haciendo Sango cuando la mujer prácticamente se lanzó sobre Inuyasha, abrazándolo con todas sus fuerzas. Kagome parpadeó. Inuyasha se quedó de piedra.
Estaban demasiado lejos como para que ella pudiera captar lo que se decía mientras los labios de Sango se movían rápidamente, pero Kagome solo se podía imaginar que eran palabras de agradecimiento por su rescate. Inuyasha se relajó ligeramente mientras hablaba e incluso asintió una vez en reconocimiento, su expresión se suavizó un poco.
A su lado, Miroku se movió hacia el hanyou, observando al dúo. Shippou subió rápidamente a sus brazos, ahora libres, con voz tan ahogada mientras hablaba, que era difícil llamar palabras a los sonidos que salían de él. Lo sostuvo con fuerza, acariciándole el pelo mientras observaba a Miroku arrodillándose a su lado. Por el rabillo del ojo pudo ver que el resto de sus compañeros seguían su ejemplo, todos se pusieron de rodillas en el suelo casi al unísono.
Miroku dispuso sus manos ante él, haciéndole una profunda reverencia a Inuyasha. Todos la hicieron, sus frentes casi tocaron la tierra. Kagome los observó mientras acunaba a Shippou, incapaz de liberarse de la sensación de que el gesto era más de agradecimiento que de respeto. En cualquier otro momento, la idea le habría preocupado, pero en ese momento sintió que se le hinchaba el corazón dolorosamente en el pecho. Abrazó a Shippou con más fuerza, parpadeando fuertemente.
Sango liberó a Inuyasha, dando rápidamente un paso atrás mientras se recomponía. Hizo una profunda inclinación ante él y Kagome pudo ver el sonrojo que iluminaba sus facciones incluso a cierta distancia. Los demás se alzaron de sus lugares e Inuyasha dio un paso hacia el grupo, sus ojos se movieron hacia Kagome.
—No podemos quedarnos mucho tiempo —dijo de modo cortante, con su habitual habilidad para arruinar el ambiente—. Voy a llevar a Kagome de regreso a la corte por su propia seguridad.
Sango pasó la mirada de ella a él y viceversa, sopesando esto por un momento antes de asentir.
—Probablemente sea lo mejor —dijo, volviendo rápidamente a su papel como líder de la misión—. Estará más segura allí que aquí. Pero, con el debido respeto, Su Majestad, yo todavía no puedo regresar a la corte. El resto de la guardia puede volver si Su Majestad lo desea, pero hasta que encuentre a mi hermano…
Inuyasha asintió.
—Bien —dijo—. Tienes mi permiso para hacer lo que sea necesario para recuperar a tu hermano. La mitad de la guardia irá contigo. La otra mitad terminará con la misión original y luego vendrán a informarme. Houshi, tú tomarás la posición de líder en la misión en lugar de Tachibana.
Sango le lanzó una mirada a Miroku. Miroku se volvió hacia Inuyasha, inclinando la cabeza hacia él en gesto de deferencia.
—Si puedo hacer una petición, Su Majestad —dijo—. Creo que sería más útil en la búsqueda de Tachibana Kohaku.
Inuyasha frunció el ceño débilmente, mirando hacia Kagome. Ella asintió en su dirección, comprendiendo inmediatamente las intenciones de Miroku. Quería estar allí para Sango. Parecía que la desaparición de Kohaku y la suya habían sido suficientes para hacerles superar la grieta que había crecido desde que se habían encontrado la aldea donde habían maldecido al padre de Miroku.
Tras un momento de consideración, Inuyasha asintió.
—Bien —dijo—. Si piensas que puedes ser más útil aquí, lo permitiré. Tachibana, te dejo a ti que determines cómo se dividirán los dos grupos y que nombres un líder para el segundo grupo.
Sango asintió, inclinando la cabeza hacia él en señal de agradecimiento.
—Haru-san —intervino Kagome, colocando al kitsune en sus brazos—. Es libre de regresar ahora a la aldea, si quiere. Su Majestad está dispuesto a asignar a un par de guardias para escoltarle a su regreso. Me temo que ya le he pedido demasiado en todo esto.
Haru dio un paso hacia ella de entre la guardia, negando con la cabeza. Hizo una torpe reverencia en dirección a Inuyasha.
—Aprecio la amable oferta del Tennō-sama —dijo—. Pero cuando le ofrecí mi ayuda a Kagome-sama, era hasta que estuviera completa la misión. Me gustaría quedarme con los taiji-ya hasta que lleguemos al final de esto.
—¿Está seguro, Haru-san? —insistió Kagome—. Estaría más a salvo regresando a la aldea.
—Su seguridad es la única que me preocupa, Kagome-sama —contestó Haru, ofreciéndole una pequeña sonrisa—. Por favor, vuelva a la corte y manténgase a salvo. Yo me esforzaré por apoyarla aquí fuera. Si no cumplo esta vez mi palabra con usted, nunca podré vivir conmigo mismo.
La miró a los ojos y Kagome vaciló. No le gustaba la idea de que continuase con una guardia reducida drásticamente en tamaño y con el youkai araña todavía acechando en algún lugar. Haru no estaba entrenado para defenderse en caso de necesidad y el youkai araña tenía acceso a mucho conocimiento sobre su guardia a través de Kohaku. No había modo de saber si escogería ir tras ellos.
Aun así, recordó claramente todo lo que él le había confesado. Su deseo de expiarse. No tenía derecho a quitarle esa decisión, incluso por preocupación por su seguridad.
—De acuerdo —dijo—. Con la condición de que permanezca cerca de los taiji-ya en todo momento.
Él ensanchó su sonrisa. Asintió antes de hacerles de nuevo una reverencia.
—Gracias, Kagome-sama, Tennō-sama —dijo antes de dar un paso atrás hacia la guardia.
—Miroku-sama, Sango-sama, el Tennō-sama y yo tenemos que hablar en privado con ustedes antes de que nos vayamos —dijo Kagome, volviéndose hacia los dos.
Se miraron el uno al otro antes de avanzar hacia Kagome e Inuyasha. Tras pedir que le permitieran un momento, Kagome le tendió a Shippou a Sango antes de ir a ponerse entre el resto de la guardia.
Expresó su agradecimiento por todo el trabajo que habían hecho para protegerla y se despidió, juntando las manos e intercambiando promesas de visita en cuanto volvieran a la corte. Estaba segura de que Inuyasha querría marcharse en cuanto terminasen de hablar con Miroku y Sango, y ella no quería irse sin haber hablado antes con todos ellos.
Una vez hubo terminado, volvió con el grupo de cuatro y se alejaron un poco para que no les oyeran. Aunque confiaba en todos ellos con su vida, Kagome sabía que este no era un asunto en el que todos debieran estar involucrados.
—El youkai araña estuvo detrás del secuestro —dijo Kagome sin preámbulos mientras Shippou volvía ansiosamente a sus brazos.
Miroku y Sango se tensaron.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Miroku un poco bruscamente.
—Pude sentirlo —contestó Kagome—. No estaba allí, pero pude sentir su youki. Sé que estaba involucrado.
Sango miró a Miroku. Estuvo callado durante varios largos momentos, con el ceño fruncido mientras lo sopesaba. Finalmente, levantó sus ojos oscuros para encontrar los de Kagome, con la mandíbula dispuesta en una línea solemne.
—Entonces, cuando encontremos a Kohaku-kun, ¿puede que también encontremos al youkai? —dijo.
Kagome asintió.
—Sí —dijo en voz baja—. Hay una posibilidad, aunque no puedo decir nada con certeza. Solo… pensé que debería saberlo. No quería que lo cogieran con la guardia baja si…
—Gracias, Kagome-chan —dijo Miroku, su expresión se suavizó un poco—. Aprecio el gesto.
—Pero no haga nada precipitado, ¿de acuerdo? —dijo Kagome, encontrando su mirada con súplica—. Quédese con el grupo. Cuídese.
Esto último iba dirigido más hacia Sango que hacia Miroku. La noble asintió ligeramente para mostrar que lo entendía. Vigilaría a Miroku. Se aseguraría de que estuviese a salvo.
A decir verdad, Kagome había contemplado por un breve instante la idea de no decirle nada a Miroku sobre el youkai araña. Estaba demasiado enfocado en vengar la muerte de su padre. Había poco que Kagome pudiera imaginar que no fuera a hacer para conseguirlo, incluso sacrificar su propia vida.
Pero había desechado la idea con bastante rapidez. Solo podía imaginarse cómo se sentiría ella si estuviera en la misma situación y alguien que se suponía que era su amigo le ocultase esa información. No dudaba de que nunca la perdonaría por ello.
Así que había decidido que simplemente tendría que confiar en él. Confiar en él y confiar en que Sango cuidase de él.
—Tendremos todo el cuidado que podamos, Kagome-chan —respondió Sango en lugar de Miroku—. Y regresaremos, todos nosotros, a la corte en cuanto podamos recuperar a Kohaku. Hasta entonces, por favor, solo concéntrate en mantenerte a salvo.
Kagome asintió, ofreciéndole a su amiga una pequeña sonrisa. A su lado, Inuyasha dio un paso adelante.
—Tenemos que irnos —dijo—. Solo vinimos para asegurarnos de que estabais totalmente informados antes de que volviéramos a la corte.
Kagome le lanzó una mirada, ligeramente molesta porque acortase tanto su reunión. Habían verbalizado todo lo que era absolutamente esencial, pero aun así parecía que había mucho que quería decir. Inuyasha, al ver su mirada, simplemente se encogió de hombros antes de distanciarse lo suficiente para permitirle decir su último adiós.
Sango avanzó en primer lugar, dándole un abrazo una vez más. Shippou soltó un pequeño chillido de protesta al quedar metido entre ellas.
—Lo digo en serio —murmuró Sango con honda emoción—. Solo concéntrate en mantenerte a salvo. Yo puedo encargarme de todo lo demás. La corte es una elección más segura, pero ambas sabemos que ni siquiera es la más segura. Quédate cerca del Tennō-sama. Parece que, si hay alguien en este mundo capaz de protegerte, es Su Majestad.
—Quédate cerca de Miroku-sama —dijo Kagome en respuesta—. El youkai araña… temo hasta dónde esté dispuesto a llegar para destruirlo. Pero si tú estás con él, sé que estará bien. Sé que puedes mantenerlo a salvo. Y mantenerte a salvo a ti también. Cuando encuentres a Kohaku-kun… ten en cuenta que no es él mismo. La araña tiene un firme agarre sobre él. Pero si eres tú, creo que puedes llegar a él.
Sango asintió, apretándola con fuerza una vez más antes de apartarse.
Miroku avanzó un paso, abrazándola también. Oyó a Inuyasha gruñendo algo débilmente detrás de ellos, pero no interfirió. Miroku bajó ligeramente la cabeza hasta que estuvo a la altura de su oído, hablando en voz baja para que no lo oyeran.
—Como bien sabes, es posible que los secuaces del youkai araña o el mismo youkai estén todavía en la corte —murmuró—. Quiero tu palabra, Kagome-chan, de que no irás a buscarlos.
Kagome frunció el ceño, intentando echarse hacia atrás lo suficiente para mirarlo. Él apretó su agarre, sosteniéndola con fuerza.
—Te conozco, Kagome —continuó en voz baja—. Sé que querrás intentar ayudarme, pero compartí la historia de mi padre contigo solo bajo coacción. No quiero que te involucres más en el asunto, ¿me entiendes? Necesito tu palabra de que no seguirás con ello.
Kagome vaciló durante un largo momento. Miroku tenía razón. Sí que pretendía investigar al menos la cuestión del youkai araña cuando regresase a la corte, aunque no era solamente por su bien. La araña estaba conectada de algún modo con la muerte del padre de Inuyasha y obviamente iba tras ella por alguna otra razón. Con todo esto en riesgo, difícilmente podía prometer que no haría nada.
Se libró de la discusión que sin duda habría provocado su respuesta. La longitud de su abrazo había estirado la paciencia de Inuyasha hasta su límite y el hanyou intervino para arrancarla a la fuerza de los brazos del houshi. Miroku trastabilló hacia atrás, parpadeando con sorpresa.
—Tenemos que irnos —soltó Inuyasha, frunciendo el ceño en dirección al otro hombre.
Kagome lo miró con el ceño fruncido, difícilmente complacida con la grosería de su gesto, pero aun así asintió.
—Desearía poder quedarme más, pero Su Majestad tiene razón —les dijo Kagome a modo de disculpa a sus amigos—. Su Majestad no debería estar ausente de la corte más tiempo del absolutamente necesario.
—No pasa nada, Kagome-chan —dijo Sango, avanzando para ponerse al lado del perplejo houshi—. Lo entendemos. Te veremos pronto en la corte.
Kagome asintió.
—Sí. Os veré pronto a todos.
Vaciló, sus ojos permanecieron un poco en los rostros de sus amigos durante largos momentos. Simplemente tenía que creer en ellos.
Se obligó a darse la vuelta.
—Espera.
La inesperada voz salió de dentro de la cuna de sus brazos. Kagome parpadeó, bajando la mirada hacia el kitsune.
—¿Shippou?
El niño levantó la mirada hacia ella con sus grandes ojos verdes solemnes.
—Yo… quiero quedarme con Sango y Miroku —dijo con timidez.
Kagome parpadeó. Eso era lo último que se esperaba oír. Simplemente había dado por hecho que Shippou querría ir con ella. Además, ella era su tutora. Era su responsabilidad asegurarse de que estaba a salvo y, aunque la corte no era el lugar más seguro, probablemente sería más seguro que si permanecía fuera.
—Shippou…
—Kohaku es mi amigo —dijo el kitsune apresuradamente, presintiendo una negativa—. Siempre ha sido muy bueno conmigo. Quiero quedarme contigo, pero también quiero ayudarle a él. Eso es lo que hacen los amigos. Eso… eso es lo que harías tú si fuese tu amigo, ¿no? Así que quiero ayudarle, incluso si eso significa que tengamos que separarnos durante un tiempo.
Levantó la mirada hacia ella, sus ojos encontraron los suyos categóricamente, y vio en esa carita el resplandor que había visto de vez en cuando en él y que era más mayor que sus años. Una suerte de sencilla sabiduría que comprendía el mundo de una forma que ella nunca podría.
De repente, reconoció el momento por lo que era. Tal vez no había dado a luz al kitsune, no lo había criado, pero un instinto parental brotó en ella. Era uno de esos momentos importantes. Uno de esos momentos que o sería un paso hacia la adultez o una piedra en su camino hacia ella.
Él quería ayudar a su amigo. Devolver la bondad con bondad, incluso si eso significaba estar separado de ella. Era honorable, una señal de que algo bueno crecía dentro de él.
Pero era peligroso. Estaría con Miroku y Sango, pero ella no estaría allí personalmente para asegurar su seguridad. Nunca se lo perdonaría si le pasaba algo mientras estaban separados.
Era innegable que Kohaku y él se habían unido mucho en el transcurso de sus viajes. O, al menos, había parecido que se habían unido. Después de lo que había ocurrido, era difícil saber cuánto de lo que había observado era Kohaku y cuánto de ello era simplemente la araña haciendo tiempo dentro de él hasta que llegase el momento. Pero había parecido proclive a Shippou. Había observado algo más ligero en él cuando estaba cerca del kitsune. Tal vez, entonces, Shippou podría ser útil para liberar al chico del agarre de la araña.
Pero ¿era algo de eso verdaderamente suficiente para justificar que permitiera que Shippou hiciera algo tan peligroso?
—Déjalo ir.
Kagome parpadeó, levantando la mirada hacia Inuyasha. Medio esperó ver impaciencia, simplemente un deseo de que tomase ya la decisión para que pudieran irse.
Los ojos de Inuyasha, no obstante, descansaban evaluadoramente sobre el kitsune. Había algo casi parecido a los principios del respeto en su mirada y Kagome tuvo la sensación de que él entendía a Shippou mucho mejor en ese momento que ella.
—Tiene que crecer en algún momento —dijo Inuyasha, levantando la mirada hacia ella.
Kagome frunció el ceño. Por supuesto que era fácil para él decir eso. Después de todo, no estaba a cargo del niño. No era responsable de su seguridad y cuidado. Podía permitirse hablar a la ligera.
Pero no. Sabía que Inuyasha no era de los que hablaban frívolamente de cosas que eran verdaderamente importantes.
Kagome suspiró.
—De acuerdo —dijo, sintiendo el peso de las palabras cuando salieron de ella—. Pero tienes que prometerme que no te separarás de Sango-chan ni de Miroku-sama. Ni siquiera por un instante. Tienes que quedarte con ellos pase lo que pase, ¿entendido?
Shippou asintió sin reparos.
—Lo entiendo. Lo prometo.
—Cuidaremos de él, Kagome-chan —dijo Sango, avanzando un paso y extendiendo sus brazos hacia el kitsune—. Prometo que no se hará ningún daño.
Le ofreció una sonrisa a Shippou, imbuida con más que simplemente el afecto que sentía por él. También había gratitud en ella por el bien de su hermano. Kagome sabía que, fueran cuales fueran las circunstancias, haría todo lo posible por proteger al kitsune.
Alzó al kitsune a regañadientes, apretándolo con fuerza varios largos momentos antes de tendérselo a Sango. Él le ofreció una pequeña sonrisa desde los brazos de la otra mujer.
—No te preocupes —dijo—. Volveremos pronto, ¿recuerdas?
Kagome parpadeó, tragándose la tensión que podía sentir creciendo en su garganta. Asintió una vez y, dirigiéndoles una última mirada a los tres, se dio la vuelta para irse. En momentos, estuvo sobre la espalda de Inuyasha y estuvieron volando a través del oscuro bosque. Se negó a mirar atrás.
Tenía fe en ellos. Volverían a verse pronto.
Inuyasha no aminoró el paso en lo más mínimo en su viaje de regreso a la corte. Una parte de ella se alegraba por ello. Era perfectamente consciente del peligro de que él se ausentara de la corte y, cuanto antes pudiera volver, mejor.
Otra parte de ella estaba preocupada. Seguramente incluso un hanyou se desgastaría con un ritmo tan extenuante. Cada vez que expresaba su preocupación, no obstante, él le quitaba importancia concisamente. Si se sentía cansado, se negaba a mostrar señales de ello. Estaba decidido a llevarlos de vuelta a la corte lo más rápido que le permitiera su cuerpo.
En las noches en las que conseguía obligarle a descansar, al quejarse invariablemente de su propio agotamiento, Inuyasha siempre se quedaba cerca de ella. A menudo demasiado cerca. Cada noche, cuando se acomodaban para dormir, él montaba guardia cerca de ella, aunque le dejaba espacio suficiente para que estuviera cómoda.
Pero, inevitablemente, se le acercaba en el transcurso de la noche hasta que se despertaba completamente para encontrarlo a milímetros de distancia. Y él siempre parecía profundamente irritado cuando se despertaba por la mañana y se daba cuenta de lo que había hecho, como si hubiera sido incapaz de contenerse. Las mañanas tras estas noches siempre eran un poco tensas y silenciosas, ninguno de ellos estaba dispuesto a hablar del tema en voz alta.
Por parte de Kagome, era ampliamente la incertidumbre la que la dejaba callada. En la completa desorientación que había seguido a su rescate, tan cercano contacto entre ellos no había parecido extraño o inadecuado. En un estado mental más lúcido, no era difícil ver lo comprometedor que era potencialmente todo ello, que viajasen juntos a solas y que durmiesen tan cerca.
Aun así, era difícil negarle el deseo de vigilarla después de todo lo que había pasado. Era más difícil negar que disfrutaba del consuelo de tenerlo tan cerca mientras dormía. Al final, no decía nada para evitar que lo hiciese, asegurándose que, tan pronto volviesen a la corte, las cosas volverían a ser como se suponía que debían ser.
Se demostró que había pocas razones para su sobreprotección. Extraordinariamente, no se encontraron con ni un solo youkai en todo su viaje. Lo que era aún más extraño, Kagome apenas pudo sentir a ninguno mientras avanzaban. Normalmente, la presión del youki en su sentido espiritual era constante mientras viajaba por fuera de la corte, pero había largos periodos de tiempo en los que no podía sentir nada en absoluto. Era ligeramente desconcertante y no estaba del todo segura de cómo interpretarlo.
En poco menos de una semana, las puertas exteriores de la corte estuvieron a la vista. Por primera vez en lo que pareció una eternidad, Inuyasha ralentizó el paso.
—Tenemos que entrar por la Puerta Este —dijo, casi más para sí que para ella—. Hay menos gente por ahí.
Menos gente que lo viera volver a entrar a hurtadillas, se dio cuenta Kagome. Había sospechado que había vuelto a salir a escondidas de la corte, pero una parte de ella había esperado que se hubiera tomado la molestia de crear una pretensa que darles a los cortesanos antes de partir en esta ocasión. Era mucho esperar. Suspiró.
Mientras él dirigía sus pasos hacia la Puerta Este, Kagome se dio cuenta de que su mano se levantaba distraídamente hacia el nenju. Frunció el ceño.
—Si tanto te molesta, no tienes que seguir llevándolo puesto —dijo, señalando las cuentas.
Él parpadeó, bajando la mirada hacia sus manos como si solo ahora se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Bajó la mano apresuradamente a su costado, apartando la cabeza todo lo que pudo con ella sobre su espalda. El movimiento no escondió por completo el leve rubor de sus mejillas.
—Feh —fue toda la respuesta que obtuvo.
Kagome profundizó su frunce. Durante todo el viaje de vuelta, lo había observado periódicamente jugueteando con el nenju y solo podía asumir que le irritaba. Tal vez lo había hecho demasiado pequeño y solo había tolerado llevarlo puesto por su bien hasta este punto.
—Ven, si deshago los enlaces espirituales que unen las cuentas… —dijo, estirándose por encima de su hombro para apoyar una mano sobre él.
Le agarró la muñeca, deteniendo su mano justo antes de tocarlo. Kagome parpadeó, dirigiendo su mirada a su cara. Él le lanzó una mirada mordaz por encima de su hombro.
—Me lo diste tú, ¿recuerdas? —se quejó—. Así que es mío. Así que déjalo.
Kagome se lo quedó mirando, perpleja.
—Si tú lo dices —dijo bajando la mano.
—Sí —dijo con firmeza—. Y ahora, vamos.
Empezó a avanzar una vez más hacia la puerta. No mucho después, lo pilló con su mano de nuevo sobre el collar. No hizo ningún comentario, limitándose a observarlo discretamente de soslayo.
Tal vez no había estado tirando de él, después de todo. Parecía más una caricia.
Entraron por la Puerta Este, Inuyasha se puso la capucha de la sosa capa negra que vestía sobre su hakama y karaginu alrededor del rostro. La creación de la barrera había permitido una reducción en el número de guardias apostados en cada puerta, así que afortunadamente solo había un hombre allí.
Inuyasha le presentó el sello de un clan menor de la corte sin decir nada. El guardia pareció sospechar ligeramente, moviéndose como para hacer que Inuyasha se sacase la capa. Kagome lo interceptó, presentando el sello especial que Inuyasha le había dado meses atrás. El guardia pasó la mirada del sello a ella, con la sorpresa iluminando sus facciones. Kagome le ofreció una explicación superficial sobre su regreso, alegando información esencial que tenía que comunicarle al Tennō antes de que Inuyasha la arrastrase por las puertas.
La capa aseguró que Inuyasha pasase desapercibido mientras se dirigían apresuradamente hacia el Dairi, pero las calles por las que él los guiaba estaban relativamente vacías. Era difícil de decir en tan poco tiempo, pero no parecía que la corte hubiera estallado en caos desde la partida de Inuyasha. Kagome exhaló mentalmente un suspiro de alivio, segura de que debían de haber sido los esfuerzos de Kikyou los que habían conseguido tener las cosas controladas de nuevo.
Tomó nota mental de intentar encontrar una forma de compensarle todo esto a la mujer, incómodamente consciente de que esta era la segunda vez que Inuyasha había hecho algo tan poco práctico por ella y a expensas de Kikyou.
Pasaron por los guardias de la puerta externa del Dairi sin problemas, ambos eran taiji-ya del clan Tachibana, que reconocieron a Kagome al verla y confiaban en ella lo suficiente para no hacerle preguntas sobre su acompañante. Fue cuando se aproximaron a los aposentos de Inuyasha en el Jijūden que recibieron su primera sorpresa.
En lugar del par que estaba normalmente asignado a la entrada de los aposentos de Inuyasha, solo había un guardia. Uno que Kagome conocía bastante bien.
Las pálidas y tensas facciones de Akitoki Hojo se iluminaron al verla.
—K-Kagome-sama —dijo casi atragantándose, dando un paso tambaleante hacia ella antes de vacilar, como si no pudiera creerse lo que veían sus ojos.
—Akitoki-sama —dijo Kagome, encargándose de cerrar la distancia que quedaba entre ellos—. ¿Está usted aquí solo? ¿Dónde está el otro guardia asignado a este puesto?
—¡Kagome-sama! —exclamó, el sonido de la voz de ella trajo un intenso sonrojo a sus pálidas facciones—. ¡Es usted de verdad! Me alegro tanto… pensaba que estaba alucinando… ¡pero es usted de verdad!
Se estiró en un gesto casi convulso, sus manos se cerraron alrededor de las de ella como para asegurarse más de su presencia.
—Akitoki-sama, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Kagome, un frío nudo empezaba a formarse en la boca de su estómago.
Su aspecto demacrado, su piel de un tono casi céreo y sus ojos hundidos por el cansancio eran incluso más aparentes de cerca. Hojo vaciló varios momentos, apretándole las manos ansiosamente. Notaba la piel de sus manos sudada contra la suya. Distraídamente, sintió a Inuyasha acechando justo detrás de ella, sus ojos prácticamente agujereaban sus manos mientras luchaba por contener un arrebato que indudablemente lo expondría.
Los ojos de Hojo subieron nerviosamente sobre su hombro y hacia la figura de Inuyasha, luego de nuevo hacia la entrada de los aposentos del Tennō. Sus ojos volvieron a inspeccionar su rostro y algo dentro de él pareció ceder bajo la tensión de sus sentimientos.
—Si se puede confiar en alguien, seguramente sea en usted, Kagome-sama —dijo, como intentando convencerse a sí mismo—. He conseguido mantenerlo en secreto hasta ahora. Solo aquellos de mi clan que fueron escogidos para servir como guardias de Su Majestad saben lo que ha ocurrido, lo juro. Pero no estoy seguro de cuánto tiempo pueda…
—Akitoki-sama —interrumpió Kagome amablemente antes de que pudiera acabar fuera de sí—. Por favor, respire hondo y empiece desde el principio. Sea lo que sea, le prometo que haré lo que pueda para ayudarle.
Hojo asintió, siguiendo sus instrucciones y respirando hondamente. Se desvaneció un poco del pánico de sus facciones.
—Lo siento —murmuró—. Acaba de regresar de tan largo viaje y ya le estoy obligando a soportar todo esto. De verdad que me alegro de ver que ha regresado a salvo a la corte. Yo… p-pensaba a menudo en usted mientras estaba fuera y rezaba por su bienestar.
Sus mejillas enrojecieron débilmente, aunque el brillo del color se parecía más a un brillo enfermizo de fiebre en sus exhaustas facciones. Kagome le ofreció una débil sonrisa, conmovida por su preocupación a pesar de su evidente estrés. Un débil gruñido tras ellos, no obstante, puso fin rápidamente al momento.
Los ojos de Hojo volaron hacia la figura encapuchada que acechaba justo detrás de ella, su expresión cambió a una de inquietud.
—Mi compañero es digno de confianza, se lo aseguro —dijo Kagome apresuradamente—. Por favor, continúe, Akitoki-sama.
Sus ojos permanecieron sobre Inuyasha un momento más antes de asentir, aunque no parecía completamente tranquilo.
—Fue hace casi dos semanas —siguió—. El día después de la ceremonia de la boda. Era temprano por la mañana y se me había asignado un turno para guardar los aposentos de Su Majestad. Encontré a Su Majestad, Fujiwara-sama, cuando llegué. Estaba saliendo de los aposentos de Su Majestad.
»Se detuvo al verme y dijo algo sobre que ahora me tocaba a mí hacer lo que pudiera con ello. Dijo que ya no tenía fuerzas para hacerlo ella. No entendí a qué se refería, pero se fue rápidamente antes de que pudiera preguntar más. Nunca antes la había visto tan… consternada.
»Fui a los aposentos de Su Majestad para preguntar si debía ir tras ella. Su… Su Majestad no estaba allí. Busqué y esperé, pero Su Majestad no estaba por ninguna parte. Después de un tiempo, empecé a preocuparme y decidí ir tras la Emperatriz para ver si ella sabía dónde podría estar Su Majestad.
»Fui a la residencia Fujiwara en su busca. La encontré casi completamente vacía, salvo por algunos sirvientes que estaban recogiendo lo que quedaba. Cuando le pregunté a uno de ellos qué estaba ocurriendo, todo lo que pudo decirme era que la Emperatriz había decidido irse a la residencia Fujiwara de fuera de la corte durante un tiempo. No había dicho cuándo volvería ni… ni nada más, en realidad.
»Supe entonces que algo debía de ir mal. Para que se fuese… se fuese sin más, tan poco tiempo después de la ceremonia de matrimonio… y que despejase su residencia tan completamente, llevándose con ella incluso a los sirvientes… les dije a los sirvientes que quedaban que no pronunciasen una palabra sobre su partida so pena de ser castigados y volví corriendo a los aposentos de Su Majestad. Su Majestad no regresó. Su Majestad… no ha regresado.
»No tenía ni idea de qué hacer. Así que continué montando guardia como si Su Majestad siguiera todavía ahí. Nadie más parecía ser consciente de la partida de Su Majestad, así que decidí seguir el único instinto que tuve. Decidí ocultar la ausencia de Su Majestad. Sabía que la corte entraría en caos si se descubría que Su Majestad había desaparecido sin decir una palabra, al igual que la Emperatriz. Así que lo oculté todo.
»Confirmé que la Emperatriz había partido por la Puerta Este con el guardia que había estado allí de servicio y que se había llevado a una guardia consigo a modo de protección. Afortunadamente, es un pariente mío y aceptó ayudarme a mantener el asunto en secreto. También intenté averiguar cuándo se había ido Su Majestad y si el Tennō-sama le había dicho a alguien hacia dónde iba. Pero temí inquirir demasiado, ya que no quería arriesgarme a revelar que Su Majestad no estaba. Así que fui incapaz de descubrir nada. Sigo sin conocer el paradero de Su Majestad o cuándo volverá.
»Aun así, creí que Su Majestad regresaría. Capté la ayuda de algunos de mi clan de entre la guardia de Su Majestad, que estoy seguro que son más que dignos de confianza. Me han ayudado a mantener la apariencia de que Su Majestad sigue presente dentro de la corte y a hacer circular el rumor de que Sus Majestades simplemente se han retirado un tiempo para… ah, celebrar su nueva unión en privado. La pretensa ha sido lo suficientemente plausible hasta ahora para sostenerla bajo el escrutinio de los cortesanos, pero no sé durante cuánto tiempo más pueda…
Hojo dejó de hablar de repente, abriendo los ojos como platos. Kagome percibió un brillo rojo sangre por el rabillo del ojo.
Inuyasha había bajado la capucha de la oscura capa, dando un paso adelante para descubrirse ante el guardia. El rostro de Hojo pasó por tal rango de colores en un instante, que Kagome temió que fuera a desmayarse. Finalmente, avanzó un paso, tambaleándose, antes de hacer una reverencia tan profunda que casi se cayó.
—T-Tennō-sama —balbuceó, su voz salió como un chillido.
—Akitoki Hojo, ¿verdad? —dijo Inuyasha, sus facciones estaban tensas con el esfuerzo que estaba haciendo por mantener algo de compostura delante del hombre—. Los de tu clan y tú lo habéis hecho bien. Agradezco tus esfuerzos y todos seréis recompensados como corresponde. Pero, por el momento, puedes irte a descansar. Contaré contigo para que mantengas el silencio que has guardado tan bien hasta ahora. Mis razones para partir son personales, pero te doy mi palabra de que valían la pena.
Miró inconscientemente a Kagome. Hojo siguió la línea de su mirada y una suerte de comprensión iluminó sus facciones.
—Me alegro de haberle sido de utilidad, Su Majestad —dijo, haciendo una nueva reverencia con un poco más de elegancia—. Aunque no es necesaria ninguna recompensa. Ver que Su Majestad y Kagome-sama han vuelto a salvo es todo lo que requiero. Ahora, me retiraré. Por favor, hágame llamar si requiere algo más.
Avanzó por el camino que iba sobre el agua, mirando hacia atrás hacia Kagome mientras se movía. Ella lo observó irse, su cabeza era un lío de información. Pero, bajo todo ello, se dio cuenta de cuán gravemente lo había subestimado. De entre todo el mundo, nunca habría sospechado que el dulce y tímido Akitoki Hojo fuera capaz de algo así. Y aun así probablemente acababa de salvar a la corte de volver a las profundidades de otra guerra por el trono.
Él le ofreció una pequeña sonrisa antes de desaparecer de su campo visual y ella se preguntó cuánto había sido por su bien.
Inuyasha pasó a su lado para entrar a sus aposentos, el movimiento fue suficiente para sacarla del torbellino de sus propios pensamientos por un momento. Se movió para seguirlo y entonces vaciló, preguntándose si él la querría cerca en ese momento.
Kikyou se había marchado de la corte. Estaban casados (era difícil alejar su mente de ese hecho, aunque era consciente de que eso era difícilmente lo más importante entre todo lo que les acababan de contar) y Kikyou se había marchado de la corte sin decir ni una palabra a nadie. Era difícil de creer, pero al mismo tiempo tenía todo el sentido del mundo.
Se habían casado y casi inmediatamente después, Inuyasha lo había dejado todo para ir tras ella. Si antes había estado agradecida por lo que había hecho, palidecía en comparación con el asombro y la inquietud que ahora la recorrían. Había sabido que había arriesgado mucho al dejar la corte para acudir en su ayuda, pero la verdad era que ella no había tenido ni idea.
Pero Kagome no podía evitar verlo a través de los ojos de Kikyo. Recién casada y el hombre de quien había estado enamorada durante años había decidido salir corriendo detrás de otra mujer. Probablemente ni siquiera había sido capaz de darle una buena explicación de por qué se iba, más allá de que simplemente tenía un mal presentimiento.
Solo había estado intentando mantener la promesa que había hecho de protegerla, pero algo como eso habría sido imposible de comprender para Kikyou, teniendo en cuenta todo lo demás. Y se había quedado para mantenerlo todo unido ella sola.
A Kagome le decepcionaba el camino que había escogido la noble, sabiendo perfectamente como sabía el desastre que podría haber resultado de su deserción, pero no era difícil comprender por qué lo había hecho. Tenía el corazón roto.
Kagome suspiró, decidiendo entrar tras Inuyasha. No estaba muy preparada para aventurarse a salir y arriesgarse a que la viera alguien de la corte, después de todo, y en realidad era inútil retrasar lo inevitable. Sería mejor que intentasen solucionar este problema lo antes posible.
Dentro del cuarto, estaba tan oscuro que Kagome tropezó con un cojín, incapaz de ver mucho más allá de su nariz mientras sus ojos se adaptaban. Inuyasha no se había molestado en encender un farol, a pesar de la oscuridad que estaba descendiendo fuera rápidamente.
Una vez que sus ojos se hubieron adaptado a las siluetas de las cosas, pudo ver a Inuyasha de pie en el extremo más lejano, cerca de la mesa baja sobre la que estaban todos sus montones de papeles. Tenía algo en la mano, era difícil saber qué, y estaba muy quieto.
Kagome tropezó un par de veces más mientras se adentraba en la sala hasta que llegó al lugar en donde recordaba que se guardaba normalmente uno de sus faroles. Tanteó hasta que encontró el pedernal que descansaba a su lado, golpeándolo hasta que una chispa prendió la mecha de dentro del farol. Levantó la luz, volviéndose hacia Inuyasha con ella.
Todavía no se había movido. Estaba con la mirada fija en el trozo de pergamino que tenía aferrado en sus manos, con la línea de su mandíbula firme.
—¿Q-Qué es? —preguntó Kagome en voz baja, sin atreverse a acercarse más a él.
—Se ha ido —dijo él en voz baja, más para sí que para ella—. Va a vivir fuera de la corte de ahora en adelante. Dice que no va a volver. Que la… la he traicionado.
Estuvo callado durante varios momentos. De repente, su rostro se torció en un gruñido e hizo la nota pedazos. Su puño impactó contra la mesa baja de madera y la cosa se astilló con un chasquido que fue casi ensordecedor en el silencio de la habitación. Kagome se estremeció.
—¡Joder! —gritó el hanyou, la palabra estaba al borde de quebrarse mientras salía de él—. ¡Joder! ¡Maldición!
Era difícil de saber desde la distancia, pero Kagome pensó haber visto que le temblaban las manos. Dio un paso tentativamente hacia él.
—Inuyasha…
—¡¿Qué esperaba que hiciera?! —gritó, dirigiendo sus ojos centelleantes hacia ella—. ¡¿Debía dejar que murieras?! Kami… ¡¿cómo pudo…?!
Se interrumpió, la llama de su ira disminuyó abruptamente.
—… ¿Qué se suponía que debía hacer? —murmuró con voz ronca—. Juré que no la dejaría. Juré que cuidaría de ella. Durante años, todo lo que he estado haciendo ha sido hablar sin parar y prometerle cosas. Y solo han sido… han sido puras mentiras. No puedo hacer nada por ella. Pensé que si… si podíamos llevar a cabo la boda, entonces yo… kami, la he jodido bien esta vez.
Sus labios se torcieron en una mueca de autorrechazo. Kagome se mordió el labio, dando otro cauto paso hacia él.
—Inuyasha —dijo suavemente—. No le has fallado a nadie. Fujiwara-sama está molesta. Lo ha malinterpretado. La llamaremos para que vuelva. Yo le explicaré todo lo que ocurrió y ella lo entenderá. Te perdonará. Si no hubieras venido a por mí, probablemente ahora estaría muerta. O… o peor. Seguro que Fujiwara-sama entenderá que lo que hiciste fue lo honorable.
Inuyasha levantó la mirada hacia ella, con ojos ensombrecidos. Por un momento, vio esa expresión en sus ojos una vez más, la que había visto una y otra vez en su viaje de regreso a la corte. Algo aterrado y tierno al mismo tiempo. Algo que ella no comprendía. Algo que creía que él no pretendía que ella viera allí. Inuyasha apartó la mirada.
—No me malinterpretes, Kagome —dijo en voz baja—. No me arrepiento de lo que hice. No… Nunca me arrepentiré de ir a por ti. Pero yo soy lo único que tiene Kikyou. Y ella ha aguantado mucha mierda por mi bien. No puedo dejarla. No puedo.
El corazón de Kagome dio un tirón en su pecho. Lo ignoró. Había sabido perfectamente a qué volvía.
—Lo sé. Lo entiendo.
Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada. Ella le ofreció una pequeña sonrisa. La expresión de él permaneció pesada.
—Bien —dijo—. Tengo que ir tras ella. Asegurarme de que esté a salvo. Si me doy prisa, puedo llegar en unos días…
Ya se estaba moviendo hacia la entrada mientras hablaba y Kagome lo agarró por el brazo para detenerle.
—Inuyasha, espera —dijo—. No puedes estar pensado en ir tras ella ahora mismo.
—¿Crees que voy a esperar? —replicó—. Ambos sabemos lo peligroso que es el exterior, Kagome. No puedo quedarme aquí sentado sin hacer nada.
—Solo piénsalo por un momento, Inuyasha —presionó Kagome insistentemente—. No puedes salir corriendo sin un plan. Si te vas ahora, estaré igual de presionada que Akitoki-sama para continuar encubriendo tu ausencia. No podemos seguir ocultándolo mucho más tiempo. Tenemos que idear alguna suerte de plan antes de que te vayas. Al menos hacer que te muestres ante la corte y dar una suerte de excusa para irte un tiempo.
—Kagome…
—Por favor, Inuyasha —rogó—. Solo un día. Solo dame un día para solucionarlo todo antes de que te vayas. Akitoki-sama dijo que Fujiwara-sama se llevó a una guardia con ella, así que debería estar a salvo. Además, has estado viajando sin apenas descansar durante días. Sé que no eres humano, pero incluso tú tienes que descansar a veces. No podré hacer nada más que preocuparme por ti si te vas sin al menos dormir una noche primero.
Fue esto último lo que de verdad pareció calmarlo, aunque resopló ante la mención de que él necesitase descanso. Tras un momento de indecisión, hizo un asentimiento a regañadientes.
—Bien —dijo—. Tenemos un día para solucionar todo antes de que vaya tras ella.
Kagome asintió, aliviada. El agotamiento estaba empezando a asentarse lentamente sobre ella como un velo. Agradeció incluso el corto alivio que proporcionaría la noche.
—Bien —dijo—. Entonces voy a retirarme esta noche a descansar. Por favor, haz lo mismo. Regresaré temprano por la mañana para que podamos discutirlo todo y decidir lo que hay que hacer. Buenas noches, Inuyasha.
La calidez de su mano alrededor de su muñeca la detuvo en seco cuando se giraba para marcharse. Cuando se dio la vuelta para mirarlo, encontró sus ojos fijos en el suelo entre ellos.
—Espera —dijo, seguido de un largo instante de silencio.
Kagome lo observó con incertidumbre, el ángulo de su cabeza hacía su expresión casi imposible de leer.
—Puede que ya no… tengan tus habitaciones listas —dijo finalmente, su voz era apenas más que un murmullo—. Deberías… Deberías quedarte aquí a pasar la noche.
Kagome parpadeó, un sonrojo que no pudo controlar subió hasta sus mejillas.
—¿Aquí? —repitió sin decir más.
Sus ojos se levantaron hacia los de ella, con un resplandor de su habitual cólera en el movimiento de una oscura ceja mientras el rojo bañaba sus mejillas.
—¿Qué? —soltó—. ¿Preferirías quedarte en una habitación polvorienta y apestosa que puede que ni siquiera tenga un futón?
—N-No —tartamudeó Kagome, negando con la cabeza—. Pero… digo, aquí…
Se interrumpió, sintiendo que su rostro se acaloraba más. No era que creyese que él tenía intenciones indecorosas. Si ese hubiese sido su objetivo alguna vez, había habido incontables ocasiones para que él actuase en el transcurso de su viaje de regreso a la corte, cuando habían dormido el uno al lado del otro.
Pero se había convencido de que las cosas volverían inmediatamente a la normalidad en cuanto regresasen a la corte y la idea de que pasasen toda la noche a solas juntos en sus aposentos parecía tan… tabú, de algún modo. Por no hablar del escándalo que causaría si los descubrían…
—Mira —dijo Inuyasha entre dientes, sacándola de sus pensamientos antes de que pudiera acabar fuera de sí—. De todos modos, siempre duermo en los cojines. Tendrás todo el futón para ti sola. Es prácticamente lo mismo que cuando estábamos fuera.
Movió su mano libre en un vago gesto que ella supuso que quería indicar su tiempo fuera de la corte. De repente se dio cuenta de que, si regresaba esa noche a la residencia de la Chūgū, sería la primera vez del día o de la noche en que estarían separados desde que había acudido en su rescate.
Con una punzada de dolor, se dio cuenta de que todavía no estaba tan preparada para eso.
Parpadeó, levantando los ojos para inspeccionar su rostro. Con un pretexto tan endeble como excusa (había, después de todo, muchas habitaciones en la residencia de la Chūgū, una de las cuales sin duda tenía que ser adecuada para que ella durmiera), era difícil no preguntarse si tal vez los sentimientos de Inuyasha iban por el mismo camino que los suyos. Kagome sintió que su expresión se suavizaba.
—De acuerdo —dijo.
Él parpadeó, sorprendido. Se había esperado que opusiera más resistencia.
—D-De acuerdo —repitió con un poco de rigidez, asintiendo—. Bien, entonces.
—Gracias —añadió Kagome en voz baja, esperando que él se diera cuenta de que era por más que solo el lugar para dormir.
—Sí —dijo, una débil curva en la comisura de sus labios traicionó la brusquedad de la respuesta.
Su mano permaneció alrededor de su muñeca durante varios momentos más de lo necesario antes de soltarla. Se aclaró la garganta con incomodidad.
—Bueno, voy a…
Gesticuló vagamente hacia los cojines antes de darse la vuelta y tirarse sobre un montón de ellos. Kagome sonrió a su espalda antes de encaminarse hacia el futón.
Era mucho más grande de lo que estaba acostumbrada. Se puso sobre su espalda, estirando los brazos todo lo que pudo. Era tan maravilloso estar acostada en una buena cama una vez más. Se puso de lado para acomodarse y se dio cuenta de que todo olía levemente a Inuyasha. Contuvo la necesidad de inhalar profundamente, perdiendo la batalla en cuestión de momentos.
Era consciente de que no debería haber estado tan cómoda como estaba, dada la situación. Dejando a un lado el potencial desastroso escándalo que podría causar en la corte si se corría la voz, Inuyasha ahora estaba casado. La misma cama en la que estaba acostada debería haber sido, por lógica, el lecho conyugal, si las cosas no hubieran ido tan mal entre ellos. El pensamiento serenó su humor ligeramente.
Pero no mucho. Podía sentir la presencia de Inuyasha cerca y olerlo a su alrededor. Todo era un caos y él la quería cerca. Ella quería estar cerca. No pasaría nada indecoroso. Seguro que podía consentirse por una sola noche.
Inhaló profundamente una vez más y se quedó dormida antes de darse cuenta.
Se medio despertó en algún momento (era difícil saber cuándo en la oscuridad de la habitación y a través de la neblina del sueño que todavía la retenía) por un movimiento del futón. Murmuró algo confuso, que fue el intento de su mente somnolienta de hacer una pregunta. Un sonido de silencio salió de algún lugar detrás de ella.
—Esta es… esta es la última vez, ¿vale?
Unos cálidos brazos la rodearon por la cintura. Kagome se relajó, moviéndose instintivamente para presionarse contra esa sólida calidez familiar.
—Maldición, Kagome.
Los brazos la rodearon con más fuerza, acercándola. Kagome medio sonrió en su sueño, una certeza irreflexiva se asentó sobre ella ante la absoluta idoneidad del momento. Se volvió a quedar profundamente dormida rápidamente.
—¿Estás seguro de que fue el hijo de ese perro el que vino a por ella?
—Sí, Naraku-sama. Fue la espada del antiguo Tennō-sama la que rompió su barrera. Fue el actual Tennō-sama el que vino a por ella.
El silencio reinó en la oscuridad durante varios largos momentos.
—Ya veo —dijo la primera voz finalmente, la satisfacción rodó bajo ella—. Están demostrando ser más tontos de lo que podría haberme imaginado. Pero que así sea, si están dispuestos a construirse sus propias piras funerarias sobre las que yacerán. Parece que esta no ha sido una pérdida, después de todo.
—… ¿Cuáles son mis órdenes, Naraku-sama? —intervino una tercera voz.
—No hay órdenes, Kagura —contestó la anterior voz con frialdad—. Esperarás. Con tiempo y un poco de estímulo, harán mi trabajo por mí. Yo proporcionaré el estímulo, por supuesto. El viento del aleteo del ala de una polilla ha traído información útil que ni siquiera tú me has proporcionado, Kagura. Chico.
—¿Sí, Naraku-sama?
—Parece que todavía eres útil. Tienes que llevar a cabo una misión más por mí antes de que te conceda la bondad de la muerte. Fállame de nuevo, no obstante, y me aseguraré de manchar tus manos con la sangre de tantos hombres, mujeres y niños que ni siquiera la capa más profunda del infierno será capaz de quemar la mancha de tu alma.
El auténtico terror de las palabras estaba en el tono casi desapasionado con el que se dijeron.
—Sí, Naraku-sama.
—Bien. Entonces parece que el tiempo será mi último enemigo. Que comience la batalla.
Un sonido, alto y persistente, estaba intentando sacar a Kagome de la comodidad de la inconsciencia y de la calidez que se curvaba hacia abajo en su estómago. Seguro que nada podía ser mejor que este sentimiento, esta alegría irreflexiva, y se esforzó por aferrarse al sueño que se estaba escapando rápidamente de ella, una batalla perdida, ya que ya estaba lo bastante despierta para ser consciente del esfuerzo en sí. Algo se movió detrás de ella y se rindió a la pelea con un suspiro, moviéndose lo suficiente para mirar somnolientamente detrás de ella.
Unos amplios ojos dorados se encontraron con los suyos. De repente, Kagome estuvo bien despierta.
La situación no era en absoluto como lo había sido fuera de la corte. No, era innegablemente íntima. Kagome sintió un sonrojo que no era completamente de vergüenza recorriendo su piel.
Su cuerpo estaba presionado contra la sólida longitud del suyo, del hombro a los pies, sus caderas estaban metidas hábilmente en la cuna de las de él. Una mano grande y con garras estaba extendida sobre su cadera. La otra mano… se le había desatado el hakama mientras dormía y la mano de él ahora descansaba peligrosamente cerca de los vendajes, que eran lo único que quedaba para cubrir su pecho. Un fulgor de calidez rodó nítidamente por ella al darse cuenta.
Ninguno de los dos parecía capaz de moverse. Las pupilas de sus ojos estaban tan dilatadas, que ella apenas podía ver la línea dorada que las bordeaba. Él no estaba respirando y ella tampoco. Finalmente, él se movió, pero no para alejarse de ella…
—¡Tennō-sama! ¡Su Majestad! Por favor, Su Majestad… ¡por favor, es un asunto urgente!
Kagome soltó una exclamación, apartándose con tanta fuerza, que le dio un codazo accidentalmente al hanyou directamente en el estómago. Él maldijo sonoramente, pero ella estaba demasiado ocupada saliendo del futón como para preocuparse. Su corazón martilleaba entre sus costillas y notaba su cuerpo incómodamente acalorado.
La voz había sido la que la había despertado en primer lugar, se dio cuenta, aunque afortunadamente venía de fuera de la entrada. No los habían visto.
—Inuyasha —dijo entre dientes, con cuidado de mantener la voz lo suficientemente baja como para evitar que la oyeran—. ¡Corre, contéstale!
La miró frunciendo el ceño, con la mano presionada contra el lugar en el que su codo había impactado contra su vientre. Kagome lo miró con el ceño fruncido, gesticulando insistentemente con la cabeza hacia el tapiz de la entrada.
—¿Qué pasa? —dijo Inuyasha en voz alta.
—Por favor, Su Majestad —respondió el guardia, el tono se coloreó de alivio por haber recibido al fin una respuesta—. Se requiere urgentemente la presencia de Su Majestad en la Puerta Occidental. Está… está llamando para que salga Su Majestad o si no intentará romper la barrera de Su Majestad.
Inuyasha y Kagome intercambiaron una intensa mirada.
—¿Qué? —soltó Inuyasha, dirigiéndose una vez más al guardia—. ¿Quién?
Hubo un momento de vacilación fuera de la entrada.
—Es… es su Señor hermano. Ha vuelto.
Inuyasha abrió los ojos como platos. Se tensó, apretando la mandíbula con tanta fuerza, que Kagome vio cómo le palpitaba el músculo que allí había.
—Sesshoumaru.
Nota de la traductora: ¡Feliz año y muchísimas gracias por vuestros reviews! Espero que hayáis tenido un gran comienzo estos días.
He conseguido traer el capítulo, aunque ha habido ocasiones en las que he dudado de tenerlo listo a tiempo, pero teniendo en cuenta que hoy es mi cumpleaños, quería asegurarme de no fallar, pasara lo que pasase.
Ojalá que lo disfrutéis tanto como he disfrutado yo traduciéndolo y nos leemos nuevamente dentro de dos semanas.
¡Hasta la próxima!
