Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Información necesaria para este capítulo:

«Yo, Sesshoumaru»: Como muchos de los que visteis la versión japonesa del anime probablemente sepáis, Sesshoumaru se refiere a sí mismo como «kono Sesshoumaru», o literalmente «yo, Sesshoumaru». Básicamente, es una forma muy culta o altiva de referirse a uno mismo en japonés (cualquier personaje al que le hayáis oído referirse a sí mismo como «kono ore» o «kono watashi», en general, está resaltando su propia importancia, si es que no se hace solamente a modo de broma). Quería apuntarlo porque pensé que sería especialmente adecuado mantener esa forma de hablar en este fic, así que cuando lo veáis llamarse así, ahora sabéis por qué es.

Daiyoukai: El kanji para «dai» (el prefijo de la palabra) es el mismo que se encuentra en daimyō (señores provinciales de Japón antes de la era Meiji). Esencialmente, solo significa «gran» (en el sentido de importante o poderoso), pero hay una asociación duradera con la nobleza o con tener propiedades. Por tanto, un «daiyoukai», como el término que se usa en la serie de Inuyasha, significa tanto un youkai poderoso como uno que tiene la distinción de ser noble o terrenos en propiedad. Voy a usar el término esencialmente de la misma forma.

Tsukemono: Verduras encurtidas usadas comúnmente como guarnición o pequeños platos durante el periodo Heian (todavía se siguen comiendo frecuentemente en Japón a día de hoy).

Además, habrá otra nota al final del capítulo para evitar spoilers. Si os confunde algo, mirad al final del capítulo y lo más probable es que encontréis una explicación ahí.


Capítulo 27: De familia y fatiga

Casi tan rápido como pudieron seguirlo sus ojos, Inuyasha estuvo de pie y en movimiento. Se detuvo el tiempo suficiente para recoger la espada envainada que había apoyado al lado del futón, metiéndosela en la cinturilla antes de avanzar a zancadas con cara seria hacia la entrada.

Se detuvo con su mano en el tapiz de la entrada, dirigiéndole una mirada. Vocalizó dos palabras en su dirección, con cuidado de mantener al guardia fuera esperando para que no descubriera su presencia en la habitación. Y entonces se fue, desapareciendo a través del tapiz de la entrada en un barrido de tela intricadamente bordada.

Quédate aquí. Eso era lo que le había vocalizado.

Kagome resopló. Como si eso fuera a ocurrir.

Se levantó apresuradamente de donde estaba al lado del futón, sus manos buscaron a tientas mientras trabajaba para enderezar su ropa desordenada después de dormir. Un momento de contemplación ralentizó su prisa. Los guardias indudablemente seguirían a Inuyasha al dejar el Dairi, evitando que la vieran a ella, pero tenía que asegurarse de que su grupo estaba lo suficientemente lejos antes de atreverse a seguirlos. Con su ropa colocada de nuevo correctamente, sus manos se dirigieron automáticamente a trabajar en los nudos de su pelo incluso mientras su mente trabajaba frenéticamente.

El hermano de Inuyasha. Kagome se esforzó por recordar cualquier detalle que pudiera sobre él. Medio hermano, recordaba con bastante claridad de las pocas veces que Inuyasha había estado siquiera dispuesto a mencionarlo. El hijo del anterior Tennō y de su Emperatriz. Un youkai completo y mayor que Inuyasha por… bueno, no estaba segura de por cuánto. Varios clanes estaban unidos a la idea de él como el Tennō en lugar de Inuyasha, los Taira entre ellos, por lo que tenía entendido. Y Sango había mencionado que se había marchado al extranjero a estudiar en… ¿China, podía ser?

Bueno, no importaba mucho dónde. Ahora estaba aquí y, si las reacciones de Inuyasha y de los guardias eran indicativo de algo, difícilmente era para una visita amistosa.

Kagome se enderezó, recogiéndose el pelo en una coleta baja. Seguramente había pasado tiempo suficiente. Fue hacia el tapiz de la entrada, haciéndolo lo suficientemente a un lado para asomarse.

Parpadeó con fuerza, la luz de una creciente mañana de primavera era fuerte tras la relativa penumbra de los aposentos de Inuyasha. Mientras sus ojos se adaptaban, vio que había estado en lo cierto. Los guardias que normalmente estaban apostados ante los aposentos de Inuyasha no estaban por ninguna parte. Lo habían seguido hasta su hermano.

Kagome emprendió un paso acelerado que se convirtió rápidamente en una carrera, preocupada porque el retraso fuera a hacer que se perdiera algo. La expresión de Inuyasha al enterarse de que su hermano había regresado… no había forma de saber qué podría hacer si se le dejaba solo.

Consiguió alejarse lo suficiente de los aposentos de Inuyasha para que su presencia en el Dairi ya no fuera sospechosa si la veían y pronto estuvo saliendo por las puertas exteriores del Dairi. Mientras dirigía sus pasos hacia la Puerta Occidental, entró en un flujo de cortesanos que iban en la misma dirección. Evidentemente, se había corrido un poco la voz.

Kagome oyó varios gritos y murmullos de sorpresa a su alrededor mientras se abría paso entre la multitud, pero no bajó el ritmo para contestarles. Habría suficiente tiempo más tarde para anunciar y explicar su regreso a la corte. Por el momento, aceleró más el paso, agachando la cabeza para evitar que la reconocieran en la medida de lo posible.

Había un gran grupo reunido en la Puerta Occidental para cuando llegó Kagome. Gruñó mentalmente. Fuera lo que fuera a pasar, lo presenciaría casi toda la corte. Además, no podía localizar a Inuyasha entre el gentío. Kagome frunció el ceño, inspeccionando la multitud durante largos momentos antes de decidir que era mejor ir de cabeza hacia el centro.

Con no poca cantidad de giros y empujones, y una abundancia de disculpas murmuradas, consiguió llegar hasta el círculo central del grupo. Los cortesanos se habían detenido junto a la puerta, apiñados a su alrededor, pero sin ir más allá de la protección que proporcionaba esta y la barrera de youki. Murmullos de incredulidad resonaron en los oídos de Kagome por todas partes, pero estaba demasiado ocupada con su búsqueda del hanyou como para captar más que unas pocas palabras sueltas.

¡Allí!

Estaba justo fuera de las puertas, su figura tan rígida que casi vibraba con la tensión. Una mano con garras se flexionó amenazadoramente sobre la empuñadura de Tessaiga. Le daba completamente la espalda donde estaba, pero incluso sin ser capaz de ver su expresión, su agitación era clara como el agua. Los guardias que lo habían seguido desde el Dairi, junto con el par que estaba asignado para guardar la puerta, estaban justo detrás de él, con poses de vacilación.

También había otro hombre allí, de pie y solo enfrente del grupo, y mirando hacia la puerta. Kagome supo inmediatamente que él era el hermano de Inuyasha. Las similitudes eran demasiado notables como para no ser así.

Era hermoso. La belleza inhumana que solo los youkai podían poseer, la belleza de facciones imposiblemente simétricas y una piel que parecía tener una luminiscencia propia. Su pelo era del mismo tono plateado que el de Inuyasha, sus ojos del mismo impresionante dorado. De algún modo, parecía tanto más como menos humano que el hanyou.

Pero su belleza no era de la clase que atraía. Había algo duro y frío en ella, como el borde de una joya. A Kagome le sorprendió descubrir que a algo en ella no le gustó casi instantáneamente, aunque era difícil decir cuánto de la sensación era simplemente solidaridad con Inuyasha.

Vaciló donde estaba. El silencio se extendió tensamente entre las dos partes fuera de la puerta, ninguno movió un músculo. El hermano de Inuyasha, cuya expresión Kagome podía ver claramente desde donde estaba, estaba completamente impávido mientras miraba fijamente al Tennō, aunque había una mordacidad en sus ojos que traicionaba más que una completa calma. Por mucho que se sintiera inclinada a ir al lado de Inuyasha, Kagome no se atrevió a moverse.

Inuyasha fue el que rompió el tenso estancamiento, su paciencia se había estirado rápidamente más allá de sus límites.

—¿Qué quieres, Sesshoumaru? —soltó, bajando la mano lo que faltaba para agarrar la empuñadura de su espada.

Kagome hizo una mueca internamente cuando la charla a su alrededor creció en volumen. Fueran cuales fueran las circunstancias, ciertamente esa no era forma de dirigirse a su hermano y al hombre que podría haber sido Tennō si las cosas hubieran sido diferentes. Con casi toda la corte observando, Kagome rezó para que Inuyasha fuera al menos capaz de controlar parcialmente su temperamento.

Externamente, nada en la expresión de Sesshoumaru cambió en lo más mínimo, pero Kagome pudo sentir un destello en su youki incluso a través del youki de la barrera de Inuyasha. Era más que simple ira. No, este odio que sentía tenía mucha más profundidad que nada tan mundano.

Hubo un momento antes de que el hombre se dignara a hablar, sus ojos inspeccionaron con lenta deliberación el muro exterior de la corte y a los guardias antes de regresar a Inuyasha.

—Seguro que mi honorable padre debía de estar loco hacia el final de su vida —dijo finalmente, de una forma lenta y medida, tal y como Kagome siempre había imaginado que sería el epítome de un cortesano—, para hacer que sus tierras se convirtieran en nada más que en el juguete de un híbrido patético. Para verse obligado a observar desde su tumba mientras, a cada momento, el honorable legado del Tennō cae más y más en desgracia. No, yo, Sesshoumaru, ahora lo veo claramente. Cerca del final de su vida, mi honorable padre debió de haberse vuelto loco.

—¡¿Qué diablos balbuceas, Sesshoumaru?! —ladró Inuyasha—. ¿No has sido tú el que ha irrumpido aquí amenazando con derribar la barrera? ¡¿Crees que el viejo…?! ¡¿Crees que nuestro padre aprobaría eso?!

—Yo, Sesshoumaru, tenía plena intención de acatar la última voluntad de mi honorable padre —continuó Sesshoumaru como si Inuyasha no hubiese hablado—. Por desconcertado que yo, Sesshoumaru, estuviese por lo que ha acontecido, yo, Sesshoumaru, me retiré, no obstante, a la corte del Emperador de China para continuar con mis estudios. Yo, Sesshoumaru, no tenía ninguna intención de ensuciarme las manos con insignificantes luchas de poder. No, esperar bastaba. Mi honorable padre le había dado a la corte una lección básica. Saber lo que era vivir bajo un mandatario inadecuado. Seguramente era solo cuestión de tiempo hasta que la propia debilidad del hanyou le hiciera caer. Y entonces yo, Sesshoumaru, regresaría para ocupar mi lugar legítimo y, en su gratitud, la corte no volvería a hablar otra vez de permitir que nadie salvo los sangre pura de la estirpe ocupasen el trono.

El hombre hizo una pausa, mirando a Inuyasha. El desprecio nublaba su mirada, las comisuras de su boca descendieron ligeramente por ello.

—Tú, sin embargo, no estabas contento con solo fracasar —dijo en voz baja—. No. ¿Pensabas que las noticias de tus transgresiones no llegarían a la corte china? Invitas a sucios plebeyos a la corte de mi honorable padre y afirmas que los apoyas. Haces a un lado la pantalla y vagas entre la corte a placer, degradando el título de Tennō y retirándole todo honor y significado. ¿Creíste que yo, Sesshoumaru, lo permitiría? Fuera cual fuera la voluntad de mi honorable padre, yo, Sesshoumaru, le pondré fin a esta blasfemia aquí y ahora.

Inuyasha enderezó su postura, aunque su mano permaneció firmemente sobre la empuñadura de Tessaiga. Kagome avanzó ansiosamente entre la multitud, deseando poder captar un vistazo de su expresión.

—Entonces, básicamente —replicó el hanyou—, todas esas quejas fueron solo para decir que estás cabreado porque no te tomaran en cuenta para el trono, ¿eh?

Sesshoumaru no respondió. De hecho, ya no estaba allí.

En el espacio de tiempo que a ella le había llevado parpadear, el youkai le había dado alcance a Inuyasha, las garras de una mano brillaron de un verde ácido mientras las bajaba hacia la cabeza de su hermano. Un grito colectivo surgió de entre los cortesanos mientras Inuyasha la esquivaba por poco, rodando para alejarse del alcance de su hermano y levantándose en posición agachada.

Sesshoumaru pivotó, impertérrito y, con otro movimiento que Kagome apenas pudo seguir con los ojos, estuvo una vez más casi sobre Inuyasha. Esta vez, el hanyou saltó para alejarse, aterrizando más lejos de la puerta mientras las garras brillantes del youkai disolvían un agujero en la tierra donde había estado.

Kagome abrió los ojos como platos. Si había habido alguna duda de que Sesshoumaru era el hijo de un daiyoukai, ahora no había ninguna en su mente.

Atravesó la puerta y la barrera corriendo, agradecida de que hubiera pensado en traerse el arco por si acaso. Vio que varios guardias también avanzaban con las armas preparadas.

—¡Deteneos! —ladró Inuyasha, haciendo que todos se detuvieran en seco—. ¡No interfiráis! ¡Esto es entre él y yo, así que manteneos al margen!

Kagome frunció el ceño, su corazón saltó en su pecho cuando vio que otro golpe venenoso aterrizaba a milímetros del hanyou. El youkai era rápido. Puede que más rápido que Inuyasha. Y hasta ahora no había usado ni una fracción del poder que podía sentir en él. Sabía que Inuyasha era fuerte, lo había presenciado con sus propios ojos varias veces, pero esta no sería una victoria fácil ni siquiera para él.

Aun así, tenía razón. Cualquier interferencia por su parte o la de los guardias puede que solo sirviera para complicar las cosas. El objetivo de Sesshoumaru era solamente Inuyasha y no le parecía de la clase que perdonaría a alguien que fuera a interponerse entre él y su objetivo. Así que aferró su arco, observando. Podía contenerse. Esperaría a ver qué pasaba.

Inuyasha esquivó otro ataque, esta vez por tan poco, que un mechón suelto de su pelo se disolvió por completo con el veneno del youkai. Se deslizó hasta detenerse en la tierra a cierta distancia y, de repente, Kagome se dio cuenta de por qué no había hecho más que esquivar hasta el momento. Estaba guiando a Sesshoumaru para que se alejase todo lo posible de la puerta.

Ahora, con la espalda contra la línea de los árboles y Sesshoumaru avanzando de nuevo, Inuyasha cuadró su pose. Su mano fue a la empuñadura de su espada.

Ignorando las llamadas de los guardias, Kagome avanzó corriendo. Se habían alejado demasiado. No interferiría innecesariamente, pero quería estar lo suficientemente cerca para ver lo que ocurría.

Con un resplandor, Tessaiga estuvo desenvainada, cobrando vida como un faro en su sexto sentido. Inuyasha levantó la hoja justo a tiempo para bloquear las garras de Sesshoumaru. El veneno de las garras del youkai completo no pareció afectar a la hoja en lo más mínimo y, con un gruñido, Inuyasha forzó a Sesshoumaru a retroceder.

El youkai completo giró en el aire, aterrizando suavemente a varios metros y casi demasiado cerca de donde se había puesto Kagome. Le dio un vuelco el corazón en el pecho y se escondió apresuradamente detrás de la línea de árboles. Afortunadamente, o Sesshoumaru no la vio o no le importó lo suficiente para reconocer su presencia.

Tenía los ojos fijos en Inuyasha o, más precisamente, en la espada que sostenía Inuyasha. Con lo cerca que estaba ahora del youkai completo, Kagome pudo distinguir el rojo que rodeaba el rabillo de sus ojos. El aluvión de su youki, sin embargo, habría sido capaz de sentirlo incluso en la distancia.

—La espada de padre —dijo, su tono seguía siendo todavía controlado, aunque había perdido toda traza de su anterior indiferencia—. La Tessaiga… ¿Cómo ha tomado posesión un híbrido del colmillo de mi padre?

Inuyasha frunció el ceño, alzando la enorme espada con facilidad para señalar con ella a su hermano.

—Por si te has olvidado —soltó—, también era mi viejo. Y fui yo al que escogió para que heredase el trono. Creé la barrera usando esta espada. La Tessaiga es mía.

—La Tessaiga y el trono son el legado de mi estirpe y nunca deberían haber caído en las manos de un mestizo como tú —contestó Sesshoumaru y Kagome pudo ver que los colmillos de su boca se alargaban mientras hablaba—. La puta de tu madre llevó a mi padre por el mal camino. Su fragilidad humana le hizo débil y lo llevó a su fin. Yo, Sesshoumaru, me equivoqué al permitir que esta farsa continuase durante tanto tiempo. Yo, Sesshoumaru rectificaré este error ahora mismo.

—¿Quieres la espada? —gruñó Inuyasha, descubriendo sus propios colmillos ante la mención de su madre—. ¡Ven y quítamela, imbécil!

Kagome hizo una mueca ante la completa degeneración de su lenguaje, alegrándose distraídamente de que se hubieran desplazado lo suficientemente lejos para que el resto de la corte no pudiera oírlos. Pero tuvo poco tiempo para contemplar esa idea, ya que el fulgor del youki de Sesshoumaru se convirtió abruptamente en algo completamente distinto.

Se vio consumido por una nube rodante de su propio youki, su forma se vio oscurecida durante varios momentos. La nube se movió y se expandió, resplandeciendo en su punto culminante antes de disolverse.

Donde una vez había estado Sesshoumaru, ahora había un enorme perro blanco. No, seguía siendo Sesshoumaru. Kagome se quedó con la boca abierta, no acostumbrada a ver la transformación teniendo lugar ante sus propios ojos. Pensar que esa era la forma oculta debajo de la semblanza de humanidad… una parte de ella se preguntó de repente si el rostro de Inuyasha ocultaba algo similar por debajo.

La luna creciente que había marcado su frente permaneció en esta forma, así como una versión más dentada de las rayas que habían delineado sus mejillas, aunque ahora servían para dibujar unas fauces abiertas de dientes que Kagome estaba segura de que eran más largos que ella misma. El frondoso pelaje plateado que ondulaba por el enorme cuerpo era del mismo tono que lo había sido su pelo y sus ojos habían sido completamente consumidos por el rojo que había empezado a manar en ellos al ver a Tessaiga.

Esta era la verdadera forma de un daiyoukai. Kagome sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

Por un momento, ninguno de movió. Inuyasha permaneció firme, con la espada preparada. Sesshoumaru lo observó a través de sus ojos rojos, su cola se retorcía y se movía detrás de él.

Y entonces, como si ambos hubieran recibido una señal simultánea, fueron a toda velocidad hacia el otro. Inuyasha movió a Tessaiga en un amplio arco, apuntando a una de las patas delanteras de Sesshoumaru. Sesshoumaru se alejó de un salto del hanyou, aterrizando a cierta distancia antes de girar y cargar de nuevo contra él. Inuyasha pivotó también, usando la fuerza del giro para impulsarse en un único salto hacia Sesshoumaru.

Pero fue demasiado lento y, sin nada que lo detuviese, fue de cabeza hacia la nube de nocivo veneno verde que Sesshoumaru acababa de exhalar. Kagome no pudo evitar llamarlo a gritos al ver que la carne expuesta de sus manos y rostro burbujeaba y se disolvía en cuanto la tocó el veneno. Él se tambaleó, cegado momentáneamente mientras el veneno penetraba en sus ojos y pulmones. Se detuvo con Tessaiga, hundiendo la hoja en el suelo para sostenerse en pie mientras escupía y tosía a causa de los humos nocivos que le quemaban la garganta.

Sesshoumaru no le dio tiempo a recuperarse. Siendo inmune al veneno, saltó a la nube y levantó una enorme pata, moviéndola hacia Inuyasha. El golpe aterrizó firmemente e Inuyasha, debilitado por el veneno, salió volando. La Tessaiga, no obstante, permaneció plantada firmemente en el suelo donde la había dejado.

En lugar de perseguir a Inuyasha para aprovechar su ventaja, Sesshoumaru se detuvo donde se cernía sobre la espada enterrada en la tierra. El remolino de youki rojo lo revirtió a su forma humanoide. Vaciló, la espada de su padre estaba justo a su alcance.

Estiró la mano y la agarró.

Hubo otro fulgor de youki extraño que Kagome sintió restallar por su sexto sentido como un látigo. Parpadeó con fuerza, su visión se vio oscurecida durante un largo momento por ello.

Cuando se le aclaró la vista, ahogó una exclamación.

Una vieja espada oxidada. Eso era todo lo que sostenía Sesshoumaru ahora en su mano. La Tessaiga había revertido.

Sesshoumaru levantó la hoja ante su rostro, un leve frunce plegaba su ceño. Kagome pudo sentir el fulgor de su youki, pudo sentirlo intentando que la espada volviera a la vida. Pero algo en la hoja repelía completamente su youki y la espada legendaria permaneció como nada más que un trozo de hierro oxidado en sus manos.

—¡Sesshoumaru!

El grito fue toda la advertencia que obtuvo el youkai mientras el puño de Inuyasha bajaba donde se encontraba, la tierra se abolló bajo su fuerza. Sesshoumaru saltó hacia arriba y hacia atrás, esquivando el golpe por poco. Inuyasha lo miró frunciendo el ceño, la piel de su rostro y manos todavía estaba de un rojo intenso a causa del veneno, pero estaba sanando rápidamente. Mas sus movimientos parecían haberse ralentizado y a Kagome le preocupó que el veneno hubiera causado más daño del que aparentaba.

—¿Qué maldición has depositado sobre la espada de mi padre, híbrido, para que solo responda a tu sucia sangre? —dijo Sesshoumaru, aterrizando suavemente a cierta distancia del hanyou.

Los ojos de Inuyasha se movieron momentáneamente hacia la hoja sin transformar en la mano del youkai completo. Una sonrisa de satisfacción le alzó brevemente una de las comisuras de sus labios.

—¿Qué pasa, Sesshoumaru? —dijo—. ¿Toda esa sangre tan limpia y aun así no puedes hacer que funcione tu espada? Es porque Tessaiga no es tuya, imbécil.

Flexionó una mano con garras, los nudillos resonaron con fuerza mientras se tensaba para saltar una vez más. Las comisuras de la boca de Sesshoumaru descendieron ligeramente en gesto de aversión.

—Mientes —dijo fríamente—. Aunque es de esperar. No importa. Cuando estés muerto, Tessaiga estará libre de cualquier mácula que puedas haber depositado sobre ella.

Giró la espada, guardándosela deliberadamente en la cintura.

Los hermanos se movieron casi como uno solo, saltando hacia el otro. Inuyasha atacó primero, sus garras no rozaron por poco el rostro de Sesshoumaru. Sesshoumaru atrapó la mano atacante por la muñeca, retorciéndola hasta que Kagome pudo ver el codo de Inuyasha torcido en un ángulo extraño incluso bajo la voluminosa tela de su manga. Gritó cuando Inuyasha gruñó de dolor, observando mientras Sesshoumaru usaba el impulso para lanzar a Inuyasha con fuerza hacia el suelo.

El hanyou aterrizó con una sacudida, su brazo yació inutilizado a su costado. Sesshoumaru estuvo sobre él antes de que pudiera recuperarse, el brillo verde de su veneno iluminó su mano mientras la levantaba sobre la garganta de su hermano.

Saltó hacia atrás con una sacudida, una flecha brillante no le dio por poco.

Se giró para mirar a Kagome con furia donde estaba, con el arco colocado y preparando otra flecha. Había salido de donde estaba, justo más allá de la línea de árboles, incapaz de seguir conteniéndose de la lucha.

—¿Ahora permitirás que una humana libre tus batallas? —dijo Sesshoumaru, mirando de reojo a Inuyasha, que estaba en el suelo—. Es verdad que no hay profundidades en las que no te hundirías, híbrido.

—¡Kagome! —gritó Inuyasha, luchando por levantarse con su brazo bueno—. ¡Tonta! ¡Rápido, corre…!

Pero la advertencia llegó demasiado tarde. Sesshoumaru estuvo sobre ella, más rápido de lo que podía moverse para apuntar. Kagome notó que la levantaba del suelo, alzada por una mano como si no pesase más que una muñeca de trapo. Se le cayeron el arco y la flecha, levantando las manos para rascar en vano la mano que le rodeaba la garganta.

Encontró sus ojos y la mirada de completa apatía que tenía la asustó más profundamente de lo que podría haberlo hecho el mayor odio. Para él, destrozarle la garganta sería como pisar una hormiga al caminar.

—Tal vez en tu próxima vida sepas que no hay que interferir en peleas de hombres y youkai, humana —murmuró.

—¡Kagome!

Hubo un pulso de youki conocido. Una vez, dos veces, se hizo más fuerte y más rápido. Sesshoumaru ensanchó los ojos, moviéndose hacia la espada que tenía sobre su cadera.

Con un vivo resplandor de youki, la Tessaiga se transformó. Sesshoumaru liberó a Kagome abruptamente, abandonó cualquier pensamiento sobre ella mientras se estiraba para sacar la espada de su lugar en su cintura. Kagome tosió y jadeó, levantando las manos hacia la lastimada garganta mientras sus pulmones tragaban aire avariciosamente.

—No.

Levantó la mirada, sorprendida de oír algo tan cercano a un grito saliendo del estoico hombre que tenía sobre ella.

Justo cuando su mano había ido a agarrar la empuñadura, la Tessaiga se había soltado de su lugar en su cintura y de su agarre. Voló directamente a la mano buena de Inuyasha mientras el hanyou embestía hacia ellos. La mandíbula de Sesshoumaru dio un tirón, el rojo bañó sus ojos en los bordes una vez más.

Finalmente lo vio. La espada de su padre había escogido a Inuyasha.

Pero no pudo más que levantar su brazo, las garras comenzaban a reunir una vez más el enfermizo brillo verde del veneno antes de que Inuyasha estuviese sobre él. Bajó a Tessaiga en un amplio arco, seccionando el brazo extendido en un corte limpio. Cayó, brillando todavía, a los pies de Kagome. Ella chilló, alejándose apresuradamente de él.

Inuyasha no paró, su expresión estaba medio enloquecida mientras echaba la espada hacia atrás y embestía con ella el cuerpo de su hermano. Perforó incluso la hombrera con pinchos que protegía su hombro derecho y la parte superior de su pecho, haciéndose pedazos como si no estuviera hecha más que de barro. La Tessaiga empaló a Sesshoumaru limpiamente, clavando al youkai firmemente contra el árbol que tenía detrás. Tosió, la sangre cayó de sus labios al verse perforado uno de sus pulmones.

Inuyasha gruñó en la cara del otro hombre, con los labios retraídos de sus dientes. Sesshoumaru, a pesar de que la espada lo había perforado completamente, le devolvió la mirada con la misma expresión controlada, solo el brillo de sus ojos dorados traicionó su ira.

Inuyasha vaciló.

—Termina si puedes, híbrido —murmuró Sesshoumaru entre sus labios húmedos de sangre—. Si no, yo, Sesshoumaru, no dejaré de volver a por ti, con o sin la espada de padre.

Inuyasha tensó la mandíbula. Con un poderoso tirón, liberó la hoja del árbol y de su hermano, levantándola para dar el último golpe.

—¡Espera!

Inuyasha se detuvo en seco, sorprendido. Kagome se sorprendió de oír que la palabra salió de su boca.

Pero al mirarlos, con el pelo y los ojos tan parecidos, no pudo dejar que Inuyasha siguiese adelante. Había visto su momento de duda, a pesar de todo el resentimiento que obviamente y con todo el derecho sentía hacia el otro hombre. Aun así, eran hermanos, fueran cuales fueran las circunstancias. No podía permitir que Inuyasha cargase durante el resto de su vida con el conocimiento de que había matado a su propio hermano.

—No —dijo, encontrando la mirada de Inuyasha—. No tienes que matarlo. Podemos… podemos encarcelarlo, o algo, como castigo por todo esto, pero no tienes que matarlo.

Se giró, captando la mirada de Sesshoumaru sobre ella desde donde se había desplomado al pie del árbol. Sus ojos seguían entrecerrados con resentimiento mientras miraban hacia los suyos, su odio hacia ella indudablemente sellado por sus palabras. Bueno, por supuesto que resentiría la interferencia de una humana a su favor. Difícilmente se esperaba gratitud.

—No… —empezó, solo para verse interrumpido por la sangre que le llenó la garganta. Tosió, más del líquido, de un intenso carmesí, se derramó para manchar más el inmaculado blanco de sus ropas.

Fuera o no un daiyoukai, ahora le faltaba un brazo y había sido empalado completamente por una poderosa espada youkai. Con el tiempo, Kagome estaba segura de que se recuperaría, pero por el momento estaba relativamente indefenso.

Inuyasha pasó la mirada de ella al daiyoukai, la indecisión estaba escrita con claridad en sus facciones.

—Casi te mata —dijo en tono acusador.

Kagome parpadeó.

—Difícilmente lo he olvidado —dijo con un poco de ironía—. Tampoco he olvidado que intentó matarte a ti. Aun así, nada de eso cambia el hecho de que le has ganado y de que los dos estamos vivos. No necesitas su sangre en tus manos. No tienes que rebajarte a su nivel.

Inuyasha resopló en el mismo momento en que Sesshoumaru hacía un sonido similar, aunque la sangre acumulada en sus pulmones lo convirtió más en un borboteo que en otra cosa. Inuyasha devolvió su mirada furiosa hacia él durante un largo momento, sopesándolo. Finalmente, giró la espada, metiéndola en un fluido movimiento en la vaina que tenía a la cintura.

—Bien —dijo entre dientes—. Encarcelamiento, entonces, si tan decidida estás. Pero vuelve a hacer esta mierda y no vacilaré en matarte.

Sesshoumaru no contestó, sus ojos estaban sobre la espada envainada a la cintura de Inuyasha. Su expresión era ahora totalmente inescrutable y Kagome se preguntó por un momento qué se le estaba pasando por la mente. Negó con la cabeza, poniéndose al lado de Inuyasha.

—Venga. Necesito que me ayudes a llevarlo a la corte a través de todos esos cortesanos. Con la ayuda de Midoriko-sama, debería ser capaz de disponer una cámara que lo contenga.


Hubo que discutir un poco, pero eventualmente Inuyasha envió a Kagome a los guardias que todavía estaban esperando en la puerta para que vinieran a transportar a Sesshoumaru. Inuyasha se negaba a tocarlo por sí mismo, Kagome no era lo bastante fuerte para levantarlo sola y Sesshoumaru todavía tenía fuerzas suficientes para protestar porque lo llevara un sucio híbrido, a pesar de que estaba yaciendo en lo que se estaba convirtiendo rápidamente en un charco de su propia sangre.

Por tanto, fueron a buscar a los guardias, profundamente indecisos mientras levantaban al hombre que podría haber sido Tennō y lo llevaban de vuelta a la corte. Inuyasha y Kagome permanecieron con ellos mientras escoltaban al daiyoukai, ambos perfectamente conscientes de que sus heridas ya estaban empezando a cerrarse lentamente.

Los cortesanos se dividieron en un silencio mortal para permitirle el paso al grupo, completamente perplejos y sin saber cómo interpretar este repentino giro de los acontecimientos. Kagome era perfectamente consciente de que había varios clanes presentes que se habrían alegrado de que Inuyasha se hubiese visto obligado a bajar del trono en favor de Sesshoumaru. Acababan de ser testigos de la derrota de Sesshoumaru a manos de Inuyasha. ¿Qué se les estaría pasando por la cabeza? ¿Era la consternación lo que los mantenía tan silenciosos?

Midoriko los encontró cerca de la puerta y, afortunadamente, pareció comprender la situación sin muchas explicaciones. Era un hecho que a Sesshoumaru, dado su estatus y su peligrosa naturaleza, no podían encarcelarlo en una celda normal. Además, necesitaba al menos alguna atención médica. Midoriko, por tanto, sugirió una de las muchas alas desocupadas del Chūwain. Allí podía tener unos aposentos lo suficientemente amplios para evitar una ofensa a su posición como hijo del anterior Tennō-sama y ella podría colocar una barrera para mantenerlo bajo control.

A Inuyasha no le gustaba particularmente la idea de permitirle a Sesshoumaru cualquier suerte de tratamiento especial, pero afortunadamente sabía que no debía armar un escándalo con eso con toda la corte observando. Aceptó la propuesta de Midoriko y ordenó a la guardia que escoltaba a Sesshoumaru que fuera hacia el Chūwain.

Se detuvo antes de seguirlos, colocándose lo más céntricamente que pudo entre la multitud de cortesanos. Se dirigió a ellos proyectando la voz (afortunadamente, volvía de nuevo a un modo de discurso más adecuado a su posición, notó Kagome, suspirando mentalmente de alivio), informándoles de que la corte se reuniría al día siguiente para responder a cualquier pregunta que pudieran tener.

Después de eso, Inuyasha, con Kagome a su lado, se volvieron para seguir al grupo que escoltaba a Sesshoumaru. Tras ellos, Kagome pudo ver que el gentío comenzaba a dispersarse lentamente ahora que había terminado el espectáculo. Se alegraba de que Inuyasha hubiese pensado en anunciar la reunión para el día siguiente, aunque sabía que debía de haberle frustrado infinitamente hacerlo cuando lo único que quería era ir tras Kikyou. No había forma de saber qué clase de fuertes rumores surgirían si este asunto no se abordaba y se aclaraba de inmediato.

Aunque Inuyasha insistía en que estaba bien, ella lo obligó a levantarse la manga lo suficiente para verle el brazo que Sesshoumaru casi le había sacado de su glena. Todavía no podía usarlo completamente y el codo estaba doblado en un ángulo extraño, pero había mejorado enormemente y probablemente estaría totalmente curado por la tarde. Su piel también mostraba apenas señales de las quemaduras venenosas y él insistió en que notaba bien los pulmones después de haber inhalado tanto de ello.

Pero no le permitió que se preocupara mucho por él. Ahora que estaban a solas (relativamente hablando, en cualquier caso, ya que los guardias todavía caminaban varios pasos por delante de ellos), no dudó en atacar su estupidez por interferir en la pelea y casi hacer que la mataran.

Ella escuchó la acalorada regañina ampliamente en silencio, consciente de que había desafiado una orden directa suya al intervenir. Pero se negaba a disculparse, ya que no se arrepentía en lo más mínimo de haberlo hecho. Si la necesitaba, iba a estar ahí. Llegaría un momento en el que simplemente tendría que aceptarlo.

Llegaron al Chūwain antes de que él pudiera terminar de explicarle completamente las profundidades de su demencia, pero le dirigió una mirada que prometía que no había terminado. Kagome puso los ojos en blanco disimuladamente, siguiendo a Midoriko mientras los guiaba hasta un ala remota del Chūwain que, explicó, era espaciosa y estaba deshabitada.

Indicó a los guardias que escoltasen a Sesshoumaru al interior, haciéndole una ligera reverencia al daiyoukai y prometiendo que enviaría a algunos de sus discípulos pronto para para que se encargasen de sus heridas e hicieran los aposentos más adecuados para habitarlos. Sesshoumaru le dirigió una mirada, pero no respondió antes de que lo condujesen al interior.

—Kagome —dijo Midoriko, girándose hacia la más joven—. Esta ala es bastante amplia. Necesitaré tomar prestado un poco de tu poder para colocar una barrera adecuada sobre ella para contener a su señoría. Después de eso, tal vez puedas dedicar un poco de tiempo a explicar cómo es que tu presencia en la corte ha permanecido en secreto completamente para mí.

La última afirmación se vio suavizada por una pequeña sonrisa, pero Kagome se sonrojó ligeramente. Entre todo el caos, se había olvidado por completo de que nadie sabía que ella había regresado a la corte. Parecía que las cosas iban a volver a la acelerada existencia de la vida en la corte.

—Apenas regresé anoche, Midoriko-sama —dijo Kagome tímidamente.

—No te preocupes. Habrá tiempo suficiente para explicaciones más adelante, ya que estoy segura de que hay mucho que explicar —dijo Midoriko amablemente, estirando una mano hacia ella—. Por ahora, debemos asegurarnos de que su señoría no intenta más acciones temerarias.

Inuyasha resopló débilmente ante la ligera subestimación y Kagome le lanzó una mirada de reproche antes de estirar su mano hacia Midoriko. La miko más mayor cerró los ojos y Kagome siguió su ejemplo, concentrándose en guiar su energía hacia Midoriko.

La O-Miko era bastante habilidosa, por lo que, al utilizar su energía, la barrera se formó en cuestión de instantes. Aun así, Kagome se encontró ligeramente falta de aire para cuando le soltó la mano. Frunció el ceño. Un leve frunce también delineó el ceño de Midoriko mientras se giraba para mirarla, observándola pensativamente.

—¿Seguro que será suficiente para contenerlo? —dijo Inuyasha, frunciendo el ceño con escepticismo en dirección a la barrera translúcida.

—Le aseguro, Tennō-sama, que la barrera será más que suficiente para repeler cualquier youki —respondió Midoriko—. Si Su Majestad desea visitar a su señor hermano, no obstante, Kagome o yo deberíamos poder guiarle a través de la barrera sin problema.

Kagome pudo ver el rostro de Inuyasha torciéndose en el principio de un resoplido al pensar en que fuera a escoger visitar alguna vez a Sesshoumaru, pero la expresión se desvaneció a medio formar.

—Sí que quiero hablar con él —dijo y Kagome parpadeó con sorpresa—. Tengo unas preguntas que necesito hacer.

Midoriko asintió.

—Me lo imaginaba, Tennō-sama —dijo—. Guiaré a Su Majestad a través de ella.

Inuyasha asintió. Se volvió hacia Kagome.

—Tú también vienes —dijo—. Será mejor que lo hagamos ahora mientras sigue débil. Puede que obtengamos alguna respuesta de él.

Kagome no estaba en absoluto segura de qué tenía en mente, pero aun así asintió. Si iba a estar en la misma sala que su hermano, sería mejor que ella estuviese allí para actuar como amortiguador. Se sentía un poco mareada tras la creación de la barrera, pero era lo bastante leve para poder ignorarlo.

Midoriko avanzó, levantando una mano y haciendo dos gestos rápidos que abrieron un agujero en la barrera. Los llevó a través de ella, cerrando la barrera por completo una vez más tras ellos.

—Esperaré aquí por ambos, Tennō-sama —dijo Midoriko, haciendo una reverencia—. Estoy segura de que sea lo que sea que Su Majestad tenga que decirle a su señor hermano, es mejor que se diga en privado.

Inuyasha asintió y se giró para entrar en el ala, con Kagome pisándole los talones. Los guardias habían llevado a Sesshoumaru a una de las habitaciones más grandes del ala, poniéndolo lo más cómodo posible allí en la habitación escasamente amueblada antes de marcharse. Lo encontraron allí entonces, haciendo un esfuerzo evidente por parecer que no estaba apoyado en la pared detrás de él para poder permanecer erguido. Su mirada ligeramente desenfocada estaba en el lugar en el que había estado una vez su brazo izquierdo. Allí solo quedaba un muñón cubierto en sangre que se estaba coagulando rápidamente.

Kagome no pudo evitar hacer una mueca de simpatía, sus ojos se enfocaron de verdad en la visión por primera vez desde la batalla. Los youkai, especialmente los daiyoukai, eran increíblemente resilientes, pero por lo que podía recordar, la mayoría no poseía poderes regenerativos. Ese brazo no volvería.

Su mirada se movió hacia ellos mientras Kagome cerraba la shoji tras de sí, con expresión endurecida. No habló.

—Tengo algunas preguntas —empezó Inuyasha.

Sesshoumaru arqueó una ceja plateada, sus ojos pasaron de Inuyasha a Kagome. Definitivamente estaba debilitado por la batalla, se dio cuenta Kagome. Lo disimulaba bien, pero parecía ser todo lo que podía hacer para mantener la consciencia tras las heridas que había sufrido.

—¿Y necesitas a tu puta presente una vez más para que haga tu trabajo por ti, híbrido? —respondió con monotonía—. O tal vez todavía no, a juzgar por su olor. ¿Eres demasiado débil incluso como para reclamar a una humana, mestizo? Cuidado. Hay quienes no dudan en tomar cosas que eres demasiado débil como para conservar.

Su mirada se intensificó sobre Kagome por un momento antes de moverse, desafiante, hacia Inuyasha. Aunque se dio cuenta inmediatamente de que las palabras no eran más que un intento por sacar de quicio al hanyou, Kagome no pudo evitar sonrojarse con una mezcla de ira y vergüenza al entender la insinuación.

Inuyasha tampoco pasó por alto la amenaza velada. Dio un paso hacia delante, su mano se movió instintivamente hacia la empuñadura de Tessaiga. Kagome lo agarró por el brazo, reteniéndolo.

—El Tennō-sama ya ha más que demostrado quién es el débil aquí —dijo lo más fríamente que pudo—. Haría bien en admitir elegantemente su derrota, Sesshoumaru-sama, y responder a las preguntas de Su Majestad.

—Y tú harías bien en aprender cuál es tu lugar, humana —dijo Sesshoumaru, las comisuras de su boca se curvaron hacia abajo en gesto de desagrado—. No sea que tenga que enseñártelo yo, Sesshoumaru.

Inuyasha se movió, su figura, más grande, ocultó a Kagome completamente de la vista del daiyoukai. Movió un pulgar hacia arriba, soltando la espada de su funda significativamente.

—Difícilmente estás en posición de hacer amenazas, imbécil —soltó Inuyasha—. Ahora respóndeme. ¿Quién informó a la corte china de lo que estaba pasando aquí?

Kagome se quedó mirando la espalda del hanyou, sorprendida. No se le había ocurrido eso, pero tenía sentido. O, mejor dicho, no lo tenía. Inuyasha le había informado hacía tiempo de que todas las relaciones con China se habían venido ampliamente abajo con la muerte de su padre. El Emperador de allí, al enterarse de que era un hanyou el que iba a heredar el trono, había cortado todos los lazos con Japón y había retirado a todos los diplomáticos chinos que residían en la corte.

¿Por qué entonces habrían viajado las noticias tan lejos como hasta la corte china sobre lo que había hecho Inuyasha?

Sesshoumaru profundizó su frunce, un resoplido escapó de él. Más que otra cosa, el basto sonido traicionaba su fatiga.

—¿Que has degradado el linaje del Tennō? —dijo—. ¿Qué pasa, híbrido? ¿Habías esperado mantener tu vergüenza completamente confinada en un continente?

—¿Quién fue, Sesshoumaru? —insistió Inuyasha con impaciencia. Kagome se asomó desde detrás de él, atenta a la respuesta.

—El diplomático coreano que mantenías aquí en la corte —respondió Sesshoumaru—. Le llevó las noticias al Emperador chino en su visita a la corte. Creyó necesario que el Emperador chino estuviese al tanto de tales tejemanejes.

Inuyasha lanzó una mirada por encima de su hombro, intercambiando una mirada con Kagome. Compartieron el mismo pensamiento en ese momento.

No había habido ningún diplomático coreano en la corte.

—¿Cómo se llamaba? —presionó Kagome—. ¿Cómo era?

Sesshoumaru la miró en silencio durante varios momentos. Finalmente, su mirada de apartó de ella despectivamente. Parecía que había terminado de responder preguntas.

Inuyasha frunció el ceño, pero negó con la cabeza. Se volvió hacia Kagome.

—No importa —dijo—. Es más que probable que el nombre fuera falso. Dudo que una descripción vaya a ayudar mucho tampoco. Tengo todo lo que necesito.

Kagome concordó en silencio, frunciendo el ceño. Inuyasha se movió hacia la shoji, deteniéndose justo antes de abrirla.

—Por mucho que me gustaría sacarte a patadas de la corte, tengo la sensación de que solo volverías lloriqueando sobre algo tarde o temprano —dijo sin molestarse en darse la vuelta—. Así que, hasta que decida qué hacer, estarás aquí confinado. Y lo que dije ahí fuera lo dije en serio. Vuelve a intentar algo y te mataré sin pensármelo dos veces.

Sesshoumaru no respondió. Salieron de la sala.

—¿Qué crees que significa? —dijo Kagome, apresurándose tras él.

—No lo sé —dijo Inuyasha con el ceño fruncido.

Casi podía ver su mente trabajando frenéticamente detrás de sus ojos, buscando alguna suerte de explicación. La suya iba a toda velocidad, intentando repasarlo.

—Tiene que haber algo…

Se interrumpió cuando llegaron con Midoriko, que esperaba al borde de la barrera para escoltarlos hasta la salida.

—¿Ya ha terminado, Tennō-sama? —preguntó.

Él asintió bruscamente, sus pensamientos estaban en otra parte. Ella hizo una reverencia, dándose la vuelta y haciendo el mismo gesto que antes para abrir una parte de la barrera. La atravesaron y la cerró una vez más.

Kagome fue a seguir a Inuyasha de regreso al Dairi, ansiosa por discutir con él lo que acababan de escuchar. Pero Midoriko captó su atención y vaciló.

—Tennō-sama —dijo, captando la atención de Inuyasha—. Voy a quedarme aquí un rato con Midoriko-sama, si le place a Su Majestad.

Por un momento, Inuyasha pareció que iba a protestar, pero asintió.

—Bien —dijo—. Ven al Dairi cuando hayas terminado aquí.

Kagome hizo una reverencia en señal de reconocimiento e Inuyasha partió rápidamente. Se lo quedó mirando un momento, esperando que no se le ocurriese hacer algo impulsivo.

—Todavía estás un poco pálida —dijo Midoriko, recuperando su atención—. Ven. Tal vez un té te devuelva el color.

La miko más mayor la condujo hacia el salón principal del Chūwain, ordenándole a una de las discípulas del templo que pasaba por allí que preparase el té y se lo trajese sobre la marcha. Kagome se alegró de sentarse a la mesa baja que allí había, el ligero mareo asomó una vez más ahora que tenía un momento para pensar.

Levantó los ojos para descubrir a Midoriko observándola desde el otro lado de la mesa, un leve frunce profundizaba las arrugas alrededor de sus ojos y boca. Kagome parpadeó, inclinando la cabeza y entrelazando las manos en su regazo.

—Me disculpo de nuevo, Midoriko-sama —dijo—. De verdad que apenas regresé a la corte anoche. Ninguno de los cortesanos sabe todavía de mi regreso… bueno, no tal vez después de lo que acaba de acontecer, pero…

—Eso no importa por el momento —dijo Midoriko, interrumpiendo en seco su inconexa explicación—. Déjame ver tu mano una vez más, niña.

Midoriko extendió la mano a través de la mesa con la palma hacia arriba. Los ojos de Kagome se movieron de su rostro a la mano extendida, vacilando. Apoyó la mano en la de Midoriko.

La O-Miko cerró los ojos y Kagome experimentó la siempre extraña sensación de una energía ajena deslizándose por su brazo. Tuvo que hacer un esfuerzo para evitar retorcerse mientras la energía de Midoriko rodaba por su cuerpo, deslizándose bajo su piel como un frío fuego. Finalmente, Midoriko abrió los ojos una vez más, la sensación se disipó inmediatamente.

El frunce de Midoriko, sin embargo, solo se intensificó más.

—¿Ocurre algo, Midoriko-sama? —se atrevió a preguntar Kagome después de que la mujer no hablase durante varios momentos.

—Justo ahora, con la creación de la barrera —dijo Midoriko, gesticulando vagamente hacia el ala en el que Sesshoumaru estaba ahora confinado—. Sentí algo… extraño en ti mientras trabajábamos. Una hazaña tan pequeña tampoco debería haberte cansado hasta este punto. Seguro que tú también debes de haberlo sentido.

Kagome parpadeó, un ligero frunce hizo que juntara las cejas. Tal vez sí que se sentía un poco más cansada de lo que debería tras una tarea tan pequeña. Pero había estado viajando durante casi una semana con Inuyasha. El de anoche había sido el primer descanso decente que había obtenido en un tiempo. Y que la despertara tal caos… ciertamente no era tan extraño que se sintiera cansada, ¿no?

—La Shikon —dijo Midoriko en voz baja, recuperando su atención—. No creo… Es difícil saberlo con certeza, pero no creo que estuviese pensada para ser albergada dentro de un humano durante tan extensa cantidad de tiempo. Y la usas en ocasiones, ¿no? ¿Tomas de su energía?

—Bueno, yo… —titubeó Kagome—. Sí, aunque rara vez lo hago intencionadamente. Es más como… bueno, a veces simplemente sale. Cuando estoy acorralada o exhausta…

—Te refieres a que te utiliza a ti para protegerse —dijo Midoriko pensativamente—. Mientras permanezca dentro de tu cuerpo, permanece pura. Protege su pureza al protegerte a ti, su recipiente. Pero la clase de poder que posee la Shikon no está hecho para ser utilizado directamente por seres humanos.

Midoriko encontró su mirada directamente, su expresión era desalentadora. Kagome experimentó algo parecido al deslizar de dedos fríos por la longitud de su espalda.

—La energía en tu cuerpo es mucho más débil que cuando nos conocimos —dijo Midoriko en voz baja—. La Shikon… puedo sentir su energía mucho más claramente que la tuya. Parece estar intentando consumirte. Absorberte. Temo que esté empezando a causar grandes estragos en tu cuerpo, posiblemente unos profundamente dañinos.

Le siguió un intenso silencio. Kagome frunció el ceño, oyendo las palabras, pero sin ser muy capaz de procesar la idea.

—¿Qué? —consiguió decir de forma poco elegante.

—El poder de la Shikon está comenzando a agotar tu cuerpo —dijo Midoriko lo más amablemente que pudo—. Esas veces en las que la has usado y te has quedado agotada durante días después de hacerlo, eso es indicativo de ello, aunque esperaba que no fuera así. Es difícil saber cuánto daño se ha causado, pero…

La O-Miko se interrumpió, con los ojos fijos en el rostro de Kagome. Kagome frunció el ceño, sus labios se movieron varias veces antes de que pudiera pronunciar una palabra.

—Entonces… ¿portar la Shikon no Tama está acortando mi vida?

Midoriko vaciló durante un largo momento antes de asentir.

—Posiblemente —admitió con ojos abatidos—. Aunque tal vez, si descansas un tiempo o te recluyes para permitirle a tu cuerpo un tiempo para recuperarse…

Se interrumpió. Kagome no la miró, pero oyó con bastante claridad su incertidumbre. No había modo de saber si el tiempo o el descanso ayudarían. Además, Kagome sabía, sin tener que sopesarlo mucho, que esa no era una opción para ella.

—Podríamos sacarla —ofreció Midoriko tras un instante—. Podríamos sacarte la Shikon de tu cuerpo. Confieso que no estoy segura de qué efecto tendría hacerlo, pero al menos podríamos prevenir que se cause un mayor daño.

Kagome apenas había considerado la sugerencia antes de descubrirse negando con la cabeza. Era consciente de las horribles implicaciones de lo que le estaba diciendo Midoriko, pero se sentía extrañamente distante.

—No —dijo—. Kaede-sama depositó su fe en mí cuando colocó la Shikon no Tama dentro de mi cuerpo. He de protegerla yo. No confío en poder mantenerla a salvo si la sacáramos.

—Kagome…

Pudo oír el débil ruego en la palabra y comprendió la culpa detrás de ella. En cierto modo, Midoriko era responsable de esto. Responsable de que la Shikon no Tama estuviese comenzando a devorarla. Pero no se sentía asustada o enfadada. No, había una sensación de… de paz.

Levantó los ojos para encontrar los de Midoriko.

—De algún modo… nunca esperé vivir mucho tiempo —confesó, las palabras eran la única suerte de absolución en la que podía pensar para ofrecerle a la mujer.

Midoriko cerró los ojos como si le hubiera dado un golpe. Kagome frunció el ceño.

—Midoriko-sama —dijo en voz baja—, intentaré evitar usar la energía de la Shikon en el futuro. Seguro que usted puede a ayudarme a entrenar para hacerlo y tal vez ese será el fin de todo. Como ya ha dicho, no hay modo de saber cuánto daño se ha causado. Tal vez apenas sea nada en absoluto y de verdad hoy solo esté cansada.

Midoriko parpadeó lentamente, sopesándolo. Asintió, aunque no parecía completamente convencida.

—Supongo —dijo en voz baja—. Puede que no sea nada en absoluto. Tal vez simplemente esté malinterpretando lo que he sentido. Los caminos de la Shikon todavía son ampliamente un misterio para mí, después de todo.

—Sí —convino Kagome, ofreciéndole una sonrisa. Exacto. E incluso podemos comenzar nuestro entrenamiento para evitar que siga usando la Shikon en unos días, si eso la tranquiliza. Pero por ahora, he de ir con el Tennō-sama. Me temo que ya he hecho esperar demasiado tiempo a Su Majestad.

Se levantó, haciendo una rápida reverencia a su mentora antes de darse la vuelta para irse. Oyó la media llamada de Midoriko mientras se iba, pero no se dio la vuelta.

La puerta shoji se cerró sobre dos palabras que fueron apenas más que un susurro.

—Lo siento.


Kagome caminó durante un rato sin pensar en nada en particular. Sus ojos estaban ocupados con las vistas alrededor de ella, los edificios y algunos cortesanos como pájaros de brillantes colores revoloteando aquí y allá. Sus pies la llevaron automáticamente por la familiar ruta hacia el Dairi, torciendo y girando por los muros de las residencias y a través de jardines abiertos.

Su mente comenzó a encenderse de nuevo lentamente.

Le había mentido a Midoriko-sama. Más de una vez, ahora se daba cuenta.

La más inocua de sus mentiras había sido la excusa para acortar su conversación. Aunque estaba impaciente por hablar con Inuyasha lo antes posible, su conversación difícilmente había durado lo suficiente para tentar la paciencia del hanyou. Ni siquiera había empezado a explicarle su regreso a la corte a la miko mayor.

Simplemente había necesitado ponerle fin a la conversación. La pena y la culpa que había visto en el rostro de la otra mujer no era algo con lo que tuviera ganas de lidiar por el momento.

Era la otra mentira, la que era mucho más grande, la que ocupaba ahora principalmente sus pensamientos.

La Shikon estaba drenando su vida. Lo entendía con la clase de certeza inherente de la que no te podías deshacer. La cantidad de veces que había usado su poder hasta el punto de verse obligada a dormir durante días después de hacerlo simplemente para recuperarse… siempre había sentido vagamente que durante esas veces algo iba mal. Que se había causado un daño irreparable. Había sido fácil quitarle importancia a esa noción a medio formar hasta ahora.

Tal vez sacar la Shikon evitaría que se causase más daño. Tal vez no. En cualquier caso, no estaba dispuesta a sacarla. Le correspondía a ella guardarla hasta el final. Tampoco se podía permitir tomarse tiempo para descansar ahora. Inuyasha la necesitaba y no iba a abandonar sin más todo el trabajo que había invertido en la corte porque se sintiera un poco cansada.

Le había ocultado todos estos pensamientos a Midoriko. ¿Qué bien le haría a nadie que se sintiera culpable por lo que estaba pasando? No era algo que alguien pudiera haber predicho.

Además, Kagome encontró que podía decir con completa honestidad que no se sentía enfadada o molesta por ello. Para la mayoría, se habría sentido como si les estuvieran robando algo, que le arrebataban algo preciado. Pero incluso tras venir a la corte, Kagome nunca había sido capaz de obtener una imagen clara de cómo sería un futuro para ella. Había habido breves vistazos, pequeños tramos de fantasía, pero al final siempre se habían disuelto en lo borroso y lo irreal.

Tal vez simplemente había sido la forma de los kami de decirle que su vida no estaba destinada a ser larga.

Pero no había forma de saber cuánto tiempo tenía. Por lo que sabía, podían pasar años antes de que la Shikon terminase su trabajo de drenarla. Si solo estaba empezando a sentir los efectos ahora, seguro que tenía tiempo.

Sí, mientras pudiera asegurarse de que todo estaba dispuesto a tiempo, entonces estaría bien.

Parpadeó, dándose cuenta de repente de que estaba justo ante los aposentos de Inuyasha. El par de guardias que allí había le hizo una reverencia y ella se inclinó rápidamente en respuesta antes de hacer a un lado el tapiz de la entrada para pasar.

Inuyasha estaba sentado en medio de un montón de cojines que dominaban el centro de la habitación, los papeles estaban esparcidos descuidadamente a su alrededor. El escritorio que normalmente habría usado estaba irremediablemente destrozado tras los golpes de la noche anterior.

Kagome se quedó paralizada en la entrada, capturada por el panorama.

Ah, allí estaba.

Porque de repente pudo ver a Inuyasha, a Shippou, a Sango y a Miroku. Pudo ver a su madre, a su hermano y a su abuelo. No había pensado ni una vez en ellos. Una parte de ella se había negado.

Pero estas personas eran su vida. Estas eran las cosas que le estaban arrebatando. Una vida plena vivida con estas preciadas, preciadas personas.

Inuyasha levantó la mirada, palideciendo al verla. La expresión le pareció cómica y una pequeña carcajada escapó de ella, el sonido se vio ahogado por las lágrimas que descubrió que le bajaban por las mejillas. Se sorbió la nariz, levantando la mano para frotarse los ojos con sus mangas largas y lloró con más fuerza.

—E-Eh, ¿qué pasó? —dijo Inuyasha, estuvo a su lado en un instante—. ¿Qué diablos pasó, Kagome?

Levantó las manos, apoyándolas con incertidumbre sobre sus hombros. Ella se inclinó hacia delante, hasta que su frente estuvo presionada contra su pecho, escondiendo su rostro mientras la sensación la sobrecogía por completo.

—Kagome, ¿qué pasa? —insistió Inuyasha cuando ella no respondió tras varios momentos.

Intentó apartarla lo suficiente para poder verle la cara, pero ella lo rodeó con los brazos y se aferró con fuerza. Era difícil inhalar lo suficiente para hablar e hicieron falta varios momentos más antes de que pudiera formar una respuesta.

—Mi garganta —jadeó patéticamente, la única excusa que se le ocurrió—. Me duele.

Señaló lastimeramente los rasguños en su cuello del intento de estrangulamiento de Sesshoumaru, perfectamente consciente de que era difícilmente algo que garantizase esta suerte de reacción. Un silencio de desconcierto siguió a sus palabras.

—… ¿Qué?

Aun así, sus brazos la rodearon, presionándola contra su pecho. El cuerpo de Kagome se estremeció con la fuerza del sentimiento.

Él hizo unos pocos intentos poco entusiastas más por hacer que explicase lo que ocurría, pero principalmente la abrazó.

Kagome lloró, dándose cuenta tal vez por primera vez de lo completamente preciada que era su vida.


Inuyasha la miró con cautela. Kagome mantuvo la vista desviada a propósito, secándose los últimos restos de lágrimas de sus ahora fuertemente hinchados ojos.

Al fin había conseguido calmarse lo suficiente para soltarlo y ahora estaban sentados el uno frente al otro en los cojines. Era perfectamente consciente de que no se había creído ni por un momento la razón que había proclamado para lo que se había convertido rápidamente en una completa crisis nerviosa. Aun así, ella no dijo nada.

No tenía intención de contarle lo que le había contado Midoriko. Tenía bastante de lo que preocuparse sin involucrarse también en sus problemas. Además, ¿qué bien haría que lo supiera, de todos modos? En cualquier caso, había poco que pudiera hacerse.

Sí, mejor que ambos se concentrasen en cuestiones más importantes.

—El diplomático coreano —empezó, aclarando lo que quedaba de ronquez de su garganta—. ¿Qué crees que significa?

Inuyasha arqueó una ceja con incredulidad.

—¿De verdad no vas a decirme qué ha pasado? —dijo—. ¿Vienes aquí llorando desconsoladamente y no dices una palabra?

Kagome bajó los ojos a su regazo. Se encogió de hombros con afectada despreocupación.

—Ya te lo he dicho —dijo—. Me duele la garganta. Estoy más que un poco cansada y me desperté solo para observar cómo casi te matan y luego casi me matan a mí. ¿No tengo permitido llorar de vez en cuando?

Inuyasha parpadeó, le había pillado desprevenido esta línea de defensa.

—No es que… esté permitido o no —balbuceó—. Es que… normalmente no lo haces. No por cosas estúpidas.

—Bueno, discúlpame por ser estúpida —resopló Kagome.

—Yo no… Es decir… —dijo Inuyasha, perdiendo el hilo por completo de su propio argumento—. Mierda. Vale. Hablemos de una vez del diplomático coreano.

Kagome sonrió internamente.

—Bueno, ya sabemos que el diplomático era falso —dijo Kagome—. No ha habido ningún diplomático extranjero en la corte desde…

—Desde que murió mi viejo —completó Inuyasha por ella—. Sí, prácticamente cortaron lazos cuando todo empezó a venirse abajo. Aun así, sea falso o no, la persona sabía lo que estaba pasando aquí en la corte. Así que o estaba aquí o está en contacto con alguien que sí está.

—No puede haber estado aquí —señaló Kagome—. Rompiste la pantalla después de aprobar la prohibición de las visitas a las residencias. Una por año. Ningún cortesano ha dejado la corte desde entonces, ¿verdad?

Inuyasha asintió, sopesándolo.

—Sí —dijo—. Tienes razón. Nadie ha salido desde entonces, excepto… Entonces tendría que ser alguien en contacto con uno de los cortesanos que están aquí. Alguien de la corte se aseguró de que lo supiera, fuera quien fuese.

—Entonces, la pregunta es por qué —dijo Kagome.

—Puedo pensar en un par de razones —dijo Inuyasha—. Una de ellas ya está aquí en la corte. Sesshoumaru nunca mantuvo en secreto lo que pensaba de mí y de la decisión de mi viejo de ponerme en el trono, aunque el bastardo estaba tan escocido por ello que se fue sin pelear. Alguien que supiera eso habría sabido que las noticias serían suficientes para prender un fuego bajo el culo de Sesshoumaru.

—Ya veo —dijo Kagome—. Entonces su objetivo habría sido conseguir que Sesshoumaru volviese para que pudiese desafiarte por el trono. Eso tendría sentido. Hay varios clanes que sé que antes preferirían ver a un youkai completo en el trono y que apoyaron a Sesshoumaru durante la guerra por el trono. Pero ¿qué hay de la segunda razón?

Inuyasha se encogió de hombros.

—Puede que Sesshoumaru no haya sido un factor en absoluto —dijo—. Podría ser que solo resultase estar allí y le hiciera partir. El Emperador chino es un pez aún más gordo, después de todo. Y noticias como estas… bueno, el Emperador chino se oponía a que yo ocupase el trono desde el principio. No me sorprendería que esto fuese lo que lo volviese contra mí por completo.

Kagome abrió los ojos como platos.

—¿No querrás decir que crees que el Emperador chino iría de verdad contra ti? —dijo.

Inuyasha se encogió de hombros, negando con la cabeza.

—No sé —contestó, sus labios estaban dispuestos en una línea adusta—. Aunque no puedo decir que me sorprendería demasiado. Su ejército es más fuerte que el mío, eso seguro. Es todo cuestión de si está dispuesto o no a arriesgarse a una guerra por ello.

Kagome frunció el ceño, comenzando a mordisquearse distraídamente su labio inferior con los dientes.

—Entonces… —dijo lentamente, dándole vueltas en la cabeza—. Tenemos que enviar a alguien, a un diplomático nuestro, a la corte china. Si podemos conseguir que el Emperador chino escuche el bien que has estado haciendo, tal vez lo reconsidere. Solo necesitamos que vaya alguien a hablar en tu favor, que convenza al Emperador de que la guerra saldría demasiado cara y de que sería innecesaria para ambas partes.

Pero Inuyasha estaba negando con la cabeza.

—Incluso si un youkai hiciese el viaje, le llevaría meses llegar allí —dijo—. Llevaría demasiado tiempo. Además, no hay forma de saber si el Emperador aceptaría siquiera a un diplomático proveniente de mi corte. Lo más probable es que lo rechace. O que lo mate, si de verdad está tan dispuesto a comenzar una guerra.

—Entonces ¿qué? —preguntó Kagome, sus ojos inspeccionaron su rostro—. Tiene que haber algo que podamos hacer.

—Fortificar nuestras defensas a lo largo de la costa oeste —respondió Inuyasha—. Por ahí es por donde vendrá, si decide venir. Y puede que su ejército sea más fuerte, pero por lo que recuerdo, sus barcos no eran mucho comparados con los nuestros. Con una advertencia temprana como esta, puede que tengamos una oportunidad de defendernos.

Kagome frunció el ceño.

—¿De verdad crees que podemos permitirnos ir ahora a la guerra? —dijo—. Ni siquiera hemos empezado a solidificar los lazos con las aldeas. Y la situación aquí en la corte…

Se interrumpió, sintiéndose un poco agotada al pensarlo. Inuyasha negó con la cabeza.

—Mira, no te preocupes por eso —dijo—. Tú céntrate en las cosas aquí en la corte. Yo me ocuparé del resto. Además, una movilización bélica no es algo que tenga lugar de golpe. Tenemos al menos unos meses antes de que ocurra nada.

Kagome levantó la mirada hacia él, asintiendo lentamente. Soltó una exhalación.

—Sí —dijo en voz baja, más para sí que para él—. Supongo que tienes razón. Pero lo tendré en mente. Tal vez con un poco de tiempo pueda pensar en… bueno, algo…

Inuyasha la miró mal.

—Lo digo en serio, Kagome —dijo—. No te arrastré durante todo el camino hasta aquí para que puedas morirte preocupándote por mierdas. Yo me encargaré de esto, ¿de acuerdo?

Kagome se lo quedó mirando, un fuerte tirón resonó dentro de ella.

Puede que me esté muriendo, de todos modos.

Las palabras inundaron su garganta, vociferando casi con vida propia para que las dijera. Tenía tantas ganas de contárselo que pensaba que se atragantaría con las palabras si no las pronunciaba. Quería que la abrazara y la consolara, y que le prometiera que la protegería.

—¿Puedo dormir aquí esta noche? —se descubrió diciendo en cambio.

—Sí —respondió él casi al instante, entonces parpadeó como si no hubiera tenido control sobre la palabra que había escapado de él.

Kagome sonrió levemente. No había ninguna parte de ella que dudase de la indecencia de continuar haciendo esto con él, pero descubrió de repente que no le importaba tanto como le había importado una vez. Seguramente los kami podían permitirle unas cuantas pequeñas gratificaciones.

—Gracias —dijo en voz baja. Él se sonrojó levemente, apartando los ojos de ella.

—Yo… keh.

Kagome se levantó, sonriendo débilmente.

—Entonces regresaré esta tarde temprano —dijo.

Inuyasha levantó la mirada hacia ella, parpadeando, su bochorno se estaba desvaneciendo.

—¿A dónde vas? —preguntó, un ligero frunce tiró de las comisuras de sus labios.

—Hay una investigación que me gustaría hacer antes de que se anuncie mi regreso oficialmente mañana a la corte —contestó Kagome, con cuidado de mantener su respuesta vaga.

—¿Investigación? —repitió Inuyasha.

—Uno de mis compañeros de misión —respondió—. Hay algo que quiero investigar por él, ya que todavía no puede regresar a la corte.

El leve frunce no se disipó, pero el hanyou asintió.

—De acuerdo —dijo—. Hay unas cosas de las que tengo que encargarme con el Consejo, en cualquier caso. Solo… no te excedas, ¿vale? Acabas de volver. Nadie te culparía si quisieras descansar.

Kagome sonrió ligeramente, aunque mantuvo la mirada cuidadosamente desviada. Había un matiz amargo en la expresión que podía sentir, pero no borrar, y no deseaba que él lo viera.

—No —dijo—. No pasa nada. Habrá tiempo suficiente para que descanse cuando todo haya terminado.


Kagome agradeció que Inuyasha no la hubiera presionado más sobre el recado que pretendía hacer. Ciertamente no lo habría aprobado.

Ni tampoco Miroku, para el caso. Aun así, no estaba dispuesta a dejar estar las cosas hasta que él volviera. Después de todo lo que había hecho por ella desde que se habían conocido, lo menos que podía hacer era intentar investigar el asunto por él.

Tampoco podía ignorar que la araña estuviera relacionada de algún modo con lo que le había pasado a su padre. El padre de Inuyasha, el padre de Miroku, su aldea, el pequeño de aquí de la corte, Kohaku… se había encontrado con la araña demasiadas veces como para que fuera una mera coincidencia, pero hasta entonces todo seguía pareciendo muy aleatorio. Tal vez investigar lo que le había sucedido al padre de Miroku ayudaría a empezar a encajar las piezas.

En el tiempo que les había llevado volver a la corte a Inuyasha y a ella, había considerado varias veces cómo abordar el asunto a su regreso. La única pista que en realidad tenían era el abanico que apuntaba al clan Taira, pero eso era problemático en sí mismo. Los Taira nunca hablarían voluntariamente con ella y la única forma que había tenido de enterarse de lo que pasaba dentro del clan ya no le estaba disponible.

Necesitaría, entonces, otra forma de inquirir sobre ellos sin que se dieran cuenta de que lo estaba haciendo. Había hecho falta reflexionar un poco, pero finalmente había conseguido dar con su actual plan de acción.

Llegó a la residencia de la antigua Chūgū, no le sorprendió encontrarla desguarnecida. Era lo mejor, en realidad. Cuanta menos gente la viera ir y venir, mejor. Probablemente los únicos que estuviesen en la residencia serían ella y los sirvientes asignados para mantener los terrenos hasta que regresase, lo que se adecuaba bastante bien a sus propósitos.

Atravesó las puertas exteriores y entró por la entrada principal, deambulando un tiempo antes de encontrar a nadie. En un pequeño pasillo lateral, al fin se encontró con un par de sirvientes, estaban de pie y charlando ociosamente entre ellos. Se detuvieron cuando dobló la esquina, los ojos de la mujer, que tenía una visión más clara de ella, se abrieron como platos.

—Miko-sama —dijo, haciendo una reverencia apresuradamente. El hombre a su lado se giró, imitando el movimiento en cuanto la vio.

—Miko-sama —dijo—. Mis disculpas. No habíamos recibido noticia alguna de su llegada. La residencia no está en un estado habitable por el momento, pero si nos da un poco de tiempo, podemos despejar al menos unas cuantas habitaciones para usted. Me disculpo de nuevo.

—Por favor, no se preocupen por eso —dijo Kagome, gesticulando para que se irguieran—. Acabo de volver. Sé que no se ha informado de nada. Solo venía en busca de Chūsei-san. Tengo que hablar con ella, si saben dónde puedo encontrarla.

La mujer asintió.

—Creo que está fuera, en los jardines —dijo—. Lleva a Miko-sama a la sala de té oriental. Es la más limpia, creo.

Lo último iba dirigido al hombre y este asintió. Haciendo una reverencia más, le indicó a Kagome que lo siguiera mientras la mujer se dirigía a los jardines.

El hombre la condujo a la sala de té oriental, escasamente amueblada y con un ligero olor a humedad por haber estado cerrada en su ausencia. Pero los tatami estaban lo bastante limpios y, después de coger un par de cojines, el hombre abrió la shoji exterior para dejar que se airease la sala. El día estaba lo bastante cálido para que se estuviera cómodo en la sala incluso con la shoji abierta y el hombre fue a buscar té y una comida ligera.

Pasaron varios momentos antes de que la shoji interior se abriera una vez más, esta vez para revelar a Chūsei. La mujer sonrió ampliamente al verla y Kagome sintió que una sonrisa en respuesta se extendía por su rostro. Se puso de pie mientras Chūsei avanzaba y se encontraron en un abrazo a medio camino.

—Mírese —murmuró Chūsei en tono de reprimenda contra su pelo, su voz estaba llena de emoción—. ¡Unos meses fuera y se ha puesto así de delgada! ¿No le he advertido siempre que debe comer bien? ¿No he dicho siempre que…?

—Un buen día se construye con una buena comida —terminó Kagome por ella, bastante familiar con la frase después del tiempo que había pasado confinada con Chūsei prácticamente como su única compañía—. Sí, lo recuerdo.

—Obviamente no lo bastante bien como para cumplirlo —resopló Chūsei, aunque sin auténtica intención.

La mayor se echó hacia atrás lo suficiente para examinar su rostro, su sonrisa se desvaneció un poco.

—Parece cansada —comentó en voz baja.

Kagome no pudo evitar sonreír, reconfortada por el aura maternal que exudaba la mujer. Se encogió de hombros.

—Estoy cansada —admitió—. Pero es inútil preocuparse por eso. Descansaré cuando esté hecho todo.

Chūsei frunció el ceño.

—El problema aquí es —dijo— que, con usted, las cosas nunca están hechas.

Kagome concedió ese punto en silencio, su sonrisa se desvaneció ligeramente. Chūsei suspiró, dándole un nuevo abrazo antes de hacer un gesto para que Kagome volviera a sentarse. Lo hizo y Chūsei ocupó el cojín que tenía enfrente.

—Me alegro de ver que ha regresado a salvo a la corte —dijo Chūsei—. Había oído rumores entre los sirvientes de que la habían visto esta mañana entre el… bueno, entre todo ese caos, pero me imaginé que vendría a buscarme en cuanto estuviese lista.

Kagome asintió, deteniéndose cuando la shoji se abrió una vez más. El hombre de antes hizo una reverencia antes de entrar, colocando té, tsukemono y arroz ante ellas antes de salir de nuevo.

Chūsei miró de la comida a Kagome, dirigiéndole una mirada significativa a la más joven. Kagome cogió los hashi obedientemente, preguntándose si de verdad había perdido tanto peso en los meses que había estado fuera. No se notaba más delgada, pero no es que hubiera tenido exactamente mucho tiempo para tomar en cuenta su cuerpo últimamente.

Comió lo suficiente para satisfacer a la mujer antes de hacerlo a un lado, con intención de volver a su objetivo original.

—Si eras consciente de que había regresado, entonces ¿puedo asumir que todo sigue en su lugar? —dijo, asumiendo la vaga manera de hablar que usaban para referirse a la red de sirvientes bajo el mando de Chūsei.

Chūsei asintió, un poco de orgullo irguió las comisuras de su boca.

—Perfectamente en su lugar —respondió—. Y creciendo.

Kagome arqueó las cejas.

—¿Creciendo? —repitió. Chūsei asintió una vez más, la sorpresa de Kagome pareció complacerla aún más.

—¿Creía que las cosas en la corte se quedarían quietas en su ausencia? —bromeó amablemente—. La corte sigue cambiando incluso sin usted aquí para espolearlas. Pero no se preocupe. He continuado informando de todo a Su Majestad. O lo hacía, hasta que…

Se interrumpió, lanzándole a Kagome una mirada de incertidumbre. Kagome parpadeó, dándose cuenta de que estaba aludiendo a la desaparición de Inuyasha.

—¿Qué sabes, Chūsei-san? —preguntó tentativamente.

Chūsei negó con la cabeza.

—No mucho —contestó—. Solo que el Tennō-sama se había retirado completamente de la vida en la corte desde la boda de Su Majestad, esta mañana ha sido la primera vez que Su Majestad ha emergido en más de dos semanas. Supuestamente, la razón para la retirada de Su Majestad era para permitirse tiempo con la Emperatriz para disfrutar de su nuevo matrimonio. Aunque sé que la razón es falsa.

Vaciló, mirando a su alrededor para asegurarse de que no había nadie que pudiera oírlas.

—Es Su Majestad, la Emperatriz —dijo Chūsei finalmente, frunciendo el ceño y manteniendo la voz baja como precaución adicional—. Ha dejado la corte. Se fue solo dos días después de la ceremonia de boda. ¿Quién hubiera pensado que un matrimonio podría encontrar tal problema como ese tan rápido? Peor aún, si no sale un heredero de esas primeras noches, el matrimonio será nulo y Su Majestad tendrá que buscar otra esposa para engendrar un heredero, o al menos tomar una concubina. No puede haber ninguna estabilidad aquí en la corte hasta que el Tennō-sama engendre un heredero, después de todo…

—Espera —dijo Kagome, sosteniendo una mano en alto para detener el rápido flujo de información—. Por favor, espera solo un momento. Sabes de la partida de Kik… ¿Sabes de la partida de Fujiwara-sama? ¿Los sirvientes lo saben?

Chūsei parpadeó, sorprendida ella misma.

—¿Lo sabe, Miko-sama? —preguntó.

—Yo… hablé con Su Majestad a mi regreso —dijo una mentira blanca, apartando la mirada de la mayor—. El Tennō-sama me informó de ello. Pero ¿qué hay de ti, Chūsei-san? ¿Cómo te enteraste?

—De la misma forma en que me entero de todo lo demás —contestó Chūsei—. Por los sirvientes. Su Majestad se llevó a varios con ella al irse. Algo como eso se extiende entre nosotros como un fuego incontrolado. Habría sido imposible mantenerlo completamente en secreto, aunque tengo entendido que un guardia intentó mantener silenciados a los sirvientes que lo presenciaron.

Kagome frunció el ceño, un presentimiento creció en la boca de su estómago. A pesar de sus esfuerzos, Akitoki-sama había sido incapaz de evitar que se filtrase todo.

—No hay de qué preocuparse, Miko-sama —dijo Chūsei, viendo la consternación creciendo en su rostro—. La información sí se extendió entre los sirvientes del Dairi, pero me aseguré de ponerle fin tan pronto llegó a mí. Sabía que no sería bueno para Su Majestad si se filtraba y, además, el Tennō-sama no se merece que todos se entrometan en el matrimonio de Su Majestad. Le prometo que ninguno de los cortesanos sabe nada de lo que ha ocurrido.

Chūsei le ofreció una pequeña sonrisa tranquilizadora. Kagome exhaló un suspiro de alivio, se le aflojó la tensión de su estómago. Por supuesto que Akitoki-sama habría sido incapaz de controlar a los sirvientes. A pesar de que estaban allí para servir a los cortesanos, Kagome sabía perfectamente que en realidad solo hacían caso a los suyos en lo relativo a asuntos como este. Por tanto, parecía que Chūsei también había jugado un papel vital en mantener el orden en la corte, a pesar de todo lo que había pasado.

—Gracias —dijo, perfectamente consciente de lo inadecuadas que eran sus palabras—. Le has hecho a Su Majestad un gran servicio.

Chūsei sonrió, negando con la cabeza.

—A pesar de que el Tennō-sama no es la persona más… amigable, he descubierto que me cae bastante bien Su Majestad —dijo—. Me alegra haber sido de ayuda.

—Pero ¿qué dijiste de un heredero? —dijo Kagome, recordando lo otro que había captado su atención—. ¿A qué te refieres? ¿De verdad podría anularse el matrimonio?

Hubo un tiempo en que la idea le habría traído una suerte de alivio egoísta. Pero, por el momento, le perturbaba. El matrimonio de Inuyasha era una especie de barrera. Había decidido quedarse al lado de Inuyasha, estar con él sin estar nunca con él. El matrimonio hacía tal resolución mucho más simple. Era fácil no esperar nada de un hombre que ya se había prometido a otra mujer. Pero, si el matrimonio se disolvía, Kikyou no solo estaría probablemente más devastada, sino que ella…

—Bueno, los matrimonios de los Tennō-sama son ampliamente por el bien de engendrar un heredero para asegurar el trono —dijo Chūsei, interrumpiendo sus pensamientos—. Ha visto por usted misma el caos que puede ocurrir cuando la sucesión no va según lo planeado. Por eso, el Tennō-sama a menudo toma una esposa y múltiples concubinas, para asegurar que al menos una de las mujeres tendrá un hijo para ocupar el trono. Como ese es el caso, que una esposa oficial no puede dar a luz a un hijo… bueno, no sería la primera vez que se anula un matrimonio.

Kagome frunció el ceño, sopesándolo. Se dio cuenta de que no tenía ni idea de exactamente cuánto tiempo después de la ceremonia de boda se había marchado Inuyasha. No sabía si había habido tiempo suficiente para que ellos… se sonrojó al pensarlo. Y ciertamente no iba a preguntárselo a Inuyasha.

No, simplemente tendrían que asegurarse de que Kikyou regresase pronto a la corte. Evidentemente, era importante que hubiese un heredero por el bien de la estabilidad de la corte y… detuvo esa línea de sus propios pensamientos. Esa era una realidad con la que esperaría para lidiar hasta que la tuviera delante.

—Entiendo —dijo Kagome—. Pero no hay de qué preocuparse. Fujiwara-sama solo necesita un tiempo para poner en orden sus pensamientos, estoy segura. Regresará pronto y estoy segura de que le seguirá un heredero no mucho después.

Evitó la mirada de Chūsei mientras decía las últimas palabras, temiendo lo que la mayor pudiera ver ahí. Chūsei asintió.

—Es bueno oírlo —dijo—. Confieso haber estado más que un poco preocupada cuando me enteré de lo que había pasado. Pero es comprensible. Su Majestad debe de estar bajo una gran presión.

Kagome reflexionó silenciosamente que Chūsei no sabía ni la mitad. Pero rezó porque tuviera razón y que el tiempo y un poco de persuasión trajeran a Kikyou de vuelta a la corte más pronto que tarde.

—Acudí a ti por otra razón —dijo Kagome, recordando una vez más su propósito original para buscar a Chūsei—. Tengo que hacerte una petición importante, si estás dispuesta.

Chūsei asintió para indicar que la escuchaba.

—Es un asunto bastante delicado y requerirá mucha discreción por tu parte y por parte de quien puedas reclutar para ayudarte —explicó Kagome—. Pero confío en que, si hay alguien en la corte capaz de ello, esa eres tú. Por decirlo abiertamente, necesito que investigues al clan Taira por mí.

Chūsei alzó las cejas con incredulidad.

—¿A los Taira? —repitió—. No sé si eso es posible. Ha habido un gran progreso desde su partida a la hora de obtener acceso a sirvientes de clanes que solían aliarse con los Taira, pero de momento no he sido capaz de conseguir que un solo sirviente del clan Taira hable conmigo. Temo insistir demasiado por si descubren lo que tramo.

Kagome asintió.

—Eso suponía —dijo—. La información que necesito es bastante específica y no requiere que provenga de los mismos Taira. Incluso testigos serían suficientes. Verás, había una mujer llamada Fuyumi. Era una aldeana como yo, pero tengo razones para creer que la trajeron aquí a la corte durante un tiempo para vivir entre los Taira como una amante. Necesito saber lo que le ocurrió aquí, hasta el último detalle que se pueda encontrar.

»Pensé que podrías preguntarles a los sirvientes que trabajan para clanes que tengan lazos cercanos con los Taira. Cualquiera que recuerde algo sobre ella sería de gran ayuda. Además, también estarían bien cualesquiera preguntas que se puedan hacer sutilmente a esos miembros de clanes que puedan saber algo. No me preocupan demasiado los demás clanes, pero por encima de todo, los Taira no deben saber que yo ni nadie va haciendo preguntas. ¿Crees que sería posible? Ciertamente eres libre de negarte si la petición te preocupa en algún sentido.

Chūsei tenía el ceño fruncido ligeramente en contemplación.

—No me preocupa especialmente —dijo lentamente—. Después de todo, no suena mucho más peligroso de lo que ya hemos hecho. Más que nada, tengo curiosidad, supongo. ¿Quién es esta tal Fuyumi? ¿Qué tiene de importante? Si simplemente tiene curiosidad sobre la práctica de que los nobles tomen a aquellas de origen plebeyo como amantes, entonces puedo decirle que es más común de lo que cree. Los nobles tienden a tratar a las plebeyas, sirvientas incluidas, más como una propiedad que como personas, aunque normalmente mantienen una apariencia de decoro al mantenerlas en sus residencias exteriores.

Kagome parpadeó, almacenando esta información para tenerla en cuenta más adelante. Negó con la cabeza ante Chūsei.

—No es eso en lo que estoy interesada —contestó—. Y en cuanto a quién era Fuyumi… bueno, supongo que no sé mucho más de ella que lo que ya te he contado. En cuanto a por qué es importante, tampoco puedo decir que esté segura de eso. Es parte de lo que espero descubrir, en realidad. Lo que sí sé es que estuvo involucrada de algún modo en la muerte del padre de uno de mis amigos más íntimos.

Kagome no creyó inteligente revelar mucho más que eso. Una cosa era pedirle a Chūsei que recopilase información sobre esta mujer, pero revelarle nada sobre la araña la involucraría más profundamente de lo que Kagome estaba dispuesta a arriesgarse. Cuanto menos supiera, más segura estaría. Simplemente dependería de Kagome encajar todas las piezas en cuanto supiese más sobre Fuyumi.

Chūsei serenó su expresión.

—Lo siento —dijo—. No pretendía entrometerme en asuntos incómodos. Estoy más que dispuesta a ser de ayuda, si puedo. No debería ser demasiado difícil encontrar a algunos sirvientes de las casas de los clanes con conexiones estrechas con los Taira para hablar con ellos. Obtener información de los propios cortesanos puede ser difícil, pero me aseguraré de que mi gente sepa ser tan silenciosa sobre el tema como pueda.

Kagome asintió, sonriendo.

—Gracias, Chūsei —dijo—. De verdad y por todo. El trabajo que has estado haciendo es inestimable para el Tennō-sama y para mí.

Chūsei sonrió, bajando la mirada con modestia.

—Mientras usted lo sepa —bromeó, dirigiéndole a Kagome una mirada traviesa—. Además, todos nos alegramos de hacerlo. De sentirnos como si fuéramos parte de algo importante. Mientras Su Majestad y usted no nos olviden, los sirvientes están contentos de ser sus ojos y oídos durante todo el tiempo que nos necesiten.

Kagome ensanchó la sonrisa mientras estiraba una mano hacia la mayor. Chūsei la agarró en respuesta, presionando su palma.

Por primera vez en días, Kagome sintió la ligereza del alivio. Akitoki-sama, Chūsei, los sirvientes… sola, habría sido incapaz. Pero no estaba sola. Incluso si su cuerpo cedía, estarían allí para llevarla. No estaba sola.


Kagome regresó al Dairi y a los aposentos de Inuyasha después de terminar de hablar con Chūsei. Habían pasado un tiempo solamente poniéndose al día, Kagome compartió con la mujer qué había estado haciendo mientras estaba fuera de la corte y Chūsei le dio la versión condensada de lo que le había estado informando a Inuyasha en su ausencia.

Kagome confiaba lo suficiente en la mujer como para contarle lo que había estado haciendo con las aldeas y le complació ver su fe recompensada cuando la mujer se animó con las noticias. A Chūsei la habían traído a la corte como sirvienta cuando era joven, pero un gran número de miembros de su familia todavía vivían fuera, en las aldeas.

Por tanto, para cuando hubieron terminado de hablar, había empezado a caer la noche. Era tarde para cuando Kagome llegó a los aposentos de Inuyasha, aunque los encontró vacíos. Afortunadamente, eso significaba que no había guardias que la vieran entrar en lo que bien podría considerarse una hora indecentemente tardía. Tomó nota mental de tener más cuidado con tales consideraciones en el futuro, pero entonces se dio cuenta de que tal nota mental implicaba la ocurrencia de tales eventos en el futuro. Decidió no pensar en ello.

Encendió un par de faroles para iluminar la oscura cámara, preguntándose si debería esperar a que volviese Inuyasha. Después de un rato, decidió que simplemente se iría a dormir. Estaba bastante cansada y cuanto más tiempo estaba sentada sola en la habitación, más intentaban vagar sus pensamientos hacia cosas con las que había decidido no obcecarse en su mente. Ahora que él había anunciado la reunión de la corte para el día siguiente, sabía que al menos tendría un día más con él para tratar una estrategia antes de que partiera tras Kikyou.

Era un poco presuntuoso, pero decidió usar el futón de Inuyasha una vez más. Era la opción más cómoda, después de todo, y él mismo había dicho la noche anterior que estaba dispuesto a usar los cojines para dormir. Seguro que no le importaba deponerlo una noche más.

Normalmente, se habría puesto una yukata ligera para dormir, pero no había ninguna disponible en los aposentos de Inuyasha. En cambio, simplemente se quedó con el haori, doblando el hakama y disponiéndolo al lado del futón. Estaba demasiado sucio para poder dormir cómodamente en él y el haori era lo bastante largo como para no comprometer realmente su modestia, salvo porque no estaba hecho para que durmiera con él.

Kagome se acostó y estuvo dormida en unos instantes.


Un tiempo más tarde, se medio despertó cuando algo se movió en el futón.

—Déjame sitio —murmuró una voz.

Ella obedeció sin pensar, rodando un poco sobre un costado. El calor de otro cuerpo se acomodó a su lado y se acercó a él. Un brazo pasó sobre ella, acercándola.

—¿Qué tal fue? —preguntó, las palabras fueron farfulladas pesadamente con sueño. No se molestó en abrir los ojos.

—Keh —resopló—. ¿Tú qué crees? Los viejos bastardos enfadados siguen estando enfadados y siendo viejos. Duerme.

Kagome hizo un vago sonido se asentimiento, ya hundiéndose rápidamente de nuevo en las profundidades del sueño.

Una pequeña parte de ella se dio cuenta, mientras se quedaba dormida, de que no debería haberle parecido tan natural. No debería haber sido tan cómodo estar acostada a su lado e irse a dormir con el bajo retumbar de su pulso contra su oído donde estaba apoyado contra su pecho. Este no debería haber sido su sitio.

Pero lo era.


Kagome fue la primera en despertarse a la mañana siguiente, sorprendida por encontrar a Inuyasha todavía profundamente dormido a su lado. Normalmente él necesitaba dormir menos que ella, pero tal vez el viaje de regreso a la corte le había supuesto más de lo que había dejado entrever.

Se quedó quieta varios momentos, reacia a moverse y arriesgarse a despertarlo. Sus piernas se habían entrelazado con las de él en algún momento de la noche, el brazo de él colgaba alrededor de su hombro y la mano de ella estaba metida bajo el costado de él en busca de calor. Su rostro, relajado y casi infantil mientras dormía, estaba un milímetro por encima del suyo.

Kagome estiró su mano libre tentativamente, vacilando por un momento antes de pasar las puntas de los dedos ligeramente sobre su pómulo y el afilado puente de su nariz. Sus pestañas, más oscuras y largas que las de ella, se movieron ante el contacto, pero por lo demás no se movió. Estaba completamente relajado y su corazón se infló en su pecho al verlo.

Se dio cuenta de que en realidad nunca lo había mirado desde tan cerca. La simetría de duras líneas de su rostro, la línea oscura de su ceño, la sorprendente suavidad de su piel… ¿era posible que alguien tuviese ese aspecto? Casi parecía injusto.

Pero si momentos como estos eran su recompensa, Kagome sintió que podría vivir sin arrepentimientos.

Levantó la mano, apartándole suavemente un poco del pelo que se había deslizado sobre su rostro mientras dormía. Inuyasha se movió más ante el contacto, la mano que tenía sobre su espalda la atrajo instintivamente contra su cuerpo.

Kagome parpadeó.

Algo se presionaba contra su bajo vientre. Inuyasha flexionó las caderas, presionándose con más firmeza contra ella. Su rostro estalló en llamas.

Su experiencia con la sanación le había permitido un conocimiento riguroso de los cuerpos vivos como para confundir lo que estaba pasando.

Inclinó lentamente la cabeza, levantando la mirada una vez más hacia el rostro de Inuyasha. Para su sorpresa, se encontró con unos ojos dorados entreabiertos, todavía borrosos por el sueño. Como mucho, supuso, estaba medio despierto.

Cuando sus ojos encontraron los de él, se movió, su cuerpo se giró y sus piernas entrelazadas la atrajeron hacia él. Entonces estuvo sobre ella, su cálido peso presionado completamente contra ella. Su rostro estaba en la curva de su cuello, el aliento cálido contra el punto donde su garganta se unía a su hombro. Flexionó las caderas una vez más, su rigidez se presionó contra la cuna de sus caderas. Un estremecimiento recorrió a Kagome y fue incómodamente consciente de la pesadez de sus pechos incluso a través de los vendajes de su pecho.

Su mente se había puesto completamente en blanco, pero siguió el primer instinto que se le ocurrió.

Empujó a Inuyasha y rodó para salir del futón.

El corazón le retumbaba en los oídos, pero aun así pudo oír el juramento somnoliento de Inuyasha al verse abruptamente plenamente consciente. Miró hacia él, apoyando una mano contra su pecho como si pudiera calmar el martilleo errático de su corazón. Notaba la piel incómodamente sensible por todas partes.

Él se la quedó mirando, las últimas trazas del sueño se aclararon lentamente de su expresión. Pero por un momento pudo verlo en su rostro, con sus pupilas dilatadas y oscuras, sus ojos entrecerrados mientras recorrían su figura. Tras un momento, Inuyasha se sonrojó débilmente, apartando la mirada. Kagome entrelazó las manos con fuerza en su regazo, con los ojos fijos en ellas mientras intentaba concentrarse en algo que no fuera el tamborileo bajo que todavía podía sentir retumbando por su cuerpo.

—Lo siento —murmuró, incapaz de levantar la mirada—. Me estabas aplastando un poco.

—Oh —contestó sin más.

Pasaron varios momentos de silencio.

—Deberíamos prepararnos para la reunión de la corte —dijo Kagome finalmente, consiguiendo recuperar una apariencia de compostura—. Está fijada para esta tarde, ¿no?

Inuyasha asintió y entonces, al darse cuenta de que ella no lo veía dijo:

—Sí. Puedo llamar a unas sirvientas para que te ayuden a prepararte.

Kagome negó con la cabeza.

—No creo que sea inteligente —dijo, refiriéndose oblicuamente a la indecencia de su disposición actual.

—Oh —dijo Inuyasha, dándose cuenta también tras un momento—. Sí.

Pasó otra pausa silenciosa.

—Puedo ir a la residencia de la antigua Chūgū a prepararme —dijo Kagome tras un momento—. Hay sirvientes allí para ayudarme. Pero me preguntaba… ¿qué deberíamos hacer con Fujiwara-sama? Su ausencia hoy no es algo que realmente podamos ocultar.

Kagome casi pudo sentirlo poniéndose tenso ante la mención de la mujer. Una pesadez pareció crecer entre ellos, como un muro colocándose en su lugar. Kagome experimentó una punzada, pero la ignoró resueltamente. Ya se había permitido bastantes tonterías por una mañana.

Inuyasha se encogió de hombros, el gesto fue más mordaz de lo debido. Negó con la cabeza.

—Se me ocurrirá algo —dijo, incapaz de encontrar su mirada—. Y tan pronto termine la reunión, encontraremos un modo de mantener las cosas estables aquí mientras voy tras ella. Tengo que ir a por ella. No puedo dejarla sola ahí fuera.

Lo último lo dijo casi con recelo, un ruego por un poco de comprensión. Kagome cerró los ojos.

—Lo sé —dijo—. Lo entiendo.

Un largo momento de silencio se extendió entre ellos. Finalmente, Kagome se obligó a ponerse de pie, yendo a por su hakama.

—¿Te importaría llevar a los guardias a otra parte? —dijo en voz baja—. Debería irme ahora si quiero estar lista a tiempo.

Inuyasha asintió, aunque no habló. Se puso de pie, colocándose la ropa por un momento antes de salir sin ni siquiera mirarla.

Kagome lo observó marcharse, se le encogió ligeramente el estómago.


Apenas le llevó nada de tiempo a Chūsei y a algunas de las demás sirvientas de la residencia de la Chūgū ayudarla a prepararse. Insistieron en darle un baño, sacaron la bañera y la frotaron concienzudamente. Por una vez, a Kagome no le importó mucho. Había pasado un tiempo desde la última vez que había podido lavarse adecuadamente y era agradable sentirse limpia otra vez.

Desafortunadamente, decidieron que, como esta reunión también serviría para anunciar su regreso a la corte, era necesario un juni-hito. Chūsei fue quien insistió con más fuerza y Kagome no pudo evitar sentir que la mayor obtenía alguna suerte de diversión al tratarla como a una muñeca.

Para cuando hubieron terminado de colocarle la ropa, el pelo y el maquillaje, era hora de que fuera al Daigokuden, donde iba a tener lugar la reunión. Se despidió de las sirvientas y partió, usando el ligero parasol que le habían proporcionado para bloquear los rayos del sol del mediodía.

Al llegar, descubrió que muchos de los cortesanos ya estaban presentes, cientos de abanicos trabajaban para enfriar a sus dueños dentro de la sala. Entre varias miradas y murmullos, Kagome tomó su lugar en la tarima, agradecida de que, por una vez, no se le requiriese esperar hasta que todos los demás estuviesen sentados de forma que desfilara ante ellos. Una rápida mirada le mostró que el cojín que normalmente habría servido como el sitio de Kikyou no estaba. Se preguntó cuántos de los demás también lo habrían notado.

Los cortesanos siguieron entrando lentamente hasta que casi se llenó todo el espacio dentro de la sala. Entre todos los cuerpos metidos en un espacio y la creciente calidez del día que hacía fuera, el salón estuvo pronto incómodamente cálido. Kagome rezó por que la reunión no durase demasiado, resistiendo la urgencia de tirarse del cuello del juni-hito para aflojarlo.

Finalmente, vio la figura de Inuyasha llenando la entrada, la sala se quedó en silencio mientras avanzaba hacia la tarima. Aparentemente había decidido que la ocasión ameritaba más ceremonia de la habitual, vistiendo el kikuji no ho y el kanmuri en lugar de su atuendo habitual. A Kagome le complació su decisión (teniendo en cuenta la presencia de su hermano en la corte, todo recordatorio que pudiera congregar de su derecho al trono era bueno), aunque simpatizaba profundamente con la incomodidad que debía de estar sintiendo con este calor.

Ocupó su lugar a la cabeza de la tarima, con expresión solemne, y todos los ojos estuvieron sobre ellos. Kagome se sentó más recta, componiendo su propia expresión en una apariencia de impasibilidad regia que recordaba que Kikyou a menudo portaba en tales eventos.

—Primos —empezó Inuyasha, proyectando la voz ruidosamente para que recorriese toda la sala—. Mis agradecimientos por vuestra presencia hoy aquí. Comenzaré con la reintroducción de una de los nuestros en la corte.

Gesticuló en dirección a Kagome y ella inclinó ligeramente la cabeza.

—La Miko Kagome ha regresado recientemente con nosotros de su misión fuera de la corte —continuó Inuyasha—. La Miko ha trabajado duro por el bien de la corte y ha tenido gran éxito en su misión. Le extiendo mi más profundo agradecimiento, le doy la bienvenida y deseo que todos hagáis lo mismo, primos.

Casi como una, la multitud inclinó su cabeza colectiva, los abanicos se movieron en un gesto de bienvenida. Era difícil medir la reacción de tantos a la vez, pero por lo que podía ver Kagome, no había un aparente descontento importante ante las noticias de su regreso.

Inclinó la cabeza en respuesta, moviendo su abanico en un gesto que recordaba que indicaba gratitud. No estaba segura de si era la respuesta correcta, pero sentía que había que hacer alguna suerte de gesto.

—Me complace estar una vez más entre ustedes —dijo—. Y gracias por darme la bienvenida de nuevo entre ustedes.

Detrás de ella, Inuyasha asintió antes dirigir la mirada una vez más hacia el público.

—Ahora, para responder a la razón principal para nuestra reunión de aquí hoy —dijo—. Como muchos presenciasteis ayer por la mañana, mi… señor hermano ha regresado a la corte de sus estudios en la corte china. Ayer intentó aseverar su propio derecho al trono e intentó quitármelo a la fuerza. Yo, no obstante, soy el heredero legítimo al trono, como sois perfectamente conscientes. Mi estimado padre me lo legó a mí antes que a mi señor hermano. Y si la palabra escrita no basta para satisfaceros en cuando a la legitimidad de mi proclamación, ayer vencí a mi señor hermano en batalla con la espada de mi honorable padre.

Inuyasha se levantó, sacando a Tessaiga deliberadamente de su vaina. La espada se transformó en un remolino de youki y, con un diestro giro de su muñeca, Inuyasha plantó el enorme colmillo ante él en la tarima. Sus ojos barrieron la sala al completo y toda actividad cesó momentáneamente mientras los cortesanos esperaban a que continuase.

—Actualmente mantengo a mi señor hermano confinado, como castigo por su intento de golpe de Estado —dijo Inuyasha—. Por ley, tengo derecho sobre su vida, si así lo deseo. No lo deseo. No creo que mi honorable padre desease que sus… hijos estuviesen enfrentados. Por tanto, continuaré con el confinamiento de mi señor hermano hasta que esté preparado para arrepentirse y someterse a mi autoridad.

Inuyasha hizo una pausa. Los susurros habían empezado en varios grupos entre la multitud, había cortesanos hablando y gesticulando rápidamente mientras se agrupaban. Inuyasha les concedió un momento antes de hablar una vez más.

—Si tenéis alguna duda, la resolveré ahora. Hablad ahora o terminaremos con este asunto para siempre.

Un humano se levantó en el extremo derecho de la sala. Kagome frunció el ceño, esforzándose por recordar el nombre del hombre o el de su clan. Descubrió que no podía, pero la proximidad de su clan con el Minamoto indicaba que podría pertenecer a unos de los clanes menores que se asociaban con ellos.

—Hojo Yosuke —se dirigió a él Inuyasha, confirmando su suposición—. Habla.

Hojo Yosuke hizo una reverencia.

—Solo me gustaría decir que nosotros, el clan Hojo, apoyamos la decisión de Su Majestad —dijo—. Y aplaudimos su benevolencia por permitirle a su señor hermano conservar la vida a pesar de sus transgresiones. Es una marca auténtica de la humanidad de Su Majestad el que le perdone la vida a su hermano después de que haya atacado la de usted.

Un hombre de los Minamoto, cuyo nombre Kagome no podía recordar, se levantó al lado de Hojo Yosuke.

—Minamoto Hiroaki —se dirigió a él Inuyasha—. Habla.

—Nosotros, el clan Minamoto, deseamos corroborar la opinión manifestada por nuestros primos, los Hojo —dijo, haciendo una reverencia—. Apoyamos al Tennō-sama y a Su Majestad, la Emperatriz, completamente.

Kagome parpadeó, esforzándose por contener la sorpresa de su rostro. Sin duda, las cosas habían cambiado en su ausencia si los Minamoto ahora apoyaban completamente a Inuyasha. Antes de marcharse, algunos de los clanes menores dependientes de ellos habían estado cambiando lentamente, pero ahora parecía que todos respaldaban completamente a Inuyasha.

¿Qué había cambiado? ¿Era su matrimonio con Kikyou? Recordó vagamente el apoyo que una mujer de los Minamoto le había mostrado a Kikyou en la excursión de las mujeres hacía lo que parecía ser una eternidad. Tal vez ahora que estaba casado con una humana… y algo sobre la piedad y la humanidad que acababa de mencionar el hombre…

Pero no tuvo tiempo de seguir considerándolo, una mujer se alzó en el extremo derecho de la sala mientras los hombres volvían a sentarse. Guardó estos pensamientos para otro momento, concentrándose en la mujer.

Claramente, era una especie de youkai, su pelo le llegaba al suelo en un tono caoba poco común. Kagome estaba casi segura de que no la había visto nunca antes, pero su clan estaba cerca del Taira en el salón. Kagome entrelazó las manos en su regazo, cuadrando los hombros en preparación para lo que sabía que iba a venir.

—Abe Haruko —se refirió a ella Inuyasha y Kagome recordó de sus conversaciones con Sango que el Abe era definitivamente uno de los clanes menores bajo los Taira—. Habla.

La mujer hizo una reverencia.

—Tennō-sama —dijo, sus palabras eran lentas y claras—. Nosotros, el clan Abe, hemos discutido en profundidad los eventos de ayer. Encontramos justas las acciones de Su Majestad. Su Majestad venció a su señor hermano. El Tennō-sama ha demostrado que la fuerza de Su Majestad es superior incluso a la de un daiyoukai. Nosotros, el clan Abe, nos inclinamos ante Su Majestad.

La mujer volvió a hacer una reverencia. Kagome parpadeó. Volvió a parpadear. No pudo resistirse a lanzarle una mirada a Inuyasha, necesitaba ver su reacción. Encontró su mirada, el leve desconcierto en sus facciones imitaba el de ella.

Por supuesto que un miembro de uno de los clanes aliados a su más vehemente enemigo en la corte no acababa de hablar en su favor. Por supuesto que ambos habían oído mal.

Pero no había sido así.

En rápida sucesión, varios cortesanos youkai más se levantaron de los clanes Ō, Hashiji y Ki para repetir las palabras de Abe Haruko. La fuerza de Inuyasha al derrotar a su hermano y perdonarle la vida se los había ganado. Había demostrado ser más que igual a un daiyoukai y había derrotado al hombre al que ellos apoyaban en secreto como auténtico heredero al trono.

Inuyasha se los había ganado.

Para cuando los cortesanos terminaron, Kagome estaba tan estupefacta que apenas podía formar un pensamiento coherente. Casi en un instante, todo parecía haber cambiado.

Se dio cuenta de que, por primera vez desde que había venido a la corte, puede que Inuyasha tuviera más clanes apoyando su mandato que opositores.

—¿No hay nadie más que desee intervenir? —dijo Inuyasha después de que un momento de silencio hubiera pasado desde que el último cortesano hubiera recuperado su asiento. Pudo oír la incredulidad en su voz, que resonaba fuertemente en su propia mente—. Os doy esta última oportunidad antes de ponerle fin a la reunión.

Inconscientemente, Kagome dirigió los ojos hacia los Taira, junto con cientos otros pares de la sala. Todos lo estaban esperando. Si iba a haber una voz de disentimiento…

Pero no llegó nunca. Kagome tuvo la visión más clara de Kagura, sentada impertérrita y en silencio entre su clan. Ninguno de ellos habló. Ni un abanico entre ellos se movió siquiera.

—Entonces… declaro finalizada esta reunión —dijo Inuyasha.

Kagome se levantó inmediatamente, incapaz de contenerse. Se volvió hacia Inuyasha, que envainó rápidamente a Tessaiga y se acercó un paso hacia ella.

—¿Qué acaba de…?

—¿Te puedes creer…?

—Ni siquiera…

Kagome fue la primera en sostener una mano en alto, deteniendo el flujo de sus confusos intentos de hablar uno por encima del otro. No sería bueno que actuaran así con tanta gente a su alrededor.

—Reúnete conmigo en el Dairi —murmuró ella—. Podemos hablar de todo esto allí, ¿de acuerdo?

Inuyasha asintió. Kagome se dio la vuelta y empezó a bajar los peldaños, avanzando por el pasillo de cortesanos que se estaban levantando lentamente de su sitio. Muchos estaban flotando entre grupos, charlando animadamente entre ellos. Kagome vio algunos abanicos coloridos moviéndose y girando en gestos de sorpresa e interés.

Obviamente, Inuyasha y ella no eran los únicos estupefactos por lo que acababa de pasar.

Kagome estaba tan distraída por el rápido giro de sus pensamientos, que casi chocó contra el guardia que estaba de pie directamente en la entrada. Tropezó, consiguiendo apenas mantener el equilibrio.

—Mis disculpas —le dijo al hombre—. No estaba mirando por dónde iba…

—¿Miko-sama? —dijo el guardia, interrumpiéndola.

Bajó la mirada hacia ella, su rostro era una máscara en blanco. No hizo movimiento alguno para apartarse de su camino.

—¿Sí? —dijo Kagome, sintiendo una extraña punzada de inquietud.

—¡Este es un mensaje de Fujiwara-sama!

Gritó con la fuerza suficiente para que las palabras resonasen por todo el Daigokuden. Kagome apenas tuvo tiempo de parpadear antes de ver el resplandor de una daga deslizándose de donde había estado oculta en su manga.

Se tambaleó hacia atrás, tropezando con el dobladillo de su ropa y la altura de sus geta. La daga trazó un arco descendente y la sintió como un golpe mientras perforaba su piel.

Todo pareció ralentizarse y acelerarse al mismo tiempo. En la distancia, oyó gritos y chillidos. Su visión se enfocó y desenfocó, los colores y los rostros se volvían borrosos un instante y se aclaraban al siguiente.

Por un breve momento, vio a Inuyasha sobre ella, sus facciones estaban tensas y sus labios se movían para formar palabras que ella no podía oír. Pudo ver el brillo de las lágrimas reuniéndose en sus ojos. Intentó levantar la mano hacia él y descubrió que no podía.

Finalmente, se desvaneció.


Nota de la autora: Más información importante:

Hay diversas culturas que conozco donde la práctica de la nulidad matrimonial por no generar un heredero tiene lugar entre la nobleza y la clase alta. Como he dicho en el capítulo, los matrimonios reales/nobles tenían esencialmente el propósito de producir hijos (al igual que por el bien de formar alianzas, en muchos casos). Hay documentos que sugieren una práctica entre la nobleza de Heian de forma que los matrimonios eran nulos en el caso de que no resultara un heredero o hijo de ellos, o a veces, en lugar de ser nulos por completo, la «primera esposa» (Kikyou en este caso) se veía relegada a una posición más baja para hacer sitio a una nueva esposa que engendraría hijos. Estos documentos no son en absoluto concluyentes, pero pensé que era bastante interesante incluirlo en la historia. Así que lo hice.

Nota de la traductora: ¡Hola! ¡Muchísimas gracias por las felicitaciones que me habéis dejado!

¡Estoy muy contenta de poder anunciar (aunque quienes seguís mi página en Facebook ya lo sabéis) que se retoman las actualizaciones semanales! Tengo una confianza casi plena en que podré cumplir con ellas hasta el capítulo 36 de esta historia, que es el último que se ha publicado mientras escribo esto, así que nos esperan unos lunes intensos.

Espero que os haya gustado esta actualización.

¡Hasta la próxima!