Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 28: De muerte y entregas

—No te apartes mucho de ella. Si muere, debes estar lista para tomar posesión del cuerpo inmediatamente. No me importa si eso significa exponerte a ti o a otros, siempre y cuando el cadáver llegue a mis manos.

—¿Y si vive, Naraku-sama? —respondió una voz con un leve matiz de desafío en ella—. ¿Qué me hará hacer entonces?

El primero permaneció en silencio un instante, el matiz de insolencia en la respuesta no erró en su objetivo.

—Entonces procederás como lo planeé originalmente —contestó la primera voz con más frialdad que antes—. Que el guardia se acercara lo suficiente para siquiera hacer tanto daño como hizo no hace más que demostrar la idiotez de la chica. Se pensaba que estaba lo bastante a salvo en la corte como para no seguir molestándose en llevar una guardia. Huelga decir que el híbrido hará por que tenga una de nuevo si vive. Su muerte es el resultado más deseable, pero si vive, seguiré obteniendo beneficios.

—Ya veo. Entonces le diré a Kanna que proceda como antes y se quede cerca en caso de que sí fallezca.

—Mmmm. —La primera voz hizo un sonido evasivo de conformidad.

Pasaron varios momentos de silencio y pareció que la conversación podría haber llegado a su fin.

—Entonces, Naraku-sama, yo…

—¿Kagura? —interrumpió la primera voz.

—… ¿Sí, Naraku-sama?

Hubo una corta pausa, luego, un jadeo. Le siguió un chillido de dolor. El sonido se convirtió rápidamente en un grito, enfatizado por sollozos jadeantes. El sonido pareció extenderse eternamente.

—Considera esto un recordatorio, Kagura —intervino la primera voz cuando el sonido murió en jadeos temblorosos—. Vigila la boca cuando hables conmigo. ¿Crees que no he visto últimamente el martilleo de este corazón traidor? ¿Crees que ignoro su causa? Harías bien en recordar que eres mía, Kagura, en cuerpo y alma, hasta que vea pertinente liberarte. Si no, solo harás las cosas desagradables para ambos y ninguno de los dos quiere eso, ¿no?

El silencio fue la respuesta. La sonrisilla que se extendió por el rostro del hombre fue casi audible.

—Buena chica.


Había tranquilidad.

El claro era pequeño, bordeado cuidadosamente por un denso grupo de árboles que crecían tan juntos que parecían uno solo. Un mar de hierba crecía alto, bamboleándose suavemente como tocado por una leve brisa. Aquí y allá, las flores se extendían sobre la hierba, los pétalos se estiraban hacia la calidez de un sol que parecía situarse directamente en lo alto del cielo.

No tenía ni idea de dónde estaba este lugar. No podía recordar cómo podía haber llegado aquí. No podía recordar mucho de nada, para el caso, pero descubrió que nada de esto le preocupaba en lo más mínimo.

Kagome se acostó, disfrutando del suave roce de la hierba contra sus extremidades desnudas. Levantó la mirada hacia lo alto de los tallos de hierba y de las flores que estaban sobre ella, sintiendo que se alegraría de dejar que se la tragaran.

El sol alcanzó sus ojos, cegándola por un momento. Parpadeó con fuerza, puntos brillantes bailaron detrás de sus párpados cerrados.

La calidez de su rostro pareció incrementarse de repente. Entreabrió los ojos contra la luz.

Había una mujer allí, inclinada sobre ella. Sonrió, su piel era tan pálida y brillante como la luz del sol. Un mechón de su largo pelo oscuro se deslizó sobre su hombro para rozar el rostro de Kagome. Era cálido, la sensación era similar a la de darle la mano a alguien cerca de las encendidas ascuas de un fuego.

—Hola, hija mía —dijo la mujer y Kagome supo quién era.

—Hola, Amaterasu-sama —contestó.

La kami ensanchó la sonrisa.

—Me alegro de conocerte al fin —dijo—. Has demostrado ser una de las más interesantes de observar. Aunque la reunión ha llegado antes de lo que pensaba.

—¿Estoy falleciendo, entonces? —preguntó Kagome, extrañamente despreocupada por la idea.

La kami ladeó ligeramente la cabeza mientras lo sopesaba.

—Posiblemente —respondió tras un momento.

—¿Posiblemente? —repitió Kagome.

Amaterasu asintió.

—Eres una de las extrañas, hija mía —dijo—. La herida no era tan grave como para ser instantáneamente mortal, pero no tan leve como para que se curase fácilmente. Lo que ocurra a partir de ahora será una cuestión de elección.

—¿Herida? —dijo Kagome, un leve frunce comenzó a plegar su ceño.

—¿No puedes recordarlo? —preguntó Amaterasu—. Has avanzado más de lo que sospechaba, entonces. Mírate las manos, Kagome.

Kagome parpadeó lentamente, sin comprender por un momento. Con gran esfuerzo, consiguió alzar las manos, levantándolas entre ella y la kami.

—¿Puedes verlas? —preguntó Amaterasu.

Kagome asintió, aunque no era a sus manos a lo que se refería la mujer. Era a las cuerdas.

Había una atada al dedo meñique de su mano derecha, un hilo de un rojo intenso que se estiraba más allá de su campo visual. Un segundo hilo, negro y más grueso que el rojo, rodeaba su muñeca izquierda.

Incluso mientras observaba, pudo ver que ambos hilos empezaban a deshilacharse.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kagome—. ¿Qué son?

—Creo que «destino» es la palabra que más os oigo mencionar —dijo Amaterasu, estirándose hacia abajo para pasar un delgado dedo por la longitud del hilo rojo—. Pero no creo que se ajuste del todo. «Vínculo» puede ser mejor. Las conexiones que tienes con el mundo. Las conexiones que tiran de ti, que pueden ser tejidas en un futuro si no se cortan o se desenredan.

Hizo una pausa, sus ojos del color del ámbar derretido se movieron hacia el hilo negro. Lo sopesó durante un largo momento.

—Otra rareza —murmuró, estirándose para puntearlo—, haber formado tan fuerte conexión sin ni siquiera pretenderlo. Será difícil escapar de esto…

—Se están deshilachando —dijo Kagome, una corriente de pánico la atravesó. Se vio tentada a apartar las manos de la kami para evitar que los tocara y los dañara más.

—Sí —respondió Amaterasu con sencillez—. Llegará un momento en que estén completamente rotos, si así lo escoges.

—¿Y qué pasará entonces? —preguntó Kagome, moviendo los ojos para encontrar la mirada abrasadora de la mujer.

Amaterasu sonrió. Negó con la cabeza.

—Nada —contestó—. Te quedarás aquí y descansarás hasta que llegue el momento en que puedas empezar de nuevo. Eso es todo. Puedo quedarme contigo, si quieres.

—Pero ¿estaré muerta? —preguntó Kagome.

—Sí.

—No es eso… ¿malo?

—¿Lo es?

Kagome no estaba segura. Hubo un pálpito en su mente de que debería serlo, un débil instinto de que morir no era algo que fuera deseable. Pero su mente estaba ampliamente en blanco. No se le ocurría ninguna razón lógica para apoyar la sensación. Lo único que sabía con seguridad era que este lugar era cómodo y que el que los hilos se deshilacharan la llenaba con una vaga inquietud.

—No puedo… ¿No me lo puede decir? —dijo Kagome, dirigiéndole una mirada implorante a la kami—. Usted debe de saberlo. ¿No puede decirme lo que debería hacer?

Pero Amaterasu ya estaba negando con la cabeza.

—Esta elección tiene que ser tuya —dijo—. De otra forma, no tendría sentido.

Kagome frunció el ceño, bajando los ojos a sus manos. No podía pensar. Tenía la mente vacía.

Pero este lugar era cómodo. Se sentía a salvo y podía descansar aquí. Incluso tendría a una kami para acompañarla. No había forma de saber qué cosas aprendería si se quedaba.

Hubo un tirón.

Kagome se sobresaltó ligeramente, su mirada saltó a su dedo. Era la cuerda roja. De repente se había puesto tensa, tirando insistentemente del dedo al que estaba fijada.

—Ah —dijo Amaterasu, mirando la cuerda—. Parece que alguien no está tan preparado para soltarte.

Kagome apenas estaba escuchando. No podía apartar la mirada del hilo, sus ojos se ensancharon cuando el tirón empezó a deshilachar la conexión con mayor rapidez.

Era él. Le recordaba.

—Tengo que volver —dijo, las palabras salieron de ella antes de que hubiera pensado siquiera en decirlas.

Amaterasu dirigió sus ojos imposiblemente brillantes al rostro de Kagome.

—¿Estás segura? —preguntó—. Esta decisión no puede tomarse a la ligera o a las prisas, hija mía.

Kagome pasó la mirada del rostro de la mujer a la cuerda y viceversa. Le recordaba. Pero también estaba empezando a recordar el resto. Kikyou, los Taira, el cuchillo y la araña.

Volver sería doloroso. La habían apuñalado, después de todo, y todavía no podía recordar exactamente cuánto daño podrían haberle hecho a su cuerpo. Y regresar significaría tener que lidiar con este nuevo embrollo, tener que averiguar qué había pasado exactamente con Kikyou. Y eso por no hablar del resto.

Estaba cansada. Sería mucho más fácil quedarse allí.

Encontró los ojos de Amaterasu. No había juicio alguno, ninguna expectativa de ninguna clase en la etérea fineza de sus facciones. Escogiera lo que escogiera, la kami lo aceptaría.

—… Tengo que volver —repitió en voz baja—. Él no me dejaría sola si tuviera elección. Yo no voy a dejarle solo.

Amaterasu sonrió.

—Confieso que me alegra oírlo —dijo—. Tengo muchas ganas de ver qué harás con las cosas que se avecinan. Y no te preocupes. La paz te encontrará pronto de nuevo. Te veré pronto de nuevo. Y, mientras tanto, te daré un pequeño regalo.


Había algo extraño.

Kagome se despertó, abruptamente y claramente, con esta sensación. Se encontró con la mirada fija en el techo sobre ella tras varios largos momentos, confusa pero extrañamente lúcida.

Una mirada no le dijo casi nada de dónde estaba, salvo que la habitación era vagamente familiar. Aun así, podría haber sido cualquier habitación que hubiera visto alguna vez en Heian-kyō, dada su completa falta de características distintivas.

Midoriko estaba arrodillada justo a la izquierda del futón en el que ella estaba arropada, con la cabeza profundamente inclinada sobre su regazo. Parecía haberse quedado dormida. Kagome se preguntó exactamente cuánto tiempo había estado cuidándola la mayor.

Soltó un brazo de la manta y se estiró, con la intención de despertar a la miko más mayor y liberarla de su vigilia. Seguro que se hacía daño en la espalda si seguía durmiendo en esa posición, y ella se sentía bien, así que no había necesidad de que la mayor…

Kagome se quedó paralizada.

Se sentía bien.

Miró con incredulidad el brazo que había levantado para tocar a la mujer, segura de que era el brazo que había resultado herido en el ataque. Moverlo debería haber sido una agonía.

Kagome bajó lentamente el brazo, con curiosidad. No hubo una punzada de dolor mientras lo volvía a bajar para que descansara a su costado. Levantó el otro brazo, cruzándolo sobre su cuerpo. Vaciló, sus dedos se cernieron sobre su hombro.

Mordiéndose el labio, presionó hacia abajo.

Nada. Absolutamente nada.

Kagome parpadeó lentamente. Presionó una vez más, hundiéndolo con más fuerza, esta vez con sus uñas. Aun así, no hubo nada más que el habitual pellizco de incomodidad.

¿Todo había sido un horrible delirio?

Se incorporó en el futón, apenas registrando susurros de asombro de las demás asistentes que la rodeaban. Bajó las manos, empujando las pesadas mantas por sus piernas y tanteando por un momento hasta que fue capaz de aflojar el lazo que mantenía cerrada la yukata de dormir que vestía. Tiró hasta que la prenda estuvo lo bastante floja para liberar su hombro izquierdo de la tela.

Hubo otra ronda de exclamaciones. Alguien casi chilló. Entonces, un silencio, completo y absoluto, descendió sobre la habitación.

Su hombro debería haber sido un desastre. Debería haber sido una visión grotesca, con la carne y el músculo rasgados por la hoja de la daga.

No era ninguna de esas cosas.

En cambio, había un sol, sus rayos se extendían por su clavícula y bajaban hasta la leve curva de su pecho. Era ligeramente más oscuro en color que la carne que lo rodeaba, pero de alguna forma todavía parecía tener un brillo en sí mismo, como si estuviera brillando.

—Por los kami…

El susurro jadeante de Midoriko le dijo que la mujer estaba despierta. Una rápida mirada le dijo que el resto de asistentes en la habitación se habían quedado paralizadas, sus ojos estaban fijos en su hombro desnudo.

Pero su preocupación por ellas fue efímera. El sol en su hombro consumió sus pensamientos incluso mientras hacía que le diera vueltas la mente.

Había sido real. El campo había sido real. Amaterasu-sama…

Kagome se levantó rápidamente de la cama en un enredo de mantas y ropa, lo bastante abruptamente como para que varias de las asistentes se sobresaltaran. Se apartaron apresuradamente de su camino mientras se dirigía a la shoji, abriéndola con un poco ceremonioso repiqueteo. Detrás de ella, oyó que Midoriko la llamaba, pero no había espacio suficiente en su mente para hacerle caso.

En un confuso borrón de momentos, llegó a la entrada del edificio, que se dio cuenta distraídamente de que era la residencia de la Chūgū, y luego corrió al exterior. Varios guardias estaban estacionados allí, sus miradas fueron de confusión al ver su figura desaliñada. Kagome pasó por su lado casi sin pestañear y ellos no la detuvieron, sino que se quedaron pasmados tras ella.

Con los pies descalzos, su pelo enredado cayendo salvajemente por su espalda y vestida solo con una yukata ligera de dormir, Kagome salió del Dairi y recorrió decididamente las avenidas de la corte. Tras unos momentos, los guardias la alcanzaron, tratando de obtener su atención sin conseguirlo. Algunos estiraron la mano como para retenerla físicamente, pero retrocedieron antes de que sus manos tocaran siquiera su carne. El panorama que presentaban era tan bizarro que pronto tuvieron a una multitud siguiéndolos, los murmullos de los incrédulos cortesanos llenaron las calles.

Hasta cierto punto, Kagome era consciente de la incorrección de lo que estaba haciendo, pero no se podía obligar a que le importara. Algo estaba tirando de ella, empujándola hacia delante. Tenía que seguir avanzando.

Para cuando llegó a las escaleras del Chūwain, la multitud detrás de ella había crecido considerablemente, el espectáculo había atraído a muchos cortesanos. Nadie podía entenderlo. Casi toda la corte había presenciado su ataque. Habían circulado rumores durante días de que estaba en su lecho de muerte, apenas quedaba un hilo que la atara a este mundo. Ahora caminaba, casi corría, ante ellos sin un ápice de alguna pista que señalara una herida que obstruyera sus movimientos.

Los peldaños, que normalmente le suponían un esfuerzo subir, parecieron volar bajo sus pies. Con un repentino resplandor de comprensión, Kagome entendió exactamente qué estaba haciendo. Estuvo allí solo momentos más tarde, de pie ante ella.

La estatua de Amaterasu-sama, a la que Midoriko-sama la había conducido una vez hacía tanto tiempo, la miraba con benevolencia, con la misma expresividad en el rostro de piedra que le había sorprendido la primera vez que la había visto. Pero ahora era diferente. Había auténtica vida en el rostro, auténtica calidez en los ojos que la miraban.

Amaterasu-sama estaba allí.

Fascinada, Kagome estiró la mano. Amaterasu estiró la suya, las puntas de unos dedos cálidos encontraron los suyos.

Por un momento, conoció la completa paz, una felicidad y certeza tan profundas que cada momento de su vida pareció unirse en su mente como una serie de pasos que la conducían hasta este momento. Todo había tenido una razón. Todo había sido hermoso, incluso el dolor. Todo iría bien.

La marca del sol en su hombro brilló con un repentino resplandor y ella parpadeó con fuerza contra la luz cegadora. La mano se retrajo y ella se quedó una vez más junto a una estatua de piedra, su rostro amable pero vacío. Su mano cayó lentamente de nuevo a su costado, un escalofrío recorrió su piel mientras volvía en sí.

Un débil murmullo resonó detrás de ella y giró ligeramente la cabeza. Por el rabillo del ojo, pudo ver el gentío de cortesanos rodeando la pequeña pagoda que albergaba la estatua, aunque sus expresiones eran difíciles de descifrar.

Su silencio, no obstante, decía mucho, y el escalofrío en su piel se incrementó cuando se dio cuenta de que no llevaba puesta nada más que una delgada yukata de dormir, su hombro anteriormente herido estaba completamente descubierto a sus ojos. Levantó la mano apresuradamente, tirando de la tela sobre su hombro lo mejor que pudo mientras su mente iba a toda prisa en un esfuerzo por explicarles lo que acababa de suceder.

Se le ahorró el problema de dar una explicación, el rojo y el dorado llenaron su visión periférica por un instante antes de que una cubierta de tela roja le rodeara los hombros. Manos con garras tiraron de la tela, cerrándola a su alrededor y pudo sentir la calidez de su cuerpo, aunque no se atrevía a mirarlo a la cara.

—Silencio —dijo en voz lo suficientemente baja para que solo ella lo oyera—. Ni una palabra hasta que estemos fuera de aquí, ¿de acuerdo?

Kagome hizo un leve asentimiento para indicar que lo comprendía. Mientras no tuviera que intentar explicar lo que acababa de pasar.

Contuvo un jadeo cuando la levantó, el haori se cerró con más fuerza a su alrededor mientras él la arropaba contra su pecho. Volvió el rostro hacia la sobrecogida multitud, la cuna de sus brazos la protegía ampliamente de su vista.

—Si hay alguna cuestión sobre si los… los actos de la anterior Emperatriz eran una señal de desaprobación de los kami, ahora está resuelto —dijo con voz baja—. Volved a vuestras residencias. Pasarán algunos días antes de que la Miko vea a nadie.

Kagome mantuvo los ojos sobre su rostro mientras hablaba, en parte porque la forma en la que él la sostenía evitaba que viera mucho más. Pudo ver que la línea de su mandíbula se tensaba mientras hablaba, la tensión que podía sentir en sus brazos lo reflejaba.

Nadie dijo nada. Apenas parpadearon siquiera, la multitud se dispersó sin palabras para permitirles el paso. El hanyou mantuvo sus pasos medidos, pausados incluso mientras los cortesanos los seguían, pero ella podía sentir la tensión en sus músculos. Se preguntó si estaba enfadado con ella.

Si así era, ¿cómo se explicaría? Apenas comprendía lo que acababa de pasar. Apenas podía recordar siquiera cómo había llegado a la estatua, qué la había sacado de su habitación sin ni siquiera pensar en su apariencia. Había actuado como si estuviera poseída y así debía de haber parecido también.

¿Qué habían visto mientras la observaban? ¿Podría ser lo mismo que pensó haber visto ella? ¿O es que ni siquiera podía confiar ya en su mente? Se sintió insegura, desequilibrada. Acababa de despertarse y ya había causado el caos.

Parpadeó, dándose cuenta de repente de que ya no se estaban moviendo. Habían llegado a sus aposentos de convaleciente dentro de la residencia de la Chūgū. Inuyasha debía de haber sacado a las demás de la habitación, porque parecían ser los únicos que estaban allí.

El hanyou se encorvó, bajándola con cuidado sobre las mantas revueltas del futón. Kagome levantó los ojos con vacilación hacia los de él, pero apenas tuvo un momento para tomar aliento antes de que sus brazos la rodearan una vez más.

El rostro de él se presionó contra la curva de su milagrosamente ileso hombro, su agarre era tan fuerte que temió que fuera a aplastarla. En el absoluto silencio de la habitación, pudo oír el traqueteo desigual de su respiración, su propio corazón tartamudeaba en su pecho como para seguirle el ritmo.

—Serás —gruñó, la palabra se quebró débilmente—. ¡Serás…!

—Lo siento —respondió sin pensar—. Lo siento mucho.

—Tonta —exhaló—. No te disculpes.

—Lo siento —dijo de nuevo, se le quebró la voz.

Él se atragantó con una carcajada, el sonido fue un ladrido vacío mientras presionaba más su rostro contra su hombro. Sus brazos lo rodearon y descubrió que ella estaba temblando.

—Sabía que no… —se ahogó con la última palabra, incapaz de decirla—. Sabía que eras demasiado testaruda como para irte.

—Estoy bien —dijo, necesitaba tranquilizarlo a él tanto como a sí misma—. Te dije que no me iba a ir a ninguna parte, ¿no?

Pero estaba empezando a darse cuenta de lo cerca que había estado de perderlo todo. De perderlo a él.

Inuyasha consiguió soltar un poco el agarre de sus brazos, apartándose lo suficiente para mirarla a los ojos. Kagome tragó saliva, todavía temblando y sin querer en ese momento más que apoyarse y presionar sus labios contra los de él. Se inclinó hacia delante.

La mirada de él fue hacia su hombro, rompiendo el hechizo. Fue hacia el borde de su yukata, tirando lo suficiente para revelar los bordes de la cicatriz del sol. Tiró de nuevo, desnudando su hombro y revelando el resto. Estiró la mano tentativamente, presionando los dedos contra la cicatriz como para asegurarse de que era real. Kagome se sonrojó débilmente.

Él negó con la cabeza, volviendo en sí. La miró a los ojos, trazando distraídamente con el pulgar una línea sobre la cicatriz.

—¿Qué ocurrió? Con esa estatua y esta…

—¿Qué viste? —dijo Kagome—. Allí, digo. Parecía… ¿parecía como si Amaterasu-sama estuviera… allí? ¿Estaba…?

—¿Viva? —terminó por ella cuando vaciló—. Eso parecía. Por un momento, en cualquier caso. Y esta cosa estaba brillando.

Indicó la cicatriz con un asentimiento de su cabeza. Kagome exhaló un pequeño suspiro, aliviada de oírlo.

—Fue real, entonces —dijo.

Inuyasha frunció el ceño.

—La vi —explicó Kagome en voz baja—. Cuando estaba… bueno, no estoy segura de dónde estaba, para ser sincera. Creo… creo que puede que me estuviera muriendo.

Inuyasha se retrajo.

—Pero Amaterasu-sama estaba allí —dijo Kagome apresuradamente—. Me estaba hablando, diciéndome que podía escoger. Que era decisión mía lo que quería hacer. Le dije que quería volver y…

Gesticuló vagamente en dirección a su hombro. Inuyasha esperó, sus ojos estaban sobre su rostro.

—¿Qué crees que significa? —dijo tras un momento—. Es decir, parece como si… como si Amaterasu-sama tuviese una suerte de plan. Se mostró complacida cuando dije que volvería. Y entonces la estatua… ¿no parece como si debiera tener alguna suerte de plan?

Inuyasha frunció el ceño.

—Si que te apuñalaran era parte de su plan, entonces es un plan jodidamente estúpido y espero que te deje en paz de ahora en adelante —dijo con auténtico veneno.

Kagome jadeó.

—¡Inuyasha!

Él resopló, impenitente.

—Lo único bueno que ha salido de esto es que, sea lo que sea que ha pasado, le dará a la corte algo más sobre lo que cotillear durante un tiempo —dijo—. Kami sabe que necesitan algo con lo que distraerse.

Kagome se detuvo ante esto, algo tiró débilmente al fondo de su mente. La recorrió un escalofrío.

—¿Distraerles de qué? —se obligó a preguntar.

Inuyasha encontró su mirada por un momento antes de desviarla.

—Debería ser evidente —dijo.

—Pero no lo es —insistió Kagome—. Así que explícamelo.

Pudo ver que la mandíbula de Inuyasha se tensaba por un momento.

—… Me encargué del guardia inmediatamente —dijo tras un largo momento—. Murió antes de tocar el suelo. Se lo merecía. Y ese guardia, Hobo o como se llame, confirmó que era uno de los jefes de sus guardias cuando se marchó. Por alguna razón, lo dejó atrás cuando se fue. Pero encontraron el sello del clan de ella en el cadáver.

Kagome sintió que se le drenaba la sangre del rostro. La mano de Inuyasha bajó de donde descansaba sobre su cicatriz.

—Así que tuve que inventarme algo que decirle a la corte. Les dije que había entrado en pánico después de nuestra boda y que había pedido volver un tiempo a casa. Que había… había malinterpretado las cosas entre nosotros y que esto… que había cometido un error. Esos bastardos pidieron rápidamente su cabeza. Puede que fuera de los suyos, pero no tenía muchos amigos en la corte después de perder a su clan. Según las leyes, el castigo para cualquiera que atente contra un siervo del Tennō es la muerte.

—No puedes decirlo en serio —dijo Kagome entre unos labios entumecidos.

Inuyasha le lanzó una mirada de furia.

—¿Crees que me gusta esto? —soltó con ojos encendidos—. ¿Crees que quería que salieran así las cosas? ¡Maldita sea, Kagome, si hubiera sabido…!

Se interrumpió, bajando la mirada una vez más.

—Nunca debería haber vuelto a dejarla sola —continuó en voz baja—. Sabía que estaba sufriendo y yo… me fui igualmente. Es culpa mía, todo. Pero ¿cómo la perdono por esto?

—¡No puedes matarla! —dijo Kagome, su mente daba vueltas—. ¡Pasara lo que pasase, sigue siendo tu esposa! ¡Sigue…!

—Este matrimonio va a ser declarado nulo —interrumpió con voz monótona—. Y ya he declarado un castigo. Exilio de la corte y confinamiento en la residencia Fujiwara exterior. Los cortesanos insistían en algo peor. Esta… esta es la única forma en que puedo protegerla ahora.

Kagome parpadeó, su mente seguía dando vueltas.

—Espera —dijo débilmente, apoyando una mano contra su sien como si eso fuese a detener la revuelta de sus pensamientos—. Solo espera. Tenemos que pensar esto detenidamente. No puedes creer que…

Se interrumpió al ver la expresión de su rostro.

—Puedo creerlo —dijo con voz queda—. Y puede que eso sea lo peor.

Kagome se mordió la lengua. El silencio cayó entre ellos.

—Túmbate —ordenó Inuyasha tras varios momentos, sin mirarla a los ojos—. Necesitas descansar.

—No…

—Túmbate —repitió Inuyasha con más énfasis—. Tengo que ir a lidiar con ellos.

Se alzó, moviéndose hacia la shoji. Se detuvo allí, con la mano sobre la enmarcación de madera.

—No voy a volver a hablar contigo de esto —dijo—. Ella tomó su decisión y ahora yo tengo que vivir con la mía. Y me aseguraré de ordenarles a los guardias que te retengan aquí, así que ni siquiera pienses en levantarte.

Y entonces se marchó, la shoji se cerró de un portazo detrás de él.

Aturdida, Kagome se acostó, no había duda alguna en su mente de que él fuera a darles esas órdenes exactas a los guardias. Eso y que de repente se sentía increíblemente cansada.

Las asistentes volvieron a entrar lentamente en la habitación, moviéndose lentamente como para evitar despertarla. No deberían haberse molestado. El sueño no tardó mucho en llegar.


Su confinamiento en la residencia de la Chūgū resultó ser una cuestión de más de un día. Normalmente, la mano dura de Inuyasha la habría desesperado, pero Kagome descubrió que la agradecía. Parecía que todo había cambiado en el espacio de varios momentos y apreciaba el silencio, y la habitación que era su confinamiento le permitía intentar ordenarlo todo. Además, descubrió que, a pesar de su recuperación milagrosa, no había recuperado completamente su energía habitual. Incluso las caminatas demasiado largas tendían a cansarla.

Lo sabía porque, afortunadamente, Inuyasha había ampliado su confinamiento lo suficiente para incluir la totalidad del Palacio Interior, siempre y cuando una guardia seleccionada personalmente por él siguiera cada uno de sus movimientos. Era un poco desagradable, pero no lo suficiente como para hacer que se olvidara de lo que había sucedido. Aceptaría antes el inconveniente que la ansiedad que estar sola evocaba ahora a menudo en ella.

La mayoría de los días de Inuyasha se vieron ocupados en lidiar con la corte. La había excusado diciendo que estaba descansando y meditando sobre lo que había ocurrido, pero él necesitaba estar entre ellos lo máximo posible, dado lo inestables que estaban las cosas. Un recordatorio, dijo, de que estaba allí para mantener el orden. Portaba su espada envainada sobre su cadera en todo momento.

Pero se aseguraba de visitarla por la noche antes de dormir. Le confiaba el meollo de lo que estaba ocurriendo entre los cortesanos, aunque estaba segura de que retenía mucho, sin importar cuánto curiosease ella. Sus visitas eran más por ver cuál era su estado que por mantenerla informada, como había hecho evidente al pasarse la mayor parte del tiempo hablando con Midoriko en lugar de con ella. La miko más mayor se había pasado casi todos los días desde el incidente supervisándola y, por tanto, estaba más que acostumbrada a informar frecuentemente al Tennō sobre su estado.

Él no podía quedarse a pasar la noche con ella. Incluso si echara a todas las asistentes (lo cual habría sido bastante sospechoso en sí mismo), todavía tendría que explicarles a los guardias sus idas y venidas en mitad de la noche, ya que no estaba en absoluto dispuesto a contemplar siquiera la idea de hacer que se fueran. Por tanto, sus visitas eran cortas, no duraban más que el tiempo que le llevaba hablar brevemente con Midoriko y con ella antes de ordenarle que se fuera a la cama y él se marchase a sus propios aposentos.

Kagome estuvo más que un poco sorprendida de descubrir lo sola que se sentía en su cuarto sin él allí. Cuando se despertaba por la noche, ahogada por la oscuridad y por la sensación de deslizarse lentamente de su propio cuerpo, estiraba la mano hacia él y encontraba vacío. Solo podía hacerse un apretado ovillo, recordándose que se las había arreglado sola antes y que ahora podía hacerlo de nuevo.

Él había sido fiel a su palabra de no volver a hablar de Kikyou con ella nunca más. Cada vez que intentaba traer el tema a colación, él la repelía tan rápido que hacía que le diera vueltas la cabeza. Tras un puñado de intentos, se había rendido definitivamente, decidiendo esperar a tratar el tema hasta que estuviera un poco menos reciente para él.

Pero seguía pensando en el tema por su cuenta. Era difícil, más que difícil, para ella creer que Kikyou de verdad hubiera intentado que la mataran. Simplemente no pegaba con la imagen de la mujer que tenía en su mente.

Aun así, también sabía lo mucho que Inuyasha significaba para Kikyou. Si de verdad hubiera pensado que la había abandonado por otra mujer, ¿sería capaz de esto? Había perdido todo lo demás que amaba en este mundo. ¿Esa última pérdida habría sido demasiado grande como para soportarla?

Las pruebas también estaban contra ella. Había tenido un momento para hablar con Hojo cuando le había tocado un turno entre su guardia y él había verificado lo que le había contado Inuyasha. El guardia había estado entre los de Kikyou y habían descubierto el sello de su clan en su cuerpo después del hecho.

Ella no quería creérselo. La Kikyou que había conocido puede que no siempre hubiera sido amable, pero había sido justa. Había sido fuerte. Kagome necesitaba verla, mirarla a los ojos y encontrar la verdad por sí misma. De algún modo, tenía que encontrar una oportunidad de visitar la residencia Fujiwara y hablar con ella. Si la mujer de verdad había deseado su muerte, estaba segura de que lo sabría.

Pero todo esto lo mantuvo en silencio. Inuyasha se negaba a pensar siquiera en dejarla salir del Dairi, mucho menos de Heian-kyō. Tampoco tenía ella un deseo particular de hurgarle en la herida. Aunque sus visitas eran cortas, a menudo veía la culpa de lo que había ocurrido ensombreciendo sus facciones, aunque era difícil saber si le preocupaba más lo que le había acontecido a ella o a Kikyou.


Al cuarto día después de despertar, decidió hacer un viaje a los aposentos de Inuyasha. Era temprano y estaba casi completamente segura de que el hanyou no estaría allí, pero descubrió que no podía liberarse del antojo una vez se había apoderado de ella.

Lo justificó para sus adentros con que quería ver si tal vez podía encontrar algo dentro de sus aposentos que pudiese indicarle los tejemanejes de la corte, teniendo en cuenta que el propio Inuyasha se había mostrado vago, como mucho, al relatarle las cosas. Escogió ignorar la parte de ella que se emocionó ante la idea de regresar a aquel lugar tan familiar.

Y así, después de la comida de la mañana, partió con una pequeña guardia pisándole los talones. Tras sus muchas caminatas, se había acabado acostumbrando a su constante presencia, e incluso se llevaba bien con algunos. Era difícil no hacerlo cuando normalmente se le asignaban en general los mismos hombres.

Estaba segura de que Inuyasha mantenía el equipo pequeño por su seguridad. Cuanta menos gente involucrada, después de todo, menor riesgo de que se asignara alguien cuyas lealtades no fueran tan seguras como podría haberse esperado. Kagome se descubrió agradeciendo la precaución de Inuyasha en el tema.

Aunque era cercana con ellos, Kagome no intentó mantener ninguna conversación mientras avanzaban. No estaba particularmente ansiosa por compartir con ellos el destino de este paseo, ni tampoco se deleitaba con la idea de inventarse una explicación de por qué estaba haciendo el viaje. Afortunadamente, los guardias se contentaron con ser escoltas silenciosos mientras ella permaneciese dentro de su campo visual.

Los días estaban haciéndose más cálidos y Kagome se detuvo sobre la pasarela que conducía a los aposentos de Inuyasha para admirar la luz que se reflejaba en las aguas que había debajo. Las últimas trazas de escarcha habían desaparecido del estanque y, cuando miró con atención, Kagome pudo ver resplandores de los koi deslizándose bajo las tranquilas aguas.

Se desplazó sobre lo que quedaba de pasarela, solo para sobresaltarse y detenerse en seco a mitad del movimiento. El guardia que la seguía más de cerca casi chocó contra ella ante la repentina parada, poniéndose al instante en posición defensiva a su lado.

—¿O-Miko-sama? —dijo el hombre, su mano se cernió justo por encima de la espada que llevaba a la cintura.

Los guardias habían insistido en utilizar esta nueva forma de referirse a ella desde que había despertado. Por el momento, Kagome ignoró el título, levantando una mano para tranquilizar al guardia. Se asomó alrededor de él.

—Un momento —murmuró, sus ojos inspeccionaron el agua en busca de lo que la había detenido en seco.

Pudo sentir que el resto de su guardia se juntaba alrededor de ella y del primer guardia. Ella los ignoró, frunciendo el ceño mientras sus ojos recorrían las tranquilas aguas. Habría jurado…

¡Allí! Kagome se deslizó hacia delante, hacia la barandilla, inclinándose sobre ella para obtener una mejor visión del agua. Una mano rodeó su codo, equilibrándola mientras intentaba al mismo tiempo echarla hacia atrás. No le prestó atención al gesto, sus ojos estaban concentrados en la onda que podía ver que subía a la superficie del agua, no lejos de la pasarela.

La sensación del youki recorrió su espalda mientras observaba la columna de escamas doradas retorciéndose justo bajo la superficie del agua. Era demasiado grande para ser uno de los koi, aunque los peces no se dispersaron mientras se movía entre ellos. Tampoco pudo sentir ninguna malicia en la sensación de este youki mientras subía lentamente hacia la pasarela.

La mano en su brazo tiró de ella para alejarla de la barandilla cuando el agua burbujeó, una masa oscura emergió lentamente. Dos de los hombres hicieron ademán de sacar las espadas y Kagome se echó hacia delante para agarrarlos.

—Esperen un momento —dijo—. Solo esperen un momento. No es peligroso.

—Por favor, atrás, O-Miko-sama —dijo uno de los hombres—. Tenemos órdenes estrictas de Su Majestad de no arriesgarnos en lo referente a su seguridad.

—Por favor, al menos muévanse lo suficiente para que pueda ver —resopló Kagome, empujando con su hombro y retorciéndose hasta que le hicieron suficiente espacio para que pudiera ver a la criatura que estaba entre ellos.

Grandes ojos líquidos, tristes y oscuros, la miraron por debajo de una cortina de pelo liso y negro como la tinta. El rostro parecía femenino, pálido y de huesos delicados. El arco de sus cejas era escamoso y las escamas subían por la columna de su cuello, bajando por la longitud de su desnudo torso humano. Era difícil ver más allá de su cintura con el resto de su cuerpo sumergido, pero Kagome podía distinguir apenas una cola extensa de escamas doradas que se deslizaba bajo el agua.

Una ningyō.

La youkai parpadeó al verla, moviéndose hacia delante. Levantó una mano, gesticulando para que ella se acercase más. Kagome pudo distinguir apenas la fina película de las membranas entre sus dedos. Kagome intentó avanzar, pero se encontró rápidamente obstaculizada por su guardia. El frunce de la ningyō imitó el suyo.

—Necesito hablar con la miko —dijo con voz suave, su voz era baja y fría, como el sonido del agua rodando sobre piedras lisas.

—Somos la guardia de la O-Miko-sama —dijo un hombre—. Si desea una audiencia con ella, tendrá que ser en nuestra presencia.

La chica profundizó su frunce, moviendo los ojos hacia el rostro de Kagome.

—¿Cómo ha llegado aquí? —preguntó Kagome, resignada a la idea de que los guardias no fueran a concederle privacidad alguna—. ¿Cómo me conoce?

La ningyō ladeó la cabeza, sopesándolo.

—Todas las aguas son sus aguas —dijo lentamente—. Él me envió a estas aguas para traerle un mensaje.

Kagome frunció el ceño, juntando las cejas.

—¿Él? —dijo—. ¿Quién?

Había aprendido de sus estudios con Kaede-sama que las ningyō eran capaces de moverse a través de cualquier cuerpo de agua, incluso entre los que aparentemente no estaban conectados. Pero ¿quién podía ser este «él»? ¿Y cómo había sabido dónde encontrarla?

—Suijin-sama, por supuesto —contestó la chica como si debiera haber sido obvio—. La ha estado observando, esperando para saldar la deuda que le debe por su bondad en la playa.

Kagome abrió los ojos como platos. Oyó que un murmullo surgía entre los guardias.

—¿Suijin-sama…?

—¿Suijin-sama? ¿Suijin-sama, el kami?

—¿Cómo…? ¿Qué…? —dijo Kagome, esforzándose por ordenar sus pensamientos entre la cháchara.

Se le vino un recuerdo a la mente. Los niños y la tortuga de la playa. La tortuga deslizándose en las olas. Kagome jadeó.

Era imposible…

—¿La tortuga? —dijo mirando a la youkai.

La chica se limitó a parpadear, levantando los hombros en lo que podría haber sido un encogimiento.

—Suijin-sama adopta la forma que le place. No me corresponde a mí saberlo —contestó—. Simplemente dijo que debía entregarle algo a la miko Kagome-sama.

Levantó una mano del agua, extendiéndola hacia ella. Aferrados en ella había dos objetos difíciles de distinguir y un guardia estiró la mano para cogerlos antes de que Kagome pudiera acercarse lo suficiente. La ningyō frunció ligeramente el ceño.

—Esos le pertenecen a Kagome-sama —dijo—. Uno es del barco. El otro es un símbolo de mi gente. Suijin-sama nos ha puesto a su disposición si nos necesita, aunque la instaría a ser prudente cuando nos llame. Incluso nuestras lealtades para con Suijin-sama tienen un límite.

Kagome vio un breve resplandor de colmillos cuando dijo la última parte, sus límpidos ojos se volvieron mordaces por un momento.

Kagome asintió en reconocimiento, aunque la cualidad irreal del momento evitó que absorbiera completamente lo que se estaba diciendo. La mujer se zambulló abruptamente, su espalda un arco de pálidas escamas seguido de la larga línea dorada de su cola deslizándose bajo el agua tras ella. Una sacudida de aletas translúcidas fue lo último que vio Kagome antes de que desapareciera completamente de su vista.

Kagome se inclinó hacia delante, sus ojos inspeccionaron el agua en busca del destello de las escamas doradas. Pero se había ido tan rápido como había venido, los koi ahora eran el único signo de vida en las aguas. Se volvió hacia el guardia que había cogido los objetos de la chica, estirando la mano. El hombre le tendió los objetos, aparentemente satisfecho porque ya no supusieran un peligro para ella.

Una de las dos cosas no era más que una escama diminuta, de un color perfectamente dorado. Pero Kagome sabía lo suficiente de los youkai como para no tomarla a la ligera. La carne de una ningyō no era algo que se pudiera tratar a la ligera y los hombres habían matado por menos. Suponía que esto era a lo que se refería la chica cuando había hablado de un símbolo de su gente.

El segundo objeto era un poco más desconcertante. Al principio, parecía no ser más que un rollo húmedo de tela negra áspera. Kagome cogió la escama con su mano libre, guardándola en la parte de delante de su traje para examinar la tela negra. Tuvo que usar ambas manos para desenrollarla y desplegar toda su longitud, arrugó la nariz un poco ante el fuerte olor a salmuera que se había filtrado en el tejido.

Había un símbolo bordado a un lado de la tela, oscurecido por su larga exposición al agua. Kagome se lo quedó mirando un largo momento con el ceño fruncido, esforzándose por distinguirlo. Ensanchó los ojos cuando la imagen encajó de repente, resonando con otra en su memoria.

—¿Qué ocurre, O-Miko-sama? —preguntó el guardia que tenía más cerca y ella dio un salto de sorpresa.

Volvió a doblar la tela tan apresuradamente que casi se le cayó, metiéndosela en la parte de delante de su traje y encogiéndose ante la sensación del tejido húmedo contra su piel.

—Necesitaré hablar con Su Majestad antes de que pueda decir nada con seguridad —dijo—. ¿Tiene alguna idea de cuándo pretende regresar Su Majestad esta noche a sus aposentos?

El hombre negó con la cabeza.

—Su Majestad nunca ha tenido por costumbre mantener bien informados a los guardias de los movimientos de Su Majestad —contestó—. Aunque, si los últimos días son alguna indicación, es probable que Su Majestad no regrese hasta tarde.

Kagome asintió, se lo había imaginado.

—Entonces esperaré a Su Majestad en sus aposentos —dijo.

Pasó sobre lo que quedaba de pasarela, dirigiéndoles un asentimiento de reconocimiento a los guardias que estaban apostados en los aposentos de Inuyasha. Por las expresiones de perplejidad escritas en sus rostros mientras la saludaban, pudo saber que habían podido ver algo de lo que acababa de pasar. Dejó que su guardia les explicara todo mientras tomaban sus posiciones delante de los aposentos.

El tapiz de la entrada se cerró detrás de ella, dejándola en la característica penumbra de los aposentos del hanyou. Kagome se detuvo en seco donde estaba, sorprendida ante la repentina ola de alivio que la recorrió.

Avanzó unos pasos antes de desplomarse sin gracia sobre uno de los muchos cojines esparcidos por el suelo, permitiéndose un momento solo para mirar a su alrededor. Había algo familiar en la habitación, algo tan tranquilizador en la sensación de estar allí, que durante varios largos momentos simplemente se quedó sentada y no pensó en nada en absoluto. Se le ocurrió de pasada que toda la habitación olía a él.

Se obligó a ponerse en movimiento una vez más, metiendo la mano en su ropa y encogiéndose mientras despegaba la tela negra de su piel. La desdobló una vez más, examinando el símbolo bordado como si pudiera haber cambiado en los últimos momentos. Era el mismo, y se quedó con la misma sensación de inquietud.

Kagome se devanó los sesos, explorando sus pensamientos en busca de todo lo que le había contado la ningyō. Le había hecho un favor a un kami sin querer y, a cambio, él le había concedido esto, lo que significaba que debía tener la intención de servir como una suerte de ayuda. La ningyō también había mencionado algo sobre un barco, lo que quería decir que debía de haberla obtenido cuando se había caído por la borda.

Barco, es decir, uno. Pero ¿podía haber más? ¿Y dónde? Las ningyō podían habitar cualesquiera aguas del mundo. ¿Tan cerca estaba el barco, justo en la costa? ¿O estaba en algún lugar, lejos en el mar?

Instintivamente, Kagome dudó de lo último. El símbolo y el hecho de que le hubiera traído siquiera la tela sugerían lo contrario. Aun así, pensó que sería mejor no descartar nada hasta que al menos hubiese hablado con Inuyasha.

Y podría pasar un tiempo antes de que pudiera hacerlo. Kagome suspiró, resignándose a una larga espera.

Se puso de pie y avanzó hacia su amplio futón, notando su prístina apariencia. Parecía que hacía tiempo que no se dormía en él. Aun así, razonó para sus adentros, bien podía ponerse lo más cómoda posible mientras esperaba.

Se acostó, reuniendo algunas almohadas para elevarse y moverse hasta que estuvo cómoda. Mentalmente, empezó a repasar de nuevo el encuentro, intentando analizar cada pequeño detalle que se le pudiera haber pasado por alto.

Y entonces hubo oscuridad, silencio, pero pudo sentir la consciencia de que alguien la estaba observando cosquilleándole por la piel. Abrió lentamente los ojos y parpadeó somnolientamente mientras miraba al hanyou que se inclinaba a su lado, mientras se daba cuenta de que en algún momento se había quedado dormida. Inuyasha retiró la mano de ella tan rápido como si se hubiera quemado.

—¿Qué…?

—Apestas a pescado —dijo.

Kagome parpadeó.

—Yo…

—Tus guardias dijeron que llevas esperando aquí todo el día —interrumpió Inuyasha una vez más—. Podrías haber esperado en tu propia habitación. Fui allí primero, de todas formas, y es evidente que sigues cansada.

—Nunca te quedas mucho allí —replicó Kagome tras un instante—. Y no estoy cansada. Y esto es lo que «apesta», no yo.

Le ofreció la tela negra que se había quedado dormida aferrando, arrugando ligeramente la nariz ante el olor a salmuera. La expresión de Inuyasha imitó la suya mientras cogía la tela con cuidado entre dos dedos con garras, sosteniéndola lo más lejos posible de su nariz.

—Kami, por los siete infiernos, ¿cómo conseguiste encontrar algo que huele como si hubiera estado guisándose en una poza de marea durante semanas?

—¿Cómo iba a haber llegado a una poza de marea cuando no se me ha permitido ir más allá del muro exterior del Dairi desde hace días? —replicó Kagome.

Inuyasha la miró.

—La trajo una youkai —continuó Kagome—. Por eso quería esperar a verte.

Inuyasha se tensó.

—No pasó nada —dijo Kagome apresuradamente para tranquilizarlo—. Los guardias estaban allí mismo. No hubo peligro alguno.

Apenas pareció escucharla, sus ojos se dirigieron rápidamente a la entrada, como si fuera a ir a por los guardias que allí había. Kagome se estiró para contenerlo con un brazo sobre la mano que sostenía la tela. Le sorprendió ver que el hanyou casi se encogió, dándose cuenta abruptamente de que la última vez que se habían tocado había sido justo después de que se hubiera despertado.

Inuyasha apartó el brazo. Kagome dejó caer la mano lentamente.

—Era una ningyō —dijo Kagome tras un momento de silencio—. Salió de las aguas justo ahí fuera. Dijo que me había estado buscando y me dio eso.

Gesticuló hacia la tela que él todavía sostenía.

—¿Te estaba buscando? —repitió Inuyasha.

—Había una tortuga… —empezó Kagome, interrumpiéndose al darse cuenta de lo extraño que sonaba—. Da igual. Baste decir que Suijin-sama sintió que me debía un favor.

Inuyasha frunció el ceño.

—¿Suijin? —dijo—. ¿Te refieres…?

—Exactamente a quien estás pensando —dijo Kagome—. Aunque tampoco puedo decir que lo entienda particularmente. Pero la ningyō dijo que la habían enviado a mí con este recado. Me dio la tela y una escama para que pudiera llamarla.

Inuyasha se la quedó mirando un largo momento, como si intentara formular alguna respuesta a esto. Finalmente, negó con la cabeza.

—Ni siquiera… —masculló para sus adentros—. Tú… Da igual. Es que… ¿qué era tan importante sobre esta mierda de cosa apestosa para que tuvieras que arrastrarte hasta mi cama?

Kagome retrocedió, irritada por su tono. Un momento de estudio le mostró que el brillo de ira que iluminaba sus ojos estaba dirigido completamente hacia dentro, su mirada estaba fija en la tela que tenía en la mano.

—Mira el símbolo que tiene —dijo.

Inuyasha la desdobló sobre su regazo, dándole la vuelta por el lado en el que era visible el símbolo. Abrió los ojos como platos.

—Dijo que provenía de un barco —dijo Kagome en voz baja.

—¿Un solo barco? —repitió Inuyasha sus anteriores pensamientos con sorprendente precisión.

—No estoy segura —contestó Kagome—. No fue clara.

—Pero el kami quería que tuvieras esto —razonó Inuyasha—. Te envió esto a propósito. Tiene que ser una advertencia.

A Kagome se le encogió el estómago al oír sus miedos confirmados.

—Lo es —murmuró Kagome, la certeza se asentó sobre ella como un velo.

Los dos se quedaron callados, mirando el símbolo del dragón encapuchado bastamente bordado que llenaba el negro espacio de la tela. El símbolo oculto del clan Taira. El símbolo que significaba que ya tenían solo los kami sabían cuántos barcos posicionados en la costa.

Estaban rodeados.


Nota de la autora: Pequeña lección de historia:

Suijin-sama: El dios de todas las aguas en la fe sintoísta.

Nota para hace mucho: kame/kami: Kame significa tortuga y kami significa dios. Estaba haciendo un juego de palabras en Romaji. Estoy relativamente segura de que en japonés los dos kanji no se parecen en nada, pero las palabras al menos tienen pronunciaciones similares. No es el instrumento literario más inteligente, pero me gusta divertirme un poco.

Ningyō: Significa literalmente «pez humano» en japonés, pero a menudo se traduce como sirena. Hay una variedad de descripciones de estas criaturas en el folklore japonés, pero un rasgo común es que la carne de una sirena tiene la habilidad de proporcionar la inmortalidad a quien la consuma. Véase Mermaid Forest, otro trabajo de Rumiko Takahashi, para más información sobre esto.

Nota de la traductora: ¡Muchísimas gracias por todos vuestros comentarios en el capítulo anterior! Como veis, las cosas siguen avanzando lentamente pero sin detenerse. El lunes que viene vendré con la siguiente actualización y, si logro tener el capítulo para el domingo, lo subiré ese día en su lugar.

¡Hasta la próxima!