Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 29: Del pasado y el presente
—Es imposible que hayan podido hacer esto solos —murmuró Inuyasha endureciendo la mirada—. Por los siete infiernos, no es posible. Los barcos no salen de la nada y si han estado reuniendo una flota, entonces alguien se habría enterado. Habrían necesitado provisiones, mano de obra… ¡algo!
—¿No podrían haber desviado materiales sin que tú te dieras cuenta? Tienen miembros en el Consejo y otros clanes que podrían haberles apoyado mientras lo hacían —dijo Kagome, intentando dejar a un lado su propia consternación para ayudarle a resolverlo.
Inuyasha negó con la cabeza.
—Ni hablar —dijo—. Puede que algunos de los cortesanos los hubieran apoyado, pero no hasta el punto de que pudieran ganarles. Ningún clan se arriesgaría a canalizar las provisiones suficientes como para dejar que tuviesen la delantera. E incluso entonces, yo me habría dado cuenta de que estaban sacando todo eso delante de mis narices.
Kagome bajó la mirada hacia el trozo de tela avejentada, sopesándolo. Frunció el ceño.
—Los extranjeros —dijo de repente—. ¿Recuerdas las armas que encontramos cuando encontramos a tu padre? Tenían el mismo símbolo tallado en la empuñadura de algunas de ellas como lo está en esto. Lo encontramos en Tsushima. Tal vez nadie de la corte podría haberles llevado las provisiones o los barcos a los Taira sin que alguien se diera cuenta, pero una corte extranjera podría haberlo hecho fácilmente si así lo hubieran querido.
Inuyasha pasó la mirada de ella a la tela.
—… Sí —dijo lentamente, sopesándolo—. Sí. Si los Taira les hubieran prometido que me destituirían o que les darían tierras como compensación, no sería difícil. Pero no reconozco el símbolo. No lo he visto nunca.
—Bueno, los Taira lo sabrían —dijo Kagome—. Si los confrontamos con esto, no podrán…
—No —dijo Inuyasha con la voz lo suficientemente alta para sobresaltarla—. No vas a acercarte a ellos.
—Pero tenemos pruebas…
—No —soltó Inuyasha, mirándola directamente a los ojos—. Piensa en ello, Kagome. Ahora mismo no tienen ni idea de que sabemos nada de esto. Eso puede ser lo único que tengamos a nuestro favor. Además, ¿qué conseguiríamos con confrontarlos? Los cabrearías y aun así no te contarían una mierda.
Kagome frunció el ceño, conviniendo en silencio la verdad de ello. Si ya tenían barcos apostados en la costa, el conocimiento de verdad podría ser su única ventaja hasta que pudieran congregar a sus propias fuerzas y ponerlas en posición. Intentar confrontarlos probablemente llevaría únicamente a una negativa y, aunque también les permitiría la libertad de intentar procesarlos en la corte, podría provocar que los barcos atacasen si se enteraban de ello.
—Bien —concedió Kagome tras un momento—. Dámela.
Extendió la mano hacia la tela. Inuyasha le dirigió una mirada de incredulidad primero a la extremidad y luego a ella.
—Alguien tiene que averiguar qué significa ese símbolo —dijo Kagome—. Puede que yo no pase tan desapercibida como me gustaría, pero aun así tengo más libertad para moverme por la corte sin que se den cuenta que tú. Al menos, lo haré tan pronto levantes la restricción que hay sobre mí.
Inuyasha aferró la tela con más fuerza, un frunce tiraba hacia abajo de las comisuras de su boca.
—Ni hablar —dijo—. Yo me quedaré con esto. Averiguaré lo que significa por mi cuenta.
Kagome frunció el ceño mientras lo miraba.
—Me la dieron a mí, Inuyasha —argumentó—. Es mía de pleno derecho para hacer lo que quiera con ella. Y, además, puedo…
Pero Inuyasha ya estaba negando con la cabeza.
—Ni de broma —dijo—. Por los siete infiernos, ni de broma. Yo me quedo con esto. Tú sigue descansando…
—¡No puedo descansar más! —soltó Kagome, hirviendo de cólera—. ¡Todo este descanso me va a matar! Quiero salir. Quiero ser útil. ¿Qué bien le hago a nadie encerrada como un pájaro en una jaula?
—Estarás viva —dijo Inuyasha, mirándola directamente a los ojos—. Es lo único que importa.
Kagome se quedó callada, la irritación se enfrió ante la expresión en el rostro de él.
—Me resentiré contigo —dijo en voz baja tras un momento—. Sé que solo intentas mantenerme a salvo, pero me conozco lo suficiente para saber que empezaré a resentirme contigo si sigues intentando proceder de esta forma. Prometo que me esforzaré por tener cuidado, pero necesito que confíes en que puedo cuidar de mí misma.
Inuyasha la miró largamente, la frustración estaba escrita claramente en la tensión de sus facciones. Finalmente, le tendió la tela con la mandíbula apretada. Kagome la recibió.
—La guardia se mantiene —dijo, su tono no permitía discusión—. Dondequiera que vayas, al menos dos de ellos irán contigo. La bandera del barco permanecerá en secreto. No asomes la nariz ni cerca de los Taira. Si me entero de que has hecho algo de esa mierda, te volveré a meter en el Dairi hasta que pase todo, ¿entendido?
Kagome asintió.
—Júralo —exigió Inuyasha.
—Lo juro —contestó Kagome.
—Bien —resopló Inuyasha, aunque no parecía particularmente complacido—. Es tarde. Llévate a la guardia a tu residencia y descansa un poco. Levantaré la restricción a partir de mañana.
Apartó la cara de ella. Kagome se levantó lentamente, un poco desalentada ante la abrupta despedida. Mientras avanzaba por su lado, sin embargo, él la agarró por la muñeca.
Murmuró algo, apenas lo bastante alto para que ella lo entendiera, antes de soltarla. Kagome se quedó parpadeando durante varios momentos, apenas capaz de creer a sus oídos.
Empezó a avanzar rígidamente, guardándose distraídamente la bandera en la parte delantera de su traje mientras se iba. En la entrada, miró atrás hacia el hanyou, pero él le estaba dando la espalda.
Siguió a su guardia hacia su residencia, solo vagamente consciente de sus alrededores mientras caminaba. Se sorprendió vagamente de encontrarse de repente a solas en su habitación, cayendo de rodillas sobre su futón tras unos momentos.
—No puedo perderte.
Las palabras resonaron en sus oídos el resto de la noche.
La mañana siguiente encontró a Kagome desconcertada. Parte de ello podría haber sido la nebulosidad que nublaba su cabeza después de una mala noche de sueño. El resto, sin embargo, era simplemente una completa falta de ideas.
Aunque había peleado con Inuyasha por el derecho a investigar el símbolo de la bandera, no tenía ni idea de por dónde empezar a buscar. Los Taira eran los únicos que sabía con alguna certeza que sabrían lo que era y, como Inuyasha había señalado, confrontarlos ahora probablemente causaría más problemas que los que solucionaría.
Además, tenía que ser muy cauta con sus pesquisas. No se podía correr la voz sobre esto por la corte y no se iba a arriesgar a preguntarle a nadie que pudiera contárselo a los Taira. Sus opciones de gente a la que se sentía segura de acudir eran limitadas, especialmente con Miroku y Sango todavía fuera de la corte.
Tras reflexionarlo durante buena parte de la mañana desde la comodidad de su propio futón, Kagome decidió finalmente que lo mejor que podía hacer era empezar con la gente en la que confiaba y trabajar a partir de ahí. Se obligó a incorporarse y a salir de la cama, preparándose rápidamente antes de salir.
Fiel a su palabra, Inuyasha había levantado la restricción sobre ella. Su guardia no le puso problemas cuando les dijo que su destino era el Chūwain y se pusieron rápidamente en camino. Afortunadamente, todavía era temprano por la mañana, demasiado pronto para estar paseando y Kagome se vio ahorrado el problema de tener que lidiar con cortesanos.
Pasaron bajo la torii y subieron las escaleras. Kagome se sorprendió vagamente de lo rápido que empezó a cansarla tal esfuerzo, aunque intentó atribuirlo a simplemente la inactividad de los últimos días.
Estaba tan absorta, que no vio a la figura que estaba en lo alto de las escaleras hasta que su grupo estuvo casi sobre ella. Al parecer, la figura había estado similarmente absorta, dándose la vuelta rápidamente cuando Kagome se detuvo en seco unos peldaños bajo ella.
La joven miko se encontró mirando directamente a unos sorprendidos ojos rojos, la emoción se dispersó rápidamente a raíz de un resplandor de algo similar al miedo mientras la piel de su rostro se volvía más pálida que su habitual tono perlado.
Estas emociones pasaron volando rápidamente por el fino rostro para ser reemplazadas por el habitual rizo de desdén alrededor de las comisuras de sus labios rojos como la sangre. Pero incluso esto no pudo ocultar completamente la inquietud escrita profundamente en sus ojos y giró su abanico hacia arriba para tapar la mitad inferior de su rostro, como si esto fuera a protegerla.
—Miko-sama —murmuró, haciendo una leve inclinación.
Con eso, Kagura bajó apresuradamente las escaleras por su lado, surgió una ráfaga de viento cuando llegó a la mitad. En un remolino de viento, desapareció de su vista.
Kagome se quedó mirando sin saber qué acababa de ocurrir. La youkai prácticamente había salido volando al verla, como si la hubiera descubierto en mitad de algo terrible. La mirada de Kagome fue automáticamente hacia el lugar donde había estado de pie la mujer, como si eso fuera a proporcionarle una pista.
No había nada visible a simple vista, ni tampoco en su sexto sentido. El lugar simplemente estaba de cara al ala en la que…
Kagome se quedó paralizada, se le ocurrió una idea repentinamente. Si alguien estaría versado en asuntos exteriores, sería él. Difícilmente era alguien que podía contar como confiable, pero en su posición actual, ¿realmente podría hacer mucho daño con la información?
Se mordió el labio inferior, debatiéndolo internamente.
Asintiendo para sí, empezó a caminar hacia el ala donde estaba retenido Sesshoumaru.
—¿Qué te hace pensar que yo, Sesshoumaru, no te mataré ahí mismo?
Kagome contuvo un estremecimiento, mirando al daiyoukai donde estaba de pie con aparente indiferencia escrita claramente en su postura. Se había recuperado bastante desde la última vez que lo había visto, aunque la manga que habría cubierto su brazo izquierdo colgaba todavía vacía. Pero, aparte de eso, parecía tanto el frío depredador como sugería su nombre.
—Puede matarme si quiere —dijo Kagome, manteniendo la voz firme solo por pura fuerza de voluntad—. Pero no le hará mucho bien. Mis guardias están justo al otro lado de la puerta y matarme no dispersaría la barrera. Su situación permanecería exactamente igual, salvo que el Tennō-sama probablemente le arrancaría la cabeza por ello. No me parece alguien que se sienta inclinado a hacer ejercicios fútiles, Sesshoumaru-sama.
En un abrir y cerrar de ojos estuvo ante ella, a apenas un milímetro de distancia. A Kagome le martilleó el corazón en la garganta. Supuso un esfuerzo contener un gritito.
Sesshoumaru la miró a los ojos, frío como una tarde en las profundidades del invierno.
—No presumas saber lo que yo, Sesshoumaru, haría o no, humana —dijo sin la más mínima inflexión en su voz—. No comparto la misma debilidad por los humanos que ese hanyou.
—Evidentemente —dijo Kagome débilmente, levantando las manos en preparación para defenderse.
Pero Sesshoumaru no avanzó más hacia ella. Se relajó una fracción.
—Tengo una propuesta que puede servirle para recuperar un poco de su libertad, Sesshoumaru-sama —dijo Kagome, entrando directamente en materia.
No tenía deseos de permanecer allí más de lo necesario. Solo podía imaginar cómo había sido el padre del daiyoukai en vida, si el youki de su hijo era tan intimidante.
Una comisura de su boca se curvó levemente en gesto de desdén.
—Yo, Sesshoumaru, no hago tratos con humanos —contestó.
—¿Incluso si ese trato es su única esperanza de salir alguna vez de aquí?
Los ojos del daiyoukai se apartaron de los de ella despectivamente. Kagome frunció el ceño.
—Mire esto —insistió, metiendo la mano en la parte delantera de su traje para sacar la bandera—. ¿Reconoce este símbolo?
Miró la bandera mientras la desplegaba ante él, sus ojos permanecieron sobre esta solo por un momento. Lo suficiente para que ella captase el resplandor de reconocimiento en sus ojos.
—Sí —dijo—. Lo reconoce.
Sesshoumaru la miró y Kagome tuvo la impresión de que estaba ligeramente sorprendido por su percepción. Sostuvo la bandera más en alto, obligándola a entrar de nuevo en su campo visual.
—Yo, Sesshoumaru, no tengo ninguna intención de ayudar al hanyou a limpiar el caos que haya conseguido originar —dijo el daiyoukai, dándole completamente la espalda.
—Inuya… El Tennō-sama no provocó esto —dijo Kagome—. Su Majestad simplemente está intentando arreglarlo. ¿Usted no quiere eso también, Sesshoumaru-sama? La sangre del anterior Tennō-sama, su padre, corre por las venas de los dos. ¿No debería preocuparse usted también por el destino de sus tierras?
—No mientras estén en manos de un idiota sangre sucia que ama a los humanos.
Kagome se mordió la lengua para contener una réplica mordaz. Él tenía la respuesta. Estaba justo delante de ella, sosteniendo la llave para averiguar con quién estaban conspirando los Taira y posiblemente incluso quién había intervenido en el prematuro fallecimiento de su propio padre. Solo necesitaba que lo rindiera de algún modo.
Abrió la boca, su mente trabajaba frenéticamente en busca de algo que pudiera ocurrírsele para poder convencer a un hombre de tan frío corazón.
Se vio interrumpida, sin embargo, por el repiqueteo de la shoji detrás de ella. Se giró para encararla, sorprendida por el sonido.
Midoriko estaba en la entrada, con un guardia a cada lado de ella. Kagome se guardó la bandera apresuradamente, una mirada por el rabillo del ojo le dijo que Sesshoumaru ni había mirado hacia atrás ante el sonido.
—El Tennō-sama te ha estado buscando —dijo Midoriko—. Su Majestad dice que es urgente que te reúnas con él en sus aposentos inmediatamente.
Kagome frunció el ceño.
—Su… ¿Su Majestad sabe dónde estoy? —preguntó.
Midoriko asintió.
Kagome hizo una mueca internamente. A Inuyasha no le había llevado mucho tiempo encontrarla. Se preguntó si había dispuesto un seguimiento a su guardia. ¿Cuántos problemas le ocasionaría este pequeño atrevimiento suyo?
—Entonces iré con Su Majestad inmediatamente —dijo—. Gracias por avisarme, O-Miko-sama.
Empezó a avanzar y entonces se detuvo.
—Vendré a visitarle pronto de nuevo, Sesshoumaru-sama —dijo a modo de hacerle saber al daiyoukai que no estaban ni cerca de terminar.
Él le dirigió una mirada por encima del hombro, sin moverse.
Midoriko cerró la shoji detrás de ella mientras salía de la habitación, poniéndose a su lado mientras avanzaba por el pasillo con su guardia. Un leve frunce adornaba sus labios mientras la miraba.
—¿Hay una razón por la que desees pinchar a una bestia tan temprano por la mañana y tan pronto tras haber recuperado tu libertad? —inquirió, arqueando una ceja.
—La hay —contestó Kagome—. Y tenía intención de explicárselo en cuanto terminase aquí.
—Mejor ahórratelo hasta después de que termines de lidiar con Su Majestad —dijo Midoriko—. Estaré esperando un informe completo pronto.
Kagome asintió, ofreciéndole una breve sonrisa antes de dirigirse hacia el Dairi para enfrentarse a cualquier castigo que fuese a llegar.
De todos los escenarios que Kagome había visualizado, este no estaba entre ellos.
No, este era mucho, mucho peor.
Se quedó de pie en la entrada, incapaz de obligarse a adentrarse más en la habitación. La tensión era tan densa que tenía una fuerza propia, reteniéndola.
Abruptamente, se le revolvió el estómago. No había esperado volver a verle, y menos aquí y con él. ¿Qué debería decirle? ¿Qué podía decirle?
—¿Qué…?
El patético sonido chirriante fue todo lo que escapó de ella cuando abrió la boca.
Ninguno de los hombres le respondió, ni siquiera le dirigieron la mirada. Uno siguió con la mirada malhumorada fija en el cojín que tenía debajo, mientras que la mirada fiera del otro no se apartaba de él.
Kagome se obligó a avanzar un paso y luego otro, aunque parecía como si estuviera esforzándose por caminar entre fango que le llegaba a los tobillos. Toda la situación parecía una bizarra pesadilla que su mente sobrecargada hubiera conjurado.
Inuyasha le dirigió una mirada mordaz, dirigiéndola con la vista hacia el cojín que tenía a su lado. Kagome se acercó, vacilante, deteniéndose antes de arrodillarse.
Ya le había hecho suficiente daño a Kouga. No había necesidad de hacerle más.
Movió un poco el cojín, lo suficiente para mostrarle al youkai lobo que los asuntos entre Inuyasha y ella no eran como él había creído aquel horrible día. Ignoró la mirada mordaz de Inuyasha que iba dirigida hacia ella.
—¿Por qué está aquí, Kouga-sama? —preguntó con voz queda cuando fue evidente que el hombre no tenía ninguna intención de hablar.
—No es que quiera estar aquí —soltó el lobo, con tanta dureza que ella casi se encogió—. Tuve que venir.
—Vigila la lengua en mi corte, lobo apestoso —gruñó Inuyasha en respuesta.
Kouga levantó los ojos con una mirada de furia, pero los volvió a bajar al ver a Kagome. Transcurrió un largo momento antes de que volviera a hablar y ella pudo sentir que Inuyasha se estaba poniendo más tenso detrás de ella a cada momento que pasaba.
—Está pasando algo ahí fuera —dijo Kouga finalmente.
Kagome casi suspiró de alivio ante las palabras, ya que estaba casi segura de que acababan de evitar por poco que Inuyasha explotase. Pero frunció el ceño cuando las asimiló del todo.
—¿A qué se refiere? —preguntó—. ¿Ha ocurrido algo?
—No ha pasado nada —dijo Kouga todavía sin mirarla a los ojos—. Ese es el tema. Casi no ha pasado nada en absoluto desde…
Se interrumpió, pero Kagome lo comprendió perfectamente. Desde que se habían separado. Se mordió el labio, dándose cuenta de lo mucho que debía de seguir sufriendo después de todo lo que había pasado entre ellos.
—En fin —dijo Kouga, aclarándose la garganta enérgicamente—. No ha habido nada. Ningún desafío entre territorios. Ninguna escaramuza entre fronteras. Nada. Incluso acudí al par de jefes de los territorios que rodean el mío. Nada tampoco por su parte.
—¿Arrastraste tu culo pulgoso hasta aquí porque había demasiada tranquilidad para ti? —dijo Inuyasha entre dientes.
Kagome le dirigió una mirada mordaz por encima del hombro. Inuyasha ni siquiera la miró.
—Como decía, chucho —dijo Kouga entre dientes apretados—. No habría venido si no fuera necesario, joder. Estaba todo en calma y entonces Ayame acudió a mí…
—¿Ayame? —repitió Kagome.
Kouga la miró un momento antes de bajar la mirada.
—La youkai de los Taira —dijo bruscamente—. Me siguió fuera de la corte o algo así. Dijo que se estaba escondiendo o que había escapado, o algo así. No sé. Balbuceaba tanto que era difícil sacarle algo que tuviera sentido.
Kagome parpadeó, un recuerdo asomó tenuemente al fondo de su mente.
—¿La pelirroja? —dijo—. ¿La youkai loba pelirroja del clan Taira? ¿Esa es Ayame?
Podría haber jurado ver un leve sonrojo subiendo a sus morenas mejillas. Inclinó más la cabeza.
—Pelirroja. Molesta. Balbucea sin parar —dijo con brusquedad—. Esa.
—¿Se fue de la corte? —dijo Kagome—. ¿Te dijo que se había escapado de los Taira y acudió a ti?
—Eso he dicho, ¿no?
Kagome sostuvo en alto una mano en gesto apaciguador.
—Perdón, perdón —dijo—. Solo estoy intentando comprender. Por favor, ¿qué le ha estado contando exactamente, Kouga-sama, que le haya hecho venir aquí?
—Escapó de la corte —dijo Kouga lentamente, como si estuviera explicándole algo a un niño—. Dijo que nadie de los Taira lo ha hecho desde hace años, pero que las cosas son tan caóticas con ellos ahora mismo que fue capaz de escabullirse. Dijo que algo… va mal con el clan. No está segura de qué, pero el líder ha estado actuando de forma extraña desde hace un tiempo y teme lo que podría haber pasado si se hubiera quedado allí. Dijo que…
Murmuró algo que hizo que se le acalorasen las mejillas una vez más. Kagome escogió descartar esto, centrándose en cambio en lo que le había contado.
—¿Ayame-sama sigue entonces con la tribu de los lobos del este? —preguntó.
Kouga asintió.
—No quise obligarla a venir por aquí —dijo—. Pero entre lo que dijo y lo que ha estado ocurriendo con los youkai…
Se detuvo, levantando los ojos para encontrar los de ella. Kagome se quedó paralizada. En ese breve instante, esa expresión volvió a sus ojos, ese cariño al que una vez se había esforzado tanto por corresponder. Sintió el calor inundando sus mejillas, un intenso sonrojo de vergüenza. Esta vez fue ella la que tuvo que apartar la mirada.
—Pensé que al menos tú deberías saberlo —terminó Kouga en voz más baja—. No sé qué sacarás de ello… diablos, yo no tengo ni idea de qué sacar de ello. Pero te di mi palabra, así que considera esto mi forma de cumplirla.
—… Gracias —consiguió decir Kagome tras un momento, su voz se elevó apenas por encima de un murmullo.
Kouga asintió.
—¿Podría quedarse en la corte unos días, Kouga-sama? —preguntó Kagome, obligándose a recuperarse—. Necesitaremos un tiempo para decidir cómo proceder y creo que sería mejor que estuviese aquí para consultárselo en cuanto lo hagamos.
Pudo sentir a Inuyasha enfureciéndose tras ella, aunque contuvo la lengua. Kouga frunció el ceño, vacilando durante un largo momento.
—De acuerdo —dijo de mala gana—. Pero esta vez no voy a quedarme. Tengo que volver con mi clan lo antes posible.
—Lo entiendo —contestó Kagome—. Intentaremos…
—Las habitaciones en las que estuviste la última vez siguen abiertas —intervino Inuyasha, su voz hizo que se le erizase el vello de la nuca—. Te quedarás allí. Vete. Ya.
Kouga vaciló, pasando la mirada del hanyou al rostro pálido de Kagome. Se levantó lentamente, saliendo sin decir otra palabra.
Hubo un instante de silencio que siguió a su marcha en el que Kagome no se atrevió a darse la vuelta.
—Por los siete infiernos, ¿qué ha sido eso?
Kagome respiró hondo, estabilizándose. Todavía no se giró para encararlo.
—No estoy segura —comenzó—. Es difícil…
—Eso no —gruñó Inuyasha—. Tú. El lobo. ¿Qué pasó entre vosotros dos?
Kagome se mordió el labio, incómodamente consciente de que Inuyasha no sabía nada de que Kouga se había unido a ella en su misión fuera de la corte o lo que había pasado entre ellos durante ese tiempo. Se obligó a girarse parcialmente para encararlo, metiéndose un mechón detrás de la oreja.
—Kouga-sama vino hasta aquí para traernos esas noticias y ¿de eso es de lo que escoges preocuparte, Inuyasha? —dijo, lanzándole una mirada de soslayo—. En serio…
—¡No soy un jodido idiota, Kagome! —vociferó Inuyasha, su palma chocó contra el suelo lo bastante fuerte para sacudir un brasero cercano—. ¡Está claro como el agua que pasa algo entre tú y ese lobo pulgoso! ¡Yo…!
—¡No creo que seas idiota, pero pensaré que eres tonto si sigues así! —soltó Kagome, la irritación subió para cubrir su incomodidad.
No debería tener que explicarle nada que pudiera haber pasado entre Kouga y ella. Teniendo en cuenta las circunstancias, no era importante ni nada que tuviera derecho a saber. Necesitaba que se concentrase y su ayuda ahora más que nunca.
Inuyasha se la quedó mirando, un poco del calor se desvaneció de su expresión. Kagome levantó la mirada para encontrar la de él.
—No quiero hacer esto sola —dijo con voz queda—. Pero lo haré si es necesario.
Inuyasha estaba callado, pero el resto de su ferocidad se desvaneció de sus facciones. Apartó los ojos de ella.
—Sé que solo intentas protegerme, Inuyasha —dijo Kagome suavemente—. Y lo agradezco. Siempre. Pero no puedes protegerme de todo.
—¿Protegerte? —repitió Inuyasha con una dulzura poco característica—. ¿Es eso lo que crees que es esto?
Sus ojos encontraron los de ella. Kagome parpadeó, desconcertada. No lo entendía. Un leve titileo al fondo de su mente le dijo que no quería entenderlo. Se movió, inquieta, fijando la mirada en una esquina en penumbra de la habitación.
—¿Cómo crees que debemos proceder en relación con los Taira? —preguntó Kagome, ansiosa por cambiar el curso de la conversación—. Tendremos que decidir algo pronto. Me imagino que no tenemos mucho tiempo, en cualquier caso, si las cosas están tan mal como para que Ayame-sama haya escogido huir, pero preferiría tener todo solucionado antes de que Kouga-sama tenga que regresar con su clan.
Un silencio extenso siguió a sus palabras. Finalmente, oyó algo similar a un resoplido proveniente de donde estaba el hanyou.
—¿Qué te hace estar tan segura de que la loba de los Taira no es una trampa? —dijo Inuyasha.
Esto sorprendió a Kagome lo bastante para dirigirle su atención.
—Piensa en ello —continuó Inuyasha—. ¿Cómo salió sin que se dieran cuenta? ¿Por qué acudir al lobo flacucho, de entre toda la gente que hay? No es como si toda la corte no creyese que los dos estabais…
La expresión de Inuyasha se ensombreció cuando se interrumpió en seco, pero Kagome comprendió perfectamente lo que quería decir. Toda la corte había creído que estaba relacionada íntimamente con el Señor de los lobos en cierto momento. Podrían haber enviado a Ayame con él con la esperanza de que él la informase a ella.
—Pero ¿por qué? —preguntó Kagome—. ¿Qué esperarían ganar asegurándose de que esto llegase a nosotros?
Inuyasha se encogió de hombros, negando con la cabeza.
—¿Quién sabe? —dijo—. Probablemente intentar distraernos de otra cosa. Mantener nuestra atención aquí en la corte sobre ellos.
Kagome parpadeó, se le ocurrió algo. Apoyó la mano contra el lugar donde la bandera descansaba justo bajo su ropa.
—¿Los barcos…?
Inuyasha frunció el ceño mientras lo sopesaba. Hizo un pequeño asentimiento.
—Tal vez —dijo—. Si planean hacer algo pronto con los barcos, tendría sentido.
Kagome frunció el ceño.
—No tenemos forma de saberlo —murmuró medio para sí misma—. Si es o no una trampa, los únicos que lo sabrían con seguridad serían los Taira.
—Tendríamos que interrogar a la loba —aportó Inuyasha.
—Pero no podemos pedirle que vuelva a la corte sin saber que no supone un peligro para ella —dijo Kagome—. No si de verdad huyó temiendo por su vida.
—Eso no nos deja con muchas opciones, Kagome —dijo Inuyasha secamente.
—Lo sé —dijo—. Es que no quiero hacer ningún movimiento apresurado. Algo está pasando con ellos. Solo tenemos que desenredar lo que es. Hasta entonces, ¿no podemos poner una guardia para que los vigile o algo así?
—¿Y qué decimos cuando la corte se indigne por ello? —dijo Inuyasha—. Los Taira no van a quedarse callados si piensan que intento espiarlos.
—A menos que eso sea lo que querían —argumentó Kagome—. Si Ayame-sama de verdad era un intento por distraernos, ¿no darán la bienvenida a un incremento de atención? Ponles vigilancia. Veamos si protestan o no. Mientras tanto, puedo investigar todo usando otras vías.
—¿Otras vías? —repitió Inuyasha, arqueando una oscura ceja.
—Nada peligroso —se apresuró a asegurarle Kagome, levantando una mano como para contener el flujo de protestas que podía sentir que se avecinaba—. Solo necesito hacer unas preguntas. Ver si puedo encontrar a alguien que pueda saber un poco más sobre los Taira que pueda ayudarnos a encontrarle un sentido a todo. Tal vez hablar con Kouga-sama y ver si puede recordar algo más sobre Ayame-sama que pueda ser de utilidad.
El hanyou se tensó.
—Si vuelves a hablar con él, que yo esté presente, ¿entendido? —dijo.
Kagome frunció el ceño, a punto de discutir. Se detuvo, pensándolo mejor.
—De acuerdo —aceptó con un asentimiento.
Inuyasha la miró, sorprendido por su fácil aceptación de la condición. Hizo un ligero asentimiento.
—Bien —dijo.
—Entonces está decidido —dijo Kagome, asintiendo en respuesta—. Dejaré que selecciones una guardia que ponerles a los Taira mientras yo investigo el asunto de la vela y el clan.
Inuyasha hizo un leve sonido de aceptación mientras Kagome se levantaba para irse. Se dio la vuelta, decidida a regresar a su residencia para ver si podía juntar una lista de personas que pudieran ser capaces de proporcionar algo de información sobre lo que estaba pasando entre los Taira. Sesshoumaru-sama, al menos, no iba a ir a ninguna parte en un futuro cercano. Tenía tiempo para averiguar cómo…
—Kagome.
Se detuvo en seco en el umbral de la entrada. Se dio la vuelta para descubrir que el hanyou se había levantado, estaba de pie a cierta distancia de ella.
—Tú —dijo tentativamente, esforzándose por buscar las palabras—. Tú y… el lobo…
Kagome se tensó, observándolo cautelosamente. Pero había una franqueza poco característica en su expresión, un atributo que era casi vulnerable. Levantó los ojos, encontrando la mirada de ella por un instante. Su expresión se cerró.
—Olvídalo —dijo, dándole la espalda—. Vete y punto.
Kagome vaciló, mirándolo.
—Inuyasha… —dijo en voz baja.
El hanyou no dijo nada en respuesta, aunque ella estaba casi segura de que la había oído. Tras un instante, se dio la vuelta y atravesó la entrada, apartándolo de su mente mientras el tapiz se cerraba a su espalda.
Tal vez había algunas cosas que era mejor dejar sin mencionar entre ellos.
La lista era tristemente corta.
Kagome sabía que debería habérselo esperado, pero había tenido la esperanza de que resultase de otro modo. Los Taira eran extremadamente cuidadosos. Casi no había nadie en quien pudiera pensar para acudir, salvo ellos mismos, para obtener cualquier suerte de información fiable y había muy pocas personas aparte de ellos con quienes se sintiese segura preguntando, aunque fuera por rumores sobre ellos. No quería arriesgarse a levantar sospechas de nadie.
Tras devanarse los sesos a través de todos los escenarios posibles, Kagome se dio cuenta de que había perdido la luz del día. Decidió que sería mejor dormir un poco y decidir cómo proceder cuando su mente estuviera un poco más fresca por la mañana.
Pero el sueño fue algo veleidoso esa noche. Se durmió y se despertó de un sueño ligero durante toda la noche, su mente daba vueltas continuamente alrededor de la repentina presencia del Señor de los lobos en la corte.
Una vez más, se había jugado el pellejo por ella. Había abandonado a su clan para ayudarla. La gratitud que sentía hacia él se mezclaba con la vergüenza y con más que una poca frustración. No tenía que llegar a tales extremos por ella. Ya no había nada que lo atase a ella.
Excepto que la forma en la que habían terminado las cosas entre ellos había sido horrible e incierta. Simplemente se había marchado, apenas dejándole tiempo para que se explicase o se disculpase. Ni siquiera se había permitido airear sus frustraciones como debería haberlo hecho.
Su presencia aquí era una segunda oportunidad para arreglar las cosas de algún modo. De compensar sus anteriores titubeos.
Si solo fuera lo bastante valiente para intentarlo.
Kagome se levantó más tarde a la mañana siguiente de lo que estaba acostumbrada. La mala noche de sueño la dejó somnolienta, pero después de un poco de esfuerzo, se obligó a levantarse de la cama y a volver al Chūwain. Midoriko no parecía un mal lugar para empezar a buscar información sobre cualquier cosa de la corte y, después de hablar con ella, podía hacerle otra visita a Sesshoumaru. No es que hubiera tenido mucha suerte averiguando cómo animarlo a que hablase con ella.
Suspiró por lo bajo cuando llegó al último escalón, dirigiéndose hacia el salón principal. Pasó por el ritual de purificación distraídamente, su guardia siguió su ejemplo antes de entrar en el salón principal.
Midoriko fue fácil de encontrar, estaba trabajando con callada concentración en un pergamino de plegarias en el salón principal. Les ofreció a los guardias té en un salón no lejos del principal mientras esperaban a que ellas terminasen con su conversación. Los hombres aceptaron sin reparos y el par se quedó en relativa privacidad.
—Es bueno ver que sigues con buena salud —dijo Midoriko mientras se acomodaba en el cojín enfrente de ella—. ¿Cómo va tu hombro?
—Ha estado bien desde que desperté —contestó Kagome—. La cicatriz sigue ahí, pero no me molesta en absoluto.
—Me alegro —dijo Midoriko, aunque la forma en la que le miró el hombro hablaba más de cautela que de alegría—. ¿Has venido, entonces, a explicar tu presencia aquí ayer?
—En parte —dijo Kagome—. Pero también tengo unas preguntas para las que esperaba que tuviese respuestas, si tiene un poco de tiempo.
—Por supuesto —dijo Midoriko inmediatamente.
—Necesito saber sobre los Taira —dijo Kagome—. En particular, cualquier cosa… extraña que pueda haber notado recientemente.
Midoriko frunció ligeramente el ceño.
—¿Extraña? —repitió—. ¿Ocurre algo, entonces?
—Algo sí —afirmó Kagome—. El problema es que parece que no conseguimos averiguar exactamente qué puede ser ese algo.
Midoriko frunció el ceño.
—Me temo que puede que no vaya a ser de mucha ayuda, entonces —dijo—. Los Taira son altamente reservados, por decir poco. Sé poco de sus idas y venidas dentro de la corte, ya que tienden a evitar el Chūwain. Sé algo sobre su historia, pero poco más.
A Kagome se le descompuso ligeramente el rostro. Pero se lo había esperado.
—Agradezco cualquier cosa que pueda contarme —dijo—. Especialmente si resulta saber algo sobre su conexión con… con Miyasu-sama.
Kagome se mordió el labio, medio preguntándose si debería haber dicho las palabras ahora que las había soltado. Había reflexionado sobre el asunto del padre de Miroku y lo que habían descubierto fuera de la corte durante un tiempo, preguntándose si le correspondía a ella empezar a investigar el tema sin el houshi presente. Todavía no había llegado a una sólida conclusión sobre el asunto, pero ahora no es que pudiera retirarlo.
—¿Miyasu-sama? —repitió Midoriko, mirándola con curiosidad—. ¿Te refieres al fallecido padre del buen Houshi?
Kagome asintió.
—Bueno, por lo que tengo entendido, no tenía más tratos con los Taira que la mayoría de la corte —dijo Midoriko pensativamente—. Como clan de youkai, ciertamente nunca tuvieron mucho que ver con espiritistas, salvo por cumplir con los rituales más básicos. Miyasu-sama… bueno, supongo que era más ambivalente hacia los Taira que la mayoría de la corte, si recuerdo correctamente.
La miko mayor frunció el ceño, dirigiendo su mirada hacia su interior durante un momento. Un profundo frunce en su ceño mientras se esforzaba por componer un recuerdo desde las profundidades.
—¿Por qué dice eso, Midoriko-sama? —incitó Kagome.
—Creo… —dijo Midoriko lentamente, trabajando por aferrar el fugaz pensamiento—. Una vez me mencionó que tenía un problema con el anterior jefe de los Taira. Algo sobre él y el pobre chiquillo que se había traído a la corte…
Se quedó en silencio durante un largo momento, frunciendo el ceño mientras miraba sus manos entrelazadas. Kagome se obligó a esperar sin hablar, temiendo romper el tren de pensamiento de la mujer si la interrumpía.
—No le gustaba el muchacho, por alguna razón —dijo Midoriko finalmente, levantando la mirada para encontrar la de Kagome—. Lo recuerdo porque me pareció extraño. Todo el asunto era extraño. Miyasu-sama era un hombre excepcionalmente amable, pero no le gustó aquel niño condenado desde el momento en que el anterior jefe se lo trajo a la corte. Lo cual es extraño en sí mismo. El niño era humano y plebeyo, además. El jefe dijo que había sido una extraña punzada de lástima la que lo había llevado a traer aquí al niño. Nadie nunca lo entendió, en realidad. No puedo imaginarme que tuviera una vida feliz.
—Su nombre —dijo Kagome, una extraña sensación se apoderó de ella—. ¿Recuerda cuál era el nombre del niño?
Midoriko asintió.
—Eso creo —dijo ella—. Al niño no se lo veía a menudo fuera de la residencia Taira, pero entre la rareza de su nombre y sus circunstancias, se volvió un asunto un tanto infame dentro de la corte. Se llamaba Onigumo, creo.
Kagome sintió como si la hubiera golpeado un rayo. Se le erizó el vello de sus antebrazos.
Onigumo. El pequeño de la aldea. El niño de Fuyumi. No le había matado una pelea entre clanes, sino que lo habían traído a la corte junto con su madre. Por lógica, el descubrimiento debería haber sido pequeño, nada más que simple casualidad, pero para su mente tenía un cierto peso que no podía ignorar.
—¿Kagome? —dijo Midoriko, casi sobresaltándola—. ¿Te encuentras bien? Te has puesto pálida.
Se había levantado, apoyando suavemente el dorso de sus dedos sobre la frente de Kagome. Kagome se la quedó mirando, esperando no parecer tan sorprendida como se sentía. Un leve frunce intensificó las arrugas del ceño de la miko mayor.
—¿Has estado bien desde que despertaste? —preguntó suavemente.
Kagome se obligó a asentir.
—Bastante bien —dijo.
Midoriko la miró, evidentemente sin estar completamente convencida. Pero se movió para volver a ocupar su asiento, su comportamiento se volvió pensativo.
—Estaba segura de que fallecerías —dijo, lo bastante abruptamente como para que Kagome se sobresaltase—. Cuando pude ver bien tu herida… toda mi experiencia como curandera me dijo que era mortal.
Kagome se la quedó mirando, muda de la impresión.
—Pero entonces empecé a ver el hilo —continuó la miko más mayor, hablando casi para sí misma—. Cada vez que él aparecía, ahí estaba. No se deshilachó y no se rompió. Tiraba de ti, sin prisa, pero sin pausa. Te anclaba aquí. Nunca… nunca antes había visto un vínculo tan firme.
Se quedó en silencio, una expresión nostálgica nubló sus facciones por un momento antes de que levantase la mirada. Kagome encontró su mirada, sintiendo el calor empezando a subir a sus mejillas ante las implicaciones de las palabras de Midoriko.
—No sé a qué se refiere —consiguió decir, sus palabras fueron débiles.
—Sí que lo sabes —dijo Midoriko con sencillez—. Muy bien, me imagino. Y he decidido que no tengo más deseos de saber qué ocurrió entre Amaterasu-sama y tú. Ese asunto es tuyo y de nadie más, salvo tal vez de él. Pero me permitiré esto: pretendo hacer todo lo que esté en mi poder para encargarme de que ese vínculo no se rompa y te instaría a que tú hicieras lo mismo.
—Yo… es imposible que yo pudiera… —farfulló Kagome, tan sorprendida que no conseguía negarse más—. Es decir, él y yo… es totalmente imposible…
—Siempre he deseado ayudarte, expiar el error que te trajo a mí en un principio —dijo Midoriko como si no la hubiera oído, una luz que Kagome nunca antes había visto creció en sus ojos oscuros—. No fue hasta que vi ese hilo que lo comprendí de verdad. En ti, los kami no me han dado un castigo por mi debilidad. No eres una carga de la que tenga que encargarme. Eres un regalo que me han otorgado, si tengo vista para verlo. Eres mi oportunidad de ocasionar un futuro que una vez se me ofreció a mí, pero que yo temía demasiado como para aceptarlo.
Kagome frunció el ceño. Midoriko sonrió débilmente.
—Una vez te mencioné al hombre que creó la estatua de Amaterasu-sama —dijo—. Tal vez si termino ese relato, entonces llegues a entenderlo.
Entrelazó las manos, bajando la mirada a su regazo.
—Su nombre era Akio —dijo en voz baja—. Era el producto de una relación ilícita entre el jefe de un clan menor y una mujer de la aldea que limitaba con sus tierras. En circunstancias normales, simplemente habrían dejado que se criase en la aldea, pero a medida que crecía, demostraba tener una gran habilidad como artesano. Su padre tomó la decisión de quitárselo a su madre y traerlo a la corte, con la esperanza de que sus habilidades demostraran un punto de prestigio para él.
»Así fue. Akio produjo un gran número de obras a petición del Tennō, todas ellas infinitamente superiores con mucho a lo que podían fabricar los artesanos de la corte. Era un hombre callado por naturaleza, a menudo se perdía en sus pensamientos. Las obras que producía eran ampliamente admiradas, pero entre las circunstancias de su nacimiento y su naturaleza reservada, nunca se ganó muchos amigos íntimos dentro de la corte.
»Pero venía a menudo al Chūwain, ya que las obras en las que aparecían los kami eran su tema favorito. Yo todavía estaba entrenándome cuando nos conocimos y nuestros caminos a menudo se cruzaban aquí. Fue bastante amable cuando nos conocimos, pero siempre parecía que su mente estaba parcialmente en otro lugar. Creo que yo le prestaba más atención a él que él a mí.
»Hasta que comenzó la estatua de Amaterasu-sama, claro. Me encontré cautivada por ella desde el momento en que comenzó su creación. Para mí, tenía una sensación de destino en ella, de algún modo. Comencé a preguntarle por ella, observándolo mientras trabajaba. Él parecía compartir mi misma sensación sobre su importancia y de repente descubrí que se estaba abriendo a mí, compartiendo cosas sobre sí mismo que yo estaba segura de que nunca le había contado a otro ser viviente. Antes de que me diera cuenta, nos habíamos convertido en amigos íntimos.
Midoriko hizo una pausa, frunciendo débilmente el ceño. Negó con la cabeza, con los ojos fijos en sus manos.
—No, en amigos no. Es extraño. Incluso ahora intento negar aquello a lo que me resistí tan tercamente en aquel entonces. Antes de que me diera cuenta, estábamos… estábamos profundamente enamorados. Pero nuestra relación me ganó una amplia censura dentro de la corte. Mis primos en mi clan, incluso mis maestros espirituales se volvieron fríos conmigo. Uno incluso fue tan lejos como para decirme que nunca progresaría si continuaba teniendo esa relación tan pública.
»Yo todavía era muy joven. Una parte de mí siempre había reconocido que Akio y yo éramos diferentes en un gran número de sentidos, ninguno era en absoluto las circunstancias de su nacimiento. Era un hombre maravilloso, pero… una pequeña parte de mí siempre había aceptado sin discusión que él era inferior a mí. Cuando los cortesanos empezaron a tratarme con tanta frialdad, sirvió para traer esto al frente de mis pensamientos.
»De repente encontré que él era una amenaza para el camino que había escogido y para la vida que había vivido tan cómodamente en la corte. Comencé a alejarme de él, aunque casi todos mis sentimientos se rebelaron. Él era un hombre demasiado perceptivo como para no notar el cambio en mi actitud. Él…
A Midoriko le flaqueó la voz. Sus manos se flexionaron una vez en su regazo, sus nudillos se pusieron blancos por un momento. Hubo varios instantes de silencio antes de que pudiera volver a hablar.
—Sin decir tanto, dejó claro que deseaba casarse conmigo —dijo, en voz tan baja que Kagome apenas oyó las palabras—. Entré en pánico. Parecía como si todo mi futuro se estuviera haciendo añicos. Todo aquello de lo que había estado tan segura toda mi vida me lo estaban quitando. Me distancié. Dejé claro que no tenía intención de convertirme en su esposa.
»Para entonces, la estatua de Amaterasu-sama hacía tiempo que estaba terminada. A Akio no le quedaban pretextos para seguir regresando regularmente al Chūwain y, tan pronto hice patente mi respuesta, simplemente dejó de venir. No puedo decir que no entienda el porqué. Habíamos estado tan unidos, debió de haberse asombrado cuando lo rechacé tan abruptamente.
»Pasaron los años y la distancia creció entre nosotros. Se me dio el título de O-Miko, como siempre había pensado que quería. Y entonces comenzó la guerra por el trono. Akio estuvo entre los muchos que perdieron sus vidas. Yo fui la que le realizó los últimos ritos. Todavía puedo recordar…
Se quedó sin voz. Un leve temblor recorrió su figura. Kagome se quedó en silencio, absorta. Quería ir hacia la mujer, intentar ofrecerle algún consuelo, pero de algún modo no conseguía moverse.
—Todavía puedo recordar estar ante la pira funeraria —continuó Midoriko, su voz firme, pero de algún modo hueca—, y saber en ese momento el terrible error que había cometido. En las llamas pude ver cómo habría sido nuestra vida, la felicidad de saber que nunca estaba sola. Pude ver a nuestros hijos mientras jugaban y la vida juntos que, aunque más humilde de a lo que estaba acostumbrada, estaba, no obstante, llena de todo lo que valía la pena desear en este mundo.
»Sabía que, si vivía hasta los cien años, no habría otra como esa para mí. Había creído que nuestras posiciones en el mundo estaban demasiado separadas para que tuviera sentido un matrimonio. Pero me lo habían entregado y yo había sido demasiado tonta como para aceptar un regalo que me ofrecían. A día de hoy, no ha habido nunca otro que pudiera haber considerado.
Finalmente, Midoriko levantó la mirada hacia ella. Un brillo de lágrimas iluminaba sus ojos, pero había una leve sonrisa cerniéndose sobre las comisuras de sus labios. Kagome se la quedó mirando, negando lentamente con la cabeza.
—Lo siento —dijo, se le quebró levemente la voz—. Lo siento tanto por usted, Midoriko-sama. Por lo que le ocurrió a Akio-sama. Pero debe saber… seguro que debe ver que yo soy distinta. Esto es distinto.
—¿Lo es? —replicó Midoriko—. Tal vez en la superficie. Pero no soy tan joven como lo fui una vez, ni sigo siendo tan tonta como para no ver los hilos del destino mientras se tejen ante mis ojos. No puedo decirte qué camino tomar, pero estaré detrás de ti si escoges el más difícil.
Había tal inquebrantable convicción en el rostro de la mayor, que la siguiente protesta de Kagome se le quedó atascada en la garganta.
No quería pensar en esto. No quería oírlo mencionado en voz alta o saber que sus sentimientos podían ser tan evidentes para otros. No quería enfrentarse a esto.
Kagome se puso en pie abruptamente, sintiendo que el pánico empezaba a brotar dentro de ella.
—Tengo que irme —dijo.
Midoriko levantó la mirada hacia ella, asintiendo tras un momento.
—Lo entiendo —dijo—. Tal vez en otro momento.
Kagome hizo un pequeño asentimiento, experimentando un resplandor de remordimiento ante su brusquedad después de lo que acababa de compartir la mujer con ella. Aun así, no estaba en condición de lidiar con tal conversación por el momento.
Hizo una reverencia antes de partir, saliendo del Chūwain lo más rápido que pudo sin empezar a correr y olvidándose en su apuro incluso de sus guardias.
Se movía tan rápidamente que casi chocó contra la figura que estaba de pie, no lejos del ala oeste del templo.
La mujer se dio la vuelta para encararla y Kagome captó un vistazo de unos ojos bien abiertos con sorpresa y un poco de miedo. Trastabilló hacia atrás, una disculpa saltó a sus labios.
Murió donde estaba cuando se dio cuenta de con quién estaba cara a cara. Una vez más, Taira Kagura estaba delante de ella y ante el Chūwain, incapaz de componer sus facciones en su habitual frunce.
Kagome frunció el ceño, observando a la mujer.
—¿Hay algo que necesite de este lugar, Kagura-sama? —preguntó—. También estuvo aquí ayer. ¿Tal vez está buscando algo?
Se sorprendió al ver el leve sonrojo coloreando las mejillas de la youkai. Ensanchó los ojos.
—Debe estar equivocada, Miko-sama —soltó—. Solo estoy dando un paseo. ¿Ahora no se me permite pasear por donde me plazca?
Sus ojos volvieron a moverse hacia el edificio por un instante, un movimiento involuntario. Por un momento, algo resplandeció por su rostro.
Con un sobresalto, Kagome reconoció lo que era.
—Es él —dijo—. Quiere verlo a él.
Kagura abrió los ojos como platos, su rubor se intensificó. Si fuera de la clase de mujer que salía huyendo, Kagome estaba segura de que hubiera huido entonces. Dio medio paso atrás, pero se mantuvo firme.
—No…
—Sí —la interrumpió Kagome—. Sabe exactamente a qué me refiero. Lo sé.
Lo sabía porque su expresión le resultaba muy familiar. Porque la había portado ella misma tan a menudo y tan falta de esperanza. Porque meros momentos atrás, había visto sus ecos escritos claramente en el rostro de su mentora.
Kagura cerró la boca, colocando la mandíbula como si fuera a pelear. Encontró los ojos de Kagome, el rojo de los suyos centelleando levemente.
—¿Y qué? —dijo finalmente, la debilidad de su voz minó su desafío—. Tiene lo que quería, ¿no? ¿Cómo va a utilizarlo, pájaro enjaulado?
Kagome la observó por un momento antes de negar con la cabeza.
—Quiere verle, ¿no? —se descubrió diciendo—. Quedarse mirando el edificio debe ser triste. Vamos.
Avanzó hacia la barrera, pero Kagura no se movió. En tal caso, su expresión se endureció más.
—Es más confabuladora de lo que la creía —siseó—. Me deja verle, ¿y luego qué? Estaré en deuda con usted. ¿Qué precio exigirá por este acto de generosidad?
—Ningún precio —contestó Kagome—. No quiero nada. Solo… sé lo que siente, es todo. Sé demasiado bien cómo se siente como para no hacer nada.
La expresión de Kagura se relajó lentamente hasta convertirse en un frunce de incredulidad.
—… Es cierto, ¿no? —murmuró.
La youkai la observó durante un largo momento, su mirada fue fugazmente hacia el ala oeste.
—¿Qué, entonces? —preguntó—. Me deja entrar y nos deja a solas, ¿mmmm?
—No, difícilmente —dijo Kagome—. Tal vez esto me convierta en una tonta, pero no soy tan tonta como para dejarla sin supervisión.
Hubo un instante de silencio.
—Es justo —murmuró.
Kagome asintió, tomando eso como un consentimiento. Avanzó, levantando la mano hacia la barrera. Kagura se puso silenciosamente detrás de ella. Kagome sintió que su youki rozaba su sentido espiritual como una pequeña chispa. Sintió un destello de inquietud, se le puso el vello de la nuca de punta.
Esto era una locura. No tenía sentido.
Abrió la barrera.
Kagura la atravesó detrás de ella y Kagome la cerró tras de sí.
Parecía solo una cuestión de pasos antes de que estuvieran en los aposentos de Sesshoumaru, Kagura frunció los labios mientras miraba la shoji.
—Esperaré aquí fuera —dijo Kagome después de que el silencio se hubiese extendido durante varios momentos.
—Sí —dijo Kagura, aunque no hizo ademán de avanzar.
Tras varios momentos de silencio, abrió la shoji y la cerró rápidamente tras de sí.
Kagome se la quedó mirando, la incertidumbre se elevó intensamente. ¿Debería entrar también? ¿Escuchar lo que se decía? Ambos habían demostrado ser enemigos de Inuyasha en términos que no dejaban duda alguna. Por lo que sabía, esta era una estratagema por parte de Kagura para liberar al daiyoukai ahora que había recuperado suficiente fuerza para desafiar una vez más a su hermano.
Pero todavía podía recordar la expresión en los ojos de Kagura. No la expresión de una cortesana confabuladora o una persona inclinada hacia la maldad. En su mirada simplemente había visto a una persona que no deseaba más que ver a aquel por quien se preocupaba.
Kagome se apartó de la shoji, decidiendo que no desearía que alguien la escuchase a escondidas a ella en circunstancias similares. Se quedaría lo suficientemente cerca por si pasaba algo, pero no intentaría entrometerse si no era necesario. Al menos, los dos estaban atrapados dentro de la barrera si algo se torcía.
Pasó un rato en el que Kagome no captó un solo sonido al otro lado de la shoji ni sintió ninguna elevación de youki de sus dos ocupantes. Fuera lo que fuera que pasara en esa habitación, no le correspondía saberlo.
Abruptamente, la shoji repiqueteó sobre sus goznes. Kagura emergió, cerrando la shoji una vez más tan rápidamente, que Kagome captó solamente el más breve vistazo del daiyoukai alojado dentro. Estaba de cara a la puerta, sus ojos dorados mordaces.
—Vayámonos —dijo Kagura, pasando por su lado sin dirigirle ni una mirada.
Kagome parpadeó, siguiéndola tras un momento. Kagura la esperó junto a la barrera, evitando cuidadosamente mirar en su dirección. Kagome abrió la barrera con un movimiento de la mano, permitiéndoles pasar y cerrándola detrás de ellas con menos dificultad de la que debería haberse esperado, teniendo en cuenta el riesgo que acababa de correr.
Kagome se quedó quieta varios largos momentos, sin saber qué hacer consigo misma tras una ocurrencia tan improbable. Kagura tampoco se movió, quedándose simplemente de pie a su lado con los ojos fijos en la extensión de la corte bajo ellas.
—Es usted una tonta —murmuró la youkai en voz baja.
—Ya somos dos, entonces.
La youkai la miró de soslayo, una sonrisa torcida tiró débilmente de la comisura de sus labios. Se desvaneció.
—Siempre pago mis deudas —dijo.
Kagome frunció el ceño, abriendo la boca para protestar.
—Soy perfectamente consciente de que esa no era su intención —soltó Kagura, sosteniendo una mano en alto para impedir que hablase—. Cualquier idea, a falta de un término más preciso, que pueda estar revoloteando en su cabeza, no me concierne. Lo he decidido. Esta es mi decisión.
El aire de finalidad con el que dijo lo último le pareció extraño a Kagome. Pero sus siguientes palabras tiraron ese pensamiento al viento.
—Tiene un día para decidir qué quiere de mí —dijo—. No pondré restricción alguna. Iré a buscarla cuando sea el momento. Escoja con cuidado.
Un vendaval salió de ninguna parte, tirando de la ropa de Kagome y empujándola hacia delante unos pasos torpes con su fuerza. Cuando el viento amainó lo suficiente para que pudiera ver con claridad, Kagura se había ido.
Kagome parpadeó, de pie y con incertidumbre durante varios largos momentos. Lentamente, una sensación de satisfacción floreció dentro de su pecho.
No había pensado en ninguna compensación al conducir a Kagura a través de la barrera. Había visto demasiado de ella misma, de su mentora, en los ojos de Kagura como para ignorarlo, fueran cuales fueran las circunstancias. Ella no podía ser, pero tal vez otra persona podía robarse un momento de felicidad.
Y con ello, los kami habían depositado en su regazo exactamente lo que había necesitado. No era lo suficientemente sabia para ver los hilos que se tejían, como podía hacerlo Midoriko-sama, pero podía sentir el leve tirón.
Dándose la vuelta, siguió el tirón de su hombro a dondequiera que la condujese.
Kagome se acercó al hombre tentativamente. Era algo extraño verlo tan derrotado, aunque tenía una corazonada de qué podía haberlo puesto en tal estado.
Pero antes de que pudiera hacer cualquier clase de gesto para obtener su atención, él giró la cabeza ligeramente. La irónica elevación de la comisura de sus labios le dijo que había sabido que ella estaba allí.
—Eres una fisgona muy cutre —dijo sin auténtico veneno.
—No puedo decir que fuera alguna vez una de mis aspiraciones en la vida —intentó decir con ligereza, avanzando los pocos pasos que la llevaron a su lado.
No se sentó. No se sentaría si no la invitaba a hacerlo.
El tirón la había llevado a su residencia temporal, aunque afortunadamente esta vez había tenido la claridad mental de reunir a su guardia antes de partir del Chūwain. Había estado tanto sorprendida como no sorprendida en absoluto de encontrarse allí, pidiéndole a su guardia que permaneciese en la entrada de la residencia para permitirle un momento.
Experimentó una pequeña punzada de culpa al pensar que estaba rompiendo su palabra con Inuyasha, pero difícilmente se podía imaginar teniendo esta suerte de conversación en su presencia. Para empezar, no le gustaba el lobo y algo como esto ciertamente no ayudaría. Era mejor que nunca se enterase de nada de lo que había ocurrido entre ellos.
—Me imaginé que vendrías antes o después —dijo, trayéndola de vuelta al presente—. Esperaba que fuera después.
Kagome se mordió el labio, tragando el ligero ardor de sus palabras. Eran bien merecidas.
—Lo entiendo —dijo en voz baja—. ¿Quiere que me vaya?
Sorprendentemente, negó con la cabeza.
—No —dijo—. Si algo que vayas a decir va a sacarme de esta corte más rápido, entonces preferiría que lo soltases todo ahora. No quiero perder más tiempo aquí del necesario.
Kagome asintió.
—Fue muy, muy bueno por su parte que viniera —dijo con voz queda.
Kouga la miró completamente por un momento antes de desviar la mirada una vez más. Un leve sonrojo coloreó sus mejillas.
—Solo porque nosotros no… —comenzó, luego se detuvo en seco, como si se atragantase con las palabras—. Solo porque las cosas no salgan de la forma que quieres, no significa que puedas ser gilipollas y olvidarte de todas tus promesas. Te di mi palabra. Mi clan y yo seremos fieles a ella.
Todavía tenía su apoyo, entonces. Y, por extensión, la de algunos de los demás clanes youkai de fuera de la corte. Se sintió aliviada de oírlo, aunque en ese momento el sentimiento se vio nublado por la culpa. Era difícil no sentir como si lo hubiera engañado en algún sentido.
—No puedo expresarle lo agradecida que le estoy por eso —dijo Kagome finalmente, incapaz de decir nada mejor.
—No pasa nada —dijo Kouga con un encogimiento de hombros que fue un poco demasiado mordaz—. Ahora pide lo que fuera que planeabas pedir, diablos. Cuanto antes terminemos con esto, antes volveré con las personas que de verdad me necesitan.
—Solo necesito saber qué le contó Ayame-sama exactamente —dijo Kagome, más que dispuesta a llevar su mente hacia un tema menos sensible, para empezar—. Lo más al pie de la letra que pueda decirme, Kouga-sama. Cuantos más detalles tenga, mejor puedo juzgar lo que los Taira pueden estar intentando hacer exactamente.
—Dijo… —empezó Kouga, deteniéndose un largo momento para recordar las palabras—. Dijo que el líder del clan ha estado inquieto últimamente. Que ha estado alterando al clan, hablando siempre de que el chucho está intentando convertir la corte en un lugar para híbridos y humanos. Dijo que siempre ha sido extraño, desde que era pequeño, que siempre ha tenido un aroma raro, pero que nunca había pensado que arriesgaría a su propio clan para librarse del chucho. Pero, últimamente, dijo que parece que está planeando algo grande y que tenía miedo de estar cerca por si de verdad lo llevaba a cabo. Ella no está loca como el resto de ellos. Es decir, está loca, pero no en ese sentido.
—¿Y Ayame-sama no tenía ni idea de qué tenía en mente exactamente el líder del clan? —presionó Kagome.
Kouga negó con la cabeza.
—Dijo que es un grupo bastante pequeño el que toma las decisiones por el clan y que siempre han sido reservados hasta que es el momento de poner las cosas en movimiento —dijo—. Unos líderes cutres, eso es lo que son. Nadie respeta al líder de una manada que hace mierdas de esas. Por eso tuvo que irse Ayame.
—¿Y ella se sentía lo bastante segura de usted como para buscarlo? —preguntó Kagome.
El color del rostro de él se intensificó por un instante. Se encogió de hombros.
—No sé —dijo bruscamente—. Supongo. Siempre me seguía cuando estuve aquí, pinchándome para saber cómo es la vida en manada. A los lobos no les va bien fuera de una manada. Probablemente solo se sentía sola y quería a los de su propia especie.
Su expresión se suavizó. Kagome lo observó, preguntándose exactamente cuán cercano se había vuelto de la Taira desde que había acudido a él.
—¿Ayame-sama le pidió que viniera a informar al Tennō-sama de algo de esto? —preguntó.
—No —contestó Kouga, frunciendo ligeramente el ceño—. No. Me rogó que no volviera aquí. Pensó que me vería involucrado en el caos o que conseguirían averiguar dónde se escondía ella a través de mí. Le prometí que no le diría una palabra a nadie salvo al chucho y a ti. Pero tenía que venir.
Si le había rogado que no viniese, entonces había pocas probabilidades de que se estuviera usando la información como distracción. A menos que hubiera sabido que Kouga acudiría a ella con la información por mucho que le dijese. Esa, no obstante, sería una empresa más que incierta sobre la que confiar todo este trabajo.
—¿Es todo lo que necesitabas? —preguntó Kouga, levantándose cuando su silencio se extendió.
Se movió como para irse y Kagome estiró la mano, deteniéndose poco antes de tocarlo. Él se detuvo igualmente, como si pudiera sentir su mano cerniéndose sobre su espalda.
—Sé que probablemente no quiera oír esto —dijo Kagome, volviendo a bajar la mano a su costado—. Pero si va a marcharse, necesito decirlo al menos una vez antes de que se vaya. Necesito que sepa cuánto siento cómo salieron las cosas entre nosotros. Manejé todo pésimamente, y si pudiera cambiar las cosas…
—¿Qué harías, Kagome? —la interrumpió Kouga con un tono acre en su voz—. ¿Te obligarías a amarme? ¿A emparejarte conmigo? ¿A tener cachorros conmigo? Ya lo has intentado, ¿recuerdas? No funcionó.
Avanzó hacia el porche de la residencia. Kagome se mordió el labio con fuerza.
—Habría sido un gran compañero y padre —dijo a su espalda, no dispuesta a dejar las cosas con un tono tan horrible—. Lo sé. Ahora solo necesita encontrar a alguien que de verdad se lo merezca.
Kouga se detuvo, girándose un poco para encararla.
—Tú me mereces —dijo en voz baja, con ojos ensombrecidos—. Lo que pasa es que no me quieres.
A Kagome se le constriñó el corazón.
—No es tan sencillo —protestó débilmente—. Quería que fuera usted.
—¿Por qué? —replicó Kouga—. ¿Porque sería más fácil para ti? Qué puta pena. Incluso yo sé que las cosas no funcionan así.
Kagome se encogió. Kouga suavizó su mirada. Se giró del todo, dando un paso hacia ella.
—No sentiste nada, ¿verdad? —preguntó—. Cuando te besé o te toqué. Solo era yo queriendo creer que así era. O que querrías. O algo. Pero la vida no es tan fácil, para nadie. Y no valdría una mierda si lo fuera. Te deseaba. Probablemente siempre voy a desearte al menos un poco. Y eso es una mierda, pero es lo que hay. Tú no tienes una salida fácil y yo tampoco. Así que guárdate las disculpas y déjame resolverlo por mi cuenta.
Estiró una mano, tocándole tentativamente la mejilla de una forma que desmentía un poco de la aspereza de sus palabras.
—Esto no va a destruirme, Kagome —dijo en voz baja—. Te amo, pero…
—Aparta esas manos. Ya.
La baja voz envió un escalofrío de puro terror a través de ella. Su mirada saltó hacia la shoji que conducía hacia el porche.
Inuyasha estaba en la abertura, sosteniendo el borde de la shoji con tanta fuerza que pudo ver la madera del marco astillándose en su agarre. La expresión de su rostro le hizo sentir como si le hubieran sacado el aliento de los pulmones.
Antes de que Kouga o ella pudieran moverse, Kagome sintió que la apartaban de golpe del lobo. En otro instante, estuvo casi colgando del hombro del hanyou y, de un salto, estuvieron sobre el muro de la residencia. Kouga estuvo completamente fuera de su vista en cuestión de meros instantes.
Hicieron falta varios momentos para que Kagome se recompusiese lo suficiente para darse cuenta de lo que estaba pasando. Intentó enderezarse un poco, consciente de que estaban en las calles de la corte y de que ella estaba colgando sobre su hombro como un saco de productos baratos.
—Inuyasha…
—Cállate —gruñó, en voz lo suficientemente baja como para que se quedara paralizada—. Ni una jodida palabra.
Se quedó callada, su piel se volvió de hielo ante su tono. No tenía ni idea de cuánto había visto u oído, pero sabía lo suficiente para saber que esta no era su irritación habitual. Se le retorció el estómago al pensar en la conversación que iba a llegar pronto en cuanto él llegara a dondequiera que estuvieran dirigiéndose.
Una pequeña indulgencia era que la noche había caído mientras estaba con Kouga, lo que significaba que sus figuras eran apenas visibles en las oscurecidas calles a la velocidad a la que se estaba moviendo Inuyasha. Otra pequeña indulgencia fue que tuvo la decencia de al menos bajarla cuando llegaron a la pasarela donde los guardias estaban apostados ante sus aposentos, aunque prácticamente la empujó para que avanzara delante de él. Los guardias no dijeron una palabra mientras cruzaban el umbral y ella se preguntó fugazmente si su propia guardia, que se había quedado atrás en la residencia de Kouga, sería informada de dónde estaba.
Sus aposentos estaban casi negros como la boca de un lobo, ya que no había encendido los faroles antes de salir. Kagome casi lo agradecía. Estaba demasiado oscuro como para que pudiera ver la expresión de su rostro.
El silencio se extendió entre ellos hasta que Kagome pensó que iba a volverse loca. Podía sentir al hanyou cerniéndose no muy lejos, detrás de ella.
—De qué… —consiguió decir Inuyasha finalmente—, ¿de qué estaba hablando, por los siete infiernos?
Kagome se mordió el labio, cerrando los ojos. Finalmente había llegado el momento de la verdad.
—Kouga-sama… se… se unió a nosotros un tiempo mientras viajábamos por fuera de la corte. Nos estaba ayudando a obtener el apoyo de los clanes youkai.
—… Estuvo contigo —dijo Inuyasha en voz baja—. Estuvo contigo y tú no me dijiste una jodida palabra de ello.
—No fue así —dijo Kagome—. ¡Tú no lo entiendes…!
—¡¿Qué es lo que no entiendo?! —gritó Inuyasha, sus ojos resplandecieron repentinamente ante ella en la oscuridad.
Kagome ahogó una exclamación, trastabillando hacia atrás. Los ojos y la sombra que estaba unida a ellos la persiguieron, arrinconándola.
—¿No entiendo que me mentiste? —gruñó—. ¿No entiendo que te ha tocado? ¿Que te ha besado? ¡¿Qué más no entiendo, Kagome?!
Kagome se encontró paralizada ante esta diatriba, incapaz de responder al verse enfrentada con lo que debía de haberle parecido. Se lo quedó mirando en la oscuridad, negando ligeramente con la cabeza.
—¿Querías estar con él? —preguntó Inuyasha en voz baja, sus ojos perforaron los de ella en la oscuridad—. ¿Quieres estar con él?
Kagome encontró su mirada, sorprendida de ver algo similar al miedo asomándose justo por detrás de la rabia que brillaba allí.
—… Volví, ¿no? —consiguió decir tras un momento.
Los ojos de Inuyasha inspeccionaron los de ella durante un largo momento. Él negó firmemente con la cabeza.
—No dejaré que ese jodido bastardo te tenga —dijo—. Ni él, ni Sesshoumaru, ni tampoco ese jodido guardia. Nadie. Demasiado… demasiado me arrebatan. No van a poder llevarte a ti.
Kagome abrió la boca para corregirle, para asegurarle que no tenía ninguna intención de irse a ninguna parte.
Sus labios cerrándose sobre los de ella lo evitaron.
Kagome parpadeó, su mente incapaz de procesar nada más allá de la calidez instantánea que la atravesó. Un leve sonido de ahogo escapó de ella.
Tras un momento, la presión sobre sus labios se incrementó, un matiz de desesperación en el insistente empuje. El corazón de Kagome le martilleaba en los oídos, el sonido ahogaba todo lo demás e incrementaba el atributo irreal del momento.
Esto no estaba pasando. Era imposible que esto estuviese pasando de verdad. Algo así no podía pasar. Había mil razones para…
Pasaron dos cosas a la vez. Su mano se deslizó tentativamente por el pelo de su nuca, enredándose allí y acunándole la cabeza. Sus ojos también se abrieron, encontrando los de ella con una calidez y una necesidad más profundas que nada de lo que le hubiese visto nunca antes.
Todo se deslizó de su mente como el agua a través de un colador. Cerró los ojos, sus labios se presionaron en respuesta contra los de él. Una de sus manos subió para aferrar la tela de su haori, buscando una suerte de ancla contra la ola de sensaciones que la recorrió.
Pudo oír algo parecido a un suspiro bajo, casi un gruñido, atravesándolo mientras presionaba más su figura contra la de ella. Era todo delgado músculo y fuerza contenida, encajando hábilmente contra la delgadez de su propia figura.
Su mano libre se deslizó por su costado, rodeándole la parte más pequeña de su cintura. Sus labios se movieron contra los de ella con fervor, aunque con un poco de incertidumbre, atrayéndola para presionarla contra él cuando una lengua de calor se curvó a través de su estómago. Un leve sonido salió de ella antes de que pudiera pensar en contenerlo. Levantó su mano libre, buscando el primer trozo de cálida piel que pudo tocar junto al cuello de su haori.
Inuyasha gruñó bajo en su garganta, el sonido reverberó a través de ella. Sus caderas se movieron contra las suyas, meciéndose levemente. Volvió a sentir la dureza que había sentido aquella mañana presionándose allí. Esta vez, no obstante, recibió la sensación con los brazos abiertos, moviendo sus caderas.
La razón trepó como zarcillos negros al fondo de su mente. Esto estaba mal. Si seguía adelante…
Pero ¿por qué no debería seguir? Si no le quedaba mucho… después de todo lo que había tenido que soportar hasta entonces… si nunca podrían estar juntos, ¿por qué no podía tener este pedazo de él? La necesitaba y estaba más allá de sus fuerzas o deseos el negárselo.
Sus pensamientos se dispersaron una vez más al verse levantada. Inuyasha la alzó como si no pesara más que una pluma, llevándola a su futón, que se encontraba en una esquina de la habitación y atravesando el diáfano dosel que lo ocultaba a simple vista. La acostó allí, su cuerpo descansó con placentera sustancialidad sobre el de ella.
Incluso a la tenue luz de la habitación, pudo ver que él estaba respirando un poco demasiado fuerte. Pudo sentir el leve temblor que recorría los brazos que estaban a cada lado de su cabeza. Al parecer, él también podía verla bien en la oscuridad, ya que vaciló.
—No puedo… —jadeó con voz ronca—. Tienes que…
De algún modo, Kagome comprendió las palabras que él no pudo pronunciar. Si ella quería pararlo, tenía que ser ahora. Tenía que decírselo ahora si no estaba segura.
Y no estaba segura. No estaba en absoluto segura de casi nada. Los futuros de ambos pendían de hilos que se estaban deshilachando.
Pero al mirarlo, no tuvo miedo. Ni un poco. Quería este pedazo de él. Quería este recuerdo para poder aferrarse a él, para hacer que lo que fuera a venir valiese la pena. Y si él la necesitaba por alguna razón, fuera cual fuera la razón, entonces eso era suficiente.
Se inclinó hacia arriba, lo suficiente para depositar un beso en el hueco entre su cuello y hombro, donde se le había empezado a aflojar el haori. Un estremecimiento lo recorrió y gruñó unas palabras en voz baja que ella decidió que era mejor que no entendiera.
Entonces, sus labios estuvieron sobre los suyos y dejó de pensar. Pudo sentir la leve punzada de sus alargados incisivos por su labio inferior, enviándole un escalofrío por la longitud de su espalda. Se removió ligeramente, ajustando las piernas hasta que la parte inferior del cuerpo de él descansó hábilmente en la cuna de sus caderas. Sus caderas se flexionaron contra las de ella tentativamente y Kagome jadeó contra su boca ante la descarga de sensaciones que provocó el pequeño movimiento.
Sus labios dejaron los de ella, moviéndose hacia la línea de su mandíbula para depositar besos que eran adorables en su torpe prisa. Las manos de ella buscaron la calidez de su piel mientras sus labios comenzaban a pasar por la línea de su garganta, apoyándolas en su nuca y pasando por el interior del cuello de su haori. Flexionó las caderas con más fuerza contra las de ella ante la sensación de sus uñas romas pasando sigilosamente por la piel de su espalda, una maldición en voz baja escapó de él.
Sus labios llegaron al cuello de su ropa y levantó la mirada hacia ella, sus miradas se encontraron al instante en la oscuridad de la habitación. Una mano se deslizó hacia arriba por su costado, soltando la tela donde estaba metida en la cintura de su hakama.
La tela se soltó y él la abrió, bajando la mirada hacia la piel que reveló. Los vendajes de su pecho ocultaban la mayoría de ella de su vista, pero la pálida curva de su cintura y las débiles sombras de sus costillas eran visibles en la oscuridad. Inuyasha apoyó una mano allí casi con reverencia, la encallecida calidez de su palma envió un pequeño temblor a través de ella.
Sus ojos volvieron hacia los de ella una vez más ante el pequeño movimiento. Kagome encontró su mirada con la suya de párpados entrecerrados y él se inclinó apresuradamente, como si no pudiera besarla lo suficientemente rápido. Levantó la cabeza para encontrar sus labios, sintió que su mano pasaba por la longitud de su estómago y subía hacia los vendajes de su pecho.
Con una vaga punzada de sorpresa, sintió que se abrían los vendajes, dándose cuenta con un poco de coherencia de que sus garras los habían despachado. Pudo sentir sus pezones endureciéndose al verse expuestos al frío ambiente de la habitación, la sensación se incrementó cuando su ropa rozó contra su pecho.
Cayó en la injusticia de la situación y tiró con más insistencia del cuello de su haori. Inuyasha se detuvo, desenredándose de ella lo suficiente para dirigirle una mirada de incertidumbre.
—Tú también —murmuró, tirando de nuevo del haori.
Él se la quedó mirando, sus ojos la recorrieron como si la estuvieran viendo por primera vez. Estaba desnuda a su mirada de cintura para arriba y Kagome tuvo que contener la necesidad de taparse, preguntándose por primera vez en mucho tiempo si su cuerpo era atractivo en absoluto. Estaba delgada, tal vez hasta el punto de ser considerada flacucha, y sus pechos eran pequeños, como mucho. Tal vez él…
La idea la abandonó una vez más cuando él movió la mano para ahuecarle un pecho tentativamente, su pulgar descansó contra su pezón. Arqueó la espalda instintivamente, presionándose más contra su palma. Inuyasha bajó la mirada hacia ella, sus ojos viajaron desde su rostro al pecho que ahuecaba con una especie de incredulidad. Tragó saliva y ella pudo ver que su pupila se dilataba de forma increíble.
—Kagome —dijo en tono áspero—. Yo…
—No pares —murmuró, interrumpiéndolo.
Meció las caderas de nuevo contra las de él, en parte por la excitación de la sensación y en parte para moverlo de su inacción. No permitiría que esta noche se convirtiese en una noche de palabras y eterna conversación.
Inuyasha gruñó levemente, su cabeza cayó hacia la curva entre su cuello y su hombro. Murmuró su nombre contra la piel de allí, sus caderas se sacudieron con fuerza contra las de ella en respuesta. Ella no pudo contener un gemido, trabajando con manos temblorosas en aflojar su haori y arrastrarlo por sus hombros hasta su cintura. Él la ayudó, sacándose la tela con incomodidad mientras todavía intentaba mantener todo el contacto posible con su piel.
Palmeó su pecho con más firmeza, su pulgar pasó sobre su pezón. Kagome se retorció, impresionada por lo rápido que la sensación la recorría de su pecho hacia la creciente humedad entre sus muslos. Como curandera, había sabido desde hacía un tiempo, al menos vagamente, cómo funcionaban las cosas entre un hombre y una mujer. Pero nunca hubiera pensado que sería así.
Inuyasha observó su rostro, pasando el pulgar sobre su pezón una vez más al ver su reacción. Su otra mano fue a ahuecar el pecho descuidado, convirtiendo su pezón en un nudo apretado para igualar al otro. Kagome se inclinó ansiosamente hacia arriba para presionar sus labios contra los de él, sintiendo que, si no hacía algo, la sensación iba a hacerle perder la cabeza.
Inuyasha la recibió con igual fervor, inclinando los labios con fuerza contra los de ella. El peso de su pecho en su mano, la calidez de su figura retorciéndose contra él, la idea de que esto estuviera pasando siquiera…
Las manos de Kagome se enredaron en su pelo, atrayéndolo todo lo que pudo. Las fuertes planicies de su pecho desnudo se presionaron con deliciosa solidez contra sus pechos, deslizándose contra sus tensos pezones. Se movió, rodeando su cadera con una de sus piernas, de forma que casi todo él estuvo acunado contra ella. Pudo sentir su rígida longitud presionada entre sus muslos y la atravesó una excitación casi vertiginosa.
—Te deseo —exhaló, las palabras escaparon de ella sin pensarlas.
Inuyasha la miró rápidamente con ojos ensombrecidos.
Movió las caderas contra las de él, ya ni siquiera sentía vergüenza. Quería estar lo más cerca de él que pudiera.
Los ojos del hanyou casi se pusieron completamente en blanco con ese movimiento. Apretó los dientes, conteniéndose por un momento.
—Joder, Kagome. Esto no va a durar mucho tiempo si sigues así —murmuró, apoyando la frente contra su clavícula.
La mano que se había apoyado en la curva de su cintura se deslizó lentamente hacia la cinturilla de su hakama, vacilando un puñado de momentos antes de ir hacia su centro. Kagome jadeó, echando las caderas hacia arriba ante el simple y leve contacto.
—Por favor, Inuyasha.
—Mierda —murmuró.
Los siguientes momentos fueron una ráfaga de emoción cuando Kagome se encontró rápidamente despojada de sus últimas piezas de ropa. Inuyasha apenas se molestó en bajarse más su hakama de las caderas antes de acomodarse sobre ella. Pudo sentirlo temblando mientras la gruesa cabeza de su longitud descansaba contra la humedad de su abertura.
Kagome metió la mano entre ellos, tocándolo con dedos curiosos. Él maldijo por lo bajo mientras exploraba, sorprendida ante su suave firmeza y la redondez de la punta. Estaba ligeramente resbaladiza, igualando su humedad y movió las caderas hasta que la punta estuvo presionada contra su entrada.
Inuyasha bajó la mirada hacia ella, la incredulidad y una suerte de júbilo febril estaban escritos en sus facciones. Ella estaba segura de que su propio rostro debía ser algo similar, una felicidad casi ardiente brotó en su pecho.
Durante un momento, estaban juntos.
—Kagome —murmuró, deslizándose hacia delante.
Ella se mordió el labio, sintiendo más que un ligero pellizco al verse obligada a estirarse para acomodarlo. Afortunadamente, estaba lo suficientemente mojada como para aliviar gran parte de la incomodidad, aunque durante unos momentos agonizantes, estuvo segura de que algo podría desgarrarse en su interior.
Inuyasha siguió empujando lentamente, llenándola poco a poco hasta que no quedó nada más que la profunda sensación de satisfacción de estar dentro de ella. Tras varios momentos, se detuvo, y ella se dio cuenta de que estaban cadera contra cadera, con su mango hundido hasta la empuñadura. Pudo sentir su punta presionando contra algo en su profundidad, uniéndolos.
Bajó la mirada hacia ella, respirando superficialmente. Exhaló, una sonrisa torcida se extendió lentamente por su rostro. No una sonrisa de suficiencia o de desdén. Una sonrisa, como rara vez se había permitido esbozar con anterioridad.
—Kagome —exhaló, como si necesitase asegurarse.
Se le retorció el corazón y estuvo segura de que lo amaba más en ese momento de lo que lo había hecho antes.
Torció las caderas contra las suyas, ignorando la leve punzada de dolor que le provocó.
—Por favor —rogó, necesitaba que no la mirase así—. Por favor, Inuyasha.
Sintió su longitud moviéndose dentro de ella ante el sonido de su nombre. Volvió a decirlo y él gruñó como si fuera lo mejor que hubiera oído nunca.
Se retiró lentamente, la pérdida de esa sensación de plenitud fue como un golpe. Gimoteó, el sonido se convirtió en un grito agudo cuando volvió a deslizarse de repente dentro de ella. Su gruesa punta dio en ese punto de su interior con más fuerza y pensó que podría desmayarse. Gritó su nombre una vez más, incitándolo a retirarse y a volver a entrar con un poco más de fuerza.
Kagome le rodeó las caderas con sus piernas, profundizando cada embestida en su interior. Pudo oír a Inuyasha murmurando su nombre como si fuera una plegaria, en voz baja y repetidamente. Como si fuera la única palabra que pudiera recordar.
Embistió con más fuerza y ella gritó, sus músculos empezaron a apretarse y a enroscarse a su alrededor. Pudo sentir la humedad por sus muslos mientras se deslizaba hábilmente dentro de ella, presionando las caderas con fuerza contra el futón que tenía debajo. Encontraba sus caderas con las suyas cuando podía, obligándolo a adentrarse más. Sus manos arañaron en busca de una suerte de agarre en su espalda.
—¡Inuyasha!
—Otra vez —gruñó.
—Inuyasha, Inuyasha. ¡Inuyasha!
Estaba casi sollozando de placer mientras se empujaba contra ella, sus movimientos se estaban volviendo frenéticos. Sus músculos internos lo rodeaban con fuerza.
Él movió las caderas, yendo tan adentro que golpeó contra el nudo hinchado oculto entre sus pliegues. Kagome gritó, eso y la sensación de él yendo más a dentro la hizo pedazos. Arqueó la espalda, sus músculos internos se apretaron a su alrededor.
Inuyasha gruñó, enterrándose hasta la empuñadura una vez más mientras derramaba su semilla dentro de ella. Sus caderas se sacudieron de forma espasmódica contra ella, empujando hasta donde pudo.
—¡Joder! Kagome, Kagome, Kagome…
Kagome sintió una calidez llenándola, sus músculos se crisparon. Se apretó contra él con todo su cuerpo, estirando la maravillosa sensación todo lo posible.
Lentamente, empezó a relajarse, la nitidez del placer se transformó en una calidez envolvente que la dejó sintiéndose como si flotara. Inuyasha no hizo movimiento alguno por retirarse, abriendo los ojos para encontrar los suyos mientras jadeaba sobre ella. Su rostro estaba levemente enrojecido por el esfuerzo y ella se encontró sonriendo estúpidamente al verlo.
Los ojos de él inspeccionaron su rostro, la incertidumbre y una incrédula alegría recorrían sus facciones.
—Estás… ¿bien? —consiguió decir en tono áspero tras un momento—. ¿Fue…?
—Perfecto —contestó Kagome—. Fue perfecto, Inuyasha.
Una pequeña carcajada escapó de él, la incredulidad y la felicidad luchaban por prevalecer en su rostro. Bajó la cabeza para apoyarla en la curva de su hombro, su cuerpo se apretó más contra el de ella.
—Kagome —musitó—. Kagome… yo… esto… no pretendía… Joder. Solo… solo quiero…
—Shhh —lo calmó Kagome, acariciando su nuca con la mano—. Lo sé. Lo entiendo.
Esto había sido un capricho. Un impulso descarriado nacido de un momento de debilidad y tensión. Por supuesto que lo sabía, pero también sabía que oírle decir esas palabras en voz alta ahora la destruiría.
Inuyasha se movió, atrayéndola contra su costado. Durante un tiempo, sus manos siguieron recorriendo su piel mientras yacían en la oscuridad cada vez más profunda de la habitación, como si pudiera recordar cada línea solo con el tacto. Kagome saboreó la sensación, internando cada ápice en sus recuerdos.
Cuando el hanyou se acomodó finalmente en un tranquilo sueño, se desenredó de sus brazos y se vistió. Abandonó sus aposentos sin ni siquiera mirar atrás, consiguiendo componer una rígida sonrisa y una apariencia de su comportamiento habitual mientras pasaba a través de los guardias, sus miradas joviales y sus reverencias le dijeron que estaba a salvo al menos en ese frente.
Cuando llegó finalmente a su habitación en su residencia, liberó las lágrimas y cayeron ardientes por sus mejillas.
No se arrepentía. No volvería a ocurrir.
Nota de la traductora: ¡Estamos a un review de los 200! De verdad que no me lo creo. Cada uno de los mensajes que me dejáis me alegran el día y a la autora también. Le informo de vez en cuando de cómo va todo por aquí.
Aprovecho para comentar también que la semana que viene va a haber capítulo el lunes (según lo prometido) y un one-shot el martes sobre esta historia. El one-shot se sitúa entre los eventos de este capítulo y el siguiente, así que es necesario que leáis ambos antes de leer ese fic. De todas formas, en mi nota de traductora del lunes os lo recordaré y os avisaré sobre qué hora lo subiré del martes.
¡Hasta la próxima y muchas gracias por seguir comentando!
