Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Nota de la autora: Pequeña lección de historia de hoy:

Creencias sobre la fertilidad en la época Heian: Fue difícil encontrar muchos artículos sobre creencias sobre fertilidad en la época Heian, pero lo poco que sí encontré en mi investigación sugiere que, como muchas culturas anteriores al advenimiento de la medicina moderna, no tenían una idea muy clara sobre la relación de causa y efecto entre el coito y el embarazo. Eran, por supuesto, conscientes de que el coito estaba relacionado con el proceso, aunque también se creía que eran necesarias cosas como los rituales de fertilidad, como plegarias y ofrendas a los kami.

Seiza sentada: Probablemente habréis visto esto en el anime/manga, pero básicamente es una posición sentada muy formal en Japón. También es extremadamente incómoda si se intenta hacer durante un largo periodo de tiempo, así que se usa a menudo para mostrar seriedad o compromiso.


Capítulo 30: De un muchacho y un vínculo

Era difícil respirar.

Kagome recuperó la consciencia abruptamente, su mente no registró nada más que la necesidad apremiante de aire. Se incorporó velozmente, parpadeando durante largos momentos y respirando pesadamente.

Contempló los alrededores aturdida, dándose cuenta de que había sido la presión de su futón contra su nariz y boca la que la había estado asfixiando mientras dormía. Se preguntó por qué se había quedado dormida encima del futón en lugar de dentro de él.

Para el caso, ¿por qué no se había molestado en ponerse una yukata de dormir antes de retirarse esa noche? Sus ropas estaban hechas un terrible desastre, amontonadas, arrugadas y flojas. Le faltaban completamente los vendajes de su pecho…

Kagome se quedó paralizada.

Los eventos de la noche anterior la atravesaron como una ola. Por un momento, tuvo dificultad para recuperar el aliento.

¿En qué había estado pensando? ¿La habían poseído? Había sido irreflexiva, impulsiva, ridículamente irresponsable…

Se obligó a respirar hondo, alisando su pelo con ambas manos.

¿En qué había estado pensando? En no mucho más que en la sensación de las manos de Inuyasha y en cuánto deseaba una sola cosa para sí, solo una parte de él que pudiera conservar. Sin duda, eso lo había conseguido.

Kagome sintió que la bañaba un cálido sonrojo que era más que una simple vergüenza. Inuyasha y ella habían…

Apenas se atrevía a terminar de pensarlo. Podía, no obstante, recordar la expresión en el rostro de Inuyasha mientras se cernía justo por encima del suyo. La sensación de su figura, de fibrosos músculos, moviéndose contra la de ella.

Extrañamente, esta línea de pensamiento la calmó un poco. Había estado con Inuyasha. Fuera lo que fuera a venir a continuación, eso no se lo podían quitar.

Había sido egoísta. No se arrepentía.

—¿O-Miko-sama? —la llamó una suave voz al otro lado de la shoji de su habitación.

Kagome dio un ligero respingo. Sus ojos se desviaron de la silueta de la delgada figura arrodillada al otro lado de la shoji a la alta ventana que tenía enfrente. La débil luz de la mañana acababa de comenzar a colorear el cielo.

Kagome frunció el ceño. Tenía la costumbre de levantarse temprano por sí misma, pero en las pocas mañanas que sí decidía dormir hasta más tarde, las sirvientas rara vez venían a despertarla a esta hora.

—¿O-Miko-sama? —la llamó de nuevo la voz con vacilación.

—¿Sí? —se obligó Kagome a responder.

—El Tennō-sama está aquí —dijo la sirvienta en voz alta, el alivio coloreó su tono ante la respuesta de Kagome—. Su Majestad solicita compartir el desayuno aquí en sus aposentos.

Kagome se quedó fría.

Inuyasha.

Su anterior pánico volvió con plena fuerza. Tal vez ella no se arrepentía de lo que había hecho, pero no había sido la única que lo había hecho.

Lo que había llevado a Inuyasha a ir tras ella… no se había permitido pensar mucho en ello. La había deseado y ella lo había deseado a él, y eso había sido todo lo que se había permitido tener en consideración.

Pero ¿cómo iba a mirarlo ahora a la cara?

Seguro que solo había sido un impulso del que había perdido el control. Ambos estaban bajo mucho estrés con todo lo que estaba pasando en la corte y a su alrededor y, por encima de todo, había perdido recientemente a Kikyou. Bajo tales circunstancias, no era difícil imaginar que alguien se dejara conducir a un momento de locura y los hombres de la corte eran conocidos por seguir su lujuria impúdicamente.

… Pero ¿cuándo había sido Inuyasha como los demás hombres de la corte? ¿Como cualquier otro hombre en absoluto? Su propio razonamiento le sonó hueco.

—¿O-Miko-sama? —la llamó la sirvienta tentativamente.

Kagome se sacudió. Estaba pensándolo demasiado. Tarde o temprano, tendría que encararlo. Mejor que aceptase que simplemente había sido un impulso caprichoso por su parte y seguir adelante.

—Necesitaré un momento para prepararme —dijo en voz alta—. Por favor, dígaselo a Su Majestad.

—Por supuesto, O-Miko-sama —contestó la sirvienta—. ¿Va a necesitar que alguien le ayude?

Kagome se miró. Su ropa estaba hecha un desastre, le faltaban por completo los vendajes de su pecho y había una o dos marcas en el hueco entre su cuello y hombro que estaba segura de que no iban a pasar desapercibidas.

—No, eso no será necesario —contestó—. Llamaré cuando esté lista.

Observó mientras la silueta de la figura hacía una reverencia, se levantaba y se escabullía por el pasillo. Se levantó, descartando apresuradamente los restos de su ropa arrugada. Quería distanciarse de los acontecimientos de la noche anterior cuanto fuera posible. Lo necesitaba si iba a encararlo con alguna apariencia de equilibrio.

Kagome volvió a envolverse el pecho con vendajes nuevos, con cuidado de apretarlos lo suficiente para que sus ya modestos pechos fueran prácticamente indistinguibles. Luego, se puso una túnica interior limpia, un haori y un hakama. Ató el cinto con fuerza, tirando y ajustando hasta que apenas fue visible un destello de su piel.

Se pasó un peine rápidamente por el pelo, recogiéndoselo hábilmente en la nuca. Tras una breve inspección de su cuarto, arregló su futón y lo puso en una esquina. La habitación no estaba exactamente recogida, pero era él el que insistía en que su cuarto fuese el punto de encuentro.

Pasó las manos por la parte delantera de su traje una última vez, respirando hondo antes de avanzar hacia la shoji. La abrió, llamando suavemente por el pasillo para atraer la atención de una de las sirvientas. Le indicó a la sirvienta que le informase al Tennō que estaba lista para recibirlo antes de regresar a su habitación.

Kagome se arrodilló, preparándose mientras entrelazaba las manos sobre su regazo. Podía hacerlo. Había tomado su decisión. No se arrepentía.

El repiqueteo de la shoji sobre sus goznes la dejó paralizada, con los ojos fijos en su regazo. El leve chirrido del tatami bajo sus pies podría haber sido perfectamente un trueno para sus oídos. Podía sentir la sangre corriendo hacia su rostro.

La shoji se cerró con un repiqueteo una vez más y se hizo el silencio. Kagome se obligó a levantar la cabeza, a mirarlo a los ojos como lo haría normalmente. No pudo.

El silencio era ensordecedor.

—Te… fuiste temprano.

Las palabras, pobres como eran, rompieron la tensión y Kagome liberó el aliento que no había sido consciente de que estaba conteniendo.

—Estaba cansada —dijo en voz baja—. Quería descansar.

—… Oh.

La palabra era pequeña, llena de una incertidumbre extraña en él. Lo oyó avanzar con vacilación, oyó el crujido de su ropa mientras se arrodillaba a su lado.

Kagome se tensó, rezando para que no fuera a tocarla. No se atrevía a apartarse.

—¿Estás… bien? —preguntó.

Finalmente, consiguió levantar la mirada, la preocupación en su voz la cautivó.

—Estoy bien —dijo en voz baja.

La incertidumbre en su rostro le hacía parecer más joven de los años que tenía. Todo en su postura tiraba hacia ella, aunque no hizo otro movimiento para acercarse. A Kagome le dolió el corazón.

—Te fuiste —repitió.

Kagome se mordió el labio, tragándose una ola de sentimientos. ¿Cómo había pensado alguna vez que esto sería fácil?

—Por favor, siéntate —dijo, gesticulando hacia el lugar enfrente de ella.

—Kagome…

—Por favor.

Inuyasha dudó por un momento antes de sentarse. Se arrodilló enfrente de ella, lo bastante cerca para tocarla, aunque tuvo cuidado de no hacerlo. Apretó las manos con fuerza en su regazo.

—No lo… entiendo.

Las palabras fueron como un golpe. Kagome cerró los ojos contra ellas, obligándose a no abrirlos. Él estaba confundido. Simplemente tenía que aclararle las cosas.

—Anoche —comenzó, luchando por evitar atragantarse con las palabras—. Por favor, olvídala.

No podía mirarlo a los ojos. El silencio que siguió tuvo el peso suficiente para empujar sus hombros hacia abajo.

—Kagome…

La palabra salió levemente atragantada. Una mano cayó sobre la de ella, haciendo contacto. Kagome hizo una mueca, retirando su mano apresuradamente. La piel de allí parecía como si quemara.

—Fue una estupidez por mi parte —se obligó a que salieran esas palabras, aterrada de lo que pudiera decir él si no llenaba el silencio—. Un capricho por ambas partes. Ambos estamos bajo mucha tensión. Y no tienes que sentirte responsable en absoluto. Fue… fue decisión mía también. Una decisión estúpida, como ya he dicho. Solo… solo tenemos que olvidarlo.

—Kagome…

No intentó tocarla esta vez.

—Quieres… ¿Quieres que me olvide sin más?

Kagome quería hacerse un ovillo, taparse los oídos. Seguro que no podía significar tanto para él. Había sido un capricho. Nada más que un capricho, nacido de la frustración y tal vez de la soledad.

—Como he dicho, no tienes que sentirte responsable —dijo con una firmeza que no sentía—. No tienes que pensar que me debes nada. No es así. Además, ninguno de los dos somos lo suficientemente estúpidos como para olvidarnos de Fujiwara-sama.

Incluso mientras pronunciaba el nombre, Kagome sabía que era un golpe bajo. La anterior esposa (¿o seguía siendo la esposa actual?) de Inuyasha había sido un tema casi completamente tabú entre ellos. Pero, de algún modo, la estabilizó decir el nombre en voz alta. Inuyasha debía de echar muchísimo de menos a Kikyou. Ella simplemente había sido la que estaba allí. Era vigorizante, como caminar directamente hacia un viento helado.

A juzgar por la forma en la que Inuyasha se encogió, supuso que sus sentimientos seguían el mismo rumbo. Observó por debajo del borde de sus pestañas que un poco del color se drenaba del rostro del hanyou.

El momento en el que se dio cuenta. El momento en el que comprendió lo que ella ya sabía tan bien… que simplemente estaba extraviando sus sentimientos. No debería haber dolido tanto como dolió.

—Verás —dijo, su voz había sido mucho más pequeña de lo que había pretendido—. Fue un error. Nadie te lo va a tener en cuenta. Simplemente olvídalo.

Se levantó, incapaz de obligarse a seguir estando quieta. Se movió rápidamente hacia la shoji, captando la forma inmóvil del hanyou por el rabillo del ojo mientras se movía.

—Discúlpame —murmuró, su mano ya estaba abriendo la shoji—, tengo cosas de las que he de ocuparme.

Cerró la shoji detrás de ella, apresurándose por el pasillo. Evitó por poco chocar contra una sirvienta que llevaba una bandeja llena de pequeños platos de desayuno.

—¿O-Miko-sama? —dijo la mujer, parpadeando mientras reequilibraba la bandeja en su brazo—. ¿No va a desayunar? Su Majestad insistió en que debía comer bien esta mañana para mantener sus fuerzas.

Le costó mantener su expresión neutral.

—Su Majestad se equivocó —dijo—. El desayuno no será necesario.

La mujer pareció perpleja, pero Kagome no tenía paciencia para lidiar con más indagaciones. Pasó al lado de la mujer y caminó por el pasillo, en absoluto segura de a dónde iba.


Terminó vagando durante un tiempo, el movimiento y el aire ligeramente fresco de la temprana mañana sirvieron para calmarla lo suficiente para que pudiera pensar con claridad.

Encorvada en las raíces protectoras del Goshinboku, se reafirmó que no se arrepentía de lo que había hecho. Una vez que la agitación del encuentro con el hanyou esa mañana se hubo enfriado, pudo recordar la sensación de sus brazos y la expresión en su rostro mientras se movía sobre ella. El afecto genuino que allí había, dirigido completamente hacia ella por un momento.

Tal vez su confusión por la traición de Kikyou y su frustración por los asuntos de la corte lo habían llevado a ella, pero en esos momentos en los que estuvieron conectados, había visto reafirmada su preocupación por ella.

Si había una cosa de la que sí se arrepentía, era de no tomar en consideración los sentimientos de Inuyasha sobre ello. Inuyasha era un hombre de honor, si es que había alguno. Por supuesto que no podía tocar a una mujer sin sentir que le debía más, incluso si sus actos eran meros impulsos y sus sentimientos estaban en otra parte.

Aun así, amaba a Kikyou. No lo dudaba. No podía dudarlo.

Kagome simplemente tenía que asegurarse de que él creyera que sus actos de aquella noche eran tanto una cuestión de impulso como lo habían sido los de él. Una vez que ambos lo tuvieran claro, seguro que podían dejarlo atrás y retomar su relación habitual.

Una vez que se hubo preparado completamente, decidió que sería mejor que retomase su paseo por la corte. Desde su experiencia cercana a la muerte y los eventos que le habían seguido, no había encontrado una oportunidad de salir entre los cortesanos y evaluar su estado de ánimo. Ahora parecía tan buen momento como otro cualquiera, habiéndosele levantado todas las restricciones sobre ella y con pocas probabilidades de que Inuyasha fuera a buscarla.

Reunió una guardia del Dairi y escogió su ruta con cuidado, dirigiéndose primero hacia la residencia de la rama principal del clan Minamoto. Con apenas incitación, la mujer del jefe de los Minamoto la invitó a que se le uniera para una comida ligera. Kagome aceptó, aunque tenía poco apetito.

Lo que vino a continuación no se lo había esperado.

Se encontró sentada a la cabeza de una mesa larga, casi todo el espacio disponible de la mesa estaba lleno de gente que reconocía vagamente como jefes de clanes menores. La comida ligera estaba demostrando ser de todo menos eso.

Parecía como si cada ojo de la sala estuviera sobre ella mientras una sirvienta le servía el té. Kagome fijó los ojos en el vapor que subía de su taza mientras la sirvienta se apartaba, dándose cuenta de qué era esto.

La estaban evaluando de nuevo. Kikyou había partido abruptamente, llevándose consigo la esperanza de los Minamoto de tener a un humano cerca del trono. Necesitaban otro humano en una posición de poder para llenar ese hueco.

También necesitaban verla tras su encuentro con Amaterasu-sama. La mayoría de la corte había presenciado ese incidente. Seguro que las especulaciones se habían extendido como un fuego descontrolado por la corte, especialmente después de que la hubieran ocultado tras ello.

Necesitaban ver por sí mismos una chispa de divinidad.

Las cosas eran inciertas tras lo de Kikyou. ¿El Tennō ni siquiera podía conservar a su propia consorte? ¿Y qué era un gobernante sin su mano derecha? Muchos se habían inclinado a apoyar a Inuyasha, eso sí que lo sabía Kagome. Había demostrado ser poderoso, el auténtico heredero de su padre. Habían creído que lo guiaban las divinidades y que era aprobado, tomando las acciones de ella como prueba. Ahora contenían la respiración, observando y esperando para ver qué vendría a continuación.

Kagome se preguntó si tal vez esta excursión había sido un poco prematura por su parte.

Respiró hondo, levantando los ojos.

Enderezó los hombros, imitando el comportamiento elegante de la Emperatriz que una vez la había llenado de una mezcla de admiración y envidia.

Si necesitaba ser tanto mano derecha como izquierda, que así fuera.

Con deliberada lentitud, tomó la taza de té humeante, llevándosela a los labios. Le dio un momento para serenarse, pero también fue gratificante ver que varios de los cortesanos siguieron su ejemplo.

Dejó la taza sobre la mesa una vez más, ajustándola de forma que el diseño de la cerámica encarase el ángulo adecuado.

—Gracias, primos, tanto por su cortesía al darme la bienvenida, como por su paciencia conmigo últimamente —dijo finalmente, escogiendo la forma de dirigirse a ellos deliberadamente.

Pudo ver la confusión que revoloteó por algunos rostros, una ligera indignación en algunos. La mayoría lo aceptó con una naturalidad que hubo un tiempo en que le hubiera resultado absurda.

—Como son perfectamente conscientes, los últimos días han presenciado un gran cambio dentro de la corte —continuó.

—Si por cambio se refiere a caos, entonces, sí, bastante cambio —la interrumpió un hombre.

Kagome miró en su dirección, desconcertada por la interrupción. Él encontró su mirada con ecuanimidad, con cierto desafío en la rigidez de su mandíbula.

—Se ha hablado mucho y ha habido mucha acción últimamente en relación con la gente de fuera de esta corte —continuó el hombre—. Y nadie está tan ciego como para no ver lo que Su Majestad y usted se han esforzado tanto por ocultar.

»¿Desaparece de la corte durante meses en una misión para inspeccionar las residencias de fuera de la corte? ¿Y al mismo tiempo muchas de las provisiones almacenadas se las apropia Su Majestad por una razón que no revela? ¿Su regreso a la corte provoca que huya la recién coronada Emperatriz? ¿Le hace ir tan lejos como para intentar hacer que la maten a usted? Su Majestad lo sabía. Ella defendía a la gente de esta corte.

»Usted, no obstante, O-Miko-sama, piensa que somos sus enemigos, ¿no es así? No ha ocultado en absoluto su deseo de elevar a la gente de entre la que vino. ¿Va a elevarla para destruirnos? ¡Si Amaterasu-sama es una kami a la que no le importa nada el orden, que entregará a algunos de sus hijos en favor de otros, entonces yo no soy adepto suyo!

Kagome pudo hacer poco más que quedarse mirando al hombre, su mente daba vueltas rápidamente mientras intentaba procesar el flujo de acusaciones que le acababa de arrojar. ¿Que había expulsado a la Emperatriz? ¿Que estaba conspirando para elevar a los aldeanos contra los cortesanos? Y se retorció ante la implicación de que Inuyasha y ella estaban… relacionados de forma indecorosa.

¿Se sentían todos así? Inspeccionó los demás rostros de la mesa. En muchos había un claro desagrado ante el manifiesto ataque hacia ella, pero había sentimientos similares en algunos de ellos. Con un repentino escalofrío, se dio cuenta de que muchos de ellos puede que creyeran algo, si no todo, de lo que había dicho el hombre.

Ahora la miraban para confirmar o sus miedos o sus esperanzas.

Kagome bajó los ojos, su mente trabajaba frenéticamente. Entrelazó las manos con fuerza, obligándose a respirar y a pensar antes de soltar nada. Las palabras eran lo único que tenía en ese momento.

—Si fuera verdad que a Amaterasu-sama solo le importan algunos de sus hijos y otros no, entonces yo tampoco sería adepta suya, primo —dijo lentamente—. Pero creo que lo malinterpreta. No voy a… No puedo negar que una vez pensé en toda la corte como mi enemiga y que a menudo me he visto desde entonces en una posición contraria.

Se detuvo, preparándose contra las miradas de indignación que siguieron naturalmente a tal declaración. Pero podía sentir la pertinencia de sus propias palabras, su verdad, y continuó.

—Pero también han de ser honrados. ¿A menudo no veían a las aldeas y a mí como a sus enemigas, en cambio? Y eso, cuando se molestaban en pensar en nosotras en absoluto. Durante mucho tiempo, no tuvieron reparos con Amaterasu-sama, cuando pensaban que solo se preocupaba por ustedes antes que por ellos. ¿Por qué pierden la fe ahora?

Hizo una pausa, dirigiendo la mirada para encontrar cada una de las de ellos en cambio. Algunos juguetearon con sus abanicos, evitando sus ojos. Otros intentaron encontrar su mirada antes de apartar la suya. Algunos sí la miraron, sus expresiones eran mezclas de culpa y desafío.

—¿Qué piensan que quieren? —dijo Kagome—. No es su poder. No es sus posiciones. La mayoría no sueñan con más que con sobrevivir. Quieren comida, cobijo y seguridad para sus hijos. Y yo quiero eso para ellos también, pero no a expensas de ustedes. A expensas de nadie.

El hombre que había hablado en primer lugar la miró, su expresión estaba endurecida con desconfianza.

—¿El Tennō-sama no ha atendido sus necesidades? —preguntó Kagome—. Su Majestad ha paseado por las calles de la corte, escuchando cada queja que le han presentado. Su Majestad protegió a la corte cuando hordas de youkai la amenazaron… se aseguró de que ustedes y sus hijos estuvieran a salvo en el futuro. ¿El anterior Tennō-sama, que su alma habite en lugares tranquilos, no fue un buen gobernante para ustedes? Su Majestad no habría sido escogido para gobernar si su honorable padre no le hubiera creído digno.

—¿Y qué hay de las tierras que nos quita ahora Su Majestad? —intervino una mujer a su izquierda con helada suavidad—. ¿Qué hay de las restricciones impuestas a nuestros movimientos dentro y fuera de la corte?

Kagome frunció el ceño.

—Puede que Su Majestad tenga en cuenta lo que es mejor para ustedes y desee su bienestar, pero eso es algo distinto de ser un tonto —contestó—. Ninguno de ustedes puede sentarse aquí y decirme con honestidad alguna que se ha olvidado de la guerra por el trono. Ninguno de ustedes puede decir que ha apoyado incondicionalmente a Su Majestad en su gobierno.

La mesa se quedó en silencio. Algunos tuvieron la decencia de parecer avergonzados. En otros no hubo remordimiento alguno.

—No me corresponde a mí condenarles —continuó Kagome más amablemente—. El camino correcto rara vez es el que parece más seguro. Han tenido dudas sobre Su Majestad. Han actuado con base en esas dudas. Si pueden corregirse ahora, miren a Su Majestad con ojos limpios. Vean los actos de Su Majestad por lo que son y luego júzguenlo si quieren.

El silencio encontró sus palabras y nadie la miró a los ojos. Pudo ver claramente que eso no era suficiente.

No eran gente de fe. Necesitaban algo tangible, algo más que simples promesas.

—¿Qué opinan de un intercambio de buena fe? —dijo Kagome.

Varios pares de ojos se templaron con interés.

—¿Intercambio? —repitió su anfitriona.

—Una suerte de promesa —dijo Kagome—. Le solicitaré a Su Majestad que levante las restricciones sobre sus movimientos. Tamién solicitaré que Su Majestad hable directamente con los jefes de los clanes, además de con el Consejo, cada vez que Su Majestad necesite apropiarse de sus provisiones. Se les mantendrá completamente informados de los planes de Su Majestad.

Ahora todos los ojos estaban sobre ella. Kagome se enderezó, esperando aparentar más certeza de la que sentía.

—A cambio —dijo—, Su Majestad y yo les solicitaremos a sus hijos e hijas.

Hubo un momento de profundo silencio antes de que varias voces irrumpieran en un confuso coro de preguntas. Kagome no respondió, pero les concedió varios momentos para que les dieran voz a sus preocupaciones.

—Un momento, si me permiten, primos —dijo—. Hay un precedente para esto. ¿Acaso el Tennō-sama y la Emperatriz no escogían entre los hijos e hijas de los clanes para llevárselos al Dairi?

Sango se lo había mencionado una vez mientras estaban en su misión fuera de la corte y la idea había estado hirviendo a fuego lento al fondo de su mente desde entonces. Era un poco improvisado, tal vez impulsivo por su parte, presentar la idea ahora tan de repente, pero había verdad en aquello de lo que la habían acusado. Había visto, y hasta cierto punto seguía viendo, a los cortesanos como sus enemigos. Pero ¿qué clase de paz podrían crear para nadie en un mundo donde algunas de sus gentes eran tratadas como simples obstáculos?

Si iba a llegar a una suerte de entendimiento con los cortesanos, tenía que empezar ahora.

—¿Quiere decir que Su Majestad desea restablecer los nombramientos? —dijo su anfitriona.

Kagome asintió, guardándose para sí el hecho de que en realidad no le había presentado el tema todavía a Inuyasha. Esa era una cuestión con la que lidiaría más tarde.

—Ya es hora —dijo—. Los nombramientos cesaron porque la corte se encontraba en estado de agitación tras el fallecimiento del anterior Tennō-sama, que su alma habite en lugares tranquilos. Esos días oscuros han pasado. Como señal de buena fe y de cooperación entre nosotros, han de reanudarse los nombramientos.

—Entonces ¿el primogénito de nuestros clanes…? —comenzó un hombre a su izquierda.

—No —le interrumpió Kagome—. Su Majestad los escogerá él mismo.

Tradicionalmente, habrían sido los primogénitos y las primogénitas de los clanes los que se enviaran al Dairi, se los llevaba en el pasado como señal de las buenas relaciones entre el Tennō y los cortesanos. Los nombramientos también servían para fomentar buenas relaciones entre el Tennō y los cortesanos, en el sentido de que el Tennō a menudo escogía de entre ellos a quienes se convertirían en miembros del Consejo o en sus consejeros más personales.

Inuyasha podría estar más de acuerdo con reinstaurar la práctica si no eran los primogénitos a los que se enviaban por defecto, teniendo en cuenta su propia historia. Pero, más allá de eso, Kagome había visto demasiado que en la corte se daba poder sin razón y a pesar de los méritos. Si iban a escoger potenciales consejeros o miembros del Consejo, no se basaría únicamente en la casualidad del orden de nacimiento.

Los cortesanos se miraron a lo largo y ancho de la mesa, los abanicos giraban en series de preguntas. Kagome esperó pacientemente a que murieran las silenciosas conversaciones.

—Si Su Majestad estará encargado de supervisar a nuestros hijos, entonces ¿hemos de asumir que usted se encargará de nuestras hijas, O-Miko-sama? —preguntó un hombre a mitad de la mesa, a su lado derecho.

Kagome asintió.

—Esa era mi intención, sí —dijo—. ¿Lo encuentran aceptable?

En circunstancias normales, habría sido la anterior o la actual Emperatriz la que se encargaría de las hijas, según lo que le había contado Sango. Pero, si iba a ser tanto mano derecha como izquierda, este sería otro deber más que tendría que asumir.

—Totalmente aceptable —intervino el hombre, extendiendo las manos en un gesto abierto—. Solamente deseaba asegurarme de que sería usted, O-Miko-sama, quien supervisaría a la futura esposa de Su Majestad y a sus concubinas. Confío, por supuesto, en que será una observadora imparcial en esta cuestión.

La miró a los ojos, su mirada se clavó en su rostro en busca de algo que la traicionara. Kagome se esforzó por mantener su expresión neutral, aunque su mente iba a toda velocidad.

Claro. Claro, claro, claro. Tenía sentido. ¿Por qué traer a mujeres de la corte al Dairi si no era para dejar que el Tennō escogiera entre ellas? ¿Qué mejor forma de fomentar lazos entre el Tennō y sus cortesanos que mediante el matrimonio? Sango no lo había mencionado, pero debería haber tenido el suficiente sentido común para comprenderlo por sí misma.

Y con el caos provocado por la partida de Kikyou y sus posteriores actos, no era de extrañar que los cortesanos esperasen que Inuyasha escogiera entre ellos a una nueva esposa. No tenía ninguna otra concubina, ni perspectivas, y estaba la cuestión de asegurar un heredero…

Kagome entrelazó las manos con fuerza, obligándose a tranquilizar sus pensamientos. Su pulso retumbó demasiado rápido en sus venas y notó el rostro caliente.

Tenía que haber un límite. Por supuesto que no se podían esperar que fuera tan lejos. Ya había sido suficientemente duro apoyar y observar a Inuyasha con Kikyou durante su compromiso. Que le pidieran que escogiera a la mujer con quien pasaría el resto de su vida…

—Todavía… todavía hay cuestiones de las que ocuparse tras la… partida de la anterior Emperatriz —evadió débilmente.

—Pero en cuanto esas cuestiones estén resueltas, ¿trabajará con Su Majestad para seleccionar a una nueva esposa? —insistió el hombre.

Kagome pasó la mirada de su rostro al resto de la longitud de la mesa. Los cortesanos la observaron expectantes. Sospechaban de ella. Si titubeaba ahora, puede que se perdiera mucho.

—… Por supuesto.

Sintió que podría ahogarse con las palabras.


Tras cumplir con las corteses formalidades de té, aperitivos y charla insustancial, los cortesanos dieron su palabra de que considerarían seriamente lo que se había ofrecido y a Kagome se le permitió irse finalmente.

Definitivamente, había sido demasiado pronto para intentar algo así. Se sentía exhausta, como si hubiera estado corriendo por la corte durante todo el día en lugar de simplemente estar sentada tomando té.

Regresó con su guardia a su residencia en el Dairi poco después. Inicialmente, había planeado aparecer más por la corte, pero tras aquel juicio, no quería nada más que hacerse un ovillo un tiempo.

Los sirvientes le ofrecieron comida y té a su llegada, pero apenas podía soportar pensar en ello. Se excusó y pidió que la dejaran sola para descansar un rato.

En sus aposentos, se hizo una bola sobre su futón, sin molestarse con las mantas. No quería nada más que quedarse allí acostada un tiempo sin pensar en nada, pero los pensamientos treparon sin su consentimiento.

Tenía que hablar con Inuyasha. Había sido estúpido por su parte presentar sus ideas a los cortesanos antes de explicárselas a él primero en detalle. No había forma de saber si estaría abierto a ellas siquiera, aunque ella las veía bastante sensatas.

Y ¿cómo presentarle siquiera la idea de traer mujeres al Dairi para que escogiera entre ellas? La misma idea la puso fría de pavor.

Nunca lo aceptaría. Todavía había que pensar en Kikyou y ella sabía que él nunca terminaría con la Emperatriz. Tampoco ella deseaba despachar a la mujer cuando todavía tenía tantas incertidumbres por su parte, pero podía ver pocas formas de redimir a Kikyou a ojos de la corte.

Tal vez una nota bastaría para contarle a Inuyasha todo lo que había ocurrido. No hacía falta que se vieran para comunicarse…

No. No, no, no. Había tomado ciertas decisiones sabiendo perfectamente bien cuáles serían las consecuencias. No podía permitir que esas consecuencias se interpusieran ahora en su trabajo con Inuyasha.

Kagome gruñó, dándole un tirón a la manta sobre la que estaba acostada y rodando hasta que la tapó parcialmente.

… Su futón no era ni de cerca tan agradable como el de él.


Un pensamiento que era medio un sueño hizo que Kagome se despertase del todo con un sobresalto no mucho después de que se hubiera quedado dormida. Se desenredó del embrollo de su futón, enderezando apresuradamente su ropa.

Salió corriendo desde su residencia sin decirles ni una palabra a los sirvientes ni a su guardia. Si Inuyasha lo descubría, probablemente le daría un ataque, pero no podía permitirse llevárselos con ella para esto.

A mitad de zancada, los pensamientos de Kagome empezaron a alcanzarla. Se detuvo tan abruptamente que casi tropezó con sus propios pies.

No tenía ni idea de a dónde iba.

Kagura le había dado un día, pero la youkai no había dicho nada de dónde o cuándo la encontraría.

Kagome miró hacia el cielo, se le encogió ligeramente el corazón cuando vio que el velo del crepúsculo estaba empezando a asentarse sobre él. Tal vez era demasiado tarde. Tal vez la oferta ya había expirado.

¡No! No podía dejarlo pasar sin intentarlo. Podía intentar ir a la residencia Taira…

Descartó esa idea antes de que se formase por completo. El último lugar en el que Kagura podría haber querido reunirse con ella era allí.

Entonces ¿dónde? ¿En el Chūwain? Pero ¿por qué allí? ¿Por qué no en otro sitio?

Kagome se quedó enraizada, su figura estaba tensa de indecisión.

Se levantó viento, tirando de su pelo y de los bordes de su hakama. Kagome parpadeó, mirando a su alrededor. Nada más se movía con el viento.

Siguió el tirón. La brisa tiró de ella por calles laterales y a través de pequeños pasadizos que nunca hubiera sabido que existían de otro modo. Durante un tiempo, intentó mapear la ruta por la que la estaba llevando, pero pronto perdió completamente el hilo.

Se levantó el viento, empujándola hacia la pequeña abertura entre un muro bajo y un pequeño edificio. Kagome dio un traspié, tropezando y aterrizando con fuerza sobre las manos.

Afortunadamente, había aterrizado sobre una franja de hierba. Se impulsó hacia arriba, estirando los hombros contra la fuerza del impacto.

Parpadeó.

Había una pequeña edificación ante ella, del tamaño de una cabaña en su aldea, aunque más pequeña que los aposentos de los sirvientes, según los estándares de la corte. La madera estaba combada y agrietada, la única puerta shoji que podía ver se torcía sobre sus goznes. La hierba que la rodeaba estaba descuidada, lo suficientemente alta como para amenazar con tragarse el porche que rodeaba la edificación.

Pero le sorprendió algo más allá de la destartalada apariencia del edificio. De algún modo… le resultaba familiar.

—Estás hecha un desastre.

Kagome dio un respingo, sobresaltada. Kagura emergió de entre la intensa pesadumbre del saliente del porche, mirándola con leve aversión.

Kagome se levantó lentamente, quitándose la hierba y la tierra de las manos y de su hakama.

—Me disculpo —dijo—, no estaba segura de cómo encontrarla y…

—Te dije que yo te encontraría a ti cuando fuera el momento, ¿o no? —dijo Kagura—. Sí que pareces desconcentrada. Has parecido tonta antes, pero nunca una… tonta torpe.

Kagome frunció el ceño, pero internamente tuvo que reconocer que había algo de verdad en sus palabras. Se había sentido más que un poco desequilibrada desde la noche anterior, cuando…

—Estoy bien —dijo con un poco más de vehemencia de la necesaria—. Es que… ¿dónde estamos?

Kagura miró hacia la deteriorada estructura, algo oscuro pasó sobre sus facciones.

—En el lugar donde me robaron el corazón por primera vez —murmuró.

Kagome frunció el ceño, en absoluto segura de cómo interpretar tan críptica afirmación. Era casi poética, aunque Kagura no le parecía de esa clase de personas.

—No importa —dijo la youkai abruptamente, negando con la cabeza—. ¿Qué importa dónde estemos mientras no nos encuentren? Con lo patética que pareces, no podía permitirme arriesgarme a ser descubierta.

Kagome frunció el ceño.

—Usted me prometió algo —dijo.

La expresión de Kagura se volvió indiferente. Asintió.

—Una recompensa —dijo—. Escógela sabiamente.

—Tengo preguntas que solo usted puede responderme, Kagura-sama —dijo.

La expresión de Kagura se tornó categórica.

—¿Preguntas? —repitió—. ¿Te permito cualquier cosa y escoges hacer preguntas?

Kagome profundizó su frunce.

—¿Y qué haría usted en mi lugar? —dijo—. Ordenarle a ciegas que haga algo sin tener ni idea de cuáles serían las consecuencias? Todavía hay mucho que no sé, así que tengo que empezar por el conocimiento. Además, pedirle que haga algo por mí en la corte puede hacer que la descubran y quién sabe lo que podría ocurrir entonces. Al menos la información es en cierto modo segura.

Kagura se la quedó mirando durante un largo momento, frunciendo levemente el ceño. Apartó la mirada, negando con la cabeza.

—Sería mejor que te metieses en sus propios asuntos —dijo—. Ocuparse con otros solo te ralentizará.

Bajó del porche en ruinas con elegancia inhumana.

—Haz tus preguntas —dijo Kagura—. Responderé lo que pueda.

A Kagome no le llevó más de un instante formular su pregunta.

—Necesito saber sobre el muchacho humano que trajeron a su clan hace años —dijo—. Necesito saber sobre Onigumo.

Un descarado asombro iluminó el rostro de Kagura, ensanchando sus ojos carmesíes. Lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa que Kagome solo podía describir como de una satisfacción que le llegaba al alma.

—Parece que he escogido el lugar perfecto, entonces.


Para oír el relato contado por la mayoría, comenzaba como muchos otros, con la belleza de una mujer dominando la razón de un hombre.

Este, dijo Kagura, era un giro encantador que a los cortesanos les gustaba colocar en sus cuentos. Encubría el hecho de que esta historia, como muchas otras, comenzaba y terminaba con tiranía y avaricia. Un hombre veía algo que deseaba y tenía el poder de coneguirlo, así que lo hacía. Eso resultaba ser una mujer y esa mujer resultaba estar indefensa.

Habría sido un relato como cientos de otros, si no fuera por una pequeña cuestión. La mujer tenía un hijo, tal vez lo único que tenía en el mundo que fuera verdaderamente suyo, y si el hijo no iba con ella a la corte, entonces ella amenazaba con quitarse la vida.

El cortesano que la deseaba no tenía la costumbre de arrastrar a sucios mocosos de regreso con él a la corte, pero ¿qué bien hacía una amante muerta?

No hacía daño que fuera excepcionalmente hermosa.

Kagura se interesó poco por la mujer cuando la introdujeron de contrabando en la corte. El Tennō no apoyaba tales maniobras, pero lo que Su Majestad no averiguase, no le haría daño, y seguía siendo una práctica bastante común. La mujer era bastante guapa para ser humana, pero poco más que eso.

Pero el mocoso era otra cosa.

Kagura todavía podía recordar claramente la primera vez que lo había visto. Sucio, vestido con poco más que harapos, tan delgado que eran visibles los huecos de sus mejillas. Debería haber sido un panorama patético.

Pero no lo era. Tenía unos ojos enormes y oscuros, llenos de promesa mientras sopesaba a cada cortesano, midiéndolos. Se sentaba tan derecho sobre el lomo del caballo como si fuera suyo y no del hombre detrás de él, que se lo había llevado de su casa.

A Kagura le había sorprendido no solo su instantánea fascinación con un pequeño llorón desdichado, sino también el leve miedo que había sentido que trepaba dentro de ella. No fue hasta un tiempo después que se enteraría de que era un instinto al que debería haberle prestado atención.

La cuestión de esconder al muchacho era más complicada que la de ocultar a su madre. A ella podían meterla en uno de los aposentos que la mayoría de los cortesanos tenía para sus amantes, oculta allí entre mujeres de la corte de bajo rango y, por tanto, lejos de la atención de Su Majestad.

Inicialmente, pensaron en colocar al muchacho entre los sirvientes. Pero el muchacho demostró no ser nada más que un estorbo para los sirvientes, negándose a toda tarea que le asignaban y escapando a menudo de su vigilancia para vagar por la corte.

Su madre también demostró ser un problema cuando se enteró de que lo habían metido allí. Amenazó su propia vida una vez más si no lo cuidaban como era debido. Si tenía que ser la puta de un hombre, entonces al menos su hijo estaría bien cuidado.

Además, el hombre que se la había llevado, el jefe de los Taira, parecía compartir la extraña fascinación de Kagura por el muchacho. Estaba preparadísimo para dar el siguiente paso y adoptar al chico en el clan como hijo suyo.

Y así, el muchacho se convirtió en cortesano, aunque se lo mantuvo ampliamente en las sombras. Después de todo, todavía no podían permitirse que se descubriera toda la historia.

Como parte de su adopción, su nuevo padre lo renombró como Naraku. Pero ningún cambio de nombre, de finas ropas, o de entrenamiento como cortesano sería nunca suficiente para ganarle al chico una medida de aceptación dentro de la corte.

Tampoco ayudaba que su adopción por parte del jefe lo colocase en línea de una sucesión o en una posición de rango elevado dentro del clan, por improbable que fuese que de verdad fuera a convertirse en heredero. Los cortesanos lo evadían. Algunos se esforzaban por asegurarse de que supiera que nunca tendría un lugar dentro de la corte, excluyéndolo de actos públicos de la corte y, en ocasiones, asegurándose incluso de que no pudiese regresar a la residencia del clan.

Lo que las llevaba a este edificio. No era más que una choza, en realidad. En su origen, había sido el escondrijo de una de las primeras emperatrices, un pequeño lugar donde podía estar sola y tener un pequeño jardín. Edificios tan pequeños habían pasado de moda en la corte no mucho después de su muerte, y el edificio pronto se convirtió en poco más que un cobertizo para otras reliquias de las que se había cansado la corte.

En cierto punto, debía de haberse convertido en el santuario de Naraku. Tal vez era porque apenas soportaba estar cerca de cortesanos durante más tiempo del necesario. Tal vez era porque la pequeñez del lugar le recordaba a la cabaña que una vez había compartido con su madre antes de que todo les fuera arrebatado. Tal vez era porque el lugar estaba más cerca del edificio donde tenían a su madre.

Fuera lo que fuera, Naraku había hecho de este lugar su residencia no oficial. Cuando no estaba aquí, Kagura a menudo lo observaba vagabundeando por la corte como una sombra, mirando con ojos que parecían verlo todo. A menudo sospechaba que él sabía más de la corte de lo que sabría nunca cualquier otro cortesano. Aun así, se quedó como no más que una sombra entre ellos.

Hasta el día en que murió su madre. No fue repentino, tampoco fue particularmente sorprendente. Aguantó unos buenos diez años antes de fallecer. Kagura sabía poco de qué le había pasado exactamente, salvo que se decía que se había estado consumiendo desde que había llegado. La mujer simplemente perdió las ganas de seguir viviendo. No era una historia poco común. Enviaron el cuerpo para que dispusieran de él y ese fue el final.

Naraku tuvo un cambio. Fue lento, tan gradual que fue difícil de notar. Pero Kagura había estado observando desde que había llegado a la corte, fascinada a pesar de sus mejores instintos.

Fue un cambio en su energía, tal vez. Algo en la esencia del muchacho cambiaba día a día. Pero Kagura no pudo comprenderlo. Y así, por primera vez en su muy larga vida, Kagura se permitió ir en contra de sus instintos.

Siguió al chico, que ahora había crecido para convertirse en un hombre indiscutiblemente atractivo, rivalizando en aspecto con su fallecida madre, y la condujo a este lugar. Solo en retrospectiva podía decir que la había guiado. En aquel momento, había creído que lo había seguido en secreto. No fue así.

Este lugar entonces tenía la misma aura que ahora portaba. Etérea. Manchada, de algún modo. Simplemente se había sentado en el porche, con sus ojos oscuros entrecerrados, como si viera una visión que ella no podía ver. Se preguntó durante cuánto tiempo había sido este su lugar de retiro.

Pero, por una vez, preguntárselo no había sido suficiente para ella. Kagura se había descubierto avanzando, saliendo de las sombras. No estaba segura de qué había pensado hacer al exponerse. Tal vez una parte de ella siempre había querido ayudarle.

No hubo trazas de sorpresa en su expresion al verla. Simplemente levantó una mano, haciéndole una seña para que se acercase. Y ella fue.

Apenas podía recordar lo que se dijo entre ellos. No estaba completamente segura de que se hubiera dicho nada. Simplemente estaba la vaga noción de que de algún modo le había expresado que la necesitaba, que, si alguna vez quería ayudarle, entonces no había momento mejor que ese. Y ella había aceptado.

En ese momento, se enteró de qué había cambiado en él.

Fuera lo que fuera, ya no era humano. Metió la mano en ella, como si no fuera más que aire, y le sacó el corazón del pecho. Lo metió dentro de él, absorbiéndolo. Incluso en el extraño estupor que se apoderó de ella en esos momentos, Kagura pudo ver los demás trozos de youkai dentro de él palpitando a modo de bienvenida al añadirse un trozo de ella.

Le había quitado el corazón, lo había hecho parte de sí mismo. Y ella no había sido la única que había caído en su trampa. Muchos otros, aquellas demás partes de la cosa en la que se había convertido, habían sido atrapados por él. Ahora le pertenecían.

No mucho después de este encuentro, desapareció un tiempo de la corte. No supo a dónde había ido, pero pareció haber otro cambio en él a su regreso. Se había decidido algo. Lo comprendió sin que él dijese una palabra. Ahora estaban enlazados.

En el exterior, poco cambió en él. Seguía siendo no más que una sombra, apenas conocido o reconocido por nadie dentro de la corte. Pero algo dentro del propio clan Taira estaba cambiando. Nunca había sido el clan más abierto o acogedor, en absoluto, pero empezaron a cerrarse lentamente en sí mismos.

Naraku hacía tiempo que pasaba mucho tiempo codo con codo con el jefe. La fascinación que el jefe había sentido por el muchacho se había tornado en una vaga culpa a la muerte de su madre y tal vez algo de ello era un miedo que no entendía por completo. Al menos esto era lo que Naraku sospechaba y que Kagura sabía.

Cualquiera que pudiera haber sido la raíz de todo ello, el jefe consintió muchas de las peticiones del joven. Un gran número de aldeanos entró en las filas de la guardia del clan. Un poco más de tierra ocupada fuera de la corte aquí y allá. Una gran inversión anual en armas. Naraku tenía gran habilidad para hacer que cada petición pareciera una mera sugerencia y cada sugerencia parecía totalmente razonable. Práctica, incluso.

Y así, un buen día de primavera, los dos salieron con una gran partida a cazar fuera de la corte. No era nada fuera de lo común. Habían hecho el mismo viaje muchas veces antes.

Nadie de entre los de la partida de caza regresó nunca a la corte.

Cuando, varios días más tarde, se envió una partida de búsqueda a por ellos, quedaban poco más que pedazos de carne y hueso. Era imposible distinguir un cuerpo de otro, pero los días peinando los bosques circundantes no trajeron consigo supervivientes.

Naraku murió ese día.


Kagome se quedó mirando a la mujer con ojos abiertos como platos.

—Onigumo… es decir, Naraku está… ¿está muerto?

Una sonrisa irónica curvó una comisura de los labios de Kagura.

—Sí —dijo—. Está muerto.

Kagome sintió como si algo se cayera debajo de ella. Había estado tan segura de que seguir el rastro del pequeño desafortunado la llevaría a alguna parte.

—Nadie lamentó su muerte —continuó Kagura, aunque Kagome apenas la estaba escuchando—. Apenas nadie recordó incluso su existencia. No era más que una nube negra que pasó una vez sobre nuestro sol. Era perfecto, en realidad.

Kagome la miró, atrapada por una rareza en su voz. Los ojos de Kagura encontraron los de ella y ahora no había atisbo alguno de sonrisa en su rostro.

—Después de todo, ¿cómo se le puede culpar a un muerto de nada? —dijo—. Es una locura, ¿sabes?

Kagome la observó, sin atreverse a interrumpir. Kagura apartó los ojos de ella, ensombrecidos por algún recuerdo.

—Nuesto jefe actual, Hakudoshi, creció junto a Naraku —dijo—. Se perdió poco amor entre los dos. Después de todo, incluso como hijo adoptivo, Naraku era una amenaza para su herencia. Pero hubo un día en el que Hakudoshi resultó gravemente herido mientras montaba en la residencia externa del clan. Afortunadamente para él, Naraku estaba allí para salvarle la vida, aunque todos los demás habían estado seguros de que estaba al borde de la muerte. Hakudoshi debió de estarle agradecido a su hermano por eso, pues continuó con muchos de los proyectos de Naraku después de su fallecimiento.

Kagura se detuvo, su expresión se ensombreció más.

—Y extrañamente, no fue mucho después de eso que los Taira empezaron a agitarse dentro de la corte —reflexionó—. Pequeñas cosas, en realidad. Más tierras fuera de la corte, más libertad de comercio fuera de la corte, más comida delegada a ellos del almacenamiento. Nada de lo que los cortesanos no se hubieran estado quejando durante años.

Kagura volvió a mirarla.

—Creo que puede que ya conozcas el resto de esta historia —dijo—. Un día, el Tennō simplemente desapareció. Se fue como si nunca hubiera existido y la corte lo declaró muerto poco después porque el cuerpo no puede sobrevivir sin una cabeza. Lo que nadie podía haber anticipado fue la última voluntad de Su Majestad… que el híbrido, hijo de una mujer que ni siquiera era una concubina oficial, tomase el trono en lugar de su primogénito, que era tanto youkai de sangre pura como hijo de la recientemente fallecida Emperatriz. Pero no pasaba nada. Si acaso, era mejor. La corte estaba más que dispuesta a tomar las armas por su cuenta por ello.

—¿Qué está diciendo?

Kagura frunció ligeramente el ceño.

—Si voy a tomarme la molestia de contarte todo esto, lo menos que podrías hacer es prestar atención —dijo—. Tienes mente. Úsala.

Kagome frunció el ceño. Era difícil entender la pura enormidad de todo ello.

—Quiere decir… —dijo lentamente—. ¿Quiere decir que todo esto estaba planeado? ¿Hasta el último detalle?

Kagura sonrió levemente. Se encogió de hombros.

—Unas partes más que otras —respondió con indiferencia—. Pero sí, en su mayoría, puedo trazar su camino en el tiempo. En su mayoría, creo que lo ha tenido todo en su mano.

—Entonces, ahora —dijo Kagome—. ¿Qué es lo que quiere ahora? ¿Qué es lo que está haciendo ahora?

Kagura se encogió un poco de hombros de nuevo.

—Es difícil de decir —dijo—. Ha sido mucho más difícil de entender lo que está haciendo desde que dejó la corte. No es que se moleste exactamente en mantenerme informada, más allá de… pequeños recados que me exige de vez en cuando. Sé que se ha estado reagrupando desde que remitió la guerra por el trono. Supongo que tiene intención de tomar el trono para sí mismo algún día. Algo como eso le vendría bien. Y sé que hay algo que quiere de ti, algo que descubrió hace años, pero que se le ha escurrido entre las manos. Piensa que es la clave para cumplir sus ambiciones. Hará lo que pueda para quitártelo.

Kagome contuvo la necesidad de tocar el lugar en su cadera. Sabía lo de la perla. De algún modo, también sabía que la tenía ella.

—Entonces ¿no puede saber con ninguna certeza lo que está haciendo ahora? —insistió.

—No —contestó Kagura—. No a menos que escoja contármelo. A menudo da órdenes, pero rara vez da razones. No es su naturaleza.

Kagome estaba callada. Tras un momento, asintió.

—Gracias —dijo, mirándola a los ojos—. Yo… le agradezco esto.

Kagura recibió su gratitud con una mirada impasible.

—No me des las gracias —dijo—. Pagué una deuda. Ahora no tengo que sentir que te debo nada en el futuro.

Kagome frunció el ceño, se le ocurrió algo.

—¿Qué le ocurrirá a usted después de esto? —dijo—. ¿Él sabrá que habló conmigo?

Kagura apartó la mirada de la de ella, entrecerrando los ojos. Observó la cabaña en ruinas durante un largo momento antes de negar con la cabeza.

—¿Quién sabe? —dijo—. Tal vez sí. Tal vez escoja destruirme por ello. Si así es, entonces bien. Al menos yo escogí esto. Ha pasado demasiado tiempo desde que escogí algo.

—Kagura… —dijo Kagome, se le hizo un ligero nudo en el estómago al pensarlo—. Si hay algo que pueda hacer para ayudarla, prometo…

Kagura le dirigió una mirada irónica, frunciendo los labios.

—Preocúpate por ti, miko —dijo—. Ya es hora de que vuelva a tomar las riendas de mi vida.


Se marcharon sin ni siquiera despedirse. Kagome observó mientras la youkai desaparecía en un remolino de viento, esperando por primera vez desde que la había conocido que volviera a verla.

A pesar del desdén de Kagura por su preocupación, era difícil no preocuparse por lo que pudiera ocurrirle a la mujer si alguien de su clan se enteraba de lo que había hecho. Después de todo, ahora estaba claro que Kagura era tanto una víctima en todo esto como muchos otros.

Kagome suspiró. No había mucho que hacer. Lo mejor que podía hacer por ahora era buscar una forma de detener a Naraku. Cuanto antes lo hiciera, antes estaría Kagura a salvo y libre de su agarre.

Pero, después de todo lo que había oído, descubrió que había una extraña parte de ella que simpatizaba con el pequeño que habían arrastrado a la corte. Lo habían arrancado de su hogar, lo habían separado de su madre y lo habían soltado en un mundo que no entendía y donde nadie sentía interés por comprenderle. ¿Acaso había tenido alguna oportunidad?

Pero él había escogido en qué se había convertido. No podía olvidarse de eso. No podía absolverlo de responsabilidad por las vidas que había escogido arruinar. El padre de Miroku, el padre y la madre de Inuyasha, el hermano de Sango, Kagura y quién sabía cuántos más.

¿Qué era lo que esperaba de todo esto? ¿Quería el trono? Tenía sentido. ¿Qué mayor bálsamo había para una vida de ostracismo que el control sobre aquellos que lo habían atormentado?

Y de algún modo se había enterado de lo de la perla. Los ejércitos de los Taira por sí solos no habían sido suficientes para tomar lo que quería, pero la perla sí lo sería. La necesitaba para asegurar la victoria.

Se tocó la cadera distraídamente, preguntándose si había una forma adecuada de deshacerse de la perla. Si pudiera pensar en un deseo…

Kagome negó con la cabeza. No confiaba en sí misma con tal poder. En tales circunstancias como en las que se encontraba actualmente, no creía que fuera posible pedir un deseo que no fuera a beneficiarla a cierto nivel. Mejor dejarla estar hasta que pudiera pensar en otra cosa.

Pensó en ir con Inuyasha en cuanto se separó de Kagura para contarle todo lo que le acababa de contar. Seguro que aliviaba un poco de la presión sobre su cabeza, un poco del revoltijo de sus pensamientos. Confiárselo y oír lo que pensaba le tranquilizaría la mente.

Pero estaba su última conversación con él. Y la conversación que tenían que tener sobre cómo proceder en adelante en relación con Kikyou y la idea de que él… se volviera a casar. Y muchas otras pequeñas cosas que sabía que no deberían ser su excusa para no acudir a él inmediatamente.

Al final, Kagome regresó a su residencia, sintiéndose ligeramente derrotada a pesar de lo que debería haber sido una victoria nada pequeña.

Aunque no debería haber sido así. Estaba la irritante sensación de que estaba perdiendo agarre lentamente sobre algo muy importante.


A la mañana siguiente, Kagome se despertó con una extraña claridad sobre lo que tenía que hacer. No podía recordar si había soñado o incluso pensado en ello antes de quedarse dormida esa noche, pero había certeza en sus movimientos mientras se preparaba para salir.

Se tocó distraídamente la cicatriz del sol de su hombro.

Atraía más miradas de lo que le hubiera gustado mientras caminaba por las calles de la corte esa mañana. Pero no era difícil entender el porqué. Entre su reciente retorno del borde de la muerte y la conversación que había tenido el día anterior con los cortesanos, que seguramente se había extendido como un fuego incontrolado, no era de extrañar. Sostuvo la cabeza en alto entre su guardia, encontrando sus miradas con fingida certeza.

El Chūwain tenía una dispersión de tempranos visitantes, pero fue capaz de pasar entre ellos sin que la vieran y sin desviarse mucho de su camino. Pero escabullirse con una guardia probablemente era una de las cosas más ridículas que había hecho, reflexionó.

Kagome también tuvo que decidir qué hacer con ellos cuando llegó al ala oeste del complejo. Ninguno de los dos líderes de su guardia iba a apoyar que los dejara fuera de la barrera (todavía estaban un poco avergonzados porque se la hubieran llevado bajo su guardia hacía solo unos días, aunque parecían haber recibido alguna suerte de explicación satisfactoria al respecto) y finalmente cedió. No quería que acudieran a Inuyasha, después de todo. A cambio, aceptaron esperarla al final del pasillo.

Abrió la puerta shoji con intención. Tenía mucho de lo que antes había necesitado saber. Ahora solo necesitaba algunas piezas más.

Sesshoumaru la miró desde su lugar junto a una ventana baja que daba, a través de la barrera, hacia el frente del Chūwain. Su mirada se endureció por un instante antes de apartarla de ella.

—Buenos días, Sesshoumaru-sama —dijo.

Él no le devolvió la cortesía.

—Necesito hablar con usted de algo muy importante —continuó.

—¿Crees que puedes echarme en cara a la bruja del viento? —intervino repentinamente.

Kagome frunció el ceño. Seguía sin mirarla, pero había tensión en su figura. Ligera, pero suficiente.

—No tengo ningún interés en hablar de Kagura-sama —dijo—. La traje aquí porque me sentí inclinada a hacerlo. No le debo más explicación sobre el asunto que la que me debe usted.

Sesshoumaru giró la cabeza, mirándola durante un largo momento. Apartó la vista, su rostro una fría máscara.

—Los humanos son débiles —dijo distraídamente, como si no estuviera hablando con ella en absoluto—. Para tapar esa debilidad, usarán cualesquiera medios necesarios, por baladíes que sean.

Kagome frunció el ceño, captando la insinuación con claridad. Se arrodilló sobre el tatami, enfrente de él, sentándose en postura seiza, con la espalda recta como una vara.

—Físicamente, nunca seré tan fuerte como usted, Sesshoumaru-sama —dijo—. Hay ciertos límites que he de aceptar. Pero tengo mi propia fuerza. Y no creo que dar todo de mí, usar toda la fuerza que tengo, esté mal. Eso es lo que son los humanos. Su padre lo sabía. Si está demasiado ciego para verlo, entonces me da pena.

Sus ojos se entrecerraron ante la mención de su padre. Kagome supo que tenía que insistir.

—No conocí a su honorable padre, pero hay algunas cosas que sí sé de él —dijo—. Sé que debería seguir con vida. Si usted supiera quién lo mató, ¿qué haría, Sesshoumaru-sama?

Se volvió completamente hacia ella, con ojos mordaces. Ahora tenía su atención.

—¿Qué derecho tienes a hablar de mi padre, humana? —dijo en voz baja.

Kagome sintió que la atravesaba un escalofrío. El sonido de su voz era igual que la sensación de una espada apoyada contra su garganta. Con horrible claridad, comprendió que la mataría si lo presionaba demasiado, a pesar de las consecuencias.

Apoyó una mano contra su estómago, preparándose. Tenía que presionar demasiado.

—El derecho que conlleva querer preservar su reino y proteger su legado —dijo—. El derecho que conlleva querer vengar su injusta muerte. El derecho que conlleva querer hacer lo correcto. A su padre lo engañó y lo asesinó un hombre que quería tomar su trono. Kagura-sama fue engañada por ese mismo hombre y ahora se ve obligada a obedecer sus órdenes. Y no ha terminado. No se detendrá hasta que se vea obligado. Tomará el trono de su padre. Hará lo que le plazca con Kagura-sama. Mi pregunta es: ¿hará algo al respecto o huirá a China una vez más?

La sensación fue como de flotar, así de fácil la levantó por la garganta. Pudo sentir el brillo venenoso del youki amenazando la delicada piel de su garganta.

Sus rasgos se movieron extrañamente cuando ella encontró su mirada, la bestia escondida debajo de la hermosa fachada empujaba hacia la proa. El rojo manó hacia las esquinas de sus ojos.

—Gusano —gruñó él.

—Cobarde —exhaló ella.

Hizo una mueca, conteniendo un chillido. Él no aflojó su agarre.

—¿Cómo puedes saber nada de lo que afirmas? —dijo.

¿Cómo podía saberlo cuando él no lo sabía? Seguramente a eso se refería. ¿Cómo podía saber más de su padre y de su amante que él?

—Me topé con la tumba de su padre —dijo—. Kagura-sama escogió contarme el resto. Llevo meses juntado los fragmentos.

Sus ojos la perforaron durante largos momentos.

La soltó. Kagome se esforzó por evitar hundirse contra la pared, levantando la barbilla para mirarlo a los ojos. Sesshoumaru le dio la espalda.

—Vete —dijo, su tono se enfrió una vez más.

Kagome observó su espalda, vacilante. ¿Escogía echarla después de todo aquello?

—Yo, Sesshoumaru, no volveré a repetirme —dijo en voz alta—. Yo, Sesshoumaru, te haré llamar cuando se te requiera.

Kagome parpadeó. Sonrió levemente.

—No tarde demasiado, Sesshoumaru-sama —dijo—. Me ocuparé de todo con o sin su ayuda.

Le dirigió una mirada escalofriante mientras ella cerraba la shoji. Después de todo, le había pedido que se fuera.


Kagome regresó a su residencia ansiando una comida en silencio y un poco de tiempo para reflexionar sobre todo lo que ahora sabía.

No anticipó, no obstante, que algunas de las sirvientas fueran a abordarla a su llegada. Le informaron de que Su Majestad estaba esperando allí por ella en un ala de la residencia que antes solo había oído mencionar.

Kagome experimentó una punzada de pánico. No había tenido tiempo de prepararse. No estaba lista para verle.

Pero las sirvientas ya la estaban guiando hacia sus aposentos. Eran un borrón eficiente a su alrededor mientras su mente iba a toda velocidad.

Tan pronto estuvo presentable, las mujeres la movieron una vez más. Kagome contuvo la urgencia de enterrar los talones como una niña petulante, quejarse, patalear y negarse a salir de su habitación. Era una adulta y tenía que actuar como tal, por mucho que se le retorciera el estómago. Además, dudaba que esconderse bajo las mantas fuera a hacerle mucho bien ahora como le había hecho de niña.

El edificio en el que la esperaba era un ala desconectada del resto de la residencia. Perfecta para gritar si no quería que lo oyeran. Kagome se mordió el labio.

Las sirvientas la dejaron en las escaleras del edificio, dispersándose como si nunca hubieran estado allí. Kagome se quedó allí, paralizada, incapaz de moverse sin ellas impulsándola hacia delante.

Por un momento, se imaginó simplemente dándose la vuelta y yéndose. No tenían que hacer esto, fuera lo que fuera, en ese momento. Podía ser más tarde. Mucho más tarde.

Suspiró. ¿Salir corriendo haría que estuviese menos enfadado la próxima vez que se vieran? Cada vez que posponía esto, la idea de tener que reunirse con él se hacía un poco más difícil.

Ahora. Tenía que ser ahora. Kagome respiró hondo y se obligó a avanzar.

La habitación estaba en penumbra, a pesar de la luz de fuera. Había pocas ventanas que dejaran entrar la luz.

En consecuencia, apenas podía distinguir la figura del hanyou sentado en la esquina más lejana de la sala. Pero una vez que sus ojos se acostumbraron, no fue difícil ver la ira apenas contenida de su postura. Su espalda estaba recta como una vara, sus ojos brillaban mientras se concentraban en un pequeño atributo de la pared.

El único indicativo que dio de ser consciente de su presencia fue el giro de una oreja hacia ella cuando cruzó el umbral. Casi pudo oír sus dientes apretándose desde donde estaba.

Kagome buscó las palabras. Tal vez, si podía decir lo correcto, entonces toda esta situación podría suavizarse antes de que…

—¿Dónde estabas?

Las palabras, bajas y ásperas como piedras dentadas, le hicieron hacer una mueca.

—… Con Sesshoumaru-sama —dijo a regañadientes—. Tenía una pregunta para la que esperaba que tuviese la respuesta. Mi guardia estuvo conmigo en todo momento.

Esperaba que lo último aliviase la incisión de lo anterior. Inuyasha se quedó callado.

—No quiero que vayas allí —dijo finalmente—. No te quiero cerca de allí en absoluto.

—Inuyasha…

—¡Te lo ordeno!

Kagome ensanchó la mirada. Sintió que su temperamento resplandecía para encontrar el suyo.

—¿Me lo ordenas? —soltó—. ¡Hay muchas cosas que haré por ti, Inuyasha, pero que me amedrentes para que no te ayude no es una de ellas! ¡Y si me has llamado solo para mangonearme, considera esta reunión terminada!

—¡Kagome! —la llamó cuando se giró para irse.

Se detuvo, aunque la ira ardiendo en sus miembros la impulsaba a irse.

—Espera —dijo—. Solo espera… por favor.

El «por favor» se añadió casi como una ocurrencia tardía y a regañadientes, pero era lo bastante inusual para que se girase a mirarlo. Estaba de pie, aunque no se había acercado más a ella. Mucha de la dura ira había desaparecido de sus facciones, reemplazada por una mezcla de remordimiento y… ¿era dolor lo que allí veía?

—Yo no… —dijo—. No… no quería decir eso.

En contra de su voluntad, sintió que su cólera amainaba un poco. Se giró del todo para encararlo.

—¿Qué querías decir, entonces? —preguntó.

—Yo… —vaciló, con los ojos fijos en el suelo entre ellos—. Yo… sobre lo de antes… nunca pretendí… solo quería…

Se interrumpió, incapaz de aclarar el batiburrillo de sus propios pensamientos. Pero Kagome podía ver a dónde iba con bastante claridad por su reticencia, y no tenía el más mínimo interés de ir por ese camino con él.

—Inuyasha —dijo, anticipándose a lo que pudiera venir a continuación—. Tengo cosas muy importantes que tengo que contarte. Han pasado muchísimas cosas en los últimos días.

Inuyasha levantó la mirada hacia ella. El alivio y la decepción se unieron en las sombras que se desplazaban por su rostro.

—¿Qué? —dijo.

—Me reuní con algunos de los cortesanos del clan Minamoto —dijo, decidiendo comenzar con la menor de sus noticias y avanzar a partir de ahí—. Bueno, en un principio solo iban a ser los cortesanos de los Minamoto. Se convirtió en algo un poco más… grande, cuando menos.

—¿Te atacaron en grupo? —preguntó Inuyasha, relajándose un poco al haberse evitado su propia charla.

Kagome se encogió ligeramente de hombros, extendiendo las manos.

—Supongo —dijo—. Aunque no fue tan mal como pudo haber sido.

Inuyasha asintió como si esta fuera una conclusión inevitable.

—¿Qué querían? —preguntó.

—No estoy completamente segura —dijo Kagome—. Probarme, tal vez. Ver lo que pensaba de ellos. Ver cómo planeamos tratarles.

Inuyasha arqueó una ceja, una silenciosa señal para que continuase.

—Me acusaron de verlos como enemigos y de querer limitarlos —explicó Kagome—. No es que estuvieran equivocados.

Inuyasha resopló.

—Joder, vaya —resopló—. ¿Cuándo han actuado como algo que no sea ser nuestros enemigos?

—No todos —dijo Kagome, frunciendo el ceño—. Y parte del problema puede ser que los hayamos tratado así. Cuanto más intentemos pelear contra ellos, más contraatacarán. ¿Y qué clase de paz podemos esperar crear al reprimirlos? Tarde o temprano se sublevarán. Sea lo que sea que haya pasado en el pasado, los cortesanos también son hijos de los kami. Ambos tenemos que empezar a tratarlos como tales.

Inuyasha parecía altamente escéptico, pero no hizo ningún comentario. Se cruzó de brazos.

—¿Y? —dijo.

—Y yo… les prometí algunas cosas —dijo Kagome, su mirada evadió la de él—. A cambio de algunas promesas por su parte. Les prometí que los mantendríamos informados cuando necesitásemos apropiarnos de cosas suyas, contarles lo que estamos haciendo. Y para aumentar la cooperación entre nosotros, todos concordamos en que debían retomarse los nombramientos. Concordamos en que…

Kagome se detuvo abruptamente, dándose cuenta de que había llegado a la razón exacta de por qué había evitado esta conversación en un principio. Un frío y duro nudo se retorció en la boca de su estómago al darse cuenta de que no podía evitar el tema. Cerró las manos en puño con fuerza a sus costados.

—Que escogerías entre los hijos e hijas, en lugar de acudir por defecto a los primogénitos —continuó débilmente—. Vendrán al Dairi como señal de buena fe entre nosotros. Tú estarás a cargo de los hijos, por supuesto. Ellos… ellos esperan que yo me encargue de las hijas. Y cuando estés preparado, por supuesto…

Se estaba atragantando con las palabras. Se tragó el nudo de su garganta.

—Cuando estés preparado, escogerás una esposa entre ellas, para que nos una a todos. Concubinas, también, si lo deseas. Sé de tus sentimientos por Kikyou-sama, s-sé que probablemente esto sea lo último que quieras, pero tenemos que anticiparnos al futuro y sé que ya has decidido que lo que es mejor para Kikyou-sama es mantenerla a salvo en su residencia…

—¡¿Estás de puta coña?!

Kagome se preparó para la ira que podía sentir que irradiaba de él. De algún modo, era más fácil a la luz de su furia.

—Sé cómo debes de sentirte —se obligó a pronunciar—. ¡Pero tienes que pensar en tu deber para con…!

—¿Mi deber? —soltó—. ¡¿Mi deber?! ¿Qué puto deber, Kagome? Cómo… joder, ¿cómo puedes siquiera… después de que nosotros…?

—¡Sí, tu deber! —soltó Kagome en respuesta, al fin capaz de levantar los ojos para encontrar los de él—. ¡Tu deber para con la corte! ¡Tu deber para con los habitantes de esta nación! ¡¿Puedes olvidarte de ellos tan fácilmente simplemente porque no deseas escoger otra esposa?! ¡Tienes que pensar en tu deber, Inuyasha, de la misma forma que yo pienso todos los días en el mío…!

Las palabras se vieron ahogadas abruptamente, atrapadas en su garganta. Para su horror y sorpresa, sintió lágrimas brotando en sus ojos, obstruyéndole la garganta. Intentó tragárselas, pero sus ojos solo ardieron con más violencia.

—¿Crees que quiero hacer esto? —murmuró, se le derramó la primera de las lágrimas—. ¿Crees que hay una parte de mí que desee escoger a la mujer con la que te casarás, con la que pasarás tu vida y con la que tendrás hijos? Conoces mis sentimientos, Inuyasha. Hace mucho que conoces mis sentimientos. Así que ten un poco de compasión…

—¿Sentimientos?

Kagome parpadeó, eliminando a toda velocidad la humedad de sus mejillas con el dorso de una mano.

Inuyasha la miró y ella pudo ver la ira drenándose de sus facciones. Fue reemplazada por algo escrutador, sus amplios ojos dorados encontraron los de ella en la oscuridad. Había algo allí parecido a la esperanza.

—Dijiste… pensaba que… ya no…

Kagome estaba callada. Inuyasha dio medio paso hacia ella, luego se detuvo abruptamente, como si hubiera tenido que obligarse.

—No ha cambiado nada. Nunca va a cambiar nada.

—Kagome.

En el espacio de un latido, sus brazos la rodearon y sus labios estuvieron contra los de ella.

Era un alivio. Era tal alivio volver a sentirlo. Ni siquiera se había dado cuenta de que echaba de menos la sensación hasta este momento. Casi se hundió contra él, buscando su solidez.

Pero hubo una punzada al fondo de su mente. Había caído en esto una vez y se había prometido que no volvería a pasar nunca más. No podía permitirse dejar que volviera a pasar.

Kagome se obligó a apartarse, respirando con más dificultad de la debida. Inuyasha se movió para seguirla, pero ella sostuvo una mano en alto.

—Espera —dijo, sintiéndose casi mareada—. Es que…

—Te necesito —dijo, mirándola a los ojos—. Te necesito conmigo, Kagome.

Si Kagome se había sentido alguna vez pasmada en su vida, era en ese momento. No había ninguna razón frente a esas palabras. No había más que júbilo y un miedo tan profundo que estaba segura de que se la tragaría.

Porque si la necesitaba, ella no podía decir que no. Porque no sentía deseos de negárselo o de apartarlo. Porque le daría hasta el último pedazo de sí misma del que pudiera desprenderse si él lo necesitaba.

—Estoy aquí —dijo—. Siempre estoy aquí mismo.

La luz en sus ojos entonces lo valió todo. Sus brazos la rodearon, atrayéndola con fuerza. Enterró el rostro en su pelo y Kagome cerró los ojos, empuñando con sus manos la parte de delante de su traje.

Cuando él inclinó la cabeza para besarla de nuevo, le dio la bienvenida. Fue tentativo al principio, escrutador, pero eso pasó pronto al darse cuenta de que ella no lo iba a apartar. Entonces, su beso se volvió más insistente, la presión de sus labios se incrementó mientras se inclinaban sobre los de ella. Kagome se encontró arqueándose sobre las puntas de sus pies para recibirlo, yendo tan lejos incluso como para morderle ligeramente el labio inferior.

Él hizo un sonido que era de pura satisfacción y de repente ella ya no se encontró sobre sus pies. Se cernió sobre ella mientras la acostaba en el suelo, una sonrisa torcida iluminó su rostro por un instante. Con una chispa de calidez, se dio cuenta de que pretendía yacer de nuevo con ella. La recorrió un estremecimiento de anticipación y apartó las pequeñas dudas que permanecían al fondo de su mente.

—Kagome.

Habló como si su nombre fuera la única palabra que pudiera recordar. Ella no pudo evitar sonreírle.

—Estoy aquí, Inuyasha.

La besó una vez más, sus manos buscaron a tientas sacarle el haori de dentro del hakama. Lo aflojó, liberando sus labios para deslizárselo por los hombros y ponerlo bajo ella. Durante varios largos momentos, se quedó mirando la piel revelada a la tenue luz, siguiendo las curvas y los huecos con sus ojos.

Bajó los labios lentamente hacia su clavícula, arrastrándolos hacia abajo beso a beso hasta que llegó a la leve elevación de sus pechos bajo los vendajes. Antes de que ella pudiera protestar, cortó los vendajes por el medio, liberándola. Sus labios sobre su pecho convirtieron lo que habría sido una reprimenda en poco más que un sonido medio ahogado.

Involuntariamente, uno de sus colmillos rozó su pezón y ella jadeó, arqueando la espalda. Inuyasha se quedó paralizado, levantando la mirada hacia ella con unas pupilas tan dilatadas que sus iris casi parecían negros.

Su expresión debía de igualar la de él, porque un momento más tarde, bajó la cabeza una vez más, sus labios rozaron su pezón. El nudo se apretó, endureciéndose bajo su roce. Tentativamente, sacó la lengua y Kagome no pudo suprimir el pequeño ruido gimoteante que escapó de ella. Inuyasha se detuvo un momento y ella pudo sentir un pequeño estremecimiento recorriéndolo donde se tocaban antes de que redoblase sus esfuerzos.

Pronto, las manos de ella se habían enredado entre su pelo, sus uñas rascaron ligeramente su cuero cabelludo. Llegó a la base de sus orejas y él dio un respingo contra ella. Kagome se quedó paralizada, una disculpa saltó a sus labios mientras bajaba la mirada hacia él.

La expresión de su rostro la detuvo en seco. Tenía los ojos fuertemente cerrados, respiraba pesadamente, pero decididamente no era dolor lo que lo estaba tensando. Experimentalmente, flexionó una vez más los dedos, rozando la base de sus orejas. Él dio otro respingo, gruñendo en voz baja. Sus caderas se movieron contra las de ella y pudo sentirlo tensándose contra su muslo.

Kagome bajó la mano, tirando del lazo que mantenía en su sitio el hakama y el haori. Inuyasha levantó la mirada hacia ella. Una sonrisa curvó hacia arriba una comisura de sus labios al ver su hilo de pensamiento.

En el espacio de varios momentos, los dos se quedaron desvestidos. Tuvo cuidado de extender su ropa debajo de ella para que no estuviera acostada sobre el frío suelo.

Se deslizó dentro de ella lentamente, con cuidado. Kagome hizo una mueca, el pellizco de verse estirada la recorrió. Poco a poco, sintió que la llenaba e inclinó las caderas hacia arriba para encontrar las de él cuando el dolor remitió. Finalmente, estuvieron cadera contra cadera.

Por un momento, Inuyasha descansó allí, presionado completamente contra ella. Sus ojos buscaron los suyos y Kagome encontró su mirada, deslizando hacia arriba las manos para meterlas entre su pelo plateado, que colgaba densamente alrededor de ellos, como una cortina que los guarecía del resto del mundo.

Todas las duras líneas habían desaparecido de su rostro. Una media carcajada escapó de él como si no pudiera creer lo que veían sus ojos. Se inclinó hacia abajo, pasando ligeramente sus labios sobre los de ella.

—Eres mía —murmuró, las palabras fueron casi una pregunta.

Kagome presionó con sus manos suavemente contra la parte de atrás de su cabeza, acunándola en el hueco entre su cuello y su hombro. Se movió hasta que sus piernas estuvieron enganchadas a sus caderas, profundizando el contacto entre ellos. Cerró los ojos mientras asentía.

—Sí.

Él se movió entonces, presionándose profundamente dentro de ella antes de retirarse lentamente. Kagome gimió, enterrando ligeramente las uñas en su cuero cabelludo. Él volvió a empujar con igual lentitud y ella se retorció.

—Más fuerte —rogó.

Pero la ignoró, disfrutando del lento y húmedo deslizamiento de piel contra piel. Kagome apretó las piernas alrededor de sus caderas. Inuyasha soltó una carcajada sin aliento.

—Moza impaciente —resopló contra el hueco de su hombro.

—Inuyasha —exhaló Kagome, sintiendo que sus paredes empezaban a palpitar alrededor de él.

Había creído que no volvería a sentir nunca más esta sensación. Esta sensación de que estaban juntos y de que nunca tendría que volver a estar sola. Esta plenitud. Parecía como si le flotase la cabeza.

Inuyasha levantó la cabeza lo suficiente para mirarla. Tenía los ojos entrecerrados, su aliento se entremezclaba. Embistió con más fuerza, sus ojos no abandonaron los suyos en ningún momento. Kagome jadeó y él lo volvió a hacer, sus embestidas aumentaron de velocidad hasta que el sonido de piel contra piel resonó por la habitación.

Gruñó su nombre, moviendo las caderas y adentrándose más. Kagome jadeó, un confuso ruego cayó de sus labios. Se meció con fuerza contra ella y Kagome gritó.

—¡I-Inuyasha!

—¡Joder! ¡Kagome!

Ella giró las caderas para encontrar las de él mientras se movía dentro de ella, su vaina se apretó con fuerza a su alrededor. Inuyasha gruñó, enterrando su rostro contra su pecho mientras sus caderas chocaban con fuerza contra ella en una última embestida. Su calidez la llenó.

Yacieron enredados varios largos momentos, sus músculos se relajaron lentamente. Kagome pudo sentir el aliento de Inuyasha, cálido contra su mejilla, mientras se enderezaba, su pelo se deslizó sobre su pecho desnudo mientras su cabeza descansaba junto a la de ella.

Se movió lo suficiente para apartar su peso de ella, pero no lo bastante para romper el contacto entre ellos. El cuerpo de ella estaba cálido donde se tocaban, pero un ligero escalofrío la recorrió cuando el brillo del sudor por su cuerpo empezó a enfriarse. La atrajo hacia sí.

Hubo varios largos momentos de silencio, la realidad comenzaba a apoderarse de ellos una vez más. Inuyasha la sostuvo con más fuerza y Kagome se obligó a no apartarse.

—No… —dijo Inuyasha finalmente con voz queda, casi entrecortada—. No quiero… hacerte daño como se lo hice a… a Kikyou. Estoy en deuda con ella. Me pasaré el resto de mi vida intentando enmendarlo con ella. Pero yo… contigo… no puedo. No quiero destruirte.

Kagome cerró los ojos, se le encogió el estómago. Negó con la cabeza.

—No vas a destruirme —dijo en voz baja—. No puedes. Porque no me amas como amas a Kikyou. Porque nunca nos casaremos. No puedes destruirme, Inuyasha.

Pudo sentirlo tensándose contra ella. Él se retiró y ella lo dejó ir, abriendo los ojos para encontrar su mirada. Tenía los ojos muy abiertos, con el ceño fruncido negativamente.

—Kagome… —empezó con voz nítida.

—No me amas —lo interrumpió Kagome con igual nitidez, ignorando la punzada que sintió—. Mientras me necesites, soy tuya. Pero no voy a destruir las cosas que hemos construido juntos. Conviérteme en tu amante si quieres, pero aun así debes cumplir tus deberes como Tennō. Todos ellos.

—¡No me jodas, Kagome! —soltó, Inuyasha, apartándose del todo de ella—. ¡No quiero una amante! Mi madre era… ¡No voy a convertirte en amante! ¡No puedes hacer esto conmigo y luego…!

Kagome contuvo una mueca. Se dio cuenta de nuevo de que se había dejado llevar sin pararse a dejarle claras las cosas. Pero tenía que haber un límite. Si iban a hacer esto, tenía que haber un límite para mantenerlo a salvo y mantener todo aquello por lo que estaban trabajando tan duro a salvo.

Se tragó la sensación, la culpa y el dolor.

—Lo siento, Inuyasha —dijo en voz baja—. Lo siento, pero esto es todo. Te amo, pero esto es todo lo que puedo darte.

Se obligó a mirarlo a la cara, a ver qué había forjado con desatención y débil voluntad. Se le encogió el corazón cuando lo hizo su expresión. Se le apretó el estómago cuando se le endureció lentamente su expresión, cubriendo el dolor. Intentó no preguntarse si esta sería la última vez que le mostraría este lado suyo. No podía permitirse desmoronarse delante de él. No podía permitirse parecer vacilante.

Sin decir una palabra, Inuyasha se levantó, volviendo a vestirse apresuradamente. No la miró, ni siquiera una vez, mientras salía de la sala.

Kagome se quedó muy quieta largo tiempo después de que se fuera, sorprendida al descubrir que no podía llorar.

Se preguntó si salvarlo todo valdría la pena si en el proceso destruía a la única persona que más quería proteger.


Kagome se despertó de un sueño ligero con el movimiento de su futón. Se sobresaltó, tensando los músculos.

—Shhh. Cálmate, mujer.

Parpadeó, girándose bajo las mantas para encontrar la fuente de la voz. Él ya estaba medio metido bajo las mantas, con expresión extrañamente tentativa. Sus ojos encontraron los de ella en la oscuridad y pudo ver el esfuerzo que hacía para parecer despreocupado.

—¿Inuyasha? No deberías estar aquí…

—¿Qué? ¿Follas conmigo, pero no quieres dormir conmigo? —soltó.

—Pensé… —empezó, luego se detuvo en seco mientras intentaba ordenar el revoltijo de sus pensamientos confundidos por el sueño—. Yo… los sirvientes hablarán. Los guardias hablarán. No quiero…

—A la mierda —resopló Inuyasha—. Nadie me vio entrar.

Kagome frunció el ceño.

—¿Eso debería preocuparme?

—No si me dejas dormir aquí —replicó.

Kagome profundizó su frunce. Inuyasha no pareció arrepentirse en lo más mínimo. Su mandíbula se tensó con terquedad. Finalmente, Kagome suspiró.

—No ha cambiado nada, ¿sabes? —dijo en voz baja, aunque no podía mirarlo a los ojos. No quería que viera el alivio o la necesidad que allí había. No había pensado que fuera a volver.

—Kami, Kagome. Lo sé. Lo sé, joder —dijo con voz tensa—. ¿Crees que me voy a olvidar de algo como eso? Lo sé, pero yo… te quiero a mi lado.

Kagome levantó la mirada hacia él, ensanchando los ojos. Era difícil de saber en la oscuridad, pero casi podía ver el leve sonrojo que coloreaba sus mejillas. Aun así, él encontró su mirada, decidido.

—Inuyasha…

Pero no tenía palabras para él. Lo mejor que podía hacer era moverse para hacerle sitio en su pequeño futón. Él llenó el espacio inmediatamente, deslizando un brazo sobre ella para atraerla.

Se acomodó contra él, suspirando. Por un breve instante, se preguntó qué estaba permitiendo que ocurriese, qué locura la estaba llevando por este camino que podía no llevar a nada. Pero entonces él habló.

—Dijiste que me amabas —murmuró contra su pelo. Y ella pudo oír el eco de años de soledad en su voz, la pequeñez y la búsqueda. Y supo qué la conducía y que continuaría conduciéndola a cualquier conclusión que pudiera venir.

—Porque así es —contestó—. Te amo, Inuyasha.

Sus labios se deslizaron contra los de ella como si no pudiera alcanzarla lo suficientemente rápido. Hicieron el amor por segunda vez ese día.

Esta vez, Kagome se quedó a su lado toda la noche.


Nota de la autora:

Nombramientos: Esta idea es un poco una amalgama de cosas de distintas cortes de distintos países y épocas sobre las que he leído. Básicamente, los primogénitos y primogénitas se iban a servir al Rey y a la Reina (por ejemplo: las damas de compañía de Inglaterra con la Reina) como muestra de honor y también como forma de que el Rey y la Reina tuvieran controlados a los cortesanos. A menudo, estas mismas personas más tarde servían en puestos más altos dentro de la corte por haber estado en cercano contacto con los reyes. Sé que algo así se hacía en la época Heian con las mujeres para que el Emperador escogiera a sus concubinas, pero no estoy tan segura de que ocurriese de una forma similar con los hombres.

Nota de la traductora: ¡Feliz San Valentín! El único regalo que puedo daros a quienes leéis este fic es actualizar puntualmente, así que aquí está el capítulo.

Mañana a estas horas subiré el one-shot que va con esta historia, después de haber leído los capítulos 29 y 30. Si solo tenéis activadas las alertas para este fic y no para todos los que voy subiendo, no os va a llegar el mensaje con la publicación, así que por si acaso ya aviso que el one-shot se llama Avaricia. Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí.

¡Muchísimas gracias por todos vuestros reviews y por los nuevos favoritos y alertas! Me hacéis muy feliz cuando me llegan las notificaciones.

¡Nos leemos el lunes con el capítulo 31!