Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: Pequeña lección de historia:
Kōkyū: Sección dentro del Dairi habitada por damas de la corte, lo que habitualmente implicaba concubinas y demás. Aunque había otras personas también, pero voy a dejarlo un poco vago por ahora, ya que puede desvelar algunos argumentos futuros de la trama antes de estar yo lista para hacerlo. Pero sabed que este lugar es histórico y auténtico dentro del Dairi (o Palacio Interior).
Daijō-kan: A diferencia de la nota anterior, este es un lugar en parte inventado por mí. Daijō-kan, hablando en términos históricos, es el término para el Gran Consejo de Estado (o el Consejo, como me he referido a él más a menudo en esta historia). Es decir, los miembros que componen el cuerpo gubernamental bajo el Tennō. Pero no había un lugar o término que pudiera encontrar para ningún lugar dentro del Dairi que pudiera albergar a estos hombres, probablemente porque no habrían vivido dentro del Dairi, sino fuera, en sus propias residencias dentro de Heian-kyō. Yo, no obstante, voy a modificar esto dentro de la historia para adecuarlo a mis propósitos, así que, dentro del contexto de esta historia, hará referencia a un edificio concreto dentro del Dairi.
Tsubaki: La flor tsubaki (o camelia, en español) en Japón simboliza la discreción y el amor perfecto. Las únicas veces que vemos a la madre de Inuyasha, Izayoi, en el anime, normalmente viste un juni-hito estampado con lo que estoy bastante segura que es la flor tsubaki, así que disculpadme mientras me voy a llorar un rato por haber visto ese pequeño simbolismo mientras investigaba.
Capítulo 31: De advertencias y deseos
—… ¿Me estás escuchando, Inuyasha?
Hubo un largo silencio. Kagome frunció el ceño.
—¿Inuyasha? —repitió, moviendo una mano delante del rostro del hanyou con la esperanza de captar su atención.
—¿Eh?
Levantó la mirada de donde la había tenido fija nada sutilmente en la piel del pecho de ella, que quedaba expuesta por el cuello abierto de su haori demasiado grande. Kagome frunció más el ceño mientras subía la mano para cerrar más la prenda sobre sí misma, un sonrojo calentó sus mejillas.
Inuyasha casi había insistido en que se pusiera su haori cuando se habían despertado hacía no mucho tiempo, aseverando que era lo mejor para mantenerla abrigada a pesar de la casi completa falta de frío de la habitación. Kagome había aceptado, todavía demasiado dormida como para pensar mucho en nada más que en intentar obligarse a levantarse y a salir del consuelo de sus brazos para empezar el día.
Pero estaba empezando a arrepentirse de haber aceptado tan fácilmente, ya que ahora él parecía demasiado interesado en mirarla.
El hanyou se sonrojó en respuesta cuando se dio cuenta de que le había descubierto, un frunce subió para enmascarar su bochorno. Resopló, apartando rápidamente la mirada.
—Keh —masculló—. No es como si no las hubiera visto ya.
La mano de Kagome salió disparada, agarrando a ciegas lo que tenía más cerca y lanzándolo con todas sus fuerzas en su dirección, donde todavía se hallaba reclinado en su futón. Resultó no ser más que un adorno para el pelo y, para su desazón, él lo atrapó con una mano.
—Si la visión es tan familiar, entonces tal vez no requiera tanta atención por tu parte —dijo ella con rigidez.
Su sonrojo se intensificó ante eso, aunque su mirada bajó de nuevo como si tuviera voluntad propia. Tan pronto había soltado la tela, se había abierto una vez más.
Kagome sintió que se le acaloraba más el rostro, pero una mirada a la expresión del rostro de él contuvo una mayor indignación en la punta de su lengua. Su mirada era tan abiertamente apreciativa al observarla, con los ojos viajando con cuidado por toda su longitud, como para grabársela en la memoria, que era difícil aferrarse a su modesta indignación.
Ver el resto de él también hacía poco por inspirarle ira. Todavía estaba acostado en su futón, aún no se había molestado en intentar levantarse o prepararse para el día y, aunque sus mantas lo tapaban hasta la cadera, tenía el torso desnudo a la luz del sol de la mañana.
Kagome se dio cuenta abruptamente de que nunca antes lo había visto en tal estado de desnudez a la luz del día. Siempre había sido bajo el manto de la oscuridad y en la acalorada ola de llegar juntos, dejándole poco espacio para apreciarlo de verdad.
No pudo negar que ahora lo apreciaba. Su pecho y sus brazos eran de fino músculo y duras líneas, claramente visibles incluso reclinado. Su piel, más oscura que la suya, era perfectamente suave e inmaculada. Parecía injusto que los kami pudieran crear a alguien que tuviera tan buen aspecto tanto vestido como desvestido.
Su mirada pasó por la línea de su pecho hasta su rostro, sus ojos dorados inspeccionaron los de ella. Se sonrojó intensamente, mortificada al darse cuenta, por la mirada de satisfacción que se extendió de repente por sus facciones, que la había sorprendido comiéndoselo con los ojos de la misma forma en que él lo había hecho con ella.
Él se levantó de repente del futón, cruzando la escasa distancia entre ellos y descubriéndose aún más ante su mirada cuando cayeron las mantas. Ella sintió un titileo de excitación arrastrándose por su interior cuando se dio cuenta de que el nenju que todavía portaba alrededor de su cuello y su haori atado flojo alrededor de ella, eran los últimos vestigios de ropa que los separaban.
—Espera.
Pronunció la palabra a la fuerza, sus labios estaban a un milímetro de los de ella. Inuyasha se apartó lentamente, un frunce unía sus cejas.
—Los sirvientes —murmuró, teniendo cuidado de mantener la voz baja—. Ya deben de estar levantados. Es casi la hora en que vienen normalmente a traerme el desayuno. Si nos descubren…
Se interrumpió, vagamente abochornada ante siquiera la idea de que alguien los sorprendiera. Inuyasha profundizó su frunce casi hasta hacer un mohín, incluso las orejas encima de su cabeza se inclinaron un poco.
Se detuvo, con una oreja girando hacia la shoji que tenían detrás. Meros momentos después, una sombra apareció tras ella, moviéndose para arrodillarse fuera de la habitación.
—O-Miko-sama —la llamó una voz de mujer—. ¿Hago que le preparen el desayuno? ¿O necesitará que la ayudemos a vestirse para salir?
Kagome arqueó las cejas, dirigiéndole al hanyou una mirada significativa.
—Te lo dije —vocalizó en silencio.
Inuyasha puso los ojos en blanco.
—El desayuno estaría perfecto —contestó Kagome en voz alta—. Si no le importa que me lo traigan a mi habitación, creo que voy a comer aquí esta mañana.
—Por supuesto, O-Miko-sama —dijo, su silueta se inclinó ante la shoji—. Regresaré en breve.
La silueta se levantó y hubo un suave ruido de pasos retirándose. Kagome esperó unos momentos más para asegurarse antes de levantarse.
—Hay que esconderte —susurró, gesticulando hacia el biombo guardado en la esquina de su habitación.
Él también se levantó y ella ensanchó los ojos cuando se vio recordada a la fuerza de su continuado estado de desnudez. Apartó la mirada rápidamente, con el rostro ardiendo por lo que parecía ser la centésima vez esa mañana.
—Ropa —murmuró—. Sin duda también necesitamos ropa.
Con cuidado de mantener levantada la mirada, lo empujó por los hombros hasta que estuvo oculto detrás de la pantalla. Reunió su ropa apresuradamente de donde estaba esparcida al azar por toda la habitación, lanzándosela sobre la pantalla.
Se detuvo, dándose cuenta de que todavía llevaba puesto su haori. Seguramente a las sirvientas no les iba a pasar desapercibida una prenda tan característica. Miró por encima del hombro y, satisfecha con que Inuyasha estuviera ocupado volviendo a vestirse, se sacó la prenda rápidamente y se puso su yukata de dormir. Se lo lanzó por encima del biombo a Inuyasha, arrepintiéndose casi al instante de la pérdida de su olor rodeándola.
Pero justo a tiempo, pues el sonido de pasos ligeros se acercó a la shoji de su habitación una vez más. Kagome gateó hasta su futón, rodeándose apresuradamente de mantas como si acabara de levantarse.
—¿Puedo entrar, O-Miko-sama?
Kagome le dirigió rápidamente una mirada a la pantalla para asegurarse de que Inuyasha estaba completamente tapado antes de responder.
—Sí.
La mujer abrió la shoji, inclinándose antes de entrar en la habitación con una bandeja grande con comida. La apoyó en una mesa baja de madera, no muy lejos del biombo. Kagome la miró, notando la abundancia de platos.
—Órdenes de Chūsei-san —dijo la chica animadamente al ver su mirada—. Dice que tenemos que asegurarnos de que mantenga las fuerzas, teniendo en cuenta lo ocupada que está siempre, O-Miko-sama.
Era una de las de Chūsei, entonces. Kagome le ofreció una sonrisa.
—Gracias —dijo—. Los esfuerzos de ustedes no tienen precio para mí.
La chica le sonrió ampliamente ante el halago.
—Como los suyos lo son para nosotros —contestó—. Además, O-Miko-sama, si puedo atreverme a decirlo, esta mañana tiene un brillo a su alrededor de buena salud. ¿Ha ocurrido algo?
Kagome sintió que se le desvanecía un poco la sonrisa, lanzando la mirada hacia el biombo antes de que pudiera evitarlo. Contuvo un sonrojo que podía sentir amenazando con salir.
—S-Solo una buena noche de descanso —dijo.
La chica asintió, aceptándolo con facilidad.
—Dicen que puede hacer maravillas en el cuerpo —dijo—. Bueno, le deseo muchas más noches como esta última, entonces. Me retiro, O-Miko-sama, y le dejaré que coma en paz.
Kagome asintió débilmente, conteniendo la necesidad de taparse la cara con las manos. Podría haber jurado que había captado un pequeño sonido estrangulado desde detrás del biombo y le dirigió una mirada fulminante.
—Gracias —consiguió decirle a la chica mientras ella se inclinaba, cerrando la shoji.
Los suaves pasos se alejaron. Inuyasha emergió desde detrás de la pantalla, su expresión no era nada menos que engreída mientras la miraba.
—No —dijo ella a modo de advertencia.
Se dejó caer al lado de la mesa baja de madera donde habían puesto la comida, cogiendo un trozo de pescado a la parrilla y metiéndoselo en la boca sin apartar la mirada de su rostro.
—Una buena noche de descanso, ¿eh? —dijo, la autosatisfacción rodeó cada palabra.
Kagome lo fulminó con la mirada, aunque la ferocidad de la expresión estaba un poco socavada por un sonrojo que estaba segura de que rivalizaba con el haori de Inuyasha en color. Medio deseó que se abriera el suelo y se la tragara, aunque solo fuera para poner fin a la continua humillación de la mañana.
—No comas con las manos —amonestó para ocultar su vergüenza—. Y no hables con la boca llena. ¿Ya te has olvidado de todas nuestras lecciones juntos?
El hanyou puso los ojos en blanco, cogiendo intencionadamente otro trozo de pescado y metiéndoselo en la boca.
—Como si pudiera olvidarme —masculló.
Se detuvo, pasando la mirada de la comida a ella cuando iba a por otro bocado. Se levantó de repente y, en un movimiento rápido, levantó la mesa. Los platos que tenía encima repiquetearon precariamente y Kagome se tensó.
Él consiguió dejar la mesa directamente delante de ella sin volcar nada. Kagome se lo quedó mirando mientras le dirigía a ella, y luego a la comida, una mirada significativa.
—Come —dijo, empujando un plato hacia ella—. Chūsei tiene razón. No comes ni de lejos lo suficiente con todo lo que vas de aquí para allá.
—Como suficiente —murmuró Kagome, aunque tomó los hashi que había sobre la mesa.
Inuyasha la observó varios momentos más, hasta que estuvo satisfecho con que estuviera comiendo de verdad antes de continuar con su propia comida. Kagome lo observó por el rabillo del ojo mientras comía, aunque mucho más serenamente que el hanyou, reflexionando en silencio que tal vez esta no era una mala forma de pasar una mañana, después de todo. Aunque sí que tendrían que encontrar una forma más discreta de hacer eso en el futuro.
Se detuvo con los hashi colocados justo ante sus labios.
¿Continuaría en el futuro? Y, si así fuera, ¿durante cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo podían seguir de una forma tan extraña? Con la necesidad de los nombramientos y con Inuyasha asegurando su posición de engendrar un heredero avecinándose…
Kagome dejó los hashi. Inuyasha la miró, frunciendo levemente el ceño.
—¿Kagome?
—En cuanto a lo que estaba intentando contarte antes —dijo, incapaz de mirarlo a los ojos—. Me enteré de algo hace unos días que deberías saber.
Inuyasha se detuvo, con la mirada fija completamente en ella.
—Hablé con Taira Kagura-sama —dijo en voz baja.
—¿Que qué? —dijo Inuyasha, un ápice de cólera asomó a su tono.
Kagome sostuvo una mano en alto para impedirle continuar.
—No corrí ningún peligro —dijo rápidamente—. Kagura-sama… sintió que me debía algo. Solo estaba cumpliendo con la palabra que me había dado.
Inuyasha solo profundizó más su frunce.
—¿Kagura? —repitió con incredulidad—. ¿Taira Kagura? ¿La que nos odia y ha intentado sabotearnos a cada oportunidad?
—Hemos llegado a… una especie de entendimiento —aseguró Kagome.
Los sentimientos de Kagura no concernían a nadie salvo a ella misma y a Sesshoumaru, a menos que la youkai escogiese darlos a conocer. Kagome, sin duda, no iba a ser la que la expusiera, ni siquiera ante Inuyasha.
Si acaso, el frunce de Inuyasha solo se intensificó ante la vaga explicación, pero se quedó callado mientras esperaba a que continuase.
—Me contó la historia de un muchacho llamado Onigumo, a quien trajeron a la corte hace años y que fue adoptado por los Taira —dijo Kagome en voz baja, bajando la mirada a su regazo—. Un muchacho que creo que es responsable de las muertes de tu padre y de tu madre, así como de las de muchos otros.
—… ¿Qué?
Kagome levantó la mirada hacia su rostro. Tenía los ojos abiertos como platos, casi afectado mientras la miraba a los de ella. Se le retorció el corazón en el pecho mientras estiraba la mano, apoyándola sobre la suya, que descansaba sobre la mesa.
—Onigumo es el youkai araña que me he encontrado tantas veces —continuó—. O, al menos, estoy bastante segura de que lo es. Kagura-sama dijo que era humano cuando lo trajeron a la corte, pero que… cambió de algún modo. Se convirtió en otra cosa. Dijo que ha estado controlándola a ella y a otros, posiblemente a un buen número entre los del clan Taira e incluso fuera de él. Piensa que ha estado trabajando para quedarse con el trono, haciendo tiempo hasta que tenga suficiente poder.
Se detuvo, inspeccionando el rostro de Inuyasha. Su mano se cerró en puño bajo la de ella, las garras dejaron pequeñas muescas en la madera de la mesa aun cuando tuvo cuidado de no hacerle daño. Había dirigido su mirada hacia su interior, tenía las facciones tensas.
—¿Y cómo sabemos que no te está alimentando con una montaña de sandeces? —dijo en voz baja.
Kagome negó con la cabeza.
—No tengo forma de saberlo a ciencia cierta —dijo—. Pero confío en ella.
Inuyasha la miró, asintiendo tras un momento.
—Entonces, dime dónde encontrar al jodido bastardo —dijo—. Le arrancaré extremidad por extremidad por lo que os ha hecho a ti y a mi madre.
Kagome frunció el ceño, apartando la mirada de él.
—Kagura-sama no pudo decirme dónde está —dijo—, salvo que ya no está en la corte. Dijo que en realidad solo se comunica con ella para darle órdenes, pero que poco más le cuenta.
—Entonces tenemos que hacer que se muestre —dijo Inuyasha—. El muy bastardo no puede esconderse en las sombras para siempre. ¡Tiene que haber algo que podamos usar para hacer que salga!
Kagome parpadeó, dándose cuenta de repente de que había algo. Algo que tenía que Naraku deseaba con ansia.
Inuyasha se detuvo, viendo el cambio en su expresión.
—¿Kagome?
—Sí que hay algo —dijo en voz alta, débilmente—. Algo que yo tengo que Kagura-sama dijo que Onigumo ha estado buscando desde hace un tiempo. Creo… creo que podríamos usarlo para tentarlo, pero…
Se interrumpió, un escalofrío le recorrió la piel. La mano de Inuyasha, todavía debajo de la suya, se movió para agarrársela. Su mirada se fijó en sus manos entrelazadas y descubrió que no podía levantarla para mirarlo a los ojos.
—Kagome —dijo, inclinándose hacia ella—. ¿De qué estás hablando?
Ella se descubrió vacilando. Por todo lo que había experimentado y por todo lo que le había oído a Midoriko, la Shikon rara vez traía algo que no fuera infortunio a aquellos que sabían de su existencia. ¿De verdad estaba preparada para arriesgarse a arrastrar Inuyasha a eso?
Su mano se apretó alrededor de la de ella y levantó la mirada hacia él. Su expresión era de seriedad mientras la observaba, su preocupación por ella evidente.
Kagome respiró hondo. Confiaba en él y, fuera lo que fuera a pasar, se aseguraría de que el infortunio de la perla no lo tocase nunca.
—Se llama la Perla de Shikon —dijo en voz baja—. La… la he llevado conmigo desde que era pequeña, aunque solo me enteré de ello tras venir a la corte. Es… poderosa. Proviene de los kami y concede cualquier deseo, pero es peligrosa. Puede retorcer a las personas, corromper sus corazones de algún modo.
—Pero si puede conceder cualquier deseo, ¿por qué no usarla? —dijo Inuyasha—. Podríamos desear acabar con nuestros enemigos, desear paz para las aldeas, desear…
Se interrumpió, pero sus ojos estaban clavados intensamente en su rostro. Demasiado intensamente. Kagome negó con la cabeza.
—Es difícil de explicar, pero el deseo tiene que ser el correcto —dijo—. He jurado protegerla con mi vida hasta que pueda averiguar cuál es el deseo correcto.
Bajó la manta más abajo de sus caderas, bajando la mano para presionar las puntas de sus dedos sobre su cadera, donde sabía que estaba la Shikon. Aplicó una leve presión en ese lugar, concentrando su energía espiritual allí hasta que empezó a brillar con un suave rosa a través de la ligera tela de su yukata de dormir. La piel a su alrededor cosquilleó de forma extraña, una sensación casi como de pequeñas ascuas floreciendo bajo su piel.
Inuyasha ensanchó los ojos, con el suave brillo reflejado en ellos. Estiró la mano, las puntas de sus dedos tocaron los de ella cuando rozó el lugar.
—¿Está dentro de ti? —dijo.
—Es una larga historia —contestó Kagome en voz baja—. Pero sí. La albergo en mi interior y pretendo mantenerla ahí hasta que se pueda encontrar el deseo correcto.
Inuyasha levantó de nuevo la mirada hacia su rostro, frunciendo profundamente el ceño.
—Kagome —dijo—. No puedes estar hablando en serio. Aferrarte a esa cosa…
—Es mi deber —lo interrumpió Kagome suavemente—. Esto es lo que he escogido, Inuyasha, y no te hablé de ella para que pudieras intentar convencerme de lo contrario.
Inuyasha endureció su frunce, transformándolo en una mirada de furia. Abrió la boca, con la mandíbula claramente dispuesta para una discusión, pero se detuvo en seco ante la expresión de su rostro. La había visto lo bastante a menudo para saber que era imposible ganar contra ella. Soltó un suspiro, negando con la cabeza.
—Vale —soltó—. Pero eso significa que sin duda no vamos a usarla atraer a ese bastardo.
Kagome parpadeó, sorprendida ante el repentino cambio.
—¿Qué? —dijo—. Pero, Inuyasha, tu madre y tu padre…
—No me malinterpretes —dijo Inuyasha—. Voy a encontrar a ese cabrón y cuando lo haga, voy a hacerle pagar por lo que les hizo a mi madre y a mi viejo multiplicado por mil. Pero no voy a usarte como cebo para hacerlo, Kagome. No puedo. Tiene que haber otro modo de hacerle salir y juro que lo encontraré.
—Inuyasha…
Sin pensar, se inclinó hacia delante, rodeándolo con los brazos. Se apretó contra él, agradecida de sentir sus brazos a su alrededor.
—Le encontraremos —murmuró contra su hombro—. Te juro que le encontraremos y le detendremos. Lo enmendaremos en nombre de todos.
—Sí.
El sigilo, reflexionó Kagome sombríamente, no era una habilidad que Inuyasha poseyera en abundancia. Sabía que debía habérselo esperado con todo lo que ya lo conocía, pero era algo completamente distinto verlo en acción.
Tras algunos intentos poco entusiastas entre ellos de pensar en formas que no fueran la Perla de Shikon para que Onigumo (o Naraku, como Kagome le había informado a Inuyasha de que podía llamarse ahora) pudiera verse inducido a mostrarse, se rindieron ante el esfuerzo por el momento en favor de terminar el desayuno. Los dos se comprometieron a seguir pensándolo por su cuenta y a avisar al otro si se les ocurría algo.
Por tanto, fue después de que Inuyasha terminase de tragar tanta comida por la boca como pudo conseguir y de insistir en que ella hiciese lo mismo, que los dos se dieron cuenta de la necesidad de que él saliera de sus aposentos y volviese a los suyos lo más rápido posible antes de que terminaran por descubrirlos.
Los pasillos estaban fuera de discusión, ya que el sol se había alzado lo suficiente como para que estuvieran llenos de sirvientes casi en todas las partes a las que pensaban ir. Afortunadamente, había una ventana alta en la habitación de Kagome que el hanyou podía despejar, aunque esto solo lo admitió a regañadientes cuando se le presionó con cómo había podido entrar en un principio en su cuarto.
Justo fuera de la ventana estaban los jardines occidentales de la residencia, rodeados por un alto muro por el que Inuyasha podía saltar fácilmente. Lo único que necesitaban era asegurarse de que el jardín occidental estuviera libre de testigos y nadie se enteraría de su presencia allí aquella noche.
Inuyasha dijo que no podía percibir a nadie en la zona y, después de mirarla durante un largo momento, se inclinó para depositar un apresurado beso en sus labios antes de casi salir huyendo de la habitación.
Por supuesto, en el proceso de huir, también consiguió volcar el biombo con el pie y golpear algo en el jardín con tal fuerza, que los pájaros que había cerca salieron volando asustados. Kagome suspiró, reflexionando, mientras oía a los guardias yendo corriendo por el pasillo hacia su habitación, que de verdad necesitaban encontrar una forma mejor de proceder al respecto.
Tras algunas explicaciones enrevesadas a los guardias sobre un extraño pájaro que había entrado volando por su ventana y había causado el alboroto, finalmente le dejaron que se vistiera y saliera de su residencia.
Escoltada por su guardia, decidió hacer un pequeño circuito por las calles de la corte antes de encaminarse a su último destino del Chūwain. El puñado de cortesanos que se le acercaron por el camino confirmaron lo que había sospechado, la mayoría de sus comentarios eran vagas alusiones a los supuestos nombramientos que iban a tener lugar. Sí que se había corrido la voz rápidamente.
Inuyasha y ella tendrían que ponerse a trabajar para buscar una forma de hacer pronto esas selecciones. Al menos, se lamentó para sus adentros, tan pronto como pudiera conseguir que Inuyasha aceptase plenamente la idea.
Ascendió por las altísimas escaleras hasta el Chūwain, dirigiendo una mirada hacia el ala oeste mientras avanzaba. Por medio instante, consideró ir a ver a Sesshoumaru, pero desechó la idea rápidamente. Ya había empujado al youkai hasta el punto de aceptar ayudarla. Era inútil presionar más por el momento. La haría llamar cuando estuviera listo.
Pasó bajo la torii y realizó el ritual de purificación junto con sus guardias, dando una palmada para alertar a los kami de su presencia antes de dirigir sus pasos hacia el salón principal.
Se encontró con varios discípulos del templo de allí que le contaron que Midoriko había salido en ese momento a realizar una bendición, pero que probablemente regresaría pronto, si deseaba esperar. Kagome aceptó, informándoles de que estaría esperando en la pagoda de Amaterasu, por si podían dirigir a Midoriko allí a su regreso. Aceptaron, ofreciendo llevarle té y comida. Kagome lo rechazó, todavía incómodamente llena tras los implacables esfuerzos de Inuyasha por que comiera suficiente para desayunar.
En la pagoda, Kagome le pidió a su guardia que se retrasara un poco y ellos obedecieron, moviéndose para rodear la zona mientras ella cruzaba sobre el pequeño arroyo que rodeaba la estatua.
Exhaló un suave suspiro mientras cruzaba el umbral, sus pensamientos se acallaron casi al instante. Desde que Midoriko se la había mostrado, la estatua de Amaterasu había tenido un efecto calmante en ella, pero ahora, a medida que se acercaba, podía sentir la cicatriz del sol en su hombro calentarse como si estuviera bañada por los rayos del sol. Era una calidez tranquilizadora, esparciéndose lentamente por sus extremidades mientras se arrodillaba ante la estatua.
Era la primera vez que había vuelto desde que Amaterasu se le había revelado a través de la estatua y se preguntó si la kami seguía todavía allí presente. Los ojos de piedra que la miraban ahora eran amables pero vacíos.
Kagome respiró hondamente, cerrando los ojos. Intentó imaginarse aquel lugar en el que había yacido en un campo eterno de hierba alta con la calidez del sol acariciando sus miembros. Intentó imaginarse aquellos ojos que la miraban, su color de un ámbar etéreo y su expresión infinitamente amable.
Amaterasu había dicho que se alegraba de que Kagome hubiera escogido regresar. Había dicho que iba a vigilarla. ¿Estaba complacida con lo que estaba viendo ahora? ¿Iba por un camino del que la kami podía estar orgullosa?
Era difícil saberlo. Gran parte del mundo que la rodeaba todavía parecía un enredo de hilos sueltos y anudados. Gracias a Kagura, ahora sabía quién estaba en el centro de tanto caos, pero no cómo encontrarlo o detenerlo. Sabía de los barcos en la costa, pero no dónde estaban exactamente o cuál era su objetivo. Podía sentir que las cosas comenzaban a tejerse lentamente en la corte y en las aldeas, pero no estaba segura de cómo proceder para estabilizarlas con tanto todavía pendiente.
Pero por todo esto, no se sentía ni de cerca tan asustada como se había sentido una vez. Porque ahora él estaba a su lado. Porque, a pesar de que su relación se había convertido en algo lejos de lo tradicional, ahora sentía más que nunca antes su estabilizadora presencia a su lado. Porque mientras estuvieran juntos, sabía que podían seguir avanzando.
—¿Kagome?
Kagome se sobresaltó ligeramente, volviendo abruptamente en sí. Parpadeó, girándose para mirar a la mujer que estaba arrodillada a su lado.
Midoriko le ofreció una sonrisa levemente avergonzada en los extremos.
—Mis disculpas, niña —dijo—. Sobre todo yo debería saber que no hay que interrumpir a alguien durante sus meditaciones.
Kagome negó con la cabeza, ofreciéndole a la mujer una sonrisa en respuesta.
—Para nada —dijo—. Fui yo la que la llamó aquí, después de todo.
—Me alegro de que lo hicieras —contestó Midoriko, acomodándose a su lado—. Confesaré que temí haberte hecho salir corriendo para siempre tras nuestra última conversación.
Kagome parpadeó, recordando de repente cuál había sido exactamente su última conversación. La vergüenza trepó acaloradamente por su nuca al recordar cómo prácticamente había huido de la presencia de la miko mayor después de que Midoriko hubiera compartido con ella uno de sus momentos más oscuros. Inclinó profundamente la cabeza ante la otra mujer.
—Mis disculpas, Midoriko-sama —dijo con los ojos fijos en su regazo mientras se inclinaba sobre él—. Intentó compartir conmigo algo muy preciado para usted y yo…
—Levanta la cabeza, Kagome —la interrumpió Midoriko amablemente.
Kagome lo hizo lentamente. Midoriko tenía una mirada amable cuando la miró a los ojos, no había ni pizca de reproche.
—Te presioné demasiado —dijo—. Lo que pretendía ser una mano que te guiara se convirtió en un enérgico empujón en mi deseo por hacer que tú no repitieras inconscientemente mis errores. Y aunque me mantengo firme en mi decisión de apoyar cualquier camino que puedas escoger tomar, debes ser tú quien escoja tomarlo. De otra forma, no tendría sentido.
Kagome miró hacia la estatua de Amaterasu que tenían al lado, las palabras de su mentora repitieron inconscientemente las palabras que la kami le había dicho en aquel lugar etéreo. Sonrió dulcemente para sus adentros.
—Hoy le hablé a Su Majestad de la Shikon —dijo, teniendo cuidado de mantener un tono de voz lo suficientemente bajo para que no llegara a los guardias que rodeaban la pagoda.
Midoriko alzó las cejas. Frunciendo levemente el ceño.
—Esa es mucha confianza que depositar en alguien —dijo en voz baja.
Kagome asintió, admitiéndolo en silencio. Su mirada volvió al rostro de Midoriko.
—Lo sé —dijo—. Pero el corazón del Tennō-sama es bueno, por mucho que Su Majestad trabaje por ocultarlo. Yo tengo fe en él.
Midoriko asintió, aunque su expresión solo se volvió más sombría.
—No dudo de ello —dijo—. Pero he visto incluso corazones buenos cayendo bajo la Shikon. El mundo esculpe debilidad en todos los que viven y la debilidad busca naturalmente poder en el que esconderse.
Kagome frunció el ceño, admitiéndolo en silencio. Aun así, no podía creer que se hubiera equivocado al escoger confiar en Inuyasha.
—¿Qué dijo Su Majestad al respecto? —preguntó Midoriko después de que Kagome estuviese callada un instante.
—Su Majestad preguntó si podía usarse para pedir cualquier deseo —dijo Kagome en voz baja—. Y preguntó si era mi intención seguir custodiándola. Creo que Su Majestad estaba preocupado por el riesgo que me supondría si continuase.
—Y con razón —murmuró Midoriko, dirigiéndole una mirada significativa.
Kagome apartó la mirada de la de ella, retorciendo las manos en su regazo. Ese era un problema al que todavía sentía que no podía enfrentarse por el momento.
—Había pensado en que podríamos empezar a entrenar hoy para ayudarme a evitar seguir usando la perla —dijo, era lo más que estaba dispuesta a acercarse al tema.
—Por supuesto —dijo Midoriko—. Aunque te lo advierto, niña. Los youkai más que ningunos otros parecen sentirse atraídos por el poder de la perla. Sé que Su Majestad solo tiene una mitad, pero…
Midoriko se interrumpió ante la expresión en el rostro de la más joven. Había endurecido la expresión e incluso mientras encontraba su mirada, pudo ver la línea de sus hombros enderezándose de forma desafiante. Claramente, ulteriores advertencias relativas a su soberano caerían en saco roto.
Midoriko suspiró. Entendía demasiado bien el fervor cegador que el amor podía inspirar. Simplemente tendría que continuar cuidando de la chica lo mejor que pudiese.
—Veamos qué podemos hacer para controlar tu uso de la perla, entonces —dijo Midoriko a modo de concesión.
Algo de la tensión salió de la figura de Kagome y asintió.
—Gracias —dijo, el tono de las palabras era en cierto modo de disculpa—. Apreciaría enormemente la instrucción.
—Supongo, entonces, que lo más beneficioso sería concentrarnos en enseñarte cómo escoger de dónde sacas tu energía espiritual —dijo Midoriko pensativamente—. Lo que me lleva a preguntar, ¿de dónde viene tu poder, Kagome?
Kagome frunció el ceño, ladeando ligeramente la cabeza mientras lo consideraba. Tras un momento, gesticuló hacia la estatua de Amaterasu.
—De los kami —dijo—. ¿No sacamos todos nuestro poder de ellos?
—Por supuesto —dijo Midoriko, asintiendo—. Los kami nos conceden a todos el don inicial de nuestras habilidades. Pero cada uno de nosotros debemos, en nuestro viaje, encontrar algo más, algo más allá del mero hecho de que poseamos poder. Una razón. Cuando piensas en tu razón, encuentras tu única fuente y puedes entender mejor cómo utilizarlo.
—¿Mi razón? —repitió Kagome.
Frunció el entrecejo, plegando ligeramente el ceño mientras lo consideraba. Parecía una pregunta bastante simple, pero era una en la que nunca se había parado a pensar. Su poder simplemente había estado con ella desde que era pequeña, algo que no se cuestionaba más que por qué la hierba crecía o un río fluía.
Cerró los ojos, concentrándose. Tras sus párpados cerrados, vio a su madre, a su hermano, a su abuelo. Vio a Kaede y a Haru. Vio a Jinenji y a Yuutaro. Vio a Shippou, y a Sango y a Miroku.
Vio a Inuyasha.
—Para proteger —dijo finalmente, abriendo los ojos—. Mi poder es para proteger.
Midoriko sonrió con creciente expresión de cariño.
—Una razón digna, sí —dijo en voz baja—. Entonces, cuando piensas en querer proteger a alguien, ¿dónde lo sientes más?
Kagome vaciló por un momento antes de apoyar una mano sobre su pecho.
—Aquí, creo —dijo.
Midoriko asintió, ensanchando la sonrisa.
—Entonces de ahí es de donde debes tirar cuando desees usar tu poder —dijo—. Es algo similar a apuntar con una flecha. Tu intención debe ser clara y tu puntería certera. Pierde cualquiera de las dos y tu disparo saldrá mal. Cierra los ojos, niña, y dirige tus sentidos hacia tu interior. Concéntrate en lo que quieres proteger.
Kagome cerró los ojos obedientemente. Ralentizó la respiración, inspeccionando por su cuerpo con sus sentidos. La energía de la perla estaba clara como el agua, pero ¿dónde estaba la suya?
Reunió pensamientos de su familia y amigos, se los imaginó como si estuvieran ante ella en ese momento.
De repente, el espacio en el interior de su pecho se iluminó con una luminosidad casi cegadora. Su poder, se dio cuenta con una sonrisa. Todo suyo, sin mezclarse con el de la perla.
—Ahí es donde debes concentrarte cuando desees usar tu energía espiritual —oyó que decía Midoriko como en la distancia—. Tira solo de esa fuente y deberías poder evitar echar mano de la perla.
Kagome asintió, abriendo los ojos una vez más.
—Creo que lo entiendo —dijo—. Pero, Midoriko-sama, ¿hay quienes sacan su poder de otros lugares?
—Por supuesto —dijo Midoriko, asintiendo—. Yo misma tiro de algún lugar cerca de mis ojos, aunque he entrenado a discípulos a lo largo de los años que han sacado poder casi de todas partes, incluido un hombre que lo sacaba de las mismísimas plantas de sus pies. Los caminos que recorremos nos dan forma a todos de modo distinto. Al igual que dos personas rara vez recorren el mismo camino, dos personas rara vez comparten la misma fuente de poder.
Kagome asintió, sopesándolo. Una pequeña sonrisa curvó hacia arriba las comisuras de sus labios.
—Es hermoso, ¿no? —dijo en voz baja.
La expresión de Midoriko reflejó la suya.
—Infinitamente —dijo.
Kagome se quedó un tiempo más con su mentora, Midoriko la guio a través de algunos ejercicios más para asegurar que pudiera echar mano adecuadamente del manantial de sus propias habilidades espirituales.
En cuanto hubieron terminado, se retiraron al salón principal del Chūwain a petición de Kagome. Había esperado que su mentora pudiera compartir con ella sus percepciones sobre los nombramientos y cómo debían comenzar a proceder con ellos Inuyasha y ella.
Midoriko pudo proporcionarle más detalles sobre la práctica y cómo se había utilizado en el pasado para fomentar relaciones estrechas entre los cortesanos y el Tennō. También pudo detallar dónde se albergaba dentro del Dairi a aquellos llamados a los nombramientos durante el tiempo de su servicio, en el Kōkyū y en el Daijō-kan, respectivamente. Tendrían que limpiar y dejar listas estas residencias en preparación.
Lo único que no pudo proporcionar, no obstante, fue un método para seleccionar a aquellos que iban a ser nombrados. Siempre habían sido los primogénitos en el pasado y, por tanto, no había sistemas dispuestos para hacer las selecciones más allá de eso.
Habían discutido brevemente varias pruebas que podrían probar, pero habían sido incapaces de decantarse por nada en particular. Para empezar, estaba el gasto y el tiempo que se necesitaría para tal empeño. Para seguir, Kagome no estaba nada segura de si tales pruebas le traerían siquiera a la gente que de verdad esperaba encontrar.
Después de todo, no era una gran hazaña descubrir si una persona era culta, o fuerte, o refinada. Pero ¿qué pruebas podrían hacer que revelasen bondad? ¿Grandeza de espíritu? ¿Fuerza de voluntad?
Era una pena, se había lamentado Midoriko antes de que se despidieran, que fuera tan difícil conocer verdaderamente el corazón de otra persona.
Tras despedirse, Kagome había regresado a su habitación en la residencia de la Chūgū, preguntándole a uno de los sirvientes que allí había si podían enviar a Chūsei con ella en cuanto estuviese disponible. Si no había otra opción, al menos podría comenzar a hacer que preparasen las residencias para cuando averiguase cómo proceder con los nombramientos.
Sacó de su arcón las listas que había compuesto hacía lo que parecía una eternidad de los clanes y de lo que sabía de ellos. Tal vez revisarlas podría proporcionarle nuevas percepciones.
Pero descubrió, mientras les echaba un vistazo, que mucho había cambiado desde la última vez que había tenido tiempo de revisarlas. Muchos de los clanes que una vez había creído que se oponían, o que al menos estaban indecisos con el mandato de Inuyasha, ya no parecían estar así. Y luego estaba el nombre del clan Fujiwara, mirándola con furia desde la página…
—Ese siempre ha sido un elemento particular —dijo una voz de repente desde detrás de su oído, un dedo apareció para tocar una página justo por encima del kanji para el nombre Abe Hakujou.
Kagome dio un respingo, casi cayéndose contra la figura que estaba detrás de ella de la sorpresa. Una mano gentil en su hombro la sujetó.
Se dio la vuelta, encontrando la expresión levemente divertida de Chūsei.
—Sumida en sus pensamientos, ¿eh? —bromeó la mayor amablemente—. Llamé antes de entrar.
Kagome le ofreció una sonrisa avergonzada, gesticulando hacia el cojín que había dispuesto a su lado.
—Mis disculpas —dijo—. Parece que últimamente me distraigo fácilmente.
Chūsei sonrió, descendiendo para arrodillarse a su lado.
—Difícilmente puedo afirmar que me sorprenda —dijo—. Teniendo en cuenta que todavía no se ha encontrado con un problema con el que no desee involucrarse de algún modo. Al menos parece volver a comer como es debido. Los platos del desayuno de esta mañana estaban impolutos cuando los vi.
Kagome se sonrojó, deslizando la mirada a sus manos cuando recordó exactamente quién era el responsable de eso.
—Sí, bueno —dijo a modo de evasiva—. Supongo que me había entrado un poco de apetito.
Se detuvo, su sonrojo se intensificó hasta ser de un rojo ardiente al darse cuenta de la insinuación de sus palabras pobremente escogidas. Chūsei la miró con sospecha, pero afortunadamente le permitió dejarlo pasar sin hacer comentarios.
—Me aseguraré de disponer más para usted por la mañana —dijo.
Kagome hizo una mueca internamente, segura de que era imposible que pudiera consumir tanta comida. Externamente, se obligó a sonreír, asintiendo.
—Gracias —dijo—. También esperaba poder hacerte una petición, aunque sé que probablemente ya te he hecho demasiadas.
Chūsei sonrió, negando con la cabeza.
—Sabe que no tiene que pedírmelo, O-Miko-sama —dijo—. Soy suya para que me dé órdenes mientras le sea de utilidad.
—Lo sé —dijo Kagome—. Pero quiero que sepas que estas no son órdenes. Eres libre de negarte a cualquier cosa que te pida sin consecuencias.
—Y por eso sigo aceptando —dijo Chūsei—. Es más de lo que se nos permite a muchos de nosotros. Entonces ¿en qué le puedo ser de ayuda?
—Necesito un maestro organizador —dijo Kagome—. Y no conozco a nadie más habilidoso que tú, Chūsei-san.
Chūsei se sonrojó levemente ante el halago, moviendo una mano como para quitarle importancia.
—¿Qué he de organizar, entonces? —dijo.
—El Kōkyū y el Daijō-kan —contestó Kagome—. Espero que se limpien y se amueblen para que vuelvan a usarse.
—Para los nombramientos —aportó Chūsei.
Kagome asintió.
—Asumo que los cortesanos han estado hablando de ellos, entonces —dijo Kagome, arqueando una ceja.
—Oh, O-Miko-sama —dijo Chūsei, negando con la cabeza—. No tiene ni idea. La información sobre esa conversación ya había salido de la residencia Minamoto antes de que usted hubiera puesto un pie fuera. Es seguro decir que ha llegado a oídos de cada rincón de la corte para ahora.
Kagome se mordisqueó el labio ligeramente entre los dientes, dudando sobre si esto era deseable, teniendo en cuenta dónde se posicionaba actualmente Inuyasha sobre el tema. Aun así, ya no había forma de deshacerlo. Simplemente tendría que convencerle.
—¿Qué dicen al respecto? —dijo, volviendo su mirada hacia Chūsei.
—Muchos parecen interesados, por lo que hemos podido entender —contestó la mayor—. Algunos recelan. Creo que la mayoría están ansiosos por tener un par de ojos cerca de usted y de Su Majestad para poder observarlos más de cerca. Y el potencial para obtener poder y progreso sin duda tiene su propio atractivo para ellos.
Kagome frunció el ceño, deslizando la mirada por los nombres en los papeles esparcidos por la mesa. Suspiró, pasando un dedo ligeramente por una fila de kanji como si eso fuera a revelarle algo.
—Eso es lo que me preocupa —dijo—. No deseo que esto se convierta en una mera oferta de poder. Quiero… construir algo. Empezar a intentar crear una corte y un Consejo que vayan a funcionar para todos nosotros, no solo para algunos.
Chūsei sonrió dulcemente, estirándose para apoyar una mano ligeramente sobre la de Kagome en la mesa.
—Tengo fe en usted, O-Miko-sama —dijo—. Se me ha permitido ver suficiente de su corazón durante mi tiempo a su servicio como para saber que no se conformará con nada menos.
Kagome deslizó la mirada de sus manos al rostro de Chūsei, frunciendo levemente el ceño.
—¿Mi corazón? —repitió, las palabras de algún modo le sonaron extrañas en sus oídos.
Ensanchó los ojos. Se puso en pie de un salto, agarrando la mano de Chūsei entre las suyas y casi arrastrando a la mujer hacia arriba con ella.
—O-Miko-sama, ¿qué…?
—¡Chūsei-san, es perfecto! —exclamó Kagome.
Chūsei frunció el ceño, claramente confusa. Kagome le sonrió con bastante amplitud, dándole una pequeña sacudida a su mano entre su emoción.
—¡Sois vosotros, Chūsei-san! ¡Vosotros sois la respuesta! —dijo Kagome—. Tú y todos los sirvientes. ¡Podéis ser vosotros los que escojáis!
Chūsei profundizó su frunce, sus ojos se pusieron redondos como lunas llenas en su rostro. Le costó un momento, abriendo y cerrando la boca como si no pudiera recordar bien cómo formar palabras.
—¿Escoger? —dijo débilmente al final—. O-Miko-sama, no querrá decir…
Kagome asintió, encontrando su mirada con firmeza.
—Sí —dijo—. ¿Y por qué no? Tu red ya está dispuesta. Los veis todos los días, habláis con ellos todos los días y los conocéis tal vez mejor de lo que puede hacerlo nadie más. ¿Por qué no vosotros?
Chūsei parpadeó, negando con la cabeza.
—Comprendo sus intenciones, O-Miko-sama —dijo—. Y aprecio profundamente la fe que depositaría en nosotros, pero no recibimos la misma educación o entrenamiento que los cortesanos.
—Tal vez no —dijo Kagome—. Pero reconocéis la bondad. Veis la sinceridad. No necesitáis leer los textos que ellos leen para conocer a una mente fuerte. No necesitáis entrenaros en el lenguaje del abanico para ver nobleza de espíritu. ¿Y quién mejor que vosotros para juzgarlos de verdad? ¿Qué mejor forma de entender de verdad a una persona que mirando la forma en la que trata a aquellos con quienes piensa que no tiene nada que ganar o perder?
Chūsei encontró su mirada, con el rostro ligeramente pálido incluso mientras un poco de la tensión salía de sus facciones. Kagome le apretó la mano.
—Como he dicho, eres libre de negarte a cualquier cosa que te pida —dijo en voz baja—. Y te lo estoy pidiendo. Solo considéralo primero. Los conocéis, ¿no? Los veis de formas que Su Majestad y yo nunca podremos. ¿Por qué no prestarnos vuestros ojos una vez más?
Chūsei vaciló, bajando la mirada al suelo entre ellas.
—La cantidad de poder que nos estaría otorgando —dijo en voz baja—. ¿Comprende lo que significaría?
Kagome le ofreció una pequeña sonrisa.
—Responsabilidad es lo que os ofrezco —dijo—. Y es mucha, lo sé. Pero también debes ver que es una oportunidad que tal vez nunca antes habéis tenido, una oportunidad para poder opinar sobre cómo será vuestro futuro. Cómo serán todos nuestros futuros.
Un pequeño temblor atravesó la figura de la más mayor, sus ojos seguían fijos en el suelo entre ellas. Pero, de repente, levantó la cabeza, sus ojos eran dos soles gemelos ardientes.
Casi se lanzó hacia delante, rodeando la figura de Kagome con los brazos con tanta fuerza que, por un momento, la más joven pensó que podría exprimirle el último aliento de su cuerpo.
—¿Y qué clase de tonta débil de corazón sería yo si me negase a esto? —murmuró—. Solo prométame una cosa: sea cual sea este futuro que construyamos, lo construiremos juntas.
Kagome sonrió, tragándose el repentino nudo de su garganta. Asintió, rodeando a la mujer con sus brazos en respuesta.
—Siempre.
Kagome se quedó con Chūsei solo un rato más para hablar del tema, ambas todavía un poco demasiado emocionadas como para poder planear con las cabezas lúcidas. Chūsei también señaló que necesitaría un poco más de tiempo para acudir a los sirvientes de su red para ver si estaban dispuestos, aunque parecía pensar que, con la adecuada explicación, se sentirían inclinados a aceptar.
Kagome le había dado las gracias en abundancia antes de casi recorrer a la carrera todo el camino hasta los aposentos de Inuyasha. La idea era demasiado perfecta. Seguro que ni siquiera él podría objetar si se la presentaba adecuadamente.
Le complació ver a los guardias fuera de sus aposentos, indicando que sí que estaba dentro. Había pensado que tal vez así fuera, ya que la luz estaba desapareciendo rápidamente del día, pero últimamente sus horarios habían sido tan erráticos que era difícil saberlo a ciencia cierta.
Les hizo una reverencia a los guardias cuando llegó hasta ellos y ellos se inclinaron en respuesta, permitiéndole entrar sin hacer preguntas. Su propia guardia de dos hombres se les unió silenciosamente para esperar en la entrada de los aposentos de Inuyasha.
Kagome parpadeó mientras atravesaba el tapiz de la entrada, sorprendida porque por una vez Inuyasha hubiera encendido varias de las lámparas de su habitación. La sala estaba bañada en un suave brillo, con el leve olor al humo del aceite que salía de ellas.
Un fuerte estornudo resonó en un rincón de la habitación, atrayendo la atención de Kagome. Se sorprendió una vez más de ver a Inuyasha allí, con el rostro contraído mientras se frotaba con la manga por debajo de la nariz.
Kagome parpadeó, ladeando ligeramente la cabeza mientras lo inspeccionaba.
—¿Acabas de estornudar? —dijo.
Inuyasha bajó la manga, torciendo el gesto a la defensiva.
—Keh —dijo—. ¿Qué? ¿Ya no se me permite estornudar?
—No es eso —dijo Kagome—. Es que creo que nunca antes te había visto hacerlo. Siempre me has dicho que los hanyou no se resfrían ni se ponen enfermos.
—Los hanyou no se enferman —dijo Inuyasha tercamente—. Solo olí algo que apesta.
Arrugó la nariz, dirigiendo una mirada torva al farol que tenía más cerca.
—¿Son los faroles? —dijo Kagome, recordando lo sensible que era su sentido del olfato—. ¿Es por eso que no los enciendes nunca? Podemos apagarlos si te molestan.
Se adentró más en la habitación, moviéndose hacia el farol que tenía más cerca.
—Espera —dijo Inuyasha, medio levantándose de donde estaba sentado tan lejos como podía colocarse de los faroles—. Déjalos. No p…
Se vio interrumpido en seco por otro estornudo, más potente incluso que el último. Parpadeó, bizqueando con una mirada iracunda como si su propia nariz le hubiera traicionado de algún modo.
—Inuyasha…
—No pasa nada —repitió el hanyou.
Kagome lo miró con escepticismo. Él se sonrojó levemente, apartando la mirada.
—Mira, los humanos no veis demasiado bien en la oscuridad porque vuestros ojos son muy débiles, ¿no? —dijo—. Solo pensé que esto sería más cómodo para ti, ¿vale?
La última parte de la frase delegó en un murmullo tan bajo que Kagome apenas lo entendió. Parpadeó, procesando lentamente las palabras.
Estaba intentando hacer sus aposentos más cómodos para ella.
La calidez llenó su pecho, expandiéndolo hasta que sintió como si fuera a ser consumida por él. Sintió que un sonrojo en respuesta se extendía por su rostro.
—Oh —dijo en voz baja—. Gracias.
Él resopló, cruzándose de brazos incluso mientras se intensificaba el rojo de sus mejillas. Le lanzó una mirada de soslayo, suavizando un poco su expresión.
—Sí.
Kagome sonrió, moviéndose lo que quedaba de camino para arrodillarse a su lado.
Más de cerca, pudo ver que su piel tenía un leve brillo, la humedad se acumulaba en pequeñas gotas sobre ella. La melena de su pelo plateado colgaba en un revoltijo empapado por su espalda, humedeciendo la parte de atrás de su haori, formando un parche oscuro.
—¿Qué? —dijo Inuyasha al captar su mirada—. Los hanyou se bañan también como todos los demás.
Kagome lo miró mal antes de volver a llevar la mirada a su pelo, con un frunce perfilando sus labios.
—Claro que sí —dijo—. ¡Pero mira tu pelo! Está hecho un desastre y sigue todo mojado. ¿Los sirvientes no te ayudaron a cepillarlo?
Se detuvo, dándose cuenta mientras hablaba de que, si los baños de Inuyasha eran como a los que ella se había visto sometida tantas veces, entonces probablemente eran las sirvientas las que lo bañaban. Una repentina imagen se formó en su imaginación de Inuyasha, desnudo y reclinado en una bañera grande con sirvientas haciendo aspavientos a su alrededor.
Frunció el ceño, sintiendo un leve cosquilleo de algo desagradable arrastrándose por ella.
—Keh —dijo Inuyasha, apartándola afortunadamente de esa idea—. Como si necesitase ayuda para lavarme. Les prohibí a los sirvientes que se acercaran siquiera a la bañera mientras estoy dentro hace una eternidad. Además, las pocas veces que les dejé hacerlo, era un niño, y lo único que hacían era quedarse mirando como un montón de raros. Mi madre al final tuvo que encargarse de hacerlo solo para que parasen.
Hasta que su madre no estuvo allí para hacerlo tampoco, reflexionó Kagome para sus adentros. Y entonces solo se tuvo a sí mismo.
Solo podía imaginarse cómo debía de haberse sentido. Ser un niño ya era ser infinitamente pequeño y vulnerable, abierto y sintonizado con cualquier mirada, y para añadir a la rareza, gente que debería haber sido responsable de su cuidado se lo quedaba mirando como si fuese una especie de singularidad…
Se le retorció el corazón en el pecho.
—Podría hacerlo por ti, si quieres —dijo.
Dirigió su mirada bruscamente hacia ella, ensanchando los ojos. Los de ella se ensancharon al captar la insinuación accidental de sus palabras.
Sostuvo las manos en alto como para retirar sus palabras, con el rostro acalorándose.
—¡C-Cepillarte el pelo! —tartamudeó—. ¡No lo de bañarte! S-Solo para ayudarte a deshacer los nudos…
Se interrumpió débilmente, deseando que el suelo se la tragara de algún modo.
Inuyasha parpadeó, un poco de la sorpresa salió de su expresión.
—Oh —dijo—. S-Sí. Supongo, si quieres.
Kagome asintió, levemente sorprendida de que fuera a permitírselo. Hubiera creído que opondría un poco más de resistencia.
—¿Tienes un peine en alguna parte? —preguntó.
Él frunció el ceño, pensándolo por un momento antes de gesticular con la barbilla hacia un cofre negro de madera lacada que estaba cerca.
—¿Ahí, tal vez? —dijo, las palabras fueron más una pregunta que una afirmación.
Kagome alzó las cejas, levantándose para ir hacia el cofre.
—Sí que ha pasado un tiempo, ¿no? —murmuró.
—Lo he oído —dijo Inuyasha, rotando una oreja significativamente en su dirección—. Siempre se seca perfectamente solo.
Kagome puso los ojos en blanco, separando con las manos el contenido del cofre. Sus dedos pasaron sobre la clara sensación de pequeñas púas y tiró de la cosa de entre el desorden. Parpadeó, sorprendida al encontrarse con que era un pequeño peine ornamental. El lomo negro estaba estampado con pequeñas tallas de la flor tsubaki.
Lo sostuvo en alto para que lo viera el hanyou, dirigiéndole una mirada interrogante. Él parpadeó, suavizando su expresión.
—Era de mi madre —dijo en voz baja—. Olvidé que lo tenía.
Se dio la vuelta, aunque no lo bastante rápido como para ocultar la expresión vulnerable de sus ojos.
—¿Te parece bien que lo use? —preguntó Kagome en voz baja.
—… Sí —dijo, aunque no se dio la vuelta para mirarla a la cara.
Kagome asintió para sí, levantándose para volver a su lado. Se arrodilló detrás de él, justo al alcance de su pelo. Estiró la mano, tomando con cuidado un puñado de los húmedos mechones en la mano.
Lo vio tensarse casi instintivamente, su columna y sus hombros se pusieron rígidos. Kagome detuvo sus movimientos cuando él la miró de reojo sobre su hombro, con ojos llenos de incertidumbre. Se relajó lentamente al verla, dándole de nuevo la espalda.
—Perdón —dijo Kagome con voz queda, aunque no estaba segura de por qué.
—No pasa nada —murmuró—. No es culpa tuya.
Kagome parpadeó, pasando la mirada de la línea de su espalda a la longitud del pelo plateado que tenía en la mano. Se mordió el labio, golpeada de repente por la confianza en ella que traicionaba el gesto.
Lentamente, con cuidado, comenzó a pasar el peine por las puntas de su pelo. Estaba incluso más imposiblemente enredado de lo que se había imaginado. Observó que, mientras trabajaba, la cautela se drenaba gradualmente de su figura, su cuerpo volvía a relajarse contra ella.
—¿Tu madre también hacía esto por ti? —preguntó, sus manos trabajaban pacientemente en un nudo particularmente malo.
—Sí. Ella fue la única, creo.
Kagome frunció el ceño, levantando la mirada hacia la línea de su perfil. No pudo ver nada de su expresión y su voz reveló poco.
—¿A dónde fuiste? —preguntó tras un momento—. Es decir, después de que… después de que tuviera que irse. ¿Dónde te quedaste?
Inuyasha se encogió de hombros, hubo un ligero tirón en sus hombros.
—En algunos sitios —dijo, su voz se volvió distante—. Con su clan un tiempo. Luego, con algunos otros clanes menores cuando se cansaron. Al final encontré sitios por la corte donde podía estar solo. Todos los demás sitios eran demasiado sofocantes.
Kagome cerró los ojos por un momento, su corazón se encogió ante la imagen de él de niño vagando por la corte completamente solo en busca de lugares en los que esconderse.
—Lo siento —dijo, las palabras fueron apenas un susurro—. Debiste de haberte sentido solo.
Inuyasha resopló silenciosamente, pero no dijo nada.
—Creo que puedo entenderlo un poco —dijo—. Cuando era pequeña, los niños de mi aldea solían huir de mí. Lo único que quería era poder jugar con ellos, pero creo que les daba un poco de miedo. Pero siempre tuve a mi madre y a mi abuelo con los que volver corriendo cuando me ponía triste y luego a Souta. Aun así, siempre deseé poder unirme de algún modo a los otros niños.
Se detuvo, dándose cuenta de que había llegado a la base de sus orejas mientras trabajaba. Se movieron levemente y se vio golpeada por un momento por la cruda otredad de él.
Las palabras de Midoriko de ese día temprano volvieron a su cabeza. Kagome frunció el ceño.
—¿Qué desearías? —dijo de repente.
Inuyasha estuvo en silencio durante un largo momento.
—Me convertiría en un youkai completo —dijo finalmente, con una decisión que hizo que la atravesara un escalofrío.
—… ¿Qué? —exhaló.
—Si me convirtiera en uno completo, finalmente sería lo bastante fuerte —dijo Inuyasha en voz baja—. Finalmente sería capaz de proteger a la gente que importa.
—Inuyasha…
—No soy idiota, Kagome —soltó Inuyasha, las palabras salieron de él como si ya no pudiera contenerlas—. Lo entiendo. Sé que mucha gente ha sufrido por culpa de lo que soy. Mi viejo. Mi madre. Kikyou. Tú. Diablos, todo este jodido lío de corte se debe a que no fui lo bastante fuerte para tomar el trono cuando debí hacerlo. Y odio…
—Para. Por favor, para.
Kagome se presionó contra su espalda, envolviendo sus hombros con sus brazos y aferrándose con toda su temblorosa fuerza. El peine cayó olvidado de su mano mientras presionaba el rostro contra su hombro todavía húmedo, las lágrimas cayeron acaloradamente sobre él.
—Lo siento tanto —dijo, temblándole la voz alrededor de las palabras—. Lo siento tanto, Inuyasha. Siento que alguna vez tuvieras que sentirte solo o que tuvieras miedo. Siento que tan poca gente haya intentado entenderte alguna vez. Y lo siento por cada persona que alguna vez haya dado a entender que deberías odiar alguna parte de ti o que algo de lo que pasó fue culpa tuya. Pero tengo que creer que todo ello, cada momento, te trajo aquí. Te trajo a un lugar donde pudiéramos conocernos y te convirtió en la persona que yo conozco. La persona que es lo suficientemente fuerte como para querer proteger a la gente y evitar que sufra. La persona de la que me enamoré. Así que, ¿cómo puedes decir que odias a alguien que yo amo tanto?
Pudo sentir que Inuyasha se tensaba en sus brazos y se aferró a él con más fuerza todavía, queriendo que comprendiera. Lentamente, sus manos subieron para agarrarle los brazos donde estaban cerrados a su alrededor. Ella pudo sentir que le temblaban las manos.
—Kagome…
Se le quebró la voz alrededor de su nombre, un sonido apenas por encima de un susurro.
Se dio la vuelta en sus brazos, obligándola a aflojar su agarre. Aun así, se aferró a él, reacia a soltarlo.
Sus ojos encontraron los de ella, escrutadores. Llevó su mano a su mejilla, su filoso pulgar barrió una lágrima que bajaba por su mejilla. Kagome encontró su mirada, resuelta.
—Te amo —repitió con firmeza—. A ti, el de aquí. Así que no te vayas, ¿vale?
Tan pronto hubieron salido las palabras de ella, él se elevó en su abrazo, presionando sus labios contra los suyos.
Kagome se vio obligada a soltar su agarre sobre él cuando se levantó, presionándola apresuradamente contra el suelo bajo él. Sus labios nunca abandonaron los de ella mientras se movían, trabajando contra los suyos con una urgencia que rayaba en la desesperación.
Sus manos trabajaron rápidamente en su ropa, como si no pudiera llegar lo suficientemente rápido a su piel. Sus manos vagaron por sus costados, sus caderas, sus pechos. Se ralentizaron solo entre sus muslos, acariciándola allí con un cuidado casi doloroso hasta que estuvo húmeda de necesidad. Incluso entonces, sus labios no abandonaron los de ella, tragándose sus pequeños gritos y ruegos mientras trabajaba.
Finalmente, cuando pensó que se volvería loca por la sensación, él se movió, sus labios dejaron los de ella. Hubo un crujido de tela mientras se libraba de su sashinuki y entonces pudo sentir su punta presionada contra su entrada.
Se detuvo entonces, levantando los ojos hacia ella. Kagome encontró su mirada, ofreciéndole una pequeña sonrisa. Él cerró los ojos al verla, bajando la frente hasta descansarla contra la de ella.
—Kagome, yo…
Se interrumpió, abriendo los ojos una vez más para encontrar los de ella. Vaciló, con las facciones tensas por el esfuerzo de alguna lucha interna. Finalmente, ella se incorporó y lo besó ligeramente.
—No pasa nada, Inuyasha —dijo mientras se apartaba—. Estoy aquí.
Cerró los ojos de nuevo contra las palabras y de una embestida estuvo dentro de ella. Kagome jadeó, arqueando la espalda ante la repentina sensación.
—Te necesito —murmuró contra su garganta—. Te necesito, Kagome.
Se movió contra ella, con el cuerpo en tensión, como si no pudiera acercarse lo suficiente. Kagome levantó las manos, buscando cualquier parte de él que pudiera alcanzar. Su rostro, su pelo, sus orejas, sus hombros, la tensión de los músculos de su espalda. Con cada roce, él se introducía más profundamente dentro de ella.
—Kagome —murmuró y pudo sentir sus músculos empezando a temblar contra ella.
Movió las caderas contra las de él, con los ojos fijos en su rostro mientras lo animaba. Sus ojos brillaban febrilmente mientras la miraba a los suyos, trazando cada línea de su rostro en una búsqueda desesperada de algo.
—Te amo —murmuró ella, ofreciéndoselo.
Entreabrió los labios, medio formando palabras que retuvo. En cambio, embistió con más fuerza contra ella, su cabeza cayó hacia delante para murmurar su nombre una y otra vez contra el hueco entre su cuello y su hombro.
Unos momentos más y se tensó, presionando las caderas profundamente contra las de ella mientras encontraba su liberación. Al observarlo, Kagome sintió que se le estremecía su propio cuerpo. Se apretó todo lo que pudo contra él, arqueando la espalda mientras la sensación la barría.
Lentamente, la sensación se relajó, dejando tras de sí un cálido brillo por sus miembros. Inuyasha se cernió justo sobre ella, respirando con fuerza mientras observaba su rostro con ojos entrecerrados. Ella le ofreció una pequeña sonrisa.
—Estoy bien —dijo, ofreciéndole la tranquilidad que siempre parecía buscar en el resultado de sus encuentros.
Observó su rostro durante un momento más antes de parecer aceptar la verdad de esto. Bajó la cabeza para descansarla contra su pecho desnudo, su pelo estaba casi seco ahora mientras se deslizaba sobre la piel de ella como una cortina. Kagome bajó la mirada a su coronilla, ligeramente sorprendida ante el gesto.
—De niño siempre rompía cosas —murmuró Inuyasha contra su piel—. Por eso quería librarse de mí el clan de mi madre. Nunca lo hacía a propósito. Las cosas simplemente se rompen siempre tan fácilmente.
Kagome frunció el ceño. Deslizó la mano hacia abajo para acariciarle la coronilla, pasando los dedos ligeramente sobre sus orejas.
—No todo —dijo—. Algunas cosas son casi imposibles de romper.
El silencio se extendió entre ellos, sus manos continuaron con su ocioso camino por su pelo y su cuero cabelludo.
—Esos niños eran idiotas —dijo Inuyasha de repente.
—¿Niños? —repitió Kagome, frunciendo el ceño.
—Los de tu aldea —murmuró—. Los que te tenían miedo. Panda de mierdecillas. Yo… yo te habría protegido.
Tenía el rostro mirando en dirección contraria a ella y escondido por la cortina de su pelo, pero la sinceridad de las palabras trajo un repentino cosquilleo de lágrimas a sus ojos. Tragó saliva, con un sentimiento denso en su garganta.
—Gracias —dijo—. Por querer protegerme.
Él no dijo nada durante un momento, pasando la mano suavemente por su piel hasta que la dejó descansar sobre su cadera. Su pulgar pasó ligeramente de adelante hacia atrás sobre la piel de allí.
—Voy a protegerte, Kagome. Cueste lo que cueste.
Nota de la traductora: ¡Muchísimas gracias por los reviews en el capítulo anterior y en el one-shot! Todavía no los he contestado, pero pretendo hacerlo en cuanto termine con la publicación de este capítulo.
Nos quedan solo cinco, aparte de este, para ponernos al día con la autora. Se me va a hacer raro cuando tenga que esperar a traducir otro capítulo, pero aún no es el momento de preocuparse por eso.
¡Espero que os haya gustado y que me comentéis lo que queráis!
¡Hasta el lunes!
