Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Nota de la autora: (Súper)Pequeña lección de historia de hoy:
Namasu: pescado crudo en rodajas servido en salsa de vinagre. El plato era común en el periodo Heian.
Capítulo 32: De tramas y sitios
Un único rayo de luz de luna atravesaba la completa oscuridad de la apenas amueblada habitación, arrojando profundas sombras sobre las pálidas facciones de su ocupante.
Los labios de Kagura estaban presionados en una fina línea, el etéreo carmesí de sus ojos, oscuro mientras observaba su reflejo en el pequeño espejo redondo suspendido ante ella.
Solo que no era su reflejo el que le devolvía la mirada.
El rostro de un hombre, mortalmente pálido y extrañamente delicado, miraba hacia ella. Una oscura melena de pelo negro como la tinta parecía casi retorcerse con vida propia alrededor de su rostro y sus labios estaban curvados hacia arriba en una leve sonrisilla que apenas llegaba a sus turbios ojos rojos.
—¿Qué noticias me traes esta noche, Kagura? —dijo el hombre, su voz fue un gruñido bajo que envió escalofríos por su piel.
Kagura estaba callada, las líneas alrededor de su boca se intensificaron por el más breve instante antes de que pudiera alisarlas de nuevo para formar una apariencia de apatía.
—Dicen que los nombramientos se retomarán pronto —dijo con un pequeño encogimiento de hombros—. Poco más que eso.
El hombre alzó las cejas levemente, el interés iluminó sus ojos con un inquietante tono de color rojo sangre.
—Están intentando consolidar su poder mientras sienten que tienen ventaja, entonces —dijo, aunque más para sí que para ella—. Tiene poca importancia. Deja que jueguen a arreglar la corte si quieren. Solo servirá para mantenerlos distraídos.
Kagura lo miró, frunciendo el ceño muy levemente. Se movió con inquietud, la seda de su juni-hito susurró en el silencio de la habitación. El rayo de luz de luna se deslizó para iluminar el abanico que sostenía en su regazo. Lo sopesó por un momento antes de alzar la mirada de nuevo hacia el espejo.
—¿A quién de entre nosotros desea que se envíe, entonces, Naraku-sama? —dijo en voz baja.
—¿Enviar? —repitió el hombre, Naraku.
—Según los rumores, no van a tomar a los primogénitos —dijo Kagura, retorciendo el abanico distraídamente entre sus dedos—. No se ha hecho ningún anuncio de momento sobre cómo pretenden escoger, pero ¿no deberíamos prepararnos para esa ineluctabilidad?
—Interesante —murmuró Naraku—. Aunque supongo que no debería haber esperado nada menos del híbrido y de su plebeya. Mmmm, ¿a quién debemos enviar, Kagura? Quien vaya tendrá libre acceso al Dairi, después de todo.
Sus ojos se deslizaron hacia el rostro de ella, su mirada la perforó mientras intentaba leerla. Kagura fijó la mirada en su abanico mientras bailaba entre sus manos, su expresión era decididamente impasible. Ofreció otro pequeño encogimiento de hombros.
—No me corresponde a mí decidirlo, Naraku-sama —dijo arrastrando las palabras—. Haga lo que desee. Siempre lo hace, ¿no es así?
—Pero ¿no tienes ni siquiera una sugerencia para mí, Kagura? —insistió Naraku, su mirada no vaciló en ningún momento—. ¿Nadie a quien recomendarías?
Hubo el más leve tic en los labios de Kagura, desapareció casi antes de que se pudiera percibir. Abrió el abanico lentamente, alzándolo hasta cernirlo justo por debajo de sus labios.
—No es mi misión —dijo—. No es preocupación mía, Naraku-sama.
Naraku curvó los labios hacia arriba levemente.
—Entonces, considéralo ahora preocupación tuya —dijo—. Byakuya te acompañará. Los dos continuaréis informándome de todo lo que pueda ser de utilidad.
Kagura frunció el ceño, sus labios rojos como la sangre se curvaron en gesto de desagrado. Cerró el abanico con un estridente chasquido.
—Como he dicho, Naraku-sama —dijo—. Hasta ahora, no tenemos ni idea de cómo pretenden escoger quién entrará en el Dairi. Por tanto, ¿cómo voy a asegurarme de que Byakuya y yo estemos entre los elegidos?
—Como has dicho, Kagura —contestó Naraku en voz baja—. Tu misión, tu preocupación. Confío en que encontrarás un modo. Si no…
Se interrumpió, descubriendo sus dientes con una sonrisa mientras la miraba a los ojos significativamente. Kagura suspiró, cerrando los ojos.
—Por supuesto, Naraku-sama —dijo—. Como desee.
—Entonces está decidido —dijo—. ¿Tienes algo más de lo que informarme? ¿Qué hay de tus observaciones de la miko y el híbrido?
—Ha habido poco que observar —contestó—. Parece que todo sigue igual entre ellos. ¿Está seguro de que su relación es la que usted cree que es?
Mantuvo los ojos cuidadosamente fijos en su abanico mientras hablaba, el oscuro arco de sus pestañas los protegía de su vista. Él frunció el ceño.
—El hanyou no habría arriesgado lo que arriesgó al dejar la corte por ella si no fuera así —dijo—. Un cambio en las circunstancias del que podríamos habernos aprovechado, si no hubieras fracasado tan miserablemente en tus deberes como mis ojos dentro de la corte.
Kagura se tensó, enderezando la línea de su espalda. Volvió a dirigir los ojos al espejo, levantando la barbilla hacia arriba en gesto defensivo.
—No lo veo todo, Naraku-sama —dijo—. Además, difícilmente soy el único par de ojos que tiene aquí. ¿Qué hay de su fracaso al…?
Se detuvo abruptamente, ensanchando los ojos en su rostro. Su abanico repiqueteó contra el suelo cuando se le contrajeron los dedos, su mano saltó hacia su pecho. Sus labios quedaron abiertos alrededor de una exclamación de dolor, se le sacudió todo el cuerpo.
En el espejo, Naraku sostuvo algo en alto para que ella lo viera, agarrado con fuerza dentro de la jaula de sus dedos. Era un corazón, bombeando en un grotesco frenesí mientras apretaba su agarre a su alrededor.
La mano de Kagura se lanzó furtivamente hacia el espejo como si pudiera atravesarlo para reclamarlo antes de que otra ola de agonía le hiciera doblarse sobre sí misma. Naraku sonrió un poco, aflojando su agarre.
—Si desease hablar de sus fracasos, entonces hablaría de ellos —dijo, levantando el órgano que se sacudía como para examinarlo más de cerca—. Pero como una de mis más mayores, simplemente tendrás que aprender a soportar el embate, Kagura. Ahora, sé que no puedes hablar cuando estás así, así que ¿qué tal si te inclinas y consideramos el asunto finalizado?
Temblando, Kagura apenas consiguió levantar lo suficiente la cabeza para mirarlo. Entrecerró los ojos, la ira brillaba mientras lo miraba a los de él y sus labios se retrajeron de sus dientes en un gruñido silencioso.
Naraku frunció levemente el ceño. Su mano se flexionó bruscamente alrededor del corazón, enterrando los dedos con fuerza en la tierna carne.
Esta vez, Kagura gritó, su cuerpo cayó hacia delante para medio extenderse contra el suelo. Sus manos, separadas ante ella, arañaron convulsivamente la madera bajo ellas.
—Supongo que eso servirá perfectamente —dijo Naraku pensativamente.
Bajó la mano, el corazón desapareció más allá del borde del marco del espejo. Durante varios largos momentos, solo hubo el sonido de la fatigada respiración de Kagura. Lentamente, sus manos se cerraron en puño, temblando donde se presionaban contra el suelo.
—¿Estás lista para volver a comportarte? —dijo.
—… Por supuesto, Naraku-sama.
Kagura no hizo movimiento alguno para levantar la cabeza.
—Bien —dijo, aunque no hubo un auténtico placer en la palabra—. Entonces hemos terminado aquí por esta noche. Kanna, cierra el espejo.
Algo parecido a la niebla comenzó a esparcirse lentamente sobre la superficie del espejo, oscureciendo el rostro de Naraku.
—Espere, Naraku-sama.
La niebla se quedó quieta, luego empezó a retirarse lentamente. La imagen de Naraku reemergió, un leve frunce perfiló sus labios.
Kagura se impulsó hacia arriba desde el suelo. Su piel había palidecido tanto, que era fantasmal a la débil luz de la luna. Tenía los ojos cerrados, traicionando nada mientras levantaba la mano distraídamente para limpiarse un rastro de sangre que bajaba por una comisura de sus labios.
—¿Qué hay de Kanna? —dijo—. Cuando entre en el Dairi, mis movimientos estarán restringidos. Será difícil que le informe de lo que observe allí.
—Entonces, encuentra una forma de llevártela contigo —dijo, entrecerrando los ojos—. Y que sepas que, si te atreves a volver a llamarme esta noche sin motivo, Kagura, no estaré de un humor tan indulgente.
—Por supuesto, Naraku-sama —dijo Kagura con la más mínima curva de la comisura de sus labios—. Siempre y cuando Kanna tenga su permiso.
La niebla apareció una vez más, esparciéndose más rápidamente por la superficie del espejo. En cuestión de instantes, su imagen estuvo oscurecida por completo, pero no antes de que Kagura estirase dos dedos ensangrentados para pasarlos en una línea roja dentada a través de él.
Kagome tomó una fuerte bocanada de aire, volviendo de golpe y abruptamente a una completa consciencia. Su corazón palpitaba en un frenético tamborileo en sus oídos y levantó una mano temblorosa sobre su rostro. Era difícil de saber en la oscuridad de la habitación, pero no había trazas de la sangre que podría haber jurado que tenía en sus manos.
—¿Kagome? —le llegó la voz de Inuyasha, lo bastante cerca para poder sentir la calidez de su aliento contra su oído—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Podía sentir los músculos de su cuerpo tensándose contra su costado. Sintió el susurro de su pelo deslizándose contra su piel mientras se impulsaba sobre su antebrazo a su lado.
Los ojos dorados encontraron los de ella, brillando con alguna luz interna propia, y Kagome sintió que un poco del pánico salía de ella.
—Estoy bien —dijo, mirándose la mano por última vez—. Solo fue una pesadilla, creo.
Apenas pudo distinguir su frunce mientras sus ojos recorrían su rostro.
—Tienes muchas —dijo. No era una pregunta.
—Estoy bien, Inuyasha —dijo, apartando los ojos de él. Bajó la mano a su costado de nuevo, aunque la leve sensación de empalagosa pegajosidad todavía permanecía en la piel de allí.
Él profundizó su frunce. Estiró la mano, agarrando la que había estado mirando y tirando de ella hacia sí.
Se recostó contra el futón (cuándo se habían mudado allí, se preguntó ella ociosamente) tirando y girando hasta que Kagome descansó metida firmemente contra su costado, con su torso medio extendido sobre el de él. Su mano libre fue a apoyarse sobre su coronilla, presionando con gentil insistencia hasta que su oído estuvo directamente contra el pulso de su corazón. El sonido corrió a sus oídos, lento y fuerte como olas lamiendo contra la orilla.
—Tú concéntrate en el sonido —murmuró—. Siempre me hacía quedarme dormido cuando solo era un mocoso.
—¿Tu madre? —dijo Kagome, el sonido constante ya estaba empezando a arrullarla.
—Mmm —dijo y ella pudo oír el sonido reverberando a través de su pecho.
Él flexionó ociosamente la mano que descansaba contra su mano, sus garras pasaron rozando suavemente por su pelo y su cuero cabelludo. Kagome sintió que sus párpados empezaban a volverse pesados, el suave tamborileo y el tranquilizador gesto la arrastraban.
—Gracias —consiguió decir antes de permitirse quedarse dormida.
—Estoy contigo, Kagome.
—¿Podrías repetirlo?
Inuyasha frunció el ceño, su labio inferior sobresalía casi con petulancia mientras apartaba la mirada de la de ella. Se cruzó de brazos, resoplando mientras un leve rojo subía por sus mejillas.
—¡Ya me has oído! —soltó.
—Nunca dije que no te hubiera oído —dijo Kagome, una sonrisa curvaba hacia arriba las comisuras de sus labios—. Simplemente me gustaría que lo dijeras otra vez.
Se inclinó parcialmente sobre la baja mesa de madera que los separaba, pinchándolo ligeramente con un único dedo. Arqueó las cejas, una pequeña parte de ella se deleitó con el evidente fastidio del hanyou. Él le apartó la mano con un pequeño manotazo, mirándola de soslayo.
El pelo de ella todavía estaba revuelto de dormir, sobresaliendo en lugares extraños contra su cabeza y colgando en oscuros mechones sobre sus hombros. Para su silencioso descontento, Kagome había escogido volver a vestirse, poniéndose su arrugado karaginu blanco. La prenda colgaba casi descuidadamente sobre su figura, pendiendo para descubrir un pálido hombro a la luz de la mañana. Sus ojos se estaban iluminando lentamente hasta un completo desvelo mientras lo miraba y había el más leve rastro de baba seca en el lado izquierdo de su boca de haber estado durmiendo.
Kagome en su atontado y completamente desguarnecido estado, había descubierto el hanyou, era la Kagome a la que menos resistencia podía oponer.
Suspiró, cerrando los ojos.
—Bien —dijo entre dientes—. Dije que necesito tu ayuda, ¿vale? ¿Contenta?
Su sonrisilla floreció para convertirse en una sonrisa completa, sus ojos prácticamente brillaban. Se volvió a sentar sobre sus talones, asintiendo.
—Mucho —dijo.
—Entonces ¿vas a comer de una vez? —dijo, gesticulando hacia el montón de platos dispuestos entre ellos sobre la mesa—. Apenas has tocado nada.
—Solo si me cuentas para qué necesitas mi ayuda exactamente —dijo mientras cogía sus hashi obedientemente.
Inuyasha la miró por un momento, desplomándose para apoyar su peso sobre sus manos mientras se apartaba de la mesa. Ella hizo un gesto de coger un poco de arroz y llevárselo a los labios como para apremiarlo. Él frunció el ceño, estirándose hacia delante para coger un trozo de una verdura encurtida y metérselo en la boca.
—Es el lobo —murmuró con la boca llena, sin ser muy capaz de mirarla a los ojos—. Necesito que vengas conmigo a ver al bastardo.
Kagome se detuvo con un trozo de pescado suspendido a medio camino de su boca, parpadeando. Su expresión se serenó mientras dejaba los hashi.
—¿Qué quieres decir? —dijo cautelosamente.
La última vez que había ido a ver al Señor de los lobos… se sonrojó, recordando exactamente cómo había terminado ese encuentro. Ni siquiera había tenido la oportunidad de terminar de hablar con él antes de que Inuyasha se la hubiera llevado a rastras, por no hablar de lo que había ocurrido después de eso.
Además, Inuyasha ni una vez antes había ido a buscar a Kouga. Los dos nunca habían hecho nada más que pelearse desde su primer encuentro. Así que, ¿por qué diablos iba a desear ir a buscarlo ahora?
Inuyasha se apoyó más pesadamente contra sus palmas, distanciándose más de la mesa y de ella. Cerró los ojos y apartó la mirada hacia un rincón de la habitación. Sus labios se torcieron en una leve mueca.
—Mira —dijo, la palabra pesó con reticencia—, el lobo es un idiota y un bastardo pulgoso, y una jodida molestia y…
—Inuyasha —dijo Kagome con tono de advertencia.
—Lo que intento decir es que el bastardo es rápido, ¿vale? —resopló Inuyasha, incluso la más ligera admisión le dolía.
—¿Eso era lo que intentabas decir? —dijo Kagome, alzando una ceja con incredulidad.
Inuyasha le dirigió una mirada mordaz, profundizando su frunce.
—¿Y qué tiene que ver con nada que Kouga-sama sea rápido? —insistió Kagome.
Inuyasha resopló una vez más, estirándose completamente sobre el suelo.
—Es más rápido que cualquier youkai que haya visto antes —le llegó la voz del hanyou por debajo de la línea de la mesa—. Y tenemos que llevar rápido los suministros y la mierda que les prometimos a las aldeas. Cuentan con ello. Así que…
Se interrumpió. Kagome parpadeó, rellenando mentalmente las palabras que él no se atrevía a decir en voz alta.
Kouga era increíblemente rápido. Ella había visto su velocidad, casi el doble que la de la mayoría de los youkai, demostrada en numerosas ocasiones. Como youkai, también era lo bastante fuerte para mover grandes cantidades de suministros a la vez.
Si se encargaba de la distribución de los suministros a las aldeas, probablemente estaría hecho en apenas nada de tiempo. Entonces solo sería cuestión de que Inuyasha escogiese a gobernadores de confianza para ir a las provincias y comenzar a trabajar con los aldeanos.
Kagome se inclinó a un lado, asomándose desde detrás de la mesa para intentar ver el rostro del hanyou. Tenía las manos debajo de la cabeza, con las orejas echadas tan hacia atrás, que casi desaparecían entre el plateado de su pelo.
—Quieres que Kouga-sama nos ayude a llevar los suministros a las aldeas —dijo observando su rostro.
Pudo ver que tensaba la mandíbula.
—Sí —dijo tras un momento—. Tenemos que llevarles los suministros tan pronto como podamos para que los aldeanos tengan las mayores posibilidades por si…
Se interrumpió una vez más, pero ella lo comprendió perfectamente. Otra nación había estado involucrada de algún modo con Naraku en su plan para asesinar al padre y a la madre de Inuyasha. Había barcos misteriosos en algún lugar de la costa. El Emperador chino sabía qué había hecho Inuyasha y le tenía poco aprecio. Cuanto más rápido pudieran fortalecer a las aldeas y sus conexiones con ellas, mejor.
—Sí que has estado pensando en esto, ¿no? —dijo en voz baja.
Que incluso considerase pedírselo a Kouga mostraba claramente lo en serio que iba.
—Keh —dijo—. Dije que lo solucionaría, ¿no?
Kagome asintió, más para sí que para él. Le había prometido que lo haría y un silencioso orgullo la calentó al pensar que de verdad estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para asegurarse de que se cuidaba a los aldeanos y a la corte.
Estiró una mano por debajo de la mesa, tirando ligeramente del tobillo de su sashinuki. Movió el pie y le dirigió una leve mirada furibunda. Kagome sonrió.
—Estoy muy orgullosa de ti, ¿sabes? —dijo Kagome—. Has evolucionado mucho para ser capaz de pedirle ayuda a Kouga-sama.
Pudo ver un leve sonrojo subiendo hasta sus mejillas mientras le daba la espalda. Inuyasha se movió, cruzándose de brazos.
—Keh. Aun así, le arrancaré los jodidos brazos si te mira mal siquiera.
Kagome atenuó su sonrisa al instante.
—Tal vez no has evolucionado tanto, entonces —masculló para sus adentros y luego le dijo—: ¿Cuándo propones que vayamos a verle?
—Cuanto antes mejor —contestó Inuyasha, impulsándose de nuevo para mirar algunos de los platos—. El bastardo lleva deseando irse desde que llegó aquí, así que es hora de que le dejemos.
Estiró la mano y cogió un cuenco de sopa levemente humeante, llevándoselo a los labios y bebiéndoselo en varios grandes sorbos. Kagome alzó una ceja, mirándolo.
—No estás haciendo esto solo para mantener a Kouga-sama alejado de la corte, ¿no? —dijo.
Él bajó el cuenco, estirándose hacia otro plato con un ligero encogimiento de hombros.
—No hace daño —masculló.
Kagome suspiró, pero escogió no hacer más comentarios. Aunque sus motivaciones no eran tan puras como podría haber esperado, no estaba precisamente equivocado. Cuanto antes se pusiera en marcha Kouga, probablemente mejor les iría a los tres.
Y el Señor de los lobos no era la única cuestión de la que era mejor ocuparse más pronto que tarde. Kagome cogió un cuenco de namasu, revolviéndolo con sus hashi mientras observaba a Inuyasha por debajo de sus pestañas.
Parecía estar de buen humor. Comer siempre lo tranquilizaba y, si estaba dispuesto incluso a hablar con Kouga, entonces ahora muy bien podía ser su mejor oportunidad de atraparlo cuando estaba más receptivo. Dio algunos bocados, masticando lentamente mientras se preparaba mentalmente.
Dejó el cuenco en la mesa mientras tragaba, respirando hondo.
—Inuyasha —dijo, apartando su atención de la comida—. Yo también tengo algo para lo que necesito tu ayuda.
El hanyou, con las mejillas redondeadas por la cantidad de comida que había intentado meter de una vez, se detuvo. Entrecerró la mirada con sospecha ante el cambio en su tono.
—¿'on 'ué? —dijo, las palabras salieron distorsionadas al tener la boca llena. Ella hizo una mueca.
—Bueno —dijo, entrelazando las manos en su regazo—. Sé que hemos hablado un poco de ello previamente, pero he tenido una suerte de revelación en relación con los nombramientos que creo que deberías…
Un sonido estrangulado la detuvo en seco. Parpadeó, observando mientras Inuyasha se esforzaba por tragar su exceso de comida. Su rostro enrojeció ligeramente, frunciendo las cejas mordazmente hacia abajo.
—¡Otra vez con esta mierda no! —exclamó en cuanto pudo, bajando la mano con suficiente fuerza sobre la madera de la mesa como para hacer repiquetear varios platos—. ¡Kagome, si crees por un jodido momento que puedes obligarme a… a…!
—No intento obligarte a hacer nada, Inuyasha —interrumpió, sosteniendo una mano en alto para anticiparse a él—. Por favor, simplemente escúchame. De verdad que necesito tu ayuda con esto…
Esto pareció enfriar un poco de su cólera, un poco de la tensión salió de sus facciones. Aun así, sus ojos seguían mordaces con la promesa de una discusión si lo presionaba.
—Gracias —dijo Kagome cuando hubo estado en silencio un momento—. Sé que esto no es fácil para ti. Y tú sabes que… que no ha sido fácil para mí, tampoco, tener que pensar en… bueno, baste decir que ambos tenemos mucho con lo que tenemos que hacer las paces.
Se detuvo, el dolor en su pecho le robó momentáneamente las palabras. Pudo ver que Inuyasha se erizaba, le brillaban sus ojos dorados. Negó con la cabeza.
—Sin embargo, no creo que ese tema sea nuestra preocupación más apremiante —continuó Kagome—. Creo que podemos seguir adelante con los nombramientos por ahora y, con el tiempo, podemos… reconsiderar la cuestión de un sucesor.
Inuyasha parpadeó, su expresión se tornó cautelosa.
—¿Qué estás diciendo, Kagome?
—Solo que sigamos adelante con los nombramientos para seguir asegurando tu lugar aquí dentro de la corte y tus lazos con los cortesanos —dijo—. Y luego, más allá de eso…
Se interrumpió, retorciendo las manos en su regazo. «Más allá de eso» era sin duda un puente que ninguno de los dos deseaba cruzar, pero con el tiempo llegarían a él tanto si lo deseaban como si no. Lo único que podía esperar era que el tiempo pudiera reconciliarlos con ello de algún modo.
—No escogeré a ninguna —dijo Inuyasha con los ojos fijos firmemente sobre ella.
Kagome apartó la vista, un dolor la atravesó ante esa firme mirada.
—No te estoy pidiendo que lo hagas —dijo en voz baja.
—No ahora mismo —dijo Inuyasha—. Pero eso no lo cambia y no lo haré. Sé que crees que es el único camino que hay, pero si es así, entonces que le den. Tallaré uno nuevo que podamos recorrer.
Kagome levantó la mirada hacia él por debajo de sus pestañas, la certeza en su voz la atrapó. Su mirada permaneció fija en su rostro, con la mandíbula tensa en gesto de terquedad. Había visto esta expresión antes. Cuando había partido la pantalla ante toda la corte. Cuando había formado la barrera. No era una expresión que pudiera tomarse a la ligera.
Se encontró sonriendo levemente incluso mientras un escalofrío de agitación la recorría.
—Confío en que hagas lo que sea mejor, Inuyasha —fue todo lo que pudo decir.
—Kagome…
Kagome negó con la cabeza, obligándose a volver a poner una sonrisa en su rostro.
—Todo eso ahora mismo no importa —dijo, una parte de ella temía lo que podría traer la conversación si permitía que siguiese adelante—. Por el momento, concentrémonos en los nombramientos en sí mismos, ¿sí? Estuve hablando ayer con Chūsei-san y ¡creo que hemos conseguido tener una idea sobre cómo proceder con ellos!
Vio que sus orejas se inclinaban ligeramente, vio la decepción que atenuaba su mirada mientras los llevaba apresuradamente de nuevo a un terreno seguro. Inuyasha se movió, cruzándose de brazos. Ella sintió una pequeña punzada, pero la hizo a un lado. Ninguno de ellos podía permitirse darse el gusto de tener fantasías.
—¿Qué es? —dijo.
—Tiene que ver con la red que ha montado Chūsei-san —dijo Kagome, obligándose a continuar—. Estaba intentando pensar en la mejor forma de proceder para escoger cortesanos que cubriesen los nombramientos cuando Chūsei-san me hizo darme cuenta de que, ¿quién se encuentra en mejor posición para observarlos que los sirvientes?
—¿Sirvientes? —repitió Inuyasha, arqueando una oscura ceja.
Kagome asintió, gustándole una vez más la idea.
—Tú piénsalo —dijo, extendiendo las manos en gesto de expansión—. Los sirvientes observan a los cortesanos durante todas sus vidas. Atienden sus necesidades, los ven en sus mejores y peores momentos. Una persona porta su rostro más auténtico cuando siente que no tiene nada que ganar ni que perder, como con los sirvientes. ¿Y no es eso lo que querrías, alguien que sea justo y amable incluso cuando no haya nada que obtener de ello?
Inuyasha frunció el ceño mientras lo sopesaba. Asintió.
—Lo entiendo —dijo—. Es bastante inteligente, Kagome.
Kagome ensanchó la sonrisa. Había sabido que aprobaría la idea.
—Chūsei-san ya ha aceptado —dijo—. Ahora solo es cuestión de que acuda a los demás para ver si ellos también están dispuestos.
Inuyasha asintió.
—Entonces solo tenemos que crearles una tapadera —dijo pensativamente—. Algo para hacerles pensar a los cortesanos que somos nosotros los que estamos escogiendo para que nada les venga de vuelta. Y luego podemos dar una suerte de banquete para anunciarlo todo. Los cortesanos siempre se tragan esa mierda.
—Entonces ¿estás de acuerdo? —dijo Kagome—. ¿Procederemos con los nombramientos?
La expresión de Inuyasha se cerró un poco.
—Podemos traerlos aquí —dijo—. Pero no voy a hacer promesas más allá de eso.
Kagome sostuvo las manos en alto, extendiéndolas ante ella.
—Eso es lo único que pediré —dijo—. Al menos por ahora.
Inuyasha suspiró, cerrando los ojos.
—Entonces, que entren los jodidos bastardos.
El par terminó lo que quedaba de la comida de la mañana con las mínimas disputas antes de decidir que dar un paseo por la corte de camino a la residencia temporal del Señor de los lobos sería la mejor forma de proceder.
Los dos se prepararon y se vistieron para empezar el día. Kagome estaba silenciosamente agradecida de que, por una vez, los vendajes de su pecho hubieran conseguido escapar ilesos a las garras del hanyou y de que pudiera alisar tolerablemente su traje de miko del día anterior, aunque el dilema de cómo podían continuar de este modo la carcomía.
Estuvo tanto agradecida como alarmada de ver, cuando abandonaron los aposentos de él, que, en algún punto de la noche, Inuyasha había hecho retirarse a su guardia. Difícilmente los necesitaba, dijo, apoyando una mano significativamente sobre la empuñadura de Tessaiga. Además, si les hubiera dejado quedarse toda la noche, inevitablemente la habrían visto emergiendo de una noche pasada en sus aposentos.
Por la discreción, Kagome daba las gracias, pero no pudo evitar reñirle por la temeridad de dejarse abierto a un ataque. También estaba el hecho de que a los guardias solo podía retirarlos un cierto número de veces antes de que incluso ellos, leales como sabía que eran, empezaran a tener sospechas.
Inuyasha había alzado la nariz ante esto, negándose a reconocerlo más allá de insistir en que estarían bien. Finalmente, Kagome se vio obligada a dejarlo estar, perfectamente consciente de que ella carecía igual que él de formas de manejar su situación actual para que no terminase con ellos dos viéndose obligados a separarse.
En cambio, estiró la mano silenciosamente, agarrándole la suya. Él le lanzó una mirada de sorpresa, sonrojándose levemente mientras curvaba su mano alrededor de la de ella. Se quedaron así hasta que llegaron a la puerta exterior del Dairi y Kagome se vio obligada a meter de nuevo la mano entre los pliegues de sus mangas. Inuyasha no dijo nada, pero su mano se quedó donde estaba, como si por él la hubiera seguido sosteniendo.
Con algunos juramentos mascullados por el hanyou por lo bajo, los dos se encaminaron por las calles de la corte. Habían convenido en dar algunos rodeos por las calles más concurridas, ya que había pasado un tiempo desde que los dos habían podido aparecer en público juntos y sentían que era importante seguir presentando un frente unido.
A Kagome se le ocurrió, mientras se ponían en marcha, que la última vez que habían hecho esto, Kikyou había caminado entre ellos. Experimentó una punzada mientras el fantasma de la mujer afloraba en su imaginación, aunque era difícil saber si el dolor que sentía era más por Kikyou o por Inuyasha.
Por el rabillo del ojo vio que una sombra pasaba sobre la expresión de Inuyasha y la idea de que sus pensamientos iban por el mismo camino que los de ella le proporcionó un frío consuelo. Una repentina distancia pareció crecer entre ellos. Contuvo la sensación para sus adentros, como un bálsamo que escocía sobre una herida, intentando recordarse a la fuerza que este era el auténtico orden de las cosas entre ellos, a pesar de cualquier fugaz aventura con la que pudieran estar consintiéndose por el momento.
Los cortesanos se aproximaron y ella compuso una sonrisa a la fuerza, aunque era hueca como la sensación de la boca de su estómago.
Los cortesanos que se aproximaron en el paseo fueron respetuosos en su comportamiento y corteses en su forma de dirigirse a ellos. Los abanicos se agitaron en gestos de interés y respeto hacia ambos. Se hicieron preguntas sobre la salud de Kagome, lo que pensaba Inuyasha sobre quiénes serían más adecuados para los nombramientos, cuándo podían esperar que se diera el siguiente banquete de la corte. Todo apacible, todo con una aparente reverencia que era tanto ligeramente desconcertante como alentadora de ver.
En cierto momento, Kagome pensó haber visto fugazmente a Kagura asomándose al borde de un grupo más grande de cortesanos, pero si había estado allí, se había ido antes de que la miko pudiera girar la cabeza. Más allá de eso, no hubo señales de la Taira por ninguna parte.
Tras hacer varios circuitos por las calles más concurridas, los dos decidieron finalmente (principalmente por cansancio mutuo) que eso sería suficiente por el momento. Atajaron por una callejuela lateral y se encaminaron hacia la residencia temporal del Señor de los lobos.
Kagome deseó distraídamente tener un abanico mientras cruzaban el umbral del edificio. El empalagoso calor del verano estaba rodeando rápidamente a la corte y los rayos del sol eran implacables, ya que estaban directamente por encima de su cabeza.
El encuentro que se cernía ante ella tampoco hacía mucho por enfriar el sudor que podía sentir que empezaba a reunirse por su labio superior y en su nuca. Su mano se movió con el deseo de estirarse hacia Inuyasha en busca de apoyo, pero volvió a meterla apresuradamente en su manga.
A primera vista, la residencia parecía vacía, el salón principal estaba desocupado y no se oía ningún sonido que indicase que había alguien por allí. Pero cuando Kagome se movió para mirar en la pequeña sala contigua, Inuyasha negó con la cabeza.
—Jardín —dijo con sencillez, un ligero movimiento de su nariz indicó que había captado el olor del youkai.
Kagome asintió, gesticulando para que él le hiciera de guía. Su cabeza se dirigió hacia la shoji que estaba al otro lado de ellos en el salón, abriéndola con un brusco repiqueteo.
Al otro lado se reveló un pequeño jardín central, encerrado por todos los lados por las pasarelas cubiertas de la residencia.
Kouga estaba sentado en la pasarela más alejada de ellos, con los pies descalzos colgando sobre el estanque que dominaba la mayor parte del pequeño jardín. Levantó la mirada cuando se abrió la shoji, ensanchando sus ojos azules.
Parecía… pequeño, de algún modo. Su pelo colgaba en lacios mechones negros como la tinta alrededor de su rostro (la única vez que Kagome podía recordar haberlo visto sin su tradicional coleta alta) y tenía ojeras oscuras que eran visibles desde donde ella se encontraba. Su piel parecía cetrina, tenía los hombros hundidos.
A Kagome se le atascó el corazón en la garganta cuando sus ojos encontraron los suyos, cualquier saludo que pudiera haber pensado hacer murió en sus labios.
Inuyasha pasó la mirada de ella a Kouga, un frunce subió a su rostro como nubes de tormenta intentando moverse para tapar el sol. Se cruzó de brazos, moviéndose de forma que la figura más pequeña de Kagome estuviera parcialmente bloqueada por la suya.
—Oye, lobo, tenemos asuntos —dijo secamente. Kagome le dirigió una mirada de advertencia.
Los ojos de Kouga, no obstante, no dejaron el rostro de ella. Se levantó, hundiéndose hasta los tobillos en el estanque.
—¿Estás bien? —preguntó.
Kagome parpadeó, sin saber a qué se refería, cuando de repente se le ocurrió lo que debía de haberle parecido a él el final de su último encuentro. Inuyasha se la había llevado abruptamente y bastante a la fuerza, dejando a Kouga sin ninguna explicación durante días. Se llevó una mano a la boca, el bochorno calentó su rostro.
—Estoy bien, Kouga-sama. Me disculpo…
—Como si fuera a dejar que le pasara algo a Kagome —soltó Inuyasha con ojos encendidos—. ¡Kagome es…!
—Tu mujer —terminó Kouga, sus palabras interrumpieron las del hanyou, a pesar del tono bajo en que fueron dichas—. Ahora de verdad, a juzgar por el olor.
Tanto Kagome como Inuyasha se quedaron paralizados, abriendo los ojos como platos. Por un momento, Kagome no pudo procesar nada más allá de la impresión de que él lo supiera.
Kouga movió los ojos de su rostro al de Inuyasha, entrecerrándolos. Se movió, cruzándose de brazos sobre la armadura de cuero que cubría su pecho.
—¿Se suponía que era una especie de secreto, chucho? —dijo, dirigiéndole una severa mirada al hanyou—. Bueno, piénsalo de nuevo, idiota. Incluso tú deberías saber que nada se le escapa a la nariz de un lobo. ¡Y si estás intentando mantener a Kagome como una especie de amante…!
—¡Cállate, bastardo pulgoso! —gritó Inuyasha—. ¡No sabes una mierda sobre eso y Kagome no es asunto tuyo!
Dio un paso amenazadoramente hacia delante, aplanando las orejas contra su cabeza mientras movía una mano para agarrar la empuñadura de Tessaiga. Kouga descubrió los dientes en respuesta, bajando los brazos a los lados mientras apretaba los puños.
Kagome avanzó apresuradamente, estirando una mano para bloquearle el camino a Inuyasha mientras encontraba sus ojos con una mirada de advertencia.
—Alto —dijo—. Los dos. Me niego a que discutan sobre mí como si ni siquiera estuviera aquí.
Movió la mirada hacia Kouga.
—Kouga-sama, no se… equivoca —dijo, haciendo una mueca internamente ante el breve resplandor de dolor que pudo ver en su rostro ante las palabras—. Inuyasha y yo… las cosas han cambiado entre nosotros en algunos sentidos. Pero, en otros, siguen iguales. Es una cuestión complicada que apreciaría enormemente que no se divulgara más allá de nosotros tres.
Kouga se la quedó mirando un largo momento, la tensión en sus facciones se convirtió en un frunce de su ceño. Tras un momento, cerró los ojos y apartó el rostro de ella.
—Keh —resopló suavemente—. ¿A quién se lo iba a contar?
Kagome avanzó un pasito, medio estirando una mano hacia él, aunque sabía que estaba fuera de su alcance. Había esperado poder, a través de este encuentro, hacer al fin las paces de algún modo entre Kouga y ella, pero parecía que estaba condenada a no hacerle más que daño.
—Lo siento, Kouga —dijo en voz baja—. Por más cosas de las que puedo decir. No pretendía que lo descubrieses de esta forma.
El Señor de los lobos la miró de soslayo, apretando la línea de su boca. Y entonces, de repente, toda la lucha pareció salir de él, hundiendo los hombros y aflojando la tensión de su mandíbula. Suspiró.
—No pasa nada, Kagome —dijo, negando con la cabeza—. No es como si no hubiera sabido que te gustaba el chucho desde hace tiempo, aunque solo los kami saben por qué. Simplemente no voy a soportar que el bastardo te trate como si fueras una especie de sucio secreto.
—¡Eh! —soltó Inuyasha, avanzando hasta que ella pudo sentir las mangas de su haori rozando contra la parte de atrás de su ropa—. ¡Estoy aquí, mismo, imbécil!
Kagome estiró la mano, apoyándola sobre su brazo. Podía sentir su mirada sobre su rostro, pero mantuvo la suya sobre Kouga.
—Prometo que ese no es el caso —dijo—. E incluso si así fuera, le aseguro que soy más que capaz de apañármelas por mí misma.
Kouga ladeó la cabeza, pasando la mirada sobre ella y deslizándola hacia Inuyasha como para evaluar la verdad de ello. La mano de Inuyasha encontró la de ella, rodeándola posesivamente. Kouga fijó la mirada en los apéndices entrelazados y Kagome vio algo similar a la aceptación oscureciendo su mirada.
El Señor de los lobos volvió a suspirar, más dramáticamente esta vez, dejándose caer para volver a sentarse en el borde de la pasarela.
—Lo sé —dijo Kouga—. Confío en ti, Kagome. Aunque sigo pensando que tu gusto en amantes es una mierda.
Kagome sonrió irónicamente, su estómago empezó a desanudarse lentamente ante la expresión de su rostro. Oyó un leve gruñido estruendoso comenzando en la garganta de Inuyasha y le apretó la mano cuando empezó a tensarla alrededor de la de ella.
—Gracias —dijo.
—Somos amigos, ¿no? —dijo Kouga, encogiéndose de hombros.
Kagome ensanchó la sonrisa al darse cuenta de que sí, tal vez finalmente lo eran de verdad.
Avanzó hasta el borde de la pasarela por su lado, arrastrando al tenso hanyou consigo. Se sentó en el borde, tirando de la mano de Inuyasha hasta que se unió a ella a regañadientes. Él miró al youkai enfrente de ellos amenazadoramente, pero afortunadamente consiguió contenerse y no hacer más comentarios.
—Bueno, dijiste que teníais asuntos —dijo Kouga, arqueó sus oscuras cejas mientras movía las manos para apoyarlas sobre el borde de la pasarela bajo él—. Si no va del chucho intentando aseverar su reclamo sobre ti, ¿qué es?
Inuyasha se erizó y Kagome pudo ver el más ligero tic desarrollándose sobre su ceja izquierda. Pero, tras un momento, pareció contener el impulso como si tragase algo particularmente desagradable, curvando la boca hacia abajo con asco. Ella le apretó la mano, silenciosamente impresionada de ver este grado de contención por su parte.
—Es sobre las aldeas —consiguió decir el hanyou—. Estuviste con ellos ahí fuera, ¿verdad?
Kouga asintió, alzando sus propias cejas ligeramente cuando Inuyasha no mordió el anzuelo.
—Entonces conoces los términos que aceptaron y lo que les prometimos —dijo—. Ahora es el momento en el que tenemos que empezar a cumplir esas promesas y tenemos que hacerlo pronto. Ahí es donde entras tú.
Kouga ladeó ligeramente la cabeza, serenando su expresión.
—¿Entrar cómo? —dijo, la cautela se arrastró a su tono.
—Es usted el youkai más rápido que cualquiera de nosotros conoce, Kouga-sama —aportó Kagome, inclinándose hacia delante—. Sé que es mucho pedirle, por no hablar de cuánto le he pedido ya, pero sería nuestra mejor papeleta para llevar los suministros prometidos a las aldeas rápidamente.
—¿A qué viene esa prisa de repente? —dijo el youkai, desplazando la mirada de su rostro al de Inuyasha.
Inuyasha miró a Kagome, una pregunta en sus ojos. Ella vaciló solo durante un momento antes de asentir.
—La historia es más larga y complicada de lo que puedo contar —dijo—. Pero baste decir que tenemos un enemigo que ha estado trabajando muy duro para asegurarse de que la corte permanezca en estado de caos hasta que pueda tomar el poder para sí mismo. También creemos que está conspirando con otra nación para planear un ataque desde el exterior. Necesitamos que las aldeas tengan las herramientas necesarias y los recursos para defenderse si… si ocurre lo peor. Así que, por favor, Kouga-sama…
Se interrumpió, sosteniéndole la mirada durante un largo momento antes de inclinarse hacia delante para doblarse por la cintura. Sintió que Inuyasha se movía a su lado, inclinándose más contra su costado.
—Tienes que pensar en tu clan —llegó la voz del hanyou y ella se incorporó para mirarlo—. Pero nosotros también tenemos que pensar en los nuestros. Las aldeas. La corte. Todos tenemos personas que queremos proteger. Y si nos ayudas a proteger a los nuestros, entonces podemos ayudarte a proteger a los tuyos. Así que…
Y entonces se inclinó hacia delante, apoyando las manos en sus muslos e inclinando la cabeza.
La mano de Kagome salió disparada, agarrando por reflejo la madera de la pasarela para evitar caerse por el borde de la sorpresa. Kouga se quedó boquiabierto.
El silencio se extendió e Inuyasha se incorporó apresuradamente, con el rostro enrojeciendo mientras les dirigía una mirada de furia a los dos. Se giró para mirar a Kouga y el youkai se encogió ligeramente.
—¿Y bien? —bramó el hanyou—. ¿Qué dices, imbécil?
Kagome contuvo la urgencia de esconder el rostro en las manos, cerrando los ojos. Había estado tan cerca por un instante.
—Ah —dijo Kouga y Kagome pudo ver el esfuerzo en su rostro mientras intentaba recuperarse del latigazo emocional—. Supongo que, si lo pones así… claro, lo haré.
Kagome parpadeó.
—¿Lo hará? —dijo, incapaz de contener la sorpresa de su voz.
Kouga se encogió de hombros.
—El chucho es un imbécil, pero no se equivoca —dijo—. Si de verdad se avecina un ataque y lo ignoro ahora, acabará por volver a morder a mi manada en el culo, en cualquier caso. Si puedo ayudar a apuntalar las aldeas, entonces estarán ahí para ayudar a luchar para que mi manada no tenga que soportar el embate. Además, soy lo bastante rápido como para que no pueda llevarme mucho tiempo y luego volveré con ellos.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Kagome y se estiró para agarrar la mano de Inuyasha, dándole un apretón para celebrarlo en medio de su entusiasmo.
—Gracias, Kouga-sama —dijo—. Por todo, de verdad, pero especialmente por esto. Significa mucho para nosotros.
Le dio un ligero codazo a Inuyasha, lanzando una mirada significativa de él a Kouga cuando volvió su mirada hacia ella. Puso los ojos en blanco mientras la miraba, pero aun así se giró para encarar al Señor de los lobos.
—Gracias, Kouga —dijo con solo una mínima cantidad de su habitual hosquedad—. De verdad que es importante.
Kouga ladeó la cabeza, levantando sus oscuras cejas. Se movió hacia delante y se irguió para ponerse en pie. Apoyó las manos en las caderas, moviendo la cola tras él mientras una repentina sonrisa curvaba hacia arriba una comisura de sus labios.
—Claro —dijo suavemente—. Y lo único que pido a cambio es que me des a Kagome.
Un silencio anonadado llenó el jardín, tan denso que su fuerza casi pareció detenerlo todo.
En un borrón rojo y plateado, Inuyasha se puso en pie de golpe y cruzó el ancho del pequeño jardín. Kouga apenas consiguió saltar para esquivar cuando Inuyasha bajó el puño, astillando la madera de la pasarela y enviando una ola de agua desde el estanque.
El Señor de los lobos sonrió con satisfacción, con los colmillos asomando apenas sobre su labio inferior mientras aterrizaba y se ponía en cuclillas. Varios mechones oscuros se deslizaron desordenadamente sobre sus hombros mientras le hacía un gesto al hanyou para que fuera hacia él.
—¿Qué? —se mofó—. ¿No dijiste que era importante? Un gobernante de verdad tiene que ser capaz de hacer sacrificios, así que dámela y yo cuidaré de ella.
—¡Vete a la mierda! —bramó Inuyasha, girándose para encararlo—. ¡Kagome es una persona, no una jodida propiedad! ¡Y si te piensas por un jodido momento que dejaría que un bastardo como tú se acercase siquiera a ella…!
Su mano se curvó alrededor de la empuñadura de Tessaiga y Kagome sintió un restallido de youki en su sentido espiritual mientras liberaba la hoja de su vaina. Ensanchó los ojos y se puso torpemente en pie, estirando una mano, aunque sabía que no llegaría a ellos lo suficientemente rápido.
Kouga se tiró de cabeza hacia delante, agarrando la mano de Inuyasha y obligándola a detenerse poco antes de desenvainar por completo la espada. Su otra mano subió formando un arco, impactando sólidamente con su puño con el lateral de la cabeza de Inuyasha.
El hanyou cayó salpicando en el estanque poco profundo. Kouga bajó el pie contra su pecho, clavándolo allí mientras el Señor de los lobos se cernía sobre él.
—Eso me imaginaba —dijo Kouga en voz baja.
Escupiendo, Inuyasha sacudió la cabeza para sacarse el agua de los ojos. Levantó una mano con garras, estallando los nudillos mientras se preparaba para atacar.
Kouga sonrió.
Se movió, apartando el pie y estirándose hacia abajo para ofrecerle la mano a Inuyasha. Inuyasha se quedó paralizado, mirándolo boquiabierto como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Eh?
—Eso me imaginaba —repitió Kouga—. Solo tenía que asegurarme. Si voy a dejar a Kagome contigo, al menos tengo que saber que vas en serio. Además, solo un líder de mierda negociaría con cualquiera de su manada, así que es bueno saber que no eres tan malo.
La mirada de Inuyasha viajó del rostro del otro hombre a la mano que le ofrecía, entrecerrando los ojos. Apartó la mano de un manotazo, revolviéndose para incorporarse. Su hakama y su haori se inflaron alrededor de él en el agua, tenía el flequillo aplastado contra su rostro y chorreando agua sobre sus ardientes ojos dorados.
—¿Esa era una jodida prueba? —dijo rechinando los dientes—. ¡Estaba a punto de partirte en dos, jodido idiota!
Kouga se encogió de hombros, apartando un poco de su pelo de su rostro despreocupadamente.
—Primero tendrías que cogerme, chucho.
—¡Coge esto!
Inuyasha dio una patada hacia atrás, plantando el pie directamente contra el estómago de Kouga. El Señor de los lobos abrió los ojos como platos mientras se doblaba, tambaleándose hacia atrás antes de sentarse con fuerza en el agua.
Kagome recorrió corriendo el resto del camino hasta el borde del estanque, preparada para intentar intervenir. Pero Kouga simplemente se sostuvo el estómago, mirando a Inuyasha por debajo del oscuro borde de su flequillo.
—Puede que… me lo mereciera —resolló.
—Por supuesto que sí —dijeron Kagome e Inuyasha al unísono.
Inuyasha se levantó, de su pelo y su ropa salía agua a raudales. Bajó la mirada hacia sí mismo, haciendo una mueca, antes de deslizar la mirada hacia Kouga. Exhaló un suspiro antes de inclinarse para ofrecerle la mano.
—Aunque lo entiendo —dijo—. Pero si vuelves a cuestionarme sobre Kagome, te arrancaré la jodida cola y te la meteré por la garganta, ¿entendido?
Kouga sonrió, estirándose para agarrar la mano. Inuyasha lo alzó y los dos se quedaron metidos hasta los tobillos en el agua, con gesto de respeto reticente en sus rostros mientras se evaluaban. Dos desastres empapados, reflexionó Kagome mientras apoyaba una mano contra su cabeza.
—No querría que fuera de otra forma, chucho —contestó Kouga—. Mientras pueda irme sabiendo que está a salvo.
—Keh —resopló Inuyasha sin auténtico veneno—. Mientras te vayas de una vez por todas. Pero… la protegeré. Tienes mi palabra.
Kouga asintió, deslizando la mirada hacia Kagome. Su sonrisa se desvaneció.
—Entonces, creo que es hora de irme —dijo, más para ella que para sí.
—¿Ahora? —dijo Kagome, arqueando las cejas—. ¿No quiere secarse? Al menos podría…
Pero él ya estaba negando con la cabeza antes de que pudiera terminar la idea.
—Ahora, Kagome —dijo—. Es hora de decir finalmente adiós.
Chapoteó por el estanque y salió, moviéndose para ponerse ante ella. Una pequeña punzada la atravesó al ver la repentina solemnidad en su rostro, cerrando las manos a sus costados.
—De verdad que tiene que secarse —murmuró sin saber qué más decir.
Kouga resopló suavemente.
—Estaré bien —dijo—. Preocúpate por ti misma. Tú eres la que se va a quedar aquí con él.
Señaló con un pulgar sobre su hombro en dirección a Inuyasha. Kagome frunció el ceño.
—¡Eh! —llegó la voz de Inuyasha, aunque no hizo ademán de acercarse—. ¡Que puedo oírte!
Kagome suspiró, negando con la cabeza. Metió la mano en la parte delantera de su traje, sacando varios trozos de pergamino enrollados que portaban el sello del Tennō. Se los tendió a Kouga.
—Inuyasha ha estado trabajando en estos —dijo—. Contienen los mapas de dónde encontrar las aldeas que necesitan los suministros y lo que hay que llevarles, aunque en algún momento también tendrá que buscar al grupo de los Tachibana, ya que todavía siguen trabajando en la misión. Haru sigue con ellos, así que, si busca su olor, debería ser capaz de encontrarlos. Los documentos también contienen instrucciones sobre dónde se pueden encontrar las provisiones en la corte y una carta del Tennō permitiéndole libremente el paso al portador como siervo de Su Majestad.
—Ja —resopló Kouga—. No soy siervo de nadie, mucho menos de él.
Aun así, se estiró, su mano rozó la de ella mientras cogía las misivas. Una comisura de sus labios se irguió con remordimiento.
—Voy a echarte de menos —dijo.
—Nos volveremos a ver —dijo ella—. Esto es difícilmente una despedida.
Sus ojos inspeccionaron su rostro, ensombreciéndose su expresión. Negó con la cabeza, cerrando los ojos.
—Lo sé —dijo en voz baja—. Pero es un adiós a esta parte. A la parte en la que de verdad te amaba.
Kagome sintió que se le atascaba el aire en la garganta, sintiendo una repentina tensión allí. Se obligó a tragársela, estirándose para agarrar su mano vacía.
—Gracias —dijo—. Por sentirse como se sentía por mí. Gracias por siempre intentar hacer lo correcto por mí. Es hora de decirle adiós a esa parte, pero tal vez eso signifique que al fin podamos darle la bienvenida a la parte en la que somos amigos de verdad. Si me acepta, claro.
Kouga rodeó su mano con la suya, tirando de ella hacia delante para darle un abrazo. Ella hizo una mueca al sentir el pelaje mojado contra su rostro, pero se permitió que la abrazara. Sus brazos la rodearon, apoyando la barbilla sobre su cabeza.
—Claro que te acepto, tonta —murmuró contra su pelo.
Ella sonrió, apoyando la frente contra el húmedo cuero de la armadura de su pecho.
—Entonces, cuídese hasta la próxima vez que le vea —dijo.
Él resopló, apretando los brazos a su alrededor.
—Mira quién habla —dijo—. Todavía recuerdo a la mujer que pensaba que podía derrotar a toda una montaña llena de youkai pájaro ella sola.
—¡Oiga! —dijo con indignación—. Estuve muy cerca, ¿o no?
Un gruñido bajo sonó detrás de ellos antes de que Kouga pudiera responder. Kagome se tensó, recordando de repente al hanyou que no estaba muy lejos de ellos. Se movió, asomándose con cautela alrededor del brazo de Kouga.
Inuyasha todavía estaba en el estanque, como si hubiera echado raíces allí, con las orejas echadas hacia atrás mientras le lanzaba a Kouga una mirada de furia que a otro le hubiera hecho salir corriendo. Pero, sorprendentemente, no hizo ningún movimiento hacia ellos.
Kagome parpadeó, dándose cuenta de que estaba intentando darle la oportunidad de despedirse de él. Le ofreció una pequeña sonrisa de agradecimiento antes de echar la cabeza hacia atrás para mirar a Kouga a los ojos.
—Se acabó el tiempo, ¿eh? —dijo. Ella asintió—. Sabes que siempre tendrás un lugar con mi manada, ¿verdad? —dijo, sus ojos escrutaron los de ella—. Como amiga, si alguna vez lo necesitas.
Kagome sonrió, asintiendo una vez más.
—Lo aprecio —dijo en voz baja—. Pero, para mejor o para peor, mi hogar está donde esté él.
Kouga inspeccionó sus ojos, encontrando la verdad de aquello. Llevó una mano a su rostro, un pulgar con garras trazó la línea de su sonrisa.
—Muy bien —murmuró, inclinándose para depositar un casto beso sobre su frente—. Adiós, Kagome.
—Adiós, Kouga.
Kouga se movió, la sensación de él contra ella se desvaneció abruptamente. Parpadeó cuando Inuyasha aterrizó donde había estado él, su paciencia evidentemente había sido estirada hasta el límite. El hanyou pasó un brazo posesivamente sobre ella, apretándola contra su costado. Kagome frunció el ceño, sintiendo el agua de las mangas de su haori empapando todavía más su ropa.
—¡Sigues siendo demasiado lento, chucho! —lo llamó Kouga, bajando sobre la pasarela que tenían enfrente.
—¡Date prisa de una vez y vete ya, lobo estúpido! —gritó Inuyasha, mostrando los colmillos.
—Sí, sí —dijo Kouga poniendo los ojos en blanco—. Tú cuida de Kagome, ¿vale? ¡Y si alguna vez me entero de que estás pensando siquiera en hacerle daño, volveré para darte una paliza tan rápido que terminaré con la peste a perro de tus ancestros!
Sonrió lobunamente, dirigiéndole un ademán a Kagome. Ella apenas consiguió levantar la mano para corresponderle al gesto cuando se levantó un vendaval, obligándola a protegerse los ojos. Cuando el viento remitió, Kouga ya no estaba.
Kagome se apartó el pelo que había caído sobre sus ojos, mirando donde había estado. Estiró la mano, agarrando el haori empapado de Inuyasha mientras una mezcla agridulce de pena y finalidad la barría. Inuyasha paró de maldecir por lo bajo, mirándola.
—¿Kagome?
—Lo siento —murmuró, levantando su mano libre para frotarse los ojos—. Es que… me alegro de que pudiéramos ser amigos al final. De verdad que es buena persona.
Inuyasha pasó la mirada de ella al lugar donde acababa de estar Kouga, algo de su irritación abandonó su expresión. Su brazo se apretó a su alrededor, atrayéndola.
—… Sí.
El sol estaba empezando a ponerse cuando salieron de la residencia temporal de Kouga, lo cual Kagome agradeció, ya que hacía más fácil volver a entrar a escondidas en el Dairi. Inuyasha no se encontraba en un estado adecuado para que lo vieran ya que, incluso tras haberse sacudido concienzudamente, todavía parecía un desastre empapado, y Kagome quería evitar encontrarse con más cortesanos por si podían detectar el cambio en su aroma, como Kouga había podido con tanta facilidad.
Inuyasha intentó asegurarle que solo youkai como Kouga y él, que tanto tenían narices potentes como conocían bien su aroma, serían capaces de oler cualquier diferencia, pero esto no evitó que ella le riñera durante la mayor parte del viaje de regreso al Dairi sobre su espalda por no haberle advertido.
Insistió en que la dejara en la residencia de la Chūgū para que pudiera bañarse y pasarse a saludar, de modo que los sirvientes de allí no se preocupasen. Inuyasha aceptó a regañadientes después de que ella dejase claro que no iba a ceder sobre el tema, partiendo directamente hacia sus propios aposentos.
Los sirvientes la recibieron con cariño, preguntando si podían prepararle su ropa para dormir o una comida, si no había comido todavía. Ella los sorprendió pidiendo que le preparasen un baño, en cambio.
Era tarde, después de todo, y normalmente odiaba el lío que suponía bañarse en la corte. Aun así, se fueron a trabajar de inmediato para preparárselo y no pasó mucho tiempo antes de que estuviera hundida en las aguas perfumadas.
Las mujeres charlaban ociosamente mientras la ayudaban a lavarse y Kagome tuvo cuidado de mencionar que había pasado la noche anterior en la residencia Tachibana para que no empezasen a crecer los rumores sobre su ausencia. Tenía varios conocidos entre los Tachibana, además de Sango, y no parecía muy inverosímil que le pidieran que pasase la noche allí.
Pero la mención del clan sí que le producía dolor de cabeza y de repente pareció como si hubieran pasado siglos desde la última vez que había visto a su amiga en lugar de una cuestión de unas pocas semanas.
Las sirvientas parecieron ver el cambio en su humor y redoblaron sus esfuerzos, halagando su piel y pelo, y aludiendo suavemente a los éxitos que Chūsei ya había tenido al asegurarse a sirvientes dispuestos a participar en la selección de los nombramientos. Kagome les dio las gracias, pero no pudo apartarse completamente de la fastidiosa preocupación de lo que podría estarles pasando a sus amigos fuera de la corte en ese mismo momento.
Finalmente, cuando determinaron que estaba lo suficientemente limpia, le permitieron salir del baño y la escoltaron hasta sus aposentos para que terminase de prepararse para irse a dormir. Una de las mujeres comenzó el proceso de peinarle y secarle el pelo mientras otra traía comida para la comida de la tarde.
Kagome les dio abundantemente las gracias, dándose cuenta al ver la comida de cuán hambrienta estaba. Invitó a las mujeres a que comieran con ella y, tras un poco de persuasión, consiguió que aceptasen. Las tres conversaron hasta que la oscuridad se hubo asentado por completo. Le recordó mucho a los tiempos que había pasado con Sango haciendo exactamente lo mismo, la sensación era a la vez tranquilizadora y en cierto modo desoladora.
Cuando estuvo lo suficientemente oscuro para que tuvieran que encender los faroles para que pudieran continuar, las mujeres se excusaron, aseverando que Kagome necesitaba descansar. Ella les emuló el sentir, dándoles las gracias una vez más por consentirla antes de acomodarse en su futón.
Estuvo allí tumbada lo que pareció un largo rato, cansada pero incapaz de quedarse dormida. El viento susurró al otro lado de su ventana y se puso en una posición más cómoda, esperando que el sonido la arrullara.
—¡Psssst, Kagome…!
Abrió los ojos de golpe. Entonces no era el viento.
Se incorporó, su mirada se dirigió a la única ventana alta de sus aposentos. La luz de la luna bordeaba una silueta familiar allí, iluminando suficiente de su pelo plateado y sus orejas inhumanas como para hacer que estuviera segura.
—¿Inuyasha? ¿Qué estás…?
—¡Ven aquí! —dijo entre dientes, sacando una mano por la abertura redondeada y estirándola hacia ella.
—Te das cuenta de que esto se está volviendo ridículo, ¿verdad? —suspiró incluso mientras se levantaba para ir con él.
—¡Tú date prisa! —dijo, haciéndole señas impacientemente—. ¡Tengo algo que tienes que ver!
—¿Va todo bien? —dijo, un titileo de preocupación la recorrió.
—No pasa nada —dijo, agarrándole la mano cuando la estiró hacia arriba para alcanzar la suya—. Agárrate. Voy a subirte.
Tiró de ella hacia arriba hasta que pudo agarrarla por los hombros, ayudándola a atravesarla. La cogió de la cintura al otro lado, sus pies seguían colgando sobre el suelo del jardín mientras usaba la otra mano para mantenerlos suspendidos a ambos. En cuanto hubo pasado, se dejó caer, sus piernas recibieron el peso de los dos con facilidad al aterrizar.
Movió el peso de ella, metiendo su brazo libre por debajo de sus rodillas para llevarla con más facilidad. Instintivamente, Kagome le rodeó el cuello con ambos brazos para mantener el equilibrio y notó que él se había cambiado su haori habitual por solo su suikan. Probablemente estaba colgado en algún lado a secar después del remojo que había recibido por la tarde.
Inuyasha movió la nariz y ella oyó un leve olfateo. Arrugó la nariz, frunciendo el ceño.
—Hueles a… limpio —dijo como si la palabra le ofendiera de algún modo.
—Para eso es un baño —replicó astutamente, agarrándose con más fuerza mientras él se agachaba antes de saltar para llevarlos arriba y sobre el muro exterior de la residencia de la Chūgū.
Gruñó algo que ella decidió que estaba mejor sin oír. Uno de sus mechones delanteros le hizo cosquillas en la nariz cuando su impulso lo hizo volar sobre su rostro y estiró la mano para agarrarlo, tirando suavemente.
—¿A dónde vamos? —preguntó. Una leve sonrisa aleteó en la comisura de su boca.
—Espera y verás —dijo con un entusiasmo apenas escondido.
Unos cuantos saltos más los llevaron al tejado de un edificio justo fuera de la pasarela que conducía el resto del camino a los aposentos de Inuyasha. Corrió sobre el tejado, rodeando la pasarela y sus aposentos.
Detrás de sus aposentos había un jardín grande que Kagome no había visto nunca. Caminos de piedra sinuosos, puentes que se arqueaban ingeniosamente sobre estanques y una rica vegetación parecían extenderse durante una pequeña eternidad ante ella. Kagome inhaló, cegada ante la vista que daba, cubierta de oscuridad y acariciada por la suave luz de las estrellas.
—Es hermoso, Inuyasha —exhaló, abriendo más los ojos.
El hanyou ensanchó la sonrisa, sus colmillos brillaron a la luz de las estrellas al asomarse sobre su labio inferior.
—Tú espera —dijo con ojos brillantes mientras buscaban su destino.
Tras varios momentos, un gran árbol, comparable casi en tamaño con el Goshinboku, apareció a la vista. Ocupaba el rincón más lejano del vasto jardín, sus extensas ramas cubrían la zona con una profunda oscuridad. Inuyasha saltó, descendiendo ágilmente sobre una de las ramas más gruesas.
La dejó bajarse con cuidado, agachándose a su lado, y señaló hacia abajo en la oscuridad, cerca de la base del árbol.
—¿Lo ves?
Kagome entrecerró los ojos, inclinándose hacia delante para mirar hacia el punto que había indicado. Él apoyó una mano en su hombro, estabilizándola. A sus ojos les llevó unos momentos adaptarse, pero pronto emergió una vaga forma.
—Eso es… ¿un edificio? —dijo.
Lo sintió más que lo vio asentir, su pelo rozó ligeramente sobre el hombro de ella.
—Aposentos de sirvientes —dijo con tanto orgullo en su voz como si él mismo hubiera construido el edificio—. O al menos lo era. Lo abandonaron hace tiempo cuando construyeron uno más grande y luego todos se olvidaron de él cuando este árbol se hizo tan grande que lo escondió.
—¿Como supiste que estaba aquí? —preguntó Kagome, girando la cabeza lo suficiente para verle.
Algo del entusiasmo se drenó de su expresión. Levantó los hombros con un pequeño encogimiento.
—Después de que mi madre se fuera, de vez en cuando un familiar imbécil tenía la brillante idea de intentar mudar al hijo bastardo del Tennō al Dairi —dijo en voz baja, apartando la mirada de la de ella—. Normalmente, para intentar captar la atención de mi viejo, o algo así. Nunca funcionaba y yo normalmente terminaba escondido aquí hasta que podía volver a salir.
—Oh —dijo Kagome en voz baja.
Se estiró, apoyando una mano suavemente a un costado de su rostro. El brillo de la luna se reflejó en sus ojos cuando volvieron a ella, el oro allí era casi líquido bajo aquella luz. Encontró su mirada con firmeza, esperando que pudiera ver allí la sensación que no estaba muy segura de cómo expresar con palabras.
Él elevó la comisura de sus labios y estuvo segura de que de algún modo lo había conseguido.
—No pasa nada —dijo.
—Sí que pasa —replicó—. Pero gracias por compartirlo conmigo. ¿Qué te hizo pensar en este sitio tan de repente?
Su antigua sonrisa resurgió, con un ápice de orgullo por la forma en la que levantó la barbilla.
—Querías una solución —dijo—. Bueno, te encontré una.
Gesticuló hacia el edificio apenas visible, mirándola como si esperase una repentina efusión de elogios. Kagome pasó la mirada de allí a él, la confusión frunció su ceño.
—¿Solución? —repitió, la palabra era levemente de disculpa.
Él se desinfló al instante, incluso sus orejas se encorvaron. Un frunce afloró para tapar la decepción y se recostó sobre la rama con un resoplido.
—Te das cuenta de que esto se está volviendo ridículo, ¿verdad? —dijo con un falsete de burla, apoyando una mano contra su rostro melodramáticamente—. ¡Si seguimos así, nos descubrirán, Inuyasha! ¡Eso! ¡Esta es la solución a todo eso!
Ella parpadeó, sintiendo que se le abría ligeramente la boca.
—¿Se supone que esa era yo? —dijo—. ¡No hablo así!
—¡Te estás desviando del tema! —soltó Inuyasha—. ¡Es este! ¡Este puede ser nuestro sitio!
Ella frunció el ceño, escogiendo dejar pasar por el momento la poco favorecedora imitación. Podría encontrar otro momento para conseguir vengarse por ese desprecio.
—Pero aun así tendríamos que escabullirnos de nuestras residencias todas las noches —señaló—. Y volver a entrar a escondidas todas las mañanas. Nos van a ver los guardias o los sirvientes yendo y viniendo en momentos tan raros como esos.
Inuyasha negó con la cabeza.
—No con este sitio —dijo—. Hay una puerta en la parte de atrás de mi habitación que conduce a estos jardines. Los guardias nunca sabrían siquiera que me he ido. ¿Y ves ese muro alrededor del jardín? Hay una abertura diminuta ahí que lleva al jardín de una residencia al otro lado. Creo que los sirvientes solían usarla también, pero te resultaría fácil salir al jardín y atravesarla.
—Pero tendría que irme a escondidas de mi residencia y entrar en el jardín de esa persona —dijo Kagome—. En tal caso, sería peor.
Inuyasha negó con la cabeza.
—Ese sitio está vacío —dijo—. Solía ser para emisarios extranjeros, pero ahora… bueno, ya sabes. Haré que te muden ahí. Problema resuelto.
—¿No crees que a la gente le resultará extraño? —presionó Kagome—. ¿Que me hagas mudarme así de nuevo?
Inuyasha se encogió de hombros.
—¿Por qué? —dijo—. Ya saben que eres mi consejera más cercana. ¿Es extraño que te ponga más cerca para facilitar las cosas?
Kagome ensanchó los ojos ligeramente. Un aleteo de placer la recorrió ante la sencilla confesión por su parte. Se inclinó hacia él, con una tímida sonrisa jugueteando en sus labios.
—¿Consejera más cercana?
Inuyasha se sonrojó levemente, fulminándola con la mirada.
—Sí, sí —resopló—. Que no se te suba a la cabeza, niña.
Kagome ensanchó la sonrisa, pero decidió dejarlo estar sin hacer más comentarios. Volvió a bajar la mirada hacia la sombría silueta del edificio debajo de ellos, apenas más grande que las cabañas de su aldea, mientras consideraba lo que había expuesto.
Tenía que reconocer que parecía haber pensado mucho sobre el tema. La nueva disposición les permitiría moverse más libremente sin llamar la atención de los guardias ni de los sirvientes y evitaría que él tuviera que hacer que los guardias se fueran del todo para ocultar los movimientos de ella.
Kagome no pudo evitar pensar que aun así se arquearían cejas y se ondearían abanicos porque se mudase más cerca del Tennō, pero la mayoría ahora sí parecía reconocer su posición relativa a la de él, así que tal vez no serían tantos como podría haber sido en otro tiempo.
No era la situación ideal, ni de lejos. Pero les daría un sitio, una forma de mantener este frágil punto de apoyo que habían encontrado el uno en el otro. Y se dio cuenta de repente de que por eso estaba más que dispuesta a soportar todo lo demás.
Kagome asintió para sí.
—De acuerdo —dijo, girando la mirada para encontrar la de él—. Este sitio es nuestro, entonces.
El júbilo desguarnecido que iluminó entonces las facciones de Inuyasha valió la pena todo. Una sonrisa en respuesta se extendió inexorablemente por su rostro, aflorando una pequeña carcajada.
Él se inclinó hacia delante, atrapando el sonido con sus labios contra los de ella. Ella sonrió entre el beso, rodeando su cuello con sus brazos mientras se sumergía en él.
Tenían un sitio.
Pasaron su primera noche en el sitio aquella noche a insistencia de Inuyasha. Agradeció descubrir que había tenido tiempo de al menos meter a escondidas un futón en el sitio, aunque, admitió con un poco de vergüenza, no mucho tiempo para hacer nada más para prepararlo.
En consecuencia, una película de polvo todavía cubría la mayor parte de las tres pequeñas habitaciones que componían la totalidad del sitio, las telas de araña relucían aquí y allá por la habitación como fantasmas.
Arropada contra la calidez del cuerpo de Inuyasha, Kagome no conseguía que le importara.
La sensación de ser recogida y levantada la medio despertó en algún momento. Al mirar adormilada al rostro que estaba encima de ella, se dio cuenta de que era Inuyasha y de que parecía estar llevándola a algún lugar.
La plácida luz grisácea anterior al amanecer llenaba el cielo fuera mientras él salía del edificio desvencijado y se le ocurrió que debía de estar llevándola de regreso a la residencia de la Chūgū.
Bajó la mirada hacia ella cuando empezó a moverse en sus brazos, un leve frunce crispaba su ceño. Murmuró algo sobre que volviera a dormir, moviéndola para que descansara más cómodamente en sus brazos.
Ella asintió, ya sintiendo que empezaba a deslizarse de nuevo en el cálido abrazo del sueño mientras su cuidadoso paso la acunaba. Cerró los ojos y en unos momentos se hubo ido.
Lo siguiente de lo que fue consciente Kagome fue de un extraño y repentino escalofrío, la sensación era similar a haberse visto envuelta en agua congelada. Jadeó, despertando totalmente de repente en el abrazo del hanyou.
Miró a los lados rápidamente, asimilando sus alrededores y absorbiendo el hecho de que Inuyasha y ella ya no se estaban moviendo. Tras un momento, se dio cuenta de que estaban en el jardín, justo fuera de sus aposentos, pero no había señales de lo que fuera que la había molestado.
Se había girado para preguntarle a Inuyasha si lo había sentido cuando se levantó un vendaval a su alrededor lo suficientemente fuerte como para que casi se viera levantada de entre sus brazos. La sensación era como de hielo despellejando su piel, un frío tan penetrante que chilló.
El silbido del viento en sus oídos fue tan fuerte que ahogó todo lo demás. Pero, tras un momento, el sonido pareció convertirse en otra cosa. En palabras llevadas como susurros en la brisa.
Tenemos que hablar. Venga a buscarme. Ya sabe dónde.
Y entonces el viento se marchó, cesando sencillamente como si nunca hubiera estado.
Inuyasha la apretó contra sí, mirando de un lado a otro del jardín en busca de un enemigo. Al no encontrar ninguno, su mirada se deslizó hacia ella.
—Por los siete infiernos, ¿qué ha sido eso? —dijo.
Kagome parpadeó, frunciendo el ceño. Se llevó una mano al oído, la piel de allí todavía estaba fría.
—Creo que me están llamando —dijo—. Kagura-sama quiere hablar conmigo.
Inuyasha abrió los ojos como platos, las cejas subieron casi a la línea de nacimiento del pelo. Retiró los labios hacia atrás en los comienzos de un gruñido.
—¿La Taira? ¿Esa mierda de ahora fue ella?
Kagome asintió, moviéndose de forma que él se vio obligado a dejarla en el suelo. Miró el cielo, el gris se estaba iluminando rápidamente a medida que se aproximaba el alba.
—Debería darme prisa e irme mientras todavía está oscuro —dijo—. Me imagino que me ha llamado ahora para evitar que nos vean lo máximo posible.
Inuyasha se estiró, agarrándole el brazo.
—No puedes hablar jodidamente en serio —soltó—. ¡Tú misma me dijiste que esa mujer trabaja para Naraku! ¿Y qué pasa, te envía un pequeño vendaval y te vas corriendo a verla?
Kagome frunció el ceño, intentando soltar el brazo de su agarre con poco éxito.
—Ella misma me dijo que trabaja para Naraku, ¿recuerdas? —soltó—. Y no se arriesgaría a llamarme si no fuera algo importante. Me he encontrado con ella antes y no ha pasado nada. Simplemente déjame…
—¿Dejarte qué? —gruñó el hanyou—. ¿Dejarte correr de cabeza a una trampa? ¡Naraku podría estar controlándola, obligándola a atraerte!
Kagome se detuvo, la verdad de las palabras le molestó. Podría ser una trampa perfectamente. Tal vez Naraku se había enterado de su encuentro anterior de algún modo y ahora estaba obligando a Kagura.
Frunció el ceño, mordiéndose el labio inferior. También cabía la posibilidad de que Kagura de verdad estuviera en apuros y que necesitase su ayuda. Si ese era el caso, no podía dejarla así como así ante cualquier crueldad que Naraku pudiera infligirle.
Miró a Inuyasha. Tenía la mandíbula tercamente tensa, cada línea de su rostro le decía que no tenía ninguna intención de ceder en esto. Kagome sabía que nunca conseguiría dejarlo atrás. Aunque tal vez no tendría que hacerlo.
—Entonces ven conmigo —dijo—. Si es una trampa, solo me estará esperando a mí, ¿no? Le resultará mucho más difícil hacer nada si estás allí. Y si no es una trampa… bueno, dudo que le vaya a encantar que estés allí, pero eso lo podemos solucionar.
Él entrecerró los ojos mientras lo sopesaba, su ceño fruncido se relajó un poco. Asintió.
—Bien —dijo—. Pero si hay siquiera una pista de que algo esté a punto de salir mal, te voy a sacar de allí, ¿entendido?
Kagome asintió, ansiosa por ponerse en marcha antes de que perdieran totalmente el manto de la oscuridad. Se movió a su alrededor, presionando uno de sus hombros hasta que se agachó lo suficiente para que ella se situara sobre su espalda.
—Vamos —dijo, agarrándose a sus hombros.
Él se puso obedientemente de cuclillas, con el cuerpo tenso bajo ella mientras se preparaba para saltar. A mitad del lanzamiento, tropezó, tambaleándose hacia delante con torpes pasos.
—Eh… ¿a dónde vamos exactamente? —dijo.
—Oh…
Frunció el ceño, dándose cuenta de que Kagura en realidad no había dicho dónde la iba a encontrar. Pero la youkai parecía pensar que ella sabría dónde era. Si las concernía a las dos, eso en realidad solo dejaba un sitio.
—Creo que lo sé. Vamos a casa de Naraku.
—Este sitio apesta —dijo Inuyasha en voz baja, haciendo una mueca cuando le llegó la peste. El olor era difícil de ubicar, pero era algo similar al odio y la putrefacción. Como un campo de batalla. Como el fallecimiento de un hombre que no estaba listo para morir.
Kagome se bajó de su espalda, moviéndose hacia la pequeña abertura en el muro bajo. Con lo embrollado que estaba su recuerdo de cómo había llegado allí la primera vez, no había sido una proeza pequeña encontrarlo de nuevo. Afortunadamente, entre lo que podía recordar y la habilidad de Inuyasha de cubrir terreno rápidamente, no les había llevado mucho tiempo.
—Solía ser la casa de Naraku —dijo Kagome a modo de respuesta—. Cuando vivía aquí en la corte. Al menos eso es lo que dijo Kagura-sama la última vez que estuvimos aquí.
Él profundizó su frunce, retrayendo las orejas contra su cabeza.
—Entonces, por los siete infiernos, ¿por qué querría que nos encontráramos aquí? —dijo.
—Tal vez porque él odia este sitio —les llegó una voz desde justo al otro lado del muro—. Tal vez porque no puede soportar la idea de su debilidad pasada y, por tanto, así la abandona. O tal vez simplemente disfrute reviviendo mis tormentos pasados una y otra vez. ¿Quién sabe?
Emergiendo de detrás de la pared, Kagura se cruzó de brazos mientras los evaluaba a través de sus ojos entrecerrados. Sacó su abanico cerrado de entre las profundidades de una de sus mangas largas carmesíes, levantándolo hasta toquetearse casi amenazadoramente debajo de sus labios fruncidos.
—Ha traído a su perro mascota para lanzármelo encima —dijo arrastrando las palabras, abriendo el abanico—. Qué linda. Muy bien. Si ha venido en busca de pelea…
El youki resplandeció en la visión espiritual de Kagome, rodeando el abanico que Kagura tenía en la mano. Detrás de ella, sintió que Inuyasha se tensaba. Estiró un brazo para contenerlo.
—No hemos venido buscando pelea —dijo—. Lo juro. Inuyasha… digo, el Tennō-sama simplemente recelaba de que fuera una trampa y quería asegurarse de que yo fuera a estar a salvo. ¿Puede culpar a Su Majestad después de todo lo que me ha contado usted?
Kagura pareció sopesar esto, deslizando la mirada lentamente entre ellos. Arqueó una oscura ceja, entrecerrando los ojos.
—¿Lo sabe, entonces? —dijo.
Kagome asintió.
—Le he contado a Su Majestad todo lo que usted me contó sobre Naraku —dijo con cuidado—. Su Majestad se merecía saberlo. Él también era una víctima en esto.
Esperaba que Kagura fuera lo suficiente aguda para entender la parte que estaba omitiendo. No le había contado a Inuyasha nada de la relación de Kagura con su hermano mayor, la circunstancia que había conducido a su encuentro en primer lugar.
Algo de la mordacidad salió de la expresión de la youkai y Kagome se sintió aliviada al ver que sí que había captado lo que quería decir. Tras un momento, cerró su abanico de golpe.
—Muy bien —dijo—. Supongo que juega a mi favor, ya que este asunto les concierne a ambos hasta cierto punto. Solo sepan que, si eligen intentarlo, no seré tan fácil de matar como pudieran esperar.
Se dio la vuelta, desapareciendo detrás de una pared en un suave susurro de capas sedosas.
Inuyasha y Kagome se miraron. Él asintió, rodeando cautelosamente con una mano la empuñadura de Tessaiga mientras se movía para seguir a Kagura. Kagome fue tras él, los dos se metieron en la pequeña parcela de hierba y malas hierbas descuidadas que culminaba en la casucha desvencijada cerca de la que esperaba Kagura.
Se acomodó en la madera podrida del porche con tanta elegancia como si fuera un trono, las capas de su juni-hito flotaron y se colocaron como si estuvieran guiadas por un viento sobrenatural.
—Permítanme que comience —dijo con mirada evaluadora mientras la pasaba sobre cada uno de ellos por separado—. Considérenlo una especie de intercambio. Yo ofrezco un poco de información con la esperanza de que ustedes correspondan por su parte.
Se detuvo, entrecerrando los ojos mientras ladeaba la cabeza ligeramente a un lado. Levantó su abanico cerrado, usándolo para gesticular entre ellos.
—De esto —dijo—, Naraku está al tanto. Creo que todavía no es consciente de que los dos estén relacionados íntimamente, pero sabe lo suficiente de su relación como para querer utilizarla en su contra. Pónganse en guardia.
Una sonrisa de satisfacción curvó las comisuras de los labios de Kagura cuando tanto Inuyasha como Kagome palidecieron. Kagome sintió como si se le hubiese salido el estómago de su sitio, un estremecimiento de lejos mucho peor que el anterior vendaval de Kagura corrió por su piel. Inuyasha había abierto los ojos como platos, agarraba a Tessaiga con los nudillos blancos.
—Cómo… ¿cómo es que…?
—¿Lo sé? —terminó Kagura por ella—. Bueno, la parte sobre que los dos estén intimando implicaba más una suposición hasta ahora mismo. En cuanto a lo de que estén enamorados…
—¡No lo estamos! —soltó Kagome apresuradamente, casi por reflejo—. Es decir, no es… las cosas no son así entre nosotros.
Por el rabillo del ojo, vio que la mirada de Inuyasha se desplazaba hacia ella. Contuvo la necesidad de encontrarla, con las manos apretadas a sus costados mientras se disponía a estarse quieta. A no sentirla o a traicionarse. Aun así, pudo notar su mirada en su rostro durante largos momentos, pudo ver lo suficiente para observar cómo se le hundían los hombros. Se mordió el labio.
—Ah, ¿sí? —dijo Kagura arrastrando las palabras, su mirada roja estaba fija intensamente en el rostro del hanyou—. Bueno, como deseen llamarlo, Naraku ha estado al tanto de la cercanía entre ustedes desde que aquí su perro guardián lo abandonó todo para correr en su ayuda cuando Akago la tenía a usted. Me ha pedido que los mantenga vigilados, aunque no ha mencionado todavía qué pretende hacer. Solo puedo aconsejarles que se pongan en guardia.
—¿Y qué hay de usted? —dijo Kagome, obligándose a levantar la mirada para encontrar la de la otra mujer—. ¿Qué hay de lo que sabe? ¿Cómo sabemos que no intentará usarlo en nuestra contra?
Encogiéndose ligeramente de hombros, Kagura abrió las manos ante ella.
—Salvo encerrarme, no tienen forma de saber que no lo haré —dijo—. Lo único que puedo darles es mi palabra de que no tengo planes de usarlo o de compartirlo con Naraku. Iría completamente en contra de mis propios intereses hacerlo, después de todo, e incluso ustedes pueden entender que el egoísmo es una gran motivación.
—¿Y cómo va exactamente en contra de tus intereses? —interrumpió Inuyasha—. Antes de hoy, lo único que te he visto hacer es remover mierda. ¿Cómo es esto diferente en absoluto?
Kagome lo miró, la genuina ira en su voz la cogió desprevenida. Con los colmillos descubiertos, los ojos taladraron a la mujer. Kagura le devolvió la mirada, arqueando las cejas.
—Menudo lenguaje —dijo, presionando una mano contra su pecho con fingida indignación—. Y con lo bien que lo había estado haciendo últimamente. Bueno, como estoy segura de que su amante ya le ha informado, mucho de lo que he hecho ha sido a petición de Naraku. Si quería seguir viviendo, tenía que hacer lo que él decía.
—Entonces ¿qué ha cambiado? —la desafió—. Porque desde donde estoy, parecen muchas de las mismas sandeces.
Kagura serenó su expresión. Su mirada cayó hasta su abanico, donde lo retorció ociosamente entre unos dedos pálidos y delgados.
—Ustedes —dijo tras un momento—. Ambos son lo que ha cambiado. Una vez fui libre, más libre que nadie. Durante mucho tiempo, pensé que nunca podría volver a ser libre y así, me resigné obedecer las órdenes de un hombre al que despreciaba por encima de todos los demás. Pero en ustedes dos al fin veo una salida, una oportunidad de ser libre una vez más. Tienen el potencial, han reunido la fuerza suficiente para tener una oportunidad de oponerse a él. Y están locos si piensan que no agarraré cualquier oportunidad con ambas manos. O seré libre o moriré en el intento. Ya no hay nada más para mí.
—Entonces nos estás usando —dijo Inuyasha, aunque un poco de la mordacidad había salido de su expresión.
—Sí —dijo sin flaquear—. Pero compartimos un enemigo, uno que cualquiera de nosotros a solas tiene pocas probabilidades de derrotar. ¿Usted quiere proteger sus tierras? ¿A su preciada miko? Bueno, yo también tengo cosas que quiero proteger. Y tenga en cuenta que, si no fuera por mí, ninguno de los dos tendría ninguna idea de qué es lo que da vueltas a su alrededor como una corneja negra.
Inuyasha frunció aún más el ceño. Kagome estiró la mano, apoyándola suavemente sobre su antebrazo. Él la miró, incapaz de levantar los ojos hasta su rostro.
—Kagura-sama tiene razón —dijo en voz baja—. No tenía ninguna obligación de contarme nada. Y si podemos unirnos todos para vencer a Naraku, ¿no vale la pena al menos escucharla?
Él apretó la mandíbula, la desconfianza estaba escrita claramente en las profundas líneas alrededor de su boca. Finalmente, soltó una exhalación, negando con la cabeza.
—Bien —dijo entre dientes—. Oigámoslo. ¿Qué es lo que quieres de nosotros?
—Es lo suficientemente simple por el momento —contestó Kagura—. Se acerca el momento de los nombramientos, ¿correcto? Cuando llegue, necesito que nos seleccionen a Kanna, a Byakuya y a mí de entre los Taira. Bueno, a decir verdad, podría pasar sin Byakuya, pero dejarlo fuera levantaría las sospechas de Naraku. Necesito que crea que Byakuya me está vigilando.
Kagome frunció el ceño, sopesándolo.
—¿Qué ventaja le supone que Kanna-sama y usted sean seleccionadas? —dijo con cautela—. En tal caso, ¿Naraku no se beneficiaría de que estén tan cerca de nosotros?
—Exactamente —dijo Kagura, abriendo el abanico de golpe—. Naraku se verá obteniendo la ventaja. Pensará que han permitido que entren espías entre ustedes que le informarán a él. Pero yo estaré libre de los ojos entrometidos de mi clan… o de la mayoría, al menos. Lo suficiente para que pueda transmitirle información errónea sin que él se dé cuenta. Además, estaré lo bastante cerca para advertirles a ustedes de lo que él pueda revelarme sin levantar sospechas sobre mí.
—¿Y qué hay de los otros dos? —preguntó Inuyasha.
—Para Kanna, tengo planes —dijo Kagura—. Aunque es difícil de saber con ella si los acatará. Por lo menos no irá activamente en mi contra. Byakuya… bueno, él será un inconveniente, pero como he dicho, es necesario para que Naraku crea que sigo siendo obediente. Debería ser capaz de evitarlo. Entonces ¿qué dicen?
Kagome e Inuyasha se miraron, cada uno intentando medir los pensamientos del otro. Kagura suspiró.
—No tienen que decidir ahora mismo —dijo—. Háblenlo entre ustedes si quieren. Solo tengan esto en cuenta: si estoy mintiendo, ¿qué auténtico daño se habrán hecho? Me colocan más cerca y saben que tienen que vigilarme. Pero si estoy diciendo la verdad, van a sacar mucho más de la alianza.
Kagome miró de Kagura a Inuyasha, dudando. Era difícil encontrar una falla en el argumento de Kagura, pero cerniéndose detrás de él estaba el constante espectro que era el control de Naraku sobre la mujer.
Kagome podía creer que la mujer decía en serio todo esto, o todo lo en serio que podía decirlo alguien que solo había conocido la coacción y la manipulación durante tan largo tiempo, pero ¿y si Naraku la descubría? En un instante, podría convertirse de nuevo en una herramienta para hacerle daño a ella, o peor, a Inuyasha.
Pero ¿podían permitirse rechazar una oportunidad de obtener una ventaja sobre Naraku?
¿Y podría vivir consigo misma si miraba a la cara a alguien que estaba luchando tan claramente por su vida y la rechazaba? ¿Podría vivir sabiendo que podría haber hecho algo y que el miedo había paralizado su mano?
—Creo que deberíamos hacerlo —dijo Kagome en voz baja.
Inuyasha movió las orejas, ensanchando los ojos mientras encontraba su mirada. Sus ojos inspeccionaron los suyos como intentando seguir la línea de sus pensamientos.
—Ella también es una víctima en todo esto —dijo—. ¿De verdad podemos abandonarla a lo que sea que pueda hacer Naraku si tenemos una oportunidad de evitarlo?
La línea de su boca se apretó por un instante, flexionando las manos a sus costados. Pero se destensó rápidamente, sus ojos se ensombrecieron con algo similar a la resignación.
—Bien —dijo—. Pero nunca le vamos a dar la espalda, ¿entendido?
Kagome asintió, ofreciéndole una pequeña sonrisa de gratitud.
—Entonces, está decidido —dijo Kagura, atrayendo su atención hacia ella de nuevo—. Hasta que Naraku pueda ser destruido, somos aliados. Más allá de eso…
Kagura se interrumpió, pero las palabras que no había dicho pendieron pesadamente entre los tres. Más allá de eso, solo había incertidumbre, porque no había forma de saber si había un más allá para ninguno o para todos ellos.
Aun así, para bien o para mal, eran aliados.
Poco después de que se llegase a un acuerdo, los tres decidieron que era mejor separarse. El sol estaba ascendiendo rápidamente en el cielo y ninguno deseaba arriesgarse a ser descubierto. Por tanto, la reunión se disolvió con promesas de que se comunicarían si cambiaba algo antes de que llegase el momento de anunciar los nombramientos.
Inuyasha y Kagome apenas se dijeron una palabra mientras él los llevaba de regreso al Dairi, cada uno luchaba por solucionar el enredo de sus pensamientos. Para Kagome, parecía como si apenas hubiese parpadeado antes de que la estuvieran dejando en el jardín justo fuera de sus aposentos.
Él explicó que tenía una reunión del Consejo y otras diversas cuestiones con las que tenía que lidiar, así que probablemente no la vería durante el resto del día. Tras alzarla y hacer que atravesara la ventana para volver a sus aposentos, le ordenó que intentara descansar un poco antes de irse.
Aunque a Kagome no le habría gustado nada más en ese momento que obedecer, descubrió que era incapaz de hacerlo. El zumbido de sus pensamientos era sencillamente demasiado ruidoso.
Tras algunos intentos abortados de ponerse en orden, decidió que lo mejor sería ir hasta el Chūwain. Le vendría bien un poco de tranquilidad y meditación.
Se vistió y partió, haciéndoles saber a los sirvientes mientras avanzaba que no iba a necesitar el desayuno. Le riñeron un poco por volver a saltarse comidas, pero afortunadamente le permitieron marcharse sin mucho más alboroto que ese. Saludó a su guardia donde esperaba fuera de su residencia y los tres partieron.
El cielo fuera se había vuelto oscuro y tranquilo con la promesa de lluvia. Kagome lo agradeció, no solo porque el aire frío la ayudaba a calmarse, sino que también porque la amenaza de lluvia mantenía a muchos de los cortesanos en interiores. Pudo llegar a los peldaños del Chūwain sin encontrarse con otra alma.
Pero, a medio camino de las escaleras, oyó que uno de sus guardias murmuraba un juramento, tropezando con un escalón. Se estiró, asegurándose de que el guardia no estuviera herido antes de girarse para buscar la fuente del tropiezo.
Una niña pequeña, no más mayor de tal vez ocho años, si Kagome fuera a aventurarse a adivinar, estaba sentada frotándose el hombro en el escalón debajo de ellos. Lo que era visible de su rostro a través de la maraña apelmazada de su pelo oscuro estaba intensamente sucio, la mugre se aferraba a ella como una segunda piel. Su ropa era del material áspero de una sirvienta, el color era difícil de distinguir por debajo de las capas de polvo que la cubría.
Levantó la mirada hacia arriba, unos amplios ojos marrones miraron a Kagome. Al verlos a los tres, se puso en pie de golpe, lo suficientemente rápido para que la cortina de su pelo se levantase y revelase un cardenal moteado en el borde de una de sus mejillas.
Se inclinó en una serie de reverencias de disculpa ante ellos antes de adelantarlos corriendo por las escaleras. Kagome la llamó, preocupada por su rudo aspecto, pero la pequeña o la ignoró o no la oyó. En el periodo de varios momentos, hubo desaparecido por lo alto de las escaleras.
En lo alto, Kagome volvió a buscarla, pero no estaba por ninguna parte. Después de que sus guardias y ella hubieran completado el ritual de purificación, detuvo a un discípulo del templo que pasaba por allí para preguntar si la había visto por casualidad.
El hombre dijo que no la había visto ese día, pero que había habido varios avistamientos que casaban con la descripción de Kagome y que se extendían a lo largo de las últimas semanas entre los discípulos. Nadie estaba muy seguro de qué estaba haciendo allí la pequeña, ya que era raro verla más que durante un instante antes de que se escabullera. Tampoco se encontraba entre los sirvientes que se dedicaban al servicio del Chūwain, lo que hacía su frecuente presencia allí aún más extraña.
Kagome le dio las gracias por la información, dándole vueltas para sus adentros. Intentó buscar un poco más en los terrenos con la esperanza de poder cruzarse de nuevo con la pequeña, pero sus esfuerzos fueron en vano. Finalmente, decidió pedirle a Midoriko si podía estar atenta en su lugar.
Tras ocupar su lugar habitual en la pagoda de Amaterasu, se acomodó para meditar un tiempo. La atmósfera del lugar ayudó a calmarla como siempre hacía, permitiéndole volver a concentrarse después de la rareza de la mañana.
Incluso después de que Kagura le hubiera hablado de Naraku, nunca se hubiera esperado que la mujer iría tan lejos como para buscar destruirle activamente. Para alguien en la posición de Kagura, era un juego extremadamente peligroso al que jugar, uno que podía acabar perfectamente con la pérdida de su vida.
Aun así, estaba dispuesta a jugarlo. Estaba dispuesta a arriesgarlo todo para recuperar su libertad. Kagome no pudo evitar pensar que en parte tenía que ver con el inu-youkai que estaba retenido a solo unos edificios de ella.
Fueran cuales fueran sus razones, Kagome sintió, con una clase de certeza que llegaba hasta los huesos, que su mayor oportunidad de encontrar y derrotar a Naraku yacía en que se uniesen. Todavía le incomodaba saber que Kagura conocía más de la relación entre Inuyasha y ella de lo que desearía, pero había visto lo suficiente para saber que Kagura tenía una clase de honor completamente propio. Kagome sabía que, mientras mantuviera en secreto los sentimientos de Kagura, su propio sentido del honor obligaría a Kagura a hacer lo mismo.
Naraku, por otro lado… se estremeció al pensar que podría sospechar algo de la relación entre Inuyasha y ella. Ya había demostrado ser adepto a manipular los sentimientos de quienes lo rodeaban (los de Kagura, los del padre de Inuyasha, incluso los de ella cuando había atacado a su aldea), pero que pudieran usarla contra Inuyasha… pensarlo la dejaba fría.
Inuyasha y ella tendrían que estar en guardia ahora más que nunca para evitar que los descubrieran. Afortunadamente, Kagura al menos ya no iba a seguir dándole esa información.
Con la maraña de sus pensamientos ordenada, Kagome le dio las gracias a Amaterasu y terminó con sus meditaciones por ese día. Al encontrar que todavía le quedaba mucha luz solar, decidió unirse a Midoriko en la corte. El discípulo de antes le había informado de que estaba de visita en la residencia Michinaga, donde algunas personas habían caído enfermas, y Kagome pensó que podría echarle una mano allí.
Tras reunir a su guardia, partió.
Kagome se pasó el resto del día asistiendo a Midoriko con varias sanaciones y bendiciones a lo largo de la corte. El trabajo era satisfactorio por varias razones, no siendo la menos importante la de poder curar a gente igual que una vez lo había hecho en su aldea.
También le permitía aliviar un poco de la carga sobre Midoriko, aunque la miko más mayor insistía en que debería preocuparse más de su propia salud que de la de ella. Kagome lo descartó sin pensarlo dos veces, el sencillo trabajo apenas la cansaba en lo más mínimo.
También le permitía interactuar con los cortesanos de una forma distinta a la que estaba acostumbrada, una que era mucho menos formal. Le permitía ver sus vidas fuera de reuniones de la corte y eventos sociales, verlos como personas que amaban y se preocupaban por aquellos que los rodeaban tanto como lo hacía la gente de su aldea. Era una visión bienvenida.
Más tarde ese día, la lluvia que había estado amenazando finalmente comenzó a caer. Kagome y Midoriko se vieron obligadas a separarse, con Kagome prometiendo salir a asistirla de nuevo pronto y con Midoriko prometiendo que estaría atenta a la pequeña que Kagome se había encontrado cerca del Chūwain.
Tras regresar a la residencia de la Chūgū, Kagome encontró el lugar en medio de una ráfaga de actividad. Uno de los sirvientes le informó de que habían recibido órdenes de mudarla a una residencia más cerca de la del Tennō.
Kagome se sorprendió ligeramente de lo rápido que Inuyasha había puesto en marcha la mudanza, una parte de ella había creído que le llevaría al menos unos días. Aun así, no pudo evitar el aleteo de placer que la atravesó.
Siguió a algunos de los sirvientes que trasladaban cosas de la residencia de la Chūgū a la nueva, cogiendo un parasol para ayudar a taparlos de la lluvia mientras navegaban por los caminos del Dairi. Intentó convencerles de posponerlo hasta que la lluvia hubiera parado, pero no le hicieron caso y, en cambio, intentaron persuadirla para que se retirase a la residencia. Pero Kagome estaba a la par en terquedad y los siguió de un lado para otro hasta que finalmente decidieron parar por esa noche.
Kagome se sintió aliviada cuando lo hicieron, tenía la ropa empapada a pesar del parasol. Un par de sirvientas le sacaron la ropa rápidamente, insistiendo en prepararle té y un baño caliente para que entrara en calor. Kagome se sometió a sus atenciones, solicitando que le trajeran también comida, ya que su estómago le recordó en términos nada inciertos que todavía no había comido nada.
Después de la comida y el baño, se fue a sus nuevos aposentos, ansiosa por explorar un poco. La habitación era ligeramente más pequeña que la anterior, pero en tal caso el espacio más compacto se adecuaba a ella. Demasiado espacio a menudo le hacía sentir incómoda, como si estuviera durmiendo al aire libre.
La nueva habitación también tenía la ventaja de múltiples shoji, permitiéndole más libertad de movimiento. Una de las shoji en particular daba a una pequeña pasarela que llevaba a un jardín bien ordenado, algo que a Kagome le complació particularmente descubrir.
También se dio cuenta de que debía de ser el jardín que Inuyasha había mencionado la noche anterior. Kagome se asomó a él, cerrando la shoji cuidadosamente detrás de ella para evitar hacer algún ruido.
La lluvia había cesado para ese punto, dejando los caminos bajo sus pies húmedos y llenos de barro. Levantó su yukata de dormir lo más alto que pudo para evitar ensuciarla, andando con torpeza lo mejor que pudo en la oscuridad.
Finalmente, llegó hasta el muro bajo que rodeaba el jardín, estirándose para deslizar una mano por la fría piedra en busca de una abertura. No le llevó mucho descubrirla, un arbusto descuidado tapaba la pequeña abertura.
Kagome la atravesó retorciéndose, exultante al encontrar al otro lado de él el sitio de la noche anterior. Su sitio.
Mientras sus ojos se adaptaban, pudo distinguir una figura oscura sentada con las piernas cruzadas en el porche. Avanzó corriendo para reunirse con él, una sonrisa iluminó sus facciones.
—¡Inuyasha! —dijo, con cuidado de mantener la voz baja por si acaso—. ¡Funcionó!
El hanyou se movió donde estaba sentado, medio levantándose para recibirla antes de detenerse. Se cruzó de brazos, con expresión cerrada.
—Te llevó un rato —dijo—, pensaba que igual no venías.
Kagome se detuvo, frunciendo el ceño.
—¿Por qué no iba a hacerlo?
Inuyasha apartó la mirada de la de ella. Pareció vacilar, sus orejas giraron para clavarse sobre su cabeza.
—Lo que le dijiste a esa Taira… —murmuró, casi en voz demasiado baja para que lo oyera.
Se interrumpió, mirando de un lado a otro como si buscara el resto de las palabras. Kagome lo observó, un presentimiento creció en su estómago. Finalmente, él gruñó, negando con la cabeza.
—Olvídalo —soltó, girando sobre sus talones—. Vámonos ya a la cama.
Apartó el tapiz de la entrada de la pequeña cabaña, que estaba comido por los insectos, dejándolo ondeando tras él. Kagome parpadeó, frunciendo más el ceño mientras se movía para seguirlo.
—¿Estás seguro de que estás bien? —preguntó mientras hacía a un lado el tapiz, deteniéndose para sacarse sus enlodadas zapatillas cerca de la entrada—. ¿Ocurrió algo con el Consejo?
Inuyasha la miró desde donde se había tirado encima del futón, estirado sobre su costado con una mano sosteniendo su cabeza. Medio notó que había terminado de limpiar el sitio, todas las trazas de polvo estaban limpias y había algunas cosas nuevas esparcidas por allí. Tenía una cierta sensación acogedora.
—Simplemente pensé… —dijo, atrayendo toda su atención de nuevo hacia él—. Pensé que… nosotros…
Se interrumpió, sus ojos inspeccionaron su rostro. Tras un momento, apartó la mirada.
—… Sí —dijo con voz queda—. Fue el Consejo. Panda de bastardos.
Kagome fue a arrodillarse a su lado en el futón. Quería estirarse hacia él, pero algo mantenía sus manos plantadas firmemente en su regazo.
—¿Quieres contármelo? —preguntó en voz baja.
—Sí —dijo—. Quiero. Pero no voy a hacerlo. Todavía no.
Se estiró, tirando de ella hacia abajo para que descansase a su lado antes de que Kagome pudiese descifrar la críptica declaración. Le metió la cabeza bajo su barbilla, su cuerpo se curvó protectoramente alrededor del de ella.
Una parte de Kagome quiso insistirle sobre el tema, exigirle alguna suerte de explicación. Otra parte de ella se acobardó al pensar en recorrer ese camino, uno que podía conducir a algo o a nada en absoluto.
Y así, yació en silencio en la jaula de su propia indecisión hasta que finalmente el pulso constante de su corazón bajo su oído la arrastró.
Kagome se despertó a la mañana siguiente para encontrarse de regreso en sus nuevos aposentos, arropada cómodamente en su futón. El calor del sol ascendente se deslizaba suavemente por su rostro mientras yacía allí durante largos momentos, intentando averiguar cómo había llegado allí.
Solo pudo concluir que Inuyasha debía de haberla movido en algún punto temprano por la mañana, con tanto cuidado que ni siquiera se había movido. Sin duda, este nuevo arreglo era de lejos superior a todas sus vueltas anteriores. Sonrió para sus adentros, la idea de que de verdad pudieran ser capaces de mantener este delicado equilibrio la llenó de calidez.
—¿O-Miko-sama? —la llamó una voz detrás de la shoji que conducía a los pasillos interiores de la residencia.
Kagome parpadeó, obligándose a incorporarse. Por lo que podía ver por la luz que atravesaba la shoji, había dormido hasta un poco más tarde de lo que estaba acostumbrada. Probablemente esta fuera su llamada para comenzar su día.
—Por favor, adelante —llamó, pasando una mano superficialmente sobre su pelo despeinado por el sueño para acomodarlo.
La figura detrás de la shoji se inclinó antes de abrirla. Entró en la habitación antes de inclinarse de nuevo en una reverencia.
—Mis disculpas por despertarla, O-Miko-sama —dijo—, pero ha venido un mensajero para usted del Chūwain. Insistió en que usted querría que la avisaran lo antes posible.
—¿Que me avisaran de qué? —preguntó Kagome—. ¿Ocurre algo?
La sirvienta vaciló, negando con la cabeza tras un momento.
—Nada como eso, creo —dijo—. O al menos no es nada que haya dicho. Solo… que su mensaje es un poco extraño.
—¿Extraño cómo? —dijo Kagome, frunciendo el ceño.
—Bueno… al parecer quien la llama… —dijo la mujer con vacilación—… es Sesshoumaru-sama.
Kagome parpadeó, con los ojos cada vez más abiertos. Una sonrisa se extendió lentamente por su rostro.
Al fin era hora.
Nota de la traductora: Sé que todavía no he contestado a los reviews y ¡me disculpo enormemente! Espero poder hacerlo mañana sin falta, pero creí que era mejor priorizar este capítulo por si queríais leerlo ya.
Esta vez no tengo nada más que añadir, así que muchas gracias por todo vuestro apoyo y ¡nos leemos la semana que viene!
