Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 33: De marcas del sol y primavera
—Su nombre es Menōmaru.
Kagome se detuvo donde estaba, con la mano cerniéndose justo sobre la shoji. Parpadeó, dirigiendo la mirada hacia la silueta del youkai dibujada contra el brillante azul del alba de una incipiente mañana de primavera.
Sesshoumaru le daba la espalda donde estaba, al otro lado de la habitación, una leve brisa tiraba de la longitud de sus prístinas mangas largas y de su pelo plateado. Había abierto la shoji exterior de la sala que daba a uno de los extensos jardines de esta ala del Chūwain, que actualmente funcionaba como su prisión. El hueco repiqueteo de una kakei mientras se vaciaba en un pequeño estanque fue el único sonido audible durante largos momentos.
Sesshoumaru apartó la cabeza una mínima fracción de las vistas, mirándola por encima del hombro con leve desagrado.
—¿No tienes nada que decir, humana? —dijo, arqueando levemente una ceja plateada—. Seguro que no tienes más deseo que yo, Sesshoumaru, de alargar esto más de lo necesario.
Kagome cerró la shoji tras de sí, adentrándose un paso en la habitación. Arqueó su propia ceja en señal de desafío.
—Bueno, no puedo decir que tenga un particular deseo de intercambiar cumplidos de ninguna clase, Sesshoumaru-sama —contestó con ecuanimidad—. Especialmente teniendo en cuenta que la mayoría de nuestros encuentros han terminado con amenazas contra mi vida y usted todavía no ha reconocido que tenga un nombre más allá de «humana». No obstante, había esperado que pudiera explayarse un poco, ya que el nombre de Menōmaru me dice muy poco.
El leve adelgazamiento de sus labios traicionó su fastidio con ella antes de apartar el rostro una vez más. Kagome se adentró unos cuantos pasos más en la habitación, más que preparada para esperar. Al fin la había hecho llamar. No tenía ninguna intención de irse hasta que supiera todo lo que él sabía.
—Las batallas entre mi padre, el gran Inu no Taisho, y el Rey de Goryeo, Hyōgo, son legendarias entre la corte —dijo tras un momento de silencio—. Aunque yo, Sesshoumaru, no debería haber esperado menos que tener que explicar todo el tema en su totalidad a una humana plebeya.
Kagome contuvo un suspiro que quería escapársele desesperadamente mordiéndose el labio. Conocía lo suficiente el comportamiento altivo del inu-youkai como para saber que no era probable que escapase de este encuentro ilesa. Solo era cuestión de si los daños iban a ser a su orgullo o a su cuerpo.
Se obligó a ponerse a su lado, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. De pie, más de una cabeza más baja que él, sabía que daba un aspecto claramente poco impresionante, pero era lo mejor que podía hacer para mostrarle que no iba a desalentarla. Aun así, Sesshoumaru ni la miró, su mirada era distante mientras observaba la suave brisa de la mañana formando ondas sobre la superficie del estanque. El hueco repiqueteo de la kakei resonó una vez más. Kagome respiró hondo.
—Por favor, Sesshoumaru-sama —se obligó a decir con gran paciencia—. Soy perfectamente consciente de que no estoy tan versada como usted y los de la corte en cuestiones relativas al anterior Tennō-sama, que su alma habite en lugares tranquilos. Pero ¿qué tienen que ver esas batallas o el tal Menōmaru con el símbolo de la bandera? Me llamó aquí para hablar de eso, ¿no?
Sesshoumaru le dirigió una mirada torva. Si hubiera sido otro hombre, Kagome pensó que podría haber suspirado.
—Mi padre derrotó al rey Hyōgo —continuó como si ella no hubiera hablado y Kagome se mordió el labio para evitar explotar—. Al hacerlo, reclamó Tsushima y otras diversas islas de manos de Hyōgo. Hyōgo había deseado demostrar la superioridad del poder de su reino transgrediendo en las tierras de mi padre para expandir sus propias tierras y forzar la mano de mi padre en el comercio. Hyōgo subestimó gravemente a mi padre y, al final, le costó tanto su honor como su vida. Yo, Sesshoumaru, creo que su hijo, Menōmaru, busca venganza por las pérdidas de su padre y que al fin ha encontrado un medio para obtenerla en la ineptitud del híbrido y en el hombre que afirmas que ha orquestado el asesinato de mi padre.
Kagome ensanchó los ojos, su molestia se disipó en un instante.
—Goryeo —dijo, la palabra pesada mientras salía de ella—. ¿El símbolo pertenece al reino de Goryeo, entonces?
Sabía poco del reino más allá de algunas breves lecciones que Kaede le había dado en su juventud. Su vecino más cercano y una vez un gran aliado en el comercio, a solo unas semanas de viaje por mar. Y, aparentemente, lo suficientemente desesperado para buscar venganza por pasados desprecios para que Naraku fuera capaz de manipular al Rey.
—El símbolo que me mostraste a mí, Sesshoumaru, no es el de Goryeo —dijo Sesshoumaru, dirigiéndole una mirada levemente fulminante—. Menōmaru no es ni lo suficientemente valiente ni lo suficientemente tonto como para haber ido en contra de mi padre o para declarar la guerra incluso ahora. El símbolo de Goryeo es el fénix, uno que cualquiera dentro de la corte podría haber reconocido si lo hubiera visto. El símbolo que me trajiste a mí, Sesshoumaru, era el de la imugi.
—¿Imugi? —repitió Kagome, frunciendo el ceño.
—Una serpiente youkai gigante —dijo Sesshoumaru—. Un ser de olas y tormentas. Uno que ha de sobrevivir mil años para convertirse en ryū. Un símbolo enarbolado por los wakō, piratas financiados tiempo ha por Hyōgo para aterrorizar las aguas entre nuestras tierras cuando no deseaba ensuciar sus propias manos. Al parecer, Menōmaru ha decidido adoptar el legado de su padre al financiarlos también. Los wakō no tienen entrenamiento y no le son leales a nadie, pero sus barcos son rápidos y harán lo que sea mientras la recompensa sea lo suficientemente grande.
Kagome sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Piratas pagados por el Rey de Goryeo. El líder de un reino ocultándose tras bandas de criminales para organizar el asesinato de un Tennō y ataques contra el otro. Y Naraku detrás de todo aquello, manipulándolo para sus propios fines.
Aun así, al menos ahora lo sabía. Sus enemigos no eran sombras o fuerzas sin forma. Eran de carne y hueso, cosas que podían ser conocidas y comprendidas. Cosas contra las que Inuyasha y ella podían encontrar formas de defenderse.
Se obligó a volver a dirigir su mirada hacia Sesshoumaru.
—¿Tiene alguna idea de lo grande que es la flota de los wakō, Sesshoumaru-sama?
Él levantó una ceja plateada, sopesándola por un momento.
—Probablemente no sea grande —dijo—. Aunque el tamaño será de poca importancia. Ellos simplemente serán la primera ola. Ataques rápidos diseñados para evaluar las defensas y crear grietas de las que pueda aprovecharse una flota mayor. Es la forma que tiene Menōmaru de asegurarse de que no sufrirá pérdidas si la situación demuestra ser de una manera distinta de la que cree que es.
—Parece entender mucho, Sesshoumaru-sama —dijo Kagome, impresionada a pesar de sí misma.
Las comisuras de sus labios se giraron hacia abajo, levantó la barbilla imperiosamente.
—Yo, Sesshoumaru, estuve presente al lado de mi padre en todas sus batallas —dijo—. Aunque se fue por el mal camino al final de su vida, mi padre no tenía otro igual en el campo de batalla. Era un Tennō merecedor de su trono.
A diferencia de Inuyasha. Kagome frunció el ceño, oyendo la insinuación con claridad.
—Fue su padre, Sesshoumaru-sama, quien escogió a su hermano para que le sucediera —dijo, incapaz de contenerse—. Por fuerte que sea usted, por capaz que pueda ser, ya debe entender por qué el anterior Tennō-sama escogió como lo hizo. Su hermano se esfuerza por proteger al pueblo, por proteger al pueblo de su padre. ¿Alguna vez ha querido proteger algo, aunque fuera por una vez en su vida?
Sintió el resplandor de su youki como un látigo por su sentido espiritual cuando se giró para encararla por completo por primera vez desde que ella había entrado en la habitación. Se obligó a no flaquear, se obligó a no retroceder, incluso mientras observaba un leve rojo manando en los blancos de sus ojos y las marcas magenta de su rostro se convertían en cortes dentados de un color encendido.
—Si una cosa no puede protegerse a sí misma, entonces está destinada a perecer —dijo, sus alargados caninos destellaron en su dirección.
Kagome encontró su mirada, apretando los puños a sus lados.
—Su padre no creía eso —dijo en voz baja—. Y si usted de verdad lo cree, Sesshoumaru-sama, entonces le compadezco. Si cree que en eso consiste la fuerza, entonces no entiende nada. ¿Y qué hay de Kagura-sama? ¡Se está esforzando, está haciendo todo lo que está en sus manos para liberarse y regresar con usted! Y si no puede, ¿simplemente la condenaría a su muerte? ¿Diría que estaba destinada a morir?
—Vuelve a pronunciar su nombre, humana, y aprenderás rápidamente lo que sé sobre la fuerza —dijo entre dientes.
El crujido amenazador de los nudillos de sus dedos, que se estaban alargando rápidamente, resonó en el silencio entre ellos, acentuado por el hueco repiqueteo de la kakei.
—¡Podría ayudarla! —soltó Kagome, sus uñas mordían la piel de sus palmas mientras contenía la urgencia innata de invocar su poder espiritual—. ¡Podría ayudarnos a todos! ¡Pero es demasiado egoísta, está demasiado obsesionado con este legado de su padre que ni siquiera existe de verdad! ¿De verdad cree que esto es lo que quería para sus hijos?
Su rostro se alargó grotescamente ante ella, su boca se estiró en un tajo rojo que parecía partir sus facciones en dos. El rojo había consumido ahora sus ojos por completo, incluso sus iris parecían disolverse en él. Con un movimiento que Kagome no pudo seguir con la vista, su mano estuvo ante ella, el brillo verde enfermizo de su veneno a milímetros de su rostro. Pero, impresionantemente, se detuvo allí.
Un pequeño temblor atravesó los miembros de Kagome. Levantó la mirada hacia él con los ojos muy abiertos, observando la vacilación que allí había.
—El legado que me dejó mi padre —dijo finalmente, su voz no era más que un bajo retumbar en su garganta—, no es más que una espada que no corta y un trono apartado de mí que, con todo el derecho, debería haber sido mío. Un legado vacío. Así que, humana, ilumíname a mí, Sesshoumaru: ¿qué es lo que deseaba mi padre?
Había allí un poco de la misma condescendencia que estaba siempre presente en su comportamiento, el mismo escarnio, pero algo en la forma en la que sus ojos carmesíes inhumanos escrutaron los de ella hablaba de algo más. Por primera vez, Kagome se dio cuenta de que tal vez Sesshoumaru estaba perdido.
Desapareció un poco de la mordacidad de su mirada.
—Sabe tan bien como yo, Sesshoumaru-sama, que no tengo esa respuesta —dijo—. Tal vez… tal vez su padre necesitaba que Inuyasha-sama y usted lo averiguasen por ustedes mismos. Tal vez esa era la única forma en la que podría verlo. O tal vez es algo que tiene resolver por sí mismo, algo que tiene que decidir por su cuenta.
Se la quedó mirando un largo momento antes de curvar sus labios hacia abajo con desagrado, el rojo se drenó lentamente de sus ojos. Apartó la mirada de ella, sus facciones retrocedieron de nuevo a una apariencia de humanidad.
—¿Qué sabes de nada? —murmuró, casi más para sí que para ella—. Vete. Tienes la información que buscabas y tu presencia se hace más tediosa a cada instante.
Kagome frunció el ceño, pero las palabras no la irritaron como lo habían hecho antes. Sus facciones volvían a ser una máscara, prístina e ilegible, pero por primera vez, sus ojos le recordaron a los de Inuyasha. Suspiró.
—Vale —dijo—. Me retiraré si siente que hemos terminado aquí, Sesshoumaru-sama.
Él no dijo nada, tenía la mirada fija en algún punto más allá de su vista. La despedida era lo suficientemente clara.
Kagome se giró para marcharse, pero no pudo evitar detenerse al llegar a la shoji. Echó la mirada atrás, captando su figura en retirada mientras se movía para ponerse a la luz del sol del jardín. Una nube pasó por encima de su cabeza, su sombra se deslizó sobre su figura quieta.
Se levantó la brisa una vez más, enredando su melena plateada y ondulando los pliegues de sus ropas. Observó mientras él levantaba el rostro para recibirla, observó mientras esta echaba las nubes hacia delante, hasta que estuvo medio iluminado y medio en sombras.
La kakei resonó solitariamente una vez más.
Kagome cerró la shoji tras de sí.
—Tu hermano es agotador.
Inuyasha se sobresaltó, apoyando una mano contra su pecho. El tapiz de la entrada que acababa de hacer a un lado golpeó contra su rostro y farfulló mientras lo apartaba de un manotazo.
Kagome se lo quedó mirando desde donde estaba, hecha un ovillo en el futón, sorprendida de haber conseguido sobresaltarlo. La fulminó con la mirada.
—Kami, mujer —soltó—. ¿Cómo llegaste aquí antes que yo? Y, por los siete infiernos, ¿por qué estás sentada así en la oscuridad?
Kagome frunció el ceño, encogiéndose de hombros mientras apartaba los brazos de donde los tenía rodeando sus rodillas.
—Quería un lugar tranquilo para pensar, así que pensé que podría hacerlo mientras esperaba aquí por ti —dijo—. Supongo que me sumí tanto en mis pensamientos que me olvidé de encender el farol.
Tras su menos que satisfactorio encuentro con Sesshoumaru, se había pasado la mayor parte del resto del día enredada en sus propios pensamientos, aunque al menos había conseguido hacer algunas cosas más por la corte a pesar de su inquietud. Había salido de su ala del Chūwain y había ido a buscar a Midoriko, uniéndose a la miko mayor en sus rondas de purificaciones y sanaciones a lo largo de la corte. En cierto punto, mientras salían del Chūwain, Kagome podría haber jurado que había visto a la pequeña del día anterior, todavía con aspecto harapiento y sucio, rodeando una esquina a la carrera, pero tan pronto había procesado la idea, ese alguien ya no estuvo a la vista. Había intentado seguirla en vano y Midoriko dijo que todavía no había encontrado tampoco a la niña.
Después de que Midoriko y ella terminasen con su trabajo, se habían separado y Kagome había regresado al Dairi. Parte de ella había deseado pedirle a Midoriko su consejo sobre lo que Sesshoumaru le había revelado, pero había decidido rápidamente no hacerlo. Por mucho que confiase en Midoriko, Kagome era renuente a revelar nada sobre los barcos a nadie más allá de Inuyasha. Por desgracia, él le había dicho la noche anterior que iba a estar atrapado con reuniones del Consejo hasta tarde y, por tanto, tenía que arreglárselas sola.
Se había encaminado hacia el Dairi tras separarse de Midoriko para comprobar el progreso que se estaba haciendo para preparar los alojamientos para los nombramientos. Le complació descubrir que los sirvientes estaban trabajando rápido para preparar el Kōkyū y el Daijō-kan para ser habitados. Se les unió en el trabajo un tiempo, ayudando a mover los objetos necesarios y a limpiar donde pudo. Las protestas de los sirvientes fueron superficiales, acostumbrados como estaban ya a su presencia entre ellos y a su insistencia en participar.
Kagome agradeció la distracción que proporcionó el trabajo, aunque sus pensamientos la recorrieron como una ola tan pronto el sol comenzó a ponerse y se dirigió hacia su nueva residencia. Había rechazado la cena, afirmando estar agotada tras un largo día y excusándose para irse a descansar. Había atravesado el muro rápidamente hacia su sitio y el de Inuyasha, ansiosa por estar a solas con sus pensamientos y por esperar a por él para compartir lo que sabía.
—Espera —dijo Inuyasha, frunciendo las cejas mientras se movía hacia ella—. ¿Mi hermano?
Se agachó a su lado, mirándola con sospecha. Kagome asintió, desviando la mirada de la de él.
—Me hizo llamar para que fuera hoy a hablar con él —dijo, decidiendo que era mejor soltarlo lo más rápido posible.
Prácticamente pudo sentir que los vellos de la nuca de él se erizaban y vio por el rabillo del ojo el brillo de sus colmillos cuando abrió la boca para discutir con ella. Su mano salió disparada, clavando los ojos en los de él mientras la presionaba contra su boca. Inuyasha ensanchó los ojos, sus cejas saltaron hacia arriba hasta que se vieron oscurecidas casi por completo por su flequillo.
—Escucha un momento antes de que me regañes, ¿vale? —dijo apresuradamente—. No me hizo daño. Y si de verdad hubiera querido, soy más que capaz de defenderme, como bien sabes. Le había preguntado por el símbolo de la bandera que me dio la ningyō y él sabía lo que era.
Inuyasha la fulminó con la mirada por encima de su mano, entrecerrando los ojos. Ella chilló al sentir la humedad de su lengua lanzándose contra su palma, apartando la mano de golpe.
—¿Y cuándo acudiste exactamente a ese bastardo en busca de ayuda? —soltó.
Kagome le devolvió la mirada de furia con una propia, frotando la mano contra su hakama.
—Hace varios días —contestó—. Era una de las únicas personas en las que pensé que podría saber qué era el símbolo. Y, como he dicho, así fue.
Inuyasha profundizó más su frunce. Se estiró, apoyando una mano con garras contra su mejilla. Kagome parpadeó, levemente sorprendida ante el gesto cuando se había esperado totalmente una pelea.
—¿No te hizo nada? —dijo en voz baja, sus ojos recorrieron su rostro en busca de heridas.
Kagome negó con la cabeza.
—No —dijo—. Aunque lo irrité bastante a conciencia.
—Keh —resopló Inuyasha, una leve inclinación hacia arriba de una de las comisuras de sus labios mientras sus ojos encontraban los de ella—. Bien. El muy bastardo se lo merece.
Bajó la mano, satisfecho de que no estuviera herida. Se movió para sentarse a su lado con las piernas cruzadas, los leves rayos de luz de luna, que eran lo único que iluminaba el sitio, resaltaron el color plateado de su pelo por un breve instante. La visión le trajo un recuerdo de ese día más temprano, de unos mechones plateados casi idénticos movidos por el viento.
Kagome se estiró, pasando los dedos ociosamente por los mechones que tenía más cerca de su rostro. Inuyasha parpadeó, un sonrojo bañó su rostro.
—¿Q-Qué? —dijo—. ¿Querías pe-peinarlo otra vez o…?
—Sí que os parecéis —dijo Kagome—. Sesshoumaru-sama y tú.
A Inuyasha se le desencajó el rostro. Su ceja izquierda se movió levemente, curvando los labios hacia abajo con desagrado.
—¿Es en eso en lo que estabas pensando?
—Es que… —dijo Kagome, entrelazando los mechones con sus dedos mientras admiraba en silencio su elegancia—. Sé que me has dicho que los dos nunca os habéis llevado bien y no puedo decir que no entienda el porqué. Sesshoumaru-sama es frío y arrogante, y… bueno, intentó matarte, así que eso ciertamente no engendró sentimientos fraternales. Aun así, no puedo evitar sentir que los dos sois… similares de algún modo.
Inuyasha retrocedió, su pelo se deslizó de sus dedos.
—¿Similar? —dijo, escupiendo la palabra como si fuera un sabor repugnante en su lengua—. ¿Yo? ¿A ese imbécil estirado?
Kagome suspiró, llevándose una mano a la cabeza. Tal vez esta no fuera una conversación que estuviera preparado para tener.
—No en ese sentido —dijo, negando con la cabeza—. En muchos sentidos, no podríais ser más diferentes. Es que… cuando hablé hoy con él, pensé que se parecía un poco a ti cuando te conocí. Como si estuviera buscando algo. Como si estuviera… un poco perdido, tal vez.
Inuyasha arqueó una oscura ceja, entrecerrando los ojos con incredulidad.
Kagome suspiró una vez más. No, definitivamente esta no era una conversación que estuviera preparado para tener.
—Da igual —dijo, moviendo una mano en gesto de rechazo—. No es importante. Lo que es importante es lo que pudo decirme sobre el símbolo. Dijo que el símbolo es el de una imugi y que le pertenece a los wakō.
El asco se desvaneció de su expresión, la incredulidad salió completamente hacia el frente.
—¿Por qué se iba a esforzar la ningyō para advertirte sobre los wakō? —dijo—. Hasta donde sé, esos bastardos siempre están por ahí. Van tras cualquiera que tenga algo que valga la pena robar.
Kagome negó con la cabeza.
—No, no son los wakō de los que tenemos que preocuparnos —dijo—. Bueno, es decir, sí y no. Es la persona que está controlando a los wakō, la persona que les está pagando para que vayan concretamente en nuestra contra. Sesshoumaru-sama dice que es el hijo de uno de los viejos enemigos de tu padre, una persona llamada Menōmaru. El actual Rey de Goryeo.
Inuyasha abrió los ojos como platos, captando la luz de la luna de tal forma que casi parecieron líquidos. Se le abrió ligeramente la boca.
—¿Goryeo? —repitió—. ¿Quieres decir que es el hijo de ese bastardo?
—¿Conoces al rey Hyōgo?
—Él es la mitad de la razón por la que nunca veía a mi viejo —soltó—. Perdí la cuenta del número de veces que mi viejo se fue a pelear contra él y lo llevaba haciendo desde antes incluso de que yo naciera. El imbécil lo intentaba una y otra vez. No paró nunca hasta que mi viejo acabó matándolo. ¿Y ahora dices que su hijo lo está intentando?
—Tendría sentido, ¿no? —dijo—. Tu padre avergonzó y derrotó a su padre. Toda la corte lo habría sabido y sabemos que Naraku es inteligente cuando manipula a otros. Si acudió a Menōmaru, tal vez lo convenció de que podía ayudarle a matar a tu padre para obtener su venganza y luego le prometió que, si le ayudaba, al fin podría tener lo que su padre había buscado durante tanto tiempo.
—Entonces ¿por qué los wakō? —dijo Inuyasha, inclinándose hacia ella—. No son leales a nada más que a lo que puedan sacar de ello y no puede haber tantos. ¿Por qué no enviar sus propios barcos?
—Porque se está escondiendo —dijo Kagome, inclinándose también hacia él—. Teme fracasar abiertamente como lo hizo su padre, así que ha contratado a los wakō para que hagan su trabajo sucio. Quiere enviarlos de avanzadilla para penetrar en nuestras defensas y, si tienen éxito, entonces continuará el ataque con sus propios barcos. Si fracasan, entonces puede abandonarlos, fingir que nunca estuvo involucrado.
—Jodido cobarde —gruñó Inuyasha.
—Al menos ahora lo sabemos —dijo Kagome en voz baja—. Es algo.
Él parpadeó, suavizando un poco su expresión. Se estiró, apoyando la mano sobre la de ella, donde descansaba sobre la fría madera del suelo entre ellos.
—Sí, definitivamente es algo —dijo—. Gracias a ti, Kagome.
Kagome se sonrojó ante el inesperado elogio, bajando la mirada hacia la estampa de su mano con garras rodeando la de ella, mucho más pequeña.
—Gracias a Sesshoumaru-sama, en realidad —murmuró.
A Inuyasha se le desencajó el rostro.
—No voy a darle las gracias a ese bastardo.
—De algún modo, creo que él tampoco las querría —contestó Kagome secamente—. Pero, lo que es más importante, ¿qué hacemos al respecto?
Él frunció el ceño, sopesándolo.
—Sus barcos serán veloces —dijo—. Estarán hechos para ataques rápidos. Es difícil saber cómo atacarán o a qué apuntarán.
Kagome frunció el ceño. Hasta ahí era hasta donde había sido también capaz de llegar ella.
Inuyasha apretó su mano alrededor de la suya. Ella levantó la mirada, encontrando la de él.
—Eh, dije que me encargaría de ello, ¿verdad? —dijo.
Ella asintió.
—Entonces… ten un poco más de confianza en mí, ¿de acuerdo? —murmuró.
Kagome parpadeó, sopesándolo. Se inclinó hacia delante lo poco que quedaba, apoyando la frente contra la de él. Inuyasha ensanchó los ojos, un sonrojo subió por su cuello para bañar su rostro. Kagome sonrió.
—De acuerdo —dijo en voz baja—. Tienes razón. Confío en ti.
Estuvo callado un rato, sus ojos escrutaron los de ella. Sus labios se movieron sin emitir sonido, formando palabras a las que no pudo darles voz. Ella se preguntó ociosamente qué podrían haber sido, distraída por la calidez de su aliento sobre su rostro y el leve anhelo que inspiraba en ella.
De repente, se inclinó hacia delante, presionando sus labios contra los de él. Sintió un breve momento de vacilación antes de que él le correspondiera al beso, su fervor igualó y luego rápidamente sobrepasó el suyo.
Pasó los brazos por sus hombros mientras él la presionaba contra el futón, el acalorado enredo de sus labios y extremidades ahogaron ulteriores pensamientos sobre barcos esa noche.
Pasó casi una semana de forma relativamente tranquila tras la reunión de Kagome con Sesshoumaru. Se pasó la mayor parte haciendo lo que había estado haciendo para mantener el delicado equilibrio que Inuyasha y ella parecían haber logrado dentro de la corte. Pasó mucho tiempo con Midoriko, o continuando con el entrenamiento de sus poderes espirituales o por la corte, haciendo el trabajo de una espiritista de la corte. Midoriko creyó especialmente beneficioso que la vieran lo máximo posible por la corte, que conociera a los cortesanos y ellos la conocieran a ella todo lo que pudiera. Verla, insistió Midoriko, ver de primera mano sus habilidades, su fuerza y su genuino deseo de ser de utilidad, era esencial.
Kagome no estaba tan segura de cómo era de esencial en relación con ella, pero se alegraba bastante de poner en práctica el consejo en lo referente a Inuyasha. Reanudaron sus paseos por la corte todo lo a menudo que pudieron, atendiendo las preocupaciones o las preguntas que surgían.
Inuyasha, por su parte, había crecido ampliamente en su habilidad para conversar con los cortesanos. Los comentarios crueles menores fueron ampliamente ignorados, aunque ella descubrió que a menudo solo era él permitiendo que su irritación hirviese bajo la superficie hasta que pudiera descargarse con ella en la privacidad de la habitación de ambos por la noche, e incluso era considerado en muchas de sus respuestas. En ocasiones, Kagome se descubría simplemente observándolo, silenciosamente impresionada ante la estampa que presentaba. Si había habido alguna duda de que era de la estirpe del Tennō, no había ninguna en esos momentos.
Pero sí que le hacía sentirse sola. Cuando se veía así, era difícil olvidar la distancia entre ellos. Era difícil olvidar que, un día, la distancia entre ellos sería tan grande que puede que solo pudiera verle así.
Pero cada noche, sin falta, lo encontraba en su sitio, el sitio donde solo existían ellos dos y él le hacía olvidar esa distancia. Y durante todo el tiempo que pudiera, Kagome estaba contenta de olvidar.
Al final de la semana, finalmente recibió la llamada que había estado esperando. Una sirvienta la encontró en uno de sus paseos por la corte con Inuyasha, informándole en voz baja de que Chūsei solicitaba su presencia en su residencia cuando hubiera terminado. Miró a Inuyasha, segura de que había podido oírla. Él asintió, inclinando la barbilla en dirección al Dairi.
Kagome le dio las gracias a la sirvienta y se pusieron rápidamente en camino. Ya casi habían terminado todo un circuito por las avenidas más transitadas de Heian-kyō y el camino de regreso al Dairi fue corto. En cuanto estuvieron a salvo dentro de los muros, Inuyasha se libró apresuradamente del kanmuri que había optado por ponerse ese día. Su pelo cayó enredado por su espalda, sus orejas se movieron cuando se vieron liberadas de su confinamiento. Soltó un suspiro de alivio.
—Al fin —dijo—. Esa jodida cosa me pellizca las orejas.
—Entonces ¿por qué te la pones? —dijo Kagome, estirando los brazos por encima de su cabeza con la esperanza de aliviar un poco de la tensión en sus hombros.
Los paseos por la corte, por exitosos que fueran, siempre la dejaban sintiéndose un poco exhausta. Aunque parecía como si recientemente el agotamiento se hubiera convertido en un silencioso y fiel compañero suyo, abrazándola en ocasiones cuando menos se lo esperaba. Distraídamente, afloró la idea de la Shikon, pero la echó hacia atrás rápidamente.
Por el rabillo del ojo, vio la mirada de Inuyasha sobre ella, sus ojos pasaban subrepticiamente por la línea de su cuerpo mientras se curvaba al estirarse. Ella exageró el movimiento solo un poco más y sintió una ola de cálido placer cuando sus ojos se ensancharon levemente, su rostro se coloreó mientras apartaba la mirada.
—Porque es mejor así, ¿no? —murmuró—. Lo dijiste tú, ¿recuerdas?
Kagome asintió, silenciosamente halagada porque se hubiera tomado las palabras a pecho.
—Cierto —dijo en voz baja—. Estás bastante impresionante con todo eso.
Por el rabillo del ojo, vio que se intensificaba su sonrojo. Sonrió para sus adentros.
—Keh —resopló—. ¿Qué hay de ti?
Kagome parpadeó, girándose hacia él.
—¿Qué pasa conmigo? —dijo, mirándose la ropa.
Estaba perfectamente limpia, ningún pliegue fuera de lugar. Incluso les había permitido a las sirvientas que pasaran una cantidad exorbitante de tiempo peinando y colocándole el pelo esa mañana.
Inuyasha frunció el ceño.
—¡Hice mandar todos esos juni-hito a tu casa! —soltó—. ¡No te has puesto ni uno!
Kagome gruñó, negando con la cabeza.
—¡Ya hemos hablado de esto! —dijo—. ¡Soy espiritista! Me visto como espiritista para que me vean como espiritista.
Inuyasha se detuvo y Kagome se paró a su lado. La ligera brisa de primavera que había estado barriendo las avenidas de la corte toda la mañana se levantó una vez más, echando un mechón de su pelo sobre sus ojos. Lo apartó, parpadeando cuando la caprichosa brisa desapareció.
Su rostro, cuando volvió a verlo, estaba extrañamente resuelto, sus ojos dorados estaban fijos en su rostro.
—¿Y si te vieran como algo más? —dijo.
Kagome tragó saliva, sintiendo un cosquilleo de inquietud subiendo por su nuca. Frunció el ceño, negando con la cabeza.
—Soy lo que soy, Inuyasha —dijo suavemente—. ¿Cómo qué otra cosa quieres que me vean?
No contestó en un largo rato, aunque abrió y cerró la boca varias veces como si fuera a hacerlo. Apretó los puños a sus costados y negó con la cabeza, girándose sobre sus talones y avanzando una vez más.
—Si no lo sabes, entonces olvídalo —dijo con brusquedad.
Kagome se apresuró a seguirlo, preguntándose por el repentino cambio en su actitud. Tal vez el kanmuri de verdad le había estado apretando mucho las orejas.
Caminaron un rato en silencio, con Kagome lanzándole miradas al hanyou que él ignoró. Cuando pasaron junto a los naranjos y los árboles de sakura que enmarcaban las escaleras hacia el Shishinden, notó distraídamente que los árboles de sakura parecían estar a punto de florecer. No pasaría mucho tiempo antes de que florecieran del todo.
Atravesaron el Shishinden y rodearon el muro exterior del Jijūden antes de llegar a su residencia, donde un sirviente a la espera los condujo al interior. Pareció levemente sorprendido de ver a Inuyasha acompañándola y Kagome se dio cuenta de que Chūsei no había pedido explícitamente que fueran ambos. Le quitó importancia mentalmente mientras los conducían a una de las salas de té más pequeñas de la residencia. Había poco que Chūsei pudiera tener que decirle que no pudiera decir delante del Tennō.
El sirviente hizo una reverencia ante la shoji, abriéndola para que entrasen. Kagome le dio las gracias mientras entraban en la sala, el hombre cerró la shoji detrás de ellos.
En medio de la sala, Chūsei estaba arrodillada sobre un cojín, con una humeante taza de cerámica sobre la oscura madera de la mesa baja que tenía delante. Ensanchó los ojos cuando entraron en la habitación. Se levantó apresuradamente, pasando las manos sobre la sencilla tela verde de su yukata y los bucles oscuros de su pelo recogido en forma de corona, hábilmente colocado y salpicado aquí y allá con hebras plateadas. Sonrió, extendiendo las manos hacia ellos.
—Vaya, vaya —dijo, apretando las manos de Kagome entre las suyas—. No esperaba el placer de verles a ambos juntos, aunque me alegro de ello. Ofrecería que preparasen más té, pero sé que a Su Majestad no le gusta. Pero siéntense e iré a buscar otro cojín y ¿tal vez algo de comer?
Inuyasha asintió y ella sonrió, dándole una palmadita en el brazo una vez antes de salir apresuradamente de la sala. Kagome lo miró, levemente sorprendida por la cómoda familiaridad entre los dos. Sabía que Chūsei había estado informándole durante su ausencia de la corte, pero Inuyasha era hosco con quienes no conocía en sus mejores días.
Inuyasha tiró bruscamente el kanmuri, que todavía llevaba, sobre la oscura madera de la mesa, gesticulando con su barbilla para que Kagome cogiera el cojín que quedaba disponible enfrente de Chūsei. Kagome frunció el ceño.
—No debería sentarme antes que tú —dijo—. Parecería…
—Keh —la interrumpió Inuyasha—. Chūsei es lo bastante inteligente como para no preocuparse por esa mierda. Siéntate.
Kagome profundizó su frunce. Se volvió hacia él, cruzándose de brazos.
—Por favor, dime que no usas esa clase de lenguaje con Chūsei-san —dijo.
Inuyasha puso los ojos en blanco, cruzándose de brazos en respuesta.
—Me comporto de la mejor manera, sensei —dijo sarcásticamente—. Así que siéntate. Y asegúrate de comer cuando llegue la comida.
—Comí suficiente esta mañana —protestó, arrodillándose sobre el cojín—. No soy una niña.
Inuyasha la atravesó con una mirada, entrecerrando los ojos.
—Suficiente, ¿eh? —dijo—. ¿Te refieres a un mísero cuenco de miso? Pude oír tu estómago toda la mañana.
Sus orejas se movieron significativamente en lo alto de su cabeza. Kagome abrió la boca para protestar, luego la cerró. Apoyó una mano contra su estómago. ¿Cómo había sabido que era miso?
—Los dos parecéis llevaros bien —comentó—. Chūsei-san y tú.
Inuyasha se encogió de hombros, moviendo la mirada hacia el cojín que la mujer más mayor había dejado libre.
—Keh —dijo—. Como he dicho, no le importan las mierdas innecesarias. Además, tú confías en ella, así que…
El suave deslizar de la shoji interrumpió lo que fuera que pudiera haber dicho y los dos se giraron cuando Chūsei volvió a entrar en la habitación, inclinándose antes de cerrar la shoji una vez más. Fue hacia la mesa, colocando el cojín que había ido a buscar en la cabecera de la mesa.
—Mis disculpas por la espera —dijo—. La comida debería estar aquí en breves. Por favor, siéntese, Su Majestad.
Inuyasha asintió, moviéndose hacia el cojín y empujándolo con el pie hasta que estuvo al lado del de Kagome. Se desplomó sobre él sin elegancia alguna.
—Gracias —murmuró.
Chūsei parpadeó, pasando los ojos entre ellos dos por un momento antes de recuperar su asiento. Kagome le dio un golpecito al hanyou con el pie por debajo de la mesa, instándolo a que le diera un poco más del espacio que dictaba el decoro en compañía de los presentes. Él le lanzó una mirada interrogante, pero no hizo ademán de distanciarse.
—Gracias por haber venido tan rápido —dijo Chūsei, atrayendo su atención—. Espero no haberles apartado de nada importante.
Kagome le ofreció una sonrisa, negando con la cabeza.
—En absoluto —dijo—. El Tennō-sama y yo simplemente estábamos haciendo las rondas por la corte y, en cualquier caso, casi habíamos acabado. Además, he estado deseando hablar con usted, pero no deseaba interrumpir hasta que hubiera tenido el tiempo que necesitaba.
—Se lo agradezco —dijo Chūsei, inclinando la cabeza—. El encargo me llevó un poco más de tiempo del que creía, pero era lo bastante delicado como para que quisiera asegurarme de que no daba un paso en falso con ello.
Kagome asintió, pero una voz al otro lado de la shoji evitó que contestase. Chūsei se levantó y fue hacia ella, abriendo la shoji para aceptar una bandeja de comida. Le dio las gracias a la mujer que estaba allí, que hizo una reverencia antes de cerrarla una vez más.
Chūsei se arrodilló junto a la mesa, colocando con cuidado la bandeja colmada de platos y empezando a disponerlos ante ellos en la mesa. Kagome hizo un movimiento para ayudarla, pero Chūsei le apartó suavemente las manos con un golpecito. Le ofreció una pequeña sonrisa y retomó su asiento.
—Por favor, coman —dijo, gesticulando hacia la comida—. Me complacerá contárselo todo mientras lo hacen.
Inuyasha asintió, cogiendo ansiosamente sus hashi e inclinándose para inspeccionar la comida. Se detuvo un momento antes de acercarle varios platos a Kagome. Ella le dirigió una mirada petulante, perdiéndose por completo el frunce pensativo que se dibujó en el rostro de Chūsei mientras los observaba.
Les concedió varios momentos y bocados antes de que volviera a empezar a hablar.
—Como he dicho, fue delicado, así que llevó más tiempo del que había creído que llevaría en un principio —dijo—. Mis disculpas por ello, pero no quería arriesgarme a alertar a ninguno de los cortesanos sobre lo que estaba haciendo si me acercaba al sirviente incorrecto.
Kagome tragó su bocado de arroz, negando con la cabeza.
—Por favor, no se disculpe —dijo—. Le pedí mucho. Era perfectamente consciente de que llevaría su tiempo.
—¿Y me imagino que Su Majestad está al tanto de mi encargo? —dijo, dirigiendo la mirada hacia Inuyasha.
Él levantó la mirada hacia ella, asintiendo. Tragó un bocado demasiado grande y Kagome contuvo un suspiro.
—Kagome me habló de ello —dijo.
Chūsei asintió.
—Eso pensaba —dijo—. Bueno, me complace poder contarles a ambos, entonces, que el encargo ha tenido éxito, más aún de lo que pensé que tendría.
—¿Aceptaron, entonces? —dijo Kagome con entusiasmo.
Chūsei ensanchó la sonrisa. Asintió.
—Algunos más rápidamente que otros —dijo—. Pero con la certeza de que serían protegidos, todos aceptaron con el tiempo. Hay al menos tres en cada una de las casas de los clanes que han aceptado. Bueno, con una excepción, me temo.
—¿Los Taira? —aportó Kagome.
Chūsei asintió, su mirada cayó hasta la taza de té que acunaba entre sus manos.
Kagome miró a Inuyasha. Él encontró su mirada, asintiendo una vez, y supo que la había entendido. Ese era un problema que ya se había resuelto por sí mismo.
—Mis disculpas —dijo Chūsei en voz baja—. Hice todo lo que pude, pero no pude encontrar una forma de entrar en ese nido de serpientes sin levantar sus sospechas.
—No pasa nada —dijo Kagome—. Sabía, cuando le hice la petición, que probablemente sería imposible. Puede dejarnos ese asunto a nosotros. Encontraremos un modo de lidiar con ellos en todo esto. Además, ¡no tiene nada de lo que disculparse, Chūsei-san! El trabajo que ha hecho con esto es impresionante, más que nada de lo que podría haber esperado.
A su lado, Inuyasha asintió, dejando los hashi sobre uno de los cuencos.
—Kagome tiene razón —dijo—. Lo has hecho bien, Chūsei.
Levantó la mirada hacia él, una sonrisa floreció en su rostro antes de inclinar la cabeza en gesto de deferencia.
—Gracias, Su Majestad —dijo—. Por ustedes dos, estuve más que contenta de hacerlo. Pero no les pedí que vinieran aquí para elogiarme sobre mis esfuerzos, aunque confieso estar disfrutándolo. Deseaba consultarles cómo he de proceder en adelante. Ahora que están en sus puestos, necesitarán un poco de tiempo para observar, deliberar y luego comunicarse conmigo. Había pensado en darles una semana, si les parece bien.
Kagome miró a Inuyasha. Él encontró su mirada con un leve encogimiento de hombros.
—No nos da mucho tiempo si queremos hacer una ceremonia para anunciarlo —dijo.
—Supongo —dijo Kagome—. Pero ¿no cree que sería mejor que no lo retrasásemos más? Cada vez que salimos, los cortesanos casi no hablan de otra cosa y, cuanto antes aseguremos sus lazos con usted, mejor, Tennō-sama.
Inuyasha puso mala cara porque usase el título, pero no hizo ningún comentario. Apartó la mirada de ella mientras peleaba con la idea, con la mandíbula firme debido a ello.
—Bien —dijo finalmente, la palabra pesó con su reticencia—. Una semana.
Chūsei lo miró, frunciendo el ceño.
—¿Está seguro, Majestad? —dijo—. Puedo retrasarlo, si es necesario.
Inuyasha negó con la cabeza, con la mirada fija en la oscura madera de la mesa.
—No —dijo—. Kagome tiene razón. No podemos evitarlo, así que acabemos de una vez con ello.
Chūsei dirigió los ojos hacia los de Kagome, con una pregunta en su mirada. Kagome negó con la cabeza. No había mucha forma de explicarle a la mujer la reticencia de Inuyasha sin revelar demasiado.
—Gracias de nuevo, Chūsei-san —dijo en cambio—. De verdad. Una semana debería ser justo lo que necesitamos.
—Bueno, ¿cuánto sabes de planear banquetes para toda la corte? —dijo Inuyasha—. Porque yo no tengo jodida idea.
Kagome lo miró, con las comisuras de sus labios moviéndose hacia abajo. Negando con la cabeza, continuó avanzando insistentemente.
—Por eso vamos a ir a visitar a Midoriko-sama —dijo—. Siempre preside ceremonias con la corte. Seguro que tiene alguna idea de cómo montar una.
Detrás de ella, Inuyasha resopló. Se giró para mirarlo con furia y él le contestó con una mirada mordaz por su parte.
—Acudimos a ella porque ninguno de los dos sabe una mierda de eso —dijo—. Una pena que la Tachibana siga…
Se interrumpió al ver su expresión, ante la forma en que se entristeció al momento ante la mención de la mujer. Apresuró el paso, cerniéndose justo detrás de ella. Kagome no le devolvió la mirada.
—Kagome…
—No pasa nada —dijo apresuradamente—. Y tienes razón. Ojalá Sango-chan estuviese aquí. Sabe todo sobre esta clase de cosas.
—… ¿La echas de menos?
Kagome sintió un extraño nudo en la garganta ante las palabras y la incertidumbre con la que fueron pronunciadas. Se mordió el labio para contener la ola de emoción.
—Sí —consiguió decir tras un momento—. Los echo de menos a todos. A Sango-chan, a Miroku-sama, a Shippou-chan. Los echo muchísimo de menos. Pero más que nada, ojalá pudiera verlos, solo saber que, dondequiera que estén, están bien. Si solo pudiera saber eso, entonces tal vez su ausencia sería un poco más fácil de sobrellevar.
—Encontraste una forma de verme cuando te fuiste —dijo con voz queda—. Tal vez podamos encontrar una forma de verlos a ellos.
Kagome se detuvo, mirándolo. Tenía la mano rodeando el nenju, con expresión ansiosa.
Una leve sonrisa tocó sus labios.
—Tal vez —dijo en voz baja—. Me gustaría mucho que fuera posible.
Se puso al lado de ella y Kagome notó que le daba la mano. Sonrió, curvando su mano alrededor de la de él en respuesta.
—Entonces, la encontraremos —murmuró él.
Ella le apretó la mano, contenta por su calidez incluso aunque dudase de que pudiese conseguirlo. Aun así, era difícil sentirse sola o preocupada durante mucho tiempo con él a su lado.
Llegaron a las puertas exteriores del Dairi y se detuvieron. Kagome apartó su mano de la de él a regañadientes, dirigiéndole una mirada de disculpa.
—Deberíamos apresurarnos e ir al Chūwain —dijo—. Asumiendo que Midoriko-sama sí tenga una idea de cómo montar todo esto, aun así, solo tenemos una semana. La última vez, Sango-chan tuvo dos semanas para hacerlo y casi se arrancaba el pelo en todo momento.
Inuyasha asintió, poniéndose en cuclillas delante de ella y ofreciéndole la espalda. Kagome lo miró.
—Todavía hay luz —dijo—. Podría vernos alguien.
Inuyasha le lanzó una mirada fulminante por encima del hombro.
—Nos ven juntos todo el tiempo, Kagome —dijo.
—No… tocándonos —dijo Kagome.
Inuyasha puso los ojos en blanco.
—No quisiera que lo malinterpretasen —masculló él—. Sube y punto. Me aseguraré de que no nos vea nadie y podemos volver todo lo separados que quieras, ¿de acuerdo?
Kagome abrió la boca para discutir, pero la cerró rápidamente una vez más. No tenía mucho sentido discutir con él cuando se ponía así y cada minuto contaba. Mientras tuviera cuidado, no debería haber problema. Avanzó, colocándose con cuidado sobre su espalda.
Metió las manos por debajo de sus rodillas, acercándola más contra su espalda antes de incorporarse. Kagome se agarró a sus hombros, consciente de su calidez incluso a través de las capas de su ropa. Sintió que un sonrojo comenzaba a trepar por su cuello y negó con la cabeza para reducirlo.
—Sigue la Kitsuji ōji —dijo, su rostro se acaloró más cuando su voz chilló levemente—. A esta hora del día, normalmente está bastante tranquila.
Inuyasha asintió, aunque le lanzó una mirada interrogante por encima del hombro antes de saltar hacia delante.
Se mantuvo sobre los tejados, saltando ligeramente de uno al siguiente con una elegancia y sigilo que todavía le resultaba impresionante a pesar de la cantidad de veces que lo había experimentado. Había estado en lo cierto sobre la Kitsuji ōji y pasaron solo sobre un pequeño grupo de cortesanos, moviéndose tan rápido que Kagome dudaba de que el grupo los hubiera visto.
También ascendió rápidamente por las escaleras hacia el Chūwain, subiéndolas dando saltos. Habría evitado también el ritual de purificación si ella no le hubiera obligado a detenerse y a realizarlo. Lo hizo a regañadientes antes de desplazarse hacia el salón principal.
Midoriko no se encontraba allí, pero una de las discípulas a la que Kagome conocía bien les dijo que estaba al final del pasillo, en la sala de archivo. Se ofreció a guiarlos hasta allí, pero Kagome rehusó educadamente, ya que conocía perfectamente el camino.
La sala de archivo estaba en un ala separada del Chūwain, completamente alejada del lado septentrional. Era un lugar tranquilo, dedicado principalmente al estudio y la transcripción, y se usaba para guardar una gran cantidad de registros de la corte. Kagome agradeció encontrar la abarrotada sala ampliamente vacía, salvo por una miko que casi se estaba quedando dormida sobre un pergamino abierto en la esquina. Se retiró con bastante rapidez al verlos.
Encontraron a Midoriko metida tras varias estanterías, inclinada sobre varios rollos de pergamino que estaba llenando rápidamente con una serie de fluidos kanji. Al verlos, dejó a un lado su pincel sobre la piedra de entintar, levantándose y haciéndole una profunda reverencia a Inuyasha.
—Tennō-sama, Kagome, ¿a qué debo el placer? —dijo—. Mis disculpas por mi aspecto. Pretendía encerrarme hoy con mi trabajo y no esperaba visitas, mucho menos a Su Majestad.
Sostuvo las manos en alto, con los dedos y las palmas manchados de tinta por todas partes.
—¿El Nihon Shoki? —dijo Kagome.
Midoriko sonrió, asintiendo.
—La verdad es que estaba trabajando en detallar el linaje del Tennō-sama para él —dijo, inclinando la cabeza en dirección a Inuyasha.
—Mis disculpas por interrumpir su trabajo —dijo Kagome—. Y por venir así, sin anunciarnos. Nos surgió un asunto para el que el Tennō-sama y yo requerimos urgentemente de su consejo.
Midoriko alzó las cejas levemente, pasando la mirada de Kagome a Inuyasha y viceversa. Algo entró en sus ojos, un interés que envió un cosquilleo de inquietud a través de Kagome. Recordó de repente cuánto sabía Midoriko sobre sus auténticos sentimientos hacia Inuyasha y contuvo una mueca, preguntándose si había sido inteligente por su parte ir allí con él.
—Las disculpas no son necesarias —dijo con una sonrisa que no tranquilizó más a Kagome—. Siempre estoy contenta de proporcionarte cualquier asesoramiento, Kagome, y, por supuesto, siempre seré la sierva de Su Majestad. ¿Vamos al salón principal? Puedo pedir que traigan té u otra cosa que pueda requerir.
Inuyasha negó con la cabeza.
—Aquí está bien —dijo—. Es mejor que solo estemos nosotros tres.
Midoriko ensanchó los ojos levemente, pero asintió. Gesticuló hacia el otro lado de la abarrotada mesa.
—Discreción, entonces —dijo—. Por favor, pónganse tan cómodos como puedan en este caos que he creado.
Esperó hasta que se hubieron sentado antes de tomar asiento ella. Kagome miró a Inuyasha, sin saber cómo empezar exactamente. Él metió las manos en las profundidades de sus mangas, ofreciéndole no más que un leve encogimiento de hombros. Reprimiendo un suspiro, Kagome se giró de nuevo para encontrar la mirada de curiosidad de Midoriko.
—Es en relación con los nombramientos —dijo, decidiendo que era mejor perder el menor tiempo posible—. Estamos muy cerca de haber hecho las selecciones y esperábamos que pudiera aconsejarnos sobre cómo proceder.
Midoriko ensanchó los ojos, una sonrisa curvó hacia arriba las comisuras de sus labios.
—Entonces fuiste capaz de encontrar un modo de tomar tus decisiones —dijo—. Me alegro de oírlo. Había reflexionado sobre el asunto un tiempo después de que acudieras a mí con poco resultado. Aunque debería haber sabido que eras más que suficientemente inteligente como para resolverlo por ti misma.
Kagome sonrió, inclinando la cabeza ante el elogio.
—Gracias —dijo—. Aunque la respuesta que encontré se la debo al menos en parte a usted, Midoriko-sama. Fue nuestro debate sobre el asunto el que me inspiró para tomar la decisión a la que llegué. Confesaré que es un método un tanto… heterodoxo, pero bueno, al fin y al cabo. Esa es parte de la razón por la que vinimos a buscarla. La otra parte tiene que ver con el anuncio de los nombramientos. Su Majestad y yo, nosotros… bueno, nosotros…
—No sabemos ni lo básico sobre planear nada —terminó Inuyasha por ella.
Midoriko subió un poco las cejas ante la franca confesión. Kagome luchó por mantener la mirada alejada de él, perfectamente consciente de la irritación que se mostraría allí y renuente a que Midoriko viera nada fuera de lo normal entre ellos.
—Lo que quiere decir Su Majestad es que ninguno de nosotros tiene mucha experiencia organizando ceremonias aquí en la corte —dijo con rigidez—. Así que habíamos esperado que pudiera prestarnos la suya, Midoriko-sama, o algún consejo que pueda ofrecer.
—Ya veo —dijo Midoriko, ladeando la cabeza pensativamente—. Bueno, supongo que sí que tengo algo de experiencia planificando ceremonias, aunque me temo que nunca he planeado nada demasiado grande. Ceremonias religiosas, en su mayoría. Aun así, si el Tennō-sama lo desea, haré lo que pueda. ¿Cuándo pretenden que se celebre la ceremonia?
Kagome vaciló, mordiéndose el labio. Midoriko arqueó una oscura ceja, entrecerrando los ojos.
—Interpretaré eso como que no tengo mucho tiempo —dijo.
—Una semana —dijo Inuyasha—. ¿Puedes hacerlo?
—¿Puedo hacerlo? Sí. Qué aspecto tendrá es una cuestión completamente distinta —dijo Midoriko, negando con la cabeza.
—Me aseguraré de que tengas todo lo que necesites —dijo Inuyasha—. O a quien quieras para ayudarte.
—Le doy las gracias, Tennō-sama —dijo Midoriko, inclinando la cabeza ante él—. Aunque mi preocupación es principalmente por ustedes dos. Sé lo duro que han trabajado para llevarnos hasta donde estamos ahora. No tengo ningún deseo de mancillarlo en forma alguna.
—No lo hará —dijo Kagome apresuradamente—. Confío en usted. Los dos lo hacemos. Y juro que haré lo imposible por serle de ayuda. Pero el tiempo es oro en este asunto. Tenemos que avanzar con los nombramientos si esperamos seguir haciendo progresos aquí en la corte.
Midoriko asintió, aunque apartó la mirada hacia Inuyasha ante esto. Él no la miró a los ojos, moviendo los suyos hacia las estanterías que había detrás de ella. Frunció las cejas y Kagome pensó haber visto un resplandor de alguna suerte de comprensión allí.
—Lo entiendo —dijo—. Y, como he dicho, siempre seré la sierva del Tennō-sama. No me negaré si hay una forma en la que pueda serles de ayuda a ambos.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Kagome y miró a Inuyasha. Él le devolvió la mirada, asintiendo.
—Gracias, Midoriko-sama —dijo—. De verdad.
Midoriko asintió, su sonrisa regresó, aunque permaneció el leve frunce de su ceño.
—Por ambos, me alegro de hacerlo —dijo—. Ahora, mientras les tengo aquí, será mejor que debatamos sobre las ideas que puedan tener para la ceremonia que deseen que incluya.
Kagome parpadeó, dirigiendo la mirada hacia Inuyasha. Él la miró también, negando ligeramente con la cabeza. Kagome suprimió un suspiro, volviéndose de nuevo hacia la miko más mayor.
—A decir verdad, no es que tengamos mucho en cuanto a ideas —admitió avergonzada—. No hemos tenido mucho tiempo para pensar en ello. Lo siento.
Los labios de Midoriko se fruncieron en una fina línea y Kagome pudo ver que se estaba esforzando por contener un suspiro. Bajó los ojos a sus propias manos manchadas de tinta y luego hacia los montones de pergaminos y los rollos esparcidos a su alrededor. Se detuvo, fijando los ojos en uno en particular.
Su mirada se arrastró desde él hasta Kagome. O más bien hasta el hombro de Kagome. Permaneció allí durante largos momentos, una expresión de incipiente inspiración se esparció gradualmente por el rostro de la mujer.
—¿Y si enmarcásemos la ceremonia alrededor de Amaterasu-sama? —dijo pensativamente—. La primavera está a punto de llegar y, en el pasado, solíamos marcar el inicio de la estación con una celebración dedicada a Amaterasu-sama y al regreso de su calidez a nuestras tierras. Además, tú, Kagome, puedes declarar una conexión bastante… única con ella. Una que no haríamos mal en recalcar, creo yo.
Distraídamente, Kagome desvió una mano hasta su hombro, descansándola sobre la cicatriz del sol. La notó ligeramente más caliente de lo habitual a través del material y parpadeó, ocurriéndosele una idea de repente. Se volvió hacia Inuyasha, abriendo los ojos como platos.
—Los nombramientos —dijo—. Si Amaterasu-sama nos guiase a ellos…
Él asintió, frunciendo el ceño pensativamente.
—Eso podría funcionar —dijo.
Nombramientos divinos. Kagome podría haberse dado una patada por no haber pensado en ello antes. Sería la tapadera perfecta para los sirvientes, una que sería casi imposible de cuestionar.
Pasando la mirada entre los dos, Midoriko apoyó las manos sobre la mesa ante ella.
—Tomaré eso como que ambos están abiertos a la idea —dijo, sonriendo levemente.
Kagome sonrió, ensanchando la sonrisa.
—Es brillante, Midoriko-sama —dijo—. Absolutamente perfecto.
Inuyasha asintió.
—Es buena —dijo.
Midoriko sonrió, inclinando la cabeza ante el elogio.
—Todavía habrá que darle más forma, pero es una base sobre la que podemos construir —dijo—. Dedicaré el resto del día a rellenar algunos de los detalles, si le place a Su Majestad. Kagome, te esperaré mañana temprano para que cumplas con tu promesa de ayudar.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo Inuyasha, levantándose para ponerse de pie ante la evidente despedida—. Como he dicho, cualquier cosa que necesites, se pondrá a tu disposición.
Kagome se levantó también, aunque su pie resbaló con el cojín que tenía debajo al hacerlo. Tropezó, pero la mano de Inuyasha salió disparada rápidamente para equilibrarla. Ella murmuró su agradecimiento, sonrojándose levemente cuando su mano se separó de ella.
Midoriko ladeó la cabeza, con mirada pensativa mientras la deslizaba del uno al otro. Se levantó.
—Otro punto a favor de Amaterasu-sama —dijo de repente, sus ojos oscuros se quedaron fijos sobre Inuyasha—, es su conexión con el Tennō-sama. Usted, Majestad, y su estirpe son sus descendientes. Es a través de su marca sobre usted, Tennō-sama, que se le concedió el derecho a gobernar. Es algo interesante que contemplar, ¿no?
Un frunce apareció en el ceño de Inuyasha mientras la miraba, un frunce bordeó sus labios. Su mirada pasó de ella a Kagome, abriendo los ojos como platos repentinamente. El más simple atisbo de una sonrisa curvó las comisuras de los labios de Midoriko mientras su mirada volvía de golpe a ella.
—Si tiene tiempo libre, Tennō-sama, tal vez podamos hablar más sobre el tema —dijo—. Ayudaría enormemente a mi investigación y, con suerte, demostraría serle útil, también.
Inuyasha asintió lentamente, con los ojos fijos en ella.
—Sí —dijo—. Kagome, adelántate.
Al observarlos, Kagome frunció el ceño. Estaba pasando algo allí, algo que se escapaba de su alcance.
—Puedo esperar —dijo—. No me importa.
Midoriko le dirigió una sonrisa, negando con la cabeza.
—No hay necesidad —dijo—. Será un asunto tedioso, principalmente por el bien de mis registros. De verdad que siento incluso tener que retener a Su Majestad para ello, no hay nada que hacerle. Estoy segura de que tienes muchas otras cuestiones que atender y no deseo apartarte de ellas. Te veré mañana para que empecemos a trabajar lo más pronto que puedas aquí, en el salón principal.
Kagome abrió la boca para protestar, pero la cerró de nuevo tras un momento.
Aparte de la irritante sensación de que la estaban excluyendo a propósito de este debate, no había nada por lo que tuviera que preocuparse. Era natural que fuera a haber algunas conversaciones que la O-Miko tuviera que tener en privado con el Tennō. Además, si la cuestión de verdad era importante, entonces seguro que Inuyasha la compartiría con ella.
—Por supuesto —dijo finalmente—. La veré mañana, Midoriko-sama. Tennō-sama.
Hizo una reverencia antes de darse la vuelta para irse. Al llegar a la entrada de la sala, Kagome se detuvo.
Al echar la mirada atrás, vio que el par seguía de pie. Inuyasha le daba la espalda, pero el rostro de Midoriko seguía siendo visible. Había un resplandor en sus ojos, algo ansioso en su postura.
Kagome se obligó a darse la vuelta. Si tenía que saberlo, lo sabría.
Salió, dejándolos a los dos a solas.
—¿Qué tal fue tu charla con Midoriko-sama?
Kagome podría haberse dado una patada. Había jurado que no preguntaría, que le permitiría contárselo por su cuenta cuando y si lo deseaba.
Aun así, nada de esa determinación había evitado que abriese la boca en el momento exacto en el que había atravesado el tapiz de la entrada de su sitio. Se mordió el labio.
Inuyasha parpadeó, ensanchando los ojos al encontrar los de ella bajo el suave brillo de la luna en la pequeña sala. El tapiz de la entrada cayó tras él, rozando contra la parte de atrás de su nubakama.
—¿Eh?
—Perdón —dijo Kagome, negando con la cabeza—. Pasa. Siéntate.
Dio una palmadita en el espacio a su lado sobre el futón. Él se puso a su lado, observándola cautelosamente mientras tomaba el espacio ofrecido.
—Perdón —dijo de nuevo—. Solo tenía curiosidad por saber de qué habíais hablado. No pretendía abordarte tan pronto entrases en la sala. Era… ¿era sobre algo interesante?
Inuyasha apartó la mirada de la de ella, fijándola en un oscuro rincón del cuarto. En lo alto de su cabeza, las orejas se movieron en varios rápidos movimientos, aplanándose antes de girar a un lado y a otro.
—Keh —dijo—. No era nada. Solo… cosas de Tennō, ¿vale?
Kagome frunció el ceño, inclinándose hacia delante para intentar poder ver mejor su rostro. Lo estaba manteniendo decididamente alejado de ella.
—¿Cosas de Tennō? —repitió con incredulidad.
Sus orejas volvieron a moverse de nuevo. Y otra vez más. Kagome profundizó su frunce.
—Sí, ya sabes, cosas normales —masculló—. Sobre Amaterasu y…
Se interrumpió. Kagome ladeó la cabeza, la incredulidad se tornó rápidamente en sospecha. Le tiró de la manga, pero aun así no la miró. Kagome frunció el ceño. Se estiró hacia arriba, agarró su mechón delantero y le dio un firme tirón.
—¡Au! Por los siete infiernos, Kagome, ¿qué?
Le dirigió una mirada fulminante. Kagome la igualó de lleno.
—Si no era nada, entonces ¿por qué actúas de forma tan extraña? —insistió.
El color subió al rostro de él mientras intentaba sostenerle la mirada, con la mandíbula dispuesta en gesto de desafío.
—Dijiste que confiabas en mí —dijo.
Kagome parpadeó, la había pillado desprevenida.
—Yo… claro que sí —dijo.
—Entonces, confía en mí —dijo, inclinándose para chocar su frente ligeramente contra la de ella—. Lo sabrás cuando sea necesario.
—… Entonces ¿era algo?
Inuyasha gruñó, desplomándose contra el futón y echando un brazo sobre su rostro.
—Kami, mujer…
—Perdón, perdón —dijo, suspirando—. Lo entiendo. Confío en ti.
La miró por debajo de su brazo mientras se acomodaba a su lado, apoyada sobre su antebrazo. Durante varios largos momentos, hubo silencio entre ellos, Kagome estaba intentando apisonar desesperadamente la miríada de preguntas adicionales que le habían suscitado sus palabras. Se lo contaría cuando estuviera listo. Podía ser paciente. Era natural que la gente no compartiera todo los unos con los otros en todo momento. Después de todo, ella…
Un ligero toqueteo en su frente la sacó de sus pensamientos. Los ojos de Inuyasha encontraron los de ella mientras se ponía de costado para encararla, dándole un último toque entre los ojos con el nudillo.
—Para de obsesionarte —dijo.
—No lo hago.
Él resopló, poniendo los ojos en blanco.
—¡Sí lo haces! Tus cejas siempre hacen eso cuando te obsesionas.
—¿El qué?
—Esto —dijo, frunciendo sus cejas de una forma tan exagerada que se le contrajo todo el rostro.
Kagome frunció el ceño, apartándole el brazo de un manotazo.
—¡No tengo esa expresión!
—¿Cómo lo sabes? ¡No puedes verte a ti misma!
Se miraron con furia hasta que, finalmente, Kagome suspiró, transigiendo.
—Vale —dijo—. Me estaba obsesionando.
—Lo sabía —dijo, sonriendo ligeramente con suficiencia.
Ella suspiró una vez más, cerrando los ojos. Se puso sobre su espalda, sonriendo ligeramente para sus adentros cuando sintió que Inuyasha se movía para inclinarse sobre ella. Abrió los ojos y encontró su mirada escrutadora.
—¿Qué tal una distracción, entonces? —murmuró.
Él frunció el ceño, juntando las cejas antes de levantarlas con repentina comprensión. Se le enrojeció el rostro, la expresión de sus ojos se acaloró.
—Me parece bien —dijo en voz baja, las palabras contra sus labios cuando se inclinó el trozo que faltaba para reclamarlos.
La instantánea calidez que la inundó fue más que suficiente para alejar cualesquiera pensamientos persistentes de su mente. Kagome encontró la suave presión de sus labios contra los de ella ansiosamente, más que feliz de dejar a un lado sus preocupaciones por un tiempo.
La atravesó un estremecimiento al sentir el ligero roce de sus colmillos por su labio inferior. Sintió que los labios de él se curvaban hacia arriba en una sonrisa contra su boca. Inuyasha había descubierto ese pequeño truco en algún lugar entre sus búsquedas a tientas y nunca dejaba de usarlo contra ella.
Bueno, a eso podían jugar dos. Se movió, estirándose para enredar sus manos en su pelo hasta que llegó a sus orejas. Pasó ligeramente sus uñas romas por la base de cada oreja, satisfecha con el profundo gruñido que salió de él ante el movimiento.
Inuyasha apartó los labios de los de ella, clavándola con una mirada de furia que estaba algo socavada por la vasta oscuridad de sus pupilas y su respiración irregular. Kagome sonrió con satisfacción, sacando la lengua para pasarla por sus labios hinchados por los besos.
—Cállate —masculló, sus labios descendieron sobre los de ella una vez más antes de que pudiera protestar diciendo que no había dicho nada.
Ella continuó su asalto a sus orejas mientras sus labios se enredaban, la lengua de él salió para calmar la mordida de sus dientes contra su labio interior. Se movió debajo de él, rodeando una de sus caderas con su pierna e instándolo a que se acercara. Jadeó cuando sus caderas se flexionaron contra ella, su dura longitud rozó contra su centro de una forma que resonó por cada uno de sus nervios.
Él volvió a capturar sus labios, repitiendo el movimiento inexorablemente mientras su mano subía por la longitud de su costado para descansar sobre su pecho. Su pulgar rozó sobre él a través de la ligera tela de su yukata de dormir, cada barrido era un pequeño pico de sensación contra su endurecido pezón. Se retorció debajo de él, deslizando las manos hacia abajo para aferrar el cuello de su han-juban.
Los labios de Inuyasha abandonaron los de ella, bajando para mordisquear ligeramente la unión entre su cuello y su hombro mientras su mano se movía para abrirle el cuello de la yukata lo suficiente para que su mano se deslizara en su interior. Las manos de Kagome se deslizaron en respuesta dentro de su han-juban, sus dedos rozaron la calidez de su clavícula y pecho mientras le bajaba la prenda por los hombros.
—Incorpórate —murmuró, su aliento caliente contra la piel de su cuello.
Kagome asintió, un poco aturdida, moviéndose con él mientras él se incorporaba. Los dos estaban respirando con un poco de dificultad mientras él manipulaba con torpeza el nudo de su yukata. Por un momento, se preocupó porque fuera a hacer trizas la cosa (demasiadas prendas se habían perdido a causa de esas garras), pero finalmente hubo el susurro de tela contra tela cuando se deshizo el nudo. La tela se aflojó a su alrededor, deslizándose hacia abajo para desnudar sus hombros a sus ojos.
Inuyasha se detuvo, con la mirada fija en la oscurecida piel que componía la marca del sol que dominaba la mayor parte de su hombro izquierdo. Levantó la mano, las puntas de sus dedos pasaron ligeramente sobre la piel de esa zona. Kagome lo observó, preguntándose por la expresión concentrada de su mirada.
Lentamente, se inclinó hacia delante, presionando los labios contra la marca. La calidez la recorrió ante el contacto, aunque no fue el delirante calor que normalmente acompañaba a estos momentos. Se extendió por sus extremidades y le cosquilleó en los ojos.
Inuyasha levantó la mirada hacia ella, con ojos brillantes mientras sus labios permanecían sobre su piel. Kagome tragó saliva, embelesada. Algo en esa expresión hizo que la atravesara un estremecimiento, una mezcla desorientadora de anhelo y turbación.
Finalmente, Inuyasha agachó la cabeza, soltándola. Kagome casi suspiró de alivio, el sonido se transformó rápidamente en un jadeo cuando sacó la lengua para trazar los bordes de la marca. Antes, casi la había evitado, su expresión era de dolor cada vez que su mirada caía sobre ella. Pero, ahora…
Sus pensamientos se esparcieron a los cuatro vientos cuando tiró de la aflojada tela de su yukata, el material rindió con facilidad su tenue agarre y se deslizó hacia abajo para amontonarse alrededor de sus caderas mientras su mano volvía a encontrar su pecho. La carne de su palma era áspera contra la suave piel de ese lugar, su pulgar trazó apretados círculos alrededor de su pezón.
Inclinó la cabeza, sus labios encontraron el pecho desatendido y trabajaron con rapidez para remediarlo. Kagome enterró las manos de nuevo en su pelo, aferrándose a él mientras el tirón de sus labios y de sus manos amenazaba con volverla loca. Sus dedos tiraron suavemente de un pezón, sus labios y dientes trabajaban ansiosamente alrededor del otro. Sintió que su mano libre subía por su muslo, lentamente por debajo de su yukata, gritando cuando alcanzó la humedad de su centro.
Tuvo cuidado mientras la acariciaba entre sus muslos, siempre cauto con sus garras. Aun así, el húmedo deslizamiento de sus dedos en tándem con su febril atención a sus pechos fue casi suficiente para desatarla, cada parte de ella se enrolló con tanta fuerza, que Kagome estuvo segura de que se rompería.
—¡Inuyasha! ¡Ah, por favor, Inuyasha…!
Levantó la mirada hacia ella, redoblando sus esfuerzos al ver su enrojecida piel y sus ojos febrilmente brillantes. Sus dedos encontraron el pequeño nudo entre sus pliegues y ella gimoteó, arqueando la espalda desesperadamente. Inuyasha gruñó alrededor de su pecho, su longitud palpitó ante la estampa mientras movía sus dedos sobre él una y otra vez.
No había nada tras los párpados cerrados de Kagome, salvo un blanco brillante y cegador mientras Inuyasha continuaba con lo que estaba haciendo, cada caricia entre sus muslos o contra sus pezones intensificaba la sensación. La sensación era tan fuerte que casi quiso pedirle que parase, que se detuviese, que le dejase respirar, pero apenas podía recordar cómo se formaban las palabras, mucho menos darles voz.
Pero, de repente, obtuvo su deseo cuando sus manos y labios se quedaron quietos.
Jadeó, con la boca abierta mientras bajaba la mirada hacia él. Tenía las pupilas enormes mientras la miraba, tan oscuras que parecían casi consumir el dorado de sus ojos.
—Te necesito —dijo—. Ahora mismo.
Ella asintió, moviéndose apresuradamente con él mientras la colocaba hasta que descansó sobre su regazo. Inuyasha bajó la mano entre ellos, forcejeando con el lazo de su nubakama por un momento antes de poder desatarlo. Kagome le ayudó a bajarlo por sus caderas, metiendo la mano para soltar su longitud de los confines de su fundoshi.
Él gruñó, su cabeza cayó hacia delante cuando la calidez de su mano lo rodeó. Kagome sintió excitación al verlo, pasando la mano lentamente por su longitud. Estaba caliente, casi demasiado caliente y descubrió que siempre se sorprendía al sentirlo, una embriagadora mezcla de dureza y suavidad.
Su pulgar rodó sobre la hinchada punta, rodeando la humedad que salía de él y esparciéndola por el resto de la cabeza. La voz de él se quebró alrededor de un grito de su nombre, sus caderas embistieron contra su mano. Ella continuó con sus caricias pausadas, extendiendo la sensación como él lo había hecho por ella. Tenía el rostro contraído, incluso sus orejas estaban echadas hacia atrás mientras aceleraba sus caricias.
De repente, la mano de él salió disparada, atrapando y sujetando su muñeca. Tenía los ojos entrecerrados cuando encontró los de ella, con su aliento irregular. Con su mano libre, se estiró hacia abajo, presionándola contra su cadera e instándola a que fuera hacia delante. Ella se movió ante su urgencia, se le atascó el aliento cuando su punta se empujó contra la humedad de su entrada.
La sostuvo ahí durante un momento, inclinándose hacia delante para capturar sus labios con los de él mientras la anticipación se extendía entre ellos como un hilo invisible.
Finalmente, estalló mientras le presionaba las caderas hacia abajo, moviéndose hacia arriba en el mismo movimiento para enterrar su punta dentro de ella. Kagome mordió su labio inferior, sus manos buscaron agarre en sus hombros.
Se deslizó dentro de ella hasta que estuvieron cadera contra cadera, con su peso equilibrado contra sus muslos y por el brazo con el que le había rodeado la espalda. Liberó sus labios, apoyando la cabeza contra la ligera elevación de su pecho. Sacó la lengua de golpe para bañar su pezón y ella gritó.
—Kami —murmuró él cuando la sintió tensarse a su alrededor, le temblaban ligeramente las extremidades.
Chupó el pezón con su boca, mantuvo quietas sus caderas mientras embestía contra ella. Kagome exclamó de nuevo, todo su cuerpo se estremeció alrededor de él esta vez. Él estaba imparable, retrayéndose y embistiendo de nuevo apresuradamente para introducirse en ella hasta la empuñadura.
Liberó su pecho, sus embestidas aceleraron mientras ella seguía apretándose a su alrededor. Inhaló al mirarla, el arco de su espalda era pálido y suave, y resaltaba a la luz de la luna mientras sus pechos rebotaban ligeramente con cada empujón que daba dentro de ella. Ella jadeó, sus ojos líquidos mientras encontraban los de él, y estuvo seguro de que nunca había visto nada mejor en el mundo.
Kagome se incorporó para rodearlo cuando la sensación empezó a abrumarla. Inuyasha frotó las caderas contra ella, jadeando cuando sus movimientos se volvieron más erráticos.
—Kami, Kagome —gruñó, las palabras retumbaron contra su clavícula—. Eres tan… yo…
—Estoy cerca —gimoteó—. Inuyasha, Inu…
Una intensa embestida le robó la voz, su punta se presionó contra algo dentro de ella que chispeó a través de sus nervios como un fuego incontrolado. Abrió la boca en un grito silencioso, todo su cuerpo se apretó alrededor de él y alcanzó su liberación.
Inuyasha dio varias cortas e intensas embestidas más, la estrechez de su vaina exprimiéndolo al máximo al llegar a su propio clímax. Se estremeció, enterrando su rostro contra su pecho cuando la sensación casi lo abrumó.
Sus alientos jadeantes llenaron la pequeña habitación mientras se ralentizaba un poco el ritmo en el par. Inuyasha inclinó la cabeza hacia atrás, asomándose a su rostro intensamente sonrojado.
—Fue eso… ¿suficiente distracción? —dijo.
—¿Eh? —dijo ella poco elocuentemente, incapaz de pensar más allá del placentero canturreo de sensación que llenaba sus extremidades.
Una sonrisa de satisfacción inclinó hacia arriba una de las comisuras de sus labios, un colmillo asomó sobre su labio inferior. Kagome frunció levemente el ceño, consciente de que se estaba burlando de ella, pero incapaz de que le importase demasiado. Le dio una ligera palmadita en el hombro incluso mientras inclinaba los labios hacia arriba para imitar los de él.
Inuyasha negó con la cabeza mientras su sonrisilla se ensanchaba para formar una sonrisa. La movió con cuidado, levantándola hasta que pudo salirse de ella y la colocó en el futón. Kagome gimió, tanto por la sensación como por la repentina consciencia de lo agarrotadas que se habían vuelto sus piernas mientras estaba encima de él.
Inuyasha sacó de un tirón las mantas del futón de debajo de ella mientras Kagome eliminaba los calambres de sus piernas con frotaciones, cubriéndola tan pronto pudo estirar las piernas. Ella se acostó y él se estiró a su lado sobre su costado, mirándola.
—Deberías dormir —dijo—. Mañana te levantas temprano, ¿verdad?
Ella asintió, reprimiendo un bostezo con la mano. Podía sentir que sus miembros comenzaban a pesarle con una placentera mezcla de satisfacción y cansancio.
—¿Me despertarás? —dijo.
Él asintió, estirándose para tirar de la manta para cubrir su todavía desnudo pecho. Su mano rozó la marca del sol mientras la apartaba, permaneciendo sobre la piel de allí varios momentos.
Kagome murmuró su agradecimiento, comenzando a cerrar lentamente los ojos. Incluso mientras se quedaba dormida, pudo sentir la calidez de su mirada, fija inequívocamente en la marca de Amaterasu.
A Kagome nunca le había molestado el trabajo duro. Desde que era muy pequeña, estaba acostumbrada a trabajar duro, ya fuera ayudando a su padre con la cosecha, o a su madre a ocuparse de Souta, o a Kaede con las curaciones en la aldea. El trabajo duro era simplemente una realidad en una aldea, algo que era de esperar de cualquiera lo suficientemente mayor para caminar y hablar.
Tras pasar una semana con Midoriko organizando la ceremonia, no obstante, Kagome pensó que tal vez nunca antes había entendido lo que era de verdad el trabajo duro.
Cada día de aquella semana lo pasó del amanecer hasta bien pasado el anochecer al lado de la mujer, ocupada en casi todo momento. Si Kagome había pensado alguna vez que planear la ceremonia de regreso para los Tachibana con Sango había sido difícil, ahora parecía un sueño en comparación.
Parte de la dificultad para ella era que Midoriko, a diferencia de Sango, insistía en que Kagome estuviese involucrada en cada aspecto de la planificación y ejecución. Era esencial que Kagome comprendiera todas las partes por si alguna vez tenía que planear una por su cuenta, insistió Midoriko. Aunque Kagome podía ver la verdad de ello a regañadientes, había algo en la insistencia de Midoriko sobre el tema que le hacía sospechar que había algo más de lo que dejaba entrever la miko más mayor. Aun así, hizo lo que le exigieron, esforzándose por memorizar tanto como pudiera del proceso.
Aparte de esto, no obstante, Kagome pudo recordar poco de la semana. La única distinción que parecía existir para marcar el paso de los días era la breve oscuridad tras sus párpados cerrados en la que encontraba un alivio temporal cada noche. Su cansancio era tan intenso que incluso le costaba recordar dónde dormía, tanto si llegaba a su sitio y al de Inuyasha como si simplemente colapsaba en su propio cuarto. Había noches en las que pensaba que sentía su calidez a su lado o su mano con garras acariciándole el pelo, pero bien podrían haber sido sueños, teniendo en cuenta la claridad con la que podía recordarlo.
Durante el día, Inuyasha sí se unía a Midoriko y a ella de vez en cuando para comprobar su progreso. Invariablemente, estas eran las únicas veces en las que Midoriko permitía que la separaran de Kagome, apartándose los dos para discutir una u otra cuestión. Si Kagome hubiera tenido un ápice de energía extra, podría haber sentido bastante curiosidad por el continuo secretismo entre los dos y habría averiguado de qué estaban debatiendo. Como estaba, simplemente agradecía esos breves momentos de descanso que le concedían sus charlas.
Pero, finalmente, tras lo que pareció tanto una pequeña eternidad como un simple parpadeo, el día de la ceremonia estuvo sobre ellos.
A Kagome la despertaron esa mañana con la primera luz del día, su sumisa figura se vio casi arrastrada hacia la cámara de baño en la parte de atrás de su residencia. Comenzó a percatarse un poco de sus alrededores mientras la guiaban hasta las aguas del baño, su calidez penetró lentamente en sus miembros y aclaró un poco de la neblina de su mente.
Las sirvientas se movieron a su alrededor con impresionante coordinación y eficacia, frotando y lubricando cada parte de ella hasta las puntas de los dedos de sus pies. También cepillaron y lubricaron su pelo, peinándolo hasta que brilló como seda tejida. Mientras trabajaban, comentaron lo largo que le estaba creciendo el pelo y lo complacidas que estaban de por fin verla subiendo de peso (siempre se preocupaban porque comía como un pajarito) manteniendo la conversación ligera, ya que sabían lo ocupados que estaban sus pensamientos con lo que iba a pasar ese día.
En silencio, Kagome les dio las gracias por su discreción. Notaba la cabeza llena, casi al punto del estallido, tras el frenesí de la semana pasada, sus pensamientos daban vueltas sin fin alrededor de cada detalle de la ceremonia para asegurarse de que no quedaba nada sin hacer.
Estuvo claramente menos agradecida cuando le mostraron lo que se iba a poner ese día.
Aunque era uno de los pocos detalles sobre los que Midoriko y ella no se habían molestado en debatir, Kagome se había sentido bastante segura en su conjetura de que se le permitiría vestir las ropas ceremoniales de espiritista. Eran un poco más formales que sus prendas habituales, pero seguían siendo lo suficientemente funcionales y más que adecuadas a su posición y a su papel en la ceremonia.
Pero dispuesto ante ella había un juni-hito lo suficientemente elaborado como para rivalizar con cualquiera que hubiera visto antes. Era una brillante capa de sedas rojas y blancas, los colores eran tan vívidos que casi quiso protegerse los ojos de ellos. Bordadas por todo él en una de las más intrincadas labores que hubiera visto nunca, había imágenes doradas del sol, con rayos brillantes y potentes mientras se extendían por la longitud de la tela. Era hermoso y de un aspecto tan totalmente incómodo que Kagome no pudo reprimir un suspiro.
—Solo son diez capas, si eso lo mejora un poco —dijo una de las mujeres, Setsuko, tímidamente—. No son ni de cerca tantas como las de invierno.
Kagome le dirigió una mirada implorante.
—Dígame que no es una orden —dijo, incapaz de contener la petulancia de su tono.
Setsuko negó con la cabeza, torciendo los labios en gesto de disculpa.
—Del Tennō-sama —dijo—, y de la O-Miko-sama, para el caso. Insistieron en que lo sacáramos del armario retirado de una antigua princesa.
Kagome se mordió el labio para contener otro suspiro, no habiéndose esperado nada menos. Asintió.
—De acuerdo —dijo—. Será mejor que acabemos con esto, entonces.
Setsuko inclinó la cabeza en gesto de acuerdo, ofreciéndole otra media sonrisa contrita antes de gesticular en dirección a la otra mujer, Oshizu. Las dos avanzaron, cogiendo la capa más interior y comenzando el proceso.
Fueron meticulosas con sus atenciones, cada capa acomodada y dispuesta con cuidado para que la luciera. Cuando hubieron colocado la última capa, Kagome estuvo en cierto modo complacida al darse cuenta de que Setsuko tenía razón en la diferencia entre diez y quince capas. Aunque difícilmente se podía decir que fuera cómodo, el juni-hito al menos no era tan pesado como los anteriores que se había puesto.
Por desgracia, estaban lejos de haber terminado con ella.
Con el juni-hito colocado, las mujeres se pusieron con los accesorios necesarios. El primero fue un abanico de mano, una cosa encantadora y delicada que tenía pintada la escena de Amaterasu emergiendo de la cueva. Afortunadamente, durante su semana con Midoriko, la miko mayor se había asegurado de volver a familiarizarla con el lenguaje del abanico, retomando y expandiendo las lecciones que una vez le había dado Kikyou. Kagome lo agradeció cuando le enlazaron el delicado accesorio alrededor de la muñeca.
Tras el abanico, llegó una delicada diadema dorada en forma de sol. Oshizu la colocó con cuidado sobre su cabeza, ajustándola hasta que el símbolo del sol descansó perfectamente sobre el centro de su frente. Del símbolo bajaban delicadas hebras doradas alrededor del metal más grueso de la banda. Las dos mujeres le arreglaron el pelo de forma que ocultase por completo la banda más gruesa antes de disponer ingeniosamente las cadenas sobre los oscuros mechones de su pelo. Cuando hubieron terminado, parecía como si el símbolo del sol descansara suspendido, con sus rayos captando la luz de la temprana mañana que se filtraba en la habitación tan resplandecientemente, que Kagome casi se quedó embelesada al verlo.
Aun así, vaciló, observando su propio reflejo con inquietud en el pequeño espejo de mano que las mujeres le habían proporcionado.
—Es encantador, de verdad —dijo, girando el rostro a un lado y a otro—. Pero… ¿no creen que es un poco excesivo?
En el espejo, vio que Oshizu y Setsuko intercambiaban una mirada, una leve sonrisa curvó hacia arriba los labios de esta última.
—Tal vez para cualquier otro, Kagome-sama —dijo—. Pero creo que a usted le sienta bastante bien.
Kagome frunció el ceño, consciente de la astuta evasiva, pero insegura de cómo replicar. El ornamento estaba definitivamente por encima de su posición. Ciertamente, había visto a otras mujeres de la corte ponerse ornamentos similares con anterioridad, pero todas habían sido damas de grandes clanes o…
O Kikyou, se dio cuenta Kagome con un cosquilleo de inquietud. La mujer a la que más claramente recordaba engalanada con galas como estas era Kikyou.
Kagome se mordió el labio, intentando apartar la repentina ola de inquietud que la llenó. Si esto era lo que Midoriko e Inuyasha habían escogido para ella, entonces sobrellevaría su propia incomodidad de sentirse como un pájaro con plumaje demasiado brillante.
Además, Midoriko y ella habían tenido cuidado de disponer cada detalle de la ceremonia alrededor de Amaterasu. No debería resultarle sorprendente que Midoriko quisiera asegurarse de darle énfasis a eso hasta el último detalle. Ciertamente, era sabido que Kagome tenía una conexión bastante única con Amaterasu. Era natural que deseasen darle énfasis a eso durante la ceremonia.
Kagome asintió para sí. Sí, seguro que era eso.
—Kagome-sama, por favor, estese quieta o acabaremos haciendo un desastre en ese fino rostro suyo —le riñó Setsuko.
Se había arrodillado al lado izquierdo de Kagome, con Oshizu a su derecha. Ambas sostenían pequeños pinceles delgados en sus manos, el de Setsuko estaba colocado a menos de un milímetro del rostro de Kagome. Kagome parpadeó, sonrojándose débilmente.
—Perdón —murmuró.
Setsuko negó con la cabeza, agarrándole ligeramente la barbilla para mantenerle el rostro quieto. Sus ojos se fijaron en la boca de Kagome mientras se inclinaba, el pincel trazó la curva de su labio superior. Kagome contuvo un estremecimiento ante la fría y casi viscosa sensación mientras repetía el movimiento en su labio inferior.
Una vez terminado, Setsuko se echó hacia atrás para examinar su trabajo. Inclinó el rostro de Kagome hacia Oshizu para que también la juzgara, soltándola solo cuando la otra mujer ofreció un asentimiento de aprobación. Oshizu se inclinó entonces, murmurándole a Kagome que cerrase los ojos. Ella obedeció y momentos más tarde sintió el deslizamiento de un pincel por la línea de sus pestañas, las pinceladas se dirigieron hacia el exterior para alargar la línea de sus ojos. Tras eso, siguió el ligero espolvoreado de polvo sobre sus párpados.
—¿Qué opinas?
Hubo un ligero crujido y luego un suave roce, los dedos pasaron sobre un punto al lado de sus labios.
—Listo, ahora está perfecto —respondió Setsuko cuando se retiró el roce—. Por favor, mírese, Kagome-sama.
Kagome abrió los ojos obedientemente, ligeramente sorprendida al encontrar inmediatamente su propia mirada cuando Oshizu levantó un pequeño espejo para que ella se examinara.
Habían pintado sus labios y sus párpados de un rojo vivo que hacía juego perfectamente con el color de su juni-hito. La línea de oscuro carboncillo hacía que sus ojos grises parecieran entrecerrados y de algún modo más profundos de lo habitual.
Kagome parpadeó, dándose cuenta, con una sensación que no podía ubicar muy bien, de que se reconocía. Todas las demás veces que se había visto obligada a atravesar este proceso se había sentido como si una extraña hubiera salido de él, banal, acicalada y completamente extraña para ella. Pero de algún modo se reconocía.
Eso no quería decir que estuviera cómoda. Las capas todavía caían pesadas de sus hombros y estaba segura de que en algún momento terminaría arruinando la pintura de sus labios, pero a pesar de todo ello, no se sentía como una extraña en su propia piel por una vez. La mujer en el espejo, a pesar de todas sus galas, seguía siendo tanto ella como cuando se ponía su traje de miko. O incluso tanto ella como lo había sido en su aldea, cubierta de tierra y ropa raída.
Kagome levantó una mano, apoyándola contra su pecho. Incluso a través de las capas, podía sentir el latido constante de su corazón. Asintió para sí.
—Gracias. Creo que estoy lista.
No estaba lista.
Kagome se mordió el labio, se le hizo un nudo en el estómago cuando se asomó a la escena ante ella.
Los cortesanos llenaban el claro hasta donde alcanzaba la vista, cientos de figuras brillantes como joyas se paseaban mientras se visitaban unos a otros y encontraban sus lugares sobre las sedas que habían extendido. Estaban enmarcados por filas y filas de árboles de sakura a cada lado del claro, ramas de un verde intenso cubiertas de capullos con la promesa de un pronto florecimiento. Era el mismo claro en el que Kagome había asistido a aquella primera excursión ominosa de las mujeres, que parecía que había tenido lugar hacía una vida.
Midoriko y Kagome habían dispuesto carruajes ornamentados para traer a los cortesanos de Heian-kyō al claro, cada uno de ellos engalanado con vestiduras de seda y lleno de flores frescas primaverales. Normalmente, habrían estado tirados por bueyes, pero Midoriko había tenido el golpe de genialidad de sugerir que, en cambio, usaran shikigami. A petición suya, varios de los onmyōji de la corte habían trabajado durante casi dos días para conjurar los suficientes para tirar de cada carro, cada uno de ellos completamente sin forma para que pareciera que los carruajes tiraban de sí mismos. Por lo que había visto Kagome, los cortesanos habían parecido bastante cautivados por este toque.
Los carruajes ornamentados estaban ahora situados al borde del claro, el último de los cortesanos salía de ellos.
Bueno, el último no. Kagome dejó que el tapiz bordado de su carruaje se cerrase, obligándose a respirar hondo mientras se giraba para dirigirle la mirada a sus compañeros.
—¿Tenemos que hacerlo? —dijo, incapaz de contenerse.
Midoriko la atravesó con una mirada severa.
—Kagome…
A su lado, Inuyasha se encogió de hombros, tirando del kanmuri bajo el que llevaba recogida la longitud de su pelo.
—Keh. Yo digo que nos lo saltemos ahora mismo —dijo—. Estarán bien por su cuenta y yo podré sacarme esta cosa estúpida de la cabeza. ¿Creéis que, si se lo pido a esa cosa, nos llevará de vuelta…?
Se quedó callado cuando Midoriko le dirigió a él la mirada.
—Vale, vale, lo entiendo. Solo estaba de broma, de todas formas —masculló—… más o menos.
Midoriko suspiró, cerrando los ojos, y Kagome estuvo segura de que se estaba esforzando por no poner los ojos en blanco.
—Hemos planeado todo, hasta el último detalle, y lo hemos hecho bastante bien, he de añadir —dijo Midoriko—. Ambos saben lo vital que es que todos desempeñemos nuestros papeles, ¿no?
Inuyasha y Kagome compartieron una mirada de compasión antes de asentir, ambos adecuadamente disciplinados.
—Bien —dijo—. Yo iré primera y confío en que los dos me sigan.
El par asintió. Les ofreció una pequeña sonrisa antes de levantarse, pasando las manos por la longitud del chihaya ceremonial que se había puesto sobre su kosode blanco para la ocasión. La prenda colgaba justo por debajo de sus rodillas, de un blanco prístino y estampado hermosamente con grullas rojas que bajaban en picado. Se había recogido la longitud de su pelo lleno de mechas plateadas sobre la nuca y sobre su frente había un ornamento compuesto de flores frescas primaverales con hebras plateadas delicadamente entretejidas que colgaban de él.
Tenía todo el aspecto de ser la O-Miko, pensó Kagome mientras la observaba salir del carruaje.
Una mano cálida y callosa se posó sobre la de ella y parpadeó, volviéndose hacia Inuyasha.
Él también era digno de ver, dado que había renunciado al tradicional kikūjin ceremonial en favor de su tono carmesí preferido en su shitagasane, el material estaba estampado por todas partes con imágenes doradas de temibles inu-youkai. Su hakama era del mismo carmesí y su melena de pelo plateado estaba recogida bajo el kanmuri más elaborado que hubiera visto hasta entonces. Al estudiarlo, Kagome se dio cuenta de que sus prendas iban bastante a juego con las de ella.
—Todo irá bien —dijo, interrumpiendo su pensamiento—. Lo haremos tal y como lo planeaste con Midoriko. Charlaremos con los muy bastardos un rato, comeremos y luego nos iremos. Tranquila.
Kagome frunció el ceño, mirándolo.
—Ese no es el plan exactamente —dijo—, pero aprecio el sentir. Es que… estas cosas siempre me ponen muy nerviosa. Un paso en falso y…
Se interrumpió, negando con la cabeza. Le apretó la mano, con una mueca de simpatía en la comisura de sus labios.
—Créeme, lo entiendo, joder —dijo—, pero te conozco. Te preocupas mucho y luego lo haces mejor de lo que podría soñarlo la mayoría de esos bastardos. Además, ambos sabemos lo importante que es esto.
Kagome abrió los ojos como platos, una repentina calidez llenó su pecho. Una tímida sonrisa se arrastró por su rostro y le apretó la mano en respuesta.
—Gracias —dijo en voz baja—. Tienes razón. Los nombramientos son cruciales para todo lo que queremos hacer en adelante. Me aseguraré de que esto transcurra sin incidentes.
Inuyasha frunció el ceño, crispando la frente por un instante. Luego parpadeó, pareciendo recordar algo.
—Los nombramientos —murmuró—. Cierto. Sí.
La calidez se disipó un poco.
—¿De qué pensabas que estábamos hablando, Inuyasha?
Encogiéndose de hombros, negó con la cabeza con un movimiento errático que repitió demasiadas veces.
—De los nombramientos —dijo apresuradamente—. Obviamente. Eso… obviamente los dos estábamos hablando de eso.
Kagome profundizó su frunce.
—Inuyasha…
Pero había retirado la mano de la de ella, apoyando ambas manos en sus hombros para moverla bruscamente hacia el tapiz del carruaje.
—Midoriko está esperando —dijo—. Será mejor que nos demos prisa o se cabreará.
—¡Espera…!
Pero era demasiado tarde, ya que una mano ya se había estirado al ver el tapiz moviéndose para ayudarla a salir del carruaje. Kagome se dio la vuelta, lanzándole a Inuyasha una mirada furiosa antes de tomar la mano que le ofrecían y salir al claro.
La charla que llenaba el claro pareció ruidosa tras la relativa tranquilidad del carruaje, los sonidos la atravesaron tan de repente que casi se quedó desorientada. El sirviente que la ayudó a salir del carruaje le soltó la mano, haciendo una reverencia y Kagome apenas recordó darle las gracias antes de avanzar sobre unas piernas de las que se sentía extrañamente desconectada.
Habían dispuesto el espacio del claro en tres secciones diferenciadas, dispuestas alrededor de un círculo central que se había dejado vacío a propósito. Esto les permitía a los Taira, a los Tachibana y a los Minamoto colocarse a ellos, y a las ramas de sus clanes menores, como deseaban sin tener que mezclarse si no lo deseaban. Al principio, Kagome había pensado en incluir un espacio también para los Fujiwara, pero Midoriko había señalado rápidamente que, además de que quedaban muy pocos miembros de ese clan dentro de la corte, el gesto era probable que tampoco fuera a recibirse muy bien después de todo lo que había ocurrido. Kagome había concordado a regañadientes.
A la cabeza del espacio central vacío que rodeaban las tres secciones, habían levantado una tarima construida de forma que sirviera como el puesto de Inuyasha durante las festividades. El lugar de Kagome estaba allí también y fijó los ojos sobre él mientras avanzaba.
Midoriko ya estaba a cierta distancia por delante de ella, moviéndose entre el gentío de cortesanos con una elegancia y facilidad que Kagome no pudo evitar envidiar. A causa de la crucial importancia de su papel en la ceremonia, ella también tenía preparado un lugar sobre la tarima hacia el que se estaba desplazando incesantemente.
Respirando hondo, Kagome levantó la barbilla y compuso sus facciones en una semblanza de lo que esperaba que fuera calma. Ya estaba casi lo suficientemente cerca para que la vieran y…
Y había alguien a su lado.
Parpadeó, ensanchando los ojos cuando giró la cabeza y se encontró allí a Inuyasha. Él no encontró su mirada, con la vista fija firmemente hacia delante como si no la hubiera visto.
—¿Qué haces? —dijo entre dientes—. ¡Se supone que tienes que esperar hasta que Midoriko-sama y yo hayamos llegado a la tarima!
—Me aburrí —replicó—. Además, te mueves tan despacio que quién sabe cuándo vas a llegar finalmente allí. Y antes de que decidas armar un escándalo, que sepas que están empezando a mirar.
Una rápida mirada a la multitud le dijo que él tenía razón. Las cabezas se estaban empezando a girar en su dirección, algunos de los cortesanos en los bordes del claro los habían visto. Kagome sabía lo suficiente para saber que solo sería cuestión de momentos antes de que todos fueran conscientes.
Se mordió el interior de la mejilla, perfectamente consciente de la incorrección de la situación y sin saber qué hacer para evitarlo sin ponerse en evidencia ella y posiblemente a Inuyasha delante de toda la corte.
—Sabes hacerlo mejor que esto, Inuyasha —murmuró, en voz tan baja que sabía que solo sus oídos podrían captarlo.
—También sé hacerlo peor —replicó—. Relájate, Kagome. Querías darles un espectáculo, así que démoselo.
Y con eso, antes de que pudiera parpadear siquiera, deslizó un brazo a través del de ella y avanzó intencionadamente. Kagome tuvo que luchar por no tropezar con la altura de sus geta cuando él alargó sus zancadas, el único pensamiento que pudo procesar en ese momento era que, de una forma u otra, obtendría su venganza por esto.
Afortunadamente, ralentizó sus pasos cuando llegaron al borde exterior de donde estaban dispuestos los cortesanos, concediéndole un momento para tranquilizarse de nuevo. Enderezó los hombros y compuso una sonrisa serena, abriendo el abanico en su mano a su costado.
Casi como uno, dieron su primer paso para adentrarse entre la multitud. Kagome levantó el abanico, sintiendo una ligera chispa de emoción recorriéndola. Se suponía que esto iba a ser para la entrada de Inuyasha, pero supuso que ya no se podía hacer nada al respecto.
Girando el abanico en la mano, lo movió en un gesto expansivo de bienvenida.
Se levantó inmediatamente una brisa, tan fuerte, que exclamaciones y gritos ondularon a través de la multitud cuando trajes y abanicos se levantaron con ella. En el mismo momento, el mundo alrededor del claro explotó en un color intenso, fila tras fila de árboles de sakura florecieron de golpe por completo.
La brisa barrió alrededor y a través de las flores de un rosa intenso, recogiendo pétalos y flores por igual. En meros instantes, todo el claro estuvo inundado en una niebla de flores flotantes, el aire lleno del embriagador aroma de la primavera.
Inuyasha y Kagome empezaron a avanzar lentamente, la sonrisa de esta última se hizo más ancha al ver el amplio asombro de los cortesanos a su alrededor. Los pétalos bajaron suavemente sobre el pelo, los rostros y las ropas, esparciéndose por el camino bajo sus pies hasta que quedó completamente alfombrado con ellos. Kagome una vez había creído que el claro sería algo digno de auténtica contemplación con el pleno florecimiento de la primavera, pero estuvo eufórica al darse cuenta de que no había sido capaz de imaginarse ni la mitad de su atributo de ensueño.
A su alrededor, los cortesanos hicieron reverencias a medida que pasaba el par, murmullos y exclamaciones de asombro y aprobación resonaron a su paso. La belleza de la escena parecía haber superado lo inadecuado de su entrada juntos, y Kagome estaba profundamente agradecida por ello.
También estaba complacida de ver el respeto con el que muchos ahora parecían observar a Inuyasha mientras pasaban. Apenas un solo abanico se movió en un gesto que no fuera de estima o admiración y no había ningún rencor en sus reverencias, salvo por los grupos que componían la rama principal del clan Taira. Pero sabiendo como sabía ahora quién los controlaba, poco le sorprendía.
Cuando estuvieron a la vista de la tarima, Midoriko captó la mirada de Kagome, una sonrisa tan ancha que intensificaba las arrugas alrededor de sus ojos se extendía por su rostro. Asintió en gesto de aprobación y Kagome le devolvió el gesto con una inclinación de su cabeza.
No había sido una hazaña fácil para las dos convocar a los kodama que habitaban en esta arboleda de sakura, mucho menos convencerles para que siguieran su plan de hacer florecer los sakura para ellas. A los kodama les importaba poco más allá del bienestar de sus árboles, después de todo, así que no había ofrenda material que pudieran hacer que les suscitara algún interés. Afortunadamente, Midoriko comprendía suficientemente su naturaleza para saber que amaban poco más que la admiración de la gente por la belleza de la naturaleza. Prometerles cientos de ojos llenos de admiración a la vez había demostrado ser suficiente tentación para hacer que aceptaran finalmente.
Invocar el viento había sido una cuestión más sencilla. Kagura había aceptado manipularlo inmediatamente al pedírselo, la petición le proporcionó justo el pretexto que necesitaba para alimentar a Naraku sobre cómo había manipulado a Kagome para que los escogiera a Kanna, a Byakuya y a ella para los nombramientos. Simplemente le diría que Kagome la había buscado a regañadientes por desesperación (había muy pocos youkai capaces de controlar los vientos, después de todo) y que había aceptado a cambio de asegurar sus puestos.
El par llegó a la tarima e Inuyasha guio a Kagome hasta el cojín que había a su izquierda, en un nivel más abajo del suyo. Ella inclinó la cabeza en dirección a Midoriko, donde estaba sentada justo un nivel más abajo a la derecha mientras Inuyasha las dejaba atrás en su ascenso, tomando su lugar a la cabeza de la ceremonia.
Se giró para encarar a la multitud, la longitud de su hakama y shitagasane se inflaron con la brisa. Tiras de pétalos de sakura siguieron lloviendo a su alrededor mientras sus ojos dorados sondeaban lentamente a los cortesanos que estaban ante él y, a pesar de su irritación por su comportamiento desenfadado, Kagome no pudo contener la sonrisa que se extendió por su rostro. Tal vez era el aspecto más regio que hubiera tenido nunca.
—Primos —dijo finalmente, su voz resonó sobre la multitud—. Bienvenidos. Os damos las gracias por vuestra presencia aquí en este día, un día en el que nos reunimos no solo para revivir las tradiciones del ayer, sino también para construir las tradiciones que definirán en quiénes nos vamos a convertir tras esto. Nos reunimos para reanudar los nombramientos de la época de mi padre, para unir de nuevo una corte que ha estado fracturada desde hace demasiado tiempo por el miedo y el conflicto. Nos reunimos para comenzar a construir una corte lo bastante fuerte no solo para mantenernos unidos dentro de ella, sino también lo bastante fuerte para unir a la nación alrededor de su fuerza. Nos reunimos para celebrar la devolución de Amaterasu de la luz al mundo, su don de la primavera y la oportunidad del renacer que trae consigo. Nos reunimos para celebrar el don de su luz que Amaterasu le ha otorgado al Tennō y que les otorga a todos aquellos que considera dignos de gobernar. Ahora, ¡que empiece la ceremonia!
Al alzar las manos, los vientos se levantaron una vez más, con tanta fuerza esta vez que durante varios largos momentos nada fue visible más allá del denso remolino de sakura en el aire. Pero, a medida que el viento se calmaba, una gran columna de pétalos siguió girando y retorciéndose en el espacio central alrededor del que estaban situados todos.
Todos los ojos se volvieron hacia la columna, el viento hacía parecer que casi bailaba entre ellos y de repente el sonido intenso y vibrante del tambor da-daiko empezó a resonar por el claro.
La columna se disipó abruptamente, disolviéndose en una lluvia de pétalos. En medio, se reveló la fuente de la percusión, un grupo de bailarines mikagura disfrazados. El hombre de los tambores aceleró el compás, los graves sonidos estruendosos se incrementaron hasta casi el punto del frenesí mientras los bailarines se quedaban como si estuvieran paralizados.
De repente, uno de ellos soltó un grito, un sonido agudo y reverberante que pareció llenar todo el claro y los demás bailarines empezaron a moverse como si fueran uno. La obra había comenzado.
Exclamaciones y gritos emergieron de la multitud, los abanicos se movieron en gestos de deleite. Los bailarines fueron remolinos de sedas decoradas con bordados, sus máscaras místicas resplandecían debajo de los abanicos en sorprendente contraste con la elegancia de sus movimientos. Cada uno portaba el rostro de un kami para el baile y sostenía en sus manos un pequeño hilo de cascabeles que repicaban a cada movimiento que daban.
En el centro estaba la Amaterasu enmascarada. Por turnos, cada uno de los kami se movió a su alrededor, torciéndose y girando en sus súplicas para que emergiera de la cueva y devolviese una vez más la luz al mundo. Ella, en respuesta, se alejaba pivotando de ellos, negándose a dejarse conmover o a mostrarles su rostro.
Tras varios turnos de esto, la música comenzó a aumentar, el ritmo del tambor se aceleró en conjunción con el tocar del komabue cuando todos los kami se unieron para rodear a Amaterasu. Sus cascabeles repicaron en armonía mientras hacían un círculo a su alrededor, tendiéndole sus ofrendas para que emergiera y trajera la luz y el orden al mundo una vez más.
Uno por uno, los aceptó: el espejo, la espada y el abalorio. Los otros kami hicieron su último círculo a su alrededor mientras ella avanzaba, girándose lentamente para presentarle los tres tesoros a la multitud.
El cielo sobre sus cabezas, de un apagado gris nuboso que varios habían comentado que seguramente arruinaría la ceremonia con su tiempo plomizo, si no con una tormenta vespertina, se iluminó, un rayo de luz del sol lo atravesó para brillar sobre la ahora emergente Amaterasu. Se dio la vuelta, los demás kami se separaron para abrirle paso. El rayo de luz la siguió mientras avanzaba con pasos deliberados hacia la tarima.
La música aumentó una vez más mientras subía los peldaños e Inuyasha se levantaba, recibiendo de ella los tres tesoros. Cada uno inclinó la cabeza en dirección al otro y Amaterasu dio un paso atrás. El rayo de luz, no obstante, permaneció, bañando a Inuyasha con una luz dorada mientras sostenía en alto los tres tesoros.
Kagome sonrió ampliamente al verlo mientras un silencio caía sobre los cortesanos, incluso la música de la danza de apagó. No podía haber una imagen más clara del Tennō que la que mostraba en ese momento, una mezcla de fuerza y benevolencia que le hacía doler el corazón.
Pero su sonrisa se desvaneció cuando Amaterasu se detuvo en su descenso de la tarima para mirarla. Parpadeó mientras la figura le ofrecía una mano, el rostro enmascarado tenía la mirada fija en la de ella.
Una descarga de pánico la atravesó. Esto no había sido en absoluto parte del plan. Se suponía que Amaterasu debía descender después de otorgarle al Tennō los tres tesoros, la prueba de su derecho a gobernar y, entonces, la actuación estaría terminada.
Kagome le lanzó una mirada a Inuyasha, con los ojos abiertos como platos. Él gesticuló con la barbilla hacia la mano ofrecida de la mujer, su expresión estaba extrañamente impasible ante la repentina divergencia. Vacilando, Kagome se estiró, apoyando la mano en la de la otra mujer, a falta de una mejor forma de proceder.
La mujer la puso de pie, inclinándose lentamente hacia delante hasta que su máscara descansó contra el adorno del sol en la frente de Kagome. Estiró una de sus manos, presionando ligeramente el hombro que portaba la marca del sol antes de retirarla.
Tras un momento que a Kagome le pareció una pequeña eternidad, Amaterasu se apartó. La luz del sol que la bañaba destelló alrededor de Kagome, iluminando radiantemente el adorno del sol sobre su frente y los soles dorados bordados en su juni-hito. Kagome tuvo que entrecerrar los ojos ante esto para evitar quedarse cegada, solo apenas capaz de ver cuando Amaterasu se apartó de ella y descendió hasta el pie de la tarima.
Amaterasu hizo una reverencia ante los deslumbrados cortesanos, quitándose la máscara mientras se incorporaba para revelar a Midoriko. En la distracción de la brisa y las flores, se había puesto la máscara y se había movido hasta el centro para unirse a los bailarines. Sonrió, la calidez de sus ojos era de una profunda satisfacción mientras sondeaba a los cortesanos.
—Primos —dijo, alzando la voz para transmitirla sobre la multitud—. Fue el don de la luz de Amaterasu-sama lo que trajo a este mundo orden y la esperanza de un futuro lleno de abundancia para todos sus hijos. Es este don de luz que transmite a aquellos que estima dignos, a aquellos que sabe que usarán sus bendiciones para traer consigo un mundo de plenitud que tanto desea para nosotros. A ellos les es dado el divino derecho de conducirnos hacia delante. Ahora, en celebración de la abundancia que llegará durante esta estación, por favor, disfruten de la abundancia que les hemos proporcionado.
Un murmullo se levantó cuando los cortesanos bajaron la mirada a las largas mesas bajas dispuestas ante ellos, un vasto despliegue de platos había aparecido en cada una en algún momento durante la ceremonia. Los shikigami de los carruajes habían trabajado rápido y en silencio en esto mientras estaban distraídos, llevando los platos desde un carruaje que había estado lleno de ellos. Midoriko había dispuesto un vasto número de platos a su disposición, raras exquisiteces chinas mezcladas con fastuosos platos únicos para la corte para crear un despliegue que no podía dejar de atraer incluso al paladar más refinado.
La música se reanudó mientras los cortesanos comenzaban a comer, los abanicos y las bocas se movieron rápidamente, comentando la actuación mientras lo hacían. La luz alrededor de Midoriko, Inuyasha y Kagome se disipó, algo por lo que esta última estuvo inmensamente agradecida. La luz era una ilusión creada por un pequeño grupo de tanuki que Midoriko y ella habían conseguido encontrar en el mercado, que estaban escondidos más allá de la línea de los sakura, pero seguía siendo un alivio estar lejos de ella.
Kagome recuperó su lugar, sentándose en la tarima, mirando a Midoriko mientras la miko más mayor hacía lo mismo más abajo de ella.
—Midoriko-sama —murmuró en voz baja tan pronto estuvo segura de que la atención de los cortesanos ya no estaba enfocada en ellos.
Midoriko hizo un leve sonido de reconocimiento, sus ojos seguían diversos platos mientras rebotaban hacia ella en las manos invisibles de los shikigami. Los dejaron con un repiqueteo ante ella y Midoriko cogió sus hashi.
—No recuerdo haber hablado de esa última parte cuando hablamos de la actuación —continuó Kagome, incapaz de contener el tono levemente acusador que se arrastró hacia su voz.
Durante varios momentos, Midoriko no respondió, masticando lentamente su comida. Su expresión no traicionaba nada, pero no miraba a Kagome a los ojos.
—Bueno, lo hablamos el Tennō-sama y yo —dijo finalmente—. Y sentimos que no hacía ningún daño recordarle a la corte tu fuerte conexión con Amaterasu-sama. No hay muchos que puedan declarar una conexión personal con un kami, después de todo, mucho menos con ella.
—¿El Tennō-sama…?
Kagome giró la cabeza bruscamente, clavando una mirada en Inuyasha. Él se quedó paralizado, con los hashi medio metidos en su boca mientras daba un bocado. Hizo una leve mueca alrededor del bocado al verla.
—¿Es sobre esto sobre lo que han estado conspirando ustedes dos? —dijo Kagome entre dientes—. ¿Esta ropa y la actuación? Se supone que esta ceremonia va sobre usted y su conexión con Amaterasu y los cortesanos a través de los nombramientos. ¿Por qué distraerlos a todos? ¿Y por qué no advertirme al menos al respecto?
—Difícilmente estábamos conspirando…
—Habrías dicho que no…
Tanto Midoriko como Inuyasha se detuvieron, mirándose el uno al otro. Midoriko inclinó la cabeza para indicar que él podía continuar.
—Si es mi ceremonia, entonces puedo decidir qué se incluye en ella —dijo—. Y creo que es igual de importante que comprendan tu posición aquí al igual que la mía.
—Su Majestad tiene razón —dijo Midoriko—. Lo planearas o no, has adoptado un gran papel aquí en la corte. Ya hace tiempo que es hora de que lo reconozcan… de que te reconozcan a ti.
Le ofreció una pequeña sonrisa antes de volverse para continuar con su comida. Kagome pasó la mirada de ella a Inuyasha, aunque la atención de él estaba igualmente de nuevo en su comida. Frunció el ceño, la irritante sensación de que se estaba perdiendo algo importante tiraba de ella.
Inuyasha captó su mirada, entrecerrando los ojos. Tragó, gesticulando con sus hashi a la comida que tenía delante.
—Come —dijo—. Esta es la única oportunidad que tendrás hasta que termine la ceremonia y no quiero oír a tu estómago gruñendo.
Kagome quiso protestar, exigir que le diera una suerte de explicación que pudiera entender ante lo extraño de su comportamiento y del de Midoriko. Aun así, ahora no era ni el momento ni el lugar para ello. No podía permitir ninguna apariencia de discordia entre ellos delante de la corte.
Además, a pesar de todo, tenía hambre. Cogió sus hashi a regañadientes, prometiéndose que obtendría respuestas de ellos más tarde.
Mientras comía, observó en secreto a los cortesanos. Hasta entonces, todo había transcurrido sin incidentes, salvo tal vez por las pequeñas divergencias que Midoriko e Inuyasha le habían lanzado, y el ambiente entre los cortesanos parecía bueno en general. Había poco de lo que pudieran quejarse en términos de la ceremonia, Midoriko se había encargado de ello. El panorama que ofrecía el claro, con los pétalos de sakura revolviéndose en la brisa y alfombrando el suelo, no era nada menos que maravilloso. El uso de los shikigami había sido acertado, probablemente era una novedad en la corte, y la troupe que habían contratado para realizar el mikagura era impresionantemente habilidosa. La comida y la música del gagaku eran también irreprochables.
Aun así, aquí y allá podía ver que se intercambiaban extraños gestos con los abanicos. Gestos cortos e incisivos de incredulidad y sorpresa, incluso gestos de conmoción por parte de algunos. Los gestos estaban esparcidos aquí y allá a través de los tres grupos. Desde su lugar en la tarima, era imposible captar ninguna palabra que pudiera acompañar a estas silenciosas conversaciones, frustrando a Kagome infinitamente mientras intentaba atar cabos para ver qué significaban los gestos.
Podían ser simplemente en relación con la ceremonia, sorpresa ante uno u otro de los aspectos únicos de la misma. Pero, de algún modo, eso no parecía encajar. Había algo más en ellos, una molestia más profunda que no podía ubicar muy bien.
Antes de que pudiera sacar auténticas conclusiones, su atención se vio desviada por un gesto de Midoriko. La miko más mayor levantó la mirada hacia ella, gesticulando hacia la troupe de artistas en el espacio central. Kagome había estado tan absorta que no se había dado cuenta de que habían dejado de tocar. Era hora, entonces.
Se arrepintió al instante de la comida que acababa de consumir, pero que su estómago se tensase con inquietud no ayudaba. Aunque fuera a regañadientes, había estado de acuerdo con esto.
Respirando para tranquilizarse, se obligó a levantarse y a descender de la tarima. Pudo sentir el peso de las miradas de los cortesanos como una fuerza física mientras avanzaba hacia el espacio central, los artistas se separaron cuando se acercó hasta dejar solo a una mujer enmascarada arrodillada con un yamatogoto ante ella.
Kagome se detuvo al lado de la mujer, obligándose a detenerse y a permitir que sus ojos recorrieran la multitud. Abrió el abanico a su costado, levantándolo lentamente para cubrirse el rostro. Al captar la señal, la mujer enmascarada punteó la primera nota grave y sonora en el yamatogoto.
Kagome se movió, bajando el abanico de su rostro. Lo giró en su agarre, barriendo hacia fuera antes de levantarlo para que descansase bajo su barbilla. Un rayo de luz atravesó de nuevo la oscuridad de las nubes que tenía encima, iluminándola.
Tras respirar hondo, Kagome cantó:
Diez mil años de
Primavera comienzan
A partir de hoy
Serviremos humildemente
Recibiendo el año entrante…
Yorozu yo no
Haru no hajime no
Kyō shi yori
Tsukaematsuramu
Toshi ni aitsutsu…
Las últimas notas del yamatogoto temblaron en el aire mientras su voz se desvanecía. Kagome abrió los ojos, apenas se había dado cuenta de que los había cerrado y barrió con el abanico hacia fuera en un gesto de término antes de inclinar la cabeza ante la multitud. También le hizo una reverencia a la mujer que tenía al lado, ondeando su abanico en un gesto de agradecimiento que la mujer correspondió con una profunda reverencia.
El tamborileo de su pulso resonó en sus oídos, casi ahogando la charla de la multitud a su alrededor. Distraídamente, notó radiantes barridos de color por toda la multitud, que ondeaba abanicos, pero se obligó a apartar su atención para no intentar descifrar qué significaba cada uno. Levantó los brazos, volviendo a centrar su atención y componiendo sus facciones en lo que esperaba que fuera una expresión de serena autoridad. Pero dudaba de su efecto, ya que podía sentir gotitas de sudor comenzando a formarse en el cuello de su traje.
—Primos —dijo, su voz resonó hasta donde pudo—. Ofrezco esta composición por la gloria del Tennō-sama, largo sea el gobierno de Su Majestad. Les doy las gracias de nuevo porque se hayan unido a nosotros en este día para celebrar lo antiguo y lo nuevo. Ya les hemos mostrado las honorables tradiciones del ayer, el resurgimiento de la luz de Amaterasu-sama al mundo y su don de esa luz al Tennō-sama.
»Ahora es momento de que hablemos de lo nuevo, en particular, de los nuevos lazos que forjaremos hoy entre sus clanes y Su Majestad. Hace demasiado tiempo que a esta corte se le ha permitido existir dividida. Hace demasiado tiempo que han reinado el miedo y la avaricia aquí. No arrojamos culpa por ello. Es demasiado fácil ir por el mal camino. Solo les pedimos que avancen con nosotros de buena fe y con el deseo de no solo restaurar lo que una vez fue, sino de mejorarlo. Con la primavera, comienza el renacimiento de nuestras tierras, así que renazcamos con ellas.
Se detuvo, sus ojos recorrieron la multitud. Para gran sorpresa suya, estaban completamente quietos, cientos de ojos estaban fijos en ella como si no pudieran apartar la mirada. Tenía su atención. Tal vez entonces podrían entenderla.
Kagome respiró hondo, bajando los brazos. Con manos que temblaban ligeramente, metió la mano en la profundidad de su manga y sacó un pequeño trozo de pergamino sobre el que había transcrito los nombres que Chūsei le había dado antes de la ceremonia. Lo desenrolló antes de volver a levantar la mirada hacia la multitud.
—En esta, la estación del retorno de Amaterasu-sama, la O-Miko-sama y yo misma pensamos que sería adecuado rezar por su guía en cuanto a quiénes serían más adecuados para entrar en el Dairi y comenzar con la tarea de reunificar la corte con Su Majestad —dijo Kagome—. Aquí tengo escritos los nombres que Amaterasu-sama, en su infinita sabiduría, nos ha proporcionado. Si oyen pronunciar su nombre, por favor, levántense y únanse a mí aquí.
Levantó el pergamino, leyendo los nombres que allí había. Eran sesenta y siete en total, tres sacados de cada uno de los tres grandes clanes que quedaban y dos de cada uno de los clanes menores que sumaban más de cincuenta miembros. Cuando dijo sus nombres, cada uno se levantó y se movió para unirse a ella en el centro. Mientras se movían, el mismo rayo de luz que iluminaba a Kagome se extendía hacia ellos hasta que finalmente todo el espacio central estuvo bañado de una cálida luz dorada. El viento se levantó una vez más, las flores de sakura llenaron el aire con su suave aroma.
Kagome miró a su alrededor cuando hubo terminado, muchos de los rostros le resultaban familiares, aunque a la mayoría nunca antes les había puesto nombre. Entre ellos incluso conocía a algunos: a Kagura, por supuesto y, en un menor grado, a su hermana, Taira Kanna. A Tachibana Hisana, la prima de Sango que había sido tan amable con ella cuando todavía era nueva en la corte. Y a Akitoki Hōjō, que le sonreía ampliamente, con tal expresión de orgullo en su rostro, que no pudo evitar corresponder a su sonrisa.
Fue él el que primero se inclinó ante ella. Se arrodilló, inclinándose hasta que su rostro casi tocó la alfombra de pétalos de sakura que cubría el suelo. Tras un momento de pausa, los demás siguieron su ejemplo, arrodillándose e inclinándose profundamente ante ella. Kagura, Kanna y Byakuya fueron los últimos en hacerlo, pero incluso ellos se sometieron a la necesidad de hacerlo.
Bañadas en luz dorada, las flores de sakura danzaron en el aire alrededor de ella. Kagome levantó la mirada hacia aquellas filas de cabezas inclinadas y sintió una ola de certeza tan fuerte, que tembló a través de sus miembros.
Al mirar atrás, encontró los ojos de Inuyasha y vio en ellos el mismo brillo que sabía que también debía de haber en los suyos. Porque ella lo sabía.
Al fin lo habían encontrado. Este era el camino hacia su futuro.
Nota de la autora:
Goryeo: Reino coreano fundado en el año 918 que unificó y gobernó la península de Corea hasta el año 1392. Básicamente, durante el periodo de tiempo de esta historia, a Corea todavía no se le llamaba Corea, sino Goryeo (que había salido victorioso de entre tres reinos divididos, pero esa es una historia para otro momento). Goryeo era el vecino más cercano de Japón y sirvió de pasillo a través del que llegó a Japón mucha de la cultura y de los bienes chinos. Históricamente, tenían buenas relaciones con Japón durante el periodo Heian, intercambiando mercancías y enviando emisarios entre las dos cortes. Evidentemente, no me apegué a este mismo concepto.
Imugi: En la mitología coreana, la mayoría de los dragones eran originariamente Imugi (posiblemente Imoogi, dependiendo de cómo se transcriba la palabra), que se parecían a serpientes gigantes. Según esa misma mitología, si una Imugi podía sobrevivir durante mil años, entonces podía convertirse en dragón.
Wakō/Waegu: La primera es la palabra japonesa y la segunda, la coreana (los chinos tenían un tercer término para ellos) para los piratas que asaltaban fundamentalmente las costas chinas y coreanas durante los últimos años del periodo Heian. Los piratas eran de etnias mixtas (coreanos, chinos y japoneses, entre ellos) y asaltaban indiscriminadamente las naciones.
Hyōgo/Menōmaru: Probablemente ya sepáis esto, pero para quienes no hayan visto la película La batalla a través del tiempo (en España) o Sentimientos que perduran a través del tiempo (en Latinoamérica), Menōmaru era un youkai polilla y el villano de esa película. Estaba intentando obtener su venganza por su padre, Hyōgo, al que el padre de Inuyasha había sellado hacía cientos de años, cuando Hyōgo fue con una fuerza invasora desde el continente asiático. Inu no Taishō defendió Japón e hizo retroceder a esa fuerza, a la vez que lo selló a él. Evidentemente, elegí por conveniencia detalles de esto para usarlos en esta historia.
Kakei: Creo que ya he definido esto en un capítulo anterior, pero son esos caños de bambú que se encuentran comúnmente en los jardines japoneses. Se llenan con agua y luego se inclinan para verterla en un estanque/arroyo y, por alguna razón, encuentro el sonido que hacen intensamente tranquilizador.
Kitsuji ōji: Uno de los nombres de las avenidas dentro de Heian-kyō. Suzaku ōji era la principal, que iba desde el Dairi hacia fuera, pero cada avenida tenía su propio nombre y estaban dispuestas en un patrón de cuadrícula, por lo que he podido ver en los mapas que he encontrado.
Shikigami: Seres que podían ser invocados/creados por los Onmyōji a través de una compleja ceremonia de prestidigitación. En ocasiones, se dice que no tienen forma, otras, tienen forma definida, pero solo los puede ver su invocador, y otras veces son espíritus/seres claramente visibles. Para occidentalizar un poco el concepto, pensad en las relaciones entre las brujas y sus familiares.
Onmyōji: Practicantes de Onmyōdō, una filosofía que mezclaba ideas de los Cinco Elementos y el yin y el yang (por supersimplificarlo) y que tuvo su protagonismo en el periodo Heian y llegó a tener un gran impacto en la vida en la corte.
Chihaya: Una clase de sobretodo ceremonial con un largo borde blanco vestido por las miko en ciertas ceremonias sintoístas. Si queréis una referencia de algo de lo que viste Midoriko durante la ceremonia, buscad cualquier clase de baile o actuación ceremonial de una doncella/miko en un templo y tendréis una buena idea (además de muchas ilustraciones hermosas que ver, así que salís ganando siempre).
Kodama: Espíritus en el folklore japonés que habitan en árboles. Si habéis visto La princesa Mononoke, son figuras blancas diminutas que parecen muñecas, emergen en los bosques y están sentadas en los árboles.
Mikagura: Un tipo de baile kagura realizado específicamente dentro de la corte imperial.
Insignias imperiales/los tres tesoros de Amaterasu: Los tres tesoros sagrados son las insignias imperiales de japón y consisten en la espada Kusanagi no Tsurugi, el espejo Yata no Kagami y el abalorio Yasakani no Magatama. Representan las tres virtudes primarias: valor (la espada), sabiduría (el espejo) y benevolencia (el abalorio), y se dice que las transmitió Amaterasu tras emerger de la cueva. Además, para quienes no conozcáis la historia de Amaterasu y la cueva, la versión abreviada es que uno de los compañeros kami de Amaterasu dijo/hizo algo que a ella no le gustó y ella decidió ocultarse en una cueva. Los otros kami se dieron cuenta rápidamente de que, sin su luz, el mundo estaba siendo abocado a la oscuridad y al caos. Así que se reunieron en la entrada de la cueva en la que se estaba ocultando e intentaron convencerla para que saliera dando una fiesta tan divertida que no fuera capaz de resistirse a ella (uno incluso hizo una suerte de estriptis, si no recuerdo mal). Finalmente, colgaron un espejo y un abalorio delante de la cueva, en donde vio el reflejo de su propia luz, haciendo que saliera de allí. Cuando estuvo fuera, le dieron la espada como disculpa por haberla conducido a la cueva en un principio. Estas se convirtieron en las insignias imperiales/los tres tesoros sagrados que legó a su descendiente, el Emperador de Japón, como prueba de su derecho a gobernar. Hasta el día de hoy, siguen transmitiéndose de Emperador a Emperador. Es como un arquetípico mito de la primavera (la luz regresando al mundo después de la oscuridad del invierno, como con Hades y Perséfone).
Toshigoi: No lo mencioné explícitamente en este capítulo, pero había de verdad ceremonias de la primavera que se celebraban tradicionalmente en el Japón de Heian (y hasta el día de hoy) en templos de todo el país. Se hacía referencia a ellas comúnmente como Toshigoi, normalmente se celebraban en templos prominentes y consistían en que el Emperador enviaba bienes a varios templos para «clasificarlos» según su alianza/importancia para la corte. Eso evidentemente no entra en juego mucho con esta historia, solo saqué la inspiración histórica para mi ceremonia de esta idea.
Poesía waka/poema de primavera/Kinyō Wakashū: La poesía waka es el tipo que Kagome recita durante la ceremonia, el poema de verdad lo escribió Fujiwara no Nakazane y lo grabó en un texto llamado Kinyō Wakashū, que estaba lleno de otros poemas que fueron escritos durante el periodo Heian. Waka era el estilo de poesía más popular durante la época y era considerado el culmen de la sofisticación, celebrándose competiciones de poesía para obtener estatus dentro de la corte. Los versos que recita Kagome son la versión japonesa en romaji de las palabras y la traducción al español del poema, así que es esencialmente el mismo verso recitado dos veces.
Yamatogoto: Una cítara de seis o siete cuerdas. A diferencia del koto y de otros instrumentos de cuerda, se cree que de verdad es nativo de Japón y que no fue importado del continente asiático.
Nota de la traductora: ¿Echabais de menos los capítulos largos? Porque aquí tenéis uno. Espero que me haya quedado bien con la corrección, porque estoy algo cansada y hay algunas partes de las que no estoy demasiado segura, pero sé que he arreglado algunos fallos que no me dejaban tranquila.
Ojalá lo hayáis disfrutado mucho.
Aprovecho para recomendaros un pequeño fic que estoy traduciendo y publicando diariamente. Se llama Una palabra y es una historia contada en capítulos de solo cien palabras.
Sin más que añadir (aparte de que contestaré mañana a los reviews del capítulo 32), ¡nos leemos la semana que viene!
