Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 34: De espejos y el Ministerio
Desde pequeña, Kagome siempre había sentido que la privacidad era algo raro y valioso.
Después de todo, había poca que se pudiera encontrar en su aldea. Cuando se despertaba allí por las mañanas, estaban los suaves y somnolientos ruidos de su familia a su alrededor. Cuando salía a la aldea, ya fuera para trabajar junto a Kaede o para ayudar en los campos, rara vez estaba sola. Cuando comía, siempre era en compañía de su familia o de Kaede, o en ocasiones de toda la aldea, si había una celebración de alguna clase. Y cuando dormía, siempre estaba una vez más la cálida presión de su familia a todos lados de ella.
Cada baño era una actividad que uno rara vez realizaba por su cuenta en la aldea. En las infrecuentes ocasiones en que tenían el lujo de remojarse por completo (era mucho más probable que optasen por lavarse rápidamente las manos, los brazos y los rostros), todos sabían que estarían demasiado vulnerables si iban hasta el río a solas. Por tanto, tendían a coordinar estas salidas: las mujeres y los niños escogían un día y los hombres, otro.
Al llegar a la corte, a Kagome le había sorprendido la cantidad de privacidad que de repente estaba tan prontamente disponible para ella. Dormía sola, a veces comía sola. Casi en cada momento de cualquier día podía retirarse, simplemente adentrarse en un jardín o en alguna habitación que rara vez se utilizase, para tener un momento para ella misma. Era extraño, un aspecto de la vida en la corte que valoraba y que le desconcertaba a partes iguales.
Pero, en cierto punto, reflexionó Kagome, debía de haberse acostumbrado a ello, porque ahora lo echaba mucho de menos.
Contuvo un suspiro con fuerza entre sus dientes, con la sonrisa fija mientras sus ojos pasaban sobre el círculo de mujeres que la rodeaban. Como siempre, tenían los ojos fijos en ella, diseccionando, midiendo y sin perderse nada.
Solo habían pasado cinco días desde la ceremonia, tan solo cuatro días desde que los nombrados se habían mudado al Dairi y Kagome no había conocido un momento de privacidad desde entonces. Cuando se despertaba, era con una de las mujeres preparada para asistirla en sus preparativos para ese día. Cuando comía, era en compañía de todo el grupo. Por las tardes, se reunía con las mujeres en grupos más pequeños en un esfuerzo por conocerlas mejor. Y por la noche el ciclo empezaba de nuevo, otra mujer la aguardaba en su residencia para prepararla para irse a dormir y quedarse con ella.
En los cuatro días desde que los nombrados se habían mudado, Kagome no había conseguido salir del Dairi ni una sola vez. Sus nuevos deberes para con las mujeres la ocupaban por completo, dejándole sin tiempo para ayudar a Midoriko en la corte o para continuar con los paseos como deseaba.
Su tiempo con Inuyasha se había visto tan obstaculizado como para ser casi inexistente, un hecho que le molestaba más de lo que quería admitir incluso para sí misma. Aunque estaban constantemente cerca, ambos en el Dairi durante casi la totalidad de sus días, apenas conseguían decirse dos palabras sin que varios oídos los escuchasen.
Necesitaba hacer avanzar las cosas de algún modo. Algo tenía que cambiar. Solo que no tenía ni idea de qué.
Contuvo otro suspiro.
—¿Alguna vez pensó en cómo sería su vida? Antes de todo esto, me refiero.
Kagome se sobresaltó ligeramente, sorprendida por las palabras a pesar de lo suavemente que se habían pronunciado. Giró la cabeza, con cuidado de no moverse demasiado rápido por si tiraba del pelo que la mujer detrás de ella sostenía entre sus manos.
Su nombre era Nakatomi Katsumi. Era la hija mayor de un clan menor que se había aliado con los Tachibana, pero más allá de eso, Kagome sabía muy poco sobre ella. Las pocas veces que había podido observarla entre los demás nombrados, solo era para percibir lo reservada que era. Nunca la había visto hablar sin que antes se dirigieran a ella y portaba un aire de practicado desinterés como una segunda piel, aunque sus ojos estaban siempre alertas, siempre observando.
También era increíblemente hermosa. Aunque su pelo no era tan largo como normalmente dictaba el estilo de la corte, tenía el aspecto oscuro y líquido de una noche sin estrellas. Sus ojos eran igual, tan oscuros que casi parecían ser todo pupila y enmarcados con un abanico de oscuras pestañas. Sus rasgos eran casi perfectamente redondeados, y su piel, pálida como la nieve. La combinación le aportaba a su rostro todo el fulgor de una luminosa luna llena.
Esa era su noche para servir como doncella y, tras algunos intentos frustrados de entablar conversación, Kagome se había resignado ampliamente a una noche de silencio en su compañía. Parpadeó, sin saber si la mujer de verdad había hablado o si se lo había imaginado.
Un leve frunce bordeó los labios de Katsumi, su mirada bajó de nuevo a los mechones de pelo y al peine en sus manos.
—Disculpe —dijo, su voz apenas se elevó por encima de un susurro—. Ha sido insolente por mi parte. Me ocuparé de mis deberes, O-Miko-sama.
Kagome se estiró, apoyando una mano sobre la de ella antes de que pudiera hacerlo. Katsumi levantó la mirada hacia ella a través del borde de sus pestañas, ensanchando la mirada.
—No necesita disculparse —dijo Kagome rápidamente—. Simplemente me tomó por sorpresa. Por favor, quédese tranquila. No necesita ser ceremoniosa conmigo.
Katsumi parpadeó, su expresión era todavía cautelosa. Dejó el peine lentamente, permitiendo que el pelo de Kagome se deslizase de sus dedos. Entrelazó las manos, incapaz de levantar del todo la mirada para encontrar la de Kagome.
—Solo… solo pensaba… —dijo, su voz era todavía tan baja que Kagome tuvo que inclinarse para oírla—. Es decir, me preguntaba… ¿cómo es la vida para nosotros fuera de la corte? Si nunca hubiera venido aquí, ¿cómo habría vivido?
Levantó la mirada, con los ojos abiertos con una especie de búsqueda que Kagome no podía comprender del todo. Frunció el ceño, sopesando la pregunta.
—Supongo que no pensaba en ello muy a menudo —dijo finalmente—. O tal vez en realidad no había nada en qué pensar. Antes de todo esto, sabía cómo iba a ser mi vida. Habría servido como la miko de mi aldea todo el tiempo que pudiera. Habría entrenado a una sucesora, si se pudiera encontrar a una. Habría trabajado duro junto a los demás aldeanos, habría trabajado para asegurar que tuviéramos comida, cobijo y protección.
Katsumi intensificó la mirada, sus oscuros ojos escrutaron los de Kagome como si pudiera sacar más respuestas de ellos. Negó con la cabeza, un leve frunce curvó hacia abajo las comisuras de sus labios.
—¿Qué hay del matrimonio? —dijo—. ¿O de los hijos? ¿Quién aseguraría la posición de su familia dentro de la aldea si no engendrase herederos?
Kagome negó con la cabeza.
—Para nosotros no funciona exactamente así —dijo—. No tenemos una auténtica posición que nos preocupe asegurar. En las aldeas, los niños tienden a ser más por el bien de tener manos que ayuden en casa o en los campos, o cuando uno se hace demasiado mayor para ocuparse de sí mismo. Yo… dudo que alguna vez me hubiera casado o tenido hijos, pero tengo un hermano pequeño. Supongo que él probablemente tendrá hijos algún día para seguir adelante con nuestra familia y para cuidar de nuestra madre y de nuestro abuelo cuando llegue el momento.
Katsumi ladeó la cabeza, sus ojos oscuros agudos mientras sopesaba esto. Kagome se movió, ligeramente inquieta bajo la intensidad de su mirada y los pensamientos sobre su familia y sobre la aldea que había removido la pregunta.
—¿Era eso lo que deseaba, entonces? —dijo Katsumi finalmente—. ¿Esa vida?
Kagome parpadeó, la pregunta directa era difícilmente una que se hubiese esperado de la reservada mujer. Tampoco era una con la que quisiera obsesionarse particularmente. Entrelazó las manos sobre su regazo, bajando la mirada hacia ellas.
—No siempre —se decidió tras varios momentos.
Katsumi estuvo en silencio un rato y Kagome se aventuró a dirigirle la mirada. Tenía los ojos brillantes, la expresión tensa mientras parecía pelear con una línea de razonamiento.
—Yo siempre he sabido cómo sería mi vida —dijo de repente, las palabras se escaparon de ella en un estallido apresurado—. Desde el nacimiento, al parecer. «Katsumi»… esperaban que fuera hermosa, por lo que mis padres me llamaron así. Una profecía cumplida, al parecer. Esperaban que fuera hermosa, porque esa era la mayor esperanza que podrían tener para mí.
Se detuvo, apretando y estirando las manos lentamente en la tela de su juni-hito en su regazo. Tomó aliento, cerrando los ojos contra la fuerza de alguna emoción.
—Al ser solo un clan menor, mis padres comprendían que no importaba lo hermosa que fuese, era casi imposible que fuera a convertirme alguna vez en Emperatriz —continuó—. Pero una concubina… eso estaba a su alcance. ¿Y quién podría decir, si el Tennō-sama me elegía lo suficientemente rápido, que no fuera a ser la primera en darle un hijo a Su Majestad? Una posición de único poder para cualquier clan.
Cuando abrió los ojos de nuevo, las lágrimas se aferraban brillantes a sus pestañas, pero no cayeron. Sus ojos oscuros relucieron, afilados como cualquier espada. Inconscientemente, Kagome estiró una mano, atraída por el evidente dolor de la mujer, pero Katsumi negó con la cabeza y ella se quedó paralizada.
—Cuando el actual Tennō-sama fue nombrado sucesor y finalmente tomó el trono, se vieron bastante decepcionados al descubrir que Su Majestad no parecía tener interés en concubinas —dijo y Kagome pudo oír la tensión en su voz para mantener sus palabras equilibradas contra el temblor en ellas—. Qué desperdicio, pensaron, tener una hija tan hermosa nacida de ellos en el preciso momento equivocado. Y yo… confieso haberme sentido aliviada.
Las lágrimas comenzaron a caer finalmente, trazando brillantes rastros por sus mejillas a la luz de los faroles. Katsumi no hizo ademán de ocultarlas y Kagome solo pudo quedarse observando cautivada mientras continuaba.
—Sentí como si me hubieran perdonado. Me sentí como si me hubiera raptado un kami y me hubiera depositado sobre la cumbre de una montaña, con las tierras extendiéndose en cada dirección a mis pies. De repente no había nada ante mí y, aun así, para mí lo parecía todo.
Se detuvo, tomando aliento profunda y temblorosamente, apretando las manos contra la madera del suelo bajo ellas mientras se inclinaba hacia delante para sostenerse.
—Y ahora me encuentro aquí —dijo, sus palabras eran apenas más que un susurro—. Y mi familia está llena de alegría. Me dicen que seguro que este debe de ser mi destino para tener tanto en mi contra y que, aun así, de algún modo haya acabado al lado del Tennō-sama en el Dairi. E intento decírmelo… decírmelo una y otra vez. Este debe de ser mi destino. Tiene que serlo, ser para lo que estoy hecha. ¿Qué más podría ser, si todo me lleva a esto? Y, además, debería estar agradecida. Hay muchos peores… hay tantas cosas peores…
Kagome observó mientras se esforzaba por terminar, pero las lágrimas estaban apareciendo tan profusamente que no quedaba espacio para las palabras. Se estiró, su mano aferró uno de los puños temblorosos de Katsumi. La garganta de Katsumi trabajó mientras se esforzaba visiblemente por tragarse la fuerza de sus sentimientos y Kagome sintió que un nudo aparecía en la suya.
—Espere —dijo, agradecida por la milagrosa estabilidad de su propia voz—. Solo… espere, Nakatomi-sama. Aguante.
Agarró su mano con más fuerza, encontrando los ojos brillantes por las lágrimas de la otra mujer. Katsumi parpadeó con fuerza, su pecho casi jadeante con la fuerza de sus sentimientos.
—Su Majestad… Su Majestad no tiene deseos de forzar a nadie —continuó—, a hacer nada. Sea ser esposa o concubina, o lo que sea. Nunca se le obligará a hacer nada que no desee hacer. Lo juro.
Katsumi encontró su mirada, respirando varias veces de forma corta y fuerte mientras asimilaba sus palabras. Lentamente, algo de la desesperación pareció salir de sus ojos, pero dejó un vacío tras ella. Katsumi negó con la cabeza, un pequeño gesto indefenso.
—Entonces ¿qué? —dijo—. ¿Qué va a ser de mí aquí o en cualquier otro lugar? ¿Qué he de decirle a mi clan? ¿A mis padres? ¿Que tuve la oportunidad que desearon para mí desde el momento de mi nacimiento y que no tuve fuerzas para ir a por ella? ¿Que tuve todo lo que podría esperar al alcance de mis dedos y que lo alejé con ambas manos? ¿Debería decirles que la idea de ser esposa, de ser madre, siempre me ha resultado ajena? ¿Debería decirles que incluso cuando pensaba que era libre, incluso cuando sentía que estaba sobre aquel pico con todo ante mí, todavía estaba aterrada? Porque incluso todo puede parecer nada cuando no tienes un lugar en nada de ello.
Su mano tembló con tanta violencia bajo la de Kagome, que la miko sintió el tembloroso eco a través de sus propios miembros. Sintió que le escocían sus propios ojos, su visión se volvió borrosa mientras se esforzaba por formar palabras que atravesaran el nudo de su garganta.
Porque ¿qué podía contestar a eso? ¿Qué podía decir ante un sentimiento que comprendía tan bien?
Tal vez los adornos fueran diferentes, pero había sido lo mismo en su aldea. Esposa, madre, miko. Estos eran los caminos que habían estado abiertos para ella. ¿Y de verdad era tan diferente aquí? Incluso Sango y sus primas le habían dicho eso, aunque tal vez no había comprendido de verdad la profundidad de ello en aquel momento.
Así que, ¿qué podía decirse ante esto?
—… ¿Qué quiere ser?
Katsumi parpadeó, abriendo sus oscuros ojos como platos. Sus labios trabajaron sin sonido durante varios largos momentos antes de que negase con la cabeza, cerrando los ojos.
—Puedo… puedo apreciar el sentimiento, O-Miko-sama, pero p-por favor, no ofrezca algo que no está en su poder —dijo finalmente—. Ahora comprendo demasiado bien que tener algo y perderlo puede ser mucho peor que nunca haberlo tenido en absoluto.
Kagome asintió, tragándose ulteriores lágrimas. Se frotó los ojos con su mano libre.
—Lo entiendo —dijo—. Y ciertamente no sé si está en mis manos. Puedo prometerle seguridad aquí. Puedo jurarle que nunca se le hará hacer nada en contra de su voluntad. Pero… me gustaría ser capaz de ofrecerle más que solo una vía de escape de un futuro que no desea. Nosotros… Amaterasu-sama sama los trajo a cada uno de ustedes a nosotros con un propósito. Para construir un futuro para todos nosotros, juntos. Así que, si pudiera ofrecerlo, ¿cómo sería para usted?
Katsumi parpadeó, ensanchando sus enrojecidos ojos. Su mirada bajó a donde la mano de Kagome todavía descansaba sobre la suya y negó con la cabeza.
—A decir verdad, no puedo decir que lo sepa —dijo en voz baja—. He pasado tanto tiempo de mi vida intentando resignarme a un destino al que sentía que no podía oponerme, que nunca pensé mucho en cómo sería una vida que quisiera.
Kagome le apretó la mano, ofreciéndole una pequeña sonrisa cuando levantó la mirada.
—Entonces, tal vez ahora sea el momento de empezar.
En los días que siguieron, Kagome se dio cuenta rápidamente de que Katsumi estaba lejos de ser la única que se sentía así sobre su nueva situación. Ahora que tenía los ojos abiertos a ello, podía ver la incertidumbre en las otras mujeres tan clara como el agua mientras se movían por el Dairi y alrededor de Inuyasha. Y no podía evitar sentir que, en muchos sentidos, había sido terriblemente negligente en su trato para con ellas.
Había pensado en la necesidad de que Inuyasha tomase una Emperatriz y engendrase un heredero. Había pensado en su deber para con la corte y las aldeas. Incluso había dedicado un momento a pensar en su propio dolor en todo esto ante la probabilidad de que su tiempo con Inuyasha como tal estuviera probablemente llegando a su fin.
Pero no había considerado ni por un momento lo que esto debía de suponer para las mujeres. La incertidumbre de que las apartaran de los hogares que habían conocido durante todas sus vidas y que las trajeran de repente al Dairi. La sensación de que las sacaban a relucir ante el Tennō para ser esposa, o amante o concubina, o nada en absoluto, sin tener ni idea y poco que opinar en lo que pasaría. Ni siquiera había pensado en preguntarse si esto era algo que alguna vez hubieran querido para sí mismas.
Por no hablar de que algunas de las mujeres no estaban abiertas a la idea, cualquiera que pudiera ser. A medida que Kagome habló con ellas durante los siguientes días, que de verdad habló con ellas por tal vez primera vez desde que habían sido designadas como nombradas, encontró a varias entre ellas que aceptarían sin reparos cualquiera que fuera el cargo que Inuyasha pudiera ofrecerles. De algún modo, estos debates fueron casi más difíciles para ella que los que había tenido con las demás, pero sabía que eran igual de esenciales a pesar de su incomodidad.
Muchas de ellas, no obstante, estaban tan inquietas y asustadas como Katsumi. Sabían poco del Tennō más allá de lo que les habían contado y del puñado de momentos que se les habían concedido para observar, mucho de lo cual era o poco halagador o intimidante. Esperaban conteniendo la respiración para ver qué clase de hombre era, para ver cómo iba a tratarlas, para averiguar cómo serían sus vidas. Y todo ese tiempo sus esperanzas se cocían a fuego lento justo bajo la superficie sobre lo que podían ser sus vidas fuera de todo esto.
A Kagome le llevó poco más de cinco días hablar con todas las mujeres de las que ahora se encargaba y hacer que cada una de ellas hablase lo más cándidamente con ella como podría esperar. Katsumi fue una gran aliada para abrirle un camino en esta empresa, asegurándole a cualquier mujer que escuchase que Kagome estaba abierta a escucharlas y que no habría repercusiones para ellas por decirle lo que pensaban. Y después de todo aquello, Kagome se encontró exhausta y tal vez más avergonzada de lo que nunca lo había estado.
Ahora se encontraba en los aposentos de Inuyasha, sumamente tentada a acostarse y a descansar los ojos mientras esperaba su llegada. Le había enviado una nota solicitando una audiencia con él más temprano y había recibido una respuesta de reunirse con él en sus aposentos alrededor de la hora de la comida de la tarde. Agradeció su previsión en cuanto a que la comida de la tarde era una de las pocas ocasiones donde su presencia no era esencial y no se le echaría extremadamente en falta, dado que las mujeres estaban ampliamente ocupadas las unas con las otras y con sus comidas. Se imaginaba que debía de ser lo mismo para él.
El susurro del tapiz de la puerta al hacerse a un lado la despertó de su estupor. Kagome se sobresaltó, sorprendida de encontrar que, en cierto punto, debía de haber inclinado la cabeza y de haberse quedado dormida. Parpadeó, levantando una mano para frotarse sus adormilados ojos mientras se giraba hacia la entrada de la habitación.
Pero Inuyasha ya estaba a su lado, arrodillado e inspeccionando su rostro ansiosamente. Sintió más que vio su mano yendo a apoyarse contra su frente, el dorso de su palma estaba casi sorprendentemente cálido contra la piel de allí.
—Eh, ¿estás bien?
Kagome parpadeó, sin saber si estaba más desorientada porque la hubiera despertado de su siesta espontánea o por haberse dado cuenta de que esta era la primera vez en más de una semana que podía estar a solas con Inuyasha durante más de un puñado de momentos. ¿Sus ojos siempre habían sido de ese tono dorado?
—¿Kagome?
—Perdón —dijo ella, negando con la cabeza—. Perdón. Creo que me quedé dormida accidentalmente mientras esperaba. Estoy bien.
La miró durante un momento más, claramente no satisfecho por completo con esta respuesta. Sus ojos recorrieron su rostro hasta llegar a sus labios, quedándose atrapados y quietos allí. Movió la mano, deslizándola para ahuecarle la mandíbula mientras se inclinaba lentamente hacia delante…
Solo para ser detenido por la palma de ella subiendo entre ellos. Entrecerró los ojos y ella hizo una mueca.
—No tenemos mucho tiempo —dijo con timidez, apartando la mano—. Y no tenemos forma de saber quién puede venir a buscarnos.
La mirada de furia permaneció y masculló algo que ella decidió que era mejor que no entendiese.
—Necesito hablar contigo —continuó.
Él arqueó una ceja como para decir que eso era obvio, pero esperó a que continuase.
—Es sobre las mujeres —siguió.
—¿Incordios? —dijo.
Ella frunció el ceño, aplastándolo con una mirada fulminante.
—¿Qué? —dijo—. ¡Es lo que son los hombres! Una panda de incordios, siempre hablando y sonriendo, y mirándome. Tengo que irme a dormir para poder descansar, joder.
Su frunce se alivió un poco, aunque intentó contener la punzada de simpatía que sintió ante las palabras. Aunque los sentimientos de ambos sobre la situación en la que ahora se encontraban podrían ser más que similares de lo que podría haber pensado, no lo había llamado allí para airear sus quejas.
—He estado hablando con las mujeres —dijo, negando con la cabeza—. De hecho, no he hecho nada más que hablar y escuchar, y hablar y escuchar, durante lo que parece un siglo, pero apenas han sido algunos días y yo… necesito tu ayuda. No tengo ni idea de a dónde ir a partir de aquí y me he equivocado en tantas cosas.
—¿A qué te refieres?
—Cuando nosotros… yo… cuando yo decidí que los nombramientos eran una manera de proceder, pensé que comprendía lo que eso significaba —dijo Kagome—. Pensé que era solo algo que los cortesanos conocían y que lo aceptarían como lo aceptaba yo: sin pensarlo, sin hacer preguntas. Y así es, están dispuestos, pero… nunca me paré a pensar en lo que debía de significar para las mujeres. Que las traigan aquí sabiendo que… que…
—¿Que no pueden decidir sobre lo que pasa?
Kagome parpadeó, lanzando la mirada hacia su rostro. Inuyasha no la miró a los ojos, una leve curva de asco tiraba hacia abajo de las comisuras de sus labios.
—Mi madre debía casarse con un cortesano cabrón —dijo ante su mirada de sorpresa—. Me habló de ello una vez cuando era pequeño, antes de que tuviera que irse. Su clan la había ofrecido al clan de él como intercambio por unas tierras. Dijo que no le había molestado, que siempre había sabido que eso era lo que iba a ocurrirle en algún momento, porque eso era lo que le habían dicho durante toda su vida, pero que simplemente lo odió cuando le contaron lo de las tierras. En el sentido de que podía lidiar con ello hasta que se dio cuenta de que ella era lo mismo que unas tierras para todos aquellos cabrones. Y entonces mi viejo apareció y ella dijo que lo amaba, pero no es que fuera mucho mejor que ninguno de ellos. Simplemente cogió lo que quiso y no le importó una mierda el resto, si romperían el compromiso o si toda la jodida corte la acosaría o… joder, no sé, Kagome, tal vez la amaba, pero él no era mucho mejor. Lo cogió y punto. Así que lo entiendo.
Kagome se lo quedó mirando boquiabierta, su corazón se retorció en su pecho. A raíz de lo que habían vivido juntos fuera de la corte, sabía bastante sobre su madre y su padre, pero esto era algo que Inuyasha nunca antes había compartido con ella. Respiró hondo, algo encajó de repente para ella.
—¿Era por esto por lo que estabas tan en contra de los nombramientos?
Inuyasha movió la mirada hacia ella, frunciendo el ceño con incredulidad. Sus ojos permanecieron en su rostro durante varios largos segundos antes de que resoplara, negando con la cabeza.
—No exactamente —musitó—. Pero no ayudó.
Kagome se mordió el labio.
—Lo siento —dijo.
—No lo sientas —dijo—. Es imposible que lo hubieras sabido.
—Podría —replicó—. En relación con ellas si no con tu madre. Solo habría hecho falta pensar un poco en ellas, pero no hice ni eso. Y lo siento, pero no tengo ni idea de a dónde ir después de sentirlo. No es como si les disgustases. Lejos de eso, para muchas. Y sé que hay varias que estarían felices de ser… ser elegidas por ti. Pero también quieren más. Quieren… quieren una opción. Y no tengo ni idea de cómo proceder para dársela.
Se encogió de hombros, sintiendo el escozor de las mismas lágrimas de indefensión que había derramado la noche que Katsumi había hablado con ella. Pero, antes de que pudiera hundirse demasiado en su frustración, sintió un fuerte tirón al final de un mechón de su pelo. Un grito de sorpresa escapó de ella y aplastó a Inuyasha con una mirada mordaz.
—¿Qué quieres hacer tú? —dijo, tirando impenitentemente, aunque con un poco más de suavidad, de los mechones de su pelo que tenía en su agarre.
Kagome encontró su mirada y vio la oferta no dicha que allí había. Confiaba en ella para que escogiera. Fuera lo que fuera que escogiera, él lucharía por ello.
—Opciones —dijo en voz baja—. Lo mismo que para todos los demás.
—Entonces, eso es lo que hacemos. Averiguamos cómo darles una opción.
Difícilmente era un plan. Apenas era un concepto, en realidad. Pero habían logrado cosas mucho más estrafalarias juntos con mucho menos con lo que empezar. Asintió.
La comisura de la boca de él se elevó levemente y asintió en respuesta.
—Te dejan muerta, ¿eh? —dijo.
Kagome exhaló un suspiro que sintió como que había estado conteniendo durante semanas. Inclinó la cabeza contra la mano que todavía estaba entrelazada entre su pelo, tentada de cerrar los ojos de nuevo y quedarse dormida.
—No te haces una idea —murmuró—. Apenas he dormido desde hace días.
Inuyasha resopló.
—¿Crees que los míos son mejores? —dijo—. No se callan nunca. Y ese Hobo, o como se llame, siempre está berreando sobre ti. Ayer, solo para que se callase, casi le conté que habíamos…
Se interrumpió cuando ella abrió los ojos de golpe, alarmada. Algo en la mirada de él se atenuó y apartó la mano de su rostro.
—No lo hice —dijo con voz queda—. No lo dije.
Pero era demasiado tarde. El mundo exterior cayó entre ellos y, con él, un muro de silencio que ninguno supo cómo perforar.
—Debería irme —dijo Kagome, aunque nada en ella deseaba hacerlo—. Las mujeres terminarán pronto de cenar y se preguntarán dónde estoy. Tal vez podamos reunirnos en los próximos días para hablar sobre los siguientes pasos.
Antes de que hubiera terminado siquiera la frase, ya se había puesto de pie. Apenas se había permitido más que un puñado de momentos desde que los nombrados se habían mudado al Dairi para obsesionarse con estos pensamientos sobre Inuyasha y ella, y con cómo se estaban moviendo rápidamente hacia el momento en el que ya no habría un Inuyasha y ella sobre lo que obsesionarse. Y en el silencio entre ellos casi podía oír esos pensamientos reclamando su atención. Era mejor irse ahora, y rápido, antes de que pudieran distraerla.
Su mano estaba apenas a un dedo del tapiz de la entrada cuando sintió el calor de la mano de él rodeándole la muñeca. Kagome se quedó paralizada, sujeta menos por su agarre que por la sensación de él justo detrás de ella.
—Espera —dijo, un sonido bajo que retumbó por su piel como un trueno—. Solo espera.
Esperó, pues, pero no llegaron más palabras. En cambio, la mano en su muñeca la guio suavemente, apartándola de la entrada, guiándola hasta que estuvo arrinconada figurada y literalmente.
Kagome encontró sus ojos a la altura de su pecho vestido de rojo y los fijó allí, tensándose. Mitad de ella quería retomar su huida, mientras que la otra mitad no quería más que apoyar la cabeza contra ese pecho sólido y descansar, así que no hizo ninguna de las dos cosas.
Afortunadamente, Inuyasha no parecía estar igualmente atribulado. Sintió que la rodeaban sus brazos, firmes y tan cálidos.
—Solo espera —dijo de nuevo.
—Debería irme —dijo, las palabras eran tan endebles como seda dañada por insectos.
Pero entonces sus labios estuvieron calientes contra su garganta, casi ardiendo mientras rozaban sobre su pulso. Su lengua rozó ligeramente la delicada piel de allí, sus colmillos la rasparon de una forma que le hizo sentir la piel demasiado caliente y demasiado tensa. Un estremecimiento la recorrió y se preguntó vertiginosamente si siempre había sido tan cálido y simplemente había pasado tanto tiempo que lo había olvidado.
Pero ese pensamiento y cualesquiera otros se vieron alejados de su cabeza cuando la presionó con más firmeza contra la madera de la pared que tenía detrás, sus labios y su lengua todavía trabajaban con fervor. La levantó como si no pesara más que una pluma (suponía que, con su fuerza, eso no estaba muy lejos de la verdad), antes de acomodarse ansiosamente entre sus muslos separados. Un sonidito tembloroso se escapó de ella junto con lo que le quedaba de voluntad para irse, sus manos buscaron agarre en sus hombros mientras su longitud se presionaba completamente contra ella desde el pecho hasta la cadera.
Se meció contra ella, sus caderas se balancearon profundamente contra la cuna de las de ella en un movimiento que le arrancó a él un gruñido bajo. Los dedos de Kagome se curvaron sobre la tela de su haori, su propio gemido lo tragó con avaricia cuando inclinó los labios sobre los suyos. Podía sentir su longitud ya dura y tensa contra ella, incluso a través de las capas de ropa entre él y subió más las piernas sobre sus caderas, profundizando la fricción del movimiento.
—Mierda —murmuró contra sus labios, la mano que tenía en su cadera se flexionó de forma espasmódica—. Mierda, echaba de menos esto.
Su lengua pasó sobre la de ella, buscando, acariciando. La recibió con la suya, una de sus manos se deslizó entre la tela de su cuello para trazar la desnuda cresta de su clavícula. La piel de allí estaba tan ardiente como el resto de él, pero de algún modo sentir esa dura línea bajo las puntas de sus dedos la ancló lo suficiente para evitar que su mente se disolviera en una nube de vapor, como temía que ocurriese.
—Solo han… pasado unos días —consiguió decir entre choques de labios, dientes y lengua.
Él se detuvo, apartándose lo suficiente para lanzarle una mirada mordaz que se vio un poco minada por exhalaciones jadeantes y ojos entrecerrados. Movió su mano libre, dejando un rastro de calor burbujeante tras ella mientras subía por su longitud de la cadera al torso para ahuecar su pecho a través de la tela de su traje. Al mismo tiempo, flexionó las caderas a propósito contra las suyas, las dos sensaciones combinadas fueron suficientes para hacer que Kagome flexionara los dedos de los pies. Su cabeza cayó hacia atrás con un leve golpe contra la madera de la pared, un pequeño sonido estrangulado escapó de ella.
Inuyasha gruñó, sus labios regresaron a la línea expuesta de su garganta como una polilla a una llama.
—T-Tienes razón —jadeó.
Su única respuesta fue un sonido bajo de satisfacción, el sonido de ello deslizándose por su piel como una caricia. Inuyasha movió la mano, pasando más allá del borde de su traje para ahuecar su pecho completamente en su callosa mano. Amasó la piel allí, su filoso pulgar trazó apretados círculos alrededor de su erecto pezón a través de la tela de sus vendajes. Kagome se tragó un gimoteo, flexionando los muslos alrededor de sus caderas para atraerlo más cuando sus embestidas contra ella se volvieron frenéticas.
—Por favor… —exhaló.
Pero él ya se estaba moviendo, la mano que había estado en su cadera ahora se movía entre ellos con torpeza hacia los lazos del hakama de ella y luego del de él. Se movió, su peso contra ella y sus muslos alrededor de sus caderas la dejaron suspendida mientras él se liberaba. Otro movimiento y pudo sentir su punta presionándose contra ella, su hakama se deslizó por sus piernas para arremolinarse a sus pies.
Inuyasha encontró sus ojos con una mirada escrutadora. Ella asintió, moviendo sus caderas todo lo que fue capaz para acercarse más a él.
No hubo forma de ahogar el chillido que escapó de ella mientras él se deslizaba en su interior en un suave y nítido movimiento, enterrándose hasta la empuñadura. Era una sensación vertiginosa, tan apasionada que rayaba en el dolor mientras Kagome se estiraba y se apretaba a su alrededor.
—Joder, perdón —murmuró él y pudo sentirlo estremeciéndose contra ella con el esfuerzo que le llevó permanecer quieto—. Kami, estás tan mojada que… ¿Estás…?
—Estoy bien —dijo, inspirando entre dientes.
Flexionó las caderas experimentalmente contra él, tomando otro aliento seseante ante la sensación que lanzó incluso ese pequeño movimiento a través de ella. Se apretó alrededor de él, cruzando los tobillos tras sus caderas en un esfuerzo por atraerlo más.
El gemido de Inuyasha se ahogó contra su hombro, la mano que todavía ahuecaba su pecho se flexionó contra la delicada piel. Su brazo libre le rodeó la cintura, equilibrándola simultáneamente y presionándola más hacia él. Kagome gimió, dejando caer la cabeza hacia delante hasta que su frente chocó ligeramente contra la de él.
—Joder —murmuró Inuyasha, con los ojos fuertemente cerrados contra la fuerza de la sensación.
—Sí —exhaló, una flexión experimental de sus caderas contra ella casi fue suficiente para hacerle perder la cabeza.
Inuyasha abrió los ojos, arqueando una ceja. Repitió el movimiento, conteniendo un estremecimiento propio para observar su rostro. La comisura de su boca se elevó en una lenta sonrisa de satisfacción.
—Casi maldijiste.
Kagome parpadeó, intentando recomponerse lo suficiente para procesar sus palabras. Frunció el ceño.
—No lo hice —dijo, la última palabra se disolvió en un jadeo cuando Inuyasha se presionó hacia arriba contra ella con una profunda flexión de sus caderas.
—Por poco —masculló, las palabras en cierto modo ahora más tensas—. Veamos… si puedo… hacer que lo hagas de verdad…
Cada parte fue puntuada por una embestida profunda contra ella y Kagome tuvo que morderse el labio para contener la necesidad de hacer exactamente como había dicho él. La mano que ahuecaba su pecho se flexionó, sus dedos encontraron su pezón erecto, tirando suavemente. Incluso el pequeño contacto envió un relámpago a través de ella y hacia donde estaban conectados, su cuerpo se apretó con fuerza alrededor de él.
Inuyasha gimió, el sonido retumbó por sus labios cuando él inclinó la cabeza hacia arriba para capturarlos. Su lengua se curvó contra la suya, como si pudiera saborear los pequeños sonidos que escapaban de ella, el brazo alrededor de su cintura se tensó cuando usó su agarre para arrastrar su cuerpo hacia abajo para encontrarse con cada embestida. Kagome curvó las uñas contra la tensa piel de su hombro, sintiendo que la tensión en su estómago empezaba a apretarse con cada tirón de su pezón y su presión dentro de ella.
—Kagome —murmuró contra sus labios—. Joder. Kagome, Kagome. Mierda, estás… estás tan…
—Por favor —rogó Kagome, apenas consciente de ello mientras las palabras la abandonaban—. ¡Por favor, Inuyasha! Sí, por favor, así… ¡así…!
Se tensó abruptamente, su punta se frotó contra algo dentro de ella que le puso la vista en blanco. Arqueó la espalda, cada músculo de su cuerpo se tensó con la fuerza de su liberación.
Kagome oyó que Inuyasha maldecía vagamente, lo sintió jadear su nombre contra el hueco entre su cuello y su hombro mientras seguía moviéndose frenéticamente dentro de ella. Sus miembros empezaron a estremecerse ante la continua fricción, la sensación intensificó su placer hasta un tono febril.
Tras lo que podrían haber sido meros instantes o una eternidad para su mente confundida, sintió que sus caderas tartamudeaban en su casi violento ritmo. Se flexionó con fuerza contra ella, enterrando su longitud lo más profundamente que pudo mientras alcanzaba su propia liberación.
Su cuerpo se sacudió con brusquedad con algunas tartamudas embestidas mientras se derramaba en su interior. Se quedó lentamente quieto contra ella, el único sonido era el de su respiración agitada mientras cada uno bajaba de la altura de sus clímax hasta la alegría deshuesada del arrebol.
—… Te echaba de menos —murmuró Inuyasha contra la piel de su hombro, tan bajo que no estaba segura de que fuera para que lo oyera.
Kagome cerró los ojos, el sentimiento resonó dentro de ella con más intensidad de la que se habría esperado. Lo había echado de menos. Ese era el sentimiento que había estado vaciando su pecho, envolviéndose en la apariencia de molestia y frustración. Había echado de menos la calidez de su piel contra la de ella, había echado de menos la forma en la que se le movían las orejas cuando lo provocaba, había echado de menos el leve frunce entre sus oscuras cejas que se formaba cuando la observaba mientras creía que ella no se daba cuenta. Había echado de menos tener su concentración fija completamente en ella, y la forma en la que maldecía sin censurarse, y la forma en la que siempre se aseguraba de estar lo suficientemente cerca de ella como para que, si estiraba las puntas de sus dedos, rozaran las suyas.
Todo ello, se daba cuenta, era una completa tontería.
No era como si de verdad hubieran estado separados. Apenas habían estado más lejos que el espacio de varias paredes en todo aquel tiempo. Lo había visto de pasada y había hablado con él a veces, mas solo de la manera breve y constreñida requerida con tantos ojos sobre ellos.
Y, además, estos momentos entre ellos eran contados. Lo habían sido desde el momento en que habían empezado. Eran transitorios, hermosos, como fragmentos de rayos de sol en las profundidades del frío del invierno, algo que ocultar en los rincones de sus pensamientos y que sacar en los momentos privados para contemplarlos con cariño. Pero no podía contenerlos más que lo que podía aferrar la propia luz del sol y, entonces, ¿qué sentido tenía echarlo de menos? ¿Qué sentido tenía aferrarse a algo que tendría que deponer tan pronto encontraran una opción adecuada?
—¿Kagome? —dijo, la voz perdió un poco de la nebulosidad poscoital—. ¿Te encuentras bien? ¿Te hice daño…?
—Yo también te echaba de menos —dijo, inclinando la cabeza para apoyarla contra su hombro todavía cubierto.
Lo dijo porque era cierto y porque los fragmentos de calidez eran necesarios, incluso si eran fugaces.
Inuyasha fue el que la encontró.
Lo había tenido enfrente, le dijo tras irrumpir en su residencia dos días más tarde. Kagome le pidió perdón apresuradamente a las mujeres, pidiéndole a un sirviente que tenía cerca que guiase a Su Majestad a una sala de estar y que le preparase algo de comer. Debido ampliamente al asombro de las mujeres, pudo entonces escaparse para unirse a él.
Ciertamente no estaba usando la sala de estar para estar y punto. En su lugar, estaba paseándose de un lado a otro, con el sirviente mirándolo con incertidumbre mientras depositaba varios platos sobre la mesa baja. Kagome le dio las gracias al hombre y esperó a que partiese antes de dirigirse a Inuyasha.
—¿Qué es lo que te pasa? —dijo, avanzando para interponerse en su camino.
—La encontré —dijo—. ¡La opción! ¡La encontré!
—¿La…? —comenzó Kagome, confusa y entonces, al darse cuenta—: ¡Oh! ¡Oh! ¿Qué? ¿Qué es?
—Estaba con el Consejo —dijo—. Aburrido como una ostra mientras hablaban sin cesar sobre la distribución de la seda o alguna mierda…
Se detuvo ante el frunce aleccionador de Kagome, encogiéndose de hombros.
—¿Qué? Incluso a ti te resultaría complicado prestar atención a la mayoría de esas sandeces —dijo—. Pero estaba allí sentado, con la mirada fija en las caras arrugadas de esos viejos arrugados y me di cuenta de que todos tenían exactamente el mismo aspecto. Todos ellos. Y cada rama del Ministerio es lo mismo. Todas y cada una. Pero ¿y si tuvieran un aspecto diferente? ¿Y si fueran diferentes?
Kagome ensanchó la mirada, el significado tras sus palabras la alcanzó casi con la fuerza de un golpe.
—Quieres decir… —dijo, pero no pudo reunir las palabras suficientes para terminar la idea.
Inuyasha asintió, un ápice de orgullo curvó hacia arriba una de las comisuras de su boca.
—Pero… es… ¿crees que permitirían siquiera que ocurriese? —dijo.
La curva se aplanó.
—No —dijo, uno poco de la emoción salió de sus palabras—. No sin oponerse. Hay un cierto número de puestos en cada rama. Solo se llenan cuando uno de los viejos estira la pata y normalmente es por nominación de los demás viejos, que escogen a otro viejo, aunque yo podría escoger al nuevo si fuera necesario. Pero, aunque lo hiciera, se opondrían. Además, haría falta una eternidad para hacerles entrar a todas si solo esperásemos a que la gente muriese.
—Mórbido —murmuró Kagome, más para sí que para él—. Entonces ¿qué propones?
—Una nueva rama en el Ministerio —dijo—. No podemos meterlas en una, entonces creamos una para ellas.
—¿Podrías hacer eso? —dijo Kagome, golpeada de nuevo tanto por la idea como por la reflexión detrás de ella.
—Soy el Tennō, ¿no?
A ella se le escapó una carcajada de incredulidad.
—Supongo que sí —dijo y pudo ver la sonrisilla que se extendió por su rostro imitada en el de él—. Pero ¿qué clase de rama crearás para ellas? ¿Cómo se procede para hacerlo?
Él se encogió de hombros, su expresión ampliamente despreocupada.
—No llegué tan lejos —dijo—. Me imaginé que haríamos esa parte juntos, como el resto.
Kagome podría haberlo besado. Así que lo hizo.
—Juntos, entonces.
Solo les hicieron falta dos días para improvisar un bosquejo de idea de cómo querían que fuera la rama de su Ministerio.
Los dos se excusaron de sus respectivos nombrados, permitiéndoles tiempo y libertad para visitar sus residencias y familias o para quedarse y explorar el Dairi en su tiempo libre, según escogieran. La mayoría de los nombrados optó por lo primero antes que por lo último, pero en cualquier caso, les dio el tiempo y el espacio que necesitaban para trabajar.
Tras consultar algunos textos de la sala de archivos del Chūwain, descubrieron que Inuyasha estaba en todo su derecho como Tennō de crear o disolver cualquier rama del Ministerio como viera oportuno, así que al menos en ese punto no había incertidumbre. No obstante, tampoco había registros que hubieran podido encontrar de que una mujer hubiera sido nunca nombrada para un cargo dentro de cualquier rama ministerial. Tampoco hubo nada que pudieran encontrar que prohibiese explícitamente que las mujeres entrasen, lo cual Kagome se tomó como una señal favorable.
Aun así, ambos concordaron, tras debatir un poco, que una rama ministerial compuesta solo por mujeres acabaría siendo contraproducente para sus objetivos. No querían que la rama pareciese una mera anomalía, una cosa diseñada aparte de todas las demás ramas y no sujeta al mismo respeto. Si básicamente deseaban que las mujeres fuesen consideradas para todas y cada una de las ramas, entonces esta rama tendría que ser considerada como igual a las demás, y eso significaba incluir también a los hombres.
Abrirían la rama a cualquiera de los nombrados que tuviera deseos de entrar. También la mantendrían cerca, asignándole deberes concretos dentro del Dairi tanto para permitirles conservar su estatus como nombrados, como para darles el espacio que necesitaban para aprender. A muchos de ellos, a las mujeres en particular, no se les había permitido la misma educación que aquellos que habían sido preparados durante todas sus vidas para entrar en las ramas. También necesitarían tiempo y orientación para aprender, para ganar la suficiente experiencia como para que nadie pudiera objetar si llegase el momento de que pasasen a otra rama.
Con el plan lo más detallado que iba a estar (buena parte de él, se dio cuenta Kagome, simplemente tendría que llegar con tiempo y errores), llegó al fin el momento de contárselo a los nombrados.
Los convocaron a todos al Shishinden justo después de la comida de la tarde. Inuyasha se sentó sobre el trono en la tarima elevada; Kagome, en el cojín, unos pasos más abajo, a su mano izquierda. Los nombrados entraron por parejas, sus expresiones iban de la curiosidad al leve nerviosismo mientras ocupaban sus asientos sobre los cojines que habían dispuesto para ellos. Katsumi en particular clavó a Kagome con una mirada de ojos muy abiertos, que ella recibió con lo que esperaba que fuera un asentimiento tranquilizador.
—Gracias a todos ustedes por venir, primos —dijo cuando hubo entrado el último de ellos—. Sé que deben de estarse preguntando por qué Su Majestad y yo les hemos llamado aquí, así que no les mantendremos en ascuas mucho tiempo. Tennō-sama.
Se movió lo suficiente donde estaba sentada para inclinar la cabeza en dirección a Inuyasha, defiriéndose a él. Aunque no encontraba placer en la perspectiva de que se le hiciera hablar más de lo que era estrictamente necesario, habían acordado de antemano que sería mejor que él diese las noticias. Se levantó, mirando los rostros llenos de incertidumbre de los nombrados que estaban más abajo de él.
—Como dijo Kagome, probablemente estéis todos preocupados sobre por qué os hemos llamado aquí todos juntos, pero no tenéis que estarlo —dijo—. En las semanas desde que vinisteis aquí, ambos os hemos estado observando e intentando decidir la mejor forma de avanzar. Antes de ahora, en los tiempos de nuestros padres, madres, abuelas y abuelos, que las mujeres fueran nombradas significaba una cosa distinta que para los hombres. Pero nosotros no somos ellos y las cosas que querían no son las cosas que queremos nosotros. O tal vez sí lo sean y ellos simplemente nunca tuvieron la oportunidad de pedirlas. En cualquier caso, queremos daros a todos una oportunidad de escoger cómo va a ser esto para vosotros. Para todos vosotros. Así que hemos decidido crear el Ministerio de la Casa Imperial.
Se detuvo ante esto, observándolos en busca de sus reacciones. Las miradas que encontraron la suya eran de perplejidad, como mucho. Frunció el ceño, mirando a Kagome de reojo.
—Primos —tomó ella la palabra en su lugar—. Lo que está diciendo Su Majestad es que ha decidido crear esta nueva rama del Ministerio y darle un lugar en ella a cualquiera de aquí que lo desee. La rama se centrará en mantener y administrar cuestiones de la casa imperial para permitirles a todos ustedes conservar su estatus como nombrados y permanecer aquí en el Dairi. También somos conscientes de que a muchos de ustedes no se les permitieron las mismas ventajas que a aquellos que han estado estudiando durante todas sus vidas para entrar en el Ministerio, así que pretendemos asegurarnos de que se les permitirá el tiempo y el tutelaje para aprender. También es nuestra intención que, a través de esta rama, ganen todos cualquier experiencia necesaria para mudarse a cualquier rama del Ministerio en el futuro, si así lo desean.
La perplejidad hacía tiempo que había desaparecido para cuando terminó de hablar, reemplazado por un silencio de ojos abiertos como platos. Kagome los observó, contenta con concederles tanto tiempo como pudieran necesitar para procesar esto.
—Por «todos nosotros», ¿se refiere…?
La voz fue apenas más que un susurro salido de Katsumi, aparentemente sin su consentimiento. Tenía sus ojos oscuros bien abiertos y sin parpadear mientras encontraban los de Kagome, la esperanza y el miedo se mezclaban allí casi en igual medida. Kagome le ofreció una pequeña sonrisa.
—Nos referimos a todos ustedes —dijo con firmeza—. Mujeres y hombres. Cualquiera entre ustedes que desee entrar, puede entrar. A nadie se le denegará, pero tampoco se le obligará a ninguno si no es algo que desean. Como dijo el Tennō-sama, lo único que queremos es darles una opción mientras avanzamos.
Las lágrimas habían empezado a salir de los ojos de Katsumi en silenciosos arroyos y varios de los nombrados a su alrededor se inclinaron para ofrecerle su apoyo, un hombre le tendió un pañuelo de su bolsillo para que lo usase. La mano de una de las mujeres tembló mientras aceptaba el pañuelo en nombre de Katsumi, tendiéndoselo a ella.
—Pero… ¿cómo? —intervino Hisana desde la parte de atrás del grupo, su rostro estaba levemente más pálido que su tono habitual—. Nunca ha habido… nunca fue…
Inuyasha se encogió de hombros, pareciendo vagamente desconcertado ante las lágrimas de Katsumi.
—Solo porque nunca fuera, no significa que no pueda ser —dijo—. No había nada que dijese que no se pudiera, así que lo hice. Y habrá gente a la que no le guste, gente que no lo querrá, pero era lo mismo que el que yo me convirtiese en Tennō. Si estáis dispuestos a pelear, yo también.
—Lo estoy —dijo Katsumi apresuradamente, su voz llena de emoción.
—Y yo.
—Lo estoy.
—Yo también.
—Lo haré.
—Yo igual.
El coro de respuestas aumentó por la sala, la llenó hasta rebosar mientras tanto mujeres como hombres se unían. Algunos entre ellos derramaron lágrimas como lo había hecho Katsumi, en los rostros de otros había un leve miedo, pero bajo todo aquello había una esperanza floreciente que encontró su voz en sus gritos de que pelearían.
Y así nació el Ministerio de la Casa Imperial.
—Yo… traje esto.
Kanna presentó su espejo, el que Kagome le había visto llevar por primera vez lo que ahora parecía una eternidad en su primera excursión con las mujeres.
Kagome parpadeó, en absoluto segura de cómo interpretar el gesto. Esta era la noche en la que Kanna hacía de doncella y Kagome había empezado la tarde sin tener idea de qué esperar. Apenas había intercambiado más que un puñado de palabras con la niña en todo su tiempo en la corte, incluyendo incluso estas últimas semanas desde que había venido al Dairi. Aunque esa simplemente parecía ser la forma en la que Kanna interactuaba con todos, vagando inexpresiva de sitio en sitio sin ningún interés aparente en nadie ni en nada.
Lo que hizo este repentino cambio todavía más difícil de comprender.
—Es… bonito —dijo Kagome, sin saber qué más decir—. Gracias por traerlo.
Kanna no respondió, pero había algo similar a la expectación en sus ojos oscuros mientras seguía mirando a Kagome a la cara sin pestañear.
—Él dijo… que lo trajera —dijo Kanna tras varios momentos de un desconcertante silencio por parte de Kagome—. Dijo… que usted se sentía… sola. Que usted… quería ver a sus… amigos.
—¿Él? —repitió Kagome, frunciendo levemente el ceño—. ¿No se referirá a…?
Se interrumpió, un recuerdo de hacía unos días encajó de repente. Tras la comida del mediodía, había visto a Inuyasha marchándose acompañado de Kanna, la imagen le había resultado inmediatamente extraña. Pero la había hecho a un lado, ya que Inuyasha y ella habían estado trabajando desde su anuncio en el Shishinden para intentar hablar con cada uno de los nombrados a fin de averiguar dónde podían encajar mejor en adelante con la nueva rama. Si había encontrado de algún modo una forma de comunicarse con Kanna cuando a ella le había costado, entonces se alegraba de ello… incluso si era difícil de imaginar.
Y por supuesto que debía de haber sido él. ¿Quién más la conocía lo suficiente para decirle algo así a Kanna?
Pero ¿con qué fin?
—¿Quiere decir… que el Tennō-sama le pidió que me mostrase a mis amigos? ¿Cómo?
—Piense… en ellos —dijo Kanna en voz baja—. Solo en ellos. Piense con ganas. Mire… en… el espejo. Puedo… encontrarlos. Puede… verlos. Hablar con… ellos.
Sostuvo el espejo en alto una vez más, poniéndolo casi a la altura de los ojos de Kagome. Kagome pasó de la mirada de él a ella y viceversa, todavía no totalmente segura de cómo interpretar todo esto. Aun así, si Inuyasha la había enviado, seguro que no podía haber ningún daño. Y si había siquiera una oportunidad de que pudiera ser capaz de ver a sus amigos…
Al asomarse al espejo, Kagome intentó concentrar sus pensamientos en sus amigos. En su imaginación, podía verlos, podía sentir sus brazos rodeándola como los había sentido en aquellos momentos antes de que se hubieran separado por última vez. Pudo oír la risa de Shippou, sentir la calidez de Sango a su lado, y ver la sonrisa relajada de Miroku. Y quiso verles con tantas ganas, que el ansia fue casi un dolor físico en el pecho.
El youki trepó como si se le estuviera erizando la piel por su sexto sentido y el espejo se volvió oscuro. De la oscuridad, emergió lentamente una imagen.
La luz de algunas ascuas que se estaban apagando proyectaba intensas sombras sobre un rostro tan querido para Kagome que, por un momento, sintió como si no pudiera tomar aliento. El ángulo era desorientador, la vista estaba fija en algún lugar a cierta distancia por debajo de la barbilla de Sango y reflejándose hacia arriba, pero aun así, Kagome apenas podría haber estado más feliz que si se hubiera encontrado cara a cara con la mujer.
Pero, incluso a la tenue luz, no era difícil ver que Sango estaba lejos de compartir su felicidad. Sus oscuros ojos estaban desenfocados y su piel iba un tono más allá de su habitual delicada palidez, incluso la calidez de un fuego cercano fracasaba en aportar cualquier color a sus mejillas. Oscuras manchas se asentaban pesadamente bajo sus ojos como si hubieran pasado días desde la última vez que había dormido y algunas manchas de suciedad incluso permanecían aquí y allá sobre el rostro normalmente prístino de la mujer.
La mujer que la había tratado como a una hermana casi desde que se habían conocido parecía como si la hubiera socavado el agotamiento y el sufrimiento, y Kagome no quiso más que estirarse y rodearla con sus brazos.
—Las guardas están puestas y Shippou-kun parece haberse quedado dormido.
Con la visión limitada que le concedía el espejo, Kagome no pudo ver al dueño de la voz, pero la habría reconocido en cualquier parte. Las lágrimas escocieron en los rabillos de sus ojos cuando Miroku se acercó lo bastante para que lo tocara la luz de las ascuas, apenas más que una silueta imponente contra la oscuridad de la noche circundante, pero aun así una visión preciosa.
Su silueta se encorvó y oyó el hueco sonido de madera contra madera seguido de unos chasquidos sonoros. Basándose en las pocas chispas que salieron volando y dando vueltas por el aire, supuso que debía de estar alimentando el moribundo fuego. La lamida de la luz de una llama que bailó por el rostro de Sango unos momentos más tarde demostró que su suposición era correcta.
—Si ha terminado de pulir su wakizashi, cacé un conejo mientras ponía las guardas que estaría contento de cocinar para nosotros, Sango-sama —le llegó una vez más la voz de Miroku, un tono tentativo allí que era inusual para él.
Sango parpadeó como si acabara de darse cuenta de que no estaba sola. Las llamas bailaron en sus ojos mientras los levantaba hacia Miroku, pareciendo luchar por un momento para procesar lo que acababa de decir.
—No, gracias, Houshi-sama —dijo finalmente en voz baja—. No tengo hambre.
Hubo un momento de tenso silencio.
—Sango-sama, hoy no ha comido nada —dijo Miroku—. Tiene que conservar las fuerzas.
Sango bajó la mirada.
—¿Para qué? —murmuró, las palabras apenas se alzaron por encima del crepitar de las llamas—. Ha pasado más de un mes desde que estamos con esto, Miroku. Si Kohaku quisiera que lo alcanzaran, ya lo habríamos alcanzado. Claramente, no tiene deseos de verme.
Hubo un leve crujido cuando Miroku se movió, entrando en el campo visual de Kagome. Estaba lo suficientemente cerca como para estirarse y tocar a Sango, aunque no lo hizo.
—Sango —dijo, la palabra exigía su atención—. No tenemos forma de saber lo que quiere Kohaku ahora mismo. Como dijo Kagome-sama, no está en su sano juicio.
Sango se mordió el labio, las palabras claramente fueron poco consuelo para ella. Había un brillo asomándose en sus ojos más brillante que el de la luz del fuego y negó con fuerza con la cabeza.
—¿Y qué dice eso de mí? —dijo—. ¿Qué dice eso de mí, que estuve al lado de mi hermano pequeño durante días, tal vez semanas, y no vi nada de su sufrimiento? ¿Qué dice de mí que dejé que atacase en su sufrimiento, que casi matase, a una de mis amigas más queridas? ¿Qué dice algo de eso de mí, salvo que no sirvo para estar aquí, que no tengo oportunidad de salvar a mi hermano ahora cuando no pude salvarlo antes?
Las lágrimas ahora sí cayeron, rodando gruesas y cálidas por sus mejillas. Algunas cayeron de su barbilla, salpicando sobre la superficie del espejo de Kagome y obstruyendo un poco la visión de los dos. Su wakizashi, se dio cuenta Kagome de repente. Sango debía de estar sosteniéndola en su regazo y Kanna debía de necesitar una superficie reflectante para que funcionase su poder.
Afortunadamente, todavía podía ver a Miroku cuando se estiró, su mano enguantada se apoyó sobre una de las de Sango. Sango levantó la mirada, evidentemente tan sorprendida por el gesto como lo estaba Kagome. Aunque Miroku era difícilmente conservador en lo concerniente a tocar a la mayoría de personas, había evitado ampliamente casi cualquier contacto físico con Sango desde su confesión fallida.
—Lo único que dice esto de ti, Sango, es que estás agotada —dijo, encontrando sus ojos con firmeza—. Dice que, como tú misma has dicho, has pasado ya más de un mes poniendo todo de tu parte para encontrar a tu hermano, a pesar de lo que fue obligado a hacerle a tu amiga. Dice que relevaste a tus familiares de la búsqueda para poder moverte todavía más rápido y que, aun así, cada vez que hemos conseguido darle alcance a Kohaku, de algún modo ha conseguido evadirnos. Dice que apenas has dormido o comido desde hace días y que al fin está empezando a pasarte factura. Dice nada más y nada menos que eres humana y una de las más fuertes que conozco.
Kagome pudo ver la garganta de Sango trabajando mientras tragaba con dificultad, una nueva ola de lágrimas se derramó por sus mejillas. Un leve temblor la atravesó, el propio espejo pareció sacudirse cuando la wakizashi se movió en su regazo.
—Estoy agotada, Miroku —dijo, temblándole la voz alrededor de las palabras—. Estoy tan agotada, pero me aterra que, si me detengo, aunque sea por un momento, entonces ese será el momento en el que perderé a Kohaku para siempre. Que lo perderemos a él y a cualquier esperanza de atrapar al youkai que mató a tu padre. No sé cómo viviría conmigo misma si os fallara tan terriblemente a ambos.
Miroku se tensó ante la mención de su padre, sus ojos fueron brevemente hacia el rosario que rodeaba la mano que sostenía la de Sango. Aun así, le ofreció una amable sonrisa, apretándole la mano con más fuerza.
—No has de temer decepcionarme —dijo—. No podrías, aunque lo intentases. Y si estás agotada, entonces apóyate en mí. Puedo soportar el peso hasta que estés lista para caminar de nuevo. Los kami saben que tú lo has hecho a menudo por mí.
Sango ensanchó los ojos, las llamas danzaron en sus profundidades mientras los fijaba en su rostro. Miroku encontró su mirada. Una sonrisa trémula se extendió por su rostro, acompañada de varias lágrimas más.
—Gracias —dijo en voz baja—. Confesaré que, a pesar de todo, todavía he encontrado tiempo para preocuparme por si había perdido a mi amigo más querido por mi propia estupidez. Ahora veo que sigue a mi lado.
La sonrisa de Miroku disminuyó un poco.
—Lo estoy —dijo en voz baja—. Aunque he hecho poco últimamente para ganarme el título. La forma en la que te hablé ese día, Sango…
—Para —lo interrumpió—. No tienes que disculparte por ese día. T-Te malinterpreté, pero no es un error que vaya a volver a cometer. Si puedo tenerte a mi lado como mi amigo, entones no puedo pedir nada más. Te necesito conmigo, puede que ahora más que nunca.
Kagome pudo ver que la línea de los hombros de Miroku se tensaba. Las sombras jugaron en su rostro, profundizando el frunce de su ceño y las líneas alrededor de su boca. Pudo ver la presión controlada de sus labios apretados, pero solo pudo suponer las palabras, dado que las contuvo con mucha fuerza. Fuera lo que fuera, a ella le dolió casi tanto como presenciar el esfuerzo silencioso, ya que estaba segura de que a él le dolía hacerlo.
Pero Sango tenía los ojos muy abiertos, esperanzados, buscando mientras recorrían su rostro. Las lágrimas se aferraban húmedas a sus pestañas, brillando como estrellas y, a pesar de la tierra que manchaba su rostro y los bordes enrojecidos de sus ojos, Kagome seguía pensando que era una de las personas más sorprendentes que hubiera conocido.
Y de repente, Miroku se estaba inclinando hacia delante, su mano se apretó alrededor de la de Sango. Tenía los ojos fijos en su rostro como si estuviera en trance, cayendo finalmente para acomodarse en sus labios. Sango pareció quedarse paralizada, con los ojos abiertos de una manera imposible mientras observaba su acercamiento.
Un leve repiqueteo resonó entre ellos, el sonido de las cuentas del rosario de Miroku chocando unas con otras. Él se quedó paralizado, el hechizo roto mientras su miraba iba obligada a su mano enguantada. Todo el color pareció drenarse de su rostro en un instante, su gesto se torció mientras se incorporaba apresuradamente y se apartaba de Sango.
Sango parpadeó, el color subió rápidamente a sus mejillas mientras la confusión y algo doloroso y cercano a la decepción guerreaban en su expresión. Miroku no pudo mirarla a los ojos, separando lentamente la mano de alrededor de la de ella y apartándola con no poca cantidad de esfuerzo.
Hubo varios instantes de silencio que parecieron extenderse durante una eternidad, Miroku apretó la mandíbula contra la fuerza de alguna sensación. Pero, finalmente, fue capaz de levantar la mirada, una sombra oscureció su rostro por un momento antes de desvanecerse para revelar su habitual sonrisa jovial.
—Mis disculpas, Sango-sama —dijo, había una leve tensión justo bajo las palabras—. Creí haber visto algo en su rostro. Me equivoqué.
La decepción titiló por el rostro de Sango, aunque se la guardó lo más rápido que pudo conseguir.
—No pasa nada —dijo—. Tal vez ambos estemos más cansados de lo que pensábamos.
La sonrisa jovial flaqueó momentáneamente.
—Tal vez —dijo.
Se incorporó, dando una palmada con forzada alegría. Las cuentas del rosario resonaron fuertemente una vez más.
—Creo que la comida nos vendría bien a ambos —dijo—. Empezaré a preparar el conejo.
—Oh —dijo Sango—. Sí. Por supuesto. Gracias, Houshi-sama.
Se giró para irse, pero se detuvo antes de haber dado un paso.
—¿Sango-sama?
—¿Sí?
—… Si lo necesita, caminaré a su lado hasta mi final. Por favor, recuérdelo.
Y entonces se fue, desapareciendo en la oscuridad justo más allá del círculo del fuego.
Varias lágrimas más salpicaron contra el cristal del espejo, oscureciendo la visión de Kagome de su amiga. Cogió lentamente su wakizashi y Kagome captó un último vistazo de su rostro manchado por las lágrimas antes de que la envainara, lanzándola a la oscuridad.
Kagome se quedó mirando el oscurecido espejo varios largos momentos más, apenas capaz de procesar lo que acababa de ver.
—… ¿Llorando?
La baja voz la sobresaltó, haciéndola volver abruptamente en sí. Kagome se dio cuenta simultáneamente de que estaba llorando, las lágrimas bajaban continuamente por sus mejillas, y de que Kanna seguía allí. Y por supuesto que estaba, pero había estado tan sobrecogida por ver a sus amigos y por lo que había visto, que se había olvidado completamente de todo lo demás.
—Sus amigos… ¿están heridos? —dijo Kanna, las palabras apenas se elevaron por encima de un susurro.
—No —dijo Kagome, secándose los ojos apresuradamente—. Bueno, sí. Pero no.
Kanna ladeó la cabeza ligeramente, aunque su rostro pálido como la nieve estaba tan falto de expresión como siempre.
—Usted no… habló —dijo.
—Yo…
Kagome se interrumpió, dándose cuenta de que no estaba muy segura de por qué no había hablado. Había tenido la intención de hacerlo, había querido. Entonces ¿qué había sellado sus labios?
Sin duda, no había tenido ningún deseo de interrumpir el tenso momento que había tenido lugar entre ellos. A decir verdad, debería haberse dado la vuelta tan pronto se había dado cuenta de lo que estaba pasando, pero había sentido la misma esperanza que había visto resplandeciendo en los ojos de Sango borboteando en su pecho y había sido incapaz de apartar la mirada. Pero todo había sido en vano. Con todo el dolor que le causaba, parecía que Miroku no iba a verse persuadido de su decisión.
Pero incluso antes de que el momento le hubiera robado la voz, aun así, no había dicho nada. Porque ¿qué podía decirles? Aunque ahora podía ponerle nombre a su enemigo común, no era como si estuviera mucho más cerca de encontrar un modo de detenerle. Y parecía que todavía no habían conseguido alcanzar a Kohaku, de quien había estado a milímetros de distancia y a quien había dejado escapar. ¿Qué derecho tenía para decirles nada en ese momento?
—Esto ha sido suficiente por ahora —se decidió finalmente—. Ver que están bien. Ha sido suficiente.
Kanna no alteró su expresión, pero Kagome podría haber jurado que había algo parecido a la tristeza reflejada en sus ojos oscuros.
Kagome le ofreció una pequeña sonrisa, agradecida por la pequeña muestra de simpatía.
—Gracias, Kanna-sama —dijo—. Por permitirme verles. Significa más para mí de lo que cree.
Kanna parpadeó lentamente, las palabras le parecieron extrañas. Tras un momento, hizo un pequeño asentimiento.
Kagome ensanchó su sonrisa ligeramente. Todavía estaba a años luz de ser capaz de entender a la chica, pero conocía un buen corazón cuando veía uno.
La llamada a los aposentos de Inuyasha que llegó unos días más tarde fue bien recibida. Kagome había tenido poca oportunidad de hablar con el hanyou en los últimos días y tenía cosas que necesitaba sacar desesperadamente de su pecho.
Pero cuando hizo a un lado el tapiz de la entrada y lo vio, las palabras no fueron lo primero que se le vino a la cabeza. Se encontró andando hacia él, lo que parecieron apenas dos pasos para acortar la distancia hasta llegar a su lado mientras él se levantaba para recibirla.
Tuvo un momento para observar la expresión casi cómica de sorpresa en su rostro, ensanchando sus ojos dorados mientras tomaba su rostro entre sus manos y tiraba de él hacia abajo para juntarlo con el suyo. Sus labios estaban rígidos contra los de ella, pero la ola de gratitud y afecto que sintió al verle fue tan fuerte que quedó poco espacio para nada más.
Tras un momento, se relajó y ella sintió que sus brazos la rodeaban y sus labios respondían ante la insistente presión de los suyos. Era cálido y sólido y tan, tan gentil a pesar de que él nunca lo admitiría, se burlaría de ella si se atreviera siquiera a decirlo, que al menos podía hacer esto.
Pero de repente hubo labios, dientes, lenguas y se vio presionada hacia abajo, acostada entre los cojines esparcidos a sus pies. La calidez de sus labios subió por su piel, llenándola con un leve dolor que le susurraba que se recostase y se rindiera a él.
Pero, por desgracia, no había tiempo para esto. Esta vez, de verdad. Apenas tenían tiempo suficiente para debatir sobre… lo que fuera para lo que la había llamado allí para debatir antes de que las mujeres la estuvieran esperando de nuevo para la comida de la tarde. No podían permitirse que alguien entrara buscándola solo para encontrarlos así.
Aun así, permitió que continuase algunos momentos más de lo que debería antes de desenredarse a regañadientes. Inuyasha hizo un intento de seguir, con ojos entrecerrados, y ella tuvo que obligarse a presionar una mano restrictiva contra su pecho.
—Espera —murmuró.
Inuyasha parpadeó, un poco de la neblina se aclaró de sus ojos. Se apartó lo suficiente para escrutar su rostro, la preocupación bordeaba su expresión.
—Perdón —dijo—. No pretendía… ¿estás bien?
Kagome asintió rápidamente.
—No, no —dijo—. No pasa nada. Era yo… s-solo quería darle las gracias.
Inuyasha frunció el ceño.
—¿Las gra…?
Se interrumpió al darse cuenta.
—¿Los viste? —dijo.
Kagome asintió, una sonrisa iluminó su rostro.
—Sí —dijo—. Están… no demasiado bien, pero están bien. Cansados, tal vez, pero enteros e ilesos. Todavía están siguiendo el rastro de Kohaku-sama. Pero al menos ahora sé que están a salvo y que puedo volver a ver cómo están cuando quiera. Gracias a ti. Dijiste que encontrarías una forma de que yo los viera y lo hiciste.
Inuyasha parpadeó, se le enrojeció el rostro. Kagome tuvo que contener una carcajada, divertida por el hecho de que fuera un halago el que lo pusiera nervioso mientras estaba al mismo tiempo presionado contra ella del pecho a la cadera.
—Keh.
—Lo digo en serio, Inuyasha —continuó Kagome, negándose a que le quitara importancia—. A… a ti puede parecerte que no es nada, pero significó mucho para mí.
—No es nada. Lo sé.
Kagome le ofreció una pequeña sonrisa bajo la que se enrojeció todavía más, apartando la mirada de la de ella.
—Pero ¿cómo es que conseguiste que Kanna-sama aceptara hacerlo?
Inuyasha se encogió de hombros, el gesto lo hizo con un poco de incomodidad debido a la posición en la que estaban.
—Oí a Kagura hablando con ella sobre el espejo —dijo—. Y pensé… no sé. Solo hablé con ella. No habla mucho, así que la gente no le habla demasiado. Lo entiendo. Yo no hablaba mucho tampoco cuando era un mocoso, así que la gente no me hablaba.
Kagome se maravilló de esto en silencio. De algún modo, Inuyasha continuaba sorprendiéndola a pesar de todo.
—Eso fue bueno por tu parte —dijo en voz baja.
Inuyasha se encogió de hombros una vez más, pero esta vez su mirada permaneció en su rostro. Ella se descubrió conteniendo la respiración, consciente una vez más de lo cerca que él estaba todavía. Se preguntó si se inclinaría ese trocito que faltaba…
Afortunadamente, pareció tener un poco más de autocontrol que ella en ese momento, impulsándose hacia arriba y apartándose hasta que estuvo sentado. Le ofreció una mano, levantándola hasta que ella también pudo sentarse. Tragó una pequeña punzada de decepción, pasando las manos sobre su traje para alisarlo.
—¿Qué-Qué necesitabas? —dijo, esforzándose por recuperar un poco del sentido del equilibrio.
Inuyasha frunció el ceño, dudando.
—… Hablé con Hobo —dijo finalmente, las palabras pesadas con reticencia.
—¿Hobo? —repitió Kagome, frunciendo el ceño.
Su frunce se convirtió en un gruñido.
—Hobo —repitió—. El guardia. El que está siempre babeando por ti.
—Oh —dijo, ensanchando los ojos—. ¿Te refieres a Akitoki-sama? Y no babea por…
Se interrumpió ante la mirada mordaz de Inuyasha, ambos eran demasiado conscientes de que cualquier negación de los sentimientos del guardia sería una falacia. Ella negó con la cabeza.
—En cualquier caso, sus sentimientos no son preocupación mía hasta que él escoja que lo sean —dijo.
Inuyasha arqueó una oscura ceja, ensombreciendo su expresión.
—¿Y cuando lo haga? —la desafió—. Entonces ¿qué?
Kagome se encogió de hombros, bajando la mirada al tatami bajo ellos.
—Ese es un problema para otro día —dijo.
Groseramente, esperaba que ese día no llegara nunca. No tenía ningún deseo de experimentar lo que había experimentado con Kouga de nuevo con el guardia.
La expresión de Inuyasha no se aligeró y la tensión de su mandíbula le dijo a Kagome que insistiría con el tema si no lo redirigía rápidamente.
—¿De qué hablasteis los dos? —dijo rápidamente—. Seguro que de nada tan mundano como todo esto.
Inuyasha profundizó su frunce por un momento antes de que pareciera ceder.
—Desmoralizar a un enemigo —dijo sin emoción.
Kagome alzó las cejas.
—¿Qué?
El frunce regresó.
—Estaba balbuceando sobre ti —soltó—. Preguntando cómo estabas y qué te gusta y qué… qué pensaba yo de ti. Y pensé en golpearlo para hacer que se callara por una vez, pero dijiste que esa no es una opción si no se trata de una pelea. Así que le pregunté sobre peleas. Y, como siempre, el idiota habló sin parar hasta que pensé que me iban a empezar a sangrar los oídos, pero entonces finalmente dijo algo que valió la pena escuchar.
Kagome se descubrió casi mirándolo boquiabierta, preguntándose qué parte del embrollo que acababa de salir de su boca debería abordar primero. Tras un momento, se limitó a negar con la cabeza, decidiendo que cualquier cosa que pudiera escoger terminaría en una pelea para la que no tenían tiempo.
—¿Y qué fue? —dijo.
—Habló sobre batallas sobre las que había leído —dijo—. De cómo había estudiado registros de batallas de hace años. Y mucho de ello eran sandeces, pero entonces dijo algo que tuvo sentido. Dijo que desmoralizar al enemigo es la mejor forma de evitar que ataque o de que lleve la delantera.
Le dirigió una mirada significativa que ella hizo lo posible por corresponder, pero tras un momento tuvo que negar con la cabeza un poco avergonzada, ya que no había comprendido lo que quería decir.
—Los barcos —dijo con leve exasperación—. Tenemos que desmoralizar a los barcos. En el peor de los casos, ganamos tiempo; en el mejor, deciden que lo que sea que les está pagando Menōmaru no vale la pena.
Kagome abrió los ojos como platos. La distracción de los nombramientos había evitado que se obcecara demasiado con pensamientos sobre los barcos, pero la preocupación era una que siempre canturreaba suavemente al fondo de su mente. Mas frunció el ceño. Aunque el concepto era interesante, difícilmente era un plan de alguna clase.
—Pero ¿cómo? —dijo.
—La escama —dijo, inclinándose hacia ella—. Todavía la tienes, ¿verdad?
—Claro —dijo Kagome—. Pero las ningyō…
—No se van a jugar el culo —interrumpió Inuyasha—. Ni por nosotros ni por nadie que no sean ellas. Lo entiendo. Pero este no será un riesgo. Van de noche y se concentran en algunos barcos. Acaban con tantos como puedan antes de que las vean, luego, se van. Los tienen vigilados y nos hacen saber si se están preparando para ir en nuestra contra. Sé que no es mucho, pero puede que sea suficiente para mantener alejados a los wakō hasta que podamos elaborar un plan de verdad.
Kagome inspeccionó su rostro, sopesándolo. Fuera cual fuera el ángulo desde el que lo mirara, parecía bastante sensato. Había poco espacio para que las ningyō se opusieran, ya que suponía poco riesgo para ellas si tenían cuidado. Tenía razón en que, como mucho, era un freno temporal, pero al menos era un paso en la dirección correcta. Los wakō quedarían confusos, luchando contra un enemigo que no podían ver. Con suerte, les haría ser cautos, su avance se vería controlado por el miedo a las repercusiones de un enemigo desconocido. Y su vacilación podría darles tiempo para que se les ocurriera una solución más permanente.
Asintió.
—Es bueno —dijo—. Podría funcionar.
Él levantó las comisuras de sus labios, una pequeña cantidad de orgullo se asomó allí.
—Esta noche, entonces —dijo—. Escabúllete y reúnete conmigo en la pasarela sobre el agua que da a mis aposentos.
La esperanza saltó como una brasa subiendo por su pecho. Kagome asintió.
La noche demostró que el sigilo no era más el fuerte de Kagome que lo era el de Inuyasha. Aunque, se lamentó, había ciertas circunstancias en esta ocasión que estaban fuera de su control.
Inuyasha miró a su acompañante, la desconfianza estaba escrita profundamente en sus facciones. Su acompañante igualó su mirada, impasible.
Kagome apoyó una mano contra su cabeza, sintiendo avecinarse un ligero dolor de cabeza.
Había creído que su doncella esa noche estaba profundamente dormida para cuando había intentado escabullirse, pero debería haber sabido que no debería hacer suposiciones en lo referente a Kagura.
La youkai la había pillado justo cuando estaba pasando por la shoji, inquiriendo de una manera que no admitía disimulo sobre a dónde pretendía ir bajo el manto de la oscuridad. Kagome se había quedado paralizada, clavada en su sitio por una mirada demoledora de ojos rojos como la sangre.
Las implicaciones estaban claras. Si se negaba a responder, entonces sería equivalente a una confesión de que estaba involucrada en alguna clase de engaño. A pesar de su tentativa tregua, era perfectamente consciente de que ninguna confiaba completamente en la otra, pero Kagome comprendía que, a la larga, Kagura no tenía mayor deseo que el de liberarse del agarre de Naraku de una vez por todas. Así, tomó su decisión.
Y así, se encontró entre Inuyasha y Kagura, lamentando en silencio que debería haberse quedado en su futón.
—¿Qué está haciendo aquí, Kagome?
—Su miko me invitó —respondió Kagura fríamente, ignorando a quién se dirigía—. Somos aliados, ¿no, Tennō-sama?
Inuyasha le dirigió una mirada mordaz antes de dirigir de nuevo la mirada a Kagome. Ella se encogió de hombros, un gesto de indefensión.
—Kagura-sama es nuestra aliada, ¿no? —dijo, esperando que la comprendiera.
Los tres tenían un enemigo en común. Aunque ella misma estaba lejos de confiar plenamente en Kagura, tenía confianza al menos en el interés propio de Kagura.
—Si esto, como sospecho, tiene que ver con Naraku, harían bien en mantenerme informada —dijo—. Como creí que ya había dejado claro, tienen pocas esperanzas de conseguir mucho contra él sin mi ayuda.
Aunque la expresión de Inuyasha no se suavizó, un reticente reconocimiento asomó a ella. Kagome recibió su mirada con un asentimiento.
—Puedo comprender su cautela, pero Kagura-sama tiene razón —dijo.
Idealmente, podrían haber compartido sus planes con ella un poco más adelante y de un modo mucho más controlado, pero ahora no había nada que hacerle.
Inuyasha apretó la mandíbula alrededor de una negativa. Su mirada volvió a Kagura, observándola durante un largo momento antes de que soltara un suspiro.
—Bien —dijo—. ¿Sabes lo de los barcos?
Kagura arqueó una oscura ceja.
—Había oído rumores —contestó—. Pero Naraku es tan cauto como cruel. Sospecho que es el único que conoce siempre la totalidad de sus planes. Al resto de nosotros nunca nos da más que trozos, no más de lo necesario para cumplir sus órdenes.
Inuyasha y Kagome intercambiaron una mirada. Tras un momento, ella asintió, reconociendo en silencio que esto tenía sentido.
—Creemos que ha atraído a uno de los enemigos del anterior Tennō-sama —dijo—. Alguien que quiere ayudar a que se aproveche de la agitación que ha estado fomentando dentro de la corte. Y esa persona, a cambio, ha contratado a los wakō para que le hagan el trabajo sucio. Creemos que está aguardando la orden de Naraku para continuar con el ataque, pero esperamos prevenir cualquier pelea en nuestras costas si es posible.
Kagura apretó los labios en una fina línea, entrecerrando la mirada.
—Sería propio de él saber cómo jugar con los miedos de aquellos que están en el poder para su propio beneficio —dijo sombríamente—. Pero ¿cómo han encontrado esta información?
Mirando a Kagome, Inuyasha arqueó una oscura ceja. Kagome vaciló por un momento antes de encogerse de hombros.
—Yo… ¿salvé una tortuga?
Kagura ensanchó los ojos brevemente antes de entrecerrarlos de nuevo. Suspiró.
—Esa suena a la clase de locura en la que estaría usted involucrada —dijo—. Así que, entonces, ¿supongo que ustedes dos han confeccionado una suerte de gran plan para evitar que esto ocurra?
Kagome se encogió una vez más de hombros.
—Está lejos de ser grande —dijo—. E igualmente lejos de evitarlo. Aunque al menos esperamos retrasarlo y ganar un poco de tiempo para solucionar lo demás.
Kagura sospesó esto antes de asentir, no más que una leve inclinación de su cabeza.
—Supongo que eso es suficiente por ahora —dijo.
Kagome intercambió otra mirada con Inuyasha, una pregunta en los rostros de ambos. Había algo allí, una palabra no dicha hirviendo a fuego lento justo bajo la superficie de lo que Kagura les permitía escuchar. Nunca había convertido en secreto el hecho de que tenía planes e intereses propios, pero era difícil no ser cautos con aquello cuando estaba teniendo tanto cuidado para asegurarse de que conocía todos sus movimientos.
—No confían en mí —dijo Kagura, sus palabras interrumpieron su silenciosa comunicación—. Y hacen bien en eso. Somos aliados por conveniencia y si nuestra alianza se volviera inconveniente, yo no dudaría en romperla. No obstante, todavía no es el caso y, por tanto, mi promesa de que Naraku no sabrá nada de esto sigue en pie.
—Bien —dijo Inuyasha, moviéndose inconscientemente de forma que Kagome estuviera parcialmente detrás de él—. Pero si siquiera pareciera que podrías…
Kagura puso los ojos en blanco.
—Ahórrese sus amenazas, Tennō-sama —dijo—, pues puedo asegurarle que, sean cuales sean, las he oído peores. Su miko está a salvo de mí. Conténtese con eso.
Kagome apoyó suavemente una mano restrictiva en su hombro cuando pareció que iba a insistir con el tema. Le dirigió una mirada, su expresión seguía siendo mordaz.
—Por favor, déjelo estar, Tennō-sama —dijo—. Kagura-sama tiene razón. Todos sabemos tanto como podemos sobre dónde nos posicionamos ahora mismo. No podemos hacer otra cosa que hacer lo que pretendemos hacer.
Inuyasha curvó los labios hacia abajo, un claro gesto de su descontento. Pero no dijo nada y eso fue todo lo que ella podía esperar en ese momento. Metiendo la mano en su traje, Kagome sacó la escama que le había dado la ningyō. Kagura fijó la mirada en ella, ensanchando levemente los ojos.
—Oh —dijo, en voz tan baja que Kagome casi no la oyó.
Kagome se movió hacia la pasarela sobre el agua, Inuyasha la siguió pisándole los talones y disparándole a Kagura una mirada de advertencia. La youkai no se inmutó, siguiéndolos para observar a Kagome.
Sosteniendo la escama en el hueco de ambas manos, Kagome vaciló. La ningyō no le había dado exactamente instrucciones sobre cómo llamarla, simplemente dándole la escama y diciéndole que podía hacerlo. Aun así, si no se había molestado en explicarlo, entonces no podía ser una cuestión demasiado compleja, ¿verdad?
Cerrando los ojos, Kagome se concentró en la sensación de la escama en sus manos y fijó la imagen de la ningyō en su mente. La escama se volvió cálida contra su piel y abrió instintivamente las manos, lanzándola suavemente al agua.
Flotó suavemente hacia abajo, aterrizando ligera como un pétalo sobre la superficie del agua. Al entrar en contacto, el color de la escama empezó a volverse más claro, brillando hasta un tono dorado radiante que se esparció con ondas por la superficie del estanque.
Desde el centro de las ondas emergió una oscura cabeza de pelo liso y negro como la tinta. Unos ojos salieron a continuación a la superficie, redondos y oscuros como una luna nueva y seguidos de una boca que no sonreía llena de pequeños dientes afilados. Kagome la reconoció al instante como la misma chica que la había visitado la primera vez.
—¿Llamó? —dijo, su tono estaba tan falto de emoción como lo había estado la última vez.
Kagome asintió, agachándose bajo el nivel de la barandilla para acercarse más a la altura de la ningyō.
—Sí —dijo—. Gracias por venir… eh, me temo que no sé su nombre. ¿Me lo podría decir?
La ningyō ladeó la cabeza levemente a un lado como si la pregunta le resultase extraña. Parpadeó una vez lentamente y Kagome captó el rápido brillo de un segundo párpado transparente deslizándose sobre sus ojos.
—Sería difícil de pronunciar fuera del agua —dijo—. Hacen falta burbujas.
—Oh —dijo Kagome, ligeramente confundida por esto—. Podría… intentarlo, ¿si quiere?
Tras ella, oyó simultáneamente un resoplido de Inuyasha y una burla de Kagura. Sintió que se le enrojecían ligeramente las mejillas, fulminándolos mentalmente con la mirada.
—Puede llamarme, Chōseki, si quiere —dijo la ningyō, impávida—. Siempre he disfrutado de su sonido en los labios de marineros y pescadores, y no se ahogará en el intento.
—Chōseki-sama, entonces —dijo Kagome—. Gracias por venir. Creo que al fin he encontrado el favor que deseo pedirles.
Chōseki inclinó levemente la cabeza, pero no dijo nada.
—La bandera del barco que usted me dio —continuó Kagome—. Creo que ahora comprendo lo que significa para nosotros y necesitamos su ayuda para desviar lo que demostraría ser un desastre para nosotros si no se controla. Comprendo que hay límites para lo que están dispuestas a hacer y, por encima de todo, no tengo deseos de ponerlas en ningún peligro, pero espero que hayamos encontrado una manera en la que pueden ayudarnos con poco peligro para ustedes.
Kagome tomó aliento, mirando hacia atrás, hacia Inuyasha. Él asintió, bajando para agacharse a su lado.
—El plan sería que atacaseis solo por la noche —dijo él—. Solo cuando esté oscuro, solo a algunos y nada muy grande. Hacer agujeros en los cascos, hundir algunos si podéis, robar algo de su pesca o de sus provisiones con las que podáis haceros. En ningún momento les dejaríais que os vieran y en ningún momento les dejaríais saber que fuisteis vosotras.
Chōseki lo miró, afilando un poco la mirada.
—Los wakō son hijos del mar casi tanto como nosotras —dijo—. No hará falta mucho tiempo para que nos descubran y no serán amables si nos atrapan.
Inuyasha inclinó la cabeza, concordando en silencio.
—Pero son humanos —argumentó—. Tal vez conocen el mar y tal vez piensen que sois vosotras, pero nunca serán capaces de moverse tan rápido como vosotras en el agua. Mientras juguéis con inteligencia, la posibilidades de que os atrapen a alguna es pequeña. Además, tenéis vuestro propio asunto pendiente con los wakō, ¿no?
Kagome lo miró, ligeramente sorprendida. Si había alguna especie de resentimiento entre las ningyō y los wakō, no era de algo de lo que ella estuviera al tanto.
Chōseki ladeó la cabeza levemente a un lado, unos oscuros ojos tristes capturaron la luz de la luna mientras lo sopesaba.
—Nos han dado caza —dijo en voz baja—. Nos han asesinado y han vendido nuestra carne a otros humanos que soñaban con vivir eternamente. No son los únicos.
—Pero son algunos de los peores, ¿verdad? —argumentó Inuyasha—. Mi viejo fue el que lo prohibió en sus tierras y en sus aguas. Puede que no lo haya detenido, pero al menos intentó reducirlo.
Kagome se maravilló internamente ante la evidente reflexión que había invertido en su argumento. Estaba mucho más acostumbrada a ver a Inuyasha intentando irrumpir en conversaciones con fuerza bruta y poco tacto. Pero suponía que estaba cambiando tanto como cualquier otro. La idea inspiró una extraña mezcla de orgullo e inquietud dentro de ella.
—Eso es cierto —dijo Chōseki, sacándola de ese tren de pensamiento—. Su padre nos contaba entre los suyos e hizo lo que pudo para protegernos. A pesar de ello, no nos sometemos a las reglas de estas tierras ni a las de ninguna otra. No somos de ahí.
Inuyasha negó con la cabeza.
—No se trata de eso —dijo—. Súbdito o no, nadie se merece lo que os hicieron. Si el Tennō debería ser algo, sería ser el protector de cualquiera que lo necesite. No me importa qué leyes queráis seguir, quiero protegeros de la misma forma que lo hizo mi viejo. Pero primero necesito vuestra ayuda. Y dijiste que le debíais una a Kagome, así que es esto. Esto es lo que pedimos. Tómalo o déjalo, pero que sepas que necesitamos vuestra ayuda ahora.
Chōseki pasó la mirada de su rostro al de Kagome, con una pregunta allí.
—El Tennō-sama habla por ambos —dijo Kagome—. Esta es la recompensa que les pediría.
La ningyō se quedó callada, su expresión estaba calmada y suave como aguas tranquilas. Bajo la superficie del agua, Kagome captó el resplandor de las escamas doradas de su cola mientras ondulaba en un ritmo rápido.
—Me siento inclinada a concederle esto —dijo finalmente—. Pero no es algo completamente mío que pueda dar, miko. He de preguntar a las demás, dado que ellas también deben arriesgarse. Llevaré la cuestión ante ellas. Regresaré cuando tenga una respuesta para usted.
Su mano emergió del agua, abriéndola para revelar otra escama dorada. Se la tendió a Kagome.
—Tómela —dijo—. Cuando sea el momento, la usaré para llamarla. Si no puede hacerse, será la prueba de otra recompensa debida.
Asintiendo, Kagome le cogió la escama.
—Gracias por escucharnos, Chōseki-sama —dijo.
Chōseki asintió, pero movió su mirada hacia Inuyasha.
—Solo le vi una vez y brevemente, pero se parece a su padre —dijo.
Antes de que el hanyou pudiera reaccionar a sus palabras, se fue con el arco de una cola y el resplandor de escamas doradas.
El silencio cayó sobre los tres y Kagome se dio cuenta rápidamente de que le ardían los muslos de aguantar en cuclillas durante demasiado tiempo. Se guardó la escama entre sus ropas, se estiró y se agarró a la barandilla de madera para impulsarse y ponerse de nuevo en pie. Hizo una mueca internamente ante la protesta de sus músculos, observando con leve envidia cómo Inuyasha se levantaba a su lado con aparente facilidad.
—Supongo que ha ido tan bien como podríamos haber esperado —dijo—. Ahora debemos esperar para ver cuál es el resultado.
—Tal vez no —dijo Kagura, con expresión pensativa.
Giró su abanico lentamente entre sus manos, abriéndolo y cerrándolo lentamente cuando sus miradas se volvieron hacia ella.
—¿A qué te refieres? —dijo Inuyasha con un tono de advertencia en las palabras.
—Simplemente que continuemos impulsando la poca ventaja que tenemos contra Naraku —dijo tan a la ligera como si estuviera hablando del tiempo—. Creo que, con un poco de presión aplicada astutamente, tenemos una oportunidad de obligarle a hacer algo, o al menos de obligarle a renunciar a algunos secretos suyos más.
—¿Qué clase de presión tenía en mente? —dijo Kagome, un dedo de inquietud se deslizó por la longitud de su espalda.
—Tenemos que mostrarle lo que quiere —dijo Kagura—. Dejar que sienta que ha ganado. Solo entonces empezará a bajar la guardia.
—Entonces ¿qué es lo que quieres de nosotros? —dijo Inuyasha sin rodeos, la sospecha estaba escrita intensamente en el frunce de su ceño.
Kagura lo miró con expresión mordaz, la comisura de sus labios se curvó con desagrado ante sus modales.
—Y yo que pensaba que al fin había ganado usted un poco de tacto tras lograr encandilar a Kanna —dijo, abriendo su abanico delante de su boca con un chasquido—. Aunque, al parecer, a un perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos. Aun así, le daré las gracias por su papel en ello. Mi hermana puede ser bastante intratable a su manera, pero parece que usted le ha caído bien… por razones que están fuera de mi comprensión.
Inuyasha frunció aún más el ceño.
—No fue por ti —dijo.
Kagura alzó las dejas, deslizando la mirada hacia Kagome.
—De eso soy perfectamente consciente —dijo astutamente—. Aun así, fueran cuales fueran sus razones, sirve a mis propósitos, al igual que me imagino que sirve a los suyos. Kanna puedes ayudarnos a mostrarle algo de lo que deseamos que él vea. Confía en sus ojos, si no hay otra opción. Byakuya hará el resto si nos aseguramos de que vea lo que necesitamos que vea. Entre los informes de mis dos hermanos y los míos, Naraku no debería tener motivos para creer en nada salvo en lo que le contemos y lo que le muestren ustedes.
—¿Y qué quiere que le mostremos? —dijo Kagome, la misma sensación de inquietud todavía estaba asentada en su estómago.
Los labios carmesíes de Kagura se curvaron en una sonrisa que relució como sangre recién derramada.
—La ruina de ustedes —dijo.
Kagome solo pudo conjeturar que Hisana no tenía ni idea de que ella podía ver su expresión reflejada en el pequeño espejo que tenía ante sí. Si no, supuso, la más mayor podría haber tenido un poco más de cuidado de disfrazar el brutal interés que mostraba allí mientras la miraba.
Luchando contra la necesidad de retorcerse bajo aquella mirada inquisitiva, Kagome se preguntó qué es lo que era que estaba buscando tan atentamente en la parte de atrás de su cabeza o en la línea de su perfil. Era la noche en la que a Hisana le tocaba hacerle de doncella y, hasta entonces, las dos se estaban llevando bastante bien, charlando animadamente sobre el progreso que se había hecho hasta entonces en la nueva rama del Ministerio y el papel que había jugado en ello el Tennō. Pero, ante esto, Hisana se había detenido, algo cambió en su rostro. Primero se había quedado callada, luego pensativa, y ahora esto.
—El Tennō-sama —dijo, su voz fue tan repentina y decidida, que Kagome casi se sobresaltó—. ¿Qué opina sobre Su Majestad?
—¿Qué… opino? —dijo Kagome cuando fue capaz de reunir las suficientes opiniones para formar una respuesta—. Bueno… pienso que Su Majestad es un líder fuerte. Tenaz, pero dispuesto a escuchar a su pueblo y…
—No —dijo Hisana, negando con la cabeza—. Quiero decir, está bien y todo eso cuando ha de dirigirse a la corte, O-Miko-sama, pero no me refiero a eso. ¿Qué opina del Tennō-sama? No como líder, sino como hombre.
—¿Como hombre? —repitió Kagome tontamente—. Yo no… no…
—No, ¿qué? —dijo Hisana, arqueando una ceja mientras soltaba tanto la sección del pelo de Kagome en la que había estado trabajando como todo pretexto—. ¿No piensa en Su Majestad como hombre? De algún modo, esa no fue la impresión que tuve en la comida de esta tarde.
Kagome frunció el ceño, su mente retrocedió a la comida de aquella tarde. No había ocurrido nada de particular importancia en la comida, según recordaba, y ciertamente nada que indicase ninguna suerte de incorrección entre Inuyasha y ella. La comida en sí había estado buena, la conversación entre los hombres y las mujeres había fluido con facilidad, y entonces se había despedido…
—Oh, no hace falta que se inquiete —dijo Hisana como si pudiera leer su tren de pensamiento—. Era simplemente una observación, solo algo pequeño por mi parte. Cuando se estaba despidiendo, la mano de Su Majestad se estiró hacia la suya y usted hizo ademán de apartarla. No lo hizo y él tampoco, pero el vistazo me sorprendió. Por lo poco que se me ha permitido observar, Su Majestad no es un hombre que busque contacto con otros. En cambio, el Tennō-sama parece evitarlo cada vez que puede. Ahora, usted, por otro lado, O-Miko-sama, es todo actitud receptiva y tacto, pero no con Su Majestad. Con él, usted se mantiene al margen, aparta la mirada y se guarda las manos. De nuevo, solo pequeñas observaciones por mi parte, pero me han llevado a una pregunta que parece que no puedo dejar pasar: ¿qué opina del Tennō-sama?
La boca de Kagome trabajó sin sonido mientras intentaba formar una respuesta a esto más allá del leve pánico que zumbaba a través de ella. No conocía bien a Hisana en absoluto, pero sabía que era del clan de Sango y que Sango confiaba en ella. Sin duda, no parecía haber ninguna malicia escondida dentro de sus preguntas, mera curiosidad y un buen ojo para la observación. Pero ¿por qué? ¿Por qué dirigirles una mirada atenta a Inuyasha y a ella?
Moviéndose con incomodidad, Kagome se giró para mirar de lleno a la más mayor.
—Nos ha estado observando —dijo, sus ojos escrutaron los de la otra mujer.
Hisana inclinó la cabeza, ni una pizca de vergüenza en la confesión. Sus ojos ocres eran cálidos mientras miraban a los de Kagome.
—Ha pasado un tiempo desde mi última misión, pero el entrenamiento formado en un taiji-ya de mi clan desde el nacimiento no se olvida fácilmente —dijo—. Y un taiji-ya que no puede asimilar y evaluar rápidamente sus alrededores a menudo es hombre muerto, así que sí, he estado observándolos, aunque le aseguro que sin malas intenciones. Fue difícil no hacerlo después de la forma en la que se dispuso la ceremonia de la primavera.
Lo último lo dijo con una expresión conocedora, una curva en las comisuras de los labios de Hisana que hablaba de una suerte de secreto compartido. Kagome frunció el ceño.
—¿En que se dispuso? —repitió—. Hubo… ¿hubo algo extraño en la ceremonia?
Ninguna de las demás mujeres había mencionado nada y Kagome había estado bajo la impresión de que la ceremonia había transcurrido ampliamente sin incidentes. ¿Se había perdido algo? ¿Había habido alguna especie de opinión secreta flotando de la que las nombradas no habían deseado hablarle?
Gradualmente, la cálida diversión en la expresión de Hisana se desvaneció hasta que su frunce casi igualó el de Kagome. Ladeó la cabeza levemente, sus ojos inspeccionaron los rasgos del rostro de Kagome varias veces como si hubiera una historia allí escrita que pudiera descifrar de algún modo. Tras varios momentos, se le abrió ligeramente la boca, abriendo los ojos como platos.
—Oh —dijo en voz baja—. Oh. Ya veo. Eso es, entonces. Es él…
Juntó las cejas, afilando la mirada mientras volvía a levantarla hacia el rostro de Kagome.
—Pero entonces la pregunta inicial debe seguir en pie —dijo con firmeza—. ¿Qué opina de Su Majestad como hombre?
—Yo…
Kagome se debatió, confundida tanto por la pregunta como por la rapidez en el cambio de la noble. Se estaba perdiendo algo o se había perdido algo, eso estaba claro, pero era difícil hacer otra cosa que responder bajo el peso de la mirada insistente de Hisana.
—Creo que Su Majestad es un buen hombre —se descubrió diciendo, a falta de otra cosa que decir.
La expresión de Hisana no se relajó.
—¿Un buen hombre? —repitió, sus ojos recorrieron una vez más las planicies del rostro de Kagome como si pudiera leer algún profundo secreto allí.
Y de repente, Kagome tuvo la mortificante sospecha de que podía. Dispuso su expresión a que permaneciera neutral incluso mientras sentía un sonrojo subiendo inexorablemente por su garganta y en dirección a sus mejillas.
Hisana sonrió.
—Un buen hombre, entonces.
En los días que siguieron a su conversación con Hisana, ocurrió algo curioso.
Fue casi imperceptible al principio, solo un cambio minúsculo en la forma en la que algunas de las mujeres se dirigían a ella. Sus reverencias eran una fracción más profundas de lo que lo habían sido antes y sus tonos más deferentes. Pero estas eran cosas tan pequeñas, que para Kagome era bastante fácil quitarles importancia.
No fue hasta que la manera en la que todas las mujeres (salvo por Kagura y Kanna, que permanecían ampliamente como siempre) cambiaron, que Kagome se vio obligada a preguntarse qué estaba pasando. Cuando las mujeres se reunieron en el En no Matsubara para una comida de tarde entre las raíces del Goshinboku, Kagome decidió sacar el tema con Katsumi.
Ante su pregunta, Katsumi sonrió de una forma que ella no le había visto nunca desde que había entrado en el Dairi.
—Bueno —dijo, su sonrisa no se desvaneció en ningún momento mientras su oscura mirada trazaba las ramas entrelazadas del Goshinboku por encima de su cabeza—. Me imagino que debe de ser diferente para cada una de nosotras, pero para mí es bastante simple. Deseo devolver el favor.
La luz moteada que se filtraba a través de las ramas que tenían encima proyectaba sombras bailarinas sobre sus elegantes facciones, haciendo que su expresión fuera casi imposible de leer. Pero sus ojos eran cálidos mientras miraban a los de Kagome.
—Con favor… ¿se refiere a la nueva rama del Ministerio? —dijo Kagome—. Porque le aseguro que fue cosa de Su Majestad mucho más que lo fue mía. Y, además, no fue un favor, sino algo que ya era hora que tuviera lugar…
Una suave risa la interrumpió en seco. Katsumi había ensanchado su sonrisa, aunque había levantado el abanico para taparla.
—Discúlpeme, O-Miko-sama —dijo—. Es solo que creí que diría eso. Creímos que diría eso. Por eso creímos que sería mejor hacer esto por nuestra cuenta, en silencio.
—¿Hacer qué, Katsumi-sama? —insistió Kagome.
Pero Katsumi solo negó con la cabeza, su abanico ahora ocultaba completamente la parte inferior de su rostro.
—No ha de preocuparse, O-Miko-sama —dijo—. Únicamente sepa que, al igual que nos ha dicho que soñemos con vidas que antes no nos habíamos imaginado, nosotras deseamos lo mismo para usted.
Un par de días más tarde, recibió una llamada inesperada a los aposentos de Inuyasha. Los hombres y las mujeres habían decidido visitar el archivo en el Chūwain para investigar cómo mejorar la estructura de la nueva rama del Ministerio y le aseguraron que podían estar perfectamente bien mientras el Tennō y ella atendían cualesquiera asuntos que necesitasen.
Kagome aceptó a regañadientes, una parte de ella había esperado ser capaz de ayudarles mientras avanzaban para estructurar el nuevo cuerpo. Pero finalmente supuso que tendría que dar un paso atrás para que las mujeres y los hombres de verdad pudieran tomar posesión de esto. Bien podía empezar ahora.
Cuando llegó a los aposentos de Inuyasha, una sirvienta de allí la redirigió a los jardines exteriores de detrás de su residencia. Siguió a la mujer, imaginándose que hacía un día tan bueno que Inuyasha no había podido soportar estar mucho tiempo dentro.
Había un par de guardias dispuestos al pie de la pequeña colina arbolada a la que la condujo la mujer. Kagome apenas recordó darle las gracias mientras hacía una reverencia y partía, distraída por la familiaridad del lugar. Era la misma pequeña colina sobre la que Inuyasha y ella habían pasado tanto tiempo practicando protocolo hacía lo que ahora parecía toda una vida. Desde la base de la colina, no podía ver su figura, pero sabía con una certeza que iba más allá del pensamiento que estaría sentado en el mismo lugar en lo alto, esperándola.
Les hizo una reverencia a los guardias cuando le permitieron el paso, subiendo por la colina para encontrarlo exactamente como se lo había imaginado. Una ligera brisa primaveral templaba el calor del día, quedando atrapada y removiendo largos mechones plateados que parecían casi del color de la misma luz mientras se movían. Una oreja se movió hacia el sonido de su acercamiento y entonces se puso en pie, con los ojos dorados brillantes mientras miraba a los de ella.
Una sonrisa se extendió por todo el rostro de Kagome.
—¿Te sentías nostálgico? —bromeó ligeramente, gesticulando hacia el estanque que se extendía hacia lo lejos de su colina.
Los ojos de Inuyasha siguieron su movimiento distraídamente antes de negar con la cabeza.
—Keh —resopló, aunque la luz en su expresión no disminuyó ni un poco—. Cállate.
En un abrir y cerrar de ojos, había cubierto la corta distancia entre ellos y la había rodeado con sus brazos. En otro, sus labios estuvieron sobre los de ella, cálidos y sonrientes. Instintivamente, las manos de Kagome se cerraron en puño al frente de su haori, sus ojos se cerraron mientras su boca se movía para recibir la de él con más firmeza.
Y entonces se le ocurrió algo escalofriante. Apartó los labios con una exclamación, empujando contra su pecho con ambas manos. Él le dio espacio, pero sus brazos no se aflojaron a su alrededor.
—¡Inuyasha! —dijo entre dientes, sonrojándose hasta las puntas de las orejas—. ¡Los guardias! ¡Estamos fuera…!
—No importa —dijo, las palabras eran casi una carcajada—. No importa una mierda. ¡Funcionó, Kagome! ¡Me lo dijeron y funcionó, joder!
Kagome frunció el ceño, sus ojos inspeccionaron su rostro.
—No tiene ningún sentido lo que dices —dijo, con cuidado de mantener la voz baja por si atraía la atención de los guardias—. ¿Qué funcionó? ¿Quién te dijo qué?
Su expresión mientras ella levantaba la mirada era radiante, triunfal. Posiblemente era la vez que más guapo lo había visto.
Y entonces pronunció las palabras que le hicieron sentir como si de repente estuviera elevándose hacia un cielo infinito.
—Quieren que tú seas Emperatriz.
Nota de la autora: La pequeña lección de historia de hoy:
Katsumi: Una de las formas en la que se puede escribir Katsumi en kanji tiene los caracteres de «ganar/belleza», de ahí su referencia a cómo la llamaron sus padres.
Ministerio de la Casa Imperial: Un aspecto real de la estructura de la corte imperial durante el periodo Heian, aunque obviamente me tomé mis libertades con ella. Se construyó y se enfocó en la dirección y regulación de la casa imperial (el Tennō, la Emperatriz, sus esposas secundarias, amantes y sus hijos, entre otras cuestiones). También fue la única rama de la que pude encontrar registros de que tuviera mujeres en ella, aunque estaban confinadas exclusivamente a la atención de las mujeres con las que se relacionaba el Tennō y servía principalmente para mantener a otros hombres alejados de ellas. De nuevo, me tomé muchas libertades con la idea.
Chōseki: Se puede traducir como «marea».
«Un buen hombre»: En japonés, la frase es (aproximadamente) «ii hito/ii otoko», que significa un buen hombre o una buena persona, pero «ii otoko/ii hito» también se usó en cierto momento como una suerte de forma en clave o sutil de decir que la persona era un novio o amante en potencia sin tener que decirlo directamente. Esta es la idea con la que estaba jugueteando en la escena entre Hisana y Kagome, aunque es dudoso que la frase tuviera las mismas implicaciones durante el periodo Heian.
Nota de la traductora: Hacía un par de meses que se había publicado este capítulo cuando yo encontré el fic en inglés, y ahora llegamos a él. Ha pasado un año desde entonces y casi un año desde que empecé a subirlo en español... y solo quedan dos capítulos más a día de hoy para ponernos al día.
Este es uno de mis favoritos y tal vez sea por eso que me ha gustado tanto corregirlo. Solo espero, como siempre, haberlo hecho bien y que no notéis nada raro que os distraiga de la lectura.
¡Espero que os haya gustado y estaré atenta a vuestros comentarios!
¡Hasta la próxima!
