Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 35: De silencio y sirvientes
—No.
El sonido ahogado escapó de ella sin pensar y sin consentimiento, expulsado por el pánico que se estaba alzando como bilis para llenar su garganta.
Seguro que ella lo había oído mal. Seguro que él lo había oído mal. O tal vez este era otro de esos sueños, de esos absurdos aleteos de fantasía en los que su mente de vez en cuando le permitía mimarse con lo imposible.
Pero la luz era demasiado brillante y el mundo a su alrededor demasiado nítido. En sus sueños nunca había un silencioso murmullo de una brisa pasando sobre la superficie de un estanque o el nítido aroma de la hierba aplastada bajo un pie. Nunca estaba la expresión pálida y afectada que ahora veía reflejada en el rostro de Inuyasha.
—… Kagome…
Negó con la cabeza, esperando que el movimiento pudiera acallar el clamor de sus pensamientos o despertarla de cualquier extraño sueño en el que se hubiera sumido. Pudo sentir los brazos de Inuyasha aflojándose a su alrededor, apartándose lentamente. Pero, antes de soltarla por completo, se quedó quieto, con las manos aferrando sus brazos con una fuerza que casi le hizo hacer una mueca.
—Kagome, espera, ¿de acuerdo? Escucha un…
—Que escuche ¿qué? —soltó, las palabras salieron con mucha más mordacidad de la que había pretendido—. Esto es una locura, Inuyasha, como bien sabemos los dos. ¡La corte nunca lo aceptaría, nunca podría aceptarlo! ¡Pensarían que soy una serpiente y tú un tonto! ¡Estropearía todo lo que hemos…!
—¡Ya lo están aceptando, Kagome! —soltó Inuyasha, sus ojos resplandecieron cuando su cólera se alzó para encontrar la de ella—. ¡Las nombradas acudieron a mí, me dijeron que quieren que seas tú! ¡Tienes que ser tú…!
—¡Para! —dijo, un temblor empezó a extenderse por sus miembros y fue incapaz de contenerlo—. ¡Para ya! ¡Las nombradas no son la corte y, por buenas intenciones que tengan, has de saber que esto no puede funcionar!
Sus manos se apartaron de ella. Observó mientras las apretaba a sus costados, sintió el nudo en su estómago apretándose para equipararse.
—¿Por qué? —dijo entre dientes, un sonido bajo que retumbó como el primer trueno justo antes de una tormenta—. ¿Por qué estás dispuesta a luchar por cada maldita cosa menos por esto? ¿Por qué ni siquiera consideras que podríamos… que podría…? ¿De verdad que no quieres…?
El resto de las palabras se atascaron en su garganta, atrapadas allí, pero la pregunta todavía no pronunciada pendió con pesadez entre ellos. ¿De verdad que no quería esto?
Ella apretó los dientes con tanta potencia que pudo sentir que le chirriaba la mandíbula con su fuerza. Fue en lo único en lo que pudo pensar en hacer para disminuir el temblor, para contener el montón de palabras que amenazaba con derramarse si le daba la más mínima oportunidad.
Porque por supuesto que lo quería. Lo deseaba tanto, que se había visto obligada a enterrarlo, a atarlo con el conocimiento de su imposibilidad y a empujarlo tan al fondo, que apenas pensaba ya en ello. Lo deseaba tanto, que ahora vivía en su centro, tan natural, esencial e instintivo como el latido de su propio corazón.
Pero ahora parecía como si su corazón se hubiera detenido.
—No puedo —consiguió decir finalmente—. No lo haré.
Porque la destruiría, lo sabía. Si se permitía tener esperanza y no funcionaba, no habría vuelta atrás. Y lo que era peor, ¿qué sería de él?
Él no dijo nada y ella no se atrevió a levantar la mirada hacia su rostro. En cambio, observó sus pies, observó el titubeante medio paso que dieron hacia ella. Observó los pasos que tropezaron mientras se alejaban de ella. Los observó desaparecer por la colina y fuera de su campo visual. Observó la hierba sobre la que habían estado.
Apoyó una mano contra su pecho, sintiendo el martilleo de su corazón contra sus costillas. Seguía allí, enterrado y a salvo, lo había protegido y los había protegido a ambos.
Aun así, no pudo evitar sentir que tal vez esto era lo más horrible que hubiera hecho nunca.
La quemazón de la escama contra la piel de su pecho fue un bendito alivio.
Kagome había estado acostada en su futón durante lo que parecía una eternidad, dando vueltas en la vana esperanza de que pudiera encontrar una mágica posición lo bastante cómoda para al fin quedarse dormida. Pero no conseguía encontrar el sueño y estaba empezando a temer que nunca pudiera volver a dormir bien.
Mientras tanto, sus pensamientos se mezclaron lentamente a través de ella, oscuros mientras aguas enlodadas desbordaban las orillas de su mente. Sintió como si fuera a ahogarse en ellos, tirando de ella, metiéndola y retorciéndola bajo la inflexible corriente. Se sentía tremendamente pesada, afligida por la pérdida de algo que nunca había tenido de verdad. Tal vez eso era lo peor.
El calentamiento de la escama de la ningyō contra su pecho consiguió levantarla de su neblina de miseria, una distracción tan bienvenida que casi lloró de alivio. Afortunadamente, aún tuvo al menos la entereza de reprimirse para evitar despertar a la mujer que le hacía de doncella aquella noche. Una rápida mirada le dijo que la mujer estaba profundamente dormida, su expresión estaba tan relajada en su sueño, que Kagome sintió una afilada punzada de envidia atravesarla.
Negando con la cabeza, se levantó y se arrastró con pasos silenciosos hacia la shoji que conducía a la pequeña zona ajardinada de su residencia. Se detuvo antes de salir, cogiendo el karaginu rojo que le habían colgado sobre un biombo y rodeándose los hombros con él para repeler un poco del fresco de la noche.
Tras salir a la pasarela de madera y cerrar la shoji con cuidado tras de sí, Kagome se detuvo.
Debería llamar a Inuyasha, lo sabía. Se merecía tanto como ella conocer el resultado de sus esfuerzos con las ningyō, se merecía estar involucrado en cualesquiera decisiones que se tomaran si resultaba que las ningyō no podían ayudarles. Debía llamarlo.
La sola idea le hizo sentir como si se fuera a poner enferma. Si lo llamaba y venía, ¿cómo la miraría? ¿La miraría? O, tal vez peor, ¿y si llamaba y él no venía?
Kagome negó con la cabeza, un escalofrío más intenso que el del aire nocturno se deslizó por su piel. No. Pronto llegaría el momento en el que se viera obligada a encararlo, pero por ahora, simplemente no tenía fuerzas para ello. Lo haría por su cuenta.
Giró sobre sus talones, bajando de la pasarela y suprimiendo un estremecimiento al sentir la fría tierra del jardín bajo sus pies descalzos. Tal vez le habría venido bien calzarse, pero no había querido arriesgarse más a despertar a la doncella que dormía justo al otro lado de la pantalla. Podía soportar esto.
La luz de la luna menguante fue suficiente para iluminar el sinuoso camino al pequeño estanque enclavado en el rincón más meridional de los jardines. No era ni de cerca tan grandioso como la pasarela sobre el agua que conducía a los aposentos de Inuyasha, pero Kagome supuso que cualquier cuerpo de agua bastaría. Se agachó ante él y vaciló.
Había algo extraño.
El youki cosquilleó en su sentido espiritual como la promesa de rayos en el ambiente. Pudo sentir el vello alzándose por sus brazos, su cuerpo se tensó con repentino conocimiento.
¿Cuánto tiempo había estado allí? ¿Cómo se había distraído tanto como para no darse cuenta? ¿Por qué no había planificado traerse el arco?
Pero no había nada que hacer ahora. Respiró hondo, llevando lentamente su poder hasta su pecho.
—Ya, ya. Eso no es necesario, ¿verdad? Somos aliadas, después de todo, ¿o no?
Kagome soltó el aliento, un poco de la tensión salió de ella. Sintió aproximarse a la youkai, que descendió con facilidad sobrenatural justo detrás de ella.
—Kagura-sama —murmuró, más para tranquilizarse que por otra cosa—. Por favor, explíqueme en qué clase de alianza una se le acerca sigilosamente a la otra en la oscuridad de la noche.
—La misma alianza en la que una estima necesario escaparse sigilosamente bajo el manto de la noche —replicó Kagura astutamente.
Kagome se mordió el labio, conteniendo una respuesta que sabía que, como mucho, sería antipática. Se levantó, girándose para encarar a la otra mujer.
—Me estaba vigilando —dijo, más una afirmación que una pregunta.
Kagura se encogió de hombros, claramente impávida.
—Es usted interesante de observar —dijo.
Kagome frunció el ceño, su irritación ya hervía a fuego lento justo bajo su piel y, por tanto, fácil de provocar.
—Esa no es una respuesta y usted lo sabe, Kagura-sama.
Kagura arqueó una oscura ceja, su expresión se serenó levemente.
—Está molesta —dijo.
Kagome luchó por no encogerse, la observación inusualmente directa acertó peligrosamente cerca.
—Estoy cansada —dijo con más mordacidad de la que debería—. Es tarde. Lo que difícilmente excusa que aceche fuera de mis aposentos.
Kagura profundizó un poco su frunce, aunque su mirada permaneció igual.
—No he ocultado mis objetivos —dijo—. Que siempre se sorprenda de mis esfuerzos por cumplirlos parece hablar más de sus fallas que de las mías.
Esta vez, Kagome sí se encogió, afectada tanto por las palabras como por la forma directa en la que fueron presentadas. Era bastante cierto, aunque la idea de que Kagura la mantuviera observada no le sentaba bien.
O tal vez simplemente estaba enfadada porque era más fácil estar enfadada que estar… vacía. Al menos notaba calidez en el enfado.
—Bien —se obligó a decir finalmente—. Haga lo que desee.
Se giró de nuevo hacia el estanque, agachándose una vez más. Justo cuando se estiraba para soltar la escama sobre la superficie del agua, Kagura intervino de nuevo.
—¿Qué hay de su acompañante? —dijo—. Asumo que todo este moverse lentamente bajo el manto de la noche significa que las ningyō han tomado una decisión. Habría pensado que él desearía estar aquí para recibir su respuesta.
Las palabras fueron pronunciadas con bastante ligereza, pero Kagome pudo sentir el marcado interés asomando justo por debajo de ellas, lo que le hizo tensarse casi tanto como la misma pregunta. Déjale a Kagura encontrar una herida y no perder el tiempo en pincharla. Kagome se obligó a relajarse y a tomar aliento antes de responder.
—Su Majestad tiene varios asuntos que atender —dijo, esperando que las palabras no sonasen tan huecas como las sentía—. Dado que la deuda de las ningyō es para conmigo, pensó que sería adecuado que yo terminase con los tratos con ellas y le informase después.
Hubo un gran momento de silencio tras ella.
—Mmmm —dijo Kagura finalmente—. Qué prudente por su parte.
Kagome frunció el ceño, manteniendo el rostro cuidadosamente apartado. Dudaba de que Kagura le fuera a tomar la palabra, pero al menos podía evitar darle algo sólido.
Cuando estuvo claro que no iban a llegar más comentarios, Kagome dirigió su atención de nuevo hacia el estanque. Se estiró, abrió la mano y dejó que la escama que descansaba en su palma se dejara llevar lentamente en el agua.
Quedó aliviada al ver las ondas doradas extendiéndose sobre la superficie del estanque, el poder de la escama funcionó tal como lo había hecho la última vez. Lentamente, la cabeza oscura familiar emergió del centro, ojos líquidos solemnes mientras encontraban los de ella.
—Chōseki-sama —dijo Kagome, inclinando la cabeza en gesto de reconocimiento.
Chōseki inclinó levemente la cabeza en respuesta.
—Miko —dijo—. Mis parientes y yo hemos tomado una decisión.
Kagome sintió que se le apretaba el nudo del estómago. Chōseki difícilmente parecía alguien que se viera inclinada a perder el tiempo con palabras innecesarias, pero aun así se encontró ligeramente sorprendida ante lo abrupto de su comportamiento.
Kagome se obligó a asentir, preparándose mentalmente para cualquier respuesta que fuera a darle.
—Hemos decidido que estamos dispuestas a concederle la recompensa que nos ha pedido.
Kagome sintió que un poco de su aliento salía de ella con un silbido, una parte de aquel doloroso nudo en su estómago se aflojó de repente. Una pequeña carcajada escapó de ella, en parte alegría y en parte alivio.
—¿De verdad? —dijo—. ¡Gracias! Muchas gracias, Chōseki-sama. Les debo a sus parientes y a usted una deuda por esto…
—Se olvida de que la deuda es nuestra —dijo Chōseki, pero no con poco cariño—. Y con esto estará saldada. Y me alegro de poder servirle.
Su expresión seguía ampliamente tan impávida como lo había estado siempre, pero había una leve elevación de una comisura de su boca que le dijo a Kagome que lo decía en serio. La pequeña curva decía mucho y, de algún modo, Kagome tuvo la repentina impresión de que esta victoria podría haber sido ampliamente debida a los esfuerzos de Chōseki en su nombre. Inclinó la cabeza, su gratitud iba más allá de las palabras.
—¿Cuándo quiere que empecemos? —dijo Chōseki.
Levantando la cabeza, Kagome dudó. Esta era exactamente la clase de decisión para la que Inuyasha debería haber estado allí para poder consultarle.
Pero podía sentir los ojos de Kagura en su espalda, agudos y escrutadores. Le había dicho a la youkai que había venido sola con permiso de Inuyasha. No responder ahora sería como decirle que había mentido.
—Lo antes posible —se descubrió diciendo, las palabras salieron en un revuelto apresurado—. Cuanto antes nos pongamos en marcha, mayores serán nuestras probabilidades de ralentizar su avance antes de que puedan llegar a nuestras costas.
Chōseki asintió, aunque un momento de duda antes de ello dijo que tal vez había notado algo extraño en el comportamiento de Kagome. Kagome agradeció en silencio que una pequeña parte de su mente hubiera permanecido lógica a su pesar, aunque no se atrevió a darse la vuelta para ver si había conseguido convencer a Kagura.
—Reuniré a mi clan para debatir sobre la mejor forma de proceder, entonces —dijo Chōseki—. Probablemente no nos lleve más de un día, más o menos, hasta que estemos listas para comenzar. También le devolveré la escama. Será el medio más fácil de llamarla cuando llegue el momento de informarle.
Las membranas finas y translúcidas entre sus dedos brillaron a la débil luz de la luna mientras su mano emergía del estanque con la escama en el centro de su palma. Kagome se estiró para cogerla, presionando suavemente las puntas de sus dedos contra la húmeda piel inhumanamente suave de la palma de la otra mujer.
—Por favor, tenga cuidado, Chōseki-sama —dijo en voz baja—. Tanto usted como su clan.
Chōseki inclinó la cabeza ligeramente, sus ojos oscuros fueron momentáneamente hacia algo más allá de Kagome. El más leve frunce perfiló sus labios cuando volvió a dirigirle la mirada.
—Usted también, Kagome-sama —dijo—. Hasta que podamos volver a vernos.
Y entonces se hubo ido, no quedaron más que ondas en la superficie del estanque para decir que había estado allí. Guardándose la escama en la parte de delante de su traje, Kagome se levantó e hizo una leve mueca por la forma en la que sus piernas protestaron por el movimiento.
—Un encuentro exitoso. Seguro que Su Majestad estará encantado de oírlo. ¿La acompaño a sus aposentos?
Kagome contuvo otra mueca. Casi había conseguido olvidar la presencia de Kagura por un momento.
—No veo razón para molestar a Su Majestad a tan altas horas de la noche —dijo, quitándose tierra de las rodillas de su yukata para evitar tener que encontrar la mirada insistente de la otra mujer—. Me aseguraré de informarle a primera hora de la mañana.
Kagura no respondió con nada más que un suave «mmmm», el sonido no traicionó nada de sus pensamientos. Kagome se aventuró a mirarla y se vio atrapada inmediatamente por su mirada. La expresión que allí había no era la que se había esperado ver, algo similar a la compasión cubría su mirada incluso mientras descansaba firmemente sobre ella.
—He oído murmullos entre las mujeres —dijo en voz baja.
—… ¿Y cuáles serían esos murmullos? —se obligó a decir Kagome, sintiendo que se le ponían los hombros rígidos.
Claro que Kagura era consciente de lo que había ocurrido. Estaba constantemente entre las mujeres y era de lejos demasiado aguda como para perderse algo tan grande como aquello.
—Concederé que tiene varios talentos, pero ha de saber que mentir no es uno de ellos —dijo Kagura secamente—. Es perfectamente consciente de qué estoy hablando.
Kagome se mordió el labio, sin saber qué responder a eso.
—Escuche —dijo Kagura después de que su silencio se hubiera extendido demasiado—. No vine aquí a atormentarla con lo que sé o lo que sospecho. Solo vine con una advertencia. La mayor habilidad de Naraku siempre ha sido su capacidad para manipular a los demás. Él… ve cosas en los demás que a menudo no pueden ver en sí mismos y usa esas cosas sin vacilar. Y si ustedes dos se desmoronan ahora, le estarían dando ventaja.
Un escalofrío recorrió a Kagome ante las palabras, filtrándose hasta sus mismísimos huesos. Sintió como si no pudiera tomar suficiente aliento.
—¿Es por eso por lo que me ha estado vigilando, entonces? —dijo, las palabras apenas un susurro cuando salieron de ella—. ¿Para ver si me desmorono?
Un leve frunce tiró de las comisuras de los labios de Kagura, pero su mirada no vaciló.
—Así es —dijo—. Desde el momento en que los dos son la mejor oportunidad que tengo de librarme de él. Si caen ahora en su trampa, entonces me vería obligada a empezar de nuevo.
—¿Y qué quiere que haga, entonces? —soltó Kagome, la ira salió hirviendo de repente a la superficie ante la muestra de evidente egoísmo—. ¿Cuál es la mejor manera de ayudarle, dado que eso es evidentemente lo único que le importa?
Kagura alzó levemente las cejas, afinando los labios en la suerte de expresión que alguien pondría ante un niño petulante.
—Querría que recobrase la compostura —dijo en voz baja—. Querría que hiciera como hasta ahora: abrirse paso. Tomarlo por sorpresa. Negarse a inclinar su cabeza cuando no haya motivos para inclinarla.
—No es tan sencillo y lo sabe.
—Lo sé. Sin duda lo sé bastante bien. Sin embargo, también sé que usted es más fuerte de lo que se permite pensar que es y que cada pedazo de esa fortaleza será necesaria para que avancemos. Así que, como he dicho, recobre la compostura.
Kagura no flaqueó ante su frunce, ni siquiera parpadeó ante las lágrimas que le escocían en las esquinas de sus ojos. Estaba firme, un crudo contraste con el temblor de los miembros de Kagome.
Pero no lo entendía. No podía.
—Tengo que irme —dijo Kagome finalmente, las palabras salieron de ella en un tono áspero mientras se tragaba la sensación—. Mi doncella notará mi ausencia si estoy fuera demasiado tiempo.
—Bien, entonces, no la retendré —dijo Kagura tras un momento—. Necesita descansar, después de todo. Buenas noches.
Y con una última ensombrecida mirada, se marchó en un golpe de viento.
Kagome volvió abotargada a sus aposentos. Consiguió deshacerse del karaginu que se había puesto y volver a su futón sin incidentes, comprobando brevemente para asegurarse de que su doncella seguía durmiendo profundamente al otro lado del biombo.
Pero tan pronto su cabeza tocó la almohada, el torrente de sus pensamientos volvió corriendo con tanta fuerza que, por un momento, no pudo tomar aire. Estaban Chōseki, Kagura, los barcos, los nombrados, el puesto de Emperatriz e Inuyasha, Inuyasha, Inuyasha. Vio su rostro una y otra vez, vio el dolor allí que ella había provocado cuando él simplemente había estado intentando hacer lo que pensaba que sería lo correcto para con ella. Se vio a sí misma, encogiéndose, demasiado asustada como para siquiera explicarse adecuadamente ante él.
Finalmente, el torrente la arrastró, tirando su ansiosa mente en las profundidades de un sueño intranquilo, pero no antes de que tuviera tiempo para preguntarse cómo era que iba a empezar a arreglar esto.
Había multitud de lugares en los que debería haber estado Kagome, una letanía de cosas que debería haber estado haciendo, pero de algún modo no conseguía obligarse a estar en ninguno de esos lugares ni a hacer ninguna de esas cosas. En cambio, había despachado a su doncella en cuanto la mujer hubo terminado sus deberes de ayudarle a vestirse para la mañana, pidiéndole que la excusara con las demás mujeres, ya que no podría unirse a ellas para la comida de la mañana.
Una vez que la doncella se hubo ido, Kagome había garabateado una rápida nota para Inuyasha, informándole en los términos más reticentes de su encuentro la noche anterior con Chōseki y de sus resultados. Tras entregarle la nota a un sirviente para que la enviara, prácticamente huyó del Dairi.
Era cobarde, lo sabía. Estaba huyendo bastante literalmente de sus problemas. Pero estaba agotada y solo pensar en tener que enfrentarse a una respuesta de él, en cualquier forma que fuera a venir, era suficiente para hacerle sentir enferma. Si pudiera conseguir un poco de espacio, un poco de aire, un poco de tiempo, entonces tal vez podría sentirse con más fuerzas para lo que había de venir. Tal vez.
Sin pensárselo demasiado, había decidido que su destino era el Chūwain. Si iba a encontrar paz en algún lugar, parecía que tendría más oportunidades de encontrarla allí. Además, había pasado un tiempo desde que había podido visitar a Midoriko, y normalmente encontraba que la mayor era una presencia tranquilizadora.
Las calles de la corte ya estaban abarrotadas de gente, la suave luz del sol y la fría brisa de la mañana primaveral sacaban a la gente al exterior en grupos. Kagome sintió sus ojos sobre ella al pasar, oyó los abruptos silencios que recibieron su aparición y los susurros que dejó atrás como ondas sobre la superficie de aguas tranquilas. Más de una vez, oyó los ecos de la palabra «Emperatriz» a su alrededor, y tuvo que esforzarse para evitar tropezar, la palabra era un fuerte pinchazo en una herida que todavía estaba demasiado reciente.
Afortunadamente, consiguió mantener la compostura en su mayoría, aunque estaba segura de que su rostro debía de estar al menos tres tonos más pálido que cuando había comenzado y pudo sentir la picazón en sus palmas donde sus uñas se habían hundido tanto, que estaba segura de que dejarían marcas. Pero había llegado al Chūwain y en cuanto empezó sus rituales, fue improbable que nadie fuera a intentar molestarla.
Había un atributo tranquilizador en los rituales de purificación, una familiaridad y certeza que de alguna forma calmaba sus crispados nervios. Para cuando pasó bajo la torii, se sentía algo más como ella misma de nuevo.
Sus pasos la llevaron instintivamente hasta la estatua de Amaterasu, algunos discípulos del templo pasaron y le hicieron una reverencia de camino, pero por lo demás la dejaron con sus propias meditaciones. Agradeció su discreción, acomodándose ante la estatua con un suspiro de alivio.
Pero al levantar la mirada hacia el sereno rostro de piedra, cualesquiera palabras u oraciones en las que pudiera haber pensado ofrecer se quedaron atascadas en su garganta, atrapadas allí bajo una abrupta ola de lágrimas. El rostro que tenía encima se torció, la neblina de las lágrimas que llenó sus ojos lo emborronó y lo distorsionó.
La sensación fue tan fuerte, tan repentina, que fue difícil tomar aliento mientras la notaba. Presionó la mano contra su boca, intentando contener desesperadamente un sollozo, pero fue implacable, exigente. Se inclinó hacia delante, casi se dobló por la mitad mientras las lágrimas la sobrecogían, bajando cálidas por sus mejillas para oscurecer la tierra bajo ella.
—Lo siento —jadeó, sabiendo perfectamente que la persona con la que hablaba nunca la oiría—. Lo siento tanto. Me lo ofreciste, lo ofreciste y y-y-yo lo a-aparté con a-ambas manos. Es… es que no puedo. No p-puedo a-arrastrarte así. No puedo… No soy lo bastante fuerte para…
Un par de brazos, cálidos y sólidos, le rodearon los hombros, deteniendo la riada de sus palabras.
—Niña, niña —murmuró una voz junto a su oído—. Shhhh, shhhhh. Estás bien, estás bien. Respira conmigo, ¿quieres? Respira hondo, así.
Oyó que la otra mujer respiraba hondo, lo contenía. Tras varios torpes intentos, fue capaz de igualarla, conteniendo el aliento durante varios latidos antes de soltarlo en un jadeo tembloroso. Volvió en sí lentamente, a la sensación de la tierra bajo sus palmas y al temblor de sus miembros. A la sensación de la vergüenza empezando a arrastrarse acaloradamente por su nuca.
Al sentir su incomodidad, la otra mujer se apartó para dejarle un poco de espacio. Lenta, reticentemente, Kagome se incorporó lo suficiente para encontrar la mirada gentil de Midoriko.
Suponía que, de todas las personas que podrían haberla encontrado en esta situación, Midoriko probablemente era la mejor que podría haber esperado. Aun así, Kagome agachó la cabeza, barriendo el caos que seguramente era su rostro con una de sus mangas para ocultar el hecho de que apenas podía mirar a Midoriko a los ojos.
Midoriko no dijo nada, aunque Kagome podía sentir la preocupación en su mirada mientras la observaba. Kagome se mordió el labio, dándose cuenta, mientras se extendía el silencio, de que la mayor se conformaba con esperar a que ella estuviera lista para hablar. Pero ¿qué se podía decir?
—Lo siento —fue por lo que se decidió finalmente, intentando no hacer una mueca ante lo roncas y pequeñas que sonaron las palabras.
—Eso has dicho —contestó Midoriko dulcemente, su mirada no se apartó del rostro de Kagome—. Pero de algún modo creo que no me lo dices a mí.
Kagome frunció el ceño, sin saber por un momento cómo interpretar este críptico sentimiento hasta que recordó de repente las palabras que habían salido tan caprichosamente de ella. Así que Midoriko también había entendido eso.
Ensanchó los ojos, pero antes de que la humillación pudiera encerrarla entre sus garras, sintió que la mano de Midoriko descansaba suavemente sobre una de las suyas. La expresión en el rostro de la mayor mientras encontraba su mirada era infinitamente dulce.
—Kagome —dijo, el sonido tan tierno que las lágrimas se le acumularon de nuevo—. No deseo sonsacarte nada que no estés dispuesta a compartir. Habla o no hables, como desees. Sin embargo, el dolor que acabo de presenciar en ti… no es la clase de sufrimiento que pueda cargarse al hombro uno solo. Así que, incluso si quieres compartirlo conmigo, tal vez con otro… con Su Majestad o…
Lo demás que pudiera haber dicho murió en la punta de su lengua, la expresión en la cara de Kagome la detuvo en seco. Apretó su agarre sobre la mano de la más joven.
—Oh, no —dijo Midoriko en voz baja.
Kagome se mordió el labio para contener una nueva ola de lágrimas, la inmediata comprensión en el rostro de la O-Miko de algún modo lo empeoró. Midoriko se estiró apresuradamente, abrazándola y apretándola contra su pecho. El gesto fue tan maternal, que Kagome sintió que se derrumbaba lo que quedaba de su resistencia bajo él, sollozos silenciosos la sacudieron mientras se aferraba a la parte de delante del traje de Midoriko.
Fue difícil saber cuánto tiempo permanecieron así, con Midoriko acunándola y acariciándole el pelo sin decir una palabra. Pero, finalmente, y para su propia sorpresa, las lágrimas de Kagome ralentizaron y luego remitieron. Permaneció el dolor de su pecho, pero sus bordes afilados al menos se habían atenuado.
Le dolían los ojos y la cabeza cuando finalmente se echó hacia atrás. Midoriko la soltó con suave reticencia. Se estiró, usando el borde de una de sus mangas largas para secar las mejillas llenas de lágrimas de Kagome.
—¿Qué es lo que ha hecho? —murmuró—. Sabía que no era el hombre con más tacto, pero nunca imaginé…
Kagome negó con la cabeza.
—No —dijo apresuradamente—. No fue él. Él-Él solo estaba intentando hacer lo correcto por mí, creo, y me cogió con la guardia baja. Y estaba tan sorprendida y tan asustada que… fui yo la que…
Se interrumpió, sin saber cómo empezar a desenredar el caos que había provocado.
—Empieza desde el principio —dijo Midoriko como si estuviera leyéndole la mente—. Seguro que, sea lo que sea, no es tan complicado como para que no podamos encontrarle una solución.
Kagome frunció el ceño, dudándolo en silencio. Aun así, al menos le debía a la más mayor alguna suerte de explicación para todo esto.
—Ocurrió ayer por la mañana, cuando Su Majestad me llamó para que fuera a verle —dijo, bajando la mirada hacia sus manos, que estaban retorciendo la tela de su hakama—. Dijo… creo que malinterpretó algo que las nombradas le habían dicho, o tal vez fueron ellas las que lo malinterpretaron, pero de repente estaba hablando de que yo me convirtiese en la Emperatriz…
—¿Las nombradas? —interrumpió Midoriko, poniendo los ojos redondos como lunas llenas gemelas—. ¿Le dijeron a Su Majestad que desean que te conviertas tú en la Emperatriz?
—Eso… eso creo —dijo Kagome lentamente, más que un poco confundida porque eso fuera lo que pareciera haber captado el interés de Midoriko—. Eso es lo que él dijo, al menos.
—Pero es impresionante —dijo Midoriko, las palabras salieron disparadas de ella como si no pudiera contenerlas—. Es decir, habría esperado que Su Majestad hubiera tenido un poco más de tacto y no te soltara todo eso de golpe, pero…
—Espere —dijo Kagome—. ¿Usted sabía algo de esto, Midoriko-sama?
Midoriko parpadeó, un leve frunce plegó su ceño.
—¿De verdad Su Majestad te ha contado tan poco? —dijo.
Negó con la cabeza, profundizando su propio frunce ante la evidente confusión de Kagome. Suspiró.
—Sabes que juré apoyarte de cualquier forma que pudiese —dijo—. Cuando Su Majestad y tu vinisteis con la idea de la ceremonia para los nombrados, yo… vi una oportunidad. Una que no podía dejar pasar. Se lo consulté a Su Majestad y él estuvo de acuerdo. Pensamos que, si podíamos presentarlo adecuadamente, enmarcarlo con la luz adecuada, entonces tal vez los cortesanos pudieran llegar a ver lo que los dos ya sabíamos… que había pocas mejores opciones para ocupar el trono de Emperatriz que tú.
Kagome sintió como si el suelo se hubiera abierto de algún modo bajo ella. Miró boquiabierta a la más mayor, le daba algunas vueltas la cabeza mientras varias cosas encajaban rápidamente en su lugar.
—¿Todo eso fue por eso? —dijo débilmente—. Fue todo… una conspiración entre usted y…
Pero no pudo atreverse a terminar de pensarlo. Las piezas encajaban, pero el todo no tenía ningún sentido.
—¿Por qué?
No estaba segura de cuál por qué quería o si quería siquiera alguno de ellos.
Midoriko profundizó su frunce y medio se estiró, dejando caer la mano a poca distancia de la de Kagome.
—Sabes muy bien por qué —dijo dulcemente—. Hace mucho que he comprendido tus sentimientos. Pensaba que si había siquiera una oportunidad de que dieran fruto, era esta. Y temimos contarte nuestros planes, ya que no creímos que fueras a permitirlo.
—¡Por supuesto que no lo habría permitido! —explotó Kagome—. ¡Les habría dicho que era una locura, imposible! ¡Que solo le haría daño a Inuyasha a ojos de los cortesanos! ¡Que llegar a estos extremos por mí por algún equivocado sentido del… del deber o del honor es simplemente…!
—¿Es eso lo que crees que fue esto? ¿Honor? ¿Deber?
Kagome parpadeó, sorprendida al oír algo similar al dolor en la voz de la otra mujer. La mirada de Midoriko escrutó la suya, profundizando su frunce ante lo que encontró allí.
—Entonces ¿lo rechazaste? —dijo.
Por suaves que fueran, las palabras cayeron como un golpe. Kagome se encogió, bajando la mirada hacia el suelo entre ellas.
—¿Qué más podría haber hecho? —dijo—. Pero nunca pretendí hacerle daño. Es que… no sé cómo ayudarle a entender que yo… Pero ¿y si lo he destruido? ¿Y si he destruido lo bueno que teníamos?
El pánico comenzó a elevarse una vez más, su estrangulador agarre le rasguñó y le cerró la garganta. Pero las manos de Midoriko estuvieron allí esta vez para hacerlo a un lado, sus dedos suaves contra el lateral del rostro de Kagome mientras se estiraba.
—Si la misma muerte no cortó el vínculo entre los dos, entonces he de creer que esto tampoco lo hará —dijo con firmeza—. Pero no puedes dejarlo así, Kagome. Comprendo demasiado bien el miedo que sientes, pero estás permitiendo que te ciegue a demasiadas cosas. Necesito que mires, que de verdad intentes mirar, al hombre que está ante ti y a la gente que te rodea. Necesito que evites recorrer el mismo doloroso camino que recorrí yo.
Sus ojos fueron brevemente hacia la estatua de Amaterasu que se cernía sobre ellas antes de regresar a los ojos de Kagome. Kagome negó con la cabeza.
—¿Y qué cree que veré exactamente? —dijo.
Apartándole algunos mechones de su pelo, Midoriko dejó caer su mano del rostro de Kagome. Negó con la cabeza.
—Espero que sea lo que yo puedo ver con tanta claridad —dijo—. Pero no me corresponde a mí decírtelo. Y aunque así fuera, significaría poco viniendo de mí. Comprendo al verte ahora que tienes que estar preparada, dispuesta, para verlo y recibirlo con tu propia fuerza. Una fuerza que sé que posees.
—¿Y si no la poseo? ¿Si no puedo ver lo que sea que usted cree que está ahí? ¿Si no hay nada que ver en absoluto?
La pequeña sonrisa que le ofreció Midoriko no le llegó a los ojos, pero su mirada estuvo firme cuando respondió.
—Entonces, yo seguiré estando ahí —dijo—. Y también recorreremos ese camino juntas.
Estiró la mano, ofreciéndosela a Kagome.
El dolor y el miedo seguían allí, un constante tamborileo bajo por sus venas, pero no estaba sola y nunca lo había estado. Tal vez Midoriko, a pesar de toda su sabiduría, estaba equivocada. Tal vez ella no tenía la fuerza o tal vez no había nada más que ver.
Pero, en cualquier caso, mientras se estirase para encontrar una mano estirándose hacia ella, sería capaz de seguir avanzando.
Y así, Kagome estiró la mano.
Midoriko se quedó con ella hasta bien pasado el momento en que el sol comenzó su descenso. Se quedó durante sus largos ratos de silencio y efusiones de charla por turnos, sin quejarse durante ambos. Se quedó, aunque tuvo que incitarla a tomar la comida de la tarde y a que se uniera a ella para orar y meditar. Se quedó de una forma que le recordó a Kagome enérgicamente el hecho de que Midoriko había sido una vez la maestra de Kaede, una remembranza que amenazaba con desatarla por segunda vez aquel día.
Cuando el sol empezó a ocultarse, Midoriko incluso le ofreció prepararle una habitación en el Chūwain. Había habitaciones libres de sobra, dijo, y nadie vería extraño que escogiese descansar allí un tiempo. Pero incluso mientras pronunciaba las palabras, Kagome podía ver la esperanza en la más mayor de que no aceptase la oferta. E incluso mientras las pronunciaba, sabía que no aceptaría.
Por mucho alivio que hubiera supuesto el día de descanso, sabía que no podría descansar sabiendo que seguía huyendo de lo que había que hacer. Así, se despidió por ese día de la O-Miko, dándole las gracias por su paciencia y consejo, y prometiendo volver tan pronto pudiese.
El cielo sobre la corte mientras dirigía sus pasos de vuelta hacia el Dairi era una brillante ola de suaves rojos y naranjas mientras el sol se hundía lentamente bajo el horizonte, su visión tan tranquilizadora que Kagome se detuvo un momento en lo alto de las escaleras al Chūwain para asimilarlo. Tomó un lento y medido aliento, sintió…
Sintió algo chocando contra sus piernas con tanta fuerza que casi cayó de cabeza por las escaleras. Apoyó instintivamente todo su peso sobre su lado izquierdo, aterrizando con tanta fuerza sobre su cadera y hombro, que le quitó el aliento, pero evitó por poco caer por las escaleras. Durante largos momentos, yació allí, en el camino de piedra, con el dolor irradiando en ondas rojas bajo sus párpados cerrados desde su cadera y hombro.
Abrió los ojos al sentir una mano sobre su brazo, dulce pero apremiante. Arrodillada a su lado estaba la pequeña que se había encontrado subiendo corriendo las escaleras del Chūwain hacía varios días, su expresión pálida y tensa. Cuando sus ojos se encontraron, inclinó apresuradamente la cabeza, vocalizando palabras sin sonido que Kagome no pudo distinguir bien.
Apretando los dientes para contener las protestas de su cuerpo, Kagome se obligó a levantarse del suelo.
—No pasa nada —murmuró entre dientes apretados—. Estoy bien. ¿Ves? Solo fue una pequeña caída.
La niña parpadeó, frunciendo el ceño como si dudara de la verdad de esto. Kagome le ofreció una pequeña sonrisa, esperando tranquilizarla un poco.
—Solo fue un accidente —dijo—. De verdad, no tienes de qué preocuparte. De hecho, mi hermano pequeño, Souta, solía tener accidentes así todo el tiempo cuando era más pequeño. En casa, en mi aldea, siempre se emocionaba tanto cuando salía a jugar, que chocaba contra casi todo, fuera gente o no. Parece tonto, ¿verdad?
Una pequeña sonrisa vacilante se extendió por el rostro de la niña y agachó la cabeza en un breve asentimiento. Kagome correspondió a su sonrisa, aunque internamente sintió una punzada cuando al fin pudo ver bien el aspecto harapiento de la niña.
Incluso a la rápidamente atenuada luz de la tarde, eran aparentes la suciedad de su piel y su ropa andrajosa. Su oscuro pelo era un embrollo apelmazado que caía sobre sus hombros e incluso bajo su yukata demasiado grande, que no era de su talla, estaba claro que estaba demasiado delgada. El cardenal que había notado en su pómulo la última vez que la había visto se había desvanecido un poco hasta ser de un amarillo enfermizo, pero seguía siendo bastante notable que, fuera cual fuera el golpe que lo hubiera causado, había sido fuerte.
—¿Y tú? —dijo Kagome—. ¿Estás bien?
La niña parpadeó, pareciendo sobresaltarse un poco ante la pregunta. Pero asintió, dándose una palmada en su propio pecho como para demostrar su dureza. La bravuconería del gesto le recordó a Kagome a Shippou, y tuvo que tragarse un repentino nudo en su garganta.
—¿Cómo te llamas? —preguntó—. ¿Tus padres trabajan aquí en la corte?
La niña frunció el ceño ante esto, negando con la cabeza tras un momento. Se llevó una mano a la boca, tapándosela y negando con la cabeza.
Kagome se dio cuenta abruptamente de que la pequeña todavía no había pronunciado una sola palabra.
—¿No puedes hablar? —dijo, ensanchando los ojos.
La niña asintió, vocalizando lo que Kagome esta vez pudo distinguir como una disculpa.
—No —dijo apresuradamente—. No, lo siento yo. Es culpa mía por no haberme dado cuenta antes.
La niña sostuvo su mano en alto en gesto tranquilizador, negando con la cabeza. Redondeó los ojos de repente y metió la mano en la parte delantera de su traje, sacando un pequeño peine ornamental y ofreciéndoselo a Kagome.
Entre la tenue luz y el desgastado barniz del peine (era evidente que se había usado mucho a lo largo de los años), fue difícil de distinguir, pero los kanji tallados en el lomo de la baratija parecían decir «Rin».
—¿Es ese tu nombre? ¿Rin-chan?
La niña asintió con vehemencia, su rostro se partió con una sonrisa por lo rápido que había comprendido lo que había querido decir. Kagome notó que una sonrisa en respuesta se extendía por su rostro, el júbilo sin censura de Rin era contagioso.
—Encantada de conocerte, Rin-chan —dijo, inclinando la cabeza—. Mi nombre es Kagome.
Rin se tocó el lado de la cabeza con un dedo como para indicar que esto era algo que ella ya sabía, pero también inclinó la cabeza en gesto de saludo.
—¿Tus padres trabajan aquí en la corte, entonces? Te vi aquí en el Chūwain hace un tiempo y había esperado encontrarte otra vez.
La expresión de Rin decayó. Negó con la cabeza, bajando la mirada hacia el camino de piedra bajo ellas.
Kagome no estaba muy segura de cómo interpretar la respuesta, pero Rin no parecía tener ningún interés en explayarse más. Pero, al mirar el panorama que presentaba la niña, su figura demasiado delgada vestida con ropa sucia y que no era de su talla, y un cardenal que se estaba desvaneciendo en su rostro, no era difícil descifrar la suerte de circunstancias en las que debía de encontrarse.
Kagome se estiró tentativamente, apoyando una mano gentil sobre una de las de Rin. Rin levantó la mirada de golpe hacia su rostro, con sorpresa en sus anchos ojos castaños.
—¿Has comido siquiera esta noche? —dijo Kagome—. Tal vez si vinieras conmigo al Dairi, podría darte comida y…
Pero Rin ya estaba negando con la cabeza, apartando la mano. Vocalizó algo de lo que Kagome solo pudo entender algunos fragmentos, algo como «no puedo» y «tengo que irme» antes de levantarse rápidamente.
—Espera —dijo Kagome, haciendo una mueca cuando su cadera se negó a soportar ya su peso cuando intentó seguirla—. Un momento, Rin-chan, solo quiero asegurarme…
Pero los ojos de Rin estaban ahora mirando al cielo que se estaba oscureciendo, con el ceño fruncido al verlo. Negó con la cabeza, haciendo una profunda reverencia de disculpa antes de partir a paso ligero, bajando por las escaleras.
—¡Espera! —la llamó Kagome otra vez, esforzándose por ponerse de pie con no poca cantidad de esfuerzo—. ¡Rin-chan, por favor, espera!
Bajó torpemente un par de peldaños, pero el dolor de su hombro y cadera era tan agudo que se vio obligada a detenerse y a respirar para aguantarlo. Apretó los dientes, decidida a seguir adelante, pero para cuando fue capaz de obligarse a avanzar de nuevo, Rin ya estaba desapareciendo entre la oscuridad al pie de las escaleras. Kagome se mordió el labio, sabiendo que tenía tantas oportunidades de alcanzar a la pequeña como de hacerlo con un relámpago.
Bueno, al menos ahora sabía su nombre. Seguro que, con un poco de esfuerzo, podría volver a encontrarla en la corte y asegurarse de que estaba cuidada.
Pero primero tendría que arrastrar de alguna forma los maltratados restos de su cuerpo hasta el Dairi. Suspirando, Kagome comenzó a recorrer el camino de vuelta cojeando.
El sueño tampoco la recibió en su abrazo esa noche.
No es que hubiera esperado lo contrario, pero había tenido una pequeña esperanza de que tal vez la pura fuerza de su agotamiento pudiera arrastrarla. Pero, entre el profundo dolor en su cadera y hombro, y el hecho de que había regresado al Dairi para descubrir que Inuyasha ni siquiera se había dignado a garabatearle una respuesta a su anterior nota, su inquietud en realidad no era una gran sorpresa.
Los pensamientos sobre Rin continuaban atribulándola, aunque egoístamente encontraba que era mucho más fácil obcecarse con ellos que con sus propios problemas. Para cuando había llegado al Dairi, ya era hora de la comida de la tarde, las nombradas la recibieron cariñosamente y la llevaron hasta su comida con una efusión de emocionada charla sobre sus progresos en la creación del nuevo Ministerio, que agradeció descubrir que no necesitaron mucha contribución por su parte.
Tras terminar la comida de la tarde, la habían llevado rápidamente a la cama, su doncella de la tarde continuó con el flujo de alegre charla hasta que fue bien entrada la hora de que ambas se fuesen a dormir. El ajetreo de todo aquello había dejado a Kagome sin tiempo para inquirir sobre Rin, como había esperado, pero en su desvelo decidió buscar a Chūsei por la mañana para comenzar con sus indagaciones sobre la niña.
Pero los pensamientos sobre Rin la llevaron lentamente a pensar en Shippou en su neblina de la falta de sueño, la llevaron a la forma en la que ella se había parecido a él en aquel breve instante. La llevaron a cuando lo había encontrado en la residencia de Miroku, pequeño, vulnerable y perdido dentro de la infinita presión de la corte.
Y de repente se encontró fuera de sus aposentos, de pie en el fresco aire de los jardines de su residencia. De repente estaba considerando, violentamente, atravesar a la fuerza la abertura en el muro entre sus residencias y exigir que hablase con ella. Que la abrazase y la protegiese como había hecho tantas veces antes.
Pero no lo hizo. No pudo.
En cambio, se sentó en la plataforma de la pasarela que rodeaba su habitación, el cansancio le hizo inclinar la cabeza.
—Kagura-sama —murmuró—. ¿Está ahí?
Claro que estaba. Sintió que la mujer descendía sobre la pasarela a su lado antes de que las palabras estuvieran completamente fuera, la ráfaga de viento que proclamó su presencia le provocó escalofríos.
—Otra vez tarde —murmuró Kagura—. Cuidado, o puede que empiece a preocuparme por usted.
—¿Kanna-sama está disponible? —dijo Kagome, ignorando la pulla finamente velada—. ¿Podría traerla hasta mí?
Incluso sin girarse a mirar, podía sentir la mirada de Kagura sobre ella, evaluándola. Estaba inmóvil, demasiado cansada como para que le importase.
—La traeré si está dispuesta —dijo Kagura tras un momento—. Espere aquí.
La ráfaga de su partida fue de lejos más fría. Kagome se acurrucó en la fina tela de su yukata de dormir, preguntándose qué era lo que estaba haciendo.
Para las confusas estimaciones de Kagome, podrían haber pasado meros momentos o un buen periodo antes de que Kagura regresase, pero en cualquier caso agradeció sentir la presencia de Kanna junto a la de la más mayor cuando regresaron en una ola de viento.
—¿Está… bien? —preguntó Kanna.
Kagome frunció el ceño, sintiendo la respuesta en sus huesos y sabiendo que no podía permitirse compartirla con ninguna de ellas. Podían ser aliadas, pero al final del día, Naraku todavía tenía el control definitivo sobre ellas.
—Estoy bien, gracias, Kanna-sama —dijo, esperando que las palabras no sonasen tan huecas como las notaba—. Solo… de repente tuve un mal presentimiento sobre mis amigos que están fuera de la corte. Quería ver cómo estaban, ver si están bien, si no le importa.
Kanna asintió lentamente con la cabeza, pero por el rabillo del ojo Kagome pudo ver la leve pregunta alzando las oscuras cejas de Kagura.
El youki de Kanna resplandeció levemente en su sentido espiritual mientras levantaba el espejo, posicionándolo ante el rostro de Kagome. Girándose para encararla por completo, Kagome se permitió cerrar los ojos un momento. No fue difícil concentrarse en pensamientos sobre sus amigos, su deseo de verlos era un dolor persistente en su pecho que nunca se iba del todo.
Cuando abrió los ojos, estaban allí y tuvo que morderse la lengua para contener lo que temía que habría escapado como un sollozo al verlos. La imagen estaba ligeramente distorsionada, pero las tres siluetas recortadas contra la luz de un fuego que se estaba apagando eran definitivamente las de sus amigos.
Sango estaba estirada en el suelo, arropada en su futón con un brazo estirado sobre su cabeza en medio de su sueño. Apoyado contra la base de un árbol cercano estaba Miroku, con la cabeza inclinada, pero con los ojos todavía abiertos que reflejaban el brillo de las ascuas. Uno de sus brazos colgaba a su lado, las puntas de sus dedos apenas rozaban las puntas de los de Sango donde estaban estirados hacia él. A su otro lado había una pequeña forma aovillada contra su pierna, una cola roja peluda le tapaba la mayor parte de su rostro y brazos. La mano de Miroku descansaba distraídamente sobre su cabeza, un instintivo gesto paternal de un modo que hizo que a Kagome le doliera el pecho.
Parecían una familia.
A cada uno de ellos los había roto la corte de distintas formas. A Miroku lo habían aislado y había perdido a su padre, a Sango la habían reprimido y tenía a su familia esparcida a los cuatro vientos, y Shippou se había quedado huérfano. Pero todavía se tenían los unos a los ojos. Todavía se protegían los unos a los otros.
Le hizo querer estirarse, atraerlos hacia ella, protegerles. Le hizo querer estar en sus brazos, sentirlos protegiéndola como lo habían hecho tantas veces antes.
Pero estaban demasiado lejos como para alcanzarlos y todavía tenían que cumplir su propia misión. Por ahora, solo podía protegerse a sí misma y a la gente que la rodeaba y que la necesitaba. A gente como Rin.
Estaban a salvo. Se estaban cuidando los unos a los otros. Un día regresarían con ella. Eso al menos podía abrazarlo contra su corazón.
Hasta entonces, lo único que podía hacer era seguir avanzando.
Se estiró, apoyando unos dedos reverentes contra el frío cristal del espejo de Kanna y observando mientras su imagen se disolvía lentamente. Respiró hondo, levantando la mirada para encontrar la de Kanna.
—Gracias —dijo en voz baja.
Kanna asintió. Tras ella, Kagura tenía la mirada entrecerrada, inescrutable.
—Me la llevaré de regreso, entonces —dijo—… ¿Estará bien por su cuenta?
Kagome levantó la mirada hacia ella, sorprendida ante el genuino tono de preocupación que se había deslizado en la voz de la youkai. La mirada de Kagura estaba fija en el jardín, todavía imposible de leer.
—Estaré bien —dijo Kagome, las palabras un poco más sólidas de lo que lo habían sido antes—. Gracias, Kagura-sama.
Kagura la miró de soslayo, pero no dijo nada. Se estiró hacia Kanna, la youkai más joven apoyó una mano dentro de la de ella antes de que ambas desaparecieran en un remolino de viento.
Aunque el sueño aún no le llegó rápidamente cuando Kagome se acostó de nuevo esa noche, se alegró de tener al menos un renovado sentido de la dirección cuando al fin la encontró.
Por la mañana, Kagome no perdió tiempo para llamar a Chūsei a sus aposentos. Si alguien en la corte tendría los recursos para localizar a Rin, sabía que sería ella.
Chūsei llegó no mucho después de que enviase la llamada con varias bandejas de comida. La saludó con cariño, dejando los platos ante ella y tomando asiento en el cojín enfrente de ella.
Tan pronto Kagome abrió la boca para hablar, Chūsei sostuvo en alto una mano para detenerla.
—A menos que sea cuestión de vida o muerte, seguro que puede esperar hasta después de que haya comido —dijo, gesticulando en dirección a la comida delante de ella con una expresión que no admitía tonterías.
Kagome se la quedó mirando, medio desanimada y medio consolada por el familiar tono maternal. Chūsei arqueó una ceja en su dirección, inclinando la cabeza hacia la comida.
Suspirando, Kagome cogió sus hashi.
—¿Qué es esta obsesión con alimentarme? —murmuró por lo bajo.
—Alguien tiene que preocuparse por ello —replicó Chūsei astutamente—. Si se la deja sola, dudo que recuerde hacerlo con todo lo que va corriendo de un lado a otro.
Con eso, tomó el segundo par de hashi que había traído, cogiendo un plato y tomando algunos bocados como para animarla. Una sonrisa reticente se extendió por el rostro de Kagome.
—Me alegro de verte —dijo en voz baja.
—Lo mismo digo, O-Miko-sama.
Comieron un rato en sociable silencio, Chūsei la observaba por el rabillo del ojo para asegurarse de que estaba comiendo una cantidad satisfactoria. Cuando finalmente ofreció un pequeño asentimiento de aprobación, Kagome dejó sus hashi y entrelazó las manos sobre la mesa. Chūsei la imitó.
—Necesito tu ayuda para encontrar a alguien —dijo.
Chūsei alzó levemente las cejas. Claramente esto no era lo que se había estado esperando, pero esperó silenciosamente a que continuase.
—Lo único que tengo es un nombre y una descripción —dijo Kagome—. Sospecho que es una sirvienta aquí en la corte, pero ni siquiera estoy totalmente segura de eso. ¿Estarías dispuesta a intentar ayudarme a encontrarla?
—Por supuesto —dijo Chūsei inmediatamente—. Si es una sirvienta, no debería ser muy complicado descubrir para qué clan trabaja. Pero si lo que requiere es la ayuda de una sirvienta, mis propios servicios están siempre a su disposición, ya lo sabe.
—Y por ello estoy siempre agradecida —dijo Kagome—. Pero no es nada de eso. Me he encontrado con ella un par de veces y… francamente, me preocupa. Es joven y no sé si tiene a nadie que se ocupe de ella aquí en la corte. Solo… solo quiero asegurarme de que esté bien.
Chūsei se la quedó mirando durante largos momentos, frunciendo levemente el ceño. Se levantó de repente con expresión tensa, como si fuera a echarse a llorar. En un parpadeo, estuvo al lado de Kagome, rodeándola con los brazos con tanta fuerza, que sintió que el aliento salía de ella.
—Sí que es usted un portento, ¿sabe? —dijo, su voz tensa con emoción—. Un portento poco práctico, pero tal vez más portento por ello. Con todo lo que ha asumido en la corte y aun así tiene ganas de perseguir a todo sirviente vagabundo. Tal vez no tenga ningún derecho a reclamar orgullo sobre usted, pero estoy muy, muy orgullosa.
—Tienes tanto derecho como cualquiera —dijo Kagome, sumiéndose en el abrazo—. Has dado casi cada paso conmigo. Además, lo único que hago es lo que puedo. Nada más.
Frunció levemente el ceño para sus adentros, perfectamente consciente de que una pequeña parte de su motivación para encontrar a Rin estaba en su propio sentido de la impotencia. Estaba a la deriva, tambaleante, temerosa, pero al menos esto era algo que podía hacer. Algo en lo que podía concentrarse.
Sacudiéndola ligeramente como para hacer que se librara de la noción, Chūsei plantó un afectuoso beso en su coronilla. Se echó hacia atrás, ofreciéndole una sonrisa a Kagome. Kagome se descubrió sonriendo en respuesta, incapaz de entregarse a su propia molestia ante la calidez de la más mayor.
—Bien, entonces —dijo Chūsei, echándose hacia atrás—. Encontremos a su niña, ¿vale? ¿Qué es lo que sabemos?
—Solo que su nombre es Rin y que es incapaz de hablar —contestó Kagome—. Es joven, no tiene más de ocho años o así, si tuviera que adivinar. Es pequeña, más pequeña de lo que debería, de pelo oscuro y ojos castaños claros. Las dos veces que la he visto han sido en el Chūwain, siempre va corriendo a alguna parte, pero nadie en el Chūwain fue capaz de decirme quién era o por qué podría estar allí. No es ninguna de las sirvientas o de las discípulas de allí.
Chūsei canturreó suavemente, su expresión se tornó pensativa. Tras un momento, negó con la cabeza.
—No se me viene a la cabeza nadie que encaje con todo eso —dijo—. Pero debería ser suficiente para empezar. Haré correr la voz entre los sirvientes. Quédese tranquila, si se la puede encontrar, nosotros se la encontraremos.
Kagome sonrió.
—Entonces, te lo dejo a ti —dijo—. Gracias, Chūsei-san. De verdad. Por todo.
Con el asunto de Rin ahora a salvo en las manos capaces de Chūsei, Kagome se encontró un poco desconcertada. Tras deliberar con las nombradas, le informaron de que su intención era regresar ese día al Chūwain y continuar con sus estudios de los registros que allí había sobre las ramas del Ministerio.
Su Majestad y ella tendrían abundante tiempo para ellos mismos ese día para hacer lo que deseasen, le informó Katsumi con una mirada cómplice que hizo que se le hundiera el corazón en el pecho. Aun así, no dijo nada a esto, faltándole la fuerza o el conocimiento de por dónde empezar siquiera a corregir el malentendido con las nombradas.
Sabía que el que las nombradas estuviesen fuera ese día debería haberse presentado como la oportunidad perfecta para hablar con Inuyasha. No de la forma en la que Katsumi esperaba, por supuesto, pero en la forma en que había de hacerse. Desde su desastrosa discusión en la colina, a Inuyasha se le había visto poco por el Dairi. No lo había visto ni de refilón desde aquel día y él no se había molestado en enviar ni la más mínima nota en reconocimiento a la nota que ella le había enviado.
Con las nombradas fuera, tendrían una apariencia de privacidad. Podía acudir a él, disculparse, intentar explicarse adecuadamente esta vez. Inuyasha era un buen hombre. Seguro que sería capaz de entender por qué ella no podía…
Pero tan pronto se había decidido, una sirvienta acudió a ella, informándole de que se solicitaba su presencia en el Daigokuden lo antes posible.
Los Tachibana habían regresado.
Las palabras apenas habían abandonado la boca de la sirvienta antes de que Kagome estuviera en pie y en movimiento, sus pasos volaron hacia el Daigokuden. Podía sentir su corazón en la garganta mientras subía dando saltos las escaleras hacia el salón ceremonial, sin ni siquiera molestarse en esperar a que un sirviente le abriera las puertas o la anunciara antes de irrumpir en el interior.
Y entonces estuvo entre ellos, un grito se elevó desde el grupo al verla. Hubo brazos a su alrededor, cercándola y rodeándola. Ella estiró los suyos, intentando rodear a tantos como pudo alcanzar. Parecía como si hubiera pasado una vida desde que se había separado de ellos y era un gran alivio verlos a salvo y enteros y de nuevo en la corte.
Los oyó hablándole vagamente, una efusión de cháchara que era casi imposible de seguir, pero ella estaba demasiado sobrecogida por verlos como para empezar siquiera a formar una respuesta. Sus ojos recorrieron los rostros una y otra vez, el de Noriko, el de Tomiko, incluso el de Gorou, cada uno una visión tan preciosa que sintió que le escocían las lágrimas en las esquinas de los ojos.
Salvo por Sango, Miroku, Shippou y Kohaku, la totalidad del grupo con el que había partido una vez estaba allí presente. Sabía que debía habérselo esperado, pero había un rostro faltante que le hizo detenerse.
—¿Haru? —dijo, incapaz de conseguir decir nada más.
—A salvo —dijo Noriko—. De regreso a casa en su aldea. Completó la misión con nosotros y lo acompañamos para que regresase a salvo.
Kagome asintió, apoyando la cabeza contra el hombro de la otra mujer y deleitándose una vez más con la sensación de ellos a su alrededor. Estaban a salvo. Habían vuelto. Tal vez, entonces, Sango, Miroku, Shippou y Kohaku también…
—¿La misión está completa, entonces?
La inesperada voz hizo que una ola de hielo recorriera las venas de Kagome. Se quedó paralizada, incapaz de levantar siquiera la cabeza para verificar la verdad de ello.
—Sí, Su Majestad —dijo Tomiko, girándose para encararlo con una profunda reverencia—. Visitamos cada aldea que pudimos encontrar y muchas aceptaron la oferta de apoyo de Su Majestad. Kouga-sama también consiguió encontrarnos y pudimos proporcionarle un mapa de las aldeas. La última vez que le vimos, Kouga-sama dijo que estaba cerca de terminar de distribuir las provisiones necesarias.
Mientras hablaba, Kagome se atrevió a levantar la mirada hacia la tarima, verle allí fue suficiente para hacerla encogerse entre los Tachibana.
Inuyasha estaba sentado sobre la tarima, su postura tensa y su expresión deliberadamente distante de un modo que ella nunca había visto. Le recordó extrañamente a su hermano, su mirada en ningún momento se posó sobre ella.
Claro que debería haber sabido que él estaría allí. ¿Por qué no iba a estar presente para recibir el informe del retorno de una misión que había encargado personalmente?
El nudo de su estómago volvió con plena fuerza, la caída del júbilo a la consternación fue tan rápida, que pensó que iba a ponerse enferma.
—Bien —dijo con la misma extraña voz vacía—. Gracias por vuestros esfuerzos en mi nombre. Si podéis proporcionar un mapa de las aldeas que aceptaron los términos, comenzaré a trabajar en nombrar gobernadores para cada provincia.
Durante el más breve instante, sus ojos se posaron sobre ella y Kagome sintió que se le atascaba el aliento en la garganta. Pero tan rápido como había venido, se fue, la tensión en la línea de su mandíbula fue el único indicio de que la había reconocido siquiera.
Kagome apoyó una mano contra su estómago, sintiendo que el nudo se le apretaba más.
—Por supuesto, Su Majestad —dijo uno de los hombres, haciendo una reverencia.
Se dio la vuelta, metiendo la mano en el morral de su cadera y sacando el mapa. Con una ligera inclinación, se lo presentó a Kagome.
Kagome lo aceptó, aunque le hicieron falta todas sus fuerzas para no encogerse como lo había hecho. Más tarde o más temprano se vería obligada a hacérselo llegar a Inuyasha, un encuentro cuya idea no le deleitaba en lo más mínimo. Tal vez se lo podía entregar a Chūsei y hacer que ella…
—Gracias de nuevo —llegó la voz de Inuyasha, su sonido fue casi suficiente para hacer que se sobresaltara—. Debéis de estar cansados del largo viaje de regreso a la corte. Podéis marcharos ahora a descansar. Trabajaremos para planear una ceremonia para celebrar pronto vuestro regreso.
—Con toda la debida gratitud y respeto, Su Majestad —dijo Gorou, haciendo una reverencia—. Todavía no hemos regresado todos. Hasta que nuestra líder, Sango-sama, Miroku-sama y Shippou-kun regresen, solicitaríamos que se pospusiera cualquier celebración y que, en cambio, nos pusiéramos al servicio de usted y de la O-Miko-sama en la cualquier capacidad que puedan requerir aquí en la corte.
Kagome se quedó mirando al hombre, el último del grupo del que se hubiera esperado que saliera tal sentir. Pero mientras observaba, el resto del grupo asintió en conformidad, unidos en el sentimiento. Sonrió levemente, deseando que Sango pudiera estar allí para verlo y decidiéndose a contárselo en cuanto estuvieran reunidas.
Sobre la tarima, Inuyasha inclinó la cabeza en gesto de reconocimiento.
—Bien —dijo—. Pero la orden de descansar sigue en pie. Id a casa con vuestras familias. Tomad el descanso que os habéis ganado y sabed que se os proporcionará todo lo que necesitéis.
El grupo hizo una profunda reverencia ante él, expresando su agradecimiento antes de comenzar a salir lentamente de la sala. Varios se detuvieron a abrazar a Kagome una vez más, prometiendo ir a verla tan pronto tuvieran un poco de tiempo para acomodarse. Ella correspondió a sus abrazos y sentimientos sinceramente, tan agradecida de tenerlos de vuelta a salvo en la corte que se sintió rebosante de ello.
Pero, cuando el último salió por la puerta, un estremecimiento le recorrió la piel. Kagome se quedó paralizada, dándose cuenta abruptamente de la situación en la que se había permitido caer.
Sintió su presencia tras ella, pesada e inmóvil. Se maldijo internamente, su oportunidad de irse disimuladamente había desaparecido ahora por completo. Respirando hondo, se obligó a darse la vuelta.
Era ahora o nunca.
—Inuyasha-sama, yo…
—No te molestes.
Inuyasha se levantó, su mirada estaba distante.
—No intento obligar a nadie —dijo, descendiendo de la tarima y pasando por su lado sin ni siquiera mirarla.
Se estiró para abrir las puertas y Kagome sintió un fuerte pico de pánico atravesándola. Tuvo una repentina y extraña certeza de que, si le dejaba irse ahora, así, entonces sería definitivo. Esto sería así entre ellos para siempre.
—Espere —dijo, la palabra un pequeño sonido estrangulado cuando escapó de ella—. Por favor, espere.
Inuyasha se quedó paralizado, con la mano todavía en la puerta. No hizo movimiento de mirarla, pero la repentina tensión que tensó sus hombros le dijo claramente que la estaba escuchando.
—Yo…
Ella, ¿qué? ¿Sentía haberle hecho daño? ¿Sentía no ser lo bastante fuerte para tomar lo que le había ofrecido? ¿Seguía amándolo, demasiado sinceramente y profundamente como para ponerlo en palabras y le aterraba pensar que la apartara de él?
Pero por mucho que lo intentara, no le salían las palabras. Resonaban en su pecho, dolían allí, atrapadas. Se mordió el labio, bajando la mirada al mapa que aferraba en su mano.
—… ¿Qué hay del nombramiento de los gobernadores? —dijo finalmente, odiándose más con cada palabra.
Inuyasha no dijo nada durante varios largos momentos, aplanando las orejas hasta que estuvieron entre su pelo plateado. Se le hundieron los hombros, apretando los puños a sus costados.
—Enviaré una nota.
Y entonces se fue, el sonido de la puerta cerrándose de un portazo resonó detrás de él.
Si no fuera por la bendita distracción de los hallazgos de Chūsei, Kagome no estaba segura de que hubiera encontrado la fuerza para salir de su futón al día siguiente. Había pasado el resto del día anterior en una neblina miserable, apenas capaz de hacer más que regresar a su residencia y hacer un intento poco entusiasta de trabajar en ideas para la nueva rama del Ministerio.
Pero fue todo en vano y, por una vez, agradeció la pequeña distracción que le ofreció su doncella de aquella noche cuando llegó finalmente la mujer.
Las noticias de Chūsei le proporcionaron una muy necesitada distracción, algo en lo que enfocar sus pensamientos que no tuviera nada que ver con Inuyasha. Informó a Kagome de que, tras hacer algunas preguntas, había descubierto que había una niña que cuadraba con la descripción que le había dado Kagome que se encontraba actualmente al servicio del clan Abe. No podía prometer que la niña fuera Rin, pero la descripción cuadró lo suficiente para hacer que Kagome se levantase y se pusiese en marcha.
Kagome le dio las gracias por sus esfuerzos, apenas oyendo las advertencias de la más mayor de que procediera con precaución en lo relativo al clan Abe, ya que incluso la propia Chūsei tenía poca información sobre ellos aparte de algunos rumores poco favorecedores. Kagome se vistió y se encaminó a la casa principal del clan Abe tan pronto fue capaz de excusarse de la comida de la mañana.
Por lo que podía recordar del clan Abe, solo era un clan menor compuesto principalmente de youkai que habían tendido en el pasado a aliarse con los Taira. Esto solo debería haber sido suficiente para darle que pensar a Kagome, pero simplemente no pudo forzarse a que le importara cuando se presentó ante las puertas de la casa principal del clan Abe y solicitó una audiencia.
Para su sorpresa, le concedieron una sin hacer preguntas, una taza humeante de té y la señora del clan Abe la esperaban. Estaba arrodillada a la mesa y tuvo precaución ante la mirada intensa de los pálidos ojos de la youkai.
—O-Miko-sama —dijo con una sonrisa que reveló brillantes colmillos alargados—. Qué placer más inesperado. Por favor, venga conmigo, ¿quiere?
Gesticuló en dirección al cojín colocado al otro lado de la mesa, enfrente de ella, sus ojos no se apartaron de los de Kagome. Una sacudida de agitación trepó por la nuca de Kagome, erizándosele el vello de allí. Sí que hubiera hecho bien en pensar un poco en esto antes de lanzarse a ciegas.
Pero ahora era demasiado tarde.
Se arrodilló sobre el cojín que le había ofrecido, poniendo su mejor semblanza de una sonrisa cordial.
—Gracias por su hospitalidad, prima —dijo—. Y mis disculpas por venir sin anunciarme.
La mujer, Abe Hakujou, descartó la disculpa con un elegante movimiento de la mano. Los dedos de esa mano estaban anormalmente a largados y terminaban en garras, las manos de un auténtico depredador, si había visto unas en alguna ocasión. Su piel era lo bastante pálida para ser luminiscente, su pelo era un río de brillante carmesí que caía por su espalda. A Kagome le recordó vagamente a Kagura, un poder equilibrado que se retorcía como una serpiente bajo un frío exterior.
—En absoluto —dijo, una cualidad cantarina baja en su voz que Kagome encontró tanto tranquilizadora como vagamente perturbadora—. Solo me pregunto qué encargo urgente debe de haber traído a tan ocupado personaje como lo es usted ante mí.
Otra cosa en la que le habría venido bien pensar antes de lanzarse de cabeza con este asunto. Kagome se llevó la humeante taza de té a los labios, le dio un largo sorbo para tener un momento para pensar.
Podía simplemente decir la verdad. Pero no. No quería arriesgarse a que la mujer intentase ocultar a Rin de ella si sentía que había algo que esconder. Además, la mujer probablemente creería que estaba loca, persiguiendo al fantasma de un rumor de…
—Un yūrei —dijo Kagome, apoyando su taza con un poco más de fuerza de la que había pretendido—. Espíritus, es decir. Le han llegado varios informes a Midoriko-sama en relación con yūrei vagando de noche por las calles de la corte. Midoriko-sama está comprensiblemente preocupada ante estos informes y solicitó mi asistencia para asegurar que las bendiciones de todas las residencias sean lo bastante fuertes para disuadir a cualquier yūrei malintencionado de intentar entrar.
Hakujou ensanchó levemente los ojos, pero Kagome agradeció ver poco de sospecha allí. Si acaso, pareció aceptar esta explicación con sorprendente facilidad, dejando a Kagome preguntándose si tal vez este no era un suceso poco común dentro de la corte.
—Ya veo —dijo, su mirada se tornó pensativa—. Supongo que es de esperar, después de todo. Los espíritus de la corte han estado incómodos desde la guerra por el trono. Es de esperar que todos los cambios de últimamente hayan provocado que se alteren una vez más.
Kagome asintió, componiendo sus facciones para ocultar su sorpresa. Nada poco común, entonces. Se preguntó internamente por ello, se preguntó por la intensidad de la violencia y el sufrimiento que podría mantener a los espíritus atados al mundo durante tantos años. Se preguntó cuánto trabajo quedaba todavía por hacer para sanar las heridas que eran tan profundas.
Pero estos eran pensamientos para otro momento. Por ahora, solo podía abordar el problema ante ella.
—¿Le importaría que recorriera la residencia, entonces, Abe-sama? —dijo.
Hakujou asintió.
—Por supuesto —dijo—. Le está haciendo un gran servicio a mi clan. La guiaré yo misma en cuanto esté usted lista.
Kagome se contuvo de fruncir el ceño. No era exactamente lo que había estado esperando, pero suponía que era de esperar. Asintió, esbozando una sonrisa forzada.
—Gracias por su generosidad, prima —dijo—. Estoy lista para cuando usted quiera.
Abe Hakujou inclinó la cabeza, levantándose con un fluido movimiento y gesticulando para que la siguiera. Kagome se levantó, siguiéndola hacia las profundidades de la residencia.
La casa principal de los Abe no era excesivamente grande, ciertamente ni de lejos se acercaba al tamaño de la casa principal de los Tachibana, pero era lujosa y estaba espléndidamente decorada de un modo que Kagome todavía no había visto en ninguna casa de un clan. Hablaba de riqueza antigua, de un clan que había vivido mucho tiempo dentro de la corte.
Un clan que se había aliado con los Taira y con Naraku, aunque Kagome dudaba de que fueran conscientes de lo último. Pero estaba claro que era un clan antiguo de youkai puros y tal vez tras fracasar en ganarse el favor del anterior Tennō, habían visto una oportunidad de obtener poder e influencia finalmente con lo que ofrecían los Taira.
Pero el trato que Kagome ahora recibía de la señora del clan Abe no era menos que civilizado mientras la guiaba de habitación en habitación. Había visto durante un tiempo que el clan Abe empezaba a distanciarse más y más de los Taira y solo podía suponer que era debido a los esfuerzos de Inuyasha para aseverar su persona y su autoridad como el Tennō. La influencia de los Taira y sus oportunidades de tener éxito en sus planes contra Inuyasha estaban menguando y los Abe lo veían.
Fríos y calculadores, entonces. Esa era la clara impresión que había obtenido Kagome mientras observaba a la youkai. No desperdiciaba ni un movimiento, ni una oportunidad para interrogarla. Parecía agotada, ¿se había estado sintiendo bien? ¿Cómo progresaban los asuntos con los nombrados? ¿Cuándo iba a anunciar Su Majestad a quién escogía como Emperatriz? Seguro que Kagome lo sabía, ya que ambos estaban muy unidos.
Hakujou salpicó estas preguntas aquí y allá, tan desinteresadamente como si estuviera preguntando por el tiempo. Kagome ya no era tan nueva en la corte como para no reconocer una evaluación cuando se veía atrapada en una. Abe Hakujou tan pronto iría en su contra como la apoyaría si estimaba que cojeaba en algún aspecto.
Afortunadamente, sus muchas dificultades en la corte con esta forma particular de escrutinio no habían dejado a Kagome carente de habilidad. Sus respuestas fueron todas vagas sutilezas, desafilando los bordes de las crueles preguntas y devolviéndoselas a su anfitriona en respuesta. Qué amable por su parte preocuparse por su salud, ¿ella se encontraba con buen ánimo? Los nombrados se estaban adaptando bastante bien, ¿había tenido noticias del miembro del clan Abe que habían designado? Y Su Majestad estaba teniendo gran cuidado en la cuestión de su elección, para estar seguro, pero ¿tenía alguna sugerencia que desease que le comunicase?
Hakujou, tan circunspecta como Kagome había sospechado, estuvo igualmente a la defensiva con sus respuestas, aunque las preguntas tuvieron el efecto deseado de hacerle difícil que continuase con sus propias indagaciones sin sobrepasar los límites de una conversación educada. Así, su conversación se fue apagando lentamente, Kagome atendió las oraciones y bendiciones de cada habitación.
Finalmente, llegaron a una gran sala de té ceremonial en la que Hakujou declaró que era la última sala de la residencia. Kagome frunció ligeramente el ceño, un pequeño edificio separado era claramente visible desde la pasarela cubierta sobre la que estaban. Los aposentos de los sirvientes, supuso, ya que aún no los habían visto.
Cuando preguntó por ello, Hakujou le dirigió una mirada como si hubiera dicho algo totalmente incomprensible.
—Oh, no —dijo tras un momento—. Esos solo son los aposentos de los sirvientes. No necesita gastar sus energías ahí, O-Miko-sama.
Kagome profundizó su frunce, pero antes de que pudiera siquiera empezar a formar una suerte de respuesta a esto, la interrumpió una voz suave. Una sirvienta (la primera que había visto desde que entrase en la residencia, se dio cuenta Kagome de repente) les pidió disculpas desde el otro lado de la shoji, informando a Hakujou en voz baja de que había un asunto que requería urgentemente su atención.
La curva de desdén en la comisura de los labios de Hakujou no auguraba algo bueno para la sirvienta y Kagome le aseguró apresuradamente a su anfitriona que a ella no le suponía ningún problema, que estaba contenta de descansar un momento donde era tan agradable la vista del jardín. Esto serenó un poco de la expresión de la youkai, pero Kagome todavía se quedó con la enfermiza sensación en la boca de su estómago cuando Hakujou se marchó con promesas de regresar con algo para comer para las dos.
En cuanto la otra mujer estuvo fuera de su vista, Kagome partió hacia la pequeña estructura de madera, sin saber cuánto tiempo podría tener para hacer lo que necesitaba hacer.
La estructura era todavía más pequeña de cerca y Kagome no estuvo segura de cómo podía albergar la cantidad de sirvientes necesaria para mantener una residencia de este tamaño. Era incluso más pequeña que la choza que Inuyasha había encontrado metida detrás de sus aposentos donde los dos habían… bueno, baste decir que era pequeña. Se preguntó si tal vez había otro edificio escondido en otro lado…
Abrió la shoji exterior, asomándose al triste interior. El olor a húmedo y cerrado del lugar la golpeó inmediatamente, todo madera podrida y aire viciado. Había algunas figuras retorciéndose en las profundas sombras del interior y Kagome entró, cerrando apresuradamente la shoji detrás de ella.
Dos pares de ojos encontraron los suyos, abiertos con pánico mientras se ponían apresuradamente de pie. Kagome levantó las manos ante ella, haciendo lo posible por mostrar que no era una amenaza.
—O-Miko-sama —exclamó una, la mujer, haciendo una profunda reverencia—. Nuestras disculpas, no sabíamos que había que esperar…
A su lado, el hombre de la pareja temblaba levemente, con las manos apretadas a sus costados y los ojos fijos en la madera podrida del suelo bajo ellos.
—Por favor —dijo Kagome—. Por favor, quédense tranquilos. Soy yo la que ha entrado a escondidas en sus aposentos, después de todo. Y soy yo la que necesita de su ayuda.
Los dos levantaron la mirada hacia ella ante esto, con los ojos grandes como lunas llenas en la mínima luz de la habitación. El hombre miró furtivamente a la mujer, que negó con la cabeza levemente en respuesta.
—O-Miko-sama —dijo, el temblor de sus miembros ahora le llegaba a la voz—. Por favor, nosotros… si Abe-sama la encontrara aquí…
—No tiene ni idea de que estoy aquí —dijo Kagome apresuradamente—. Y juro que nunca lo sabrá. Lo juro. Por favor. Solo vine para encontrar a alguien. Nada más.
Intercambiaron otra mirada, sus expresiones todavía profundamente cautelosas.
—Dudo que haya nadie a quien valga la pena encontrar aquí —murmuró la mujer.
A medida que sus ojos se acostumbraban a la profunda sombra de la habitación, se dio cuenta de que lo que había tomado por un juego de las sombras era en realidad un cardenal en la mejilla de la mujer. El hombre también tenía uno justo en el borde del cuello de su raído yukata. Cardenales como el que había visto en la mejilla de Rin. La enfermiza sensación en la boca de su estómago creció hasta que tuvo que apoyar una mano allí con la esperanza de contenerla.
—Estoy buscando a una niña pequeña —dijo, sin saber qué más decir—. Su nombre es Rin. No puede hablar, pero creo que trabaja aquí de sirvienta.
Ninguno dijo una palabra durante varios largos momentos, aunque sus ojos decían mucho que ella no podía comprender. La mujer levantó la cabeza, sus ojos brillaban con algo a lo que Kagome no le podía poner nombre.
—Sirve aquí —dijo—. O servía aquí. No he visto a la pequeña tonta desde hace días, siempre desaparece como si no supiera lo que le espera aquí al volver.
Gesticuló vagamente con su barbilla hacia el rincón más oscuro de la habitación. Allí estaban los harapientos restos de lo que una vez podría haber sido un futón, ni siquiera una pantalla para separarlo de varios otros amontonados en el mismo rincón. A su lado, había un triste trozo de tela clavado a la pared, la imagen de allí era solo apenas distinguible como un gran perro blanco youkai.
A primera vista parecía ser la representación de la forma youkai de Sesshoumaru, pero tras inspeccionarlo más detenidamente, las marcas no coincidían. Era una representación del anterior Tennō, se dio cuenta.
—¿Aquí es donde duermen todos? —dijo Kagome—. ¿Así de apretados?
El hombre se encogió un poco de hombros, con los ojos fijos firmemente en el suelo.
—Abe-sama siente que a los sirvientes no se les debe ver más de lo necesario —masculló—. Preferiría que no ocupásemos demasiado espacio en la residencia.
Kagome se quedó callada, le faltaban las palabras. Incluso en su aldea algo como esto habría sido extraño, visto solo en las ocasiones en las que se necesitaba una cabaña para albergar a enfermos o cuando varias familias estaban teniendo épocas particularmente difíciles y tenían que cobijarse juntas. ¿Cómo es que podía existir algo como esto dentro de la corte con todo el espacio, la riqueza y la abundancia que existía aquí? ¿Cómo era que no lo había sabido?
—Hemos intentado cuidar de ella desde que la enfermedad se llevó a sus padres —dijo la mujer, interrumpiendo el tren de los pensamientos de Kagome—. Pero eran tan pobres como las ratas, no le dejaron nada más que un peine y ese pequeño tapiz al que se aferra como si estuviera hecho de las más finas sedas, y ha estado un poco asilvestrada desde que fallecieron. Siempre huyendo. Además, todos nosotros tenemos nuestras propias preocupaciones de las que encargarnos.
—Kami —murmuró Kagome, la situación era mucho peor de lo que se había atrevido siquiera a imaginar—. Y el cardenal… tiene cardenales…
La mujer y el hombre se miraron y los ojos de Kagome volvieron a los cardenales que moteaban sus pieles. El hombre frunció el ceño, levantando la mano para taparse el suyo.
—Abe-sama cree que los antiguos métodos de la corte son los mejores para entrenar a sus sirvientes —dijo en voz baja.
—No se referirá…
Pero no pudo pronunciar el resto de las palabras, sus rostros le dijeron demasiado claramente la verdad de ello.
—Puede que usted haya demostrado ser una excepción, O-Miko-sama, pero el resto de nosotros seguimos siendo plebeyos —dijo la mujer con una curva amarga en sus labios.
—Yo…
Fuera lo que fuera lo que podría haber dicho Kagome, se vio interrumpido por el sonido de una voz baja llamándola. La pareja se quedó paralizada, poniendo los ojos como platos con un vacío terror que era horrible de presenciar. Kagome se llevó un dedo a los labios, esperando que guardaran silencio.
La voz de Hakujou la llamó varias veces más, moviéndose primero más cerca y luego alejándose lentamente de los aposentos de los sirvientes. Cuando se hizo más distante, Kagome se arrastró hacia la shoji, abriéndola un ápice para asomarse al exterior. Hakujou no estaba por ninguna parte y se volvió hacia el par de sirvientes.
—Les juro que nunca sabrá que estuve aquí —susurró—. Y les prometo que volveré. No permitiré que esto siga así.
El hombre seguía sin mirarla a los ojos. La mujer se limitó a negar con la cabeza.
—El poder es lo único que entenderán nunca —dijo, su mano se movió distraídamente hacia el cardenal de su mejilla—. Más le vale no gastar lo poco que ha conseguido para usted en nosotros.
Kagome vaciló, esforzándose por encontrar una respuesta a esto. La mirada vacía en los ojos de la mujer le dijo con bastante claridad que nada de lo que pudiera decir sería más que promesas huecas, en lo que a ellos respectaba.
Agachó la cabeza, saliendo silenciosamente al jardín y prometiendo que encontraría una manera de arreglar esto para ellos.
Tras conseguir convencer a Hakujou de que simplemente se había perdido mientras admiraba los jardines, Kagome se retiró rápidamente de la residencia. Temía lo que pudiera hacer si se quedaba mucho más tiempo, solo ver a la mujer era suficiente para hacerle sentir como si la sangre de sus venas estuviera hirviendo.
En cuanto estuvo libre de la residencia Abe, dirigió sus pasos hacia el Dairi, sin saber qué iba a hacer, pero sabiendo que tendría que empezar allí. Seguro que, si podía conseguir que Inuyasha hablase con ella, que entendiese lo que estaba pasando…
Todos sus planes a medio formar se desviaron cuando llegó a Suzaku ōji. Un número inusual de cortesanos estaban allí reunidos, murmullos silenciosos salían de ellos mientras los abanicos se movían en gestos sorprendidos y furtivos. Le abrieron un camino cuando se aproximó, observándola con ojos abiertos como platos mientras se dirigía al centro del grupo.
El mundo a su alrededor pareció quedarse en silencio de golpe. Se quedó mirando, sin comprender lo que tenía delante.
Una cortesana estaba arrodillada en la calle, con el rostro pálido y tenso. Había un leve brillo de sudor en su frente y se estiraba con manos temblorosas hacia la pequeña figura que yacía tumbada ante ella.
La figura era pequeña, tan increíblemente pequeña, y estaba cubierta de la cabeza a los pies de una mezcla de tierra y sangre. Su oscuro pelo estaba apelmazado contra su rostro con sangre seca y lo poco visible de su piel bajo todo aquel desastre estaba mortalmente pálida. Su fino yukata descolorido estaba manchado de rojo, un parche en su hombro izquierdo particularmente oscuro.
La noble que se inclinaba sobre la pequeña figura (una mujer del clan Minamoto, notó Kagome distraídamente) levantó la mirada hacia ella con ojos ensanchados y desesperados.
—O-Miko-sama —dijo, la palabra apenas un susurro.
Aun así, fue suficiente para apartar a Kagome de su inacción. Se puso de rodillas, inclinándose para apoyar la oreja contra el pecho de la pequeña. Era débil, demasiado débil, pero todavía podía oír un latido.
Sus manos se movieron instintivamente, largos años de entrenamiento como curandera bajo la tutela de Kaede las guiaron. La herida más grande parecía ser la de su hombro, aunque era difícil saber cómo de profunda era sin sacarle el yukata. De cerca, pudo ver el leve subir y bajar del pecho de Rin, cada respiración trabajosa.
—¿Qué ocurrió? —dijo, sus manos todavía recorrían la figura de la niña en busca de otras heridas.
—N-No sé —dijo la Minamoto, negando con la cabeza—. ¡No lo sé! Vi a los cortesanos reunidos y ella… ella estaba… estaba ahí así tirada…
No había tiempo. Si no la trataban pronto, no tendría ninguna oportunidad. Kagome levantó la mirada, rostro tras rostro tras rostro le devolvía la mirada con gesto inexpresivo.
—¡¿Qué están haciendo?! —gritó—. ¿Cómo pueden quedarse ahí? ¡Se está muriendo! Busquen… ¡busquen ayuda! ¡Vayan a por Midoriko-sama! ¡Hagan algo, lo que sea, por favor…!
Un cuerpo se separó del grupo, corriendo a toda velocidad hacia el Chūwain. Kagome se inclinó hacia delante, presionando ambas manos contra la herida en el hombro de Rin. Los párpados de la niña se movieron ante el contacto, pero aparte de eso estuvo quieta. Malo, malo, malo.
—¿No tiene ni idea de cómo pasó esto? —dijo Kagome, estirándose con su sentido espiritual en busca de otras heridas que pudieran estar ocultas bajo el yukata de la niña.
—No —contestó la Minamoto apresuradamente—. La encontré aquí y… Usted puede salvarla, O-Miko-sama, ¿no? Seguro que puede salvarla.
Kagome no dijo nada, sus energías se enfocaron completamente en la niña ante ella. Intentó no sentir los ojos que sabía que estaban sobre ella, los ojos que se quedaban mirando como si Rin fuera una extraña curiosidad y no una niña muriendo ante sus ojos que solo veían a una sirvienta, no más preocupación para ellos que si servía o no en su casa.
—No pasa nada —murmuró, perfectamente consciente de que la niña no podía oírla—. No pasa nada. Prometo que todo estará bien.
Podrían haber pasado meros instantes o días, según los cálculos de Kagome, antes de que de repente hubiera manos sobre las suyas. Levantó la mirada de aquel rostro demacrado y la llevó al rostro de su mentora, la mirada de la más mayor estaba ensombrecida de preocupación.
—Llévela al Chūwain —le dijo a alguien detrás de Kagome—. Rápido, pero con cuidado. No la mueva demasiado. El salón de oraciones occidental debería tener las hierbas necesarias. He dicho rápido.
Rin le fue arrebatada de sus manos, su frágil figura se elevó más allá de la multitud. Kagome se quedó mirando sus manos manchadas de sangre, poniéndose en pie solo cuando Midoriko la agarró de la muñeca y la obligó a levantarse.
—Ven —dijo la más mayor, su voz no admitía discrepancias—. Ven, niña. Haremos falta ambas para tener cualquier esperanza de salvarla.
Kagome la siguió, el muro de cortesanos se dividió una vez más ante ella. Sintió sus miradas fijas sobre ella mientras avanzaba, distante, preocupada y extraña.
El viaje hasta el Chūwain fue un borrón, las imágenes se enfocaban y desenfocaban hasta que Rin estuvo de nuevo ante ella. Estaba dispuesta sobre un futón, desnuda para permitirles valorar la extensión total de sus heridas. Había varios rasguños en sus brazos y piernas, pero afortunadamente estos parecían ser como mucho superficiales. Había varios cardenales por toda su longitud también, pero el color amarillento moteado de estos sugería que eran de hacía días.
Kagome apretó los dientes contra una repentina ola de ira, perfectamente consciente de dónde habían salido aquellas marcas. Pero la ira ahora no le serviría y ciertamente no iba a salvar a Rin. Sería mejor que se la tragase por ahora, que se la guardase para cuando fuera necesaria.
Midoriko apareció con un trapo húmedo y comenzó a limpiar con cuidado la zona alrededor de la herida del hombro de Rin. Era profunda, más profunda incluso de lo que Kagome había supuesto y la expresión de Midoriko era adusta mientras trabajaba.
Kagome cogió otro trapo húmedo y se puso a trabajar en la herida de la cabeza de Rin, apartándole el pelo apelmazado a su alrededor con cuidado. El corte era superficial, parecía peor solo por la naturaleza de las heridas en la cabeza, que tendían a sangrar pesadamente. La aplicación de un poco se salvia fue suficiente para contener el flujo y supo que sanaría fácilmente con un poco de tiempo.
Asumiendo que el tiempo fuera algo que Rin fuera a tener.
Dirigió sus atenciones hacia la herida del hombro, conteniendo una mueca al verla. Fuera lo que fuera que hubiera hecho la herida, había dejado la piel que la rodeaba hecha trizas, perforándola con una suerte de fuerza salvaje casi hasta su clavícula.
—¿Qué opina? —preguntó Kagome en voz baja.
—Creo que hay que limpiar la herida minuciosamente antes de que podamos coserla —contestó Midoriko, sus manos no detuvieron en ningún momento su trabajo—. Con la mezcla adecuada de hierbas, deberíamos poder atenuar también un poco el dolor.
Una evasión experta, si Kagome había oído una vez alguna.
—¿Qué opina, Midoriko-sama? —repitió con más firmeza.
Midoriko levantó la mirada hacia ella, ofreciendo lo que Kagome pensó que podría haber pretendido que fuera una sonrisa, pero que parecía más una mueca.
—Su herida es apenas peor que la que tuviste tú en tu hombro —dijo—. Y tú sobreviviste, ¿no?
Kagome frunció el ceño, recordando el milagro que había hecho falta para traerla de vuelta de aquella herida.
Respiró hondo lentamente, cuadrando los hombros. Bueno, si era un milagro lo que hacía falta para salvar a la pequeña, entonces simplemente tendrían que crear uno ellas.
Enviando una rápida plegaria a Amaterasu, el par se puso manos a la obra.
Cuando la herida estuvo al fin limpia y vendada, empezó la peor parte. La espera.
Rin apenas se había movido en todo el tiempo en que estuvieron trabajando, algo que preocupaba a Kagome casi tanto como la propia herida. Ahora estaba tumbada y quieta en un futón limpio, sus pequeños rasgos tensos y un leve brillo de sudor en su frente. Kagome se estiró, dándole toquecitos en la frente con un trapo frío.
Había decidido que se ocuparía de ella personalmente hasta que Rin despertase, plantándose firmemente y rechazando todas las ofertas de comida o de una oportunidad de asearse. Ya le había fallado bastante a la pobre niña. Lo menos que podía hacer era estar ahora allí para ella.
No mucho después de que comenzase su vigilia, oyó el sonido de la shoji abriéndose tras ella. Midoriko, que estaba arrodillada enfrente de ella, se puso en pie de repente, haciendo una reverencia.
—Majestad —dijo y Kagome sintió como si su corazón le hubiera saltado a la garganta.
Se dio la vuelta, con los ojos abiertos como platos cuando aterrizaron en su rostro.
Y recordó su última fría despedida de ella, recordó su desastroso encuentro en la colina, supo que probablemente no querría tener nada que ver con ella.
Pero estaba allí, con su rostro pálido y sus facciones tensas de preocupación. Estaba aquí, buscándola a ella como siempre había hecho, su mirada seguía siendo la de su amigo más querido.
En ese momento, al menos, no importó nada más. En ese momento él estaba aquí.
Estuvo de pie y entre sus brazos en un abrir y cerrar de ojos, su calidez a su alrededor bastó para que la recorriera un temblor. Pudo sentir su rostro presionado contra su coronilla y la tensión en su figura mientras la apretaba todo lo fuerte que podía. Ella se aferró a la parte de delante de su traje, sintiendo todo el miedo y el cansancio del día recorriéndola a la vez.
—Kami, Kagome —murmuró y ella pudo sentir sus labios moviéndose contra su pelo—. Kami. Dijeron que alguien estaba herido y nadie podía encontrarte. Pensé…
—Estoy bien —dijo—. Estoy bien. Era Rin. Los cortesanos la encontraron tumbada en la calle y ellos… simplemente se quedaron mirando. La dejaron allí tumbada, como si no les importara. Como si ella no fuera nada para ellos.
—Eh, eh —dijo, apartándose lo suficiente para poder mirarla a la cara—. No pasa nada. Todo irá bien. Haré que todo vaya bien.
Sus pulgares pasaron sobre sus mejillas, secándole las lágrimas que ella ni siquiera se había dado cuenta de que estaban allí. Negó con la cabeza, sintiendo que le empezaba a temblar el labio inferior ante su gesto inusitadamente amable.
—¿Cómo? —dijo—. Estaba luchando, sufriendo y no pude llegar a ella a tiempo. Todo este tiempo, la gente ha estado sufriendo y yo ni siquiera los veía.
—Kagome, ¿qué…?
Un suave sonido de un golpeteo le interrumpió, la mirada de Kagome volvió de golpe a la niña del futón. Rin tenía los ojos apenas abiertos, su mano golpeteaba levemente sobre el tatami que tenía debajo. Sus labios se movían sin sonido, su aliento salía en jadeos superficiales.
Liberándose del agarre de Inuyasha, Kagome descendió para ponerse al lado de la niña.
—No pasa nada —dijo, apartándole el pelo a la niña de su rostro—. Estás bien, Rin-chan. Aquí estás a salvo.
Pero Rin negó con la cabeza, vocalizando una palabra que Kagome no podía distinguir una y otra vez. A su lado, sintió que Inuyasha se arrodillaba y Rin ensanchó los ojos al verle, su mano tembló cuando la levantó para estirarse hacia él. Señaló su pelo, sus ojos, todavía vocalizando la misma extraña palabra.
—Sesshoumaru-sama —dijo Midoriko, inclinándose para observar el rostro de la niña—. Pide ver a Sesshoumaru-sama.
Rin se volvió hacia ella, asintiendo y volviendo a vocalizar la palabra. Kagome frunció el ceño, el misterio de la frecuente presencia de Rin en el Chūwain estuvo repentinamente claro. Se había estado escabullendo para ir a ver a Sesshoumaru. Pero ¿qué era lo que podía tener que ver una sirvienta humana con Sesshoumaru?
—Por los siete infiernos, ¿qué quiere con ese bastardo? —murmuró Inuyasha, poniéndole voz a los pensamientos de ella.
Kagome hizo a un lado la pregunta por el momento, mirando a Midoriko.
—Su herida —dijo en voz baja—. No podemos arriesgarnos a moverla.
Midoriko asintió, moviendo su mirada hacia Inuyasha.
—No podemos moverla —repitió—. Habrá que traer a Sesshoumaru-sama aquí.
Inuyasha alzó las cejas con incredulidad, deslizando la mirada de Midoriko a Kagome y viceversa.
—No puedes decirlo en serio —dijo—. Quieres que suelte a ese bastardo para…
Un golpeteo insistente le interrumpió, la mano de Rin daba contra el suelo con toda su desvaneciente fuerza. Frunció el ceño negativamente en su dirección, negando con la cabeza.
Al abrir su boca para vocalizarle algo, la pequeña figura de la niña se vio repentinamente sacudida por un ataque de tos. Cayó de nuevo contra el futón, un pequeño rastro de sangre bajó por la comisura de sus labios. Kagome sintió un escalofrío de pánico al verlo, cerrando las manos en puño a sus costados mientras Midoriko se inclinaba hacia delante para pasar un trapo frío sobre su rostro.
Kagome se volvió hacia Inuyasha, estirándose para agarrarle el brazo.
—Por favor —dijo en voz baja—. Por favor. No tengo ni idea de por qué querría verle, pero si puede traerle alguna suerte de consuelo ahora mismo, entonces tienes que permitirle venir aquí.
La expresión de Inuyasha decía con bastante claridad que pensaba que estaban locas, pero una mirada a Rin mató cualesquiera argumentos a medio formar que pudiera haber hecho. Había palidecido más incluso que la tela del futón bajo ella, tenía los ojos medio cerrados y se esforzaba por mantenerse consciente.
Suspiró, negando con la cabeza.
—Aguanta, niña. Aguanta y lo traeremos aquí.
Llevar a Sesshoumaru hasta ella demostró ser ligeramente más difícil de lo que Kagome habría esperado.
Al ver a Inuyasha, el youki de Sesshoumaru resplandeció, sus ojos empezaron a ponerse rojos. La mano de Inuyasha fue a la Tessaiga a su cintura, su vello se erizó ante el descarado desafío.
Hizo falta que Kagome se interpusiera entre ellos, agotada y todavía cubierta de sangre, para evitar que diera comienzo una pelea. Sesshoumaru fijó los ojos en ella inmediatamente, lo bastante mordaces como para hacer que la recorriera un escalofrío.
—¿Por qué tienes su sangre encima, humana? —dijo, su voz era baja con la promesa de futuro dolor.
Tras ella, Inuyasha gruñó bajo en su garganta, pero Kagome sostuvo una mano en alto para contenerlo.
—Rin está gravemente herida —dijo, sus ojos no se apartaron en ningún momento de Sesshoumaru—. Midoriko-sama y yo la hemos tratado lo mejor que hemos podido. Pero lo está llamando a usted.
Sesshoumaru se quedó callado varios largos momentos, su mirada fría como una noche de invierno mientras escrutaba la de ella. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo, lo más cerca que Kagome había estado de ver un frunce en su rostro.
—Llevadme hasta ella.
Obedecieron, aunque hicieron falta varios improperios y un juramento de daño si intentaba algo por parte de Inuyasha. Finalmente, el hanyou fue a la cabeza, insistiendo en que Kagome cubriese la retaguardia por si Sesshoumaru intentaba atacar desde atrás. Kagome cumplió sus deseos, bajando la barrera para que los tres la atravesasen y observando al par ante ella con un cansancio que hizo que todo el día pareciese como una suerte de delirio febril surrealista.
Pero la figura maltratada de la niña acostada sobre el futón cuando llegaron al salón de oración occidental era demasiado real. Kagome se mordió el labio, la figura indefensa de Rin inspiró otra ola de lágrimas que no podía permitirse derramar. Sintió vagamente que Inuyasha se ponía a su lado, su presencia cálida y sólida de una forma que necesitaba desesperadamente.
Sesshoumaru bajó al lado de Rin con un movimiento que estaba extrañamente falto de elegancia en comparación con todo lo que le había visto Kagome con anterioridad. No se estiró, su mano estaba fija a su costado, pero su mirada estaba fija en el rostro de la niña.
Como si lo sintiera allí, Rin abrió los ojos, con la mirada fija inequívocamente en su rostro. Al verle, una sonrisa le dividió el rostro, tan ancha como si nunca hubiera conocido el dolor en su vida. La expresión de Sesshoumaru permaneció inmóvil, pero sus ojos nunca dejaron su rostro.
Vocalizó varias palabras que fueron incomprensibles para Kagome, pero que Sesshoumaru reconoció con un leve asentimiento. La sonrisa de ella se ensanchó, golpeteó el lugar sobre su corazón con una mano temblorosa. Sesshoumaru asintió una vez más.
Lentamente, Rin empezó a cerrar los ojos, su sonrisa no disminuyó nunca. Su mano se quedó quieta y fue a descansar sobre su pecho, su cuerpo se relajó contra el futón. A su lado, Kagome sintió que Inuyasha daba una sacudida, con los ojos muy abiertos mientras daba medio paso hacia la pequeña figura de la niña antes de detenerse.
—Espera —dijo él, la palabra estrangulada.
Midoriko se inclinó hacia delante apresuradamente, sus manos fueron a los laterales del rostro de Rin. Le dio una palmadita en las mejillas, sacudiéndola suavemente, pero la niña no se movió.
—Rin-chan—dijo—. Rin-chan, venga. Abre los ojos, niña. Por favor, quédate despierta por nosotros.
—No gastes tu aliento —dijo Sesshoumaru con la cabeza inclinada—. Está muerta.
Kagome sintió las palabras como un golpe, sus piernas cedieron bajo ella. Los brazos de Inuyasha fueron lo único que evitó que diera contra el suelo, el hanyou la sostuvo mientras los hacía descender a ambos para arrodillarse al lado de la niña.
Kagome estiró la mano, sus dedos rozaron apenas la pierna cubierta de la niña. Aún a través de la tela pudo sentir lo pequeña y delgada que estaba la niña, todavía podía sentir la calidez que permanecía en su piel.
—No —dijo—. No.
Solo era una niña. Una niña como Souta o Shippou. ¿Qué había hecho para merecer una vida así? ¿Qué había hecho para merecer que le pegaran y la descuidaran? ¿Qué había hecho para yacer muriendo en las calles de la corte, con los cortesanos mirándola como si no fuera más que una curiosidad macabra? ¿Qué había hecho para merecer morir así?
—No es justo —dijo, las lágrimas caían cálidas y rápido sobre el futón—. ¡No es justo!
Inuyasha la abrazó con más fuerza y pudo sentir la tensión en su propia figura.
—¿Dónde está mi espada?
Las palabras, bajas y frías, los dejaron a ambos paralizados. Se volvieron hacia Sesshoumaru, aunque los ojos del daiyoukai nunca se habían separado de Rin. Pero había algo ahora allí, algo nítido y brillante en su mirada que no había estado allí antes. Los miró de soslayo, curvando levemente los labios hacia abajo.
—Mi espada —dijo de nuevo—. La espada que me quitasteis.
Inuyasha movió la mano instintivamente hacia la espada envainada a su cintura, moviendo su cuerpo hasta que Kagome estuvo a salvo detrás de él. Sesshoumaru profundizó su frunce.
—Mi espada, híbrido —repitió Sesshoumaru, entrecerrando los ojos—. La Tenseiga. Me la quitaron cuando se me trajo a la corte.
Vagamente, Kagome pudo recordar ver una espada envainada a la cintura de Sesshoumaru cuando había llegado a la corte para desafiar a Inuyasha. Pero nunca la había usado ni había hecho ademán de sacarla. ¿Qué era lo que podía querer ahora con ella?
La confusión en el rostro de Inuyasha imitó la suya mientras él negaba con la cabeza.
—Ni de coña te voy a dar una espada, bastardo —dijo—. ¡La niña está muerta y tú…!
—Puedo traerla de vuelta.
Las palabras parecieron extraer todo el aire de la sala. Kagome, Midoriko e Inuyasha se lo quedaron mirando boquiabiertos, cada uno esforzándose por encontrarle sentido a algo de lo que estaba pasando. Sesshoumaru cerró la mano en un puño a su costado, curvando los labios hacia abajo en una de las pocas demostraciones de ira que Kagome podía recordar haberle visto nunca.
—Yo, Sesshoumaru, no tengo ni el tiempo ni la paciencia para consentir tu estúpido embobamiento —dijo—. Los portadores llegan mientras hablamos. Una vez se la hayan llevado, estará fuera de mi alcance.
Los ojos de Midoriko, enrojecidos y llorosos, se abrieron como platos. Miró brevemente a Inuyasha antes de levantarse y salir corriendo de la sala.
—¿De verdad puede hacerlo? —dijo Kagome, con voz pequeña mientras se inclinaba hacia delante para agarrar el hombro de Inuyasha—. ¿De verdad usted puede traerla de vuelta?
Era ridículo. No había ninguna razón para que ninguno de ellos le creyera. Seguro que simplemente quería su espada, viendo esta como su única oportunidad para obtener su venganza sobre ellos.
Pero mientras esperaban no hizo movimiento alguno para abandonar el lado de Rin. Rin le había sonreído, había rogado verle mientras yacía muriendo. Kagome quiso creer.
Sesshoumaru no respondió.
A Midoriko no le llevó mucho regresar con la espada, se había guardado el arma en un ala del Chūwain para custodiarla después de habérsela quitado a Sesshoumaru. Se detuvo, respirando con dificultad tras la carrera. Miró de nuevo a Inuyasha con ojos escrutadores.
Kagome pudo ver que Inuyasha endurecía la mandíbula, su debate era igual que el suyo. Pasó la mirada rápidamente de Midoriko a la forma prona de Rin antes de levantarse, estirando la mano.
—Dámela —dijo.
Midoriko inclinó la cabeza, tendiéndole la espada con ambas manos. La cogió de ella, volviéndose para encarar a su hermano.
—Un movimiento en falso y no dudaré en destrozarte, ¿entendido?
Sesshoumaru no dijo nada, levantándose para encararlo. Se estiró, rodeando la empuñadura de la espada con la mano y liberándola de la vaina con un fluido movimiento.
En la superficie, la hoja no era diferente de ninguna otra que Kagome se hubiera encontrado antes, pero la sensación del youki pulsando a su alrededor fue suficiente para erizarle el vello de sus brazos. No era nada como la sensación de Tessaiga, toda fuerza controlada y enroscada como nada que nunca antes hubiera sentido.
Sesshoumaru alzó la hoja y la presión del youki en la sala se incrementó en un décuplo. Inuyasha tenía la mano sobre Tessaiga, los colmillos descubiertos y su brazo libre estirado para escudarla.
Pero la mirada de Sesshoumaru estuvo fija firmemente en Rin al bajar la espada. Kagome gritó, horrorizada al verlo, a pesar de saber que la niña ya se había ido.
La hoja no la alcanzó en ningún momento. Planeó, equilibrada sobre su cuerpo y, durante el más breve resplandor, Kagome pudo verlo. Había pequeñas formas grises reunidas alrededor del cuerpo de Rin, sus diminutos y afilados dientes descubiertos mientras la ataban con cuerdas.
Portadores, se dio cuenta Kagome repentinamente, allí para llevarse el espíritu de Rin. Podía verlos.
Pero desaparecieron tan pronto los vio, cortados por el arco de la hoja de la Tenseiga. Tras ellos, las uniones que habían atado alrededor del cuerpo se disolvieron en apenas polvo, dejando el cuerpo de Rin libre.
Abrió los ojos de golpe.
Si le dieran años para pensar en ello, Kagome no estaba segura de que pudiera haber concebido la extraña visión que los tres representaban juntos.
Inuyasha, con su mano quieta sobre Tessaiga y su mirada dorada ensombrecida. Sesshoumaru, arrodillado con la Tenseiga expuesta ante él. Y ella misma, agotada y cubierta de sangre y tan, tan cansada mientras se hundía en un rincón.
En la habitación justo al lado de ellos estaban Midoriko y Rin, ambas increíblemente y benditamente vivas. Y Rin había hablado, su voz era algo fino y alegre mientras le daba las gracias a Sesshoumaru por traerla de vuelta.
De vuelta de entre los muertos, pensó Kagome por lo que pareció ser la centésima vez. Sus pensamientos daban vueltas infinitamente alrededor de esto, alrededor de su imposibilidad, hasta que pensó que iba a ponerse enferma. Presionó una mano contra su estómago, con la cabeza inclinada.
—El olor que la rodea es inconfundible —dijo Sesshoumaru—. Esto fue cosa de Naraku. Buscaba provocarme, usando a la niña para…
—Por los siete infiernos, ¿qué es lo que sabes sobre Naraku? —interrumpió Inuyasha, descubriendo sus colmillos—. Y esa niña tiene un nombre…
—Un nombre que aprendiste hace solo unos momentos —replicó Sesshoumaru—. Pero si fueras algo más que solo un híbrido, habrías reconocido el olor hace mucho. Habrías reconocido a la serpiente que se cernía justo ante ti, retorciéndose y esperando…
—Paren —dijo Kagome con la frente sobre sus rodillas y su pecho hueco—. Por favor, paren. Kagura-sama le habló a Sesshoumaru-sama de Naraku. Yo la dejé entrar en la barrera para verle. Lo sabe.
Inuyasha ensanchó los ojos con sorpresa cuando los posó sobre ella, Sesshoumaru mantuvo la mirada igual que siempre. Kagome no tenía la energía o el deseo de responder, pero se obligó a levantar la mirada para encontrar la del youkai.
—¿Por qué iba Naraku a hacerle daño a Rin? —dijo—. Usted y yo sabemos lo suficiente de él para saber que no hace nada sin un objetivo. ¿Cuál sería el propósito detrás de hacerle daño a una sirvienta y dejarla entre los cortesanos para que muriese?
Sesshoumaru tensó su expresión, el más leve atisbo de su anterior ira presente en el adelgazamiento de sus labios.
—Rin no era sutil con sus movimientos —dijo en voz baja—. Acudió a mí, Sesshoumaru, no mucho después de que yo, Sesshoumaru, fuera encarcelado. Deseaba… servirme. Se le metió en su confundida mente humana que, si buscaba a los Taira, indagaba en su clan…
—¿Envió a una niña a meterse entre los Taira? —soltó Kagome, la rabia fue suficiente para ponerla en pie—. ¡Sabía de lo que eran capaces y aun así usted…!
—Vino a mí buscando salvación —dijo Sesshoumaru—. Para ella y para los demás desgraciados que sufrían en la casa del clan Abe. Yo… hablé con ella de la bruja del viento y ella…
Se quedó en silencio, su expresión se cerró de nuevo, pero Kagome lo entendió de algún modo. En su aislamiento, Rin se había asomado, buscando la figura de su desgastado tapiz de pared, y en sus silencios él había hablado, tal vez de Kagura o tal vez de su aprieto. Y Rin había pensado en ayudarle, en salvarle como deseaba que ella fuera salvada…
—La atacó para ponerlo a usted a prueba —dijo Kagome en voz baja—. Para ver si podía provocarle de nuevo a través de Rin. No tiene ni idea de que usted sabe de él, ni idea de lo que usted me ha contado.
Sesshoumaru no dijo nada, pero sus ojos hablaron de una comprensión compartida. Su compasión para con una sirvienta (una sirvienta humana, además) seguía siendo un misterio para ella, pero lo que le había ocurrido a Rin era algo que ninguno de ellos podía seguir permitiendo.
—No se puede permitir que continúe así —dijo Kagome, encontrando la mirada de Sesshoumaru y sosteniéndosela—. No fuimos… afortunados. No hay fortuna que encontrar en nada de esto. Pero al menos usted pudo salvar esta vez la vida de Rin-chan, Sesshoumaru-sama. Pero es solo cuestión de tiempo hasta que eso no sea lo que ocurra. Y la próxima vez podría ser cualquiera, podría ser…
Se interrumpió, reacia a hablar de esa suerte de falta de compasión incluso con Sesshoumaru. Pero no era ningún tonto. Comprendía perfectamente el poder que Naraku tenía en sus manos si de verdad deseaba provocarle.
—¿Y qué has hecho con la información que te di? —dijo Sesshoumaru, entrecerrando los ojos—. ¿Qué hay de los barcos? ¿De Menōmaru?
La mirada de Kagome fue rápidamente hacia Inuyasha, pero no encontró ninguna ayuda allí. La mirada del hanyou se movió rápidamente entre ella y Sesshoumaru, y casi podía ver sus pensamientos dando vueltas mientras intentaba encontrarle un sentido a la conversación. Kagome suspiró mentalmente.
—Encontramos un modo de retrasar los barcos —dijo Kagome, dudando sobre compartir demasiado de sus actos con el daiyoukai—. Esperamos ganar el tiempo suficiente para tener adecuadamente entrenados y armados a los aldeanos, y a los gobernadores instalados en cada provincia.
—Ya se ha elegido a los gobernadores —dijo Inuyasha, sorprendiéndola—. Partirán en unos días.
Lo miró y descubrió que esto iba dirigido más hacia ella que hacia Sesshoumaru. En algún momento desde que habían dejado de hablar, él había escogido a los gobernadores por su cuenta. Aunque normalmente tal exclusión podría haber lastimado su orgullo, por el momento se encontró agradecida por ello. Fueran cuales fueran los términos en los que estuvieran, confiaba en su juicio sobre el tema.
Las armas y las provisiones estaban casi en su sitio gracias a los esfuerzos de Kouga, aunque tuvo tanto cuidado de no decir esto delante de Sesshoumaru como lo había tenido ella. Lo único que quedaba era el entrenamiento, lo cual requeriría posiblemente más tiempo del que sus esfuerzos les habían conseguido.
—Difícilmente es una garantía contra él —dijo Sesshoumaru como si pudiera leer sus pensamientos.
Kagome frunció el ceño.
—¿Y qué tiene usted que ofrecer? —dijo—. La última vez que hablamos apenas estaba dispuesto a compartir la información que me dio sobre los barcos.
Pero incluso cuando las palabras la abandonaron, supo que las cosas habían cambiado. El día de hoy las había cambiado. Él comprendía algo ahora que antes no había comprendido.
Sesshoumaru se levantó, deslizando la Tenseiga envainada en su lugar en su cadera. Pasó la mirada de Kagome a Inuyasha y, por una vez, a Kagome no le costó leer la expresión de su rostro. Por una vez, la expresión que allí había le recordó realmente a Inuyasha.
—Ya no se puede permitir que Naraku haga lo que le plazca —dijo—. Y si no podemos llegar a él, entonces hay que obligarle a venir a nosotros.
A su regreso al Dairi, Kagome siguió a Inuyasha sin pensarlo conscientemente mientras él volvía a sus aposentos. Él no hizo comentario sobre esto, limitándose a mantener abierto el tapiz para que ella pasara.
Al estar dentro se detuvo, la inquietud trepó a través de la neblina de su agotamiento. Inuyasha solo había venido a buscarla porque pensaba que estaba herida. Más allá de eso, no se había alterado ampliamente nada entre ellos.
Pero aquí, con los dos a solas, podía cambiarlo. Podía cambiarlo de una vez por todas.
La pregunta era: ¿al fin tendría el coraje para hacerlo?
La sensación de él de repente a su lado fue casi suficiente para hacerla saltar, su cuerpo estaba lo suficientemente cerca como para que pudiera sentir la calidez proveniente de su piel. Descubrió que no podía levantar la mirada del suelo.
—Estás hecha un desastre —murmuró, su voz demasiado baja y demasiado cerca, y demasiado todo a la vez—. Puedo llamar para que te preparen un baño.
Kagome negó con la cabeza, incluso pensar en ello la agotaba.
—No pasa nada —dijo—. Simplemente iré a cambiarme de ropa y a lavarme las manos y la cara.
Se dio la vuelta, perfectamente consciente de que estaba huyendo y demasiado cansada como para que le importase.
Un brazo vestido de rojo le bloqueó el paso. Kagome se quedó paralizada.
—Todavía no —dijo—. Puedes cambiarte aquí.
—Aquí no tengo ropa —dijo Kagome, el corazón se le encogió al ver su única oportunidad escapándose entre sus dedos.
Durante un momento estuvo callado. Entonces, hubo un crujido de ropa moviéndose y su haori estuvo apoyado en sus manos.
—No puedo…
—Te lo has puesto antes —dijo—. Ve a cambiarte. No te vas a ir hasta que hablemos.
Kagome se mordió el labio, aceptando la prenda. Así que había visto a través de ella. Eso significaba que escapar no era una opción. Sería esa noche.
Caminó hasta el biombo que había en un rincón de la habitación, deslizándose tras él. Sus manos temblaron levemente mientras empezaba a trabajar en el nudo de su hakama, aflojándolo lo suficiente para que se deslizara sobre el suelo. Se sacó el kosode, haciendo una mueca al mirarlo. Debía de haber sido un espectáculo, caminando por la corte cubierta con tanta sangre y suciedad.
Mientras se ponía el haori, oyó movimiento al otro lado de la pantalla. Pudo ver vagamente la silueta de Inuyasha recortada contra ella y se obligó a respirar hondo. Hizo poco por aliviar la agitación que canturreaba por sus miembros.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dijo instintivamente y entonces, al ver la sangre en sus manos—: No. En realidad, no.
—Sí —dijo—. Yo tampoco.
Kagome frunció el ceño, perfectamente consciente de que ella era gran parte de la razón. Ató el haori para cerrarlo, tirando del nudo hasta que estuvo casi dolorosamente apretado.
—Lo que pasó hoy no fue culpa tuya, lo sabes —dijo—. No tiene sentido fustigarte por ello.
Una carcajada amarga escapó de Kagome antes de que pudiera pensar en contenerla.
—Entonces ¿a quién debería fustigar? —dijo, negando con la cabeza—. Tal vez yo no lo causé, pero nada de lo que he hecho lo ha impedido tampoco. No para los sirvientes del clan Abe. No para Rin. Kami, si Sesshoumaru-sama no hubiera estado allí, si no hubiera tenido esa espada…
—Kagome…
Kagome cerró los ojos, echando la cabeza hacia delante hasta que su frente quedó apoyada contra la fría seda de la pantalla.
—Kagome —dijo de nuevo—. Escucha, yo… sé que la jodí la última vez. Y lo siento. Siento no haberlo entendido. Solo… pensé que tú… A la mierda. Lo que pensé ahora no significa una mierda. Esta vez lo haré bien.
Se detuvo y ella pudo oírle respirando hondo. Él se movió y Kagome pudo ver la silueta de su mano estirada presionada contra el otro lado de la pantalla.
—Las nombradas quieren que tú seas Emperatriz —dijo Inuyasha—. Una parte de la corte te quiere como Emperatriz. Y otra no. Pero nada de esa mierda importa tampoco.
La sangre estaba corriendo tan ruidosamente por los oídos de Kagome que apenas podía oírle por encima de su sonido. Aun así, se obligó a quedarse quieta, a esperar y a escuchar. Al menos se merecía eso de ella.
—Lo que importa es lo que tú quieras —continuó en voz baja—. Y lo que yo quiera. Y yo… yo te quiero a ti. Te quiero como Emperatriz. Te quiero a mi lado. Te lo mereces más que nadie. Deberías ser tú antes que nadie. Y por mierda que sea, por mucho que lo odie, el poder es lo que conocen estos imbéciles. Es lo que entienden. Si quieres cambiar de verdad las cosas, si quieres que te respeten, que os respeten a todos, coge todo el poder que puedas obtener y muéstrales cómo usarlo.
Se detuvo y ella pudo verle inclinándose hacia delante, vio su cabeza cayendo hacia delante contra la pantalla tal y como lo había hecho la de ella. Se estiró hacia arriba, apoyando su mano contra la silueta de la de él.
—Así que ahora todo se reduce a lo que quieres —dijo, las palabras estaban vagamente estranguladas—. Y tú también tienes que quererlo. Porque es mucho y ahora lo comprendo. Yo no tuve elección, pero tú sí y no te la voy a arrebatar, no te voy a obligar si de verdad no quieres esto. Y… y si la respuesta es no, yo… lo entenderé. Intentaré entenderlo. Y no volveré a preguntar.
Tomó aire profunda y temblorosamente, el sonido resonó en el temblor que se extendió por los miembros de Kagome.
—Así que, por última vez… ¿qué quieres, Kagome?
Nota de la autora: La muy pequeña lección de historia de hoy:
Suzaku ōji: La avenida principal de Heian-Kyō, que sale directamente del Dairi hacia la corte.
Portadores (de ataúdes): Saqué esto principalmente del anime. Intenté rastrear otro material en busca de cuál podría ser el nombre/función japonesa de estos espíritus que parecen manifestarse a la muerte de una persona para arrastrarla hacia el inframundo, pero no fui capaz de encontrar nada que se adecuara a la descripción del anime, así que terminé dejándolo en portadores.
Yūrei: Esencialmente, fantasmas o espíritus de los fallecidos, a menudo a los que les han prohibido pasar al más allá por una suerte de muerte violenta o repentina.
Nota de la traductora: Siento no haber contestado los comentarios del capítulo pasado, pero no he tenido todavía tiempo. Prometo hacerlo sin falta este fin de semana.
Espero que os haya gustado y que me comentéis lo que queráis de él. Ojalá me haya quedado bien. El siguiente lo sacaré a lo largo de la semana que viene, pero todavía no puedo decir una fecha concreta. Solo sé que saldrá antes del 28 de marzo.
¡Hasta pronto!
