Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de eien-no-basho y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 36: De engaño y desastre

La completa predictibilidad de la gente no era nada nuevo para él.

Aunque se adecuaba a sus necesidades la mayor parte de las veces, también la encontraba insoportablemente aburrida. A pesar de todos sus esfuerzos en contra, las personas eran poco más que animales, después de todo. Casi desde que podía recordar, había visto su verdad, había visto que no las conducía nada más que el miedo, la comida o follar. Y lo único que necesitaba era pincharlas con alguna de estas cosas, cualquiera, y la reacción no era otra que la conclusión precedente.

Criaturas tediosas, predecibles, mediocres.

Durante el más breve momento, había creído que ella demostraría ser anómala, una aberración problemática. Había aparecido, pequeña, inflexible y extraña; en medio de sus planes cuidadosamente dispuestos. Y había descubierto que contenía en su interior aquello que había estado buscando durante años, la clave para asegurar la victoria por la que había trabajado durante tanto tiempo, pero que dentro de ella también se había vuelto extraña e inflexible.

Aquello y ella le habían desafiado, negándose a ceder a pesar de las presiones que había aplicado. Y peor aún, en su rareza, había provocado singularidades en la corte a su alrededor, haciendo incluso que el perro derrotado trotase pisándole los talones.

Pero el velo al fin se había levantado. No era diferente de ningún otro, plebeyo o cortesano, salvo tal vez porque había intentado desafiar la vileza de su propia naturaleza con más terquedad que la mayoría. Predecible, casi de un modo decepcionante.

Kagura había informado hacía más de una semana de que corrían murmullos entre las nombradas apoyando a la niña, plebeya como era, para que cubriera el puesto de Emperatriz. Byakuya así lo había confirmado, los susurros habían llegado también a las filas de los nombrados. Cómo había conseguido la niña lograr esta hazaña no estaba totalmente claro, pero había visto una y otra vez que era capaz de inspirar lo antinatural en aquellos a su alrededor.

En cualquier caso, tuvo el efecto deseado, el efecto que él había anticipado. Había llevado los asuntos entre ella y su perro finalmente a un punto crítico, el crudo deseo entre ellos se vio obligado a salir a la luz. El flojo enlace entre ellos se había convertido finalmente en una atadura que irritaba la garganta de ella como un collar.

Un ciego podría haber visto que cualquier conexión entre ellos sería desastrosa para ambos, así que por supuesto él lo había sospechado desde la primera vez que el perro había rastreado su aroma cuando ella había dejado la corte. Para él, se había confirmado cuando el perro llegó llamándola a ladridos la segunda vez, desesperado y dispuesto a arriesgarlo todo para reclamarla. Su interferencia había acortado su perfecto plan, pero había abierto el camino para otro mucho más simple.

Y aquel camino los había traído aquí, exactamente como él había sabido que lo haría.

La imagen en su espejo estaba distorsionada por la distancia, pero la visión que mostraban los dos no podría haber sido más clara. El par estaba dentro de lo que ellos imaginaban que era la privacidad de su pequeña alcoba, uno envuelto en los brazos del otro.

Cubierta por las ilusiones de Byakuya, Kanna era invisible para el ojo humano mientras dirigía su espejo hacia ellos. Aun así, tenía que mantener la distancia por si la miko sentía su youki, por leve que fuera en una criatura tan débil como Kanna. Era un recipiente del vacío, en realidad, vacía de fuerza o voluntad, pero como herramienta era ideal.

Los temblores recorrían la figura de la niña, su aliento salía en exhalaciones entrecortadas mientras sollozaba intermitentemente contra el hombro de la miko más mayor. La miko mayor la abrazaba en respuesta, sus facciones pálidas y ojerosas por la preocupación mientras la mecía.

—¿Qué hago? —murmuró la niña, las palabras agudas y aguadas—. ¿Qué hago? ¿Qué debería hacer? No…

Sus palabras volvieron a disolverse en sollozos jadeantes, sus manos de nudillos blancos se crispaban mientras se aferraban al traje de la mayor como si ella fuera el salvavidas que pudiera salvarla de ser arrastrada. Las facciones de la mayor, la O-Miko Midoriko, se tensaron más.

—Kagome —dijo, zarandeando ligeramente a la niña—. Kagome, has de calmarte, niña. No puedes…

—¡Ya no quiere verme! —explotó la niña, no la estaba escuchando—. ¡No quiere hablar conmigo! ¡Ni siquiera me mira! ¡No puedo…!

Pero las palabras volaron una vez más bajo el peso de su aflicción, con ojos bien abiertos y desenfocados mientras los levantaba hacia el rostro de Midoriko. Midoriko llevó las manos rápidamente a los laterales de su rostro, agarrándolo con fuerza mientras obligaba a su mente a regresar.

—Respira, niña —ordenó—. Debes respirar. Obsérvame y respira.

Pero la niña estaba negando con la cabeza, con el rostro enrojecido, manchado de lágrimas y ojos desorbitados. Daba la apariencia de algo atormentado, una bestia acorralada en una trampa. Él sintió un rizo de satisfacción ante la visión, aunque esta era una sensación apagada, como mucho. Era una expresión que conocía bien, habiéndosela inspirado a incontables otros. Criaturas verdaderamente predecibles.

—Usted no lo entiende —jadeó—. No puede. No puede. Lo único que quiero es estar a su lado. Lo único que quiero es estar con él. Y no puedo. Sin importar lo cerca que llegue a estar, no puedo. Porque nos destrozaría. Toda la corte vendría a destruirnos, lo destruirían a él… y yo no puedo

—Kagome, eso no lo puedes saber. Su Majestad es fuerte, has visto su fuerza…

La niña negó con la cabeza, con la mandíbula tensa contra esto.

—Usted no lo ve —dijo con fiereza—. Ambos se niegan a verlo. Soy la única que puede, que mira este camino y ve claramente a dónde ha de conducir. Solo tiene un final, un final donde no importa la cantidad de fuerza. La corte… es veneno. Es ruina. Lo que le hicieron a Rin, lo que los Abe siguen haciéndoles a sus sirvientes desenfrenadamente… no hay fuerza suficiente para frenarlo. No hay fuerza suficiente para evitar que caigamos en las profundidades de una guerra por el trono si escojo estar al lado de Inuyasha.

Las lágrimas bajaron en ríos por sus mejillas, rodando sobre las manos de Midoriko, y la miko más mayor solo pudo quedarse callada ante esta oscura certeza, su rostro se puso todavía más pálido. El pecho de la niña jadeaba con cada respiración, sus manos se curvaron en puños en la tierra bajo ella.

—Una vez creí que podría cambiar las cosas aquí —dijo, su voz cayó a apenas un susurro—. Pensé que, si podía estar a su lado, podríamos cambiarlas. Pero ni siquiera puedo tener eso. Ahora veo que no se puede salvar algo que está podrido hasta la médula.

»Hay que rehacerlo. Purificarlo.

Midoriko tenía los ojos muy abiertos, la boca ligeramente boquiabierta mientras observaba los rasgos ensombrecidos de la niña. Frunció el ceño, un incipiente horror se arrastró a sus facciones.

—Kagome…

El sonido de su nombre, susurrante e intranquilo, pareció llegarle a la niña entre su abotargamiento. Parpadeó, su mirada se aclaró lentamente. Jadeó suavemente, su expresión se desencajó bajo otra ola de lágrimas.

—Lo siento —dijo—. Lo siento tanto. Es que… nunca pensé que dolería tanto. Pensaba que estaba haciendo lo correcto, pero ¿cómo puede ser lo correcto si se siente así?

La expresión de la miko mayor se suavizó en respuesta, sus pulgares se movieron para secarle las lágrimas que bajaban por las mejillas de la niña. Le apartó el pelo a la niña de la cara, inclinándose para apoyar ligeramente su frente contra la de ella.

—No pasa nada —murmuró—. No pasa nada. Lo siento. Te empujé hasta aquí, te empujé hacia algo que no comprendía del todo y lo lamento. Pero confía en mí al menos en esto, niña: si sientes en tu corazón que has hecho lo correcto, entonces has hecho lo correcto. Venga lo que venga después, lo enfrentaremos juntas. Juro que no te dejaré.

La niña estaba callada, con los ojos cerrados incluso mientras las lágrimas seguían bajando por el oscuro borde de sus pestañas. Aun así, la tensión de sus puños no se vio aliviada, tampoco lo hizo el temblor de sus miembros.

—No te rindas a la desesperación —murmuró la miko más mayor—. No te lo puedes permitir. No nos lo podemos permitir. Amaterasu-sama guía tus pasos incluso ahora, aunque pueda resultar difícil verlo. ¿Rezas conmigo?

La niña se tensó, mirando con ojos vacilantes a la figura de piedra que se cernía inmóvil sobre ellas. La estatua de la kami estaba distante, inmóvil, sus ojos huecos tan vacíos como siempre los había visto él. Había aprendido hacía mucho que, si existían tales cosas como los kami, no les importaba nada el dolor de seres tan pequeños e insignificantes.

La niña, no obstante, pareció luchar todavía bajo el peso de sus delirios, dirigiéndole un pequeño asentimiento y permitiendo que la guiaran mientras la miko más mayor se giraba hacia el frío ídolo. La miko más mayor inclinó la cabeza, cerrando los ojos y extendiendo las manos ante ella en gesto de súplica mientras inclinaba la cabeza.

La niña no se inclinó. No cerró los ojos. En cambio, su mirada de ojos abiertos y bordeados de rojo subió hasta el rostro del ídolo, como desafiándola a moverse. Él casi pudo oír el rechinar de sus dientes, la tensión de cada uno de sus músculos mientras desafiaba a Amaterasu a que se moviera, a que le respondiera.

Pero para ella no habría más respuestas que las que había habido para él, aquella mirada distante e impersonal permaneció inmóvil como siempre lo había estado. La comisura de los labios de la niña se curvó hacia abajo como despreciando esto, el azul antinatural de sus ojos se volvió brillante una vez más con sus lágrimas. Pero no había una cantidad de ira o tristeza que pudiera mover la piedra y, así, la estatua no fue otra cosa.

Lentamente, su mano se deslizó hasta su cadera, aferrando un punto allí mientras curvaba hacia abajo sus labios en gesto de desafío. Otra expresión que él conocía bien. Si sus plegarias caían en oídos sordos e insensibles, si su vida era demasiado intrascendente para que la reconociera, entonces no quedaba nada que la retuviera. Era algo temeroso y liberador que saber.

Pero, a diferencia de la mayoría, ella no necesitaba escarbar y desgarrar para buscar un lugar. El poder ya estaba quemándole en las puntas de sus dedos, listo para que le dieran rienda suelta.

De nuevo sintió ese rizo de apagada satisfacción.

Criaturas patéticas y predecibles.


—Como he dicho —dijo Kagura arrastrando las palabras, estudiando los pliegues de su abanico con una concentración que no ameritaba la tarea—. Las cosas están ampliamente iguales entre ellos. No se ven. No hablan. Parecen haberse separado por completo. ¿Cuántas veces he de repetir los mismos tediosos detalles antes de que esté satisfecho?

Sintió que un frunce tiraba de las comisuras de sus labios, aunque la sensación no llegó más profundamente. Su desafío era tan apagado y predecible como todo lo demás, más un reflejo terco que una auténtica rebelión. Desde que la conocía, Kagura siempre había sido esclava de sus caprichos, siguiendo al viento a dondequiera que soplase.

La diferencia ahora era que él estaba allí para controlar aquellos veleidosos caprichos, para guiarlos hacia algo que al menos fuera merecedor del poder que ella poseía. Con un vago gesto, tuvo su corazón palpitante de nuevo dentro de su agarre, aunque incluso su cálido pulso en su palma lo sentía banal.

Aun así, los ojos de ella se redondearon como si verlo fuera inesperado, su respiración se volvió dificultosa ante la premonición del dolor que estaba por venir. La tediosa rutina de ello era suficiente para inspirar que sus dedos se curvasen alrededor del latente órgano, la irritación se encendió dentro de él. Incluso en su desafío eran sosos, sus respuestas tan fáciles de predecir como las de cualquier criatura acorralada. Todo actitud, colmillos descubiertos y amenazas vacías.

—Los repetirás —dijo—, una y otra vez, hasta que esté satisfecho.

—¿Y cuándo ha estado usted satisfecho? —masculló, unos ojos carmesíes resplandecieron con resentimiento en dirección a él.

Internamente, sintió la pregunta resonando hasta sus huesos. Externamente, enterró las uñas en su corazón, que latía frenéticamente, observando el dolor que robó el color y la disputa de sus facciones con silenciosa satisfacción. Ella sostuvo una mano en alto en una rendición sin palabras, la otra la tenía en su garganta mientras se esforzaba por superar el dolor de respirar lo suficiente para llenar sus pulmones.

Aflojó su agarre sobre su corazón. No servía de nada destruir una herramienta que todavía tenía uso.

Ella intentó ocultar su pecho jadeante mientras se esforzaba por recuperar el aliento, el temblor de sus miembros mientras los reforzaba contra el dolor. Si otra cosa no podía decirse de Kagura, al menos se podía decir que era terca hasta su último aliento. Era un atributo que una vez había admirado a regañadientes, que había deseado poseer, aunque ahora era más fatigante que otra cosa.

—… Ha estado taciturna —dijo, limpiándose la gota de sangre de la comisura de sus labios como si pudiera fingir que nunca había estado allí—. A cada día que pasa está más demacrada y apenas come. Incluso las nombradas están empezando a perder la fugaz fe que tenían en ella. La otra noche, cuando se suponía que yo le hacía de doncella, me desperté para encontrarla fuera en el jardín balbuceando para sí. Se está trastornando.

—¿Y el perro?

Se encogió de hombros con un rápido movimiento.

—¿Cómo voy a saberlo? —dijo bruscamente—. No le veo. La evita. Pregúntele a Byakuya.

Durante un momento, sopesó el corazón que todavía latía furiosamente contra su palma, preguntándose si no se equivocaría al apretarlo de nuevo como advertencia contra el filo de su tono. Pero fue lo bastante obediente, el duro filo de sus facciones se desafilaba por momentos. No serviría empujarla demasiado.

La clave de los seres, había descubierto, era comprender hasta qué punto podían doblarse antes de romperse. Kagura siempre había sido bastante inflexible y a él no le valía de nada una herramienta rota. Todavía no.

Con un movimiento de sus dedos, devolvió su corazón a su sitio, a salvo tras la jaula de sus propias costillas.

—Vigila la lengua cuando hables conmigo —dijo—. Y sigue con los ojos y los oídos abiertos. Y si se presenta la situación…

—Empuja —dijo, se le oscureció la mirada—. ¿Cómo podría olvidarlo? Nunca deja de recordármelo. Además, soy perfectamente consciente de lo que hay en juego. Esto tampoco deja nunca de recordármelo.

Asintió, la más leve elevación inclinó hacia arriba una comisura de su boca.

—Muerte o libertad —dijo—. Las únicas cosas que hay verdaderamente en juego.


—Corre un rumor que creo que le interesará, Naraku-sama.

Una sonrisilla bordeó los labios carmesíes de Byakuya, sus oscuros ojos brillaban con anticipación. Claramente pensaba estar en posesión de algo merecedor de halago o recompensa.

Naraku arqueó una oscura ceja, esperando. Él sería el que juzgase eso.

Byakuya amargó ligeramente su expresión, su sonrisilla se desvaneció en un leve mohín cuando no mordió el anzuelo. Suspiró, mascullando algo por lo bajo sobre que ya nadie quería cumplir con las sutilezas.

Permaneció en silencio, permitiéndole su pequeño ataque de cólera. A pesar de que su comportamiento no con poca frecuencia le crispaba los nervios, Byakuya siempre había demostrado ser incuestionablemente obediente. No había nada de la auténtica rebeldía de Kagura en sus idiosincrasias. De hecho, a pesar de todo su poder, siempre había tenido extraordinariamente poca ambición propia, contento en cambio con seguir al viento que soplara con más fuerza.

No había supuesto nada en absoluto atraer al youkai hacía tantos años, convertirle en siervo de sus caprichos. Para Byakuya, parecía suponer muy poca diferencia, salvo que de vez en cuando le había dado algo en lo que enfocarse.

—Bien —resopló Byakuya, negando con la cabeza—. Supongo que ya debería haber sabido que no he de esperar que usted consienta mis antojos. Hay un rumor que se ha extendido de las nombradas a los nombrados durante los últimos días, al principio en susurros, pero ahora con cierta apariencia de auténtica certeza.

Se detuvo, sus oscuros ojos fueron de nuevo a su imagen en el espejo con aquel atisbo de expectación. Se desinfló ligeramente al encontrarle todavía inmóvil, echando la larga coleta de su oscuro pelo de nuevo sobre su hombro con un resoplido.

—Dicen que el perro ha escogido una Emperatriz —dijo—. Y que planea anunciarla en un futuro no muy lejano.

Un escalofrío de inquietud se deslizó sobre él.

—¿Se han reconciliado, entonces?

La anterior sonrisilla de Byakuya regresó con plena fuerza mientras negaba con la cabeza.

—Esa es la parte interesante, Naraku-sama —dijo—. Por lo que he visto, siguen sin estar casi nunca juntos en la misma habitación. Parece evitarla a cada oportunidad. Vaya, justo el otro día la vi sollozando bastante cuando los guardias la echaron de los aposentos de él.

Eso era algo importante, entonces. Habría sido una cosa que hubiesen conseguido reconciliarse de algún modo tras la discusión que debía haber causado su evidente negativa. Irritante, pero no completamente fuera del terreno de la posibilidad y en absoluto fuera de los parámetros de sus planes. Incluso si conseguían superar la vacilación de ella, todavía era una conclusión inevitable que todos sus titubeos y el peso del escrutinio de la corte fueran a terminar por romperlos. Simplemente significaría que tendría que esperar un poco más el momento.

Pero ¿algo así? Esto tendría que significar que la grieta entre ellos se había vuelto aún más profunda de lo que él había alcanzado a deducir. Esto significaría que el perro estaba lo suficientemente herido como para intentar morder, o para cortar su conexión o para provocarla para que ella le respondiera. En cualquier caso, era ideal. Habiendo creído ellos mismos que se preocupaban el uno por el otro, ambos estaban excepcionalmente posicionados para poder romper al otro.

Y con esto, parecía que esa rotura podría llegar más pronto que tarde.

Un rizo de satisfacción se desplegó bajo en su estómago, empujando las comisuras de sus labios hacia arriba.

—Lo has hecho bien, Byakuya —dijo—. Continúa sirviéndome tan bien y podrás escoger tu recompensa cuando todo esto acabe.

Byakuya inclinó ligeramente la cabeza en reconocimiento del elogio, pero la engreída curva de su boca decía bastante claramente que esto era lo que había estado esperando todo el tiempo.

—Su gratitud es la única recompensa que necesito, Naraku-sama —dijo—. Y, por supuesto, cualquier entretenimiento que pueda obtener de estos encargos que me hace hacer. Los kami saben que es difícil encontrarlos después del tercer siglo o así de estar vivo.

Se detuvo, serenando un poco su expresión incluso cuando la luz brilló en sus oscuros ojos.

—¿Significa esto lo que creo que significa, entonces? —dijo—. ¿Es hora?

Algo de la luz se atenuó cuando Naraku negó con la cabeza.

—Estamos cerca —concedió—. Pero todavía quedan algunas cosas que colocar en su lugar. Hasta entonces, mantén los ojos abiertos y espera mis órdenes. ¿Entendido, Byakuya?

La mirada de Byakuya se enfrió más, apartándola de su imagen en el espejo.

—Por supuesto, Naraku-sama —dijo con solo la mínima pizca de decepción—. Pero ¿si se presenta la oportunidad…?

—Entonces, rómpelos —terminó—. Como te he enseñado a hacer. Pero lo que viene después…

—Es suyo, Naraku-sama —terminó Byakuya en respuesta, inclinando la cabeza—. Como me ha enseñado. Los kami saben que no sabría qué hacer con eso.

Y precisamente por eso lo había escogido a él. Poder sin imaginación. Lo totalmente opuesto a lo que él había sido una vez. La herramienta perfecta.

Sonrió.

—Entonces, te lo dejo a ti, Byakuya.


Ya había permanecido allí casi la mitad del día.

Su reflejo en la superficie del estanque, interrumpido por la onda ocasional de una brisa sobre la superficie, estaba demacrado, patético.

Aquel aspecto miserable era probablemente la única razón por la que los guardias no la habían ahuyentado, por lo que podía evaluar. La miraban con incertidumbre desde el otro lado de la pasarela sobre el agua, pero no hicieron movimiento alguno, salvo por cuando la repelieron para que no entrara en los aposentos de él.

Pero hoy parecía que no la iban a disuadir.

Y así, la niña esperó, una chica esquelética y pálida. Unas oscuras ojeras delineaban sus ojos hundidos, su pelo estaba enredado, hecho un desastre mientras miraba hacia el agua estancada. Pero seguía siendo testaruda. Lo último quedaba para decirle que incluso ahora no estaba del todo donde él necesitaba que estuviera ella.

El crujido de la madera hizo que ella enderezara repentinamente la espalda, con los ojos abiertos como platos. Se puso rápidamente en pie, como si la madera de la pasarela la hubiera quemado, toda su atención repentinamente fija al otro lado de la pasarela sobre el agua.

Él pudo ver el momento en el que el perro la vio, todo él se quedó quieto en un instante. El silencio entre ellos entonces fue lo suficientemente pesado como para hundir barcos.

Por un momento, pensó que el perro iba a dar media vuelta y a retirarse de nuevo a la seguridad de sus aposentos, pero tras un largo momento de indecisión, su expresión se endureció mientras daba un paso adelante con decisión. Apartó la mirada de ella, sus pasos se volvieron veloces mientras hacía ademán de pasarla de largo.

Resuelta, se interpuso directamente en su camino. En terquedad, al parecer, eran iguales.

Él se detuvo para evitar tocarla, aunque su mirada permaneció fija sobre la cabeza de ella. Su extraña mirada azulada estaba fija inequívocamente en su rostro, ardiendo mientras intentaba que la mirase. Ella cerró las manos en puños a sus costados, el temblor en ellas fue aparente incluso cuando la longitud de sus mangas se deslizó para ocultarlas. Detrás de ellos, los guardias se movieron, sus miradas eran de incertidumbre mientras miraban al par.

—Muévete.

La palabra, baja e hiriente, habría sido suficiente para mover a una persona inferior. En cambio, ella enterró los talones.

—No —dijo, aunque las palabras temblaron—. No hasta que hables conmigo, Inuyasha.

—¿Y qué diablos piensas que nos queda por hablar? —gruñó en voz baja, apretando los puños en cambio—. Estoy bastante seguro de que ya lo dejaste claro.

Hizo ademán de rodearla, pero ella se movió para bloquearlo una vez más. Aplanó las orejas contra su cráneo, su mirada quemaba cuando bajó para encontrar la de ella. Los guardias hicieron ademán de acudir en su ayuda, pero un gesto cortante de su mano los detuvo en seco.

—Muévete —dijo una vez más.

—Tú no lo entiendes —dijo con desesperación, estirando una mano como para tocarlo—. Ni siquiera intentas entenderlo, escucharme…

—¿Escuchar qué, Kagome? —dijo entre dientes, descubriendo los colmillos—. ¿Escucharte rechazándome otra vez? ¿Escuchar más excusas sobre por qué soy el único…? Joder, Kagome, ambos sabemos que eso ya no lleva a ninguna parte. Así que vamos a…

—¿Vamos a qué? —interrumpió ella—. ¿A seguir fingiendo como si nunca nos hubiéramos conocido? ¿Como si nunca…?

Pero fuera lo que fuera que pudiera haber dicho, pareció quedarse atascado en su garganta, sus ojos brillaban con las lágrimas de contenerlo. Él no dijo nada, aunque un poco de su dureza salió de él.

—Necesito que hables conmigo —dijo, varias lágrimas se soltaron finalmente para recorrer sus pálidas mejillas—. Necesito que me escuches de verdad y que lo hagas por una vez. No… no te rechacé porque quisiera. Yo…

—No puedes arriesgarte —soltó, las palabras un regusto amargo en su lengua—. No puedes arriesgar esto. No puedes arriesgar…

—Arriesgarte a ti —terminó en voz baja—. No puedo arriesgarte a ti. Nunca te arriesgaría. Por nada.

Él no dijo nada, aunque un poco de la tensión salió de él. Aun así, no avanzó hacia ella y tuvo cuidado de permanecer justo fuera de su alcance. Tal vez al perro le habían dado demasiadas patadas.

—Pero…

Se mordió el labio, vacilando. Negó con la cabeza.

—No… no sé cómo estar sin ti —dijo—. Yo… pienso en ti cada día, en nosotros. Pienso… pienso en lo que podría ser, si las cosas fueran diferentes.

—Pero no lo son —dijo monótonamente, apartando la mirada—. Así que, ¿qué jodido sentido tiene fingir que lo son? Si eso es a lo que has venido aquí, entonces será mejor que le pongamos fin aquí.

Antes de que pudiera intentar esquivarla de nuevo, ella levantó las manos de nudillos blancos de golpe mientras se aferraban a sus manos. Él se quedó paralizado, abriendo los ojos como platos y tieso como una estatua.

—Pero ¿y si lo fueran? —murmuró, ahora casi sin aliento—. Diferentes, quiero decir. ¿Y si las cosas fueran diferentes? ¿Y si pudiéramos hacerlas diferentes?

Si era posible, abrió todavía más los ojos con una repentina y horrible comprensión.

—No querrás decir…

—¿Por qué no? —dijo con fiereza, aferrándose con toda su exigua fuerza a él—. ¿Por qué no? Me la dieron a mí. ¿Por qué no debería usarla? ¿Para qué es sino para esto? Podríamos cambiarlo todo, absolutamente todo, para mejor. Podríamos castigar a los Abe, salvar a sus sirvientes, hacerlo todo correcto

Pero él ya estaba negando con la cabeza, cerrando su expresión.

—¿Es eso lo que buscas? —dijo—. ¿Venganza?

—¡No! —dijo, aunque a la palabra le faltaba convicción—. No. Venganza, no. Solo… justicia. Una suerte de justicia para toda la gente que ha estado perdida, que ha salido herida. ¿No podemos darles eso al menos?

Estuvo callado durante largos momentos, su mirada se ensombreció mientras la observaba.

—Dijiste que no lo harías —dijo finalmente—. Dijiste que tenía que ser lo correcto.

—¿Y qué podría ser más correcto que la justicia para aquellos que se la merecen? —dijo—. Estaba asustada entonces, pero ahora lo veo. ¡Esto es lo que estaba destinada a hacer! Lo que estamos destinados a hacer.

Frunció el ceño, sus ojos escrutaron los de ella. Ella se negó a apartar la mirada, sus ojos seguían brillando con lágrimas mientras le rogaba silenciosamente que la entendiera.

Finalmente, negó con la cabeza, cerrando los ojos.

—No —dijo en voz baja—. No. Te deseo… sabes que te deseo… pero no seré tu excusa, Kagome. No lo seré.

Esta vez él consiguió rodearla con facilidad, las manos de ella cayeron flácidas a sus costados. Tenía los ojos muy abiertos, desenfocados, cuando finalmente la dejó atrás.

—Espera…

Pero la palabra estrangulada no fue más que un susurro al viento, ni oída ni reconocida mientras él seguía avanzando insistentemente. Sus guardias pasaron también al lado de ella, dirigiéndole una mirada compasiva mientras lo seguían.

La niña permaneció allí paralizada durante largos momentos, con la cabeza inclinada de forma que su flequillo ocultaba sus ojos de su vista. Pero no ocultó las lágrimas que cayeron lentamente por sus mejillas, o el temblor de sus puños de nudillos blancos a sus costados. No ocultó el gruñido en sus labios cuando levantó finalmente la cabeza y soltó un grito que habría ahuyentado a los pájaros si hubiera habido algunos cerca.

—¡Qué interesante! —gritó, aunque ya no quedaba nadie para oírla—. ¡Viniendo del hombre que la habría usado para convertirse en un youkai completo!

Pero el arrebato no le trajo consuelo, las lágrimas fluyeron más rápido y más densas por sus mejillas. Finalmente, se dio la vuelta, casi volando en su prisa por irse.

—Suficiente —dijo él.

La imagen reflejada de su figura retirándose se desvaneció, reemplazada por la de la mirada vacía de Kanna.

—¿Es todo lo que necesita, Naraku-sama? —dijo, su rostro y voz vacíos como siempre lo habían estado.

Un auténtico vacío. Una auténtica marioneta. Casi patética, aunque hacía mucho que sabía que incluso la pena sería desperdiciada en una criatura como Kanna. Era vacío al que se le había dado una forma física, más maleable incluso que Byakuya en su completa falta de sentimiento o deseo. La habría llamado un regalo para él si hubiera sido tan tonto para creer que a los kami les importaba lo suficiente él o cualquier otro como para proporcionar tales cosas. No obstante, sus usos nunca cesaban.

—Por ahora —dijo—. Aunque la mantendrás vigilada. Día o noche, si hace algún movimiento fuera de lo normal, me lo mostrarás. Ya no falta mucho.

Durante un momento, podría haber jurado que vio que sus labios se movían hacia abajo en el más breve frunce.

Pero no. Sus ojos, oscuros como una noche sin luna, seguían vacíos. Estaba viendo lo que no estaba allí, esperando alguna clase de intención cuando no había ninguna. Seguía estando vacía.

—Sí, Naraku-sama —dijo sin entonación, como siempre.

Inclinó la cabeza ligeramente en lo que pasaba por una reverencia en ella, su imagen se disolvió y lo dejó con solo su reflejo en el espejo.

Ya no quedaba mucho. La niña estaba al borde de romperse, asfixiándose bajo el peso de su ira ante la corte y de sus propios deseos equivocados. Como se había dado cuenta cuando el perro y la niña habían vuelto juntos a la corte, ahora era solo cuestión de tiempo.

Pero, mientras tanto, había algunas cosas más que había que poner en orden. La última vez, no había tenido en cuenta la obstinada negativa de aquellos que creían estar en posesión del poder para rendirlo.

No volvería a cometer el mismo error.


En el reflejo curvo de su kusari-gama, el rostro del niño estaba tan inexpresivo como lo había estado desde que había tomado el control de él.

No había sido difícil. Había estado fuera de la corte en una misión, su primera misión fuera, y el miedo lo había noqueado cuando un youkai menor bajo el control de Naraku lo separó de los demás taiji-ya.

Naraku había estado observando a su grupo desde que habían salido de Heian-kyō. Una oportunidad de obtener el control del jefe de los Tachibana era una oportunidad demasiado grande como para desaprovecharla, aunque el hombre había demostrado ser demasiado habilidoso como para poder abatirlo. Su hijo, por otro lado, todavía era joven, poco experimentado y estaba lo suficientemente arriba en la jerarquía del clan como para ser de utilidad.

Y así, se había asegurado de separarlos, de hacer que el niño se desesperase tanto, que hubiera dado casi cualquier cosa para volver con su familia. Y, entonces, lo había matado.

Bueno, lo había llevado tan cerca de la muerte como había podido. A pesar de todo el poder que había conseguido acumular a lo largo de los años, ni siquiera él podía revertir la muerte. Pero aquellos años de experiencia le habían enseñado que, si alguien no podía ser manipulado para servir, la debilidad y la desesperación eran suficientes para debilitar la voluntad de casi cualquiera.

Al aparecer ante él, le había ofrecido la salvación y la oportunidad de regresar con su familia a cambio de su servicio. El niño había aceptado vigorosamente y un poco de su youki fue suficiente para curar la herida y asegurar su control.

A partir de entonces, había mantenido su palabra, regresando a él sin que lo detectase su familia y dándole rienda suelta sobre su mente durante tanto tiempo como le necesitase. Había demostrado ser útil, su conexión con la niña y los Tachibana le proporcionó una buena cantidad de información necesaria. Incluso había tenido éxito al acercarse lo suficiente a la niña como para ponérsela en sus manos, aunque la interferencia del perro había llevado aquel plan a un prematuro fin y había puesto en peligro el escondite del niño entre ellos.

Pero, al menos, la hermana del niño había demostrado ser lo suficientemente testaruda como para negarse a cortar los lazos con él por completo. Usando al niño como cebo, podía mantenerla distraída, mantenerla separada de la niña y de su clan.

Pero ya había jugado a la distracción el tiempo suficiente. La niña estaba herida en la corte, sufriendo. Era hora de hundir un cuchillo en aquella herida para empujarla el último paso hacia el borde.

—¿Todavía van detrás de ti? —dijo, hablándole al espejo ante él.

El niño asintió, aunque su expresión permaneció inexpresiva.

—Sí, Naraku-sama —dijo—. Sigo dejando un rastro para que ellos lo sigan, como usted ordenó. Están como mucho a un día de distancia de alcanzarme.

—¿Y cuán lejos estás de tu destino?

—Tal vez cinco días —contestó.

—¿Y sabes cuáles son tus órdenes al llegar?

Asintió una vez más.

—Llamar a los saimyōshō —dijo—. Y aguardar su llegada.

—¿Y cuando lleguen?

—Matarlos a todos —dijo, su expresión todavía tan vacía como si estuviera hablando del tiempo—. Hasta la última mujer y niño. Asegurarme de que lo vean. Usar a los saimyōshō para provocar que el houshi abra la maldición y dejar que acaben con él. Dejar a uno vivo para que lleve la información a la corte.

Naraku asintió, satisfecho con su comprensión del plan.

Bastaría. En cualquier caso, al houshi no le quedaba mucho más antes de que la maldición que había puesto sobre su familia se lo llevara. Mejor usar al máximo su muerte para romper más a la taiji-ya y a la niña. Entre su aflicción y el peso de las muertes de los demás, la presión debería ser suficiente para abrir una grieta entre el perro y la niña a través de la que pudiera deslizarse.

Ya casi era hora.


Esta sensación, esta descarga inesperada de ira y consternación, era tan extraña para él, que hicieron falta varios momentos antes de que pudiera ponerle nombre. Era una sensación de tiempo atrás, el tiempo antes de que hubiera adoptado el nombre Naraku, el tiempo antes de que hubiera tenido poder, el tiempo antes de que hubiera podido ver de verdad el mundo tal cual era. Era la sensación de un niño que solo había conocido el hambre, la pérdida y el dolor.

Era una sensación que le pertenecía a Onigumo y, aun así, él, Naraku, la sentía perforándolo ahora hasta su centro.

La capitana de los wakō, una mujer baja, fornida y de rostro serio, con varias cicatrices ni de cerca proporcionales a sus años, lo fulminaba con la mirada desde los confines de su espejo. Sus ojos, de un inusual tono jade, igualaban, entrecerrados e inflexibles, la disposición de su boca.

Verla hizo que la extraña sensación subiera como bilis hasta su garganta.

—¿A qué te refieres con «sobrepasados»? —dijo, las palabras escaparon de él en un gruñido bajo que era igualmente tan desconocido como la sensación que rodaba justo bajo su piel.

—Creí que sería evidente —dijo ella, una bravuconería vacía en la curva de sus labios—. Sobrepasados es sobrepasados. No arriesgaré a más de los míos por una causa perdida, sin importar la recompensa. Hemos terminado. Hemos comenzado a retirarnos. Deberías estar agradecido de que me haya molestado en hacértelo saber para que te retires por tu parte mientras todavía tienes una oportunidad. Claramente estás fuera de alcance y eso solo puede terminar en ahogamiento.

De nuevo aumentó rápidamente la sensación, caliente, desconocida y estremecedora. Podía sentir la tensión en sus miembros, la contorsión de sus facciones. Si hubiera podido alcanzar a la mujer, no tenía duda de que ya la habría matado donde estaba.

—Os proporcioné todo lo que podríais haber necesitado —dijo, un leve temblor de ira que todavía podía oír en sus palabras solo avivó la ardiente sensación—. Os di los barcos más rápidos, suministros, información de cada punto débil esperando a ser aprovechado. Así que explícame cómo es que ahora acudes a mí, sobrepasada y huyendo, a pesar de todo eso.

La mujer frunció el ceño, endureciendo la mirada.

—Para empezar, los wakō no huyen —soltó—. Es solo que conocemos una derrota cuando la vemos y no queda nada más que derrota en tu plan. Sea lo que sea que creas habernos dado, cometiste el único error que no se puede superar con todos los suministros, barcos o dinero del mundo: no conocías a tu enemigo.

Una grieta se arrastró sobre la superficie de su espejo, la fuerza del youki saliendo de él suficiente para casi hacerlo añicos. Lo contuvo a la fuerza, obligándolo a retroceder mientras deseaba que el caliente cantar de su sangre en sus oídos se acallase.

—Entonces, dime, mujer, ¿qué es lo que sabes de mi enemigo que yo no sé?

—Sé que los kami, o los espíritus, o como desees llamarlos, están en tu contra —dijo negativamente—. Un montón de nuestros barcos y provisiones se perdieron ante manos invisibles. Ataques de un enemigo invisible bajo el manto de la oscuridad. Abrieron agujeros en los cascos, tiraron hasta la última arma o pedazo de comida que pudieron encontrar a las profundidades.

—¿Esperas que me crea que los yūrei atacaron vuestros barcos y robaron vuestras provisiones?

—No espero que creas nada —soltó en respuesta—. La verdad es la verdad, sea lo que sea que escojas creer. Y la verdad es que algo que no es humano intentaba sabotearnos mucho antes de que los navíos chinos llegaran hasta nosotros.

Durante un momento, el mundo pareció quedarse en silencio, la ausencia de sonido tan fuerte en sus oídos, que casi se vio ensordecido por él.

—… ¿Navíos chinos? —repitió, el sonido de las palabras hueco en sus propios oídos.

La mujer asintió, la expresión más adusta que nunca.

—Una pequeña flota, pero lo suficiente para causar un auténtico daño si lo deseaban —dijo—. Dijeron que estaban patrullando sus aguas, pero no soy tan tonta como para creer ese montón de mierda. Con lo lejos que estaban, estaban buscando algo. Tal vez era a nosotros. En cualquier caso, dejaron claro que, si no nos movíamos, estarían más que contentos de movernos ellos. Y tengo más que claro que no estoy dispuesta a lanzar la ira de su Emperador sobre mi tripulación, sin importar la recompensa. Así que considera esto el final de nuestros tratos. No queremos tener nada más que ver con tus asuntos malditos.

—¿Crees que será tan fácil cortar lazos conmigo, mujer? —dijo, retirando los labios de sus dientes en lo más cercano a un gruñido a lo que había llegado en décadas—. Mi alcance llega más lejos de lo que tus tristes figuraciones pueden comprender y, si no se te puede hacer entrar en razón con recompensas, entonces estaré más que contento de hacértelo ver a la fuerza.

Miedo. Algo familiar en los rostros de aquellos que le servían, aquellos que se oponían a él. Era casi un alivio verlo titilar por sus facciones desgastadas por estar a la intemperie, verlo arrastrarse a sus ojos. A pesar de que ella y su tripulación habían conseguido destruir de algún modo la tarea que les había encomendado, no era tonta. No la habría escogido si lo fuera.

No, los había observado durante un tiempo antes de acercarse a ellos con esta tarea. Los wakō eran despiadados, astutos, carentes de lealtad salvo a la riqueza y los unos con los otros, y nadie más lo era que su tripulación. A ella se le podía hacer entrar en razón, rescatar la ruina que habían creado en su plan cuidadosamente diseñado.

Pero entonces ella apretó la mandíbula, endureció la mirada. Negó con la cabeza.

—He visto tu alcance por mí misma —dijo—. No soy lo suficientemente tonta como para pensar que podríamos huir mucho tiempo si vinieras a por nosotros. Tampoco soy lo suficientemente tonta como para pensar que tienes el lujo del tiempo para hacerlo. Eres un hombre que está trabajando en pos de algo, algo grande, apostaría yo. Y esto te habrá retrasado. No tienes tiempo para pasarlo jugando conmigo y con mi tripulación, así que nos separaremos de ti aquí. Adiós muy buenas, y que todos tus planes salgan tan mal como este.

La ira regresó por partida triple, ardiente, cegadora. Aferró el espejo con ambas manos, sus ojos estaban poniéndose rojos lentamente.

—Te mataré —prometió—. Huyas a donde huyas, hagas lo que hagas, te encontraré y desgarraré hasta el último miembro de tu tripulación parte por parte. Yo…

—Como he dicho —interrumpió—. Te deseo tanto éxito en eso como has tenido hasta ahora. Pero, por ahora, no voy a recibir más amenazas de un trozo de cristal.

Y entonces, levantó el espejo, tirándolo. Observó mientras el mar y el cielo giraban una y otra vez dentro de él, observó mientras se hundía bajo las olas. Observó mientras el agua que lo rodeaba se hacía tan oscura, que era como mirar hacia un abismo.

Tras varios momentos, la imagen se desvaneció, la reemplazó lentamente la de Kanna.

—Parece que han tirado su espejo, Naraku-sama —dijo de forma monótona—. Puedo seguirlos en el reflejo de las olas si…

Su espejo se hizo añicos abruptamente, la fuerza de su youki lo arrolló finalmente. Observó con ojos desenfocados mientras la imagen de Kanna volaba por el aire, sintió solo en la distancia que varios de los fragmentos se alojaban en su piel. Un rastro de sangre de uno de los cortes se deslizó lentamente por su mejilla.

Lo observó gotear en el suelo bajo él, ojos ensanchados desenfocados mientras la ira ardía bajo su piel, cegándolo a todo los demás.

Los mataría. Arrasaría sus filas hasta el último niño, hundiría sus barcos en las profundidades y les dejaría presenciar la destrucción de sus lamentables ambiciones antes de hundir sus cuerpos en las profundidades para que se unieran a los restos. Y dejaría a su capitana para el final, se aseguraría de que viviese lo suficiente para ver la ruina que había forjado con su fracaso antes de hacerla pedazos y tirarla al mar.

Sería fácil. Kanna podía seguirles el rastro, con o sin espejo, hasta cualquier rincón del mar o de un diminuto tugurio de puerto al que pudieran pensar en huir. Tenía suficientes youkai bajo su control para enviarlos detrás de ellos, incluso algunos leales a él en Goryeo, por si intentaban buscar refugio en suelo extranjero. Sería fácil y sería sumamente satisfactorio.

También carecería completamente de sentido.

Levantó una mano, limpiándose la sangre de su mejilla y observando su viscoso brillo carmesí a la tenue luz del farol. Las heridas superficiales hechas por el cristal ya casi habían terminado de sanarse a sí mismas y pudo sentir lentamente que algo de la ira empezaba a remitir.

Lo que quedaba de su humanidad era propensa a iras baladíes como estas, pero había pasado un tiempo desde que una había sido lo bastante fuerte como para que no pudiera suprimirla. Pero la raíz de esta era diferente, más profunda y de lejos más patética.

Desesperación.

La había conocido a menudo en la época anterior a que se hubiera convertido en Naraku, había vivido con ella como una compañera constante y desgarradora en aquel tiempo. Era una emoción para los débiles, los indefensos y nadie había sido más débil e indefenso que aquel desdichado de Onigumo.

Distraídamente, su mano se movió hacia su pecho, la sangre de las puntas de sus dedos manchó la parte delantera de su ropa oscura. Habían pasado años desde que se había purgado de la debilidad de Onigumo. No dejaría que los ecos de aquella miserable criatura lo influyeran ahora.

El plan había sido sólido, uno que había estado un tiempo desarrollando. También había sido fundamental para sus objetivos, sirviendo tanto para socavar la autoridad del perro dentro de la corte, como para obligarle a desviar la atención y los recursos de allí. También le permitiría empezar a plantar las semillas del descontento entre los plebeyos.

Les mostraría en términos nada inciertos que, a pesar de cualesquiera gestos vacíos que pudiera intentar hacer, el perro no preocupaba más por ellos y por sus vidas intrascendentes de lo que lo había hecho alguna vez cualquier otro cortesano. Incluso si el perro intentaba enviarles ayuda, sabía perfectamente que un par de masacres aquí y allá serían suficientes para plantar las semillas que los pondrían para siempre en su contra.

Pero todos sus planes, sus cuidadosas manipulaciones del tonto heredero al trono de Goryeo y los esfuerzos para asegurar que el perro quedase como poco más que un representante inepto, habían acabado casi en nada. No era tonto y ninguna parte de él creía que fuera pura casualidad e incompetencia lo que había conducido a desarmar el plan.

No, o el perro o la niña habían estado involucrados en esto de algún modo, lo que significaba que uno u otro había conseguido echar mano de recursos de los que él no tenía conocimiento. Y en lo concerniente a la corte, no debería haber ningún movimiento del que no tuviera conocimiento.

Un fallo en dos frentes, entonces.

Pero podía salvarse. Los wakō no eran la única flota independiente que pudiera comprarse con la promesa de riqueza y poder. Al heredero de Goryeo todavía se le podía convencer de su victoria, convencerle de que tal vez una flota más grande de mercenarios era lo único que se interponía entre él y la venganza en nombre del tonto de su padre.

Esto, no obstante, llevaría tiempo. Meses, si todo encajaba perfectamente en su lugar; años, si no era así. Y todo aquel tiempo sería más tiempo para que el perro y la niña maniobrasen, más tiempo para que se reconciliasen y conspirasen.

Lo que él tenía era tiempo. De hecho, tenía casi todo el tiempo del mundo. Este cuerpo que había construido tan meticulosamente envejecería lentamente, más lentamente con cada youkai que absorbiese o sometiera a su control. Tiempo tenía en abundancia.

Pero nunca antes había estado tan cerca como lo estaba ahora. Con la guerra por el trono había estado cerca, tan cerca, pero se había visto impedido en el último momento por la excentricidad del primer perro y su propia falta de comprensión de cuánto lucharía la corte por mantener sus delirios de orden. Se había escurrido finalmente entre sus dedos junto con la última cosa que habría asegurado sus objetivos por encima de todo lo demás.

Pero ahora la Perla se había manifestado una vez más, se había puesto de nuevo en su camino como si fuera su destino poseerla. No es que creyese ninguna noción desesperada de la fe. No, sabía perfectamente que eso era una falsedad de principio a fin, una mera herramienta esgrimida por aquellos en el poder para convencer a quienes no la tenían de que no había otra forma que la que estaba dispuesta ante ellos. Pero era una apariencia tan cercana, que casi se podía ver influido por ella.

En cualquier caso, la Perla estaba dispuesta ante él, casi madura para que pudiera tomarla. Solo tenía que estirarse y cogerla, asegurar la corrupción de su recipiente. Con ella, todo sería posible.

Todo podría ser posible.

Cuando había empezado a oír susurros de su existencia, lo había despreciado como la esperanza de un tonto. Seguro que en un mundo tan claramente falto de razón, falto de piedad, no podía haber tal cosa como una Perla regalada por los kami a la humanidad para su salvación.

Pero entonces había empezado a sentir su tirón, había sentido la punzada de su poder restallando por su piel y, de repente, lo había entendido. No se estaba ofreciendo una recompensa de salvación, sino simplemente un juego para cualesquiera que pudieran ser esos poderes. ¿Qué podría ser más aleatorio, más imparcial, que los kami lanzando entre las aglomeraciones sin rostro de sus creaciones el poder de cambiarlo todo con algo tan voluble como un deseo?

Era caprichoso, aleatorio, cruel. Era toda su existencia destilada en un orbe brillante. Era exactamente lo que necesitaba.

Lo único difícil entonces había sido que estaba en manos de la O-Miko, una de las pocas figuras dentro de la corte en posesión de suficiente poder para constituir una auténtica amenaza para él si ella le descubría. Pero ella no era una mujer sin debilidades y la muerte del escultor demostró ser justo el empujón que había necesitado para recorrer dando traspiés el camino que él necesitaba que recorriese.

Pero había demostrado ser más terca de lo que él había anticipado. Antes de que la Perla pudiera volverse completamente corrupta en su mano, la había ocultado fuera de la corte y fuera de su alcance. No había tenido recursos que gastar en su búsqueda, ninguna noción de a dónde podría haberla enviado y, así, se había enfocado en pelear sus batallas dentro de la corte. No tenía necesidad de un artilugio de los kami que le ganara sus batallas en su lugar, no después de todo el trabajo que había invertido.

Pero en eso había calculado mal. Había pensado que los clanes de la corte eran tan volubles y que estaban tan motivados por el poder como siempre había sabido que lo estaban, había creído que darían lo que fuera por la oportunidad siquiera de la soberanía. Su auténtica naturaleza era una cosa que nunca podría haber visto viviendo como una chica esquelética e indefensa entre ellos. Mayor que incluso su deseo de poder era su miedo a perderlo.

En esencia, eran unos cobardes. Habiendo conocido nada más que sufrimiento y anhelo, el miedo a la pérdida era algo que él era excepcionalmente inadecuado para comprender. La única cosa miserable que Onigumo podría haber sido capaz de decir que le habían arrebatado de sus manos patéticas y temblorosas, después de todo. La pérdida no era nada que temiese, ya que nunca había conocido nada más que eso.

Los cortesanos, no obstante, la temían incluso más de lo que deseaban el poder y, así, se había visto obligado a quedarse atrás, a aguardar el momento hasta que pudieran estar tan desesperados como el chucho patético que era Onigumo, o hasta que él pudiera ganar suficiente influencia como para obligarles a hacer algo. Tenía tiempo, después de todo. Nada más que tiempo.

Pero ahora la Perla volvía a estar ante él. Estaba tan cerca que podía sentir la atracción de su poder una vez más, podía sentir de nuevo la sensación de su inevitabilidad.

Tenía tiempo. La cuestión era cuánto más de él estaba dispuesto a despilfarrar cuando el medio para su fin ya estaba ante él.


La nota que había encontrado en sus aposentos había sido extraña, abrupta, exigente.

Era todo lo que había aprendido a esperar en una nota de Inuyasha, pero de algún modo le había dado que pensar.

Aun así, tras deliberar un poco, se decidió que quedaba poco más que obedecer su exigencia de encontrarse. Tras esperar a que su doncella de esa noche estuviera profunda y verdaderamente dormida, se puso un karaginu y unas zori y se adentró en la noche.

Les dirigió una mirada a su arco y flechas, que se encontraban en un rincón de sus aposentos, rechazando la idea de llevárselos consigo con una sacudida de su cabeza. No serviría de nada empezar el encuentro como si hubiera ido preparada para un enfrentamiento. Después de todo, esta bien podía ser la última y mejor oportunidad que tendrían de tener cualquier suerte de resolución.

El aire nocturno era cálido y suave, como deslizarse en el agua templada de un manantial. La oscuridad del cielo nocturno, moteado aquí y allá con la suave luz de las estrellas, tenía el suave aspecto de seda tejida elegantemente. Tenía toda la pinta de una noche perfecta.

O lo habría sido, opinó internamente, si se estuviera dirigiendo a cualquier otra clase de encuentro. Se mordió el labio, incluso el pinchazo de dolor de sus dientes contra la suave piel de su labio inferior era una distracción bienvenida, aunque fugaz.

Aun así, el peso del pavor, duro, pesado y sólido en su estómago, no la abandonaba.

La luz de las estrellas pareció apagarse con un parpadeo cuando entró en el Daigokuden, el interior del salón ceremonial estaba tan oscuro y silencioso como una cueva. Se detuvo en el umbral, su sentido espiritual alerta y sus ojos explorando la oscuridad en busca de cualquier clase de movimiento.

Que hubiera pedido que se encontraran allí no le sorprendió particularmente. A estas horas de la noche, no había razón para que nadie estuviera allí, salvo ellos. Era tal vez el único lugar dentro del Dairi en el que podrían estar solos.

Kagome presionó una mano contra su estómago, sintiendo esa sensación de pavor coagulándose en algo horrible y sólido. Ahora o nunca, se dijo con la esperanza de que las palabras la reforzaran. Este encuentro tenía que ser ahora o nunca.

—¿Hola? —llamó en la oscuridad, el eco de su propia voz casi bastó para sobresaltarla.

No hubo respuesta, pero de repente pudo oír la leve caída de pisadas. Los movimientos eran medidos, deliberados mientras la persona se aproximaba a ella a través de la pesadumbre del salón. Pudo sentir que la totalidad de su cuerpo se ponía tenso como la cuerda de un arco, preparándose.

Ahora o nunca.

Un par de ojos dorados perforaron la oscuridad ante ella. Sus ojos se adaptaron lentamente, una figura familiar se mostró a través de la pesadumbre. Su aliento la dejó rápidamente.

—Inuyasha —dijo, presionando una mano contra su pecho—. Kami, me asustaste. Pensé…

Se detuvo, algo en la rareza de su expresión captó su atención.

Aunque él no hizo ningún movimiento para acortar la distancia entre ellos, sus ojos estaban vívidos y endurecidos mientras la observaban. Un escalofrío se arrastró por toda su piel e inconscientemente se sintió retroceder un paso.

De repente, la expresión de él cambió, disolviéndose en algo más suave con tanta rapidez, que fue difícil recordar cómo había sido antes. Ella parpadeó, relajándose un poco. Simplemente estaba nerviosa por lo que iban a hacer allí esa noche, eso era todo.

—Perdón —dijo él en voz baja—, por asustarte. Es que…

Se interrumpió, su expresión vacilante. Hizo ademán de avanzar hacia ella, pero se detuvo. Kagome frunció el ceño.

—¿Estás bien? —dijo en voz baja.

Parpadeó, frunciendo levemente el ceño. Tras un largo momento, negó con la cabeza.

—No —dijo—. ¿Tú?

Ella lo sopesó por un momento antes de negar con la cabeza. La comisura de sus labios se inclinó irónicamente hacia arriba.

—Teniendo en cuenta todo, ¿cómo podría estarlo? —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero, tal vez, ¿después de esta noche…?

Kagome se interrumpió, sus ojos inspeccionaron su rostro. Esta vez, él sí dio un paso hacia ella, una mano medio buscándola antes de dejarla caer de nuevo a su costado.

—Kami —dijo, negando con la cabeza—. ¿Cómo hemos acabado aquí, por los siete infiernos?

—¿Qué más podríamos haber hecho? —dijo, encogiéndose de hombros una vez más—. Está lejos de ser ideal, pero ¿qué otras opciones teníamos? Ahora, por favor…

En un movimiento que fue casi demasiado rápido como para que ella lo siguiera, él había cruzado la distancia entre ellos. En otro, sus brazos la rodearon, la fuerza de ellos fue casi demoledora mientras la presionaban contra su pecho.

Cada centímetro de su figura estaba rígido con ansiedad apenas contenida. Incluso las puntas de sus dedos con garras temblaron levemente mientras las pasaba por la longitud de su columna.

—Kagome —murmuró, el sonido no más que una exhalación irregular contra la curva de su oreja—. Lo siento. Lo siento tanto. Lo único que he querido es estar contigo. Lo único que quiero es…

Lo demás que pudiera haber dicho, murió en su garganta, perdido bajo un gruñido de frustración. Sus manos se deslizaron hacia arriba para moverse despacio por los laterales de su rostro, inclinándolo hacia arriba.

Los ojos dorados que encontraron los suyos brillaban casi de un modo febril. Kagome parpadeó, la visión de ellos casi le robó el aliento.

¿Cuándo había visto por última vez esta expresión en su rostro? ¿La había visto alguna vez?

—Pero hay una forma —dijo—. Una forma de acabar con toda esta mierda de una vez por todas. Una forma de poder estar juntos, de poder permanecer juntos, sin que nada se vuelva a interponer. Hay una forma, ¿verdad?

Aquel duro y pesado peso en la boca del estómago de Kagome regresó incrementado en un décuplo, su presión casi fue suficiente para hacerla sentir enferma.

—Inuyasha, no querrás decir…

Se interrumpió, no dispuesta a darle siquiera voz a sus palabras. Pero no hubo necesidad de hacerlo. La expresión de su rostro le dijo con la suficiente claridad cuál sería su respuesta.

—¿Por qué no usarla? —dijo y ella pudo sentir el débil picor de sus garras contra la piel de sus mejillas—. Justicia, ¿no es eso lo que dijiste? ¡Justicia por lo que han hecho esos imbéciles! ¡Un futuro para los dos! ¿Qué podría haber de malo en eso?

Las palabras las sintió como un golpe.

Kagome lo miró boquiabierta, ensanchando los ojos. El tamboreo de su pulso se aceleró de un modo vertiginoso, creciendo rápidamente para convertirse en un tamborileo atronador que resonó con tanta fuerza en sus propios oídos, que ahogó casi todo lo demás.

—Oh.

El patético sonido fue lo único que consiguió decir mientras él bajaba la cabeza, su frente descansó ligeramente contra la de ella. La totalidad de su visión se vio consumida por el dorado de sus ojos, la expresión allí se suavizó una vez más.

—Perdón —murmuró, cerrando aquellos ojos brillantes—. No… no quiero asustarte. Solo estoy jodidamente cansado de esto. De todo. Y si podemos arreglarlo, si podemos arreglarlo y puedo quedarme a tu lado, entonces…

Se interrumpió, abriendo los ojos para encontrar los de ella una vez más.

Kagome se obligó a respirar hondo. Se pasó distraídamente la lengua por sus labios, su boca repentinamente seca como si hubieran pasado días desde que había bebido por última vez. Asintió ligeramente.

—No pasa nada —dijo, las palabras un poco rígidas cuando salieron de ella—. Lo entiendo. Y tienes razón. Fui yo la que dijo que quería justicia, ¿no? Es que… estaba tan asustada de que después de todo esto te hubiese perdido. Es decir, después de todo lo que he oído sobre que vas a anunciar pronto tu elección de Emperatriz…

Se interrumpió, levantando la mirada hacia él a través de sus pestañas en busca de una reacción. Él frunció el ceño, su agarre en los laterales de su rostro se apretó un poco.

—Kagome, yo… —dijo, negando ligeramente con la cabeza—. Lo siento. Pensé… joder, no sé. Estaba herido. Pensaba que, tal vez si extendía eso, podría ponerte…

—Celosa —terminó Kagome en su lugar—. Querías ver cómo reaccionaría. Para atraerme otra vez hasta ti.

—… Lo siento.

Kagome se mordió el labio, sus pensamientos daban vueltas mientras intentaba ponerlo todo en orden.

El silencio y la oscuridad que los rodeaban eran tan profundos como cualquier cueva. Incluso en su sentido espiritual, no había nada que estuviera cerca de ellos y el nudo de su estómago se apretó cuando se dio cuenta de que de verdad estaban solos los dos. No habría nadie para impedir lo que fuera a venir a continuación.

Era la resolución que había venido buscando aquí. Tal vez no era exactamente como había esperado que fuera, pero de un modo u otro, al fin había llegado el momento para ello.

Kagome levantó las manos y las apoyó suavemente sobre las de él donde todavía acunaban su rostro. Le ofreció una pequeña sonrisa.

—No pasa nada —dijo en voz baja—. Lo entiendo. No es como si yo no hubiera hecho mi parte para llevarnos hasta esto. Es que…

Se interrumpió, agarrándole las manos con más fuerza. Se movieron en su agarre, sus dedos se enredaron con los de ella mientras sus manos entrelazadas bajaban para descansar entre ellos.

—Da miedo —dijo—. La he llevado conmigo durante tanto tiempo e incluso ahora me resulta difícil entender de lo que puede ser capaz realmente. Entender la idea de usarla de verdad. ¿Y si cometo un error?

—Por eso lo hacemos juntos —dijo, apretándole las manos—. Hemos llegado hasta aquí, ¿no? Solo hay que ir ahora un poco más lejos. Hasta el final.

—Hasta el final —repitió ella, tragándose la sequedad de su garganta.

Él le ofreció una pequeña sonrisa, sus colmillos alargados asomaron sobre su labio inferior. Guio sus manos todavía entrelazadas hasta que descasaron ligeramente sobre su cadera.

Justo sobre la Perla.

Cada vello de su cuerpo se erizó cuando la sintió palpitar en respuesta, una sensación que nunca antes había experimentado. Parecía como si todo su cuerpo estuviera en llamas, canturreando con una energía que no era la de ella.

Y entonces, para gran horror suyo, una luz sí emergió, casi cegadora en su intensidad, desde debajo de sus manos unidas.

La Perla estaba emergiendo.

A Kagome casi le cedieron las piernas, el impacto de ello y la cantidad de energía que el brillante orbe parecía extraer de ella casi fue suficiente para hacer que se desmayara. Por pura fuerza de voluntad, se aferró a la consciencia, los bordes de su visión se oscurecieron mientras sus ojos buscaban los de él.

La luz de la Perla se deslizó macabramente sobre las facciones de él, reflejada en la intensa oscuridad de unos ojos que parecían haberse vuelto todo pupila.

Una lenta sonrisilla curvó hacia arriba las comisuras de sus labios. Con una sacudida, Kagome se dio cuenta de que era el momento.

Las manos de ambos salieron disparadas, cogiendo la Perla donde planeaba entre ellos. Cada uno consiguió agarrar una mitad, aferrándose desesperadamente a ella con yemas escarbantes y un cambio empezó a apoderarse inmediatamente de la Perla.

La luz cegadora se desvaneció del orbe, una extraña mezcla de colores empezó a girar bajo su superficie perlada. La mitad que Kagome había conseguido agarrar se decidió lentamente por un suave brillo rosado. La mitad que él sostenía, no obstante, estaba destiñéndose en un extraño negro entintado, zarcillos se arrastraron sobre su superficie como serpientes.

Sus miradas se encontraron.

—¡Kagome! —soltó—. ¡Para! ¡Eres demasiado débil para contenerla! ¡Te harás daño! ¡Suéltala! ¡Puedo manejarla yo solo!

La verdad de aquellas palabras tembló a través de sus miembros, cada extremidad tembló con el esfuerzo que necesitaba solo para permanecer en pie. La Perla se había llevado demasiado de ella consigo. Apretó los dientes.

Ahora o nunca.

Con un gruñido, envió hasta el último pedazo de energía espiritual que pudo reunir a la Perla a través de las puntas de sus dedos, sacándola de su mismo centro. El brillo cegador regresó con plena fuerza, un resplandor de luz que hizo que sus ojos lagrimearan y la luz empezó a expulsar lentamente los zarcillos oscuros, extendiéndose hasta que comenzó a abrasar sus dedos con garras donde todavía sostenía la Perla con fuerza.

Él siseó, con los colmillos descubiertos y la piel crepitando y pelándose de sus dedos. Su mirada voló hacia la de ella, con los ojos bien abiertos por el pánico.

—¡¿Qué haces?! —gritó—. ¡Para, por favor! ¡Me vas a matar, Kagome!

Se sobresaltó ante el sonido de su nombre en sus labios. Su sonido familiar, el pánico esparciéndose sobre facciones que ella conocía casi mejor de lo que conocía las suyas, fue casi suficiente para detener su mano.

Negó con la cabeza, mordiéndose el labio con fuerza mientras la ira resplandecía. Que la obligara a hacerle daño a él, entre todas las personas, no se podía perdonar.

Con otro resplandor de su poder, la Perla se volvió todavía más brillante, la luz blanca ardiente quemó piel y hueso.

En un abrir y cerrar de ojos, se había quemado la totalidad de su brazo, un muñón chamuscado era todo lo que quedaba. Él maldijo, retrocediendo un paso y tambaleándose para apartarse de su luz purificadora. Sus labios se retiraron en un gruñido, sus ojos dorados brillaban con ira y dolor cuando encontraron su rostro.

—¿¡Cómo has podido!? —gruñó.

—¿Cómo has podido ?

Una ola de cansancio la inundó mientras hacía ademán de seguirlo, el mundo a su alrededor nublándose en un caos de pesada oscuridad y brillante luz. Tropezó, preparándose para la caída cuando su cuerpo acabó por traicionarla.

No llegó nunca. En cambio, una mano se estiró, atrapándola.

Desafortunadamente, la mano no se detuvo allí, afiladas garras atravesaron la carne de su estómago como si no tuviera más sustancia que un pergamino.

Kagome jadeó, la agonía de ello tan intensa que se vio separada casi al instante de su propio cuerpo. Observó como desde la distancia, vio su rostro pálido con los ojos abiertos como platos como si fuera el de otra persona. Vio la sonrisa de satisfacción de él, observó mientras sacaba de golpe la mano y la vio reluciendo hasta la muñeca con el brillo oscuro de su sangre. Se vio desplomándose sobre la fría madera del suelo.

Se inclinó sobre ella, estirándose con la mano que le quedaba, empapada de sangre, hacia la Perla, que seguía milagrosamente aferrada entre los dedos de ella. Él le dirigió una mirada, curvando los labios brevemente con desdén mientras la cogía.

—Una lección para tu próxima vida —murmuró—. No ames nada y no sirvas a nadie.

Y entonces sacó la Perla de su flojo agarre.

O lo habría hecho si ella no hubiera concentrado hasta el último rastro de su fuerza vital que drenaba rápidamente en el orbe. Él maldijo, retirando la mano, aunque el pequeño resplandor de poder hizo poco más que chamuscar las puntas de sus dedos. Volvió a estirar la mano, sus ojos empezaban a ponérsele rojos mientras la Perla permanecía atada por lo que quedaba de su voluntad a su mano.

Pero esta vez, él no la soltó, alimentando su propio youki en su mitad de la Perla manchada de sangre. Empezó lentamente a ponerse negra una vez más, esos mismos zarcillos oscuros serpenteando en su interior. Un cosquilleo de pánico se deslizó a través de ella, aunque estaba tan distante, tan alejada de la escena mientras la observaba desarrollarse, que la sensación casi parecía pertenecerle a otra persona.

Aun así, Kagome aguantó, siguió alimentando los últimos vestigios de su vida hacia el orbe, si era por pura terquedad o por algún eco de su desvaneciente voluntad, no sabría decirlo. Sus energías se entrelazaron y se enfrentaron en el centro de la Perla, ninguna cediendo ante la otra.

Pero era solo cuestión de tiempo. Kagome había pasado por esto antes. Sabía perfectamente que estaba demasiado lejos de ser salvada. En cuando exhalase su último aliento, la pelea estaría perdida y la Perla sería suya.

El dolor agudo que sintió al pensar en esto fue mucho más fuerte, incluso apagada como estaba por el agotamiento y la distancia. Todo esto, toda la planificación, el esfuerzo y el sufrimiento que se había necesitado para llegar allí y aun así se había desmoronado al final. Había fracasado, no para ella, sino para aquellos que quedarían atrás.

Sobre todo, le había fallado a él.

A través de la neblina de las lágrimas que se estaban acumulando, su mirada buscó su rostro. Sus facciones estaban distorsionadas, una máscara de ira y algo que rayaba en la locura, pero aun así eran aquellas facciones que tanto amaba.

Las lágrimas se desbordaron, aunque incluso las sintió frías mientras bajaban por sus mejillas para acumularse en el suelo bajo su cabeza. Envió silenciosamente una plegaria a cualquier kami que estuviera dispuesto a prestarle atención. Podían hacer lo que quisieran con su espíritu, enviarlo a cualquier parte o quedárselo como una ofrenda suya para ellos si lo salvaban a él.

En contra de su voluntad, sintió que sus ojos empezaban a ponerse en blanco. Aun así, fijó los ojos en él, decidida a que al menos su rostro fuera lo último que fuera a ver.

Inuyasha…

Kagome podría haber jurado que oyó el eco de su propio nombre en respuesta, pero no quedaba nada dentro de ella para responder a la llamada. Solo pudo observar mientras él se daba la vuelta, con los ojos ensanchados con repentina alarma y llevándose la Perla consigo mientras se marchaba.

O al menos lo habría hecho.

Ante su repentino y enérgico tirón, un crujido recorrió la Perla, un destello de luz cegadora manó de ella mientras se partía por la mitad. Su oscuridad se separó de su luz, dejando a cada uno con una mitad aferrada en la mano.

Cuando el estallido de luz cegadora se desvaneció, también lo hizo la vista de Kagome. La oscuridad cayó sobre ella como un velo y no supo nada más.


Hasta que sí lo supo.

Kagome se incorporó con una sacudida, jadeando en busca de aire como si acabara de emerger de la más profunda de las profundidades. Su mano fue instintivamente a su estómago, palpando en busca de una herida que no estaba allí. Su traje estaba abierto, pero la piel bajo él estaba entera y suave como lo había estado siempre.

Un par de manos cálidas agarraron los laterales de su rostro, girándolo con urgencia para encontrarse con unos ojos dorados bien abiertos. Kagome jadeó, intentando apartarse, solo para ser sostenida rápidamente.

—¡Eh, eh! —dijo—. ¡Soy yo! No pasa nada, soy yo.

Tenía el rostro demacrado, sus facciones mortalmente pálidas y salpicadas de sangre. Una herida superficial iba desde la línea del nacimiento de su pelo hasta el borde de su mandíbula en el lado contrario, aunque esta ya parecía estarse cerrando. Pero era la expresión en sus ojos, la ansiosa desesperación, la que le dijo con más claridad que cualquier otra cosa que de verdad era él.

¡Inuyasha!

Lanzó los brazos alrededor de su cuello, aferrándose a él con todo su ser. Él le devolvió el abrazo con diez veces más fuerza, aunque tuvo cuidado de evitar poner cualquier presión en la zona de la herida inexistente. Enterró su rostro contra el hombro de ella, una confusa mezcla de maldiciones entrelazadas con su nombre saliendo en un aparente flujo sin fin de sus labios. Sus brazos temblaron a su alrededor y rozó varias veces con sus labios el pulso de su cuello como para asegurarse de que seguía latiendo.

Cuando fue capaz de abrir los ojos, Kagome se sorprendió aún más de ver a Sesshoumaru de pie justo detrás de Inuyasha. Con un fluido movimiento, envainó su espada en su cadera y una comprensión golpeó a Kagome con la fuerza suficiente para quitarle el aliento.

Había ocurrido de verdad. Todo ello, hasta el último detalle. Él había estado allí, como ellos habían esperado, pero se había disfrazado completamente, de una forma que ninguno de ellos había sabido que fuera capaz de hacer. De algún modo, su trampa se había visto frustrada; su plan, arruinado. De algún modo, la Perla había salido de ella a la fuerza, él la había destrozado. Y la había matado, la había matado de verdad. Y Sesshoumaru, de entre todas las personas, la había traído de vuelta como había hecho con Rin.

Se sintió mareada. Sintió como si fuera a ponerse enferma. Se aferró a Inuyasha, desesperada por su calidez y solidez. La acunó contra él, las maldiciones se convirtieron en dolorosas y silenciosas disculpas exhaladas contra su oreja.

… Pero, entonces, si de verdad había ocurrido todo, ¿dónde estaba él?

Siguiendo la dirección de la mirada de Sesshoumaru, obtuvo su respuesta con bastante rapidez. No muy lejos, una figura estaba arrodillada al lado de un montón poco definido, la hoja sin transformar de la Tessaiga sobresalía de él. Lentamente, sus ojos perforaron la oscuridad, las figuras se resolvieron en algo que pudo reconocer, aunque todavía se esforzaba por comprenderlo.

La figura arrodillada era Kagura, les daba la espalda mientras sus manos se cernían con incertidumbre sobre la segunda persona estirada en el suelo. Aunque seguir llamando a la segunda cosa persona parecía una exageración.

La figura era un caos sangriento, su carne estaba hecha casi jirones y el torso estaba partido limpiamente en dos. Lo que quedaba de su rostro era igual de grotesco, la mitad de sus facciones seguía siendo una perfecta réplica de las de Inuyasha. La otra mitad era la de un hombre con largo pelo oscuro como la tinta y piel pálida como la nieve. El ojo de esa mitad de su rostro era de un horrible color rojo sangre, totalmente abierto con ira y sorpresa.

Una repentina risa extraña y aguda empezó a llenar la sala. Kagome se sobresaltó dentro de la cuna de los brazos de Inuyasha, segura por un loco instante de que debía de provenir de él. Sesshoumaru se movió, avanzando un paso hacia Kagura y Kagome se dio cuenta de que provenía de ella. La totalidad de su figura temblaba con su fuerza, el sonido se volvió tan fuerte que casi sonaba como si estuviera gritando.

Estiró la mano abruptamente, perforando con un chapoteo nauseabundo la carne del mutilado cuerpo. Continuó estremeciéndose con aquella horrible risa histérica mientras su mano hurgaba dentro del cuerpo, detenida solo por un grito agudo cuando encontró lo que buscaba.

Sacó una oscura cosa palpitante, levantándose con ella acunada entre sus manos. Un corazón, se dio cuenta Kagome cuando la youkai se giró hacia ellos. En sus manos sostenía un corazón que todavía latía.

—Soy libre —murmuró, las palabras resonaron en el silencio del Daigokuden—. Al fin soy libre.

La sonrisa que iluminó sus facciones moteadas de sangre fue tal vez la primera auténtica que Kagome le hubiera visto nunca a ella. Cuando levantó la mirada para encontrar la de Sesshoumaru, los años parecieron abandonarla, su expresión brilló con un éxtasis infantil tan radiante que, por un momento, incluso perforó la ciénaga de los enredados pensamientos de Kagome. Sintió que las comisuras de sus labios se elevaban hacia arriba, imitándolo.

—Lo conseguimos —dijo sin aliento—. Naraku está muerto.


Nota de la autora: Me doy cuenta de que hay mucho en este capítulo que probablemente no esté claro o que posiblemente sea confuso, pero ¡tomadme la palabra de que la mayoría es intencionadamente vago y se explorará en futuros capítulos!

Nota de la traductora: Con este capítulo nos ponemos al día con la autora, lo que significa que ya no habrá capítulo la semana que viene (a menos que por algún milagro actualice eien-no-basho, porque entonces yo iría corriendo a traducir). Cuando haya un capítulo nuevo, prometo priorizar este fic y traerlo lo antes posible, pero dadme un margen (una semana o dos, dependiendo), que ya sabemos que a esta autora le encantan los capítulos enormes.

Ha pasado casi un año en el que he actualizado primero semanalmente, luego cada dos semanas y ahora, al final, semanalmente de nuevo. Y ha sido agotador, pero el fic me encanta y vuestros ánimos me daban muchas fuerzas, así que seguí lenta pero segura. Quiero daros muchísimo las gracias por los reviews que habéis dejado en el último capítulo y en todos los anteriores. Si he conseguido mantener este ritmo constante, ha sido gracias a eso, sin duda.

La redacción de este capítulo me ha supuesto un nuevo reto, porque ha sido más enrevesada que de costumbre, a lo que hay que añadir lo confuso que es. Vamos, que he sufrido como si acabara de empezar a traducirlo y tuviera que acostumbrarme aún al estilo de la autora.

Este sábado comenzaré a publicar una traducción nueva llamada Música de ascensor. Es un fic más ligero que este y también con limitación en su extensión, como en el caso de Una palabra, pero esta vez serán 1000 palabras por capítulo. Tengo una traducción de un fic de trama densa como Tras la pantalla de seda preparado para empezar a traducirlo, pero este no saldrá o hasta finales de mayo o principios de junio, así que de momento no os puedo decir el título porque no he decidido muy bien cómo va a ser en español.

Además, ayer TouchofPixieDust (la autora de fics como El bebé de Kagome) volvió a publicar en FanFiction, así que aproveché y le pedí permiso para traducir los fics que me faltaban de ella. Como veis, voy a seguir subiendo traducciones durante bastante tiempo.

Sin más que añadir, me despido. Espero vuestros reviews y vuestras teorías, ahora que puedo comentar con vosotros con libertad y sin temor a haceros spoilers.

¡Hasta pronto (espero)!