Abraza la manada

15

Feliz cumpleaños, jefe

Era sábado, apenas había amanecido y el silencio de la casa de la manada era tranquilizador. Candy revisó por enésima vez que el moño de la caja fuera perfecto. Se dio un último vistazo en el espejo y salió de su habitación al oír el leve llamado a la puerta. Era Sofía.

—Buenos días —dijo la mujer mayor—, todo está listo. —Le señaló la bandeja que llevaba en las manos.

—¡Gracias! —. La voz de Candy era un murmullo, pero no ocultaba la emoción.

Sofía le guiñó un ojo y tras darle la bandeja se retiró del pasillo.

Candy hizo malabares para llegar hasta la puerta de Anthony. En una mano llevaba la caja de regalo y en la otra, la bandeja de comida. Necesitaba una tercera para poder llamar a la puerta. Puso la bandeja en una mesilla que había en el corredor y tocó la puerta de Anthony, de inmediato recuperó la charola y esperó a que él abriera, lo que no tardó mucho en pasar.

Anthony estaba a punto de salir. Su ropa era bastante informal y hasta desgastada, pero Candy pasó por alto esto debido a la emoción que sentía.

—¡Candy! —exclamó Anthony en cuanto la tuvo frente a sí. Miró lo que traía en las manos y una enorme e incontrolable sonrisa se dibujó en su cara.

—¡Feliz cumpleaños, Anthony! —exclamó ella tan pronto lo vio abrir la puerta. Levantó un poco la charola para que él viera el contenido.

—¡Gracias! —No tuvo tiempo de decir más porque Candy siguió hablando.

—No sabía que te levantabas tan temprano para tu entrenamiento. Víctor me dijo que siempre eres el primero en entrenar con Aaron y Lucille y que nunca comes antes de las nueve de la mañana. —Anthony asintió y tomó la charola para que Candy no la tirara—. Pero hoy es un día especial, así que te traje esto —sus ojos verdes bajaron a la taza de café y las galletas—, espero que te gusten. Yo las hice —dijo con orgullo y Anthony no ocultó la sorpresa de su semblante.

—Pasa —dijo él haciéndose a un lado para que Candy entrara a su habitación—. Huelen bien. —Olfateó la comida y no mentía. Puso todo en una mesa alta que había en el centro de la habitación y se metió una galleta entera a la boca—. ¡Y saben bien! —dijo con la boca llena, a lo que Candy sonrió, complacida porque la receta no le hubiera fallado, aunque no había manera de fallar, pues era de la Hermana María y una de sus elaboraciones más sencillas que la rubia había aprendido a hacer desde hacía dos años, por lo que había tenido bastante tiempo de practicar, aun así, los nervios persistían. Anthony bebió un trago de café. —Es como me gusta —murmuró.

Candy sonrió con suficiencia y esperó a que Anthony se comiera una galleta más.

—Esto también es para ti —dijo con impaciencia mientras le entregaba la caja.

Anthony recibió el regalo y le besó la frente al tiempo que murmuraba palabras de agradecimiento. Estaba un poco nervioso porque era el primer cumpleaños de su vida que pasaba con ella y nunca esperó que lo visitara a primera hora de la mañana.

Abrió la caja evitando romper el moño que tanto cuidaba Candy aun cuando ya había entregado el regalo. Puso la caja sobre la mesa y tomó entre sus manos una suave y blanca bufanda tejida a mano. La sacó con cuidado y olió el perfume que emanaba de la prenda, era ligero y agradable.

—¿Te gusta? —preguntó Candy cuando Anthony sin ceremonia alguna se probaba la bufanda y asentía complacido—. Yo la hice —dijo en voz baja y, de repente, ruborizándose.

—¿En serio? —exclamó Anthony con la clásica emoción de recibir un obsequio—. ¡Es perfecta! —Observó con detenimiento la calidad del estambre y la puntada, aunque no tenía ni la más remota idea de lo que veía.

—Es punto inglés —dijo Candy acercándose para acomodarle la bufanda a modo que quedara elegante y robusta—, sé que no pasas frío por la temperatura natural de tu cuerpo, pero este tono me recordó mucho a tu lobo. Es tan blanco que brilla.

Anthony no perdió la oportunidad y abrazó a Candy.

—Me encanta —le besó la nariz—, y me encanta que la hayas hecho tú. —Tomó las manos de Candy entre las suyas y las besó con ternura—. Ahora —dijo con una amplia sonrisa—, dame un verdadero abrazo de cumpleaños.

Candy lo abrazó con fuerza y tras separarse un poco, le besó la mejilla, pero Anthony no se conformaría con ese gesto y buscó su boca. Se besaron lentamente, con cariño y ternura, y por largo rato.

—No había entrado aquí —murmuró Candy después de terminar el beso y echando una mirada por la habitación de Anthony. Él dio un paso hacia atrás y la dejó explorar su espacio privado.

Candy recorrió la pieza: la cama era enorme y ya estaba hecha; un escritorio pegado a la pared estaba lleno de libros y hojas sueltas, al parecer Anthony también se llevaba el trabajo a la cama.

Anthony la miró pasearse por su espacio, pasando la mano por encima de los muebles, mirándolo de reojo y sonriendo. La mano de Candy se detuvo sobre un estuche de piel que había en una mesilla, casi oculta en un rincón de la habitación.

—Esto es… —Candy volteó a ver a Anthony, quien ya acortaba la distancia que los separaba al tiempo que asentía con la cabeza—, ¿puedo…? —preguntó.

Anthony volvió a asentir y él mismo abrió el estuche, permitiendo a Candy ver las partes de una gaita escocesa, pues estaba desarmada.

—¿Hace cuánto que no tocas la gaita?

Anthony se encogió de hombros sin saber la respuesta, por lo que Candy supuso que hacía mucho tiempo que él no tocaba ni una sola nota musical.

—¿Ya se te olvidó cómo se hace? —preguntó para molestarlo.

Anthony bufó, ahogando una risa orgullosa.

—¡Qué va!, puedo volver a tocarla en cualquier momento.

—Me gustaría oír eso —sonrió Candy mientras pasaba la mano con sumo cuidado por las piezas del instrumento.

Anthony tomó la mano de Candy que reposaba sobre la gaita y con la otra le rodeó el cuerpo.

—Tocaré para ti. —Prometió antes de depositar un dulce beso en los labios de Candy.

La joven siguió su recorrido y el balcón llamó su atención. Caminó hasta él y Anthony volvió a escoltar sus pasos. Deslizó la puerta de cristal y disfrutó la vista que se le presentaba. El bosque lucía hermoso al amanecer, pues el sol se colaba entre los árboles y causaba una gama de colores en los troncos y en las copas de estos, así como en la tierra. Las aves estaban despertando y el ruido era caótico y divertido.

Candy sonrió en cuanto Anthony la rodeó por detrás con sus brazos y ella apoyó la cabeza en su pecho. Él le besó el cuello y apoyó su mentón en el hombro de la rubia.

—Es una vista hermosa —dijo Candy con la mirada fija en el bosque, absorbiendo la belleza que le regalaba la naturaleza.

—Lo es —respondió él por lo bajo, pero Anthony no se refería a la vista que ofrecía la naturaleza, sino a la del hermoso y juvenil rostro de Candy.

La joven rio y se asomó al balcón en cuanto oyó el aullido de un lobo muy cerca de la ventana.

—Debes irte —dijo Candy girando sobre sus talones para quedar frente a frente con Anthony.

—Podría faltar —sugirió Anthony con una mirada de complicidad.

—¡Claro que no! —se negó la rubia—. No quiero que digan que soy una mala influencia para ti.

Lo empujó al poner las manos en su pecho y lo hizo retroceder unos pasos. Anthony rio y tomó a Candy de las muñecas, las llevó a sus espaldas y le plantó un profundo beso en los labios, uno que Candy no previó y que la dejó aturdida.

—Te veo luego —dijo Anthony, satisfecho por la reacción de su compañera ante su beso—. Gracias por mis regalos. —Le guiñó un ojo antes de tomar otra galleta y salió de su habitación, dejando a Candy ahí, en medio del balcón.

Anthony bajó corriendo las escaleras y acelerando el paso se reunió con Aaron y Lucille. Corrieron hasta un amplio claro una vez que Anthony se transformó y empezaron el entrenamiento que no era para nada parecido al que Candy había visto el día anterior. Este era mucho más rudo, agresivo y sin derecho a descanso o a retroceder, pero ninguno de los tres lo hacía, después de todo, se trataba del jefe y dos de los mejores y más fuertes guerreros de la manada.

A pesar de ser sábado, la actividad en la casa de la manada no paraba y mucho menos ese día que era el cumpleaños del jefe Anthony. Después del almuerzo, los más pequeños lo felicitaron uno por uno y le dieron bastantes ideas de cómo celebrar, sugerencias de las que Anthony y Candy tomaron notas para las próximas celebraciones. Recibió regalos de los adultos, y Zachary, junto con su esposa, visitaron la casa por la tarde para dar sus felicitaciones al jefe de parte de todos los cambiantes de Harmony.

—Zachary, Rachel, les presento a la señorita Candy White, mi compañera. —Anthony presentó a Candy con orgullo.

—¡Al fin la conocemos! —exclamó Rachel y abrazó a Candy como si la conociera de toda la vida. La rubia correspondió al abrazo y agradeció los cumplidos a su belleza que la pareja le hizo después de las presentaciones.

—Esperamos verla pronto en Harmony —dijo Zachary.

—¡Tengan por seguro que iré! —exclamó Candy emocionada.

—Si empieza a pedirles información sobre sus primeras transformaciones y su estatura —intervino Gabriel—, ¡huyan!

Candy le lanzó una mirada retadora, pero después estalló en risas.

En ese momento, otra pareja entró en la sala en la que se encontraban y un grito de sorpresa salió de Candy al reconocer a los cambiantes.

—¡Oliver, Laurie! —exclamó acercándose a ellos—. ¡Debí suponerlo! —Abrazó primero a la mujer y después a su compañero.

—Disculpa que no nos presentáramos como lo que somos, pero eran órdenes —dijo Oliver mirando a Anthony.

Tras el incidente con Jimmy y la pelea que Anthony y Candy habían tenido por lo mismo, el jefe les había ordenado que cuidaran de Candy en el pueblo, pero que no dijeran que eran cambiantes para que ella no desconfiara más de la manada.

—Entiendo. —Sonrió Candy y miró a Anthony, quien se acercó a saludar a la pareja y a recibir las felicitaciones.

—Tenemos algo, jefe —dijo Oliver una vez que estrechó su mano.

—Beban algo y búsquenme en mi despacho —ordenó Anthony.


Laurie y Oliver entraron al despacho de Anthony después de beber unas copas y saludar a los miembros de la manada que salieron a saludarlos. Durante la cena charlarían con el resto, pero en ese momento tenían que darle información al jefe.

—Gracias por cuidar a Candy —dijo Anthony en cuanto entraron los tres a la habitación.

—Fue un placer —sonrió Laurie sentándose en la silla que el jefe señalaba—. Nos alegra que las cosas se hayan solucionado entre ustedes.

—A mí también. —Asintió Anthony—. Ahora, ¿qué es eso que tienen que decirme?

—Es sobre la mujer que manipuló al joven Cartwright —respondió Oliver y sacó de su chaqueta un pequeño frasco de cristal. —Es una cambiante —dijo poniendo el frasco sobre el escritorio.

—¿Cómo dices? —preguntó Anthony realmente confundido, pues no era posible que sus rastreadores no identificaran el olor de una cambiante.

—Logramos entrar a la habitación que usó en la taberna —empezó a explicar Laurie—. Fue difícil, pero encontramos su esencia de cambiante.

—¿Cómo es posible que no la identificáramos en el primer reconocimiento? —preguntó Anthony.

—Porque usó eso.— Señaló Oliver con su índice y Anthony tomó el frasco, lo abrió y olió el líquido que contenía. Era añejo, amargo y totalmente desconocido—. Es una esencia que disfraza o elimina por completo el aroma natural de cualquier cambiante. Puedes probarlo, pero esa cantidad no durará mucho.

Anthony echó un poco del líquido en las yemas de sus dedos y olfateó, pero sólo para intentar reconocer qué contenía dicha sustancia.

—Nunca había oído hablar de esto —dijo cerrando el frasco.

—No es muy fácil de hacer, se necesitan meses para destilar esta cantidad y lo que la mujer usó fue mucho más para eliminar todo rastro de su olor —explicó Oliver—, pero con el tiempo se ha disipado y por eso pudimos identificarla.

—Una cambiante… —repitió Anthony lentamente—¿por qué una cambiante usaría a un humano para atacarnos? —La pareja no respondió, pues no tenían una razón—. ¿Creen que podamos entrar nuevamente a la habitación para que podamos reconocer el aroma y rastrearla?

—Claro que sí. —Asintió Laurie—. El tabernero es bastante manipulable, así que podemos volver a entrar cuando queramos.

—Bien —asintió Anthony—. El lunes enviaré a Derek y Lucille. Si encuentran algo podemos continuar la búsqueda desde Colorado, donde perdimos la correspondencia.

Oliver y Laurie salieron del despacho de Anthony después de recibir instrucciones y dieron paso a Zachary y Rachel para hablar del nuevo negocio de mueblería que ya estaba tomando forma. Tras una breve reunión, esa pareja también salió y se unió a la organización de la fiesta y a recibir a otros cambiantes para la celebración.

—Te tengo una sorpresa —dijo Candy con una enorme sonrisa de satisfacción cuando entró al despacho de Anthony cuando este había terminado sus reuniones.

—¿Otra? —preguntó Anthony dejando caer el bolígrafo que sostenía sobre el escritorio.

—Bueno… es una sorpresa, no un regalo —explicó Candy—. Esos se me terminaron —dijo bajando la mirada, apenada por hacer creer a Anthony que tenía más regalos de cumpleaños para él.

—Dime ya. —La animó Anthony echándose hacia atrás en su silla—. ¿Qué es?

—¡Terminé el registro! —exclamó emocionada y avanzando hacia él.

—¡Tan pronto! —preguntó Anthony con asombro, pues se suponía que el registro llevaría semanas.

—Tienes una manada muy obediente —sonrió Candy y se sentó frente a Anthony, recargando sus codos en los reposabrazos—. Tengo registro de todos los adultos, incluidos los tuyos, con los datos que yo necesitaba y, además empecé el historial de todos —explicó complacida—, resulta que se fracturan con más frecuencia de lo que esperaba.

Anthony rio.

—Los dejaré descansar unos días mientras analizo los datos y después iniciaré con los niños y adolescentes —continuó Candy.

Aunque Anthony ya sabía el proceso que ella había establecido para su trabajo; aun así, la volvió a escuchar con atención.

—Después podría ir a Harmony a continuar con el registro de los cambiantes que viven ahí —explicó y agregó que, ahora que sabía quiénes eran los cambiantes del lado del Hogar de Pony también podría atenderlos.

No se sorprendió cuando Anthony le dijo que había varios cambiantes más en ese territorio y que varios eran conocidos por Candy.

—¿Necesitas algo más para continuar?

—No, tengo todo lo necesario —respondió Candy cuando terminó su explicación—. Aunque…

—¿Sí?

—Quería pedirte algo, pero no tiene nada que ver con el registro.

Anthony se inclinó hacia el frente y esperó a que siguiera hablando.

—Hace unos días, hablando con Odette, me contó que necesita reemplazar algunos volúmenes de la biblioteca y conseguir otros tantos para los niños.

El jefe asintió.

—Yo le dije que en el Hogar de Pony —continuó Candy—, antes del invierno, vamos a Chicago a conseguir material escolar, y también regalos navideños para los niños…

—De acuerdo…

—Y le dije que tal vez, si tú lo autorizas, podríamos ir juntas a proveernos de material. Ella para la biblioteca y yo, para el Hogar.

Anthony asintió lentamente, llevándose una mano al mentón.

—¿Cuándo piensas ir? —preguntó tras un instante de silencio y buscar en su escritorio un calendario.

—No tengo prisa —contestó Candy—, siempre y cuando sea antes de que inicie el invierno y las nevadas nos hagan difícil movernos.

—¿Sólo irían Odette y tú?

—No creo que tengamos que ir más personas.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres o cuatro días.

—¿Dónde se hospedarían?

—Conozco la ciudad, podemos buscar un hotel cerca de la estación de trenes para que nos sea más fácil cargar todo lo que compremos.

Anthony hizo unos apuntes y Candy esperó a que dijera o hiciera algo más. Al final, volvió a fijar la vista en ella y se levantó. Rodeó el escritorio y se recargó en él, al lado de Candy.

—De acuerdo —dijo simplemente y se cruzó de brazos—. Es una buena idea, pero tengo algunas condiciones.

—¡Aceptas, entonces! —exclamó Candy emocionada y se levantó también de su lugar para abrazar a Anthony.

Él la acomodó entre sus piernas y posó sus manos a la altura de su cintura.

—Con condiciones —repitió Anthony con voz firme.

—¿Cuáles? —preguntó Candy acomodando sus brazos en los hombros de él.

—Uno, dejarás que Odette cuide de ti —dijo con firmeza.

—¡Anthony, por favor! —bufó Candy—. No necesito una niñera —se quejó, pero por el rostro de Anthony, no parecía ser un punto negociable—. Pero acepto —dijo evitando las ganas de rodar los ojos—. ¿Qué más?

—La segunda es más un favor —dijo Anthony y Candy asintió vagamente—. Te daré una lista de suministros que necesitamos, también para el invierno, y ¿me ayudas haciendo un presupuesto?

—¿Yo? —preguntó Candy dando medio paso hacia atrás—. ¿En serio? —Agregó emocionada por la confianza que Anthony depositaba en ella.

—¿Podrías?

—¡Claro que sí!

—Y, por último... —Le acomodó el cabello detrás de la espalda—, en uno de tus ajetreados días que tendrás en Chicago, aparta un tiempo para ir y comprar un vestido de fiesta.

—¿Por qué un vestido de fiesta? ¡Y no digas que para una fiesta! —le advirtió—, dime los detalles.

Anthony sonrió.

—Para el fin de año —contestó él—. Faltan tres meses, pero tienes razón en que las nevadas complican todo y quiero que este año celebremos como nunca. —Le acarició la mejilla y Candy cerró los ojos, disfrutando el roce—. Quiero celebrar que te encontré y que estás aquí, conmigo. —Apretó con delicadeza el agarre a su cintura y Candy se sonrojó, sólo que no supo si por la cercanía de sus cuerpos o por las palabras de Anthony.

—No son condiciones lo que pones —dijo en voz baja—, salvo la guardia de Odette, parece que me estás dando un premio.

—El presupuesto no es un premio, créeme, soy muy estricto en las finanzas, te cuestionaré hasta el último centavo. —La voz de Anthony también bajó varios decibeles.

—Es un premio porque significa que confías en mí para ayudarte con tu trabajo en la manada. —Sonrió Candy.

—¡Por supuesto que confío en ti! —Le besó la mejilla—. Eres mi compañera.—Otro beso—. Mi alma gemela. —Una caricia en su espalda—. La dueña de mi ser.

—Anthony… —murmuró Candy mientras él depositaba un suave beso en sus labios.

Lo miró a los ojos después de eso y no encontró nada más que amor en ellos. Ella lo abrazó con más fuerza y él volvió a besarla, invadiendo lenta y placenteramente su boca hasta que su lengua bailó con la de ella, cortándole el aliento e incendiando su cuerpo que era acariciado con firmeza por las fuertes manos de Anthony. Candy se aferró a su espalda para no perder fuerza y, en un segundo, él la levantó hasta dejarla sentada en el escritorio. Sin abandonar su boca, Anthony se acomodó entre las piernas de Candy y ella le rodeó la cintura con ellas. Lo tenía tan cerca, pero quería más.

El pecho de él chocó con el de la rubia y Candy aflojó una mano para sostenerse del escritorio. Anthony retrocedió un poco, pero las piernas de ella lo hicieron volver. Uno de ellos sonrió. En un segundo recuperaron el aliento y volvieron a besarse. La mano de Anthony se coló bajo el vestido de Candy y acarició su cálida piel, mientras la otra la mantenía firme en su cintura, evitando que se moviera más de lo necesario. Ella gimió. Las caricias de Anthony estaban cruzando una frontera de una forma suave y placentera.

Sus manos recorrieron el pecho de Anthony y subieron por su rostro, hasta enredar sus dedos en su pelo. Él gimió. Dejó su boca con lentitud y bajó hasta el suave cuello de ella. Candy se acomodó, dándole espacio en esa parte de su piel donde seguía besándola.

—Mía. —Lo escuchó decir en medio de un gruñido y un murmullo.

—Tuya —dijo Candy a media voz y los besos de Anthony se detuvieron.

Levantó la cabeza, buscando su mirada. Candy tomó el rostro de Anthony entre sus manos. El deseo escapaba por sus ojos que, en cuanto se toparon con la verde mirada de ella, se tornaron ámbar.

Hazlo.

La orden no se hizo esperar. Anthony llevó una mano hasta la nuca de Candy, mientras la otra seguía sosteniéndola por la cintura baja. Con su nariz recorrió su cuello, que ella volvía a ofrecerle. Dejó un camino de besos en esa zona y se detuvo en un punto, era ahí. Sintió en su boca la necesidad de hacerlo. Cerró los ojos. Inhaló. Lamió el lugar elegido y en un segundo, hundió sus caninos en el cuello de Candy.

Candy sintió todos y cada uno de los movimientos de Anthony. Su nariz recorriendo su piel, inhalando su aroma; sus besos; su agarre. Ella se aferró a él con ayuda de piernas y brazos cuando se dio cuenta de que él había elegido el lugar. Sintió su saliva mojándola y el pinchazo, más doloroso que una aguja atravesarle la piel, pero instantáneo; un calor la invadió por dentro, como si un líquido entrara a su sistema.

No dolía, la adormecía y, al mismo tiempo activaba todos sus sentidos. Los latidos de su corazón se aceleraron, su cuerpo vibraba y, sin saber si aún era posible, sus brazos y piernas se soldaron al cuerpo de Anthony. Sintió cómo los dientes de él se hundían más en su piel y el calor se extendía por todo su cuerpo, causando una contracción en su centro. ¿Era posible que sintiera satisfacción?, ¿era posible que su cuerpo fuera a estallar de placer?, ¿era posible que estuviera disfrutando del momento? Al parecer, sí.

Ahora era suya.

El vínculo que los unía ahora era formal. Sostuvo el cuerpo de Candy que, por un momento, pareció desfallecer. Hizo sus rubios cabellos a un lado para poder ver con claridad la marca. Ahí estaba, al fin, fresca y roja en su blanca piel. Besó su cuello otra vez y Candy soltó un leve quejido. Tenía los ojos cerrados y los apretaba. Sus mejillas estaban encendidas. Anthony sacó un pañuelo de su bolsillo e hizo presión en la reciente herida, limpiando unas cuantas gotas de sangre. Candy abrió los ojos y se topó con la mirada azul de Anthony. Recargó su frente en la de él y suspiró. Anthony no tenía idea de lo que pasaba por la mente de Candy.

—¿Cómo te sientes? —preguntó cuando ella llevó su mano a la marca y sostuvo el pañuelo.

—Tengo sueño —fue lo primero que respondió con voz ronca, como si acabara de despertar.

Anthony sonrió, aliviado de que no presentara algún síntoma fuera de lo normal. Ella aflojó el abrazo, pero no lo soltó y Anthony la cargó, aún rodeado de sus piernas, hasta el sofá del despacho, donde la depositó con lentitud.

—Duerme un poco —dijo en voz baja mientras la ayudaba a acostarse.

Ella obedeció y se acomodó de lado, aun sujetando el pañuelo que cubría la marca. Anthony lo tomó y volvió a verificar que no hubiera nada extraño, tal vez más sangre o algún enrojecimiento. No había nada, solo su marca.

—¿Todo bien? —preguntó Candy más dormida que despierta y mostrándole el cuello.

—Perfecto —contestó Anthony con una sonrisa de satisfacción, pero preguntó—: ¿te sientes bien?

—De maravilla —contestó arrastrando las palabras hasta quedarse profundamente dormida con una leve sonrisa dibujada en su rostro.

Anthony respiró con alivio y le besó la frente. La cubrió con una ligera manta y se quedó al lado de Candy, velando su sueño, velando el sueño de su compañera.


—¡Tres horas! —exclamó Candy—. Anthony, ¿dormí tres horas? —Miró otra vez el reloj y se frotó las sienes.

—Tenías que descansar —contestó Anthony con paciencia.

Estaban sentados en el sofá, uno al lado del otro.

—Sí, pero… hay muchas cosas que hacer para la cena de hoy y prometí ayudar. —Recargó su espalda en el sofá y Anthony la rodeó con sus brazos.

—Creo que tienes una muy buena razón para no haber ido.—Le besó la frente—. ¿Tú no?

Las mejillas de Candy se tiñeron de rojo y bajó la mirada hasta sus manos, entrelazadas en su regazo—. ¿Ahora es oficial? —preguntó.

Anthony le acarició el rostro y, tomando su mentón hizo que lo mirara a la cara.

—Es oficial —dijo por lo bajo—. Eres mía.

El rostro de Candy volvió a sonrojarse.

—Y yo soy tuyo —agregó y su voz, al sonar suave y firme, provocó un huracán en el interior de Candy.

La besó con tanta delicadeza que los labios de Candy no tuvieron tiempo de reaccionar.

—Te quiero, Anthony —dijo ella cerrando los ojos, invitándolo a besarla una vez más…


Si había algo que los cambiantes amaban hacer era celebrar. La fiesta de bienvenida de Candy había sido espectacular, pero la de cumpleaños de Anthony fue todavía más grande, con más cambiantes, más comida, más música y mucho más escándalo, que se extendía hasta las afueras de la casa.

—¿Cansada? —preguntó Anthony al oído de Candy cuando la dejaron sentarse después de tres bailes seguidos.

Había bailado con Víctor, Aaron y los niños.

—Un poco —respondió Candy aceptando la copa que Anthony le ofrecía. Tenía la frente perlada en sudor, las mejillas rojas y la respiración entrecortada.

—Si quieres, podemos retirarnos. —Le acarició el cuello. Tal vez quieras dormir más, ¿cómo te sientes?

Anthony estaba más preocupado sobre la reacción que su cuerpo podría tener después de la marca, pero a Candy parecía no importarle. Estaba demasiado feliz y con mucha energía como para irse a dormir.

—Estoy bien, no te preocupes —le besó la mejilla—. Es más, ¿bailas conmigo? —le tendió la mano y Anthony la siguió—. Es tu fiesta después de todo.


Era inútil. No importaba cuántas ovejas contara ni cuántas veces recitara en su memoria la tabla periódica de los elementos, simplemente no podía dormir. Cambió de posición tantas veces que deshizo la cama y tiró una almohada, pero no había forma. Tal vez era por la adrenalina de la fiesta o la siesta de tres horas que había tomado después de que Anthony, finalmente, la marcara. Sonrió. Se llevó una mano al cuello y recordó el momento, tal vez eso la ayudaría a dormir. Mala idea.

La habitación de Anthony estaba cruzando el pasillo, estaba lo bastante cerca como para mantenerla tranquila. Había leído que, después de recibir la marca de un compañero, había una necesidad casi nerviosa de estar cerca de él, era algo natural, pero los textos no decían qué tan cerca debía estar para calmar esa necesidad. Unos metros debían ser suficientes, ¡sólo estaba del otro lado del pasillo!, lo vería por la mañana. Sólo debía esperar unas horas…

"Sólo unos minutos" se dijo al ponerse la bata, "sólo hasta que pueda dormir" se repitió al girar la perilla "volveré a la cama después de verlo unos minutos" se prometió al cruzar el pasillo "Sólo…" la puerta de Anthony se abrió antes de que ella pudiera golpearla. Tenía puesta ya un pijama negro y su cabello estaba alborotado.

—¡Anthony! —exclamó con una mezcla de sorpresa y alivio.

—¿Estás bien? —preguntó de inmediato Anthony mirándola de arriba a abajo.

La última vez que la había visto con ropa de dormir eran unos niños; fue aquella vez en que Elisa tuvo un accidente y Anthony pasó todo el día a su lado y volvió a casa de los Andley hasta muy entrada la noche. Candy lo había estado esperando y salió de su habitación en pijama y cubierta con su bata, justo como ahora. Solo que ahora era una mujer, una hermosa mujer con el cabello suelto, cayendo por sus hombros y espalda, cubierta con una bata blanca de seda que marcaba perfectamente su figura.

Candy se sintió expuesta, nerviosa por la mirada de Anthony sobre ella, pero también relajada por su presencia. Aun así, se cruzó de brazos y bajó la mirada.

—Yo…—¿cómo podía decirlo sin que sonara ridículo? — No puedo dormir. —Se rindió ante la verdad.

—Tampoco yo —contestó Anthony de inmediato y sujetó la perilla de su puerta.

Era el vínculo, él lo sabía, pero ingenuamente esperaba que los efectos de las primeras horas no fueran tan intensos en Candy.

—Es…

—Sí…

Guardaron silencio.

—¿Quieres pasar? —preguntó Anthony frotándose el cuello.

Los ojos de Candy se abrieron tanto que Anthony temió haberla ofendido. Era irrisorio cómo en algunos aspectos de su relación parecían retroceder veinte pasos.

Lo único que se le ocurrió decir a ella fue: —No quiero importunar.

La sonrisa de Anthony negaba esa posibilidad. Dio un paso a un lado y con un ademán la invitó a su habitación. La única iluminación que había provenía de la mesa de noche.

—Candy —dijo él tomándola de la mano y guiándola hacia la luz—, no quiero incomodarte, lo juro —empezó a decir—, pero sabes que es el vínculo, la marca, que nos prohíbe estar separados. —Ella asintió; claro que lo sabía—. Así que… ¿por qué no te quedas esta noche aquí?

¡Listo!, lo había dicho.

¡Lo había dicho! ¡Él lo había dicho!

—¿Puedo? —preguntó en un susurro.

Anthony asintió. Fue al pie de la cama y jaló las sábanas. Tomó a Candy del antebrazo y la guio hasta esta. Sin perder el contacto visual, la recostó en la cama y ella se acomodó, la arropó y rodeó la estancia para acostarse del otro lado, sobre las cobijas.

—No, por favor. —Lo detuvo Candy y las movió para que se acostara debajo de las sábanas, al lado de ella, sin barreras—. Es tu cama.

Anthony asintió y se acomodó de lado para poder verla, ella hizo lo mismo y quedaron acostados, frente a frente.

—Si te sientes incómoda, dímelo —dijo Anthony deslizando una mano debajo de su almohada.

—No —sonrió ella—, estoy bien, solo… no creo que sea algo correcto.

—¿Lo sientes como algo incorrecto?

—No.

—Entonces no lo es —la mano que tenía libre se la ofreció y ella la tomó.

Pupilas verdes y azules se comunicaron en ese pequeño y cómodo espacio. Él estiró el brazo que tenía bajo la almohada y ella se acomodó en el abrazo que le ofrecía, lo abrazó de vuelta y respiró con tranquilidad. La ansiedad se había ido.

—¿Anthony? —murmuró antes de quedarse dormida.

—¿Mmm?

—Feliz cumpleaños.


¡Hola, a todas! Gracias por seguir en esta historia, espero que les siga gustando y que este episodio haya sido de su agrado.

Gracias a quienes leen y comentan de forma anónima y en particular a:

Cla1969: Hola, ¿cómo estás? Gracias por regalarme siempre tus comentarios, ojalá que este capítulo te haya gustado y nos leamos en el siguiente. ¡Saludos!

Mayely León: ¡Hola!, mil gracias por tus comentarios, bendiciones a ti también.

GeoMatzR: ¡Hola! Muchas gracias por comentar cada episodio, siempre es un gusto leerte. La oferta de los celotes estuvo buena porque ¡al fin pasó! Ja, ja. Te aviso que implantaste en mi mente la imagen de Anthony jugando con Terry como peluche; no sé, tal vez, puede ser… —diría Capulina—, por lo pronto, que se quede en Nueva York cargando su cruz, digo… a su querida esposa. Te reitero mi agradecimiento y espero que este capítulo te haya gustado un poquito.

María José M: ¡Hola! ¿a dónde te mando el premio por adivinar la naturaleza de Oliver? Ja, ja y un reconocimiento extra porque diste en un punto que a mí me importaba mucho y es el hecho de que Anthony volviera a la vida de Candy cuando ella ya hubiera superado todo lo ocurrido con Terry para que no hubiera indecisión ni amor dividido o situaciones parecidas. Mil gracias por tu atenta lectura y ten por seguro que habrás más capítulos dobles para que te sacrifiques.

Nos leemos pronto

Saludos

Luna