Disclaimer: Los personajes que reconozcáis y el universo le pertenecen a JK Rowling. La historia es mía. No obtengo beneficios económicos al escribirla.


Aviso: Este fic participa en el tópico "Duelos entre Potterhead" del foro "Hogwarts a través de los años".


Dani H. Danvers me dio tres desafíos que acepté.

Este es el tercero.


Un profesor de Hogwarts en un día cualquiera dando clase y lidiando con los alumnos.


¿En qué estaba pensando?


Minerva McGonagall estaba lista para su clase de segundo año.

Los alumnos de Hufflepuff y Gryffindor estaban a punto de llegar.

A veces sentía nostalgia por las caras tan parecidas a sus alumnos fallecidos durante la segunda guerra mágica.

Ver los apellidos en las listas, mirar sus rostros, castigarlos por travesuras que sus padres o madres habían hecho también en su tiempo...

El profesor Boot se había puesto enfermo y Minerva decidió dejar su papeleo y las tareas administrativas por ese día.

Le apetecía volver a dar clase.

Si bien le gustaba el trabajo de oficina, también extrañaba ver a los alumnos aprender una nueva transformación, sus errores cuando estaban distraídos, sus alegrías cuando acertaban... E incluso las travesuras.

Así que allí estaba, en su antigua clase.

Los jóvenes entraban empujándose, riendo y hablando.

Eran adolescentes sin presiones. Sin amenazas de una guerra. Estaban seguros.

Así era cómo le gustaba a ella.

-¿Directora McGonagall?

-Sí, Señorita Corner. El profesor Boot está enfermo así que le sustituiré hoy. Adelante, sacad pluma y pergamino.

Mientras explicaba y escribía en la pizarra, miró a sus alumnos.

Todos copiaban en silencio, como debía ser.

Oh, espera.

Ahí estaba Abbot, tratando de...

Interrumpió la clase y se acercó a él.

-Señor Abbot. ¿Qué está haciendo?

El niño tenía la punta de su pluma contra la mejilla y parecía estar presionando.

-Trato de explotarme un grano, Profesora.

-¡Habrase visto! -Se escandalizó. -Deje de estallarse los granos, Señor Abbot. Le agradecería que hiciera eso durante su tiempo libre si es que necesita hacerlo. Saque una pluma limpia y póngase a copiar lo que hay en la pizarra. Y tres puntos de Gryffindor por tal acto desagradable.

Les lanzó una mirada a quienes se atrevieron a reírse y volvió al frente de la clase.

Los siguientes minutos transcurrieron bien.

Acabaron de copiar la teoría, escribieron los pasos del hechizo y llegó el momento de practicar.

Si había algo que no echaba de menos, era el fuego.

Y Patric Finnigan era igual que su padre en ello, parecía.

Tenían que transformar la montura de unas gafas en un vaso de vidrio... El Señor Finnigan tenía una llama que se extendía por la mesa.

Bones, tratando de ayudar, intentó lanzar Aguamenti, pero le salió mal.

Minerva pudo apagarlo, por suerte.

-Señor Finnigan, es usted un peligro, como su padre.

Él sonrió, muy orgulloso.

Ayudó a Finnigan con su hechizo.

Había que tener mil ojos puestos en él.

Casi le prendió fuego a su sombrero y a la mochila de la señorita Nott.

-Y para terminar, vamos a intentar ponerle adornos al vaso.

Vio, con espanto, cómo Wood metía la varita en su nariz.

No daba crédito.

-¡Señor Wood! ¿Pero qué tiene en la cabeza? La barita no se utiliza con ese propósito. ¿Qué os enseñan hoy en día? ¿Sabes lo peligroso que es?

-Pero me pica, profesora.

-¿Que le pica? ¿Que le pica? Señor Wood. Es usted...

No pudo acabar la frase porque lo que temía pasó.

La nariz del joven empezó a hincharse y crecer.

Tenía el tamaño de una quaffle en pocos segundos.

Sin perder tiempo, se lo llevó a la enfermería.

Temía que no pudiera respirar si la nariz seguía creciendo.

Quizá este accidente les sirviera a todos para no meterse la barita en la nariz, ni tratar de rascarse un ojo, ni dejarla en un bolsillo trasero.

Y ya que iba a la enfermería, podría preguntarle a Poppy cómo le iba al profesor Boot. Ella iba a quedarse en su despacho, haciendo lo que una directora debía hacer.

Aunque si era sincera consigo misma, le había gustado volver a dar clase.