VIRGEN

La muerte de la hermana de Alicia Roget llevó a Mad Sense a echar una visita al funeral, y otra a su casa. Aunque se conocieran desde tiempos escolares, este hecho no sirvió para evadir el sermón de la madre y el hermano; pero peor fue el del padre:

—Vamos a estar fuera de Ponyville. Un mero asunto de negocios al que ella no puede asistir. Y escúchame bien. —Entonces su cuerpo-montaña estrechó aún más el traje que llevaba—. Sabemos que en este pueblo, en la actualidad, hay desdichas en demasía y no quiero que ni una afecte a mi hija; mucho menos la que se encuentra en mi casa. Así que ya sabes: cuida de ella.

Era difícil que escritores contemporáneos alcanzaran ese nivel de subtexto. Aunque sigue preguntándose: si yo no, ¿por qué me eligieron?

La casa era más una mansión. Los Roget eran ricos, antes pobres; por tal los pueblerinos seguían refiriéndose a la residencia que tenían en Ponyville como casa: la familia poseedora era modesta en los decoros superficiales. Mas dentro estaba una sustancia de puro arábigo, que por día se vestía de luces, fulgores, rojo y sus derivados. Algo de satisfacción se nota en las habitaciones, que podrían sostener un linaje entero dentro de sí, pero que eran ocupadas por un solo pony cada una, quienes disfrutaban de sus libreros, de los escritorios, radios, sillones, de una gran y cómoda cama; quienes disfrutaban de la abundancia terrenal de sus cuartos personales, y de su soledad. Algunos comedores, y mayormente casi todo el segundo piso, atraían semejante relleno inanimado en la zona, tan extenso y colorido que ninguna raza, siquiera alienígena, declararía que no había algunas secciones palpitantes, como venas y arterias, en aquella mansión. Una viviente. Mágica por pura definición.

Pero en la noche la bella casa se desnuda. De repente se vacía (son las sombras) y se le ve dormida, como en una tumba, pareciendo ella misma su propio féretro gigante. Similar a un castillo que encierra y recubre a sus moradores, ya no les tiene aprecio; se volvía una cueva intangible de sombras que se entierran más allá de los rincones y llegan al espacio personal de uno; y de cavar con una vela, o un candelabro del techo, o con el tenue reflejo de las ventanas lunares, solo se dejarían descubrir las depravaciones que allí se encontrasen. Por ello había incertidumbre para Mad Sense al vagabundear con luces. Prefería que todo se mantuviera desconocido.

Vale decir que en el momento de la anécdota era de noche. También vale decir que la mansión Roget era distante a la mayoría de Ponyville y es por ello que arrastraba de todo menos sonido, y ese intenso silencio se puede sentir cuando intentaba mover las orejas de los residentes con el aire mudo o cantar un amplio receso mediante nada.

Así era el hogar, pues. Parecía un campo cuya flora era negrura, que a la vez parecía subterránea. Por suerte, Mad Sense encontró un aposento donde tener su escritorio; aposento que más bien era como edificio entero porque aquella parte,

desalojada de muebles exceptuando la mesa central, estaba sin entrañas ni vestiduras ni luces que prueben, durante la noche, un límite interno.

Así que se puso a trabajar. Era editor del Ponyvilles Magazine y aunque ganara poco, alardeaba del oficio. Un semental como él, adicto a la poesía, marchito de tanta lectura, podía esperar a verse más negro algún día (más de lo que ya es) por su soledad inquieta, por el único mundo que lo quería: el universo, con todo y sus estelas de fuego (estrellas) y las largas colas de las galaxias. Y por supuesto, el universo, un lugar inhóspito en gran margen, es la mansión de los introvertidos.

Sin embargo, una imagen que se cernía como una mano que cubría ese universo le dejaba intranquilo, y lo hacía desde que llegó a la vivienda. La intentaba disipar. Retrocedía de sus papeles y empezaba a caminar. Vio la puerta atestada de barricadas, metros al lado de la entrada, aquella puerta que daba al sótano y que nadie quería abierta. Era extraño. Pero incluso esa extrañeza no disipaba la imagen mental.

Salió del salón. Recorrió tan alto pasillo que entremedio, a la derecha, vigilaba una ventana tan grande que podía ser varios ponis cabalgando uno encima de otro, y aun con la lumbre lunar no podía delinear más que un puente celeste en el piso y una porción de tapiz a la izquierda, a la cual ensombreció una figura más negra que Mad Sense mientras él cruzaba.

Al final del pasillo —¿en serio había final?— dobló a la izquierda y se encontró con otro mucho más estrecho, mucho más corto, sin ventanal.

Siguió y al final se paró frente a una puerta. Caminó y se detuvo otra vez, estando más cerca. Quería posar el oído para escuchar pero se retrajo. ¿Y si hubiera una mala sorpresa? ¿Y si lo pateaban por explorar secciones prohibidas, por penetrar en donde no debía?

Estudiando la abertura, no esperó encontrar delineado, aunque sea por unos segundos, el semblante del señor Roget, espiando con cualquier parte de su crisma: melena gris, ojos marrones, boca convulsa, napias posesa… Cada parte, desde las orejas hasta el pelaje, tuvo independencia y su propia forma de decir que no se metiera con sus pertenencias.

Exhaló miedo. Pegó el oído y apenas escuchaba algo aparte de la madera rechinar. Decidió entrar.

Curiosamente era una habitación azulada en atmósfera, aún sin portar ninguna luz. Podía en ocasiones divisar un aura roja; tal vez un objeto, sí… Un objeto que lucha por no estar preso, nunca, de la represión tenebrosa. De allí en más había lo típico: alfombra, sillón, mesita de noche, taburetes y… cama.

En la cama se hallaba algo. Tuvo un espanto que pronto desapareció, y que su corazón permaneciera acelerado era por razones externas al pánico, pero igual de irracionales.

Observó al bulto con mejor visión en mayor cercanía. Bulto entre sábanas, quiero decir; y aunque faltara para ver completa su cabeza, era lo único que de Alicia se podía ver pues su melena amarilla opaca y sus orejas, pelaje crema, sobresalían de la intimidad otorgada por esas cortinas; y aun así la pudo ver, totalmente, porque era ella la imagen que le concernía y sobre todo una parte en

particular. Sus glúteos —palabra elegante— los miraba, no porque estuvieran al descubierto si no por la poderosa imaginación, consorte de rayos X.

Los miraba, se paraba mirándolos. Adornados por una máscara de drama —su Cutie Mark: tenía futuro en puestas de teatro—, tenían la misma claridad que si se vieran por la mañana. Tal vez fueran espesos, como espuma, y tan juguetones como ésta.

Se volteó, no por vergüenza. Miró en derredor y dio muchas vueltas. La lámpara apagada, la alfombra, los rincones, el taburete, el armario, el pequeño sillón... Intentó ver al espejo y solo estaba él mismo. Nada que ver. Algo más había gritado, de alguna manera, con bajo tono. ¿Qué fue ese sonido?

Cuando estaba en plena excitación un haz alumbró su oído, percatándose del habla muy baja, pero muy ancha en verrugas que pinchan tuétano. Supo, desde luego, que la voz no era equina. Aun así había repetido ciertos dichos de una que sí lo era, como un eco que rebota entre los cimientos y aplasta al oído: «Cuida de ella».

Era el cuarto. Era la casa. Había vuelto al salón y no podía dormirse haciendo trabajo. La voz hogareña

agarró su tranquilidad con alicates y la arrancó con similar tenor a un granjero que arranca yerbas. Ahora no podía ser hipnotizado por las escrituras que debía terminar para la siguiente semana y, en cambio, posado allí, en el salón ilimitado, escribió otra cosa: un poema.

A su padre le había hecho poemas, a sus escritores maestros le había hecho poemas, a su propia persona le hizo poemas, a cada persona y cosa que amaba le había hecho poemas. Valga decir: un poeta obsesivo. Y a Alicia le había dedicado poemas.

No se enorgullecía de que ella fuera poseedora de los bodrios hechos en la adolescencia. Y aunque haya mejorado, no era suficiente para que ella no hubiera estado enojada cuando se presentó en el funeral. Creía que se iba a aprovechar de su vulnerabilidad emocional. Menos mal que aún tenía dudas.

Calmada la calentura y la escritura, rodeó a pasos el salón, así para caer en el universo aún más brumoso que el hogar. Sin embargo, otra vez no podía ser voluble en su pensamiento: requería un ambiente acomodado, o ciertamente con bajón de estímulos físicos, para vagar como un alma libre. Remito que no podía pensar en maravillas por estímulos físicos, y uno de ellos (y el más grande) era el frío.

Unas navajas de hielo adjuntas al aire, y tan gaseosas como este, que rozaban a punto de cortar o pinzar el pelaje. A su vez, él se había alejado del centro. Lo sabía porque ya no veía amueblado alguno, ni el escritorio ni las puertas; y solo el inmueble, en conferencia con la bruma, se le presentaba en su totalidad como una prisión irregular, pero no un calabozo; me refiero a un estómago oscuro, sin límites, del cual si salía significaba encontrarse con otros órganos y ser perseguido por cualesquiera que sean las respuestas defensivas del organismo (¿las sombras?, ¿otros huéspedes?, ¿el viento?, ¿el frío?) ante intrusos como él.

Pero afortunadamente desalojó esa región, volviendo a lo que sí conocía.

Tras horas revisó la cuartilla donde estaban unos versos para Alicia:

La potrilla es tierna, la yegua sensual. Si mezclas las dos, ¿cómo te debo llamar?

Después de eso, exhaló como gimiendo, y gimió como aterrado. Dirigió una fugaz mirada a la puerta del sótano, en un principio descartando esta posibilidad porque la retiró al siguiente lapso; sin embargo, fue a mirar, a acercarse, a observar. Incluso encendió la lámpara del escritorio y casi la lanzó al acercarla hacia la puerta. Su magia brillaba en un tono morado tan lúgubre y aliado de las sombras; no servía para iluminar. Y la luz, la del farol, aún así apenas apartó a esa multitud negra como corriendo lento una cortina y fue en esto que cayó la cuenta: la implicación del principio era cierta. En el umbral ya no había tablas.

Antes de haber hecho una diligencia se dirigió a la cocina. Allí se preparó alimento. Este descanso le provocó certidumbre sobre los distintos azares, volviendo físicamente al salón: o Alicia había despertado y bajó al sótano, o un ladrón despachó las barricadas, o aún peor, el viejo padre de la muchacha estaba oculto todo este tiempo.

Cualquier resultado era posible (solo si se compromete con la realidad); pero no por ello quedaría congelado. Iba a ir a comprobar la primera posibilidad en el cuarto de Alicia.

—Mad sense. Se detuvo. ¿Quién dijo eso? —Mad sense… ¿Es la mente quien da fuga a estas voces? ¿Por qué de repente una nota

etérea produce…? —Mad sense. Encaró la puerta del sótano. Había caído la lámpara y con ella la llama. Juró

que todavía había puerta, que ese rectángulo de oscuridad era el marchito contorno de un umbral cerrado, y no un despelado marco que lo estaba invitando a recorrer su esófago.

—Ven aquí. —Muy bien; está bien. Como un grito moviéndose en el aire, caminó lleno de nervios. Su cuerno se

iluminó, una silla levitó y chocó contra lo que se encontraba allí dentro en el sótano. Sonó un alarido, más propio de un centauro que de sí mismo: «¿Te gusta eso, idiota?», y violando la boca de las catacumbas se preparó para luchar.

Se golpeó el cráneo. Ello presionó un botón. Se hizo la luz. ¡Eureka!, era un cubículo escaso de espacio. El amueblado eran puras hojas de periódico.

Hurgando entre estas halló algunas de interés y las guardó. Sí; estaba loco. De tanta soledad oyes cosas, de tanto pensar ves cosas.

Salió e iba a apagar la luz, pero se contuvo de pensar, creer, siquiera

moverse o procesar que lo acosaban desde la entrada al salón: un pony como muñeco, mojado de penumbra, que solo conocía la carencia de vida y de luz.

No se movía, y tenía por seguro que él tampoco se movería porque estaba parado, estéril de cualquier movimiento, y así creyó estar en una dimensión sin reloj.

—¿Mad Sense? Voz femenina, aunque nada semejante a la que llamó desde el sótano. —¿Sí? —¿Qué haces allí? Ella entró en el salón y, por fin, aparte de la caminata, le surgió un temblor

muy violento, casi para que gritara. —¡Por Celestia! ¿Cómo hace tanto frío aquí? Mientras ella hablaba él se apartó. Ella debió de ver dentro del umbral, pues

el foco iluminó su bello rostro, de ojos rojos que emborrachaban como el vino, ahora perturbados por el miedo.

—¿Qué? —dijo—. ¿Qué…? ¿Y el sótano? Entonces no le habían engañado: lo sabía porque los ojos no engañan a

nadie. Esa puerta debía dar a un subterráneo, y ella en definitiva debía saberlo. Alicia iba a llorar. Teniendo puesta su caperucita celeste parecía una chiquilla

que había recibido un susto, pese a que ya era adulta y debería madurar. Pero la comprendió en parte y quiso juntar su cuerpo con el de ella para arrancar el terror. Mas oyendo su primer paso, el eco de éste era muy furioso, como dar una patada al suelo o la intervención de un yunque en la situación, haciendo astillas la madera y haciendo preguntar al corcel si no estaba caminando con fuerza bruta; dando el segundo, el mismo eco, latente incluso para el tacto, vino antes de que siquiera un casco de que él tocara el piso y en el tercero se cansó de oír cosas y miró detrás, dando la vuelta, y retrocedió por cuan espeluznante escena aconteció.

Alicia no caminó; tampoco él. ¿Por qué en la penumbra, espuma de tinieblas, escucharon pezuñas batiendo contra leña?

Y estaba cerca, acortando distancias. Las vibraciones de esta marcha —si no es que galope, por su fuerza— podía sentirse como hoguera calentando las patas, y el detonante seguía invisible…, ¿por la penumbra o por sí mismo?

Retrocedió. Miró hacia atrás un instante y ella estaba irreconocible como ser vivo: era un pilar.

Volvió la vista al frente. Ojalá enfrentarlo. Ojalá ver al infeliz obrando por su placer y por nuestro miedo. Entonces vió algo.

Un vaho que solo podía resistir en una posición, que era proteica. Esa posición cambiaba de distancias (más cerca, más cerca, más cerca), con ello el gas, y el gas era un remolino indivisible, perteneciente o relativo a un ser vivo que ardía con gusto.

La memoria es extraña. Hay situaciones intensas que vivimos pero olvidamos, o pasamos tan rápido de ellas que se reconocen como sueños entrecortados, y se hacen sentir a la vuelta del recuerdo como si un ente nos hubiera trasladado instantáneamente de un momento a otro; de un lugar a otro lugar. Esto, pues, es lo que sintieron ambas víctimas en conjunto al pasar del salón

al cuarto de Alicia. Ninguno de los dos conjuró una teletransportación (Alicia por terrestre; Mad Sense por mal mago), así que por lógica sabían que corrieron de un área a otra, aunque no hubiera registros memorables, y realmente, ¿siquiera estaban en control de su espacio?

Una silla fungía de barricada. Tal vez fue Mad Sense quien la colocó en la entrada. En el centro ambos exhalaban, más que inhalar. Eran verdaderos asmáticos para respirar. La mentira de «estar juntos nos hace fuertes» vendría a morir en cuanto viera que uno, el semental perturbado, estaba obsesivo viendo la puerta y que la otra, la potrilla rica, escalaba hasta el pecho del poeta y humedecía su saco con lágrimas sedientas de afecto. Ni uno de los dos estaba coordinado. Ni uno de los dos se conocía entre ellos y puedo estar seguro que, cuando la famélica garra del miedo hurta la dorada flauta de amor ésta se vuelve negra, y al cantar su cacofonía ninguna relación se mantiene estable teniendo de premura a un peligro que, tal vez, proviene de alguna de las dos partes. Incluso podrían haber huido por rumbos separados, pero claro que no fue así: hubo tiempo para pensar.

Dos minutos fuera (tal vez tres). Mad Sense desocupó su vista para con la puerta. Veía la cara húmeda de Alicia. ¿Ha terminado de llorar en el mismo lapso que él dejó de vigilar?

Era cierto que ella permaneció triste por terror. Pero cruzarse al verse fue trasladando una chispa, pequeña como el borde de una hoja, pero luego grande como una víscera del pecho.

—¿Va a venir? —dijo ella. —Estoy seguro. Palabras de embrujo: los pasos se oyeron. Mad Sense apartó la mirada y se quedó viendo la entrada. Eran ahogados,

los pasos; pero ningún martillo podría destacar como los troncos que caían allá fuera, si no fuesen de un herrero dragón. Y esa idea durmió sus nervios como en un desmayo; mas no todos, porque aun la adrenalina pinchaba su cerebro y le permitía sufrir un poco más.

Escrutó el contorno de la entrada. Hizo una valoración tardía que era sobrepasada: esa puerta y esa silla son traidoras. Allí murmuran, formando una conspiración por creer que ellos dos no pertenecían a esta casa, no luego de sus pecados (¿qué pecados podrían ser?). Cuando llegara el momento una se quebraría por la mitad, la otra se caería sola hacia atrás, todo para presentar libertad de acto al huésped maligno que la casa construyó.

Volvió hacia Alicia. Lo estaba viendo. ¿Cuánto tiempo había durado así? Cayó otro tronco. Iba a regresar a observar pero un vigoroso agarre llevó su

casco a posarse cerca, aún más cerca, de la yegua ya no tan tímida. Ella encerraba el casco. Un tacto ardiente pese a que la habitación

comenzaba a enfermar de invierno. Ella llevó el casco hacia su pecho; y supo que debía presionar allí.

Sentía el corazón. Lo tenía en el casco aunque tocara solo pelaje (pelos que rozaban con algo más que ternura). Tiraba; el corazón tiraba mandamientos, unos en forma de pulso, y quizás no fueran del todo miedo.

Llegó a sentir los pulsos como los suyos, y llegó a sentir el viaje de ese corazón hasta la cabeza y allí reemplazó a casi cualquier otro sonido, y él se turbó. ¿Estaba escuchando los pasos como corazón o el corazón como pasos?

No podía distinguir, en verdad no, y es por ello que hubo más sudor presuntamente vuelto como escarcha; miró a todos lados, más a la entrada, pero ¿qué hay de la cama? Quizás Alicia quería acostarse allí, para aliviar las penas.

—Estoy aterrada. Una voz que ella lanzó como en una ensoñación. Una situación similar, en otro día, estuvieron así, con él checando el pulso

en el tórax de ella, nervioso, y ella apreciando la situación. Él, como dije, nervioso porque en fuera había un peligro: los padres de ella. No existía almohadón para amortiguar los martilleos que daban sus pisadas; ni terapeutas que les hicieran saber que su hija, muy henchida de energía madura, tenía derecho a poseer momentos de intimidad con ajenos a la familia, e incluso alcanzar otro nivel de profundidad en eso.

En efecto, aquel día no hicieron nada; no como hoy, donde ella, con su hocico medio abierto y la saliva brillando, asaltó los labios del semental no como una violación, sino como un arranque que alguno de los dos debía de dar.

Se separaron y miraron juntos hacia la entrada. Luego, al mismo tiempo, se miraron. El espíritu de en fuera resurgió con nuevos sonidos: risas de serpiente, caminata de toro, constancia para nada perezosa. Iban a morir.

—Hagámoslo rápido —dijo Mad Sense. Se acercaron a la cama. Ella anexó su cuerpo con el de su amante, todavía

sin cursar la acción. Él aún seguía obsesionado con la puerta, la silla, las pisadas…, aunque esto fuera impertinente.

Estaban sentados. Sintió cómo ella se sostenía de él, y éste se sostenía del borde del lecho para no desequilibrarse mientras ella escalaba a más altura que él. Ante todo, sintió un pinchazo obsceno que elevó su miembro: era sensible al meneo cariñoso de un casco de ella, acomodando el mástil de copulación.

Luego la penetración. Ella se dejó caer y su gemido fue más de dolor que de placer, y él contestó con la viceversa. A la yegua se le había caído la caperucita y estaba dudosa de si seguir; pero él rozó con los labios su cuello y ella comenzó a subir, bajar, subir, bajar.

Era extraño. Los momentos en que sentía su pene abordado al completo por el interior de la yegua, apretaban y excitaban más los jugos, y la erección quedaba vagando en un lago corto donde el recipiente y sus muros aún tocaban al cuerpo, chupando, rasgando, acariciando mientras ella seguía en sube y baja. Pero era extraño: realmente no creía que se sintiera así. Pues entre eso y el terror había una distancia tan grande que esas sensaciones parecían más bien vagas, quedando en un olvido, como si no existiera el sexo.

Quería mirarla, en vez de a la entrada. Armonizar más este momento con la vista, pero no creía poder. Eran presos de una cavidad perteneciente a una entidad superior a ellos en el orden natural, que tragaba y encerraba y maldecía a todos sus residentes para hacerlos presas de un concepto con una forma que ni la realidad

podía describir; un concepto que se acercaba, estando ya a un lado de la puerta, según se escuchaba.

Meneó la cabeza intentando usurpar su desesperación (aunque ya las montura le absorbía energías), y entonces cumplió su anterior deseo: el espejo reflejaba todo el acto, desde sus propios ojos morados hasta la maraña que formaban sus melenas al juntarse. Ella con los párpados cerrados, lanzando suspiros que eran amalgamas. Como estaba de asustada estaba de excitada, y por ello seguía atendiendo a su erección con la cabalgada. Se podía ver el coito perfectamente, como si se viera a través de los ojos de un espectador…

El espejo también miraba a la puerta. Vió que no había silla, y que estaba entreabierta. Una sonrisa lasciva los acosaba junto a unos ojos desde allí.

Despertó de inmediato y volvió a la vigilia. El espejo lo engañó. Todo seguía con normalidad, a excepción de los pasos… ¿Arriba, abajo, derecha, izquierda, detrás, frente?... ¿Dónde estaban ahora?

—Vamos, termina, por favor, termina —susurró cerrando los ojos, diciendo eso para sí.

Un tercer suspiro se unió al de ellos cuando alcanzaron el orgasmo; aquel suspiro se elevó: era el de un tornado que se estaba tragando a la habitación, trayendo a su vez un mar enfurecido, mientras él eyaculaba dentro de ella. El ciclón gritaba fuerte: cada vez que una gota se escapaba de su pene, se oía a la tormenta devorar una sección de dormitorio, y cuando terminaron de correrse mutuamente ellos serían los siguientes.

Alicia cayó en la cama. Mad Sense casi se desconocía por el suelo, pero supo labrar para mantenerse erecto, aunque su pene ya no estaba así.

Abrió los ojos y supo, otra vez, que ningún entorno había cambiado; que los sonidos los había imaginado; que la caperucita estaba raída y que allí, además, lo único real, sobresalía de la cama: una vulva abierta pintada de blanco.