PRIMER ORGASMO
Me doy cuenta de que, durante una relación, se tiene poca comunicación con el compañero sexual al punto de que se es inconsciente, o egoísta; y cuando uno alcanza el orgasmo antes que el otro olvidan por completo si el tercero se siente bien. Este fenómeno lleva a la ruina a muchas parejas, puramente sexuales o también románticas, y obsesiona a ciertas personas con acceder a la soledad. Ya he tenido esta mala suerte, pero afortunadamente tuve una experiencia particular con cierto poeta.
Ante el barullo de voces, omnipresente en Manehattan, el sol podía vernos, tal vez como puntos individuales de la muchedumbre, pues realmente me sentía enajenada cuando caminaba con ése semental.
—¿Por qué Manehattan? —le dije. Habíamos pasado un rato sin hablar.
—¿Te refieres a por qué vivir aquí? —Asentí—. Las razones son proteicas… Miré un instante su pelaje negro. Recuerdo pensar: si se pusiera máscara de cuervo podría ir asustando gente, tocando sus ventanas o puertas.
—Por más motivos que sean —dije—, o por cambiantes que estén, existen. Eso es lo que quiero saber.
—No se lo diré, dama Heart.
—¿En serio? —Casi troné mi cuello al mirarlo—. ¿Me vas a negar tremenda curiosidad como ésta? —Es impertinente.
—No, no —dije, con sonrisa forzada—. Un pueblerino de Ponyville no desea tanto la vida citadina si no fuese por razones secundarias. ¿Conoce las biografías que le hicieron al Elemento de la Honestidad?
—Vivió aquí, se hartó y volvió a su pueblo. Me había percatado de que no me miraba en ningún momento. Introduciendo algunas protestas, junto a alentaciones, ya veía cambiar su tierno rostro de opinión.
—Mis padres son nativos de aquí —dijo—. Yo nací aquí. He vuelto por las memorias que aún guardo. Ser siempre superado por los estímulos de algo que en el pasado conocías, sabiendo que en tus oídos se revoca cualquier freno para dar apertura a sonidos familiares, o que como famélicos vagos, ni la vista ni el olfato sean capaces de combatir los patógenos del recuerdo, es la única derrota que puedo considerar feliz.
¿Ser orador es requisito para ser poeta? De todas formas, era un discurso tan metódico que parecía político. Y ya sabemos que, por más honesta, la política tiene mentiras. No refuté nada de su diálogo; ni siquiera me contuve del silencio que prosiguió, prosiguió, hasta que bajamos por una calle vaciada en buena parte de ponis y edificios. Entonces miramos una estructura en la esquina: el departamento de Mad Sense.
Nos habíamos conocido en una cantina. Sé que es raro que una yegua pase por hogares de borrachos, pero el que elegí era singular y además, hasta el día de hoy no me usaron como simple cordón.
Entramos al edificio. Mad Sense mostró sus llaves a la portera y alguna identificación. Pasamos por un corto pasillo, subimos las escaleras, en la primera planta otro pasillo y lo recorrimos hasta su lugar. Era la habitación 20.
Un muy corto corredor, entrando al domicilio, permite que se haga una puerta a cada lado. Avanzando nos separábamos del corredor y nos encontrábamos en la sala principal. Un sillón detrás de una mesa de madera. En la derecha se fusionaba el comedor con la cocina pese a la barra de la última. En la izquierda parece estar todo desalojado, excepto una ventana: tiene un taburete por debajo.
¿Ser orador es requisito para ser poeta? De todas formas, era un discurso tan metódico que parecía político. Y ya sabemos que, por más honesta, la política tiene mentiras. No refuté nada de su diálogo; ni siquiera me contuve del silencio que prosiguió, prosiguió, hasta que bajamos por una calle vaciada en buena parte de ponis y edificios. Entonces miramos una estructura en la esquina: el departamento de Mad Sense.
Iba a negarme porque justamente las quería trabajar mucho más. Pero su rostro parecía inmaduro, tanto que en ocasiones era de un afeminado, más con esos ojos morados. Sí, pensé, ¿por qué no obedecer a la ternura?
Desde el sillón, me dediqué a ver otros detalles del interior mientras el dueño hacía la fantástica tarea de malabares con cualquier producto del comedor. Oía vidrios chocar, así como metal, pero no atendía a eso en nada. Me alegraba ver que la vivienda era bastante salubre.
Entonces me asusté levemente al ver una flecha negra se movía por el piso. La observé y definí que era una cucaracha.
Bueno, pensé, incluso el mejor amo de casa tiene sus fallas. Reí para mis adentros.
Pero volví a pensar en la salubridad. Hoy en día no pensaría esto, pero era más joven y arraigada a estereotipos. Semental con buen hogar igual a semental con pareja.
Miré hacia mi izquierda a Mad Sense. Había dejado sobre la barra un frasco de
pepinillos, algunos panes y tomate en rodajas. —Oiga, señor Mad Sense. —Me captó—. ¿Ya ha tenido noviazgos?
—No me crea tan hermoso. Apenas soporto la suerte de tenerla a usted aquí. Reí bastante.
—¡No, tonto! —Mi risa fue bajando—. Tal vez su carácter sea lo que le impida… Pero en nada el físico. —No sé porqué sentí vergüenza.
—Admirables sus halagos. —Ya que era un unicornio, levitó un cuchillo para cortar el pan. Lo seguí acosando con mi mirada. Gradualmente se hacía más nervioso. Gradualmente fue contándome la verdad.
—Llevo dieciocho días aquí. Hace una semana (si bien no era noviazgo) tuve mi última aventura con Carrie Moon. Metió en los panes algo de tomate, mayonesa y pepinillos rebanados. Ahora eran tortas. Las puso en un plato, levitó una botella de vino, dos vasos de vidrio y fue con todo hacia mí. Acercó un almohadón para sentarse y puso todo sobre la mesa. Llenó de rubro cada vaso. Qué galán.
—¿Y…? Veía en su rostro la pregunta «¿Y qué?», pero su entendimiento era rápido. Entonces pareció acurrucarse con su vaso, sin mirarme.
—Dígame; no es como si lo nuestro llegara a ser serio. —Le sonreí y empecé a comer. Su estática postura se parecía a la de aquellas máquinas de las revistas de pulpa, cuando la portada era de ciencia-ficción. En verdad, parecía una máquina, procesando qué hacer, qué decir.
—Carrie Moon casi me mordía la nariz —dijo, y me detuve—. Era un poco neurótica.
pepinillos, algunos panes y tomate en rodajas. —Oiga, señor Mad Sense. —Me captó—. ¿Ya ha tenido noviazgos?
—No me crea tan hermoso. Apenas soporto la suerte de tenerla a usted aquí. Reí bastante.
—¡No, tonto! —Mi risa fue bajando—. Tal vez su carácter sea lo que le impida… Pero en nada el físico. —No sé porqué sentí vergüenza.
—Admirables sus halagos. —Ya que era un unicornio, levitó un cuchillo para cortar el pan. Lo seguí acosando con mi mirada. Gradualmente se hacía más nervioso. Gradualmente fue contándome la verdad.
—Llevo dieciocho días aquí. Hace una semana (si bien no era noviazgo) tuve mi última aventura con Carrie Moon. Metió en los panes algo de tomate, mayonesa y pepinillos rebanados. Ahora eran tortas. Las puso en un plato, levitó una botella de vino, dos vasos de vidrio y fue con todo hacia mí. Acercó un almohadón para sentarse y puso todo sobre la mesa. Llenó de rubro cada vaso. Qué galán.
pepinillos, algunos panes y tomate en rodajas. —Oiga, señor Mad Sense. —Me captó—. ¿Ya ha tenido noviazgos?
—No me crea tan hermoso. Apenas soporto la suerte de tenerla a usted aquí. Reí bastante.
—¡No, tonto! —Mi risa fue bajando—. Tal vez su carácter sea lo que le impida… Pero en nada el físico. —No sé porqué sentí vergüenza.
—Admirables sus halagos. —Ya que era un unicornio, levitó un cuchillo para cortar el pan. Lo seguí acosando con mi mirada. Gradualmente se hacía más nervioso. Gradualmente fue contándome la verdad.
—Llevo dieciocho días aquí. Hace una semana (si bien no era noviazgo) tuve mi última aventura con Carrie Moon. Metió en los panes algo de tomate, mayonesa y pepinillos rebanados. Ahora eran tortas. Las puso en un plato, levitó una botella de vino, dos vasos de vidrio y fue con todo hacia mí. Acercó un almohadón para sentarse y puso todo sobre la mesa. Llenó de rubro cada vaso. Qué galán.
—¿Y…? Veía en su rostro la pregunta «¿Y qué?», pero su entendimiento era rápido. Entonces pareció acurrucarse con su vaso, sin mirarme.
—Dígame; no es como si lo nuestro llegara a ser serio. —Le sonreí y empecé a comer. Su estática postura se parecía a la de aquellas máquinas de las revistas de pulpa, cuando la portada era de ciencia-ficción. En verdad, parecía una máquina, procesando qué hacer, qué decir.
Por conversación también supe, como ya dije, que era poeta. Eso me agradó: Manehattan suele ser vulgar con el arte.
—¿Por qué poeta? —pregunté aún así. —Antes que unicornio soy terrestre; antes que terrestre soy reflexivo. Los
ponis reflexivos necesitan dónde transcribir su imaginación. —¿Las letras? Sonrió, imitando un chasquido con sonidos bucales. —¡Exacto! —¿Desde cuándo lo tuviste claro? —En la adolescencia, aunque… —Rellenó su vaso—. Aunque hice muchos
bodrios. —Bebió la mitad. Una idea se me pasó por la cabeza, casualmente. —Seguro lo pensaste para conquistar yeguas, ¿verdad? —De hecho, la poesía es mi primer amor. El segundo nació justo después… Paró y miró al techo. Su cabeza se inclinaba de modo que era un bebé
durmiendo boca arriba. —¿Señor? Se volvió a mí. —¿Qué sucede?
—Nada. Usted dijo que su primer amor y segundo amor… —No me diga, dama Heart, que quiere saber sobre mi segundo amor. En realidad, esa no era la idea. Pero ya qué, me dije, y lo comencé a aturullar
de preguntas. —Mi segundo amor fue Alicia Roget —dijo—.
Tuvo mis poemas de adolescencia. En un principio, lo oí como desinteresada. A los segundos, lo escuché como si en mi mente se rebobinara.
—Mientes —dije, inclinándome desde el sillón—. Dime que eres mitómano.
—Solo autista. —Dio carcajadas.
Me retracté de estar inclinada y volví a mi asiento.
—Debe endurecer saber que toda la familia Roget ahora vive en el calabozo…
—No. Se lo merecen. —Y tomó un trago.
Lo observé mientras hacía eso y dudé de su insensibilidad.
Aún así, lo quería dentro de mí. Por eso me mantuve firme, esperando el momento de menguar nuestros esfuerzos pues dentro de poco la ida a la cama sería natural. Con esto, le pedí que recitara sus poemas. Tal vez eso nos excitara.
Trajo un par de papeles desde su habitación que está, apenas entrando al departamento, en la puerta izquierda del corredor. Al lado contrario el baño.
Pasó orando sus versos con ímpetu de adulador, pero no uno corriente. Era adulación a sí mismo, a su trabajo y a sus gustos. Y era su voz quien derretía el aire con su calor. Era su voz, más que sus versos, los que llegaban al alma. Eso creía yo pues en esos momentos no era aficionada a la poesía; pero admito que este tierno potrillo me introdujo al mundillo. Es así porque todavía hoy imagino su voz cada vez que leo poemarios.
Continuó recitando, teniéndome hechizada, y yo veía cómo ese oscuro rostro femenino se le caía a trozos, haciéndose más rojo y llenándose de cierta virilidad que solo podía conseguir con lo que amaba; y aunque ya me hubiera dicho cuál era, por un momento quise creer que su anhelo era yo, y más que impulso sexual fue un impulso… romántico. Pero ambas van del casco así que da igual.
Cuando repasó hojas, recuerdo que una la tiró tras detenerse, haciéndola pelota y poniéndola en la canasta de la entrada mientras le preguntaba porqué. Me dijo: «Bodrio de mi adolescencia». Fue a lavarse al baño.
Mientras el agua fluía, con la puerta cerrada, aproveché para alcanzar la bola de papel, entre muchas. Entonces me fui a esconder por si acaso y la desenrede. Leí lo siguiente:
Ver a cualquiera no me entretiene; te veo a ti, sin embargo, y una voz interior me dice: «Ve. Conócela».
El orgasmo espiritual vino a consternar mi mente banal. Lo que quiero decir es que sentí tres patadas como suaves frotes en mi pecho, cuyo efecto decayó hasta sentirme vacía. Puede que no fuera el mejor cuarteto de la historia, pero ¿realmente calificaba para bodrio?
Llegamos a su habitación. Bonita alfombra, bonito armario, bonita cama, bonito escritorio y bonitos cuadros. Todo era bonito, en fin, pero para ese momento lo más bonito era él, que me estaba acariciando.
Sosteniéndome de la madera de la cama, ya que iniciamos en el suelo, pasaba su casco por mi pecho. Me había quitado el sombrero blanco y el vestido celeste; él removió su saco y lo dejó con el sombrero, allí en la alfombra, cubriendo parte de éste.
Si bien no me excitaba suficiente su roce, pues quería escuchar mis latidos (¿cómo los escuchas con el casco?), darle esa libertad me dió un poco de placer. Luego bajó la pezuña. Cuando llegó a mi barriga sí sentí pasión, mermando a mi aburrimiento los distintos hormigueos en aquella zona.
Sin embargo, desde que abandonó mi pecho se veía absorto. Sus inefables pensamientos me crearon dudas, y como dije hace rato en una ocasión, parecía un robot.
¿Ahora sería una máquina sexual? La idea me divertía, pero me atemorizaba. No quería follar con una fuente de algoritmos fríos.
—Bueno, oye… —y me callé. Tocó mi vulva. La rodeó como si quisiera masturbarme. Abrí más mis piernas, subiéndome a la cama para darle mejor radio de acción y se acercó para examinar, con sus ojos y el casco, ese órgano.
Estuvo así un buen rato. Sabía estimularme, en cierto modo. Tenía sentido creer que sus cuentos no eran falsos: al menos debió acostarse con dos yeguas distintas.
Entonces, cuando yo sentí y él pensó que estaba suficientemente húmeda, se unió a la cama conmigo. Me dijo:
—Date la vuelta. Lo hice y encaré la almohada. Me asustaba un poco esta posición:
generalmente sentía un pinchazo en mi interior por tensar mis músculos, ya que creía que iban a invadir mi ano o simplemente me recordaba a cuando me ponían piquetes de potrilla. Pero él no me era tan desconocido. Era mejor que muchos, de eso me aseguré.
Pronto se sacudió algo de mi humedad: estaba empezando a sentir la introducción de su pene dentro de mis cavidades, lentamente.
—Bueno, oye… —y me callé. Tocó mi vulva. La rodeó como si quisiera masturbarme. Abrí más mis piernas, subiéndome a la cama para darle mejor radio de acción y se acercó para examinar, con sus ojos y el casco, ese órgano.
No podía verle los ojos para confirmar si era cierto, pero deduje que sus embestidas, que a su vez me hacían embestir a la cama, eran insensatas si querían complacerme. Digo, había algo de placentero en todo ello, como siempre; lo que menciono es la monotonía, la cotidianidad, lo regular de esta montura.
Al igual que con los otros tres corceles, éste parecía creer que con penetrarme quedaría satisfecha, pero quien lo estaría sería él al final.
Recordé que me reí. Un chiste grotesco circuló por mi mente: «Tiene la experiencia de un oso panda». Menos mal no preguntó porqué de mi risa, pues lo hubiera repetido en voz alta.
Llegué a fingir mis gemidos para no molestarlo. Él sí estaba disfrutándolo, de todas formas. Pero al final pensé: «Otro más que alcanza el éxtasis sin esperarme», pues estaba segura de que yo no tenía ninguna deficiencia (además de la infertilidad).
Otro vacío me llegó. Lo sentí tan fuerte que era físico. En mi vagina ya no había nada. Por los rebotes del colchón creí que seguíamos en movimiento, pero cuando miré por encima del hombro, y finalmente cuando me volteé, me di cuenta que mi compañero estaba más estático que su pene, el cual estaba fuera de mí. Me pregunté porqué y siguiendo la trayectoria de sus ojos, ví un espejo redondo por encima de la cama. No lo había notado antes.
Volviéndome a él, lo vi temblando y mirando a la puerta entreabierta desde donde serpenteaba mi vestido. Había algo que temía, pero ¿qué?
—¿Señor? —dije. Cruzando nuestras miradas, me vi extrañada. No sé si él había tenido esos ojos cuando estábamos follando en la primera ronda, pero ahora se me acercaban con su fulgor de vela. Quería sentirme agraciada por su repentina admiración de mi rostro; sin embargo, me asustaba. Y aún con el sobresalto, su manía la podía sentir en mi corazón, ya no como apretando, sino como abrazando. Por un momento me amó.
—No te des la vuelta —dijo. Estando de cara a él, mirándolo desde abajo, era para sentirme pequeña.
Pero no me sentía chica: el afortunado poeta quería un juego inocente, algo así como si fuera mi perrito y yo su dueña.
Podía haberme reído no por burla. Era vergüenza, ahora sí, la que me atacaba cuando veía su cuerpo descender para envolverme con sus cascos. Me abrazaba cual potrillo a madre. Su pene lo sentía como manoseando mi barriga. Todavía no lo había introducido, y preferí que así fuera por minutos.
Lo logró. Volvió a excitarme. No se me había bajado el mar cuando quiso reintroducir su miembro; pero esta vez, fue un clavado. Creo haber incluso escuchado a las aguas apartarse dentro de mí para envolver al nadador, y ésta vez sí sentí placer, uno hermoso.
No sé cómo, cuándo o dónde lo halló, pero al hacerlo me tenía a su merced, aunque fuera al contrario. Darme satisfacción es permitirme envolver con un lazo afectivo a quien me da. Y por primera vez, con Mad Sense, así fue: me sentía gemir de verdad junto a él; sentía sus emociones ardientes batiendo y calentando el fondo de mi túnel; sentía el desagrado que él tenía con cierto sector del mundo… y eso era lo más extraño. Sus inseguridades también quemaban mi interior, pero lo sentía más cuando tenía que retraer su pene por un momento para dar otra embestida. Parecía querer cubrir su intimidad de los aires exteriores, como si ocultarse en esa cueva de mi vulva le concediera refugio ante alguna abominación. Tal vez por eso se había vuelto más lento, y más profundo, a la hora de darme su sexo.
Admito que eso último me desagradó; sin embargo, había llegado tan lejos que era inconcebible el retiro. Y más aún por este hecho: unas chispas empezaban a crispar mi interior.
Lo tenía, estaba a mi rango, justo donde lo quería; el sexo, ése que tanto había deseado, del que tanto me habían hablado; se liberó con total frenesí de prisionero mal juzgado y se esparció como una enfermedad eléctrica por todas mis partes, desde la íntima, yendo a enjuagar con fuego mi panza, mis vísceras, mi cerebro y mis neuronas. Durante el orgasmo creo haber oído a Mad Sense susurrar algo. ¿Era mi nombre? ¿También se estaba corriendo?
En el siguiente evento recuerdo haber quedado satisfecha. Vaya que sí lo necesitaba. No sabía qué era estar satisfecha hasta que quedé con este semental. Tan complacida estuve que me olvidé de él (aunque lo hubiera amado durante la cumbre); ni siquiera le pregunté cómo le fue. Irónico porque yo deseaba que me preguntaran lo mismo después de cada puesta en cama.
Entonces desperté de una ensoñación. Ví en derredor y me encontraba sola, a oscuras. ¿Estaba en mi casa? No, me dije, pues aún estaba el saco de Mad Sense en la alfombra, mas no encima de mi sombrero.
Me levanté y me percaté de otra cosa: entre mis piernas no veía semen. Tuve algo de miedo. Creí que lo había imaginado todo hasta que unas visiones, cual proyecciones demacradas, me traían recuerdos vagos de lo sucedido. Sí, todavía estaba en su casa. Lo que pasó fue real; es solo que él fue al baño, rápidamente… antes de que, por alguna razón, él también llegara al orgasmo.
Sin embargo, la puerta seguía entreabierta, igual que antes. Ningún signo de haber sido desplazada, ni siquiera por viento. Tomé mi sombrero, aunque no me lo puse, y salí con un terremoto en mis patas traseras. Miré el pequeño corredor y lo poco de la sala principal. El mismo departamento, los mismos atributos, excepto el aire. Parecía salir de las paredes. Parecía rozar mi carne con toques lujuriosos pero violadores, que enfriaban todo mi cuerpo. Me hacía temblar aún más. Entonces miré la hilera por debajo de la puerta al frente, la del baño. Había luz. Al segundo, había sonido. Agua.
Toqué la puerta, aún con una opresión en mi garganta.
—¿Señor? —alcé la voz—. ¿Se encuentra bien? El agua paró. Solo unas gotas; un drip drip drip que no pararía. Estaba temiendo ver dentro. Estaba temiendo que, de casualidad, hubiera un fantasma usando el baño y que la puerta se abriera sola, tirándome a sufrir la atmósfera de ese lugar, que (¿por qué no?) tendría espejos y objetos, como cepillos de dientes y toallas ensangrentadas, mirándome.
La puerta se abrió. Por fortuna, lo que pensé era una pesadilla irreal. Por desgracia, vi un rostro por mucho aterrador.
¿Era el mismo Mad Sense? El poeta con quien me acababa de acostar… quien había tenido sus ojos de mascota durante la segunda ronda... Por sorprendente que parezca, sí: era negro como cuervo, alto, de semblante femenino como yegua… Pero eso se transformó. Ahora solo observaba sus ojos, y su cuerpo ganaba masa, extendiéndose para arremolinarse a mi alrededor, deformandose, como una tiniebla oscureciendo la sala.
—Fuera —me dijo.
—¿Qué?
—¡Fuera, maldita paria!
Levitó un bastón (no sé de dónde) e hizo ademán de golpearme. Yo me alejaba, tratando de levantarle un casco no para pelear, sino para cubrirme. Después de todo, no creía poder ganarle a alguien así.
Gritó muchas groserías, entre ellas siempre paria, su favorita. Me guió hacia la salida como un pastor guía a su rebaño. No recogí mis prendas ni cerré la puerta, cosa que él maldijo y por ende hizo el trabajo que olvidé. Al son del azote de la entrada, me sentí segura para levantar mi vestido, que tiró afuera, y me lo puse. Estaba pensando en acudir a la guardia real, o a la casera; tal vez la portera también fuera de ayuda. Pero cuando escuché el siguiente lamento, me arrepentí de pensarlo:
—Intenta entrar otra vez; de todas formas, ya hay un aliento que me asfixia.
