Siempre habías sido muy neutral y ordenada en tu vida. Uniforme impecable, escucha a tus superiores, la cabeza fría. Nunca juzgues apariencias ni subestimes lo que los demás están pasando. Ayuda en lo que puedas. Tal vez no tuviste a tus padres en el mayor tramo de tu vida, pero aún así hiciste lo mejor de ti misma con lo que tenías. Gracias a la guía de tus maestros, fuiste uno de los pocos orgullos entre los estudiantes de Jujutsu. Tal vez por eso te guiaron inmediatamente hacia la medicina, tu naturaleza protectora y voluntad de ver por los demás te adentraron en tu trabajo casi a la perfección. Aceptaste tu rol desde el principio, y tú técnica maldita solo te empujó más adentro. Casi en tus veinte años, ya eras un polo entre estudiante y practicante de medicina. Todas las misiones que recordabas siempre se trataban de ti ayudando a los demás hechiceros. Ya habías tenido tu dosis de experiencia con la sangre y la aplastante muerte, y en tu conciencia se impregnaba el peso de lo que eras capaz, y de lo que lamentablemente no.
El hecho de tu obediencia y voluntad no te hacía ciega de notar la brutal mano de manejo que utilizaban los rangos más altos. Aquellos que tomaban decisiones, que tal vez decidieron tu vida entera ni bien presentaste tus primeros ápices de energía maldita. Pero no guardabas ese tipo de rencor dentro. Tal vez porque no entraba, o porque simplemente no lo dejabas entrar. Tal vez tu personalidad te ayudó a navegar ese mundo. ¿Quién diría que eso sellaría muchas cosas más?
La mayoría de tu tiempo, lo compartían con Aiko Ieri, tu maestra principal. La que te ayudó a adentrarte en esa carrera, la que se sentó contigo en las madrugadas mientras hacías tus resúmenes de biología, mientras ella se adentraba en su segunda caja de cigarrillos. Si bien al principio tuviste quejas, el humo del cigarro ya iba impregnado en casi todas tus cosas, incluyendo tu piel. Además evitabas discutir con ella, pues ya la sentías como una madre. Mientras tú cabeza punza del estrés mientras anotabas, ella a tu lado movía tu cabello hasta detrás de tu oreja, soltando a su vez otra cortina de humo desde su boca.
-Creo que ya es obvio, pero vas a necesitar al menos un vicio que te mantenga de pie, querida.- Decía, como tantas otras veces. Te mofabas de la adulta cuestionable que te empujaba a un mal hábito, pero aún así, silenciosamente la escuchabas. Era Aiko-sensei después de todo, vidas y vidas dependían de ella. Ese sentimiento era aplastante, y justamente se veía como ese tipo de persona, aplastada.
Te hubiese gustado haberla escuchado más. O tal vez haberla mirado más de cerca para ver con más detalle en lo que lentamente te convertirías. ¿Qué tanto puede ignorar uno su propia esencia?
Tan vívido como irreal, ese día estaba lloviendo. La lluvia hacía estragos en los enormes patios que rodean el dormitorio estudiantil. Los alumnos eran tan escasos que siempre estaba tranquilo, la lluvia se permitía resonar y caer en voz alta. No recuerdas mucho quién te dió la noticia y qué estabas haciendo cuando te enteraste, pero tus piernas funcionaron solas. Corriste y empujaste, atravesaste a las personas que caminaban tranquilamente por los pasillos de madera. Tus zapatos y parte baja de tus pantalones se habían salpicado con el barro por el cual desesperadamente corriste.
En la entrada del centro clínico, te esperaban. Algunos secos y con paraguas, otros mojados, sin mostrar signos de notar la lluvia casi punzante. Finalmente respiraste fuertemente al llegar.
-Aseguramos al portador, que era la principal tarea.- Anunció el director Yaga, dirigiéndose hacia ti. Fue suficiente para sentir un puño de acero bajar por tu esófago. Tu mirada danzó entre los demás. Los compañeros de misión de Aiko-sensei. Mojados, con sangre en el rostro borroneada, salpicada e impregnada. Incluso en sus ropas. Sus miradas perdidas no te ayudaron a recomponer la postura. De pronto notaste vendas. Vendas, gasas. Perfectamente puestas y agarradas, uno de los trabajos más prolijos que solo unas manos tan experimentadas podían hacer.
-¿Aiko-sensei?- Preguntaste y pese a estar al aire libre, el ambiente se sintió presionado a una bola.
-Aiko Ieri logró mantener a la escuadra de pie e incluso evacuar civiles a entretiempo. Cumplió cada uno de los puntos que le fueron solicitados.- Inquirió el director, posicionando su mano en uno de tus hombros, completamente empapados.- Aiko utilizó lo último de sus energías para ampliar las demás. No se pudo hacer nada más. Lo siento.-
Por primera vez después de tantos años, tus ojos ardían y el nudo en tu garganta amenazaba con estrangularte. Nadie más se atrevió a mirarte a los ojos. El director posó su paraguas sobre ti, tomando ligeramente tu brazo. Tal vez pudo ver cómo tú sola persona se derrumbaba a cada palabra.
Dos noches antes, habías molestado todo el día a Aiko-sensei, a tal punto que se encerró en el baño a fumar para no tenerte en su oreja. Rogaste ir con ella. Incluso amenazaste con abandonar tus estudios e incluso abandonar la hechicería. Estabas muy cerca de patalear pero hasta tu misma sabías que no llegarías a nada, y es más, sensei se burlaría.
-Tu solo te quedas aquí a estudiar. Te voy a hacer preguntas cuando vuelva.- Amenazó apuntándote con su mano mientras sostenía un cigarro. Indignada te atreviste a no saludarla cuando partió. La ironía; la cadena más grande que posaba sobre ti, la habías puesto tú misma.
Comenzaste con el café. El café que probaste al otro día, cuando con los ojos hinchados y sin voz, fuiste invocada a la reunión de grados especiales. La taza caliente fue víctima de tus manos presionando fuertemente mientras escuchabas el dictado de los altos mandos. Nueva formación, división de tareas, arreglos funerarios, indemnizaciones, nuevas convocatorias para reemplazar a algunos incapacitados. Todo con frialdad y desapego. Así era el vuelto de años de servicio. Números. El consultorio clínico y las tareas diarias de examinación pasaron directamente a tu nombre. El complejo en el que casi convives con tu maestra, ahora de tu pertenencia. La indemnización para su familia. Un esposo y una hija que aún no llegaba a los seis años. En
la heladera del consultorio estaban sus dibujos, pegados con imanes. Una familia que casi ni veía debido al enorme abuso de su tiempo que los directores ejercían sobre ella. De pronto cuestionaste si tenías fuerzas suficientes para dar vuelta la pesada mesa de reuniones. Fuerzas para arrancarles la cara. Para, por primera vez, vociferar en su contra. Tu mirada se dirigió a tus maestros. Los que siguieron de cerca tu crecimiento y tus logros. Ellos también estaban ahí. Respiraste hondo hasta casi al final. Cuando pensaste que todo terminaba y podías levantarte de tu silla, una nueva carpeta fue abierta sobre la mesa. Una de las enfermeras entró silenciosamente a la habitación.
-Finalmente aseguramos al portador. Anoche se hicieron todos los controles de emergencia y está fuera de peligro. Quiero felicitar a los responsables por traerlo a salvo.- Comenzó Yaga-sensei. Tu mirada se arrastró hacia la enfermera, quien suavemente tiraba de la mano de un niño. Ajustaste tus ojos doloridos hacia él.
-Satoru Gojo. Nuestra principal prioridad es dotarlo hasta su tope y añadirlo entre los nuestros. Estará a nuestro cuidado a partir de ahora. Sobre los responsables directos...- el hombre hizo una pausa, girando su vista en la habitación.- Ya no tiene ningún familiar directo, pese a que seguimos buscando. De momento lo asignaremos bajo el cuidado de uno de nosotros.- Anunció, cerrando la carpeta.
Tus ojos se clavaron en él. Un niño pálido y pequeño, casi escondido en las faldas de la enfermera. Nunca habías visto ese tipo de ojos, pese a tener conocimiento del clan Gojo. Dos orbes luminosos que resaltaba su piel blanca y maltratada. Una gasa cubría gran parte de su mejilla derecha, y su labio superior se notaba levemente magullado. Llevaba una yukata azul oscura, con unos toques más claros al final de sus mangas.
Y/N... -Yaga-sensei captó tu atención por instantes.- Aiko puso un requerimiento a tu nombre, informo deslizando un sobre hacia tu dirección, suavemente y con cautela. Ahora que lo pensabas, todos en la habitación parecían no querer compartir ni un centímetro de tu espacio personal. Incluso dirigirte la mirada era tarea titánica. ¿Qué tan mal te veías?
"Si logramos traer al niño, por favor, queda en tus manos"
Las letras al final se podían palmar con la yema de los dedos. Aiko Ieri había escrito una carta de defunción específica para ti, dos días antes de partir, como aclaraba la fecha. ¿Qué pasó por su cabeza? ¿Lo escribió mientras te escuchaba quejarte y rogar? Las lágrimas brotaron de tus ojos, y apretar la boca a tal punto de que apenas se divisaban tus labios. La carta se arrugó entre tus dedos, mientras todos en la habitación parecían haber dejado de respirar. Escondiste tu rostro entre tus manos temblorosas. Yaga-sensei con una seña logró que todos se levantaran y se retiraran de la sala, mientras posaba una de sus manos sobre tu espalda.
-Dudo que lo hubiese admitido, pero genuinamente confiaba en ti.- Dijo mientras escuchaba tus sollozos.
Tomó un largo y doloroso respiro para que tus adentros cesaran. Tú cabeza se partía y derrumbaba, para luego armarse y volverse a partir. Tu conciencia no te permitía quebrarte
completamente pero tampoco había fuerzas para recomponerse. Era un limbo pesado y asfixiante. Sin darte cuenta, canalizabas a tu maestra. Que haría ella, que diría, cuál era lo siguiente. Finalmente te levantaste de tu silla, tragando saliva y frotando por centésima vez tus ojos. Tal vez fuera de los muros de Jujutsu hubieras podido hacer el duelo correspondiente. Pero aún estabas aquí, donde ella te dejó.
Saliste de la sala vacía, corriendo lentamente la pesada puerta corrediza de madera. A un costado, la enfermera con el niño aún enganchado en sus faldas te aguardaban. Suspiraste.
Intercambiaste miradas con ella, quien también tenía los ojos inyectados con sangre. Cada uno perteneciente al cuerpo médico había sido guiado en algún punto por Aiko Iori. Tal vez tu pena era pesada, pero no eras la única. La enfermera lentamente se inclinó hacía el niño, quien dió unos cortos pasos hacia ti. Por instinto te inclinaste a su altura. Tus piernas temblaban pero mantuviste equilibrio.
-Satoru Gojo-kun?.- Nombraste por primera vez, y algo en tu pecho logró en ti una pequeña curva en tus labios. Él puso sus enormes ojos sobre ti, casi pintando los tuyos de esos tintes celestes tan brillantes. Parecía que el niño se negaba a parpadear, con miedo a perder un mínimo detalle por un milisegundo. De pronto fuiste consciente de tu estado, y de lo impresentable que te veías para ser una primera impresión.
-Creo que necesito unas gotas para mis ojos, ¿no crees?. -Preguntaste mientras masajeas tus párpados.- Y tu necesitas un cambio de gasas... ¿Que dices si vamos juntos?.-
Extendiste tu mano hacia él, tomando nota de no hacer movimientos bruscos. No era la primera vez que tratabas niños, aunque no era tu especialidad. Él miró hacia la enfermera, y luego hacía ti. Lentamente extendió su mano hacia la tuya, con cautela pero al mismo tiempo una pesada curiosidad. Su mano estaba fría, así que con tu otra mano la cubriste en su totalidad. El agarre hizo que sus ojos expandieran, sintiendo el calor de tus palmas entre sus dedos. -Creo que ambos necesitamos una bebida caliente, ¿Que quieres tomar? -
Preguntaste mientras lentamente comenzabas a caminar, sosteniéndolo lo suficientemente firme para que te siga el paso, pero no para arrastrarlo. Esa sería de ahora en adelante tu forma de actuar hacia el. Con el espacio y el ritmo necesario.
-Quiero leche con canela.- Te respondió, mirando hacia el suelo.
La enfermera los vio alejarse asombrada. El niño no había soltado ni una sola palabra desde que había llegado.
