— Vi las semifinales la pasada noche—Prusia rompió el silencio que reinaba sobre la mesa, donde él y Alemania tomaban el desayuno...Prusia prácticamente había arramblado con los bollos y el café de su hermano menor.
— ¿Y?—preguntó Alemania, levantando la mirada del mantel. No había podido verlo porque el trabajo le había dejado tan exhausto que se fue a la cama temprano. No le importaba no haberlo visto: sabría que o Prusia o Italia se lo contarían en cuanto abriera un ojo. Todo el mundo hablaría sobre ello a la mañana siguiente.
— Austria está fuera. No me sorprende: casi me quedo frito durante su actuación. Suiza y Bélgica sí que han pasado. Australia, Rusia, Polonia, Ucrania...No me acuerdo de más, déjame ver...—Prusia tomó su móvil y lo miró. Parecía ser que había tomado nota y todo, para contárselo luego—. Ya. Turquía, Portugal, Finlandia, Bielorrusia, Grecia, San Marino, Israel, Noruega, Croacia, Rumanía, Azerbayán, Polonia...
— A él ya le has dicho.
— Es verdad. Uhm, Macedonia y República Checa.
— Hm.
No quería ni necesitaba saber más acerca de lo que había pasado la noche anterior, porque ya sabía a qué vecinos y amigos se encontraría en el festival y ya había escuchado antes algunas de las canciones que iban a presentar los otros, así que la mirada y los pensamientos de Alemania volvieron a perderse en algún lugar de la cocina.
Pero parecía ser que a Prusia le quedaba algo que decir, porque continuó mirándolo con tanta insistencia que acabó por atraer inevitablemente su atención y le hizo fruncir el ceño.
— ¿Qué?
— Hay mucha competencia este año. Se han quitado de encima a la mayoría de los aburridos y han quedado fuera algunos buenos, pero aun así hay algunos rivales considerables. ¿Has ensayado?—preguntó Prusia.
— Bueno, tengo mucho que hacer. Ganar un concurso de canto no me va a ayudar a resolver lo de la subida de los precios y el problema de la energía. Últimamente es como si tuviera un agujero en la cartera; no puedo perder mucho el tiempo con Eurovisión. Pero hago lo que puedo.
— Ya, claro. Siempre tan ocupado. Haciendo las cosas a toda prisa. Por eso siempre escoges las peores canciones que te ofrecen los compositores.
— A mí me gustan—Alemania frunció el entrecejo.
— ¡West, abre los ojos, todas las canciones que has estado mandando estos últimos años eran una mierda, una mierda tan grande que no cabía por la puerta! ¡Y para empeorar las cosas, vas y dejas que los de vestuario te vistan como un personaje de los animes más surrealistas de Japón! Australia tiene una puesta en escena que le da mil vueltas a Broadway. Ucrania, no sé ni de qué iba su canción, llevaba un vestido que tenía aullando como perros en celo a todos los tíos y lesbianas del estadio. España baila de miedo. ¿Y tú que tienes? ¡Una canción sobre abejitas! ¡Como si a alguien le importara un bledo las estúpidas abejas!
— Creía que disfrutabas burlándote de mí. Sueles ser el primero en colgar memes sobre mí en Twitter.
— Tiene gracia, pero a la vez es horrible, porque estamos en el mismo barco. Quiero ganar algún año, ¿sabes?
— Pues preséntate tú. Ah, no, espera, no puedes. Ya no eres una nación.
Las palabras de Alemania hicieron que la expresión de Prusia se agriara más. Los pucheros que hizo resultaron casi cómicos a Alemania.
— Eso ha dolido y no venía a cuento. Pero hay algo de verdad en eso: yo no soy nadie. Mis días están contados. Sólo me quedan unos pocos años en este mundo, y quiero verte a ti, mi legado, saboreando la victoria por una vez.
— Yo ya he ganado. Dos veces.
— Sabes a qué me refiero.
— Sí, supongo que para ti no ganar todos los años es ser un perdedor y hacer el ridículo—habiendo terminado de desayunar, y habiendo aguantado suficiente las tonterías de Prusia, Alemania se puso en pie—. Pues lo siento, pero tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme por Eurovisión. No soy cantante profesional. Hacemos esto para divertirnos, ¿recuerdas? Y eso es justo lo que pretendo hacer: divertirme con mis canciones tontas.
Y con esas abandonó la cocina, dejando a Prusia sacudiendo la cabeza.
¡Oh, Alemania no lo comprendía! La política lo teñía todo. El ganador recibía hordas de turistas, lo cual implicaba ingresos jugosos. No era diversión. ¡Era competición! ¡Un escaparate internacional!
Rascándose la barbilla, Prusia comenzó a rumiar una idea.
Alemania no ganaría a no ser que sobornara a toda Europa o que el resto de los países sufriera una epidemia de salmonela.
Una sonrisa apareció en su cara.
Sí...Exacto...
Inglaterra contempló durante largo rato los trofeos que tenía sobre la chimenea. Puppet on a string, 1967. Boom Bang-a-Bang, 1969. Save your kisses for me, 1976. Making your mind up, 1981. Love, shine a light, 1997. No estaba mal, nada mal.
Por eso este siglo estaba resultando frustrante.
No sólo no había ganado ningún festival desde que comenzara el nuevo milenio: había quedado entre los últimos demasiado a menudo. En sus mejores momentos quedaba segundo o tercero, pero cuando fracasaba, tocaba fondo de veras. Dos años antes, no había conseguido ni un voto. El año anterior, tan sólo había conseguido un punto, de Francia.
El gabacho se creía muy gracioso...Que tenía que sentirse 'agradecido'...Eso había sido más humillante que si no hubiera recibido nada de nada...
¡Pero ese año no! Ese año cambiarían las tornas. Había trabajado lo más duro que podía casi desde el mismo instante en que Suecia fue elegido ganador de la última edición. Había tomado muchas clases de canto y baile.
¿Sería suficiente? A saber...Europa estaba repleta de cabrones a los que no les convencía una buena voz...Estaban todos contaminados por la idea que tenía América de lo que debía ser un espectáculo: ir a por el más difícil todavía, hacer la burrada más grande...
Por eso debía hacerlo espectacular, a la par que bueno...
Acarició el libro de hechizos que sostenía en sus manos con una sonrisa creciente.
Este año haría historia, y pondría en uno de esos marcos digitales el vídeo de la mandíbula de Francia tocando el suelo...
Inglaterra era amigo suyo. Era cierto que habían tenido muchas...desavenencias, por llamarlo de algún modo, en el pasado, pero eso era agua pasada. Eran buenos amigos, colaboraban en muchos asuntos. Pero durante esa época del año Francia sentía cómo su histórico asco hacia Inglaterra retornaba, cómo volvían a su mente los malos recuerdos, y su sangre hervía al oír ese condenado nombre.
Igual que Inglaterra, él había ganado el festival cinco veces. Estaban empatados. Un día uno de los dos superaría al otro. Un día, quedaría demostrado al fin quién de los dos era el mejor.
Se detuvo por un segundo para mirarse en el espejo. Se vio con melena de león, la cabeza bien alta, los ojos llameando de orgullo.
Obviamente, sería él.
— Lo retomamos desde ahí, ¿de acuerdo?
Francia asintió.
No había tenido mucha suerte en el concurso desde 2000. Hubo veces en que se vio ganador, con la miel en los labios..., pero nunca llegó a catarla. En su lugar, había tenido que tragar la humillación del último puesto, y año tras año siempre terminaba entre los diez últimos. Y no entendía por qué. Sus escenarios eran elegantes, sus canciones y él mismo, refinados. Ni siquiera experimentando con algo un poco más juguetón conseguía resultados. Había llegado a la conclusión de que sus amigos europeos no habrían reconocido el talento ni aunque hubiera irrumpido en su casa y les hubiera dado una patada en las pelotas.
Francia bebió, dejando la botella de agua a un lado, y volvió con su compañero.
Pero esta vez nadie se resistiría a sus encantos.
Había conseguido a un gran colaborador con el que hacer un dúo.
— La última nota ha quedado un poco desafinada, pero vas bien—le dijo David. David Guetta, claro.
— De modo que, tu hermano ha pasado.
Ucrania evitó mirar a Polonia y siguió mirando distraídamente los escaparates de las tiendas.
— Me sorprende de veras que le hayan dejado presentarse, para empezar. Creía que teníamos reglas para evitar que gilipollas como ésos nos aguaran la fiesta—prosiguió Polonia, sin desalentarse ante su silencio.
— Supongo que los organizadores consideraron que podía. No sé—dijo Ucrania, evasiva.
— Y Bielorrusia ha pasado también. Los tres vais a estar juntos. ¿Cuánto hace que no pasa eso? ¿Una década?
— No lo recuerdo.
— ¿Y tú qué piensas de eso?
Polonia esperó su respuesta, sin inmutarse por Lituania, que se afanaba por seguirlos mientras cargaba con toneladas de bolsas (las bolsas de Polonia) en sus manos.
— No pienso nada—admitió Ucrania—. Cada uno iremos a lo nuestro y ya está. ¿Qué quieres que te diga?
— Teniendo en cuenta cómo han estado las cosas entre vosotros, quizás no os apetezca estar en la misma habitación.
— Ya te lo he dicho: estaremos a nuestras cosas. Yo tengo una actuación que presentar, nada más. No quiero pensar en mis problemas familiares todo el tiempo. A veces...la cabeza necesita descansar.
— Pero ya conocemos a Rusia: él nunca va a lo suyo. Estoy convencido de que Georgia no ha llegado a unirse a nosotros porque él se lo ha impedido—dijo Polonia.
— Y los bálticos. Qué curioso que se hayan quedado fuera. Me gustaban sus canciones, y sé que la gente las escucha mucho en Spotify.
— Nah, eso ha sido porque Letonia era un muermo, Estonia se quedó clavado en el sitio y se movía como un maniquí oxidado, y Lituania cantó como un ornitorrinco con sinusitis—Polonia ignoró la mirada que Lituania le lanzó a sus espaldas—. Pero teniendo en cuenta a algunos que han conseguido pasar, sí, no me sorprendería que hubiera movido algunos hilos.
Lituania dejó las bolsas en el suelo y suspiró cansado.
— No temas, Ukraina. Si intenta hacer algo durante el festival...—dijo a Ucrania.
— Gracias, pero no necesito vuestra protección. Puedo cuidar de mí misma. Además, no creo que Rusia intente nada durante Eurovisión.
— ¿Eso quién lo sabe? Le encanta cruzar líneas rojas—dijo Polonia.
— No lo hará. No le dejaré. Eurovisión sólo es una vez al año, ¡y no pienso dejar que me lo amargue!
— ¡Bien dicho, nena!—sonrió Polonia, y la rodeó con un brazo—. ¡Nos lo vamos a pasar bomba! Tú también, Liet. Desde casa.
Lituania lo fulminó con la mirada por segunda vez, pero de nuevo Polonia pasó de él.
— Puedo contar con tus doce, ¿no?—guiñó un ojo a Ucrania.
— Claro que sí, ya te lo he dicho. Tu canción es mi favorita—contestó ella, riendo.
— ¿Y tú, Liet? Te prometo que convenceré a Bielorrusia para que te llame.
Lituania se sonrojó.
— Claro, ¿por qué no?
— Genial. Eso es lo que quería oír—Polonia sonrió satisfecho—. Sois muy buenos amigos.
Organizar Eurovisión costaba de media 33,6 millones de euros; las naciones gastaban 500.000 en el derecho a participar y retransmitirlo. Uno podía decir que era un pasatiempo bastante caro. Pero todos sabían que era una inversión. Quien organizara el concurso no sólo ganaría un trofeo del que presumir ante los invitados. Era una enorme inversión en infraestructuras, trabajadores, efectos de imagen y sonido; pero también era cierto que el beneficio era considerable. La ciudad anfitriona recibiría miles de visitantes, entre participantes, sus equipos y espectadores. El turismo creaba empleo. Más aún, era publicidad para la ciudad y para el país; una publicidad que significaba más visitantes a lo largo del año, inversores, un altavoz para los mensajes y problemas del anfitrión...
Suecia sabía bien cuáles eran las ventajas de ganar. Había ganado siete veces.
¿Y por qué había ganado tantas veces? Porque le ponía mucho esfuerzo y cuidado a todo lo que hacía.
No sólo había conseguido sobrepasar a Irlanda, considerado el dios de Eurovisión, el tío al que nadie podía acercarse remotamente. No sólo estaba entre sus planes unirse al grupo selecto formado por España, Luxemburgo, Israel y, de nuevo, Irlanda, de países que habían ganado dos o tres veces seguidas. No, dejaría huella en la historia del festival haciendo de Estocolmo 20XX la mayor y más espectacular edición de todos los tiempos.
Supervisó el estadio en el que tendría lugar el festival junto con los presentadores. Profesionales de la industria del entretenimiento, famosos de su radio y televisión, todos con un acento inglés impecable. Dos hombres y dos mujeres, por supuesto; la paridad no era una opción. Uno de los diseñadores les estaba haciendo un recorrido, mostrándoles todo.
— El estadio usa exclusivamente luces LED, asegurando así un bajo consumo de energía. Hemos instalado placas en el suelo que convierten el movimiento y el calor de los concursantes, el personal y el público en energía, de modo que no sólo derrochamos poco, sino que casi somos autosuficientes. Hay espacio para unos 7.354 espectadores en la pista. Hay contenedores de reciclaje por todo el espacio, nadie tiene excusa para tirar la basura al suelo.
Una pequeña sonrisa satisfecha se dejó ver por la cara de Suecia.
— Ahora verán una muestra de cómo se verá el desfile de banderas.
El hombre alzó una mano, haciendo una señal a un trabajador que esperaba. Entonces, las luces del estadio se apagaron y las pantallas LED que cubrían el escenario y la plataforma se iluminaron con los colores azul y amarillo de la bandera sueca como si una caja se hubiera abierto y la bandera hubiera salido de ella con una explosión. La animación tenía muy buena pinta y Suecia se sintió satisfecho con el resultado. Se moría por que la semana pasara rápido para poder desfilar por ahí, mostrando con orgullo su bandera.
— ¡Guay, cómo mola!
Se dio la vuelta en ese momento para encontrarse con una personita que se había acercado sin que nadie en el equipo se diera cuenta. Sealand se quedó mirando la bandera con los ojos muy abiertos.
— ¡Va a ser la caña! ¡Tengo tantos nervios que voy a reventar! ¿Sabes a quién ha traído Francia? ¡David-Guetta!
Los presentadores volvieron los ojos hacia Suecia; él adivinó qué estaban pensando.
— ¡Oh, venga ya, es un grande de la música, un coloso! ¡Ponle algo de entusiasmo, Papá! Hey, si no quieres que Francia te haga sombra, deberías traer a alguien igual de grande o incluso más grande a que venga a tocar durante el descanso...como...Abba o...alguien más moderno, menos viejuno...¡Ya sé! ¡Avicii!
— Ninguno...de ésos está disponible, me temo—le dijo con delicadeza el diseñador.
— Qué pena...Será difícil competir con algo como eso...¡Pero, ey, seguro que se te ocurrirá algo espectacular, y yo lo haré lo mejor que pueda! ¡Jugaré limpio, lo prometo; no me pondré celoso, ni insultaré ni haré trampas! ¡Seré un caballero, gane o acabe último!
Todos los adultos seguían mirando a Suecia, y él les aseguró con un gesto con la cabeza que lo tenía todo bajo control. Esto iba a ser difícil, pero debía ser firme...
— Sealand...—Suecia se arrodilló frente a la micronación para poder mirarla a los ojos—. No puedes participar.
— Sé lo que ha dicho la EBU, pero tú me dejarás, ¿a que sí? En plan...Tú eres el que lo está montando todo, y yo soy tu hijo contractualmente hablando...—la sonrisa de Sealand no se alteró en lo más mínimo.
— Lo siento. No puedo. Hay unas reglas que debo seguir. No eres una nación reconocida oficialmente, así que no puedes participar.
Con esas palabras, el entusiasmo de Sealand se esfumó rápidamente.
— Pero...Si tengo una canción y todo...Llevo ensayando un año entero...
— Lo siento, Sealand. Te conseguiré credenciales para que puedas ir adonde quieras, y el autógrafo de Guetta—le dijo Suecia.
— Pero yo quiero ser concursante, no VIP...—protestó Sealand.
— Ya te lo he dicho, no puedo hacer nada.
Suecia posó una mano sobre el hombro del niño y a continuación se alejó junto con el equipo, dejándolo atrás.
— Es una lástima, pero hay que ser firmes. No podemos dejar que nadie interfiera—dijo un diseñador.
Eso pensaba Suecia. De veras que odiaba tener que darle ese disgusto a Sealand, pero...en fin, a los niños hay que decirles que no de vez en cuando, o se convertirían en pequeños tiranos, ¿no?
Pero había tenido a Sealand a su cargo durante suficiente tiempo como para saber que no lo aceptaría sin más. No tenía corazón para obligarlo a quedarse en casa el día de Eurovisión, pero tomó nota mental de decirle a uno de sus guardaespaldas que se ocupara de él...Por si intentaba algo...
— ¡Mami!—la frustración pareció abandonar por un segundo la voz de Sealand, cuando salió corriendo a reunirse con alguien que se acercaba.
Finlandia lo recibió con los brazos abiertos.
— Ya te lo he dicho, no soy 'Mami'...—Finlandia trató de corregir al niño con delicadeza.
— ¡Mamá, Papá no me deja cantar con vosotros este sábado!
— Oh, qué pena, pero estoy convencido de que comprendes que no es cosa suya. Tiene las manos atadas.
— No es justo...—se quejó Sealand.
Vaya, parecía que ese día Finlandia estaba de mejor humor. Suecia lo vio aproximarse, arrastrando su maleta.
Pero vio la primera señal de que no era así: la dulce sonrisa que había dedicado a Sealand se volatilizó en cuanto se encontraron cara a cara.
— Siento interrumpir, Suecia.
Segunda señal: ese 'Suecia'. Se había dejado el 'Señor' que lo solía preceder.
— No pasa nada.
— Acabo de aterrizar y me dijeron que estabais aquí, así que he pensado que podríamos ir a comer por ahí.
— Aún tengo que ocuparme de algunas cosas.
— Muy bien, en ese caso me llevo a Sealand, para que no te moleste. Sigue con tus cosas.
Tercera señal: no dijo adiós. Se limitó a mirar en derredor con las cejas ligeramente fruncidas y salió llevando a Sealand de la mano.
Suecia frunció las cejas. Claramente estaba enfadado porque no era Helsinki 20XX...
— ¿Señor?—el técnico reclamó su atención.
— Sí, siga—Suecia se volvió hacia su gente.
Siguió escuchando, pero el buen humor ya se le había estropeado.
