HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
1957
Alguien había traducido al inglés lo que estaba explicando el comentarista. América no sabía si lo habían hecho los de su equipo, o el mismo Rusia, para que todo el mundo supiera. Pero lo importante era que, detrás de toda la propaganda, había una verdad que no podía ignorar: el satélite Sputnik había sido lanzado al espacio y ahora estaba en órbita. Por primera vez en la historia, una criatura humana había conseguido alcanzar las estrellas, visitar la morada de Dios.
El problema era que el responsable de aquello era la Unión Soviética.
América debía superar esto. Rusia no podía tener la última palabra.
Desde el primer momento en que vio en la pantalla el aparato metálico, dedicó gran parte de su tiempo y dinero a su nueva obsesión. El mundo ya nada tenía que ofrecer. No quedaba ningún rincón por descubrir. Todo recurso había sido hace tiempo descubierto y explotado. El planeta se había convertido en algo tan banal que tenían armas nucleares que podrían haber puesto en riesgo la vida en la Tierra y no habrían dudado un solo instante en usarlas. No, no valía la pena perder el tiempo en él. El futuro estaba arriba. Aquellos tiempos requerían gestas como esas.
Pero parecía que no hacía más que malgastar recursos persiguiendo quimeras. Eso decían los demás. Cada vez que uno de sus cohetes explotaba antes de abandonar la atmósfera, que sus cálculos fallaban o resultaban ser ilusos o imposibles, podía oír los murmullos a sus espaldas, las risitas, los ojos que se ponían en blanco o lo miraban como si fuera un niño cabezota.
Un niño...Sí, un niño con una imaginación desbordante...Eso pensaban que era...
Debía enfrentarse a los hechos: Rusia tenía una tecnología más avanzada. Intentar superarlo significaría el suicidio económico y perder un tiempo valioso.
Pero para América tenía todo el sentido, toda la importancia. Le enfurecía que nadie pudiera verlo. No había luchado contra el nazismo para dejar que se extendiera un nuevo cáncer por el mundo. El comunismo había arruinado muchas vidas, reducido a naciones antaño poderosas a fantasmas ruinosos de sí mismos. Había invertido mucho en Europa, ¡no iba a consentir que Rusia lo echara todo a perder!
Su proyecto le quitaba la mayor parte del tiempo, le hacía dejar de lado sus deberes. Atrajo hacia sí a todos los científicos que pudo encontrar a lo largo y ancho del globo; incluso ofreció a antiguos nazis el perdón por su colaboración con el Reich a cambio de su intelecto y sus talentos. Su mirada, su mente, estaban en todo momento en los cielos.
Quizás la falta de sueño y el estrés habían hecho mella en él. Por lo menos eso quisieron pensar sus jefes, cuando América compartió con ellos su última ocurrencia:
— Voy a volar la luna.
El presidente Eisenhower se tomó unos segundos antes de reaccionar.
— No está mal. No es el mejor de tus chistes, pero...
— No es un chiste—por si América no lo convenció con sus palabras, la expresión de su cara y la forma en que pronunció aquello terminó de hacerlo.
— ¿...Destruir la luna, dices?—repitió Eisenhower.
— Sí. Eso he dicho. Me alegra saber que no estás sordo.
— ...No puede hablar en serio, señor—uno de los presentes (América no sabía cómo se llamaba ni tampoco se moría de ganas por averiguarlo) lo miró como si estuviera loco.
— ¿Tengo pinta de estar bromeando? Se puede hacer. Sé que sí. Una bomba nuclear. Como las que usamos contra Japón. O varias de ellas. Lo suficientemente grandes como para hacerla desaparecer.
— ¿Por qué ibas a hacer algo así, por el amor del cielo?—preguntó Eisenhower.
— ¿Que por qué?—América se volvió hacia él y casi le chilló a la cara—. Te diré por qué: porque Rusia ha mandado cosas al espacio. No sólo un satélite. ¡Un perro también! Y si puede mandar un perro ida y vuelta al espacio, y Dios sabe qué más, ¿qué no podrá hacer? ¿Y qué podría mandar luego? ¿Qué clase de cosas tendremos flotando sobre nuestras cabezas? Algo con rayos, un robot espía...¡Usa tu imaginación, Dwight! Tú piensa: la gente verá que Rusia puede construir y lanzar esas cosas, verá que nosotros no, y pensarán: «eh, pues puede que el comunismo no sea tan malo; no estarán tan arruinados y pasando hambre si pueden permitírselo; están haciendo cosas chulas; son los mejores.» Esto se ha convertido en una carrera. Ya no nos queda tierra por conquistar aquí abajo, así que el primero en colonizar el espacio gana.
América se detuvo y respiró profundamente. Fue durante esta pequeña pausa que Eisenhower se dio cuenta de que no podía hablar más en serio, porque no le había llamado Ike, como siempre hacía, sino Dwight.
— No puedo parecer débil. Ahora no. No hasta que haya aplastado a ese mono bebedor de vodka...
— ¿Qué pensará la gente, América?—le preguntó Eisenhower con voz queda.
— ¡Yo soy la gente!
— Sin luna...¿Qué...?
— Sin ella—uno de los hombres que se encontraban allí, que tenía un evidente acento alemán, explicó con un poco de timidez—, nuestras noches serán completamente oscuras, no habrá más eclipses, la marea también podría desaparecer. Ya que no contaríamos con los movimientos orbitales de la luna alrededor de la Tierra, el eje del planeta podría variar, afectando a las temperaturas, produciendo diferencias extremas entre ambos hemisferios...Muchos animales y plantas...
— Podríamos hacerla explotar cuando esté llena—América lo interrumpió para hablar con la mirada perdida, sumido en algún pensamiento terrible que hizo que su piel y la de todos los presentes se pusiera de gallina—. Así todos en el planeta podrán verlo...El pun...
— Pero América...—dijo Eisenhower, pero América lo ignoró.
— Señor Reiffel, quiero que usted se haga cargo del proyecto. Me gusta esa cabecita suya. ¡Venga, chicos, podemos hacerlo! ¡Podemos darle la vuelta a la tortilla!
De modo que el presidente no pudo hacer más que suspirar y dejar que América siguiera adelante con su locura. Después de todo, él era la nación. Estaba por encima de él. Él lo había puesto allí y podía echarlo de una patada.
Pero cada vez que oía un nuevo detalle del proyecto, encubierto como un Estudio de la Trayectoria Lunar, pensaba que estaba tan loco como América al dejar que esto ocurriera, que meramente se pusiera a investigarlo. Una bomba de hidrógeno, un poco menos potente que Little Boy pero adecuada para la misión...Cálculos sobre el efecto de la explosión y sus beneficios, si es que los había...El polvo que produciría, que el sol prendería, creando un espectáculo sobrecogedor...Con la tecnología que América tenía guardada por si Rusia movía ficha, era sin duda posible destruir la luna...
Sabía que no era el único que pensaba que todo esto era una locura. Reiffel confesó a espaldas de América que creía que había perdido el juicio, al hacer todo eso sólo para mejorar su imagen. Si quería parecer un monstruo a ojos de los soviéticos, por otra parte, iba por muy buen camino.
Pero él no iba a dejar que América se convirtiera en un monstruo. No mientras fuera su tutor.
1959
— ¡No sabemos qué consecuencias tendrá este disparate! ¡Los fragmentos lunares podrían aplastar ciudades y matar a millones de personas! ¡Tú mismo dijiste que el futuro está en las estrellas! Pues bien, ¡no ayudaría nada que destruyeras la luna, podría convertirse en base de operaciones! Quieres que te respeten, América, y lo entiendo, pero ¿no querrías ser recordado por algo un poco menos brutal? ¡Si siguen echándote en cara lo de Nagasaki e Hiroshima!
— ¿Tienes alguna idea, Dwight?
— ¿Rusia mandó un perro al espacio? ¡Pues manda tú un hombre a la luna! ¡Monta una base allí! ¡Un jardín vegetal! ¡Móntate una sucursal de Disneylandia! ¡Yo qué sé! Pero no voy a consentir que uses más a nuestros científicos para esta abominación. ¿Entendido?
América quiso protestar, pero en su lugar asintió y se pasó los días siguientes pensando...
Sí, no ayudaría mucho a su imagen convertirse en la nación que destruyó la luna. ¿A qué le cantarían los cantantes si la volaba? ¿Sobre qué escribirían los poetas? Hmmm...Quizás se hubiera dejado llevar por la frustración y el odio. Estas no eran formas, no. Su presidente y su equipo tenían razón. Había trabajado para parecer el buen samaritano que iba por ahí regalando libertad y dinero. Tenía que acabar con Rusia siendo amable, no un bestia.
...Hmmm...
Mandar un hombre a la luna...
Sí, podía visualizarlo...Su bandera ahí arriba, reclamando la luna para sí...Por el capitalismo...Huh...
2000
— Acabo de leer la nueva biografía sobre Carl Sagan.
Rusia bebiendo Coca-Cola, comiendo patatas fritas en un McDonald's...Décadas antes, América habría matado por pillar a Rusia así.
— ¿Te gusta?—sonrió América.
— Me gusta todo lo que tiene que ver con la ciencia...Había una parte en su libro...Una parte muy interesante..., sobre la época que pasó investigando el espacio para ti...
— Ajá...—murmuró América, con los ojos fijos en la hamburguesa que le esperaba, así que no vio que Rusia lo estaba mirando fijamente.
— ...que dice que una vez planeaste destruir la luna para impresionarme...
América se terminó las patatas y de inmediato atacó su hamburguesa, aún sin mirar a Rusia a pesar de su sonrisita y de sus ojos violetas fijos en él.
— Bah, ni que fueras el centro de mi vida. Como si me importara un pito lo que pienses.
— ¿De modo que no...?
— Pues claro que no. Es una idea ridícula. Suena más como algo que tú harías.
Rusia abrió la boca. Estuvo a punto de contarle lo del Proyecto E-1, justo después de su éxito con los Sputnik 1 y 2, antes de Yuri Gagarin...Pero al final no dijo nada y se limitó a sonreír.
— Probablemente—y siguió comiendo. Sólo porque tenía hambre. Esa comida que a América le gustaba tanto no podía ser considerada comida.
FIN
El Proyecto A119 sigue sin ser reconocido por los Estados Unidos hoy en día, a pesar de que varios científicos implicados en las investigaciones han confirmado su existencia. De hecho, mucha de la documentación ya había sido destruida para cuando Keav Davidson, biógrafo del científico Carl Sagan, lo descubrió.
La Unión Soviética también abandonó sus propios planes de volar la luna por las dificultades que entrañaba.
