Satoru había sido enviado a su primera misión. Esa semana fue una de las más horribles. Te rehusaste a comer por tres días hasta que te desmayaste en los pasillos del consultorio. Tuvieron que ponerte un suero.

Lo increíble era que mientras te carcomía la ansiedad por la seguridad de Satoru, él sentía lo contrario. Si sentía ansiedad, pero de dejarte por una semana. Estaba completamente seguro de sus habilidades y más aún si Geto estaba ahí. También fue añadida a su equipo Shoko Ieri. Otro golpe bajo para tus nervios. Entre el esposo de Aiko-sensei y los altos mandos se llegó al acuerdo que Shoko tendría una vida sin hechicería a menos que lo eligiera. Por lo visto había elegido, y ahora tu todo a tu alrededor de la nada escapaba la seguridad de tus manos. ¿En qué momento había pasado tanto tiempo? Un día antes de que se vaya te escondiste en el baño a llorar. Tu cabeza te daba las imágenes más terribles que encontraba. Tantos años viendo sangre y muerte finalmente te tocaban los talones. Tuviste una fuerte discusión con los altos mandos, y te obligaron a quedarte dos días en casa para calmarte. Incluso había custodia en tu departamento. Satoru estaba tranquilo, y atajaba tus preguntas nerviosas sobre planes y que era lo que tenía que hacer. El día que se fueron fuiste a despedirlos, y Shoko te pidió ayuda para armar un botiquín táctico. Mientras lo armaban en la baulera, Shoko te comentaba que aprendió con libros comunes de medicina, y luego vídeo-clases. Teóricamente hablando estaba bastante formada. Prometiste recibirla para prácticas en tu la clínica, y accedió feliz. A ustedes se acercó Suguru, quien traía su mochila para guardar. Shoko suspiró irritada al verlo. -Y/N-san, puede que muera en esta misión... ¿Aceptará está vez mi pedida de mano? .- Dijo el pelinegro, en un todo dramático y juguetón. Estaba a la par de altura de Satoru, e incluso se había centrado aún más en su musculatura. Shoko murmuró un "asqueroso" entre dientes. Reíste un poco mientras continuaste guardando gasas. Satoru quien hasta ahora estaba siendo dictaminado por Yaga-sensei, volteo a ver la escena, chasqueando los dientes. No entendías por qué Satoru parecía siempre tan molesto con él pero al mismo tiempo no se le despegaba.

-Por favor cuidense mucho. No duden en pedir refuerzos si la situación se complica, estaremos ahí.- Les pediste mientras se subían a la camioneta. Satoru te abrazo antes de irse, levantándote del piso y haciéndote girar. Reíste mientras golpeabas su hombro para que te bajara. Finalmente te rodeo en sus brazos y hundió su nariz en tu cuello, está vez dejando un leve beso. Saltaste un paso atrás ante la sensación, dándole un empujón.

-¡Dijimos que abrazos así no! .- Le reprochaste mientras llevabas tu mano a cubrir la zona. Satoru sacó su lengua y rápido se escabulló en la camioneta. Mocoso.

-No te preocupes. Si algo sucede iremos tú y yo a cubrir. - Te aseguro Yaga-sensei. Eso era lo único que te dejaba tranquila, saber que estaba a tu alcance.

Después del tercer día de huelga y de tu desmayo, ahora estabas comiendo un yogurt con vitaminas mientras una enfermera te pelaba una manzana. Odiabas preocupar a los demás, pero todos parecían empáticos ante tu situación. Pese a que los siguientes días comiste, terminaste bajando de peso considerablemente.

Aprovechaste para limpiar la casa, de la cual normalmente Satoru se encargaba ya que tú no tenías tanto tiempo libre para una limpieza profunda. Mientras terminabas de pasar la aspiradora en su habitación, algo te llamó la atención. En el tercer cajón de su cajonera, sobresalía algo que no lo dejaba cerrar completamente. Al intentar cerrarlo sin éxito, pensaste en tal vez dejarlo así y avisarle a Satoru cuando regresara, pero ahora la curiosidad te soplaba la oreja. No era como que Satoru no revisaba tus cosas y cajoneras cada tanto, aunque exactamente no sabías para que. Con cuidado abriste el enorme cajón, casi sin hacer ruido y mirando hacia ambos lados. Estabas sola pero aún así chequeaste que no había nadie. Eran tres objetos los que captaron tu atención. Primero era una mini revista que tenía las páginas algo maltratadas y dobladas. Levantaste las cejas al ver su contenido, pues eran idols y estrellas de cine que en su momento eran furor, todas semidesnudas con la temática de baseball. No sabías de dónde pudo haberla obtenido. ¿Sus amigos tal vez? La pusiste en su lugar pues, era solo una revista y realmente no te veías poniéndola en la mesada de la cocina cuando Satoru llegara. Lo siguiente que viste te desconcertó y progresivamente comenzó a desarmar tu cabeza a partir de ese momento en adelante. Era un lipgloss que habías perdido hace años, aún estaba por la mitad, y a su lado doblado a la perfección había unas bragas. Negras con elasticidad. Cerradas atrás y sin ningún tipo de decoraciones. Tenías otros dos pares iguales, hace meses venías preguntándote dónde estará el tercero. Ahí estaba, doblado meticulosamente entre la ropa interior de Satoru.

Un vacío profundo en tu estómago amenazó con debilitar tus rodillas. Con una de tus manos cubriste tu boca para mantenerla cerrada.

Tal vez uno realmente paga sus momentos de ingenuidad con el tiempo.

Esa noche dormiste profundamente mientras te abrazabas a tus almohadas. Habías intentado calmarte pensando en la charla que ibas a tener con Satoru ni bien llegara. Estaba también en tu responsabilidad explicarle este tipo de cosas, y le habías fallado. Satoru estaba confundido y más cuando realmente no tenía en dónde encasillarte en su vida. ¿Mamá? ¿Tia? ¿Hermana? ¿Madrina? Satoru había rechazado todos esos títulos y lo permitiste con tal de que se sintiera cómodo. Ahora era el momento para redirigir sus sentimientos de plena adolescencia hacia un lugar más sano, y explicarle el importante rol que llevabas en su vida, y del tipo de amor que tenemos con los demás. También ibas a preguntarle si había alguien especial en su mente, pues hasta el día de la fecha nunca habían hablado de algún interés amoroso. Chica o chico, lo que sea. Algunas veces unas estudiantes pasaban a preguntarte por Satoru, riéndose entre ellas y dándose empujoncitos, pero él jamás te lo había mencionado. Incluso cuando le preguntaste sobre ellas él solo hundió los hombros, volviendo a su consola. No te sorprendería si él y Geto andaban en situaciones extrañas tampoco, pasaban mucho tiempo juntos y a veces los encontrabas dormidos en la sala acurrucados en aquellos fines de semana donde se quedaba a dormir. Si bien estabas contenta por su cercanía, de vez en cuando lo pensabas, aunque jamás se lo harías saber. Necesitabas la tranquilidad de que Satoru estaba teniendo un desarrollo normal en cuanto a relaciones se trataba. Muchas fichas de a poco caían en tu mente. Hace rato habías dejado de acompañarlo en el baño o permitir que te espere fuera de la ducha. Le explicaste que ya era grande y que querías un respiro fuera de su presencia. Por

un tiempo notabas que si bien te bañabas con la puerta cerrada, Satoru esperaba afuera, aunque distraído con su teléfono. Otra cosa que lo alteró notablemente fue cuando en un desayuno, Suguru señaló que dejaste una marca de labial en tu taza y bajo la mirada atónita de Satoru, la levantó y procedió a beber el café, exactamente desde la marca que habías dejado. Satoru tenía el rostro contraído y rojo de la rabia, y tiró de un empujón a Suguru de su silla, arrastrando con ellos el mantel junto con las tazas y tostadas. Ese día te encerraste en tu habitación con un dolor de cabeza mientras ambos limpiaban en silencio. Creíste que su amistad no pasaría de eso pero a los dos días Geto paso a buscarlo para la escuela como si nada.

Un día antes de su vuelta y después de confirmar que todo había sido un éxito, finalmente pudiste respirar. Te dejaste recaer en la silla de tu escritorio, prendiendo un cigarro mientras tú cabeza se echaba hacia atrás. A veces pensabas que Satoru iba a darte un arresto cardíaco en estos días. O capaz el tabaco lo haga antes. Te sumergiste en tus pensamientos y no escuchaste cuando alguien se asomaba por la puerta.

-Así que ya recibiste las buenas noticias, Sensei.- Una voz masculina llamó. Saltaste en tu lugar. Nuevamente veías a tu ex compañero de la universidad. Aún tenía el uniforme así que supusiste que volvía de una misión. -¿Puedo molestarte un segundo? Hice un mal movimiento y mi hombro me está matando.- Dijo el hombre tímidamente, acomodando su ropa.

-No es molestia Sagami, adelante. - Con un ademán le pediste que se sentara en la camilla a un costado. Normalmente cuando son casos leves como esto, simplemente lo enviarías a las enfermeras y practicantes, pero hoy estabas de buen humor y Sagami era un colega.

-No desconfío de sus habilidades...- Dijiste mientras lo ayudabas a sacarse su camisa.- Pero Satoru no es un chico fácil de manejar. No logré cubrir varios aspectos de su crianza, al parecer.- Dijiste algo melancólica, mientras el humo salía de tu boca. Desde el ángulo donde estaba sentado el hombre vio como el sol de las cortinas daba derecho a tus pestañas y cabello. Este se sonrojo y desvió la mirada cuando te acercaste a tocar su brazo.

-¿De qué estás hablando? Eres un ángel.- Soltó el hombre sin pensar, sumido en sus pensamientos. Levantaste las cejas algo asombrada por el cumplido. Rápidamente retomó su compostura.- Es decir, Satoru no podría estar en mejores manos que las tuyas. - Recalcó desviando la mirada. Sonreíste ante sus palabras. -Gracias, quiero creer que es así. ¿Podrías flexionar tu antebrazo unos segundos? .- Le pediste hundiendo los dedos sobre la piel de sus clavículas. Luego de unos momentos volviste a repetir y el hombre soltó una pequeña queja.

-Bien, estoy segura de que es en los tejidos musculares, pero haremos una placa por las dudas. Le pediré a las enfermeras que te entreguen un ungüento de la farmacia central.- Dijiste mientras anotabas el nombre en un papel.- Suerte y por favor cuida de ti mismo.- Dijiste entregando el papel, mientras volvía a vestirse.

El hombre lo recibió y con una reverencia se retiró. Hizo unos pasos en el pasillo y nuevamente volvió a ingresar, acalorado.

-Sensei, ¿Te gustaría ir a cenar conmigo?.-