Si le mira a los ojos ve una marea calma. Onda, extensa. Un paraíso para su deleite. Se encandila con esa mirada. Penetrante desde el día en que lo conoció. O al menos la primera vez que le vio en esta vida.
Sé ríe para si mismo al pensar que lleva tantos milenios siendo el objetivo de esa mirada oceánica Lacerante, como los mares del norte. Pero para él, cálida, como las playas Mediterráneas.
La suerte le acompaña y no lo duda. Pues aun con los pesares y desgarros que ha sufrido en todas sus malditas vidas. Estas congojas se ven tragadas lejos por el océano que le contempla en este preciso instante. Y le llama.
Pronuncia su nombre...
Y rompen sus olas en las rocas de su corazón.
