Aclaración: DESPUÉS DE MUCHO AL FIN REVIVO ESTA COSA LPM
Espero me perdonen la ausencia. Estamos en la segunda mitad de esta historia de amor y misterio ~
—¡Volveré luego! —Exclamó la joven detective, antes de cerrar la puerta de su apartamento.
—¡Que te vaya bien, Bridgette! —Saludó la señora Anarka, cuando se la encontró bajando las escaleras del edificio.
Era inicio de semana. Saltaba los escalones de dos en dos. Corría con una sonrisa en el rostro con destino a su trabajo. Y los vecinos podían decir que resplandecía con una alegría que pocos recordaban haberle visto en algún otro momento.
Los primeros vientos helados de la estación comenzaban a llegar. La gente desempacaba de sus guardarropas sus chalecos y boinas de colores apagados, faldas y medias largas, y muchos complementaban sus atuendos con bufandas rojas. Bridgette no era la excepción a la regla, haciendo que ondeara su bufanda roja de puntos rojos con cada zancada que daba.
Para variar, no se le hizo tarde. No fue la primera en llegar a la estación de policía, pero sí en degustar la primera taza de café, servida de su vieja cafetera.
Ni siquiera la presencia del alcalde André Bourgeois afuera de su oficina, pareció quitarle el buen humor. Pasó a su lado sin siquiera saludar, abrió su oficina y se hizo paso entre los papeles apilados en sendas columnas, hasta llegar a su asiento tras el escritorio.
El alcalde y el jefe del departamento de policía (y su jefe también), Roger Raincomprix, ingresaron de inmediato en la oficina, tomando asiento. El primero con un rostro serio, mientras el del segundo denotaba cansancio.
—Buenos días, caballeros —saludó con calma la detective, dando un sorbo a su taza —¿En qué puedo servirles?
Antes de que su jefe pudiera decir nada, el alcalde golpeó su rodilla.
—¡Tres meses, señorita! ¡Me aseguró que atraparía al asesino de mi opositor en menos de tres meses, pero aún no ha dado con él!
Entonces, Bridgette se puso seria. Dio un último sorbo a su taza y compuso ambas manos delante de su escritorio.
—Entiendo la preocupación, alcalde Bourgeois, pero a menos que no haya leído mi último informe, sabría que la situación de los asesinatos ha escalado a algo más grande.
—¿Y qué podría ser más importante que las elecciones? ¡No destino tantos recursos al funcionamiento de la guardia civil para que estén dando resultados tan nefastos!
El jefe Raincomprix le dedicó a la detective una mirada de disculpa. Ella entendió. Seguramente antes de que hubiera salido de su departamento siquiera, el jefe de la policía y el alcalde tuvieron una ligera discusión en torno al caso.
—Se lo resumiré, entonces. Tenemos fuertes indicios de que el grupo Miraculous está involucrado en los asesinatos.
El alcalde jadeó.
—¿Qué quiere decir?
Bridgette entendió que nadie en el gabinete del actual alcalde había ojeado siquiera su informe. Para su buena suerte, guardaba una copia a la mano en el interior de uno de los cajones de su escritorio. Mismo que le extendió al mandatario.
—En total han ocurrido nueve asesinatos hasta el momento, contando el único asesinato en el distrito de Breck, dos en el distrito de Rollam, otros dos en el distrito de Retasan y los cuatro en Rolled —explicaba Bridgette—. La mayoría de los asesinatos no guarda aparente relación entre sí, como si hubieran sido hechos al azar y por personas diferentes, hasta la muerte del candidato Bob Roth y de su aparente asesino, la misma noche que fue capturado.
—¡Esos separatistas! Debí suponerlo.
—No es sencillo determinarlo, pero sí muy probable. Nos confundió muchísimo que otra muerte ocurriera poco después del lamentable fallecimiento de Bob Roth.
El jefe Raincomprix no pudo evitar esbozar una media sonrisa de mal gusto, que rápidamente juzgó Bridgette. Carraspeó y continuó con el informe.
—Pensamos que esa era la intención. Cuando el cuerpo de detectives empezó a analizar las pistas a fondo, el método de ese último asesinato concordó con los ya registrados. Todos siguen el mismo patrón.
—¿Y ese cuál es? —Demandó saber el alcalde.
—Todos los asesinatos se hicieron con armas de fuego, a excepción de uno. Los calibres de las balas son similares, pero las marcas que dejan al impactar el suelo nos ayudaron a determinar el arma que las disparó. Ningún arma se repitió en estos nueve asesinatos, y en dos casos, incluso pudimos deducir que una de ellas era bastante costosa.
—No lo entiendo, ¿cómo se relaciona todo esto con Miraculous?
—Por más feo que suene, para matar a alguien se necesitan dos cosas —comenzó a responder Bridgette—, las agallas para hacerlo, en primer lugar, y el medio. Es fácil hoy en día conseguir un arma de fuego, gracias a los mercados clandestinos, pero en tal caso estamos hablando de modelos comunes. El rastro de las balas habría coincidido al menos en una ocasión.
—Creo que entiendo un poco… quiere decir que al seguir un patrón en específico, debe tratarse de una misma entidad.
—La suposición que tenemos es que los primeros homicidios no eran más que una forma de preparar el camino hacia su golpe más grande: el candidato Bob Roth. Los medios no han dejado de señalarlo a usted como el principal responsable de su muerte, para asegurar su reelección.
—¡Inaceptable, totalmente inaceptable! —Reclamó el alcalde Bourgeois, levantándose de su asiento, realmente indignado.
El jefe de la policía intentó tranquilizarlo, haciendo que volviera a tomar su asiento, permitiendo también a la detective terminar su hipótesis.
—Esa sería la verdad más fácil de relatar, pero yo creo que es más complejo que eso. Son demasiados recursos gastados como para conformarse con la vida de un candidato. Además, el supuesto asesino del candidato Roth también fue liquidado, y con un arma de filo largo. Para hacer peor el asunto, fue dentro de la prisión.
—¿Cómo es eso posible? —El alcalde compuso un rostro de espanto.
—Alguien debió dejarlo pasar, pero no hemos encontrado pistas de nada más. Incluso oficiales nuestros fueron heridos de gravedad —bufó. De milagro ninguno había muerto, pero tampoco pudo darles detalles sobre su atacante.
—Según sus declaraciones, fue como si una sombra hubiera agitado el aire para hacerlos sangrar. Dicho de ese modo, suena a un fantasma —complementó el jefe Raincomprix—. Pero es la pista más fuerte para sospechar de Miraculous.
Los puños del alcalde se apretaron con fuerza.
—Ya empecé una investigación dentro de nuestra fuerza. Si el alcance del poder de Miraculous es tal como lo han estado presumiendo todos estos años, no debemos descartar la posibilidad de que incluso se encuentran en la policía.
Nuevamente, el alcalde gruñó.
—Quiero una lista de sospechosos, ¡quiero que sean llevados ante la justicia! ¡Nada impedirá que me reelija! No le tengo miedo a los de Miraculous, ¡solo hagan su trabajo!
Sosteniendo y arrugando el informe entre sus gordos dedos, el alcalde salió de la oficina azotando la puerta tras de sí. Ambos oficiales lo vieron desaparecer cruzando el pasillo que daba a la salida del edificio, tras lo cual largaron un buen suspiro.
—Pudo ser peor, honestamente —el jefe Raincomprix se dejó descansar sobre el respaldo de su silla, mientras Bridgette se resignó a terminar su café tibio—. Por cierto, tu amiga, la reportera, dijo que vendría más tarde.
De inmediato supo quién.
—Seguro trae buenas noticias. ¡Ah! Casi lo olvido.
La azabache tuvo que ponerse de pie para apretar bien sobre su cintura, el cinto que mantenía sujeta a ella la espada Venom.
Roger Raincomprix se despidió luego de eso. Al salir de su oficina, juró y perjuró que Bridgette no había llegado a la estación de policía con aquella espada.
Los oficiales tenían permitido una hora de comida pasado el mediodía. Muchos solían tomarse más que eso, o bien, comían en la oficina a fin de terminar reportes pendientes.
Bridgette frecuentaba una cafetería a pocas cuadras de la estación, donde además solía platicar con una vieja y querida amiga.
—¡Buenas tardes! —Saludó animada una joven de piel tostada y cabellos oscuros.
Alya Césaire dejó caer sin mucha ceremonia su bolso en el asiento vacío, mientras depositaba con muchísimo más cuidado sobre la mesa su cámara fotográfica. Había salido muy cara como para darle un mal trato, después de todo.
Bridgette saludó de vuelta a su amiga, en medio de una mordida a un panecillo con jamón. Su único almuerzo de todo el día.
—El jefe Raincomprix me dijo que vendrías. Supongo que la mitad de mi hora libre será para trabajo y la otra mitad para ponernos al día.
—Tú decidirás qué media hora gastamos primero —respondió Alya, tomando asiento.
Inmediatamente después le hizo una seña a la camarera. Le traerían lo de siempre. También era cliente frecuente de la cafetería.
—¿En serio nunca te cansas de llevarla a todas partes?
La mirada de la morena apuntó a la funda de la katana. Bridgette no le prestó atención.
—Supongo que primero hablaremos de trabajo —dijo al final.
Alya dejó escapar un largo suspiro. Sin embargo, una suave sonrisa siguió adornando su rostro. Después de todo, amaba su trabajo.
—¡Bien! Pero, antes que nada, el departamento tendrá que pagarme el doble. Nino y yo estuvimos semanas enteras dentro de la hemeroteca buscando.
—¿La encontraron? —Preguntó la detective, esperanzada.
Alya sacó de su bolso un arrugado titular de periódico de hace varios años. El encabezado decía algo escandaloso.
"¡Terrible secuestro de las hijas del senador Bourgeois!"
Pese a lo grave que podría significar el asunto, Bridgette se permitió sonreír.
—¡Sí, es ella!
La página adornaba en su centro un par de fotografías amplias que retrataban el aspecto infantil de dos niñas, de edad similar. Una con el cabello largo, claro y ondulado, recogido en una coleta alta, mientras miraba a la cámara con una actitud altanera, y la otra con el cabello más corto y lacio, que distraía los ojos en la figura de su hermana con cierta ternura.
A un costado de la página, podía apreciarse un subtítulo de lo más cizañoso: "La duquesa Audrey Lee exige el divorcio."
—¿Estás segura? Han pasado cerca de diez años, dudo mucho que siga viéndose igual.
—Tiene que serlo, esa mirada es imposible de confundir. Esa tarde en la playa, la ví. La misma chica del correo que ha estado entregando paquetes a mi vecino.
—Novio, querrás decir.
Bridgette abrió y cerró la boca como pez fuera del agua, al mismo tiempo que un fuerte sonrojo atenuaba sus blancas mejillas.
—¡Alya! ¡Estamos hablando de trabajo ahora!
La morena tan solo enroló los ojos, sin borrar la sonrisa burlona de su rostro. Sin embargo, poco después su mirada tuvo que cambiar.
—No creo que tu trabajo incluya relacionarte con un asesino en serie —susurró.
—Aun no puedo corroborar eso —refutó ella, intentando controlar el sonrojo de sus mejillas—. Pero quizá investigando a esta chica pueda salir algo a la luz. Nadie en la oficina de correos ha dicho conocer a una chica rubia entregando paquetes fuera del horario regular, ni siquiera en el horario de entregas especiales.
Mientras decía aquello, sacó un bolígrafo rojo de su pantalón y empezó a dibujar sobre el periódico.
—Y no es nada sencillo conseguir uno de sus uniformes —agregó, concentrada en su labor—. Incluso para ser una copia, es demasiado bueno.
—Eso de por sí ya es bastante sospechoso, y no le da puntos de inocencia a Félix.
Una tisana fue servida delante de Alya al igual que un plato de galletas para compartir. La azabache suspiró, tomando una galleta para morderla con calma, sin embargo, su rostro se encontraba algo descompuesto.
Birdgette lo sabía. Desde aquel primer día de primavera, que todo lo que envolvía a Félix no era más que una pantalla.
—¿Es ella? —Preguntó Alya al observar con detenimiento el dibujo sobre el periódico.
Quien fuese años atrás la joven Chloé Bourgeois tenía dibujado encima, con trazos irregulares, un abrigo amplio de mangas largas con detalles en los costados y debajo de los botones, y su cabeza cubierta con un sombrero a juego con el conjunto: el uniforme de la oficina de correos de la ciudad.
Fue entonces que Bridgette se hizo a la idea de que aquella joven apenas había envejecido.
—Creo que la he visto antes —los ojos de la detective se abrieron con esperanza—. No te voy a confirmar nada hasta hacerlo yo misma, primeramente.
—Gracias —susurró Bridegtte al final.
Las seis de la tarde se marcaron en el reloj de su oficina. Dentro del departamento, Bridgette y otros tres oficiales eran los únicos que se encontraban a esa hora.
Las horas extra no se pagaban como deberían dentro del cuerpo de policías, pero tampoco estaban ahí por gusto en su mayoría, excepto por la detective, quien encontraba en la privacidad de su cubículo la paz necesaria para enfocar sus ideas y transmitirlas a los expedientes, que se iban apilando uno sobre otro conforme encontraba líneas de investigación respecto al caso de los asesinatos.
—Miraculous —musitó la detective entre dientes, manteniendo en su mente presente lo poco que se sabía acerca de la agrupación.
Creado hace aproximadamente veinte años en el mismo distrito donde ahora vivía, los primeros reportes lo describían como un grupo de alborotadores y rufianes que se dedicaban principalmente al vandalismo en vías públicas. Se hacían llamar activistas por la libertad, encontrando en el arte callejero una voz difícil de ignorar para los transeúntes de Rolled.
En su momento, no eran más que jóvenes anónimos que evidenciaban su deseo de independencia de la Unión de Estados (U.E.) formada hacía más de un siglo, cuando los países del continente decidieron terminar con las guerras para dar paso a una alianza que los posicionó como una super potencia delante del resto del mundo. Pintaban muros y banquetas, escribían ensayos que después publicaban en los periódicos y revistas, e incluso canciones que a veces se compartían en la radio, todos exigiendo la disolución de la Unión de Estados para volver a un antiguo sentimiento de identidad.
En poco tiempo se hicieron eco en los demás distritos del viejo país, encontrando tanto simpatizantes como críticos a sus ideas que no hicieron más que esparcir su mensaje, tanto para bien como para mal.
Tuvieron que transcurrir algunos años desde su creación para que el movimiento finalmente fuera escuchado por el Tribunal del Poder Superior, con una manifestación tan grande afuera de esas instalaciones, que diversos medios afines lo llamaron el "Milagro de Rolled", sin saber que al día siguiente todo se volvería una tragedia.
Un grupo de extremistas plantó bombas caseras alrededor del edificio del Tribunal, cobrándose la vida de varios asistentes a la manifestación y algunos oficiales de policía asignados. Solo hubo un detenido ligado al siniestro, una mujer, de hecho, que únicamente respondió al nombre de Mayura.
Su identidad, como el resto de los informes fueron eliminados de los archivos, en un descarado intento por ocultar la verdad que ocurrió después de aquello. Los medios de comunicación de la época tampoco fueron exentos de las medidas del gobierno en turno, como bien le hizo saber Alya cuando empezó su investigación.
Después de eso, Miraculous dejó de ser un movimiento pacifista y dio paso a un grupo separatista que muchos consideraban terrorista. Desde entonces la policía había estado luchando contra su influencia, sin mucho éxito.
—Detective —uno de sus subordinados asomó la cabeza por la puerta del cubículo —, paso a retirarme.
—¿Eh? ¡Sí! ¡Buenas noches, Luka! Gracias por todo —despidió al joven oficial con una media sonrisa.
Volviendo la mirada al reloj de pared, decidió que también era hora de regresar a casa. Despachó al resto de sus subordinados del departamento y se encargó de cerrarlo bien.
—¡Ya volví! —Anunció la detective apenas dio dos pasos dentro de su departamento. Al llegar a su pequeña sala, lanzó lejos tanto la bufanda como su abrigo antes de dejarse caer de espaldas sobre el sillón.
—¿Qué tal tu día? —Preguntaron desde la cocina, de donde pudo percibir el aroma de chocolate caliente. Pero por más que deseaba acercarse al lugar, sus piernas no le respondían (en realidad no quería moverse).
—¿Por qué no vienes y lo charlamos? —Respondió de forma astuta, sonriéndose ante su propia idea.
—Qué vaga.
O eso creyó.
Al rubio que se apareció con un par de tazas de chocolate caliente, le dedicó una mirada de mal fingido reproche. Misma que se desvaneció al verle sonreír de forma sincera. Bridgette suspiró derrotada, optando por tomar una mejor postura en el sillón para así darle espacio a su acompañante a su lado.
Tomó su respectiva taza y sopló un par de veces la superficie de la bebida, antes de dar un tímido trago. Le gustaba así de caliente.
—Gracias, Félix, justo lo que necesitaba.
El susodicho rodeó los hombros de la azabache con un brazo, conectando un abrazo sencillo pero confortante, compartiendo un poco su calor.
—Supongo que ocurrieron muchas cosas como para que llegaras tan tarde —dedujo Félix, esperando que su bebida enfriara un poco más antes de darle un sorbo.
El ambiente carecía de silencio gracias a la radio encendida, en una estación de música vieja.
Bridgette simplemente asintió con la cabeza. No quería (ni debía) dar detalles de su investigación, especialmente si su acompañante estaba involucrado. Le remordía la conciencia jugar de esa forma con Félix, pero lo peor es que no solo jugaba con él sino consigo misma además.
Desde el primer instante en que lo vio leyendo tan tranquilamente a un costado de una escena del crimen, supo que Félix no era un vecino común y corriente. Algo misterioso, a la par que peligroso, lo envolvía, por lo que se dejó llevar por su instinto para conocer la verdad a su alrededor, sin esperarse jamás que terminaría más involucrada de lo que alguna vez llegó a considerar.
Sin darse cuenta, ambas tazas terminaron sobre la mesita de centro, delante del sofá, y ellos compartían pegados un pequeño baile al son de la vieja música de la radio.
Así de inmersa se encontraba en su nueva relación. Una que no debió permitir en ningún momento y, sin embargo, se dio. Y no podía estar más feliz al respecto, pero era un sentimiento culposo con el que lidiaba todos los días.
Y si no fuese por esa espada maldita, que tenía que cargar a todos lados, quizá no dudaría de toda la genuinidad de sus sentimientos por Félix o los de Félix hacia ella. Así como la pureza del beso que compartieron al terminar la tonada.
Notas finales: La espada asusta (?
