La claridad del cielo se iba desvaneciendo entre tonos púrpura que a medida que se elevaban en el cielo amplio iban enfriándose en azules oscuros hasta llegar al negro absoluto, tachonado de refulgentes estrellas que parecían pelear entre cuál de todas titilaba con más fuerza y gracilidad. Una de ellas comenzó a destacar sobre las demás, haciéndose cada vez más grande hasta convertirse en una sombra contra el cielo mortecino tras las enormes cúpulas de un majestuoso edificio.

Era una lanzadera lambda, pero no era cualquiera…cuando se abrió la escotilla primero se oyó un resuello que iba acrecentándose en volumen, adelantándose como una melodía terrible, a la oscura figura que bajaba solitaria, pero con paso firme.

El Lord Oscuro, apenas nacido junto al Imperio galáctico meses atrás seguía avanzando sin titubear. Sabía perfectamente dónde estaba y a qué había ido. En su mente, con sólo un objetivo.

Había evitado ese momento a conciencia sabiendo que era una cita que no podría rechazar, pero la cual había dilatado mientras subyugaba sistemas estelares y asesinaba a todo ser que se interpusiera o se opusiera a las órdenes de su Maestro, más ya no podía seguir evitando ese lugar así como no había podido ni querido evitar su destino.

Las piernas comenzaron a flaquear a medida que se acercaba a las pesadas puertas de piedra. Tras las cuales estaba la verdad que estaba buscando, esa verdad que ya sabía pero que necesitaba corroborar con sus propios ojos, aunque estos ahora se escondieran tras un negro cristal y refulgieran con el mismo ímpetu que la lava de Mustafar.

EL cuerpo de Padmè debería estar ahí, en la ancestral cripta de los Naberrie:

-"Al parecer, tú, en tu ira…La mataste" - le había dicho su Maestro, haciendo trizas lo poco que quedaba de humano en su interior. El no podría haberla matado…ella estaba viva cuando la dejo tras de sí, la había lastimado, lo sabía, pero no habría podido matarla. Aún sobre su ira el amor que le profesaba era lo único que le había llevado a ese destino…asegurar su vida y la vida del bebé que llevaba en su vientre.

Maldijo a Obi Wan, por haberla arrastrado hacia èl en el momento menos oportuno. Maldijo a Obi Wan, porque por él Padmè ya no podría estar a su lado. – El dolor de ese pensamiento no se disipaba a pesar de todas sus victorias le costaba aceptar que su vida estaba condenada desde el momento en que fue concebido. Condenada a la soledad, al dolor y la desdicha. Todo lo que hiciera, todas sus victorias habían sido incapaces de borrar tales sentimientos…quizá, el día que cobrase venganza contra Obi Wan, podría recordar al menos, lo que era la satisfacción.

Cuando salió de sus pensamientos se diò cuenta de que estaba en frente de un altar de piedra. había usado La Fuerza sin darse cuenta para abrirse paso al interior.

La visión frente a sus ojos tuvo el poder de un mazazo contra su estómago, le hizo doblarse sobre si mismo y caer de rodillas…quiso gritar, pero el dolor era tan grande que no salió ningún sonido de su boca, el grito lo ahogó, se atoró en su garganta y por un momento su vista se nubló.

Padmè estaba recostada en un féretro de cristal, parecía dormida. Pálida, pero dormida…

Darth Vader trató de recuperar el aliento, y se puso de pie lentamente para avanzar el escaso trecho que lo separaba del cristal.

"Hermosa"- pensó mientras el eco de su risa venía a su memoria, mientras recordaba cómo brillaban sus ojos, cómo inspiraban sus palabras – Camino alrededor mirando su vientre abultado bajo un vestido azul y se fijo en sus manos cruzadas, donde descansaba el collar que èl le había fabricado con el fragmento de Jappor, "para la buena Suerte" hacia ya tantos años. Habían tenido la delicadeza de considerar ese pequeño detalle para su atavío en su último viaje.

Era cierto, èl la había matado.

Había planeado ese viaje para convencerse de esa verdad, para aceptarla.

Querría seguirse engañando con la ilusión de que ella no estuviera ahí, dormida, inmóvil…muerta, inalcanzable como todos los años de su adolescencia cuando sólo podía recordarla, dibujarla en su memoria con los retazos que puede guardar un niño de la visión de la hermosura de los ángeles lejanos que nacían en los cuentos de los pilotos interestelares.

La conciencia de su palidez, de su silencio, de sus bellos ojos cerrados para siempre terminaron de derribar la última ilusión de su alma rota. No habría alianza hasta la vejez porque ella ya había partido. No habría heredero de su amor compartido porque ella se lo había llevado consigo. Ambos ya eran parte del infinito, eran parte del vacío en que se había convertido su interior. Eran un eco que desde ese momento nacía dentro de su propia oscuridad. Un eco que quería apagarse, pero seguía ahí, en algún lugar. Pensó en su madre, pensó en un abrazo y en cuánto lo necesitaba, pensó en el amor como la embriaguez que no volvería a sentir y sintió frío.

Una sensación parecida a una lágrima quemando sus ojos secos se dejó sentir y lo hizo recobrar el sentido.

Había perdido mucho tiempo ya en ese lugar, lejos de Coruscant y su nueva vida. Avanzó con el mismo sigilo y determinación con la cual había llegado inicialmente, alejándose de la cripta y de los restos de Padmè. No volvería a pisar ese planeta a menos que lo requiriera El Emperador.

De una cosa estaba seguro,

En ese momento, en Naboo y no en Mustafar acababa de morir Anakin Skywalker.