Capítulo 43: Doblarse o quebrarse
Telling myself I won't go there
Oh, but I know that I won't care
Tryna wash away all the blood I've spilt
This lust is a burden that we both share
Two sinners can't atone from a lone prayer
Souls tied, intertwined by our pride and guilt.
There's darkness in the distance
From the way that I've been livin'
But I know I can't resist it
Oh, I love it and I hate it at the same time
You and I drink the poison from the same vine
Oh, I love it and I hate it at the same time
Hidin' all of our sins from the daylight
From the daylight, runnin' from the daylight.
(Diciéndome a mí misma que no iré allí
Oh, pero yo sé que no me importará
Intentando lavar toda la sangre que he derramado
Esta lujuria es una carga que ambas compartimos.
Dos pecadoras no pueden expiarse con una oración solitaria
Almas atadas, entrelazadas por el orgullo y la culpa.
Hay oscuridad en la distancia
Por la forma en que he estado viviendo
Pero sé que no puedo resistirlo.
Oh, lo amo y lo odio al mismo tiempo
Tú y yo bebemos el veneno de la misma copa.
Oh, lo amo y lo odio al mismo tiempo,
Escondiendo todos nuestros pecados a la luz del día.
De la luz del día, huyendo de la luz del día.)
Daylight – David Kushner
El regreso hasta el Torreón fue una sucesión de imágenes indistinguibles y frases que no llegaba a comprender del todo. Alguien le hablaba y le indicaba que caminara, y Molly obedecía de forma robótica, incapaz de pensar o conectar la parte lógica de su cerebro con el resto de su cuerpo. Hacerlo le habría provocado un cortocircuito instantáneo y un colapso absoluto.
Así que se dejó Desaparecer por Jolie Cartier, a pesar de que no confiaba en absoluto en ella, y no se animó a mirar hacia atrás, hacia aquella casa segura que apostaba había pertenecido a Draco Malfoy y había sido estratégicamente seleccionada para esconder a los hermanos Doval. No necesitó mirar, porque en cambio sintió el calor de la bomba a su espalda mientras la construcción ardía con fuego maligno, arrasando todo lo que encontraba en su camino.
¿Cómo habían llegado hasta ese punto? Betanie estaba muerta y su misión pendía ahora de un hilo peligrosamente delgado. "Yo la maté" se corrigió mentalmente, sintiendo una vez más que un vacío desgarrador tiraba de su cuerpo hacia el suelo. Por suerte Jolie seguía sosteniéndola de un brazo, sus dedos aferrados como garras contra los músculos de su antebrazo, impidiéndole detenerse.
No había tiempo para sopesar las consecuencias de sus actos. Las alarmas de la casa se habían activado con ellos todavía en su interior, lo que significaba que las barreras habían vuelto a estar en pie. Si el sistema era mínimamente respetable, obtenendría una huella mágica de ellos. Los identificarían. Al menos a Molly. Su huella se encontraba registrada en el sistema como parte de los requerimientos que había completado para convertirse en aurora.
Se aparecieron a varios kilómetros del pueblito, y a partir de allí, siguieron a pie para despistar los rastros de magia que iban dejando en su camino. Heros Morgan los forzó a dividirse en grupos. Él permaneció junto a Jolie y a Molly. Se encontraba mal herido, pero aún sin un brazo funcional, el joven sádico era toda una amenaza.
Cruzaron el campo abandonado frente a ellos en silencio. Morgan solo hablaba para dar instrucciones, sus palabras jadeos dificultosos a causa del dolor que seguramente crecía conforme pasaba el tiempo. Saltaron un cerco oxidado y desvencijado, y se refugiaron debajo de una rústica casilla, compuesta por cuatro columnas de madera torcidas y un panel de chapa que cumplía la función de techo. Entre la maleza crecida, Molly distinguió las vías de un tren.
—Llegará en cualquier momento —comentó Morgan tras comprobar la hora en un extraño dispositivo que llevaba similar a un reloj—. Tendrás que detenerlo tú, Jolie —gruñó luego, reposando de manera pesada contra uno de los postes. Su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético, pero Molly no lo había escuchado quejarse en todo ese tiempo de sus heridas. Su tolerancia al dolor era sorprendente.
Jolie se limitó a asentir, saltando desde la casilla hacia las vías del tren. Tenía la varita en la mano y su mirada gatuna examinaba hacia la oscuridad de la noche, aguardando.
Un tren de carga apareció a los pocos minutos, su luz frontal alumbrando el trayecto de los rieles y encandilándolos momentáneamente. Marchaba a un ritmo demasiado constante y veloz, sin dar señales de tener planeado detenerse en la casilla.
Pero Jolie alzó la varita y dibujó una letra R escarlata en el aire frente a ella, que brilló unos segundos antes de desvanecerse como humo. El tren redujo la velocidad de inmediato.
Heros se despegó del poste con otro gruñido y saltó hacia el interior de uno de los vagones con la ayuda de Jolie. Ambos giraron a mirarla, expectantes.
Si iba a escapar, ese era el momento. Morgan estaba malherido, y el tren empezaba a ponerse en movimiento de nuevo. Molly sabía que podía derribar a Jolie en un duelo mano a mano. La había superado en todas y cada una de las ocasiones en que se habían enfrentado durante los experimentos en el laboratorio de Gwen.
Podía escapar de ellos, del Torreón, de la Rebelión, de todo. Podía volver a casa. Abrazar a su madre y llorar contra su pecho. Pedirle perdón a su padre por haber subestimado lo difícil que era sobrevivir en época de guerra. Podía esconderse en su vieja habitación y quedarse allí hasta que todo pasara.
Excepto que no podía. Ya no podía hacerlo. No realmente.
Subió al tren y regresó al Torreón.
Se encerró en su habitación y se acurrucó en una esquina de la misma, envolviéndose las piernas con los brazos hasta hacerse un ovillo, escondiendo la cabeza para esconderse de la realidad. Quería llorar. Sentía una angustia insoportable comprimiéndole el pecho. Pero no podía. Todo su cuerpo parecía aturdido e incapaz de responder como ella quería.
Los recuerdos se repetían en un bucle infinito en su mente mientras Molly intentaba descifrar lo que había sucedido esa noche, mientras repasaba todos y cada uno de los eventos que habían llevado a la muerte de Betanie.
Perdió noción del tiempo. Las horas se sucedieron una detrás de la otra sin que Molly se moviera de aquel rincón. Betanie moría una y otra vez frente a ella. Una, y otra, y otra vez. Un destello verde y la luz de vida en sus ojos se apagaba.
Un golpeteo en su puerta la hizo salir del trance y volver al mundo de los vivos. Molly no respondió. Volvieron a golpear, estaba vez con más fuerza. Molly no se movió. La puerta se abrió.
La mirada dorada de Gwen Rosier recorrió la habitación, buscándola. Sus ojos se detuvieron al dar con el cuerpo agazapado de Molly, tan comprimido en aquella esquina que bien podría haberse fusionado con el resto de los muebles. Su rostro lucía la misma expresión indescifrable de ángulos agudos a la que Molly ya estaba acostumbrada. Pero sus músculos se tensaron durante un instante dándole una postura erguida y alerta que delató su preocupación.
Entró en la habitación y cerró la puerta con un movimiento suave y silencioso. Caminó hasta donde se encontraba Molly y se acuclilló frente a ella. La miró a los ojos durante largos segundos, examinándola con cuidado. Habitualmente, Molly habría desviado los ojos, intimidada por la intensidad de esa mirada, protegiéndose de lo que Gwen podría llegar a leer allí sí miraba con mucho detalle. Pero estaba cansada y sobrepasada. Así que le devolvió la mirada sin reparos, sin disfraces ni reservas. La dejó ver los demonios que la atosigaban y la muerte que destilaba. Le mostró el monstruo en que se había convertido de la noche a la mañana, en un pestañeo y con un solo maleficio.
Gwen entrelazó sus manos con las de Molly, tirando suavemente de ellas para obligarla a liberarse de sus rodillas y desenrollarse. La forzó a levantarse del suelo y a ponerse de pie. Molly había obedecido tantas órdenes ese día que se dejó guiar una vez más. La sanadora la llevó hacia la sala de baño. Molly entrecerró los ojos cuando Gwen encendió la luz y los azulejos blancos refulgieron con el reflejo de la misma. La dejó allí de pie aguardando mientras abría el agua tibia de la tina y la llenaba.
Molly todavía llevaba la misma túnica roja con la que había asesinado a Betanie. Estaba mugrosa, cubierta por polvo y tierra y restos de sangre de las pequeñas heridas que se había hecho durante el derrumbe. El borde inferior se encontraba rasgado y una de las mangas se había arrancado en algún momento de la noche sin que ella lo notara. Con movimientos delicados propios de una sanadora, Gwen comenzó a desabrocharle la túnica y la deslizó por sobre los hombros de Molly hasta que la misma cayó al suelo.
Debajo, todavía llevaba todavía su ropa muggle cotidiana: una camiseta blanca y simple que también se encontraba manchada con la suciedad de la batalla, y un par de vaqueros azules que estaban tan gastados por el uso que se habían rasgado en la zona de las rodillas. Gwen la desvistió de forma metódica y paciente, examinando las heridas que iba encontrando en el camino para asegurarse que ninguna de ellas era más grave de lo que aparentaba.
El vapor del agua caliente empezó a inundar la recamara, empañando los azulejos y generando una bruma blancuzca entre ellas. Precipitaba contra la piel expuesta del cuerpo de Molly formando pequeñas gotas de agua. Los dedos de Gwen se sentían fríos cuando la tocaban, provocando que el vello se le erizara y que un suave escalofrío le recorriera la espalda.
La sanadora continuó hasta dejarla en ropa interior y luego se detuvo un momento para volver a mirarla a los ojos. Su rostro de mármol seguía siendo inexpugnable, pero había una suavidad gentil en su mirada que hizo que algo dentro de Molly se estremeciera como nunca antes lo había hecho. Las manos de Gwen se apoyaron sobre sus hombros, sus dedos deslizándose por los breteles de su corpiño, aguardando su autorización. Molly hizo un pequeño movimiento con la cabeza, dándole su silencioso permiso para que continuara.
Las hábiles manos de Rosier terminaron por desvestirla y la guiaron hacia el interior de la tina. El agua caliente escoció contra la piel de Molly, pero no le importó. En cierta forma, se sentía como algo necesario para poder purgar la suciedad que la cubría, tanto externa como internamente. La muerte se había adherido a su piel con garras de hierro, y aquel ardor quemante le pareció un precio muy bajo a pagar para poder arrancárselo, aunque fuese solo por un rato.
Gwen la bañó en silencio. Le frotó primero los brazos con una esponja enjabonada y continuó por su cuello, para descender gradualmente por la espalda. Se deslizó con cautela por el resto de su cuerpo, removiendo la tierra y la sangre con serena meticulosidad y una dedicación sumisa que tomó a Molly desprevenida.
Una vez que hubo terminado, la ayudó a salir de la bañera, la envolvió en con una toalla, y comenzó a secarla. La ayudó a vestirse con ropa limpia que encontró en su ropero y le peinó cabello. La guió hasta la cama y la recostó sobre la misma.
—Quédate —le pidió Molly, con voz ronca debido a la cantidad de horas que llevaba sin hablar. Gwen asintió y se recostó junto a ella.
No se atrevía a girar la cabeza hacia el costado, pero por el rabillo del ojo podía distinguir el perfil filoso del rostro de Rosier. Era difícil de leer cuando no podía mirarla a los ojos.
—Betanie está muerta —Molly soltó hacia el silencio de la habitación, y sus palabras resonaron entre las paredes como un eco macabro antes de apagarse.
—Lo sé —respondió escuetamente Gwen.
—Yo la maté —agregó. No sabía por qué lo hacía, pero sentía la necesidad de confesarse ante ella.
—Lo sé —volvió a decir ella.
Si sentía decepcionada con Molly, no se notó en su voz. Por el contrario, la serena aceptación de la realidad con que dijo esas palabras hizo que se sintiera como una profecía cumplida. Como si Gwen hubiese sabido todo este tiempo que una asesina se ocultaba dentro de ella, aguardando el momento correcto para mostrar su rostro.
—¿Es la primera persona a la que matas? —le preguntó repentinamente Gwen. No la estaba juzgando, sino que parecía genuinamente interesada en conocer la respuesta.
—No —confesó Molly. La pesadez en su pecho se incrementó. No le gustaba hablar de eso. No acostumbraba a hacerlo. Había enterrado el evento y los sentimientos que lo acompañaban tan pronto como había sucedido. —Pero es la primera persona a la que mato de forma intencional —agregó.
Era cierto. La muerte anterior había sido un accidente. Un daño colateral en medio de un enfrentamiento donde sus reflejos de autopreservación se habían activado antes de que pudiera sopesar las consecuencias. Betanie había sido diferente. Sabía perfectamente lo que hacía cuando levantó la varita para matarla. Incluso eligió una maldición que le brindara una muerte rápida y sin dolor. Pero una muerte al fin y al cabo.
—Hiciste lo que tenías que hacer —afirmó Gwen. A veces la desconcertaba la frialdad con que Gwen era capaz de sopesar la muerte.
—Tenía nuestra edad —Molly intentó apelar a su empatía, restregándose el rostro con ambas manos, intentando sacarse de la retina el rostro de Betanie, aterrada y resignada frente a su destino.
—Sabía perfectamente en lo que se metía cuando se unió a nosotros, Molly —le recordó Rosier. Molly sintió cómo el colchón debajo de ella oscilaba, señal de que Gwen había rotado para ponerse sobre su costado y poder mirarla directamente. —Si no lo hubieses hecho, ella te habría matado con esa bomba. A ti y a los otros. O habría escapado y habría revelado a la Orden del Fénix todo lo que sabe sobre lo que hacemos aquí.
Tenía razón. Una parte dentro de Molly sabía que era así. Betanie se encontraba acorralada. Habría gatillado esa bomba con ellos adentro antes de volver a Torreón como prisionera. Y sin embargo, Molly no podía dejar de pensar en que las cosas podrían haber sido diferentes. En que talvez había algo más que ella podría haber hecho para evitar todo aquello.
Después de todo, había sido Molly quien la había convencido de traicionar a la Rebelión. Ella le había prometido ayuda. Le había asegurado una forma de escapar, a salvo de todo aquello. Nada de esto habría pasado si Molly no se hubiese cruzado en su camino.
—Ella sólo quería ayudar a su hermano —masculló por entre los dedos de su mano. Se estaba restregando los ojos con tanta fuerza que pequeños destellos brillantes titilaban detrás de sus párpados.
—Nosotros somos la mejor opción para su hermano —dijo Gwen, y algo en la forma en que pronunció esas palabras despertó las alarmas dentro de Weasley. Dejó de frotarse los ojos y torció finalmente la cabeza hacia la sanadora.
—¿Dónde está el hermano de Betanie, Gwen? —le preguntó, un frío glaciar bajando por su espalda al ver que la sanadora no respondía de inmediato.
—Éstá a salvo —respondió crípticamente.
—¿Qué van a hacer con él? —Molly se enderezó en la cama como propulsada por una descarga eléctrica. Gwen se demoró en imitarla, sentándose con lentitud e irritante calma.
—Winston Doval está aquí por voluntad propia —siguió respondiendo evasivamente. Entonces estaba en el Torreón. Había solo una razón para traer a un squib a aquel lugar.
—Vas a intentar devolverle la magia, ¿verdad? —leyó entre líneas Molly. Asumió el silencio de la sanadora como un sí. —No puedes hacerlo. No sabes cómo hacerlo —insistió.
Gwen suspiró y se llevó dos dedos al puente de la nariz, presionando con suavidad, como si estuviese armándose de paciencia.
—La teoría sólo puede llevarnos hasta cierto punto en una investigación. Siempre hay un momento en el que se vuelve necesario llevar esa teoría a la práctica para obtener las respuestas correctas… —empezó a argumentar en ese tono práctico y robótico que asumía cada vez que discutían sobre su trabajo.
—Vas a matarlo en el proceso de obtener esas respuestas —vaticinó ella. El rostro de Gwen se endureció.
—¿Te has detenido a pensar que talvez él prefiere morir a seguir viviendo sin su magia? —le dijo en tono cortante. Las palabras de Molly la habían ofendido. O tal vez era el hecho de que dudara de su capacidad de éxito lo que la molestaba.
—Su hermana acaba de morir y ahora tú vas a usarlo de conejillo de indias… —comenzó a decir acusadoramente Molly, la desesperación reptando por su cuerpo y haciéndola temblar de impotencia.
—Él fue quien nos dijo dónde encontrarla —soltó bruscamente Gwen, presionada por la desagradable acusación. La frase de Molly quedó silenciada a mitad de camino.
—¿Qué? —tartamudeó confundida. Gwen inhaló profundamente antes de continuar.
—Fue el hermano de Betanie quien nos dijo que ella se había puesto en contacto con alguien de la Orden del Fénix y que había intercambiado valiosa información a cambio de protección y una ruta de escape para ambos. El nos reveló la ubicación de la casa segura —confesó Rosier. Algo similar a la piedad tintineó en sus ojos ambarinos. —Puede que tú dispararas el maleficio que mató a Betanie, pero no eres la responsable de su muerte, Molly.
Molly sintió que la habitación daba vueltas alrededor de ella. Un líquido bilioso trepó por su garganta y tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar. Así era como habían dado tan fácilmente con Betanie: su propio hermano, su propia sangre, la persona por la que ella lo había arriesgado todo, la había traicionado. ¿Es que tanto odiaba ser un squib que prefería no solo su muerte, sino también la de las personas que lo amaban? ¿Tan importante era la magia?
—No lo hagas —suplicó, aun sabiendo que estaba desperdiciando palabras en una causa inútil. Fue la primera vez en toda la velada que Gwen desvió la mirada.
—Debo hacerlo —la contradijo. Su tono era más resignado que combativo.
—Podemos seguir practicando con el Amplificador, o podemos intentar algo nuevo... Por favor, Gwen. Haré lo que me pidas —ofreció Molly como plan alternativo. Los párpados de Gwen se cerraron con pesadez, como si así pudiese bloquear las palabras de Molly.
—No lo entiendes. Ya no depende de mí, Molly —masculló Rosier, apesadumbrada. Volvió a torcer su rostro anguloso hacia ella—. Betanie llegó a filtrar suficiente información antes de morir para demostrar la inocencia de tu tío Potter —reveló a continuación—. Linus Cavenger está muerto y la gente… está asustada. La Rebelión ha quedado expuesta públicamente y nos tienen miedo. Ha habido manifestaciones por todo el país. Diagon Alley se ha llenado de gente reclamando que restituyan a Kingsley Shacklebolt a su cargo como Ministro de Magia… Londrés se ha vuelto un caos en las últimas horas desde que la noticia se dio a conocer —hizo una pausa, para tomar aire y dejar que Molly asimilara toda la información que acababa de escupir—. Me han dado la orden de avanzar a la siguiente fase de la investigación con urgencia. Nos estamos quedando sin tiempo.
Tendría que haberse sentido feliz de escuchar todo aquello. Su trabajo como espía había sido fundamental para que la Rebelión quedara finalmente expuesta como lo que verdaderamente era: un grupo terrorista que amenazaba con destruir la paz del país. Su tío volvía a ser un hombre libre. La Rebelión había perdido el Ministerio de Magia. Una vez que Kingsley recuperara su antiguo cargo, no tardaría en restituir a Harry y a Hermione. Si se movían con rapidez y astucia, podían sofocar el fuego de la Rebelión y terminar de una vez por todas con la amenaza. Molly podría volver a casa.
Pero no podía alegrarse. Solo podía pensar en las últimas palabras de Betanie Doval, suplicándole que cuidara a su hermano justo antes de inmolarse. El mismo hermano que la había entregado a sus enemigos.
Se reclinó hacia el costado de la cama y vomitó el poco contenido de bilis que tenía en el estómago. El líquido ardió en su garganta y en su boca, provocándole más arcadas. Los ojos se le llenaron de lágrimas, mezcla del esfuerzo por escupir y de la impotencia. Incluso cuando las arcadas se detuvieron, Molly permaneció un rato más colgando desde el borde de la cama, con el cuerpo temblándole y el pecho quemándole.
Al cabo de unos segundos, las manos de Gwen volvieron a tomarla por los hombros y a guiarla de regreso hacia la cama. Hizo aparecer una jarra de agua fría y le sirvió un vaso, el cual la obligó a tomar. Le limpió la cara con el puño de su propia túnica y le peinó con los dedos el cabello detrás de las orejas. Sus dedos se quedaron unos minutos más de los necesarios acariciándole el pelo de una forma reconfortante que hizo que Molly cerrara los ojos, agotada. A su lado, Gwen volvió a recostarse.
Tal vez fuese porque Molly se sentía muy sola en ese lugar. O porque extrañaba a sus amigos y a su familia y el cariño que éstos le brindaban. Tal vez fuese porque el Torreón se sentía demasiado frío y cruel, y ella necesitaba un poco de consuelo. O porque no podía tolerar la perspectiva de quedarse a solas con los oscuros pensamientos que le invadían la mente en ese momento. Pero se alegró de que Gwen estuviese allí con ella.
Tal vez fuese porque, en el fondo, ella y Gwen ya no eran tan distintas como antes.
—Puede que sobreviva al experimento—el susurro esperanzador de la voz de Gwen llegó hasta ella a través del estupor que embotaba su mente justo antes de quedarse dormida.
Era una posibilidad.
Molly se quedó dormida.
Encendió la máquina para hacer café mientras desplegaba sobre la mesa el periódico de la mañana. Leyó el titular de la portada que rezaba: Comité de Jefes del Ministerio vota a favor de la restitución de Kingsley Shacklebolt como Ministro de Magia. Debajo, colocaba una foto de Kignsley evitando los flashes de las cámaras mientras intentaba esquivar a la multitud para ingresar a su vivienda. A su lado, Kevin Smith mantenía a la los periodistas a una distancia segura mientras sus ojos escaneaban los extremos de la calle en búsqueda de cualquier potencial peligro.
—¿Buenas noticias? —preguntó Victoire, mientras entraba en la cocina y tomaba dos tazas de las alacena superior. Estaba de buen humor.
—Depende lo que consideres bueno —gruñó Scarlet, mientras pasaba la página para continuar leyendo la noticia.
Victoire sirvió en las tazas el café que Scarlet acababa de preparar y se inclinó sobre el hombro de ésta para espiar la noticia que estaba leyendo.
—Eres una pesimista, ¿lo sabías? —comentó la rubia, y dio un sorbo a una de las tazas.
—Buenos días —saludó Teddy, desperezándose en el arco de la puerta y bostezando despreocupadamente.
—¿No tienes una casa propia a cien metros de aquí, Lupin? —dijo Scarlet por lo bajo, sin despegar la atención de las noticias.
—Te preparé una taza de café, cariño —le dio la bienvenida Victoire, ignorando el comentario mordaz de su compañera y entregándole la segunda taza a su novio en lugar de dársela a Raven. Él le dedicó una sonrisa agradecida y plantó un beso suave sobre su frente.
Scarlet revoleó los ojos y colocó nuevamente la jarra de café en la máquina para rellenarla.
—¿El Profeta? —preguntó Lupin, tras saborear su café, notando el periódico que Scarlet todavía sostenía entre sus manos.
—Ajam —murmuró Raven como respuesta.
—¿Dice algo sobre la reincorporación de Harry? —insistió el muchacho, ansioso.
—Su esposa es la editora. ¿Tú qué crees? —ladró sarcásticamente Raven.
Efectivamente la segunda página del diario anunciaba también la reincorporación como jefe del Cuartel de Aurores a Harry Potter, así como la restitución a sus respectivos cargos de Zaira Levington y su discípulo Jasper Yaxley. La nota continuaba comentando que el Elegido ejercería como Jefe del departamento de Seguridad Mágica de forma interina mientras aguardaban a una votación por parte del comité para contratar nuevamente a Hermione Granger.
La puerta trasera de la casa que comunicaba la cocina con el jardín se abrió y Jasper Yaxley entró por la misma.
—Ese café huele exquisito —comentó el muchacho mientras tomaba una taza sin pedir permiso y se servía el segundo café que Scarlet Raven preparaba en esa mañana. —¿Esa es la mejor foto mía que consiguieron? —se quejó tras asomarse por sobre el hombro de Raven para mirar la nota.
—¿Qué tiene de malo? Te ves bien —comentó Ted, ubicado al otro lado de Raven.
—¿Bien? ¿Simplemente bien? Mírame, Lupin: ¿acaso me veo como un patético "bien"? —se quejó Jasper, dando una vuelta sobre sus talones para que Ted pudiese apreciarlo en todo su esplendor.
—No me siento cómodo con esta conversación —balbuceó Ted, sonrojándose. Solo consiguió que Jasper dibujara una sonrisa torcida y diera unos pasos hacia él, como un animal asechando una presa.
—¿Qué pasa, Lupin? ¿Tienes miedo de ver algo que te guste? —se burló, guiñándole un ojo.
—Ya, déjalo en paz —lo retó Victoire, empujándolo hacia atrás y obligándolo a poner distancia de Ted—. Eres un hombre precioso, Jasper. ¿Contento?
—Quiero que tu novio lo diga —insistió Jasper, sonriendo casi maníacamente.
—Teddy, dile que es precioso —dijo Victoire, revoleando los ojos.
—¿Qué? —exclamó Lupin, abriendo los ojos con sorpresa y cierto pánico.
—Díselo o no dejará de molestar —explicó la sanadora.
—Vamos, Lupin. Dime que soy hermoso —ronroneó Jasper, disfrutando demasiado de la incomodidad de Ted.
—Por Merlín —chasqueó Scarlet, tirando el periódico a un lado con irritación—. ¿Es que no tienen nada mejor que hacer que venir a conversar a mi cocina y tomarse todo mi café? —escupió en un exabrupto iracundo.
Salió hacia el jardín trasero. Respiró profundo el aire invernal y exhaló de forma lenta y profunda.
—Yaxley está nervioso por el regreso —comentó Raven hacia el aparente vacío, la mirada fija en el cielo matutino teñido con el rojo del amanecer.
—Todo lo estamos —le respondió el vacío. Percibió un movimiento a su espalda, y por el rabillo del ojo notó la ondulación de la luz al rebotar contra el hechizo de camuflaje.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Raven, manteniendo un tono casual, como si no le preocupara la respuesta.
—Un rato —respondió Zaira. Se escuchó un chasquido y la aurora se hizo nuevamente visible. Estaba recostada contra el alfeizar de una de las ventanas traseras. Ya estaba vestida con el uniforme de Aurora.
Extendió la taza que sostenía en su mano en dirección a Scarlet. Ella la aceptó y le dio un sorbo. Frunció los labios en un gesto de desagrado.
—Este café está helado —se quejó—. ¿Cuánto llevas aquí? —volvió a preguntar, entornando la mirada. Notó las sombras oscuras bajo los ojos de Zaira y la textura opaca de su cabello, apenas peinado en un moño alto.
—Algunas horas. No podía dormir —se justificó Zaira.
—No tienes que volver al cuartel, Zaira —suspiró Raven, entregándole de regreso el café.
—Me he ido y he regresado tantas veces que ya estoy acostumbrada —se burló de sí misma la aurora, torciendo una especie de sonrisa demasiado débil como para alcanzar sus ojos tristes.
—Lo digo en serio. No les debes nada —insistió Scarlet, la irritación filtrándose en su voz.
—Lo sé —coincidió Zaira.
Scarlet resopló. Estaba enojada. Le molestaba la docilidad con que Zaira aceptaba el maltrato que tanto ella como Harry habían sufrido a manos del pueblo inglés. Después de haber peleado y defendido el país durante años, el Ministerio había tenido el descaro de acusarlos de traidores y asesinos... Y el pueblo los había avalado. Los habían perseguido y los habían obligado a ocultarse, como criminales. A ellos, que habrían estado dispuestos a morir por su pueblo. Y ahora les suplicaban que regresaran. Se comportaban como si todo hubiese sido un simple y lamentable malentendido. Pretendían pasar la página como si nada hubiese pasado. Como si Harry y Zaira no hubiesen resignado parte de sus vidas en el proceso. Como si todo aquello no hubiese dejado cicatrices.
—¿No te cansas de pelear para ellos? —siguió quejándose.
—Peleo para nosotros —la corrigió Zaira.
—Eres simplemente una bruja, Zaira… No vas a cambiar la forma en que funciona este mundo de mierda —el pesimismo de Scarlet tensó su voz, impregnándola con ese amargo resentimiento que era incapaz de soltar, sin importar el tiempo que pasara.
—No piensas eso de verdad —se negó a aceptar Levington.
—Sí, si lo pienso —insistió Scarlet, testaruda.
—¿Qué haces aquí, entonces?
No tenía respuesta. Ya no estaba segura de qué hacía allí. Había ido para saldar una deuda pendiente, pero ya habían pasado cinco años desde entonces. Había entrenado a los nuevos integrantes de la Orden del Fénix, había ayudado en misiones y había peleado codo a codo contra la Rebelión para mantener Inglaterra a salvo.
La deuda estaba saldada. Pero Scarlet seguía allí. Zaira le dedicó una mirada compasiva como si pudiera leer sus pensamientos. Solo logró irritarla más.
Desvió la atención hacia el comedero de Shadow, ubicado en una esquina del jardín junto a una fuente de agua. Frunció el ceño al comprobar que aún quedaba alimento de la última vez que lo había llenado y sus ojos buscaron instintivamente al cuervo en el cielo.
—Lleva varios días sin aparecer —comentó Zaira, comprendiendo que era mejor no insistir en el tema. Scarlet se encogió de hombros con falsa despreocupación.
—A veces se queda un tiempo en Londres —comentó como si no fuese gran cosa. No especificó en qué lugar de Londres, pero no era necesario. Zaira sabía leer entre líneas.
—Le ha cogido cariño a Alex —comprendió Levington. Scarlet frunció los labios.
—Él necesita más de su protección que yo —explicó. Su rubia amiga inclinó la cabeza hacia un lado, contemplándola de forma pensativa.
—Shadow no es el único que le ha cogido cariño —sonrió. Raven revoleó los ojos.
—Ese chico no sabe en dónde se ha metido. Esa casa es una trampa mortal —se justificó. Zaira asintió.
—Y sin embargo, él sigue vivo.
—Lo dices como si eso fuese una buena señal —refunfuñó Scarlet.
—Que la casa lo haya aceptado no significa que él está… contaminado —intentó razonar con ella.
—Claro que sí. Todos lo estamos —espetó Raven. Hizo una pausa antes de continuar, meditando si no era mejor guardar silencio. Pero ante el escepticismo de Zaira, siguió hablando—. Puedo sentirla conmigo ¿sabes? Siento la oscuridad que repta debajo de mi piel, que me susurra en el fondo de mi cabeza, que me llama. Está allí, tentándome todo el tiempo… Está en nuestra sangre, Zaira.
—Hay más en Alexander que la sangre Lestrange —le recordó con dulzura Levington. Colocó una de sus manos sobre el hombro de Scarlet y la estrujó unos segundos en un gesto de cariño—. Y también en ti —agregó, sonriéndole.
—¡ERES UN HOMBRE GUAPO! ¿FELIZ? —se escuchó gritar desde el interior de la casa a Ted Lupin. Scarlet meneó la cabeza y la sonrisa de Zaira se ensanchó.
—Será mejor que me ponga en marcha —anunció Levington, dirigiéndose hacia el interior de la casa a buscar a su discípulo.
—Zaira —la llamó Raven. La rubia giró la cabeza para mirarla—. Me alegro de que estés de vuelta en casa —le costó pronunciar las palabras a causa de un nudo en la garganta.
—Yo también —confesó Levington.
—Si no fueses tan pudoroso, tú y yo podríamos divertirnos más, Lupin —seguía molestando Jasper, acorralando al híbrido contra la mesada de la cocina. Sostenía una taza en la mano izquierda mientras que los dedos de su mano derecha acariciaban con sutileza la solapa de la camisa de Ted.
Zaira carraspeó para hacer notar su presencia, sobresaltando a Jasper, quien retrocedió de inmediato, apoyando la taza sobre la mesa más cerca y enderezándose como un soldado listo para pelear.
—No eres tan atrevido cuando mamá te está vigilando, ¿eh? —comentó Ted, aprovechando su momento para burlarse.
—Aurora Levington... no la escuché llegar—saludó Yaxley, ignorando a Lupin e intentando excusarse. Zaira meneó la cabeza, riendo por lo bajo.
—Vamos o llegaremos tarde, auror Yaxley —lo salvó de seguir justificándose, caminando hacia la chimenea de la casa para usar la red de polvos flú.
—¿Vienen a cenar? —la voz de Victoire les preguntó desde la habitación continua.
—¡No! ¡Nadie viene a cenar! ¡Esto no es un hotel! —se quejó Scarlet.
El resto de la conversación quedó sofocada por los polvos de la chimenea mientras Zaira y Jasper salían despedidos en un torbellino verde hacia el Atrio del Ministerio.
El lugar se encontraba atestado de gente. Aún persistían algunos manifestantes agolpándose contra la entrada, con sus pancartas y sus amplificadores de voz, reclamando al gobierno explicaciones sobre los recientes acontecimientos. Zaira y Jasper se abrieron paso como pudieron entre la multitud y hacia los ascensores.
El cuartel de aurores no estaba mejor. Gran parte de los aurores que habían sido despedidos o suspendidos durante el mandato de Linus Cavenger habían accedido a regresar a sus puestos tras la reincorporación de Harry. Eso implicaba que el piso volvía a estar repleto y bullicioso, con gente corriendo de un lado al otro, notas sobrevolando como avioncitos de papel sobre sus cabezas, y teléfonos sonando de forma constante con conversaciones que se entremezclaban en una confusión de voces.
Cuando Zaira giró en la esquina para entrar a su cubículo se encontró con que ya había alguien allí, aguardándola.
Athos Goodwich se incorporó con dificultad de la silla, apoyándose sobre el bastón para mantener la estabilidad. Su discípula Natalie se mantenía como siempre a su lado, como una sombra silenciosa pero alerta.
—Zaira, esperaba poder hablar contigo —le dio la bienvenida Athos, y a pesar de que su voz intentaba sonar impasible, la incomodidad en su lenguaje corporal era evidente.
—¿Acaso tiene otro crimen del que quiere inculparnos? —murmuró Jasper por lo bajo, casi sin despegar los labios. Pero las palabras debieron de llegar perfectamente a oídos de Athos, porque el hombre se sonrojó avergonzado.
—Solo hicimos nuestro trabajo —saltó en su defensa Natalie, su trenza rubia sacudiéndose a su espalda mientras enderezaba la cabeza en un gesto orgulloso.
—¿Qué tan malos son en su trabajo? —la filosa lengua de Jasper no se hizo esperar. Los ojos de la discípula centellearon con furiosa humillación.
—Athos, si has venido a disculparte no es necesario —exhaló Zaira, intentando abrirse camino hasta su escritorio. Pero Athos no se movió.
—No, no he venido a disculparme —dijo. Su respuesta le ganó una mirada de asombro tanto de Levington como de Yaxley. Se aclaró inmediatamente la garganta para continuar, aprovechando que había captado su atención —. Quiero decir, no vengo a eso específicamente—se rascó la nuca, debatiéndose con sus propias palabras—. ¿Podemos hablar en otro lado? —le pidió, lanzando una mirada desconfiada hacia ambos lados del cubículo.
—Claro —comprendió la indirecta Zaira. Ignoró cuando Jasper puso los ojos en blanco, y en cambio, siguió a Athos hasta una de las salas de interrogatorio que tenían al final del pasillo.
—Hay algo que quiero mostrarte —confesó Goodwich una vez que estuvieron a solas los cuatro. Natalie dio un paso hacia la mesa y depositó sobre la misma una carpeta para que Zaira pudiese examinarla.
Era un expediente. Pero no era cualquier expediente.
—Es la causa contra Harry Potter por el asesinato de Bradshaw —leyó el encabezado Jasper. Athos asintió.
—Pensé que estaba cerrado —comentó Zaira, lanzando una mirada de reojo hacia el auror antes de abrir el documento.
—Lo está —confirmó Goodwich. Se balanceó sobre los talones, inclinando el peso de su cuerpo de un pie al otro.
—Algo no te gusta —dedujo Levington.
La indignación impregnó de inmediato los rasgos aristocráticos de Jasper. Sus labios ya habían empezado a abrirse para pronunciar lo que seguro sería un comentario sumamente mordaz cuando Athos se le adelantó.
—He repasado una y otra vez toda la evidencia. La antigua y la nueva. El recuerdo de Betanie Doval es legítimo y no se encuentra alterado. Harry Potter no mató a Godwin Bradshaw —afirmó Athos, sus ojos clavándose significativamente en Zaira.
—Felicitaciones. Solo les tomó unos siete meses deducirlo —satirizó Yaxley, cruzándose los brazos sobre el pecho en una postura defensiva.
—¿Cuál es el problema, entonces? —tendió un manto de cordialidad Levington.
—Los tiempos no cuadran —reveló Goodwich, haciendo una inclinación con la cabeza hacia la carpeta. Zaira finalmente la abrió y comenzó a leer el expediente. —Tenemos la hora de muerte de Bradshaw. Tenemos el momento en que Harry Potter ingresa a la oficina. En total, cuatro minutos y cinco segundos transcurrieron entre ambos eventos. La alarma de Maldiciones Imperdonables no se activó hasta después de otro minuto con treinta y dos segundos. Eso hace un total de cinco minutos y treinta y siete segundos entre el momento en que se dispara la Maldición Asesina y la activación de la alarma.
—Linus Cavenger debió de alterarla para que no sonara de inmediato… Y la reactivó cuando Betanie le alertó que el señor Potter había ingresado a la oficina —dedujo Jasper, encogiéndose de hombros, mientras observaba por encima del hombro de Zaira el expediente. Athos chasqueó la lengua.
—Eso mismo pensé yo… Pero, como dije antes, no dan los tiempos —aseguró Goodwich.
—La alarma de Maldiciones Imperdonables es un sistema de seguridad complicado que requiere de la Red de Vigilancia para su funcionamiento… No es algo que alguien puede simplemente desactivar desde cualquier lugar —comentó despectivamente Natalie, lanzándole una mirada sobradora a Jasper, en una clara revancha por los comentarios ácidos de éste.
—Linus Cavenger tendría que haberse trasladado desde la oficina de Bradshaw en el tercer piso hasta la sala de Vigilancia aquí en el segundo y de regreso hacia tercero en tiempo récord —clarificó la teoría Athos.
—Alguien del ERIC podría haberlo ayudado —barajó una nueva opción Yaxley.
—¿Por qué alguien del ERIC querría ver muerto al hombre que creó la unidad en primer lugar? —volvió a retrucar Natalie.
—Oh, no lo sé… ¿Talvez porque son miembros de la Rebelión infiltrados en el Ministerio? —Jasper le respondió con el mismo sarcasmo.
—No fue alguien del ERIC —intervino Zaira. Tenía la mirada fija en el documento que Athos le había entregado, y por su expresión, había llegado a la parte que él estaba esperando—. La Red de Vigilancia es solo la etapa final en el proceso. Es la que se encarga de alertar a los Aurores sobre el uso de las maldiciones prohibidas… Pero no somos nosotros quienes las detectamos inicialmente.
—Son los Inefables —comprendió Jasper, su voz apenas audible.
—Alguien dentro del Departamento de Misterios interrumpió la señal durante el tiempo suficiente para que Linus pudiese matar a Bradshaw e inculpar al señor Potter —dictaminó Athos.
Una pausa cargada de implicancias cayó sobre ellos, mientras procesaban el peso de la información que habían recopilado.
—¿Por qué me cuentas esto a mí, Athos? —suspiró Zaira, cerrando la carpeta y entrecruzando las manos sobre la misma, mientras sus ojos dorados atravesaban al auror con una intensidad que Jasper no le había visto en mucho tiempo.
—Porque eres de las pocas personas que estoy seguro que no es un espía —confesó Goodwich.
—¿Has hablado esto con alguien más? —le preguntó Zaira. Athos negó con la cabeza. —¿Y con Misterios?
—No aún. Pensé en llevárselo a De Fazio para que lo investigue, pero es un hombre difícil de localizar últimamente… Ha estado haciéndose cargo de gran parte de los huecos que quedaron después de la muerte de Cavenger, intentando apagar los incendios por todos lados…
—No lo hables aún —le pidió Zaira, tomando la carpeta y colocándosela debajo del brazo mientras se ponía de pie.
—¿No confías en él? —se sorprendió Athos, arqueando las cejas.
—Confío en muy pocas personas, Athos. Tú deberías hacer lo mismo —le aconsejó Levington, y salió de la sala llevandose el expediente con ella, derecho hacia la oficina de Harry y Ron.
El laboratorio estaba inusualmente concurrido esa tarde. Entre los observadores destacaban varios altos rangos dentro de la Rebelión, todos ellos ansiosos por ver la primera demostración de la prometedora magia que estaban desarrollando en el Torreón.
Reconoció el rostro atractivo y burlón de Duncan Ford apostado en uno de los atrios, contemplando desde las alturas con una sonrisa blanca y arrogante, mientras se dejaba caer plácidamente en una de las butacas y fumaba un cigarro. El Torreón había sido su idea. Era su arena romana. Su creación. El lugar donde torcía las vidas de los jóvenes para redireccionarlas a su placer. Después de todo, lo había reclutado con ese objetivo: para moldear los espíritus jóvenes y quebrar a los espíritus fuertes.
Cada tanto, Ford se inclinaba para comentarle algo a su aprendiz Heros Morgan. El muchacho mantenía una postura rígida en su silla. Su vestimenta negra y sobria contrastaba con la algarabía del sociópata de Ford.
Heros tenía mejor aspecto que cuando había llegado algunos días atrás, arrastrado por Jolie Cartier y Molly Weasley, con un brazo mal herido y tras una cuantiosa pérdida de sangre que lo había dejado delirando en cama durante días, entre picos de fiebre y preocupantes momentos de fríos silencios.
Había sobrevivido gracias a las manos hábiles de Gweneth Rosier, la mejor sanadora con que contaban en el Torreón. Le había acomodado el brazo a su lugar, había soldado los huesos en una noche (y a base de un agonizante dolor que Heros había resistido estoicamente) y había regenerado la mayor parte de la sangre perdida y cosido el tejido muscular desgarrado. Aun así, le quedaban por delante meses de rehabilitación antes de poder usar ese brazo en combate armado, lo que significaba que ahora Heros Morgan enfocaría toda su atención en el Torreon, donde se peleaba otro tipo de batalla.
Morgan había sido una de las primeras personas que Gwen había conocido tras unirse a la Rebelión de los Magos. No le costó reconocer que tanto él como Zafira Avery eran los líderes natos del grupo, y también los abusadores. Se ganaban el respeto y el poder a costa de instilar miedo y amenazas violentas… las cuales solían cumplirse.
Un vez, un muchacho había acusado a Heros Morgan de ser un resentido que necesitaba de un buen revolcón. Al día siguiente, encontraron al mismo muchacho inconsciente en una de las habitaciones del Torreón, complemente desnudo, con moretones sobre las muñecas y las piernas que señalaban que lo habían sometido con violencia.
El chico nunca confesó quien lo había agredido. Pero a partir de entonces nadie volvió a llamar a Heros Morgan resentido, ni nada parecido.
Tanto él como Zafira disfrutaban de humillar al resto. De hacerlos sentir inferiores. Ambos se habían posicionado en lo más alto de la pirámide social dentro del Torreón, donde el respeto y el miedo podían usarse prácticamente como sinónimos.
Heros Morgan se había armado un pequeño y selecto grupo de diablillos igual de maquiavélicos que él para que trabajaran en las mazmorras con él. Solo algunos pocos de ellos tenían la sutileza necesaria para llevar adelante los interrogatorios en ese difícil equilibrio entre la violencia, el miedo y la lucidez. La mayoría se dejaba llevar por el subidón de adrenalina que les provocaba golpear y abusar físicamente de otra persona sin consecuencias. Los gritos de dolor y pánico arañaban las paredes de las mazmorras cuando los jóvenes aprendices bajaban a practicar con los prisioneros. No era infrecuente que alguno de ellos se excediera en sus formas y terminara matando a alguien. Heros los miraba como a niños incompetentes a quienes no podía delegárseles tareas importantes. Los dejaba jugar y divertirse con los prisioneros de poca monta, porque necesitaba que desarrollaran de a poco ese frío instinto asesino que les sería útil durante la guerra más adelante.
En cambio, era a Lancelot Wence a quien acudía cuando necesitaba la combinación justa entre violencia y autocontrol. El exjugador de Quidditch era una masa inmensa de músculos que inspiraba suficiente miedo con tan solo mirarle la horrorosa cicatriz que recorría su cuello, un recuerdo de su último encuentro con una híbrida. A Heros le gustaba trabajar con Lancelot porque el hombre era pura violencia sin ningún signo de remordimiento. Obedecía todas las ordenes que se le deban, sin detenerse a pensar la moralidad de lo que estaba haciendo. Era un robot, cumpliendo su tarea una y otra vez. Sabía hasta dónde llegar sin matar al prisionero, sabía cuánto presionar para conseguir una confesión verdadera. Más importante, Lancelot había aprendido a distinguir a los fuertes entre el montón, a los difíciles de quebrar. Esos eran los pacientes que derivaba a Gwen para sus experimentos.
Magos y brujas jóvenes, con núcleos resistentes, dispuestos a luchar por su vida con garras y dientes. Núcleos mágicos fuertes que habían sobrevivido la tortura durante semanas y seguían intactos.
Era trabajo de Gwen descubrir cómo y por qué… Y finalmente, encontrar el punto de inflexión: hasta dónde era capaz de soportar un núcleo sin quebrarse de forma irreparable.
Mientras que Morgan se había desviado hasta la tareas más bien físicas y clandestinas, Zafira Avery había elegido el camino de la diplomacia. Y había que reconocerle que la política le había sentado de diez. Tenía una lengua filosa y un rostro precioso, y sabía lo que tenía que decir en el momento exacto y a la persona adecuada. Usaba su belleza con la misma astucia con que Heros Morgan podía usar la legeremencia. Y el resultado era igual de letal. Había logrado infiltrarse dentro de los círculos políticos más exclusivos. Se había emparejado con Federeck Ponce, hijo de un magnate de la prensa, y se había catapultado velozmente a la fama, sobre todo entre los grupos más jóvenes. Les prometía gloria eterna, poder y riquezas, y ellos devoraban sus palabras con sedienta ansiedad.
Era de esperarse, por lo tanto, que tanto Heros como Zafira acudieran a la presentación de Gwen. Le sorprendió, sin embargo, encontrar entre el público a Octavius Genrich, mano derecha del Mago de Oz, y quien se encargaba de financiar todo lo que sucedía en el Torreón, incluida esa investigación.
Gwen cerró la cortina de su oficina, ocultándose unos minutos más del auditorio donde en breve tendría que llevar adelante una demostración en vivo de un experimento que nunca antes había logrado hacer exitosamente.
—Pensé que no vendrías —fue todo lo que pudo articular al notar una presencia conocida e inconfundible.
—¿Estas nerviosa? —preguntó Molly con asombro.
No la había visto llegar. De hecho, no la había vuelto a ver desde la noche previa, cuando se habían quedado dormidas juntas en la cama de Molly. Gwen había despertado en algún punto antes del amanecer y se había escabullido fuera de la habitación. Se había pasado las siguientes horas encerrada en el laboratorio con los preparativos para el experimento.
—Claro que estoy nerviosa. Esto nunca se ha intentado. No de esta forma —farfulló más para sí misma que para Molly, mientras caminaba con pasos cortos y nerviosos por la oficina.
—Puede que sobreviva —le repitió las mismas palabras que ella le había dicho la noche anterior.
Gwen detuvo su frenética caminata y la miró fijamente a los ojos. Lo creía. Molly creía que ella podía hacerlo. Su fe ciega la conmovió, y durante unos segundos, se quedó sin palabras.
Jolie Cartier entró en la sala, interrumpiendo el momento de silenciosa intimidad. Sus ojos saltaron entre Gwen y Molly con suspicacia.
—Lo que sea que viniste a buscar, tendrá que esperar a que Gweny termine con el show, cariño —ronroneó en ese modo juguetón y despiadado que disfrutaba de usar contra Molly. La chica se sonrojó de inmediato.
—Nos veremos más tarde —se despidió Molly. No estaba segura si se trataba de una promesa o una simple expresión de cortesía por parte de la ex aurora. Pero esperaba que fuera la primera.
—Te estás volviendo demasiado cercana a Weasley —criticó Jolie, mientras le acomodaba la bata de sanadora para que luciera prolija antes de salir al atrio.
—Ella es parte de este experimento, Jojo —se defendió inútilmente Gwen, intentando mantener un tono de voz indiferente que no logró engañar a su amiga. Jolie tiró con más fuerza de la necesaria de la corbata de Gwen, apretándole el cuello y obligándola a acercarse un poco más hacia su rostro.
—No me fío de ella, Gweny —le confesó en un susurro que solo ellas podían escuchar, a pesar de que no había nadie más en la oficina. Gwen curvó una de sus elegantes cejas en un gesto de socarrona incredulidad.
—Ha tenido múltiples oportunidades para traicionarnos, y sin embargo, todo lo que ha hecho es salvarnos las vidas una y otra vez. A mí, a ti… incluso al idiota de Morgan —la defendió Rosier.
—Mató a Betanie Doval —puntualizó Jolie con mirada oscura.
—¿No es eso lo que esperaban de ella? ¿Qué peleara y matara para nosotros? —retrucó Gwen. Al ver que Jolie seguía sin convencerse, soltó un resoplido y se liberó de sus manos para terminar de atarse la corbata sola—. Estás enojada porque te salvó la vida. De no haber sido por ella todavía estaríamos buscando tus huesos chamuscados entre los restos de ese barrio muggle.
—La alumna prodigio de Harry Potter decide traicionarlo y unirse a la Rebelión, ¿y a ti no te genera ninguna duda? —intentó abordarla por otro lado.
—Claro que tengo dudas —reconoció Gwen, endureciendo su rostro y adoptando su habitual postura fría—. Pero también creo que cada día que pasa son más las razones que la unen a nosotros.
—¿Crees que puedes convertirla en una verdadera creyente de tu causa? —comentó Jolie con una sonrisa cínica.
—Ella es la causa. Es la que hará que todo esto funcione. Cuando comprenda todo el potencial de lo que somos capaces de hacer… Ya no podrá volver atrás —vaticinó Rosier, con vibrante pasión.
—Solo… intenta mantenerte lejos de ella al menos hasta que yo regrese. Es peligrosa —la quiso proteger Jolie. Estiró una mano para acariciarle la mejilla.
Jolie había sido seleccionada como parte de una reducida y exclusiva comitiva de Rebeldes que partiría a la mañana siguiente hacia Francia para llevar adelante una importante misión. Con Heros Morgan todavía recuperándose de la última misión, Duncan Ford había convocado a su segunda favorita. Prácticamente toda la Guardia de Oz viajaría en ese barco hacia el continente… Y se corría el rumor que el mismísimo Mago de Oz se uniría a ellos para la ocasión. Era una misión grande y en parte uno de los motivos por los cuales estaban tan apresurados con realizar el experimento esa noche.
Gwen no respondió. No tenía intenciones de mantenerse alejada de Molly, y Jolie lo sabía. No deseaba mentirle, así que prefirió no decir nada. Pero se dejó acariciar por Jolie a pesar de que no le gustaban las demostraciones físicas de cariño, una manera silenciosa de complacerla. Posiblemente Cartier era de las pocas personas que se preocupaban genuinamente por ella en el Torreón.
El reloj de la pared marcó las seis en punto. Era hora de salir. Gwen infló el pecho, levantó el mentón, y avanzó hacia la sala de procedimientos.
Wisnton Doval, el hermano menor de Betanie, ya se encontraba allí. Dos asistentes lo había colocado en una de las camillas y ahora ajustaban una tiras de cuero grueso sobre sus muñecas y sus tobillos para inmovilizarlo. Desde el extremo opuesto de la sala, otra puerta se abrió, y Patrick Smith, uno de los magos que ayudaba a Lancelot en las mazmorras, entró empujando una segunda camilla, similar a la que ocupaba Wisnton, con la diferencia que el hombre que yacía sobre la misma se encontraba brutalmente herido. Su túnica era de un color pardusco consecuencia de la sangre reseca que se había acumulado durante los días, mezclándose con el fuerte olor a orina y heces que impregnaba todo su cuerpo. Estaba aturdido, pero incluso a través de la nube confusa de dolor, el hombre comprendió que algo malo estaba a punto de pasarle, porque empezó a gemir y a retorcerse, intentando soltarse de las ataduras. Gritaba en un idioma que Gwen no comprendía.
Fue Jolie Cartier, actuando como asistente de Gwen, quien se aproximó al prisionero y le clavó sin preámbulos una jeringa en el cuello. El hombre dejó de moverse a los pocos segundos pero sus ojos permanecieron abiertos y con la mirada hacia el frente, completamente perdidos.
Gwen se colocó entre ambas camillas y se aclaró la garganta antes de dirigirse al auditorio.
—Estimados colegas, hoy estamos aquí para presenciar el primer intento de devolver la magia a su orden natural. Winston Doval es hijo de Davelin Burke y Xabilus Doval, ambos progenitores provenientes de un largos linajes de magos y brujas que se remontan siglos atrás… Y sin embargo, Winston nació sin una pisca de sangre mágica en él. Su núcleo es incapaz de canalizar la magia —explicó con perfecta pronunciación la sanadora Rosier, como si estuviese dando un seminario médico. Jolie la contemplaba con el pecho inflado de orgullo—. Por otro lado, tenemos aquí al prisionero #327, capturado durante la toma del territorio de Ucrania en la guerra de la Frontera y trasladado hasta aquí con la colaboración de nuestros compatriotas en el continente para estudiar en más detalle su caso. El prisionero 327 no proviene de una familia mágica. De hecho, es el primer mago en su familia. Su núcleo mágico es… excepcionalmente fuerte.
Un murmullo molesto empezó a brotar entre los espectadores, pero Gwen se adelantó a cualquier comentario que pudiesen hacer y que arruinarse el espectáculo. En cambio, alzó una mano autoritaria, demandando silencio para poder continuar su relato.
—La explicación es simple: la magia siempre encuentra la forma de expresarse. Históricamente, siempre nos ha elegido a nosotros, los magos, para hacerlo porque éramos los más aptos… Pero en los últimos siglos, nuestros linajes han ido decayendo, nuestros núcleos ya no son tan fuertes como antes, y las enfermedades de sangre empiezan a contaminar a las familias más antiguas y más fuertes. Hemos limitado a tal punto nuestra existencia, que no estamos extinguiendo… Ya no somos un terreno propicio para que la magia florezca… Así que se ve forzada a buscar otros lugares donde hacerlo. Como en este pobre chico hijo de muggles —Gwen explayó su teoría en su mayor esplendor.
Esta vez, el murmullo que recorrió entre la multitud no reflejó enojo, sino más bien temor. Gwen les estaba hablando de enfermedades de sangre y destinos apocalípticos.
—Sí, nos estamos extinguiendo. El encierro, la endogamia y las limitaciones en el uso de nuestra magia están carcomiendo nuestros núcleos mágicos, volviéndolos menos aptos para que la magia fluya —hizo una pausa, y cuando volvió a levantar la mirada hacia su público, había un brillo especial en sus ojos—. Pero aún estamos a tiempo de revertirlo: de encontrar una forma de fortalecer los núcleos de los magos y regresarles el esplendor de antaño. Reparar el daño que hemos sufrido consecuencia del encierro y romper de una vez por todas las cadenas que nos obligan a vivir escondidos. Esto es solo el primer paso hacia nuestra grandeza.
Todos aplaudieron fervientemente. Y Gwen sonrió. No era una sonrisa modesta y educada como las que Molly acostumbraba a verle. Era una sonrisa real. El arrebato de emoción del público y la recepción positiva de su discurso, la habían dejado extasiada.
Jolie Cartier colocó el Amplificador con que habían estado trabajando las últimas semanas entre ambas camillas. En un extremo, el hermano de Betanie, joven, saludable y completo, aunque asustado. En el otro extremo, un mago hijo de muggles, malherido y desnutrido, a quien seguramente llevaban semanas torturando en las mazmorras, poniendo a prueba que tan resistente era su núcleo. Midiendo si este chico podía estar a la altura del experimento.
A Gwen le habría gustado continuar experimentando con el prisionero 327 unas semanas más. Sí, tenía un núcleo fuerte que había resistido formas de violencia no solo físicas, sino también psicológicas. Y seguía intacto. Su núcleo, parte mágico y parte muggle, había desarrollado una mayor tolerancia que los núcleos debilitados de los magos sangre puras. Había sido un núcleo expuesto a un mundo más estimulante que el que habitaban los magos comunes. Había podido nutrirse en su libertad, absorbiendo más información del mundo que los que vivían bajo el Estatuto de secreto mágico.
Le habría encantado seguir experimentando con el prisionero 327 hasta llevarlo al punto de no retorno. Pero Octavius Genrich se había presentado personalmente en su laboratorio instándola a mostrar resultados de forma urgente, y Gwen se había visto forzada a saltearse algunos pasos.
Jolie ajustó una vez más las correas que sujetaban al prisionero 327 antes de que Gwen levantara la varita sobre su pecho.
—¡NO! ¡POR FAVOR, NO! ¡NO! —gritaba el hombre, su voz pastosa a causa de la droga que Jolie le había inyectado para sedarlo y volverlo manso.
Gwen ignoró los gritos del prisionero y en cambio, comenzó a dibujar complicados cálculos sobre un tablero de vidrio que flotaba frente a ellos. Molly se consideraba relativamente buena en lectura de Runas Antiguas, pero esos escritos eran mucho más que simples runas, eran cálculos aritméticos avanzados y sofisticados.
Con una última sacudida de su varita, las letras se encendieron, convergiendo en un único haz de luz que, iniciando su camino en la varita de Gwen, atravesaba el cristal encriptado y crecía en poder, para luego impactar contra el cuerpo del prisionero 327.
Al principio, nada sucedió. Era como si Gwen hubiese encendido una lámpara y estuviese apuntando su haz de luz hacia el pecho desnudo del prisionero. Y luego, hizo un movimiento rotacional con su varita, alineando el eje de luz con el amplificador.
El prisionero soltó un grito desgarrador, como si alguien le hubiese tirado agua hirviendo sobre la piel. Su cuerpo se curvó hacia arriba, la espalda despegándose de la camilla donde se encontraba amarrado, las cintas de cuero clavándose contra sus muñecas y sus tobillos mientras comenzaba a moverse con desesperación para liberarse de lo que fuese que le estaba sucediendo.
Se habría requerido de una mirada entrenada y de un ojo sumamente crítico como para poder distinguir ese destello dorado, como una bruma ondulante, que empezaba a emanar desde el cuerpo del prisionero para ser rápidamente absorbida por amplificador.
Los gritos del prisionero se volvieron cada vez más y más lastimeros, un gorgoteo húmedo y desagradable, que escupía espuma en todas direcciones como un animal rabioso. Jolie amenazó con acercarse para darle otra dosis de calmantes, pero Gwen la retuvo con un simple movimiento de su mano.
—Si le das otra dosis, corremos el riesgo de que entre en paro cardíaco y muera antes de terminar la extracción —le explicó de forma pragmática. Jolie se encogió de hombros y volvió a su posición expectante. La vida de ese prisionero no significaba nada para Jolie.
La sangre empezó a escurrirse por sus muñecas y sus tobillos desgarrados a causa de las ataduras, allí donde había tirado desesperado por soltarse. Incluso la tela raída que llevaba puesta por túnica empezaba a embeberse con un sudor rojizo, su cuerpo exudando en agonía.
Gwen no se detuvo ni siquiera cuando los gritos del hombre se volvieron simples gemidos suplicando piedad. Ni cuando en un intento por detener el proceso, el hombre comenzó a golpearse su propia cabeza contra la camilla sobre la que se encontraba acostado, intentando perder el conocimiento. Rosier obligó a Patrick Smith a que le sostuviera la cabeza y lo mantuviera vivo hasta el final.
El proceso completo no duró más que unos minutos, pero los gritos del prisionero continuaron reverberando en el aire durante mucho más, incluso cuando finalmente dejó de gritar. Patrick le soltó la cabeza al vez que sus ojos se volvían blancos y su cuerpo se relajaba, laxo y sin vida.
Pero ya no ameritaba más atención por parte de Gwen, porque había extraído todo lo que había podido de él, y ahora su núcleo mágico flotaba como una fuerza chispeante, dorada y etérea, en el interior del amplificador.
Los ojos de la Sanadora brillaron con orgullo al comprobar que había conseguido la primera parte con éxito. Había logrado extraer un núcleo mágico intacto del interior de un mago.
Ahora solo restaba introducirlo en otro receptor apto para la magia. Un hijo de magos incapaz de hacer magia.
—Winston, esto no será placentero. Pero voy a necesitar que te quedes con nosotros durante el proceso, ¿de acuerdo? —le pidió Gwen, estrechándole momentáneamente la mano, en un gesto de inusual empatía.
Winston tenía dieciséis años. Su hermana Betanie, que había muerto el día anterior por su culpa, había tenido veintidós años. Nadie había preguntado por ella. Ni siquiera los padres de ambos, que aguardaban ansiosos desde una de las plateas para ver el final del experimento. Si esto salía bien, entonces todo habría valido la pena.
Gwen direccionó el amplificador hacia Winston, realizó los ajustes pertinentes en función de su peso, edad y talla… Y disparó.
El haz de luz del amplificador atravesó el pecho de Winston como un láser dorado, y el muchacho dejó escapar un jadeo de sorpresa, mientras sus ojos observaban extrañados el destello sobre su piel. Gwen aumentó la intensidad, y allí fue cuando el rostro de Winston pasó de la sorpresa al miedo, y finalmente, al indómito dolor.
Gritó, igual que lo había hecho el prisionero, y se sacudió contra las cuerdas de la misma forma. La espuma empezó a gotear por la comisura de su boca, y la sangre brotó desde los orificios de su nariz y desde las esquinas de sus párpados.
—Solo un poco más —mascullo Gwen para sí misma, mientras contemplaba como el núcleo del prisionero se implantaba lentamente en el interior de Winston.
El dolor se volvió insoportable hacia mitad del camino, y Winston perdió el conocimiento. Gwen le ordenó a Jolie que se acercara al cuerpo y comprobara si efectivamente seguía vivo. Bastó con que Cartier asintiese con la cabeza para que Rosier diera la orden de continuar con el proceso de implantación. No podían interrumpirlo a mitad de camino o no tendría sentido.
Cuando el Amplificador finalmente se detuvo, un silencio espectante invadió el laboratorio. Nadie se atrevió a hablar, ni siquiera los padres de Winston que ahora se encontraban de pie e inclinados hacia delante por sobre la baranda de su platea preferencial, intentando tener una mejor visión de su hijo.
—Dame los vitales —pidió de inmediato Gwen, mientras que rodeaba la camilla donde Winston se encontraba todavía inconsciente. A su lado, uno de los asistentes sacudió su varita tomando registros.
—Frecuencia cardíaca de 140 por minuto, presión arterial elevada, frecuencia respiratoria alta, temperatura corporal en 40 grados… —leyó Jolie mientras los valores aparecían en una plantilla, lanzándole una mirada significativa.
Sabía lo que eso significaba. El cuerpo de niño squib estaba rechazando la magia que le habían implantado.
—¿Winston? ¿Me escuchas? —le susurró Rosier con cuidado al oído.
Los párpados del chico temblaron, y sus labios resecos se entreabrieron lo suficiente como para que pudiese relamérselos. Todavía quedaban restos de espuma y sangre manchándole el rostro.
—Sa… sa… —intentó hablar el chico, pero se había mordido la lengua y tenía la boca pastosa a causa de la sangre.
—Tienes que descansar, Winston —sugirió Gwen, intentando enderezarse para dar nuevas órdenes. Pero Winston la sujetó de la muñeca y la sostuvo cerca de él.
—Sácamelo. Esto está mal —gaznó como pudo.
—Está delirando. Otra dosis de sedantes, AHORA —ordenó Gwen. Una de sus asistentes puso manos a la orden, y en un abrir y cerrar de ojos una jeringa cargada con una droga espesa se encontraba clavada en el cuello de Winston.
Un sollozo lastimero retumbó entre las paredes de la sala, mientras la madre de Winston se encogía contra el hombro de su esposo para llorar. El público comenzó a desparramarse, murmurando por lo bajo, visiblemente decepcionados. Duncan Ford resopló y meneó la cabeza, mientras le daba una palmada en el hombro a Heros Morgan indicando que era el espectáculo ya no le interesaba y estaba listo para irse. Octavius Genrich, en cambio, aguardó hasta que solo Gwen y sus ayudantes quedaron en el lugar, trabajando bajo las órdenes de la sanadora en un intento desesperado por mantener vivo a Winston. Bajó de las plateas para acercarse primero al cadáver del prisionero 327, y luego a Winston.
—No va a funcionar, ¿verdad? —comentó el hombre, mientras sus ojos contemplaban con indiferencia al paciente Doval.
—No lo entiendo… Los cálculos… —balbuceó Gwen, revisando una y otra vez los números y las runas que había dibujado en el cristal.
—Te conseguiremos nuevos modelos para que sigas practicando —le prometió Octavius, como si la única preocupación de Gwen fuese esa.
Rosier permaneció el resto de la noche junto a Winston, intentando lo imposible por evitar el rechazo. Pero el cuerpo del muchacho empezó a fallar poco a poco. Primero fueron sus riñones, luego su hígado, el cerebro le siguió… Y a las 4:52hs de la mañana, el corazón de Winston Doval se detuvo y no hubo nada que Gwen Rosier pudiese hacer para que volviera a funcionar.
La transferencia de núcleos mágicos entre humanos había sido un rotundo desastre. Tanto el donador como el receptor había muerto en el proceso. Gwen había fracasado.
Esa noche, cuando los roles se invirtieron, y alguien golpeó a la puerta de su habitación, Gwen no encontró las fuerzas necesarias para abrir. Por suerte, Molly no aguardó a ser bienvenida para entrar. La costumbre la guió hacia la modesta bodega de vinos franceses que Gwen poseía en su recamara y abrió una de las botellas más costosas que encontró. Sirvió dos copas y le entregó una a Rosier, sentada en el alfeizar de la ventana de su habitación con el cuerpo reclinado contra el cristal, la espalda hacia el exterior.
Molly se quedó de pie en el extremo contrario del ventanal, haciendo girar de forma lenta el vino dentro de su copa, prestando más atención a la reacción de las facciones en el rostro de Gwen que a los aromas que desprendía el vino.
—No sobrevivió —Rosier intentó revelar la información con su habitual impasividad, pero le fue imposible. No obtuvo una respuesta por parte de Molly. En cambio, la ex aurora bebió un sorbo de su copa y aguardó a que continuara. —Tú me quisiste advertir que no estaba lista —se castigó a sí misma, frunciendo el ceño en verdadero disgusto. Se sentía asqueada consigo misma.
—Podrías haberlo logrado —intentó consolarla por algún extraño motivo Molly. Gwen bebió todo el contenido de su copa de un solo trago.
—Pero no lo logró —se enfureció Gwen, y arrojó la copa contra el suelo, haciéndola estallar en mil cristales—. Ahora todos pensaran que mi trabajo es una estupidez —rumió sus mayores temores en voz alta. Nunca antes se había sentido tan expuesta y ridícula.
—Yo no lo pienso —la contradijo Molly, encogiéndose de hombros.
Gwen se atrevió a mirarla. A mirarla de verdad. Era una chica ordinaria, que podría haber pasado desapercibida entre la multitud si no fuese porque debajo de esas gafas y esas mejillas pecosas se escondía uno de los núcleos mágicos más fascinantes que Rosier jamás se había topado. Era una mestiza, con sangre muggle en sus venas. Fascinante en todas las formas en que una persona podía serlo, con un talento innato para descolocar a Gwen con sus preguntas y hacerla replantearse todos sus ideales con sus planteos morales.
En el último tiempo, Molly había sido testigo de los secretos más oscuros de Gwen. Había visto su peor versión, esa que era fría y despiadada y estaba dispuesta a hacer lo necesario para alcanzar sus objetivos. Y Rosier podía sentir su admiración y su temor en partes iguales.
Molly no confiaba en Gwen. Y Gwen tampoco confiaba en ella. Pero de alguna forma, eso no parecía relevante. Porque su relación se había fundado desde el comienzo en verdades a medias, engaños furtivos y secretos peligrosos.
Y sin embargo, todo lo que quería hacer en ese momento era enterrar sus largos dedos entre el cabello desprolijo de Molly y arrastrarla contra ella para poder besar sus labios carnosos y sentir la textura de esa piel pecosa. Quería marcarla como su propiedad y quedársela allí con ella para siempre.
No estaba segura de que eso pudiese considerarse amor, pero era lo más cercano al amor que alguien podía encontrar en un lugar como ese. Era lo más parecido al amor que ella podía ofrecer.
Los ojos cansados de Jaques Le Blanc recorrieron una vez más el mapa frente a ellos, mientras sopesaba la sugerencia de Gabrielle Delacour.
Con la revelación del Anima Solaris, la Resistencia Rusa por fin había obligado a retroceder a las Sombras, salvaguardando las fronteras de Alemania y recuperando la mayor parte del territorio de Polonia. Ahora, se acercaban a Ucrania. Si lograban recuperarla, entonces tendrían una oportunidad real de atacar a Romanoff en Rusia y recuperar el control del gobierno. Aún distaba mucho camino por recorrer, pero las últimas comunicaciones con el capitán Bastian Razin eran alentadoras.
Sin embargo, cada vez que la Resistencia se enfrentaba contra las Sombras y usaba el recurso del Anima Solaris como arma militar, cientos de soldados morían en el proceso de invocar la luz necesaria para disipar semejante oscuridad. La victoria se estaba cobrando un precio alto, y la mayor parte de esas tropas provenían de Francia.
Jaques aún contaba con el apoyo del pueblo en lo respectivo a la guerra, pero sabía que estaba caminando sobre hielo quebradizo. Bastaba con que los vientos dejaran de soplar a su favor y una derrota finalmente abatiera a sus ejércitos para que la gente empezara a dudar de la necesidad de participar en un conflicto que se encontraba tan lejano a ellos.
—Debemos aprovechar el envión y golpear con toda la fuerza posible, Jaques —insistía Delacour a su lado, con ambas manos presionadas contra la mesa sobre la que yacían los mapas continentales y la mirada azul atravesándolo con punzante intensidad.
—¿Qué te ha respondido Alemania? —suspiró Le Blanc.
—Ellos están dispuestos a mandar otra partida de soldados si nosotros nos comprometernos a hacerlo también.
Una pausa en la que Jaques inspiró profundo, distendiendo su pecho y soltando el aire despacio. Más y más soldados. Más y más muerte. ¿Dónde terminaba todo eso?
—Envíalos —decidió finalmente, mientras se removía los anteojos y se presionaba con el pulgar y el índice el entrecejo. Estaba cansado de tener que tomar esas decisiones. Era un trabajo imposible—. ¿Crees que podemos continuar mañana? —le pidió con una sonrisa suave.
—Claro —Gabrielle lo contemplaba con un semblante preocupado.
No era la primera vez que la descubría mirándolo de esa forma. Tal vez se estaba preguntando si Jaques no estaría demasiado viejo para un trabajo tan exigente como ese. Posiblemente tuviera razón. Estaba viejo. Había visto pasar demasiadas décadas y morir a demasiadas personas como para que estas decisiones no supusieran un peso difícil de sobrellevar.
—Haré esa llamada a Alemania y luego me iré —anunció Gabrielle, forzando una sonrisa en sus labios delgados, manteniendo esa expresión políticamente correcta que había aprendido a dominar gracias a su trabajo.
—Puedes usar la Red Flú de mi oficina —le ofreció Le Blanc. Ella hizo un gesto con la mano, como si ya lo supiera. Jaques rió por lo bajo mientras ella trepaba las escaleras de regreso a la planta alta.
A pesar de que Jaques contaba con una oficina en la primera planta de la mansión, Gabrielle había considerado que era más seguro llevar adelante todas las reuniones relacionadas con la Guerra de la Frontera en las mazmorras de la vieja casona, donde originalmente había estado el laboratorio de pociones.
Había sido una propuesta que había tenido mucha lógica en su momento, pues Jaques había reforzado ese sector de la casa con magia protectora en caso de que ocurriese algún accidente mientras elaboraba sus pócimas… Y había vuelto a reforzarlas cuando Hedda quedó bajo su tutoría, ante la eventualidad de que necesitara algún lugar donde contenerla.
Pero extrañaba el laboratorio. Había sido allí donde él y Hedda habían compartido la mayor parte de su tiempo juntos. Había sido a través de la fabricación de pociones y medicamentos que Jaques había logrado conectar con su retraída sobrina. Allí, ellos habían sido felices.
Aún restaban algunos días antes de que Hedda volviera de Hogwarts para pasar la Navidad. Pero Jaques ansiaba su regreso. Los últimos años no habían sido fáciles para ninguno de los dos. El tiempo juntos había escaseado y los problemas habían sobrado. Su sobrina ya no era la pequeña niña cuyos ojos se abrían enormes con inocente sorpresa cuando el líquido dentro del caldero viraba del negro a púrpura, para luego convertirse al azul y continuar su recorrido a lo largo de todos los colores del arcoíris. Y cada día le resultaba más difícil mantenerla a salvo, al resguardo de un mundo que muchas veces era inclemente con las personas que eran diferentes como Hedda.
Las luces de la mazmorra titilaron, llamando su atención. Algo en el ambiente cambió, como si una ventana se hubiese abierto y una ráfaga de aire fresco hubiese ingresado. Jaques frunció el ceño y se puso de pie. Trepó las escaleras tan rápido como sus rígidas rodillas se lo permitieron.
Se encontró a Gabrielle a mitad del pasillo de la primera planta, en su camino de regreso hacia el laboratorio. Esta vez no intentó disimular la preocupación en su rostro.
—La Red Flú no funciona —le comunicó expeditivamente Delacour.
Las luces volvieron a titilar.
—Debemos salir de aquí, ¡ahora! —le ordenó Jaques, comprendiendo demasiado tarde que alguien había penetrado la protección de su casa.
Las Sombras lo cubrieron todo. Devoraron la luz de las lámparas en el techo y succionaron el calor del aire. Jaques no podía ver a Gabrielle, pero escuchó el jadeo tembloroso que emitió a pocos metros de él cuando la maldición los envolvió como un celofán asfixiante.
Los más trágicos pensamientos lo asaltaron. Iban a perder la guerra y Francia caería en manos de los Guardianes Negros. No volvería a ver a Hedda. Había fallado a su promesa de protegerla. Le había fallado a su hermano.
—Anima Solaris —la voz de Gabrielle dejó una nube de vapor blanco frente a sus rostro. En una explosión de luz y vida, las Sombras se disiparon, presionándose contra las esquinas, huyendo de la energía vital que la mujer estaba invocando.
Sin el efecto negativo de la maldición sobre él, Jaques sintió que recuperaba el control de su mente. Se sacudió el estupor que todavía lo embotaba y regresó hacia la puerta que daba a las mazmorras.
—Incendio —invocó a través de la boca de las escaleras, y selló la puerta detrás para contener las llamas en el interior del laboratorio y destruir en el proceso toda la información clasificada que contenía.
Un destello rojo y un gemido por parte de la señorita Delacour le anunciaron que ya no estaban solos. No tuvo tiempo de girar para enfrentarse a los intrusos. Alguien lo golpeó en la cabeza y lo dejó inconsciente.
Cuando recuperó el conocimiento, se encontró con que lo habían amarrado a una silla. Seguía en el interior de su casa. Efectivamente, no estaba solo. Dos figuras vestidas con las túnicas rojas de la Rebelión, un hombre y una muchacha que no podía ser mucho mayor que su Hedda, se encontraban de pie frente a él. Ninguno de ellos llevaba la capucha colocada sobre su cabeza. Sus rostros estaban al descubierto, impunes y arrogantes, como si no temiesen a ser identificados. No tenían nada que perder.
—Espero que sepa disculpar nuestro atrevimiento al visitarlo a estas horas de la noche, señor presidente —chasqueó la lengua Duncan Ford, sus dientes blancos relampagueando en la penumbra en que había quedado la casa después de la invasión. —Pero su familia robó una pieza de joyería muy valiosa hace mucho tiempo, y ya es hora de que lo devuelva —le explicó haciendo un gesto con la mano como si estuviese solicitándole una obviedad.
Jaques se mantuvo en silencio. Ford meneo la cabeza, una risilla escapando de sus labios. Tomó una de las sillas cercanas y la colocó frente a Jaques, sentándose a horcajadas sobre la misma, reclinando el peso de sus brazos sobre el respaldo de la misma e inclinándose hacia delante para nivelar su mirada con la del presidente.
—Dígame dónde está escondido el collar de Marguerite, señor Le Blanc —le ordenó, y no fue necesario que elevara la voz para que Jaques sintiera el peligro electrizando las palabras.
Sintió la magia en los ojos de Ford como rayos X abriéndose paso a través de él. Intentó desviar el rostro pero sintió como una mano invisible lo sujetaba de la mandíbula, forzándolo a mantener el contacto visual.
—¿Dónde has escondido el collar? —volvió a preguntar, esta vez con más vehemencia.
—Has sobreestimado mi vida si crees que vale esa información —habló Jaques con aplomo. Duncan tamborileó con los dedos sobre el respaldo, balanceándose en dos de sus patas.
—¿Qué me dices de la vida de tu bonita secretaria? —le preguntó arqueando las cejas en un gesto provocador.
La voz de Gabrielle soltando todo tipo de insultos invadió la sala cuando la joven que acompañaba a Duncan Ford la arrastró por el suelo para tirarla a pocos metros de distancia de ellos. Sus insultos solo se vieron interrumpidos brevemente cuando golpeó con brusquedad contra el suelo. Tenía las manos atadas a su espalda, pero a pesar de ello intentó resistirse cuando la volvió a tomar con fuerza desde los cabellos rubios y tiró hacia atrás de su cabeza, obligándola a arrodillarse y a mirar a Ford a la cara. Gabrielle no desaprovechó la oportunidad para escupirlo.
—Una mujer con carácter, ¿eh? —rió Ford fascinado, limpiándose con el dorso de la mano la saliva de la mujer.
—No les digas nada, Jaques —masculló furiosa Delacour con la mirada encendida.
—Encantadora —dijo Ford, y con la misma mano que se había limpiado la cara la abofeteó.
El golpe resonó en la sala como un eco anticipatorio. Gabrielle se tambaleó hacia un costado a causa del impacto, la mano de la ayudante que la sujetaba del cabello actuando como único soporte para impedir su caída. Jaques se estremeció en la silla, mordiéndose la lengua para no hablar. Ford debió de presentir su debilidad, porque asentó un revés contra la mejilla contraria de la mujer.
Y luego otro, y otro.
La cabeza de Gabrielle se sacudió de un lado al otro con cada golpe, su piel blanca pigmentándose rápidamente con los hematomas que la mano de Ford dejaba a su paso. Jaques apartó la mirada, incapaz de contemplar como el bello rostro de Gabrielle se desfiguraba a causa de la paliza. Aún así, no pudo evitar escuchar el sonido húmedo que provocó el anillo del dedo anular de Ford cuando le partió el labio y la sangre empezó a empaparle la boca, ni el crujir de los huesos mientras se partían con las sucesivas embestidas, ni los gemidos sofocados de dolor que Gabrielle intentaba contener inútilmente.
—Puedo seguir toda la noche, señor presidente. Puedo romperla poco a poco, si usted lo desea —le advirtió Ford, reforzando sus palabras con un nuevo golpe con el puño cerrado. El envión de la embestida fue tal que la cabeza de Gabrielle finalmente se soltó de la mano que la sostenía, mechones de cabello rubio quedando atrapados entre los dedos de la ayudante mientras ella caía una vez más contra el suelo.
Gabrielle se arrastró con las manos intentando alejarse de su abusador. La ayudante de Ford le puso un pie en la espalda, entre los omóplatos, inmovilizándola contra el piso. No había a dónde escapar.
Ford se incorporó de la silla, decidido a cumplir su palabra.
—No está aquí —se quebró por fin Jaques.
—No le conviene mentirme, señor presidente —Ford se inclinó sobre el anciano, amenazante.
—No está mintiendo —intervino una nueva voz, mientras otras dos figuras entraban en la habitación.
Hasta entonces, el Mago de Oz había sido siempre un enemigo distante y misterioso. No sabían su identidad, pero intuían su poder. Pero Jaques había pasado suficiente tiempo cerca de una de las Joyas de la Corona como para reconocer su magia. Y podía sentirla como una fuerza omnipresente en el hombre encapuchado que avanzaba en su dirección.
—El Camaleón ha registrado toda la mansión. El señor Le Blanc dice la verdad. El collar no está aquí —agregó el Mago apuntando hacia el otro hombre que marchaba a paso lento con una mirada indiferente ante la tétrica escena.
—¿¡Dónde está el collar!? —exigió saber Duncan, su voz volviéndose notoramiente más demandante ahora que el Mago había entrado en escena. Chasqueó los dedos hacia la muchacha que lo acompañaba y esta le obedeció inmediatamente. La joven estaba ansiosa por complacer a Ford, un brillo fanático titilando en sus ojos gatunos. Tomó a Gabrielle por los hombros y la obligó a reincorporarse sobre las rodillas. Su rostro estaba irreconocible. Y sin embargo, detrás de la sangre, el tejido inflamado y los huesos rotos, Jaques seguía viendo la misma mirada de fuego de siempre, desafiante hasta el final. Delacour movió la cabeza en un gesto casi imperceptible de negación.
—Le agradecería que respondiera la pregunta, señor Le Blanc —le pidió el Mago con una gentileza dulce que ardió contra los oídos de Jaques, pues era veneno disfrazado de bondad.
Jaques había tomado una decisión. Esperaba que Gabrielle Delacour pudiese perdonarlo.
—El collar de Marguerite está fuera de tu alcance —respondió Le Blanc, consciente de lo que sucedería a continuación.
Nadie se movió durante unos instantes, el aire quedando suspendido entre sus cuerpos sin que ninguno de ellos se atreviera a tomar una bocanada. Fue el Mago quien reaccionó en primer lugar, soltando una exhalación mezclada de cansancio y aburrimiento, como si todo esto le estuviese robando más tiempo del estrictamente necesario. Se sentó en el lugar que minutos atrás había ocupado Ford, no sin antes enderezar la silla para quedar cara a cara con Jaques, como dos políticos a punto de tener un acalorado debate.
Alzó un único dedo, y Jaques distinguió el fino y delicado recorrido de las venas teñidas de un color negro espeso, serpenteando bajo la piel de su brazo, ascendiendo desde debajo de la túnica. La magia de la joya se estaba filtrando dentro en su cuerpo.
No fue necesario que pronunciara ningún hechizo. Bastó con que sacudiera ese dedo índice con un movimiento rápido y decidido. Sin siquiera mirarla, ni usar la varita mágica, El Mago degolló a Gabrielle en un solo corte, recorriendo el cuello esbelto de la mujer de lado a lado. El líquido escarlata empezó a brotar de la herida con un gorgoteo incesante, empapando la alfombra a sus pies. Gabrielle se sacudió como un pez al que han dejado fuera del agua, debatiéndose con cada inspiración por conseguir un poco de aire, y escupiendo en cada exhalación la sangre que rápidamente inundaba sus pulmones. En pocos segundos, las sacudidas violentas se convirtieron en movimientos espasmódicos, los estertores antes de la muerte.
La atención de Jaques había quedado congelada en la imagen grotesca y sanguinolenta en que se había convertido Gabrielle. La misma mujer de carácter fuerte que nunca se había amedrentado ante los desafíos. La mujer que lo había ayudado a conseguir y mantener el control de país. La política empedernida. Su asesora. Su amiga.
—Tal vez sea mejor que acudamos a tu sobrina para obtener algunas respuestas —comentó el Mago con una calma escalofriante, ignorando el cadáver fresco que seguía desangrándose junto a ellos.
—Ella no tiene nada que ver con esto —siseó Jaques, la ira empezando a dejarse ver.
—Claro que está involucrada. Su propio padre se aseguró de eso cuando la trajo aquí contigo junto con ese collar —se rió el Mago en un tono que simulaba amistosa complicidad.
—Una híbrida como ella podría sernos útil en el Torreón —sugirió Ford, dejando implícito el terror que encerraba esa oferta.
—¡Ella no sabe nada! —se enfureció finalmente Jaques.
—Es una preciosura —comentó Ford, mientras tomaba uno de los retratos de Hedda que había sobre la repisa de la chimenea y la examinaba cuidadosamente—. Me pregunto si seguirá siéndolo después de un par de semanas con nosotros —deslizó sin ningún reparo, guiñándole un ojo de forma perversa.
—Ella no puede ayudarlos —reveló finalmente Jaques, cediendo ante la perspectiva, por más mínima que fuera, de que esa gente pudiese acercarse a Hedda—. Nadie puede.
El Mago movió nuevamente su mano, y Jaques volvió a sentir una fuerza invisible que lo sujetaba del mentón forzándolo a mirar hacia la oscuridad de la capucha. No podía ver sus ojos, pero podía sentirlos sobre él.
Jaques se sentía agotado y el estupor de la muerte de Gabrielle y la amenaza contra Hedda lo habían dejado con sus defensas bajas. La magia de la joya que llevaba el Mago le llegó como un brisa, una caricia contra su rostro, invitándolo a ceder.
—Lo destruyeron —el Mago logró finalmente penetrar en si mente debilitada.
—Eso es imposible —exclamó el Camaleon, interviniendo en la conversación con indignación—. Un objeto como ese no puede destruirse sin más. Para hacerlo se habría necesitado de una fuerza igual de poderosa, algo capaz de contrarrestar la magia negra en su interior…
—Como una espada mágica —lo interrumpió el Mago de Oz. Una carcajada brotó desde debajo de la capucha, un sonido inesperado e histérico. Jaques lo observó desconcertado mientras el acceso de risa cedía y su enemigo tomaba una bocanada larga de aire para recomponerse. Extrañamente y contra todo pronóstico, el Mago parecía de buen humor—. Debí de haberlo imaginado —suspiró cuando recuperó el aliento, los resabios de su risa todavía vibrando en su voz—. Por supuesto que Potter preferiría destruir el collar a arriesgarse a que caiga en manos equivocadas.
—Nunca debieron de existir en primer lugar —le espetó Jaques. Le costaba hablar. La intromisión del Mago dentro de su mente lo había drenado de la poca energía que le quedaba. —Existe un límite para nuestro poder.
—Nosotros decidimos los límites de la magia —retrucó el Mago, su voz endureciéndose como la lava al enfriarse.
Se movió con gran velocidad para una persona de su edad. Extrajo la varita con sorprendente presteza y apuntó con ella directo al pecho del presidente. El grito de dolor quedó ahogado a mitad de camino, pues su corazón y sus pulmones se congelaron en una fracción de segundo, matándolo en el acto. Una muerte rápida y limpia, para un enemigo digno.
El Mago se reincorporó para irse. Ya no quedaba nada más que hacer allí. Frenó ante Duncan y lo miró de arriba abajo, completamente manchado con la sangre de Gabrielle. Si Ford hubiese podido verle el rostro se habría encontrado con una expresión de desagrado en sus labios. Para ser un hombre sin pudor para la violencia, el Mago no disfrutaba particularmente de participar en ella, ni se deleitaba con los métodos poco tradicionales de Duncan Ford y sus ayudantes. Pero algunas veces, la violencia era un mal necesario.
—No dejen a nadie vivo —les ordenó, haciendo un gesto hacia los pisos superiores y la cocina, donde seguramente habría otros empleados durmiendo—. Y esta vez, sean prolijos —agregó mientras lanzaba una última mirada hacia el cuerpo magullado de Gabrielle.
Apenas cruzó la arcada de la entrada notó una estática en el aire que le erizó los vellos de la nuca, poniéndolo en alerta. Toda una vida rodeado de magia negra generaban esa especie de sexto sentido. Lo podía percibir en la pesadez del ambiente, como si una mano invisible estuviese comprimiendo las paredes de la casa. El olor metálico invadió sus fosas nasales, y prácticamente pudo saborearlo en el fondo de la boca.
Su casa olía a muerte.
Draco desenfundó la varita al tiempo que un dolor anticipatorio le exprimía el pecho y le aceleraba el pulso. Las luces de la casa se fueron encendiendo a su paso, iluminando los salones vacíos y silenciosos. Todo estaba impecable, tal como él lo había visto la última vez que había estado allí antes de irse a Londres. Pero algo se sentía fuera de lugar, como si todo lo que convertía a una casa en un hogar se hubiese evaporado en su breve ausencia. Como un cascarón vacío. La casa se sentía fría y ausente.
Como un mausoleo.
Sacudió la cabeza para apartar el lóbrego pensamiento mientras ajustaba mejor los dedos en torno a la madera de la varita.
Trepó los escalones con pasos amortiguados, intentando hacer el menor ruido posible. Pero en la quietud de la enorme mansión, incluso el sonido que emitía el rozar de la tela de su túnica contra la piel parecía amplificarse.
Las luces de la planta alta se encendieron cuando llegó al último escalón. La luz bañó el pasillo revelándole el origen de aquel aroma herrumbroso que impregnaba el aire.
Alguien había decapitado a todo el personal doméstico de la mansión y había colgado las cabezas de los elfos a lo largo del pasillo. Las facciones habían quedado congeladas en expresiones grotescas y crueles. Llevaban un tiempo así, porque la sangre se había secado y la piel tenía un color cetrino. Draco respiró por la boca, conteniendo las arcadas que revolvieron su estómago.
Ignoró ese instinto de supervivencia tan arraigado en él que le gritaba que saliera de allí y se obligó a avanzar por el pasillo custodiado por las cabezas. No podía irse sin encontrar a su madre.
La última cabeza de elfo había sido colocada de forma estratégica en la puerta de la recamara de Narcissa Malfoy. Le habían seccionado el cuello con un corte limpio y experimentado, y la habían fijado por los extremos de sus largas orejas con enormes clavos de hierro. La puerta estaba entornada y Draco la empujó con la punta de su zapato, sin atreverse a cruzar el umbral.
Habían colgado el cuerpo de Narcissa Malfoy en la pared frente a la puerta, de forma que esa imagen fuese la primera en recibirlo cuando entrara en la recamara. Clavos como los que sujetaban las cabezas de los elfos se encontraban incrustados en las manos de su madre, empotrándola en la pared. Su cabeza colgaba hacia delante como un péndulo.
Sobre su cabeza, pintado en rojo sangre, brillaban las palabras "Traidor de sangre".
Este capítulo lleva viviendo en mi mente tanto tiempo que no puedo explicarles la emoción que me genera finalmente plasmarlo en palabras escritas.
Podría pasarme varias hojas haciendo comentarios sobre las escenas, pero me voy a limitar a hacer una sola aclaración para no aburrirlos.
Molly/Gwen: las pondré juntas porque las escenas de ambas se encuentran profundamente vinculadas... Y porque creo que ya ha quedado más que claro que entre ellas existe una atracción que va más allá de lo "profesional".
La decisión de infiltrar a Molly en la Rebelión llegó mientras escribía "Era de Reclutamiento"... Sabía que la historia iba a necesitar espías. Alguien de la Orden del Fénix iba a tener que meterse en líneas enemigas, y como siempre digo... Esta guerra le pertenece a la tercera generación. Así que era la opción más lógica que quien se infiltrase fuese uno de ellos. En cuanto llegué a esa conclusión supe que sería Molly. Tenía que ser un personaje de principios fuertes, poderosa y también un poco ingenua... Una persona que todavía mantenía esa pureza inocente de creer que el mundo se divide en buenos y malos. ¿Quién mejor que ella? Necesitaba un personaje que pudiese recorrer ese camino de autorrealización, de transición entre la luz y la oscuridad... Un personaje que aprendiese en carne propia que el mundo no siempre es blanco o negro. Y Gwen es el puente que conecta estos dos mundos.
No suelo escribir desde el POV de Gwen porque siempre me siento más cómoda en la piel de Molly cuando están juntas. Pero este momento lo ameritaba porque es una de las pocas veces que la vemos quebrarse. Vemos que hay una fragilidad humana en ella. Sí, es despiadada e insensible cuando tiene que serlo... Pero también alberga miedos e inseguridades. Una contraposición casi irónica: mientras que Molly se entierra en lo más profundo de su oscuridad matando a una persona, Gwen muestra las primeras señales de vulnerabilidad y vacilación al fracasar en un experimento en el que confiaba ciegamente.
Espero que hayan disfrutado de este capítulo tanto como yo disfruté (y sufrí también) escribiéndolo.
G.
P.D: Le ofrecí a los miembros del grupo de Telegram que si llegamos a los 800 reviews antes de que termine el libro les compartiré un adelanto del séptimo (y último) libro. Lo pongo aquí para informar también a los que no se encuentran en el chat. ¡Quedan muy, muy pocos capítulos para terminar este libro! :)
