Ligeramente alarmada por la cantidad de humo que inunda la habitación al abrir el horno, Lisa saca el pastel que habían puesto a hornear hace no más de veinte minutos. Temiendo que el exceso de temperatura lo haya quemado, lo coloca sobre la fría mesada, que se queja con un agudo chirrido al ser expuesta al hirviente molde sobre el cual reposa el postre, para revisar su estado.
Suspira con alivio al ver que el pastel está perfecto; lo sacó justo a tiempo. Se seca el sudor de la frente con el antebrazo mientras apaga el horno, y se saca el gigantesco guante de cocina, liberando al fin sus exhaustos dedos. Un dulce olor llega a sus fosas nasales, que lo aceptan con gusto. La preparación del postre ha sido un éxito.
Si tuviese que sincerarse, diría que sin sus hermanas, cuyas habilidades sociales superan enormemente las suyas, no habría podido hacer nada de esto (ni se le hubiese ocurrido). Su inteligencia se limita a brillar meramente en los confines de su laboratorio, donde es capaz de demostrar el inigualable talento que posee para llevar a cabo experimentos científicos. Los tubos de ensayo y sustancias químicas son sus mejores amigos; son predecibles, fáciles de manejar, y, si uno tiene la destreza necesaria al usarlos, no presentan problema alguno. En cambio, los humanos son completamente impredecibles, no hay una regla concreta que determine cómo funcionan o cómo relacionarse con ellos, pues cada uno es plenamente distinto del otro y sus mentalidades varían enormemente.
Uno debe ser cuidadoso al interactuar con personas. Lo más sabio es cambiar la forma de actuar y hablar dependiendo del individuo con el que se está conversando. Los humanos están llenos de contradicciones, y ni siquiera una vida entera es suficiente para aprender cómo funcionan todos y cada uno de ellos. Es demasiado trabajo, demasiado esfuerzo; esfuerzo que Lisa prefiere dedicar a aquello que tanto le apasiona. Relacionarse con otros seres vivientes es un asunto trivial para ella, hacerlo no la va a convertir en la mejor científica del mundo después de todo.
Sin embargo, así como siempre han existido las excepciones en todo desde tiempos remotos (hasta en la química), Lisa también tiene la suya. Una persona con la que interactuar no le parece una molestia; una persona que, a pesar de no compartir sus mismos gustos, la entiende y acepta por como es.
Darcy ha sido una de sus únicas amigas desde su infancia, y su lazo se ha reforzado enormemente con el pasar de los años. Fue gracias a ella que fue capaz de comprender que ― a veces ― tener una que otra amistad en la que confiar no es tan malo, y que socializar puede incluso llegar a ser muy útil en la vida cotidiana, (aunque sigue prefiriendo evitarlo cuando se le presenta la ocasión).
Y ahora que esa amiga se encuentra en el hospital, sola y lejos de su familia, debe poner sus habilidades sociales a prueba y aplicar todo lo que ha ido
aprendiendo a lo largo de su vida. Es su deber, como buena amiga y persona empática, levantar el ánimo de Darcy y permanecer a su lado mientras su pierna se recupera de la terrible caída que sufrió mientras patinaban sobre hielo.
La mirada de Lisa se clava en el pastel que descansa en la mesada de la cocina, absorta en sus pensamientos mientras planea por lo menos unos diez temas de conversación diferentes, mentalmente enumerandolos desde el más conveniente hasta el menos. Una fuerte palmada en la parte superior de su espalda es lo que finalmente evapora su nube de pensamientos.
―Deja de preocuparte hermana, le encantará ―le asegura Lana con sonrisa reconfortante.
―¡Pues claro que lo hará! ―exclama Lola con tono confiado, posicionando una elegante mano en su pecho mientras posa extravagantemente. ―Fuimos nosotras quienes preparamos el pastel después de todo, ¡seguro que sabe delicioso!
Lisa saca el pastel del molde y lo pasa a un plato cuidadosamente. Agarra un cuchillo y corta con extrema delicadeza un perfecto trozo de pastel para luego colocarlo sobre una servilleta y meterlo en el reluciente táper que ha preparado.
―Gracias, hermanas. Debo admitir que mis habilidades culinarias dejan mucho que desear, así que fueron de gran ayuda en la preparación de este postre.
Lana se sube a la mesada de un pequeño salto, y estira un brazo para agarrar el sucio cuchillo que Lisa había usado hace unos momentos. ―¡No hay de qué! Sabemos lo importante que es tu amistad con Darcy, siempre vamos a estar dispuestas a ayudar ―dice mientras clava el afilado cubierto en el resto del pastel y le arranca un pequeño pedazo, el cual no tarda en llevarse a la boca para degustar. Asiente con aprobación, soltando un pequeño sonido de satisfacción ante el dulce sabor que bendice sus papilas gustativas. ―Sabe increíble ―. Corta torpemente otro pedazo y se lo ofrece a Lola. ―Toma, debes probarlo.
Lola lo acepta con gusto y come con cuidado, queriendo evitar manchar su reluciente vestido rosado. ―Hablando de Darcy, ¿cómo se encuentra? ―pregunta, masticando con entusiasmo el delicioso postre.
Lisa agarra una cuchara y la envuelve elegantemente con una servilleta para luego ponerla en el táper, colocándola bien en la esquina para que no se choque con el trozo de pastel.
―Su pierna parece estar mejorando más rápido de lo esperado, considerando que la fractura estuvo cerca de ser externa. No obstante, me ha comunicado sobre la soledad que siente estando en el hospital, así que hoy iré con el objetivo de animarla ―explica, su mirada suavizándose con lástima al imaginar a su extrovertida amiga, quien busca constantemente interactuar y conversar con otra
gente, completamente sola mientras reposa en la cama que le asignaron, rodeada de un profundo silencio.
―Debe de estar pasándola terrible. ¿No hay forma de que puedas hacer algo para curarla? ―cuestiona Lana.
El rostro de Lisa se tensó ligeramente un par de segundos, tras los cuales su expresión volvió a la típica neutralidad ―Explícate.
Lana se encoge de hombros. ―Ya sabes… una poción o… algún experimento… mezcla química… tu ya sabes, alguna de esas cosas locas que haces tú que puedan acelerar su recuperación.
―¿Propones que yo aplique mis habilidades científicas en la herida de Darcy?
―La cuestionó Lisa
―No veo por qué no ―añadió Lola a la conversación ―Eres buena en esas cosas; seguro alguno de tus inventos puede ser usado en el campo medicinal, o inventas algo en un instante que haga lo que necesites.
Lisa desvía su mirada al táper que descansa frente a ella. Termina de cerrarlo, mientras en sus lentes se refleja la luz de la cocina sus labios se tensan. Lana se extraña un poco ante este comportamiento mientras Lola empieza a prestar atención pues también siente algo de curiosidad.
―Tengo restringido mi uso de inventos en aquellos que ya fueron ingresados en un hospital. A pesar de poseer gran conocimiento en la ciencia, no estoy cualificada para aplicar mis inventos en pacientes. Además, es esencial que esta herida sane por sí sola; de esta forma su cuerpo se hará más resistente a futuros golpes o amenazas externas.
Lana y Lola intercambian miradas curiosas, y Lisa deduce que no ha logrado convencerlas por completo ― eso o no han entendido nada de lo que ha dicho. Rehusandose a seguir siendo cuestionada por sus hermanas, le echa un rápido vistazo al viejo reloj que cuelga en la pared.
―Debería partir antes que el horario de visitas llegue a su fin ―dice rápidamente, levantando el táper con extremo cuidado. Sale de la cocina con apuro y camina hacia la puerta principal.
―Oh, claro. ¡Buena suerte hermana! ―escucha a Lana exclamar desde la cocina; sus palabras se oyen algo distorsionadas, indicando que ha retomado su labor de devorar lo que queda del pastel.
Lisa no se molesta en responder. Se detiene unos segundos frente a la puerta y hace una lista mental de cosas que debe llevar consigo para asegurarse que no se
esté olvidando de nada. A simple vista todo parece estar en orden, mas su cerebro no para de insistir en que algo falta. Antes de que pueda deducir qué es lo que no está recordando, una voz la interrumpe.
―Creo que te olvidas de esto.
Lisa se da la vuelta. Lucy, su hermana mayor de oscuro cabello negro, está parada frente a ella, brazo izquierdo extendido en su dirección. En su pálida mano descansa una pequeña bolsa de red dentro de la cual se encuentran dos galletas perfectamente redondas repletas de chispas de chocolate.
Esbozando una suave sonrisa, Lisa da unos pasos hasta su hermana y agarra la bolsita con gratitud. Abre la boca para agradecerle, pero Lucy la interrumpe.
―No pierdas más tiempo; el horario de visitas no dura mucho, y estoy segura que Darcy quiere pasar la mayor cantidad de tiempo contigo posible. Tu llegada le alegrará el día.
Las palabras de Lucy hacen que Lisa sienta una extraña sensación de calidez acumularse en las profundidades de su pecho, que luego comienza a recorrer su torso hasta asentarse en su estómago. Sus ojos bajan para posarse sobre la bolsita que Lucy le ha dado; para cualquier otra persona lo que hay dentro no son más que unas meras galletas, pero para Lisa poseen un importante significado: el comienzo de su amistad con Darcy. Con mucho cuidado, guarda la bolsita en su bolsillo.
Le dedica a Lucy una última sonrisa como forma de agradecimiento y gira nuevamente hacia la puerta. El desconocido y cálido sentimiento se rehúsa a irse incluso cuando Lisa sale a la bulliciosa calle y emprende camino al hospital. Las palabras de Lucy se repiten en su mente sin cesar, alimentando la rara sensación que continúa creciendo dentro suyo: 'estoy segura queDarcyquierepasarlamayor cantidaddetiempocontigoposible.Tullegadalealegraráeldía'.¿Será cierto?
¿Será que realmente su mera presencia es suficiente para traer tanta felicidad a una persona? La idea le… agrada. Incluso le alegra pensar que Darcy disfruta de estar con ella, tanto como Lisa disfruta de estar con Darcy.
―Supongo que en eso se basan las amistades… ―murmura Lisa, con un tono tan bajo que apenas puede escucharse ella misma.
Tantos años han pasado y aún así continúa aprendiendo cosas nuevas sobre lo que tener una amistad genuina implica. Con el pasar del tiempo se ha ido dando cuenta que la formación de vínculos profundos puede ser muy benéfico. A pesar de no ser de mucha utilidad en el campo científico, sí lo son en la vida cotidiana. Después de todo, por mucho que intente negarlo, el ser humano es un animal sociable por naturaleza, y necesita de relaciones con otras personas para llevar una vida relativamente feliz. El tener a alguien en quien confiar, a quien poder contarle
tus preocupaciones y conflictos, o simplemente alguien con quien pasar el rato hablando y riendo… esa persona es esencial en la vida de uno.
Y fue Darcy quien hizo que Lisa se de cuenta de todo eso. Fue gracias a aquel día, cuando Darcy le ofreció su galleta incluso después de descubrir que Lisa la había estado usando para conseguir la nota perfecta, que sus ojos fueron abiertos y la perspectiva que solía tener sobre la creación de lazos con personas cambió por completo.
Y ahora aquí está, sintiendo todo tipo de emociones que no se creía capaz de sentir. Preocupación, lástima, cariño, adoración. Cuando era tan solo una niña, ese tipo de sentimientos eran dirigidos a sus inventos y experimentos, no a personas ― excluyendo su familia, por supuesto. Mas las cosas cambian, uno crece y madura, y los años de vida te llevan a aprender todo tipo de cosas.
Lisa está tan absorta en sus filosóficos pensamientos que tarda en percatarse que ha llegado al hospital. Observa brevemente su reflejo en las grandes puertas de vidrio para confirmar que su apariencia esté impecable. Toma una bocanada de aire y exhala, expulsando toda la ansiedad que se fue construyendo en su trayecto, y finalmente entra al hospital.
Habla con la recepcionista; le dice quién es, qué viene a hacer, y a quién viene a visitar. Una vez otorgado el acceso, recorre el gigantesco lugar en busca de la habitación donde se encuentra Darcy, observando sus alrededores y apretando el táper contra su pecho inconscientemente.
No tarda en encontrarla, puesto que no es la primera vez que viene. Se para frente a la puerta de la cual cuelga un tierno cartel violeta con el nombre de Darcy grabado en él y, luego de unos segundos, da un suave golpe.
―¿Sí? ―responde una aguda voz femenina desde el interior.
Lisa toma eso como un permiso para pasar y abre la puerta gentilmente. Ignora la manera en la que la extraña calidez inunda su pecho nuevamente al apreciar cómo la cara de Darcy se ilumina al verla.
―¡Lisa! ―exclama desde la cama, incapaz de bajar a recibir a su amiga por el gran yeso que engulle su pierna.
―Buenas tardes, Darcy ―saluda, caminando hasta la cama. Darcy extiende ambos brazos, los dedos de sus manos abriéndose y cerrándose repetidamente.
Lisa no tarda en entender el gesto, la vergonzosa memoria de aquella vez que no pudo comprender que Darcy estaba pidiendo un abrazo fresca en su mente.
"¿Qué es este raro movimiento que estás haciendo?" le había preguntado, perpleja; una ceja arqueada y sus ojosllenosdepuraconfusión.Labrillantesonrisa de Darcy se había esfumado de suslabiosparaserreemplazadaporunaexpresión de sorpresa. Mas la sonrisa no tardó en reaparecer, y Darcy explotóencarcajadas. luchando por explicarle lo que estaba haciendo sin ahogarse en sus propias risotadas.
Queriendo evitar repetir tal embarazoso suceso, Lisa grabó el distinguible gesto y su significado en su cerebro de por vida.
Apoya el táper en la silla sobre la cual suele sentarse cuando viene a visitar a su amiga, se acerca a Darcy y la envuelve en un fuerte abrazo.
―¿Cómo te encuentras? ―pregunta Lisa cuando se separan.
Darcy expulsa un gran resoplido, cruzándose de brazos. ―Terrible. Los doctores dicen que mi pierna se está recuperando rápidamente, pero yo siento que han pasado siglos. Ya no aguanto estar aquí; a este lugar le falta vida.
Lisa inclina su cabeza levemente hacia el costado, algo confusa. ―¿Eso crees? Pues yo he presenciado lo contrario; este lugar rebosa tanto de pacientes como de doctores, debe de ser un hospital de excelente calidad.
Darcy suelta una risita, dejando caer su ceño. Siempre le ha resultado divertido ver cómo alguien tan inteligente como Lisa tiene dificultades para descifrar el verdadero significado de acciones y frases tan simples al centrarse meramente en lo literal y superficial.
―Bueno, sí, pero no estoy hablando de cuánta gente hay o no hay. Este lugar es triste, las paredes son todas de un monótono blanco ―, abre los brazos como para demostrarle a Lisa su punto, incitándola a observar sus alrededores. ―Todo es blanco, ¿le tienen miedo al color o algo? Y ni hablemos de la comida; es simplemente horrenda. Viven trayéndome puré de zapallo con pollo desmenuzado,
¿qué creen que soy? ¿Un bebé?
―De hecho, el blanco es un color que suele inspirar paz y tranquilidad, definitivamente apto para los hospitales. La excesiva mezcla de colores podría producir demasiado ruido visual, desconcentrando a los cansados doctores y molestando a los enfermos. Además, usan el blanco para resaltar la limpieza, ya que es más fácil identificar y quitar la suciedad para mantener el lugar nítido y sanitizado ―explica Lisa
Darcy se la queda mirando, atónita ante su detallada e informativa explicación. Pestañea una vez, luego otra, y cuando el silencio comienza a alargarse más de lo debido, Lisa empieza a preocuparse.
―¿Dije algo ofensivo? Si es así entonces me disculpo.
Una sonrisa divertida decora la cara de Darcy nuevamente, y Lisa involuntariamente suelta un suspiro de alivio al confirmar que no la ha hecho enojar. No obstante, dicho alivio no dura mucho, pues es rápidamente reemplazado por un leve sentimiento de vergüenza mientras presencia la forma en la Darcy comienza a soltar pequeñas carcajadas, su cuerpo temblando cada vez que lucha por contener las risas que amenazan con escapar de sus labios ― un lamentable intento que falla miserablemente cuando una risotada es finalmente arrancada de sus pulmones, seguida de otra, y otra, hasta que rompe en un ataque de risa.
Lisa quiere expresar su severa confusión y perplejidad ante tal suceso, mas su boca la traiciona, y sus labios se curvan para esbozar la sombra de una sonrisa. Siente su pecho contraerse al escuchar a su amiga reírse con tal júbilo, feliz de ver que ― de alguna misteriosa forma que desconoce ― ha logrado subirle el ánimo.
―Perdón, perdón ―dice Darcy una vez ya calmada, secándose con el dedo índice las lágrimas que se habían formado en sus ojos. ―Es que- guau, no paras de sorprenderme, Lisa. ¿De dónde es que sacas toda esa información?
Lisa sigue sin comprender bien el porqué de la imprevisible reacción de Darcy, pero decide tomar sus palabras como un cumplido. ―Uso lógica más que nada. No es muy difícil deducir la decisión detrás del constante uso del color blanco en los hospitales si te paras a pensarlo.
Los ojos de Darcy casi que brillan con pura admiración. ―Realmente tengo de amiga a la persona más inteligente de todo el mundo ―dice orgullosa, como si fuese algo digno de presumir.
El inesperado halago, junto a la emoción y genuinidad que llevan consigo las cariñosas palabras de Darcy, agarran a Lisa por sorpresa, cuyas mejillas se tiñen de un suave color rosado. Uno imaginaría que, al haber recibido incontables cumplidos a lo largo de toda su vida, siendo admirada por su destacable destreza mental, Lisa ya está acostumbrada a todos los elogios. Y lo está, realmente lo está, pero la forma en la que la voz de Darcy rebosa de contento, como si ésta quisiese poner a Lisa en un pedestal y hacer que el mundo entero sepa de su amistad, hace que se sienta genuinamente apreciada.
Lisa se aclara la garganta. ―Ah, sí, habías dicho algo sobre la comida también,
¿no? ―pregunta, anhelando volver al tema del que estaban hablando antes.
Darcy pone cara de asco. ―Ugh, lo peor que probé en mi vida ―se queja. Luego arquea una ceja, pensativa. ―¿Habrá alguna explicación lógica para eso también?
Lisa sonríe. ―Me temo que simplemente carecen de personal de cocina con profesionalidad ―. Se agacha levemente para agarrar el táper que descansa sobre
la silla y lo coloca sobre la cama. Darcy lo mira curiosa. ―Tal vez esto ayude a quitarte el feo sabor de la boca.
Darcy lo abre con entusiasmo, ansiosa por averiguar qué hay dentro. Sus ojos se iluminan y suelta un pequeño gritito de sorpresa al ver el pastel y la bolsita con las galletas.
―¡No lo puedo creer! ¿Lo hiciste tú? ―pregunta, levantando la mirada para clavarla en Lisa.
―Mis hermanas me ayudaron a prepararlo. No tuve tiempo para probarlo, pero Lana dijo que sabe bien.
―Pues se ve delicioso ―dice emocionada. Lisa toma asiento y observa con satisfacción como Darcy desenvuelve la cuchara anhelosamente, lista para devorar el trozo de pastel. Hace una nota mental de agradecerle a Lucy cuando la vea; fue ella quien le propuso la exitosa idea después de todo.
Darcy no tarda en llevarse el primer bocado a la boca, suspirando con deleite cuando el dulce sabor a chocolate bendice su boca. Mastica lentamente, disfrutando cada segundo, y suelta otro agudo sonido de alegría cuando traga.
―¡Mm! ¡Está increíble! Ay, Lisa, ¡muchas, muchas gracias! Lo único dulce que comí en todo este tiempo fueron los bombones que me trajo mi mamá. Ni siquiera los postres de aquí son buenos; nunca había probado una gelatina tan fea.
Lisa esboza una sonrisa orgullosa, complacida con la positiva reacción de su amiga.
―Me alegra que te guste. Debo admitir que Lola es una pastelera excepcional cuando realmente quiere.
Darcy continúa su labor, comiendo a grandes bocados el pastel mientras charla con Lisa. Le pregunta sobre cómo van las cosas en la escuela; si había pasado algo interesante o cuán difíciles eran los temas que aprendieron durante su ausencia (no se fía de la respuesta que le da Lisa, pues a ella todo le resulta ridículamente fácil). Comienza a lamentarse cuando habla de toda la tarea que debe hacer para ponerse al tanto, pero Lisa la anima prometiéndole ayudarla lo más posible. Una vez ya exprimido por completo el tema de la escuela, empiezan a hablar de sus vidas, contando anécdotas recientes y riéndose de situaciones vergonzosas. Lisa le comenta que casi hace explotar el laboratorio del club de ciencias, y Darcy le cuenta cómo tiñó las relucientes sábanas blancas de un fuerte amarillo cuando derramó su sopa sobre la cama del hospital.
Darcy le ofrece a Lisa el último trozo que queda del pastel, sintiéndose algo culpable de no haberlo compartido con ella, mas Lisa lo rechaza, diciéndole que, si
milagrosamente sus hermanas no han devorado hasta la última migaja, todavía queda pastel en su casa.
Aprovecha para sacar la bolsita de su bolsillo, y disfruta de ver cómo la sonrisa de Darcy crece cuando se percata de las galletas que descansan dentro. Lisa desata el bello moño rosado que fue usado para cerrar la bolsita y le ofrece una de las dos galletas, que Darcy acepta con notable gusto. Las mordisquean con ocio mientras continúan charlando, esta vez trayendo al presente recuerdos del pasado y compartiendo relatos de eventos ocurridos años atrás.
Tan inmersas estaban en su animada conversación que tardaron en escuchar los suaves golpes en la puerta. Una joven enfermera la abre y asoma su cabeza para asegurarse que todo está en orden antes de entrar a la habitación. Les informa que el horario de visitas ha llegado a su fin e invita a Lisa a retirarse amablemente.
―Gracias por venir, Lisa. Realmente me hace falta algo de compañía en este lugar tan solitario. ¡Y gracias por el pastel también! Diles a tus hermanas que hicieron un increíble trabajo.
―Es un alivio saber que te gustó. Considerando lo mucho que amas las golosinas, tu prolongada estadía aquí debe estar siendo una verdadera tortura
―Lisa bromea, parándose de la silla. Limpia la sucia cuchara con la servilleta en la que estaba envuelta, que procede a tirar al tacho de basura, y la guarda dentro del táper.
―¡Lo es! Pero al menos tengo una gran persona a mi lado que hace que esta situación sea más disfrutable ―dice Darcy, guiñando un ojo.
Lisa la mira con dulzura. ―Eso es lo que hacen los amigos uno por el otro, ¿no es así?
Darcy se ríe, labios curvándose para formar una gentil sonrisa. ―Tus habilidades sociales van mejorando, ¿mm? ―dice con tono algo burlón, y al ver que Lisa rueda los ojos sarcásticamente suelta otra risita. Cuando vuelve a hablar, su voz ha tomado un tono más suave. ―No miento cuando digo que tengo suerte de tenerte como amiga.
Lisa pestañea, quieta mientras procesa las palabras de Darcy. Realmente la ha estado tomando por sorpresa con sus bonitas y sentimentales frases el día de hoy.
Increíblemente, Lisa no tarda en formular una respuesta, pues las palabras escapan de su boca antes de que pueda detenerlas.
―Lo mismo digo.
Darcy abre la boca para agregar algo a la despedida, pero Lisa la interrumpe rápidamente.
―Debería irme antes de que la enfermera me saque a rastras.
―Oh, sí, claro, entiendo. Son muy estrictos acá con el horario de visitas ―dice Darcy, poniendo los ojos en blanco. ―Otra cosa mala para agregar a la lista.
Lisa le coloca una mano en el hombro. ―No te preocupes, estoy segura que en menos de un mes te darán el alta y podrás ir a casa. Según lo que me has estado contando, tu pierna está mejorando sorprendentemente rápido, lo cual es inesperado, así que no tendría sentido hacer que te quedes aquí por mucho tiempo más. Un par de muletas y se soluciona el problema ―. Al ver que sus afirmaciones no parecían estar funcionando del todo, agrega, ―Además, prometo venir a visitarte la mayor cantidad de veces posible.
Al oír esto, una animada sonrisa vuelve a adornar la cara de Darcy. Satisfecha, Lisa se despide de forma definitiva y camina hasta la puerta. Le lanza una última sonrisa a su amiga y agarra el manojo para salir de la habitación.
El trayecto de vuelta a casa es ruidosamente silencioso. Las calles se han vaciado considerablemente, pues pocas personas se dedican a recorrer la ciudad a estas horas de la tarde. La falta de ruido externo no hace más que abrir paso a una desagradable cacofonía de profundos pensamientos, que retumban en los confines de la mente de Lisa.
Darcy siempre ha sido muy abierta en cuanto a sus sentimientos, especialmente su muestra de afecto. Es fan número uno del contacto físico y adora expresar su cariño mediante bellas palabras. Lisa sabe esto, siempre lo supo. Entonces, ¿por qué es que ahora está experimentando respuestas tan diferentes a las de antes?
Es verdad que, estos últimos años, ha tenido un considerable crecimiento madurativo y junto a él aparecieron muchas nuevas formas de ver ciertas cosas, entre las cuales se encuentra el socializar y la formación de amistades. Lisa está consciente del hecho que últimamente ha habido un incremento en la apreciación que le tiene a Darcy y su amistad. No es para malinterpretar ― la amistad de Darcy siempre fue algo muy importante para ella. Sin embargo, no puede ignorar la sentimentalidad que le trae pensar en cómo Darcy genuinamente la quiere por como es, a pesar de sus notables fallas. No puede ignorar la felicidad que le trae verla reír, o la tristeza que le produce verla angustiada. Y tales sentimientos no parecen hacer más que crecer con el paso del tiempo. Son demasiadas emociones para alguien que siempre se basó en lo racional más que en lo sentimental.
Tal vez algún día sea capaz de comprender aquello que la hace tan humana.
...
Con Lisa fuera de la casa y Lucy devuelta en su habitación tras haber terminado su labor de ofrecer sabios consejos a su hermanita, un profundo silencio inundó el hogar de la familia Loud. Incluso la usualmente inquieta, ruidosa, y charlatana Lola se ha quedado callada, inmersa en sus pensamientos mientras mastica el trozo de pastel que se ha llevado a la boca con ocio.
Si hay algo que Lana comparte con su gemela es su disgusto por el silencio y la falta tanto de movimiento como de estímulo. A pesar de ser completamente opuestas, ambas disfrutan del constante ruido que su amplia familia produce, y adoran formar parte de él, alimentando las conversaciones con sus extrovertidas personalidades. Es por eso que, al ver que su hermana ha mantenido la boca cerrada por más de cinco minutos, Lana no puede evitar preguntarse el por qué.
―¿Qué te tiene tan concentrada? Es raro verte pensar ―cuestiona, y aprovecha la oportunidad de camuflar un inofensivo insulto entre sus palabras por la mera diversión de molestar a la elegante y sofisticada Lola.
Sin embargo, para su decepción, su hermana parece ignorar su comentario, y se centra solo en la pregunta que le ha sido dirigida, aunque la simple y monótona respuesta que le da no es suficiente para satisfacer la creciente curiosidad de su gemela.
―Está mintiendo ―. Su voz adquiere un tono serio, algo totalmente fuera de lugar para el tipo de persona que es Lola. Si sus ojos no estuviesen posados en Lana, ésta hubiese asumido que está hablando consigo misma. Lana alza una curiosa ceja, esperando a que Lola elabore su inesperada afirmación carente de contexto.
―¿Qué? ―intenta traer de vuelta el tema tras no haber recibido respuesta alguna, instando a su hermana a ofrecerle una explicación.
―O solo no nos está diciendo la verdad ― Lola murmura, flexionando su dedo índice bajo su pera, y frunciendo el ceño de forma pensativa.
Lana entrecierra los ojos y los clava en su hermana, como si observarla detenidamente fuese la llave para descifrar lo que está pensando, cosa que al parecer es, pues Lana parece conectar las piezas del simple rompecabezas, chasqueando su lengua cuando logra ver la imagen completa de lo que Lola plantea. Clava su tenedor en el último pedazo de pastel que queda y lo acerca a su boca. No lo come inmediatamente, sino que deja el tenedor suspendido en el aire cerca de sus labios mientras habla.
―Ah, eso de Lisa ―dice, para luego sí devorar con ansias el delicioso postre. Apoya el plato vacío sobre la mesada, que más tarde colocará en el lavadero. Sus ojos inconscientemente se posan sobre la porción de Lola, quien, al estar
demasiado absorta en sus profundos pensamientos, no sólo no ha terminado de comer, sino que también juega con su trozo de pastel, moviéndolo de lado a lado con el tenedor.
Lola suspira. ―Esa expresión no parecía combinar con lo que decía.
Lana arranca su mirada del deseoso postre para clavarla en su hermana y se encoge de hombros.
―No sé qué esperabas, Lola ―comenta, mientras disimuladamente acerca su tenedor al plato de su femenina gemela. ―Es enojo, y ya sabes cómo es Lisa; no va a arrugar su rostro con ira para soltar insultos complicados ―. Sonríe triunfante cuando la punta del cubierto roza el trozo de pastel.
Lola no tarda en darse cuenta, y rápidamente aleja su plato de Lana. ―Lisa improvisó muy bien para darnos una razón, pero no dijo la verdad ―continúa, pero no sin antes regañarla con una mirada que hizo que inmediatamente retire su tenedor y se dé por vencida.
―O quizá solo estaba pensando en la gente que le prohibió usar sus inventos en Darcy ―ofrece Lana, algo desinteresada en el actual tema de conversación, pues es sabido que intentar descifrar los sentimientos más profundos de Lisa es inútil. Su fachada es casi impenetrable y, a menos que ella misma lo diga explícitamente, es casi imposible saber qué es lo que pasa por aquella brillante mente y duro corazón.
Lola no puede evitar gruñir al ver que su hermana no comparte el mismo interés por saber por qué Lisa mentiría. Lana, percatándose del disgusto que causó en Lola, rápidamente agrega, ―Mira, yo también creo que nos oculta algo, pero dudo que quiera soltarlo así de fácil, solo debemos esperar y se sincerará.
Lola parece tan decepcionada ante la falta de respuestas que sus labios forman un ligero buche. Corta otro trozo de su porción de pastel y lo pincha con el tenedor para luego señalar a Lola con dicho cubierto, como acusándola de un crimen que no cometió
―Bien. Pero no pienso esperarla por siempre ―. Se lleva el postre a la boca y lo mastica con más fuerza de la que es necesaria, inexplicablemente ofendida por la irresoluble situación.
―Tranquila, tengo el presentimiento de que no tendremos que esperar mucho
―asegura Lana; y sus palabras poseen tanta seguridad que logran apaciguar las preocupaciones de Lola, quien sonríe levemente.
...
Lisa se mira al espejo una última vez, asegurándose que todo aquello que conforma su apariencia esté en su debido lugar. Se peina vagamente unos mechones de su castaño cabella con los dedos de la mano, y acomoda el bolso bandolera rojo que lleva puesto para que no estorbe.
―Lisa, te noto un poco más… concentrada de lo usual ―comenta una voz familiar; es seca y monótona, mas, si uno presta suficiente atención al escucharla, puede discernir la preocupación que se oculta en ella. Lisa gira la cabeza para su izquierda, y su mirada se cruza con la de su hermana Lucy, quien se encuentra apoyada sobre el marco de la puerta del baño, observando a Lisa atentamente a través del oscuro flequillo que cae cual cascada sobre sus ojos.
Lisa se pone tensa; Lucy la ha descubierto.
Han pasado semanas desde la primera vez que Lisa fue a visitar a Darcy al hospital, y desde aquel entonces, hacerlo se ha vuelto una rutina. Por lo menos tres días de la semana son plena y meramente dedicados a pasar tiempo con su mejor amiga y ahuyentar la soledad y aburrimiento que la acechan durante su estadía en la clínica. El ánimo de Darcy parece mejorar con cada visita; aquel reluciente brillo tan característico ha vuelto a sus ojos, y cada sonrisa que esboza rebosa de una felicidad tan genuina que a Lisa le cuesta mantener su respiración bajo control.
He aquí el problema. He aquí lo que la tiene tan sumergida en sus pensamientos.
En un principio, Lisa pensaba que el calor que había decidido asentarse en su interior era producto del alivio que sentía al ver que su hiperactiva amiga no había perdido su resplandor en lo más mínimo. Luego, al ver que la extraña sensación que burbujeaba en su pecho se rehusaba a esfumarse, asumió que había sido lo suficientemente desafortunada como para agarrarse un virus de algún enfermo con el que se cruzó rondando los pasillos del hospital, pues su cuerpo se estaba comportando de forma demasiado extraña. Pero han pasado semanas, y con cada visita al hospital estos… fenómenos no hacen más que aumentar. Con cada risa melodiosa que Darcy suelta; con cada sonrisa radiante que le dedica; con cada mirada apreciativa que le dirige, el cuerpo de Lisa parece reaccionar de forma más y más inusual: primero un cosquilleo nace en la boca de su estómago y se expande hasta su pecho, luego su corazón se acelera de forma repentina, y después (y esto es lo que más preocupa a Lisa), se pone tan nerviosa que de vez en cuando suelta frases carentes de coherencia alguna.
Una parte de ella sabe que este… ¿malestar? No está precisamente conectado con algo médico o científico, sino con algo más… fuera de su conocimiento y comprensión. Algo con lo que siempre ha tenido problemas entendiendo y aceptando. Se ha estado guardando estas preocupaciones por demasiado tiempo, puesto que pedir ayuda definitivamente noes de sus cosas favoritas. Mas ahora
Lucy ha logrado identificar que hay un conflicto interno desarrollándose dentro de su hermana.
Lisa se moja los labios. De seguro algunos consejos no le vendrían nada mal.
―Lucy ―, comienza, habiendo decidido comentarle sobre su actual problema, pues ella es la mayor de la casa, y la que más experiencia posee en lo que a lo emocional concierne (aunque no parezca). ―Encuentro ante mí un inesperado dilema, uno que ha estado despertando gran confusión en mí. Me temo que carezco de conocimiento alguno en esta área y necesito de tu asistencia para que… mis ojos se abran.
Lucy parece sorprendida ante tal pedido, presenciar a Lisa admitiendo su ignorancia y requiriendo ayuda externa no es algo que se vea todos los días. No obstante, una gentil sonrisa rápidamente reemplaza su asombro, una expresión que le agrega madurez y sabiduría. Desde que Lucy tuvo que asumir el rol de hermana mayor y guía de las hermanas restantes, su actitud cambió considerablemente. Ofrece útiles consejos a sus hermanas, y se ha vuelto alguien en quien pueden confiar indudablemente.
―Claro, ¿qué ocurre?
Lisa no responde de forma inmediata, sino que cuidadosamente inspecciona lo que siente y lo intenta poner en palabras.
―Algo… extraño me sucede cada vez que voy a visitar a Darcy al hospital. Una calidez me apresa, una de la que, sin importar lo que haga, soy incapaz de deshacerme. No es una calidez febril, pero tampoco es… placentera, pues a la vez mi pecho se contrae y las palabras se me atoran en la garganta.
Conforme avanza con la explicación de su situación, la cara de Lucy se va transformando. Primero su expresión refleja confusión, como si su cerebro todavía no ha terminado de procesar las palabras de Lisa. Mas luego, cuando parece hacerlo, su cara se llena de estupefacción, aunque esta no tarda en ser reemplazada por algo semejante a ternura. Lisa no puede evitar sentirse avergonzada al ser observada con tal expresión; se siente una niña indefensa e ingenua, que todavía está aprendiendo cosas nuevas sobre el mundo y a quien miran los de arriba con simpatía ante su desconocimiento.
Lucy suelta una carcajada seca pero genuina. ―Ya sé que pasa aquí ―revela, colocando una mano en su cintura.
―¿De verdad? ―cuestiona Lisa, acomodándose los lentes con manos algo temblorosas.
―Es simple. La calidez que sientes indica lo mucho que adoras estar con Darcy, y el enorme aprecio que le tienes; puede parecer molesta en un principio, pero no tardará en volverse una sensación reconfortante. Los nervios nacen de la inseguridad y el miedo que te debe causar de forma inconsciente decir algo que la ponga triste, o hacer algo que destruya la noble imagen que ella ha construido de ti.
―Pero esos nervios no existían antes ―interviene Lisa. ―Un día simplemente aparecieron y no hicieron más que aumentar.
―O tal vez siempre estuvieron ahí, pero los sellaste exitosamente tan profundo dentro de ti que nunca te percataste de su existencia. Pero ahora surgió algo inesperado que hizo que esos miedos y preocupaciones vuelvan a la superficie, manifestándose en forma de nervios. Surgió una emoción más fuerte que cualquier otra ―, la voz de Lucy es suave, y las palabras salen de su boca con gran fluidez. Se lleva una delicada mano al pecho, posicionándola sobre donde se encuentra su corazón, y, con una sonrisa, continúa. ―Una emoción que logra liberar cualquier sentimiento encadenado en tu interior…
Amor. Lisa traga saliva en un intento desesperado por refrescar su seca garganta. Lentamente, su cabeza conecta las piezas. Sabe a dónde se dirige esto, y sería enormemente estúpido negar lo que dice Lucy, pero eso no quita el hecho que se encuentra estupefacta ante la respuesta que le es dada para explicar las extrañas ocurrencias y actitudes de su cuerpo cuando está con Darcy.
―¿Estás segura que…? ― Lisa intenta preguntar, aunque al ver que las palabras no le salen de la boca, decide cambiar de enfoque. ―El ser humano experimenta distintas formas de cariño, muchas de las cuales comparten… síntomas, ¿cómo es que sabes que lo mío es…?
―Escucha Lisa ―, la interrumpe Lucy. ―No tomes mi palabra como la verdad absoluta; esto no es ciencia, no hay una verdad única y exacta. Solo puedo ayudarte hasta cierto punto y darte mi más sincera opinión sobre el tema, pero lo demás depende de ti. No importa qué tan bien expliques cómo te sientes, solo tú sabes y conoces las emociones que experimentas en su máximo esplendor.
―Comprendo ―. Esa es la única respuesta que Lisa ofrece, anonadada y todavía procesando el complejo discurso de Lucy. Su voz sale fina y débil, y carece de confianza y certeza, como si su contestación fuese sido automática, y, verdaderamente, no entendió nada de lo que su hermana dijo.
El silencio que se forma junto con el sentimiento de incertidumbre y confusión la tientan a bajar la mirada y clavarla en sus pies, mas cuando está a punto de hacerlo, siente una gentil mano en su hombro.
―Entiendo que puede ser difícil, pero lo lograrás, siempre lo haces ―la anima Lucy. ―Y cuando lo hagas, entenderás y descubrirás qué es lo que te pasa, y lo que sientes hacia Darcy.
Lisa fuerza una sonrisa, incapaz de ignorar la pesadez que se ha formado en su pecho. ¿Y qué si nunca lo logra comprender? ¿Qué si sus sentimientos continuaran siendo una variable incomprensible toda su vida?
Aún así, esta productiva conversación con Lucy consiguió ponerle los pies en la tierra, y ahora sabe qué camino debe tomar. Está consciente que las emociones, especialmente el amor, tal y como dijo Lucy, no podrían ser más diferentes a las ciencias exactas con las que ella trabaja. Por ende, se le es casi imposible aplicar métodos que normalmente usaría en su campo de investigación para encontrar la respuesta a su situación actual.
Tendrá que confiar en algo mucho más desconfiableque la evidencia empírica.
―Gracias, hermana. Me aseguraré de tener tus palabras en cuenta hoy.
Lucy retira su mano del hombro de Lisa y sonríe. ―Si tienes alguna otra duda, aquí estaré. Y recuerda, siempre escucha tus emociones.
Lisa asiente, se acomoda su bolso nuevamente, y emprende camino a la puerta principal. No obstante, cuando cruza el umbral que conecta a la sala principal, Lola surge de las mismísimas penumbras, tomando a Lisa por sorpresa. ¿Es que se estaba escondiendo?
―¿Vas a visitar a Darcy? ―es lo primero que dice. Lisa entrecierra los ojos con sospecha; claramente Lola ya tenía esa pregunta formulada desde antes, lo que significa que hay una razón detrás de su repentina interrogación. Hay algo que Lola desea saber, y su primera aproximación al tema fue mediante esa ridículamente directa pregunta.
―Es obvio ―Lisa responde secamente, confiando en que su tono cortante no deje lugar para una conversación. Ya perdió suficiente tiempo hablando con Lucy, no puede entretenerse con Lola también o terminará el horario de visitas. Sin embargo, su deseo es ignorado, pues su hermana le arroja otra pregunta sin sentido.
―¿Qué hay ahí dentro? ―, señala al bolso que Lisa tiene colgado. Lisa abre la boca para responder, pero Lola se le adelanta. ―Se ve pesado, ¿es algo que inventaste para ayudar a Darcy?
Lisa frunce el ceño ante esta última pregunta. Lola definitivamente trama algo, o por lo menos desea sacarle información sobre algún tema.
―No. Simplemente son objetos básicos que uno debe llevar consigo por si acaso.
Lola se cruza de brazos, sus labios curvándose para formar una leve sonrisa, como si la respuesta de Lisa haya sido exactamente lo que estaba esperando, abriéndole paso a continuar con su plan.
―Ya pasaron tres semanas desde que ingresaron a Darcy al hospital, ¿cómo es que no has creado ninguna cosa científica para agilizar su mejora?
Lisa casi aprieta los labios en una fina línea, pero logra mantener una cara inexpresiva, y observa a su hermana con una neutralidad característica suya; ¿otra vez este tema? ―Corrígeme si mi memoria me falla, pero recuerdo haberte explicado la razón precisamente el primer día en el que fui a visitar a Darcy.
―Sí, sí, lo sé ―dice Lola, agitando su mano de un costado a otro levemente de forma desdeñosa, como restándole importancia al ya pasado y olvidado suceso.
―Pero, ¿no podrías hacerlo en secreto? Te llevas la poción en tu bolso y se la das ahí. De todas formas, dudo que haya cámaras en la habitación de un paciente.
Lisa falla en mantener su fachada inexpresiva y accidentalmente permite que su vacilación se refleje en sus ojos. Sus músculos se tensan, y sus manos se cierran alrededor de la manija de su bolso, apretándole inconscientemente. Este descuido no dura más que unos segundos, pero parece ser más que suficiente para Lola, cuyas cejas se alzan con curiosidad y las puntas de sus labios tiemblan mientras luchan por mantener una cara seria.
―No me arriesgaría a tal cosa. Si me descubrieran mi futuro quedaría arruinado
―, Lisa se justifica una vez que su expresión ha vuelto a la normalidad. ―Además, también te expliqué que es mejor que su herida sane de forma natural, puesto que la fortalecerá. El organismo debe aprender a curarse por sí mismo; depender tanto de medicamentos o pociones artificiales no es beneficioso ―. Sus argumentos son concisos y firmes, acompañados de una voz que irradia confianza. Si Lola no hubiese convivido quince años con ella, la carencia de incertidumbre en las palabras de Lisa la podría haber convencido con facilidad.
Pero sí ha estado conviviendo quince años con ella, y, tras haber visto la expresión tensa que cruzó el rostro de Lisa, no cree nada de lo que dice. Tendrá que comentárselo a Lana más tarde.
Lisa se aclara la garganta, dándole fin a la conversación. ―Debo irme.
Lola da por finalizado el interrogatorio, y le ofrece a su hermana la sonrisa más inocente que puede esbozar. ―Claro, ¡nos vemos luego!
Lisa le dedica una última mirada sospechosa y recorre la sala principal hasta llegar a la puerta, la cual no tarda en abrir. Se da vuelta unos segundos para echarle un vistazo al reloj que cuelga en la pared; tal y como temía, le queda menos de una
hora para que termine el horario de visitas. Sale rápidamente a la bulliciosa calle y cierra la puerta detrás de sí.
Llega al hospital en cuestión de minutos, y camina por los pasillos inmersa en sus pensamientos. No puede parar de pensar en Lola y la extraña actitud que mostró al hablar con ella. ¿Qué es lo que quiere averiguar? ¿Será que ha sido capaz de ver a través de sus excusas?
Se esfuerza por empujar esas preguntas al fondo de su mente, pues ahora tiene que concentrarse en algo de mayor importancia; debe aprovechar esta visita para descifrar qué es lo que siente al estar con Darcy.
Tal y como hace siempre que viene, toca la puerta con gentileza. Darcy no tarda en contestar con tono emocionado.
―¡Adelante! ―sus ojos casi brillan cuando ve a su amiga. ―¡Lisa! Pensé que no vendrías.
La mirada de Lisa cae sobre el reloj del hospital, solo queda media hora hasta que la enfermera venga a pedirle que se retire.
―Perdón por llegar tan tarde. Tuve ciertos… inconvenientes ―explica mientras camina hacia la silla reservada única y meramente para ella; un hecho que, curiosamente, hace que en su pecho se forme esa peculiar calidez de la que habló con Lucy antes de venir.
Darcy suelta una risita. ―Qué expresión graciosa tienes. ¿Acaso esos inconvenientes fueron tus hermanas? ¿Otra vez insultaron tus inventos?
Lisa suspira. ―Lola está actuando de forma extraña ―, vacila un poco y agrega.
―Incluso más de lo normal.
Darcy vuelve a reírse, y el melodioso sonido resuena en los oídos de Lisa, quien no puede evitar esbozar una suave sonrisa. El humor de su amiga realmente es contagioso.
―Lola siempre ha sido todo un personaje, veo que no ha cambiado desde la última vez que la vi ―comenta Darcy.
―No tienes idea ―responde Lisa, pellizcando el puente de su nariz con exasperación. A pesar de la numerosa familia de la que proviene Lisa, Darcy logra recordar a absolutamente todas sus hermanas (y Lincoln), junto a sus peculiares personalidades y gustos. Lola es una de sus favoritas, y con la que mejor se lleva.
―De todas formas; te veo de buen humor, ¿hay buenas noticias?
Darcy no puede contener la emoción ante tal pregunta, y deja escapar un agudo chillido lleno de entusiasmo. Tanta es la exaltación que casi se lanza sobre Lisa,
pero parece controlarse, y simplemente agarra las manos de su amiga, que se encontraban descansando sobre su regazo.
Lisa se sobresalta cuando Darcy entrelaza sus dedos y alza sus manos unidas en el aire. Rápidamente siente como un molesto calor trepa hasta sus mejillas.
―¡Me darán el alta! ¡Entre mañana y pasado ya podré ir a casa! Aunque con muletas…
La increíble noticia hace que Lisa se olvide temporalmente de su autoasignada misión de entender sus propios sentimientos. No puede contener la expresiva sonrisa que sus labios forman.
―¿De verdad? Cuánto me alegro, Darcy. ¿Viste? Yo te dije que tu mejora iba a ser rápida y sin problemas ―afirma Lisa, y, aunque su voz no exprese tanta emoción como la de su amiga, Darcy sabe que Lisa está realmente feliz por ella (y verdaderamente lo está).
―¡Sí! Estoy tan contenta, ¡ahora podré pasar navidad en mi casa junto a mi familia! O mejor, ¡junto a ti! ―exclama, apretando las manos de Lisa gentilmente entre las suyas.
Lisa estuvo cerca de dejar caer su sonrisa ante la mención de la festividad próxima. También ha estado luchando con el dilema de decidir con quién debería de pasar las navidades. Las fiestas son una de las pocas fechas donde puede ver a todas sus hermanas (y Lincoln) al mismo tiempo. Organizan una que otra cena o almuerzo familiar de vez en cuando, sí, pero con tantos integrantes en una familia, muchos de los cuales tienen ya su propia vida independiente y ocupada, suele ser difícil encontrar un día en el que todos puedan asistir. Festividades como navidad y año nuevo, no obstante, son fechas fijas en las que todos ya saben de antemano que no tendrán ningún plan que se interponga en la organización de una juntada familiar.
Lisa suspira mentalmente. Obviamente no va a desaprovechar una oportunidad para ver a toda su familia, así que no tiene más opción que, o negar la invitación de Darcy, o dividir las navidades en dos, para así poder pasar un rato del día con sus hermanos y otro rato con su amiga.
Antes de que pueda responder, la enfermera toca la puerta. Ya sabiendo que llegó la hora de partir, Darcy le demanda un abrazo de despedida, pedido que Lisa cumple sin dudar, ya acostumbrada al contacto físico que Darcy tanto adora.
Tendrá que pensarlo más a profundidad en su casa.
...
Lisa camina de un lado a otro incesablemente, habiendo recorrido su habitación un mínimo de diez veces. De vez en cuando, se detiene para mirar la carta de descansa sobre su escritorio, una carta que encontró en el buzón tras regresar del hospital, y que, al leerla, un inmenso entusiasmo se apoderó de ella.
"Estimada Srta. Lisa Loud:
EsunhonorparanosotrosinvitarlaanuestroveneradoEventoparaPrometedores Jóvenes Científicos, que tendrá lugar el 24 y 25 de diciembre desde las 11 a.m. hasta las 21 p.m. Su presencia y experiencia en el campo de la ciencia serían de gran enriquecimiento para todos los participantes.
Confiamos en que este evento será una oportunidad valiosa para intercambiar ideas entre científicos destacados, como lo es usted. Esperamos contar con su participación. Por favor, confirme si asistirá por lo menos 48 hs antes de la fecha establecida.
Atentamente,
El Instituto Nacional de Ciencias Exactas."
Eso mismo leía la carta. Lisa había sido invitada a uno de los eventos científicos más importantes del año, donde podría expandir sus horizontes y conseguir una enorme cantidad de contactos nuevos que podrían serle de gran utilidad para construir el brillante futuro que tiene planeado.
En un principio, Lisa tenía pensado aceptar sin lugar a dudas. Sin embargo, tras haber releído la carta detenidamente, se percató de un pequeño (gran) inconveniente: la fecha. ¿A quién se le ocurre llevar a cabo una reunión de tanta importancia exactamente en navidad? Tantos genios juntos podrían haber pensado una fecha más coherente.
Lisa se detiene en seco. Ahora parada en el centro de su habitación, ojos pensativos clavados en la carta, hace un plano mental de la situación en la que se encuentra y las opciones a su disposición.
Si acude a la reunión, esta la mantendría ocupada casi todo el día, liberándola meramente a la noche, que dedicaría a pasar con su familia. En resumen, de ninguna forma podría encajar a Darcy en un cronograma tan pesado; cualquier tiempo libre que tenga será destinado a ayudar a sus padres y hermanas a preparar las decoraciones navideñas.
Entonces, ¿qué hará? ¿Realmente no hay forma de pasar tiempo con Darcy a menos que rechace la invitación
De repente, Lisa levanta su mirada, clavándola en la pared contra la cual se apoya el escritorio, y su boca se abre levemente, como si hubiese tenido una epifanía repentina. ¿Por qué es que se está rebanando los sesos para encontrar una forma de ver a Darcy en las navidades? Es decir, no es que no quiera, pero no sería el fin de nadie si no lo hiciese. Después de todo, Darcy no estará sola; pasará las fiestas con sus padres y familiares cercanos, tal y como hará Lisa. Asimismo, ya ha pasado incontables horas a su lado en el hospital, reforzando aún más el ya resistente lazo que comparten.
Hay una excesiva cantidad de razones por las cuales no debería preocuparse tanto por sí podrá pasar navidad con Darcy o no. Entonces, ¿por qué siente una inamovible pesadez en su pecho? ¿Es culpa? ¿Anhelo?
La expresión esperanzada de Darcy hace una aparición no deseada en su mente. Sus marrones ojos brillaban con deseo, y su gran y radiante sonrisa rebosaba de emoción mientras hablaba de cómo iban a poder pasar las navidades juntas. La mera idea de que sea una profunda decepción lo que reemplace una expresión tan bella deja a Lisa con un sabor amargo en la boca.
¿Tan egoísta sería de su parte ir a la reunión de sus sueños en lugar de quedarse con su amiga? ¿Es la culpa nacida de tal egoísmo lo que siembra vacilación en su pecho? ¿O será que en el fondo también desea estar junto a Darcy?
Un golpe en su puerta es lo único que logra arrastrarla fuera de sus ponderaciones.
―¿Sí?
Para su sorpresa, es una voz masculina la que responde, y el que abre la puerta y asoma su cabeza no es nadie más ni nadie menos que su único hermano, Lincoln.
―¿Lincoln? ―pregunta, algo asombrada, pues su visita había estado lejos de ser prevista.
―Hola, Lisa ―la saluda su hermano, abriendo la puerta en su totalidad y entrando en la habitación. ―Vine a dejar unas decoraciones que mamá y papá me pidieron que compre, así que vine a saludar de paso. Hace bastante que no nos vemos, ¿cómo has estado?
La pregunta que, claramente, solo fue hecha para sacar charla, por más pequeña e insignificante que sea, le da a Lisa la oportunidad de comentarle a Lincoln el dilema con el que se encuentra lidiando. Después de todo, él siempre ha sido uno de los mejores a la hora de tratar con temas delicados. Además, no quiere seguir molestando a Lucy con este tipo de temas.
Es así como, invitándolo a sentarse sobre su cama, le cuenta todo, mostrándole la carta en el proceso con inevitable orgullo.
Observa como Lincoln flexiona el dedo índice bajo su pera con semblante pensativo, como si estuviese analizando la situación cuidadosamente y debatiendo cuál sería la ruta más adecuada. Finalmente, mira a Lisa y, lentamente, abre la boca para pronunciar su respuesta.
―Es una situación complicada. Sería una pena no asistir al evento, pero, si te soy sincero, cada vez que mencionas a Darcy o hablas sobre el tiempo que pasaron juntas, tu expresión parece… suavizarse.
Lisa parpadea, sorprendida ante las delicadas palabras de su hermano. No obstante, no puede evitar sentir como sus mejillas se ruborizan levemente, ¿su expresión realmente cambia cada vez que habla de Darcy? ¿Tan fácil es para otros leer sus emociones basándose meramente en su cara?
Lincoln se inclina hacia atrás en la cama, sus brazos extendidos sosteniendo la parte superior de su cuerpo. Mira el vacío techo unos segundos, para luego volver a clavar su mirada en su hermana.
―No puedo darte una respuesta concreta, pero si quieres tener mi opinión, quiero que sepas esto: ―su voz adopta un tono serio, y su lenguaje corporal cambia. Se reacomoda, ahora sentándose derecho. Levanta el dedo índice mientras las palabras fluyen de su boca. ―A la hora de decidir debes tener en cuenta quiénes valorarán la presencia de la científica más joven y brillante que haya habido, en quien ven un talento inigualable, y quién es aquella persona que quisiera pasar un día tan especial al lado de Lisa Loud, una simple chica con quien es agradable estar y en quien ve una encantadora persona y fiel amiga.
Por primera vez en mucho tiempo, la ingeniosa Lisa se ha quedado sin palabras. Observa a Lincoln con tanto asombro como perplejidad, boca ligeramente abierta mientras su cerebro lucha por encontrar algo que pueda decir, sea lo que sea. Sin embargo, está demasiado focalizada en descifrar el sabio significado que esconde el consejo de su hermano, que se repite una y otra vez en su mente, formando un interminable eco que rebota contra las paredes de su cabeza infinitamente.
Finalmente, una voz nueva interrumpe el tenso momento.
―¡Lincoln! ¡¿Nos ayudas a colgar esto?! ―Lana llama desde la sala de estar. Lincoln suspira y se pone de pie. ―¡Sí, ya voy! ―responde, para luego dirigirse a
Lisa una vez más. ―Fue lindo volver a verte, hermana; disfruté de esta charla. Ten en cuenta lo que te dije, ¿sí? ―le guiña un ojo. ―Actualízame cuando nos volvamos a ver.
Lisa solo puede asentir, sintiéndose todavía algo anonadada. Lincoln cierra la puerta detrás de sí al salir de la habitación. El sonido logra sacar a Lisa de su trance, y sus ojos viajan por toda la habitación hasta llegar a su destino: la carta. Se posan sobre ella y la examinan cuidadosamente, como si hacerlo le fuese a dar la respuesta a todo este dilema. Con movimientos lentos y cautelosos, Lisa se acerca a la invitación y la toma con sus manos para darle una cuarta leída.
Mientras repasa una y otra vez su contenido, las palabras de Lincoln hacen una segunda aparición en su cabeza, sobreponiéndose a aquellas escritas en la carta. Finalmente, devuelve el papel a su posición original y baja la cabeza. La luz que entra por la ventana se refleja en los vidrios de sus lentes, otorgándole un aura pensativa.
El camino hacia la respuesta es claro y conciso; la decisión que debe tomar en el medio, sin embargo, no lo es. Lisa ve ante ella dos opciones: aquella basada en lo racional, y aquella nacida de lo emocional. Optar por esta última iría en contra de lo que Lisa considera su naturaleza, pues para ella, el uso de la razón siempre ha tenido más peso a la hora de tomar una decisión que lo emocional. Piensa con el cerebro, no con el corazón.
Lo más razonable sería ir a la reunión, dado que es una oportunidad que tal vez no se le vuelva a presentar pronto, pero, ¿realmente es lo que ella quiere?
"Escucha a tus sentimientos" la áspera voz de Lucy le dice en su mente. Y eso es lo que hace; cierra los ojos y hace todo lo posible por concentrarse en lo que siente. No en lo que piensa, no en lo que dicta la lógica, simplemente en lo que siente.
Cuando abre los ojos nuevamente, la respuesta le es clara. Si las fiestas son para pasar tiempo con la gente que uno ama, entonces…
Con una repentina ola de determinación, Lisa agarra la lapicera más cercana y comienza a escribir su respuesta a la invitación.
...
Lisa termina de envolver el regalo y le da el toque final agregándole un adorable lazo rosa con extrema meticulosidad. Observa con satisfacción el resultado de su esmero, y, cuidadosamente, lo levanta para llevarlo a la sala principal. No obstante, es interrumpida por Lola, cuya indescifrable habilidad para aparecer de la nada misma nunca deja de agarrarla por sorpresa.
―¡Hola Lisa! ¿Ya te vas? ―pregunta, voz aguda pero estridente y que rebosa de emoción. Lisa suelta un grito ahogado ante la imprevista aparición de Lola, y tiene que aferrarse al regalo para no dejarlo caer accidentalmente. No tarda más de tres segundos en recomponerse, y, mientras se acomoda los lentes, le responde.
―Sí. Le prometí a Darcy que pasaría por lo menos un rato con ella estas navidades. Dile a mamá y papá que volveré antes de las doce, y que la cena estuvo deliciosa.
Lola juega con un mechón rubio que le cae sobre el hombro. ―Sabes, si Darcy era la razón por la cual estabas actuando tan raro me lo podrías haber dicho ―, coloca una mano en su pecho y posa extravagantemente, cabellera dorada moviéndose casi de forma exagerada acorde a sus movimientos. Guiña un ojo y sonríe. ―Deberías de saber que no hay nadie mejor que yo cuando de romancese trata.
Lisa la mira cómicamente incrédula, boca abierta y cejas tan alzadas que casi desaparecen detrás de su oscuro flequillo. No sabe si reír, negar sus palabras, o simplemente ignorarla y escapar. Lola no está completamente equivocada; su actitud sí sufrió unos leves cambios con todos los conflictos internos contra los que estuvo luchando, uno de los cuales incluía sus sentimientos por Darcy. Y aunque este último todavía no esté solucionado en su totalidad, pues aprender a identificar las emociones de uno es una tarea que lleva tiempo, ha logrado aceptar que su cariño por Darcy se extiende más allá de una simple amistad. No obstante, la actitud "rara" a la que Lola se refiere hace referencia a Lisa escapando de su interrogación sobre su negación a usar sus inventos para sanar a Darcy, cosa que nacía más que nada de inseguridades de las cuales Lisa no se ha podido deshacer (aunque Lola no tiene por qué saber eso).
―¿Ves Lola? ―Lana se une a la conversación. ―Te dije que tarde o temprano lo descubriríamos.
Lisa suspira. ―¿Simplemente cuánto estuvieron tratando de descifrarme?
―Demasiado ―responde Lucy, quien recién ha entrado a la cocina y fue capaz de escuchar el último fragmento de la charla. Se gira para mirar a las gemelas.
―Ahora déjenla tranquila, tiene una… amiga a la que ver.
Lola y Lana se paran exageradamente derechas, como si de una órden indiscutible se tratase, y rápidamente salen de escena.
Ahora a solas, Lisa levanta la vista para clavarla en los ojos de Lucy.
―Gracias, hermana. Fuiste de gran ayuda en todo este asunto.
Lucy sonríe, y coloca su pálida mano sobre el castaño cabello de Lisa, revolviéndoselo amistosamente. ―No tiene por qué agradecerme. Soy tu hermana, siempre estaré aquí para guiarte. Ahora ve, Darcy te espera.
La mirada de Lisa se suaviza con aprecio, y no tarda en escabullirse por la puerta trasera, para así evitar la tormenta de preguntas que le tiraría su familia ante su repentina salida.
Camina rápidamente por la silenciosa calle hasta llegar a su destino. Toca la puerta gentilmente, tal y como hacía cada vez que iba a visitar a su amiga al hospital. Sin embargo, cuando la puerta se abre, lo que ve detrás no es el monótono y aburrido ambiente de dicho lugar, sino un hogar que reboza de alegría, calidez y familiaridad. Darcy tiene que abstenerse de pegar un gritito de emoción cuando ve a Lisa, y lo único que la detiene de lanzarse sobre ella y envolverla en un fuerte abrazo son las muletas que reducen notablemente su movilidad.
Así que, en lugar de eso, su gratitud y entusiasmo los vierte todo en un gentil y tierno beso en la mejilla.
―Viniste ―dice Darcy, esbozando una sonrisa que le ocupa toda la cara.
Lo que sea que Lisa había planeado decir al llegar se le atora en la garganta, y sabe que en este momento está roja como las decoraciones de navidad. Consciente de que no se puede quedar con cara de tonta anonadada por el resto de la noche, aclara su garganta y le ofrece a su preciada compañera la sonrisa más genuina que es capaz de esbozar, ojos brillando cual estrellas con puro amor.
―Por supuesto. Feliz navidad, Darcy.
Pagué la comisión mucho antes de que siquiera empezaran los rumores de una octava temporada, y me parece curioso como un día después de hablar con un colega sobre esta historia aparecieron las tramas de la temporada 8, con el regreso de Darcy y una trama similar al conflicto de Lisa en esta historia.
Solo quería decir eso, que tengan buen día.
