Disclaimer: ninguno de los personajes me pertenece. Yo solo soy una enferma que juega con ellos.


Maldita sea.

Aegon no sabe si es el vino, o la visión que tiene delante lo que lo hace sentirse tan mareado.

De sus labios escapa una risa alegre; la luz de las velas ilumina su rostro, y sus ojos brillan cuando mira a Daemon Targaryen. Quizás es una estupidez que le ha dicho el hermano de su padre lo que le causa tanta gracia.

(No, no puede ser el vino, no, no).

Cómo la detesta. Detesta cómo se conduce, con la cabeza en alto, tan orgullosa y digna. Detesta cómo sonríe, y cómo trata con tanto amor a esos malditos bastardos que tiene por hijos.

(A él nunca lo han tratado así).

Detesta, sobre todas las cosas, esa mirada, ese pelo, su voz. Cómo lo atormenta incluso cuando está lejos, asaltando sus sueños, llegando hasta su alma. Solo tiene que cerrar sus ojos para revivir sus fantasías: sus sonrisas, sus manos hábiles. Casi le parece sentir sus dedos acariciándole el pelo, rozando sus mejillas. Le susurra al oído, siempre le susurra algo mientras lo acaricia. El ensueño es tan vívido que siente cómo se le erizan los vellos de la nuca, cuando ella murmura algo—

Pero otra risa lo saca repentinamente de su mundo, un cambio tan violento como una de las muchas bofetadas propinadas por su madre. Daemon Targaryen acerca su rostro al suyo y le susurra algo al oído... pero su mirada se cruza con la de Aegon. Esboza una sonrisita de lado, burlona, cruel.

Lo sabe.

Siente que la rabia le sube por la garganta. Es suficiente. Aegon golpea la mesa con un puño; el sonido retumba dentro de la estancia como un trueno, y pronto se hace un silencio espantoso.

—Yo...

Siente todas las miradas sobre sí. Su abuelo, su padre, su madre... ella.

Alcanza a murmurar unas cuantas palabras y consigue presentar sus disculpas al Rey y a la Reina. Con paso tambaleante se dirige a sus aposentos. Otra borrachera más del príncipe; al día siguiente los criados murmurarán, su padre no le dirigirá la palabra, y su madre le dirá lo imbécil que es.

Razón no le falta.

Pero no importa. Consigue llegar a sus habitaciones, y se encierra. En la mesita hay una frasca de vino que no tarda en servirse. Las notas dulces y afrutadas de la bebida danzan en su lengua, y pronto él parece danzar también. Cuántas veces no se ha preguntado a qué sabrían sus labios rojos, cuántas veces no ha deseado meterle la lengua, saborearla, hacerla danzar de placer.

Otra vez descubre que no la odia, no de verdad.

Siente el rostro arder.

Se deja caer sobre una silla mientras mil pensamientos giran a su alrededor. ¿Qué pudo haber visto en ese infame de Strong? Aegon no era tan idiota como el Rey Viserys para no darse cuenta de que aquellos mocosos eran hijos de esa bestia con armadura, y no de ser Laenor Velaryon. Ser Harwin era un grandullón sin seso, torpe y brusco. No conseguía imaginar a Rhaenyra yaciendo con él.

Y Daemon, el hermano de su padre... Es distinto. Un Targaryen de pies a cabeza, feroz y varonil. Otra vez siente rabia. Nadie en su sano juicio escogería a alguien más teniendo a Daemon Targaryen a su lado. Aegon es demasiado consciente de lo hiriente que es la verdad, y también de su propia cobardía. Si fuera la mitad de hombre de lo que fue su ancestro el Conquistador, la hubiera tomado, sin importar lo demás. Espada en mano, hubiera acabado con todos, Strong, Velaryon, Targaryen... Tal vez solo así ella lo desearía.

El vino hace que reviva sus fantasías. Rhaenyra siempre aparece a escondidas en su recámara, vestida como una criada, sabe que eso lo excita. Y le sonríe... es una sonrisa traviesa y cómplice. Acaricia su cabello, le besa las mejillas, le dice cosas al oído. Se toma su tiempo, siempre se toma su tiempo mientras sus manos recorren su cuerpo, mientras lo besa y lo acaricia, solo como ella sabe hacerlo. Aegon contiene el aliento. El vino todavía danza en su lengua. Lo hará esta noche, ¡sí!, lo hará, y mandará a los Siete Infiernos a quien se interponga en su camino, con sangre y fuego. Tomará a su hermana, y probará su ardiente carne... ¿no es así como debió ser desde un principio?, ¿dos Targaryen juntos, una sola carne, un solo corazón, una sola alma?

Siente que el cuerpo entero le tiembla, su respiración se agita todavía más. Se muerde los labios con tanta fuerza que puede sentir la sangre mezclarse con el sabor del vino, y al alcanzar la gloria grita el nombre de su hermana.

Las puertas se abren de golpe.

—Querida hermana —dice Aegon, casi sin aliento, pero logra esbozar una sonrisa—, ¿no te ha enseñado padre lo inapropiado que es irrumpir en una recámara sin antes pedir permiso?

Rhaenyra deja escapar una risa burlona.

—No necesito el permiso de nadie para entrar en cualquiera de los aposentos del castillo de mi padre, dulce hermano —responde. Sus ojos se posan fugazmente sobre la semilla derramada en su mano. Aegon siente su corazón acelerar cuando ella se le acerca, jamás ha habido tan poca distancia entre ellos. Siempre ha sido así, ella tan lejana... y él desde lejos, observándola, soñándola, deseándola. Casi le parece escuchar a su madre repitiéndole lo imbécil que es.

—De los de tus maridos o de tu escudero, quizás; pero del mío, .

—¿Celoso, hermanito? —se burla Rhaenyra. Aegon siente una mezcla de emociones; nunca lo ha llamado así, y la crueldad lo hiere un poco... pero sus dedos rozan su mentón, su labio inferior.

—Jamás —alcanza a responder.

Pero Rhaenyra Targaryen solo sonríe... es una sonrisa tan parecida a la de sus fantasías, y se inclina, están a la misma altura, y él se quiere ahogar en su mirada...

—No te creo.

Le sostiene la mirada, desafiante, y durante el breve silencio le parece escuchar el furioso latido de su corazón. Aegon solo devora sus labios como respuesta. Sus manos levantan sus faldas y se complace al encontrarla húmeda; siente renovado su valor: quizás ella lo desea también, quizás. No pierde el tiempo. Rhaenyra gime cuando finalmente lo tiene dentro; es un momento tan dulce y delicioso que Aegon siente que podría morir feliz en ese mismo instante, benditos sean los dioses. Rhaenyra empieza a montarlo con tal fiereza que por un segundo Aegon cree haberse entregado a ella en su interior, pero no se queda atrás, no desea quedarse atrás, no. Entierra los dedos en sus hebras de plata, le quita el aliento, se la come entera.

Rhaenyra se aferra a él cuando alcanzan el placer; Aegon está seguro de que todos en el castillo los han escuchado. La sostiene mientras continúa meciendo sus caderas, todavía deleitándose en su fuego interior... sí, se la llevará a Rocadragón y la hará su esposa, y comenzará el verdadero danzar de los dragones.


Holis xd Revivo solo un momentito para publicar este fic Rhaegon. ¿Qué sucedió? Pues que un día me puse a chismear cosas de hotd y me apareció un video de ellos... y ufff, quedé alucinada :) Aunque Aegon NO se merece a mi adorada Nyra jaja pero es divertido imaginarlos (y ayuda muuucho el hecho de que TGC esté bien papacito *se le cae la baba*). Me encanta la idea de que él se muera por ella, la verdad jajaja. Eso de que la llevará a Rocadragón lo escribí pensando en esa escena de la boda Rhaenyra/Laenor, donde ella desafía a Daemon a hacerlo. ;)

Pero, ¿se habrá cumplido el sueño de Aegon, o es solo su imaginación? ¿Qué sucede después? ¿Y si aparecieran Viserys o Daemon, o peor, Alicent? ¿Qué piensan? :)