Los personajes, trama y detalles originales de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, Shūeisha y Shūkan Shōnen Jump (manga), Hayato Date, Pierrot y TV Tokyo (anime).

✿En portada: Ilustración de Higurashi Workshop Studios. Tipografía: HL Thuphap 1BK.

AU (Alternative Universe / Universo Alternativo)

La clasificación indica temas que no son propiamente para menores o personas sensibles a asuntos relacionados con la violencia física o psicológica. Queda a discreción del lector el contenido.

ADAPTACIÓN LIBRE de Thirteen ghosts, de Steve Beck (2001)

✿Deberían leer Monsters Are Us de HIGURASHI WORKSHOP STUDIOS. Queda la anécdota de que esto es un spinoff, aunque he luchado porque sea autoexplicativo.

Para ilustraciones varias, novedades de este y otros fics, comentarios extendidos y más, pueden visitar "El moleskine de Kusubana" (blog/fanpage). También en Instagram y Twitter.


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Nigromante

La soledad vaga silenciosa entre la melancolía y el tormento, pero cuando el dolor sobrepasa el límite, la locura reclama a la muerte lo que por derecho es propio.

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La muerte merodea

—¡No! ¡No está muerta! ¡Mamá, yo la vi! ¡No la arrolló el auto! ¡La subieron en él!

Ino gritaba todo lo que podía, daba patadas al aire y pudo haber dado también manotazos si no fuera porque Shikamaru la sostenía con fuerza.

—Ino, por favor, no hagas esto más difícil —decía el chico —¡Chōji! ¡Haz algo!

El chico se prestó para sujetarla por las piernas y subirla a su habitación. La muchacha gimoteó y por primera vez desde que habían dado la noticia sobre la muerte de su mejor amiga, lloró. Su madre, con su gesto eternamente entristecido, caminó detrás de ellos, Shikamaru había conseguido dejarla sobre la cama, pero ella ya no hacía nada por luchar, se había hecho un ovillo, abrazada a una almohada.

—¡No está muerta! —repetía, cada vez con menos fuerza.

—Yo me haré cargo, queridos —dijo la Señora Yamanaka sentándose en la cama y acariciando la larga cabellera rubia de su hija.

—Sí, supongo. Nos veremos después —respondió Shikamaru metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón —. Hasta luego.

—Ino, si necesitas algo, llámanos —agregó Chōji mientras empujaba a Shikamaru para salir de la habitación.

Entonces quedaron solas madre e hija.

—El señor sabe cuándo llamarnos, ella era joven, sí, pero ha sido tomada la decisión y no se puede hacer nada para cambiarla.

Ino giró un poco, con los ojos hinchados y acuosos, su madre no la miraba a ella, aunque continuaba acariciándola. No podía recordar que fuese más alegre, pero desde la muerte de su padre, había momentos en los que sus pensamientos se perdían y, aunque a veces parecía que llevaba una conversación perfectamente normal, no estaba realmente presente, como en ese momento. Comprendió que la madre de Sakura estaría mucho peor, porque ella había perdido una amiga, pero la señora Haruno había perdido a su hija.

Se incorporó con cuidado para no sobresaltar a su madre y se limpió los ojos.

—¿Puedes acompañarme a ver a la doctora Haruno? —preguntó, haciéndola reaccionar.

—Sí, es lo más apropiado. Debemos cambiarnos.

La casa Haruno estaba al final de la cuadra, en el mismo barrio. Así se habían conocido cuando niñas, jugando en la calle con aros de colores y cometas de peces dorados. Era una casa sencilla, pero con todas las comodidades que el bien remunerado empleo de la doctora Mebuki Haruno podía proporcionar, aunando eso a la pensión alimenticia que debía proveer su exesposo hasta que Sakura cumpliera la mayoría de edad.

Sakura nunca le dijo el motivo exacto por el que sus padres se separaron, tan solo recordaba que un día, Mebuki Haruno sacó al jardín todas las pertenencias de su marido en bolsas de basura y que él las recogió arrojándolas en la parte posterior de una desvalijada camioneta. Después de eso nunca volvió, ni Sakura lo visitaba, aunque recibía una llamada suya en su cumpleaños que no llegaba más allá de los saludos formales y la felicitación.

Sin embargo, ese hombre, que era ya un desconocido estaba en la casa, de pie junto a la puerta fumando un cigarrillo en compañía de un profesor de la escuela. Ino los miró por un momento, pero enseguida perdió el interés apenas pudo ver a la doctora Haruno derrumbada en el sillón de la sala de estar.

La señora Nara y la señora Akimichi ya estaban ahí, una a cada lado de la mujer sin decir nada.

—Señora Haruno —habló suavemente la madre de Ino extendiendo los brazos para abrazar a la mujer que apenas pudo corresponder el gesto.

—Oh, Alessia —sollozó llamándola por su nombre de pila que casi nadie usaba —¡Mi Sakura! — estalló en lágrimas nuevamente sin que nadie se lo reprochara.

Ino examinó el lugar, había cambiado muy poco a como se encontraba normalmente el sitio, no se había hecho un gran acondicionamiento para el funeral y lo único diferente era un altar con una fotografía de Sakura que ella había tomado, haciéndole algunos retoques que consideró pertinentes para poder actualizar su página personal de redes sociales, o lo que era más certero en realidad, poder abrir una con la esperanza de levantar su miserable posición dentro de la escala social, al menos en la escuela.

Estaba sonriente, con el cabello suelto, el rostro en tres cuartos para disimular lo ridículamente delgada que era y un fleco en dos secciones que escondía el ancho total de la frente. Le editó el brillo de la nariz que siempre se le hacía y bajó la intensidad del rosa de su cabello.

—Se suponía que me ibas a pasar el trabajo final de Historia —susurró.

—Supongo que ahora debo hacerlo yo.

Ino giró encontrándose con Shikamaru, que iba de la mano de su novia, una chica un poco mayor, que él. pero nadie notaba eso en realidad. Ella inclinó la cabeza dando sus condolencias, pues estaba bien enterada de la relación de ambas chicas.

—Gracias, Temari-san. Vas a tener que trabajar mucho este año —respondió Ino intentando sonreír, pero sin conseguirlo.

—Debo ver a la señora Haruno —se excusó el muchacho para retirarse dejándola sola de nuevo frente a aquella fotografía. Lo siguió con la mirada, pero enseguida regresó su atención al altar. Un momento después, su madre llegó junto a ella haciendo la señal de la cruz que ella misma imitó, pero nadie más, principalmente porque eran las únicas personas en toda la ciudad que profesaban la religión cristiana.

La señora Yamanaka empezó una oración en voz baja. Aunque Sakura no era afín a sus creencias, era de la idea de que no por ello, no rezaría por su alma. No tardaron demasiado, Ino pronto no soportó estar ahí y arrastró a su madre de regreso a su propia casa, para enseguida encerrarse en su habitación.

Una rutina se formó a partir de ese día en la casa Yamanaka: después de que cerraran la tienda a las siete de la noche, las dos rezaban en la sala de estar. Su madre conducía las oraciones, ayudada de un libro de desgastadas páginas escritas en italiano y un rosario de cuentas de perla de rio y plata. Cuando terminaban, bebían una taza de té, Ino se encerraba en su habitación y su madre continuaba rezando, esa vez por su padre, como lo había hecho sin falta todos los días desde que ocurrió el accidente que se llevó a su esposo.

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— ¡Ino! —grito Chōji desde el jardín mirando en dirección a la ventana que sabía era el dormitorio de su amiga —¡Date prisa! ¡Vamos tarde!

La puerta de la casa se abrió e Ino salió tan pobremente arreglada que parecía otra persona.

—No vamos tarde —dijo acomodando una bolsa sobre su hombro.

Chōji no pudo evitar arquear las cejas con tristeza. La muerte de Sakura la había golpeado profundamente, tanto que quienes alguna vez la llamaron superflua, no podían sino agachar la mirada cuando se la encontraban en los pasillos de la escuela.

Caminaron juntos y en silencio hasta un pequeño restaurante donde solían verse de vez en cuando. Ahí estaban precisamente Shikamaru y Temari, tan solo esperándoles para poder entrar.

Ya era tarde y el sol moría entre los altos edificios de la pequeña ciudad, el corazón de Ino se comprimió dolorosamente al ver a Shikamaru, pero era una sensación a la que ya estaba acostumbrada y la había reconocido desde que presentó a Temari como su novia. Pero siempre supo que enamorarse de su mejor amigo no podía acarrear nada bueno y como nunca dijo nada, hacerlo cuando una chica bonita, inteligente y capaz de obligarle a moverse de la comodidad de su cama para ayudarla a hacer una mudanza desde Suna, era peor idea todavía.

No comieron nada de la carta principal, se limitaron a pasar directo a los postres y café.

—¿Y bien? —preguntó Temari —¿Qué es eso tan importante que tienes que decirnos?

Shikamaru se rascó la cabeza.

—No soy muy bueno para dar discursos así que iré directo al punto, aunque no sé qué tan buena idea sea hacerlo ahora con todo lo de Sakura y eso, pero son mis amigos… y quiero que primero me prometan que no van a hacer un escándalo, ¿pueden?

Los tres asintieron. Shikamaru, sin embargo, solo respiró profundamente mientras que Ino sentía que su pecho iba a estallar por los golpes de su corazón.

—El tratamiento no funcionó —dijo torciendo la boca ante el silencio absoluto que se hizo en la mesa. Como nadie decía nada más, decidió continuar—. Solo quedan cuidados paliativos, supongo… yo… bueno, mamá quiere que deje la escuela, quiere hacer varias cosas antes de… es una tontería, va a quedar a medias el proyecto final de química, no tengo nada en realidad, pero pensaba trabajar en él, este fin de semana. ¡Qué problema! pero supongo… supongo que…

No pudo terminar.

Nadie decía nada, Ino se mordía los labios y las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no quería gritar porque se lo había prometido, igual que Chōji que repentinamente había perdido el apetito y solo trozaba el pastel con el tenedor, moviendo la cabeza, abriendo y cerrando la boca como si quisiera decir algo, pero no fuera capaz de ello.

Temari, sin embargo, no lloraba, aunque también estaba callada, parecía más molesta que afectada, aun así, pudo levantar el rostro para ver a Shikamaru que permanecía expectante. Ella sonrió como hacía pocas veces dado su carácter reservado y apretó su mano.

—Lamento informarte que no te dejaré desperdiciar las mañanas durmiendo.

Shikamaru correspondió el gesto con aire ofendido.

—¿No puede uno tener un poco de paz?

Ella se inclinó hacia él para besarlo y se puso de pie tomándolo de la mano.

Estaban por pedir la cuenta cuando la puerta fue abierta intempestivamente. Escucharon a la camarera gritar y después una ola de pánico se apoderó del lugar.

—¡Qué nadie se mueva! —gritó un hombre vestido completamente de negro, apuntando con una enorme arma en todas direcciones. Enseguida entraron otros dos, igualmente armados y un cuarto que llevaba un saco negro en el que empezó a demandar que se pusiera el dinero y joyas de los presentes, incluyendo por supuesto, el de la caja registradora.

Todos obedecieron tan rápido como les fue posible, todos excepto uno. Un hombre de unos veintitantos años que iba acompañado de su novia y fuese por la razón que fuese, empezó a demandar la retirada de los recién llegados como si con eso los asaltantes consideraran desistir de sus planes, ofrecer una disculpa y retirarse.

—Oye, no hagas cosas estúpidas, son cuatro y tres están armados, deja que esto salga bien —dijo Shikamaru tratando inútilmente de calmarlo.

—¡La sociedad no debe rendirse ante las demandas de un grupo de delincuentes! —vociferó el otro.

En cuestión de segundos lo que empezó como una discusión verbal fue intensificándose y aunque todo el efectivo se encontraba ya en el saco, un único disparo se escuchó.

Ino gritó tan fuerte que fue capaz de asustar a los asaltantes que se marcharon enseguida aprovechando la confusión que se había generado. La joven cayó de rodillas apoyando las manos en la herida del pecho de Shikamaru que apenas podía producir algo como un gemido debido a su propia sangre que escapaba por la boca.

Temari sostuvo en una mano el teléfono con la llamada a emergencias y la otra enlazada a su novio que permanecía con la mirada fija en el techo.

—Menos mal… esto ha sido más rápido de lo que esperaba…

—Shikamaru eres un idiota —chilló Temari finalmente perdiendo la compostura.

Él sonrió, nadie supo por qué, la fuerza de su brazo se desvaneció dejando lánguida su mano.

Ino sintió una palpitación en su cabeza, como si todo el mundo pusiera una pausa en el transcurrir del tiempo, sin sonido más allá de un pitido largo y angustiante. Vio algo como un último suspiro, pasó los dedos por los labios entreabiertos del muchacho, ese aliento era blanco y tibio, voló enredándose en sus dedos, subiendo por su brazo hasta su cuello. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y después, solo obscuridad.

Se había desmayado.

Cuando despertó estaba en su casa. Su madre, vestida de pulcro negro y con el omnipresente rosario entre los dedos estaba a su lado. Trató de calmarla en cuanto pudo tener un recuerdo de lo que había sucedido antes de perder el sentido, pero el doctor, que también estaba en su habitación, terminó por darle un sedante, sintió que se desvanecía de nuevo, escuchando que el hombre daba indicaciones sobre algunos antidepresivos que debía tomar por los siguientes meses y que definitivamente no podría asistir al funeral de Shikamaru a la mañana siguiente.

Tuvo sueños intermitentes, todos sobre Shikamaru, escenas de su vida desde que lo había conocido, obligada a convivir con él, porque sus padres eran mejores amigos desde niños, hasta su tiempo como compañero de estudios en el que pasaban cada tarde haciendo la tarea juntos, ya fuera en la casa Yamanaka o en la casa Nara.

No fue sino hasta que murió su padre que pensó en él como en un amigo, quizás porque estuvo con ella sin decirle frases rebuscadas sobre que debía ser fuerte o que saldrían juntos de esa, ya que su padre también había sido víctima del fatal accidente. Tan solo estuvo ahí, y siempre fue así.

Con el tiempo fue que concluyó que estaba enamorada, tanto como podía estarlo una chica de catorce años, sentimiento que no cambió con el tiempo.

—Shikamaru… —sollozaba de tanto en tanto.

Aquello era más de lo que podía soportar ¡¿En qué clase de mundo enfermo dos chicos mueren, así como así?! ¡¿Y qué probabilidades había de que fueran sus dos mejores amigos?!

Consiguió despertar tras haber luchado con el efecto del sedante, pero sentía su cuerpo entumecido. Se giró como pudo sobre su hombro y lloró poniéndose la almohada en la cara para no hacer ruido, su madre no estaba con ella, así que bien podría estar durmiendo o rezando, en cualquiera de los dos casos, lo que verdaderamente deseaba era estar sola.

Ino…

Permaneció quieta, consiguiendo guardar silencio.

—¿Shikamaru? —preguntó al aire, por más imposible que pudiera parecer, por tan solo un instante, creyó haber escuchado su voz.

Ino…

Se puso de pie, llevaba puesto un pijama de franela que odiaba, pero no podía descartar porque era un regalo de su abuela, si bien, en ese momento lo que llevaba puesto no le importaba. El pulso de su corazón se aceleró, su mente le decía que era una estupidez, pero tenía la imperiosa necesidad de salir de la casa.

Ino…

Bajó las escaleras a toda prisa, afuera llovía y no lo había notado, aunque tampoco era como si le interesara demasiado.

Ino…

Abrió la puerta sintiendo la lluvia fría chocar con su rostro tibio por el llanto y el tiempo de encierro. La ansiedad crecía cada vez más, así que sin zapatos salió al jardín.

Todas las luces estaban apagadas excepto la de las farolas de la calle, la lluvia difuminaba su débil luz amarillenta, pero incluso así, pudo distinguir una figura acercándose por la acera.

Caminaba encorvado, lento, casi torpe y aunque el sentido común debiera indicarle que tenía que alejarse de ahí lo antes posible, no podía evitar el sentirse irremediablemente atraída por salir a su encuentro. Completamente empapada, empezaba a temblar de frio o quizás de miedo cuando, a medida que aquella figura se acercaba más, tomaba un increíble parecido con…

—¿Shika… maru?

El muchacho levantó el rostro, pálido como la cera de una vela. Sus ojos, antes solo enmarcados por una expresión permanente de pereza, tenían un aire ausente, los labios morados, el traje con el que fue preparado para la ceremonia de cremación completamente pegado al cuerpo por culpa de la lluvia.

—Ino…— dijo en voz queda.

—¿Shikamaru? —volvió a preguntar con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué está pasando?

—Yo… no sé… esto es un sueño…

—Tú me llamaste… podía escuchar tu voz… y vine…


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