Aclaración gramatical: Los nombres propios se escriben con la primera letra en mayúscula. «Faraón» no es un nombre propio, pero los personajes de YGO lo suelen acuñar para dirigirse o referirse a Atem, de manera que, cuando la palabra esté escrita así, es porque el personaje en cuestión ha usado la palabra «Faraón» en sustitución al nombre propio.
Canción que reproducía mientras escribía este capítulo: Yo te espero - Prince Royce ft. María Becerra.
— ¡Duelo!
— ¡De ninguna manera!
Una luz cegó a los contrincantes, disminuyendo en fulgor a medida que la figura de un hombre aumentaba en claridad. Lo primero que Kaiba logró advertir fue la máscara con forma de cabeza de chacal, mas escuchar una oración de Atem y ser testigo de la presteza con que se arrodillaba frente al espectro, le hicieron perder interés en el resto de los detalles.
—Mi señor.
— ¿Qué significa esto?— gruñó ante su falta de conocimiento.
—Soy Anubis, el dios de los muertos. Y bajo ningún edicto puedo permitir que un ser vivo interrumpa el descanso de los míos.
—Este duelo está por encima de la voluntad de un dios— sentenció con voz grave, casi crujiendo los dientes—. Si es la tuya la que se interpone, seré yo quien la pisotee.
Semejante incursión en el pecado de la blasfemia hizo que Atem se levantara enfurecido.
— ¡Kaiba, cómo te atreves!
—No se mortifique por este desdichado, Faraón. Un ser vivo no conoce la gloria del dios de los muertos, y por tanto no puede rendirle su devoción.
— ¡Entonces apártate de mí camino! — Gritó Kaiba, tomando la posición ofensiva mientras apostaba los dedos a robar una carta. En el momento justo de creerse con la libertad de llevar a efecto dicho accionar, su cuerpo no reaccionó, paralizado por el aura de luz dorada que dibujó su silueta.
—En este recinto sagrado, yo soy quien impone las órdenes.
El de ojos azules quiso replicar, dándose cuenta de que también le había sido anulada la autoridad sobre su propia voz.
—Irrumpir en el mundo de los muertos te hace merecedor de un castigo, Kaiba. Sin embargo, a diferencia del Faraón, tu cuerpo físico aún pertenece al mundo de los vivos, siendo yo el dios de los muertos, no tengo potestad para someter tu alma a mi Juicio Divino y pesar tu corazón contra la pluma Maat (1).
— ¿Entonces qué pasará con él, mi señor? —Se atrevió a indagar el faraón, con la preocupación haciendo temblar sus ojos amatistas. Conocía de primera mano la severidad que definía sus dioses.
En especial Anubis, quien dirigía una compasión sacramental hacia los muertos y, en cambio, temible insensibilidad para con los vivos.
—Mi prioridad siempre será el descanso de las almas. No necesito de mi balanza para saber que el alma de este hombre jamás conseguirá trascender a menos que venza en un duelo a la suya, Faraón.
— ¿Quiere decir que permitirá usted que este duelo tenga lugar en sustitución a su Juicio Divino, tal como hizo conmigo?
—No, Faraón. En esa ocasión, acepté la petición de Ra. Fue nuestro señor quien pidió que su alma fuera juzgada por medio del Duelo Ceremonial en lugar de con mi Juicio Divino, pues le faltaba completar su ciclo para que, al ser su corazón pesado contra Maat, la balanza mostrara equilibrio, el mismo equilibrio que solo con Yugi Mutou usted pudo alcanzar.
Anubis pareció dirigir su mirada hacia el intruso, en cuyos ojos azules todavía existía prestación al caos.
— Me uniré a Ra en concilio a propósito de tomar una decisión. Hasta entonces, decreto que cada alma regrese a su morada.
—Han pasado dos lunas nuevas desde aquel entonces— reveló Anubis, dando la impresión de saber el punto exacto donde Kaiba había recuperado sus memorias.
Atem se puso en pie, compartiendo la expectativa sobre la declaración del dios.
— ¿Por qué borraron mis recuerdos del primer encuentro? — demandó conocer el de pelo castaño.
La cabeza de chacal no permitió que así se percibiera, pero el dios miró los ojos azules, el fuego del caos se había apaciguado, mas no desaparecido.
Nunca desaparecería.
—Cumplí mi palabra de unirme a Ra en concilio, el motivo por el cual regresaron a mi presencia: se te concedieron dos lunas nuevas para reivindicar tu transgresión. Si en la segunda luna tú no invocabas el alma de algún espíritu del pasado o incluso abandonabas tu necedad de interrumpir el descanso del Faraón, Ra exigió el perdón a tu alma. De lo contrario, me daba la jurisdicción para decidir tu destino.
— ¿Que me cedieron dos lunas nuevas?
—En el mundo de los vivos, el paso del tiempo se rige por el Calendario Solar, mientras que en el mundo de los muertos nos regimos por el Calendario Lunar (2).
—Ya estoy harto de todas estas estupideces con misticismos y brujerías— reversó Kaiba, su voz tosca poniendo tilde a las palabras—. Mi objetivo era cerrar este ciclo de constante rivalidad con el Faraón retándolo a un último duelo. Sin importar el resultado, ya no permitiría que Atem siguiera retrasando mi camino hacia el futuro. De manera que, de ser cierto ese supuesto acuerdo con ese supuesto dios Ra, yo no debería estar aquí porque no he llamado a ningún espíritu del pasado.
— ¿Estás seguro de no haberlo hecho?
El pensamiento de Kaiba se remontó a los rostros de Yura y Kisara. Sus ojos se abrieron, convulsos por la sorpresa, seguido mordiéndose un labio cuando el dios volvió a enfocar en él su dicción.
—Siendo el caso, no estarías aquí. Los he reunido porque Ra, nuestro señor, me ha otorgado su aprobación para elegir el nuevo destino de sus almas.
— ¿Nuestras almas?— Atem facilitó al dios la observación de su inquietud. Entendía que Kaiba sería el sujeto a juzgar, ¿qué participación tendrían los demás? Condujo sus meditaciones hacia Yugi por instinto, su mayor deseo era no volver a poner en sus hombros el peso de las cargas del pasado. Suficiente había hecho el tricolor por él.
—Así es. Kaiba tuvo la osadía de cruzar los límites de este mundo solo para satisfacer su ansia de vencerlo, eso nos confirma que, si no se le pone fin a su delirio de victoria, la historia seguirá repitiéndose cual bucle, y cada vez que la paz se acerque a reinar en su vida y la de sus allegados, las almas del Antiguo Egipto, cuyo descanso ha sido molestado, la obligarán a retroceder.
Kaiba volvió a sentir el impulso de insultar al dios, pero aunque en esta ocasión sí tenía la propiedad de su voz, no la usó para rebatir el discurso. Aceptó que sí, que de cierto ni él mismo se ponía límites a la hora de fijarse las metas. Era una característica de sí mismo por la cual sentía orgullo, mas había sido la causante de su actual predicamento, y si quería soluciones, escuchar la perorata de Anubis era la opción menos arriesgada.
Pensó en Mokuba, imaginando en su hermano la mueca de angustia similar a la que gesticuló al ser admitidos en el orfanato. Por la fugacidad de un segundo, reflexionó que tal vez el dios estaba en lo cierto, y era hora de romper con ese bucle de sortilegios y adivinaciones, no porque le debiera obediencia por ser una divinidad, sino porque, quizás... Era lo mejor incluso para sí mismo.
—Proclame su sentencia, honorable dios de los muertos. —Como siempre, blandió el sarcasmo a modo de escudo para evitar el reconocimiento de la culpa. Además de tampoco darle al dios motivos para suponer que su gloria lo estaba doblegando.
—Tu voluntad será cumplida, Kaiba. Tendrás ese ansiado duelo final con el Faraón, esta retorcida historia de encantamientos egipcios tendrá tu deseada conclusión. — Replicó Anubis el acento sarcástico.
La conmoción se apoderó de las facciones del faraón. Mientras que al perfil de Kaiba sobrevino el reflejo de una emoción muy similar al júbilo.
—Tu duelo con el Faraón será un segundo Duelo Ceremonial, con la diferencia de que será tu alma a la que se determinará la redención.
— ¿Se me conservará el derecho a mi propio cuerpo, mi señor?
— Así lo consintió Ra.
— ¿Y cuál será el tributo a ofrecer?— En la voz de Kaiba, la pregunta se oyó queda, ni muy fina que se confundiera con adulación, ni tan áspera que indicara desafío. —Los dioses derraman sus bendiciones como premio a la obediencia, no de manera gratuita.
La máscara de chacal escondió la sonrisa pretenciosa de Anubis.
—Para crear los Artículos del Milenio se sacrificaron un total de 99 almas.
El corazón de Atem se sacudió dentro de su pecho. Aquel capítulo sombrío en la Villa Kul Elna debía mantenerse hundido en la oscuridad, porque si ascendía hasta la superficie, la resurrección de Zorc Nechrophades resultaría inminente. Implicar a los Artículos del Milenio era implicar a su vez la amenaza de Zorc.
—Mi señor, no me diga que...
—Sí, Faraón, tendré que decirlo— aclamó, imperioso, Anubis. Atem se estremeció en absoluto silencio—. En mi condición divina como dios de los muertos, sería reprochable que le bendijera con un cuerpo físico y a Kaiba con la oportunidad de salvación, sin manifestar con esas almas igualitaria piedad.
—Pero Zorc...
—Zorc no es más que una de las tantas representaciones de la maldad. En el mundo de los vivos existen amenazas mucho mayores a su resurrección. Entiendo su aflicción, pero es vana, no habrá que derrotarlo una vez más.
—No entiendo.
—Las 99 almas diezmadas eran ladrones y delincuentes, al ser usadas como material en la forja de los artículos, su Ka y Ba quedaron atrapados en ellos. La magia de los objetos milenarios proviene de sus almas, y por esa razón fue imposible traerlas a mi Juicio Divino.
—Comprendo, usted quiere liberar esas almas para otorgarles el derecho a su Juicio. Pero, ¿no fueron ellas expurgadas junto con Zorc?
—Lo fueron, mas no por mí, que soy el custodio de las almas. Ese desliz en el ejercicio de mi autoridad es lo que debo resarcir, o mi Juicio no podrá seguir llamándose "divino".
El cubo de Aigami refulgió antes de liberar su energía, desfigurando el entorno con la aparición de múltiples cartas del Duelo de Monstruos en reverso, como se colocarían en posición bocabajo en el campo. Les rodearon sustituyendo a los pilares con dibujos de jeroglíficos y a las paredes con el Ojo de Udjat en el centro.
—He aquí a las 99 almas. —La presentación de Anubis le recordó a Kaiba su experiencia con Pegasus en el Reino de los Duelistas—. Si quieres que tu anhelado Duelo Ceremonial con el Faraón se lleve a efecto, Kaiba, primero debes ganar ese derecho enjuiciando a esas 99 almas para mí.
Los rostros de Atem y Kaiba sirvieron de espejo a la confusión, que se reflejó al momento del dios concluir la oración.
— ¿No que muy dios de los muertos y no sé qué ocho cuartos? — Hizo sátira el de cabellos castaños, luego de reponerse—. ¿Y ahora resulta que debo hacer tu trabajo?
—Mi señor, no busco su ira, mas debo admitir que me invade la misma duda que a Se...
— ¡Le prohíbo decir ese nombre! —Por primera vez en el transcurso de los eventos, Anubis mostró su cólera. Sus cuerdas vocales habían tensado las palabras con tal brío, que Atem y Kaiba inclinaron un paso hacia atrás con admirable sincronía—. El propietario de ese nombre y el hombre que tengo justo al frente no son la misma persona. No los confunda.
—Perdone la ofensa, mi señor. —Atem se arqueó en una reverencia y se mordió los labios a modo de castigo.
— ¿Qué tienes en contra de mi nombre?
—Las 99 almas serán liberadas al azar entre los habitantes del mundo de los vivos. —Anubis fue sordo a la pregunta—. La única manera de exorcizarlas, como imagino han de coincidir en el pensamiento, es con un Dia'Ha (3) o, en el lenguaje de los mortales: con un duelo. Si logras exorcizar a todas con éxito, habrá Duelo Ceremonial. Si ganas ese duelo, perdonaré tu pecado y tanto el Faraón como tú podrán regresar cada quien a su morada en paz, pero si pierdes, tu alma será la número 100 y desaparecerás de la faz de ambos mundos.
El veredicto salió de Anubis con aire intempestivo, como si en el salto de un segundo al otro se hubiera fastidiado e imperara finalizar el encuentro de una vez por todas. A resguardo en la intimidad de sí mismo, Atem se preguntó si aquella vuelta de las tornas tenía su orígen en la casi entonación del nombre de pila. Así terminó por aquejarlo la misma pregunta que al de ojos azules: ¿qué tenía el dios en contra del nombre? ¿Por qué había reaccionado de tal manera?
Todas las cartas del Duelo de Monstruos se voltearon al mismo tiempo, formando una gigantesca esfera de luz que le impidió seguir inmerso en su cavilación.
La luz, de súbito, elevó en intensidad. Cerró los ojos, lastimados por el centelleo, mas en lugar de oscuridad, permanecía la misma luz, una ceguera blanca. Su cuerpo empezó a contorsionarse, a doblarse, a estirarse cual arcilla en manos del alfarero.
Sintió a su espíritu ser inyectado de Ba, fluir hasta formar sus venas, la sangre que las recorría, los huesos, la carne, como si le hubieran insertado a un cordón umbilical.
—Faraón.
— ¿Dios Thot?
—Ha superado usted la transfiguración a Osiris. Ahora podrá resistir la visión que le otorgué al dios Seth.
Referencias:
(1) De acuerdo a una de las tantas versiones de la mitología egipcia, el corazón de los muertos era pesado contra la pluma Maat en una balanza. Si el órgano pesaba más que la pluma, el alma era condenada y una bestia de nombre Ammyt la devoraba. La balanza debía mostrar equilibrio para, de alguna manera, obtener la salvación. Dado que a lo largo de la serie nos venden el paralelismo de que Atem representa la oscuridad y Yugi la luz, quise dejar implícito que Atem necesitaba a Yugi para equilibrar esa balanza, y así Atem no tendría que pasar por el Juicio de Anubis ya que, de llevarse a cabo, conseguiría la salvación de todas formas.
(2) El Calendario Solar es aquel en donde los días se calculan en base a la posición de la Tierra con respecto al sol. El Calendario Lunar, en cambio, se basa en las fases de la luna. En la cultura egipcia, Ra se representa con el sol, de manera que me pareció adecuado que los vivos se dirigieran por el Calendario Solar y los muertos por el Calendario Lunar.
(3) Según la versión en japonés del anime, Dia'Ha es la palabra egipcia equivalente a "Duelo".
(+)Osiris es adorado como el verdadero dios de los muertos, no obstante, ya que gracias a la intervención de Anubis pudo volver a la vida, Anubis adquirió el título de embalsamador y guía de los muertos, ambos casi comparten el mismo fin divino.
(+) Una transfiguración es, en cuanto a definición, "cuando algo cambia de forma". Sin embargo, en esta parte final del capítulo, tiene el mismo sentido que la de Jesús en la biblia: "es el punto donde la naturaleza humana se encuentra con Dios". Esto porque, para los egipcios, el faraón era la representación de los dioses en la tierra, de manera que la relación de Atem con los dioses será bastante cercana. De hecho, Kazuki lo representa muy bien cuando son las cartas de dioses egipcios— junto con los Artículos del Milenio— las que abren el camino al Mundo de las Memorias de Atem.
(+)Para los egipcios, Thot era el dios del tiempo y de la sabiduría.
