Canción que reproducía mientras escribía: Esa hembra es mala - Gloria Trevi.
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Seto abrió los ojos en compañía de un jadeo, como si en vez de haber despertado de un profundo sueño, estuviera saliendo a la superficie luego de contener la respiración bajo el agua. Inclinándose hacia delante, reconoció hallarse sobre su cama.
— ¡Al fin despiertas, hermano!— Mokuba fue lo primero en abordarlo—. Empezamos a preocuparnos, aunque mi experiencia en estas cosas me hizo sospechar que no demorarías.
— ¿Ya ves que tenía razón, Kisara? —A un lado de su hermano menor, su mirada encontró a las dos AI. La de pelo blanco y ojos azules al parecer trataba de consolar a la de ojos azules y pelo azulado, que lo observaba con lágrimas en los ojos—. Para tratar con los dioses uno debe abandonar el cuerpo mortal y sufrir una especie de transfiguración, por eso él estaba en "trance", pero sin duda regresaría.
—Me alegra tanto que haya vuelto, señor Seto— expresó Kisara, con una voz dulce y aterciopelada que formó un tic nervioso en la ceja del de pelo castaño: aquella voz era la confirmación de que todo era real, que su encuentro con Anubis no había sido una ilusión y de que, por alguna razón que ahora era su objetivo averiguar, todo había comenzado por él presionar aquel botón que debió dar vida holográfica a las dos mujeres en su campo de visión.
Sin diálogo, abandonó la cama y a paso doble inició el camino de regreso a su laboratorio personal.
— ¿Qué pasa, hermano? ¿No te sientes bien? —Evadió a Mokuba, quien procuraba seguirle—. ¿A dónde vas?
El peso de una mano sobre su hombro detuvo al muchacho en su intención de perseguirlo.
—Déjalo ir a organizar sus pensamientos. Estar en la presencia de un dios egipcio puede llegar a ser bastante perturbador. —Le habló Yura, agregando una sonrisa—. Volverá en cuanto su mente se haya despejado y tenga una idea clara sobre qué hacer para enfrentar esta situación.
Mokuba respondió aguzando en ella sus ojos magenta. Desde que Seto y Atem se habían desmayado, y junto con Yugi unieron fuerzas para depositar a cada quien en un lugar seguro hasta que recuperaran la razón, Yura había dado asomo de ser la única en pleno conocimiento de causa.
Primero confortando a Kisara, vuelta un manojo de angustia cuando ambos se precipitaron a la inconsciencia, y después a Yugi, mencionando que si en verdad era el antiguo recipiente del alma del faraón, por experiencia habría de saber que todo aquello era obra de los dioses egipcios.
Mientras Atem y su hermano lucían dormidos, se habían tomado el tiempo de ponerlo al corriente de las revelaciones con mayor impacto, pero ella siempre buscaba la manera de rebotar las preguntas concernientes a su persona.
—Es curiosa, Yura.
—¿Curiosa?
—Sí, es curiosa la forma en la que te refieres a mi hermano. Como si ya lo conocieras.
—No es que lo conozca, solo pienso en lo que sería más racional para cualquiera en su lugar.
Mokuba percibió la manera en que Yura trató de disimular su breve nerviosismo.
—Tienes razón.
Esa no era la oportunidad. Existían interrogantes de mayor urgencia por contestar, mas el Kaiba menor estaba resuelto a descubrir el rol que las dos mujeres habrían de cumplir en la nueva temporada de aventuras con los espíritus del Antiguo Egipto. Verlas cobrar vida no le había sorprendido al punto de perturbarlo, en el pasado, atestiguó sucesos más extraordinarios, su misma experiencia le aseguraba que no estaban allí por coincidencia o porque su hermano las hubiera invocado.
Estar en el mismo barco de Yugi y los demás le había enseñado que la magia, en efecto, existía, y era más peligroso renegar su existencia que reconocer sus alcances. Anexar la supuesta intervención de los dioses facilitaba deducir la presencia de una mente maestra en las sombras, y si esa mente resultaba ser tan retorcida como la de Marik o Bakura, estar prevenidos era casi una garantía de salir victoriosos del nuevo embrollo en el que por lo visto se habían vuelto a involucrar.
Por el momento, mantendría fresco el recuento de Yugi, que recordó con ciertas lagunas a Kisara, mas no supo darle reseña sobre Yura.
—Iré a ver si el otro Yugi también despertó— informó, dando un paso hacia delante.
—Yo puedo hacerlo si gustas- se ofreció Yura-, a cambio de que por favor me ayudes a tranquilizar a Kisara.
Hasta el preciso instante de la mención Mokuba fue consciente del estado de Kisara, quien se hallaba de rodillas frente a la cama murmurando palabras con un semblante de honda tristeza.
—Ya sabes lo mucho que le afecta todo lo que se vincule a tu hermano mayor
—Todavía no comprendo a la perfección eso de que sea la usuaria del Dragón Blanco de Ojos Azules o algo así, que mi hermano tenga una vida pasada donde resulta que fue sacerdote por los tiempos en que Atem era el faraón, que él y Kisara estuvieran enamorados o lo que se le parezca... No sé, todo me suena tanto a locura.
Yura se echó a reír, incrementando sin saberlo la suspicacia que Mokuba cernía sobre ella.
—E imagina lo que nos falte por descubrir. Con los dioses nunca se sabe.
— ¿Y tú, Yura? ¿Qué hay de ti?— Demostró lo auténtico de su interés enarcando una ceja—. ¿Tú también tienes una vida pasada y por eso estás aquí? ¿Tú qué relación tienes con quien fue mi hermano en el pasado o aún con el Faraón?
Los labios de Yura se curvaron en una sonrisa que a Mokuba se le antojó pretenciosa, cual si ella supiera con exactitud el objetivo de la pregunta y el mejor camino para desviarla.
—Tus preguntas también son las mías. Asumo que por eso estoy aquí, para recuperar mi identidad.
Si Yura estaba mintiendo, su habilidad rayaba en el descaro y la hipocresía, pues a ojos de Mokuba no hubo gesto que despertara dudas con respecto a su enunciado.
—Ya veo, tu memoria fue sellada como la de Atem. Pero, entonces, ¿cómo sabías que Yugi era el antiguo recipiente del espíritu del Faraón?
—Son dos gotas de agua, cualquiera llegaría a la misma conclusión. —Se notaba el esfuerzo por no volver a carcajear. Mokuba se sintió estúpido, el sentimiento duró lo que Yura tardó en retomar la conversación-?—. Además, puede que no tenga recuerdos de quién fui en el pasado, pero lo que sí permanece claro en mi memoria es la gloria de nuestros dioses. Su soplo de vida me infundió a su vez el limitado conocimiento que tengo del Faraón.
—Si estás aquí, algún propósito haz de cumplir. No creo que tus... Dioses egipcios o lo que sea, te haya transportado a este mundo por el azar.
La melancolía se adueñó de su mirada por un segundo.
—Así es. Todavía no sé cuál es, pero confío en que pronto lo veré a la luz. —Le guiñó un ojo—. En fin, iré con el Faraón. -Se dio la vuelta sin más.
—Si no es que yo lo descubro primero— susurró Mokuba, viéndola caminar a la sala.
Yura suspiró en alivio durante su trayecto. El jovencito le había salido más intuitivo de lo previsto, desenvolverse ahora requería mayor sigilo. El mínimo detalle podría ser usado en su contra o frustrar su verdadero designio.
Necesitaba corroborar hasta qué punto los dioses bendijeron al faraón, y así dimensionar cuáles circunstancias podrían significar una ventaja.
Arribando la sala, Yugi velaba por el sueño de Atem en sumido silencio.
—Veo que todavía sigue inconsciente— dijo, acercándose a tientas al mueble donde yacía recostado—. Seto ya despertó.
Yugi volvió el rostro hacia ella con los ojos afligidos.
—No se preocupe, si Seto resistió, para el Faraón esto es...
— ¡JONOUCHI!
El grito de Atem hizo que tanto Yura como Yugi dieran un pequeño brinco.
—¿Qué ocurre, Atem? —Se aproximó Yugi de prisa, turbado por la manera en que Atem sudaba y los temblores eran visibles en su cuerpo.
Por toda respuesta, el egipcio enfocó su mira en Yura y la tomó del brazo con brusquedad.
—¡Lo ví todo! ¡TODO! —El color amatista en sus orbes fue sustituido por el rojo vivo de la sangre—. ¡El dios Thot me mostró la visión de Seth!
Yura sintió a su corazón desprenderse de todas las arterias y bajar en picada hacia sus pies.
—¿Thot y Seth? — Imperó en Yugi la confusión.
—E-El Faraón delira, será mejor que lo lleve a descansar.
Yura se zafó del fiero agarre con los ojos atónitos, la pupila se tornó pequeña ante lo inmenso de su conmoción. El tricolor pensó en ofrecerle su ayuda, pero el estado catatónico de Atem, quien continuaba farfullando incoherencias mientras se abrazaba a sí mismo, le impidió prestar a ella la debida atención.
—Tranquilo, Atem, iremos a casa—. Lo llevaba de la mano cual niño aprendiendo a dar los primeros pasos.
Mientras Yura los veía dirigirse a la salida, perdió la fuerza en sus piernas y cayó sentada en el suelo. De repente se le revolvió el estómago, provocándole náuseas, por lo cual inhaló todo el aire que pudo para volver a liberarlo en una larga exhalación, tratando de volver a la normalidad.
—Con que el dios Thot tiene la cuchara metida en la sopa- musitó para sí misma, colocando su mano a la altura del corazón, de nuevo latiendo en la caja torácica-. Me pregunto qué otras cosillas mi señor habrá dejado en las tinieblas.
Pensar en su señor le devolvió la nitidez a los recuerdos.
—¿En qué debo yo hacer que se cumpla su voluntad, mi señor?
—Tu misión será solo una, Yura.
Ella se mantuvo en reverencia frente al dios con cabeza de chacal.
—Asesinar a Seto Kaiba.
—Vaya tarea me ha encomendado, mi señor.
La imagen de Seto tendido en el suelo la eclipsó fugaz. Lo rememoró tan indefenso, tan humano, tan distinto al hombre que había visto en su último aliento...
—Pero quién soy yo para oponerme a la voluntad de un dios.
Referencias:
No se habla de Seth, no, no, no, no. No se habla de Seth.
