Canción reproducida mientras escribía este capítulo: Taiyou ga mata kagayaku toki - Hiro Takahashi. (Yu Yu Hakusho - Ending 4). TEMAZO.

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Seto necesitaba estar solo.

Su cabeza, hecha un lío de pensamientos, podría llevarlo al error de ofender a Mokuba, cuando solo exhibía la preocupación genuina de la que siempre había sido objeto.

Por él, por el bienestar de su hermano menor, era su obligación hallar la solución más rápida y efectiva, una que borrara de un plumazo esa suerte de magnetismo que atraía los espíritus del Antiguo Egipto. Antes de tener que recuperar su alma o la de Mokuba encerrada en una carta, enfrentar a un sujeto con trastornos de personalidad o que un mal supremo amenazara con sumir al mundo en la desgracia.

Si el propósito de aquellos seres de ultratumba era acorralarlo hasta forzarlo a estimar la magia y los encantamientos que con áspero acento rehusaba considerar, habían obtenido algo peor: no solo aceptaba que eran reales, sino que los reconocía como un obstáculo, y en su vida, el destino de tales era ser aplastados cual insectos de carroña.

Anubis, ante sí proclamado dios de los muertos, no pudo disimular la saña que le dirigía cuando Atem por poco entonó su nombre de pila. Esa pequeña demostración, a ojos de Seto, hizo evidente que haría uso de la condición divina para entrampar su camino al éxito.

Y esa era la fisura por donde Kisara y Yura lograron inmiscuirse.

Seto dedujo que ambas estaban allí por mandato del dios, e incluso tenía la convicción de que le había encomendado ser las piedras de tropiezo. Era el argumento más racional y, por tanto, el más cercano a la verdad, pues valorar que había sido él y no el dios quien las invocó, era un imposible.

Igual de inaudito que la suposición de haberles traído a la vida con solo asignarles un nombre.

Un nombre.

Atem.

Volvió a revivir el momento en el cual, con su dragón de ojos azules, rasgó en dos el límite del Inframundo (1). Lo primero en revelarse ante su faz, era un nombre, el nombre de Atem.

¿Tenía un nombre semejante poder? Para él, no, pero... Pero entonces la pregunta de Mokuba, que había esquivado profundizar, cobró vital importancia.


"—Que bonito nombre, hermano. ¿De dónde te surgió?"


¿De dónde le surgió el nombre de Kisara? Lo evocó apareciendo en su pensamiento cual rafagazo de luz en medio de la oscuridad, como un recuerdo que había sido enterrado en lo más profundo de sus memorias y, al salir a flote, gozaba el resplandor acumulado en todo el tiempo permanecido en el olvido.

El mismo caudal de luz que había visto brillar en la silueta de mujer que se reflejó en su pupila cuando su dragón se desvaneció en la frontera del más allá.

No podría ser posible que...

—Hermano, ¿estás ahí?— La voz de Mokuba atravesó la puerta de acceso—. Puedo utilizar el escáner de retina para entrar sin tu permiso, pero prefiero que seas tú quien me deje pasar.

Seto presionó el botón de apertura. No sentía el ánimo de entablar una conversación, mas la petición de Mokuba, que incluyó primero su albedrío, lo hizo acceder.

Su hermano menor se aproximó en pijama y sosteniendo una bandeja que con sumo cuidado depositó en su área de trabajo.

—No has comido nada desde que llegamos. Anda, cenar te facilitará pensar en frío.

—No tengo apetito. Aún así, muchas gracias. No te hubieras molestado.

—Pues no te hubieras encerrado aquí en primer lugar— reversó—. Ya me tomé la molestia, así que ahora comes.

Seto picó la cena luego de profesar una mueca de fastidio.

— ¿Y las AI?

—Las mandé a dormir en el cuarto de huéspedes. Dado que aquí no tenemos ropa de mujer, espero no te molestes por haberles prestado dos de tus camisas, al menos para dormir.

—Me da igual.

— ¿Ya pensaste qué haremos con ellas? —Mokuba se apoyó en el borde del escritorio—. Si bien pueden hacerse pasar por mellizas, percibo a Yura diferente. Ella tiene algo en la mirada que me hace desconfiar.

El hermano mayor curvó la ceja mientras daba un sorbo al jugo de naranja.

—Kisara está enamorada de ti, así que por el momento no supone un peligro inminente.

Seto escupió lo poco de jugo que iba en tránsito a su garganta.

— ¿Qué has dicho?

—Lo que Yugi confirmó mientras Atem y tú estaban... ya sabes, "bajo la influencia de los dioses egipcios"— Mokuba simuló las comillas con sus dedos —. Yugi debería escribir un libro de fantasía con todo lo que ha vivido, sería un Best Seller (2) con el que podría jubilarse de su carrera como duelista.

El de pelo castaño se hubiera reído de ser otras las circunstancias.

—Gracias a esa plática con él, se encendió el bombillo en mi cerebro, e hice lo que debimos haber hecho desde el principio, cuando todo este drama comenzó: investigué sobre la mitología egipcia.

Los ojos inquisitivos de Seto lo motivaron a continuar.

—Presté atención a la forma particular de Yugi y Yura citar la intervención de los famosos dioses. Eso me llevó a descubrir que los egipcios son politeístas, tienen a un dios para todo.

La comida sobre la bandeja empezó a enfriarse.

—Se supone que Atem falleció hace algunos 3000 años atrás, y según la experiencia de Yugi con él, Kisara por igual. De Yura no sabemos nada, por eso despierta mi suspicacia, pero si mis sospechas de que ella también es un espíritu antiguo resultan ser ciertas, quiere decir que todos no son más que muertos resucitados. Indagué sobre quién era el dios de los muertos para los egipcios. Es Anubis, mejor conocido por ser el dios de la cabeza de chacal.

Seto volvió a dar otro sorbo al jugo, esta vez tragando a la fuerza el líquido que se escuchaba cual piedra pasando por la garganta. De ese modo alcanzó a manejar el asombro, que al segundo fue sustituido por una expresión de orgullo. No sería necesario mentirle a Mokuba, su hermano menor poseía las capacidades para dar con la verdad por sí mismo.

—Si tal es el dios moviendo los hilos, ya tenemos noción de a quién vamos a enfrentar. Y sin embargo, ese no fue el hallazgo que más me noqueó...—La seriedad acoplada en el rostro de Mokuba le anticipó a Seto que las palabras en turno debían ser tomadas con tacto—. Anubis adquirió el título de dios de los muertos porque ayudó al dios Osiris a reconstruir su cuerpo, cortado en partes por su hermano, el dios del caos cuyo nombre... Cuyo nombre es Seth.

—Eso no, Mokuba.

El Kaiba mayor se puso de pie, dándole la espalda se aisló a un lado de su escritorio.

—Lo sé, lo sé. No quiero sonar como un disco rayado del discurso de Yugi y los demás, pero...—el jovencito se bajó del escritorio—. Una letra es la única diferencia entre tu nombre y el de ese dios, hermano. Por supuesto que de igual manera consideré que nuestros padres fueran fanáticos de la cultura egipcia y se hubieran inspirado en ella para elegir tu nombre, mas no puedes negar que podría ser la explicación a ese imán que tienes para todo aquello que se relacione con el Antiguo Egipto.

Mokuba caminó hasta situarse frente a él.

—No estoy insinuando que seas la reencarnación de ese dios egipcio o algo por el estilo. No. Lo que persigo con esto es abrirnos a la posibilidad de que allí se incuba el origen de todo, y si sabemos cuál es el punto de origen, podremos eliminar el mal de raíz.

—Hemos tenido suficiente por hoy, Mokuba. —Seto mesó su esponjoso pelo azabache—. Necesitas descansar, mañana seguiremos esta conversación.

El menor se vio tentado a insistir, pero el semblante apacible de su hermano lo silenció. Quizás estaba en lo correcto, y haberse saturado de información afectaba su raciocinio.

—Está bien, me iré a dormir. Pero antes, una cosa más. —Los ojos magenta lucían atribulados—. ¿Por qué Anubis andaría tras tus pasos, hermano? Es porque usaste el cubo de Aigami para tener un duelo con Atem, despertaste su ira, ¿no es así?

Mokuba comprobó que tenía la razón al extender la visión más allá del rostro inmutable de Seto.

—Ve a descansar.

—Anubis es el dios de los muertos, pero tú estás vivo. No tiene poder sobre ti a menos que... A menos que... ¿Y si su plan es...?

— ¡Ya basta! —La voz subió de tal manera al entonarse, que Mokuba respingó—. Ve a dormir, yo también me iré a la cama en cuanto lleve las losas a la cocina— unió al instante, buscando compensarlo.

—Buenas noches, Seto.


Aquella puerta era de un material extraño, en nada parecido a la piedra, usada como material de construcción para los templos, las pirámides y las tumbas, destinados a sobrevivir al paso del tiempo (3).

Yura había pegado el oído para escuchar, pero lo único que alcanzó su tímpano fue la voz airada de Seto gritando a Mokuba. En secuencia con el grito, se alejó a esconderse en el primer espacio que pudo hallar, mirando por el rabillo del ojo cuando el menor salió al exterior con lo que parecían ser lágrimas en los ojos.

Una vez estuvo segura de la distancia entre los dos, volvió a la puerta y suspiró hondo antes de alzar la voz.

— Seto, soy Yura. ¿Estás allí?

— ¿Qué quieres?

—Lo obvio, hablar contigo, pero esta puerta rara disminuye el sonido de tu voz, apenas te oigo. ¿Puedo pasar?

Un breve ruido de encaje reveló al de pelo castaño tras el umbral. Sus ojos azules bajo el marco de los flequillos le conferían un aspecto intimidante, como si su mirada gozara el filo de un cuchillo que pronto se le clavaría en la piel.

No era la primera vez que aquellos ojos azules la cercenaban, por lo mismo sabía que tampoco sería la última, de manera que, con acobardarse, lo hacía en balde.

—Sé rápida y concisa. No estoy de humor.

Yura se abrió camino pasándole con soltura por el lado.

—Gracias por invitarme a pasar. Ah, y por dejarme usar tu camisa. Huele muy bien.

Sintió una suerte de retortijón en el centro del estómago cuando identificó la prenda cubriendo su figura. Pero él lo atribuyó a lo poco que había comido de la cena ya fría sobre su escritorio.

— Te advertí ser breve. Si no tienes nada de importancia qué decir, lárgate.

—Ugh, ahora entiendo por qué ví a Mokuba con lágrimas reprimidas mientras me indicaba cómo llegar hasta aquí.

Seto apretó los labios al tiempo de carraspear.

—Agotaste mi medio segundo de paciencia. ¡Fuera de mi vista!

— ¿Sí figuras que tal cosa es lo único que obtienes con tu actitud? Herir a quienes aprecias. Pero como no viste las lágrimas de Mokuba y lo tienes por incondicional, asumes que no ha pasado nada, que no hay por lo qué pedir disculpas. Un pensamiento bastante ingenuo viniendo de un genio como tú.

Seto respondió agarrándola por el brazo y llevándola a empujones a la puerta.

— ¡He dicho fuera!

A un paso de la salida, Yura se sacudió. Librándose del agarre, pasó las manos por debajo de las axilas en un abrazo repentino que dejó sin palabras al de ojos azules.

—Los niños también son ingenuos, Seto, por eso el serlo no te hace del todo una mala persona—. Pero él no reaccionó, suspendido en el aroma de su pelo húmedo, que se mezcló con el suyo a través de la tela de su camisa —. Ni Kisara ni yo somos tus enemigas. Sin embargo, sé que mis palabras no serán suficientes porque tú eres un hombre de hechos.

El tono edulcorado de la voz empezaba a marear sus pensamientos, pero la generosa luz de la lógica le devolvió la lucidez a tiempo. La separó de él con un movimiento brusco.

—Veo que tu todopoderoso dios de los muertos te informó lo necesario sobre mí. —Aumentó su aprehensión sobre la piel para forzarla a encararlo. Sus rostros estaban tan cerca que ella no podía esquivar la presión de su mirada—. ¿Qué te ofreció a cambio de mi cabeza? ¿Un nuevo Juicio Divino? ¿El descanso eterno? ¿Una posición de poder en el Inframundo?

Seto percibió a los ojos azules de Yura tornarse húmedos, mas ni una sola lágrima vio resbalar por su mejilla.

—Mi señor jamás pactaría con un alma condenada a ser devorada por Ammyt— dijo, su voz se oía estragada, como ahogándose con la saliva—. Tú fuiste quien me invocó, tú fuiste quien me dio un nombre. Y sospecho que por eso eres a quien debo proteger en lugar de perjudicar.

— ¡Mientes!

—Puede ser. No sé cuál es la verdad, mi memoria solo me alcanza para suponer en vez de afirmar, pero... Si así fuera, de mis labios no brotaría tu nombre: es una versión corrupta de Seth, dios del caos y la perversión, estaría yo cometiendo una bajeza imperdonable contra mi señor si lo usara para dirigirme a un mortal.

Seto la soltó, abrumado por el recuerdo de Anubis clamando enfurecido que no se pronunciara su nombre.

—No soy tu enemiga, Seto. — Repitió, uniendo sus manos con las suyas, entonces libres—. Sé que tienes mucho por asimilar, pero necesitaba dejarlo claro.

Deshizo la ligadura con la misma parsimonia con que la había enlazado.

—Mañana platicaremos mejor. Habla con tu hermano antes de dormir, ¿sí?—. Dio a entender que se retiraría por su cuenta—. Buenas noches.

—¿Cuál fue tu pecado, Yura?— Su pregunta la detuvo a espaldas de la puerta—. Si Anubis te considera un alma condenada, ¿por qué permitir tu resurrección?

—Tú eres un hombre de armas tomar. Capaz de irrespetar los límites cuando se trata de obtener a lo que aspiras.

Ella giró su rostro a medias y le guiñó un ojo.

—Descúbrelo.


Referencias:

(1) Nunca se preguntaron: ¿Cómo supo Kaiba el nombre de Atem si, según el manga y DSOD, él no estuvo presente en la Batalla Ceremonial ni tampoco viajó al Mundo de las Memorias? En la portada de la primera parte de Transcend Game, hay unas páginas a color donde Kaiba dice: «El nombre del Rey ante mí es... ATEM». Más tarde, en la parte 2, él ve un reflejo del espíritu de Kisara... A esos detalles yo hago referencia en esta parte del capítulo, dejando implícito que así como Kaiba vio el nombre de Atem, vio el de Kisara por igual.

(*)Es buen momento para recordar que el nombre de Atem fue la pieza clave para vencer a Zorc.

(2)En español se traduce, de manera literal: «Mejor vendido». Es un término de uso común para referirse a libros exitosos en ventas y de reconocimiento internacional.

(3) En el Antigüo Egipto, los templos, las pirámides y las tumbas eran las únicas construcciones sólidas, ya que estaban destinadas a sobrevivir al paso del tiempo.

(*) Esta historia tiene una lista de reproducción en Spotify con las canciones listadas al inicio de cada capítulo en su debido orden de publicación, y cuyo link les puedo proporcionar si gustan mandarme un mensaje al privado.

(*) Estoy enamorada de Anubis.