Canción reproducida mientras escribía: Por Una Cabeza - Instrumental Violín — La vid violín.


Tetsuko (1) se preguntó si miraba bizco y Sugoroku contuvo la respiración cuando Yugi se apareció con Atem apoyado en sus hombros.

La perplejidad se mantuvo en sus rostros incluso luego de atender a su petición de auxilio, sumando sus manos a la tarea de llevarlo al cuarto escaleras arriba.

Yugi primero lo sentó en la cama, poco a poco inclinando hacia atrás su espalda hasta dejarlo acostado.

Atem permanecía con los ojos enfurruñados desde que Yugi había cedido a la cortesía de ser transportados en el vehículo propiedad de los Kaiba. La piel bronceada seguía perlada de sudor y la boca se le abría y cerraba, haciendo mímica del habla.

Fuera lo que fuera que hubiera visto en su momento de ausencia terrenal, tuvo la fuerza de aplastarlo hasta hundir su consciencia en el delirio.

—Abuelo, por favor trae un vaso con agua.

—Enseguida.

Con la salida del anciano, Tetsuko vio una brecha para exponer sus dudas.

—Yugi, ¿quién es este jovencito? ¡Parece tu gemelo!

—Cuando él se sienta mejor, te lo cuento todo, mamá.

—Aibou (2)— despertó Atem de manera sorpresiva, con los ojos entrecerrados, a los que Yugi notó de regreso en su color amatista.

—Tranquilo, ya estamos en casa. —Le sonrió—. Tienes el cuerpo sudado, un baño servirá. ¿Te puedes levantar?

—Sí.

Yugi le condujo al baño mientras Tetsuko le buscaba una toalla. El agua de la ducha se dejaba oír al tiempo que trataba de lidiar con la curiosidad de su madre.

Sugoroku, que halló la habitación vacía, depositó el vaso con agua en la pequeña mesa de noche y se reunió con su nieto y nuera en el pasillo que dividía el baño del aposento.

—Es un amigo que hice cuando visité el museo del papá de Bakura (3). — Tejió a las volandas—. Es egipcio, pero vino de vacaciones, él también se quedó impactado por nuestro parecido, así que le picó la curiosidad y quiso quedarse con nosotros. Espero no te incomode, mamá, lamento no haber avisado.

—Bueno, si se trata de un amigo, los que has hecho de momento son honestos y como miembros de la familia. Es solo que parece un joven muy… peculiar. Además, esa extraña vestimenta que tiene, ¿estaba haciendo cosplay?

—Oh, es que justo terminaba de actuar en una obra teatral del Museo en la que hacía el papel de faraón, cuando tuvo un pequeño accidente.

— ¿No será mejor llevarlo al médico o avisar a sus familiares?

—Dejemos que termine la ducha y si continúa sintiendo malestar, llamamos. —Sugoroku se añadió a la plática, leyendo la expresión de agradecimiento de su nieto. Confiaba en que Yugi le contaría todo más tarde.

—Iré a prepararle una muda de ropa para cuando salga.

—Aquí está la toalla. —La pasó de su mano a la del hijo—. ¿Cuándo traerá sus maletas?

—Hablaré a casa de Bakura, allá debe tener sus cosas, sus familias son camaradas de oficio.

—Bien, entonces iré a preparar la mesa. Jonouchi y Hiroto no tardan en venir.

Yugi recordó la costumbre de sus amigos de presentarse a la cena. Tendría que darles una explicación que ni siquiera estaba sellada en sus labios.

Atem cobró vida en su habitación con las mismas partículas de luz que dispersaba el cubo de Aigami. Apenas tuvo tiempo de balbucear su espanto cuando el terror abundó en los ojos rasgados y echó a correr hasta la mansión de los Kaiba.

Si bien era cierto que sus vivencias anteriores le ofrecían un panorama de a dónde lo llevaría la hilera de acontecimientos, era como si los espíritus egipcios se hubieran esforzado por volverse todavía más impredecibles.

Él había sido el primero en atraerlos con armar el Rompecabezas del Milenio, pero por lo visto era Kaiba quien había realizado el llamado, ocupando su lugar en el rol de protagonista.

De manera escurridiza dejó la toalla en el baño y dobló en la cama su pijama de estrellas, más tarde brindándole una mano a su madre en la labor de preparar los utensilios de la cena, y así darle tiempo a Atem para recuperar la noción.

Jonouchi y Honda llegarían en cualquier momento, él no quería ver sus caras sin tener antes una respuesta. La fuerza de su amistad guiaría la intuición de ambos hasta implantar la sospecha de que algo había sucedido. Convencido, se dirigió a Atem al otro lado de la puerta.

— ¿Ya puedo pasar?

—Sí, Aibou.

La imagen de Atem luciendo su pijama azul de estrellas amarillas le indujo una mezcla de diversión con añoranza.

Atem, por su lado, no encontraba las palabras correctas para describir sus sentimientos. Acostumbrado a ver el mundo a través de los ojos de Yugi, pequeñas cosas como sentir la suavidad de la tela, percibir el olor impregnado en ella y la sensación de tocar los objetos a su alrededor, le eran entonces impropias, pero a la vez familiares.

Así alargaron los segundos, mirándose sin saber qué decirse.

—Yo… Supongo que deseas una explicación. —Marcó Atem el punto de partida, comprendiendo que la situación tenía prioridad sobre su sentir.

—Solo para no mentirle a nuestros amigos cuando estén aquí.

—Nuestros amigos… — Repitió, sus labios doblados en una sonrisa que al instante se deformó en una mueca de agobio.

—¿Por qué volviste, Atem? ¿La venida de Zorc nos amenaza de nuevo?

—Yugi— por la forma en la que pronunció su nombre, el tricolor se preparó para escuchar lo peor—, debemos proteger a Jonouchi.

Yugi revivió la voz del faraón gritando el nombre de su amigo rubio al despertar de su sopor.

— ¿De qué o de quién?

—De Yura y de sí mismo.

— ¿La chica que estaba junto a Kisara en la mansión Kaiba?

Atem se dejó caer sentado sobre la cama.

—Puede que esta vez yo no haya vuelto porque un grave peligro amenace a este mundo, pero tú y nuestros amigos son equivalentes al mundo para mí, y no permitiré que nada les pase.

—No entiendo.

—Yo no estaba delirando, Aibou.


"—E-El Faraón delira, será mejor que lo lleve a descansar."


A Yugi se le formó un nudo en la garganta.

—Es pecado decirte lo que ví, nuestros dioses resaltan por su severidad y despertar su ira empeoraría las cosas. Pero lo que sí puedo asegurar es que Anubis, nuestro señor, jamás procede con las almas de los muertos inspirado por el azar. Tienen el valor de piedras preciosas para él.

—Sigo confundido, Atem. Si su plan es hacerle daño a Jonouchi, ¿qué busca en la mansión de los Kaiba?

—No lo sé. Pero el alma de Kisara eligió como destino proteger la vida de Kaiba, y créeme cuando te digo que a Yura le sobran motivos para orquestar su muerte.


—A ver, Mokuba, vuelve a repetir por qué debemos usar esta ropa tan— Yura hizo una pausa, luchando con la arcada que gruñó en su estómago—… corta de tela.

El nombrado permaneció con los ojos puestos en el extraño aparato que pinchaba con el dedo.

—Porque, uno, mi hermano desea evitar que las miren como bichos raros en la Corporación. Dos, en la mansión no tenemos ropa de mujer, Yura, y no se van a gastar el guardarropa de Seto.

—Por lo menos sus prendas nos cubren lo suficiente, además, a Kisara no le importa, ¿verdad?

La muchacha de pelo azulado se encogió de hombros en su espacio del vehículo, mientras un sonrojo se apoderaba con violencia de sus mejillas.

—No, no me importa. Al contrario, me… Me gusta.

—De todas formas, mi hermano me dejó instrucciones de llevarlas a las tiendas para que tengan su propio clóset.

— ¿Y el señor Seto vendrá con nosotros? —Preguntó Kisara, dejando ver la emoción que le causaba la respuesta por encima de la sensación de vértigo que le aquejaba.

—No, mi hermano tiene demasiados pendientes en la Corporación. Esta mañana se fue sin despedirse y hasta sin desayunar.

— ¿Qué es una Corporación?

Ambas coincidieron en la pregunta. Mokuba se palmeó el rostro. Seto le había encargado la parte más tediosa del asunto.

—Muy pronto lo sabrán, estamos a una esquina. Pasaremos a recoger el dinero, mi hermano no quiere usar sus cuentas de ingreso personal.

El chófer aparcó en las inmediaciones de la Corporación, Mokuba se bajó del vehículo junto a las dos mujeres, que habían salido dando tumbos aún cuando evitaron mirar a la ventana para no marearse, y mantener el diálogo a fin de no ceder al vómito.

— ¿Cómo dijiste que se llama esta cosa?

—Limusina, Yura, limusina. Ahora síganme.

En tanto dirigían sus pasos hacia la entrada del edificio, Yura y Kisara notaron que alrededor había más de aquellos extraños medios de transporte, a punto de bombardear a Mokuba con más interrogantes, otra cosa extraña, pero con dos ruedas en lugar de cuatro, les interceptó en el camino.

— ¿Pero qué…?

Mokuba se quedó en silencio al ver a Atem— vistiendo la ropa que recordaba haber visto en Yugi— bajarse de una moto y quitarse el casco, que también portaba Honda con las manos aferradas al guía.

—Lo siento, Mokuba, pero no tengo mucho tiempo. —Se acercó y tomó a Yura de la muñeca—. Necesito que vengas conmigo.

La de cabellos blancos parpadeó confundida por una milésima de segundo, el tiempo que le bastó para componer una sonrisa.

—Como usted quiera, mi Faraón.

—Espera un momento, Atem— objetó Mokuba—, no puedo permitir que te la lleves así como así, necesito una explicación. Ellas están bajo nuestra responsabilidad e incluso vistiendo el uniforme de la KC.

—Quiero entregarle algo que le pertenece, tienes mi palabra de que la regresaré sana y salva.

Mokuba dudó. Mientras hablaba, Atem clavaba los ojos a Yura como si contuviera el enojo en lo altivo de su mirada, y casi podría sustentar que hubo un rastro de ironía en su oración final. Y no solo eso, pues al dirigir la vista hacia Honda en un fisgón, pudo notar su ceño fruncido por encima del vidrio de su casco. La entrada en escena de ambos le resultó igual de intrigante, ¿acaso venían siguiéndoles?

Por su mente cruzó la idea de llamar a su hermano y pedir su aprobación, pero recordar que se había ido sin despedirse o incluso desayunar, le hizo pensar que todavía le faltaba tiempo para abordar la situación sin agitar su carácter.

—Bien, mandaré a Hadashi a que la lleve y la recoja de vuelta.

—No, no quiero tener que subirme a eso de nuevo. —En Yura se dibujó una mueca de disgusto.

—Entonces no se moverán de aquí.

—De acuerdo, haremos lo siguiente: Yura y yo nos vamos con tu chófer y Honda nos alcanza en su moto.

Con una llamada telefónica del Kaiba menor la limusina estaba de nuevo a su disposición. Atem casi empujó hacia dentro a Yura sin dedicar a Mokuba y a Kisara alguna expresión de despedida.

Ella cerró los ojos y presionó el puente de su nariz con dos de sus dedos, esforzándose por aminorar las náuseas otra vez instaladas en el centro de su estómago con la puesta en marcha del vehículo.

—Conmigo no tienes que fingir, Yura. Lo sé todo.

En la perspectiva de Atem, ella movió los labios pero no dijo nada, buscando las palabras en medio de su evidente nerviosismo al rehuir el encuentro de su mirada.

—No sé a qué se refiere, mi Faraón. —Logró decir, haciendo pausas entre una palabra y otra.

—Sí sabes a qué me refiero, pero no te preocupes, la casa de Yugi no queda lejos.

Y, en efecto, al cabo de unos minutos en incómodo silencio, la limusina se detuvo. Yura se apresuró en salir, respirando hondo y, volviendo a trastabillar, poco le faltó para caer al suelo de Atem no sostenerla por los brazos.

Honda, que había seguido la limusina desde atrás, apagó la moto aprisa y, sin retirar el casco, hizo amago de querer intervenir, pero Atem lo frenó negando con la cabeza.

—No tienes porqué llevar tu papel al extremo.

Hasta entonces Yura compartió una mirada con el de ojos amatista.

—No estoy fingiendo, mi Faraón. —La octava en su voz advirtió a Atem de la rabia en ciernes—. Desconozco sus intenciones, pero puedo probar que las mías no son causarle daño.

—A mí no, de eso no me cabe duda— rió por lo bajo—. Pero, ¿puedes afirmar lo mismo sobre Kaiba?

Aunque fue hábil en ocultarlo, el faraón presenció a tiempo el asomo del temor que hizo encoger su pupila.

— ¿Sabes cuál es la única diferencia entre los dioses y los seres humanos, Yura? —El silencio le permitió continuar—. Que los dioses sí son fieles a su palabra, al punto de ser ellos mismos quienes crean y ponen en su lugar a las piezas necesarias para cumplir su voluntad, aunque conlleve sacrificar a quienes le rinden su fe. Por eso, cuando los seres humanos no descansan hasta lograr sus metas y son inquebrantables en su determinación, se asemejan a los dioses y son capaces de enfrentarlos.

—Faraón, no sé cuál es su propósito con decirme todo esto, pero…

—Anubis no es la excepción a esa regla, Yura. Y antes de que me lo adviertas, con decir la verdad no estoy pecando de blasfemo— cortó por lo sano el intento de protestar—. Nuestro señor siempre pesará las almas en una balanza, y la de peso menor será sacrificada por el bien de la de peso mayor. Así que no te sientas en una posición privilegiada con respecto a Kaiba ni creas que lo sabes todo solo porque Anubis te haya dado el conocimiento necesario con miras a obtener el resultado que te ordenó con él.

—Mi Faraón, me temo que si prosigue, incurrirá en una ofensa imperdonable contra nuestro dios.

—Ignoro la misión que te ha encomendado o si ha prometido recompensar tu obediencia. Pero un dios necesita la fe ciega de sus creyentes para poder serlo, y Anubis precisa la tuya porque garantiza el triunfo de su voluntad por encima de todo. A fin de cuentas, tú y yo solo somos unas fichas que él mueve a su antojo, y aunque nuestras almas son su más preciado tesoro, no le temblará la mano si, al ponerlas sobre su balanza, pesan menos que el ejercicio de su voluntad.

—Ni usted ni yo somos quien para oponernos a la voluntad de un dios— murmuró, el brillo en sus ojos azules demostró su esfuerzo por contener las lágrimas. Atem vio en ella la misma mujer que el dios Thot le había mostrado.

—Tienes razón, eso es lo que Anubis desea oír de ti, porque si te hubiera revelado lo que yo te mostraré tras esta puerta— ella siguió sus ojos hacia la casa de Yugi—, sí que lo hubieras hecho, Yura, sí te habrías opuesto a su voluntad.

Se mantuvo paralizada cuando él se alejó a rodar el cerrojo. Dubitativa y esquiva, sus sentidos se alternaron entre el faraón y el joven parado a su lado, cuyo rostro desconocía.

—El encuentro entre los dos será inevitable, así que mejor ponemos las cartas sobre la mesa de una buena vez.

La intriga que Atem había infundido a lo que fuera que se hallara tras la puerta, motivó sus pasos al interior de la vivienda, queriendo resolver el misterio con la mayor premura.

Su ser entero, la razón de su nueva existencia y todo atisbo de firmeza se colapsó en un solo sentido del dolor, como ella en el suelo, al descubrir al muchacho rubio de piel lozana que dormía despreocupado sobre un sillón verde oscuro.

—Por Ra… Por Ra.


(1)Me puse a hurgar en el Millenium Book— la más grande guía de personajes de YGO que de momento existe—, a ver si conseguía sacar el claro el nombre de la mamá de Yugi. Ya que no hablo taka taka, lo traduje con la aplicación de Google Translate, y ese fue el nombre que me arrojó la traducción que, si bien no es muy fiel que digamos, decidí usar como referencia para ponerle un nombre a la mami de Yugi.

(2) Palabra en japonés que significa "compañero". Atem suele dirigirse a Yugi de esa manera en el manga y en la versión japonés del anime.

(3) En el manga, cuando los chicos viajan al Mundo de las Memorias, lo hacen desde un museo, y Yami Bakura menciona que es propiedad del papá de Bakura.