Canción reproducida mientras escribía: In Pieces — Linkin Park.

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Jonouchi terminó de limpiar la mesa que faltaba para dar por concluido su día laboral en la Duel Tower Café de la KC (1). El reglamento empresarial dictaba que debía conducir sus siguientes pasos al camerino, abrir el casillero cuyo número se correspondía con la llave y sacar de allí sus pertenencias, guardando en su lugar el suéter rojo y el delantal negro del uniforme.

Durante los fines de semana, el personal de limpieza tenía un juego de llaves con el que accedía a todos los casilleros y retiraba el uniforme para su respectiva higiene, de manera que al dar inicio la jornada de la semana, los empleados encontraban la ropa doblada en perfecta forma cuadricular.

El rubio de ojos mieles volvió a vestirse con el suéter amarillo y la chaqueta de cuero marrón que se había quitado al llegar, se colgó del hombro el pequeño bulto que siempre llevaba consigo y se despidió del cajero mientras caminaba hacia la puerta de salida.

Se dirigió al ascensor, a la distancia por un par de zancadas, presionando luego el botón que lo bajaría al vestíbulo del edificio que, según el mapa de KaibaLand— enganchado en la pared de cada establecimiento—, era el Blue-Eyes Adventure (2).

La Duel Tower Café a Jonouchi le parecía un homenaje a la Batalla Campal de Ciudad Batallas, esa que tuvo lugar cuando decidió por sí mismo que su encuentro semifinal sería versus el lado oscuro de Marik Ishtar, pues a medida que subía o bajaba entre los pisos, se remontaba a la manera en que subían y bajaban los cubículos de duelo según la cantidad de puntos de vida. La cafetería estaba a dos pisos del último, casi surcando la misma cima que todos los duelistas al decidirse los oponentes aquella vez.

Mientras el ascensor— en válida contradicción— descendía, recapituló los eventos que le orillaron a trabajar para Kaiba. Si cualquiera le hubiera dicho que aquel sería su destino un tiempo atrás, sin duda se hubiera echado a reír en su cara, pero ahora no le quedaba más opción que acostumbrarse. Su padre había tenido una fuerte recaída que ameritó la estancia por tres días en el hospital, y su salario como repartidor de periódicos no alcanzaba para comprar la receta del médico, matricularse en alguna universidad de prestigio o iniciar su carrera como duelista profesional.

Aplicar en los programas de ayuda comunitaria y pedir empleo en la fábrica del padre de Honda se barajaron entre sus alternativas, pero cuando Mokuba le ofreció el trabajo e incluso le anticipó a cuánto ascendería el pago, su orgullo quedó pequeño ante la cifra.

La empresa necesitaba postulantes a la recién inaugurada cafetería y Jonouchi necesitaba el dinero, o puestos a detallar, Kaiba tenía su orgullo rendido a los pies y él tenía una forma honesta de rehabilitar a su padre y labrarse ambos un mejor futuro, que no quiso arriesgarse a dejar a la suerte por su tirria con el de pelo castaño que, ahora sí, se veía absurda e infantil.

Era un trato de ganar-ganar de acuerdo a las necesidades inmediatas de cada extremo.

Aquella misma tirria, sembrada desde la secundaria Domino, lo llevó a suponer que Kaiba rechazaría su hoja de información, grande fue su asombro al recibir una llamada citatoria ese mismo día en la Corporación. Kaiba firmó delante suyo el contrato laboral y, después de verle añadir su propia firma, dijo, con toda intención, una frase que un par de meses atrás le hubiera ganado un ojo amoratado.


"—Con dinero baila el perro".


Jonouchi lo sabía. Era consciente de que, si Kaiba lo había contratado, no era porque Mokuba estaba de por medio o porque al fin la bondad se hubiera estacionado en su frío corazón, sino por la gran inflación a su ego con tenerlo bajo sus órdenes, confirmando su filosofía de que estar podrido en dinero haría que hasta el más grande enemigo estuviera bajo la suela de sus zapatos.

Pero esa no fue la razón por la que la frase, de manera particular, fue para el rubio una humillación mayor a la de ser su empleado: le hizo sentir como una prostituta que acababa de venderse al mejor postor.

Había renunciado a su dignidad a cambio de la oportunidad de luchar por un porvenir, con esta premisa, Jonouchi corregía de inmediato aquella desalentadora comparación para dar otro propósito a sus acciones.

Era a su vez el estímulo que le daba por rebobinar la cinta hacia atrás en el sentido figurado de los recuerdos y así tener con qué motivarse a seguir, cumpliendo su horario y manteniéndose dócil. Tampoco que fuera una tortura trabajar para la KC, como se lo había planteado en su colorida imaginación. El trabajo era, para su sorpresa, bastante cómodo, tanto que hacía que la paga se sintiera sobregirada. Con el valor agregado de no interactuar a diario con el magnate de ojos azules, a quien su apretada agenda nunca le dejaba el tiempo de supervisar por sí mismo el comercio.

El ascensor le abrió las puertas al vestíbulo, donde incluso los pequeños bancos dispuestos a la clientela tenían el diseño del Blue Eyes.

Cualquier crítica a la obsesión de su jefe por la famosa carta del Duelo de Monstruos abandonó su pensamiento al ver a Mai sentada en uno de los bancos, aceptando su petición de volver a verse a meses de ocurrir la dolorosa ruptura.

Le había enviado un mensaje de texto, y se mentiría a sí mismo al decirse que su corazón no seguía saltando emocionado como en todo lo que duró el noviazgo.

Ella, sin embargo, gesticuló una escueta sonrisa al verle aproximarse.

— ¿Puedo sentarme?

Se recordó gagueando siempre que a ella se dirigía, todavía sin creerse con el privilegio de llamarla novia. Mientras que allí, en el tono de su voz descubrió la amargura por ser incapaz de salvar su relación.

—Sí.

Entallada en aquel vestido color verde y la chaqueta mezclilla de mangas largas, irradiaba más hermosura que nunca, y su pelo recogido en la cola de caballo dejaba suelto unos largos rizos rubios que añadían un toque ideal a sus ojos magenta y labios de rosa.

—Me da mucho gusto verte, Mai. ¿Cómo has estado? —En realidad quería saber si ya había encontrado quien ocupara el espacio que todavía deseaba tener en su corazón.

—Bien, ¿y tú, Jonouchi?

—Bien, bien.

No, no estaba bien, al menos, no a partir del microsegundo sentado a su lado. Las lágrimas no se conformaron con ser absorbidas por su almohada, entonces amenazaron con delatar lo mucho que la había extrañado, y cuánto le afectaba tenerle cerca, pero ya sin el derecho a abrazarla o probar sus labios.

Quizás pecó de iluso al suponer que aquellos meses sin verla le servirían para surcar por fin la resignación.

—Me alegra tanto, Jonouchi.

La conversación de pronto se le antojó insípida, como la de dos desconocidos que interactúan por primera vez. Como si entre los dos nunca hubiera existido algún beso, alguna caricia o incluso alguna noche de pasión que despertara en sus pieles el deseo de volver a encontrarse.

—Te cité aquí porque Atem ha regresado.

El tiempo en pareja desarrolló la confianza de revelar la verdad tras sus andanzas con el antiguo espíritu del faraón. El impacto que imaginó suscitar en ella cuando detalló su anécdota, no se presentó hasta ese momento, en que sus pupilas se contrajeron y la belleza de su semblante se vio eclipsada por lo asombroso de su afirmación.

A Jonouchi le decepcionó no ser él la causa de siquiera un poco de aquella conmoción.

—Eso quiere decir que...— Se abrazó, cual si la chaqueta no le brindara suficiente abrigo o como si quisiera protegerse de algo invisible para él.

—Por eso quería verte. Quiero asegurarme de que estás bien. Han pasado varios días sin que suceda algo fuera de serie o que escape a la rutina, pero eso no significa que...

—No puedo, Jonouchi. —Le interrumpió, poniéndose al tiro de pie con lágrimas en sus bellos ojos—. Si Atem ha vuelto, todo lo que Marik me hizo vivir en su Juego de la Oscuridad (3) puede repetirse. No puedo volver contigo, perdóname por favor.

—Vaya, así que asumiste que esa es la razón por la cual te pedí que nos viéramos.

Le acompañó al levantarse del banco, llegando a esa escala del sufrimiento en donde le daba igual mostrar sus lágrimas. Aunque intentó escudarse tras aquel argumento, muy en el fondo de su corazón, en ese rincón que resguardaba con llave la verdadera naturaleza de sus sentimientos, encerró la súplica de volver a su lado.

—Yo te quiero, Jonouchi, de verdad llegué a enamorarme de ti, pero no puedo estar contigo sabiendo que corro el riesgo de ser presa de la oscuridad.

Jonouchi quiso preguntarle a gritos que si enfrentarse al Dragón Alado de Ra no había sido suficiente para probarle cuán dispuesto estaba a protegerla, o que si el haber estado en coma por igual no tenía para ella ninguna clase de valor. Sin embargo, como solía suceder cuando eran pareja y aun en todas las encrucijadas del amor y los sentimientos, fueron otras las palabras que salieron de sus labios.

—No, Mai. Si todavía no eres capaz de superar ese trauma, si todavía sigue siendo para ti más grande que lo que una vez hubo entre tú y yo, entonces nunca estuviste enamorada ni nunca me quisiste.

Acercó sus dedos a las mejillas sonrosadas, limpiando aquellas lágrimas en vez de las propias, liberadas sin ningún impedimento hasta descolgar en su barbilla.

—Pero no te culpes, por favor. Después de todo, no vale la pena llorar por un pobre diablo como yo cuando miles y miles todavía mejores esperan por ti haciendo fila.

Alejó sus dedos de la tersa piel al notar los labios de Mai temblando ante lo que, supuso, era ese breve contacto.

—Yo no te guardo rencor ni nada que se le parezca. Si me necesitas, no dudes en llamarme.

Aceleró su andar hacia la salida, no se creía con la entereza de seguir soportando el peso de aquella grieta entre los dos.

— ¡Espera, Jonouchi!

Ella le siguió. Tomándolo de la mano, le hizo enfrentarla de nuevo.

—No es tu culpa, tú, tú— reunió algo de valentía en una bocanada de aire antes de reanudar el diálogo—... Tú eres el chico más maravilloso que he conocido, y por lo mismo sé que estás dispuesto a protegerme a costa de tu propia vida si es necesario. Esa es la mayor dificultad, Jonouchi, que no deseo que siquiera tengas que sacrificar tu vida por mi. Pero también sé, con toda seguridad, que mientras perdure tu amistad con Yugi y los demás, hasta un simple juego de cartas como el Duelo de Monstruos puede poner nuestras vidas al filo de la muerte. Yo lo viví.

—Por favor, no me vuelvas a poner a elegir entre mis amigos y tú...

—Lo sé, y así como yo no puedo pedirte que dejes a Yugi por mí, tú tampoco puedes pedirme que deje atrás con tanta facilidad el calvario que Marik me hizo pasar, y que me exponga de nuevo como si nada hubiera ocurrido. Los dos tenemos nuestras razones, Jonouchi, por eso ninguno está equivocado y de ninguno es la culpa.

El rubio de ojos mieles, arropado por la tristeza de saber que ella estaba en lo cierto, dolido consigo mismo por no tener a su favor los argumentos para convencerla y sofocado por la añoranza de una vez más saborear sus labios, tomó su rostro por las mejillas y la sorprendió con un beso.

Mai trató de saciar el ansia de Jonouchi con sus movimientos bruscos de lengua, y cuando la necesidad de respirar les obligó a separarse, ambos tenían los labios hinchados y enrojecidos. Había sido un beso en el que, lo que le faltó de tiempo, le sobró de pasión.

—Mañana... Mañana me iré en el primer crucero a la mar— susurró Mai, en un esfuerzo por recuperar el aliento—. Espero de todo corazón que encuentres a alguien que te ame, porque tú lo mereces, Jonouchi, es lo menos que la vida, el destino o lo que sea que rija las fuerzas del universo, puede darle a un ser admirable como tú.

—Ojalá, Mai. Ojalá.

Gracias al encuentro y el fogoso beso de despedida, al fin pudo decir adiós a la ilusión de un nuevo comienzo entre los dos.


A una distancia que la puso a salvo de la visión de Jonouchi y Mai, Yura derramaba sendas y auténticas lágrimas al ser testigo del beso enardecido que ambos habían compartido.

—Debí suponerlo— emitió una voz a sus espaldas—, después de todo, mis corazonadas nunca yerran.

Ella se sorbió la nariz, limpiando todo rastro de humedad antes de darse vuelta.

—No puede ser...


— ¿De verdad Mai lo puso a elegir entre ella y ustedes?

—Así fue, Atem— confirmó Honda—. Jonouchi es idiota por defecto, ahora imagínalo enamorado, que de por sí es una condición en donde hasta el más instruido se estupidiza. Por suerte, lo que tiene de cabeza hueca justo lo tiene de leal, y estando a nada de zarpar en el crucero con Mai, la conciencia no lo dejó ir en paz.

—Oh, vaya. Nunca imaginé que las cosas entre ellos sucederían de tal forma...

—Nadie lo previno, Atem. —Se unió Yugi, tomando asiento en la mesa del comedor—. Pienso que todos idealizamos a Jonouchi y Mai como la típica pareja que lucha contra los prejuicios y las críticas de los demás por su diferencia de edad, que al final es solo un número para dos personas enamoradas. Ninguno anticipó que no sería la edad sino el pasado su mayor obstáculo.

—Opino que no hay nada qué reprocharle a Mai— defendió el faraón—. Lo que ustedes conocen por "Juego de la Oscuridad" o "Reino de la Sombras" es magia negra que se adueña de la mente de las personas hasta destruirla por completo. Da vida a sus mayores temores y debilidades, y los encierra con ellos en su propia recámara mental para hacerles vivir un infierno personal, ya que solo existe dentro de su conciencia. Mientras Mai estuvo, en apariencia, dormida, no sabemos lo que vivió allí. Su temor a revivir el pasado está más que justificado, al menos para mí entender.

—Ay, por favor. Jonouchi se enfrentó al Dragón Alado de Ra por ella, fue sumergido igual en las sombras al punto de estar en coma por ella, estuvo a nada de abandonar a sus amigos por irse con ella. ¿Qué más quería que hiciera?

—Entonces habría correspondido los sentimientos de Jonouchi por agradecimiento y no por amor, Honda— apeló Yugi—. A nuestro querido amigo eso tampoco lo hubiera hecho feliz.

—Va, tienes un punto. Pero el mío es: ¿cómo un hombre que ha hecho tanto por ella, no puede darle la seguridad que necesita para seguir a su lado en vez de huir?

—Quizás porque sabe que se involucran fuerzas de las que Jonouchi no tiene ninguna influencia o control— razonó Atem—. Así que no puede garantizar que no vuelva a estar expuesta. Jonouchi promete protegerla del peligro, más no puede hacer nada para evitarlo.

— ¡Hey, Atem, ¿tú de qué lado estás?!

—En el de Jonouchi por supuesto, Honda. Pero estarlo no me hace ajeno a la posición de Mai. Recuerda que yo conozco el poder de las fuerzas oscuras.

—Y hablando de las reinas de Roma, ¿no les parece raro que nada extraño haya ocurrido estos días?

— ¿Qué cosas, no? Ahora lo extraño es que no pase nada "extraño". — Señaló Yugi, buscando aligerar lo complejo del tema con un tono de humor.

—Los caminos de la vida...

Honda y Yugi se pusieron a la par con algunas carcajadas.

—Por cierto, Atem, ya que tienes interés en que recuerde tu pasado con las fuerzas oscuras, todavía no explicas lo que sucedió aquel día con la tal... ¿Cómo dijeron que se llama?

—Yura.

—Esa misma. Según tú, ella significa peligro para Jonouchi, pero cuando lo vio, actuó como si él fuera un dios y lo estuviera adorando. Por no mencionar que es la "persona que ama incluso más que a su propia vida".

—Les dije que debíamos protegerlo, mas no especifiqué que hacerle daño fuera su objetivo.

—Sigo sin entender nada.

—No puedo, Honda. Si te lo digo, si les digo, estoy revelando la visión de un dios egipcio, un pecado en mi religión.

—Ah, cierto, olvidaba que los egipcios, además de ser politeístas, son fieles a sus creencias. Pero, ¿no puedes, al menos, darnos una pista? Seguir en la ignorancia puede resultar en una desgracia. Y tú eres el espíritu de un faraón, no creo que los dioses te castiguen por iluminarnos con una breve idea. Si lo que dijo el abuelo de Yugi es cierto, los faraones eran vistos como la encarnación de los dioses en la tierra.

Atem suspiró.

Por más que deseara complacer a sus amigos, no podía tomar el riesgo de hacer enojar a los dioses. No podía confesar que Jonouchi era la reencarnación de un espíritu del pasado y que, así como Anubis le guardaba recelo al antiguo espíritu de Kaiba, le temía a quien había sido Jonouchi.

Porque, así como Jonouchi había enfrentado y sobrepasado el poder del Dragón Alado de Ra para salvar a Mai, su homólogo del pasado había sido el único ser humano en enfrentar y sobrepasar el poder de un dios, pero para vengar a Yura.


Referencias:

(1) Tengo entendido que dicho comercio existe, y hubo una colaboración tras el lanzamiento de DSOD, pero el nombre auténtico es Tower Records Cafe, del cual no hice mención para evitar el copyright. De lo que sí me inspiré por completo, fue de la imagen promocional en dónde se da a entender que Jonouchi trabaja allí, con la ficción agregada de ser Kaiba el dueño del negocio. Por desgracia, FF no me da apoyo audovisual para presentarles la imagen, pero esta historia igual esta siendo publicada en Wattpad y en dicha plataforma sí adjunté la imagen.

(2) La ubicación y existencia de este edificio es de acuerdo al mapa de KaibaLand— tal cual añado en el capítulo— hecho y publicado en un volumen del manga por el propio Kazuki Takahashi, pueden hallar la imagen en la página de FB de Dark Atem No Fansub.

(3) Esa es la traducción de "Yami no Game". Como curiosidad, al ser este un término recurrente en los primeros capítulos del manga y en ciertas partes del anime, en la versión latina Atem es conocido por "Yami".

(+) «In Pieces» de Linkin Park es una canción especial para mí. La descubrí cuando estaba atrapada en una relación muy, pero muy tóxica con alguien que, por honor a su memoria, no quiero decir que fuera del todo una mala persona o que haya sido su culpa. Al igual que Anubis, pienso que los muertos deben respetarse, y él cumplirá un año de partida dentro de poco. Recuerdo que me regaló un CD con varios éxitos de la época, y entre ellos estaba esta canción. Cuando atravesaba el duelo por la ruptura de nuestra relación, le presté atención a la letra y al día de hoy me sigo preguntando si, con regalarme el CD, intentaba dejarme algún mensaje.

Fue para mí una inspiración tremenda en este capítulo— repetí como un cuatrillón de veces la fracción de pura guitarra—, ya que forma parte del soundtrack de una ruptura en la vida real. Aunque, debo aclarar, la mía no tuvo NINGUNA similitud con la de Mai y Jono, que hasta poética me pareció.

(+) Perdonen la nota de mucho texto en este capítulo, estoy más sensible que nunca a mis propias emociones por la muerte de Kazuki Takahashi. Necesitaría el mismo número de páginas que un libro para describir lo mucho que debo agradecerle, lo mucho que significó para mí y lo mucho que me afecta su partida, por ello me veo en la tesitura de resumir todo en un doloroso: "Descansa en paz".