Canción reproducida mientras escribía: Villain — K/DA feat Madison Bear and Kim Petras.

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Su ser entero, la razón de su nueva existencia y todo atisbo de firmeza se colapsó en un solo sentido del dolor, como ella en el suelo, al descubrir al muchacho rubio de piel lozana que dormía despreocupado sobre un sillón verde oscuro.

—Por Ra… Por Ra.

Era él, podría saber que lo era incluso a ojos cerrados, esa convicción bloqueó todos los caminos por donde la duda pudiera inmiscuirse.

—Necesito tocarlo. —Su voz hizo un ruego del enunciado, a caballo entre la felicidad de tenerlo a la distancia de su mano y el miedo a que se desvaneciera como una ilusión.

Atem asintió. Honda, situándose a su lado nada más entrar, retiró el casco, queriendo atestiguar mejor la escena.

Bajo el filo de todas las miradas, Yura se arrodilló frente a Jonouchi y le agarró una mano, trasladándola con absoluta devoción a su mejilla.

Yugi y Honda compartieron una mirada de confusión ante la veneración con que Yura frotaba la mano contra su pómulo, cerrando los ojos para concentrar todos los sentidos en el disfrute de la caricia. Atem, por el contrario, devolvía una expresión mortificada.

—Por Ra… Eres tú. —Yura despertó de su propia ensoñación, besó la mano antes de volver a ponerla allí, encima del pecho, mostrando la intención de palpar otra sección de su rostro—. Mi amado Jo…

—No lo llames por ese nombre. —Le amonestó el faraón—. Su nombre como ser mortal es Jonouchi Katsuya.

—Jonouchi… Mi Jonouchi.

—No, Yura, este hombre no es el mismo que tú conoces. A este, no permitiré que ni tú ni nadie le haga sufrir el mismo destino que la visión del dios Thot.

Yura se puso de pie al brinco, trazando medio paso se plantó de cara con Atem, quien vio a la ira enrojecer sus ojos azules a tal extremo que comparó a las pequeñas venas oculares con las llamas del fuego.

—Si no fuera usted la encarnación de un faraón, le juro que le daría una bofetada con tanta satisfacción que mi mano quedaría pintada en su rostro como un jeroglífico.

— ¡Atrévete!

Yura desvió su atención a Honda, el emisor de la amenaza. Sintió que la sangre abandonaba su cuerpo al toparse con los ojos castaños.

—Tú también…

—Sí, él también— reafirmó el espíritu del gobernante—. Espero que tu misión no incluya perjudicar a cualquiera de los dos, o sabrás de lo que soy capaz si osas tocarles así fuera una hebra de cabello

— ¿Sabe qué? Haré algo mejor, ya no le guardaré ninguna clase de respeto. —Se viró—. De ahora en adelante, usted será solo Atem para mí, pues si con todo y ser testigo de la verdad a través de los ojos de un dios, se atreve a insinuar que soy capaz de lastimar al hombre que he amado incluso más que a mí propia vida, no merece consideración alguna de mi parte.

Por primera vez, una sombra de duda oscureció las facciones de Atem.

—Demuéstralo, Yura, prueba que puedo confiar en ti. Dime, ¿cuáles son tus verdaderas intenciones? ¿Con qué fin Anubis te ha resucitado?

—Tú no me dirás qué te mostró el dios Thot en su visión, ¿no es así? Entonces yo tampoco tengo por qué confesar la razón por la que Anubis me trajo a este mundo.

Jonouchi bostezó al tiempo que cambiaba de posición en el mueble, dando signos de un venidero despertar. Yura le dedicó una última mirada y se alejó sin más con dirección a la puerta.

— ¿Por qué te marchas, Yura? ¿No que es el hombre al que amas incluso más que a tu propia vida?

—Tú no lo entenderás, pero marcharme prueba cuánto lo amo. Gracias de todas formas, Atem, gracias por devolverme lo que me pertenece: el derecho a saber que su alma también ha reencarnado.


Yura lo sabía, siempre tuvo plena consciencia de ser para Anubis un mero peón en el tablero, papel que aceptó desempeñar en honra del castigo que merecía su alma.

Lo que jamás atravesó ni su más oscuro pensamiento, fue que su señor llegaría al colmo de involucrar el alma de su ser más amado, por quien ella había entregado la espalda al heridor a cambio de que se le considerara la redención.

El pecado que Jonouchi había cometido no tenía semejanza con el suyo, no admitía comparaciones y, sin embargo, el dios parecía tener planes con él como si fuera igual de transgresor.

La inclusión de Jonouchi aumentaba la dificultad en todo, era el bofetón que justo había querido dejar pintado en la mejilla de Atem como un jeroglífico, y para Yura fue irónico el modo en que sus mentiras a Seto se volvieron contra ella transformadas en dolorosas verdades. Ahora era cierto que no sabía cuál era la verdad, ahora era cierto que aun con su memoria intacta, solo le alcanzaba para suponer en vez de afirmar, y ahora era cierto que no era su enemiga, o al menos, ya no deseaba serlo.


"—Demuéstralo, Yura, prueba que puedo confiar en ti. Dime, ¿cuáles son tus verdaderas intenciones? ¿Con qué fin Anubis te ha resucitado?"


Las preguntas de Atem la seguían rondando.

¿Cuáles debían ser entonces sus verdaderas intenciones? ¿Con qué fin Anubis le habría resucitado? En el pasado, el dilema estaba solucionado con responder que su invocación había tenido su orígen por la orden de asesinar a Seto Kaiba, pero en el presente, ya no había contestación que lo resolviera.

Entendía que Anubis quisiera ocultar la existencia de Jonouchi para garantizar el cumplimiento de su meta, pero, ¿por qué hacerlo cuando su amado estaba en sus narices? ¿Y cuando sabía muy bien, así como Atem predijo, que un encuentro sería inminente entre los dos? Si tanto le apremiaba esconderlo, ¿por qué lo dejó expuesto donde ambos pudieran encontrarse?

Imágenes fugaces de su pasado resurgieron a modo de flashes en su memoria.


Ella intentando matar al Faraón Seto con el filo de una daga, Jonouchi cargándola entre sus brazos, un Dragón Negro de Ojos Rojos liberando de sus fauces una poderosa onda expansiva que destruyó todo a su paso.

Sangre, mucha sangre. Un mar rojo como los ojos del dragón y el cielo a oscuras como la negrura de sus escamas.


Yura sostuvo su cabeza en un vano intento de aminorar la punzada de dolor que surgió en cadena con las imágenes.

— ¿Qué es lo que quiere de mí? — Preguntó al viento, con la minúscula esperanza de que arrastrara su voz hacia el dios como le veía arrastrar a las hojas de los árboles desde la vista panorámica del balcón—. ¿No le parece suficiente castigo haberme separado del hombre que amo? ¿De nuevo me hará vivir el pasado, eso es lo que implica su Juicio Divino? ¿Con revivirlo, pesará usted mis pecados contra la pluma Maat?

El viento se agitó, enarbolando con mayor violencia sus cabellos blancos. Las manos se le volvieron puños al dirigir su mirar al cielo estrellado.

—Kisara se está adelantando, Yura.

La voz de Seto recorrió la estancia. Al momento de cambiar el ángulo hacia él, la notoria humedad en su pelo castaño y la bata en azul oscuro con un bien amarrado nudo en su cintura, le contaron a Yura su previa estadía en el baño.

— ¿En qué sentido?

—En el que muy bien has captado, no te hagas la estúpida.

—Ya quisieras que lo fuera, Seto. — Se alejó del balcón, ocupando en breve uno de los muebles con diseños al estilo rústico mientras gesticulaba una sonrisa. —De hecho, te molesta que no lo sea.

El dueño del nombre tomó asiento en el mueble opuesto, quedando ambos cara a cara una vez más.

De hecho— hizo énfasis en la repetición—, desde hace un par de días has venido actuando como si lo fueras.

— ¿En qué? Dime los actos uno por uno. —El desafío se anunció en su mirada—. Recito de memoria todos los malditos diálogos que Isono me lleva al camerino, sonrió a la cámara y hago guiños de coquetería en las sesiones infernales de grabación y me trago todos los insultos cuando me encierran por horas en el estudio y lo único que recibo de tu parte son quejas y comentarios mordaces señalando mis errores.

—Y eso es lo que al preciso te ha hecho estúpida. Te has sumergido tanto en el papel que te vas desviando del objetivo principal que te asignó Anubis.

— ¿Que, según tú, es…?

—Seducirme.

Yura se rió a carcajada suelta, pese a no conseguir borrar en Seto el mohín de superioridad.

—Oh, vaya, ¿será por eso que has venido en bata y con el pecho medio abierto, dejando a la vista tus músculos bien formados? — Inquirió entre bocanadas—. ¿Pretendes que me levante de la silla, me siente a horcajadas entre tus piernas y te susurre al oído: "Oh, Seto, hazme tuya"?

Una cosquilla nació en la vértebra de la espalda, como si le rozaran allí una pluma, cuando su mente hizo un ensayo en vivo de las acciones de Yura. Primero, la vio ponerse de pie, después reconstruyó la sensación de tenerla a horcajadas encima suyo y casi pudo escuchar su voz en aquel gemido pidiéndole que la poseyera. Mas detuvo a tiempo el hilo conductor del pensamiento y evitó que la mínima seña se trasladara en su semblante.

—Al menos Kisara fingió confundirse de habitación y por poco la hallé desnuda en mi cama. Deberías pedirle consejos.

—Sí que eres pretencioso. Mira que arrojarme semejantes detalles a la cara con miras a provocar que Kisara y yo nos enemistemos y así tener una brecha por donde administrar de a dosis tu veneno… Eres malvado, Seto. Muy malvado.

—No tanto como tu dios de los muertos, que las echó a la boca del dragón para evitar ensuciarse las manos. Eso sí es maldad, Yura.

No había sido el comentario lo que suscitó en la de ojos azules aquella mueca de indignación, sino que hubiera encajado cual pieza de tetris en el desorden de su fuero interno. Seto, ajeno a su encrucijada, lo interpretó como la primer arista del Talón de Aquiles que tanto había buscado.

Una debilidad, eso era todo lo que Seto necesitaba. Perseverando en firmeza la convicción de que Yura era el puente a su triunfo sobre el dios.

—Habla el santo al qué ponerle un altar.

—No, yo no soy el santo. Soy el dragón. Un imponente y majestuoso dragón que tiene tu cuello preso entre sus colmillos.

Yura se dijo que sí, que su cuello sí estaba preso entre unos filosos colmillos, pero no eran los de un dragón, sino los de un gigantesco perro chacal.

De pronto le nació preguntarse, dado el aprieto, de cuál sería más fácil salvarse, y la respuesta se vio reflejada en la sonrisa capciosa que torció sus labios.

— ¿Cuál es tu oferta, Seto? ¿Qué galardón me tienes por el mérito de traicionar a mi dios?

—Por fin hablamos el mismo idioma, Yura. —Cruzó los brazos a la altura del pecho, al mismo tiempo que las piernas una encima de la otra—. ¿Cuál es tu precio? ¿Tú qué premio quieres a cambio de apuñalar la espalda de Anubis?

Después de todo, esa era la práctica común de quienes ejercían el poder: comprar a sus enemigos, fijar precio a la voluntad.

—Tu vida, eso quiero.

— ¿Bajo qué garantía?

—Bajo el juramento de mi palabra, es la única que puedo ofrecerte.

—Entonces no hay trato. —El de pelo castaño se puso de pie con una vena palpitando en su sien—. Confiaría más en la visión de un ciego que en tu palabra.

—Pensándolo mejor, eso me favorece. —Ella se levantó a la par, acercándose de manera sinuosa, exhibiendo el mismo tino engatusador de la noche en su laboratorio. Seto no se movió de su sitio, pero se preparó para no dejarle avanzar en el contacto al ver la distancia reducirse a un solo paso—. Desconfiar de mí te llevará a investigarme, a hurgarme, a descubrirme, a desentrañar mi pasado y a encontrar la identidad que he perdido y por la cual estoy aquí. De modo que, cuando yo menos me lo espere, ¡BOOM! ¡El Gran Seto Kaiba lo hizo de nuevo!

Seto estuvo a punto de darle a su expresión el sentido de una burla, no obstante, al efectuar un rápido análisis a su trasfondo, la respuesta que salió de su boca zanjó un abismo de diferencia con la crítica soez que pensó replicar.

— ¿Lo disfrutas? — En sustitución a la rigidez que lo caracterizaba, y que hasta el momento no le había supuesto ninguna ventaja, optó por ablandar en pequeña medida la dureza en sus ojos azules—. ¿Eres feliz cumpliendo la voluntad de Anubis? ¿O te obligas a ti misma porque no tienes otro camino para obtener la recompensa que te ha prometido? Es inútil negarlo, sé que la hay, Yura.

Allí estaba el Talón de Aquiles, con el tamaño ideal para Seto abarcarlo entre sus manos. Estaba en los ojos, cuyo azul se degradó a un gris pardo, estaba en la respiración, que se enturbió al punto de que el aire, al entrar y salir por la nariz, tenía el sonido de un rumor, y estaba en el cuerpo, al que reclinó hacia atrás para evitar tambalearse.

Era la primera vez que Seto la sentía vulnerable, la primera vez que él se sentía uno con el control de la situación y el favor de la última palabra. Le urdió haberlo conseguido desechando un poco de su estoicismo, un detalle que contravenía el método que siempre le había unido a la victoria. No pudo evitar pensar qué otros beneficios podría sonsacar si, en vez de acorralar hasta dejarle sin escapatoria, fuera él quien le seducía. Invertir los papeles.

Sería voltear la carta de triunfo contra el propio Anubis, así como él había vencido a Gozaburo con sus propios movimientos en el ajedrez.

El silencio de Yura, previo a levantar la voz de nuevo, no hizo más que confirmar la buena puntería de su intuición.

—Tienes razón, Seto. No sabes cuánto tienes razón. —Tragando en seco, se llevó junto a la saliva la flaqueza en su habla—. Pero, ¿sabes por qué pedí tu vida a cambio de traicionar a Anubis?

El aludido reparó en que Yura no había utilizado el "mi señor" para referirse al dios.

—Porque lo que Anubis me prometió, es tan valioso como lo es tu propia vida para tí.

Seto extendió las manos hasta ceñir a Yura por la cintura, estampándola contra su pecho en el segundo posterior. Esta vez, siendo él quien auspiciara el abrazo repentino que dejó sin palabras a la de ojos azules.

—Dime qué te prometió, Yura. —Tenerla entre sus brazos causó un conflicto en su interior. Asumió que, tener en claro que la abrazaría por conveniencia, haría que la experiencia le generara incomodidad o incluso aversión, pero la fragancia de las escencias de baño que brotaba de ella era demasiado agradable, y la sensación de sus dedos al deslizarse por la piel le recordó a la suavidad del terciopelo—. Estoy seguro de que puedo mejorar la oferta si te pasas a mi lado.

—Cuidado con las mentiras, Seto.

Aunque separó sus cuerpos, mantuvo la cercanía entre sus rostros. Se quedaron mirándose por quizás un tercio de segundo, el mismo tercio de segundo en el que, por disparatado, ilógico o descabellado que fuera—y que al instante se había reprendido—, Seto imaginó que la tensión se rompía con un beso.

—Pueden volverse contra ti transformadas en dolorosas verdades.

—Eso deberías aplicarlo en ti misma.

—Porque se aplicó en mí misma es que te advierto que tengas mucho cuidado.

—A diferencia de ti, yo no estoy mintiendo.

Pese a que sí estaba mintiéndole, a Seto no lo embriagó el placer de estar dando a su enemigo una probada de su propio zumo. No se halagó a sí mismo ni justificó sus acciones con la búsqueda del fin. Tal vez porque, al igual que Anubis, estaba usando a Yura de acuerdo a su valor estratégico, cuando ella, aun sin decirlo palabra por palabra, le había revelado que sus acciones no eran movidas a voluntad, sino empujadas por las circunstancias.

Maldijo a Anubis en la intimidad de su pensamiento. Lo maldijo tanto que, su proposición anterior, perdió valor como una mentira y lo ganó como una verdad.

—No puedes. No es algo que se obtenga con el dinero y poder que a ti te sobreabundan.

—Pero sí con inteligencia, que me sobra más que cualquiera de esas dos.

—Anubis es un dios.

—Y yo soy Seto Kaiba.

Yura volvió a reír. A diferencia de las carcajadas que tuvieron lugar al principio de la conversación, no sonaron a ironía, y cuando finalizaron, apareció una estela de amargura.

— ¿Sabes, Seto? Puedes dudar de mí todo lo que quieras, ya te dije que me favoreces. Pero, existen dos cosas en las que no te aconsejo hacerlo.

Verle curvar una ceja le motivó a seguir.

—La primera, el hecho de que no sé cuál es la verdad. Y la segunda, en que no soy tu enemiga.

— Pero tampoco mi aliada, ¿no es así? — Ahora era él quien se inclinaba hacia delante, buscando acercarse para intimidarla—. Ese es tu mensaje con decirme que descubra por mí mismo quién eres en realidad y qué haces aquí. Tu posición te impide sublevarse contra él, mas no darme las pistas para derrotarlo.

—Eso, mi querido imponente y majestuoso dragón— tocó su nariz con la punta del índice antes de guiñar un ojo—, te lo dejo de tarea.

Se marchó, fiel a su costumbre de hacerlo con aquel guiño de ojo y llevándose la última palabra.

Con la exhalación de un toro bravo porque aquel supuesto avance que pareció asomarse durante todo el diálogo no había sido más que arena entre sus dedos, puso a trabajar su mente en la redacción de un insulto lo suficiente ponzoñoso para detenerla, el planteamiento arrojado cual materia de producción, sin embargo, endureció hasta el más pequeño de sus músculos.

¿No que, a media plática, se preparó para no dejar que Yura avanzara en su contacto? ¿No que había concebido a la seducción como un recurso por demás inútil e incluso de risa viviendo de un supuesto dios?

¿Qué carajo acababa de suceder?


Apostada en una esquina de la pared, a salvo del ángulo avizor de Seto y Yura, Kisara derramaba sendas y auténticas lágrimas al ser testigo del abrazo que ambos habían compartido.

Su mano, reposada en el pecho, a la altura del corazón, arrugó la tela de su pijama al volverse un puño.


Referencias:

() Estoy en sumo grado afligida por la redacción. En las notas iniciales me propuse, y me sigo proponiendo, que no contenga palabras rebuscadas ni metáforas exageradas en aras de aparentar un léxico superior y para no caer en la prosa púrpura. Sin embargo, tampoco quiero que este detalle le reste calidad a la obra, so, ando buscando un equilibrio entre ambas vertientes. Por eso, les vuelvo a preguntar: ¿se sienten cómodos leyendo? ¿Qué opinan sobre la manera en la que se va escribiendo la historia? ¡Los leo y los amo!

() Perdonen que Yura sea una metomentodo, pero necesito desarrollarla ahora para poder desecharla después. Y bueno, qué más puedo decir, Anubis sigue siendo el rey de esta historia. X'D