Advertencia: Capítulo más largo de lo habitual por ser el último de la primera parte. En total, son 4.349 palabras sin contar los anexos. Abuso de las comparaciones y de los paralelos, además de párrafos enteros que se repiten. Todo es adrede: algunos capítulos pueden requerir un determinado tipo de recurso literario.
Inspiración musical: Aunque es de noche— Rosalía.
En el mapa de Kaiba Land, que Seto había hecho norma fijar en cada establecimiento, el Castillo Kaiba y el Blue Eyes Adventure eran dos construcciones enfrentadas. En la leyenda se indicaba, por añadidura, el mini hospital que con el mismo esfuerzo había sido dispuesto a las urgencias como las que Seto y Jonouchi, en sentido paralelo, acababan de protagonizar.
Los dos se introdujeron al ascensor aprisa, los dos echaron maldiciones a la aparente lentitud en el descenso y los dos tomaron la salida de emergencia en cada vestíbulo, lo que le dio a Seto cierta ventaja por estar ubicada en la parte trasera mientras que Jonouchi había tomado la que se hallaba en una posición lateral. Los dos lucharon por hacerse un lugar entre la concurrencia, la que les impidió ver que uno iba en pos del otro, y cuando avistaron la entrada del hospital, exhaustos por el ejercicio de correr y cargar con los cuerpos, sucedió el encuentro al fin.
Seto y Jonouchi se sostuvieron la mirada, el uno con Kisara y el otro con Yura, el uno viendo un reflejo en miniatura en el iris del otro, y el uno sintiéndose tan parecido al otro que, por una milésima de segundo, se creyeron frente a un espejo en vez del uno frente al otro.
Pese al nervio que debía encrespar el momento, Mokuba— que había estado al frente de Seto ayudándole a despejar el camino entre los acudientes al parque— no pudo evitar soltar una risa al notar ese delgado hilo conductor que invisible parecía enlazar la mirada de su hermano con la de Jonouchi, y ante lo cómico de ver a dos personas que antes se proclamaban odio por el universo de diferencia que les separaba, ser puestos en una situación que, lejos de afianzar sus diferencias, les unía en similitudes.
— ¡Kaiba!
— ¡Jonouchi!
Las exclamaciones llevaron al menor a recordar que, a partir del duelo del rubio contra Marik, su hermano mayor se dirigía a él por su apellido (1).
— ¡Por tu propio bien, espero que tengas una buena explicación al porqué Yura está entre tus brazos!
Jonouchi enarcó una ceja, para ser una empleada más en la Corporación, Kaiba se había referido a ella con sospechosa familiaridad. El detalle perdió importancia frente a la suspicacia de toparse a la mujer que también él amparaba entre sus brazos, y que por un motivo ajeno, le había resultado conocida, como si la hubiera visto antes.
— ¡Mira quién habla, el tipo que por arte de magia carga con otra chica muy parecida en iguales condiciones!
— ¡Cuida tus palabras, animal, te recuerdo que yo soy tu jefe!
— ¡Anda, despídeme, no es el único trabajo honrado en Ciudad Domino!
— ¡CIERREN LA JODIDA BOCA! — Mokuba se plantó entre los dos con las manos extendidas, sintiéndose árbitro en un ring de boxeo—. ¿En serio les parece buen momento para una de sus riñas? ¿Cada quien con una persona desmayada en brazos?
— ¡Ja!
— ¡Hmp!
—¡No sean ridículos! ¡Al hospital! ¡A-HO-RA!
Seto se adelantó con un gruñido. Jonouchi, farfullando, le siguió el paso.
—Y se supone que yo debo ser el más infantil. Puff, ilusos.
— ¡Jonouchi!
El nombre se volvió un pensamiento colectivo que sincronizó más que la voz de Yugi, Atem y Honda tras presenciar la evaporación de Aigami. La extensa corredera, que tendría una pausa en la entrada de Kaiba Land, los dejó con la lengua alargada, el sudor perlando la frente y las manos apoyadas en las rodillas en un ejercicio para recuperar el aire.
— Atem… —Nombró Yugi, deteniéndose cada tanto a inhalar—. Tú busca a Jonouchi, Honda y yo nos ocuparemos de la multitud que me reconocerá al vuelo. Aprovecha esa distracción y la gorra que llevas puesta para colarte.
—Kaiba Land debe ser enorme…
—Hay un mapa en cada bloque— detalló Honda—, Jonouchi trabaja en la Duel Tower Cafe, ubicada a dos pisos del último en el Blue Eyes Adventure.
Asido a la energía de su asentimiento, Atem se mezcló entre la multitud que, cumpliendo la predicción de Yugi, se formó en un círculo, atraída por la presencia del Rey de los Juegos como una colmena de abejas tras una pequeña gota de miel.
Moviendo los ojos en cada dirección al ritmo de sus acelerados pasos, a fin de hallar la orientación del mapa, una conversación aleatoria llegó a sus oídos.
— ¿Quién será la chica que Seto Kaiba llevaba en brazos? ¡¿Y si es su novia?!
— ¿Seto Kaiba también? —dijo una voz, con un tono que dejó en evidencia la misma confusión que Atem experimentó al escuchar el diálogo. Se detuvo a una distancia prudente, esperando la continuación—. Cuando me alejé a comprar la soda, un sujeto con una chica en brazos andaba empujando a quien se le cruzara en el camino. Creo que se dirigía al hospital.
— ¡Yugi Mutou! ¡Yugi Mutou está en el parque!
— ¡¿Dónde?! ¡¿Dónde?!
— ¡Por allá! ¡Vamos!
— ¡Estúpido, mi soda, idiota!
Sin la gente obstruyendo su visión, logró divisar el mini hospital: al fondo a la derecha.
—Bien, las dos están siendo asistidas por el personal médico— informó Seto, saliendo de la habitación donde ingresaron a Kisara. Mokuba suspiró en alivio y su compañero dejó de afincar la espalda en la pared—. Ahora, Jonouchi, explica cómo es que Yura fue a parar contigo.
—Visitó la cafetería, le atendí como a cualquier cliente, se estaba despidiendo, de repente, perdió el brillo en los ojos y casi se desploma en el suelo— describió en el orden que si contara los números del 1 al 5.
— Qué extraño— intervino el más joven de los Kaiba—. Con Kisara pasó igual. ¿Y si fue simultáneo?
El silencio apareció cual integrante nuevo en la plática, los tres compartieron la mirada unos con otros hasta que a Jonouchi se le iluminó el pensamiento.
— ¡Lo tengo, ya recordé dónde la ví! —Los hermanos Kaiba gesticularon musarañas, listos para escuchar la payasada del día, pero el relato sustituyó la mueca por un indeseado suspenso—. Esa chica es la que estaba siendo apedreada por los lugareños en las memorias de Atem (2). Ella fue rescatada por…
En vez de poner punto final a la oración, amuzgó los ojos en Seto.
—Todo es culpa tuya, Kaiba.
Debía tomarlo como un insulto por la formal acusación en su contra, mas la voz jovial de Jonouchi, que adquirió un agudo mezclando la certeza con la sinceridad, hospedó en Seto el presentimiento de que el rubio sabía cosas que él no, cosas que podrían ponerlo en jaque, y que él había omitido tras aquellos puntos suspensivos porque estaba tan seguro de tener la razón, que no necesitaba someterlo a una de sus tantas discusiones para demostrarlo.
En una insólita primera vez, sintió la sombra del antiguo sacerdote superpuesta sobre su figura, como si se proyectara en él, y lo fastidió al punto de querer sonsacar el final de la oración a Jonouchi aunque debiera recurrir a los puños. Al instante se le vislumbró impropio incluso para sí, de manera que procuró ajustarse a la personalidad que desde siempre había reflejado a los demás. Ya daría con la verdad diseñando sus propios métodos.
—Una palabra más y puedes pasar a recoger tu liquidación.
—Basta. — Mokuba volvió a inmiscuirse—. Jonouchi, será mejor que regreses a la cafetería, allá te necesitan más que aquí. Mi hermano y yo nos encargaremos de las chicas. Si quieres, yo mismo puedo mantenerte al tanto en cuanto haya novedades. Pero de momento, conviene que te vayas.
— ¡Señor Kaiba!
El de ojos mieles abría la boca en formulación de respuesta cuando la estresada voz de un enfermero tomó partido.
— ¡La señorita Kisara despertó en un estado de histeria gritando su nombre!
—Maldición.
Seto acompañó el carraspeo con el trazo furibundo de sus siguientes pasos, que Mokuba se apresuró a imitar.
— ¡Hermano, espérame!
— ¡¿Y Yura?! — Le gritó al enfermero, quien alzando las cejas y musitando un desorientado "¿eh?" le dio a entender que no tenía idea de a quien estaba refiriéndose—. ¡La chica que yo traje, menso! ¿O acaso esa tal Kisara es la única paciente que se molestaron en atender?
— ¡Jonouchi! — Girando la cabeza en la dirección en la que provenía su nombre, se halló con un Atem esforzándose por recuperar el aliento.
— ¿Atem?
—Estás bien, gracias a Ra...
— ¿Por qué dices eso? ¿Qué ha pasado? —Katsuya comenzó a sentirse igual de sofocado.
—Aigami desapareció en nuestras narices y…
Jonouchi apretó entre los dientes una sonrisa irónica.
—De vuelta a los viejos tiempos, amigo.
La arena del desierto se deslizaba entre sus pies. Alzó sus ojos azules al cielo, donde las estrellas dejaban caer un velo de luz que eclipsaba la oscuridad.
Una silueta se interpuso en el horizonte de su mirar. Emprendió camino con la esperanza de hallar sosiego, y a medida que avanzaba, la vestidura en azul forrando la espalda definida invitó a su corazón a saltarse varios latidos.
— ¡Señor Seto!
La silueta se giró, revelando la imponente presencia del hombre de piel bruñida e hipnóticos ojos azules.
Ella tendió los brazos cual pajarillo sacudiendo sus alas para tomar vuelo, pero su fervor fue recibido con un brusco empujón que la llevó a morder el polvo.
—Se… ¿Señor Seto? — La voz sufrió un requiebro a la par de su adolorido corazón. Él fijó en ella todo el peso de su desprecio.
—Apártate de mí, burda copia. Insulsa existencia por imitación.
— Señor Seto… ¿Por qué? — En su oído percibía el redoble de sus propios latidos combatiendo el filo de aquellas palabras—. ¿Por qué si yo lo…?
—¿Si tú me amas? ¡Por favor! No me hagas reír. —Se burló henchido de cinismo—. Para ti, yo soy una ilusión a la que te aferras para dar sentido a tu inútil existir. ¿Quieres el verdadero por qué? Porque Yura te ha mentido: ella es la imagen original frente al espejo, ella es la existencia que tú imitas. Y ella, Kisara, es la mujer a la que yo amo.
Su faz inexpresiva profundizó el silencio sobre sus labios. Se quedó así, quieta, sin conjugar verbos ni mover un músculo.
—Pero si ella desaparece, puede que dejes de ser una copia. Si ella desaparece, puede que tú pases a ser la única y auténtica existencia… Si ella desaparece, puede que yo te ame.
La arena del desierto se deslizaba entre sus pies. Alzó sus ojos azules al cielo, donde las estrellas dejaban caer un velo de luz que eclipsaba la oscuridad.
—Yura…
Escuchó su nombre fluir en un murmullo, y al extender la vista hacia abajo, de las arenas emergió la figura de Aigami. Su cuerpo parecía fusionado a los corpúsculos, como si se hubieran transformado en una corriente de agua y él levitara en la superficie.
— ¡Diva!
Ella se puso en cuclillas y trató de tomar su mano.
—Escúchame, Yura. Por favor.
— ¿Por qué estás aquí? ¿Qué es este lugar?
—Debes entender que nuestro señor está en lo correcto.
— ¿Qué está en lo correcto dices? — A Yura le vibró la piel de indignación, el trajín entre Anubis y los dioses estaba empujando sus límites—. ¿Entonces por qué me ocultó que Jostet había reencarnado? ¿Por qué me ordenó asesinar a Seto Kaiba? ¿Por qué nos hace esto?
—El anhelo escondido en su corazón, la razón por la cual ha hecho todo, es porque desea nuestra salvación, desea salvar a Seth tanto como a ti, a mi y a todos.
—Seth es otro dios…
—Tras la muerte del Faraón Seto, quien era el usuario anterior, Seth formó el alma de Seto Kaiba a modo de coraza para proteger la suya, reencarnar y escapar al Juicio Divino. Anubis no tiene derecho a poner su alma sobre la balanza a menos que se separe de la de Seto Kaiba.
Los ojos de Aigami perdían lucidez, una mancha gris invadía el ámbar.
—Pese a no ser un dios, nuestro señor hizo lo mismo con Jostet. Lo envolvió en Jonouchi Katsuya para que pudiera reencarnar. Anubis no te hizo la promesa bajo falso juramento, Yura, él de cierto persigue hacerle justicia a Jostet, oficiar un juicio justo a los dos.
— ¿Y por qué dictaminó matar a Seto Kaiba?
—Porque Seth te ama, Yura.
—No, eso no es cierto…
—Anubis quería probarte, quería probar si eras capaz de perdonarlo, de volver a enamorarte, y que así el amor entre ambos equilibrara su balanza.
La voz se tornó lejana, un susurro al viento.
—No, Diva, esa no es la verdad. ¿Acaso no te das cuenta? — Buscando su mano, atrapó un puñado de arena entre sus dedos—. No importa qué camino escoja o a quien de los dos yo destine mis sentimientos. Si elijo a Jostet, despertará la ira de Seth, si elijo a Seth, despertará la ira de Jostet. Todos los caminos desembocan en un solo acontecimiento: el renacer de Seth. Ese es el verdadero y único deseo de Anubis.
—Tú más que nadie debería comprenderlo.
— ¡Diva!
Sumida en el horror, observó a la arena engullir el cuerpo.
—Después de todo, Seth es para Anubis lo que Jostet es para ti.
Abrió los ojos en un estirón. La luz fluorescente, atrapada en la bombilla del techo, reemplazó la luminiscencia de las estrellas en el cielo del desierto.
—Al fin despiertas, Yura— enarboló Atem a un costado suyo.
Intentó responder, pero su cuerpo se quejó. Lo sentía entumecido, cual si una máquina arrolladora le hubiera pasado por encima. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, logró erguirse a medio cuerpo en la camilla.
La colisión de sus ojos azules con los mieles de Jonouchi provocó una sensación de quiebre en su corazón, como si el órgano se hubiera desprendido de todos los tejidos que lo mantenían dentro de la caja torácica y se hallara rodando por los suelos.
— ¿Cómo te sientes?
Le sonrió. Lejos de brindarle sosiego, lejos de ocasionar un estallido de felicidad por el halo de preocupación que en apariencia dirigía hacia ella, contribuyó a hendir el vacío que había en su pecho ya no porque su corazón había rodado en el piso, sino por ser ella una traidora que ni siquiera merecía tener uno.
Y comprendió, muy a su pesar, que Anubis había sido piadoso al momento de elegir su castigo.
Y comprendió, muy a su pesar, que no tenía ni redención ni escapatoria.
Toda la firmeza reunida previo a enfilar los pasos hacia la cafetería se derrumbó en vínculo a la primera lágrima.
— ¡N-no llores! —El rubio dibujó la trayectoria de la mano a su mejilla, retrocediendo a medio camino—. ¡Iré a buscar al médico!
—Agua...— replicó ella, a tan mínimo decibel que Jonouchi se detuvo y aproximó el oído—. Quiero un poco de agua.
— ¡Enseguida la traigo!
Una vez cerciorado de la ausencia de Jonouchi, Atem la enfrentó sentándose a sus pies en la camilla, mirándola con una compasión que bordeaba lástima.
—Jonouchi te socorrió —reveló, sin esperar la pregunta—. Te desmayaste al minuto de Aigmai desaparecer mientras gritaba, cerrado en angustia, que debía contarte el verdadero propósito de Anubis.
— ¿De… Desapareció?
Atem se limitó a asentir con el gesto atribulado del médico que anunciaba la muerte del paciente a sus familiares.
—Es mi culpa… Todo esto es mi culpa.
Sus ojos amatistas vieron más lágrimas acumularse en las mejillas.
—No es tu culpa, yo… Yo lo siento. —El dolor empezó a acuchillar a Yura y él, sin poder impedirlo, se resignó a buscar la manera de amortiguarlo—. Digo, siento que ambos nos debemos una disculpa.
Ella apartó sus lágrimas y agudizó su sentido del oído.
—Debí considerar tus sentimientos hacia Jonouchi por encima de tu papel como ficha de Anubis.
—Y yo debí considerar que tú, al igual que yo, velabas por su bienestar.
Los dos se dedicaron una débil sonrisa.
—Presiento que Anubis "esfumó" a Aigami a modo de advertencia— retomó el tema principal—. Quiere mostrarnos lo que le depara a quienes osan desafiarlo.
—Yo… yo no tengo esperanza. Estoy condenada sin importar lo que venga.
—No digas eso…
—Es la verdad— repuso—. Quiero proteger a Jonouchi, pero, ¿cómo hacerlo cuando yo por mí misma no soy más que una amenaza para él? —Se detuvo a contemplar sus manos, palma y dedos como si su condena estuviera allí, como si fuera sensible al tacto—. Y lo peor de todo es que, muy a pesar de que ya lo sé, muy a pesar de cuán consciente soy de ello… Estoy dispuesta a mentirle si con eso logro acercarme a él, si con eso puedo ganarme un espacio en su corazón.
—Yura, te recuerdo que Jonouchi no es…
—Es toda una vida de diferencia. Lo sé, joder, ya te digo que lo sé. Lo sé porque Seto tampoco es el mismo, Aigami no era el mismo, yo no soy la misma… Tú, supongo, tampoco fuiste el mismo. —Los ojos amatista persistían enfocados en ella—. También sé que cada mentira es un adeudo a corto plazo con la verdad, que si se comete el error de acumularlas en pila, al igual que los secretos, se vuelven un muro de concreto que se derrumba encima de uno mismo, y sin embargo…
Atem la invitó a proseguir manteniéndose atento.
—Y sin embargo, también sé que buscaré cruzar nuestras miradas, también sé que inventaré todas las excusas y pretextos para volver a verlo, también sé que trataré de coincidir con él en todos los lugares que frecuente, también sé que moveré cielo, mar y tierra para que él se enamore de mí y que yo me enamoraré de él.
Yura no puso freno a su llanto, dejándolo fluir parejo a sus sentimientos.
—También sé que voy a mentirle por miedo a que desaparezca como Diva, pero si bien puedo mentirle a él, no puedo mentirme a mí misma, Atem. Por eso, cuando llegué a la cafetería, su nombre fue lo primero que quise escuchar, y sí, es egoísmo, es ambición, llámalo un imposible o una ilusión con los días contados pero… Quiero que Jonouchi Katsuya me ame tanto como me amó Jostet.
— ¡Aquí está el agua!
El tricolor dio un pequeño brinco ante el intempestivo regreso del rubio. Yura, por su parte, se apresuró a eliminar la huella de sus lágrimas con el dorso de la mano, estallando en una carcajada.
Admirando la sonrisa de dientes expuestos con la que se acercó a ella y le ofreció el vasito de cartón reciclable.
—Perdona la tardanza, me perdí en los pasillos. ¡Se parecen tanto que me sentí en un laberinto!
Yura pensó que solo él podía hacer que ella pasara de sentirse la mujer más miserable del mundo a la que era capaz de explotar la capacidad del globo terráqueo, con el simple hecho de sacarle una risa por trivialidades tales como las que acababa de relatar.
—Al menos les dí el tiempo de presen...
—El médico necesita revisar a Yura.
La imperiosa octava de Seto reventó la burbuja que de a poco había empezado a rodearlos en su círculo. Katsuya arrugó la nariz y torció los labios, preparando un insulto que la presencia del auténtico galeno redujo a un chasquido de lengua.
Los dos visitantes enfilaron rumbo a la salida bajo la inspección del Kaiba mayor.
—Jonouchi— acuñó Yura, viéndolo a un pie del umbral—. Gracias, muchas gracias.
El agradecimiento que se plasmó en los ojos azules añadió un nuevo matiz de azul a los orbes, luciendo más vivaces e inmaculados que los que Seto había encarado. Dentro del globo ocular tuvo su nido la adoración y reverencia que Kisara tendía en la palma de su mano, las mismas que él pretendía originar en Yura, y ser testigo de la manera gratuita en que la había rendido a semejante mediocre, lo motivó a cerrar con un portazo antes de que siquiera pudiese atisbar a detalle el ojo miel que Jonouchi le guiñó en respuesta.
— ¡Atem! — Gruñó nada más tenerle de frente. Se sentía enfadado, muy enfadado, y el pique le subía como lava a un volcán en su punto de erupción—. ¡Espero que hayas iniciado los preparativos para nuestro duelo definitivo!
Atem, bendecido con su propio cuerpo, fue invadido por una suerte de euforia que lo hizo sentir vivo, cual si aquella fuera la primera vez que "sentía" por sí mismo. Se regocijó al descubrirlo. Era irónico, demasiado en realidad, pero incluso teniendo aquel cuerpo bajo su plena dirección, le hollaba el sentimiento de que era él la sombra de Yugi y no al revés, de que todas esas sensaciones físicas y corpóreas debían pertenecer a Yugi y no a él, de que era un usurpador, alguien que seguía ocupando su lugar aunque el Rompecabezas del Milenio ya no pendiera de su cuello… Mas esa línea, que volvió a encender la rivalidad de Kaiba hacia él, trajo consigo un reencuentro consigo mismo, lo convenció de que ese cuerpo sí era suyo, de que esas sensaciones sí le pertenecían a él, Atem, de manera real y legítima.
Tal vez por eso, al momento de ver a Kaiba cruzar la puerta del Inframundo y penetrar en su palacio, sus labios se curvaron en una sonrisa idéntica a la que estaba formando en ese preciso instante.
—Si es que ganas los 99 duelos.
Fue el turno de Kaiba para doblar los labios.
—En 6 horas conseguí lo que Yugi tardó 8 años, crucé las puertas dimensionales como si fueran las de mi mansión, ¿y todavía tienes la desfachatez de pensar que esos ridículos 99 duelos son siquiera un obstáculo para mí?
—Entonces, ¿qué esperas para venir a por mi, Kaiba? Apostemos nuestro orgullo por última vez.
Porque así como Kaiba no era Kaiba sin esa rivalidad, Atem tampoco era Atem sin ella. Los duelos se habían convertido en el único medio de comunicación para los dos, en la única manera de entenderse, comprenderse y, finalmente, respetarse.
—Solo unos pocos días más y nuestro campo de batalla estará listo.
—Sí, sí, cómo no. — Katsuya entornó los ojos—. ¡Y la revancha será en el asilo de Ciudad Dominó!
—No estoy hablando contigo. Nadie ha dicho perro para que ladre.
— ¡Hijo de…!
—Vámonos, Jonouchi. — Cortó por lo sano el antiguo faraón—. No vale la pena gastar energía en eso.
Le atenazó una mano por el codo, arrastrándolo a la salida mientras el enojo contenido hacía palpitar la vena en la sien. A un tramo de distancia, el de pelo tricolor aprovechó la sombra que la visera de la gorra cernía sobre sus ojos para ocultar su mirada.
—Lo siento…
— ¿De qué te disculpas?
—De todo y por todo. Al parecer, no soy bueno solo en los duelos, también lo soy atrayendo los problemas que arruinan la paz siempre que asoma sus vidas.
Una mano pesó sobre sus hombros.
—Yo los necesito, Atem. —El aludido levantó la mirada, notando que ahora era su contrario quien tomaba prestada la sombra de los flequillos rubios para esconder sus ojos—. Prefiero preguntarme cuál será nuestra siguiente aventura, a qué chiflado con poderes mágicos debemos enfrentarnos mañana o cuáles trampas deberá superar nuestra amistad…
Había un repique entre las oraciones, como si le rasgaran la garganta antes de expulsarlas. Ansiosas por ganarle terreno a la tristeza que puso sitio en toda la extensión de su semblante.
—A preguntarme qué carajo debo hacer para que mí padre abandone su vicio por el alcohol, cuántas penurias más deberé vencer para lograr ser alguien en esta vida de mierda o qué otro sacrificio pude haber hecho para evitar que Mai se fuera de mi lado.
Era injusto, maldijo Atem, era injusto que a su amigo le tocara andar descalzo por aquel sendero de vidrio cuando allá adentro, a unas cuantas millas, había una mujer muriendo en ansias por ser su compañera de viaje, por amarlo aun al costo de batallar con el mismísimo dios de los muertos.
Lo merecía, dijo resoluto, aunque no en voz alta. Jonouchi se merecía todo el amor que Yura le profesaba. Lo merecía por encima de Anubis, de los dioses e incluso de sí mismo en su condición de privilegiado por ser el espíritu de un gobernador egipcio. Y sin embargo… Todo lo que podía encerrarse en aquel inhóspito e ineludible sin embargo…
"— ¡Oh Ra, que todo sea de acuerdo a tu voluntad!"
—Mi señor, Neftis ha barajado sus cartas.
Thot apreció la espalda fornida de Ra, el shenti (3) de lino enrollado a su cintura que se anudaba contra el cinturón de oro. Los pliegues del klaft que le cubrían las sienes, y al verle pasar las manos por el cuello, como si se colgara una prenda, en los antebrazos y los dedos se reflejó un puntito de brillo en el dorado de las joyas.
—Déjala echar suertes, Thot— espetó, sin voltearse a percibir la expresión acongojada del dios del tiempo—. Tiene mi aprobación.
—Mi señor, ella puede cambiar de apariencia conforme a sus antojos.
—Aun si lo hiciera, no puede ser más que un susurro al oído. Si atenta contra el espíritu del Dragón Blanco de Ojos Azules, la rabia de Seth la perseguirá hasta consumirla, y si algo odia Neftis más que a ese dragón, eso es la rabia de Seth.
— ¿Es inevitable, no es así? Me refiero al renacimiento de Seth… ¿Por qué, mi señor? ¿Por qué consintió el capricho de Anubis de querer poner su alma sobre la balanza?
—Anubis no será quien juzgue a Seth.
Ra se dio la vuelta, permitiendo a Thot confirmar que la prenda que se había puesto era el Rompecabezas del Milenio.
—Porque así como le di carta blanca para buscar la liberación de Seth, yo jugué la mía con el regreso de Osiris.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
(1) En el manga, esto es canónico en cierto modo. En Japón, el apellido se antepone al nombre, en su mayoría como muestra de respeto. De allí que, a lo largo de la serie, a personajes como Kaiba, Honda y Bakura se les conozca más por su apellido. Por lo general, se usa el nombre de pila cuando ya existe cierta confianza.
(2) Jonouchi viajó al Mundo de las Memorias tanto en el anime como en el manga. Tanto él como Honda se indignaron cuando vieron a los moradores apedrear a Kisara y atestiguaron cuando el Sacerdote Seto la rescató.
(3) El shenti es una suerte de falda con las características descritas en el capítulo. Y el klaf es la prenda con franjas que cae sobre el rostro de los faraones fallecidos e ilustrados en los bustos.
(0) ¡Y así concluimos la primera parte de esta intrincada historia! ¡Muchísimas gracias por acompañarme hasta su final! Me decidí por el título «La Corte Solar» porque 1. Es un término que Bastet menciona en capítulos anteriores. 2. En esta parte se hace mucho énfasis en cuál es el objetivo de Anubis y la intervención/influencia de los dioses en el curso de los acontecimientos. En resumidas cuentas, tenemos 7 dioses embarrados en la cagada:
1. Ra
2. Anubis
3. Seth
4. Thot
5. Bastet
6. Neftis
7. Osiris
(0) Me daré un tiempo en reposo antes de publicar la Segunda Parte. No puedo dar una fecha en específico, pero estimo que retomaré las actualizaciones por las fechas a mediados de octubre. No será una historia separada.
¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEERME!
