Inspiración musical: Fall Again — Glen Lewis.
Jonouchi cruzaba la plaza del reloj en camino a la casa de Yugi, el intercambio de palabras con Atem en el hospital lo había dejado inquieto. Pese a lo mucho que había insistido, rechazó aguardar por él hasta la hora de salida para tomar la ruta todos juntos y eligió regresar a la casa acompañado por Yugi y Honda.
Aquel seguiría siendo el curso de sus pensamientos de no ser por el atasco de vehículos que se avistaba en la intersección del semáforo próximo. Ya que debería pasar por el cruce peatonal de todos modos, apresuró el paso decidido a curiosear.
A una distancia comedida, reconoció a Yura con la mirada perdida en el horizonte mientras el oficial Kamakura (1) la guiaba por el cruce haciéndole señas a los vehículos en un intento de apaciguar la desesperación de sus conductores sonando las bocinas a modo de protesta.
Jonouchi se detuvo en la acera.
— ¡Hey, Yura!
La de ojos azules parecía espabilar de un largo sueño. Nada más verle, corrió lo que le faltaba de camino y se le arrojó encima en un abrazo que lo pilló desprevenido, pero que terminó correspondiendo de todas formas.
—Ah, veo que esta chica es tu amiga. —Kamakura resopló enseguida—. Eso explica su nulo sentido de orientación al andar por la calle.
—Oh, vamos, esa mañana iba tarde a la escuela y, además, mi bicicleta no le hizo un rasguño— le recordó en su defensa.
—Como sea. Esta jovencita echó a correr con los semáforos en verde, fue un milagro que no la atropellaran en estampida.
Jonouchi la miró intrigado. Ella se aferró a su chaqueta gris como si hubiera sentido el peso de la duda en su mirada y quisiera esconderse. La respiración agitada transpiraba contra su suéter color vino y podía sentir los latidos enloquecidos de su corazón cual si lo llevara en su propio pecho.
—Debe estar nerviosa por lo que sucedió en la tarde.
— ¿Lo que sucedió en la tarde?
—Es una larga historia, señor Kamakura… Pero no se preocupe, yo puedo hacerme cargo.
El oficial aceptó no sin antes darle un discurso sobre la importancia de la seguridad vial. En cuanto la ausencia de su voz confirmó su partida, Yura se decidió a encararlo. Los ojos hinchados y enrojecidos le contaron a Jonouchi lo mucho que había llorado y sus labios temblorosos, aún sin abrirse, le dijeron cuán difícil sería para ella relatar lo que le habría llevado hasta él.
—No te voy a preguntar qué pasó porque es evidente que nada bueno ha de haber sido. —Entrelazó sus manos en un intento de infundir confianza y le sonrió buscando contrapesar la tristeza—. Lo que sí quiero saber, es cómo puedo ayudarte, Yura. Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
Su expresión se le hizo familiar a la de Yugi cuando le dijo que lo quería en su duelo forzado por Marik, una combinación de alivio con agradecimiento. La semejanza lo imbuyó de alegría, contento de que alguien más que no fuera Yugi o su hermana o cualquier otro de sus amigos, lo mirara con esos ojos, que provocara en él esa candidez que se distribuía en su pecho y relajaba todo su cuerpo en una sensación de completo bienestar. Tal sentimiento era lo que le hacía enorgullecerse y repasar lo lejos que seguía estando de aquel delincuente juvenil al que le complacía ver la miseria de los demás para no sentirse solo con la suya.
—Llévame contigo lo más lejos que puedas, por favor.
—Bueno, lo más lejos que pensaba llegar ahora mismo es a la casa de Yu…
— ¡No, allí no! — Le gritó rozando la histeria, Jonouchi parpadeó confundido—. Perdón, yo… No quiero que tus amigos me vean así.
—Los chicos han visto cosas peores, créeme, no van a juzgarte— agregó risueño.
— ¿Por qué no vamos a tu casa? Al menos hasta que me sienta un poco mejor, luego podemos ir con ellos o con quien tú quieras.
—Oh, no. No querrás ir a mi casa, es el lugar menos apropiado que se nos puede ocurrir.
Jonouchi dio fe de sus palabras soltándose las manos y reclinando un paso hacia atrás en un acto reflejo.
—He visto cosas peores, créeme, no voy a juzgarte. —En sus labios palideció una sonrisa.
El rubio quedó con pocos argumentos a su favor para oponerse, ella, en primer lugar, lo había rematado con sus propias palabras.
Reflexionó que tal vez no perdía nada por aceptar. Si les resultaba la mala suerte de que su viejo estuviera presente a esas horas, lo más factible sería hallarlo roncando en el comedor, encima de los platos sucios por la comida que acababa de servirse y aferrado a la gota de licor en el fondo de una botella vacía.
Además, ¿por qué habría de avergonzarse? Ese viejo borracho era su padre, ese apartamento era donde vivía y lo poco que lo adornaba lo había conseguido de manera honesta. Sí, era pobre y quizás desdichado, pero a falta de dinero tenía dignidad, todavía le quedaba orgullo y, sobre todo, era honrado.
—Bueno, si tan convencida estás…
—Gracias.
La voz escuchó flaquear hacia la entonación final. Cuando emprendieron camino, el cabello blanco no le permitió ver más allá de su perfil, seña que, en el lenguaje de Yura —desconocido aún por él—, cualquier lugar era el indicado si le ahorraba la molestia de tener que dar explicaciones al faraón.
Siguieron de largo hasta dar con la calle a la derecha, doblaron luego hacia la izquierda, continuaron hasta la siguiente avenida y tras doblar en U, se pudo dilucidar al fin el complejo de apartamentos señalado por Jonouchi con el dedo índice.
Al abrir la puerta, dejó a Yura ubicar el sillón descascarado que ocupaba la sala, el pequeño estante casi pelado, el viejo televisor y el comedor donde, con la suerte a su favor, no hallaron a su padre bramando los ronquidos de borracho. Había dejado, no obstante, la botella de licor y los platos sucios sobre la mesa.
—Que conste que te lo advertí.
Ella, por toda respuesta, se echó a reír. Al principio pensó que por burla, mas las carcajadas pronto adquirieron la resonancia de un vaso de cristal impactando contra el suelo: el sonido de algo que se hacía trizas.
—Este desastre no se compara al que yo soy en este preciso momento.
Jonouchi se conmovió tanto que mudo le acompañó en la cortesía de quitarse los zapatos en la entrada. Se limitó a seguir la línea de sus pasos hasta el sillón, adelantando uno para retirar un envase vacío de fideos instantáneos antes de que tomara asiento.
— ¿Quieres algo de beber? Tengo algunas latas de soda en el refrigerador.
—Un poco de agua estaría bien.
Se dirigió a la cocina esperando que aquel breve período a solas le ayudara a despejar de a poco sus pensamientos. Al regresar con el vaso en mano, la observó beber del líquido, y una vez hubo terminado se lo pidió de vuelta con la intención de retornarlo a la cocina, de donde provino a tomar asiento a su lado.
Hubo un minuto de silencio entre los dos.
—No sé si quieres hablar o…
—Discutí con Seto tan pronto salí del hospital— soltó de golpe, mirando sin mirar en serio algún punto de la vivienda. Jonouchi reparó en que se había referido a Kaiba con la misma sospechosa familiaridad con la que Kaiba se había referido a ella. Decantó por no enfatizar el detalle queriendo evitar que lo interpretara como un juicio a su vida privada.
— ¿El malnacido no pudo siquiera esperar a que te recuperaras?
—Me acusa de provocar lo que pasó, piensa que soy la villana en turno, el lobo disfrazado de cordero.
—Pero si tú te desmayaste al igual que esa chica. ¡Él me vio llegar contigo en brazos! — Apretando los puños el rubio canalizó la indignación que comenzó a bullir. Traer a colación el recuerdo lo llevó a recaer en la imagen de la muchacha desvanecida en los brazos opuestos—. A propósito de esa chica, Yura, la conocí cuando junto a los chicos nos embarcamos en la aventura de recuperar las memorias de Atem, pero a ti no concibo haberte visto antes y ustedes dos son muy parecidas. ¿Son mellizas o algo por el estilo?
Yura cerró los ojos al tiempo en que se daba un largo bocado de aire y lo dejaba salir al instante de volverlos a él.
—No lo sé, Jonouchi. Lo único que sí sé, por la misericordia de los dioses, es que yo soy algo así como una "existencia espejo" de ella.
—Mientras estabas inconsciente en el hospital, Atem me comentó que tú apareciste junto con ella el mismo día en que él fue traído de vuelta.
—Así es.
—Entonces, así como él al principio, ¿tú tampoco tienes memorias de tu pasado?
Ella se mostró dubitativa.
—Puedo asegurar que mi existencia está ligada a Kisara mas no hasta qué punto. Eso es todo cuánto puedo decir de mí misma.
—Entiendo— produjo un corto silencio buscando dirigir la conversación hacia temas menos invasivos, no era su intención incomodarla—. Y, ¿en qué parte de Kaiba Land trabajas? Yo, como ya sabes, en la Duel Tower Cafe.
Hasta la formulación de aquella pregunta notó que todavía llevaba puesto el uniforme con el broche de las siglas KC en una solapa.
—En realidad no tengo un área en específico. Un día Mokuba nos dice a Kisara y a mi que debemos asistir a las tiendas, otro que necesita una mano en el Edificio de los Monstruos Encapsulados y así sucesivamente, aunque, en los últimos días, nos ha mantenido fijas en la Montaña Rusa Jet Ojos Azules.
—Oh, ya veo, ¿y Kaiba te ofreció trabajo desde que llegaste a esta época?
Yura se mordió un labio antes de contestar.
—Seto nos ofreció vivir en su mansión a cambio de trabajar para él, ¡pero detente allí! — Demasiado tarde, se dijo, la envidia ya le circulaba con la violencia de un torrente. Kaiba no tenía una sino a dos mujeres a su entera disposición. Mientras que él, muy bien, gracias. No había duda de que quien regía las fuerzas del universo tenía sus favoritos, información adicional que sin duda tomaría en cuenta en su próximo insulto—. No es como lo has de estar imaginando. Lo hizo porque supone que nosotras somos el puente para dar con la manera de sobrepasar las imposiciones de los dioses, no por caridad o por su vena de hombre. Al menos, no en mi caso, Kisara es un punto y aparte.
El rubio hizo memoria del momento exacto en el que "Kaiba milenario"— como le nació apodarlo— reprendió a los lugareños por apedrear a Kisara en paralelo a su propio malestar y fiebre por defenderla (2).
— ¿Eso es importante para ti, Jonouchi? — Terciando la pregunta lo sacó de su ensimismamiento, y pese a que la había dirigido a él, era ella quien se veía afectada—. Por lo poco que he visto, ustedes no se llevan muy bien que digamos, ¿pasará lo mismo con nosotros? ¿No te agrado por eso?
— ¡Qué va! — Repuso con aire divertido—. Si esas tenemos, entonces Mokuba debería caerme como una patada en las bolas pero no, al peque lo paso. Además, Kaiba no es el ogro que pinta ser y eso es lo que me enerva, que aunque, en el fondo, es buen tipo, po motivo prefiere que todo el mundo lo vea como un egocéntrico de mierda, esa hipocresía es lo que jamás podré tolerar.
— ¿Y qué hay de mí, Jonouchi? ¿Qué impresión tienes de mí?
Yura redujo la distancia tentativa entre sus rostros en una moción lenta. Dada la nueva cercanía, sus ojos azules lucieron un parpadeo de ilusión y expectativa que los volvió brillosos y espejeantes. Jonouchi buscó las palabras, pero se le perdieron tanto como él estaba en su mirada y en el intento de recuperarlas, abría y cerraba la boca igual a un pez intentando respirar fuera del agua.
La nariz de ella acariciaba la suya y entre ambos la respiración se convirtió en un vapor de fuego que advertía lo peligroso del nuevo silencio, de su facilidad para mutar de lo abstracto a lo palpable que hasta el aire se sintiera espeso y dificultoso de respirar, y al final terminara siendo tan insostenible que un estallido resultara imposible de controlar.
Ese silencio que instalaba el presagio de que, si las palabras estaban ausentes, era porque no se necesitaban, porque su lugar podría ser ocupado por algo de mayor fuerza: las acciones.
Justo como el beso que Yura estampó en sus labios.
Todos los sentidos de Jonouchi se detuvieron con un pitido parecido al de la máquina que indicaba la ausencia de latidos en el corazón.
Se quedó rígido, atónito, en un limbo hasta que ella, con un movimiento tímido, aprisionó su labio inferior, como pidiendo permiso para iniciar el compás.
Hubo un pequeño brote dentro de sí mismo que lo invitó a dejarse llevar, a cerrar los ojos cual bailarín concentrado en la música para sincronizar su cuerpo con el ritmo. Al principio se creyó rozando una pluma contra sus labios, que apenas retozaban con la blandura de los ajenos.
Ambos abrieron la boca al mismo tiempo, encontrándose sus lenguas, y volvieron a cerrarse la una sobre los labios del otro. Ella emitió un pequeño gemido que, sin embargo, lo devolvió de bruces al tiempo real.
Deshizo la unión esperando que, al abrir los ojos, fuera recibido por los cándidos orbes violetas de Mai, pero en su lugar halló las dos esferas azules de Yura. Entonces recuperó la conciencia sobre sus actos y se alejó de ella pegando un brinco cual si acabara de recibir una descarga de electricidad.
— ¡Jo-Joder!— Elevó las manos a la cara en un intento de cubrir la vergüenza de lo que había hecho y la creciente frustración de no tener las ideas en orden para sacar en claro la manera de justificarlo—. Te juro que yo no…
—No, no te disculpes. —Yura se puso en pie tocándose los labios tensados en una amplia sonrisa—. Este beso es lo mejor que me ha pasado desde que fui arrojada en esta época.
— ¡Tú no lo entiendes! — Le vociferó, y pese a exhibir la impresión de que descargaba su ofuscación con ella, en realidad se sentía irritado consigo mismo—. Tú no eres Mai y yo…
Y el simple hecho de mencionar el nombre derrumbó todas las afirmaciones en su defensa cuando, en el segundo anterior a verle partir, los flequillos blancos— de forma irónica— ensombrecieron los visos de su rostro y aparentó haberse marchado con una cinta negra sobre los ojos.
No la detuvo y fue lo mejor. En su estado de confusión no hubiera sido capaz de ofrecer una explicación puntual a lo que había ocurrido.
Pero, ¿acaso se la debía a Yura? Jonouchi se contestó que no, que, de hecho, era Yura quien se la debía a él. Ella orquestó el beso y aunque él tuvo su cuota de participación al corresponderle, no era un sentimiento de culpa o remordimiento lo que conducía sus pasos a la Montaña Rusa Jet Ojos Azules.
Convencido de que Yura había malinterpretado sus muestras de solidaridad, antes de abordar la atracción se preparó afinando sus rasgos en una mueca de indiferencia, gesto que casi se le deformó en un pulso de ansiedad luego de que ella notara su presencia y se alejara del niño al que terminaba de ajustar el pase a la muñeca.
Los ojos azules que ayer parecían venerarlo, hoy le miraban con absoluta decepción grabada en la retina y él, en igualitaria contradicción, maldijo la empatía aprendida con Yugi, que lo hiciera tan receptivo y vulnerable a los sentimientos de los demás.
Se recalcó que era él quien debía lucir indignado y quién más tenía derecho a sentirse vulnerado, pero a punto de verbalizar, Yura alzó la palma abierta señalando que se detuviera.
—Aquí no— dijo, repartiendo la mirada en todas las direcciones—. Sígueme.
Bufó molesto. ¿Tan predecible era como para que ella supiera que iría a pedirle respuestas? Mas contuvo la ira en su interior para fermentarla y que fuera más corrosiva al momento de salir al exterior.
Reconoció el camino en cuanto lo emprendieron. Esa construcción tenía fama de ser el escondite donde Kudaragi y su pandilla grababan sus fullerías (3).
A salvo del conglomerado y de las cámaras de seguridad, ninguno tenía escapatoria. Ambos debían enfrentar lo que había sucedido.
—Antes de que me digas lo que tengas que decirme— la tranquilidad en su voz le anticipó que ella tampoco sentía culpa o remordimiento—, quiero dejar claro que, si bien me confundiste con la tal Mai, no me arrepiento de haberte besado y con gusto volvería a hacerlo si tuviera la oportunidad.
Toda la ira fermentada se pudrió en segundos.
— Lo que me confunde es qué fue lo que hice para motivarte a besarme, para provocar en ti estos supuestos sentimientos. Sí, te llevé al hospital cuando sufriste un desmayo y te brindé mi casa para que pasaras el rato, pero en ambos casos actúe como cualquier otra persona lo haría de acuerdo a las circunstancias.
Las palabras salieron de su boca como si la saliva hubiera sido aceite y resbalaran por su lengua antes de que pudiera ponerle freno, antes de impedir que revelaran su auténtico miedo: que aquel beso fuera el primer eslabón en cadena a otra relación fallida donde acababa con el corazón roto.
Por eso quería que Yura le diera una explicación, por eso buscaba con desespero las razones para fermentar la ira que en solo segundos se había podrido, era el único método de defensa que conocía: con esa misma ira tornar su mano un puño y que la promesa de un golpe lo hiciera ver fuerte e intimidar a cualquiera que amenazara herirlo.
— ¿Y no te parece suficiente, Jonouchi? ¿Acaso necesito conocerte de toda la vida o que sacrifiques tu vida por mi para yo quererte? ¿Para yo enamorarme de ti? ¿Así de mala persona eres? ¿Así de abominable te ves a ti mismo? Porque tus acciones demuestran todo lo contrario. Dices que actuaste como lo haría cualquier otra persona pero, ¿por qué fuiste tú y no uno de tus compañeros el que me llevó al hospital? ¿Por qué fuiste tú el que me prestó su casa y no el oficial aquel? Ellos también estaban allí, ellos son el "cualquier otra persona" que tú mencionaste, pero de todos ellos, el único en hacer algo por mí fuiste tú.
—Yo arrastro el fracaso de una relación, Yura. Y lo peor es que todavía la pienso, todavía quisiera estar con ella. No quiero estar contigo por despecho o por miedo a la soledad, no quiero hacerte daño…
Y, sobre todo, no quería hacerse daño a sí mismo.
—Tampoco te pido que lo hagas. No te pido que la olvides o que dejes de quererla. Eso, Jonouchi, me lo pido a mí, esa es mi meta, no quiero que sea la tuya. Lo que sí te pido, es que no cierres las puertas de tu corazón, que dejes fluir el sentimiento que te empujó a corresponder nuestro beso, que lo dejes ser y estar.
—Mierda… te juro que todo este tiempo solo he pensado en rechazarte, pero con cada palabra que dices, lo único que viene a mi cabeza es que puedo llegar a enamorarme como un estúpido de ti.
—Y con lo que tú acabas de decir, ¿cómo pretendes que yo no quiera estarlo?
—Pero, al igual que Atem, tú eres un espíritu antiguo. Un alma que tiene un lugar al qué regresar, y si te dejo entrar en mi corazón, si me enamoro como un estúpido de ti o aun si permito que tú te enamores así de mí… Tal cual pasó con Atem, algún día tendré que dejarte ir, y ese día volveré a ser el mismo perro perdedor de siempre, el que se queda sin ton ni son.
—Tienes toda la razón. Algún día me verás partir y yo tendré que despedirme. —El corazón de Jonouchi se veía palpitar por encima de la ropa—. Sin embargo, y aunque Atem se fue, quedaron los recuerdos a su lado. Quedaron todas las lecciones y todos los bellos momentos que pasaron juntos y que dio vida a esa amistad que sigue tatuada en tu corazón, esa amistad que lo hizo presente aunque él ya no estuviera contigo. Eso es lo que yo quiero ser para ti, Jonouchi. No la mujer que más vayas a amar en el mundo, no tu alma gemela, no el amor de tu vida. Con tan solo dejar una pequeña huella en tu corazón, tengo suficiente para ser la mujer más feliz del mundo.
Jonouchi permaneció en mute, sintiendo el filo de la espada por delante y lo sólido de la pared por detrás. Pensó en Mai, en el final feliz que auguraba a su lado. ¿Y todo para qué? Concluyó que no valía la pena romperse la cabeza por el riesgo de un corazón roto.
"—¡Qué va!"
Con Mai le había sucedido y pese a que hubo noches en las que lloró a cántaros por su ausencia, y pese a que hubo días en los que respirar era un vago ejercicio de costumbre, y pese a que llegó a creer que su mundo dejaría de girar sin ella, él seguía allí, de pie, manteniéndose firme en la lucha con sus adversidades, conquistando unas y perdiendo contra otras.
Y así como Yura le había propuesto, quedó una enseñanza, una que él sintió que la vida le estaba impartiendo para que la pusiera en práctica en esa fracción de tiempo. Para que comprendiera que el verdadero riesgo era no arriesgarse.
Vio en Yura un reflejo de su deck: había un sinfín de posibilidades en cada carta, pero si apostaba su fuerza de voluntad, su determinación y toda su confianza en un robo, podría cambiar el curso de cualquier duelo.
Y a él le encantaba desafiar el azar.
—Es mi turno ahora.
(1)Este hombre es a quien Jonouchi casi atropella con su bicicleta en la película. El nombre me lo he inventado yo, jajaja.
(2) En el manga, Jonouchi se indigna sobremanera cuando los egipcios apedrean a Kisara y adopta una posición defensiva queriendo protegerla.
(3)Es el mismo lugar al que Aigami conduce a Yura para hablar en privado en el capítulo 10. Solo que Jonouchi lo conoce más a fondo porque, como ya saben, conoce de antemano a la pandilla de Kudaragi debido a la escuela.
(+) Les advierto que mis notas de autor para este cap serán un poco más largas ya que el JonoxYura es mi cliché culposo.
A ver, podría haber ocupado más de un capítulo reflejando el impacto de la relación entre Jonouchi y Mai en la de Jonouchi y Yura, y sería válido, pero pienso que no vale la pena alargar la historia de esa manera y que con este capítulo vasta. Acá no vamos a hacer un guión de telenovela donde ambos están en constante tira y afloja, que sí puede que pase, pero no porque Mai sea un fantasma o un obstáculo entre los dos.
Lo digo porque sé que a veces suele ser incómodo ver a una OC con un personaje del cast original. Por lo general, las OC suelen caer mal porque se siente como si "opacaran" a los personajes originales de la serie o como que el autor las quiere meter a la fuerza donde no viene al caso y donde no es necesaria su presencia. Soy muy consciente de ello, y por eso este capítulo en especial está narrado desde el punto de vista de Jonouchi en su totalidad, porque es mi prioridad, los sentimientos de Yura ya fueron planteados y no debe dársele mayor importancia. En adición, esta historia es un AU post DSOD y post final del manga, precisamente para no alterar el canon en beneficio del OC o "meterla" donde no viene al caso.
Haré mi mayor esfuerzo para que no sientan a los OC's de tal forma. Igual, no serán muchos, me gusta usar a los extras o esos personajes que suelen pasar desaparecidos como el tipo al que Jono casi atropella con la bicicleta. :')
¡MUCHÍSIMAS GRACIAS POR LEERME!
