Inspiración musical: Hurricane — 30 Seconds to Mars.
Advertencia: Capítulo mucho más largo de lo habitual porque uno, es navidad. Dos, no sé cuándo volveré a actualizar esta historia, me voy a tomar unas vacaciones en hiatus. X')
—Es mi turno ahora.
Poco importaba en qué otros asuntos Jonouchi quisiera repartir el espacio de sus pensamientos, los besos que habían sucedido a las palabras los echaban fuera ocupando todo, haciéndose dueño de todo y provocándole cosquillas en los labios cada que los revivía.
Más de un compañero de trabajo le había comentado lo abstraído y despistado que se le notaba en los últimos días. ¿Cómo no estarlo? Se preguntaba, aunque no a modo de respuesta para ellos. Los labios de Yura tenían el efecto del algodón de azúcar, que una vez en el paladar, se disolvía dejando en la boca un adictivo sabor a dulce.
— ¿Este beso quiere decir que me aceptas?
Sería un estúpido, si no. Yura no le pintaba un mundo donde todo era color rosa y la maldad no existía. Le había restregado que no podía garantizar que su corazón saliera ileso, que en cualquier momento desaparecería como Atem en el Duelo Ceremonial, y aun siendo consciente de lo que arrastraría consigo…
Quería intentarlo.
¿Cómo rechazar a una mujer así?
—Acepto que esto fluya, dejarlo ser y estar.
Esa declaración era lo que más le mantenía abstraído y despistado a ojos de sus compañeros. Dejar todo fluir daba cabida a los sentimientos en un limbo, entre el ser y no ser. No le prometía una relación sólida, estable y duradera, mas tampoco le cerraba las puertas a la felicidad a su lado. Jonouchi prefería decirse que era lo mejor considerando la incertidumbre de no saber cuándo le tocaría despedirse, antes de reclamarse que, por otro lado, su relación fallida con Mai le había desarrollado la secuela de rechazar el compromiso a fin de no exponer su corazón a que se lo devolvieran hecho grumos.
—Entonces, ¿soy tu "novia" a partir de ahora?
Mai, que había sido "su novia", lo puso a elegir entre ella o sus amigos. Katsuya no lo confesó a nadie, pero rememorarse a punto de abandonar a sus amigos era un peso en su consciencia por el que nunca dejaría de avergonzarse, y aunque comparar a Yura con Mai no era justo ni mucho menos inteligente, el miedo a repetir la historia se asomó a su pecho en cuanto le hizo la pregunta.
—No estoy seguro. A Mai también le llamaba "novia" y las cosas no terminaron bien ni con ella ni con los chicos. No quiero que esa etiqueta nos traiga mal augurio. ¿Por qué no dejarnos llevar y que sea el tiempo quien nos defina? Aun si no sabemos si será mucho o poco.
—Tienes razón, vivamos la aventura y punto.
—Una aventura… Me gusta esa palabra para nosotros. Las aventuras son emocionantes, te ponen al filo de la vida y se quedan grabadas en la memoria. De hecho, por todas las aventuras que viví con Yugi y los chicos es que hoy tenemos una amistad inquebrantable.
Por tanto, ¿qué eran él y Yura, en sí? Eran algo más que amigos y algo menos que novios.
— ¿Qué haremos con Seto? Trabajamos para él en cierto modo. No quisiera que echara mano de nuestra relación para perjudicarte o despedirte. No me lo perdonaría.
—Mientras estemos en Kaiba Land o en la KC, sí le debemos respeto, pero fuera, es nuestra vida privada. Por cierto, me llama la atención la forma en la que se refieren el uno al otro…
— ¿Celoso?
— ¿Debería?
— Es su nombre de pila, ¿no?
—En nuestra cultura solo se usa cuando existe cierta "confianza" entre dos personas.
— ¿En serio? No lo sabía. ¿Tu nombre de pila es Jonouchi?
—No, es Katsuya.
—Entonces no. No deberías estar celoso, Katsuya.
Todavía no se explicaba por qué una oración tan simple como esa le había empujado a reanudar el beso esta vez con hambre. Le tomó por sorpresa la facilidad con que su lengua se envolvió a la de Yura y que, pese a no ser un territorio nuevo por conquistar, sintiera una sed que pronto se convirtió en ansiedad. La ansiedad que por cierto empezó a devorarlo al mirar el reloj y reparar en que se acercaba la hora del almuerzo y Yura todavía no apersonaba en la cafetería.
Se les había hecho costumbre hacer coincidir su hora de almuerzo, aprovechando que las cláusulas que regían a los empleados incluían una tarjeta especial con la que efectuaban el pago de la dieta. Puesto que Jonouchi tenía a su favor la condición de ser, además, un dependiente directo de la cafetería, podía servirse lo que le apeteciera del menú sin ningún cargo siempre y cuando su consumo sucediera dentro del plantel, si por el contrario la comida salía del establecimiento, debía pagarla como un cliente sin excepciones.
Llevaban una semana dedicándose solo a conversar, sabiondos de que debían guardar las apariencias mientras se hallaran en labores. Sin embargo, para Jonouchi ese pedazo de cotidianidad, si bien trivial y en nada extraordinario, a medida que pasaban los días, adquiría la repercusión de un hábito, como desayunar o lavarse los dientes.
—¡Hey, Jonouchi! — Uno de sus colegas, de pelo negro y vivaces ojos café, le devolvió la sintonía con el tiempo en curso—. Ahí viene tu chica.
El sonrojo que le subió del cuello a la frente pintó en su rostro el bermellón de una manzana. Estando a punto de asegurarle una golpiza por el tono malicioso, le detuvo remontarse al origen. Kaiba optó por celebrar el aniversario de la KC y el lanzamiento oficial de la nueva actualización de Duel Links la hora previa a su horario de salida, de manera que no pudo asistir conforme a sus deseos. Por fortuna, la primicia copó los medios y los posibles clientes que debiera atender se conglomeraron en el evento, por lo que pudo atestiguar la proyección desde los televisores en la cafetería sin el temor a ser amonestado.
Cuando la estrepitosa nota de Yura se combinó al espectáculo audiovisual de ver al Dragón Blanco de Ojos Azules Alternativo proyectar su silueta tras la espalda y el público se unió en un "oh" colectivo, a Jonouchi la quijada se le veía desencajada.
Yura estaba despampanante. El conjunto de falda y blusa le daban un aire sugestivo y rebelde en comparación a Kisara. Su pelo blanco, entonces caracoleado, se mecía al compás de sus movimientos, y la elección del maquillaje consiguió el efecto de hacerle ver femenina en igual proporción a desafiante.
— Oye, ¿no es esa la misma que colapsó aquí el otro día? ¿La que Jonouchi tuvo que llevar a urgencias?
— Sí, vaya que se ve diferente.
—Al señor Kaiba le gustan de primera, como siempre.
Su vena de hombre le calentó la sangre y, otorgando a su voz un temerario acento de autoridad, repitió las palabras que rebotaron en su contra.
—Esa es mi chica.
Resumió toda la furia ocasionada por el recuerdo en una mirada que hizo tragar en seco a su coetáneo. Premuroso se acercó a recibirla, compartiendo ambos una sonrisa cómplice mientras caminaban a la mesa predilecta y él, de forma disimulada, la guiaba posando una mano en su cintura.
— ¿Lo mismo de siempre?
—Sí, lo mismo de siempre— contestó, pero a su parecer, faltaba brillo en el aspecto de su rostro.
En los días anteriores, ella le dedicaba una mirada de embeleso a la mínima interacción, cual si verlo era todo lo que precisara su felicidad. Jonouchi insistía en que no había hecho nada del otro mundo que le hiciera merecedor de tales sentimientos, pero vaya que los disfrutaba, a tal escala que, si bien Yura manifestó una sonrisa, no disipó el presentimiento de que algo no estaba en orden.
Permitió a la duda rondar su cabeza mientras buscaba los platos y los servía en la mesa, quizás esperaba el momento en que resultara oportuno decirlo con sus propias palabras. Mas dieron el "buen provecho", empezaron a comer y él no veía señales de sincerarse, incluso la forma en la que llevaba los alimentos a la boca era mecánica. La sensación de incomodidad que trajo consigo atisbar esos detalles lo impulsó a buscar su mano sobre la mesa. En lugar de la comida tenía un "¿Pasa algo?" en la bocalisto para salir cuando Yura la ciñó a la suya y se adelantó a sus palabras.
—Quiero irme de la mansión.
Más que atraparlo desprevenido, le llenó de alivio presenciar a los ojos azules recuperando su lustre, que de nuevo era él la razón por la cual lucían destellantes.
— ¿Por qué? ¿Kaiba te ha hecho algo? — "Al señor Kaiba le gustan de primera, como siempre". El comentario malintencionado regresó a pitar en su oído, volviendo a hervirle la sangre—. Si te hizo algo te juro por Kami que…
—No, no me hizo nada, Katsuya. Hemos hablado suficiente de que tu primera solución a todo incluya la violencia…
—No me pidas que reaccione de otra forma si alguien que me importa está de por medio.
— ¿Eso quiere decir que voy por buen camino y empiezo a ser ese alguien que te importa?
—Más de lo que te imaginas.
—No es justo, ahora quiero besarte.
—Eso tiene solución y no incluye a la violencia. —Le guiñó el ojo, sonriendo complacido cuando un bello tono rojizo le bordeó la cara. Antes de acercar poco a poco la suya, barrió su entorno con la mirada. Ella, interpretando su mensaje, salió al encuentro en un breve ósculo.
—Quiero independizarme de Seto— retomó tras finalizar la unión—. Pero el trato que hicimos conlleva obedecer sus órdenes a cambio de techo, ropa y comida. Si me marcho, no solo me quedo en el desamparo, sino que por demás estaría renunciando al lugar fijo en el que coincidimos, esa es mi mayor preocupación, Katsuya.
Jonouchi se sintió igual de miserable que cuando percibía el olor de los almuerzos de sus compañeros de aula mientras su estómago rugía. Yura estaba en un predicamento y él no tenía alternativas qué ofrecerle, seguía siendo un pobretón en comparación a Kaiba, que ponía a su disposición un palacio en el que incluso para sí era un sueño difícil de cumplir. ¿Sería por eso que su primera solución a todo era la violencia, porque era la única constante en su vida antes de conocer a Yugi?
— ¿Katsuya?
—Si tan solo pudiera brindarte un refugio digno…
—No te preocupes, entiendo que la situación actual con tu padre te lo impida.
Su comprensión, por alguna razón, se le antojó muy cercana a la compasión. Se reiteró que, a falta de dinero, tenía orgullo. No necesitaba la compasión de nadie. Todo lo que rodeaba a Kaiba tenía precio, mas lo suyo tenía valor, en especial la amistad, decírselo a su propio yo en el pensamiento le permitió corregir que sí tenía alternativas qué ofrecerle. Además, se mentiría si no reconociera que, iniciada su aventura con Yura, imaginarla conviviendo con Kaiba empezaba a enfermarlo.
— ¡Yugi! ¡Yugi puede ayudarnos!
Yura tensó los hombros a la vez que denotaba reticencia.
—No deseo molestar a tus amigos.
—Yura, tu actitud me mueve a sospechar que, por algún motivo que no quieres decirme, rehuyes a mis amigos.
— ¡No, no es eso! — Casi pegó un brinco de la silla—. Es que… En casa de Yugi vive Atem, no creo que haya espacio para mí, a eso me refiero.
—Está la casa de la hermana de Honda, la de Bakura que vive más solo que con su viejo y hasta el departamento que los padres de Anzu le rentaban. Claro que no son una mansión como la de Kaiba, pero…
—Que tenga o no lujo es lo de menos, Katsuya, pero si algo he aprendido con los hermanos Kaiba, es que el dinero es lo que hace girar a este mundo, y yo no tengo un céntimo.
— ¡Entonces que te pague! — La comida olvidada sobre la mesa se tambaleó al estampar las palmas abiertas en la superficie—. Dile que ya no quieres seguir viviendo bajo sus términos, que a cambio de renunciar a vivir en su mansión exiges el derecho a ser remunerada como una empleada cualquiera, así consigues el dinero y te libras de sus manos. ¿O es que acaso le temes? Porque siendo el caso, yo puedo hacerte el favor, eso sí, no prometo contenerme. Si me busca, mi puño lo encuentra.
El horror desfiguró sus facciones.
— ¡No, eso no! — Renovó el contacto entre sus manos, procurando apaciguar su fervor—. Pensándolo bien, tu idea es buena. Seto me quiere cerca porque supone que soy un comodín contra los dioses, de no vivir en su mansión, pero mantener mi papel como subordinada, le venderá la imagen de que me sigue teniendo en su dominio, lo que me facilita obtener el suficiente poder adquisitivo para no depender en lo absoluto de él.
—No entiendo, si tú no recuerdas nada de ti aparte de tu relación con Kisara, ¿por qué supone que eres un comodín contra los dioses?
—Ha de ser por mi aparición en simultáneo a la de ella. Sabrán los dioses qué rayos pasa por su cabeza.
—Kaiba y sus delirios de persecución. Se mira a semejante altura de la cima que cree que todo el mundo quiere destronarlo. Eso le pasa por no aceptar el valor de la amistad.
—Lo bueno es que podemos sacar provecho a ese delirio. —Fue su turno de guiñar el ojo—. ¿Sabes, Katsuya? Mientras estaba en camino, ensayaba la sonrisa que mejor ocultara mi angustia. No deseaba agobiarte con mis problemas, pero me bastó mirar tus ojos para sacarlo en bruto de mí. Antes de hablar contigo, me sentía como una rana enjaulada, en cambio ahora… Puedo vislumbrar una salida. —La mano que descansaba sobre la suya viajó a su mejilla—. Muchas gracias.
Embobado por la caricia, la correspondió rozando la yema de sus dedos.
— "Como una rana enjaulada"— rio por lo bajo—. Tus comparaciones son muy graciosas. —Al intuir que pretendía alejar la mano, se apresuró a depositar un beso en el dorso—. Entonces, ¿hablarás con Kaiba y luego iremos con mis amigos?
Un enérgico asentimiento se lo confirmó. Jonouchi fue arropado por una sensación de plenitud que lo elevó cual si fuera igual de liviano que una pluma volando por los aires. ¿Así se sentía que alguien le tuviera la confianza de contarle sus problemas? ¿Que consultara con él decisiones tan significativas como las que Yura estaba a punto de emprender?
El sentimiento no debería embriagarlo pues lo había experimentado ya con Yugi. Mai, por su parte, era una mujer independiente a la que le gustaba tomar las riendas de la situación por sí misma y pedir auxilio solo cuando se le agotaran todos los ases bajo la manga.
Y, sin embargo, lo hizo.
Lo abobó y al punto de comenzar a inquietarse: ¿no sería demasiado peligroso empezar a sentir cosas por una "aventura"? ¿Valdría la pena entregarse a un sentimiento en el limbo del ser y no ser, a medio camino entre el todo y la nada, pero sin ser ninguno de los dos?
"... vivamos la aventura y punto".
La voz de Yura hizo eco en su mente. Sonrió, sacudiendo su cabeza.
"—Esa es la respuesta que necesito".
—Por cierto, ¿te conté que reparé mi bicicleta?— reveló entusiasmado—. Honda me aconseja que invierta mi sueldo en la compra de una moto, dice que podría servirme como una fuente de dinero extra. Perjura que trabajaré aquí hasta el día en que no aguante más y me vaya a los puños con Kaiba, y que antes de que eso pase debo exprimir este sueldo hasta sacar el último yen.
El que Mokuba hubiera compartido a Yura su teoría del pequeño bicho que comenzó a incubar en su interior, fue para Seto una violación a su intimidad tanto o más imperdonable que haberle mentido con respecto a Atem. Lo peor era, precisamente, que eso no era lo peor, sino que a partir de aquella noche se tornara dubitativo e inquieto a la mínima sombra de su presencia.
En las horas de la mañana, durante una junta con sus colaboradores, de no haber sido por el disimulado toque de Mokuba sus pensamientos no habrían aterrizado al presente del recuerdo, viajando de un escenario a otro ante la simple mención de su nombre.
—He oído murmurar que la presentación de las señoritas Yura y Kisara fue un éxito redondo. Incluso, se ha expandido el rumor de que la mayor parte del público masculino se ha motivado a participar por la expectativa que ambas crearon.
—Fue muy innovador. El Duelo de Monstruos, desde mi perspectiva, tiene poca presencia femenina, su audiencia mayoritaria está conformada por jóvenes varones, el haber añadido ese toque femenil resultó más rentable que utilizar la imagen de Yugi Mutou en su calidad de Rey de los Duelos.
—En lo personal, me gustó el aura de candidez y afabilidad que mostró Kisara. Su vestimenta marcó demasiado bien lo esbelto de su figura, parecía tallada por los mismos ángeles.
—A mí me encantó el desafío y osadía reflejados en Yura. Por no abundar en lo exquisita que se veía con esas prendas combinadas.
—Señor Kaiba, sé que debe estar harto de que se lo repitan, pero es usted un genio entre genios.
Fue el último en advertir el bolígrafo roto entre sus dedos mientras Tanaka se convertía en el foco de su mirada envilecida.
La rabia que lo crispaba se coló por su voz en cuanto decretó el final de la reunión, y cuando pensaba que con aquel conjunto de voces en la lejanía le sería más fácil hallar sosiego, Yura se hizo camino entre ellos.
— ¡Hey, Mok! ¿Cuál es la rutina de hoy? ¿Iremos a Kaiba Land o nos quedaremos aquí?
No le había mirado siquiera por el rabillo del ojo, empeñada en seguir pretendiendo que él era invisible, que no sería ella quien arrojara su orgullo a la basura.
Y él tampoco estaba dispuesto.
"... Si actúas con ella como siempre, me refiero a ser indiferente, orgulloso y haciéndote de rogar, no conseguirás ningún avance, esa faceta de ti ya es predecible…"
Cerró los ojos al tiempo que deslizaba la mano por su cabello desde la frente hasta la nuca, incómodo dentro de su propio cuerpo, asfixiado por la claustrofobia que le producía reprimir las ganas de gritarle e insultarla, de aventarle lo primero al alcance de sus manos… De forzarle a posar en él su mirada.
—Iremos a Kaiba Land.
Oyó decir a Mokuba, en oposición a la voz en su cabeza, al momento de dirigirse a trote hacia el baño. El agua del grifo se anidaba en sus manos, observando su reflejo en el agua, también impreso en el espejo frente a él, se preguntó qué carajo le estaba pasando.
Contando unos meses atrás, diseñaría presupuestos, llenaría el escritorio de papeles hasta que no se le viera la cara, viajaría por el mundo y los trámites en los que se demoraría meses los resolvería en un par de semanas. Siempre que necesitaba eludir la realidad, siempre que no podía amoldarse a sus deseos, Seto se anestesiaba con el trabajo, su válvula de escape.
Una catarsis que, como todo en la vida, tenía un precio a pagar: unas cuantas horas de sueño, dos de las tres comidas diarias y los regaños de Mokuba. Un día en el que Seto se hartó de las regañinas y Mokuba de que les entraran por un oído y le salieran por el otro, tuvo lugar una discusión que rozó el punto álgido.
— ¡Pareciera que te quieres morir y dejarme solo, igual que papá, que mamá y que toda nuestra podrida familia!
Le tocó agachar la cabeza en una insólita primera vez que no se repetiría jamás. Lo que antes era un estudio de música se transformó en un pequeño gimnasio, y en lugar de doparse con el trabajo, descargaba su frustración con las mancuernas y las máquinas de hierro.
Pero ni siquiera el ejercicio más complejo o agotador lo aislaba de su realidad, de lo que sea que estaba empezando a sentir por Yura.
Se había dicho que debía correrla de la mansión antes de que fuera demasiado tarde, incluso se había planteado sacarle partido a los supuestos sentimientos de Kisara por él. Era natural en su defensa, no existía brecha por donde la culpa o el remordimiento pudieran inmiscuirse: ella tenía por misión asesinarlo. Entonces, ¿por qué no lo hacía?
¿Tan pronto se acostumbró a escuchar la risa que provocaba sus absurdas comparaciones mientras cenaban en el comedor? ¿Así de fácil se habituó a sentirla escurrirse por la cocina a sacar de su escondite la bolsa de chucherías que creía devorar con Mokuba a sus espaldas? ¿Ese poco tiempo le bastó hacer de una rutina el esperar por ella cada mañana dentro de la limusina y que apareciera refunfuñando malhumorada que se cortaría el cabello porque le estresaba desenredarlo?
Se contempló negando frente al espejo. Aceptar esos sentimientos, aceptar que se estaba enamorando, no era diferente a firmar su sentencia de muerte.
Por algún motivo que no quiso rebuscar, se acordó de Kisara. ¿Así se sentiría ella?
"…No me interesa lo que quieras hacer con esos sentimientos, son tuyos, haz lo que se te pegue la gana con ellos…"
Aunque su propia voz sonaba tan cruel y despiadada como tenía por mérito, no le complació jactarse.
Meneó la cabeza, queriendo ahuyentar el resto de la memoria. Necesitaba un baño con agua fría que le quitara el sudor y adormeciera el hervidero que llevaba dentro.
Con el pelo húmedo y en prendas de dormir se acercó a la cocina a tomar un vaso de agua. A su espalda y sin previo aviso, una voz paralizó la mano con que guiaba el vaso por segunda vez a su boca.
—Me rindo, Seto.
Al darse la vuelta, su corazón enloqueció.
— Tú ganas esta guerra fría. —Yura empinaba los brazos al aire como poniendo en evidencia que había depuesto sus armas—. Necesito hablar contigo, ¿habrá un espacio en esta enorme mansión donde podamos hablar tranquilos que no sea tu laboratorio?
Pasó la lengua por sus labios, encerrado en un pánico que Yura debería estar malinterpretando. En su primer esfuerzo por recuperar la compostura colocó el vaso en la encimera y en su nerviosismo por poco terminó fragmentado en el suelo.
¿Por qué no quería hablar con él en el laboratorio? ¿Por su beso con Kisara, acaso?
El acertijo, de repente, atrajo su interés. Yura defendía ser de Kisara como un reflejo en el espejo. ¿Qué tan cierto era ese argumento? ¿Y si jugaba con las posibilidades? ¿Si Yura y él se quedaban solos en el laboratorio, surgiría un beso entre los dos?
— ¿Al fin diste con la mejor manera de asesinarme?
—Si te irás por ese carril, olvídalo.
Se mostró dispuesta a girar los talones.
—Es el sitio más seguro en toda la mansión, lo diseñé para que así fuera.
Ella se rascó la sien y suspiró.
—Está bien.
A medida que se aproximaban al laboratorio, Yura sentía que iba en camino a la horca, y cuando Seto tomó asiento en su mesa de trabajo, cerrando tras de sí la entrada, presintió que no tenía escapatoria.
Buscó retener el valor que comenzó a abandonarla recreando los besos de Jonouchi en las afueras de Kaiba Land.
— ¿Y?
—Quiero hacerte una propuesta.
Seto se cruzó de brazos con una ceja curvada. Presenciar la manera particular en que se frotaba la barbilla la guío a conjeturar que aprobaba la continuación.
—Imagino que, después de nuestra discusión, lo que menos deseas es que continúe viviendo aquí, y lo comparto, Seto. Lo mejor para los dos es que yo me marche de esta mansión.
"—No. No la dejes ir".
—Necesito una fianza, Yura.
— ¿Una fianza?
—Quiero una garantía de que no atentaras contra mi vida si te dejo ir.
—Según Mokuba, tu tecnología permea toda la ciudad. Sabrás dónde encontrarme en todo momento, ¿no? Da lo mismo si me quedo o si me voy.
—Si piensas que con eso demuestras tu inocencia…
—Yo demostré mi inocencia cuando te grité a la cara el propósito de Anubis. No conseguirás mayor prueba que esa.
— ¿Por qué no lo hiciste? — A Seto se le suavizó la voz más de lo que pudo modular—. Viviendo bajo el mismo techo, comiendo en la misma mesa… ¿Por qué no me asesinaste teniendo a tu favor un sinfín de oportunidades?
Yura meditó que, de Seto haberle hecho esa pregunta un tiempo atrás, ella le habría respondido, sin titubeos, que por Jostet, para que sobre el alma de su amado descendiera un juicio en verdad justo. Sin embargo, cuando Mokuba escarbó en cuál era la recompensa que cazaba, fue incapaz de formular esa respuesta.
—La absolución de mis pecados.
Quizás en todo ese tiempo se había engañado repitiéndose que todo lo hacía por Jostet, pretendiendo ser altruista y que no era su objetivo la salvación para sí misma. Pero, en realidad, en el pequeño rincón donde cada persona encerraba a pestillo su propio egoísmo y como toda alma pecadora, ella también anhelaba ser redimida. Ella también suspiraba por una segunda oportunidad. Tal vez por eso no le era un obstáculo que Jonouchi y Jostet no fueran la misma persona ni les buscaba el parecido, porque para ella, Jonouchi era su nuevo comienzo.
—Por ti, por Mokuba y por mí.
Seto abandonó el cruce de brazos en su pecho y sus ojos azules se ancharon desorbitados.
—Por ti, porque con quitarte la vida, le quitaba a este mundo tu ingenio, la sonrisa que veo en los niños cuando suben a las atracciones de Kaiba Land que tú has creado, la emoción que ví en los duelistas cuando me presenté en el evento… Con quitarte la vida, le quitaba al mundo al gran Seto Kaiba.
El miedo oprimió su pecho al notar las pupilas de Seto agrandarse al punto de ensombrecer el azul, no obstante, las palabras salían de su boca al ritmo en que su temor disminuía. Era extraño.
—Por Mokuba, porque eres lo único que le queda, la razón por la que respira, matarte a ti es sinónimo de matarlo a él, y aunque no lo creas o me llames mentirosa, le tengo afecto, Seto. Lo quiero más de lo que te puedes imaginar—. Luchó por contener sus lágrimas, dimensionar el sufrimiento de Mokuba endureció su garganta y amargó la saliva—. Y por mí, porque… Porque… No soy una asesina.
— ¿Y si se presentara la oportunidad de serlo, Yura? — La conmoción que a la vista le había paliado se desfiguró en una expresión socarrona.
Con una sonrisa enigmática escondió los dedos bajo el escritorio, y al volverlos al exterior, empuñaba lo que, gracias a los guardaespaldas, supo era una pistola.
Los dichos de Diva la invadieron por metrallazo al contemplarlo en pie y caminar hacia ella.
"... Seth formó el alma de Seto Kaiba a modo de coraza para proteger la suya…"
Recordó que Seth estaba allí, primero encarnado en el Faraón Seto y ahora en Seto Kaiba, como una cebolla que, capa tras capa, escondía el pequeño bulbo que ardía en los ojos.
Una bomba de cronómetro.
El miedo que sintiera antes le congeló las venas y cada fibra de su cuerpo, dejándola petrificada cuando unas manos acomodaron el arma entre las suyas, estiraron hacia atrás la ranura del cañón, la devolvieron a su sitio en un rápido movimiento y apostaron su dedo índice en el gatillo.
Debido a la diferencia de altura, no significó ningún obstáculo conducir el cañón hacia el pecho contrario, encima del corazón.
—Mátame, Yura.
La voz le llegaba al oído como si proviniera desde el fondo de una cisterna.
—Abandona esa cháchara de que el mundo perdería mi ingenio y demás. Si mi muerte es la solución a todos tus problemas, ¿por qué no apretar el gatillo? ¿Qué más da el resto? Anubis es un dios, no hay imposibles para él.
Los ojos azules de Yura se paralizaron en el arma, a la que la luz inconfundible de sus propios recuerdos transformó en una daga de acrisolado filo. Una fina tela blanca enmarcaba el triángulo del pecho antes rodeado por la bata púrpura.
Y todo el odio, todo el resentimiento, toda esquirla del corazón que el Faraón Seto no había tenido piedad en romper, le brindó la fuerza de ceñir la daga hasta enrojecer sus dedos.
Se me ocurrieron dos opciones para este capítulo: o lo cortaba a la mitad y lo retomaba en el próximo, o lo llevaba hasta donde los personajes me lo permitieran, el chiste se cuenta solo.
Me puse a leer el manga de nuevo junto con la Temporada 0, y para serles sincera, casi odio a Kaiba por lo que le hizo al abuelo de Yugi. Entiendo que después cambió y toda la vaina, pero eso no justifica lo que le hizo al pobre anciano ni tampoco el hecho de que quisiera matar a Yugi y a sus amigos… ¡Y encima trató fatal a Mokuba! Vaya tipo detestable que era el condenado. Muy fácil de odiar, sí señor. Pero bueh, eso me sirvió para recordar que Kaiba no debe ser endiosado y que, aunque tenga sus virtudes, todavía le queda algo de psicótico. X'D Hurricane de 30STM lo define mejor que yo en este cap, lean la letra y se darán cuenta.
Por cierto, se me hizo un tanto contradictorio que Seto exhibiera el tremendo cuerpazo de DSOD con una rutina y alimentación cuestionables debido a su obsesión con el trabajo, de modo que me pareció adecuado justificarlo por influencia de Mokuba.
¿Recuerdan ese capítulo donde Yura se "recuerda" tratando de matar al Faraón Seto con una daga? ¡Puesssssssssssss! Me encanta joderla, me da vida. :'-D
No me he olvidado de Atem y Co. El problema es que nuestro faraón favorito sabe cosas y les puede soltar el chismesito completo y arruinarme la sorpresa. :'"(
¡Feliz navidad y felices fiestas! ¡Los amo!
