Inspiración musical: Russian Roulette — Rihanna.


Las manos, aunque temblorosas, empuñaron la daga en cuya hoja se veía un reflejo de su rostro. Los pliegues desaliñados por cargar con la zozobra y los ojos envilecidos por el rojo del llanto sin pausa le impidieron reconocerse.

La respiración se volvió resuello, el pecho se inflaba y hundía en un vaivén demoníaco, pero que a su vez le proporcionaba un instante de frenesí, como si la distancia entre la piel y el arma fuera la misma que la separaba de su libertad, aquel momento cercano a la gloria.

Alzó la daga por encima de su cabeza, tomando impulso para que la estocada atravesara medio a medio aquel corazón no solo protegido tras capas y capas de piel, sino también por una costra de egoísmo que era tan inmenso como el azul mar en los ojos, por un orgullo que tenía la firmeza de una esfinge y la impavidez que mostraban las pirámides al paso del tiempo.

Maldijo que fuera ese azul mar en los ojos, esa firmeza de esfinge y esa impavidez frente a las adversidades lo que aún allí, con el odio revolviendo sus vísceras, le hiciera hermoso, perfecto, inalcanzable. Una luna en su cenit.

El golpe debía ser contundente si ansiaba quebrar a tal gruesa armadura. Inspiró hondo mientras su propia voz gritaba en su cabeza que aquel hombre postrado no era más el soberano de Egipto ni una digna representación de los dioses, sino el malnacido que le había roto el corazón y enterrado un cuchillo en el costado antes de empujarla al vacío, contemplando su caída con los labios torcidos en una sonrisa.

—Yura. Yura... — Se oyó un quejido—. Per... perdóname. Yo... Yo...

"— ¡Rápido, diríjanse al aposento del Faraón! No podemos permitir que le hallen postrado!"

Las voces, los gritos, los caballos a galope, las espadas rechinando al encontrarse filo con filo y el sonido de las flechas al salir disparadas de los arcos llegaban a ella con el eco de pequeñas ondas bajo el agua.

—Te amo.

"— ¡MUERE!"

Unas manos varoniles frenaron las suyas aferrándose al mango, deteniendo su deceso en picada al tiempo que una voz le hacía vibrar de pies a cabeza.

— ¡Yura! ¡¿Pero qué demonios...?!

La respiración seguía escuchándose cual resuello, el pecho todavía se inflaba y hundía en un vaivén demoníaco, pero era la pistola lo que plantaba distancia con el corazón que, ahora Yura sabía, pertenecía al dios Seth.

"—Yura. Yura... — Se oyó un quejido—. Per... perdóname. Yo... Yo..."

— ¡Mátame!

"— ¡MUERE!"

Unas manos varoniles se enredaban entre las suyas, mas no eran las de Jostet, y la voz, esa que en sus memorias le había erizado la piel, se distorsionó en un coro de agudos que la regresó al presente. Sus ojos azules, brillosos por el recuerdo de haberse reencontrado con los de Jostet, en su lugar conectaron con los de Seto, que entonces eran tan inmensos como el azul mar.

—No puedo...

«No esta vez».

Su voz imitó el quejido de la remembranza, que volvió a reproducir las palabras del Faraón Seto en los ecos de su mente.

"—Te amo".

Seto, inmerso en su propio sentir, percibió las manos de Yura tensarse bajo las suyas. Guiado por su instinto, recrudeció el agarre, obligándola a mantenerlas entrelazadas.

— ¡¿Por qué, Yura?! ¡¿Por qué no puedes?! — El grito que brotó de su garganta hizo trepidar su cuerpo. En paralelo a la posible respuesta de Yura, y sin que fuera visible en su rostro que, en apariencia, lucía huraño, Seto escuchaba su verdadero pensamiento aflorar en su cabeza como una tercera voz en la conversación.

«"Porque, al igual que tú, tengo un pequeño bicho en mi interior". ¿Es eso lo que quieres oír, Seto?»

— ¿Qué quieres de mí, Seto? — Yura, a diferencia suya, no se afanó en ocultar el boceto de la desesperación en su semblante. No presentía la intención de eliminar el tacto entre sus manos, que por el contrario había afianzado, y Seto sintió que la pistola palpitaba cual si fuera un órgano vivo lo que anidaban entre sus palmas—. Me he mostrado vulnerable frente a ti. Te he demostrado con hechos mi palabra de que no soy tu enemiga, y a pesar de ser tú quien me ha labrado el camino con preparar esta pistola, a pesar de ser tú quien me lo ha exigido, heme aquí, con las piernas en valgo y unas inmensas ganas de salir corriendo. ¿Qué más quieres? ¿Qué debo hacer para que, a diferencia de él, tú sí me dejes ir?

«Esa es una buena pregunta, Yura. ¿Qué quiero de ti? Antes estaba seguro de que quería tu devoción, tu presteza, tu completa sumisión ante mí y mis deseos. Esa hambre de poder que, sin importar cuánto me esfuerce por saciar, siempre vuelve a gruñir en mis entrañas. Pero ahora...».

—Quería una fianza— remontó, concentrando la mirada en los labios, preguntándose si, de probarlos, sufriría el arrebato que en su confusión le había inducido los de Kisara. Nadie más que ellos dos estaban allí, nadie más que ellos dos sería testigo de lo que pudiera ocurrir entre esas paredes que él se había esmerado en remachar. Le bastaría un simple movimiento tener esa cintura entre sus dedos y esos labios sobre los suyos, tentativa por la que su pecho dejó de sofocarse tras recapitular el mal sabor de boca que siguió a la conclusión del beso—. Y la he obtenido.

Aplastado por el recuerdo, por lo amargo que se tornó al ponerse en órbita con el mundo, decidió arrebatar el arma. La arrojó encima de la mesa mientras le daba la espalda a Yura y, enfilando de regreso a la silla, su bata púrpura ondeaba a cada paso.

—Todo lo que un verdadero asesino necesita para matar, es una oportunidad como la que yo te he ofrecido, pero la has desperdiciado con una estupidez de risa. —Pretendió haberse repuesto estribando la espalda y cruzándose de piernas. Su mejilla se apoyó en sus nudillos al afincar el codo en el reposabrazos. Un pequeño temblor en sus pupilas amenazaba delatar la mezcla de arrepentimiento y culpa que comenzó a invadirlo tan pronto ella se dio la vuelta, mas él antepuso su perfeccionado gesto visceral—. He comprobado que alguien como tú no puede asesinarme, aunque si acaso reúnes las agallas de hacerlo— se inclinó a extender la mano con la que devolvió a la pistola debajo de la mesa—, sabrás dónde encontrar una aliada.

Yura interpretó el mensaje: el arma era la auténtica fianza, porque si desaparecía luego de conocer su paradero, quedaría evidenciado que su intención de matar era genuina. Ella estaba sola con él, no podía usar a nadie más para justificarse, y en vez de sentirse intimidada por la manera en que cuadró la trampa o asombrada por el intelecto que probó al hacerlo, Yura se sintió aliviada, tanto que se permitió asomar una sonrisa.

—Puesto que ya tienes tu supuesta fianza, supongo que puedo marcharme.

— ¿Atem te propuso solucionarlo todo con el poder de la amistad?

«¿Por qué siempre tiene que ser él?».

A Seto le crujieron los dientes al exponer la pregunta. Por suerte, consiguió reprimir su enojo a tiempo de modo que Yura la percibiera en son de mofa. La de pelo blanco, en cambio, pensaba replicar la respuesta que le había dado a Mokuba, remontarse a esa breve interacción con el Kaiba menor la llevó a elegir hacia dónde torcer la plática.

"— ¿Es porque Seto utilizó el Cubo Dimensional para retar a Atem en el más allá?"

En su ignorancia, ella le aseguró a Diva que Seto no tenía el Cubo cuando Mokuba, unos días después, habría de confirmarlo. ¡El bendito Cubo!, exclamó para sí. ¿Cómo había osado olvidarlo si podría ser el único y verdadero As? El reproche se detuvo al visualizarse enfocada en prosperar su relación con Jonouchi la semana posterior a la revelación.

—No, pero es el espíritu de un Faraón, la única figura de autoridad que los dioses reconocen como un igual.

—Oh, ya veo, entonces pretendes valerte de su influencia sobre los mentados dioses. — El corto suspiro que se le escapó al final de la oración manifestó el sosiego que le sobrevino. —Sin embargo, hay un detalle que no termina de convencerme, Yura. De ser Atem tu carta boca abajo, ¿por qué no recurriste a él desde un principio? Pudiste haberle seguido los pasos cuando apareciste en este laboratorio o incluso rechazar mi acuerdo de vivir aquí a cambio de trabajar en la Corporación. ¿Será que antes sí querías asesinarme y ahora ya no? ¿Qué te hizo cambiar de parecer?

«Lo sé, Yura, tú no sientes nada por mí. Pero mientras no lo escuche con tus propias palabras, este maldito bicho seguirá calando dentro de mí. Necesito extirparlo».

—Te lo he dicho hace unos minutos atrás, Seto. Por ti, por Mokuba y por mí.

«No, Yura, no dejes la puerta abierta. No permitas una brecha por donde puedan escabullirse las posibilidades porque yo... No sé poner límites».

—Eso no es suficiente para dejar de considerarte una amenaza, así que abandonar la mansión no quitará mi lupa sobre ti.

«Al menos, no hasta descubrir el origen de ese extraño magnetismo que te rodea, que me atrae hacia ti como si tú fueras un imán y yo el metal arrastrado aún en camino al óxido».

—No he concluido mi propuesta— infirió, guiñando un ojo—. Mencioné irme de la mansión, mas no de la KC.

La expectativa sembrada por esa línea movió a Seto a descansar las manos en cada reposabrazo de la silla. Abandonando la postura relajada, sus parpadeos consecutivos se esforzaron por disimular el resplandor de la emoción que plasmaba un punto de luz en el azul de sus ojos. En la ceja derecha se le dibujó una curva casi por instinto, y Yura, que gracias a los pequeños ratos de convivencia intuía el significado tras algunas líneas en su perfil— aunque no todas—, supo que estaba presto a oír la otra cara de la proposición.

—Sin embargo, quiero ser tratada como una empleada oficial con su respectivo salario. En pocas palabras, te cambio el techo, la comida y demases que me proporcionas, por el dinero que necesito para obtenerlos por mí misma y que, al final del día, a ti te sobra.

Seto estalló en unas carcajadas retumbantes que sumergieron a Yura en un incómodo suspenso. No podía precisar si reía porque su demanda le parecía un chiste o porque fuera parte de otro juego psicológico destinado a ponerla contra las cuerdas tal cual efectuó con la pistola.

El de pelo castaño, encerrado en su recámara interior, comprendió que no hacía más que burlarse de sí mismo por la repentina alegría que comprimía su vientre cual si recibiera en vivo un ataque de cosquillas.

Una oleada de cosquillas demasiado parecida a la que viajó por su cuerpo cuando besó a Kisara creyendo que era ella.

Le silenció reconocer que acababa de experimentar con Yura una sensación a la par sin que hubiera sucedido entre ambos un acercamiento íntimo.

Acorralado por sus propios deseos, lo que en verdad quería de ella se iluminó en su fuero interno.

"— ¿Qué quieres de mí, Seto?"

«Quiero que tú también tengas este maldito bicho, Yura, que tú también sufras la tortura de sentir cómo holla y holla cada vez más profundo sin que puedas hacer nada para detenerlo».

—De acuerdo.

«Pero, sobre todo, quiero que si hubiera de darse un beso entre nosotros, sea porque ambos lo hemos buscado, y que al embrujo terminarse, no dirijas a mí el rechazo que yo le dirigí a Kisara».

— ¿En serio?— Ella abrió los ojos en desmesura—. ¿No vas a decir que mi estupidez te ha hecho el día o que lo máximo que me puedes ofrecer es el puesto de barrendera?

La expresión de su pasmo invocó a Mokuba.

"...Pero si por el contrario le enseñas tu lado bueno, ese que reprimes incluso para ti mismo, sería un excelente factor sorpresa que nadie, a excepción de mí por supuesto, sabría manejar".

—Así de impredecible puedo llegar a ser cuando me lo propongo, Yura. —Su tono sugirió demasiado, por lo que se apresuró a corregirlo—. Pero no, no te puedo ceder el puesto de barrendera, tengo una ocupación más apropiada.

Yura se colocó un mechón tras la oreja y Seto, que a partir de la riña entre ambos aprovechaba su lejanía para estudiarla en las sombras, percibió su ansiedad por lo ambiguo de las palabras a continuación. Y disfrutó ser la causa que provocara ese efecto.

—Mokuba está empeñado en incorporar nuevas atracciones a Kaiba Land. Tiene la visión de montar obras de teatro al estilo Broadway— introdujo, poniéndose otra vez en pie. Cara a cara una vez más, se retrepó a medio cuerpo en el borde de su mesa de trabajo—. Exige que me involucre, pero con el torneo en mis talones dudo que pueda cumplir sus expectativas. Tu nuevo trabajo a sueldo, Yura, será ocupar mi lugar en ese proyecto, y debes hacerlo de manera tan excepcional que Mokuba apenas note mi ausencia.

Allí colocó la pausa del punto y aparte, cuidándose de no implantar en ella la sospecha de que esa era en realidad la fianza: ni siquiera tener una pistola calibrada apuntando su pecho, que por cierto tenía sin usar en años lo que Gozaburo de muerto, sería capaz de finar su vida como perder a Mokuba.

La suerte de empatía que su hermano menor exhibió al defender a Yura le produjo un insomnio agravado al irse a la cama luego de su pequeña disputa.

"—Todo lo que un verdadero asesino necesita para matar, es una oportunidad como la que yo te he ofrecido..."

Pero lo cierto era que un verdadero asesino nodesperdiciaba ninguna oportunidad. Al igual que con la pistola, Seto analizó que poner a Mokuba en la palma de su mano era la mejor estrategia para probar la supuesta lealtad de la que Yura se daba ínfulas. En los últimos días, su hermano le había dejado muy en claro que, si bien era el menor, también era un Kaiba con todas sus sílabas, por lo que más allá de corroborar el discurso de Yura, Seto confiaba en la astucia de Mokuba, en su potencial como arma: su inteligencia era igual de peligrosa que una bala.

Y solo si resultaba que su afecto por Mokuba era sincero, y solo si era cierto que pasaba por encima a la sentencia de Anubis...

Le enseñaría su lado bueno, ese que había reprimido incluso para sí mismo.

— ¡Trabajar para Mok será comer carne de ternera todos los días! (1) — chilló feliz—. Y hablando de Mokuba... Hay algo que me gustaría oír de ti.

A Seto la indignación le contrajo las facciones. ¿Qué otra intimidad suya le habría susurrado al oído? Esa confianza empezó a preocuparlo, quizá se vería en la obligación de aplicar filtro a las confidencias que le compartía.

—Por favor no te vayas a enojar con él, no lo hizo adrede— le anticipó Yura—, pero me dijo que utilizaste un tal "Cubo Dimensional" o algo así para desafiar a Atem en el Inframundo y...

«Y visto que puedes esconder una pistola debajo de una mesa...»

—Olvídalo— no necesitaba escuchar el resto—, el Cubo lo tiene Anubis. Lo ví flotar en su palma abierta el día que Atem y yo fuimos arrojados a su presencia.

Yura entonó un largo suspiro.

—A los desdichados, lo que no se nos va en llanto se nos va en suspiros, justo como el que yo acabo de soltar.

Seto sonrió, no obstante, a Yura le pareció que al instante había degradado la sonrisa a un simple gesto de relajación, como si se hubiera reprendido por haber sonreído en primer lugar. Le asaltó la gran diferencia que supuso ese breve alzamiento de comisura entre él, Seto Kaiba, y el dios Seth.

En la privacidad del pensamiento, se dijo que las oportunidades de lograr su cometido se incrementarían de Seto persistir reflejando esa disparidad con el dios Seth, que lo mantuviera tras las rejas de su propio yo. ¿Sería por eso que Anubis quería "matar" a Seto? ¿Acaso Seto Kaiba, el recipiente, le plantaba territorio al dios Seth? Si Diva estaba en lo correcto, pudiera ser que allí estaba la clave para sobrepasar la voluntad de Anubis.

—Seto —endureció la mirada—, yo no te sirvo de nada contra Anubis. Él me ordenó asesinarte y, en mi condición, no tenía ni tengo derecho a cuestionarlo. No sé con qué fin te quiere muerto ni conozco la manera de evitarlo, de hecho, ni siquiera sé cuánto tiempo me queda en este mundo.

Seto quiso interrumpirla, pero la saliva adquirió de pronto la solidez de una piedra tras caer en la cuenta de que, incluso esa noche, era la última en la mansión, y el peso de su ausencia le atiesó los músculos cual si llevara un bulto invisible sobre los hombros.

—Sin embargo, tal vez la única forma de vencerlo sea siendo tú mismo, Seto Kaiba. Tú lo has predicho, ¿recuerdas?

"—Anubis es un dios".

"—Y yo soy Seto Kaiba".

—Esa noche— la nuez de Adán puso en evidencia lo mucho que le había costado ablandar la saliva—... Esa noche también alegaste no ser mi enemiga, pero tampoco afirmaste ser mi aliada. Así que ahora es mi turno de preguntar: ¿qué quieres de mí, Yura?

Hubo semejante fulgor en su mirada que sus ojos azules se parecieron a los de un búho en la oscuridad. Seto se sintió invadido y, aunque sin saberlo, compartió con Kisara la sensación de que su más íntimo pensamiento se exponía por voluntad propia delante suya.

—Quiero que sigas pisoteando tu pasado como el Sacerdote Seto.

Y ocasionando que un pitido de cortocircuito le desconectara la parte racional del cerebro, le abrazó. Le abrazó como la primera vez, pero Seto sabía que era la última.

—Muchas gracias por todo.

Se separó al vuelo, ni siquiera dándole tiempo a corresponderle o a recuperar el habla, hasta que la despedida pintada en el rostro se puso contra la puerta.

— ¡Espera!

Ella se detuvo, mas no viró la cara, él quiso rodear aquella espalda abarcada por el pijama blanco, murmurar al oído que a su lado tendría más probabilidades de éxito que con Atem, que le bastaba con que demostrara que su cariño por Mokuba era franco para él darlo todo por ella. Quiso hacer tantas cosas a la vez que, al final, no fue capaz de hacer ninguna, menos cuando una suposición le devolvió el raciocinio.

—Anubis te ofreció una recompensa por mi cabeza, pero si no se la entregas, ¿cuál será tu castigo?

—No lo sé.


— ¿Hablas en serio, Yugi? — Indagó Honda, a un tris de escupir la soda que sostenía en su diestra—. ¿Atem de verdad no participará en el torneo?

—Así es, Honda. —El de ojos amatista permaneció mirando su reflejo en el vaso de agua que recién se acababa de servir—. En Ciudad Batallas, el enfrentamiento con Kaiba estaba decidido por su pasado, porque era un paso más en el camino a recuperar su identidad, en cambio ahora... Atem siente que no es el oponente que Kaiba debe vencer.

— ¿Y entonces a qué viene lo de las 99 almas? La noche de su aparición, cuando según tú volvieron de la mansión Kaiba, nos dijo que, una vez exorcizadas, ellos dos tendrían un Duelo Ceremonial.

Las cavilaciones transportaron a Yugi de regreso al acalorado pleito entre Atem y Honda a su retorno de Kaiba Land, la ocasión en que prefirieron retirarse a casa en vez de aguardar por Jonouchi hasta su hora de salida.

— ¿Se puede saber cuál es tu maldito problema? — Vio a Honda sacudir a Atem por el cuello del suéter blanco que traía puesto, elevándolo a un par de centímetros del suelo mientras su brazo preparaba la trayectoria de un puñetazo. La gorra que a duras penas atrapaba los picos de su cabello cayó al piso por la inercia del arrebato—. ¡Sabías que Jonouchi era una reencarnación del pasado! ¡Sabías de Aigami, que estaba metido en esto, y todo este tiempo has sabido el peligro que nos acecha! ¿Por qué carajo te quedaste callado? ¿Tanto te divierte vernos la cara?

— ¡Honda...!

— ¡No, Yugi! — Impuso la voz—. El Atem que conozco, no, el Atem que conocemos, nunca guardaría secretos. El Atem que conocemos se dejaría el pellejo por nosotros como nosotros lo hemos dejado por él.

— ¡Aigami se hizo polvo por saber demasiado! — El faraón cerró la mano sobre la muñeca que lo cernía por el cuello, su expresión convulsa le advirtió a Yugi que las palabras de Honda hicieron eco hasta llegar al plexo solar—. ¡Nadie puede combatir el poder de los dioses! ¡Ni siquiera el espíritu de un faraón inútil como yo!

El desprecio con el que se había nombrado congeló la fuerza que le oprimía y a las facciones de Yugi y Honda, quien poco a poco lo fue devolviendo a tierra.

— ¿Crees que por el simple hecho de ser el faraón ya lo sé todo? ¿Que se me puede comparar a los dioses o que tengo una posición privilegiada con ellos? ¡No me hagas reír! — En efecto desató la risa, pero una eléctrica, cercana a la neurosis—. Si lo supiera todo no estuviera perdiendo el tiempo en esta discusión absurda, y si tuviera un poder comparado al de los dioses les regresaría la vida que tenían antes de yo volver a este mundo. ¡Pero no tengo nada! ¡NADA! ¡Ni siquiera el rompecabezas! — Se dio un manotazo en el pecho, siendo él quien entonces arrugara la tela—. ¡Todo lo que tengo es esta indeseable confusión! ¡La jodida incertidumbre de no saber qué pasará mañana que pueda poner en riesgo sus vidas! Yo solo, yo solo...

La voz de Aigami recorrió sus adentros.

"...Teme no ser capaz de proteger a sus amigos, teme no ser el bien que destruya el mal. Usted, acostumbrado a llevar en los hombros la responsabilidad de la victoria, le sigue temiendo a la derrota en todas sus manifestaciones".

—Tengo miedo.

— ¿Yugi?

Escuchar su nombre lo trajo de vuelta a la línea de tiempo, procuró alejar lo que faltaba del recuerdo agitando la cabeza hacia ambos lados.

—Lo siento, ¿qué decías?

—Alguien toca la puerta. Debe ser Jonouchi.

— ¡Allá voy!

Honda observó a su amigo abandonar el sillón y acelerar el paso hacia la entrada. La voz cantarina de Jonouchi no tardó en confirmar su acierto, pero al girar el rostro por encima del hombro, su ceño fruncido desfiguró el saludo que pensaba tenderle.

En las prendas sencillas de un ciudadano por las calles y a la par del rubio, Yura agitaba la mano con un guiño campante adherido a la tez.

—Hola.


(1) En el Antiguo Egipto, comer carne de ternera era considerado un privilegio reservado a la gente de alcurnia, Yura lo menciona queriendo expresar que trabajar con Mokuba le hace sentir como si tuviera un privilegio de igual índole. Recuerden que a Yura le gustan esas comparaciones disparatadas. X'D

(*) Les confieso que soy más lectora que escritora, y por esos tiempos en que podía devorar libros enteros y fanfics a más no poder, me llamó mucho a la atención que el nuevo personaje introducido a la trama (OC o no) siempre le "caía bien" a los de la pandilla de Yugi y se unía al equipo casi desde el día uno. Ojo que esto no es malo ni es una crítica a ese tipo de fics que, por cierto, eran de mis favoritos. De hecho, YO MISMA LO HICE EN AMOR BLANCO A TRAVÉS DE UNOS OJOS AZULES. Pero para fines de este fic, siento que Yura no es el tipo de personaje que caiga bien a la primera, para mí sería forzado. Por eso a Honda no le agrada, Atem es neutro con ella y Yugi está en el medio de los dos: no sabe si le desagrada como Honda o si deba ser neutro como Atem. Incluso a Mokuba no le caía bien al principio.

¡No saben lo que me costó escribir la parte de Seto y Yura! Hasta me volví a leer Amor Blanco A Través de Unos Ojos Azules para darme un poco de apoyo moral, aunque todavía lo considero un completo desastre. En definitiva, siento que Yura tiene más fluidez y química con Jonouchi que con Seto. De todas formas, traté de plantear a Seto lo más IC que pude.

Y pos nada, no quiero acostumbrarme a hacer largas notas de autora, bastante largo me ha salido este capítulo, jajaja.

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS POR LEERME!