Inspiración musical: A Beautiful Lie— 30 Seconds to Mars


Decidido a combatir el insomnio que durante los últimos días pintó sus ojos como si de khol corrido se tratase, Atem adquirió el hábito de esperar a que Yugi conciliara el sueño que de él huía para bajar a la cocina a preparar una infusión de miel con leche. Percibir a su compañero inmerso al fin en la tercera etapa, lo levantó de la cama, condujo sus pasos hacia la puerta con el sigilo de un ladrón en la penumbra y la cerró tras de sí cuidando el ruido de las bisagras.

Situado en el pasillo, disponía la marcha hacia las escaleras cuando la imagen de Yura saliendo a hurtadillas de la recámara contigua le propinó tremendo sobresalto, que intuyó mutuo al verlo parcialmente alumbrado por la luz de luna que se filtraba por la ventana perpendicular a su espalda y cuyo reflejo proyectaba una figura geométrica en el piso.

— ¡Por las aguas del Nilo! —Exclamó ella, pegando un brinco y tapándose la boca de inmediato. Pernoctaba en calidad de arrimada, por lo que debía respetar el descanso de los buenos samaritanos—. Casi me orino…

—Lo mismo digo— replicó entre susurros—, ¿te diriges al baño?

—Iba a por un vaso de agua, pero con este susto, ahora sí tengo ganas de ir. ¿Y tú?

—También, pero con este susto, no creo retomar el sueño. —Le robó las palabras—. Me serviré una taza de leche con miel. — Bien fuera por la escueta iluminación o porque había hecho un excelente remilgo de verdad con mentira, ella no lucía interesada en cuestionarlo—. ¿Sabes dónde queda el baño, cierto?

—Sí, la mamá de Yugi me paseó por la casa antes de dormir.

—Bien. Entonces, hasta mañana.

—Hasta mañana.

Cada quien retomó su rumbo sin mayor aditivo. Ya dando pequeños sorbos a su taza, Yura reapareció en la puerta.

— ¿Esa miel con leche funciona? —Quiso saber, el dilema hecho mueca—. Mañana debo estar en la KC temprano y a mí también me ha rehuido el sueño.

Atem alzó media comisura de los labios. Luego se puso en pie, le dio la espalda y se aproximó a la encimera donde avistaba el frasco de miel junto al tetero humear, asumiendo que sus acciones serían suficiente contestación. Hubiera preferido el silencio de la soledad que, durante los desvelos anteriores, le servía de bombillo a sus cavilaciones, mas la pócima vertida en la taza resurgió como la manera de contrapesar su falta de honestidad en el pasillo.

—Adelante— ofreció, mientras desplazaba la infusión sobre la mesa.

—Gracias.

Ambos tomaron asiento en las sillas enfrentadas del comedor. Mantuvieron ausentes las palabras en la progresiva degustación, esa quietud plena versus los encuentros anteriores inspiró el habla en la de ojos azules.

—He cumplido, Atem. —Por medio segundo, el milenario supuso que reafirmaba la promesa de no aludir a él con apelativos de respeto. El mismo medio segundo que tardó en aclarar su verdadera intención comunicativa—. He confesado la razón por la cual Anubis me trajo a este mundo, ahora es tu turno de decirme qué viste a través de los ojos del dios Thot.

"—Demuéstralo, Yura, prueba que puedo confiar en ti. Dime, ¿cuáles son tus verdaderas intenciones? ¿Con qué fin Anubis te ha resucitado?

Tú no me dirás qué te mostró el dios Thot en su visión, ¿no es así? Entonces yo tampoco tengo por qué confesar la razón por la que Anubis me trajo a este mundo".

El egipcio carcajeó por el resplandor de la vivencia.

—Eres una oportunista.

—Las oportunidades son calvas y deben agarrarse por el pelo.

— ¿Qué harás con ese conocimiento, Yura? ¿Tienes un plan siquiera? —Rechistó, en vez de curiosear de dónde había sacado la frase o ahondar en su mensaje—. Cuando yo mismo te guíe a esta casa por primera vez, en busca de respuestas y a fin de que midieras cuánto había en juego, diste a entender que con alejarte de Jonouchi probabas la veracidad de tus sentimientos, pues tú más que nadie sabe del peligro que le auguras. Sin embargo, acontecido tu desmayo en Kaiba Land, expusiste lo contrario, y ahora pareces desesperada por formar parte de su vida. No te condeno, pero tampoco veo norte ni firmeza en tus pasos. Lo único que has hecho es improvisar y ser tan voluble como el agua que, sin tener forma por sí misma, debe amoldarse a la del envase que la contiene.

Yura no se inmutó. Al acostarse, la desilusión de que la tregua de la sala duraría lo que un estornudo fue lo que le ahuyentó el sueño, pese a que la señora Mutou ocupaba el otro extremo de la cama. Así, Honda seguiría escupiendo su desprecio, Atem no abogaría ni a su favor ni en su contra y Yugi permanecería intercalado entre lo primero y lo segundo.

— ¿Y cuál es el tuyo? —Apostilló en combinación al arco de su ceja derecha—. Porque ya puedo ver tu esqueleto en una mecedora esperando a que "pase algo".

Atem fue incapaz de frenar a tiempo el caudal de rabia que ascendió desde la boca del estómago con la forma de un concurso de burbujas y que, al subir hasta la nuez de Adán, tornó amargo el dulzor de la miel con leche. Lo más desagradable no había sido el nuevo regusto, sino que no supiera precisar con cuál de los dos estaba más enrabietado, si con ella por tener la razón o con él por no disponer de argumentos para contradecirla.

"— ¿Crees que por el simple hecho de ser el faraón ya lo sé todo? ¿Que se me puede comparar a los dioses o que tengo una posición privilegiada con ellos? ¡No me hagas reír!"

Recapituló haberse apuñalado frente a Honda, siendo el cuchillo aquella verdad que, a través de Yura, volvió a hacerse eco hasta llegar al plexo solar. Entre la efervescencia de la memoria, sin embargo, una pequeña posibilidad se desnudó ante la lógica de su razonamiento.

—Proteger a mis amigos. —La voz salió de su garganta con la onomatopeya de un eructo—. Piénsalo, Yura, ¿qué tan cierta es la teoría de que a quienes me rodean no les pasa nada porque Kaiba es la diana de los dioses? ¿Hubiera reinado esta calma, aunque ilusoria, de no ser yo la encarnación de un Faraón?

En absoluta oposición a la rencilla con Honda, se refirió a su persona con aires de grandeza. De cara a su amigo no le había importado exhibir su flaqueza, pero ante la de pelo blanco no podía permitirse titubeo mayor al convenido en la sala. Yura era una oportunista, debió recalcar, y con Jostet de por medio sus acciones, aparte de ser tan volubles como el agua, eran igual de impredecibles que el clima.

—Puede que no lo sepa todo, puede que no tenga un estatus privilegiado con ellos ni que se me pueda comparar a lo inmenso de su gloria, pero los dioses guardan hacia mí un sentimiento equivalente al miedo que Jostet les inculca: el respeto.

—Y eso es lo que no entiendo. —Ella, por toda impresión, elevó el índice a la mejilla como signo de confusión—. Siendo tú esa figura que infunde respeto, ¿por qué Anubis le confió a Shadi la misión de impedir tu retorno? Puesto que, por si no estás enterado, Shadi era su discípulo y fue quien transmitió a Diva el supuesto deber. Entonces, ¿cuál es el punto de truncar tu regreso para bendecirte con un cuerpo a fin de cuentas?

La conciencia de Atem obvió la importancia de la reciente confesión y retrocedió a la presencia de Anubis.

"— ¿Se me conservará el derecho a mi propio cuerpo, mi señor?"

"—Así lo consintió Ra".

—Anubis me cedió este cuerpo a petición de Ra…

— ¿Ra?— Yura posó ambas manos sobre la mesa, en lo sucesivo, dedicándose a mirarlo con énfasis—. Bueno, era de esperarse, él es la deidad suprema y nada puede hacerse sin su visto bueno, pero… Espera, Atem. ¿Será que Ra no está de acuerdo con los métodos de Anubis y decidió jugarte como ficha a modo de precaución?

Frío, sintiendo que la quijada de pronto se le desencajaba, recobró la compostura posando la mano en el maxilar con articulada reserva.

—De ser el caso, el rompecabezas pendiera de mi cuello. Es imposible funcionar como provisión de emergencia contra un dios a mano pelada.

—Tienes razón —concordó aprisa—. Tú sin el rompecabezas, yo sin algún amuleto que me sirva de arma o protección… Tiene sentido que Anubis esté tranquilo, que se siente a observar.

El silencio les acurrucó como lo hubiera hecho las mantas que abandonaron en los aposentos. Yura fijó la mirada en el líquido ambarino que le devolvía la imagen del halo de tristeza a semejanza de una fina capa de cristal cubriendo sus ojos.

—Yo sí tenía un plan.

Los orbes amatista de Atem aumentaron su nitidez debido al ensanche de los párpados. Seguido alejó la taza al borde de la mesa y, aprovechando el espacio libre, apoyó los brazos uno encima del otro mientras inclinaba la cabeza hacia delante, exhibiendo su intención de aguzar el oído a la segunda parte de la interjección.

Cambiando su foco de atención del líquido a su acompañante, Yura vaciló al constatar su entusiasmo. Ese plan, emparejado a la versión completa de su encuentro con Anubis, era un secreto que se había prometido guardar en el rincón que a los egipcios le faltaba por descubrir, empero, quizás no erraba del todo cuando afirmó a Seto que Atem era la única figura de autoridad que los dioses reconocían como un igual.

Le urgía saber hasta dónde llegaba su conocimiento y cada tesitura con él, razonó, hasta ese momento concluía en el trueque, el intercambio equivalente. Quizás porque, para ella, la salvación de Jostet estaba de por medio, mientras que, para él, era su amistad con Jonouchi.

—Al marcharme de aquí la primera vez, no llevé un historial de los días que transcurrieron, pero sí de la tortura que viví a raíz de la incertidumbre— apostando por su idea del canje, ofreció el panorama del conflicto desde su lado del campo—. La incertidumbre de no saber qué hacer ante la revelación de Jostet aquí, en el mundo de los vivos. Le busqué la quinta pata al gato, el pelo al huevo, la aguja en el pajar y la onda que formaba el movimiento de la tormenta en el vaso de agua. Me dejé caer en el pozo de la desesperación hasta que no me quedó más remedio que ayudarme a salir, a sabiendas de que incluso no tenía dioses a los cuales rezar. Y, concatenando mis opciones, al igual que tú, concluí en el análisis de lo que Jostet les provoca.

— ¿Pensabas extorsionarlos?

—Negociar— especificó—. Ingenua, me convencí de que, estando Jonouchi consciente a diferencia de la primera vez que lo tuve delante de mí, bastaría el mínimo contacto directo entre nosotros para despertar a Jostet, esa sensación de hormigueo en el cuerpo que indica la predestinación, pero en cuanto lo vi, Atem, en cuanto ceñí mi mano a la suya… No sentí nada y estoy segura de que él tampoco. Ese hombre no era mi Jostet y yo no era más que una desconocida. —Regresó sus ojos al líquido, cual si pudiera volcar en su espesura la frustración y tristeza que le oprimió en aquel intervalo—. Lo único que salió de mis labios fue preguntarle su nombre, y puede que no me creas, después de tantas mentiras incluso me ofendería si lo hicieras, pero tan pronto me lo dijo, nació en mí el deseo genuino de conocerlo, ya no por su parecido con Jostet, sino por sus diferencias.

El aura de sinceridad que le rodeaba suscitó que aquel remilgo de verdad con mentira en el pasillo le pesara sobre los hombros. Reparó en que cada encuentro con ella seguía la tendencia de no poder cederle su confianza de buenas a primeras debido a su historial de mentiras, mas era al preciso ese historial de mentiras lo que le hacía valorar esas fracciones en las que parecía decir la verdad.

A la par descubrió la naturaleza de una mentira: era como llevar un peso sobre los hombros, y por eso decir la verdad traía consigo una liberación imposible de camuflar. ¿Qué movía a Yura a preferir el peso de una mentira en vez del alivio de la verdad?

—Tu amor por Jostet no lo pongo en tela de juicio, Yura, me quedó muy claro que es verdadero gracias a la visión del dios Thot, conozco tu anhelo por conseguir su salvación. —Lanzó apenas un fragmento, tanteando su reacción, que se consolidó en el movimiento de piernas con el que se sacudió e imitó su expectativa sobre la mesa, incrustando en él su mirada peliaguda—. Pero, ¿y Jonouchi? ¿Lo amas o solo lo ves como daño colateral? ¿Qué piensas hacer con sus sentimientos cuando él se enamore de ti?— Su voz añadió un ronco a cada signo de interrogación—. Porque tú te justificas pregonando que todo lo haces por amor a Jostet, que aun cuando tienes plena conciencia de que no lo hallarás en Jonouchi, tu sentir hacia mi amigo es genuino, ¿pero no será que, en realidad, solo te importa redimir la catástrofe que originaste en el pasado y no sus sentimientos? ¿Acaso estás haciendo de Jonouchi tu segunda oportunidad o premio de consolación? Porque si es así, te juro que…

—Jonouchi no me ama, Atem, y yo tampoco le he atosigado para que lo haga— reveló con una sonrisa que hizo que se atragantara con el resto de la oración—. Él todavía tiene frescos los sentimientos por Mai como yo tengo los míos por Jostet, sin embargo, ambos nos hemos dado la oportunidad de dar rienda suelta a lo que sea que pueda surgir entre nosotros, de vivir la aventura. Pero aun cuando así fuera, Atem, aun cuando yo, derrochando a diestra y siniestra mi egoísmo, priorice mi redención por encima de todo, ¿me convierto en una villana de mayor sevicia que la del Faraón Seto? ¿Acaso no tengo derecho a querer enmendar mis errores?

El susodicho recordó que, incluso él, de manera inconsciente y solo minutos atrás, quiso contrapesar su falta de honestidad en el pasillo. Sin embargo, el enfado le comenzó a hervir al punto de evadir su relevancia.

—No soy quien debe juzgar si tienes o no ese derecho, pero nada te concede el de jugar con los sentimientos de mi amigo—. Se levantó de la silla con exabrupto, su respiración agitada soplaba contra la camisa del pijama—. Además, ¿dónde queda Kaiba? ¿Qué pretendes hacer con él? —La nariz se le arrugaba en cada inquisitiva y las líneas faciales empezaron a curvarse por el escalamiento de la ira—. Volvimos al principio, Yura. Nos has revelado las verdaderas intenciones de Anubis, las tuyas, en cambio, las has envuelto en una telaraña de mentiras que, de continuar estirando, terminará por asfixiarte.

—Mis verdaderas intenciones quedaron transparentes desde el momento en que, contrario al mandamiento de Anubis, decidí no asesinar a Seto Kaiba muy a pesar de los sobrados motivos que, asumo, tú sabes que tengo para hacerlo, arriesgándome a ser castigada y sometiéndome por voluntad propia a este juicio moral en el que ustedes se creen con la potestad de sentenciar cuando, al revés de tu pasado, ninguno estuvo allí para ver al ojo por ciento cómo se dieron los acontecimientos— repuntó desapasionada, añadiendo al instante un bostezo que surgió en paralelo al tic nervioso en la ceja derecha de Atem—. ¿Para qué desperdiciar las palabras teniendo los hechos?

— ¿Me estás diciendo que no tienes intención de matar a Kaiba por lo que ocurrió en el pasado, sino porque fue una orden directa de Anubis? — Quiso confirmar el de piel morena, quien abatido por el despliegue de información en el que apenas pudo colocar la transición de las comas, se dejó caer en la silla.

—Volvimos al principio, Atem. —Le robó la frase justo como él le había robado la suya en el pasillo, sumándole un guiño de ojo—. Tú me das un trocito de lo que viviste con tu dios y yo te doy un trocito de lo que viví con el mío. Trueque y regateo al estilo de nuestra Kemet (1).

El aludido suavizó su rostro, acompañado por una honda exhalación.

—Sí, nos devolvimos al punto de inicio: eres una oportunista— masculló resignado—. Vi un conjunto de imágenes que pasaron por mi retina a una velocidad inhumana, pero que, por sorpresa, mi mente era capaz de distinguir, unir las unas con las otras y darles la forma de un recuerdo. —Alargó su mano a propósito de tomar por el asa la dulce mezcla ya fría, repasando allí cada metraje—. La primera escena que logré conectar fue la de mi primo, el Faraón Seto, pidiéndole una visión al dios Thot.

—Oh, empezaste por la mejor parte— refirió ella, y pese a soltar una risilla pretendiendo mostrarse inmune, Atem percibió el esfuerzo de ocultar las ampollas que volvían a supurar la vieja cicatriz hasta convertirla en una nueva herida.

—Tu supuesta muerte al empujarte al vacío, Jostet contigo en brazos, el grito de guerra, el Faraón postrado en su lecho por la herida que le ocasionó el ejército enemigo, tu infiltración al palacio e intento de homicidio. Tu vínculo con Jostet y… La separación liderada por Hoktur— cortó allí la línea de sucesos, su voz rechazando por instinto el relato de la injusticia cometida por Hoktur y que, de acuerdo a la cronología, esperaba en cola por la narración—... El despertar de Seth en su forma de dios, la transformación de Jostet en el Dragón Negro de Ojos Rojos y el enfrentamiento final.

—Por cierto, ¿cuándo le piensas decir a Honda que él también es condimento en el mejunje?

—Mañana— confirmó, tosco—. Lo acaecido en la sala prueba que, contrario a Jonouchi, saber del pasado no amenaza con desatar alguna calamidad, no tiene sentido que lo siga omitiendo. La duda sobre qué maquinaciones Anubis tendría con él me atormentó al mismo nivel que a ti lo concerniente a Jostet, pero he llegado a la conclusión de que, a lo mejor, no tiene ninguno en especial— divulgó quedo, sus razones manteniendo a Yura en vilo—. Ciertas almas crean un vínculo poderoso capaz de trascender el tiempo, la amistad entre Jostet y Hoktur desbordaba esa fortaleza. Supongo que a Anubis le fue imposible romper ese enlace, por lo cual el alma de Hoktur terminó siendo arrastrada debido a la conexión que guardaba con la de Jostet.

«Por arrastre, al igual que Kisara y yo...»

Comparó ella en su fuero interno, aunque no lo dijo en voz alta en aras de mantener el hilo conductor focalizado en la sabiduría con la que Atem había sido ungido.

De su lado, el de cabellos tricolores bebió el residuo de un solo trago a fin de contrarrestar el agrio de lo siguiente.

—Sé que a Jostet lo amaste y aún amas con una mezcla de locura y devoción, pero, ¿y al Faraón Seto? ¿Alguna vez amaste a mi primo?

—Creí que lo había hecho hasta que conocí a Jostet. —La mujer ante su faz destilaba una ternura nunca antes captada en su ojo avizor—. En aquel entonces, no sabía que amar de verdad significaba desear la libertad del ser amado, y ninguno de los dos la deseaba para el otro: él quería hacer conmigo lo que no pudo hacer con Kisara, es decir, tenerme presa dentro de la cárcel de su corazón (2). Mientras que yo… Yo ansiaba que incumpliera el juramento de Faraón que le valía ocupar el trono, esa merecida recompensa que la vida le estaba debiendo por sus sacrificios, para que pudiera corresponderme como hombre. Ambos caímos en la trampa de tomar por amor lo que en realidad era egoísmo, y cuando el tiempo nos brindó la oportunidad de reencontrarnos, amén de rectificar nuestras equivocaciones, de pasar la página y retomar cada quien su camino con la paz de haber saldado una deuda pendiente…

—El daño acabó siendo irreversible— finalizó en su lugar, abriéndole las fosas al aire que de improviso se volvió denso a la inhalación.

—Ahora, todo lo que soy capaz de sentir por él, es culpa. Y la culpa es casi tan fuerte como el amor, porque duplica el peso de los errores.

El antiguo señor de Egipto se adueñó de los próximos segundos de silencio, compelido a separar el trigo de la cizaña e identificar cuánto podía tomar por cierto y cuánto por enrevesado. Motivado por su instinto de duelista, entrevió la jugada que habría de revertir la estrategia de su oponente contra sí mismo.

—Comprendo, Yura, pero eso nos lleva a tu lado del campo. —La seguridad de la que hacía alarde cuando volteaba una carta boca abajo o activaba un combo, brilló de nueva cuenta en la definición de sus facciones—. Cuéntame, ¿cómo fue tu encuentro con Anubis?

La mentada acomodó un mechón tras la oreja en sintonía con sus hombros que, encogidos, manifestaron su negativa, mas por enésima vez sucedió el empate con la profusa bocanada previo a su respuesta.

—Mi alma despertó en la Barca Sagrada (3), ya sabes, la dichosa embarcación de popa puntiaguda con apenas dos remos y el templo improvisado a modo de cubierta donde se nos instruyó que han de transportar a los difuntos.

—El par de la Barca Solar de Ra.

—Exacto— corroboró, asintiendo—. Anubis descendió frente a mí. Anticipándose a mis preguntas, me reveló que la Barca era una ilusión, alimentaba al pecador con la falsa esperanza de que navegaba en camino al Duat (4), pero lo cierto era que nunca zarparía en tierra divina. Anubis no concebía tortura más despiadada que aquella para el alma, pues perdía desde un principio lo que creía suyo hasta el final: la esperanza.

Por tal razón, prosiguió ella, supo al vuelo que apelar por su salvación rayaba en el sinsentido, de modo que se rindió a pies juntillas ante su faz.

—Perjuró que el alma de Jostet estaba en peores condiciones, me mostró una visión suya encerrado en una mazmorra con Ammyt babeando por acatar la orden de engullirlo, pero que, no obstante, yacía en mis manos el poder de liberarlo.

"— ¿En qué debo yo hacer que se cumpla su voluntad, mi señor?

Tu misión será solo una, Yura.

Ella se mantuvo en reverencia frente al dios con cabeza de chacal.

Asesinar a Seto Kaiba".

— ¿Recuerdas la creencia de que, estando uno al filo de la muerte, ve pasar su vida por sus ojos?— Él afirmó cabeceando—. Pues yo la vi pasar en mi regresión a la vida cual si hubiera sido un suspiro, en cuanto acepté sus condiciones. Después fui transportada a la nada con Kisara, hasta que nuestros nombres retumbaron en lo blanco del abismo.

—Ese es otro movimiento por descifrar. — Su oyente reclinó la espalda cruzándose de brazos—. ¿Cuál es el rol de Kisara? ¿O acaso su invocación se dio por arrastre símil a Hoktur?

—En cierta ocasión llegó a mis oídos la fama de tus sacerdotes, por quienes la gente se deshacía en cumplidos a raíz de su control sobre el Heka (5).

—Mahad era el hechicero más diestro, ¿por qué?

— ¿Alguna vez te habló acerca del Hechizo de las Dos Almas?

— ¿Chicos?

La voz apacible de Yugi les revivió la grima de la coincidencia en el pasillo. Yura se levantó a tal grado encrespada que la silla cayó al piso y Atem se salvó por los pelos de irse de espaldas al suelo.

—Lo… Lo siento, parece que llegué en mal momento— dijo, sin cruzar el umbral—. Mejor me regreso a la cama.

— ¡No es necesario! —Alentó la de ojos azules, agitando las palmas a modo de incentivo—. Siempre que me pego un susto, me dan ganas de orinar, así que quién se va, pero al baño, soy yo. Atem te puede poner al tanto de lo que hablamos, a fin de cuentas, ha perdido el sentido que se guarde como un secreto: aun cuando uno diga la verdad, cada quien decide creer en lo que le apetece.

Dejando a Yugi con otra disculpa entre los labios, se apresuró a subir las escaleras de regreso. A la mitad del ascenso, la voz interior de sus pensamientos la detuvo en un escalón.

«Perdóname, Atem, pero aunque tu amistad con Jonouchi haga justa competencia a mi amor por Jostet, no puedo decirte todo lo que Anubis me mostró en la Barca Sagrada».

Nuestro señor me aseguró que necesita de ti para liberar a papá. ¡Por favor, mamá, sálvalo! ¡Sin ustedes dos, para mí el Duat no será el paraíso, sino el infierno!

«Le prometí a mi hijo que salvaría a su padre, y lo voy a cumplir así tenga que arrancarme la piel y partir mi alma en dos».

¿Lo sientes, Yura?

La voz de Anubis se mezcló a la del llanto.

¿Sientes a pellejo abierto el fervor de un hijo por salvar a su padre?


(1) Por fortuna, mi primo viajó a Egipto el pasado mes de abril. Además de traerme una pirámide como souvenir, me contó que allá el regateo es un rasgo cultural de los egipcios. Ellos se sienten ofendidos si, al dar un precio, el comprador acepta de inmediato.

En cuanto al nombre de Kemet, significa "tierra negra" en egipcio antiguo, y es otra manera de referirse a Egipto que adoptaron los pueblos que vivían cerca del Nilo ya que, cuando era temporada de inundaciones, mojaba la tierra dándole un aspecto oscuro.

(2) En el manga, el Sacerdote Seto dice esta frase con Kisara desfallecida entre sus brazos. A modo de curiosidad, es una línea de diálogo exclusiva del manga.

(3) Desconozco si lo habré dicho antes, pero aprovecho la oportunidad: la mitología egipcia tiene muchas caras y versiones, y algunos de sus dioses comparten el fin divino. Por tanto, yo tomo la versión que más se acopla a lo que quiero plasmar en el fic, es decir, mezclo mis propias ideas con las creencias mitológicas en vez de hacer calco, porque sería demasiado tedioso, jajaja. En este sentido, la Barca Sagrada, en la mitología, es más o menos como lo explica Yura, pero NO es el par de la Barca Solar como dijo Atem, esto último me lo he inventado yo por mi obsesión con los paralelos. xD Sin embargo, como dato extra, para los egipcios, las barcas son muy importantes, recuerden que ellos reverencian al Nilo como si fuera un dios en sí mismo, por tanto, ellos asocian las aguas y el navegar con el paraíso. Por eso, Ra lucha contra Apofis en una barca y a la vez es una barca lo que transporta a los difuntos, esta contraposición me pareció curiosa y por ello la he utilizado.

(4) El Duat es el recinto sagrado donde Osiris enjuicia a los difuntos. En pocas palabras, lo que se conoce como el Inframundo o el Reino de los Muertos para los egipcios. Eso de que la barca sea una ilusión es otra invención mía que no tiene relación alguna con la mitología.

(5) Es el nombre que los egipcios dan a la magia o a aquello que la involucre.

**Sentí que me faltaba este capítulo para atar algunos cabos sueltos y terminar de darle forma al planteamiento de Yura como personaje externo al canon de la serie, de manera que, en los siguientes capítulos, me voy a enfocar en preparar la transición a los duelos y en nuestros chicos favoritos. :)

**Aparte de mi obsesión por los paralelos, me he dado cuenta de que me gusta hacer que los personajes piensen que las cosas son de una manera cuando, en realidad, son de otra forma totalmente distinta. xDDDDDDDDDDDDDDDD

MILLONES DE GRACIAS POR LEERME.